Beba vino

Las innovaciones del lenguaje son estupendas porque es lógico que éste viva las mutaciones de cualquier ser vivo. Siempre ha ocurrido así y será buen signo que siga ocurriendo; sin embargo, lo triste de la mayor parte de las novedades que se hacen en el cuerpo y en el alma de la lengua española es que resultan horribles: cacófonas, tautológicas y perisológicas. Los nuevos vocablos que se ponen de moda son como perdigonadas que se dispararan contra la palabra auténtica justo cuando ésta se hallara en pleno vuelo, recorriendo grácil su cielo de símbolos, al encuentro del anchuroso horizonte de sus significados.

Y es que emplear palabras como «fidelizar», «priorizar» o «demonizar» es un atentado ecológico pues que altera el delicado sistema del lenguaje, además de un testimonio de marchitez intelectual, de irreversible deterioro del cerebro, el cerebelo y la médula oblonga del parlante. Los medios de comunicación propagan estas aberraciones con una rapidez desconocida hasta nuestros días y, si a ello se une, que la moneda mala expulsa a la buena, fácil es advertir que acabaremos «priorizando» en el idioma español la basura introducida por los vanilocuentes. La lengua ni puede ni debe ser «especie protegida» por hallarse sometida al caprichoso vendaval de los tiempos, a la germinación y a la declinación propias de lo que es natural, pero, precisamente por eso, debemos evitar que se pueda organizar contra ella una montería sin reglas o la caza artera, con cepos, trampas u otros armadijos.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el vino? Mucho, a poco que se medite. Pues es en la crianza de los vinos y en su degustación donde mejor se ha cuidado el lenguaje, enriqueciéndolo y llenándolo de voces pertinentes y evocadoras. Nada tiene de extraño porque ambas actividades -la crianza y la degustación- son bellas artes, formidables destellos del ingenio humano: se paladea un caldo como se paladea un hallazgo lingüístico, con similar disposición de ánimo, y es que el goce de la palabra bien puesta, en su sazón, tiene mucho que ver con la fuerza votiva de un trago de vino. Como hay una etimología de las palabras, hay una etimología de los vinos que se oculta en barricas y añadas.

Hoy, de un vino del Bierzo, se dice que tiene «un aroma fresco, algo frutoso, con predominio de los aromas terciarios de especias y pimienta». O que aporta un «aroma peculiar a uva madura, ligeras notas tostadas y toques florales». O que es «redondo, aterciopelado, graso, muy pulido».

En un rioja hay «recuerdos de hierbas de monte en nariz y un tacto profundo fruto de la maceración del hollejo confirmando después la boca sus cualidades olfativas» o «en su composición las lías y la fermentación en roble afinan los caracteres vegetales y a veces silvestres de la uva».

¿Es fácil encontrar descripciones más vívidas, más largas, sedosas y mágicas? De un ribera del Duero podemos saber que tiene «matices frutales marcados y un buen registro de sabores que luego permanecen en el postgusto». De un cava se dice que goza de «un desprendimiento de burbuja continuo y elegante, siendo en nariz un dechado de frescura y armonía». Y así podríamos seguir escribiendo y, sobre todo, bebiendo pues hemos dado repaso a un amplio registro de valores gustativos muy seductores que invitan a soplar y a soñar.

¿Alguien se imagina que los críticos de arte o de literatura lograran expresiones tan acertadas, tan insinuantes y acordadas? Leer la reseña de un libro o de una película se convertiría en un placer plagado de matices envolventes, en un lujo de sensaciones ensambladas, en un manjar de canónigos, deleite de laicos.

¿No merece la pena intentarlo tomando una copa plena «de magistral sinfonía sensorial»?

Publicado en: Blog, Soserías

La factura de la luz

¿Podemos prescindir del aguafiestas, de esas personas que “turban cualquier diversión o regocijo”? Sería magnífico pero es difícil porque siempre tendremos cerca a un cenizo cuya actitud es ver agigantadas las congojas. A mi entender, es preciso aislarles y para ello nada mejor que hablarles del humor, de las ventajas que ofrece tomarse el destino y sus avatares con terapéutica distancia y viendo que todo tiene un final excéntrico. Lo he intentado hace poco con uno de esos amigos cetrinos que uno soporta por aumentar el currículum para entrar en el Cielo. Y me ha contestado:

-Claro que el humor es un buen remedio pero ahora, querido, ya no hay humor ni hay humoristas.

