Anatomía del tópico

Es Tocqueville quien en su libro más desconocido y más agudo, “Recuerdos de la Revolución de 1848”, escribe con melancolía “no es que desprecie a los mediocres, simplemente los frecuento poco. Los trato como a los lugares comunes: los respeto porque rigen el mundo pero me aburren profundamente”.

El mundo está en efecto apuntalado por los tópicos; si se retiran, se desploma.

¿Hay alguna afirmación más exacta en la hora presente? El tópico es hermano de la superficialidad, ahora se dice de “lo binario”, o con la derecha o con la izquierda o con la monarquía o con la república o con los toros o con los conejitos indefensos o con la mujer o contra ella y así seguido …

A veces pienso que estas procesiones de tópicos, que pasan por nuestros ojos a diario, deberían tener sus tambores, sus disciplinantes y toda la demás fanfarria para que, al menos, no nos pillaran desprevenidos y pudiéramos aprestar nuestros mecanismos de defensa.

Los tópicos son un mar caudaloso, río en ejarbe. Tempestad sin piedad, sustancia que se hincha y se hincha hasta provocar la tumefacción.

Deberían las empresas de seguridad vender alarmas contra los tópicos y así lo he recomendado a personas del ramo pero nadie me ha hecho caso. El resultado es que hace poco un ejército de tópicos invadió la casa de un amigo librepensador que tengo y la arrasó. Fue un descuido, explica, pero un descuido que está pagando caro. Ha pasado la aspiradora, ha desinfectado con los productos más implacables, ha pasado las bayetas más ecológicas, todo está siendo en vano: el tópico inficiona el ambiente, se ha pegado a las paredes, se descuelga insolente de las lámparas, le desafía y le hace burlas. Su desesperación es indescriptible.

¿Hay remedios contra los tópicos? Convoco a quienes los conozcan para que los divulguen y nos libren de su condición pegajosa, empalagosa y viscosa. Cobrando, por supuesto, ningún dinero estará mejor empleado.

Como hay matamoscas debería haber mata tópicos o un aerosol fulminante, de malas pulgas (ya que de insectos hablamos), que los destruya o al menos los deje inactivos.

Se podría crear un pudridero de tópicos. Cada vez que empieza a circular uno, por la radio, por la tele, lo atrapamos, lo desarmamos, le ponemos un sudario y le damos un tratamiento de veinte o treinta años. Solo si resiste se le devolverá a la vida, ya librado de su condición infamante, restablecida su dignidad como idea apreciable. Se les puede visitar de vez en cuando, como a los reyes en El Escorial, para ver cómo van pero sabiéndolos yertos, sin capacidad para degradar la sindéresis.

El tópico es una idea de luto, la cana que nos sale en la imaginación. La arruga del pensamiento.

Un exvoto dedicado a la estupidez. El yeso contrapuesto al mármol, el bronce al oro.

Cuando es benigno es un pólipo. Cuando arrecia firme por tertulias y artículos de ¿opinión? es ya cáncer maligno y devastador.

Es el biombo que trata de ocultar la memez. El escombro, los cascotes que nos caen encima y de los que es preciso huir.

Se comprenderá que sostenga que el escritor de tópicos merece recibir sepultura en un lugar común.

 

 

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¿Es el hacha un arma reprobable?

Realmente, a veces, los periodistas, a los que tanto admiro, están en la higuera o escriben como desde otro mundo, como si no conocieran las verdades esenciales de la sociedad en la que vivimos.

Resulta que se difunde como noticia el hecho de que «un matrimonio se disputa el mando a distancia del televisor con un hacha y un cuchillo». Es decir, que a la hora de la selección del programa (la telenovela, el partido de balompié, el concurso…), como quiera que no existiera acuerdo entre los integrantes de aquella bien constituida familia, el marido, que era quien se encontraba en posesión del artilugio, defendió su preeminencia y sus gustos televisivos blandiendo con energía un hacha, que es como desde el neolítico (que por eso precisamente se llama edad de la piedra pulimentada) se han defendido siempre las causas justas y serias, o sea, aquéllas que han tenido mayor consistencia, mayor empaque y una más altiva dignidad. Y es que un hacha bien enarbolada acalla muchos escrúpulos y ablanda muchas aparentes convicciones, además de poner seriedad y contundencia en las negociaciones que se entablan. Es un hecho cierto e históricamente documentado que, con un hacha cerca, se va al grano y no se pierde el tiempo en inútiles digresiones.

Ahora bien, la mujer, para tratar de igualar sus fuerzas, tomó de la cocina un cuchillo con la pretensión de hendirlo entre las costillas que a más a mano se le pusieran de su amado marido y recuperar así el mando a distancia, lo que le permitiría ver el emocionante concurso en lugar del partido de balompié del que sospechaba iba a ser exactamente igual que los muchos que ya había tenido ocasión de ver a lo largo de su vida. Claro es que un cuchillo no tiene la misma fuerza de persuadir que un hacha, aunque hay cuchillos que, por su tamaño, por su conformación especialmente ofensiva o por la habilidad que se pone en su manejo, logran con eficacia aplacar muchos empecinamientos injustificados. Pero no hay comparación posible con el hacha y me imagino, aunque la noticia no lo relata con exactitud, que el triunfador en el gallardo combate sería el marido y al fin se vería, ya en la armonía de la matrimonial placidez, el encuentro deportivo. Eso sí, a lo largo de la emisión, allí seguiría el hacha bien a mano, plácidamente fulgente, como inminente instrumento de disuasión.

