Guía (indispensable) para las elecciones

Tiempo de baratijas, tiempo de baratillo, tiempo de barateros y de baratistas … tiempo de elecciones. Tiempo para debates que no son sino ciclones de ecos.

Tiempo extraño en el que el político se emborracha con jugo de votos. Conocí a un candidato cuyas insignias heráldicas eran votos de oro y palabras de viento en campo de urnas.

Como se sabe que el voto es la caricia que los ciudadanos hacemos a los políticos, hay personas cabreadas que llevan grandes pancartas pidiendo ¡seamos ariscos!

Ignoran que siempre será mejor el olor de los votos que el tufo de las botas.

Tiempo de promesas, de ofrendas al votante, de mítines … El mítin, para el militante fiel, es el sucedáneo de la misa de doce de una época antigua y desgastada y en él comulga con ruedas de molino.

Una vez acompañé a un amigo que aspiraba a ser diputado por Madrid a un mítin en el Retiro y, al final, en su atolondramiento electoral, iba saludando de una en una a las estatuas del parque. Pero era un mago para meter en su vacuo discurso azucarillos de verborrea.

Hoy día – me dice uno que está en el ajo y en la sustancia- se estila entre los políticos poner a la novia escaño como antes se les ponía piso.

Y quien se ha tragado muchos mítines – porque está jubilado- sentencia como un filósofo en su cátedra: los discursos que se oyen son tan antiguos que deberían tocarse con acompañamiento de vihuela. 

Ahora es difícil ver votar a un fraile porque van de paisano pero cuando se les distingue siempre nos preguntamos si el voto que está depositando es el de obediencia, el de pobreza o el de castidad.

Pero decía al principio que es tiempo de baratijas, de cosas menudas y sin valor donde hay puestos regentados por fulleros y logreros. Volatineros de la palabra. 

Tiempo de rebajas. “A lo barato” quiere decir en español “confusamente” o “en desorden”. Es decir, la forma de expeler que gastan a menudo la radio y siempre las redes sociales, esos lechos de suciedad, cloacas de palabras cobardes.

“Cobrar el barato” es “dominar u oprimir a otros por la intimidación”: “que vienen los soles” “que vienen las sombras” “que vienen los ateos” “que vienen los gramáticos” “cuidado con los acróbatas” o “con los tullidos”  … todo es un meter el miedo en nuestras entretelas para que nos redimamos con el cilicio del voto.

Por su parte, “baratear” es dar una cosa por menos de su precio ordinario: la pensión de viudedad, el permiso de paternidad, la paga extra del verano.

Es la ganga, el derroche, el saldo de los grandes almacenes, la venta de ocasión. La prodigalidad administrada desde el Boletín Oficial, antes un periódico, hoy la limosnera, la bolsa donde se lleva el dinero para repartir aquellos socorros que distribuía el monje a la puerta de los conventos o el criado ante las casas blasonadas.

Es el turbio mundo del que juega con ventaja, con los dados cargados, del fullero, del chamarilero, del tahúr.

A la vista de tantas trampas esta sosería recomienda no dejarse confundir y ver claro por el trozo de horizonte que cada uno debe construirse. Para lanzar desde él al fullero – con objeto de neutralizarle- la carcajada burlona. O el corte de mangas.

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Eco

El eco es el cantar peregrino y burlón que se resiste a morir

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Fondos

Hoy, el telón de fondo de nuestras vidas es el fondo. Vamos del fondo de inversiones al fondo de pensiones y añoramos los fondos reservados. Quien puede disponer de estos tres fondos es ya ser un privilegiado, un individuo superior colocado en la cúspide de la jerarquía social, un hombre de mucho fondo.

Antiguamente, a los fondos reservados se les llamaba fondos de reptiles y estaban destinados a hacer pequeños favores o a inclinar la pluma de un periodista de forma benevolente hacia la gestión de un ministro. No todos los ministros disponían de fondos de reptiles siendo esta una distinción capital entre los miembros del Gobierno pues el afortunado que contaba con ellos se podía permitir el lujo de distribuirlos entre sus allegados más necesitados y, sobre todo, podía pagar un buen fondo que era como se llamaba en esa época a los editoriales de los periódicos. De manera que el ministro con fondos de reptiles salía bien en los fondos de los periódicos porque la pluma que los había redactado había sido objeto de previo unte o engrase.