Le he tratado de explicar que el humor, como la materia, no se destruye, tan solo se modifica. Porque no es lo mismo el humor en una obra del teatro clásico griego que en una comedia de Oscar Wilde o de Jardiel Poncela. Como no es lo mismo el humor de Quevedo que el de Tip y Coll. Pero es humor todo lo que arda en el pebetero del donaire.

De manera que el humor adquiere caracteres originales, siempre acompasados a la historia, a las obsesiones del momento y a las diabluras en que se manifiestan. 

Por ejemplo, le expliqué a mi amigo cariacontencido, acabo de recibir una comunicación de mi compañía eléctrica que es una muestra del humor moderno, de ese humor que tiene que ver con los grandes temas del presente, en este caso, el de la energía renovable, condensable y declinable. ¿Hay algo más actual? Pues bien, mi compañía, que es adorable y perdurable, me ha mandado un escrito por el que me entero de que “ha procedido a abonar a la comercializadora la cantidad de -1.99 euros sin impuestos correspondiente al descuento por calidad de suministro del año 2018 del contrato de referencia” que es justamente el mío. Es decir que me he embolsado -1.99 euros, así como suena, y ello gracias a una Orden ECO, y aquí un número larguísimo del que hago gracia al lector porque los números son en la prosa como los huesecillos que se encuentran en la sopa. Para completar la explicación me puntualiza mi afectuosa compañía el “detalle del descuento por incidencias de calidad de suministro” que ocupa una página bien alimentada de datos y porcentajes. Y es probable que de algún algoritmo pero estos no los distingo.

¿Alguien puede poner en duda el sentido del humor de mi compañía eléctrica? Pues sí, sin ir más lejos mi amigo el ceniciento que la ha insultado, llamándola caradura, bellaca, y calificando a sus directivos como unos sujetos que hacen de la indecencia disciplina constante y mantenida. 

Es más: ha trepado por los vericuetos de la historia para explicarme que las facturas de la luz son los actuales arcana imperii, es decir, los secretos que en el pasado se guardaban en las cortes para asegurar el brillo y la pervivencia de la monarquía. Le oí citar, perdiendo incluso los modales de la buena crianza, a Maquiavelo y a otros herejes para acabar asegurando que eran simples tretas para mantener el poder más allá de toda consideración moral.

Véase cómo un escrito festivo, el de los -1.99 euros, un escrito que para mí significaba ¡qué caramba, un ahorro! pero además un compendio de gentil sentido del humor, de lo más epigramático y ático que hoy se puede escribir, para mi amigo, nublada su visión y espeluznada su lengua, era una muestra de los arcana imperii existentes en un siglo remoto, un tiempo perverso que sin duda fue puro zafarrancho de hostilidades.

-No, le dije, habrás de admitir que cada uno cultiva un humor diferenciado. Es más, es que el humor o es diferencia y sutileza o no es más que jerigonza o, peor aún, germanía.  Digerir la vida – continué- exige el protector estomacal del humor y además tener un palco alquilado en el teatro dedicado al humor.

Para terminar de tranquilizarle, porque mi amigo es hipocondríaco, le aclaré que el humorista nada tiene que ver con el bromatólogo.

¿Habré conseguido algo? No lo creo pero yo me lo voy a pasar pipa con el descuento de -1.99 euros de mi factura eléctrica.

Publicado en: Blog, Soserías

Las rutas de la seda

Comprender las fuerzas que están empujando el cambio en el mundo es el primer paso para afrontar las transformaciones que se avecinan pues es una ilusión creer que puedan detenerse o retrasarse. En este sentido las nuevas rutas de la seda, su instalación y su expansión en el espacio de la geopolítica mundial, van a conformar el futuro para lo bueno que nos pueda pasar y también para lo malo que nos ha de afligir.

Más o menos con estas palabras acaba el libro de Peter Frankopan, profesor inglés, “Las nuevas rutas de la seda” del que existen ya ediciones en varios idiomas, la alemana de la editorial Rowohlt es la que yo he leído. Una exposición documentada que, como suele ocurrir, aclara y también embarulla interrogantes pero sobre todo suscita otros bien jugosos.

