Tipos abominables

Entre los más antiguos se encuentran Platón y Aristóteles. El primero, aunque con melindres, aceptaba que los esclavos eran propiedad de su amo y que por consiguiente podían ser enajenados; para Aristóteles, unos hombres están destinados a la sujeción y otros a mandar, unos son por naturaleza libres y otros esclavos, una situación conveniente y justa.

¿Qué hacemos con estos energúmenos? Derrribar sus estatuas creo que no merece la pena porque es muy probable que les falte un brazo o la nariz, preciso es ser más contundente, propongo que entreguemos sus libros a la convincente acción del fuego. Muerto el perro, se acabó la rabia, es verdad que andan sus obras diseminadas por aquí y por allá pero merece la pena perseguirlas porque todo lo que se haga por librar a la humanidad de la influencia de estos pollos será un homenaje al progreso y contra la crispación. 

Estos días la prensa alemana se ha hecho eco de la polémica desatada en aquel país  acerca de Kant. Resulta que mucho razonar sobre el derecho, el poder, la libertad, la razón y demás pero no se olvidó este hombrecillo provinciano de escribir sobre las razas y la influencia del color de la piel. Ya los nuevos soldados / as de la limpieza de la Historia miran las estatuas a él dedicadas en esas plazas alemanas – plazas bañadas de luna y nieves- con verdaderas ganas de derribarlas y no es para menos. Si incurrió en alguna incorrección, como es claro por sus escritos, procede embadurnarle la cara y al suelo con él. ¡Tantas ínfulas, tanta estatua, tanto pedestal …! Un negrero, un vulgar negrero ese Kant que bien merece la fría verdad del desprecio y del olvido.

Son estos algunos ejemplos pero hay tantos … Mozart, sí, ese austriaco a quien se tiene por un genio, resulta que se mofó de las mujeres con su música apoyado en libretos que decían perrerías sobre ellas (en Cosí …, en Las bodas …) y lo mismo Rossini (El turco …)  o Verdi (¡ay esa imperdonable Donna é mobile de Rigoletto …!), no digamos Wagner que tenía en la mesita de noche el libro de Gobineau sobre las razas humanas … ¿Qué hacemos con estos depravados? No vale con derribar sus estatuas, procede mayor energía vindicativa: clausurar los museos a ellos dedicados, destruir los discos que recojan sus obscenidades y, como colofón, acudamos a reventar las salas de conciertos o teatros donde se interpreten sus creaciones sombrías.

Hay que limpiar la Historia, manchada por Ejércitos infectos, hay que meter la Historia misma en los hondones de sus rincones oscuros, entre sus ruinas suburbiales, hay que sepultar sus fracasos y sus duelos, destruir el ayer para disfrutar de un hoy limpio, terso, solidario, transversal, intersexual, empoderado, inclusivo, resiliente …   

Por eso se impone avanzar, no detenernos, que las fuerzas oscuras de la reacción, de la caverna, no nos amilanen.

Y en esa acción resuelta, litúrgica y justiciera se impone destruir también los palacios reales y las catedrales. ¿Alguien se ha parado a pensar que en su construcción los canteros trabajaban sin casco protector? Pues así era y por eso merecen que desaparezcan de nuestra vista para que no hieran nuestra sensibilidad. Pues ¿y las Universidades? ¿no se ha enseñado en ellas a santo Tomás y a una turbamulta de ignorantes crecidos en sus doctrinas torcidas, en sus prejuicios ultramontanos? Piqueta y a otra cosa …

 Al final nos quedaremos con lo que nos interesa: los bares, los campos de fútbol, los locales de juego y los espacios amplios para botellones y mítines que, por cierto, son lo mismo.

Un paisaje impoluto de corrección.

Poblado – eso sí- de imbéciles.

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El imperio de la Ley

Forajidos hay en la sociedad que se burlan de las leyes o que las estiman pero lamentan su incumplimiento. Hay una literatura de menosprecio a las mismas como la hay también de elogio a sus virtudes. Se habla del “imperio de la ley” como se habla del imperio austro-húngaro o del imperio romano, es decir, como algo monumental, el objeto de estudios minuciosos aptos solo para ser presentados ante los sabios de las ANECACAS, esos sujetos que, por modestia científica, se esconden tras el anonimato para decidir el destino de miles de estudiosos nada anónimos.

La ley, se dice, es puro artificio, melindre de abogados y procuradores, de arbitristas soñadores, de truhanes rellenos de palabrería y de latines mal declinados y conjugados, de avarientos de porfías, de pícaros aquerenciados en las tablas del dinero …  y por ahí seguido. De manera que las leyes, que pudieron ser benéficas, se convierten en estas manos en asperezas y ponzoñas. 

Y, sin embargo, no es justa esta descripción. Las leyes sirven para que los humanos no andemos mordiéndonos el pescuezo los unos a los otros, respetemos los saldos de las cuentas corrientes ajenas, no pasemos a mayores con la mujer del vecino o con su hija, no alentemos pendencias gratuitas ni más cizañas que las previstas en los estatutos de la comunidad de vecinos. 

Ocurre sin embargo que en España, por más revoluciones que hemos vivido, por más rousseaus, montesquieus y kantes que hayamos leído, muchos tienen la sensación de que la única ley aplicada a diario es la ley del embudo. Será este de metal, de plástico, de oro y pedrerías pero nunca dejará de ser un embudo. “Para mí lo ancho, para ti lo agudo” es su artículo único añadiendo su disposición derogatoria que quedan anuladas todas las que se opongan a semejante atropello. 