Pocos fondos más había si descontamos el del mar que siempre ha estado ahí con esa obstinación propia de los objetos de la madre naturaleza. Y los bajos fondos que estaban llenos de forajidos, criminales e indiciados. Pertenecer a los bajos fondos siempre ha sido cosa poco fina pues en ellos se asentaban los antiguos barrios chinos antes de ser sustituidos por las casas de masajes, modernas torres de babel donde se practican viejos y apreciables idiomas (el griego, el francés…). En las ciudades portuarias es donde siempre los fondos han sido más bajos pues allí se concentraban torvos marineros venidos de Hamburgo o de Amsterdam que se emborrachaban con ginebra y luego cantaban baladas tristes con los ojos arrasados por nostalgias y naufragios y, al final, atizaban una paliza a otro marinero venido de Finlandia o de alguna otra región hiperbórea ya que entre ellos se entendían a base de canciones muy siniestras y de estacazos muy consistentes. El español de los bajos fondos era, como más castizo, más comedido y se limitaba a escupir (muchas veces, sangre) y a decir palabrotas y blasfemias contra los santos u otros individuos relevantes de la celestial especie.

Todos ellos eran personas que habían tocado fondo.

Ha existido siempre también el femenino de fondo, o sea la fonda, y su propietario, el fondista, así como el fondón que era la persona que se pasaba horas y horas fumando cigarrillos y jugando al dominó en el café y que por ello adquiría un aspecto gordote, poco ágil, de escasa gracia, pultáceo en suma. Ambos se veían en la precisión de hacer a veces provisión de fondos para hacer frente a un pleito o a una deuda contraída en el tapete verde.

Sin desaparecer ni mucho menos todas estas especies de fondos, ahora este mundo se ha visto enriquecido como ya he dicho por los fondos de inversiones y los de pensiones. En el pasado financiero sólo existían los fondos de amortización pero sus titulares eran cuatro acaudalados, siempre los mismos, los cuatro muy pesados, con leontina y con bigotes engominados. Hoy, por el contrario, son muchos los ciudadanos que viven afanados por ir haciendo un montón en uno y en otro y los más viciosos siguen sus evoluciones y fluctuaciones para no perder de vista el fondo de su fondo. A veces se pone en ello más interés incluso que el que se dispensa a la clasificación de los equipos de balompié, lo cual da una idea cabal de la importancia que se presta al asunto.

El fondo de pensiones está sustituyendo al horizonte y es en cierta manera el más allá del más acá. Y así como los antiguos practicaban la aruspicina que era el arte de adivinar el futuro por las entrañas de los animales, así ahora se ausculta al fondo para saber de lo presente y de lo porvenir. Un buen fondo de inversiones y un buen fondo de pensiones componen un paisaje risueño bien delimitado por los puntos cardinales de las acciones eléctricas, alimentarias, bancarias y de seguros. Por paradójico que pueda parecer si se tiene mucho fondo se hace pie mejor en la vida, con lo que las posibilidades de morir ahogado disminuyen.

Por todo ello, no es una casualidad que en el idioma español fondo tenga que ver con base, con fundamento, con la raíz de las cosas vivas. Porque eso son justamente los fondos de los que me vengo ocupando: el suelo sobre el que edificamos, el cimiento de nuestra confianza, el asiento de nuestro optimismo, la peana de nuestras mejores emociones, la plataforma desde la que oteamos lo venidero sin deslumbrarnos por la oscuridad. Nadie con un buen fondo se desfonda y por eso flota y flota…

Tienen los fondos una última ventaja y es que para los pobres existen los fondos bibliográficos que son un buen remedio para sobrellevar sus desventuras.

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Caprichos

Todo el esfuerzo que se está haciendo desde hace varios siglos en la ciencia política de las naciones civilizadas se dirige a impedir que el gobernante haga su capricho. Fue allá, en la brumosa Inglaterra, donde, en el siglo XVIII, algunos sujetos con buenas entendederas se dieron a imaginar una monarquía regida por leyes abstractas y generales y no por el capricho de quien encarnara en cada momento la realeza y de allí, de la isla exagerada, pasó al continente, a Francia, que fue el país que dio al interruptor de las luces y, luego, vinimos todos los demás con un juego de bombillas prestadas y, a veces, fundidas.

Viene así la época de las constituciones que significan abolir el capricho a que tan dados son los mandamases de todas las latitudes y cofradías. A nuestra reina Isabel II le molestaba mucho que no la dejaran hacer su real capricho porque ella estaba convencida de tener la fórmula para lograr la felicidad de los españoles que se la confiaban al oído Sor Patrocinio, que tenía llagas profundas y duraderas, y el padre Claret, que veía el Cielo pues Dios le ponía al alba la película.

