Ministerios de progreso

Se expande la euforia entre los españoles y no es para menos desde que se conoce que ya disponemos de ministerios y direcciones generales que cuidan con solicitud por todo lo que nos afecta en nuestra vida diaria, nimiedades incluidas.

Cuando antañazo, los ministerios eran artefactos muy pesados y por eso llevaban nombres sólidos como Hacienda, Defensa, Asuntos exteriores y por ahí adelante. ¿Qué se derivaba de este organigrama? Pues que los ministros eran hombres (rara vez mujeres) aburridos, pelmazos insufribles, vestidos con traje gris y corbata ajustada, a veces con leontina, siempre con el ácido úrico elevado y las transaminasas por las nubes con la consiguiente alteración hepática que tan mala leche genera. ¿A alguien le puede extrañar que los Gobiernos y la Administración en general tuvieran tan mala prensa entre los ciudadanos reumáticos y sojuzgados?

Hoy, en la época del progreso y de su hijo preferido, el progresismo, nos hemos liberado felizmente de estas trabas onerosas y por eso los ministerios llevan nombres alados como ocurre con el de Igualdad o el de Inclusión. Subsisten aún algunas denominaciones adustas como es el caso de Interior pero pronto se llamará de “Serenidad y buenas maneras en el tráfico” y contará con la Dirección general de señores y señoras delincuentes / as, cuyo titular / a habrá de ser un forajido / a con trienios y experiencia comprobada en la ergástula. De la misma manera que se ha nombrado ya para la “diversidad racial” a una negra perfectamente “racializada”.

O el de Igualdad (le falta Libertad y Fraternidad pero llegarán) que vela porque todos seamos iguales como en la Venganza de don Mendo: “trece, catorce, quince, dieciséis, todos iguales para mí seréis”. Aquí es donde se alojan la Igualdad de trato y diversidad étnico racial y la Diversidad sexual, direcciones de las que todos esperamos los más granados frutos igualitarios sobre todo porque ya contamos con un “Programa mainstreaming de género”, una joya inesperada en el lenguaje burocrático que hasta ahora a nadie se le había ocurrido. Debemos alegrarnos de la llegada del mainstreaming y no debemos hacer caso a los gruñones de siempre que se quejan por meter palabras inglesas entre las designaciones ministeriales porque si somos así de políglotas y de finos lingüistas ¿por qué razón hemos de ocultarlo? Que rabien y aprendan inglés por la televisión esos envidiosos que buena falta les hace.

Hay otro de Memoria democrática, lo que excluye la autoritaria con lo que desaparecerán de los programas de estudio las etapas de dictadura, por ejemplo, la del general Primo de Rivera con la que tan gustosamente colaboró el socialismo español y, por supuesto, la del general Franco.

Todo estos avances están muy bien y solo los jeremías podrán lamentarlos.

Pero yo no me conformo con ellos. Quiero avanzar más siguiendo la flecha de ese progresismo que nunca claudica. ¿Para cuándo un ministerio de las bienaventuranzas? ¿O una secretaría de Estado de los nobles sentimientos? ¿Y la dirección general de los sueños, habremos de seguir esperándola? ¿Y la de la amistad? ¿O el ministerio de la soledad donde el subsecretario deberá saber recitar entero el poema “A mis soledades voy, de mis soledades vengo ….”? ¿Veremos por fin en las calles de Madrid el flamante ministerio de “las puertas giratorias” que han de estar dando vueltas como un tiovivo? El de Universidades ¿incorporará un instituto especializado en plagios de tesis doctorales?

Con ser estas carencias serias, lo que más añoro es que se ofrezca acogida al ministerio de la Concupiscencia para hacer un Programa y un mapa transversal e interactivo del apetito desordenado de los placeres mundanos que andan sueltos por parlamentos, ministerios, parroquias, ayuntamientos, McDonalds y lupanares.

Me pido la Subsecretaría de la Voluptuosidad o su dirección general de Cosquillas y Carantoñas.

Publicado en: Blog, Soserías

Independencia en la Justicia

La necesidad de renovar altos cargos judiciales y el incalificable nombramiento de una señora abiertamente comprometida con un partido político como Fiscal General del Estado ha vuelto a poner sobre la mesa el debate acerca de la independencia judicial. Acierta el PP, que tiene la llave en la mano, al plantear el asunto en el marco de una negociación amplia (“pacto global” en su terminología) que no reduzca su papel al intercambio de nombres. Corregiría así, por fin, lo que ha sido su práctica infame durante decenios. Por su parte, haría bien Ciudadanos en incorporarse a la propuesta del PP porque no haría sino impulsar una iniciativa que ya puso en marcha el grupo parlamentario naranja durante el Gobierno de Rajoy. Ahora, además, ayudaría a la señora Arrimadas a mostrar el valor de las menguadas fuerzas de que dispone, ese fruto amargo recogido de la siembra de los errores cometidos en la pasada legislatura.

Se me permitirá que repita ideas ya expuestas de forma sucinta en varias ocasiones y de forma pormenorizada en mi libro “La independencia del Juez: ¿una fábula?” (La Esfera de los libros, 2016).

Plantear la polémica – como parece quiere hacer ¡una vez más! el PP- de la independencia en torno a la composición del Consejo general del Poder judicial poniéndonos a discutir si la elección de sus vocales ha de atribuirse a los galgos (las asociaciones judiciales) o a los podencos (los partidos políticos) es errar el tiro.

