¿Cortes generales o corte de mangas?

Al final, pese a todos los agoreros que nos rodean, los proyectos de I+D han dado sus frutos. Cansados estamos de oír que los españoles no inventamos, que se nos fue la fuerza de la imaginación con el botijo y no sé cuántas otras descalificaciones aflictivas. Nunca he creído a estos aguafiestas, siempre he confiado en el poder de nuestra fantasía, de nuestras mentes que en verdad tienen mucho de sorpresivas y algo de enigmáticas. Y es que nuestra inteligencia es una suerte de meseta a la que llegamos por vericuetos de esfuerzo desde los que somos capaces de darle la vuelta a la vida desenredando sus secretos y aclarando lo que en ella está anudado y embrollado.

¿Cómo, si así no fuera, hubiéramos podido abatir el tiempo y el espacio tal como acabamos de hacer? Imposible, nos hubieran dicho los siete sabios de Grecia, aquellos engolados insufribles que nos miran desde la Antigüedad con ese desdén que solo saben emplear los dioses que han pasado todos los másteres de la pedantería.

Sin embargo, nosotros y nosotras, sin más que agitar en los cajones de nuestros cerebros y escarbar en las madrigueras de nuestra memoria ancestral, hemos conjurado como digo el tiempo y el espacio. Adviértalo el lector y la lectora, el niño y la niña: antes de que se hayan reunido los nuevos diputados y senadores en lugar alguno, antes de que hayan podido acariciar sus escaños como acarició el Creador la luz del sol y admiró atónito la palidez de la luna, antes de haber disfrutado esas pequeñas molicies anejas a su condición de ángeles de la Democracia renacida, ya conocen quién ha de presidirlos.

¿Se puede discutir el hallazgo? No han abierto la boca porque en verdad nadie les ha preguntado nada y porque aún no han tenido ocasión ni de verse, ni de saludarse, ni de desearse parabienes fraternos y ya saben los nombres y apellidos de quienes han de guiarles. Porque Alguien (por favor, con mayúscula siempre) les ha enseñado, desafiando el tiempo y el espacio, el nombre de las cosas, de sus presidentes y de sus vicepresidentes, de sus secretarios y de sus  protosecretarios, de sus ayudas de cámara y de sus palafreneros y, como aun sobraba tiempo, ha dado, como en un relato bíblico, el nombre del Progreso a todo lo que de asombroso hay en las Cortes, palabra que viene de corte, es decir, de corte de mangas.

De manera que así es como nos las gastamos los españoles. Hemos empleado una fortuna en montar unas elecciones llenando de pancartas las ciudades y de tópicos las mentes, nos han dado mítines en todas las plazas señeras y de respeto, nos han asaltado a toda hora sin considerar ni la de la siesta ni la del reposo que merece haber degustado un besugo a la espalda, hemos acudido a votar como corderitos y corderitas de los más logrados poemas bucólicos, hemos agavillado varios centenares de parlamentarios y repartido en dos Cámaras y, cuando todo eso ha ocurrido, a las primeras de cambio, sin preguntarles nada, Alguien les ha dado los nombres que han de conducir sus desvelos y peroratas.

La pregunta es: ¿ese Alguien se ha conducido así por desprecio a todos ellos, por hacer una muestra exultante de su poder omnímodo? En absoluto, nadie puede deslizar tamaña infamia sobre ese Alguien que, si no se ha aparecido de entre la zarza ardiente, ha sido porque le gusta ser original y evita imitar pasajes de un mundo anterior, reseco por su Ausencia. 

Lo ha hecho para demostrar, como he dicho al principio, el vigor de nuestra ciencia, la vitalidad de nuestra investigación y lo sublime de nuestra filosofía, en definitiva, para demostrar que ya el tiempo y el espacio carecen del significado que habían acumulado a lo largo de los siglos y de que ya no hay razón para adorarlos como esos altares deslumbrantes que habían tenido la osadía de intentar vertebrar nuestras vidas.

Ese Alguien es Alfa y Omega, Principio y Fin, debelador, con los rayos del Progreso, del espacio y del tiempo, esos pobres cachivaches, ay, dispuestos al fin para dormir el sueño eterno en el Desván reaccionario de la memoria. 

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El bostezo

Las formas de protesta han sido variadas a lo largo de la historia. La vestimenta siempre será un signo poderoso: los (y las) sansculottes en Francia se pusieron pantalones al calor de la Revolución simbolizando con ello su desafección a la monarquía y su adhesión a la república. Hace años, en mi juventud, alejar al peluquero de nuestros hábitos de higiene se consideró el rien ne va plus del compromiso social con los parias de la tierra. Todo aquel que tenía poco que decir porque padecían de óxido sus entendederas, se dejaba crecer los cabellos y ya se las daba de temible revolucionario. Si encima una barba desaseada con algunos residuos de fideos le velaba el cuello, entonces ya era la imagen de un feroz agitador dispuesto a ponerse el mundo por montera.

Había nacido el “progre”, una especie de apócope de “progresista” pero que, bien mirado, es su antónimo. Porque el progresista ha sido siempre una persona respetable, de largos saberes, alicatado de lecturas bien rumiadas, un tipo de sólidas convicciones éticas mientras que el “progre” ha sido y es un botarate, un cantamañanas, la cabal representación del eco, no de la voz, dispuesto siempre a sacrificar sus elevados principios por el puesto de jefe de gabinete del primer encumbrado en el tiovivo social que a mano encontrara.

