¿Qué es lo más lamentable de quien gobierna esta España hética (que no ética)? la respuesta es clara: su voluntad de permanencia, su firme determinación de darnos la tabarra sin respetar el trote del calendario, arrollando preceptos y convenciones constitucionales y enrollándolos en papel listo para el contenedor. Es la fascinación por lo eterno, por el tiempo sin tiempos, por mantener sin tregua los faroles que expenden una luz mortecina.
La política quieta, la política de aspavientos inmóviles, convertida en el fuego agónico del naufragio.
Como, en estas condiciones, la liturgia pierde su colorido y se convierte en piedra, su máximo oficiante se convierte en estatua. Apta para dispararle flechitas en las pudendas, pero no para encandilar al parroquiano.
Es la aplicación al gobierno de la «alargascencia» o «durascencia», un movimiento social que defiende prolongar como sea la vida de los objetos de consumo. Para evitar, dicen sus apóstoles, el despilfarro, el consumismo y otros -ismos propios de sus supersticiones.
Mi tesis es que procede aplicar al gobernante la obsolescencia programada, es decir, la determinación temporal y ex ante de su vida útil, de manera que, cuando el plazo se extinga, se convierta en inútil, inservible e imposible de restaurar porque ya no habrá repuestos.
Esta es la clave. Se trata, como en los ordenadores o en los móviles, de la emisión de una señal que anuncia, con modales irreversibles, la extinción de su vida: la pantalla en negro, unos pitidos insufribles, el signo de la decrepitud condenatoria.
No queremos la desaparición física del gobernante, es más, le deseamos larga vida. Solo que rellenada como ocupante de banco de un parque, como vigilante de escaparates, como ansioso admirador de hembras jarifas o de varones compactos, esto, cada uno a su gusto, chacun à son goût, como en la opereta «El murciélago» de Johann Strauss. También vale, al propósito que estoy defendiendo, que se desempeñe como observador minucioso del desarrollo de una obra, sea un bloque de viviendas o un puente. O de la cadencia del tráfico de los autobuses escolares.
Cualquier actividad descolorida, insustancial, huera, hebén. Que no nos dañe, que no pueda manosear el BOE, que se le prive de movimiento a la mano que designa asesores y ministros a la violeta, a la pluma que firma nombramientos de jueces constitucionales o fiscales alquilados o que pacta severos asuntos de Estado con un terrorista o con un golpista. Un gobernante pues destronado, desactivado, hecho florero de flores mustias, inhabilitado para ejercer de tahúr, fullero o tramposo.
Un gobernante al que le hayamos derribado su muro. Y convertido su palabrería impostora en una colección de silenciosos cantos rodados.
Es decir, un gobernante al que se le ha aplicado con éxito la obsolescencia programada.
Conviene una precisión para terminar. No basta con insertar esa fecha de caducidad que vemos en el yogur porque, como no emite señal visible, se puede seguir consumiendo, por más que nos lleve al desarreglo intestinal y al vómito.
Se impone la contundencia: paralización de la mano que engendra desmanes y sellado de la boca que miente.
Todo por conservar la esperanza que, ay, es ingenua como el céfiro y diáfana como la poesía bien medida.

Buen ojo clínico Dra Fuertes. Es usted un árbitro perfecto ahora solo se necesita que el público escuche y actúe eso si, sin gritos ni aplausos. Si, España esta tísica pero el virus que causa esta crisis se creen robustos y preparados para seguir causando destrozos al menos 20 años más ¿ porqué no?,puestos a pedir!!!. Estos gobernantes no caducan, para caducar es necesario haber sido bueno o útil en algún momento . Son malos hasta para mentir ( su especialidad). Para mentir hay que ser creativo inventarse una historia con giros inesperados al final. Pero no , no dejan de ser mentirosos mediocres.