Abdicación por amor. Una novela real

La pasión de un rey por una hermosa extranjera desencadena una serie de acontecimientos que terminan en su abdicación. El atractivo irresistible de una mujer astuta y seductora llega a hacer tambalearse una monarquía.

La historia de Luis I de Baviera y Lola Montes demuestra una vez más la potencia literaria de la realidad en manos de un escritor brillante. Partiendo de hechos documentados y elaborándolos imaginativamente con una cuidadísima escritura, Sosa Wagner nos ofrece una apasionante novela histórica que es a la vez un jocoso retrato del alma humana.

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Reseñas y comentarios:

RAMÓN TAMAMES – «La bailarina que mandó casi más que Luis I de Baviera» (La Razón, 31 de mayo de 2021).

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La memoria al destierro

Es de ver la cantidad de aspavientos que el “homo tertulianus” está haciendo como consecuencia de las declaraciones de la ministra de Educación referidas a la memoria, esa facultad, potencia del alma o lo que sea que tan útil resulta para olvidar.

¿Qué nos ha dicho esta esforzada servidora del bien común? Pues que la memoria debe ser desterrada. ¿Para que los ciudadanos nos olvidemos de su yo ministerial y de su circunstancia, como han sostenido algunos deslenguados y malintencionados?  No, en absoluto, para no perturbar la asimilación de las habilidades que son el meollo del nuevo horizonte educativo. Si – como sostiene la prócer- los conocimientos no sirven para nada, desplazados como han sido ¡por fin! por las habilidades ¿para qué necesitamos la memoria?

Esta antigualla, que solo defienden personas chapadas a la antigua y botarates no inclusivos ni empoderados, servía en la oscura antigüedad para saber que Felipe II fue un rey del siglo XVI o que Ortega y Gasset fue un señor, no dos usuarios de instagram. Pero hoy, cuando lo que debemos hacer es borrar precisamente de la memoria a los reyes porque no fueron votados en elecciones primarias ni han estado afiliados a los sindicatos de clase, todo recuerdo de un personaje como Felipe II, vestido de negro cuervo y beaturrón él, no hace sino ocupar un espacio para albergar en la cabeza lo que de verdad importa. Y lo mismo ocurre con Ortega y Gasset, un ignorante que no tuvo ni idea de lo que es la resiliencia, el feminismo sostenible ni el ecologismo empático. ¡Al desván y sin contemplaciones con estos fantasmas de un pasado reaccionario!

Lo moderno, lo que define el progresismo de netflix y de facebuque, es la habilidad. Para saber qué es o quién es esta señora nada mejor que acudir al Diccionario de la RAE: “gracia y destreza en ejecutar algo que sirve de adorno a la persona como bailar o montar a caballo”. ¡Acabáramos! De lo que se trata es de dedicar a los jóvenes / as a estas vistosas destrezas que mantienen el cuerpo flexible y la cabeza aireada. Fuera la carcoma de la tabla de multiplicar y de las enseñanzas de Platón. Bailar, no con la ministra por supuesto, y montar un caballo de capa alazana.

Claro que hay otra acepción de “habilidad” en el DRAE: “enredo dispuesto con ingenio, disimulo y maña”. ¿Con cuál nos quedamos? Porque realmente enredos, disimulos y  mañas no nos faltan, la misma ministra no anda lejos de algún maestro en estas habilidades.

¡Todos al baile y a los caballos y, en el recreo, a los enredos!

– ¿Y qué hacemos con la memoria histórica? ha preguntado un aguafiestas.

Me he visto obligado a contestar de forma airada:

– No hay ninguna contradicción, zascandil. La memoria histórica es una forma de bailar, de bailar con la verdad.

Le oí musitar:

– ¿Y no podría ser que se han olvidado la memoria histórica precisamente por haber suprimido la memoria?

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El escondite de Rembrandt

Se puede ver la historia pasar por delante asomado a la barandilla de los acontecimientos o se la puede contemplar velado tras una cortina o unos visillos, viendo sin ser visto como la monja que se oculta tras la celosía o el torno para disfrutar de la procesión. Los grandes personajes del pasado, como fueron poderosos, no han querido perderse la visión del paso de los tiempos y por ello se hicieron retratar por artistas famosos y están colgados en los más importantes museos y es, desde esta atalaya, desde la que contemplan el espectáculo de los siglos, cómo estos nacen y se desperezan y avanzan luego desgranados en magnos acontecimientos y en minúsculas peleas de vecindad. Ven desde allí cómo caen reyes, cómo se abaten certezas, cómo los grandes fuegos se tornan frías cenizas, cómo las piedras preciosas desvelan su alma de pobres cuerpos opacos. ¿Qué se hizo el rey don Juan, los infantes de Aragón, qué se hicieron? y así por este camino hasta dar con los huesos de nuestra propia calavera, que está siempre en un cuadro de Valdés Leal.

