La teta

Ha dicho la ministra más empoderada, transversal, nutricia y traslaticia de la España plurinacional y poliédrica que “no hay un solo hombre que tenga miedo a las tetas”. Esta señora puede no ser muy espabilada, sea dicho con respeto y ánimo constructivo, pero esta vez acierta de lleno porque preciso es darle la razón: la “sede libidinis”, como la llamaban los antiguos moralistas,  a ningún hombre bien constituido le asusta, antes al contrario es objeto de sus más venturosas fabulaciones. Ocasión para fogosos caldeamientos de las entretelas.

Con todo, conviene precisar y no dejarse arrebatar. Convengamos que la teta es cepo, la trampa que usan algunas mujeres para capturar la atención del hombre, por eso es también red en cuanto que está trabada de tal suerte que sirve para pescar o cazar.  ¡Ay del hombre que se deje atrapar por una teta! No conocerá descanso ni su atención se fijará en objeto alguno de mérito ni podrá atender los negocios porque toda su concentración estará fija en esa teta que le ha atrapado, será un yonqui de la teta, de ahí que existan tantos negocios descuidados, tanto atolondramiento en algunos, la razón está en la teta y en sus efectos como red paralizadora. El famoso cherchez la femme se formuló de esa manera porque la mojigatería impedía decir lo que realmente se estaba pensando, a saber, cherchez la poitrine, ahí es donde se halla el abracadabra de todas las investigaciones.

Teta, arte puro y arte al aire libre, au plein air, como querían los impresionistas franceses, atentos no tanto a la precisión de una fotografía sino a las impresiones que va dejando, como regalos selectos, la misma Naturaleza, complacida en realzar, sin darle mayor importancia,  colores, luces y sombras. De donde la teta, definida de un modo cuando las sombras ejercen su imperio tenebroso, cobra una dimensión estética distinta en el momento en que las luces recuperan su reinado titilante de deliciosos frescores y colores. Por eso el estudio de la teta es inagotable y posee una dimensión homérica.

Porque la teta – sepámoslo- reina en la realidad pero luego se aloja en la imaginación y en ella despliega sus juegos, sus fantasías, sus imágenes en cascada. La teta es mito, ensueño, juguetona quimera que se nos acerca, que se nos aleja, que nos engaña, que nos hace guiños … son los famosos guiños de la teta, causa de perdición de varones severos y aun de generales y almirantes cuyos pecheras son bajorrelieves pletóricos de medallas, manchas de vanidad, sí, pero asimismo huellas vívidas de batallas memorables.

También, preciso es admitirlo, la teta perturba a golfos encanallados que no ven en ella más que carne a despachar en el mercado de los placeres.

Nadie debe degradar la teta de esa manera porque, quien así se comporta, olvida su dimensión de objeto de veneración, de fervor religioso y de práctica piadosa. Quienes escribimos como yo lo hago ahora sobre la teta estamos sujetos – voluntarios y complacidos- a una devoción que es estética, mística, litúrgica y, claro es, poética … Aceptamos entrar en el seno de la comunión de la teta donde esperamos encontrar consuelo y bienaventuranzas, también disfrutar de un espacio donde suenan las mejores músicas y por eso nos gusta tocar el órgano y lo hacemos como un sacrificio debido a los muchos dones que nos depara. Tocar una teta es un acto hermoso de sacrificio inspirado en esa vehemencia que acompaña a la admiración. 

Somos sacerdotes, es decir ministros de una religión que, como tales, consagramos nuestras vidas a hacer, celebrar y ofrecer sacrificios. Somos – reconozcámoslo- víctimas claudicantes, ay, de un arrebato amoroso y martirial. 

Sí, la ministra tiene razón. ¡Abajo el miedo a la teta! Y no digo más porque me desparramo.

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Sinenergias y otras alergias

Quien se desparrama en el uso de las palabras a la hora de expresarse (es decir, en su “elocución”) es verboso, parlanchín, charlatán o lenguaraz. Es un personaje que chamulla, enhebra o ensarta decires casi siempre vacuos.

Hay una regla muy repetida: quien con más determinación quiere ocultar algo o confundir al interlocutor o al público en general es quien resulta más propenso a rebozarse en el jolgorio de la verborrea, en el bullicio de la esgrima verbal fatua.

Los políticos – se dice- serían maestros en este arte de la magia embaucadora, capaces como son de dar gato por liebre, mortadela por jamón de bellota o salchicha ignota por morcilla aquilatada.

Los que mangonean, cabildean y caciquean en las naciones que componen España, todas ellas plurilingües y laicas habrían llegado a la juerga de la palabrería alcanzando en esta habilidad una dimensión de riqueza demoníaca, filosófica, casi – diría yo- religiosa (aunque es palabra a evitar porque, como acabo de señalar, somos laicos y a mucha honra).

Hay quien se irrita con estos modos y de ahí que leamos críticas constantes a tales beneméritos próceres.

No es mi caso pues veo en todo ello una riqueza a valorar y de la que enorgullecerse. Es probable que los gobernantes estén siempre diciendo lo mismo pero el hecho de vestirlo con ropajes distintos es muestra de fecunda inspiración de la misma forma que honrar siempre al mismo dios o diosa bajo formas distintas en las religiones antiguas era muestra de magníficos resplandores de beatitud.

Hay que felicitarse por ello y no caer en la crítica facilona, amasada con la harina de las rutinas mentales.

¿Quién no valora como un hallazgo la búsqueda de “indicadores estratégicos en la planificación por objetivos”? ¿O la “reprogramación por evaluación y seguimiento”? ¿O la “promoción de la competencia efectiva en los mercados”? ¿se quiere que no haya evaluación o que no haya reprogramación? Porque quien no las quiera debe decirlo a cara descubierta.

