¿Gobernados por los peores?

Es un tópico en esta España de vacuos bullicios afirmar que estamos gobernados por los peores. No estoy de acuerdo. Lo que ocurre es que los términos de las comparaciones han cambiado.

Antaño, cuando se analizaba el curriculum de un gobernante, se observaba si había terminado el bachillerato, si había aprendido historia, geografía, latín y física.

Existían datos como eran las calificaciones o las reválidas realizadas en centros públicos de calidad (Institutos) distintos de los colegios privados. Y por ahí se obtenía ya una idea que permtía aventurar si se trataba de un chico / a serio / a, o de un / a botarate /a.

Si había estudiado en la Universidad, lo normal es que se hubiera especializado en Historia, Medicina, Derecho o Geología, todas materias con años de tradición académica, con profesores universitarios seleccionados tras pruebas públicas, ante tribunales elegidos por sorteo y compitiendo varios candidatos.

Pues bien, de nuevo, las notas obtenidas más el ingreso posterior en cuerpos prestigiosos proporcionaban pistas acerca de la solvencia de un sujeto que accedía al gobierno: si se trataba de alguien alicatado de saberes o de un merluzo.

Todo esto ha cambiado, como digo, en un presente como el que tenemos: emético y do reina el despropósito y lo diabólico.

Porque hoy quien logra un cargo en el gobierno es probable que no haya estudiado Ciencias Exactas, que la verdad son enmarañadas, llenas de números primos y de raíces cuadradas, sino una «maestría» (en español se dice «máster») sobre el cannabis, sobre el comportamiento de las mascotas, o haya superado un «título propio» sobre magia o ciencias circenses. Todos ellos existen y sospecho que estarán bendecidos por la ANECA (CA).

Y luego está la experiencia y la destreza en la pillería, el embrollo, la añagaza, el servilismo ante el Secretario de Organización, la humillación ante el Secretario General, la cobardía ante el uno y el otro, la sabiduría en el amaño de contratos y en la fermentación de carroñas cuando de la confección de las listas electorales se trata. Etc.

¿Son los peores en todo esto?

En absoluto, son los mejores. Por eso no es verdad que estemos gobernados por los peores.

Y luego está la acusación ligera que se hace del fraude en la obtención del título de doctor: «ha copiado la tesis» se dice con enojo y, a veces, entre blasfemias.

¿Y qué de malo hay en ello? se trata de un reconocimiento que el autor hace a autores del pasado, un homenaje a la creatividad desplegada por un prójimo en tiempos remotos y que ahora, pasados los años, se ve reconocida por quien aspira a vestir la muceta doctoral.

Lo único exigible es que copie bien, sin picardías, que no se atropelle en el trance, que no confunda las líneas ni las páginas, que no alborote las citas … Si todo esto lo lleva a buen término, estamos ante el mejor plagiario, no ante el peor gobernante.

– ¿Usted sabe plagiar?

– Pongo mi esfuerzo.

– Entonces, esta usted en el buen camino para ejercer como el mejor cínico y la más acreditada autoridad.

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Hipócrita se escribe con H

En una Historia que está ensuciada por la hipocresía, una de las más ofensivas es la de dedicar un monumento «al soldado desconocido». Porque «desconocido» era sin duda para el gobernante desalmado que le había enviado a la guerra, pero para su madre ¡vaya si era conocido! De ella, de esa madre, no quedan en los libros de historia más que el reguero de sus lágrimas.

El malvado sabio que fue don Francisco de Quevedo sostuvo que «la calle más larga que existe es la de la hipocresía, tan larga que cada uno tiene en ella su cuarto». Hoy hubiera dicho su «duplex» o su «adosado».

Su número es infinitus, estamos a la espera de que se convoque el día del «Orgullo hipócrita» y recorran en carrozas, por nuestras ciudades, los hipocritones de todos los sexos y todas las sensibilidades existentes entonando sus consignas y convocando el concurso para otorgar el título de «Hipócritón Premium» que ganaría quien fuera más vicioso en la traición y más refinado en la vileza. Es decir, aquellos cuyas palabras estuvieran mejor aderezadas de embustes y mejor alicatadas de venenos.

Es el momento de constituir la Asociación «Hipócritas sin fronteras», naturalmente «con ánimo de lucro». De lucro, de provecho y de enriquecimiento porque de eso se trata, aquí está el busilis de toda la hipocresía.

Y también de prohibir los matrimonios mixtos, es decir, aquellos que puedan unir a un hipocritón con trienios con una mujer inocente, recatada y sensible. Con ello se trata de preservar la pureza de la condición hipocritona, de suerte que, en la casa de maternidad, se pueda decir a la madre recién parida: «Señora, ha tenido usted a un hipócrita fetén, sin aditivos ni conservantes».