El conde duque de Olivares como fue imperial y mandón, ordenó a Velazquez que le retratara a lomos de un caballo que jamás cabalgó, consumido como estaba por la gota, y es desde su grupa desde la que no solo nos contempla sino que parece estar señalándonos el camino de Portugal para que lo reconquistemos, dando a los lusos la buena tunda de palos que se merecen. En la pintura española del siglo de Oro hay muchos personajes que montan caballos imposibles y sueñan victorias fallidas. Al mismo Carlos V se le ve en los cuadros de Tiziano cómo no pierde ripio de lo que pasa alrededor y, si tiene la mirada triste y como ausente, es porque le reconcome la melancolía por no estar organizando las guerras actuales y porque nos reprocha serenamente pero con energía que convivamos con la herejía protestante.

Es privilegio sin embargo de un genio como Rembrandt haber ideado un truco para observarnos sin ser visto, para crear un escondite perfecto desde el que considerar los ridículos afanes humanos sin que se advierta ni pueda notarse su sonrisa irónica, esa media risa que es privilegio de quien está en el secreto de la nada, agujero de los siglos y de los tiempos. Se ha descubierto un autorretrato de Rembrandt debajo de un retrato de un noble ruso, un cuadro que los expertos creen que era fruto de la generosidad de Rembrandt quien dejaba pintar a sus discípulos encima de sus creaciones, cuando estas no se vendían, para ahorrar lienzo mayormente, como una forma temprana de reciclaje y porque Rembrandt pasó apuros económicos serios, sobre todo cuando se le ocurrió comprar una casa en una época como la suya donde aún no estaba desarrollado convenientemente el negocio hipotecario. Suprema osadía que desconocía además que casas, lo que se dice casas, solo las han podido comprar en todo tiempo y lugar los ricos cuyas cabezas propenden a la grisura y a la terquedad. O sea, que son muy brutos.

Todo esto es cierto. Pero, a mi juicio, hay otra razón que explicaría el ocultamiento de Rembrandt bajo la cara insulsa y abotargada de ese ruso, complaciente en sus crueldades con esclavos y campesinos pobres. Y es la de que Rembrandt, sabedor de que, por su genialidad, iba a estar presente sin desmayo a lo largo de los siglos venideros, quería un lugar recóndito donde desvanecerse porque estar siempre expuesto bajo las luces de la fama es muy fastidioso. Los otros autorretratos, de joven o de mayor, que de él se conservan están pintados también con la esperanza de que un eclesiástico o un acaudalado comerciante se superpusiera sobre ellos para que él pudiera descansar. Pero no tuvo fortuna más que con el del ruso. Allí ha estado acurrucado Rembrandt mirándonos, riéndose de todos nosotros, de las letras de cambio, de las pompas, de las cotizaciones de bolsa, de las sentencias de los jueces, de los diagnósticos de los médicos, pero sobre todo riéndose de sus compañeros los pintores, a quienes habrá endilgado los peores epítetos, sobre todo a los del pasado siglo XX, maestros en el camelo por lo fino y por lo caro. Ahora le hemos desbaratado su estratagema y esto no se hace con el genio que solo aspiraba a un escondrijo digno. Señores restauradores: eviten los experimentos que detrás del Cristo de Velázquez estamos todos, ocultos y sin molestar.

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Paisaje con ninfas (y II)

Rubens, Pedro Pablo, quedó satisfecho porque el cuadro del sátiro y las ninfas había salido lucido y la dirección del museo de Prado ya le había asignado una sala con orientales. Las ninfas se pusieron zalameras con Pedro Pablo quien accedió a adornarlas con unos rizos para disimularles las canas. Por lo demás, todas ellas exhibían formas nutridas.

Se dispersaron entonces para volver a sus juegos mitológicos, a la lira y a la cítara.

La ninfa Amelia estaba muy protestona:

– Esto de ir siempre desnuda no me gusta ni una miajita. Se le ve a una la celulitis y sobre todo ¿por qué no podemos las ninfas ponernos un fular estampado de rebajas?