Estamos viviendo – nos cuenta el autor- un vuelco parecido al que se produjo con el viaje de Colón o la expedición de Vasco de Gama, hazañas que supusieron para el occidente europeo colocarse, por primera vez en su historia, en el centro de las rutas comerciales del mundo. Ahora pasa algo similar pero de modo distinto porque Asia y las rutas de la seda crecen  pero no de forma aislada respecto de Occidente sino en competencia directa con él ya que el desarrollo asiático está íntimamente ligado a las complejas economías de los Estados Unidos, de Europa y de otras zonas del planeta. De manera que, en principio, el éxito de una parte del mundo no tiene por qué hacerse a costa del otro: “que el sol se alce en Oriente no quiere decir que se ponga en Occidente. Al  menos no de momento”.

Lo que llama la atención ante el nuevo panorama son las distintas reacciones. Mientras para unos este cambio despierta ilusiones y esperanzas, para otros no suscita sino miedo y, además, de tal naturaleza, que los países, en su interior, en sus intimidades seculares, se desgarran y dividen, lo que es muestra de una crisis que se explica por la preocupación que causa el alcance de las novedades o, dicho en otros términos, el desconocimiento del destino del viaje emprendido. Y, en esta dirección, se inscriben las políticas extravagantes de Trump, el crecimiento de los populismos y extremismos en Europa, la tormentosa salida del Reino Unido de la Unión Europea y, añado desde España, el enfermizo nacionalismo / separatismo de Cataluña y el País Vasco. Se genera así, en este mundo frágil en el que vivimos, una habilidad especial para estar pendientes, y aun absorbidos, por problemas menores mientras las grandes decisiones acerca del futuro se ignoran o apenas comparecen en el debate público.

Pero ¿cuáles son esas rutas de la seda? ¿por dónde transitan? ¿cuáles son sus trayectorias? Al igual que ocurrió con las del pasado tampoco ahora existen criterios específicos para fijarlas geográficamente ni precisar qué países concretos se incluyen en ellas. Diríamos que no se dejan atrapar por la tiranía de los mapas. Como aproximación puede decirse que, en proyectos en los que está presente el Banco Chino de Desarrollo, se incluyen ochenta países, entre los que se encuentran las repúblicas centrales de Asia, los países del sur y este de Asia, el cercano y el medio Oriente, pero también Estados de África y de la América hispana. Se calcula que más de cuatro mil millones de ciudadanos viven a lo largo de estas nacientes rutas entre China y la cuenca del mediterráneo, o sea, el 63% de la población mundial con un producto interior bruto colectivo de 21 billones de dólares. He citado África y Latinoamérica pero también en España, en Italia o en Bélgica existen ya terminales de carga en sus puertos más relevantes que forman parte de estas estrategias mundiales. Y sabemos que en 2016 una gran empresa china tomó el control nada menos que del simbólico puerto griego del Pireo.

Los sectores económicos que no escapan a la mirada de Argos de los estrategas asiáticos son preferentemente las infraestructuras del transporte y las energéticas, las líneas ferroviarias, el fomento del comercio de bienes y servicios, la movilidad de las personas, la renovación de los puestos fronterizos y la agilización de trámites para las mercancías, la alta velocidad, la inteligencia artificial, la nanotecnología, las ciudades inteligentes … Por poner un ejemplo, el corredor económico entre China y Pakistán con inversiones gigantescas, entre ellas, nuevas carreteras, centrales eléctricas y la ampliación de un puerto de aguas profundas en Gwadar (provincia de Baluchistán), espacio geográfico este de singular importancia petrolera. Se trata de un ejemplo entre centenares.

En ellos China juega un papel determinante: “de la misma manera que en el pasado podía decirse que todos los caminos conducían a Roma, hoy ha de decirse que todos los caminos conducen a China. Estamos en el siglo de China” afirma de forma contundente Frankopan. Los esfuerzos de cooperación que China ha tejido con las repúblicas asiáticas y también con Estados africanos o de América, son una muestra de tenacidad diplomática y de sabia paciencia. Los dirigentes chinos enfatizan con frecuencia en sus discursos el hecho de que personas de distintas razas, de culturas y creencias muy diferentes se esfuercen por trabajar en favor del desarrollo y de la paz. La misma Hillary Clinton, en su etapa al frente de las relaciones exteriores de los Estados Unidos, evocó como un ejemplo a seguir en la actualidad un pasado en el que las distintas regiones de Asia estuvieron comunicadas por redes comerciales potentes y activas.