Se decidió que el capricho propiamente dicho sólo podía admitírsele a Goya pues como estaba sordo no había oído que se habían derogado los caprichos. Y de Goya pasó a los músicos que, al ser también artistas, hacen lo que les viene en gana, y así fue como Rimski Korsakov escribió el Capricho español y Chaikovski el italiano y, antes, Mendelsohn uno muy caprichoso para piano.

Pero pocos más podían frecuentar el capricho. Una aspiración teórica porque aquellos más directamente afectados, a saber, los gobernantes, seguían dejándose llevar por su voluble antojo en cuanto la ocasión se presentaba y el personal se despistaba ligeramente. Un capricho siniestro fue la primera guerra mundial y la segunda y la bomba en Hiroshima y hasta la elección de los papas no deja de ser un capricho que los cardenales se permiten con autorización del Espíritu Santo. Oscar Wilde contribuyó a dar mucha dignidad a los caprichos pues afirmó, con la autoridad que le prestaba andar siempre de farra e impresionando con su labia en los banquetes, que la diferencia entre un capricho y un amor duradero consiste en que aquél dura más.

Así que, por una razón u otra, el caso es que casi todo sigue regido por la arbitrariedad o la extravagancia.

En relación con España se ha dicho muchas veces que en esta periférica península no hay leyes ni reglamentos, hay sólo amigos y enemigos; es decir, capricho. O la ley del embudo que es la única en vigor de cuantas las Cortes han aprobado. También lo vemos con frecuencia: todos los afectados aseguran que «acatan» el veredicto de los jueces o el de los árbitros del Tour, para, acto seguido, hacer lo que les viene en gana. Esta conducta no es nueva y ya en la Edad media, a la que antes me he referido con el respeto que sus años me merece, se decía «se acata pero no se cumple», una buena forma ésta de anunciar, quien así se manifestaba, que estaba preparado para obrar según su antojo. Siglos después el comportamiento sigue siendo el mismo: quien advierte por la televisión con voz de gallina ponedora su voluntad inequívoca de «acatar» una decisión, lo que se dispone en rigor es a concentrar todo su esfuerzo en conseguir burlarla.

De manera que poco hemos avanzado. Por lo menos los caprichos de los músicos suenan admirablemente y los de Goya turban por su rebeldía y por su infinita ternura.

 

 

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Estridencias en tiempo electoral

La cercanía de las elecciones generales no debe hacernos olvidar que en mayo elegimos un nuevo Parlamento europeo en un momento crítico para la estabilidad de las instituciones.

Es una desgracia que en la campaña para las Cortes generales los graves asuntos y las amargas preocupaciones que se ciernen sobre el pueblo español vayan a ser escamoteadas al votante por la mayoría de los candidatos. Porque van a primar, lo estamos viendo ya, las simplificaciones, la huera malsonancia de forma que el ambiente mefítico crecerá y se extenderá como una sombra funesta. 

¿Es esta experiencia ya vivida, repetida y carcomida, inevitable? No. A poco que algunos abanderados de las formaciones políticas se decidieran a enseñar al pueblo las dificultades de la gobernación de un país complejo desentrañándolas de una manera honesta y didáctica. Es decir, haciendo justo lo contrario de lo que es usual en los insípidos mítines en los que se dejan aplaudir por sus parciales. Mítines que, encima, han sido en casos conocidos financiados irregularmente.

Observaciones estas a las que debe añadirse la triste animadversión que causan esos gobernantes cultivadores de una naturaleza dispar, voluble y volátil como esos animales mitológicos que tienen cabeza de tigre y alas de halcón.

Ahora bien, como tratar de cambiar tal estado de cosas es – probablemente- pedir cotufas en el golfo, fijémonos en lo que está ocurriendo en el panorama europeo.