Con anterioridad sabemos que quitarse la peluca y exhibir el pelo natural fue una forma cierta de  abrazar la revolución liberal y de ciscarse en la sociedad estamental que algunos llamaban “excremental”. Pues ¿y quitarse el corsé las señoras? Aquello sí que fue un grito de rebeldía de quienes no estaban dispuestas a bordar o tocar al piano de manera desmañada un vals o una polka.  

¿Y hoy? Ah, lector, hoy existen muchos modos de mostrar la disconformidad con el pensamiento heredado y hacer de guerrillero dispuesto a socavar el orden y sus aledaños. Son – es verdad- guerrilleros incruentos, guerrilleros muy finos como capaces de distinguir un rioja de un ribera de duero y sus añadas con solo aplicar la nariz y la misma habilidad demuestran a la hora de reconocer si la merluza es de pincho o pescada de forma desgarbada. Son guerrilleros inofensivos, nada que ver con los que se adentraban por las boscosas selvas y desde ellas entraban en los pueblos, quemaban el registro de la propiedad y colgaban al cura de un pináculo de la iglesia. Hoy se les distingue porque van sin corbata. El sincorbatismo tiene hoy la misma fuerza que tuvo hace unos decenios el sinsombrerismo, desterrado el sombrero para acercarse al pueblo que se tocaba con gorra como Pablo Iglesias (el auténtico) o boina, caso de los extravagantes que venían de las brumosas provincias vascongadas, como don Pío Baroja.

A mí me parecen estas muestras modernas de rebeldía bastante desaboridas y sobre todo muy repetidas, preciso es pues liberar la imaginación del truquito de las camisas sin corbata y de las barbas hipster. Propongo instaurar el bostezo como marca del sublevado: ante el tedioso discurso, la fastidiosa serie de televisión, la repetición inclemente del tópico en las tertulias o en los periódicos, el oyente emite un bostezo largo, dilatado, con separación descarada de los maxilares, estirando con desafío los músculos faciales, entornando con malicia los ojos, haciendo en fin del bostezo una singular obra de arte, una filigrana.

El bostezo socarrón, inacabado como una biografía que se precie, el bostezo cum laude y audaz. Oscar Wilde dejó escrito que “la sociedad perdona al criminal pero nunca al soñador”. Hoy preciso es decir que quien no va a obtener perdón es el bostezador porque el bostezo ha de ser disparo, honda, flechazo, un cañón contra el cementerio de lugares comunes que tenemos por sociedad y por vida.

El bostezo pues como respuesta a la locuacidad morbosa, al parloteo que nos lleva  a la jaqueca, el método concluyente para ahorcar a la palabra vacua, al ruido que martillea y actúa con el designio de majar el pensamiento libre.

Luchar contra el aburrimiento exige practicar el bostezo: sin afectación pero con grandeza, sabedores de que estamos ejerciendo una virtud, sutil, lozana.

Y suavemente devastadora. Porque el aburrimiento es lo más dañino que se ha inventado. No olvidemos que, según algunos filósofos, Dios creó el mundo por aburrimiento.

Y ya se ve lo que salió.

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Europa o la idea del patriotismo ilustrado

Cavilando sobre el desafío que tenemos ante la elección del Parlamento europeo, me encuentro con un libro, aparecido hace poco en las librerías alemanas, firmado por el Profesor – emérito- de la Universidad de Berlín Hartmut Kaelble titulado “Der verkannte Bürger” (“el ciudadano menospreciado”). Se trata de la visión optimista de un hombre que conoce

Resultado de imagen de Hartmut Kaelble “Der verkannte Bürger”

la historia de Europa y que se atreve a afirmar, frente a la tesis según la cual los europeos carecen de interés ante estas elecciones, que el índice de participación no es un indicador sobre el grado de identificación o rechazo que la ciudadanía siente ante el proyecto europeo de integración. A su juicio, la baja participación tiene más bien que ver con la decepción que el elector padece ante una elección donde no existen programas políticos comunes lo que empaña los perfiles de los partidos y sus ofertas. Tan solo se ha instaurado la novedad de los Spitzenkandidaten (expresión alemana que ha hecho fortuna, cosa rara). Significa que cada familia política (populares, socialistas, liberales …) selecciona al cabeza de lista llamado a ser propuesto al Parlamento Europeo por los jefes de Estado y de Gobierno para presidir la Comisión europea (que es para entendernos el Gobierno de Europa).

Añade Kaelble que los medios de comunicación dedican poca atención al funcionamiento de las instituciones europeas y menos a las sesiones del Parlamento y además informan más sobre los adversarios del proyecto europeo que sobre sus defensores. Como escribo en uno de ellos, y sé bien lo exacto de la apreciación de Kaelble, me permito alertar de lo nocivo de esta práctica y de la relevancia de su misión en estas fechas venideras.