La ninfa Amalia añadió:

– Y encima estar siempre en las copas de los árboles, en los arroyos y en las grutas ¡con lo húmedo que está todo! Quita ya … ¿sabes que te digo? Ejerzo mi derecho a la autodeterminación biológica.

La ninfa Amelia se unió a la idea.

Ambas, empero, cavilaron: ¿se harían sátiros o faunos? 

– Estoy harta del sátiro Aurelio, todo el tiempo sobando y lanzando gemidos porque soy apretada de pechos.

– Y yo, además, compacta de glúteos.

Como los faunos son más mirados o eso creían ellas, decidieron ser faunos.

– Acabaremos con la brecha de género – se conjuraron ante el oficial de la Oficina de Autodeterminaciones.

Y así fue cómo la ninfa Amelia pasó a ser el fauno Arturo y la ninfa Amalia el fauno Avelino. 

Muchas ninfas del bosque mitológico las siguieron y las convirtieron en heroínas:

– ¡Se acabó estar metidas en una gruta y en el manantial de aguas cristalinas!

– Eso, eso: a hacer el bruto y el salido como los varones mitológicos.

Entonces, al sátiro de mayor autoridad, que tenía prestigio porque salía en una nota a pie de página de la geografía de Estrabón, se le ocurrió la profética idea:

– Nos autodeterminamos nosotros también y nos hacemos ninfas, nereidas y náyades.

El coro fue atronador:

– Y a las grutas a depilarnos y a cantar baladas con las flautas.

– Yo quiero ser ninfa fluvial – se oyó a un sátiro que iba de empoderado por la mitología.

El sátiro con mayor categoría anunció:

– Le diré a Homero que nos saque en la Odisea.

Y así fue cómo los sátiros se convirtieron en ninfas y las ninfas en faunos.

Y todos siguieron haciendo lo mismo solo que con los papeles cambiados.

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Poder Judicial «en funciones»

Confieso que me siento identificado con la iniciativa legislativa, procedente de los grupos parlamentarios que forman parte del Gobierno de España, destinada a modificar las funciones del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en el sentido de suprimir sus atribuciones a la hora de efectuar nombramientos discrecionales. Aclaro al lector lego en estos achaques que tales nombramientos discrecionales son, básicamente, los que se refieren a los de magistrados del Tribunal Supremo y Presidentes de sus Salas, a los del Tribunal Constitucional así como a los de Presidentes de Tribunales Superiores de Justicia y Audiencias Provinciales. Estamos hablando de la élite judicial.

La lástima, lo que me aflige, es que la supresión de tal competencia se contraiga a la época en que el CGPJ se halle “en funciones”, es decir tan solo cuando se haya superado el plazo máximo de mandato de sus miembros y no se pueda lograr un acuerdo para su debida renovación.

Se desaprovecha así una ocasión pues estamos en el momento propicio para tomar carrerilla – ya que hemos iniciado el despegue- y suprimir sin más esos nombramientos discrecionales, no para esos períodos transitorios, sino para siempre. Para la eterna eternidad.

Porque, si queremos respetar de verdad la independencia judicial, un valor constitucional, la regla es clara: nunca más el nombramiento de un magistrado del Tribunal Supremo debe ser el fruto de un enredo o intriga entre los vocales del CGPJ, que es – sépase- un enredo o intriga entre algunas asociaciones de jueces deseosas de colocar a sus afiliados o allegados. Una humillación que ningún juez se merece.

Al Tribunal Supremo y al resto de la élite judicial se debe llegar por concurso de méritos: canas, trabajo realizado a lo largo de una vida dedicada a la Judicatura, esfuerzos concurrentes como tesis doctoral o publicaciones, expediente libre de sanciones y poco más. Resuelto el concurso conforme a una puntuación objetiva, quien no esté de acuerdo con su resultado, tiene expedito el camino para acudir a los jueces de lo contencioso-administrativo y discutir ante ellos los criterios aplicados.

Así es cómo se asciende a todos los jueces y magistrados que no pertenecen a la élite judicial y no hay razón para que las reglas objetivas se quiebren cuando de llegar a dicha élite se trata. Es justamente cuando más deberían respetarse.

Como se ve, lo que expongo es un procedimiento muy sencillo que no pretende descubrir el lago del Retiro.