En él resulta que el presidente de la República francesa se ha dirigido a los ciudadanos europeos para explicarles cuáles son a su juicio las prioridades políticas que han de ser abordadas a partir de este verano cuando queden constituidas las instituciones de acuerdo con los resultados electorales. Y así nos enteramos de que este hombre, desde la atalaya privilegiada que ocupa, nos alerta del peligro que acecha a Europa y que para conjurarlo es preciso tomar medidas partiendo de la convicción de que Europa es un éxito histórico porque “¿qué país puede actuar solo frente a las estrategias agresivas de las grandes potencias?”.  Y cita entre esas medidas la revisión del espacio Schengen instaurando en él un control riguroso de fronteras y unas mismas reglas de asilo; la política de defensa para colaborar con la OTAN pero alumbrando nuestras propias decisiones colectivas; la competencia para que sea leal y no nos avasallen, desde los dineros regados sin control alguno, autoridades como las chinas; la política ambiental con observancia de las reglas “cero carbono en 2050” y reducción a la mitad de los pesticidas en 2025; la vigilancia de unos gigantes tecnológicos que propenden a ignorar altivamente las fronteras y a arramblar con nuestros datos personales; las reformas bancarias, económicas y sociales que garanticen salarios y el escudo de la seguridad social, un invento de Europa … etc.

Lo que me importa subrayar de esta salida al debate público de una autorizada voz no es tanto enumerar sus prioridades o sus recetas, que pueden o no ser compartidas – yo disiento de algunas de ellas- sino su deseo de comparecer en ese debate, desde sus postulados ideológicos, con limpieza y con claridad. Con aseo argumental podríamos decir, justo el permanentemente pisoteado por la mayoría de los políticos españoles, amantes tan fieles de las mistificaciones. Porque adviértase que no hay en la exposición del presidente francés un solo insulto ni una sola descalificación.

Pues bien, lo bueno – para lo que trato de explicar en este artículo-  es que ha salido a contradecirle en parte una política alemana que podría ser la próxima canciller de la República Federal. Me refiero a la señora Kramp-Karrenbauer, nueva presidenta de la Democracia cristiana. Está de acuerdo con el presidente francés en “asegurar las fronteras exteriores” y pide que Frontex sea capaz de desplegar efectivos para patrullar. Es consciente de que se imponen “soluciones europeas” para la mayoría de los problemas pero también de que “las instituciones europeas no pueden reclamar superioridad moral alguna sobre los Gobiernos nacionales”. Por donde se cuela el pensamiento del adversario más temible para su formación que es la “Alternativa para Alemania”, abogados de una reducción sustancial de las competencias de Bruselas e incluso de la abolición del euro. No es partidaria tampoco la señora Karrenbauer de determinadas propuestas del presidente francés en orden a la mutualización de la deuda o las referidas a la culminación del espacio bancario europeo.

Estos son los términos – en trazos gruesos- de la controversia. Educadamente planteada, juiciosamente argumentada. Sin estridencias, sin descalificaciones personales, sin la necia invocación de las derechas y las izquierdas (vuelvo a insistir: lo contrario de lo acostumbrado en nuestro medio). 

Así se deambula por el escenario abrupto y ¿por qué no decirlo? misterioso de los pasillos europeos. Pues nunca será el acuerdo en ellos una de esas tareas sencillas que gustan a los ciudadanos “arbitristas” partidarios del atropello que implica el “rompe y rasga” ni Europa será una entidad política fácil, una “nación”, ni falta que hace por cierto, pues para nada se necesita esa pasión colectiva subrayada por los exclusivismos que es propia de los nacionalismos.

De vuelta a la polémica suscitada estos días, recordemos que ha saltado también a la palestra Víctor Orbán defendiendo las posiciones del grupo de Visegrado del que es adalid: el Estado- nación, fuerte e independiente; la vulneración por capricho de las leyes europeas; el desafío a los acuerdos de Bruselas; las reformas constitucionales contrarias a la democracia liberal … En fin, que a nadie se le olvide, el cobro puntual de las ayudas económicas que proceden de la brumosa capital belga y la constante petición del aumento de su cuantía.

Como se ve, visiones antagónicas que han de convivir en el seno de Europa y han de hacerlo usando las armas de la argumentación, es decir, compartiendo la incomodidad de las opiniones contradictorias que se enredan unas con otras componiendo ese paisaje irisado que es la política entendida como pacto constante.

Pactos sin exclusiones ni esos “cordones sanitarios” tan de moda en nuestro medio y que se nutren de dogmas tan infinitos como abominables.

Asimismo desde Alemania un joven político en acusado ascenso electoral, Robert Habeck, copresidente de los Verdes, nos ha alertado – metiéndose en el debate entre Macron y Karrenbauer- de que “la libre circulación del mercado interior solo garantiza una verdadera libertad si se combina con seguridad en lo social”. Y asegura: “Europa solo funcionará si es algo más que una zona de libre comercio. Tanto la CDU como el SPD se esfuerzan por perfilar su ideario y es legítimo pero no debe hacerse a expensas de una mayor profundización de Europa”.