Urge hacer colectas para encargar a los escultores inspirados el monumento al «hipócrita conocido». O una estatua en la que se inmortalice a un hipocritón, no a caballo como comparecían los antiguos, sino en un SUV, «crossover», «hatchback», híbrido enchufable o microhíbrido, a ser posible con pila de combustible e inyección directa.

Porque tan peregrinas denominaciones tienen hoy lo que en épocas más aflictivas llamábamos «coche». Éramos más pobres, la economía se desplazaba con modales de reptil sin prisas y no «iba como un tiro». Preciso era, de aquella, ahorrar palabras y minimizar esfuerzos.

Ahora, cuando el gobierno ha anunciado la publicación cada seis meses de un «ranking» del (h) odio, debería animarse a publicar otro de los hipócritas, un catálogo de panzones y malcosidos.

Pero, ojo, y aqui viene lo más importante. Intentará el tal gobierno que «hipócrita» se escriba sin h, como está haciendo con los jueguitos del (h) odio. Una maniobra de despiste. O, mejor, de ocultación, cuyo objeto sería crear una palabra con la que blanquear lo que de hipocritona tiene el alma del empoderado plurinacional, del progresista medrado y trepador, del individuo de la banda del Renault, sepulturero de la Constitución, con cara de no haber roto un plato por estar instalado siempre en el lado correcto y suculento de la historieta.

Toca defenderse y proclamar que «hipócrita» se escribe con h. Con h de hediondo.

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Pucherazo y otros «azos»

Se ha puesto de moda estos días la palabra «pucherazo» para aludir al «fraude electoral que consiste en alterar el resultado del escrutinio de votos» (DRAE), al parecer perpetrado por el progresismo patrio para escalar al sitial desde el que defender a la clase obrera. Y es que cualquier sacrificio es poco cuando de empeño tan generoso se trata.

A mí, la palabra no me gusta porque la encuentro como una degradación de «puchero» que es marmita, olla, perol, es decir, el admirable recipiente que permite pasar de lo crudo a lo cocido, un proceso de cuyas resultas nace el estofado de carne del cordero pascual o las patatas con un rape de episcopal linaje: ¡nada menos!

Aceptemos empero el aumentativo porque, si medito un poco, me doy cuenta de que la época bendita de lucha inflexible contra el fango que disfrutamos en España está plagada de aumentativos poderosos, llenos de gracejo y, sobre todo, de brío verbal.

Porque, junto al pucherazo y, como un derivado de él, tenemos el «pelotazo» que se produce cuando, y vuelvo al DRAE, se obra el milagro de una «operación económica que produce una gran ganancia fácil y rápida». Lo bueno es que aquello que, a primera vista, puede oler a chanchullo o a tropelía, en puridad se trata de la aplicación del ingenio financiero, ahora en beneficio, no del señorón capitalista que fuma puros en los salones de oro y vicio, sino del proletario y de sus exigencias implacables. 

Pues ¿qué decir del decretazo? También suena a insulto dirigido a ese pobre decreto que ha vivido siempre sin mayores pretensiones en su pequeñez reglamentaria y subalterna. En rigor, el decretazo es el invento del jurisperito del empoderamiento para introducir aquellas reformas que exige la lucha de clases y la neutralización de la extrema derecha.

Y es que, frente a la crusilería de la ley, tramitada con melindres de leguleyo miope y opaco, el «decretazo» suena al sonido de la trompeta que anuncia con su estruendo la arbórbola sin tregua del Progreso.

El «bandazo» y el «cambiazo», producidos cuando se cambia de opinión, no por intereses personales o apetito desordenado de poder, sino de nuevo por exigencias de una clase obrera que no perdonaría ese «sostenella y no enmedalla», propio de las épocas aflictivas dominadas por las gentes de sable que salen en las novelas de Valle Inclán. 

El «cambiazo» como el «zapatillazo», el «zapatazo» o el «braguetazo» son metáforas que representan el vaivén, el ritmo, o, si se prefiere, la cometa que sube al cielo donde se anuncian y se dibujan, como una premonición, las grandes y benéficas mudanzas. 

El «sablazo» es lo que el Poder practica cuando nos atiza un «porrazo» en nuestros ahorros y el «chivatazo» es lo que se hace cuando se alerta a un terrorista que la policía no le quita ojo de encima y que se ande con los pies de plomo.

En fin, poner el cazo esta emparentado con todo lo dicho hasta aquí.

Pido indulgencia al lector y confío en que esta Sosería sea calificada como un «articulazo» y no como un «coñazo».