Para completar esta primera floración de la independencia judicial, se impone abolir las “puertas giratorias” entre la magistratura y la política, esos vanos por los que un juez pasa del Tribunal Supremo a una poltrona ministerial y, desde ella, vuelve a vestir toga y puñetas con total impunidad, después de haber protagonizado, sin despeinarse, un salto acrobático. Para poner un ejemplo o verbigracia que todo el mundo entiende: piense el lector que, en el actual Gobierno de España, hay tres ministros que mañana pueden estar dictando sentencias – es decir, decidiendo sobre nuestra libertad o sobre nuestro patrimonio- en los órganos judiciales de los que proceden como si no hubieran perdido la virginidad en el tráfico político.

Con estos dos ingredientes que acabo de citar estaríamos limpiando la imagen de la Justicia de los desconchones que la afean y la desacreditan.

La tristeza para quienes – como es mi caso y el de algunos colegas- clamamos en el desierto intentando enderezar las sendas de la Justicia es grande porque no existe un partido político que esté dispuesto a ir a la raíz del problema defendiendo estas sencillas reformas que acabo de exponer. Y, para completar el panorama, están los medios de comunicación y las tertulias políticas disparando invariablemente con sus comentarios a objetivos equivocados.

¿En qué están esos partidos políticos y en qué están los protagonistas del debate ante la opinión pública?

Pues en la eterna discusión de si a los vocales del CGPJ los deben nombrar los galgos de las asociaciones judiciales o los podencos de los partidos políticos.

Espero que, a estas alturas de mi argumentación, sepamos ya que el nudo de la cuestión no es ese debate artificial sino que los vocales del CGPJ no puedan hacer nombramientos discrecionales. Tan solo nombramientos reglados basados en concursos de méritos y baremos objetivos.

Si esto se consigue, todo el ruido que a diario nos aturde, gracias – insisto- a las formaciones políticas y a la mayoría de los medios de comunicación, se disuelve porque ya carecería de tensión la composición del CGPJ al haber perdido sus vocales unas facultades discrecionales que les permiten apoyar amigos y relegar a quienes no lo son a la hora de los ascensos y las sinecuras en función de sus compromisos o los de las asociaciones judiciales.

II

Dicho esto, no me olvido de insistir en que el CGPJ es una pieza fallida de nuestra Constitución. Concebido con la mejor intención, pronto quedó atrapado por los intereses enmarcados en las siglas de los partidos gobernantes más el auxilio, siempre generoso y altruista, de los nacionalistas catalanes y vascos. Ahora, algunos de los nuevos partidos también reclaman su presencia.

Se preguntará el lector que no tiene la obligación de estar pendiente de estas cuestiones: ¿a qué se debe el actual retraso en la renovación del CGPJ?

Pues al hecho de que quienes han de llegar a un acuerdo son los grupos parlamentarios que se reparten los puestos en función de sus conveniencias partidistas. Cuando hablo de los “grupos” estoy empleando probablemente una figura retórica que creo se llama sinécdoque porque el tal grupo es en puridad un par de personas. Que son quienes deciden qué jueces o juristas van a ocupar asiento en ese CGPJ, jueces o juristas que luego van a disponer de la pócima mágica de los nombramientos “discrecionales”, sin ataduras molestas a las reglas objetivas de promoción y ascenso.

Se trata de lo más cercano a un cambalache que, según observamos, es además de larga duración. Como está trufado por los intereses políticos, contemplados a corto plazo, no es extraño que avancen o se interrumpan según imponen los acontecimientos: hoy es un debate en el Parlamento, mañana son las elecciones en una Comunidad Autónoma, pasado es un escándalo salpicado por denuestos, insultos o descalificaciones. Los méritos de los candidatos a vocales son expulsados del discurso para alojar en él la proximidad política o la inclinación que muestre el candidato a someterse a las indicaciones del mando.

El resultado es la comedia de enredo que estamos viviendo. Como consecuencia de esta ley que ahora se aprueba se suspenden temporalmente los nombramientos en la élite judicial. Es decir que hasta que el PSOE y el PP – en puridad, repito, dos o tres personas- no se pongan de acuerdo será imposible nombrar a un magistrado para la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo o al presidente de la Audiencia de Segovia. ¿Alguien concibe un despropósito de mayor envergadura?

Claro que todo se puede empeorar. Así ocurriría si se atendiera la propuesta de “Unidas Podemos” consistente en seleccionar a los vocales del CGPJ en elecciones por sufragio universal. Un sistema que recuerda algo al disparatado que rigió la composición del Tribunal de Garantías Constitucionales de la II República. Cuando se celebraron las elecciones de sus vocales regionales, a mediados de 1933, se hizo patente el castigo que sufrían los partidos de la mayoría gubernamental (azañistas más socialistas) y, además, la definitiva división en este bloque gubernamental. La caída de Azaña fue inmediata y después la llegada de los gobiernos conservadores.