Y atención para la parroquia hispana lo que afirma el señor Habeck cuando se le pregunta si negociará con los conservadores. “Con los conservadores, con los socialistas y con los liberales” es su respuesta. Y añade: “los partidos mayoritarios, de masas, han perdido su capacidad de aglutinar. Ya no tienen la fuerza para dar las respuestas necesarias. Lo que está en juego ahora es la preservación de la diversidad de las personas, el reconocimiento de sus diferencias y la capacidad del trabajo conjunto para lograr objetivos y para ello hay que seguir buscando nuevos aliados”.

¿Qué tal si traernos al señor Habeck a pasar unos días en Madrid para impartir un seminario (o un máster)?  A enseñar la fantasía de que todo es fragmento y de que, a base de fragmentos, a lo mejor se puede construir un todo más apacible. Menos teológico.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 19 de marzo de 2019).

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Estupidez

La estupidez del prójimo se mide

por el tiempo que pasa al móvil.

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El “influencer”: una esperanza

Cuando tantas dificultades se acumulan en el mercado laboral tradicional tenemos la suerte de contar con nuevas profesiones que la verdad dan un respiro a tanto agobio como se padece. Me refiero al oficio de “influencer” que hace furor ahora entre la juventud.

-Mi chico estaba preparando notarías pero ha abandonado y ahora quiere ser “influencer” – así me hablaba hace poco una madre aliviada.

Lo bueno de esta ocupación es que no se necesita estudiar gruesos volúmenes de Física ni pasar horas en un laboratorio o sobre los códigos ni sobre manuscritos polvorientos en un archivo. El “influencer” se forma con un master que le diseñan en la universidad boloñesa o en la privada de la esquina. Se lleva mucho el máster transversal de interdisciplinariedad, sostenibilidad y “acountability” que, si tiene éxito, es porque además es respetuoso con el medio ambiente y el género. El no va más, oye.

Es verdad que el tal máster es muy fatigoso porque dura casi tres semanas y tiene asignaturas como la de “destrezas cognitivas” o la de “selfies” que no se las salta un gitano (nadie se alborote, esta expresión está admitida por la RAE) pero compensa porque muy pronto te impones en la cadena de suministro y además generas valor añadido que es un gusto. ¿Puede extrañar que en el mundo de los videojuegos haga furor el “influencer” sobre todo cuando se comporta con cercanía?

Hay el “influencer” digital que al parecer, por lo que me informan los expertos, es un concepto que aún está un poco borroso, buscando su acomodo entre los grandes conceptos que han jalonado la Historia. Digo esto para advertir al lector de la existencia de caraduras que se presentan con una tarjeta de visita proclamando su condición de “influencer” digital de la misma manera que un viejo conocido mío se proclamaba en idéntico documento como “enemigo de Dios”. Ojo con este estafador que no resiste en rigor un “retuit”.

Como existe también, en el colmo de la inverecundia, el falso “influencer” que gana una pasta ofreciendo seguidores en las redes o “me gusta” que luego resultan ser un fraude. Esto irrita porque erosiona la dignidad del “influencer” verdadero, del “influencer” serio y apoyado en plataformas de “marketing”. Hay que estar prevenidos contra ellos porque son ladinos y dañinos.

Ya hay una asociación que combate el intrusismo en el “influencerismo” y me consta que está consiguiendo éxitos notables para que todos nos sintamos más ciberseguros.

Me preguntará el lector, advertidos mis amplios conocimientos sobre la materia, cómo se retribuye al “influencer”, si por arancel como al registrador, por servicio libre o por tarifa. No es fácil la respuesta porque se admiten modalidades variadas aunque la mejor es la del mensaje testimonial y el monto concreto se valora en atención al impacto en la audiencia y en la calidad de los “followers” (se aprecia mucho a los que se han formado en metodologías “e-learning”).

Quiero alertar sobre todo al ejecutivo de perfil alto que no baje la guardia ante quien se presente como “influencer”, no vaya a ser que se trate de un simple bloguero o, lo que ya sería catastrófico, de un revendedor de tecnología. Atención pues y lo mejor es consultar en el Gotha de los “influencers” o, si no se puede, en el Colegio profesional de “influencers” que suele estar cerca del de brujos y videntes.

