Lo quirúrgico

Una de las señas que distinguen a nuestro tiempo es la moda del quirófano. Hasta hace poco sólo los enfermos en un grado muy apreciable y distinguido de enfermedad acudían a esas estancias rebosantes de olores narcotizantes y de blancos desinfectados que son las salas de operaciones de los hospitales. También eran buenos clientes las pobres víctimas de la apendicitis que ha sido siempre una dolencia de naturaleza pedagógica pues preparaba al paciente para mayores afanes quirúrgicos en el futuro. La operación de apendicitis era una especie de ingreso en el mundo de la cirugía, el bautismo del bisturí y el cloroformo, y había quien tenía bastante con esta experiencia y quien tan solo le servía de pórtico para más cuajados empeños. Se dice que el apéndice no sirve para nada lo cual no es verdad pues es el medio de que se valió Dios para crear a los cirujanos. Sabiendo como sabemos que una humanidad sin cirujanos hubiera sido una humanidad fallida, se instaló en el hombre el apéndice para justificarlos y así la inflamación de ese adminículo, que de forma ligera se califica de inútil, es la piedra sobre la que se ha edificado todo el edificio sanitario que hoy conocemos.

Lo demás vino después porque estos profesionales, ya puestos, empezaron a inventar, con enorme fruto, otras dolencias que podían ser aliviadas extirpando de aquí y añadiendo de allá. Y así nace la patología quirúrgica que es rama señera de la Medicina. ¿Qué harían los catedráticos de esa asignatura si los humanos no tuviéramos zonas lumbares y una columna vertebral que es como un acordeón averiado? En rigor, morirse de asco y contemplar cómo se marchitan los quirófanos, tristes y extenuados de quietud.

El humano por contra ha visto siempre al quirófano y a su señor natural, el cirujano, como alguien ante quien era aconsejable cruzar los dedos o tocar madera porque los pacientes somos muy nuestros y acabamos tomándole cariño a las diversas partes de nuestro cuerpo por muy defectuosas que sean. De ahí que no nos guste que nos anden hurgando en ellas ni que nadie se complazca en ver nuestras intimidades provisto de un cuchillo que tal parece el anuncio de un festín. A veces leemos que alguien se ha dejado en nuestro interior una gasa o el mismo bisturí y esto provoca un gran revuelo pero a mí esto siempre me ha parecido la cosa más natural del mundo siendo lo verdaderamente censurable que el cirujano se olvide en las inmediaciones de nuestro hígado una ficha de dominó o el salchichón que tenía comprado para el bocadillo. Abandonar un trebejo quirúrgico en nuestro apreciable interior debe ser contemplado como un signo exquisito de hospitalidad (nunca mejor empleada tal expresión) y aceptado como un recuerdo que queda de la operación y, así como nos traemos de un viaje a París una torre Eiffel con un termómetro incorporado o de Sevilla un toro, del hospital nos traemos una sonda metida en nuestras entretelas.

Por estas razones y otras que podría ir desgranando, lo cierto es que a nadie le ha gustado nunca ser anestesiado ni operado. Al quirófano se iba a rastras excepto cuando se trataba de la fimosis porque contemplábamos la liberación del prepucio y la alegre salida del bálano como heraldo de magníficas aventuras. En esta ocasión se ha ofrecido siempre el miembro viril a la rudeza quirúrgica con alegría porque todos los sentidos se hallaban imantados por los más excitantes lances.

Sin embargo, ahora, hay más operaciones a las que se acude de forma voluntaria, con la sonrisa en los labios y la cartera en posición de «prevengan». Hay quien se estira el pezón o la mama completa o quien pide una cuarta más de pene, hay quien diluye ojeras, quien abate papadas o humilla caderas poderosas, quien se cambia de nariz con la naturalidad de quien cambia de acera, y así otras excentricidades. Es la era de la liposucción aunque también de otras chupadas menos científicas. Pero el colmo de la afición quirúrgica lo ha alcanzado una señora holandesa que se ha metido en el quirófano porque padecía orgasmos que la arrebataban en los momentos y lugares menos esperados. En una ocasión, cuando hacía la compra en unos grandes almacenes, justo en el momento en el que tomaba de la estantería su yogur preferido, le vino un vahído y quedóse estremecida ante la mirada envidiosa de los demás compradores de yogur que hubieran dado su tarjeta de crédito por disfrutar de tal experiencia en tan trivial coyuntura. Orgasmos además que le duraban varios minutos sin otro efecto secundario que el rictus de gusto que se le fijaba, húmedo y fruitivo. En vez de disfrutar con liberalidad, no se le ocurrió sino hacerse un encefalograma que arrojó como conclusión una malformación arterial. Se operó la muy estólida y hoy, ya bien formada, padece la vida previsible y anodina de quienes no estamos malformados arterialmente.

Excesos como se observa de la cirugía que conducen a la vulgaridad de correrse tal como está previsto en los reglamentos cuando infringirlos es algo así como eyacular sobre ellos, el orgasmo monumental y concluyente.

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “Lo quirúrgico
  1. José Manuel Martínez Fernández dice:

    Poco comprensible la decisión de la señora holandesa… entre las cirugías atractivas he oido de una que te quita las grasas abdominales y te las coloca en las nalgas… quizá sea una idea nada descartable para no sufrir ni con las camisas slim fit ni con los asientos poco acolchados….

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