¿No estamos ante muestras de la “democracia morbosa” – o sea enferma- que tanto dolía a Ortega?

(Publicado en el periódico El Mundo el día 29 de marzo de 2021).

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Michael Stolleis, gran jurista, gran historiador

Me temía la peor noticia. Y me la temía porque Michael Stolleis no había respondido a mis dos últimos correos, él, que lo hacía a los cinco minutos. Había leído yo la voluminosa biografía de Hans Kelsen que acaba de publicar el profesor vienés Thomas Olechowski (1027 páginas) y, antes de redactar mi comentario a la misma, escribí a Stolleis para expresarle mi opinión sobre esta obra espectacular y preguntarle por la suya. A vuelta de correo me envió la reseña -aún no publicada- que él había escrito de esa biografía. En este rasgo suyo se halla concentrada la magnífica personalidad de quien ha muerto hace unos días en Fránkfurt: un profesor nimbado de merecidos honores académicos que, cerca de los ochenta años, todavía escribe la recensión elogiosa a un libro de un joven colega.

Ese era el generoso profesor Michael Stolleis. Fue el gran especialista de la historia del derecho público alemán, sus cuatro volúmenes de más de cuatrocientas páginas cada uno, avalan esta afirmación. Y todavía tenía fuerza para seguir indagando en la letra pequeña de autores del pasado y de sus libros. No hace un mes tuvo la deferencia de enviarme lo que acababa de escribir sobre un jurista alemán muerto en 1681, unas páginas que enriquecían lo que él ya había publicado en la magna historia de la que es autor y por la que está -él también- en la historia de ese Derecho Público que contribuyó como nadie a ordenar y, en su caso, a resucitar. A ordenar los nombres y las obras de los grandes juristas conocidos poniéndolas en su contexto; a resucitar a aquellos sobre los que había caído el polvo olvidadizo de la historia.

Me puse en contacto epistolar con él hace diez o doce años: sin conocerle, le escribí a la dirección electrónica de la Universidad. Temí que el gran profesor no se ocupara del correo electrónico o que las tribulaciones que yo le transmitía le parecieran nimiedades. Nada de eso ocurrió porque, apenas pasados unos minutos, tenía carta suya dando respuesta sabia y humilde a todas mis preguntas. Y así siguió prestándome ayuda, en los últimos tiempos, cuando yo escribía mi libro sobre el Sacro Imperio Romano Germánico. Hasta que hace un mes aproximadamente me dijo: «Estoy, Francisco, más en el hospital que en casa, tengo cáncer pero los médicos me dan ciertas esperanzas». No se han cumplido.

Sus trabajos más lejanos se refieren a la «razón de Estado», una investigación centrada en el pensamiento del siglo XVIII, y conectado con este asunto, aun dando un salto en el tiempo, están sus publicaciones sobre la manipulación del Derecho en la época nacional-socialista y en la comunista representada por la República Democrática alemana. Su obra El ojo de la ley se puede leer en español (Marcial Pons) gracias a la cuidada traducción de Fernández-Crehuet.

La curiosidad de Stolleis no ha conocido límites. Es autor de un precioso trabajo sobre una pintora alemana llamada Sophie von Scheve que vivió en el Múnich de finales del siglo XIX y principios del XX. Una pintora clásica, alejada de los movimientos de la «secesión», es decir, del modernismo, autora de retratos memorables, entre ellos, el de Ricarda Huch, escritora brillante y comprometida con la defensa de los derechos de la mujer. Stolleis traza una descripción deslumbrante del cuadro que se conserva en el museo de Marbach, la localidad donde nació nada menos que Friedrich Schiller.

Dicho todo esto procede completar: Stolleis se formó en Múnich, allí se doctoró y después, tras el trabajo de habilitación, obtuvo la venia docendi para las especialidades de Derecho Público, historia del Derecho y Derecho eclesiástico. Fue entonces cuando recibió la llamada de la Universidad de Fránkfurt para ocupar una cátedra (en Alemania está prohibido culminar la carrera académica en la Universidad donde se ha formado el estudioso). Y allí ha estado hasta su jubilación en 2006 aunque ha seguido dirigiendo el Instituto Max Planck especializado en historia europea del Derecho.

Ha sido doctor honoris causa en Finlandia, Francia e Italia y su pecho lucía numerosas condecoraciones, premios y medallas. Pero lo que sobre todo lucía su pecho era su gran sabiduría y su delicada caballerosidad. Fue un orfebre del buen hacer.