Ya se ve que el lenguaje no hace sino evolucionar y evolucionar para bien, aireado por las más fecundas invenciones de las unidades lingüísticas, de la semántica, qué sé yo …

Porque alguien me dirá que a quien he descrito antes se le llamaba embaucador, sablista, trapacero o simplemente enredante, amigo de embelecos y mangancias, también de quien  “era a todas guisas ome revolvedor” como decía Gonzalo de Berceo.

Puede ser pero convengamos en que todas a estas palabras han de ir al panteón, al pudridero. Hoy – concluyo- lo que se lleva es el “influencer” con su página web “hosting”.

 

 

 

 

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Palabras

Las palabras están deseando salir

de ese catafalco que es el diccionario

para vivir, saltar, enamorarse y viajar en las novelas.

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Jardines

Los jardineros se han unido al coro de ciudadanos protestones porque algunos Ayuntamientos han anunciado su intención de privatizar los parques. En principio, parece que debería ser igual cuidar un clavel municipal que uno privado porque no creo que las flores perciban con nitidez la situación jurídica en la que se encuentran. Realmente, los claveles, con dar un poco de olor, encontrar la oreja de una castiza donde colocarse y formar un ramo para echárselo a los toreros ya tienen bastante trabajo por lo que el hecho de ser públicos o privados es probable que les traiga al fresco. Los jardineros, sin embargo, sus razones tendrán para preferir el parque público al privado. Un respeto al jardinero que es el joyero de las joyas perecederas.

Ahora bien, contemplado el asunto desde la perspectiva general, que es como debe ser contemplado un jardín, y a la luz languideciente del ocaso en la tarde de lívidas músicas y de suaves transtornos del alma, lo cierto es que privatizar los jardines a estas alturas del siglo es un despropósito de respetable entidad o tamaño. Una vez más, es desconocer la historia que es lo mismo que profanarla y violarla.

Porque los jardines nacieron privados, es decir, vinieron al mundo como la propiedad particular de un conde o de un sultán y así estuvieron durante siglos. Por ellos paseaban las hermosas señoras del harén para que les diera el aire fresco después del mefítico que se habían visto obligadas a soportar procedentes de los aires borrascosos y corrompidos del príncipe. Tal utilidad tuvieron, durante la presencia árabe, los famosos jardines de la Alhambra que tanto juego dieron más tarde a Washington Irving y a Juan Ramón Jiménez que en una ocasión pidió a Lorca que le acompañara a las cinco de la tarde al Generalife «porque es la hora en que empiezan a sufrir los jardines». Pero para que pudieran disfrutar esos jardines unos señores humildes como Irving o los citados poetas, que no eran más que plumíferos sin titular, tuvieron que convertirse en públicos y pasar a ser del disfrute colectivo, es decir, de la cáfila o turba.

Lo mismo con los del conde o del rey que se hacían su jardín cabe el palacio para tener rosas con que poblar sus búcaros, gráciles alamedas por las que perseguir a las sirvientas y lugares sombreados a cuyo cobijo, en amables charlas, organizaban las guerras y otras acciones benéficas. Es fama que la reina Luisa Isabel, esposa del efímero Luis I, practicaba la insólita costumbre de pasearse semidesnuda por los regios jardines y aun trepaba a los árboles en un correteo libidinoso y lesbiano con alguna de sus dueñas. El pueblo no podía advertir estos desvaríos justamente porque los jardines eran privados y sólo hoy conocemos esta ominosa conducta de la real persona gracias a la labor de esos incorregibles cotillas que son los historiadores.

El Buen Retiro, el más famoso de los jardines españoles, se empezó a construir gracias a una generosa donación de dinero ajeno (o sea público) que hizo el conde duque de Olivares a su señor, el cuarto Felipe. Aparte de constatar por este tierno rasgo que Olivares era un lameculos de seria consistencia, sabemos que el jardín nace como una dependencia de las reales posesiones como ocurrió con los jardines de Aranjuez o los de la Granja, cotos de real caza y espacio para la práctica de la dengosa elegancia cortesana.

En el caso del Buen Retiro, no es una casualidad que fuera el rey Carlos III, un monarca ilustrado -o sea, «progre» porque toda la progresía fue parida en las Luces, gran casa de maternidad-, quien por primera vez autorizara al pueblo madrileño a visitar el jardín, como se había hecho por cierto en Londres con el Saint James Park, en París con las Tullerías y en Berlín con el Tiergarten. Y más aún: es el mismo rey quien inaugura el Botánico para que los súbditos pudieran pasear por él y contarse sus cuitas sin oler la pestilencia madrileña de la época, producto de los excrementos que holgaban a su aire por las calles, de los animales muertos abandonados y de los enterramientos de señores gordos en las iglesias.