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Pato cojo

Ignoro por qué se utiliza la expresión «pato cojo» de una forma despectiva para aludir al político cuya estrella se va apagando por acercarse el final de su mandato, me imagino que procederá de alguna gilipollez norteamericana.

Preciso es, cuando se vive la hora aflictiva para los patos y para los cojos, restaurar su fama y devolverles su esplendor.

Porque el pato es un manjar exquisito cuando se le marida, por ejemplo, con la naranja, lo que da como fruto el «pato a la naranja» que se sirve en ágapes de gala, allí donde se mezclan las excelencias, los inmortales y los bonetes episcopales. Saber cocinar un pato en salsa de setas es una filigrana de las que no tienen fronteras, de las que producen alegría y una animación ecuánime, satisfactoria y delicada.

El pato es pues animal que, por exigir respeto, no admite ante él actitudes fanáticas, ni la hipérbole de la intolerancia o del extremismo. El pato, cocinado, hay que elogiarlo ya que es un maestro en ofrecernos finura y un punto de ceremonia profesoral, pienso que para comerse un pato manejado con cariños en la cocina es recomendable vestirse de forma discretamente elegante y hago hincapié en el adverbio. Acompañado de un vino ligero y virtuoso transporta a los espíritus sensibles a uno de esos sopores evocadores y burlones que es lo que se llama, entre los teólogos, el Cielo.

La devoción al pato siempre dará, se lo digo yo, querido lector / a / e, resultados albriciados.

Pues ¿y el cojo? Un ser adorable, la historia está preñada de cojos indispensables, entre ellos nada menos que don Francisco de Quevedo. Un cojo que escribía, no con pluma, sino con puñal. Que es el instrumento adecuado, sobre todo en esta España que siempre ha acogido, y más en esta hora progresista, a una sobrepoblación de golfos.

Si, provistos de la pértiga del tiempo, nos trasladamos al siglo XX, nos encontramos con Miguel Mihura a quien dejaron de pequeño una pierna chula.

– Hoy tengo mala la pierna buena – solía decir los días en que apenas podía caminar.

A Mihura hay que releerle siempre, más cuando el entorno es rico en memos axiomáticos y gentes que cultivan una ignorancia dolorosa.

En una entrevista, el periodista le preguntaba si era «de derechas o de izquierdas».

Tampoco es que la pregunta fuera muy ingeniosa, pero Mihura aprovechó para explicarle:

– Mire usted yo soy como esos discos que por un lado tienen una melodía dulce y por el otro una tabarra. Depende de qué lado me pongan.

Y siguió, agudo y lúcido:

– De la misma manera que hay temporadas en que soy rico y otras en que soy pobre, días que los paso en pura pereza y días que me acabo de un tirón un acto de una obra teatral o días que soy bueno como un ángel doméstico y otros que soy malo, versión feroz.

¡Qué diferencia del botarate que se define de derechas o de izquierdas las veinticuatro horas del día los tresciento sesenta y cinco días del año!

Peor: ¡cuánta distancia del miserable que ha construido un muro para aislar y encerrar a unos y a otros!

«No es posible que esté de continuo el arco armado» leemos, como aviso a navegantes, en el Quijote.

Hagamos pues un corte de mangas al tarugo, disfrutemos del pato y reverenciemos al cojo.

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Iglesia y partidos políticos

Hay en esta España, que es garito o timba, abundancia de sujetos que gastan pensamiento reumático y un discurso exhausto, pero lo que no podíamos sospechar era la existencia de un político prominente, fanático a la hora de darnos gato por liebre, que, habiendo estudiado su carrera de economista en una Universidad de frailes, o sea, en El Escorial, ponga de pronto carita de remilgado y se niegue a asistir a una ceremonia de difuntos con la excusa de que está oficiada por obispos y otros personajes de cogulla.

Hace falta ser torcido de alma y aposento de sentimientos putrefactos para exhibir tan resuelta manera de razonar.

Nunca habrá reparado tal sujeto en que el partido político, tal como se le conoce por sus prácticas en España, se alimenta de las que son propias de la Iglesia, aunque reconozcamos que el partido les administra su propia desnutrición intelectual, como si fuera una comunión cismática.

Porque ¿qué es sino una degradación de un Concilio el Congreso de un partido político?

La diferencia está en que las sesudas reflexiones teológicas formuladas por personas de saberes aquilatados se sustituyen por las de quienes tienen por discurso un batiburrillo de guiñapos mentales dispersos.

No se olvide que en la Iglesia se ride culto a la religión, mientras que en el partido el culto está dedicado a la superstición.