Pero, ay, no es todo oro lo que reluce. Porque existen enfrentamientos sensibles entre los Estados, corrupción en muchos de los gigantescos negocios con el consiguiente enriquecimiento de las élites locales, despilfarro y excentricidades, ausencia de lógica en algunas inversiones, violaciones flagrantes a la disciplina medioambiental, preferencia de las empresas chinas a la hora de ejecutar los grandes proyectos y un reguero de deuda pública en los Estados afectados cuya cancelación es un enigma. En relación con África, por ejemplo, China proyecta grandes sombras y lo que se pide en muchos foros es que China se abra a África como África se abre a China.

Y, sobre todo, es verdad que en Asia se está edificando un nuevo mundo pero este mundo – y ello no es menos verdad- no es libre. Este es un aspecto central de un discurso – político en su esencia- y que Frankopan no subraya adecuadamente sobre todo si se tiene en cuenta que presta atención a las palabras – alarmantes- de uno de los intelectuales chinos más respetados, Jiang Shigong, quien defiende que no se trata de recuperar la historia ni tampoco de construir una nueva economía o una nueva política sino de recrear una formación política que ha de conducir al fortalecimiento de la civilización china, obligada a extenderse y penetrar en muchos rincones del planeta.

A un buen conocedor de la geopolítica, el ex ministro alemán de Asuntos exteriores Sigmar Gabriel, se debe la observación (2018) de que “China aparece ahora como el único país con una verdadera geoestrategia global y está en su derecho, lo malo es que desde Occidente y desde Europa carecemos de planes e ideas globales …”.

Análisis acertado porque mientras China se mueve tratando de enlazar economías y proyectos espectaculares, Europa se encierra en sí misma, reconstruye fronteras, y muchos de sus políticos expresan, como un objetivo meritorio, el de “reconquistar la soberanía sobre sus territorios”. Es el “soberanismo” que nosotros padecemos.  La salida del Reino Unido propiciada por unos fantoches de la política es el ejemplo lamentable por desmedido pero ahí están también los que proporcionan fuerzas políticas de Alemania, de Polonia, de Hungria así como los movimientos secesionistas de Escocia y Cataluña (que Frankopan cita expresamente). 

Todo este despiste histórico es bien aprovechado por China que ha creado foros de discusión entre Pekín y países europeos como los bálticos, Bulgaria, Croacia, Hungría, Polonia más Albania, Bosnia y Herzegovina, Montenegro, Macedonia y Serbia. Hay una común sensación de que el mundo mira a Oriente y hay una común sensación de que Europa tartamudea.

Esta perspectiva es la que nos debe llenar de preocupación porque, si es verdad incontestable que Occidente ya no dicta la agenda del planeta, es urgente que entienda que ya no basta con crear el mercado único y abatir las aduanas. Ha de asegurar sus fronteras, organizar su defensa, edificar una industria europea, desarrollar la ciberseguridad … Pero, además, y esto es lo determinante frente a la gran zalamería china, deberá defender los valores democráticos y emitir una luz potente – no claudicante- desde el faro de la democracia liberal y del Estado de Derecho. Los pertrechos que nos dignifican como seres humanos y que no figuran en la agenda china.

¿Y España? Ah, España, nosotros estamos con la momia de Franco y los títulos nobiliarios otorgados por aquel señor y además llamando gobierno de progreso a los que se tejen con los hilos, a veces sangrientos, de los separatistas.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 9 de septiembre de 2019)

Publicado en: Artículos de opinión, Blog

El papel del robot

Los escritos, los papeles viejos, cuando se contemplan amontonados en los anaqueles de una biblioteca o de un archivo parecen enfermos terminales que solo recobran su expresividad cuando los desempolva ese historiador que, tembloroso, busca – con el zahorí de su perspicacia-  las trazas esquivas del pasado. Porque ha de saberse que el historiador es el ser más misericordioso de la tierra pues tiene como función exhumar cuerpos frágiles – o a medio enterrar- para devolverles el vigor por el tiempo que, en la mayoría de los casos, dura lo que dura una tesis doctoral, es decir, un soplo, una nostalgia, el rocío mañanero …