Para aclararnos procede recordar a los desmemoriados que en España la inmensa mayoría de los jueces – más de cinco mil- actúan con independencia respecto de los otros poderes del Estado y con imparcialidad respecto de las partes que a ellos acuden porque su vida profesional está organizada según reglas legales, objetivas y previsibles.

¿Por qué se habla entonces de la politización de la justicia? Pues porque la élite judicial escapa a tales reglas al intervenir en el nombramiento de sus componentes instancias que participan de la sustancia política. Componen tal élite básicamente los magistrados del Tribunal Supremo, los presidentes de salas de ese mismo Tribunal, los presidentes de la Audiencia nacional y de sus salas, los presidentes de Tribunales superiores de Justicia y asímismo de sus salas, en fin, los presidentes de Audiencias y los magistrados de las salas de lo civil y criminal competentes para las causas que afectan a los aforados.

Estos son los cargos que ha nombrado tradicionalmente el Consejo general del Poder judicial de forma discrecional con la intervención activa de dos asociaciones judiciales que se reparten los puestos a cubrir. Pero como esta práctica ofrece muy mal aspecto pues no encaja en las maneras de un Estado de Derecho digno, ha sido el propio Tribunal Supremo el encargado de recortar las alas del Consejo obligándole a motivar sus decisiones en una serie de sentencias importantes. Pues bien, mi tesis es que, si el Tribunal Supremo sigue transitando por este camino, lo que es deseable, se llegará, a costa, eso sí, de pleitos y pleitos, a nombramientos reglados, es decir, se acabará descubriendo el mediterráneo del concurso. Esto es justo porque el juez -cubierto de canas y ahíto de trienios- que aspira a estos cargos distinguidos no se merece la humillación que supone una negociación ruborosa en el seno del Consejo, epicentro de peleas y de pactos embolismáticos entre las asociaciones judiciales. Así lo lleva pidiendo desde hace tiempo el Grupo de Estados contra la corrupción del Consejo de Europa (GRECO).

Tal es la senda que pareció iniciar la reforma del artículo 326 de la nueva Ley Orgánica del Poder Judicial que prevé la “convocatoria abierta” a magistrados con un baremo para cubrir las plazas a las que vengo refiriéndome. El Consejo, además, modificó en marzo de 2016 el Reglamento destinado a regular la provisión de plazas discrecionales. Sin embargo, por la vaguedad del conjunto de las previsiones en vigor, me parece que está todavía lejos el día en el que los méritos para ascender y llegar a la máxima dignidad en la carrera judicial se liberen de los enredos asociativos y sean el resultado de valorar de forma determinante la antigüedad profesional y el ejercicio real de funciones jurisdiccionales.

Tan reprobable como estos nombramientos discrecionales es que el ascenso a las alturas judiciales no sea el final sino el comienzo de otra carrera, la política, si el juez se porta bien y complace a los partidos que pueden promocionarle aquí o allá: a magistrado del Tribunal Constitucional, a ministro, a consejero de Estado, a diputado … Me abstengo, por no sacar los colores a personas bien conocidas, de poner nombres a lo que describo, tarea que sería muy fácil y demoledora pues está en los periódicos de forma constante (todas las elecciones son una buena prueba de ello). Su simple lectura demuestra bien a las claras la existencia de un trasiego execrable. Es decir que la legislación de la democracia española tolera ¿o fomenta? el paso de la justicia a la política y de la política a la justicia sin que tales saltos acrobáticos dejen huella alguna en el juez que los practica por muy desmañado que sea para tales habilidades: hoy con las puñetas en el Tribunal Supremo, mañana de ministro o en otro cargo político, pasado vuelta a las puñetas como quien no ha roto un plato. Acabar con esta práctica no exige más que prohibirla retocando levemente la Ley orgánica del poder judicial. Mientras tanto la labor crítica que se ejerce desde algún Observatorio independiente de jueces es, con sus limitaciones, muy higiénica.

II

Por lo que se refiere al Fiscal general del Estado no puede extrañar, y menos tras lo ocurrido hace poco, que exista en la opinión pública la idea de que se trata de un puesto ocupado por persona cercana al poder Ejecutivo y cuya actuación va a estar trufada por el partidismo. Para evitarlo se ha introducido en su nombramiento un trámite de audiencia en sede parlamentaria, se han tratado de objetivar las causas de cese y se le obliga a contar con la Junta de fiscales de Sala (los equivalentes de los magistrados del Supremo) cuando quiera impartir instrucciones a sus subordinados en una cuestión que afecte a miembros del Gobierno. Cautelas que no despejan el halo de politización abierta del cargo que ningún observador de la realidad puede poner en duda.

Tampoco el hecho de que exista la citada comparecencia del candidato en el Congreso de los Diputados y la audiencia del Consejo General del Poder judicial. Teóricamente el esquema es atractivo: un cargo cuyo nombramiento ha recorrido los pasillos de los tres poderes, el Ejecutivo que propone más el legislativo y el judicial. Todo ello coronado precisamente con la intervención de la Corona. La realidad es bastante menos brillante porque estas diligencias son en la práctica simples trámites que difícilmente van a hacer descarrilar el nombre que el Gobierno ha puesto en circulación.