Sigamos: ¿qué es la arenga en el mítin sino un sermón? Con el matiz de que en el sermón se comenta, con mejor o peor fortuna, un texto venerable y en el mítin el orador se limita a esparcir cuatro ideas de escayola y seis insultos plebeyos.

En el partido, junto a los militantes figuran los «simpatizantes» que forman una especie de Orden Tercera, propia de la Órdenes monásticas que vienen de los siglos medievales y permiten una adhesión laxa a la organización. Ejemplo: el terciario se puede entregar a castas expansiones sexuales, de la misma manera que al simpatizante se le permite leer un periódico retrógrado, no progresista, siempre que inmediatamente se lave las entendederas con el editorial ortodoxo y limpio de mácula.

A los disidentes infectados por actitudes herejes, o que simplemente infringen la «observantia regulae», se les imparte una condena y se les entrega, no al poder secular para su castigo, sino a las redes sociales.

Estas, las redes sociales, guaridas de la blasfemia, son el equivalente actual de la penas del infierno pues que en su seno actúan los demonios que encarcelan a quienes a ellas se incorporan, todos comprometidos en llevar a las almas «ad inferos», el encierro tenebroso donde el mal ejerce su señorío implacable.

Habría que hacer un estudio, este teológico, de los seres luciferinos que habitan en las redes para ir conformando así una demonología como la vivida antaño en la Iglesia. Hay que recordar que un exorcismo muy apreciado consistía en lanzar sobre el pecador insultos grandilocuentes y en esto, en lo de los insultos, los mitineros son maestros de mucha compostura y adorno.

Recordemos, por último, que la dirección espiritual que ejercen los clérigos sobre los creyentes son el equivalente actual de los «entrenadores personales» que «maximizan el potencial de los políticos» y «gestionan la alta presión de su entorno». ¿Parece poco? pues además «controlan el estrés, ayudan a clarificar sus objetivos y alinean su comportamiento con sus metas para que tomen decisiones más conscientes».

Unas joyas, oiga.

Se me olvidaba decir que a estas alhajas los políglotas españoles las llaman «coaches».

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Brigitte Bardot y los símbolos

Como Brigitte Bardot es un símbolo nacido en Francia, preciso es compararla con los otros símbolos para calibrar su entidad y su permanencia.

Símbolos franceses hay muchos y los intelectuales pelmazos invocarán la Doncella de Orleans, Voltaire, la Revolución Francesa, la Marsellesa y el general De Gaulle.

Prefiero acudir, en su homenaje, a símbolos menos complejos, pero más expresivos porque BB fue ante todo, la expresión de las expresiones, con aquellos sus labios rojos, sus faldas misterio, sus bikinis austeros y ese gentío que siempre se arremolinaba para admirarla en silencio como la virgen que no era, allá donde aparecía.

BB era una tumbona a la sombra propicia de una higuera en un rincón de la Provence, bebiendo su cielo azul mientras se descubría un hombro con mensaje hechicero y se echaba el pelo para el lado izquierdo y el pensamiento para el derecho.

Muchas veces me he preguntado qué hubieran hecho los pintores de Barbizon si, al desplegar sus caballetes «au plein air», se hubieran encontrado enfrente, en lugar de un árbol, rígido y antiguo como un cardenal, una vaca soñolienta o, peor, aquella escena campestre tan repetida, si se hubiera encontrado, digo, a BB toda ella en carne transparente y pecado mortal, a BB en sus mejores y delicadas picardías de concupiscencia. Aquellos peludos artistas habrían tenido que buscar en sus paletas colores chorreantes de pasión, amarillos de celo, un festival de colores viajeros, lujosos y triunfales.

El impresionismo hubiera dado un vuelco. O ya no hubiera sido impresionismo. ¡Cualquiera sabe …!

Pero no quiero perderme porque esta Sosería iba de los símbolos franceses, los palpitantes, no los que sirven para escribir tesis doctorales.

Pensemos en el «coq au vin», ese guiso con el gallo ya instalado en la Verdad pero estofado en vino – tinto o blanco, el color no importa- y tratado con las caricias de la lumbre, acompañado de unos nabos o unas setas. No sé cuál es su origen, y no me voy a levantar para comprobarlo, pero lo cierto es que el tal guiso se echa encima trienios, huelgas generales y manifestaciones en la place de la République, y ahí sigue, si no cacareando, porque el humillante estado al que ha sido sometido se lo impide, sí ufano y desafiante en sus travesuras gastronómicas.

