Caca de elefante

¿Se presta o no se presta el arte actual al camelo? Esta es la pregunta que vienen haciéndose las gentes sensibles cuando tienen un rato libre desde hace varios decenios a la vista de las obras que se exhiben en las salas de exposiciones.

En Londres se ha galardonado con un prestigioso premio a un joven pintor que emplea boñigas o mierda de elefante para sus ingeniosas creaciones. Sin duda hay quienes piensan que donde se ponga el óleo o la acuarela que se quite el excremento de un vertebrado por muy elefante que sea. Son personas que se niegan a ver el progreso y que piensan de manera rutinaria que este simpático proboscidio solo sirve para los números de circo y para transportar nababes en la India. Sin embargo, tras el galardón londinense, se ve que se trata ésta de una forma de pensamiento anticuada, poco dúctil y desde luego refractaria a los nuevos signos que emite el arte en este final de centuria.

Que la mierda de elefante es un instrumento para el despliegue de la imaginación creativa es algo evidente y además está sancionado por la crítica. El hecho de que se haya tardado tanto tiempo en descubrirlo nos ilustra acerca de la torpeza y las limitaciones creativas que padecieron Rubens, Velázquez o Goya, obtusas criaturas que no lograron ver más allá de sus pinceles.

Hay, sin embargo, un problema y es que la mierda no se presenta en el estado natural en que sale del ano del voluminoso animal sino que el artista la seca y la barniza como pasos previos a pincharla con alfileres en sus apreciables lienzos. Estoy seguro de que lo hace con la mejor intención y rodeado de los mayores miramientos pero la verdad es que nos asalta la duda de si es lícito manipular el zurullo de un elefante y si no sería más propio, y sobre todo más respetuoso con el animal y sus evacuaciones, poner la deyección en su forma prístina de manifestación, sin alterarla ni «humanizarla» en forma alguna. El debate está servido y sobre él se pronunciarán los más acreditados expertos. Desde la humildad del simple e ignaro espectador, me atrevo a sostener que cualquier operación destinada a alterar la cagada tal como ésta comparece en la Naturaleza es un artificio que debe ser juzgado con la mayor severidad porque ¿qué ocurriría si el artista, además de barnizarla y secarla, la adorna con una banderita o la mezcla con nata batida o con una salsa vinagreta?

Y es que está muy bien el uso de una buena diarrea si se tiene el compromiso inaplazable de una exposición, pero ¿puede el artista, invocando su libertad creativa, alterar un producto hasta desnaturalizarlo? Se trata probablemente de un problema de límites: esto es lícito, aquello ya no. Pero cuanto más estrictos seamos, mejor para el arte. Si hoy aceptamos que se barnice la caca de un elefante ¿no acabaremos admitiendo que se haga una caldereta a base de los tomos de la enciclopedia Espasa?

Mi opinión pues es que está muy bien que el artista londinense haya envíado el óleo y la acuarela al desván de las antiguallas, merecido lo tenían, pero lo que resulta más difícil aceptar es que no respete como se merece el cagajón, que es lo que es, y a mucha honra, por lo que nadie está legitimado para su alteración por muy creativo que sea.

Acaso sea el atrevimiento de este hombre lo que ha llevado a otro artista a llenar cuatro inmensas vitrinas con órganos disecados de ganado vacuno y presentarlos tal cual en una acreditada sala londinense (¡ay, Londres, ¿cuándo cerrarás de una vez la National Gallery?). Obsérvese el desparpajo del creador al «disecar» los órganos de las apacibles vacas. ¿Quién es él para disecar nada? ¿Le gustaría que hicieran con su perineo lo mismo? ¿por qué no se atreve a disecar los peinados de la señora May o los calzoncillos del príncipe heredero? No y no. Los órganos de las vacas, teniendo en cuenta que el más importante de todos ellos es la mama, merecen un respeto por parte de los humanos. ¿Qué es eso de disecar una teta? Si la ubre es la fuente nutricia de donde todos venimos ¿cómo es posible atreverse a someterla a las manipulaciones de la taxidermia? Se comprenderá ahora que toda severidad es poca cuando de artistas envanecidos se trata: si su genio les conduce a llenar un armario de órganos de vacas que éstos sean frescos, rozagantes y sobre todo ¡ojo, mucho ojo, con la teta!

Admitamos, con Santo Tomás, que el arte suple las deficiencias de la naturaleza pero no que las falsee impunemente. Queremos el boñigo de elefante, al natural, con su proverbial encanto intacto. Como dijo el clásico, y si no lo dijo debió decirlo, florezca el arte allá donde crezca el zurullo.

Publicado en: Blog, Soserías

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