Y más: mucha animadversión hay que tener a quien estas palabras emplea para no ver en ellas brillantes muestras de “agilidad y eficiencia en la creación de sinergias”. ¿Es que queremos unas sinergias artríticas? ¡Que se diga!

También solo desde la descalificación de quien se sacrifica ejerciendo el poder se puede uno tomar a broma el “liderazgo de acciones, reformas y equipos” o “el establecimiento de foros técnicos para la generación de soluciones cooperativas y el aprendizaje de los pares”.

¿Hay alguien que quiera a estos “pares” sin aprendizaje, arrinconados en la ignorancia y en la inopia? Hay que ser muy desalmado para ni siquiera pensarlo.

Por último: ¿algún compatriota no desea formar parte del “Comité técnico para implementar el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia”? Si existiera, sería un ser muy retorcido o, peor, un vago que no quiere arrimar el hombro.

Todas estas expresiones, bien hermosas, están directamente recogidas de un Decreto reciente aparecido en el Boletín Oficial del Estado y son testimonio de la vehemente preocupación del gobernante por nuestra felicidad.

Y aún hay tarugos que no ven en ellas lo que son: muestras supremas de creatividad en “la participación, el diálogo y la transparencia”.

Mi amigo Juan me ha puntualizado:

– Sabíamos que al principio fue el Verbo, lo que no sabíamos era que al final sería la Verborrea.

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¿Arrima usted el hombro?

Hay quien sostiene que España no ha aportado grandes ideas a la teoría política, frente a otros países que han descubierto la democracia (la Atenas clásica), la división de poderes (Inglaterra), las libertades públicas (Francia) y por ahí un largo etcétera de hallazgos y verbigracias.

Desde estas Soserías procede – una vez más- reivindicar nuestros inventos. Entre ellos se encuentra la fecunda idea de “arrimar el hombro”. Desde el poder se pide a la oposición que coja su hombro, que lo tiene un poco desgalichado y desatendido, y le proporcione una ocupación digna, es decir, que lo “arrime”, que lo acerque o ponga junto a otra cosa, que en este caso es el interés de quien ostenta el mando. Da igual que quien pide “arrimar el hombro” sea la misma persona que hizo tan famoso el “no es no” que hoy se ha convertido en una locución que se escribe seguido: “noesno”. ¿Estamos ante una contradicción propia de un botarate que hoy dice lo contrario de lo que sostuvo ayer? En absoluto, hay que entender que solo los idiotas perseveran en sus ideas y que, si los tiempos cambian y con ellos sus exigencias, lo procedente es recordar al hombro y su función de ser arrimado. 

Porque vamos a ver: ¿para qué vale el hombro? Pues para poco más que para sostener la chaqueta o una blusa. Lo demás, ya lo sabemos: el hombro es causante de torceduras, tendinitis, dislocaciones, bursitis, fracturas de diversa envergadura y otras adversidades concomitantes. ¡Dios, la de lesiones que están ligadas a la clavícula, la escápula, a ligamentos cabrones, a tendones malhumorados…! Convengamos en que todo este arsenal de desgracias son buenas para los traumatólogos y los fisioterapeutas pero horribles para quienes no vivimos de ellas sino que las padecemos.

De otro lado, el hombro ha servido para levantar el brazo y hacer el saludo fascista o cerrar el puño obreril y comunista. Ambos gestos, si bien han sido peanas para alcanzar cargos fructuosos, también han traído las peores desventuras a los humanos pues prójimo ha habido que, por equivocarse al hacer uno u otro, ha acabado en una checa o en un campo de concentración, lugares poco amenos.

Mala fama tiene asimismo ser calificado como “arrimadizo” pues es sinónimo de parásito o gorrón. Es aquel (aquella) que trata de vivir de mogollón, el servil que llena de babas al  preboste para que haga descender sobre él una propina de sus poderes, un sujeto al que en la literatura clásica se le llama sopista o sablista. Arrimados se llama también a quienes componen una pareja que convive en pleno conflicto con las leyes canónicas o civiles.

“Arrimón”, en fin, llamábamos, ay, en nuestra juventud al hecho de haber palpado con morosidad las partes más sugerentes y turgentes de la chica con la que bailábamos el agarrado. 

De ahí que se eleve a la condición de empeño honorable el hecho de mimar el hombro, de cuidarlo para que no se averíe y acabe en la resonancia magnética y, así, sano y en pleno uso de sus más nobles facultades, poder “arrimarlo” para servir de apoyo a una causa justa que, como proclama el gobernante, es su causa, la más excelsa de todas.

Y así quien de esta forma arrima el hombro es fiel a su patria. Por eso debemos ejercitar nuestro hombro para tenerlo siempre listo para arrimarlo en cuanto el gobernante solicite su intervención. 

– Yo hago gimnasia de hombros a diario – me dice un amigo- nunca se sabe cuándo voy a ser requerido para arrimarlo. Evito con ello el reuma articular y contribuyo al esplendor de España.

Junto a las banderas proclamo la dignidad patriótica del hombro y la urgencia de que se le componga un himno: “¡Arrima, hombros de la tierra …!” y por ahí seguido.

No se me haga el distraído, lector / a/ e y conteste con sinceridad: usted ¿arrima el hombro?

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Mujeres en la nueva política

Un nuevo año tenemos en el horizonte y la alegría se desborda entre quienes somos optimistas y confiamos en los buenos refranes, como hacía Sancho, el escudero andado. Uno de ellos dice “Dios aprieta pero no ahoga”. Y así se confirma a diario. Es verdad que estamos padeciendo sufrimientos sanitarios que nos amargan la cotidianeidad y también  adversidades políticas que nos ponen el corazón en un puño.