A cualquier persona, tal comportamiento en el seno de una honrada (y vulgar) familia española, le parece lo más normal y yo desde luego jamás la hubiera dado como noticia. Por eso, sorprende que un periodista le otorgue tal dignidad y la meta en los circuitos de las agencias de prensa.

Porque el «mando» a distancia no se llama así por casualidad, sino precisamente porque «mando» equivale a autoridad, a poder, a potestad superior. Ahora bien, en la actual sociedad, son muy poquitos los afortunados que disponen de él habiendo quedado el mando, en la inmensa mayoría de los españoles, contraído a ese pequeño artilugio que en la vida doméstica te permite mandar a paseo a Trump o al señor que lee las noticias. O a subirles la voz o a bajársela hasta verles accionar de una manera cómica, sin oírles, lo que nos permite imaginar las más fantásticas afirmaciones o disparates y así, de esta inocente forma, queda consumada la pequeña, la única venganza que nos está permitida contra tanto pelmazo prepotente como nos rodea.

Es bien cierto que al señor del hacha le hubiera gustado mucho más poder disponer del botón que le permitiera fijar el interés de su hipoteca o el precio de los libros de su hijo y no digamos lo que hubiera dado ese hombre por poder atizar con el hacha al constructor de su vivienda de goteras y chapuzas o por entender el recibo de la luz o por saber la razón de la subida de la gasolina o del tabaco… Pero nada de eso es posible en la actual sociedad democrática y, por eso, esa misma sociedad ha ideado el «mando» a distancia: para crear la ilusión del poder, como una limosna del mismo, como una caridad que se hace con el menesteroso. El «mando» a distancia es el óbolo que se entrega para crear la apariencia del poder. Es un juguete con el que el adulto se entretiene y se distrae y así, mientras le da al «mando», se deja mandar con contundencia y sin rechistar.

Incluso la antigua autoridad en el seno de la familia ha quedado pulverizada, abatidas como han sido las relaciones tradicionales entre padres e hijos: hoy en una casa es lo mismo el ascendiente que el descendiente y, si se me apura, el consanguíneo que el agnaticio. En estas condiciones ¿extraña a alguien que el único poder superviviente sea el de seleccionar el programa de televisión? Y, si ese poder se ejerce con el «mando» a distancia, quien lo posee, es bien lógico que lo defienda con el hacha o con el cuchillo de afiladas intenciones. Estaría bonito que si a los gobernantes se les permite proteger sus pertenencias con aviones, bombas y cañones, nos fuéramos a poner melindres con un pobre señor que, para vindicar su único poderío, echa mano del arma categórica, doméstica y tibia del hacha.

 

 

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¿Reforma constitucional?

La presencia en el panorama político español de partidos (en concreto, Podemos y Vox) que incluyen en sus programas algunas propuestas extremas obliga a preguntarnos -sin estridencias,  empleando el tono justo- si las mismas son compatibles con la Constitución de 1978.

 

Suele decirse que la nuestra es una Constitución rígida porque exige requisitos muy complejos para ser modificada pero, obligado es precisar, que las hay más rígidas todavía, la alemana por ejemplo, cuyo texto, declara la “eternidad” (Ewigkeit) de la estructura federal de la República y de los derechos fundamentales (artículo 79.3). Son estas materias inderogables, imperecederas, se hallan cosidas a la imagen del Estado alemán de manera definitiva e inmutable. Parecidos preceptos, que podríamos llamar yertos, hallamos en las Constituciones francesa (artículo 89) o italiana (artículo 139).

 

No es así en el caso de la española pues admite su revisión total o una llamada parcial que afectaría nada menos que al Título preliminar donde se alojan asuntos capitales como la forma política de la Monarquía parlamentaria, la soberanía nacional o el derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones. Solo que se exige para un trastorno tan sustancial que se ponga de acuerdo una mayoría de dos tercios de cada Cámara, la disolución de las Cortes, una nueva aprobación por mayoría de dos tercios de cada Cámara y un referéndum para su ratificación final.

 

A la vista de estos datos extraídos del articulo 168 C.E. se puede afirmar que la nuestra es una Constitución que ampara la apertura de un proceso constituyente (la revisión total a que alude el art. 168) del que tan solo quedaría excluida la propuesta de los partidos separatistas catalanes de independizarse de España, creando un Estado nuevo  y ello porque la Constitución se llama “española”, aplicable por consiguiente a esa realidad histórica y política que se identifica como España desde hace varios siglos. Se convendrá conmigo que al legislador constitucional no se le puede suponer la frivolidad de juguetear con implantar el caos ni tampoco podemos pensar de él que sea propenso a divertirse acogiendo el abismo -institucional, económico, etc- que supondría la escisión de una región del territorio español, algo identificable cabalmente como el ocaso del mismo.

 

Por eso en el Preámbulo se promete “proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones”. De manera que ese proyecto, en el que se ha embarcado el separatismo catalán, es el resultado de la insurrección contra un orden constitucional concebido como un todo dotado de una esencial lógica interna (razón por la cual sus dirigentes han de rendir cuentas ante los tribunales ya que el Código penal no puede orillar estas conductas).