Profesor Stolleis: ¡la jurispericia de toda Europa llevará largo tiempo cintas negras por usted!

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Paisaje con ninfas (I)

La escena está poblada por sátiros y ninfas y en ella se ve el arroyo estallante de murmullos, el bosque correteado por ciervos y ciervas, los rayos de sol deseosos de penetrar en este santuario pagano, las flores soñadoras, los cantos, la flauta, la cítara … 

El sátiro Aurelio desparrama su mirada entre las ninfas pero tiene a una como preferida, la ninfa Amelia, serena en sus abundancias, compacta. Al sátiro Aurelio le han dicho hace poco los médicos de MUFACE y de Sanitas S.A.:

– Su satiriasis vive un momento encendido, necesita un poco de sosiego.

La ninfa Amelia sabe que es el objeto de los deseos del sátiro Aurelio. Ahora, en estos momentos, hace un aparte en el bosque con su amiga, la ninfa Amalia. Ambas, las ninfas Amelia y Amalia, que están con la regla, conversan junto al olmo viejo herido por el rayo y en su mitad podrido. Dice la ninfa Amelia:

– Un día de estos ejerzo mi derecho a la autodeterminación biológica y se acaban las penalidades de la regla: adiós a las jaquecas y a los granitos en la cara.

La ninfa Amalia no sabe qué también ella es titular del derecho a la autodeterminación biológica pero su compañera mitológica la instruye. Instruida, lanza un suspiro:

– A mí es que además las reglas me dan décimas.

– Lo siento por el sátiro Aurelio que se va a llevar una plancha cuando quiera echarme un tiento. Además no sabe el muy bruto que ya rige el “sí es sí” y por tanto no va a poder desahogarse como lo hacía antes de la llegada del progreso. 

– ¡Qué pena! el sátiro Aurelio es un poco machista pero tiene unos hombros divinos y unos muslazos que enloquecen.

En ese momento llegó, acompañado de caballos y caballetes, Rubens que se llama Pedro Pablo ¡vaya dos nombres, ya es jodía casualidad! y con esa voz autoritaria que trae del siglo XVII ordenó que todos, sátiros y ninfas, se quedaran quietos, que él tiene que pintar su cuadro para unos mecenas que le han pagado una pasta. Los flamencos que le acompañan ponen ya orden y disciplina.

Un susurro de disconformidad se esparció por el bosque mitológico, hartos todos sus habitantes del pelmazo de Rubens, Pedro Pablo. 

El sátiro Aurelio trató de tranquilizar a todos:

– Respetemos al artista que tiene malas pulgas pero se las pinta solo: la recompensa es acabar en el Museo del Prado.

Allí fue la tremolina.

– Yo no quiero salir con la regla – fue la voz quejosa de la ninfa Amelia.

A un grupo de compañeras ninfas se les oyó:

– No nos hemos hecho las mechas ni dado el color.

Pero el argumento más sólido salió de la ninfa Amalia, no en balde iba para representante sindical, de los sindicatos de clase:

– Lo peor es que los japoneses nos harán fotos y nos llevarán a Osaka, desnudas como estamos, y allí se harán los muy rijosos todo tipo de marranadas mirándonos con lujuria.

El sátiro Aurelio, cuya vista codiciosa enfilaba ahora a otra ninfa, propietaria de unas mamas que eran heraldo y clarín a un tiempo, mandó callar poniéndose – como un machista esquirol- del lado de Rubens, Pedro Pablo.

(Continuará)       

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¡Viva Horacio!

De nuevo es preciso salir a defender con la pluma a personas que han recibido el zarpazo de insultos, burlas y otras muecas despectivas. Ahora se trata de un ministro, nada menos que un ministro actual, los de la cogobernanza transversal y resiliente. ¿De qué se acusa a este hombre? Pues de haber dicho “proponido” en lugar de “propuesto”.

¿Y qué? ¿dónde está la infracción? ¿se recoge en algún código? ¿en algún reglamento? ¿en algún texto de las Sagradas Escrituras? No. Simplemente en la gramática española.

¡La gramática española …! Primero empecemos por el adjetivo “española”: ¿qué significa cuando ha sido sustituida por lo plurinacional y lo asimétrico? Y ¿qué es la gramática? Según ha explicado un erudito a la violeta, una porción de reglas para hablar y escribir con corrección. 