La situación es de tal naturaleza que incluso al Gobierno actual se le acusa – sin el respeto que merece- de aplicar a los asuntos en los que pone sus filantrópicas manos el desabrido embudo. Y así se dice que nombra a sus amigos para altos y bien retribuidos cargos sin que nos demos cuenta del sacrificio que supone asumirlos, que distribuye subvenciones y canonjías en función del color político del agraciado y no sé cuántas trapisondas más, todas igualmente abominables.

Si esto fuera verdad, la pregunta pertinente sería: ¿es posible que sus miembros / as no tengan conocimiento del significado que los teóricos más exquisitos han dado a la ley y de los valores de equidad y justicia que encierra?  No, no es posible. Entonces ¿qué ocurre? ¿por qué impera el reino de ese embudo arbitrario?

Pues porque el Gobierno lo que requiere, y le asiste la razón, es tiempo y paciencia. De momento está aplicando la ley del embudo y además lo hace de forma minuciosa, sin que se le pueda coger en quebranto alguno de la misma. Pone en ello sus mejores maneras y sus más aquilatados desvelos. Nadie puede, con la conciencia limpia, acusarle de lo contrario y quien lo haga incurre en bellaquería propia de quienes viven del bulo y de la postverdad, de quienes se han convertido en desaliñados buhoneros de la caverna.

La ley del embudo recibe por ello honores a diario en las esferas del poder y del parlamento, gallardea con las lisonjas de los ministros y se deja manosear por rapiñeros encumbrados de variada condición, por zurcidores de las mejores trapacerías del Reino.

¿Qué más se puede pedir?

En puridad, nada. Porque preciso es atender las buenas razones gubernamentales que piden tiempo. De momento se están habituando a aplicar con pulso certero la ley del embudo pero nadie puede descartar que algún día descubran otras e incluso el mérito y la  capacidad para nombrar autoridades y prebendados.

Los españoles no disfrutamos del imperio de la ley pero sí del sultanato de la orden ministerial. Por algo se empieza.

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Gracia y desgracia del Sacro Imperio Romano Germánico. Montgelas: el liberalismo incipiente

La historia del Sacro Imperio es la del enfrentamiento entre el Kaiser y los príncipes territoriales más el condimento de las ambiciones eclesiásticas. Por si todo ello contuviera pocas emociones, la Reforma añadiría, como guinda, una despiadada lucha confesional. Nació con la pretensión de renovar el Imperio romano, trabar combates contra otros poderes terrenales y, a falta de ejército propio con armas y caballos, dispuso de poderes más sutiles derivados de su situación geográfica y de su necesidad para asegurar difíciles equilibrios en Europa; también del ejército, embrollado pero ingenioso, de los juristas, aptos para entrar en las más arriscadas batallas dialécticas blandiendo latines, bártolos, justinianos y otras preseas del pensamiento jurídico.


Se desplomaría ante el vendaval napoleónico y es, en medio de sus convulsiones, cuando discurre la vida en el poder del barón de Montgelas, gran artífice de reformas políticas y administrativas que, al contrario de lo ocurrido con las impulsadas por su contemporáneo, el barón von Stein, han pasado desapercibidas en España.

En este libro se inserta a Montgelas en la peripecia histórica del Sacro Imperio, a la vez que se explican los grandes problemas que ocuparon las plumas de los juristas en el último tramo del Antiguo Régimen.

Algunos comentarios:

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Federalismo en movimiento

Pese a las convulsiones en las que se ve envuelta la vida política alemana lo cierto es que el Gobierno de Gran Coalición entre democristianos y socialdemócratas no se tambalea. Es esta una experiencia que, en un ambiente como el español, llama la atención porque nuestras fuerzas políticas viven del alimento que les proporciona la constante gresca, la pendencia insultona y palabrera, esa que tanto cansa, aburre y desespera a quienes somos personas temerosas de Dios.

Uno de los acuerdos trabados entre los socios para la formación de ese Gobierno (un acuerdo minucioso, preparado por centenares de técnicos y bendecido por los políticos, nada que ver con las ligerezas de nuestro ambiente) se refiere a la reforma del sistema federal desde una perspectiva no nueva pero sí actualizada bajo un enunciado moderno: “la creación de condiciones de vida equivalentes entre los alemanes”.

Merece la pena detenerse en el modus operandi seguido: se constituyeron, por mandato del propio Gobierno, varios grupos de trabajo con representantes de la Federación (en nuestra terminología, el Estado) y los Länder (nuestras Comunidades autónomas) dirigidos por los titulares de los ministerios federales del Interior, de Agricultura y de Familia. Estudiaron entre ellos asuntos como la situación financiera de los municipios y la ordenación territorial a ella ligada, las infraestructuras digitales, la movilidad y los mercados de trabajo, las prestaciones sociales y sanitarias, la formación de niños y jóvenes … un largo prontuario, cuyo resultado, en forma de Informe, fue presentado en julio de 2019 y hoy figura como aguja de bitácora para los proyectos tanto de la Federación como de los Länder y de los municipios.