Pues ¿qué decir de los quesos y especialmente de los camembert con esas cortezas envalentonadas por el moho? En mis atardeceres calmosos, me gusta maridar – con Mercedes- el camembert y el pan negro alemán porque se nos figura que estamos en plena exaltación patriótica europea, contribuyendo a fortalecer la amistad entre esos dos pueblos, que tan encabronados han vivido: nosotros los unimos, más allá de los acuerdos de los Adenauer o los Mitterrand. Comiendo en estas condiciones un camembert de la Normandía, paladeamos la grandeza de los Imperios que, fatigados, fueron arrinconados por los designios oscuros de la Historia.

Y luego está el cassoulet que, si viene del Sur, es porque siempre quiso encontrarse lo antes posible con la fabada asturiana para irse de chigres pardos y expandir sus secretos, lúcidos, joviales, gloriosos y panzudos.

En este escenario ¿qué sobrevive del símbolo Bardot? queda su vestuario, sus faldas ligeras y a cuadros, sus conjuntos, guardianes de unas tetas adelantadas, como candelabros refulgentes, sus camisetas Breton y, se me olvidaba, sus estampados «Vichy» que, a la vista de su evolución política, ya daban alguna pista de por dónde andaba la Diva.

De su película icónica «Y Dios creó a la mujer», lo único que recordamos es aquella greguería: «el futuro es un cuento para estropear el presente».

De BB, de Ella, lo que en verdad queda es su armario.

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Un arca de Noé

Para mí, los Reyes Magos son Antonio Masip encaramado a una carroza disfrazado de rey Melchor. Desde ella, hace tiempo, me saludó lanzando un amistoso «Paco, Paco …» que dejó estupefacto a mi hijo David, de cinco años, quien luego contaría a su madre: «El rey Melchor conoce a papá».

Poco puedo creer por consiguiente en estos Magos que aparecen en el Nuevo Testamento. En lo que sí creo – o quiero creer- es en el relato sobre Noé y su Arca, alojado en el Antiguo, al principio del Génesis.

Allí se explica cómo Yahvé se cayó del guindo en cuanto descubrió la perfidia que anida en la naturaleza humana. Tardó poco en advertir que la Tierra estaba llena de iniquidad «porque todo mortal había corrompido su camino sobre ella».

De manera que, para limpiarla, mandó a Noé, quien acababa de cumplir sus primeras quinientas primaveras, que construyera un Arca donde se metiera él con su mujer y sus tres hijos y la parentela de estos (¡cuñados en el Arca y, con todo, no se hundió!) más «dos individuos de cada especie, macho y hembra, para que se salven contigo». Se verá que todavía no se conocía más descendencia que la procreada según métodos tradicionales.

A continuación Yahvé desencadenó lo que desde entonces se conoce como el Diluvio universal que serviría algunos años más tarde para que un rey de Francia, Luis XV, dijera aquello de «después de mí, el Diluvio», una forma de anunciar, en plan mayestático, que «os den por ahí …» o que «me la sudáis».

El otro, el Diluvio bíblico que con precisión estoy narrando, se halla descrito en la Biblia: «porque dentro de siete días haré llover sobre la Tierra por espacio de cuarenta días y cuarenta noches y exterminaré todos los seres que he hecho».

A los cuarenta días les autorizó a salir, mandando llenar la Tierra: «procread y multiplicaos sobre ella».

Y en esas estamos. Yahvé poco había aprendido porque los nuevos seres no tardarían en repetir las mismas lacras que Él había advertido antes del Diluvio, un poco ingenuo sí que nos parece, la verdad.

El resultado ha sido una calamidad, a nadie es preciso explicarlo.

Con todo, lo que yo pediría a los Reyes Magos, si creyera en ellos, es que me metiera en un Arca como la de Noé para, por lo menos, durante cuarenta días con sus noches, no viera la podredumbre que nos rodea, la hecatombe política en que nos ha metido una cáfila de botarates entrenados en contratar suripantas, amañar contratos y afanar untadas.

¿Qué tal unos días sin tener que soportar a «los bufones, truhanes y juglares chocarreros» que describe Quevedo como habitantes de los infiernos?

¿No sería un alivio, un verdadero regalo de Reyes?

En el interior del Arca no existiría el Muro que el Gobierno mega e hiperprogresista ha construido para vivir de la carroña del enfrentamiento como una bandada de zopilotes y también para usarlo a modo de parapeto tras el cual desplegar los mil cambalaches de la fetidez, como hace el prestidigitador con ciertos trucos que desvían la mirada del espectador.

Serían nada más que unos días y unas noches …, después, todo, ay, volvería a ser igual de pestilente, cercano, pringoso, agónico y execrable, pero ¿no nos merecemos ese descanso?