Para corregir este estado de cosas, de nuevo hay que empezar, en primer lugar, por desactivar muchas de las atribuciones del (la) Fiscal General del Estado, acaso el cargo que se ejerce de forma más desembarazada en nuestro sistema político, mucho más desde luego que el del presidente del Tribunal Supremo. En segundo lugar, para su elección, se pueden barajar distintas fórmulas pero creo que, si de verdad se quiere alejar este nombramiento de manera creíble de las sospechas de parcialidad, lo mejor sería el sorteo entre aquellos magistrados del Tribunal Supremo y fiscales de Sala que quisieran voluntariamente participar en él. La persona “premiada” con la bola de la suerte sería asumida por el Gobierno y se podría continuar con la tramitación hoy prevista hasta desembocar en la firma regia (la citada comparecencia parlamentaria y la intervención del Consejo general del Poder judicial).

III

Termino. Si al Consejo se le recortan las alas a la hora de nombrar a la élite judicial y se prohíben las puertas giratorias entre justicia y política, de las que se benefician jueces y fiscales, se habrán dado dos pasos de gigante en beneficio de la independencia judicial.

Por ahí deben circular, y no por la ociosa polémica de la composición del Consejo, los esfuerzos de los partidos que quieran realmente cambiar unas reglas de juego que de momento están inspiradas en el cambalache.

(Publicado en El Mundo el 1 de febrero de 2020)

Etiquetado con: ,
Publicado en: Artículos de opinión, Blog

Yo crispo, tú plagias, ella «racializa»

¡Ay, aquellos que no quieren ver cómo vamos derechos a la modernidad transversal e intergeneracional!

A algunos se les acusa de crispar, es decir, de “contraer los músculos” sin darse cuenta que, según el Diccionario, se hace de “manera repentina y pasajera” cuando lo malo sería que el crispante se quedara así ya para la eternidad pero, si es solo un rato, pongamos una legislatura (que ahora son muy cortas) ¿qué tiene de malo?

En todo caso, estoy de acuerdo, al crispante, ser maléfico, preciso es identificarlo en las manifas: ¿cuál es su aspecto: de forajido o de bendito de sacristía? ¿gasta barba o es lampiño?  ¿vocifera, entonado, las consignas carcas? He conocido crispantes imponentes, un punto misteriosos, por supuesto de derechas, el crispante siempre es de derechas de toda la vida, que, al tensar los pliegues de la cara, ponían de los nervios a los de izquierdas, tipos infatigables a la hora de colmar sus lógicas impaciencias progresistas. Con las nuevas titulaciones hay que hacer un hueco a la de crispante, que puede ser un máster, todo no van a ser títulos de coroneles o de inspectores de Hacienda.

No le demos vueltas: el crispante – como la crispante, que las hay- fuera de casos de esnobismo enfermizo, es el nombre que en la moderna biodiversidad política se da al conspirador reaccionario de siempre, al carlistón antiguo, al abominable servilón que sale en las novelas de Baroja, agrisado en sus rencores agrios.

A los prohombres de izquierdas, por el contrario, se les acusa de plagiar: libros, tesis doctorales y, ya puestos, hasta las invitaciones de bodas o las esquelas … sin que se advierta que la persona de izquierdas lo es precisamente porque rompe con el pasado, creando como está un presente fecundo y, al tiempo, iluminando un futuro rotundo en sus rotundidades atrevidas. Por eso no pierde el tiempo leyendo textos antiguos que le pueden hacer desacelerar su ritmo anticipatorio y, si por un acaso repite algunos de ellos, es precisamente por compasión, como un acto de caridad, para que no se pierdan en el barullo de los escritos polvorientos sino que encuentren acogida en la publicación de un progresista actual, el mejor destino que pueden tener las ocurrencias de los pelmazos del pasado. Lo dejó escrito Goethe: “nada se puede pensar que no se haya pensado antes”. ¿Alguien se atreve a contradecir a esa lumbrera?

Está, por último, ese entrañable ser femenino recién descubierto que “racializa”, es decir, que pone a la raza – con toda la razón (que viene precisamente de raza)- por encima de cualquier otra circunstancia. Y así se oye decir: tal joven es cirujana, una mujer capaz de las mejores habilidades en los quirófanos, o aquella otra ha escrito una novela inspirada, personal y llena de gracia … sí, es verdad, se dice con un suspiro, son personas meritorias ¿a qué negarlo? pero las pobrecillas no “racializan” porque son blancas. ¡Qué lástima! No se puede ser perfecta, señora.

Hasta ahora habíamos cultivado las identidades como gran creación del moderno edificio social y en ellas nos hemos recreado para imaginar naciones. Político hay que, para dormirse, cuenta por la noche naciones como antiguamente se contaban corderitos. Ahora toca el turno a la raza.

-Pero lo de la raza ¿no era lo que defendía Hitler? – se oye preguntar al aguafiestas que no entiende ni de coaliciones ni de progresos.

Puede ser pero ahora estamos ante un concepto flamante, lleno de vigor, al que la nueva política le ha quitado el polvo carca y le ha dado el aura de lo sostenible, lo proactivo, lo resolutivo y lo preservativo. Es decir, le ha prestado nuevos resplandores.

El resplandor del gran brasero de la estupidez.

Publicado en: Blog, Soserías

Invierno

El invierno es el adagio de la naturaleza.

Publicado en: Blog, Guindas en Aguardiente

Preguntar al Presidente

Siguen las patrañas que desde esta columna, pensada para entretener sin lastimar, preciso es desbaratar. La última es la existencia de ruedas de prensa sin preguntas. Se afirma en los periódicos, en las tertulias y hasta en las reuniones familiares navideñas que existen políticos, algunos muy encumbrados, como es el caso del presidente del Gobierno, que convocan a la prensa en sus ministerios o palacios pero no dejan preguntar nada a los profesionales que acuden a su llamamiento.