El federalismo alemán, como toda realidad sólida empapada de Historia, es un permanentefieri, abierto a las quejas que puedan suscitar unos ciudadanos pendientes de realidades que afectan a su vida diaria y ajenos a los enredos de políticos y juristas, a las peleas en torno a la distribución de competencias entre las autoridades tal como figuran en los textos constitucionales. La expresión “tapiz de retales” que acompaña al federalismo alemán desde la noche de los tiempos así como la descalificación que supone la afirmación según la cual en él “todos hacen todo”, es una constante preocupación de quienes, en las alturas, dirigen la compleja estructura del mejor hilvanado federalismo europeo. A conjurar su descrédito han respondido muchas iniciativas en el siglo XX y también las alcanzadas en la primera década de este siglo (de las que he dado cuenta en libros y en artículos publicados en este periódico) más las que afectan a la nueva financiación de los Länder.

Conviene recordar, porque también es lección para nuestro medio, que la distribución de competencias en el constitucionalismo alemán no atiende tanto a los ámbitos materiales (la sanidad, la agricultura, el turismo …) como a las funciones del Estado y por ello la legislación corresponde en términos sustanciales a la Federación (repito: para nosotros, el Estado) mientras que la ejecución es el espacio preferente de los Länder. Nada que ver con la obsesión hispana del “blindaje” de las competencias, en la que tantas y tan tontas energías han gastado muchos juristas siendo como es una aspiración parecida a la de quien corre tras el horizonte, ese obcecado que tiene asegurado el desánimo y la fatiga gratuita.

Esta forma de concebir el reparto de tareas es la que sirve de base a un órgano constitucional como el Bundesrat donde se hallan representados los Gobiernos (no los Parlamentos) de los Länder, es decir, la instancia donde estos influyen en la legislación que aprueba la Federación. Las tensiones son lógicas y constantes, a ellas atendieron las reformas de este siglo XXI, pero no desaparecen nunca y ahí están las quejas enérgicas de los Presidentes de losLänder que se ponen de manifiesto con ocasión de las sesiones de la Conferencia de sus Presidentes, tal por ejemplo la celebrada en Baviera a finales de octubre de 2019. Quienes en España desean importar el modelo alemán a nuestro Senado deben saber que suelen ser esos presidentes los integrantes del Bundesrat, normalmente además miembros de las cúpulas de sus partidos políticos que, cuando son los hoy coligados, contribuyen a determinar la política berlinesa.

Con todas sus tensiones, las propias de un cuerpo vivo, el sistema funciona y ello porque, como ha destacado Wolfgang Renzsch, catedrático emérito en Magdeburg y observador inteligente de su evolución, pese a las críticas “ha sido decisiva la metamorfosis vivida desde el modelo principesco y predemocrático de 1871 hasta el democrático federal construido por la Ley Fundamental de Bonn”. Y añade algo de primordial importancia para España: “la racionalidad del federalismo alemán no consiste en afianzar la diversidad y las diferencias entre los territorios (nosotros diríamos las identidades) sino la de crear unas condiciones de vida equivalentes entre los ciudadanos”. Algo que debe ser la consecuencia de una legislación unitaria de la Federación (del Estado) vinculada al principio constitucional de la igualdad quedando las diferencias entre territorios a la tarea de ejecución atribuida a los Länder. Una prueba de la resistencia del sistema es la actual pandemia: pese a la respuesta dispar que han ofrecido los Länder, por ejemplo, los de Renania del Norte-Westfalia y Baviera, lo cierto es que, bajo la coordinación del Gobierno federal, que no ha recurrido a la legislación de emergencia, se ha logrado capear con eficacia la tempestad sanitaria. Para nada ha hecho falta el “mando único”.

Nadie debe empero llamarse a engaño: los Länder se debilitan como organizaciones políticas. Las causas son siempre económicas. Todos ellos necesitan una financiación que sea adecuada a las demandas de la sociedad moderna, ahora agravadas como consecuencia del virus. Y la solución a esas angustias financieras no puede venir sino de la Federación, de las estructuras de poder centrales. Las ayudas que fluyen a los Länder son cuantiosas y tienen objetivos muy variados, a veces se refieren a territorios específicos como ha ocurrido en Bremen y en el Sarre con los puertos y el saneamiento presupuestario o la construcción de viviendas. Es evidente que el dinero refuerza el poder del Gobierno federal al contar este con diversos instrumentos siendo especialmente potente el que ofrece el Tribunal de Cuentas federal. La entrada en vigor este año 2020 del renovado sistema de financiación de los Länder, que ha desactivado la ayuda del rico al pobre y lo ha sustituido básicamente por asignaciones condicionadas federales, supone – obvio es decirlo- la confirmación de esta relevante centralización iniciada hace años.

Sorprende por ello en este panorama la iniciativa que han tomado los Presidentes de los tres Länder más grandes, a saber, Renania del Norte-Westfalia, Baviera y Baden-Württemberg con motivo de la Conferencia del pasado año. Están regidos por coaliciones: el primero por la formada por cristianodemócratas y liberales; el segundo por los cristianosociales y los llamados “electores libres”; el tercero por verdes y cristianodemócratas. Como se ve, diversas familias ideológicas (de nuevo algo insólito entre nosotros) puestas de acuerdo en plantear una alternativa al modelo federal tradicional: la cobijada bajo la denominación de “las distintas velocidades”, una terminología importada del mundo europeo. Aspiran a diferenciarse de los demás Länder pues consideran que no puede compararse su envergadura con la de otros más pequeños o con los de la extinta República democrática.

Esta fórmula supondría un altanero alejamiento del tradicional federalismo simétrico, es decir, se impondría un modelo que admitiría diferencias entre territorios lo que incluiría la posibilidad de dictar una legislación divergente en algunas cuestiones, aunque reconociendo en todo caso la primacía del derecho federal. Pronostico que no será acogida con simpatía y será enterrada sin muchos honores, acaso con el flaco consuelo de algún desvaído debate académico.