 

Cuando, por su parte, Podemos aboga por la naturaleza republicana y plurinacional de España y por los referenda para ejercitar el derecho “a decidir” o cuando Vox propone convertir de nuevo a España en un Estado unitario han de ser conscientes de estar interesando partes muy sensibles del edificio constitucional, zonas a las que está aplicando un bisturí invasivo. Si tales aspiraciones se hicieran realidad, es evidente que todo el sistema sufriría un vuelco de dimensiones espectaculares, el espacio se vería sacudido por un juego de flujos y reflujos que llevaría -durante años- a infinitos desajustes. Que este futuro sea una oferta electoral de un partido conservador no deja de resultar paradójico.

 

No extrañará que una empresa de ese porte, parecida a la de un terremoto en el mundo geológico, un salto que bien puede calificarse de vertiginoso, necesite la máxima prudencia y las más previsoras cautelas. Son justamente las que exige el art. 168 a las que antes me he referido basadas en un iter procedimental entretejido por la multiplicidad de acuerdos entre los actores de la escena política que de forma necesaria se ha de dilatar en el tiempo, salpicándolo de vacilaciones y zozobras.

 

Me parece que, en la situación actual, las fuerzas políticas con las que contamos no deberían meterse en un embrollo tan perturbador. Para poder iniciar un proceso constituyente o de simple reforma es presupuesto inexcusable que la comunidad se halle “integrada”, consciente de ser un grupo que se siente como tal, que comparte unas convicciones comunes que le permiten vivir juntos y constituirse en un Estado regido por la misma norma. En este contexto, lo simbólico -por ejemplo, la bandera- juega un papel nada despreciable y por ello encontrar la forma de Estado más apropiada no es el producto tan solo de una reflexión político-jurídica sino también en parte de una adhesión afectiva, lo que es más imprescindible aún en los Estados descentralizados.

 

Pues bien, afirmo que las fracturas sociales y emotivas que alimentan los nacionalismos separatistas en España conforman el ejemplo de manual de una situación carente de esos elementos de “integración” indispensables para hacer posible la vigencia ordenada y fructífera de una Constitución. Mientras tales nacionalismos, representados por partidos políticos, sigan defendiendo sus tesis dirigidas a destruir el patrimonio común que supone la existencia de un Estado que ha de ser indiscutido hogar común no tiene sentido pensar en la reforma constitucional. Dicho de otro modo: mientras no nos pongamos de acuerdo en un “credo” compartido y libremente asumido, en un prontuario de cuestiones básicas, entre ellas, obviamente, la existencia misma de ese Estado, pensar en dibujos constitucionales es fantasear o, como decían los antiguos, trasoñar.

 

Por eso me permito proponer que nos centremos en objetivos más cercanos a la ciudadanía. Pienso por ejemplo en el destierro de las financiaciones ilegales, en la garantía de servicios públicos prestados en condiciones de igualdad, en la expulsión de la educación del debate sectario, en la reforma de la legislación electoral para dejar de favorecer a quienes votan opciones nacionalistas, en la despolitización de tribunales como el Constitucional o el de Cuentas, donde hoy los partidos nombran a sus magistrados o consejeros sin pudor alguno. Debe decirse que la reciente modificación de la Ley Orgánica del Poder judicial ha recogido en parte lo que algunos llevamos predicando hace tiempo: que la designación de los magistrados integrantes de la “élite judicial” deje de responder a criterios político / asociativos y se rija por un mecanismo menos discrecional, más reglado.  Ahora solo falta la desaparición de los magistrados elegidos por las Asambleas parlamentarias de las Comunidades Autónomas y, sobre todo, la prohibición de las “puertas giratorias” de jueces y fiscales, esas que permiten estar hoy en la Sala con las puñetas, mañana en el escaño o en el Gobierno, pasado de nuevo en el Juzgado. Sin despeinarse.

 

Igualmente se podría evitar el espectáculo del cambio – masivo, obsceno- de los altos cargos del Estado y de sus empresas públicas con motivo de la alternancia política. No sería malo imitar a las instituciones europeas: pienso en la Comisión, en el Parlamento europeo donde se practica, en los tránsitos de unas mayorías a otras, la moderación y una visible continencia en el trasiego del personal de confianza.

 

Con estos ingredientes, que no exigen manosear la Constitución, se daría un salto apreciable en la salud de nuestras instituciones. Serían pasos alejados de acrobacias y quimeras pero zancadas si pensamos en ese bien supremo que consiste en desvelar el misterio y practicar el arte del buen gobierno.

 

 

Publicado en el periódico El Mundo el día 5 de enero de 2019.

 

 

 

 

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Turrones

Nadie como Chateaubriand, en sus voluminosas pero imprescindibles “Memorias de ultratumba”, ha descrito mejor el vendaval que supuso la Revolución francesa: “fueron abolidos – escribe- los derechos feudales, los derechos de caza, de palomar y de conejar, los diezmos y derechos sobre el trigo, los privilegios de las Órdenes, de las ciudades y de las provincias, las servidumbres personales, las injusticias señoriales y la venalidad de los cargos. Los golpes más duros contra la antigua constitución del Estado fueron asestados por nobles. Los patricios comenzaron la revolución, los plebeyos la acabaron …”.

Y la acabaron proclamando las grandes libertades: de prensa, de residencia, de creencias, de expresión, de asociación y reunión y por ahí seguido. Tan acabado fue el catálogo confeccionado por aquellos próceres que de él vivimos todavía en los países occidentales que se rigen por Constituciones serias.