Porque es el caso que buena parte de la ciudadanía, cree, al no explicarse con claridad, por ejemplo, que quien preside la Comisión es un señor seleccionado tras enjuagues practicados en la penumbra de despachos bruselenses donde no entra más luz que la proyectada por la niebla exterior. Pues hay que decir que ese señor es quien ha presidido la candidatura de la familia de partidos políticos ganadora de las elecciones. Juncker, actual titular del cargo, pertenece a los populares europeos que son quienes obtuvieron, con el respaldo de los votantes, 216 escaños en 2014. Lo mismo que va a ocurrir en España donde el señor Sánchez ocupará la presidencia del Gobierno por haber ganado las elecciones del pasado día 28 de abril. Así de fácil.

Y lo mismo acontece con los comisarios europeos que son los ministros de Europa. Respecto de ellos se oyen las más disparatadas afirmaciones. ¿Cómo y quién los elige? Aquí sí encontramos diferencias con los sistemas de los Estados pero no sale mal parado el europeo. Pues si en aquellos quien preside el Gobierno tiene las manos libres para designar a “sus” ministros, el presidente de la Comisión europea ha de jugar con los nombres asignados desde los Estados teniendo libertad tan solo para atribuirles un cometido concreto. Pero la lista del Gobierno europeo se debe someter al voto de aprobación del Parlamento y cada uno de sus miembros ha de sufrir un “examen” en la Comisión parlamentaria competente. Un examen que quienes, como diputados, hemos sido examinadores sabemos de su seriedad, lo que garantiza que el comisario designado para Agricultura se sabe la materia que ha de gestionar. ¿Alguien ha visto alguna vez en España a un ministro someterse al examen del Parlamento para sentarse en la poltrona de un ministerio? ¿No es una acusación generalizada y lógica la de que se nombran personas que ignoran su inminente cometido y tan solo ostentan la condición de amigos del presidente?

También oímos decir a tanto botarate de casa regional como circula por el ruedo ibérico que el Parlamento europeo “no sirve para nada” cuando lo cierto es que dispone de muy relevantes atribuciones. Así, desde el Tratado de Lisboa, aprueba, con el Consejo de ministros europeos, el Presupuesto y una Comisión específica examina cómo y en qué se han empleado los dineros públicos. Toda esa información está en la red para su consulta.

Es verdad que el Parlamento europeo ejerce una iniciativa legislativa con caracteres singulares aunque sabemos también que las más relevantes decisiones legislativas en los Estados proceden de los Gobiernos siendo limitadas las que tienen un origen parlamentario. Por otro lado, en Europa no puede desconocerse que el Parlamento debate con la Comisión el programa político al inicio de la legislatura y, en cada nuevo semestre, la Presidencia de turno presenta sus iniciativas que se discuten en el hemiciclo.

El resto del funcionamiento del Parlamento europeo se asemeja al de los Estados con  una diferencia: la capacidad para presentar iniciativas del diputado es mayor que la de sus colegas nacionales. El diputado cuenta además con una libertad de voto limitada tan solo por su lealtad al grupo político al que está adscrito. Ello hace que en el Parlamento europeo las votaciones que vemos en España donde, solo por casualidad o por error, un diputado se aparta de la disciplina del grupo, no existen. Los votos emitidos son, de otro lado, en gran parte, votos nominales, es decir, llevan pegados el nombre del diputado que lo emite y son aireados a través de Internet a las dos horas de haberse producido la votación.

En la legislatura próxima se van a debatir asuntos que a todos nos conciernen: el empleo, la inversión, un mercado único digital conectado, la energía, las interconexiones gasísticas y eléctricas de España, el cambio climático, la unión económica, la política comercial, la migración, el espacio común de libertades, las guerras comerciales, la inteligencia artificial, las comunicaciones, los Erasmus, la sanidad …

Por eso es importante que sepamos cuáles son los programas de los partidos políticos. La experiencia dice que en estas campañas, y esta corre un riesgo especial por coincidir con elecciones autonómicas y locales, los temas europeos quedan desdibujados por los internos. Me permito decir algo al oído del elector: desconfíe de los partidos que hurten a los ciudadanos la discusión de los grandes asuntos europeos. Los candidatos han de tener un criterio seguro sobre ellos porque va a ser grande su responsabilidad cuando se sienten en su escaño donde no cabe moverse entre simplezas. Es falsa la idea de que para el Parlamento europeo son elegidos políticos cuya estrella ha periclitado en su país y se acogen a una jubilación honrosa. Existen estos casos pero la experiencia nos dice que el parlamentario europeo tiene conocimientos muy precisos sobre las cuestiones que lleva entre manos porque normalmente es persona que lleva años en esa función y porque los que son novatos, cuando se ven obligados a votar cuestiones concretas en las respectivas Comisiones o en Pleno, han de saber lo que están expresando con su voto porque de todo ello queda constancia pública.

El peligro mayor en esta etapa que se abre ahora es la de los partidos populistas. ¿Cómo reconocerlos? Apelo a mi experiencia. Tuve durante años de vecino de escaño a un diputado joven holandés del “Partido por la libertad”. Como quiera que advertí que el sentido de su voto siempre era contrario a lo que se proponía, le pregunté si es que no estaba de acuerdo con nada. Me dijo que él estaba allí para destruir desde dentro el Parlamento y las instituciones europeas. Ese es el populista peligroso.