Concluyo: el federalismo alemán se mueve y lo hace en una dirección clara, la que marca la aplastante superioridad de la Federación y el debilitamiento del resto de los protagonistas, devorados por una necesidad inacabable de financiación impuesta por una sociedad nueva, por unos ciudadanos exigentes y angustiados. Nada extraño ya que, como nos enseña el Eclesiastés “para toda cosa hay un tiempo y un juicio al ser grave el mal que amenaza al hombre”.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 1 de junio de 2020).

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Entrevista a don Filibustero

En su despacho del ministerio cuya cartera ostenta nos recibe, con gran amabilidad, don Filibustero Trenzacuentos. Viste de uniforme: pantalón vaquero con un airoso siete en el muslo derecho y otro a la altura de la rodilla izquierda; elegante chaqueta de firma sobre una camiseta negra en la que se lee en letras amarillas “stop nuclear power”. Sobre la imponente mesa ministerial puede verse su face mask. Mantenemos holgadamente la distancia impuesta por las autoridades sanitarias. Don Filibustero tiene una larga trayectoria de trabajo y de servicio: ha sido durante años el responsable en su partido de la secretaría de “políticas palanca y prospectiva progresista”, empeño que ha simultaneado con su profesión de influencer en Tordesillas y su comarca.

– En la actual difícil coyuntura ¿cuáles son sus proyectos, ministro?

– Mi prioridad temática – contesta sin vacilar –  es la estrategia nacional de investigación e innovación I+D destinada a una especialización inteligente. Ahora bien – añade- implementada con tecnologías de la información, comunicación, sostenibilidad, competitividad global y transversalidad. No queda otra, amigo, las cosas o se hacen bien o no se hacen. Ten en cuenta que vamos hacia la nueva normalidad y que nos hemos encontrado con años de incuria, de gestión rutinaria, muy poco viable. Y, por favor, amigo, si te parece nos tuteamos.

– Gracias, ministro. ¿actúa el ministerio en colaboración con las Comunidades autónomas?

– Nuestra presencialidad está garantizada en base al monitoreo constante de una economía de plataformas. Hoy es difícil acaso verlo pero estamos, como ha dicho nuestro presidente hace poco en el Congreso, ante el desafío que impone la huella digital. En este cometido no podemos descansar: en el cibermundo vivimos a impulsos de una macrogeneración de datos que está sustituyendo nuestra vivencia corpórea por otra que ¿cómo te diría? se desmaterializa en contacto con el mundo nuevo de las pantallas.

– ¿Crees que el ciudadano español está familiarizado con las novedades o, por el contrario, consideras necesaria una campaña de aprendizaje?

– El escenario es distópico: por un lado está la privacidad, hoy regida por algoritmos, de otro una condicionalidad que lleva a la anonimización y a una descentralización que no puede ser neutral. Con estos bueyes tenemos que arar y cuanto antes lo sepamos, mejores y más rápidos serán los frutos. Como ves no tengo pelos en la lengua, nosotros no estamos aquí para engañar a nadie sino al servicio de unos ciudadanos que exigen – y están en su derecho – directrices éticas fiables.

– ¿Te sientes, se siente el Gobierno en su conjunto, respaldado por Europa, por la Comisión, el Parlamento y demás?

– Nos ha costado hacer ver en Bruselas la calidad de nuestro empoderamiento tecnológico y ello porque acaso estamos avanzando demasiado deprisa pero comprenderás que el progresismo tiene sus exigencias y no las vamos a desatender. No puede admitirse el beneficio de unos pocos a costa del empobrecimiento de muchos, esto iría contra nuestros principios y nuestras convicciones de consumidores digitales, de consumidores de contenidos y de usuarios de aplicaciones. Con esto comprenderás que nos permitimos pocas bromas. Una cosa es la cercanía a la gente y otra olvidarnos de los efectos agregados de nuestros datos y de nuestras identidades.

– ¿Tiene el ministerio garantizado el apoyo de los empresarios y de los sindicatos, es decir, se mueve en el espacio del diálogo social?

– Naturalmente, de ello me he ocupado desde el primer día consciente de que tengo en mis manos al nuevo soberano analógico y consciente de que vivimos – lo queramos o no, lo advirtamos o no- cada vez más metidos en un solipsismo que por muy on line que sea modifica a ritmo vertiginoso nuestras experiencias cotidianas creando un valor de agregación incalculable.

– Ministro, no te molesto más, gracias, sé que tienes una mañana muy ocupada.

– Así es. Vuelve cuando quieras y seguimos charlando.

Es tan amable don Filibustero Trenzacuentos que atiende con paciencia al compañero fotógrafo y nos regala, dedicados, ejemplares de su libro, recién horneado, cuyo titulo es “Una economía laboral remota y temporal”. Confieso que estoy deseando que llegue el fin de semana para disfrutarlo. 

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¿Desescalada o desescuelada?