De los primeros nos librarán los investigadores y los sanitarios; de las segundas, los políticos. Así, en el último tramo del año que acaba de desvanecerse, advertimos cómo un sol bordado en oros despunta en el horizonte y cómo este astro se esfuerza por aventar las sombras espesas y tristes que hemos sufrido.

Pues es el caso, querido lector / lectora / lectore, que unas mujeres bravías, entonadas, auténticas amazonas, hijas como son de la valentía y madres de sazonadas esperanzas se han reunido no ha mucho en Valencia, cabe el Turia, y alumbradas por las luces de aquella tierra prodigiosa, han concebido su programa político.

Se trata de un proyecto que solo puede dejar indiferentes a insensibles titulados en un máster de insensibilidades. Porque, al decir, de las amazonas citadas, su proyecto es “algo maravilloso”. ¿Se puede pedir más? Me parece que poco. Y, sin embargo, estas mujeres, deseosas de precisar el contenido de su mensaje, se han lanzado a ello con la solidez que les presta su ciencia. 

Y así sabemos que la maravilla anunciada se concretará en desarrollar “empatía para resolver los conflictos”, “escuchar más que hablar” y sobre todo, “en hacer una política bonita, desde la comprensión y los afectos”, “caminando juntas” y “entendiéndonas todas en la diversidad”.

¿Se puede aspirar a algo mejor, más entrañable, más coloquial, más de camilla y fuego cercano de chimenea? Se convendrá conmigo que, desde Valencia, se ha mandado al cielo de la política el perfumado aroma de la verdadera armonía, avivando en él su azul más azulado.

Estoy oyendo al pesimista aguafiestas que nunca falta.

– Eso es palabrería.

Pues no lo es, cenizo incurable. Y no lo es porque ese programa, preñado de mágicos sonidos, no se hará desde un partido político, “una cosa muy pequeña”, dicen ellas, reseca rama de la reseca democracia, digo yo, sino desde un “frente amplio” en el que “cabe todo el mundo”.

Solo desde esa magnificencia se pueden alcanzar los nuevos objetivos, a saber, “pensar un país en grande”, un país ahormado en “políticas tansversales”, lejos de las “etiquetas”.

Fue un mítin muy bonito, un mítin solidario, como deben ser los mítines, nada de gritos, razonamientos fríos pero bien enhebrados y aparejados.

Shakespeare hace decir a Macbeth: “si pudiérais, doctor, examinar la orina de mi país, encontrar su enfermedad y purgarlo para desenvolverle su entera salud original, os aplaudiría hasta que el mismo eco se aplaudiera otra vez”.

Pues esto es lo que han hecho nuestras amazonas, las musas de la nueva política, nuestras artemisas, nuestras ateneas, nuestras sacerdotisas de los cultos transversales. Y sin mirar la orina. Solo auscultando nuestros anhelos.

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¿Funcionarios en manos de caciques?

De forma taimada, en medio del barullo propio de la ley de Presupuestos, boca omnívora capaz de deglutir todo tipo de alimentos, ha empezado a diluirse la exigencia de habilitación nacional para la selección de los secretarios, interventores y tesoreros en la Administración local.

En efecto, la disposición final primera de la ley 22/2021 acoge una enmienda propuesta por el Partido Nacionalista Vasco que inviste a la Comunidad autónoma donde gobierna con las facultades de selección, provisión y nombramiento de los funcionarios que tienen atribuidas las delicadas tareas del asesoramiento legal y fe pública asi como el control y la fiscalización de la gestión económico-financiera y presupuestaria, y la contabilidad, tesorería y recaudación. Estamos hablando pues de los funcionarios más importantes de nuestros Ayuntamientos y Diputaciones.

El lector no familiarizado con estos asuntos debe saber que en España se introdujo su selección por el Estado hace un siglo. ¿Por qué? Las razones hay que buscarlas en la historia pues esta nos enseña que la evolución de la función pública local es pariente cercana del caciquismo.

El régimen liberal intentó algunos avances, sobre todo en orden a la exigencia de capacitación técnica de estos servidores públicos, pero nada sustancial se alteró y ello por una razón fundamental: el secretario municipal era una pieza más, la más humilde pero no por ello la menos importante, de la estructura caciquil de la España de la época sobre la que tantas páginas escribirían los regeneracionistas proponiendo cambios de fondo en  la vida municipal (Costa, Moret, Canalejas, Azcárate, Adolfo Posada, Maura por supuesto con su reforma nonata). Y es que el secretario local jugaba un papel destacado en el falseamiento electoral -como lo había  jugado en parte en el proceso desamortizador- y en los mil amaños que exigían la constitución de las mesas, la selección de sus miembros, en fin, la celebración misma de las elecciones. 

Formaba parte pues del sistema de la Restauración mantener una función pública local férreamente controlada por los políticos.

Los secretarios municipales, por su parte, clamaban por verse libres de lo que juzgaban «el pernicioso influjo de la política» lo que no conseguirán fácilmente porque la realidad era que el poder hacía con ellos lo que les petaba, a pesar de algunos aspavientos legislativos. Y de ello hay elocuentes testimonios en los escritores, insuperables notarios de su tiempo: Pérez Galdós, Pardo Bazán, Clarín y, antes, Mesonero, Antonio Flores; hasta en la zarzuela los secretarios son personajes fustigados, como ocurre en «El Caserío» de Guridi, estrenada ya en este siglo.