Quienes se creen muy graciosos, unos Jardiel Poncela redivivos, enhebran chistecitos elementales, de poco fuste y así les oímos decir que una rueda de prensa sin preguntas de los periodistas es como una tortilla de patatas sin patatas o un lenocinio sin sexo o un cielo sin nubes o un diccionario sin palabras o un profesor sin acreditar por la ANECA … y por ahí seguido. Se verá el escaso caletre de quienes gastan tales bromas, su menguada capacidad discursiva.

Vamos a ver, señores críticos y amigos de burlas: ¿se prohíbe en tales ruedas de prensa a los periodistos y a las periodistas? En absoluto, allí les vemos sentados representando cada uno a su medio o cadena, con su ordenador portátil en estado de revista, y atendiendo el discurso del preboste de turno (pongamos que el orador se halla en la Moncloa) con la máxima atención y con la adecuada compostura. Es más: pueden hablar entre ellos, confiarse secretos y también pueden responder un whatsapp.

¿Qué hay de raro en ello? ¿qué de llamativo u original?

Me parece que nada y hay que ser muy tiquismiquis para afirmar otra cosa. Adviértase que tan solo se prohíbe a los periodistos/as presentes formular preguntas al señor presidente del Gobierno cuando este ha acabado su luminosa intervención. Lo más normal del mundo porque, si el presidente explica bien las cosas y es lo que hacen los presidentes pues, de lo contrario, no serían presidentes sino unos botarates irrelevantes ¿a qué viene importunarles y marearles con preguntas? Si los periodistas no han entendido algo porque su cabeza no les da para más, lo mínimo que pueden hacer es no airear su falta de entendederas. Lo lógico es disimular y preguntar discretamente a un colega pero nunca exhibir en público sus lamentables limitaciones.

¿Qué es lo que en puridad ocurre? Probablemente no es que los profesionales no entiendan lo de la curva de la demanda ni la indexación de las pensiones sino que son sencillamente unos chismosos, amigos por tanto de darse al cotilleo y a la murmuración. En ocasiones, maliciosa. Es decir, una disposición de ánimo que solo reproches merece.

Debemos ser muy claros: el periodista a quien se le ocurra molestar al señor presidente del Gobierno (que para colmo en la actualidad es nada menos que doctor en Economía) preguntándole algo, procede sin dilación denunciarle a la Asociación profesional y después al fiscal y al juez de guardia.

Porque del chisme, del cotilleo y de la murmuración se pasa – como quien no quiere la cosa- a la discordia. Contéstese con sinceridad ¿queremos la discordia? ¿queremos sembrar la rivalidad, la cizaña? Quien así lo quiera, que lo diga abiertamente y se obrará en consecuencia contra él (o ella). El cotilleo es, además, una falta de educación parecida a la de meterse el dedo en la nariz para atrapar los pensamientos extraviados.

Hoy – es verdad- los descreídos son legión pero deben saber que la murmuración es un pecado y que en los Proverbios se nos advierte: “no te relaciones con los chismosos” y es en los mismos Proverbios donde se da la mejor – por la más dura- calificación del fenómeno cuando se convierte a quien murmura en una especie de “asesino de imagen” porque la buena fama, el aprecio personal etc son más valiosos que el oro. 

Si la murmuración es un pecado, y lo es, es sin más una ofensa a Dios.

¿Se ve ahora cómo desde las alturas del Gobierno se trabaja, al prohibir las preguntas en las ruedas de prensa, por la erradicación de la falta de educación y de las ofensas gratuitas? ¿A cuento pues de qué viene tanta descalificación en esas tertulias en las que mandan los enemigos de nuestros gobernantes?

Publicado en: Blog, Soserías

Tempus lugendi

Tiempo de luto, tiempo de aflicción en el que lloraremos el arrinconamiento de la Constitución en un lugar remoto del desván de nuestra memoria. Allí dormirá entre cachivaches antiguos, juegos de la infancia, disfraces, vestidos apolillados, fotos de la transición … mientras sobre sus articulaciones dañadas se bailará la danza macabra de las identidades y los privilegios.

Lo hemos advertido en el debate de investidura donde solo ha salido fugazmente en alguna intervención del doctor Sánchez pero que no debe confundirnos porque el núcleo de lo que piensa de ella se encuentra, no en la palabrería de los discursos, sino en los acuerdos que ha firmado con el PNV y con ERC.

En el primero, es decir, el que fija las relaciones con el partido que lleva en su escudo la progresista invocación a “Dios y a las leyes viejas”, se compromete a no dar un paso sin consultar con él – incluidas las medidas fiscales- para conseguir un fin que es, bien mirado, propio de un orfebre del Derecho: “evitar la judicialización de las discrepancias que debe ser sustituida por el acuerdo político”. Primer aviso a los jueces: vuestra labor, premiosa y farragosa, está en almoneda sustituida como va a ser por la fecunda agilidad envuelta además en sintaxis política. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Tantas páginas empleadas por botarates como Hobbes, Locke, Rousseau et alii dándole vueltas a los poderes del Estado, al Derecho y otras paparruchas y por fin, la señora Lastra y el resto de los sabios firmantes han dado con el ¡ábrete Sésamo! tanto tiempo añorado. Aunque es verdad que bajo la inspiración de Carl Schmitt (para los desmemoriados: un nazi).