Lo de la desescalada no está en el DRAE pero sus doctos redactores la incluirán en breve ya que se oponen a instaurar para los neologismos la práctica, aplicada a los cuerpos de los reyes, del pudridero: unos cuantos años antes de darles la sepultura definitiva. Que, en el caso del neologismo, es su ingreso, después del rodaje entre los riscos y guijarros del habla, en el Diccionario, al fin y al cabo la sepultura más milagrosa que pueden tener las palabras por cuanto les permite resucitar cada vez que son usadas por el poeta. Lo que me indigna es que la voz “reborondo /a”, bien oronda y que circula por los escritos de los vanguardistas y los escritores sicalípticos, no acaba de ser acogida en el cuadro de honor de nuestra lengua, allí donde el verbo se hace litúrgico y sacramental.

Pero a lo que voy en esta hora de tantas tribulaciones es a conseguir adeptos para introducir otra novedad: la “desescuelada”. Podría definirse como “acción y efecto de desescuelar” siendo desescuelar “evitar o suprimir la escuela”.

Creo que es el detalle que le falta a la sociedad sobre todo ahora cuando son palpables los esfuerzos beneméritos que se están haciendo para conseguir que el fútbol vuelva a nuestra cotidianeidad más cotidiana. Ya que este objetivo estamos a unos minutos de alcanzarlo a base de emplear las filigranas de la ciencia solo nos queda un desafío: el de “desescuelar”. Es decir, evitar la escuela a las tiernas criaturas que hasta ahora se han visto obligadas a frecuentarla como consecuencia de unos prejuicios abominables.

Por algún sitio lo dejó consignado Oscar Wilde: “la educación en Inglaterra no sirve para nada y menos mal porque, de lo contrario, sufriríamos desórdenes públicos permanentes en el centro de Londres”.

Ahí quieren llegar nuestros actuales gobernantes. Y les asiste toda la razón. No hay más que seguir las comparecencias de la máxima responsable, una destacada señora ministra conocida por manejar formas embrionarias de la oratoria.

Por ellas, quiero decir, por sus rudimentarias explicaciones, tomamos nota de que hoy procede la clase presencial, mañana no; hoy no habrá exámenes, mañana sí pero poco, exámenes cortitos, con chuletas, que desgasten lo justo; se organizará la selectividad pero que nadie se alborote, será poco selecta … ; el tercer trimestre puntúa, el tercer trimestre no puntúa; el paso de curso será generalizado o a lo mejor particularizado; se podrá elegir colegio o quizás no; suprimiremos la concertada pero solo un rato; daremos religión o preferiremos idólatras … A alguien, a algún espíritu crítico hacia ella, le puede parecer todo esto un tiovivo de incongruencias, a mí me parece la estrategia más adecuada para alcanzar el fin que propongo: la “desescuela”. Por eso la defiendo.

Aprendamos a buscar de una vez la nobleza moral de la ignorancia y la filosófica sobriedad de la incultura. Es obligación nuestra encontrarlas removiendo entre saberes y silencios.

Hablamos mucho – y con solidez en ocasiones- acerca de la contaminación, del cambio climático, esas estrellas del vistoso firmamento de nuestros afanes colectivos, pero nos olvidamos, ay, de la contaminación que produce la enseñanza, criadero donde florece la planta de la pedantería. Y a esta, a la pedantería, a la impertinencia de quien se las da de sabihondo porque ha ido a la escuela, procede aplicarle sin misericordia el hierro candente de nuestro desdén.

“Desescuelar” es restablecer el orden eterno de la Naturaleza, es desterrar la arrogancia de quien frecuenta los libros, es impedir el tránsito por un despeñadero que, en un descuido, nos hunde en el despropósito de pretender votar sin prejuicios sectarios en las elecciones. ¡Y hasta ahí podíamos llegar!

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Un alivio como ministro

De nuevo me veo obligado a salir en defensa de personas bienintencionadas a las que una opinión pública inmisericorde vapulea de palabra porque no puede hacerlo de obra. Es el caso del ministro de Universidades a quien se acusa de cultivar ausencias, de asesinar expectativas, de profesar un silencio misterioso, de practicar en fin un abandono entre bohemio y distante y no sé cuántas otras tropelías. 

Es verdad que, cuando su nombre se hizo público, algunos entusiastas le encumbraron a la vista de su pasado académico y creyeron ver señales venturosas en el firmamento político: un especial titilar de sus estrellas, un fogonazo prometedor en los cielos, guiños cómplices del sol y de la luna … nunca hice caso de tales excesos expresivos. Pero me mantuve alerta a la espera de sus primeros movimientos, confiado, intuyendo que sus maneras permitían albergar las mejores perspectivas.

Ahora bien, nunca presentí que iba a colmar con tanta intensidad mis deseos. Ni en los más venturosos sueños pude imaginar que el ministro demostrara tan pronto y con tanta elocuencia que él se había encaramado en lo alto del escalafón político para no hacer … absolutamente nada.

¿Se puede esperar mayor y mejor educación? ¿hay alguien más respetuoso con los enrevesados negocios de la cosa pública que quien se niega a intervenir en ellos? Claro que podría hacerlo, saberes no le faltan y aptitudes le sobran para dar conferencias de prensa y rellenar el Boletín Oficial con ideas benéficas pero él, a la manera de un monje sencillo, ha preferido administrar el sacramento de la modestia y entregarse a la dura disciplina de la prudencia. Por algún sitio del Leviathan, Hobbes desempolva palabras enterradas en el Antiguo Testamento que vienen aquí al pelo: “tu Ley ha ardido, por tanto nadie sabe de tus obras ni de las obras que has de empezar”.  

Con esta actitud franciscana se ha despojado de un grillete – tan convencional como estúpido- según el cual quien se convierte en ministro, a veces por el simple dedo de un doctor a la violeta, debe entregarse a molestar al vecindario con ocurrencias y novedades.