Los gobernantes de la Dictadura de Primo de Rivera miraron hacia otro lado cuando se produjeron las depuraciones de funcionarios locales tan típicas de todo trastorno político pero el ministro Calvo Sotelo logrará poner en pie una reforma de la Administración local que estaría llamada a alcanzar tan grande influencia que aún hoy es perceptible su impronta. Con el Estatuto Municipal por él promovido se crea el Cuerpo de Secretarios al que se incorporarían más tarde los secretarios provinciales. El ingreso se debía producir por oposición a celebrar en Madrid o en las capitales con distrito universitario, ante un tribunal de expertos y con un programa único aprobado por el Ministerio de la Gobernación.

Sus líneas básicas extenderían su eco más allá del momento en que nació pues, pese a que la II República realizó una labor de depuración de la obra legislativa de Primo de Rivera, dejó subsistente la de Calvo Sotelo en todo lo relativo a funcionarios municipales y provinciales. Y ello a pesar de que su autor, el entonces diputado Calvo Sotelo, fue uno de los enemigos más vigorosos del régimen. En la ley municipal republicana de 1935 es donde aparece por primera vez la idea del “Cuerpo nacional”, clara muestra de la preocupación por librar a este personal de las garras caciquiles locales.

La legislación franquista, tras las depuraciones propias de esa época, mantuvo la idea del “Cuerpo nacional” que solo fue sustituida, ya en la democracia, por la “habilitación nacional”. Quienes participamos en la redacción de la ley hoy vigente de Regímen local de 1985 (bajo la batuta política del ministro Tomás de la Quadra en el primer Gobierno de Felipe González) podríamos contar cómo tuvimos que explicar a personajes relevantes que “Cuerpo nacional” no se oponía a “Cuerpo rojo”. Con todo, para deshacer reticencias, optamos por esa fórmula de la “habilitación nacional” que designaba lo mismo con otro nombre, a saber, la selección y el nombramiento del personal llamado a desempeñar las funciones más relevantes en las Corporaciones locales debía quedar en manos del Estado.

Destaco lo siguiente: esa ley de 1985 fue discutida ampliamente en los ministerios, además, nos encargamos de organizar conferencias, con la ayuda de los Colegios de Secretarios e Interventores, en todas las provincias para debatir las reformas introducidas y, en la Dirección General de lo Contencioso del Estado, tuvo lugar un Congreso en el que participaron los más reputados especialistas. El anteproyecto estuvo en la discusión de la Comisión de Subsecretarios y del Consejo de Ministros en varias sesiones, muestra de la importancia que el Gobierno daba a aquella iniciativa legislativa. Cuando ya se convirtió en Proyecto de ley, en las Cortes, pese a contar el Gobierno con doscientos dos diputados, se negoció con todos los grupos de la oposición artículo por artículo.

El modelo legal resultante ha funcionado bastante bien bien si no hubiera sido malogrado en parte por la discrecionalidad introducida en beneficio de alcaldes y presidentes de diputación y otras corruptelas que hoy están claramente necesitadas de enfilar renovado rumbo.

La ley de Presupuestos recién aprobada desmantela sin más el sistema para la Comunidad autónoma vasca. No hace falta tener dotes de arúspice para sostener que detrás vendrán Cataluña, Baleares, Valencia, Galicia …

Pese a haber contribuido modestamente al nacimiento de la ley, sostengo que el sistema de la “habilitación nacional” no tiene por qué ser definitivo al ser uno de los constitucionalmente posibles.  Podría idearse otro siempre que garantizara la observancia de los principios de mérito y capacidad y la neutralidad de los funcionarios.

Porque lo imprescindible es obstaculizar la propensión del político a rodearse de profesionales que bendicen sus ocurrencias invocando las palabras litúrgicas de la ley. Por tanto, si se preserva: a) la exigencia de una titulación adecuada y unas pruebas de ingreso convocadas en el Boletín Oficial del Estado (no en el periódico local), abiertas a todos los españoles sin obstáculos lingüísticos artificiales, y juzgadas por personal competente (excluidos los concejales o el compañero sindical) sobre la base de un programa de temas serio, no diseñado para cada ocasión y b) unas retribuciones regladas, cualquier sistema al que se recurra resultará respetuoso con las necesidades de una función pública moderna y observante de los valores constitucionales.

Siempre – claro es- que las correcciones al modelo actual sean la consecuencia de un debate riguroso sobre la función pública local, tal como en buena medida sucedió  en los años ochenta. 

Lo contrario es lo ocurrido ahora: un grupo, especialmente diligente a la hora de contemplar su ombligo, presenta una enmienda que nadie ha discutido y que el Gobierno, suma de fragmentos políticos en estado permanente de fermentación, ha aceptado frívolamente. 

Se ha colocado así la primera piedra destinada a desmantelar la selección de unos funcionarios que son esenciales para velar por el cumplimiento de la ley y poner obstáculos a la corrupción. La vuelta al caciquismo local – o regional-, el eterno retorno de los fantasmas del pasado.

A la vista de este amargo suceso procede concluir que los dirigentes del PSOE actual conciben al Estado como un melón del que sus socios separatistas pueden ir tomando rajas, à volonté, hasta que la fruta toda se desvanezca. Una chapuza de artesanía.

Publicado en el periódico El Mundo el día 6 de enero de 2022.

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El Congreso se fragmenta

Es frecuente encontrar en los programas de los partidos políticos y en las declaraciones de sus dirigentes, afirmaciones a favor de una reforma del Senado que garantice la estructura descentralizada del Estado. Así, por ejemplo, en la Declaración de Granada del PSOE se puede leer: “Necesitamos reformar la Constitución para sustituir el Senado por una auténtica Cámara de representación territorial, sin la que no puede funcionar un Estado de corte federal”.