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Las plagas de Sánchez

«Yavé dijo a Moisés: el corazón del Faraón se ha endurecido y rehúsa dejar salir al pueblo. Preséntate al Faraón de mañana, cuando salga del baño, te haces el encontradizo con él a la orilla del río, teniendo en la mano el cayado convertido en serpiente y le dirás: Yavé, dios de los hebreos, nos ha enviado para decirte ´deja ir a tu pueblo, para que me sirva en el desierto´, y he aquí que hasta ahora no has querido escuchar. Así ha dicho Yavé ´para que sepas que yo soy Yavé voy a golpear con el cayado que tengo en la mano las aguas del río y estas se convertirán en sangre».

Así, por no «dejar ir a tu pueblo» , que es como decir ahora «por no convocar elecciones y dejarnos votar», empieza el relato de las plagas en el Éxodo del Antiguo Testamento que une, a esta de la sangre en los ríos, la enumeración terrorífica de la plaga de las ranas, la de los mosquitos, la de los tábanos «que llenarán las casas de los egipcios», aunque Yavé se reserva la exclusión de esta tragedia de la región de Gosen – ¿Cataluña? ¿el País Vasco?- donde no habrá tábanos; viene luego la plaga de la peste que enfureció al Faraón y tampoco «dejó salir al pueblo»; lo que ocurrió asimismo con la de las pústulas; y con la del granizo, momento en el cual el Faraón se apiada del pueblo hebreo y reconoce que «Yavé es justo» por lo que acepta dejar partir a los hebreos, pero enseguida se arrepiente – ¿por consejo de algún editorial de la prensa/alfombra?- y se vuelve a endurecer su corazón «y no deja salir a los hijos de Israel» (es decir, vuelve a rechazar la idea de convocar elecciones).

Entonces se desencadena la plaga de la langosta con efectos devastadores. Y, ya hartos, los servidores del Faraón – los asesores monclovitas y la plaga de enchufados- le dijeron «deja ir a esta gente ¿no te das cuenta de que Egipto camina hacia la ruina?». El Faraón se dejó convencer, pero solo aparentemente porque les supuso mala intención (es decir, el deseo de votar a los malos de la criptoderecha y la paleoderecha) por lo que volvió a la carga ordenando: «que no salgan los hijos de Israel» (que no haya urnas).

Con la plaga de las tinieblas pasó igual y solo con la de los primogénitos el Faraón cedió y eran los mismos egipcios los que apremiaban a los hijos de Israel a marcharse porque decían «¡vamos a morir todos»!

Luego viene lo del Mar Rojo ¡ya es casualidad el color! y todo lo demás.

Se habrá advertido la actualidad de este mensaje en relación con las desdichas que sufre esta España doliente.

Hemos vivido en estos años del «Pedrolato» nuestras aflictivas plagas: pandemia arrasadora, la nieve «Filomena», la erupción del volcán en la Isla canaria de La Palma, exterminadoras sequías a las que siguieron incendios violentos y ruinosos, la DANA de Valencia, el apagón eléctrico en toda la Península Ibérica y, de momento, la última, la peste porcina.

Tales plagas deben interpretarse como avisos del Cielo. Por ello, la prudencia aconsejaría tenerlas en cuenta y liberar al pueblo convocándole a las urnas ya que las consecuencias de estas catástrofes no han logrado ser subsanadas, como demuestra el hecho de que todavía gimen los afectados pidiendo ayudas y rellenando interminables formularios para obtenerlas.

Pero, si espeluznantes son los infortunios reseñados, peor traza e intención tienen las plagas originadas artificialmente, algunas de las cuales apuntamos ya en estas mismas páginas cuando describimos a nuestro Faraón casero, al que otorgamos el título de «Arquitecto de ruinas».

Y es que los destrozos están siendo de proporciones bíblicas – nunca mejor dicho- al afectar a la estructura, los cimientos y los arbotantes necesarios para sostener el Estado de Derecho.

La piqueta gubernamental insiste en derribar las estancias separadas que acogen los poderes del Estado para que existan equilibrios y contrapesos. Durante el «Pedrolato» hemos oido con estupefacción que se gobernaría «con o sin las Cortes» y vemos cómo la agenda del Congreso incluso se vacía, si conviene, por la celebración de una fiesta local (catalana, por supuesto). Transcurren meses sin que el presidente del gobierno comparezca en el Senado.

Por su parte, el maltrato de la función legislativa es pavoroso: así, los abusos en la aprobación de mastodónticos decretos-ley que acogen en su panza disposiciones sin observar la mínima coherencia, mezclando churras con merinas, o las triquiñuelas para impedir que proposiciones de ley aprobadas en el Senado puedan debatirse en el Congreso.