Tal disposición de ánimo, que las personas mesuradas aplaudimos, no es nueva pues en el pasado se han dado también estos ejemplos. 

Hace años fui testigo de una conversación entre el académico Emilio Alarcos y un prócer, asturiano por más señas, que había ocupado también la cartera de Universidades.

-Fuiste el mejor ministro que han tenido las Universidades españolas – le dijo el inolvidable y caústico Emilio.

Ronroneó el lisonjeado:

-No, no, ha habido otros compañeros también buenos ministros …

-Pero nadie como tú: no hiciste absolutamente nada y eso es lo que más podemos agradecer los universitarios.

Con todo, y pese a su contención, un par de innovaciones se deben a nuestro actual ministro. De un lado, ha decidido que las Universidades pactarán con los estudiantes la forma y el contenido de los exámenes, lo cual es como pactar con las ranas la desecación del charco en el que viven pero nadie negará que estamos ante un alarde democrático de mucha calidad. De otro, ha anunciado que no habrá aprobado general sino “progresión general”, un hallazgo coherente pues a un gobierno de progreso le viene la progresión como anillo al dedo.

Queda desde este momento abierto el plazo para depositar óbolos con el fin de erigir un monumento al señor ministro de Universidades. Un alivio como ministro. Un ministro de alivio.

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El argumentario

Desde hace unos años parece que es práctica de los dirigentes de los partidos el envío a sus afiliados de un “argumentario” con el que estos han de hacer frente a las críticas que, desde la sociedad, se dirijan a las medidas adoptadas por aquellos: a tal procede contestar cual y, a cual, tal.

Descubrimos así que los dirigentes están convencidos de que sus limitaciones intelectuales y de formación, las de ellos, que son visibles pues que las exhiben sin pudor, las comparten con sus seguidores. ¿En qué se basan? ¿Por qué no piensan que son estos más inteligentes, más leídos y preparados que ellos y que solitos se sabrán apañar para defenderles si lo creen oportuno? 

La verdad es que nada puede extrañar a estas alturas pues cualquier observador habrá advertido que, en las campañas electorales, se perciben enfermedades, pústulas, contracturas y aun metástasis del sistema entero de una manera, ay, desnuda y elocuente. Precisamente la de mayor bulto es la de los partidos políticos y su comportamiento vulgar y trapacero. Sus portavoces hablan – o mejor dicho, gritan- pero rara vez razonan.

La democracia española es adúltera porque ha engañado al pueblo, su legítimo cónyuge, y se ha ido de picos pardos con los partidos, que encima la han dejado embarazada de tópicos y consignas. Es decir, de argumentarios.

De modo que la democracia de partidos ha dejado de ser democracia para convertirse en oligarquía de secretarios de organización y demás turbamulta oficinesca, los personajes que con más denuedo -y con mayor eficacia- han corrompido el sistema llenándolo de gusanos como pandemias (es la vermicracia). 

Maestros de la palabrería abominable creen que todos los huecos del mundo han de ser rellenados por lugares comunes. Ha de saberse que cuando una idea apreciable entra en el pudridero sale incorporada al argumentario.

Este, el argumentario, se convierte así en guía para adoquines, en vademécum de simplezas reumáticas. En retórica chapucera, precaria y triste.

El argumentario avasalla la originalidad y ahuyenta lo que de limpio y lúcido puede haber en el humano magín.

El argumentario es la quintaesencia de lo que ya nadie en sus cabales sostiene porque hace tiempo que ha perdido su efervescencia.

El argumentario es una cripta que alberga las momias del pensamiento.

El argumentario es el cementerio donde yacen la vergüenza humana y el decoro creativo.

El argumentario es un gran brasero donde se convierte en ceniza todo aquello que algún tiempo pudo ser linajudo y señorial.

El argumentario guarda las galas del difunto, quiero decir, de la reflexión, convertida en pergamino de oficina, en póster banal y mentiroso.

El argumentario es un armario de fantasmas. Un buzón de cartas olvidadas y mohosas.

El argumentario es la ética en estado cataléptico.

El argumentario es en fin lo que reparte ese político que es un ignorante encuadernado en piel de perfidia.

¿Habrá alguien que lea un argumentario?

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¿Diputado o trampantojo?

Todo no van a ser desgracias con el virus, por eso, aunque con esfuerzo, debemos tratar de encontrar algún aspecto positivo que nos permita sobrellevar este trance con menos abatimiento.

Creo que el más relevante y el que a la larga mejores frutos va a proporcionar se centra en el Congreso de los diputados.

Todos hemos contemplado el hemiciclo casi vacío, con tan solo los portavoces de los grupos interviniendo en los últimos plenos. ¿Ha pasado algo relevante? ¿se ha deteriorado, si es que aún es posible, nuestra maltrecha democracia? ¿alguien llora con desconsuelo el desvanecimiento de centenares de diputados?

Póngase el lector (o lectora, que nadie se me alborote) la mano en el corazón y conteste con honradez y valentía a estas preguntas. Se verá que nadie añora los plenos a rebosar de padres de la patria. La razón es muy sencilla: el parlamentario está concebido para producir discursos disertos, hilar razonamientos y sus contrarios, usar en definitiva la sindéresis argumental. Ocurre sin embargo que se limita a aplaudir con disciplina, abuchear con entusiasmo, embriagarse con disimulos, gesticular despectivamente o hacer muecas de pasarlo pipa o contrariado pero … hablar, explicar, colegir, concluir … quiá. Eso queda para el jefe del grupo y algún otro enchufado que ha aceptado clausurar su pensamiento autónomo.