Han pasado años y ahí permanecen los firmantes de aquel texto aferrados a esta partitura sin mostrar la más mínima incomodidad. Nada han hecho para avanzar en esa dirección, que – de observarse- estaría en la mejor tradición de los sistemas federales, sin embargo han logrado en estos últimos años de gobierno, retorciendo la sindéresis política más elemental, convertir el Congreso de los Diputados en esa anhelada “Cámara de representación territorial”. Recordemos sus nombres: Esquerra republicana de Catalunya, Partido nacionalista Vasco, Bildu, Junts per Cat, En comun, Candidatura unidad popular per la ruptura, Coalición canaria, Mas Compromis, Bloque nacionalista gallego, Partido regionalista de Cantabria, Teruel Existe. Formaciones políticas unidas por el hecho de cultivar, como centro de sus desvelos, su propio ombligo.

Con ellas ha tejido la actual coalición en el poder los más pintorescos pactos, primero para conformar el propio Gobierno y, segundo, para aprobar presupuestos, leyes, decretos y cualquier otra ocurrencia que exija el respaldo parlamentario: para este una carretera, para aquel un museo, al del Este una partida presupuestaria destinada a hacer de su capa un sayo, al del Norte un tren con todo su equipamiento y por ahí seguido. En el futuro, los historiadores explicarán que, gracias a estas filigranas, se fue tramando el “Progreso” de España.

¿A quién puede extrañar entonces que, advertidos los rendimientos que generan estas incoherencias, se anuncie ahora la presentación de candidaturas locales en varias capitales de provincia que se sienten fundadamente preteridas? ¿Es que los habitantes de Soria son de peor condición que los de Gerona? ¿Es que un votante de Cuenca no tiene los mismos derechos que uno de San Sebastián?

Hasta ahora así lo han considerado los gobernantes de territorios como Cataluña y el País Vasco, forjadores de mitos nacionales, raciales y demás bisutería, hasta que los ciudadanos de provincias, que creían formar parte de una España cohesionada y solidaria, se han dado cuenta de que han estado desempeñando a la perfección el papel del “panoli” en el teatro de la política. Y, sépase, que “panoli” es, según el DRAE, “persona simple y fácil de engañar”.

Y así, estos conciudadanos, habitantes de las esquinas o de los hondones de España, se han hartado. Han aprendido, a la vista del espectáculo, que a la entrada del guiñol electoral se ha escrito con letras capitulares la siguiente frase: “el que no llora, no mama”. Un dicho popular este convertido en argumento categórico basado en el ser mismo de la cosa pública en su versión moderna que, como sabemos, es transversal, multinivel y empoderada.

Es de ver con la seriedad que en Valencia – por poner una verbigracia- sus fuerzas políticas defienden que la Comunidad está insuficientemente financiada, lo que es verdad a la vista de datos y números, pero al mismo tiempo contemplan esa misma lacerante situación en Castilla y León como una penalidad de escasa cuantía o, en boca de los juicios más exaltados, como un castigo merecido (por cultivar mucho trigo, por ser de derechas, por asistir a procesiones, por no tener lengua propia, etc).

Uno de nosotros escribió hace años el libro “El Estado fragmentado. Imperio austro-húngaro y brote de naciones en España” (coautor: Igor Sosa Mayor). Fue en la primera década de este siglo. Recibimos del entorno gubernamental (J.L. R. Zapatero) las peores descalificaciones: los autores son de derechas, no saben de lo que escriben y no advierten que la unidad de España está asentada con firmeza. Tales lindezas tuvimos que aguantar.

Recordarán los del plan antiguo del Bachillerato que en el Congreso de Viena se solía decir “el Congreso se divierte” en alusión a los bailes, banquetes, amoríos y francachelas que servían de decorado a los acuerdos de aquel momento histórico.

Hoy debemos decir, entre nosotros, que “el Congreso se fragmenta”. Ahora bien, preciso es saber, que al final de esta aventura, fomentada irresponsablemente por quienes deberían manejar la gobernación de España con lealtad hacia todos sus componentes, lo que nos va a salir es un Estado ingobernable, un popurrí en el que quedarán definitivamente asentados los privilegios y las discriminaciones y sepultadas la libertad y la igualdad de todos. Dicho de otra forma, un churro (con perdón del ameno desayuno madrileño). Y todo ello con sus inspiradores envueltos en la bandera del Progreso.

Produce fatiga al entendimiento oír que “debemos caminar hacia una España federal”. Sépase que, si algo caracteriza a los federalismos serios, es la existencia en ellos de partidos nacionales fuertes, columna vertebral de ese esqueleto delicado que es toda organización pública descentralizada. Piense el lector en los Estados Unidos de América o en la cercana Alemania donde se acaba de constituir un Gobierno de tres partidos, los tres con seria implantación en todo el territorio nacional.

Por recurrir a otro símil: sin los arbotantes de los partidos nacionales, esa filigrana arquitectónica que es el Estado democrático federal se viene abajo. Pues bien, nosotros tenemos invadidos por termitas esos arbotantes.

¿Tiene todo esto solución? Difícil porque nos hallamos en un estadio muy avanzado ya que tanto el Partido Popular como el Partido Socialista han pasado gozosos durante decenios por las horcas caudinas construidas por los nacionalistas. Les han colmado de privilegios, exenciones, fueros, prerrogativas, inmunidades y ahora, claro es, otros – en rincones olvidados de España- quieren lo mismo.

