Retretes

El primer ministro indio ha prometido hace poco en el parlamento de aquél país retretes a seiscientos millones de compatriotas.

Aunque las penurias que sufren los pobres del mundo son conocidas y deben siempre interpelar nuestras conciencias, lo cierto es que, cuando nos tropezamos con la desnudez de noticias como esta, percibimos con mayor nitidez aquellos elementos de nuestras vidas a los que no prestamos atención y que, sin embargo, son claves para desempeñarnos como homínidos.

¡Ah, el retrete! Lugar de retiro, lugar de intimidad, de soledad, de retraimiento también de pensamiento fecundo, epicentro del monólogo fructífero pues que el trance no suele compartirse. Por eso es el retrete cátedra y, entre los clérigos, una avanzada del púlpito.

En el retrete, las personas ordenadas hacemos recuento de nuestros inmediatos empeños, planificamos su ejecución y adoptamos las decisiones pertinentes. Y todo ello al tiempo que mitigamos tensiones internas y desembarazamos nuestras entretelas de forma cumplida y las más de las veces organizada.

¿Qué más se puede pedir? Pues, sin embargo, apenas si notamos su presencia en nuestras casas y por eso cuando nos recuerda un gobernante los millones de seres humanos que carecen de este receptáculo, amparo de nuestra desazón corporal, nos afloran los sentimientos más comprometidos con nuestros semejantes. Y, al menos por un rato, nos hacemos más buenos, más caritativos y más magnánimos.

Cuando los periódicos se leían en papel, el retrete fue siempre el lugar mejor para disfrutar de los editoriales de los grandes rotativos, de las columnas señeras de los escritores distinguidos y adviértase que no hay mejor homenaje a un columnista que leerle desde una columna. En tiempos se decía que, a veces, el adversario declarado de tal o cual pluma o de esta o aquella línea editorial aprovechaba para asear su tafanario con el artículo del escritor odiado o el reportaje del periodista a quien se tenía entre ceja y ceja. Pero estas son habladurías que debían referirse a casos aislados que carecen de entidad para formular generalizaciones o hipótesis serias.

Más consistencia puede que tengan las crónicas que refieren cómo cautelosos adversarios del caudillo procedían de análoga forma en la clausura del retrete para dejar constancia de la firmeza de sus posiciones políticas.

Hoy, la lectura de los periódicos en pantallas ha perdido gracia literaria porque es difícil imaginar al esforzado evacuador desempeñándose al tiempo con una tableta o un ordenador.

Todo lo que hasta aquí señalo referido está, claro es, al retrete de uso sentado, no a ese de huellas que proliferaba en el pasado, sobre todo en establecimientos militares, invento más propio para el ejercicio de arriesgados números acrobáticos que para la serena respuesta a las urgencias.

De lo que sí abomino abiertamente es del uso de la palabra “inodoro” pues me parece una cursilada y, lo que es peor, una falta de respeto hacia ese ser honorable, ingenuo y modesto que es el retrete. ¡Loor a su hospitalidad!

 

(Sosería publicada en La Nueva España el 28 de agosto de 2014).

 

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “Retretes
  1. – Algunos políticos y personas normales cuando están de mal humor ¿sabes por qué es?
    – ¿por qué?
    – Porque no han visitado el retrete.
    – Ah.

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