Una vez tomado respiro, por la entidad del hallazgo, anotemos que vamos a “impulsar, a través del diálogo, las reformas necesarias para adecuar la estructura del Estado al reconocimiento de las identidades territoriales … a fin de encontrar una solución tanto al contencioso en Cataluña como en la negociación y acuerdo del nuevo Estatuto de la CAV, atendiendo a los sentimientos nacionales de pertenencia”. Nada de hacer el Estado más eficaz para que los ciudadanos reciban mejores servicios públicos, no, esas son aspiraciones pequeñoburguesas, lo que impone el credo progresista es la complacencia en la identidad y el sentimiento nacional, carburantes indispensables para que la clase política del progreso pueda seguir dándole indefinidamente al manubrio del bodrio.

Hay otras perlas en este acuerdo como la de que el PNV represente a la Comunidad foral de Navarra lo que abre la vía para que Cataluña negocie sobre Valencia o Les Illes porque al final de cuentas todo esto del territorio cuando estamos fundando un nuevo derecho público son tiquismiquis propios de pedantes que estudiaron Derecho y encima se lo creyeron.

Debo pasar, empero, por imperativo del espacio, a las no menos refulgentes preseas que se hallan en el alcanzado con ERC para lograr su valiosa abstención.

En él no hay la más mínima referencia a la Constitución y se acepta el lenguaje del separatismo poniendo en circulación la idea del “conflicto político” desautorizando a renglón seguido la “vía judicial” que va a ser abandonada (en esto insistió mucho el doctor Sánchez). De nuevo, aviso a los jueces, ahora del Tribunal Supremo: sois unos carcas sin imaginación, dándole vueltas a textos caducos como el Código penal y la Ley de Enjuiciamiento criminal pero ¿a quien se le ocurre, almas de cántaro? Y el mismo mensaje se ha enviado a esas otras antiguallas, personajes que van a quedar para las zarzuelas, como son los fiscales y los abogados del Estado que ya pueden dedicarse a escribir sus nostálgicas memorias.

Pues deslizada quedó la exigencia de la “amnistía” que, unida a otra idea clave, la de “recomenzar” (resetear en la neolengua inclusiva) permite pensar que la sentencia, tan trabajosa, de octubre pasado que condenó a los golpistas catalanes va ser en breve “verdura de las eras”, un golpe pasajero de la mar.

En fin, y como broche de oro, una mesa de diálogo “sobre todas las propuestas presentadas” con “libertad de contenidos” sin más límites “que el respeto a los instrumentos y principios que rigen el ordenamiento jurídico democrático” ¡Solo el democrático! atención, los no democráticos como la unidad de España, la soberanía nacional, no digamos la monarquía, esos que se aparten de la mirada limpia de quienes se sientan a la mesa (aunque ellos dicen, por la cosa de la modernidad transversal, “en” la mesa).

Y, al final, el rien ne va plus de la democracia: la consulta (es decir, el referéndum) a los catalanes y solo a los catalanes. Porque, vamos a ver ¿qué pintarían los vecinos / as de Córdoba o de Huesca en semejantes achaques? Nada, si queremos ser sinceros. A la vista de lo que ha ocurrido en Gran Bretaña con un referéndum, alguien debería haberse parado a pensar en el embrollo que puede derivarse de él pero esta es una aprensión propia de un aguafiestas y nosotros estamos viviendo el alborozo de una coalición “progresista”.

Vayamos con la palabra más usada en el hemiciclo, una especie de jaculatoria fervorosa. Hay quien cree que el “progresismo” es una ideología que se estudia en los libros de ensayo, tan aburridos siempre y a veces en varios tomos; no, eso es un error, el “progresismo” es una pasión vivida con emoción, con el calor de los buenos sentimientos que se trueca en fuego, en una embriaguez que lleva a la urna el día de las elecciones, capturados todos por una efervescencia cercana a la fiebre. Dicho de otra forma: el “progresismo” es una sensación de bienestar, una ilusión – de ahí lo del “proyecto ilusionante”-. También un éxtasis de orgullo por saber el individuo que lo disfruta que se halla en el sitio correcto de la Historia y no en sus múltiples parajes descarriados.

Y ahora una pregunta que formulo espoleado por la curiosidad, sin ánimo de molestar a nadie. La auténtica “mutación constitucional” que se va a producir, una vez firmados los acuerdos con nacionalistas y separatistas ¿en qué papel del PSOE se encuentra diseñada? ¿en la Declaración de Santillana, en la de Granada …? Porque a su propio secretario general se le ha oído en el debate del Congreso su entusiasmo por el federalismo. No seré yo quien me atreva a impartir lecciones al doctor Sánchez pero, con humildad, me permito decirle, por lo que uno tiene leído atropelladamente por aquí y por allá, que los tales compromisos son lo contrario del federalismo, basado como está en la igualdad, nunca en la desigualdad, menos en la bilateralidad, es decir, en las relaciones privilegiadas del Estado con las entidades federadas. Aunque bien podría ser que la literatura especializada, empezando por los papeles de “El Federalista” de Hamilton, Madison y Jay no contuviera más que disparates o que estos tres personajes fueran en puridad unos mastuerzos o, peor aún, unos infiltrados de la derecha.