¿Vivimos? Vivíamos sería más exacto escribir porque estas fiestas de Navidad se ha proclamado una nueva libertad en un asunto al que nadie o pocos habían prestado atención. Me refiero a la libertad de turrón.

Quizás en esta vida atolondrada que llevamos no nos hayamos percatado con suficiente claridad. Pero, preciso es decirlo bien alto, hemos salido de una época rígida, de años severos y rigurosos a esta en la que se ha hecho la luz de la diversidad, de la pluralidad, de la riqueza en suma.

Dicho de otra forma, hemos pasado de lo uniforme a lo multiforme. Porque esto es lo que significa el salto – acrobático- del turrón blando de Jijona o duro de Alicante al turrón de zanahoria con zumo de melocotón de Calanda y pepitas de sandía.

Advierto que no estoy calificando la época pasada de sombría. Y no lo fue porque, por más inventos que hagamos, lo cierto es que el turrón duro y el blando se siguen llevando la palma de todos los turrones al ser los más exquisitos por más logrados. Pero, si es verdad que no vivimos entre las sombras, sí se convendrá conmigo que padecíamos una cierta dictadura, un régimen turronil opresivo, un poco agobiante. Es verdad que a veces contábamos con una variedad heterodoxa, el turrón de yema por ejemplo, pero el cetro turronil (o turronesco, que también es expresión válida) estaba donde estaba.

Todo esto es tiempo pasado, hoy estamos viviendo la revolución turronesca, una revolución donde se ha puesto capacidad creativa, voluntad barroca y juvenil entusiasmo. Es cierto que algo parecido ya hemos conocido con los helados porque, desde la vainilla y el tutti frutti  de los tiempos de austeridad, hemos llegado, sin casi darnos cuenta, al helado de pepino con vodka o de chirimoya dominicana con jugo de alcachofa. Pero el turrón es distinto si tenemos en cuenta que contamos con el de miel y pepitas de limón más el de pepitas de limón sin miel; el de vinagre de Módena con ciruelas pasas; el de ciruelas pasas sin vinagre ni nada; el de frambuesas con vermut; el de vermut sin frambuesas; el de queso parmesano con arroz tres delicias; el de arroz sin delicias pero con leche y el de leche sin arroz … Un festival difícil de enumerar, amigo lector.

Para el año próximo propongo el turrón de pote asturiano, de cocido madrileño, de callos a la bilbaína y de carabineros con torreznos. Un toque marinero a completar con el turrón de gambas a la gabardina o de percebes o el supremo de ostras con sidra.

Como la navidad es tiempo de catarros también podrían tener éxito los turrones de jarabe contra la tos, con codeína, para las flemas, todo ello en sus modalidades de adultos e infantiles.

Es estupendo saludar con entusiasmo a la imaginación. Ahora bien, me permito ponerle un límite, una barrera que jamás debemos traspasar si queremos mantener la dignidad y no perder el respeto que merece nuestra intransferible mismidad.

¿Dónde está ese punto que, sobrepasarlo, significaría el no retorno, el caos y la batahola bíblica? Se alcanzaría si nuestros ojos quedaran heridos viendo en un escaparate el turrón de sushi, esa muestra suprema de comida fallida y desvaída. Ese alimento solo apto para sollozar, para darse a la melancolía y al amargo gimoteo.

 

 

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Indispensable leerme para aclararlo todo

¿Cómo nos puede extrañar lo que nos pasa? ¿Cómo podemos alarmarnos ante el espectáculo cotidiano? Para explicarlo no hay más que leer las declaraciones que hace un joven que dice hacer spinning para mantenerse en forma y que cosecha grandes éxitos en el mercado electoral. Lo importante – asegura – es llegar a los electores “con memes y videos virales”. Los “zascas” también funcionan bien así como el envío de emoticonos. “Consigo además en breve tiempo generar miles de likes” ha declarado en un informativo televisivo. Eufórico, consciente de la alta misión que la vida ha puesto en sus manos, busca influencers y followers al tiempo que confiesa ser un campeón en marketing electoral, atento siempre al bandwagon effect y al flooding demoscópico. Encima, cuenta con un troll para mofarse de quien le pete en las comunidades de Facebook y en un abrir y cerrar de ojos hace trending topic al partido de sus amores y desvelos.

¡Así ya se puede! ¡qué antiguo queda todo lo pasado! La época en que se rebuscaba luz en los clásicos para entender el presente, qué atraso y sobre todo qué pérdida de tiempo: con lo fácil que es encontrar un trending o un meme. Y pensar que Locke se dedicó a escribir sobre el gobierno civil y Rousseau sobre el contrato social y el pobre Montesquieu sobre la división de los poderes. Pero ¿alguien ha podido cruzarse alguna vez con tipos más desatinados, menos conscientes de lo vacuo de sus especulaciones? Pues ¿que me dice, usted, lector, de Marx, de Tocqueville o de nuestro Ortega y Gasset? Si hoy volvieran a nacer se les caería la cara de vergüenza por haber pasado la vida no solo dilapidando energías sino también emborronando cuartillas, con grave deterioro de los inocentes bosques. Y -me muero de risa de pensarlo- la cara de panolis que pondrían cuando se afeara justamente a ese Ortega, a ese Tocqueville no haber valorado nunca el bandwagon effect.