También por alguna parte se hallarán las obras tal como salieron de las plumas de Lope de Vega, de Molière, de Quevedo, de Clarín o las partituras de J.S. Bach, en un remanso de recato, de melancolía, ignorantes de su inmortalidad. Como se hallan los miles de documentos que acabaron convertidos en la paz de Versalles o en la de Westfalia o las cartas dirigidas por los reyes a Felipe V o a Carlos III o las terribles notificaciones que decidieron el envío de millones de personas al Gulag soviético. Buena parte de ese material habrá revivido, como digo, por el trabajo del historiador pero los que no han merecido su atención se hallan convalecientes, oyendo el silencio en derredor, las pisadas perdidas de un empleado: son como monedas fuera del curso legal, como esas líneas ferroviarias polvorientas abandonadas por el trasiego del rápido que un día, ay, llegaba hasta Vigo, como esos proyectiles desactivados por el abandono del soldado.

Pero con aliento de vida. La pregunta inquietante actual, cuando se acerca, entre gran alharaca, la inteligencia artificial, es ¿dónde se plasmarán las obras de los escritores, los grandes documentos de la historia en la era de esa inteligencia artificial? ¿Dónde y cómo se guardarán? De entrada quiero señalar que mucho me malicio que vamos a añorar la época de la burricie natural, la de siempre, en cuanto veamos los destrozos de esa altiva inteligencia artificial.

Porque pavoroso ha de ser el día en que a ese historiador al que antes me he referido, paciente, gafudo, minucioso, un poco pelmazo sin duda pero entrañable, le sustituya un robot androide de la mayor conectividad y nos comunique – empleando su lenguaje grotesco- que ha acabado un ensayo sobre las guerras carlistas. O sobre don Niceto Alcalá Zamora.

En vez de esos anaqueles con manuscritos tendremos para la eternidad las entrañas del robot. Pero el robot, por su propia naturaleza, tiene entrañas extrañas que se disuelven en un sinfín de cables, botones, plataformas rodantes, sopletes, qué sé yo … ¿Se puede comparar ese alarde de la técnica al esfuerzo plasmado en un papel por ese orfebre de la razón que fue don Ramón Menéndez Pidal?

Y no digamos si un día asistimos a una ópera y en lugar de salir Ana Netrebko o Elina Garança aparecen dos robots cantando un aria de Zerlina del don Giovanni o las Carceleras de las hijas del Zebedeo. Abominable experiencia nadie lo dude por muchas horas de machine learning que hayan empleado esas criaturas articuladas, estatuas sin alma (que es lo mejor que tienen las estatuas). 

Donde el robot sí debería triunfar, y me parece que ya lo hace, es en el terreno de las redes sociales, porque podrán reproducir mecánicamente las miles de imbecilidades e insultos que por ellas circulan como albañales que son de una sociedad rancia de maldad y menguada de caletre.

Demos pues a cada uno lo suyo: al papel lo que es del papel y a las invenciones diabólicas lo que es propio de sus retorcidas mañas. 

De todas formas, mucho nos vamos a reír cuando se nos aparezca un robot diciendo esa melonada tan divertida y tan “progre” de “los robotos y las robotas”. 

Publicado en: Blog, Soserías

Pelos en el sobaco

Ha llegado porque alguien había de poner freno a tanta cursilería como circula por esos mundos arrasando la sencillez y la espontaneidad. Una actriz famosa que anda ahora de estreno de una película de éxito se ha dejado ver en la presentación de la misma con los sobacos llenos de pelos, es decir, tal como los sobacos son desde los tiempos de la madre Eva. El estupor que se produjo entre el público cuando la estrella levantó los brazos de su escueto vestido y dejó ver de forma provocativa su selva capilar fue de los que dejan huella en la Historia y por eso se recoge en esta columna que está dedicada a glosar los grandes acontecimientos.

Y este lo es. ¿Desde cuándo se afeitan las mujeres el sobacal? Bien merecería la pena hacer un estudio retrospectivo aportando testimonios que contribuyeran a formar una opinión cabal sobre este asunto. A falta de él, digamos que esta costumbre se puso de moda hace no más de cincuenta años siendo antes infrecuente que una señora podara su bosque axilar o simplemente entresacara en él, fuera del caso de las mujeres del arte caras porque las que militaban en el montón o jarcia ostentaban sin remilgos abundosa pelambrera. Es difícil imaginar a la señora de Cánovas afeitándose su islilla y menos todavía a Victoria Kent que a buen seguro la llevaba poblada y aun fortificada. Lo dejó escrito don Francisco de Quevedo: «mujer morena, ojinegra y pelinegra vale un escudo, por ser la pimienta del gusto y del vicio…».