Hace unos años, en 2006, Igor Sosa y yo publicamos un libro titulado “El Estado fragmentado. Modelo Austro-Húngaro y brote de naciones en España”. A pesar de tratarse de uno de los pocos ensayos que defendían al Estado frente a la voracidad de los nacionalismos, el Centro de Estudios Constitucionales con sede en Madrid, le dedicó un recibimiento digamos que poco acogedor. Vivíamos entonces otra exaltación progresista, la del presidente Zapatero, por lo que nos dieron palmaditas condescendientes en la espalda al tiempo que se nos llamaba “reaccionarios”, “apocalípticos” y otros requiebros inspirados en la peor intención. El tiempo, ese ser tan quimérico como irreflexivo, no solo nos ha dado la razón sino que ha agravado nuestro diagnóstico. Seguimos viendo a políticos catalanes recontando naciones como si fueran corderitos para dormir y, no solo se ha fragmentado la Administración pública, sino también el propio Congreso de los Diputados poblado ahora de intereses regionales tras los cuales rara vez aparece el interés de España. El hecho de que el Gobierno, como es el caso del actual, dependa de sus votos hace el resto. Un país literalmente ingobernable.

Y todavía hay zascandil que pide como gran reforma constitucional que el Senado se convierta en una cámara de representación territorial … Para tener a tal representación, como se decía en nuestra infancia, “repe”.

Publicado en: Blog

La «mesa» ¿concepto político?

De nuevo un concepto manejado por los medios de comunicación obliga a ser tratado en estas Soserías para explicarlo adecuadamente y liberarlo de las interpretaciones sesgadas que impone la lucha partidaria. Así se ha podido aclarar, en las pasadas semanas, el “progreso” y la “nación” de manera que ya no caben equívocos en torno a ellos.

Hoy toca el de “mesa”. Es raro el informativo que no hable del interés de esta o aquella formación política por constituir una “mesa” como instrumento indispensable para construir “espacios de consenso”. Se confía mucho en la “mesa”, tanto que parece ser el talismán para formar nada menos que ¡el gobierno de España!

Los periodistas especulan con la identidad de las personas que forman parte de la “mesa” así como sobre el contenido de las conversaciones, lamentándose de que al final todo quede resumido en un escueto comunicado que a todos sabe a poco.

De nuevo el enfoque es erróneo y parece mentira que un jubilado cuitado como soy yo se vea obligado a explicar lo que otros deberían hacer.

Nadie ha reparado en los participantes de la mesa que están actuando en representación de dos partidos políticos. Pues bien, ahí se halla la clave: hay, en torno a ella, así de corrido y puede ser que se me olvide alguno, un valenciano, una asturiana y dos catalanes, uno de ellos de origen andaluz.

Piense el lector con la mano en el corazón ¿de qué pueden estar hablando estos personajes cuando se hallan en torno a una mesa? Pues de comidas, de recetas de platos de sus respectivas regiones, de “asuntos de la bucólica” como decía Cervantes.

Esto es lo lógico si aceptamos que son personas bien constituidas anímicamente, personas cabales que saben distinguir lo importante de lo superfluo, lo meritorio de lo chabacano. Si fueran unos pelmazos (as) o individuos (as) carcomidos (as) por pensamientos (as) obtusos (as) hablarían de autodeterminación, de la épica nacional, de la amnistía, de la república …

No tenemos derecho a suponerles extravíos tan consistentes y perturbadores.

Toda duda debe ser desalojada: hablan del “derecho a decidir”, a decidir qué es lo que van a comer aprovechando la existencia de la mesa a la que ya están sentados y la variedad de las procedencias geográficas de los reunidos. Repárese que solo faltan los platos, los cubiertos y las viandas.

Y ahí la ilusión se dispara. Por lo menos a mí se me dispara.

Imagino al valenciano explicando cómo se logra el arroz seco de la paella donde cada grano cuenta con su “hecho diferencial”, el toque de verduras, de garrofó, la cantidad exacta de pollo y de conejo, los caracoles, el arroz socarrat del fondo … Los presentes se afanarán por tomar nota de las indicaciones sobre los tiempos y distraerán la espera con unas almendras fritas o una sepia a la plancha que, cuando es de calidad, resulta suntuosa y sustanciosa.

Pues ¿y la asturiana? No podrá dejar de desgranar el secreto de una fabada, el mimo con que se debe tratar la alubia, los adecuados ingredientes del compango, de nuevo el tiempo a emplear para que todo quede ligado, rimado y eterno. Despúes pasará al arroz con leche, estrofa armónica del más logrado poema de los postres.

Los catalanes evocarán el suquet de peix, el bacalao con sanfaina, la escalivada, los caracoles a la llauna, sin olvidar los embutidos, los rovellones en temporada, el ejemplar de caza, faisandé, en su punto… Y quien tiene origen andaluz desvelará los misterios de la fritura del pescado.

Todo ello presidido por esos dioses inmortales que son la temperatura adecuada, la gracia de las especias, el olor a tierra o a mar, regazos ambos de un mundo tan cabalístico como glorioso.

Nadie debe pues desconfiar de estos políticos que ya están en torno a una mesa y que aspiran a constituir otras mesas. Porque sabrán engrasar el buen gusto, las sensaciones musicales – orfeónicas- del paladar y con ellas esa nostalgia bonachona desde la que se llega a los calambres de la satisfacción y de la sorpresa. Es decir, al “derecho a decidir” … sobre lo esencial del arte culinario.