Llevamos años haciendo burlas a la obligación constitucional de presentar los presupuestos generales, y para atender necesidades perentorias se modifican y trasladan antiguas partidas haciendo mangas y capirotes de los controles, abatidos de forma tan progresista como alegre.

Si el poder legislativo se desplaza con andadores, en cambio padecemos no uno, sino varios gobiernos pues sus ministros votan de manera separada los proyectos de ley y, por supuesto, se pronuncian sobre cuestiones esenciales, cuando se desparrama su osadía, como les peta componiendo un pendenciero corte de mangas al propio presidente. Quien, por cierto, aprovecha su pasión por el celuloide para irse con ostentación a un cine cuando una ¡vicepresidenta de su propio gobierno defiende un proyecto de ley!

Es más: en las dependencias de la Moncloa se aloja otro gobierno paralelo (T. R. Fernández Rodríguez): una estructura gigantesca que reproduce la organización ministerial y donde acabamos de conocer que se ignoran las denuncias presentadas en los canales internos de información ante episodios de acoso o de corrupción.

Y si el desorden es mayúsculo en el gobierno central, no puede decirse que sea menor en las relaciones con los gobiernos autonómicos, espacio donde la lealtad institucional ha sido sustituida por la lealtad a la porfía y la camorra.

En las plagas vividas hemos presenciado la ausencia y/o el desinterés del gobierno de España: sirva el espanto que causa saber que ha habido ministros ajenos a las llamadas telefónicas del general Gan Pampols, esforzado gestor de la reconstrucción de las infraestructuras valencianas. Pero, sin embargo, ese mismo gobierno pacta con un partido político, el PNV, la prohibición de reformar la legislación electoral sin su aquiescencia, lo que ha llevado a un nuevo procedimiento de infracción del Derecho europeo, o la cesión de un Palacete en París por medio de un procedimiento «plagado» de irregularidades (Soriano García). O se despieza el sistema de selección de los secretarios e interventores locales, sin una meditación seria, simplemente por la coacción a la que está sometido el presidente más progresista del mundo, que instaura así – nadie lo dude- la vuelta a las peores prácticas caciquiles del pasado.

Una forma de gobernar que se extiende a la designación, como responsables de empresas públicas, de personas sin conocimientos ni experiencias que dejan millonarias deudas a pagar a escote, como ha explicado la Fundación «Hay Derecho». O que, en el colmo del desparpajo, cuando la Sala Tercera del Tribunal Supremo anula el nombramiento de la presidenta del Consejo de Estado por infringir las exigencias constitucionales, al día siguiente se nombra a la misma interesada consejera permanente, una forma de «ejecutar» la sentencia ciertamente creativa.

Nombramientos artificiosos que se han extendido al Tribunal Constitucional en el que se ha instalado una pasarela por la que se puede deambular cómodamente desde la filas del gobierno. Sus sentencias las anuncia incluso con antelación el presidente del gobierno en altanera humillación.

En fin, las plagas se ceban a diario con el poder judicial cuando vemos cómo ministros ignorantes o con conocimientos jurídicos parvularios se atreven a descalificar a experimentados magistrados del Tribunal Supremo. Y, como burla a los jueces, tampoco está mal la amnistía a un grupo de golpistas.

Si retomamos el expresivo relato bíblico, para salir de todos estos infortunios ¿liberará el Faraón al pueblo convocando elecciones? Y si tal ocurriera ¿se distraerá el pueblo con el becerro de oro de la corrupción y el clientelismo? Porque, si así fuera, sabemos las consecuencias: cuarenta años vagando por el desierto, tal como está escrito en el libro de los Números: ¡cuarenta años, vaya coincidencia!

(Publicado en El Mundo el día 24 de diciembre de 2025).

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Lenguaje obsceno

De la misma manera que hablamos de la poesía pastoril, de la novela picaresca o de caballerías, de la romántica, la histórica, etc y analizamos el lenguaje por ellas empleado, debemos empezar a referirnos a la explosión de expresiones malsonantes que se desarrolla ante nuestros ojos por boca de aquellos de nuestros compatriotas que tienen un comportamiento esquivo ante el Código Penal.

Dicho de otra forma más sencilla: los políticos progresistas / socialistas que andan de juzgado en juzgado y a boca de presidio gastan un vocabulario tan ahítos de grosería como ayunos de compostura: «la Carmele se corre que te cagas» es una de las finezas que manejan para referirse a una mujer que merece más respeto por ser obra cuajada de la Naturaleza.

Otros exhiben la bragueta como trofeo y para aparentar bravura y acometividad en esos trances en que los cuerpos humanos adoptan, sobre una cama, la posición horizontal y se balancean y retuercen entre alarmas y resoplidos en un porfiar agotador de pechos, caderas y lanzas.

