Cristóbal Halffter

Fueron Antonio Pereira y Úrsula quienes nos pusieron en contacto amistoso con Cristóbal y Marita. Gracias a ellos hemos pasado muchas jornadas juntos en el castillo de Villafranca, Mercedes y yo y Salvador Gutiérrez y Ana. Los cuatro matrimonios en jornadas de evocaciones a veces ligeras, a veces profundas, siempre ricas y chispeantes.

Buena comida en el Parador de Villafranca y, después, charla y audiciones de piano a cargo de Marita y, a veces, cuando estaba en casa, de Pedro. Habitual era también la presencia de Luis, el amigo de la familia que había regido los destinos municipales de Villafranca. Casi siempre fueron jornadas veraniegas, entre los muros medievales, bajo la sombra de la arboleda y allá en lo alto el cielo berciano con su opulencia en pájaros y cantares.

En alguna ocasión ya el verano se estaba despidiendo y entonces los exquisitos anfitriones nos ofrecían un botillo preparado por Marita acompañado de los quejidos crepitantes de los aromados leños que ardían en la inmensa chimenea.

Cristóbal nos contaba sus proyectos musicales y lo hacía con la suprema melodía de su buen gusto y de su inteligencia clara. Nos enseñaba las partituras que estaba escribiendo donde, aun en bosquejo, ya se adivinaba el gran chorro de vida que es siempre la fuerza creadora, el murmullo cantarín de la energía artística. Uno le imaginaba con la batuta en la mano sacando de los músicos de la orquesta, como un demiurgo, el vigor oculto y sagrado de la explosión estética.

Le hemos oído contar el estreno de su ópera dedicada a Don Quijote, de su amargura por la destrucción de muchos de los materiales usados para su representación; de su otra ópera, Lázaro, estrenada en Alemania (Kiel). De cómo surgió también su trabajo operístico sobre el ajedrez y la figura de Stefan Zweig, el escritor austríaco tan obsesionado como él mismo por las esperanzas y, ay, también por las desilusiones que el mundo y su agitar atolondrado nos proporcionan. Alma y recuerdo de Europa estaban siempre presentes en el pensamiento íntimo, entre amigos, de Cristóbal. Por eso le interesaba sobremanera mi trabajo en el Parlamento europeo por el que me pedía detalles, lo que aprovechaba para tejer observaciones lúcidas.

Su fascinación por las vidrieras de la catedral de León le llevó a componer una obra fastuosa para el órgano que se la oímos interpretar en ese escenario impar a Samuel Rubio. Y sus intuiciones sobre el paralelismo entre Goya y Beethoven, dos sordos geniales, le hicieron cavilar también sobre una ópera. Buscó a quienes él pensaba que podían ser autores del libreto pero no consiguió que un animoso se prestara a este empeño que, de ultimarse, hubiera causado sensación. Sobre esta obervación suya compuso alguna pieza y dio varias conferencias, una aquí en León, en Sierra Pambley, donde pudo comprobarse cómo el anciano Cristóbal, abatido ya por la desaparición de su mujer, conservaba empero su lucidez. Y el resplandor de una sonrisa benevolente y viva.

Sufría por la forma en que los gobiernos, desde época remota, (des) organizaban la enseñanza musical en España y también por la desatención que padecía la música española, los nombres de Albéniz, Granados, Falla, Rodrigo afluían constantemente en sus labios. Recuerdo que Mercedes, mi mujer, le habló de un disco que acabábamos de comprar de Literes, su zarzuela “Júpiter y Semele”. Celebró mucho que alguien resucitara a este compositor y se explayó en comentar piezas barrocas sepultadas en el olvido.

El mismo sentimiento de pesar le producía el peligro que corría la unidad de España. Como sabía de mis libros sobre el federalismo y, en general, sobre el Estado y su configuración territorial, no se cansaba de preguntarme por los detalles que yo podía ofrecerle. El hecho de que estos estuvieran siempre basados en la experiencia alemana hacía que su interés se acrecentara porque él conocía bien la realidad de aquel país. Me dio pistas formidables para argumentos que he empleado en mis escritos.

La presencia de un filólogo solvente como Salvador la aprovechaba también para informarse de la amplitud del daño que se estaba causando al idioma español en algunas regiones de España, al obstaculizar su enseñanza, y el amparo otorgado por gobernantes frívolos a lenguas sacadas de los hondones de la historia para apuntalar aspiraciones políticas regionalistas.

Villafranca, los Halffter, los Pereira, las tardes de fuertes luces y castas sombras son imposibles de olvidar y hoy las evoco y las convoco en mi memoria con melancolía cuando sobre ellas se ha esparcido la triste osamenta de tantas muertes …

El misterio donde anida la Verdad habrá acogido a Cristóbal a buen seguro con la música de su “Llanto por las víctimas de la violencia”, expresión de los látigos que sufría su corazón ante las iniquidades del mundo.

Descanse en paz.

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