Publicado en: Blog, Soserías

El globo de la globalización

Ahora que vamos a ser todos clonados por científica mano y acabaremos vistiendo el uniforme de clonado como antes vestimos el de alférez de la milicia universitaria, ahora, digo, es el momento de reivindicar la diferencia entre los humanos, la distancia abisal que nos separa a unos de otros, nuestra fatal diversidad. Y para ello nada mejor que usar las armas del arte, que no hay región donde el hombre se manifieste más distinto a sus semejantes que cuando empuña una pluma o un pincel o escribe en un pentagrama. La globalización, de la que tanto se habla ahora, convertida ya en el medio de vida de unos cuantos apóstoles, bien pesados por cierto como suelen ser todos los apóstoles que en algo se tengan, viene de mucho atrás, viene por lo menos de cuando un señor del Japón se embelesó leyendo la Ilíada y de cuando una señorita de Australia se compró y degustó el Hamlet o el Quijote. Es decir, que la literatura es la verdadera globalización, la globalización avant la lettre que dirían las gentes de París, y así fue globalizador sin saberlo el joven ruso que leía a Baudelaire y el tísico francés que se tragó sin pestañear Guerra y paz. Proust o Musil, y antes Fontane o nuestro Pérez Galdós, han hecho más por la globalización que esos apóstoles actuales antes mencionados que escriben sesudos rollos en los periódicos, bien embutidos siempre de palabrejas yanquis y de anacolutos.

Pues ¿y la música? Cuando se ve en un auditorio a un japonés (ahora todos los músicos y los cantantes de ópera son japoneses) interpretando el concierto para flauta y arpa de Mozart o a una chica de rasgados ojos orientales atreviéndose con el aria Una voce poco fá del Barbero de Sevilla, es cuando nos damos cuenta de que el mundo en verdad es, como dicen las abuelas entrañables, un pañuelo, y un pañuelo con mocos compartidos por la humanidad toda. De nuevo es preciso volver a la regla: Bach o Schubert o el citado Mozart fueron, sin salir de sus domicilios alemanes o austriacos, más globalizadores que todos los Internets del mundo pues, sin necesidad de intervenir en chat alguno, hablaron y hablaron con sus contemporáneos y siguen hablando todavía hoy con todos nosotros dejándonos a diario mensajes en nuestros contestadores automáticos, mensajes de oro, el perfume y el brillo de sus divinas locuras. Recuerdo el día en que comprobé hace ya años, en Viena, cómo vibraban con idénticas emociones personas de los cinco continentes que asistían a una velada en la que una orquesta (a su vez, de procedencia abigarrada) interpretaba valses extraídos de las operetas de Offenbach, de los Strauss, de Léhar…

Como se ve pues pocas novedades se nos pueden ofrecer acerca de lo que es la verdadera comunidad de pasiones, ese hecho abstracto y a la vez bien real de sentirnos cercanos los unos a los otros, de advertir nuestras proximidades y nuestro aliento que se llena, con la literatura, con la música, de resonancias comunes, como se llena el buñuelo de crema por la mano hábil del pastelero. Que, al cabo, todo eso, la poesía, la prosa, la ópera, no es más que la crema pastelera de nuestras vidas de viento y al viento.

Y, como un prodigio o como una paradoja, junto a lo universal, lo particular, lo que nos diferencia y distancia a unos de otros pues todos nos hallamos de forma permanente ante el precipicio de nuestras divergencias, ricas algunas, mezquinas, ay, las más. Agavillados en apariencia, marchamos en rigor desplegados en guerrilla, cada uno a la búsqueda de su sorbo particular de vida. La mejor forma de comprobar este aserto es leer entrevistas a gentes que tengan algo que decir, gentes con interés, no interesadas, única cada una de ellas. Un género literario, el de la entrevista, bien descuidado pero que a veces encuentra orfebres de verdadera talla. A través de estas conversaciones despaciosas, sin tiranías de horarios, metemos en el scáner a un artista y sale de él listo para enseñarnos fisiología, patología y anatomía. La entrevista es una variante de la exploración, arte pues de pionero, de boy-scout, de quien gusta de adentrarse en terrenos ignotos para meterles la sonda de la palabra.

Lo común, lo diverso, lo global, París, la aldea: la vida.

Publicado en: Blog, Soserías

La nación ¡qué ilusión!

Abordábamos la pasada semana el concepto de progresismo, tan usado en la escena política, para describirlo no como una idea de la teoría política a la que hay que dedicar reflexiones sesudas, incluidas lecturas de libros que nos distraen de los tuits y de la champions, sino como una pasión, una emoción, una sensación de bienestar … Hoy toca desmenuzar otra gran noción muy en boga: la de nación. Porque es el caso que nos debatimos de nuevo en España acerca del número de naciones que existen entre nosotros  ya que, hasta hace unos decenios, vivíamos tan tranquilos pensando que España era una nación y que como la madre no hay más que una.

Ya no es así pues esa percepción se corresponde con una época en la que España era pobre, los trenes llevaban vagones de tercera y los hombres una colilla entre los labios. Época de penurias, de privaciones, tan lastimera que no estaba para permitirnos el lujo de pensar en tener varias naciones cuando lo que soñábamos era con tener un par de camisas para poder mudarnos los sábados.

Todo esto es pasado, hoy refulge el consumo de las masas, tenemos los días de Oro, el black friday, festejamos al padre, a la madre, al cuñado anterior al divorcio y al posterior, a la suegra y a la ex-suegra, al nasciturus … Siendo así que vivimos en este festival de regalos, de holguras, de viajes a Tailandia a echar un polvo, de añadas de vinos, de móviles y de la play station ¡vamos a conformarnos con tener una sola nación! Eso queda para países pobres cuyos habitantes carecen de imaginación, comunidades que son tristes y viven en un permanente desconsuelo.

