Es un tópico en esta España de vacuos bullicios afirmar que estamos gobernados por los peores. No estoy de acuerdo. Lo que ocurre es que los términos de las comparaciones han cambiado.
Antaño, cuando se analizaba el curriculum de un gobernante, se observaba si había terminado el bachillerato, si había aprendido historia, geografía, latín y física.
Existían datos como eran las calificaciones o las reválidas realizadas en centros públicos de calidad (Institutos) distintos de los colegios privados. Y por ahí se obtenía ya una idea que permtía aventurar si se trataba de un chico / a serio / a, o de un / a botarate /a.
Si había estudiado en la Universidad, lo normal es que se hubiera especializado en Historia, Medicina, Derecho o Geología, todas materias con años de tradición académica, con profesores universitarios seleccionados tras pruebas públicas, ante tribunales elegidos por sorteo y compitiendo varios candidatos.
Pues bien, de nuevo, las notas obtenidas más el ingreso posterior en cuerpos prestigiosos proporcionaban pistas acerca de la solvencia de un sujeto que accedía al gobierno: si se trataba de alguien alicatado de saberes o de un merluzo.
Todo esto ha cambiado, como digo, en un presente como el que tenemos: emético y do reina el despropósito y lo diabólico.
Porque hoy quien logra un cargo en el gobierno es probable que no haya estudiado Ciencias Exactas, que la verdad son enmarañadas, llenas de números primos y de raíces cuadradas, sino una «maestría» (en español se dice «máster») sobre el cannabis, sobre el comportamiento de las mascotas, o haya superado un «título propio» sobre magia o ciencias circenses. Todos ellos existen y sospecho que estarán bendecidos por la ANECA (CA).
Y luego está la experiencia y la destreza en la pillería, el embrollo, la añagaza, el servilismo ante el Secretario de Organización, la humillación ante el Secretario General, la cobardía ante el uno y el otro, la sabiduría en el amaño de contratos y en la fermentación de carroñas cuando de la confección de las listas electorales se trata. Etc.
¿Son los peores en todo esto?
En absoluto, son los mejores. Por eso no es verdad que estemos gobernados por los peores.
Y luego está la acusación ligera que se hace del fraude en la obtención del título de doctor: «ha copiado la tesis» se dice con enojo y, a veces, entre blasfemias.
¿Y qué de malo hay en ello? se trata de un reconocimiento que el autor hace a autores del pasado, un homenaje a la creatividad desplegada por un prójimo en tiempos remotos y que ahora, pasados los años, se ve reconocida por quien aspira a vestir la muceta doctoral.
Lo único exigible es que copie bien, sin picardías, que no se atropelle en el trance, que no confunda las líneas ni las páginas, que no alborote las citas … Si todo esto lo lleva a buen término, estamos ante el mejor plagiario, no ante el peor gobernante.
– ¿Usted sabe plagiar?
– Pongo mi esfuerzo.
– Entonces, esta usted en el buen camino para ejercer como el mejor cínico y la más acreditada autoridad.