En un libro de Timothy David Snyder, titulado “Der Weg in die Unfreiheit” (C.H. Beck, 2018, “El camino hacia la no libertad”) se contiene un alegato en defensa de la democracia liberal y en contra de los populismos y nacionalismos que la ponen en peligro. Un análisis sobre el régimen autoritario que personifica Putin en Rusia y sobre la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca. Hoy sabemos que ambos dedican el dinero de los contribuyentes a socavar los cimientos de la Europa unida tratando de influir en las elecciones y probablemente financiando partidos extremistas.

Con más expresividad política lo ha dicho Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión europea: “sí al patriotismo ilustrado, no al veneno pernicioso del nacionalismo”.

(Publicado en el periódico El Mundo el 9 de mayo de 2019)

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Embaucadores ¡y en la cocina!

El peor momento del trasiego en sociedad es cuando se adivina que donde menos se miente es en la política. Este descubrimiento es un duro golpe para quienes viven en la creencia confiada de que a los aspirantes a concejales o a diputados no se les puede hacer caso porque son los maestros de la patraña.  Antiguamente se decía “sacar mentiroso” a lo que hoy llamamos “dejar por mentiroso” y por eso así se expresaba don Quijote cuando se empeñó en descalificar “al historiador que tanto le vituperaba”, es decir a Avellaneda.

Pues sépase que los políticos son ángeles de la verdad al lado de quienes trafican en el mundo de los alimentos que tomamos a diario. Nos lo ha explicado un tipo honrado que, harto de airear embustes, se ha ocupado de desvelarnos la sustancia verdadera de lo que comemos. ¿Cree usted, señora, que está desayunando una loncha de jamón de York que no tiene grasas y que por ello contribuye a mantener a raya sebos y michelines? Pues sepa que en puridad lo que se está metiendo en el cuerpo es una amalgama de polifosfatos, gelificantes, glutamato, ascorbato de sodio y nitrito. ¡Toma ya! Luego, allá en el fondo, hay, sí, jamón pero en cantidades homeopáticas y sometidas a una sesión extenuante de espiritismo.

Peor es el té de Ceilán que, en rigor, viene de un pueblecito encantador de la provincia de Segovia. Y esto no es lo malo porque ¿hay algo mejor que un alimento que venga de Segovia donde enseñó Antonio Machado y compuso versos inmortales? No. Pero es que el té no es té sino un infame aglomerado de tiabendazol, pirimetanil y carbendazima. ¿Alguien puede idear una falsificación más diabólica? ¿Qué es lo que merece el tunante? Por lo menos, leerse Os Lusiadas de corrido y sin aspirinas.

Nunca tuve aprecio a los caracoles de Borgoña porque prefiero los riquísimos de la huerta de Valencia que los venden en el Mercado central, ese museo prodigioso, la catedral más airosa de la alimentación que existe en el mundo. Caracoles que, cuando son de temporada, se pueden tomar en salsa con una pizca de picante o en la paella, su mejor sepultura. Ahora descubro que los de Borgoña no vienen de aquella noble tierra, cruzada por las guerras y ensangrentada por príncipes altivos, sino que se han criado en las inmediaciones de Chernobil donde lo único que crece son las radiaciones más peligrosas inventadas por el ser humano. Allí los tratan con las peores habilidades del embaucador y los envían a Francia donde les meten mantequilla y perejil para darles el toque cosmopolita y poder servirlos a precio de susurro amoroso en un lugar fino y ampuloso.

Y así podríamos seguir: la miel que no es miel, el queso azul que es fosfato trisódico, los raviolis rellenos de metáforas de baratillo …

En esto de la comida nos esperan tiempos turbulentos, jornadas terribles de desconcierto y aflicción. Se anuncian los bares digitales. En ellos ya no se oirá la voz recia del camarero, voz familiar porque resuena como alojada en una bóveda celestial, voz que no está escrita en los libros, en fin, vozarrón inimitable que pide a la cocina “marchando una de calamares y otra de patatas bravas”.

En su lugar habrá una mesa digital donde con un botón se elige y después viene ¡un robot o un holograma! con un … no quiero ni pensar en lo que trae. Lo más seguro el tiabendazol y el ascorbato con forma de hamburguesa. ¡Ah, la hamburguesa, atropellada por infames mercachifles!La ciudad de Hamburgo debería reclamar ante la ONU por la profanación que sufre su alimento estrella.

El colmo al parecer viene de Londres donde, con el ADN, una máquina confecciona al cliente el menú apropiado para que estés sano, el pene se te empine con alarde de triunfo y te brille el cabello. Al mismo tiempo puedes ver en una pantalla lo que pasa en las cocinas y una aplicación te informa de dónde salió el tomate de la ensalada o de qué mar el pez que se halla mansamente servido en el plato.

Solamente saber que todo ello se practica en Londres, el lugar más tenebroso que existe en la tierra en achaque de comidas, ya es suficiente para descartar tales excentricidades.

En estas fechas, cuando la Semana Santa nos ha asomado al acantilado de la piedad, recemos una oración sentida a la cocina estilizada, cuidada, premiosa, ortodoxa … Preservada de la ponzoña.