Después, la jacarandosa reina Isabel II donó el Buen Retiro al pueblo madrileño, siguiendo ya la estela que dejaba la revolución liberal, es decir, un perfume burgués y popular y un sano arrinconamiento de las sagradas y coronadas testas.

O sea, que el progreso ha consistido en pasar del jardín privado al jardín público como la civilización consiste en pasar de darse las noticias por medio del silbido canario a hacerlas llegar por el whataap. Alarma tanto por ello que algunos alcaldes pretendan ahora privatizar los parques porque eso sería como publificar las novias.

Además, ¿no estremece pensar en un guarda que nos cobre la entrada y nos dé un ticket para disfrutar la ilusión de la luz, la festiva cristalería de los colores o el olor morisco del jazmín?

 

 

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Campaña electoral: una brújula

Fue Luis Jiménez de Asúa, catedrático prestigioso y diputado socialista en las Cortes de la II República, quien dejó escrito: “el auténtico político no es el que pone su vela al viento de la opinión pública enconada por las pasiones y corre ante ella recibiendo fáciles aplausos sino el que se para firme, detiene con un gesto al pueblo en extravío y serenamente le encauza después de decirle con voz recia: No tienes razón”.

Parece, en la actual circunstancia, como si nuestros políticos, quienes están al frente de las formaciones más relevantes, hubieran leído estas palabras sabias para hacer justamente lo contrario.  Sería el texto de Asúa una especie de partitura puesta en el atril al revés, es decir, para aprestar los instrumentos y tocar sin seguir ni uno solo de sus signos musicales.

Porque es el caso bien visible que viven literalmente enganchados – como yonquis-  a encuestas manejadas por un arcano de intereses y borrosos designios experimentando ante ellas cada día, a cada hora, sobresaltos de inquietud o entusiasmos líricos de alegría.

Con ser esta actitud nefasta, aún es peor la de prestar la misma atención a lo que circula, como boñigas por alcantarilla, a través de las redes sociales donde farfullan gentes tan ligeras de equipaje intelectual y de sindéresis argumental como plenas de odios y ruindades.  Yo diría al político aquejado por esta enfermedad que arruina su buen sentido aquello que dejó escrito el poeta: “Inútilmente interrogas desde tus párpados ciegos ¿qué haces mirando a las nubes, José Hierro?”.

La política es siempre – y más en tiempos convulsos como los que vivimos- pensamiento y acción. Por eso para conducirse con dignidad por sus enrevesados meandros el instrumento a llevar siempre a mano es la brújula. De manera que ahora, cuando se abre la carrera electoral, yo prohibiría a quienes aspiran a determinar nuestras vidas el móvil y les regalaría una brújula para que su aguja imantada les indique siempre ese norte magnético que significa la claridad de las ideas que se defienden y los medios éticos que han de ponerse a su servicio para hacerlas realidad.  La brújula como “desván del entendimiento” que diría Gracián. ¡Ah, don Baltasar, cuánta falta nos hace, salga de su sarcófago!

Digo esto a sabiendas de que quizás hablo a oídos sordos porque todo parece indicar que quienes tienen la responsabilidad pública están creando – con lamentable tesón- un ambiente, de un lado, desapacible por lo elemental y, de otro, mefítico por las emanaciones venenosas que desprende. Inadmisible en definitiva para quienes desean conservar la sensibilidad y el buen criterio, es decir, para quienes quieren – queremos- ser no simplemente seres humanos sino personas, ciudadanos con sus entendederas intactas para asimilar mensajes serios y razonados, no palabras confitadas.

Lamentable es que a estas alturas se estén todavía lanzando como proyectiles arrojadizos los conceptos de “izquierda” y “derecha” no como una evocación a antiguas convicciones ideológicas – respetables aunque hoy periclitadas- sino simplemente como insultos.

Oímos a B decir que no va a pactar con A  y a C que no lo hará con J. Y así un día tras otro, un informativo tras otro, una entrevista tras otra. Pero ¿alguien se pregunta qué hay detrás de esta cháchara? ¿alguien nos explica qué se propone hacer A con la factura de la luz o J con el desbocado incremento de la deuda pública? ¿O todos ellos en el endiablado escenario internacional? Llegaremos a los debates televisivos y lo que retendremos, porque se pondrá en ello énfasis, es el insulto grueso: volarán las palabras “desleal”, “traidor”, “corrupto”, “extrema derecha” … No son voces, son ecos que cansan, ecos toscos, grises, sonsonetes de desabrimiento. Desde luego nada ejemplares.