Por eso muchos tenemos confianza en estos jóvenes que antes hacían jogging y puenting y ahora spinning porque pensamos que, gracias a ellos, no va a ser fácil que el mundo se derrumbe y desperdigue ni que se apaguen sus luces ni se paren sus motores. Y si el mundo tuviera tal osadía, tal vocación catastrófica y aniquiladora,  ahí está el meme viral para recomponer las piezas destruidas.

¡Viva el meme, el zasca (y su padre, el zascandil), el follower y la madre que lo parió!

A mí todo esto me tranquiliza mucho. Como también me calma leer el comunicado de una empresa que ha retirado sus anuncios de un programa en el que su director se mofaba de la bandera de España limpiándose los mocos con ella. El empresario, que no supo ver la gracia ni tampoco que el cómico anunciara que lo iba a repetir con la bandera del colectivo LGTB, ha dicho a través de su gabinete de prensa que “suprimo mis anuncios para mantenerme al margen de cualquier territorio de opinión distinto a mi segmento”.

Así debe ser: cada cual en su segmento y en su territorio.

El gran escritor que fue Antonio Pereira  se dedicaba en su vida cotidiana (en el siglo, como dirían las monjas) a vender elementos de electricidad. Cuando ganó un premio literario, uno de los viajantes (ahora se llaman comerciales) que le suministraba el material, al felicitarle, añadió: “no sabía que usted fuera competente también en ese ramo”.

Hoy le hubiera dicho que estaba “hiperventilado” una palabreja que se oye a menudo en el Congreso de los Diputados y cuyo significado nadie ha podido aclarar jamás.

Y así entre hiperventilaciones, zascas, emoticonos, influencers y memes virales pasamos el tiempo convirtiéndonos poco a poco – pero de forma segura – en imbéciles de envergadura y trazo firme.

En el imbécil que contempla los descalabros a su alrededor considerándolos simples efectos especiales, perdón, special effects, de esos polichinelas de quienes somos complacidos juguetes.

 

 

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El escupitajo

En la vida parlamentaria anidan formas de expresión muy diversas y yerra quien cree que es solo la oratoria la que se practica en los hemiciclos.

Solo quien no ha asistido jamás a un debate entre sus señorías puede tener tan pobre opinión de ellos/ellas. Es verdad que existe el orador diserto, de verbo fácil y fecundo, que sabe evocar imágenes felices y convocar a las musas más dadivosas pero también hay el que se desempeña con torpeza, trabucando los conceptos y liándolos como nudos de una alfombra, oradores que podríamos llamar espesos, herméticos y aun esotéricos. Ambos tienen sus virtudes y sus defectos: el primero aporta una claridad que no siempre es benéfica para las leyes porque el jurista vive del embrollo y de un cierto revoltijo en las palabras. Yo prefiero por eso al segundo pues que es maestro de la jerigonza, suprema argamasa de la jurispericia, como si dijéramos la levadura que la hace fermentar.

También es muy apreciado el discurseador que vaga y divaga errante entre las palabras y las ideas porque es una especie de excursionista que nos conduce por una vereda alicatada de sorpresas. Se trata de un experto en transitar y también en escapar cuando la argumentación se hace abrupta y las lianas de las nociones se hacen más y más enigmáticas.

En alguna ocasión he hablado del discurseador monologante. Es aquel a quien el presidente no ha concedido la palabra y se ve obligado a decirse a sí mismo el discurso, accionando con las manos como si estuviera dirigiéndose a un público que es invisible pero que él siente cercano. Y así como hay tribunas para los invitados debería haberlas para la audiencia de estos diputados monologantes, tribunas vacías de seres humanos pero llenas de cuerpos de aire.

Luego está Su señoría aplaudidora. En los regímenes comunistas es la única que existe porque tan solo el amado líder puede perorar.

Gran tradición atesora asimismo Su señoría pateadora que se manifiesta con los pies y preciso es aclarar que no siempre su gesto significa reprobación pues a veces es tal la identificación con el orador que las manos se le quedan cortas para expresarse. De ahí el recurso al pinrel. En las óperas ocurre igual ante un aria especialmente afortunada.

En el pasado, cuando se usaban sombreros y bastones, estos eran también apoyos elocuentes de la efusión de sus Señorías y volaban entre los escaños como palomas en busca de estatua.

Nosotros acabamos de inventar en las Cortes, en nuestro Congreso de los Diputados, el diputado escupidor. Se equivoca quien cree que es muestra de falta de respeto o de suciedad por parte del lanzador o de ultraje hacia el destinatario. Por el contrario, el escupidor es quien, entusiasmado con las palabras del colega o del ministro que ocupa el banco azul, se le acerca y le lanza un gargajo como muestra suprema de adhesión, de lealtad y -a veces- de amistad sólida.

Muy bien se hubiera podido quedar él solito con su expectoración, embarazada de bacterias, pero en un gesto de desprendimiento lo quiere compartir con quien, a su juicio, lo merece. Es un ademán de liberalidad y como tal ha de valorarse.

Solo un tipo estirado, un sujeto envarado y quisquilloso puede tomarse a mal el signo de afecto que supone advertir cómo un lapo ha logrado depositarse en su gloriosa mejilla ministerial como un lunar.

Por consiguiente debemos los españoles sentirnos orgullosos por haber sabido incorporar el escupitajo a los haceres parlamentarios de la misma manera que introdujimos el cuartelazo para proceder de manera expeditiva al cambio de régimen político cuando este se hacía correoso y pelmazo.