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Caca de elefante

¿Se presta o no se presta el arte actual al camelo? Esta es la pregunta que vienen haciéndose las gentes sensibles cuando tienen un rato libre desde hace varios decenios a la vista de las obras que se exhiben en las salas de exposiciones.

En Londres se ha galardonado con un prestigioso premio a un joven pintor que emplea boñigas o mierda de elefante para sus ingeniosas creaciones. Sin duda hay quienes piensan que donde se ponga el óleo o la acuarela que se quite el excremento de un vertebrado por muy elefante que sea. Son personas que se niegan a ver el progreso y que piensan de manera rutinaria que este simpático proboscidio solo sirve para los números de circo y para transportar nababes en la India. Sin embargo, tras el galardón londinense, se ve que se trata ésta de una forma de pensamiento anticuada, poco dúctil y desde luego refractaria a los nuevos signos que emite el arte en este final de centuria.

Que la mierda de elefante es un instrumento para el despliegue de la imaginación creativa es algo evidente y además está sancionado por la crítica. El hecho de que se haya tardado tanto tiempo en descubrirlo nos ilustra acerca de la torpeza y las limitaciones creativas que padecieron Rubens, Velázquez o Goya, obtusas criaturas que no lograron ver más allá de sus pinceles.

Hay, sin embargo, un problema y es que la mierda no se presenta en el estado natural en que sale del ano del voluminoso animal sino que el artista la seca y la barniza como pasos previos a pincharla con alfileres en sus apreciables lienzos. Estoy seguro de que lo hace con la mejor intención y rodeado de los mayores miramientos pero la verdad es que nos asalta la duda de si es lícito manipular el zurullo de un elefante y si no sería más propio, y sobre todo más respetuoso con el animal y sus evacuaciones, poner la deyección en su forma prístina de manifestación, sin alterarla ni «humanizarla» en forma alguna. El debate está servido y sobre él se pronunciarán los más acreditados expertos. Desde la humildad del simple e ignaro espectador, me atrevo a sostener que cualquier operación destinada a alterar la cagada tal como ésta comparece en la Naturaleza es un artificio que debe ser juzgado con la mayor severidad porque ¿qué ocurriría si el artista, además de barnizarla y secarla, la adorna con una banderita o la mezcla con nata batida o con una salsa vinagreta?

Y es que está muy bien el uso de una buena diarrea si se tiene el compromiso inaplazable de una exposición, pero ¿puede el artista, invocando su libertad creativa, alterar un producto hasta desnaturalizarlo? Se trata probablemente de un problema de límites: esto es lícito, aquello ya no. Pero cuanto más estrictos seamos, mejor para el arte. Si hoy aceptamos que se barnice la caca de un elefante ¿no acabaremos admitiendo que se haga una caldereta a base de los tomos de la enciclopedia Espasa?

Mi opinión pues es que está muy bien que el artista londinense haya envíado el óleo y la acuarela al desván de las antiguallas, merecido lo tenían, pero lo que resulta más difícil aceptar es que no respete como se merece el cagajón, que es lo que es, y a mucha honra, por lo que nadie está legitimado para su alteración por muy creativo que sea.

Acaso sea el atrevimiento de este hombre lo que ha llevado a otro artista a llenar cuatro inmensas vitrinas con órganos disecados de ganado vacuno y presentarlos tal cual en una acreditada sala londinense (¡ay, Londres, ¿cuándo cerrarás de una vez la National Gallery?). Obsérvese el desparpajo del creador al «disecar» los órganos de las apacibles vacas. ¿Quién es él para disecar nada? ¿Le gustaría que hicieran con su perineo lo mismo? ¿por qué no se atreve a disecar los peinados de la señora May o los calzoncillos del príncipe heredero? No y no. Los órganos de las vacas, teniendo en cuenta que el más importante de todos ellos es la mama, merecen un respeto por parte de los humanos. ¿Qué es eso de disecar una teta? Si la ubre es la fuente nutricia de donde todos venimos ¿cómo es posible atreverse a someterla a las manipulaciones de la taxidermia? Se comprenderá ahora que toda severidad es poca cuando de artistas envanecidos se trata: si su genio les conduce a llenar un armario de órganos de vacas que éstos sean frescos, rozagantes y sobre todo ¡ojo, mucho ojo, con la teta!

Admitamos, con Santo Tomás, que el arte suple las deficiencias de la naturaleza pero no que las falsee impunemente. Queremos el boñigo de elefante, al natural, con su proverbial encanto intacto. Como dijo el clásico, y si no lo dijo debió decirlo, florezca el arte allá donde crezca el zurullo.

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Lo quirúrgico

Una de las señas que distinguen a nuestro tiempo es la moda del quirófano. Hasta hace poco sólo los enfermos en un grado muy apreciable y distinguido de enfermedad acudían a esas estancias rebosantes de olores narcotizantes y de blancos desinfectados que son las salas de operaciones de los hospitales. También eran buenos clientes las pobres víctimas de la apendicitis que ha sido siempre una dolencia de naturaleza pedagógica pues preparaba al paciente para mayores afanes quirúrgicos en el futuro. La operación de apendicitis era una especie de ingreso en el mundo de la cirugía, el bautismo del bisturí y el cloroformo, y había quien tenía bastante con esta experiencia y quien tan solo le servía de pórtico para más cuajados empeños. Se dice que el apéndice no sirve para nada lo cual no es verdad pues es el medio de que se valió Dios para crear a los cirujanos. Sabiendo como sabemos que una humanidad sin cirujanos hubiera sido una humanidad fallida, se instaló en el hombre el apéndice para justificarlos y así la inflamación de ese adminículo, que de forma ligera se califica de inútil, es la piedra sobre la que se ha edificado todo el edificio sanitario que hoy conocemos.