Esta cosa rasurante debe de venir de Hollywood y probablemente se pusiera de moda cuando Rita Hayworth enseñaba sus largos brazos y las correspondientes cavidades, al final de ellos, limpias y lampiñas. Las demás actrices harían lo propio y ya es fácil deducir que el personal femenino, deseoso de emular a aquellas bellezas impares, empezara por lo más sencillo: afeitarse el sobaco y dejarlo como una bombilla de sesenta vatios.

Que tal práctica no está respaldada por tradición de relieve lo demuestra concluyentemente el hecho de que el idioma no tiene, en lo que a mí se me alcanza, palabra adecuada para designar el sobaco pulido mientras que sí las hay para las barbas y así se llama barbilampiño a quien no tiene barba o barbiponiente a quien empieza a salirle la barba. Por tanto, esto de llevar sin floresta el sobaco es algo sin apoyo léxico alguno, es decir, precisamente a redopelo o a contrapelo porque va contra el curso o modo natural de las cosas. Además, esa concavidad que forma el arranque del brazo con el cuerpo es una zona erógena bien contrastada a la que otorga prestigio la existencia en ella de glándulas sudoríparas que, convenientemente administradas, son un excitante sexual de gran calibre. Se comprenderá que la pérdida del pelo contribuye a mermar esas cualidades.

El problema ahora es que de la axila se ha pasado al monte venusino al que se somete ya sin miramiento alguno a una deforestación que tiene todas las trazas de convertirse en un atentado ecológico al poner en peligro un ecosistema delicadísimo pues sobre él se asienta la Vida toda.

Y ya no solo a las mujeres, también a muchos hombres los vemos con el pecho o las piernas menos pilosas que un teléfono móvil y quién sabe si el pene lo gastan igualmente lampiño de suerte que esas grandes pelambreras que muchos lucimos con orgullo en los hombros a modo de hombreras de uniforme de bizarro almirante corren el riesgo de convertirse en una antigualla.

Como en el único sitio donde yo no tengo pelos es en la lengua quede advertido el personal de la urgencia de levantar barricadas contra el afeitado. Para no resultar afectado.

Publicado en: Blog, Soserías

Bendita inutilidad del verano

El verano es propicio para cultivar lo inútil: ¡está tan abandonado el resto del año! Lo útil es objeto de veneración en esta sociedad y por eso ya no se estudia latín, mucho menos griego, y la historia solo si tiene a la momia del dictador como protagonista, lo demuestra el hecho de ver pasar las efemérides sin que les dediquemos la menor atención afanados como andamos con la investigación operativa, el marketing, la cibernética, el wifi y los partidos de fútbol.

Los días pasados han sido de gran inquietud porque ¡se iba a suprimir el fútbol un día de la semana! Han sido momentos de pesadumbre, de lógica consternación, todos nos preguntábamos, a veces simplemente con la mirada entre vecinos, inquiriendo una respuesta tranquilizadora porque, de verdad, alguien se había parado a pensar en frío qué íbamos a hacer ese día sin fútbol. ¿Es que algún prójimo (un concejal o un diputado autonómico) tiene para ofrecer mejor esparcimiento que un televisor retransmitiendo la liga, la contraliga, la champions, la contrachampions, el torneo del rey, el de la reina y el del arzobispo de Zaragoza? Porque, si es así, que no se corte y que lo diga … Me temo que no hay nadie en esas condiciones. El juez (¡menos mal que los jueces se dedican a asuntos importantes!) lo ha resuelto señalando un día en blanco de fútbol pero imagino que vendrá una medida cautelar y otra cautelarísima para llenar ese hueco que puede tener efectos pavorosos en la armonía de esta sociedad futbolísticamente desatendida. 

Tales sobresaltos son los que es preciso evitar en los días veraniegos que por eso debemos dedicar como decía a lo inútil, a aquellas actividades preteridas: por ejemplo recordar cuentos antiguos, los oídos a los abuelos, un empeño fácil, basta con enredar en los pliegues de la memoria y animarla con los colores del pasado, con quimeras llenas de brujas o de titiriteros de ese circo que ya no existe porque el niño juega en su habitación llena de cachivaches tecnológicos con la playstation.