El escupitajo es el atajo de la oratoria.

 

 

 

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Su Majestad el bohemio

Estos días anda representándose por Madrid la creación valleinclanesca “Luces de Bohemia”, a mi entender la obra más lograda del teatro anterior a la guerra civil. En ella está todo lo que define el más negro ser de España, su circunstancia aciaga, los vicios groseros de sus habitantes, las cenizas de sus glorias, la pesada digestión de sus bravuconadas, el olvido de sus grandes y el desprecio de sus creadores, la adulación al pedante que pasea su esplendor fugaz por un cargo superfluo … ¡Ah, la escena de la conversación entre Max Estrella, el poeta arrinconado, y el ministro de la Gobernación, ese personaje cuya casaca oficial está bordada con los versos que no llegó a escribir …!  Y lo mismo el final tenebroso en el cementerio con Rubén Darío, revestido de su dignidad de catedral literaria, conquistador de mujeres, pintor de cisnes, amigo de muertos …

Max Estrella es, según se ha contado muchas veces, un trasunto literario de Alejandro Sawa, poeta maldito de carne y hueso (mas huesos que carne por el hambre que pasó) que dejó una obra temblequeante de imágenes atroces, pintor de una España magullada, agujereada, una España de mirada fiera y de puñales de plata falsificada.

De él, de Sawa, encontré hace poco en un tenderete del Fontán de Oviedo una colección de sus artículos periodísticos titulado “crónicas de la bohemia”.

En ellos se relata que alguien le pide su autobiografía y entonces se encuentra con la dificultad de no reconocerse porque no es capaz de trazar unos rasgos generales de su vida y de su carácter. Dándole vueltas a la cabeza se da cuenta de que “yo soy el otro, quiero decir, alguien que no soy yo mismo. ¿Qué esto es un galimatías? Me explicaré. Yo soy por dentro un hombre radicalmente distinto a como quisiera ser, y por fuera, en mi vida de relación, en mis manifestaciones externas, la caricatura, no siempre gallarda, de mí mismo”.

Por eso de él escribió Manuel Machado que “jamás hombre más nacido para el placer, fue al dolor más derecho” y en efecto confiesa Sawa que “soy un hombre enamorado del vivir y que ordinariamente está triste. Suenan campanas en mi interior llamando a la práctica de todos los cultos y me muestro generalmente escéptico”.

En definitiva: “soy el otro”.

Un otro que desconoce el origen de sus ideas, que se hace un lío cuando trata de ordenarlas y sobre todo de identificar su partida de nacimiento, de nombrar a la mente lejana o cercana que las concibió, el momento en que él -Sawa- las adoptó como propias y el momento, ay, en que las repudió como ajenas.

“Quiero al pueblo y odio la democracia. ¿Habrá también galimatías en esto? He querido decir que no concibo en política sistema de gobierno tan absurdo como aquel que reposa sobre la mayoría, hecha bloque, de las ignorancias”.

Y, sin embargo …

¿No tenemos todos mucho de Alejandro Sawa? ¿no padecemos sus mismas tribulaciones? ¿no cabalgamos el rocín de sus mismas contradicciones?

Y es que para quien se busca a si mismo no se ha inventado peor castigo que el de encontrarse.

Y descubrir encima -suprema tortura- la trampa del plagio.

 

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Valls, nacionalismos, Europa…

La aparición en la escena política de un candidato como Manuel Valls, aun sin magnificarla, se asemeja al hecho de abrir una ventana en un espacio de aire inficionado por los efluvios malignos de la pereza mental y la rutina. Un político joven que ha llegado a encabezar el Gobierno de Francia ambiciona dirigir la vida municipal de esa gran urbe mediterránea que es Barcelona para devolverle su condición de “estuche de la cortesía” según la galantería de don Quijote.
La incertudimbre es evidente pero a ella está expuesta quien emprende “grandes fortunas” como nos enseñó Platón.

Europeísta, Valls sabe que su combate ha de dirigirse contra el nacionalismo y para ello viene aprovisionado de las mejores armas, conocedor como es de esa enfermedad tenaz e implacable que está poniendo a prueba el vigor del cuerpo europeo.

Acaso para bruñirlas no estaría de más que conociera el ensayo que acaba de aparecer en las librerías alemanas y que está firmado por Joschka Fischer, ministro de Asuntos exteriores con el canciller Schröder, dedicado a explicar algunas de las claves que conciernen a Europa en el mundo actual (“Der Abstieg des Westens”, Kiepenheuer&Witsch, 2018).

Fischer comienza su análisis subrayando el vuelco que ha significado la crisis económica, el adiós de Gran Bretaña, la extensión de los movimientos migratorios, la elección de Trump y la emergencia como potencia de China. Justamente en este contexto es preciso explicar el fortalecimiento o el nacimiento de inquietantes movimientos nacionalistas en Europa. Un nacionalismo que se presenta con rasgos nuevos: frente al tradicional que tuvo un carácter progresivo, tal el caso de los que construyeron la unidad alemana o italiana en el siglo XIX, o de otros nacionalismos, a veces también expansivos y conquistadores, el actual nacionalismo es defensivo al ser la bandera de quienes “fuera de su tranquilidad, no quieren nada”. Un nacionalismo “del miedo”, de “viejos”, que pretende aislarse del rumbo que toma el planeta.