Lo demás vino después porque estos profesionales, ya puestos, empezaron a inventar, con enorme fruto, otras dolencias que podían ser aliviadas extirpando de aquí y añadiendo de allá. Y así nace la patología quirúrgica que es rama señera de la Medicina. ¿Qué harían los catedráticos de esa asignatura si los humanos no tuviéramos zonas lumbares y una columna vertebral que es como un acordeón averiado? En rigor, morirse de asco y contemplar cómo se marchitan los quirófanos, tristes y extenuados de quietud.

El humano por contra ha visto siempre al quirófano y a su señor natural, el cirujano, como alguien ante quien era aconsejable cruzar los dedos o tocar madera porque los pacientes somos muy nuestros y acabamos tomándole cariño a las diversas partes de nuestro cuerpo por muy defectuosas que sean. De ahí que no nos guste que nos anden hurgando en ellas ni que nadie se complazca en ver nuestras intimidades provisto de un cuchillo que tal parece el anuncio de un festín. A veces leemos que alguien se ha dejado en nuestro interior una gasa o el mismo bisturí y esto provoca un gran revuelo pero a mí esto siempre me ha parecido la cosa más natural del mundo siendo lo verdaderamente censurable que el cirujano se olvide en las inmediaciones de nuestro hígado una ficha de dominó o el salchichón que tenía comprado para el bocadillo. Abandonar un trebejo quirúrgico en nuestro apreciable interior debe ser contemplado como un signo exquisito de hospitalidad (nunca mejor empleada tal expresión) y aceptado como un recuerdo que queda de la operación y, así como nos traemos de un viaje a París una torre Eiffel con un termómetro incorporado o de Sevilla un toro, del hospital nos traemos una sonda metida en nuestras entretelas.

Por estas razones y otras que podría ir desgranando, lo cierto es que a nadie le ha gustado nunca ser anestesiado ni operado. Al quirófano se iba a rastras excepto cuando se trataba de la fimosis porque contemplábamos la liberación del prepucio y la alegre salida del bálano como heraldo de magníficas aventuras. En esta ocasión se ha ofrecido siempre el miembro viril a la rudeza quirúrgica con alegría porque todos los sentidos se hallaban imantados por los más excitantes lances.

Sin embargo, ahora, hay más operaciones a las que se acude de forma voluntaria, con la sonrisa en los labios y la cartera en posición de «prevengan». Hay quien se estira el pezón o la mama completa o quien pide una cuarta más de pene, hay quien diluye ojeras, quien abate papadas o humilla caderas poderosas, quien se cambia de nariz con la naturalidad de quien cambia de acera, y así otras excentricidades. Es la era de la liposucción aunque también de otras chupadas menos científicas. Pero el colmo de la afición quirúrgica lo ha alcanzado una señora holandesa que se ha metido en el quirófano porque padecía orgasmos que la arrebataban en los momentos y lugares menos esperados. En una ocasión, cuando hacía la compra en unos grandes almacenes, justo en el momento en el que tomaba de la estantería su yogur preferido, le vino un vahído y quedóse estremecida ante la mirada envidiosa de los demás compradores de yogur que hubieran dado su tarjeta de crédito por disfrutar de tal experiencia en tan trivial coyuntura. Orgasmos además que le duraban varios minutos sin otro efecto secundario que el rictus de gusto que se le fijaba, húmedo y fruitivo. En vez de disfrutar con liberalidad, no se le ocurrió sino hacerse un encefalograma que arrojó como conclusión una malformación arterial. Se operó la muy estólida y hoy, ya bien formada, padece la vida previsible y anodina de quienes no estamos malformados arterialmente.

Excesos como se observa de la cirugía que conducen a la vulgaridad de correrse tal como está previsto en los reglamentos cuando infringirlos es algo así como eyacular sobre ellos, el orgasmo monumental y concluyente.

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Guía (indispensable) para las elecciones

Tiempo de baratijas, tiempo de baratillo, tiempo de barateros y de baratistas … tiempo de elecciones. Tiempo para debates que no son sino ciclones de ecos.

Tiempo extraño en el que el político se emborracha con jugo de votos. Conocí a un candidato cuyas insignias heráldicas eran votos de oro y palabras de viento en campo de urnas.

Como se sabe que el voto es la caricia que los ciudadanos hacemos a los políticos, hay personas cabreadas que llevan grandes pancartas pidiendo ¡seamos ariscos!

Ignoran que siempre será mejor el olor de los votos que el tufo de las botas.

Tiempo de promesas, de ofrendas al votante, de mítines … El mítin, para el militante fiel, es el sucedáneo de la misa de doce de una época antigua y desgastada y en él comulga con ruedas de molino.