Pero debería intentarse la rectificación acometiendo esos dos partidos la reforma de la legislación electoral que obstinadamente nunca han deseado. Es decir, el Partido Socialista y el Popular deberían hacer lo mismo que han hecho hace unos días para repartirse los puestos en el Tribunal Constitucional.

Porque el panorama no puede ser más desolador: en las elecciones celebradas en noviembre de 2019, «Más País», necesitó medio millón de votos para obtener tres escaños. Menos votos recibió «Junts per Cat» que, sin embargo, disfruta de ocho. Pero es que, además, «Bildu», con la mitad de votos que «Más País», goza de cinco escaños. También el PNV con trescientos setenta mil votos tiene asegurados seis. Hay otras notables diferencias: los republicanos de Cataluña, con algo más de ochocientos mil votos, tienen trece escaños mientras que «Ciudadanos» con el doble de votos solo dispone de diez asientos. En fin, la formación «Teruel existe» no alcanzó los veinte mil votos y cuenta con un escaño; mientras que PACMA con casi doscientos treinta mil votos no cuenta con ningún diputado.

Es tan burda la distorsión de la representación popular, el fraude electoral en definitva, que alguien debería corregir el rumbo, a tal efecto pensamos que el Consejo de Estado publicó en el año 2009 un valioso Informe cuyo sueño en alguna gaveta perdida alguien podría despabilar.

Hora es pues de abandonar la polémica sobre la reforma de la Constitución, imposible en un Estado donde piafan desbocados los caballos de la deslealtad, e intentar algo más hacedero como es dar a luz una nueva ley electoral.

Pero que nadie se haga ilusiones: nada se hará. Solo el griterío y los insultos tienen asegurado su sitial de honor. Y así la democracia española se irá desnutriendo y desnutriendo, degradadas sus instituciones a un decorado de cartón piedra. Sin que se avizore esperanza alguna ni remedio que consuele.

Publicado en el periódico El Mundo el día 27 de diciembre de 2021.

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Derecho de autodeterminación

El pasado día de la Constitución nos hemos enterado de asuntos interesantes que ilustran y enriquecen nuestros sueños. Así, el descubrimiento de la mancha que afea ese texto jurídico y en la que no habían caído ni siquiera los más perspicaces de sus estudiosos. Creíamos que en 1978 se habían alojado en él los derechos y las libertades públicas tal como es usual en las Constituciones de aquellos países que cuentan con un sistema político presentable desde la Revolución francesa para acá.

Pues no es así. Grupos políticos del Congreso de los diputados nos han explicado que el derecho de autodeterminación de los pueblos no se halla recogido en esa Carta magna. Por ello necesita ser reformada si queremos escapar del estigma de hallarnos en el furgón de cola de la Historia.

La observación tiene su importancia: primero, porque los dirigentes de tales grupos son personos, personas y persones de grandísima consistencia intelectual y versados en achaques constitucionales, aprendidos en distinguidas cátedras españolas y foráneas. Segundo, porque son casualmente quienes permiten que el Gobierno de España sea tal y no una cáfila que vaga, cultivando el aspaviento pero ayuna de poder, por el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio de la Carrera de San Jerónimo.

– No hay Constitución seria en el mundo que acoja tal derecho – ha dicho un doctor por Bolonia, un tipo con gafas y finchado de vanidad. Tristón y de derechas, por supuesto.

Me he entregado a dar vueltas a la propuesta y concluyo que en efecto tal derecho no aparece en nuestra Constitución pero, al mismo tiempo, constato que quienes lo proponen no nos han explicado un pequeño detalle, a saber, quién, como sujeto de tal derecho, puede ejercerlo. Presuponen que Cataluña, el País Vasco, Baleares … y me digo yo, en mi ignorancia, por qué no Calanda, por sus melocotones carnosos y jugosos, usados para aventar miasmas patógenas; Noreña por sus callos sabrosísimos, remedio de desafueros; El Casar, por su queso, consuelo en las más atroces desgracias; Castrillo de los Polvazares, cabe Astorga, por sus cocidos cuyos ingredientes están escritos en letras capitulares; Córdoba, por ese salmorejo que a más de un moro de la zona le ha sacado de sus herejías; Teruel, por sus migas, seductoras y lascivas, trabajadas por fuegos perseverantes …

– No se equivoque, altivo escribidor de estas Soserías, – me dice el bolonio-: quienes defienden el derecho de autodeterminación lo que quieren en puridad es acabar con España. Y anote que son peligrosos porque son quienes han dado la vida y amamantan  al actual Gobierno.

Puede que tenga razón pero, con todo, a mí la reforma de la Constitución me excita, me pone porque tiene el pelllizco de la aventura, que perdería, ay, si se hiciera aplicando artículos y preceptos, algo propio de mentes aburridas y acatarradas. Lo original sería dejarla, para que la hagan a su manera, a quienes quieren acabar con España, con la Constitución, con la Monarquía, con las Fiestas de moros y cristianos y con la tomatina de Buñol.

Estrenaríamos una nueva lógica que además, y aquí lo emocionante, podría generalizarse. Así, por poner unas cuantas verbigracias, encomendaríamos los campeonatos de fútbol a los detractores de este deporte, las temporadas operísticas a quienes abominan de tal espectáculo, los certámenes de paellas a quienes acabarían con la Albufera y sus plantaciones de arroz, los concursos de castellets a quienes los consideran una botaratada y así sucesivamente …

Se trataría por tanto de desafiar a la tradición leguleyesca plantándole cara con valentía. Nos lanzaríamos a buscar novedades inventando métodos, arrinconando relatos polvorientos, desactivando prejuicios legañosos, turbando en fin a quienes viven mecidos en la tumbona de ideas ancestrales y periclitadas.