Padecemos la degradación de la democracia cuando el Gobierno, que ya está en la rampa de salida, se dedica a agasajar los bolsillos de los votantes regalándoles una rebaja de impuestos, una subvención, es decir, prometiéndoles un halago por aquí, un cariñito por allá. La misma ministra del ramo nos ha anunciado con inaudito descaro: “estén los españoles atentos a la información del Consejo de ministros de aquí a las elecciones porque en cada una de sus sesiones van a encontrar una sorpresa agradable”. Y lo dice sin rubor alguno quien encima cree estar representando la “pureza izquierdista”: esa misma persona trata a sus votantes como unos avaros preocupados tan solo por la limosna que les va a proporcionar un Gobierno mendigo de su voto. Como si no supiéramos que la prodigalidad – tan interesada- es partera de la demagogia.

Se dice que los políticos de la Restauración compraban los votos y estudios históricos existen que aportan testimonio de ello pero aquellos señores financiaban la operación con los duros que salían de sus bolsillos. Estos lo hacen con descaro con los fondos públicos puestos al servicio de su perpetuación en el poder de cuyas mieles quieren vivir hasta el hartazgo patológico.

A esta práctica la llaman los politólogos alemanes “Gefälligkeitsdemokratie”, una expresión despectiva que significa democracia de favores, democracia degradada a la búsqueda del fácil aplauso de unos ciudadanos a quienes se considera – como he adelantado- viciosos de sus problemas personales, enquistados en aquello que les beneficie de forma directa y perentoria, ajenos a todo lo que puede significar poner la vista en el horizonte del interés general.

Sépase que esta forma de comportarse conduce a la pérdida de la decencia, a la expulsión del recato de las prácticas sociales y a que la honestidad huya despavorida y como avergonzada.

La brújula para orientar una campaña electoral respetuosa de los ciudadanos mayores de edad, para que no se convierta en un runrún de moscardón y en cátedra del chisme malintencionado es explicar los renglones de la gobernación y así procederá recordar – por si algún político lo ha olvidado-  que disponen de un privilegio del que no disfruta la mayoría de los ciudadanos: el del altavoz. Porque desde la Revolución francesa hasta acá muchos se han preocupado de realzar, explicar, analizar y destripar el derecho a la libertad de expresión. Pocos han reparado lo suficiente en su complemento inexcusable: la libertad de altavoz. Expresar la propia opinión en torno a una paella familiar es meritorio, cuando se hace con galanura e ingenio, el problema es que carece de la difusión adecuada. Nadie se entera.

Pues bien, esta prerrogativa, la de poder decir lo que se piensa y que lo escuchen miles y miles de personas, es algo que goza el político casi en exclusiva. Y ¡con qué generosidad! En los periódicos, en la televisión, en las intervenciones múltiples y en los atriles variados que se ponen a su disposición. ..

Tal privilegio ha de tener, claro es, su peaje: utilizarlo como instrumento de pedagogía. Para enseñar la dificultad de los empeños en que la política consiste; en el inalcanzable objetivo de la felicidad gratuita para todos; que la gobernación de un país complejo, de su economía, de sus servicios públicos, de sus instituciones educativas e investigadoras, no es un escenario de asombros ni un retablo de maravillas. Por el contrario, quien quiere una autopista a lo mejor ha de renunciar a un centro de salud y quien quiere un aumento de sueldo habrá de asumir la subida de la matrícula del chico en la Universidad.

Es decir, que todo no se puede hacer al mismo tiempo, que existen prioridades, derivadas de las opciones ideológicas o de lo que sea, que se pueden y se deben exigir sacrificios para que las generaciones futuras no se encuentren un país esquilmado, un desierto donde no crezca sino la mala hierba de las frustraciones.

Basta pues de emplear el altavoz al que aludo para airear embelecos irrealizables. Y desde luego para desacreditar con la pincelada gruesa o el desdén altivo al contrario y dispensar la desvergonzada lisonja a los propios.

Reléanse las palabras del Profesor y parlamentario Jiménez de Asúa con las que abro este artículo. Porque esta pedagogía que predico y me atrevo a encomendar a nuestros políticos, esta pedagogía que expulsaría el guirigay y el desbarajuste, ha de ser un festín para la inteligencia. Una dieta de verdad, de ciencia y de sustancia.

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 4 de marzo de 2019)

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