¿No se advierte que detrás de esta palabrería lo que hay es simplemente la mofa a un ministro del Gobierno? Un compañero del olimpo ministerial también ha dicho en el ambón del Congreso “obtuvido” por “obtuvo” y se ha puesto el grito en el cielo como si hubiera cometido una falta imperdonable, por ejemplo, hubiera dirigido un piropo a una magistrada de lo contencioso-administrativo.

Vamos a ser serios: esa gramática que al parecer contiene la forma de conjugar los verbos ¿se ha aprobado en alguna asamblea democrática, tripartita y paritaria? ¿han intervenido los agentes sociales, es decir, los sindicatos de clase? ¿alguien ha contestado a estas preguntas sencillas pero que van al meollo de la cuestión?

Convengamos en lo siguiente: nadie. A lo más se ha balbuceado algo relacionado con una Real Academia y, cuando se ha querido saber qué era la tal Academia, lo descubierto es que se trata de una asamblea de viejos y viejas, calvos los más, gargajeantes los menos, pedantes todos … y, lo que es peor, sin perfil en instagram. ¿Y a estos sujetos, fósiles que están entre el paleozoico y el mezosoico, les hemos de hacer caso? Más aún: ¿les han de hacer caso los ministros que han sido elegidos por el pueblo, practican el diálogo social y tienen cuenta en twitter? ¿a qué clase de despropósito nos conduciría esta burda inversión de los valores democráticos?

O sea que estos hombres y mujeres ministros se han molestado en aprobar leyes que nos permiten por la mañana ejercer el derecho de autodeterminación biológica ¿y no van a poder innovar el pretérito, el infinitivo o ese odioso e inútil subjuntivo?

Insisto ¿a qué viene ese amaneramiento de decir “obtuvo” y “propuso” en lugar de los más castizos y espontáneos “obtuvido” y “proponido”? ¿nadie advierte que no es sino una forma más de reprimir la naturalidad de los jóvenes y las jóvenas para someterles a la cárcel de estilos periclitados?

Me parece que es en el “Arte poética” donde Horacio compara la lengua con un bosque. Pues bien, un bosque es un lugar poblado de forma desordenada e intrincada de árboles, arbustos, plantas y todo tipo de comunidades vegetales que hoy forman parte de la biosfera o de algo parecido.

Adviértase la sutileza de Horacio al hablar de bosque y no de jardín. ¿Por qué? Porque el jardín, ese sí, está sometido a reglas pues en él se cultivan especies, se conforman parterres y senderos, todo de forma ordenada. Y además, en un recodo, se instala un kiosko donde se venden helados y, en otro, un grupo escultórico que representa a un sátiro tras una ninfa a la que – mucho nos tememos- la va a achucar sin obtener el preceptivo “sí es sí”.

Es hora de dar el grito liberador: ¡Abajo la afectación gramatical! ¡Viva Horacio! Un poeta que cuenta con mogollón de followers.

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Aristóbulo o la excepción

Mi amigo Aristóbulo es una persona bajita pero en compensación tiene la tensión alta. Es bien parecido, prácticamente abstemio, lector por ocio más que por negocio de las fluctuaciones de la Bolsa, matrimoniado de hecho, tiene ajustados los niveles de colesterol, de ácido úrico y el PSA no le ha dado más que un pasajero sobresalto. 

Todo lo contrario de un sujeto desaforado. Como es joven, no se vio en la necesidad de estudiar en la Universidad pero lo hizo en la School of engineering and marketing de Los Ángeles, no los de los Estados Unidos, sino los de san Rafael.  Compatibiliza su trabajo en una empresa de Staffing & Recruitment con el hecho de ser “influencer” en varios pueblos de su comarca. 

Vida rítmica y lenta.

Por eso se ha quedado estupefacto al oír a quien puede hablar en nombre del Gobierno de España la siguiente afirmación:

– Todos somos culpables de lo que pasa en Cataluña. Que nadie se engañe: en la “cuestión catalana” nadie estamos libres de pecado – ha insistido el prócer.

Aristóbulo se ha removido en su sillón, Aristóbulo se ha tocado el lóbulo, Aristóbulo se ha mirado en el espejo pero Aristóbulo no ha detectado nada singular. Y se decía para sus adentros: 

– Yo no quiero dar la nota, no quiero que nadie me señale y por la calle tenga que escuchar:

– Ahí va Aristóbulo, dándose importancia porque no tiene ninguna culpa en lo de Cataluña. ¡Será prepotente y engreído …!

– E insolidario – añadía una viandante entrada en mantecas.