Nosotros tenemos varias naciones. ¿Cuántas? Nadie lo sabe pero en breve se va a convocar un concurso para que aquellos territorios que lo deseen se presenten a los exámenes de “nación”. Serán méritos relevantes contar con un rey barbudo y linajudo en el pasado, una virgen mirífica, un campeonato de parchís acreditado, unas butifarras de chuparse los dedos, un conde señor de vasallos que vistió el hábito de Santiago aunque, a efectos de puntuación, el mayor de los prestigios vendrá de odiar a España, me refiero a la España de siempre.

¡Dichoso quien sea acreditado como nación! Lucirá sus galones y andará por el mundo espetado y altivo.

Pero quienes no alcancen tal dignidad no deberán preocuparse porque, como en la lotería, van a instituirse premios de consolación. Así está previsto que quien no sea una nación propiamente dicha, con todas sus banderas y estandartes, podrá aspirar a tener “aroma de nación” o sencillamente el “carácter” que es como una señal entre entendidos. O el “sonido” a nación de la misma manera que, si se acomodan bien la cuerda y el metal en una sinfonía, nos podemos imaginar una tormenta o una batalla. O “salero” nacional que se advertirá en cuanto sus políticos más encumbrados pronuncien cuatro palabras. Hasta podíamos ir pensando en ampliar la lista de sacramentos ahora que el Papa quiere crear el pecado ecológico.

Como se ve la nación, así concebida, tiene vocación de bastidor, apto para bordar en él hilos y más hilos del gran chanchullo. Aunque lo perverso es que también tiene vocación de trinchera desde la que amargar la vida al prójimo.

Etiquetado con:
Publicado en: Blog, Soserías

Escaleras

Sube por ahí una exposición sobre la escalera y su declive histórico que está dando mucho que escribir porque las gentes estamos ávidas de solazarnos en acontecimientos minúsculos, en historietas que se atrevan a desmontar la Historia y logren empinarse sobre la base de una flor, la flor primorosa de la nadería, hartitos como estamos de tanto acontecimiento único y apabullante. De ahí, el homenaje a la escalera que tiene un algo de romántico ya que cobija en su seno añoranzas rancias, la evocación de un pasado que está muriendo y que ha de ser rescatado de la desmemoria, sepulcro agusanado.

Pero ¿está desapareciendo de verdad la escalera, tal como se propone? Esta creencia no es de ahora porque ya la proclamaron los futuristas de los años del siglo XX que vieron los primeros ascensores, contemplados entonces como un atajo, como una burla a la escalera. Allí donde estaba la escalera esperando impávida a quien había de subirla, en jarras y como diciéndole “aquí te espero”, allí se colocaba un ascensor que tal parecía como si se la tomara a rechifla porque ofrecía lo mismo pero sin esfuerzo. Se sabe, sin embargo, que si algo ignora un futurista es precisamente el futuro porque la escalera y el ascensor, lejos de negarse el uno a la otra, son como un Jano a quien Saturno dio dos caras para ver el pasado y también el porvenir, ambos indispensables porque la escalera quedó de guardia, a la espera del desfallecimiento inevitable del ascensor que también ha de subir jadeante sus escaleras. “No desaproveche ninguna escalera” aconsejaba don Gregorio Marañón, adelántandose a los gimnasios modernos donde se suben escalones en una máquina, práctica que demuestra la lozanía de la escalera pues quien es capaz de tragar escalones y más escalones sin destino alguno, es el verdadero creyente de la escalera, su más firme valedor, porque los demás la usan para llegar al séptimo piso y abrazar allí a la manceba y quedar atrapado en la seda de sus caricias o para ganar la consulta del dentista que ha de liberar del dolor de muelas, pero el del gimnasio es un amante generoso y gratuito del escalón, lo que no deja de producir escalofrío.

¿O es que tiene algún mérito el que sube la escalera de la Ópera de París o la de la película del acorazado Potemkin? Ninguno, según mi criterio, porque el uno lleva en la cabeza los compases de “Las bodas…” y el otro sueña con una revolución y el lío de marineros tirando por la borda a los elegantes oficiales. La pobre escalera es para ambos un medio, cachivache, instrumento y así no se la honra adecuadamente como también es un escarnio la escalera mecánica, sucedáneo lamentable, achicoria aguada de las escaleras dignas.

A la escalera la enaltecen como digo quienes suben peldaños en el gimnasio porque sin verla en cuerpo la llevan metida en sus entretelas y en sus ensoñaciones y, también, Buero Vallejo que se valió de una escalera para trenzar una historia triste, tumba de ilusiones, paridero de las peores angustias, por donde bajaban y subían cansados o presurosos los hijos de la ira, colmena de desesperanzados. A mí me gustan también mucho las escaleras de las películas de Hitchcock porque por ellas circula el misterio licuado que se derrama precisamente por ella como la sangre de las víctimas más vistosas y mejor muertas. Y no me gustan sin embargo las escaleras estrechas y siniestras de El Escorial ni las que bajan, en la cripta de los capuchinos de Viena, al lugar donde yace sepulto el Imperio austro – húngaro porque son escaleras oscuras, con ecos de covachuela, con olor a Habsburgo mal enterrado y la escalera pide imaginación, lujo de caprichos, un Destino, a ser posible, inventado.

Porque ahí está la clave: en la escalera interior, la que utilizan los ascensores de nuestras intimidades, la que nos conduce a los horizontes nevados, a las manos propicias, a las mejillas rubicundas, al mar amante, a los saberes desperdigados… Pues que la vida es poco más que una partida de póquer, quien dispone de todo eso es quien se alza con la escalera de color.

Publicado en: Blog, Soserías
Comentarios recientes
Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.