De donde se deduce que la mayoría de los diputados son sencillamente superfluos. Y lo son, no porque individualmente considerados sean personas de escasas luces o con dificultades de locución, no, si se les conoce de cerca son, por el contrario, individuos (o individuas) con ideas, con proyectos, con entusiasmo patriótico … Disponen de memoria, de materia viva, de gravitación, supongo …

Pero todas estas cualidades positivas se oscurecen, desaparecen, en cuanto se sientan en el escaño, convirtiéndose en seres flotantes, en simulacros, en recuerdos, en polvo que deja huellas apenas perceptibles, ahuyentadores como son de toda espontaneidad. Sus habilidades se eclipsan, sus alas se abaten porque la luz del jefe les convierte en cuerpos opacos. A ello coadyuva probablemente el Reglamento de la cámara pero, aunque tal mamotreto no existiera, se achicarían igual porque el que se saben de memoria es el que les han proporcionado en su partido donde no hay más que un artículo: aquel que avisa de que, cuanto menos se les note y con más convicción se plieguen a las ideas o a las ocurrencias del mando, mejor les irá en la feria y mayores serán sus posibilidades de supervivencia fantasmal y sombría.

¿Alguien ha leído alguna vez algún libro, algún artículo en un periódico firmado por un diputado que no coincida con la consigna recibida? Consigna transitoria además pues que cambia como la veleta de los vientos, como la calima lejana del horizonte o las brumas fugitivas. ¿El pueblo? Ah, el pueblo, esa pálida y distante referencia, se trueca en ausencias, en lejanos aspavientos, en un gran cuerpo yacente …

Una vez le preguntó una señora a Paul Valery cómo podía explicarle a su hija la diferencia entre un toro y un buey. El poeta de Sète contestó sin vacilar: un escritor es un toro, un buey es ese mismo escritor ingresado en la Academia.

Dicho lo explicado y, a la vista de las dificultades económicas que se ciernen sobre el pueblo español, lo aconsejable sería dejar reducidos los escaños a los ocupados por los diez o doce dirigentes de los grupos y para quienes, humillados, han aceptado sus funciones de trampantojo, gestionar su ingreso en las filas de los cartujos de San Bruno o los trapenses de san Benito. Que tienen la ventaja añadida de disponer de ramas femeninas.

En los silencios conventuales oirán el estruendo de sus silencios cobardes y cómplices.

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Ante el cuerpo yacente de España: un nuevo Gobierno

Tiempo este de recuperación de la literatura de almanaques y pronósticos (con los que nuestro Torres y Villarroel ganó buenos dineros) pues que somos muchos los que nos dedicamos a formular conjeturas acerca de cómo ha de ser el mundo tras la epidemia que estamos padeciendo. Porque todo parece indicar que se nos han desplomado certezas que teníamos por imbatibles y con ellas esos tópicos con los que nos empeñamos en apuntalar los intereses y las miserias que mantienen erguido nuestro pequeño entorno.

Para descargo de nuestras conciencias podríamos imputar al azar, ese diablillo juguetón, las actuales calamidades si no fuera porque Tocqueville ya nos dejó explicado que “el azar tiene una gran intervención en todo lo que nosotros vemos en el teatro del mundo, pero creo firmemente que el azar no hace nada que no esté preparado de antemano. Los hechos anteriores, la naturaleza de las instituciones, el giro de los espíritus, el estado de las costumbres son los materiales con los que el azar compone esas improvisaciones que nos asombran y nos aterran” (así en sus “Recuerdos de la revolución de 1848”, libro obligado para los políticos cuya lectura debería desplazar a los tuits inanes).

Este azar que nos amarga, si azar es, ha venido escoltado por las advertencias de organizaciones serias como la Mundial de la Salud o las propias Naciones Unidas a las que los gobernantes y los ciudadanos hemos prestado oídos de mercader. Y así nos va ahora en la feria malhadada pues, hasta pocas fechas, antes de que el sudario se convirtiera en la prenda de la temporada, hemos estado escuchando las gansadas de la gripe, la de las víctimas de la carretera o la necedad suprema del machismo.

Ya que las opiniones de los expertos las hemos sustituido en el pasado inmediato por las de improvisadores a la violeta y revolvedores de caldos pestilentes, por lo menos afrontemos el futuro meditando con mesura pero con las luces largas sobre aquello que deberíamos corregir cuando nos libremos de los actuales agobios.

A mi modesto juicio, podríamos aprovechar para ahuyentar de forma definitiva las patrañas de los nacionalismos catalán y vasco haciendo ver lo reaccionario de sus programas, la falacia de sus mensajes y la traición a los intereses comunes que suponen sus postulados. De una vez procede explicar a los españoles que todo ese mundo no es más que el carlismo disfrazado de palabrería en programa de ordenador, hojarasca pisoteada por la historia; que nada tiene que ver con el progreso el partido cuyo lema sigue siendo “Dios y leyes viejas” y que Cataluña jamás ha sido un Estado ni tan siquiera en los momentos en que los sueños de sus próceres pudieron haberse manifestado de forma más audaz y extravagante. Y que España no ha robado a los catalanes sino que unos catalanes poderosos han robado con descaro jupiterino a unos catalanes indefensos.