¿No consiste el Progreso cabalmente en practicar estas cabriolas?

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Don Quijote en Barcelona

En Barcelona, las fuerzas del progreso y la progresión progresista han decidido que Don Quijote de la Mancha y su escudero Sancho Panza no son dignos de decorar una plaza de esa villa que, según Cervantes, es “archivo de la cortesía”. Articulistas ha habido que han criticado al Ayuntamiento por el desagradecimiento que demuestra al escritor.

A mí me parece que se lo tiene merecido porque ¿fue acaso don Miguel de izquierdas? ¿fue partidario del separatismo o al menos del federalismo asimétrico? Más bien, fue toda la vida un pedigüeño del favor real, un mendigo de mercedes aquí en España o en las Indias, peticiones que fundaba en sus muchos servicios a la patria. ¿Qué servicios? Cervantes se fue a luchar bajo la bandera española a la batalla de Lepanto a la que, encima, calificó como “la más alta ocasión que vieron los siglos”. ¿Y qué significó Lepanto? Pues que los turcos no pudieran entrar en Europa. ¡Con lo bien que estaríamos ahora con ellos, disfrutando de la multinacionalidad, la alianza de las civilizaciones y la transversalidad cultural! Un poco estrechos los turcos, es verdad, con los homosexuales y con las mujeres pero les hubiéramos llevado a una universidad de verano de algún partido político o sindicato del progreso progresivo y allí hubieran entrado en razón. 

Con todo, la decisión de la mayoría municipal y espesa barcelonesa me hace pensar en qué diría don Quijote si pudiera enterarse de ella leyendo La Vanguardia. Imagino un discurso del siguiente tenor:

– Ya ves, amigo Sancho, honor de la escudería andada, cómo me persiguen los malandrines y follones de este territorio al que elegí venir en lugar de acudir a las justas de Zaragoza para dejar en ridículo al bellaco de Avellaneda, ese ser que tiene vacíos los aposentos de la cabeza. Ha ganado fama el tal Avellaneda pero es infame. Y si no voy en su busca para presentarle fiera y descomunal batalla es porque, si bien soy iracundo, también soy raudo en deponer la ira, como tú, Sancho, has podido comprobar en cuantas aventuras me has acompañado y en las que has podido advertir que mi brazo es más valeroso que el del señor Reinaldos de Montalbán o de ese gran tunante llamado Pandafilando de la Fosca Vista. Estos concejales y esta alcaldesa que han prohibido que cabalguemos por las calles y plazas de la villa barcelonesa forman un saco de maldades y un costal de malicias y ponen de manifiesto una vez más que en este mundo apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. Pero sabes, por las altas caballerías que profeso, que estoy hecho a estas asperezas y a otras aun mayores. Mi dignidad, Sancho, hijo, no se profana fácilmente y menos la van a menoscabar estos gañanes, faquines, ganapanes, esportilleros y belitres.

 Sancho le contestó:

– Sosiéguese vuestra merced por Dios que es solo una chiquillada de estas gentes que nada saben de achaques de caballeros andantes, hacerles caso sería como dar coces contra el aguijón.

– Buenas razones tienes, Sancho, que me place verte recio ante este desaire y no como te has mostrado en otras ocasiones en las que, en lugar de escudero del más aguerrido caballero andante, has sido corazón de mantequilla y ratón casero. De mí sé decir que no hay mago, ni moro encantado, ni nigromante, ni endriago ni vestiglo que logre arruinar mi determinación porque la suerte me la podrán quitar los encantadores pero el ánimo y el coraje no me faltarán jamás.

– Ya sabe vuesa merced – contestó  Sancho- que a buen pagador no le duelen prendas y que en casa llena presto se guisa la cena.

– ¿Y qué tienen que ver estos refranes, malandante escudero, corazón de alcornoque, con lo que nos han hecho los traidores, bergantes y malcriados de este Ayuntamiento?  Pero abandonemos esta tierra y cabalguemos hacia un prado donde haya bizarras pastoras y churumbeles y gaitas y tamboriles que nos alegren los oídos.

Y hacia allá se marcharon consciente don Quijote de que no hay agasajos si lo que se busca es un asiento en la inmortalidad.

– Yo puedo, concluyó el de la Triste Figura, estar agraviado pero no afrentado.

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La tarjeta dorada de Renfe

Todo está hoy al alcance de nuestro artilugio informático. Este periódico lo puede leer usted en su tableta, en su móvil, en su ordenador y lo mismo el periódico chino de su preferencia o el de Burkina Faso. 

¿Quiere usted una entrada para la ópera en Madrid, en París, en Berlín, en Viena o en Sidney? No tiene más que entrar en la página web de los respectivos teatros, abrir una ventana, teclear su nombre y tendrá a localidad asegurada. Si no se ha olvidado, claro es, de pagarla.

Y lo mismo si desea ver el teatro de Molière en Burdeos, el de Shakespeare en Londres,  o el de Ibsen en Oslo y esto último ya es una hazaña si se tiene en cuenta la rareza con la que los españoles – al menos quienes somos lectores de Miguel Mihura-  observamos a los noruegos. Digo esto porque en sus Memorias don Miguel nos relata el caso de una vecina suya de Madrid que no paraba de tener hijos noruegos y ante la extrañeza del ginecólogo, que era de Talavera de la Reina, la buena madre explicó:

– En algún sitio, doctor, tendrán que nacer los noruegos.

Pero volvamos a la magia electrónica en la que estábamos, fuente de buena parte de las sorpresas de la vida moderna.