Pero eso no le hace más débil, al contrario, la fuerza de las identidades que se sienten amenazadas, bien amasadas con otras incertidumbres, entre ellas la económica, forman el humus de estos neonacionalismos que, vinculados como se hallan a tendencias profundas que circulan por los arcanos de las sociedades, permiten augurar su creciente expansión y su turbadora traducción en votos y diputados en los escaños parlamentarios.

De otro lado, el mundo de mañana -razona Fischer- no vendrá determinado por el conflicto entre el Este y el Oeste sino por una pluralidad de ellos a lo largo del eje Norte-Sur que se escaparán al control de los grandes y que determinarán una inestabilidad a un tiempo regional e internacional. Piénsese en la pesadilla que supone el hecho del incremento de grupos terroristas en posesión de armas nucleares, lo que conduce a destruir de raíz la seguridad del mundo tal como hasta ahora se ha concebido y que ha estado vertebrada en torno a los acuerdos sobre la No-Proliferación.

En estas condiciones, las cosas no pintan bien para Europa que tiene problemas demográficos dificiles de afrontar, una revolución digital que, si no la encauza, corre el riesgo de debilitar su fuerza industrial, base ¡ahí es nada! del modelo social europeo y, por ende, de la paz.

Por estos -y otros- vanos se cuela el mensaje nacionalista, tan simple como cautivador para una parte de la población dispuesta a dejarse encandilar por el atractivo de las soluciones al alcance de cualquier bolsillo mental. Recuerda Fischer que el modelo democrático-liberal se asienta sobre principios como la división de poderes, los derechos y las libertades, la decisión en manos de la mayoría, a su vez obligada a respetar a las minorías. Pero cómo, frente a él, se alza el que representan algunos países, entre los que el faro de mayor y más venenosa potencia lumínica es China, país mensajero de una “post-democracia” en la que al tiempo que resplandecen las luces del desarrollo y de la eficacia se apagan las de las libertades.

Es un nuevo escenario el que tenemos delante donde se representan piezas variadas y ante el que se abarrotan públicos muy diversos: en ellas se deslegitima la representatividad, se ensalza al hombre fuerte de un partido fuerte, se contrapone la “gente” o la “casta” a la ciudadanía, se banaliza el Estado de Derecho y, por esos desvaríos, algunos buscan la vuelta a una sociedad culturalmente homogénea, a un Estado libre de ataduras exteriores, que decide su propio destino “nacional” y expulsa a los extranjeros o los degrada a una condición inferior. Se desentierra a Bodino de su descanso para repasar el concepto que de soberanía formuló en el siglo XVI.

Para los europeos la disyuntiva no ofrece dudas: economía de mercado y consumismo de las masas se puede dar en cualquier modelo; libertades, seguridad jurídica, ejercicio democrático del poder y rendición de cuentas de los gobernantes, no. Por imperfectos que todos estos componentes sean -y lo son y mucho- en nuestras sociedades.

En Europa contamos con un amplio abanico de partidos nacionalistas, en España los llamamos “soberanistas”, fruto de este desvarío lamentable que cultivamos por estos pagos. Citemos al FPÖ en Austria, un adelantado; el de la señora Le Pen en Francia; la “Alternativa para Alemania”; los “verdaderos finlandeses”; los seguidores de Geert Wilders en Holanda; Orban y además Fidesz en Hungría; Kaczynski en Polonia y lo mismo en Grecia o en Italia donde se han unido los nacionalismos confusamente llamados “de derechas e izquierdas”. Etcétera. Junto a ellos, y en tenebrosa compañía, el izquierdista Mélenchon en Francia que está ya defendiendo postulados racistas y el movimiento que en Alemania encabezan Oskar Lafontaine y su mujer Sahra Wagenknecht. Recordemos: Herr Lafontaine, ingrediente tan inevitable como aciago de cualquier “izquierdismo” intrigante y veleidoso que en algo se tenga.

En España son de larga data y oscura memoria. Anidan en el País Vasco, en Cataluña, en Galicia pero sin descuidar otros espacios como el balear, el valenciano, el navarro y ahora hasta el asturiano donde el “soberanismo” se quiere escribir en bable … Parece que a la procesión se une Vox desde una orilla donde han ido a parar desechos ideológicos periclitados y antieuropeos.

Termino. Nos estamos jugando nuestro futuro. Por ello los partidos que han vertebrado Europa están obligados a olvidar sus gafas de miopes y ofrecer programas solventes que puedan ser trasladados a la realidad, incluso asumiendo el riesgo de perder electores. Es decir, tejer un relato construido con materiales relucientes, no reciclados. Materiales del máximo rigor técnico, de la mínima demagogia y de una ejemplar valentía. Quienes lo elaboren han de saber que, y vuelvo a Fischer, “la política democrática no solo debe ofrecer resultados sino también visiones e identificaciones … sin las cuales se pierde su efecto integrador, abriendo la puerta a una guerra cultural librada en el campo de batalla de las identidades … que acaba en los mitos fundacionales de la lengua, el color de la piel, de los ojos … es decir, en una política de etnias”.

Por ello, lo que nos interpela es la renovación de Europa como poder y también como faro de la democracia liberal y del Estado de Derecho. Los nacionalismos están de sobra.