Creemos que si este mensaje sencillo, explicado en tantas ocasiones por plumas más documentadas que la mía, lo hubieran defendido los políticos en la tribuna desde la hora primera de la transición, con la ayuda de los altavoces de que ellos han disfrutado, hoy no estaríamos haciendo almoneda con España. Dicho con nombres propios: si Felipe González y después José María Aznar, en la época en que tanto prestigio tuvieron, cuando nuestra democracia andaba a gatas e intentaba asentarse, hubieran destapado los embustes y las bellaquerías de la averiada mercancía nacionalista, hoy esos nacionalismos se limitarían a disponer de su clientela en sus respectivos territorios pero no habrían estado marcando el paso de la política española, hasta estos mismos días, cuando ya el descaro es orquestal. Pero los presidentes citados, que alumbraron hallazgos apreciables, en este del tratamiento de la quincalla nacionalista, se equivocaron de prisa y de corrido. Con punible desembarazo además. Por eso sería preferible que no dieran lecciones.

Hoy, la epidemia nos está poniendo de manifiesto que solo luchando codo con codo todas las regiones podremos arrinconarla en una esquina del calendario y por eso todo el personal sanitario, desde los médicos a los camilleros, están entregados a la tarea de salvar la vida de los españoles sin mirar si son de Bilbao o de Cáceres. Y por eso los militares, también desde quienes lucen imponentes estrellas hasta los humildes soldados, están implicados en la misma labor humanitaria, sin importarles si las personas sometidas a tratamiento son de izquierdas o de derechas, federales o centralistas. Y lo mismo los camioneros que nos están alimentando, los funcionarios que se ocupan de nuestra seguridad, los voluntarios …

De otro lado, es hora de que los ciudadanos exijamos, cuando de achaques profesionales se trata, que sea atendida de forma prioritaria la voz de los expertos y no la de pícaros sin otra formación que la suministrada por el cultivo de la chapuza y la farfolla improvisada en reuniones y mítines de unos partidos sin músculo consistente alguno.

Es hora de que callen quienes, aquejados de una mala fe de orondas proporciones, no ven entre sus semejantes más que progresistas o carcas, machistas o feministas, fulanistas o zutanistas.

Es hora de que calle el logrero y suene la melodía de un pensamiento libre del apuntalamiento de los lugares comunes.

Como es hora de que callen o bajen el diapasón quienes olvidan la vieja regla según la cual debemos conservar “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”. Regla que encierra la sabiduría de la sencillez y la exactitud de la profundidad. Y que adquiere toda su grandeza cuando nos encontramos en épocas de crisis como la actual donde advertimos que no sobra nada ni nadie a la hora de hacer frente a las carencias: necesitamos a los poderes públicos como necesitamos a los empresarios privados y a las monjas de clausura, todos trabajando de consuno para lograr fines comunes, en este caso, la derrota del virus asesino.

Mercado, libertad, servicio público, Administraciones fuertes, son componentes imprescindibles de una única organización social que han de convivir en armonía y mutuo aliento. Lo contrario es dogmatismo de converso a una nueva revelación y de los dogmáticos, como de las Academias y de las epidemias, ¡líbranos, Señor!

Si intuimos que de esta pandemia saldremos con el paisaje convertido en un esqueleto yacente, la pregunta es ¿ante el espectáculo del barco varado seguiremos empeñados en mantener el mismo Gobierno en España? ¿volveremos a reunir a la mesa del “conflicto catalán” con el señor Torra en su cabecera, el mismo que ha denigrado a España en los foros internacionales? ¿seguiremos aceptando la interlocución con quienes han querido hacer rancho aparte en el combate sanitario? ¿seguiremos viendo como prioritario entregar competencias delicadas a quienes en el País Vasco proclaman abiertamente su independentismo? ¿seguiremos empeñados en aliviar la prisión a quienes protagonizaron un golpe al Estado que ha desequilibrado sus cuadernas? ¿seguiremos dando prioridad a los debates sobre el heteropatriarcado? ¿seguiremos atados al lenguaje populista y a su defensa del derecho de autodeterminación? O por el contrario ¿haremos una agenda que contenga los graves problemas que ha de enfrentar una sociedad traspasada por sus angustias, sus desesperanzas y sus lutos?

Me atrevo a proponer que, cuando empecemos a ver la luz por la amura, tenga valor el socialismo español, como organización mayoritaria, para alumbrar una fórmula nueva de gobierno que debe pasar por prescindir sin miramiento alguno de los enemigos de España y apoyarse en los partidos que no están por aventuras: ni de desgarro institucional ni territorial.

No defiendo llevar a sus líderes a un nuevo Gobierno. En absoluto: se trata de obtener el respaldo mayoritario en el Congreso a un gobierno, temporalmente limitado, de perfil técnico, lo que excluye obviamente al actual presidente del Gobierno pues, como sabemos desde las Epístolas de Plinio el Joven “como en el cuerpo, así en el gobierno, el mal más grave es el que se difunde desde la cabeza”.

Un gobierno que recoja lo que de aprovechable – en términos profesionales- tiene el actual pero incorpore a personas procedentes de la nueva mayoría que tengan acreditada una formación coherente con las responsabilidades que asuman. Un gobierno austero en las proclamas, contenido en sus promesas, riguroso en sus manifestaciones.

Un gobierno, en fin, que logre secar la actual fuente de la que brotan la temeridad y las simplezas.

(Publicado en El Mundo el día 28 de marzo de 2020).

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