Una vez acompañé a un amigo que aspiraba a ser diputado por Madrid a un mítin en el Retiro y, al final, en su atolondramiento electoral, iba saludando de una en una a las estatuas del parque. Pero era un mago para meter en su vacuo discurso azucarillos de verborrea.

Hoy día – me dice uno que está en el ajo y en la sustancia- se estila entre los políticos poner a la novia escaño como antes se les ponía piso.

Y quien se ha tragado muchos mítines – porque está jubilado- sentencia como un filósofo en su cátedra: los discursos que se oyen son tan antiguos que deberían tocarse con acompañamiento de vihuela. 

Ahora es difícil ver votar a un fraile porque van de paisano pero cuando se les distingue siempre nos preguntamos si el voto que está depositando es el de obediencia, el de pobreza o el de castidad.

Pero decía al principio que es tiempo de baratijas, de cosas menudas y sin valor donde hay puestos regentados por fulleros y logreros. Volatineros de la palabra. 

Tiempo de rebajas. “A lo barato” quiere decir en español “confusamente” o “en desorden”. Es decir, la forma de expeler que gastan a menudo la radio y siempre las redes sociales, esos lechos de suciedad, cloacas de palabras cobardes.

“Cobrar el barato” es “dominar u oprimir a otros por la intimidación”: “que vienen los soles” “que vienen las sombras” “que vienen los ateos” “que vienen los gramáticos” “cuidado con los acróbatas” o “con los tullidos”  … todo es un meter el miedo en nuestras entretelas para que nos redimamos con el cilicio del voto.

Por su parte, “baratear” es dar una cosa por menos de su precio ordinario: la pensión de viudedad, el permiso de paternidad, la paga extra del verano.

Es la ganga, el derroche, el saldo de los grandes almacenes, la venta de ocasión. La prodigalidad administrada desde el Boletín Oficial, antes un periódico, hoy la limosnera, la bolsa donde se lleva el dinero para repartir aquellos socorros que distribuía el monje a la puerta de los conventos o el criado ante las casas blasonadas.

Es el turbio mundo del que juega con ventaja, con los dados cargados, del fullero, del chamarilero, del tahúr.

A la vista de tantas trampas esta sosería recomienda no dejarse confundir y ver claro por el trozo de horizonte que cada uno debe construirse. Para lanzar desde él al fullero – con objeto de neutralizarle- la carcajada burlona. O el corte de mangas.

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Eco

El eco es el cantar peregrino y burlón que se resiste a morir

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Fondos

Hoy, el telón de fondo de nuestras vidas es el fondo. Vamos del fondo de inversiones al fondo de pensiones y añoramos los fondos reservados. Quien puede disponer de estos tres fondos es ya ser un privilegiado, un individuo superior colocado en la cúspide de la jerarquía social, un hombre de mucho fondo.

Antiguamente, a los fondos reservados se les llamaba fondos de reptiles y estaban destinados a hacer pequeños favores o a inclinar la pluma de un periodista de forma benevolente hacia la gestión de un ministro. No todos los ministros disponían de fondos de reptiles siendo esta una distinción capital entre los miembros del Gobierno pues el afortunado que contaba con ellos se podía permitir el lujo de distribuirlos entre sus allegados más necesitados y, sobre todo, podía pagar un buen fondo que era como se llamaba en esa época a los editoriales de los periódicos. De manera que el ministro con fondos de reptiles salía bien en los fondos de los periódicos porque la pluma que los había redactado había sido objeto de previo unte o engrase.

Pocos fondos más había si descontamos el del mar que siempre ha estado ahí con esa obstinación propia de los objetos de la madre naturaleza. Y los bajos fondos que estaban llenos de forajidos, criminales e indiciados. Pertenecer a los bajos fondos siempre ha sido cosa poco fina pues en ellos se asentaban los antiguos barrios chinos antes de ser sustituidos por las casas de masajes, modernas torres de babel donde se practican viejos y apreciables idiomas (el griego, el francés…). En las ciudades portuarias es donde siempre los fondos han sido más bajos pues allí se concentraban torvos marineros venidos de Hamburgo o de Amsterdam que se emborrachaban con ginebra y luego cantaban baladas tristes con los ojos arrasados por nostalgias y naufragios y, al final, atizaban una paliza a otro marinero venido de Finlandia o de alguna otra región hiperbórea ya que entre ellos se entendían a base de canciones muy siniestras y de estacazos muy consistentes. El español de los bajos fondos era, como más castizo, más comedido y se limitaba a escupir (muchas veces, sangre) y a decir palabrotas y blasfemias contra los santos u otros individuos relevantes de la celestial especie.

Todos ellos eran personas que habían tocado fondo.

Ha existido siempre también el femenino de fondo, o sea la fonda, y su propietario, el fondista, así como el fondón que era la persona que se pasaba horas y horas fumando cigarrillos y jugando al dominó en el café y que por ello adquiría un aspecto gordote, poco ágil, de escasa gracia, pultáceo en suma. Ambos se veían en la precisión de hacer a veces provisión de fondos para hacer frente a un pleito o a una deuda contraída en el tapete verde.