– Yo le he comprado a mi nieta por Amazon un pelele cruzado con cremallera que es una monada – dice la abuela satisfecha a su amiga, abuela también. 

– No me digas más: yo a mi nieto, que acaba de entrar de asesor vigésimo noveno en el gabinete de un ministro, le he regalado un extensor de Red Wifi. Aprovechando el Black Friday, no te creas, que una es muy mirada con la pensión.

La organización del viaje más fatigoso que se pueda imaginar, el más enredado en combinaciones ferroviarias, aéreas o por carretera puede hacerse con el futuro viajero sentado en su casa vestido con el pijama de dormir.

Todo pues queda hoy al alcance del clic informático.

¿Todo? No, amigo / a. Hay algo que usted, si es persona mayor de sesenta años, jamás podrá comprar por internet ni por amazon ni por ningún otro circuito mágico. Algo que le obligará a desplazarse a una instalación alejada de su casa, aproximarse a una ventanilla o mostrador, al estilo clásico, y habérselas con el empleado / a correspondiente.  

Me refiero a la tarjeta dorada de Renfe. Más aún: quien quiera pagar con la tarjeta de crédito de su banco, se encontrará con el firme rechazo dispuesto por la entrañable empresa ferroviaria.

– Solo se admite dinero en efectivo – oirá usted al señor / a que le atienda.

Mi amigo Rigoberto que es un tipo desconfiado, que ve conspiraciones por doquier como don Quijote veía castillos y princesas, sospecha que algún enjuague habrá en la extraña regla que rige la compra de esta tarjeta, ábrete Sesamo del ahorro del jubilado.

Tengo un espíritu menos enrevesado y por eso creo que la singularidad descrita se debe al interés de la Renfe de mantener un vínculo afectivo con el pasado. Ha vivido el tránsito de las máquinas que echaban humo a los talgo y después a los Aves modernos, ya no hay revisores con bigotes y los trienios colgados como medallas sino señoritas o señoritos vestidos con creaciones made in Italy.  Eso sí: sostenibles.

De manera que hemos de agradecer a Renfe este detalle tan tierno: conservar un hilo con la tradición que se nos escapa de las manos. A ella nos brinda la posibilidad de aferrarnos como Scherezade lograba asegurar la vida por medio de la narración de un cuento interminable.

Así la Renfe, solo que sin tanta floritura, con la trivial expedición de su tarjeta dorada.

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¿Prohibir la prostitución?

Hablamos y escribimos sobre la prostitución estos días sin dispensar a ese mundo el respeto que merece como fragmento eterno que es de todas las civilizaciones pasadas. Y – sospecho- como ingrediente indestructible de las futuras.

Un escritor alemán, Frank Wedekind, que hoy nadie lee porque tenemos que ver las champions y las contrachampions todos los días de la semana, sentenció con gran claridad en los últimos años del siglo XIX: “antes acabarán las guerras que las putas”. Wedekind, prolífico autor teatral y personaje efusivo, es el padre de “Lulu”, figura bien cincelada de cocotte a quien se recuerda más por la ópera de Alban Berg.

De otro lado, en un momento como el presente en el que se nos anuncia, al mismo tiempo, el apagón y el calentamiento ¿es prudente acabar con los servicios acogedores que se dispensan en las casas de trato o de compromiso? 

Más aún: la prohibición de la prostitución que han anunciado los primates progresistas que nos gobiernan ¿afectará también a la figura de la amante, de la consentida, de la otra, del lío, del apaño, de la hetaira?  Porque, si es así, estamos hablando de palabras mayores toda vez que buena parte de la creación artística ha estado inspirada por estas imprescindibles mujeres. Tener una golfa cerca ha sido mano de santo para que la musa del ingenio se despabilara y se arracimaran las ocurrencias sublimes que hoy celebramos como grandes hallazgos literarios, pictóricos, escultóricos y por ahí seguido.

Famosa fue en el París del siglo XIX madame Savatier, una espléndida mujer que inspiró a Baudelaire versos muy sentidos de sus “Flores del mal”. Fascinados por ella vivieron otros cráneos privilegiados como Teófilo Gautier, el compositor Berlioz o el pintor Courbet.

De manera que no se entienden muchas páginas en prosa o en verso ni otras sublimes composiciones sin esta musa a la que llamaban respetuosamente “la Presidenta”. Una Presidenta, como se ve, de verdad, no un simple doctor en ignorancias como hoy se estila.

Dicho de otra forma: la musa de artista no puede desaparecer sin organizar un desaguisado . En el ministerio de Cultura debería crearse, aprovechando los nuevos Presupuestos, una “Subsecretaría de musas hetairas” y nombrar para el cargo a alguna sabiamente entrenada en el oficio. Todo antes que asfixiar el humus que tan imprescindible es para la actividad creadora.

Porque debemos saber que una mujer de estas características, pongamos una morena fogosa y evocativa, es una especie de misionera que trabaja en los abismos de la sensualidad y de ellos extrae los cristales intactos de la fantasía como quien saca música de un laúd.

Es ella quien estimula al creador para que no se fatigue, para que su obra salga poderosa, pulida, porque, si no es así, no le entregará su carnalidad palpitante que es la flor bien regada de su fructífera depravación. 

Fuera de esta protección femenina el artista es un personaje perdido, extraviado, ojeroso, empeñado en peinar sus desaciertos.

Conclusión: urge la Subsecretaría propuesta para que España, hoy tan lastimada por necios prohibicionistas (de la caza, de los toros, del azúcar, de la carne …), siga disfrutando del eterno aliciente del arte al que coadyuva, con su amalgama de primorosos servicios, la hermosa meretriz.

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