A fuerza de cavilar se dio cuenta de que no había estudiado bien la historia con los profesores del engineering, recordaba lo del Compromiso de Caspe, lo de Felipe V, pero todo tan borroso que no sabía si lo del Compromiso era antes que lo de Felipe o al revés.

Es decir, Aristóbulo estaba hecho un lío. Pero tuvo la suficiente claridad de juicio para advertir que a él le gustaba la escalibada, que no hacía ascos a unas alubias con butifarra, que el pan con tomate le parecía una chorrada gastronómica pero que lo tomaba con gusto y que ir a la Costa Brava le pirraba y de hecho había pasado un par de noches en Calella de Palafrugell donde se había achispado con cava de la tierra.

Pero como no quería contradecir a lo afirmado por quien hablaba nada menos que en nombre del Gobierno de España y sobre todo no quería ser el único ajeno a las culpas de “lo de Cataluña”, consultó con un amigo que era concejal, con otro que había sido diputado cuando lo del Prestige y con el suegro de un subsecretario progresista. 

– Tienes que buscar algo que te iguale a todos, ya nos ves, arrastrando nuestra culpa por lo que allí sucede como soportamos lo del virus.  

– ¿Y si pruebo a hacer un gesto de asco a un grupo de jóvenes que bailen la sardana?  

– Por ahí puedes empezar, le dijo el coro de sus amistades, culpables todos ellos de las trifulcas en Barcelona.

Aristóbulo se ha decidido: ha hecho un corte de mangas a una sardana que se bailaba en un reportaje de Youtube y se ha burlado de una torre de hombrones con un niño en la cumbre que sale en Instagram.

Pero ¿será suficiente para dejar de ser una excepción, una rémora para la España unida en la culpabilidad de lo que pasa en Cataluña?

En esa tortura vive Aristóbulo.

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El efecto pacotilla

Es el efecto de la mascarilla y de la pesadilla. De la pastilla y de la jeringuilla.

Es parecido al efecto calderilla. Es dinero, sí, pero dinero devaluado, de escaso interés, una sombra de lo que fue: del billete de banco orondo, redondo, desafiante, se van desgajando monedas, después monedillas, hasta convertirse en calderilla. Es lo que ocurre con la luna en el firmamento que, cuando es plena, suscita a los poetas la máxima admiración “la luna llena es un diamante que lanzó la onda de un gigante …” cantó Tomás Morales, hasta que se va desgajando en los cuartos siendo ya una insignificancia si la comparamos con su pasado señorío. 

Para mí, el efecto pacotilla conduce a la falsilla. Y desde esta, desde la falsilla, llegamos al plagiario porque ya Ramón Gómez de la Serna nos enseñó que el plagiario es quien se ha olvidado de “poner las patillas de lo ajeno que son las comillas”.

De donde el efecto pacotilla es primo hermano del plumilla que plagia. Pues quien va por el mundo luciendo su efecto pacotilla es quien copia de un original ajeno y lo convierte en propio, consumando una chapucilla.

La pacotilla es la papilla de una gran comida, lo que queda para consumo de dispépticos y adictos del Omeprazol.

La pacotilla es la camarilla, una degradación de la cámara.

Como la pelotilla es una humillación de la pelota. Y el pelotilla del pelota.

O la ventanilla, con su funcionario indolente detrás, lo es de la ventana, con sus cortinas y su señora ilustre que sostiene la historia y las historietas del barrio.

La hablilla, por su parte, es un rumor mientras que el habla es una facultad de académicos y otros sabios. O sea, de quien no nos empacha con sus muletillas.

La mentirijilla es un pasatiempo, muy lejos de la mentira que se expresa con gran retórica y aldabonazos de desfachatez.

Si con el zapato caminamos por salones, despachos y los meandros más exigentes de la vida, con la zapatilla no salimos del pasillo de nuestra casa.

Pues ¿y la pescadilla, ese pez, apogeo de la liviandad piscícola, solo apto para períodos aflictivos y postoperatorios?

Lo único que se salvaba era antiguamente la pantorrilla pero eso era en tiempos de privaciones visuales, hoy la pantorrilla no merece el más mínimo respeto por parte de un voyeur, si quiere mantener su prestigio.

El efecto pacotilla tiene algo – no lo olvidemos- del efecto ladilla, parásito que se agarra y pica con convicción y sin arrepentimiento.

Y tiene mucho de angarilla, camilla pensada para transportar cadáveres.

En fin, el efecto pacotilla es a la política lo que el efecto polilla a la lana: su ingrediente destructor.

Publicado en: Blog, Soserías
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