Con certera expresividad política lo ha dicho Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión europea, hace poco: “sí al patriotismo ilustrado, no al veneno pernicioso del nacionalismo”.

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 6 de noviembre de 2018).

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Libertad

El mundo solo será libre

cuando los suizos inventen el reloj sin horas.

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El coñac

Hubo una época en que reinaba el coñac (los castizos decían coñá) como el gran alcohol de las sobremesas y así, en cuanto se terminaba con el postre, las personas decentes y con sólidos principios se servían unas copas y entonces daba comienzo una conversación que podía prolongarse durante horas. En las casas verdaderamente honorables, el coñac se acompañaba de café y puro. Y así esta tríada formaba una de las composiciones más serias y mejor fundamentadas de la vida española, algo así como la Santísima Trinidad del confort y del regalo. Ya se sabe que el número tres es mágico pues tres han sido los mosqueteros y tres los reyes magos. El café, la copa (de coñac) y el puro eran, además, la rúbrica de la comida, el estrambote del poema de la gran pitanza, el finisterre de toda reunión social pues más allá no había sino la soledad y el desconcierto.
El coñac español es, como toda cosa buena, un invento que viene de lejos y fueron los árabes quienes nos iniciaron a todos en los arcanos de los alcoholes, de la alquitara y del alambique. Sólo que ellos, por mandato del Profeta, usaban luego tan sólido descubrimiento para fines en verdad sonrojantes y aun ridículos como eran los cosméticos y medicinales. Ya es triste que, después de dar con algo tan serio, se le acabe empleando para una cataplasma o para quitar un absceso en salva sea la parte. Pero a estas aberraciones llegan quienes se toman los dogmas en serio y por la tremenda. Luego, los cristianos intuyeron el gran filón sensual que el líquido escondía y empezó la gran historia de los vinos que se cierra cuando a ese vino se le guarda, como la joya que es, en una buena barrica de roble y se le da el trato, el mimo y el cariño que merece.

Aunque son los franceses quienes más fama tienen en esto de elaborar el coñac, a mí me gusta mucho más el producto español que llaman brandy, nombre este que resulta un lío porque era el que daban los ingleses precisamente a los aguardientes de la región francesa de Cognac. Hubo años en la postguerra que se le llamó Jeriñac pero esta denominación no prosperó por su cacofonía pues suena a jeringa, a jeringar y, en definitiva, a jerigonza. El coñac español tiene una tersura infinitamente mejor que su homónimo de allende la pirenaica cordillera, tiene mayor desarrollo en la boca, es más cálido, más noble, más redondo y deja al final en el paladar un toque de serena elegancia. Pero, sobre todo, en el color no se le puede igualar siendo los mejores aquellos que tienen una tonalidad roja oscura, brillante, con intensidad y reflejos de rubí. Y con su gallardía y su guapa apostura.

Todo este pasado esplenderoso de culto al coñac se ha venido en buena medida abajo y ahora se estila tomar, tras las comidas, un «chupito». Tengo para mí que la decadencia española se puede explicar a partir de este tránsito humillante de la gran copa de coñac al «chupito», un nombre ya en sí mismo grotesco, que ha de comparecer ante la sociedad en diminutivo porque no tiene entereza ni consistencia alguna y porque si se le llamara «chupo» acabaría pronto enterrado entre los productos de menor seriedad del mercado. No le demos vueltas: el «chupito» es una abreviatura, el santiamén de la bebida, el esbozo pusilánime de algo que nació con pretensiones, que quiso ser… El chupito es de una corporeidad evanescente y ñoña.

Ahora bien, el golpe bajo más dañino que el coñac ha recibido procede del güisqui (o whisky). Una bebida estupenda a la que algunos espabilados han atribuido propiedades curativas de las alteraciones del ritmo cardíaco y eso ha hecho que el consumidor se beba un vaso de güisqui acompañado de unas aceitunas y unas almendras en la creencia de que se está tomando un jarabe reconstituyente u otro medicamento de gran renombre y aprecio social. Estos efectos terapéuticos no están probados pero los han hecho circular los fabricantes y el español de buena fe ha picado creyéndose un riguroso observante de las sanas costumbres cuando se sopla un largo trago de whisky. Ahora bien, una bebida que se toma con hielo o con agua o con soda no es una bebida seria. ¿Alguien imagina echar unos trozos de hielo a un Ribera del Duero? ¿o soda a un vino del Bierzo? ¿O agua a una manzanilla del Puerto? Sería un delito de los que debería darse cuenta ante el juez más cercano. Pues lo mismo ocurre con el whisky que, una de dos, o es bebida lograda o no lo es: si lo es, debe tomarse tal como mana de la barrica, y si no lo es, mejor es que que se comporte con mayor humildad y abandone la pretensión de destronar a las bebidas respetables.

Pero el daño que ha hecho la costumbre del hielito va camino de convertirse en definitivo. Porque ahora se oye en la radio el anuncio de un coñac español al que se recomienda que se le añadan ¡unas piedras de hielo! ¿Alguien ha oído jamás mayor desatino? Me parece que preservar al coñac del denigrante añadido del hielo es una de las batallas de mayor envergadura que puede emprender el español. El coñac … ¡con hielo! Y luego dicen que la calidad de los espermatozoides ha descendido… ¡Peores cosas veremos! Estamos en el inicio de una peligrosa pendiente: ¡evitémosla!

 

Publicado en: Blog, Soserías