Sin desaparecer ni mucho menos todas estas especies de fondos, ahora este mundo se ha visto enriquecido como ya he dicho por los fondos de inversiones y los de pensiones. En el pasado financiero sólo existían los fondos de amortización pero sus titulares eran cuatro acaudalados, siempre los mismos, los cuatro muy pesados, con leontina y con bigotes engominados. Hoy, por el contrario, son muchos los ciudadanos que viven afanados por ir haciendo un montón en uno y en otro y los más viciosos siguen sus evoluciones y fluctuaciones para no perder de vista el fondo de su fondo. A veces se pone en ello más interés incluso que el que se dispensa a la clasificación de los equipos de balompié, lo cual da una idea cabal de la importancia que se presta al asunto.

El fondo de pensiones está sustituyendo al horizonte y es en cierta manera el más allá del más acá. Y así como los antiguos practicaban la aruspicina que era el arte de adivinar el futuro por las entrañas de los animales, así ahora se ausculta al fondo para saber de lo presente y de lo porvenir. Un buen fondo de inversiones y un buen fondo de pensiones componen un paisaje risueño bien delimitado por los puntos cardinales de las acciones eléctricas, alimentarias, bancarias y de seguros. Por paradójico que pueda parecer si se tiene mucho fondo se hace pie mejor en la vida, con lo que las posibilidades de morir ahogado disminuyen.

Por todo ello, no es una casualidad que en el idioma español fondo tenga que ver con base, con fundamento, con la raíz de las cosas vivas. Porque eso son justamente los fondos de los que me vengo ocupando: el suelo sobre el que edificamos, el cimiento de nuestra confianza, el asiento de nuestro optimismo, la peana de nuestras mejores emociones, la plataforma desde la que oteamos lo venidero sin deslumbrarnos por la oscuridad. Nadie con un buen fondo se desfonda y por eso flota y flota…

Tienen los fondos una última ventaja y es que para los pobres existen los fondos bibliográficos que son un buen remedio para sobrellevar sus desventuras.

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Caprichos

Todo el esfuerzo que se está haciendo desde hace varios siglos en la ciencia política de las naciones civilizadas se dirige a impedir que el gobernante haga su capricho. Fue allá, en la brumosa Inglaterra, donde, en el siglo XVIII, algunos sujetos con buenas entendederas se dieron a imaginar una monarquía regida por leyes abstractas y generales y no por el capricho de quien encarnara en cada momento la realeza y de allí, de la isla exagerada, pasó al continente, a Francia, que fue el país que dio al interruptor de las luces y, luego, vinimos todos los demás con un juego de bombillas prestadas y, a veces, fundidas.

Viene así la época de las constituciones que significan abolir el capricho a que tan dados son los mandamases de todas las latitudes y cofradías. A nuestra reina Isabel II le molestaba mucho que no la dejaran hacer su real capricho porque ella estaba convencida de tener la fórmula para lograr la felicidad de los españoles que se la confiaban al oído Sor Patrocinio, que tenía llagas profundas y duraderas, y el padre Claret, que veía el Cielo pues Dios le ponía al alba la película.

Se decidió que el capricho propiamente dicho sólo podía admitírsele a Goya pues como estaba sordo no había oído que se habían derogado los caprichos. Y de Goya pasó a los músicos que, al ser también artistas, hacen lo que les viene en gana, y así fue como Rimski Korsakov escribió el Capricho español y Chaikovski el italiano y, antes, Mendelsohn uno muy caprichoso para piano.

Pero pocos más podían frecuentar el capricho. Una aspiración teórica porque aquellos más directamente afectados, a saber, los gobernantes, seguían dejándose llevar por su voluble antojo en cuanto la ocasión se presentaba y el personal se despistaba ligeramente. Un capricho siniestro fue la primera guerra mundial y la segunda y la bomba en Hiroshima y hasta la elección de los papas no deja de ser un capricho que los cardenales se permiten con autorización del Espíritu Santo. Oscar Wilde contribuyó a dar mucha dignidad a los caprichos pues afirmó, con la autoridad que le prestaba andar siempre de farra e impresionando con su labia en los banquetes, que la diferencia entre un capricho y un amor duradero consiste en que aquél dura más.

Así que, por una razón u otra, el caso es que casi todo sigue regido por la arbitrariedad o la extravagancia.

En relación con España se ha dicho muchas veces que en esta periférica península no hay leyes ni reglamentos, hay sólo amigos y enemigos; es decir, capricho. O la ley del embudo que es la única en vigor de cuantas las Cortes han aprobado. También lo vemos con frecuencia: todos los afectados aseguran que «acatan» el veredicto de los jueces o el de los árbitros del Tour, para, acto seguido, hacer lo que les viene en gana. Esta conducta no es nueva y ya en la Edad media, a la que antes me he referido con el respeto que sus años me merece, se decía «se acata pero no se cumple», una buena forma ésta de anunciar, quien así se manifestaba, que estaba preparado para obrar según su antojo. Siglos después el comportamiento sigue siendo el mismo: quien advierte por la televisión con voz de gallina ponedora su voluntad inequívoca de «acatar» una decisión, lo que se dispone en rigor es a concentrar todo su esfuerzo en conseguir burlarla.

De manera que poco hemos avanzado. Por lo menos los caprichos de los músicos suenan admirablemente y los de Goya turban por su rebeldía y por su infinita ternura.

 

 

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