Son rufianes que emplean trapisondas de mal vivir, que arrollan haciendas, famas y honores, imantados por el dinero, fulleros que sobresaltan a los oficiales de la Justicia y del Ministerio Público dándoles trabajo pues se han convertido en artistas de las comisiones y científicos del contrato amañado.

Alguna instancia con autoridad, la RAE, verbigracia, debería instruirles y hacerles ver que, aunque usar un lenguaje desgarrado es achaque de todos los tiempos y por tanto perseguirlo es cruzada comprometida, debe hacerse un esfuerzo por mostrar un cierto ingenio sin necesidad de evidenciar rudeza con discursos agrestes y arruinados por el uso y el desgaste.

Es mejor decirla a la Carmele que he citado:

– Lira hermosa enajenadora de mis sentidos.

O:

– Tus globos me estallan como deleites hechiceros.

Y a otra mujer jarifa, usada con mediación del dinero público:

– Dame el botón lujurioso de tus pezones.

O:

– Quiero hundirme en la grieta de tus pudicias y colmarlas de caricias.

Y así seguido … ¿No es mejor y más distinguido expresarse de esta suerte que servirse de palabras con atropellos de chabacanerías?

Gozar del sexo, aunque sea sin amor, es una ciencia poética, un misterio indefinido, pura alquimia de tentaciones, fuente de cantares.

Quien asimile estas enseñanzas nunca «mandará a la Ariadna a tomar por culo».

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Seducidos por el trullo

«Antes de entrar, dejen salir» reza un letrero en todos los espacios que acumulan mucho público.

Justamente el que se ha colgado en una cárcel, tan cercana a Madrid como significada en el sistema penitenciario español. Y es que, ante la sobrepoblación de progresistas que se agolpan a sus puertas para ocupar las celdas, la dirección ha optado por recurrir a esta regla con el objeto de no desbaratar el orden interno.

Hay quienes pueden creer que se trata de delincuentes cogidos con las manos en la masa de un delito gordo que ha de penarse en uno de estos lúgrubres recintos, una vez juzgados y condenados por los magistrados.

No es así. Si estos progresistas hacen cola para entrar en la cárcel, se ceden la prioridad en el paso y, sobre todo, establecen un riguroso turno de entrada y salida, es por otra razón muy distinta.

Que ancla en el hecho de que se trata de personas seducidas por el trullo. ¿Por qué?

Pues porque saben que entre rejas han cuajado las grandes creaciones del pensamiento y ellos están precisamente en eso, en darse a la elucubración fecunda, conscientes de que el progresismo socialista anda más bien ayuno de ideas o, como si dijéramos, pobre en construcciones y proyectos de sólidos suelos y ambiciosos vuelos.

Si esto es innegable, darse a las cogitaciones y a las reflexiones aurorales y hacerlo en el torbellino de este mundo atrapado por la hipocresía, con maleza de desvergüenza, infierno donde crepitan las trampas y donde los truhanes y sabandijas son señores, es tarea que está empedrada de dificultades.

Por eso, refugiarse en el trullo, ajeno a las vanidades del mundo, es una decisión valiente y cuajada de esas promesas que vienen preñadas de inmortalidad.

Es verdad que el cenobio también ofrece perspectivas halagüeñas, pero el progresista es laico y esta circunstancia le hace desarrollar un hábil instinto para descartarlo, temeroso de tener que participar en rezos, liturgias, disciplinas y silicios.

La opciòn por el penal es pues la apropiada. Es un tópico recordar que Cervantes fue en la prisión donde empezó a escribir su obra inmortal. Pero es menos tópico saber que Voltaire, un «progre» precoz de su época, fue encerrado por Luis XIV un año en la Bastilla acusado de escribir sátiras inadmisibles contra el monarca mandón. Y fue allí, en esa fortaleza que la Revolución destruiría, donde alumbró sus obras tempranas «La Henríada» y «Edipo».

En la nómina que honra a nuestros actuales prisioneros se hallan Silvio Pellico, Dostoyewski, y más cercanos Paul Verlaine, el poeta encanallado que, entre absentas y vomiteras, le atizó un par de tiros al efebo Rimbaud por un quítame allá tal o cual rijosidad.

No se suele saber que Fernand Braudel diseñó su obra inmortal sobre el Mediterráneo cuando estaba preso en un campo de concentración en Alemania, allá por los años cuarenta.

Confiemos pues en nuestros socialistas y progresistas en chirona y en su anhelo por escribir unos centenares de páginas, aunque no lo hagan con la lanza como don Quijote sino con la tinta de las comisiones y siempre con la mascarilla puesta.

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