O a ver el vuelo de los pájaros inquietos, de un lado para otro buscando los árboles y los huertos para picotear en ellos y llevarse el alimento a sus nidos en el pico, siempre soñando con el Jardín del Edén que les ha sido arrebatado pero que ellos recrean en cualquier parcela de un adosado. ¡Maravillosos los pájaros! Disfrutando con insolencia de una libertad escrita con mayúsculas, brincando desde la Creación pero sin vivir sus pesadumbres ni ataduras, sin sufrir a los profetas ni a los rabinos, siempre volando burlones, protegidos por su fantasía juguetona y desafiante. El pájaro disfruta de la naturaleza sin necesidad de saber nada de ella ni tener que escribir una tesis doctoral para los burócratas abominables de las anecas. El pájaro construye su armonía a base de una tenacidad jovial y de no leer los periódicos.

El verano es el mar, es decir, ese hallazgo de fuerzas esotéricas, cuyas páginas, que son las olas y las mareas, las mueve la mano de la Providencia con incansable primor, como mueve las nubes, jóvenes eternas que jamás calman sus anhelos errantes.

Recuerdo de la época en que estudiaba o explicaba en la Facultad que las leyes nos enumeraban aquellas actividades inocentes que constituían el uso común de las playas y las costas. Consistían en “pasear, estar, bañarse, navegar, embarcar y desembarcar, varar, pescar, coger plantas y mariscos …” ¿Se puede resumir mejor lo que una persona honrada puede y debe hacer en vacaciones? Antes se añadía la palabra “carenar” que significa arreglar pequeñas embarcaciones, ahora ha desaparecido pero restaurar un velero para que de nuevo pueda abrazar la aventura y a esas gaviotas que la acompañan también está acogido por la benevolencia legal.

El verano tiene el porte elegante de lo inútil. ¡No lo desaproveche!

Publicado en: Blog, Soserías

Bancos, jueces, democracia…

                                                                    I

Ha sido el pasado 30 de julio cuando el Tribunal Constitucional alemán ha dado a conocer su sentencia sobre la Unión bancaria europea y, para satisfacción de quienes creemos en una Europa eficaz, la ha liberado de vicio alguno de legalidad. Más exactamente ha dicho, al enfrentarse a las correspondientes normas europeas y a la ley aprobatoria alemana, que “de acuerdo con una estricta interpretación, la Unión europea no ha rebasado las competencias que le atribuyen los Tratados mediante el Mecanismo Único de Supervisión y el Fondo único de Resolución” (que administra la Junta única).

Comprendo que esta terminología abstrusa, empleada por los textos y por los jueces, ahuyente a cualquier lector estéticamente sensible que tenga la buena voluntad y la amabilidad de leer este artículo. Yo le pediría que no lo abandonara porque, al dedicar atención a esta sentencia, lo que pretendo es alzar la mirada por encima de las bardas de tecnicismos oscuros  para llegar a una consideración más general al alcance de un ciudadano informado. Y además aportar gramos de esperanza, necesarios en momentos como los presentes en que la Unión Europea se tambalea como un cuerpo hechizado por azares variopintos. 

Entre ellos se halla precisamente la actitud vigilante del Tribunal Constitucional alemán que, activado sin descanso por pleiteantes que se creen guardadores de las esencias, le requieren constantemente para oír su veredicto sobre casi todo lo que emprenden las instituciones europeas. Tratan – aseguran tales centinelas- de evitar la transformación -abierta o disimulada- de la UE en un Estado.

Esta vigilante disposición de ánimo es la que explica que el Tribunal con sede en Karlsruhe se halle desde hace años librando peleas intrincadas en torno a la construcción europea, concretamente desde la sentencia “Maastricht” (1993) y después la “Lisboa” (2009). Detrás está – como si nunca dejara de sonar una alarma inextinguible- la defensa alemana de un orden constitucional propio – el plasmado en su Ley Fundamental-. Así se advierte en litigios como el de las ayudas a Grecia (2011) y en aquel que vivimos con extremada inquietud cuando se aprobaron los Tratados – intergubernamentales- que crearon el Mecanismo europeo de estabilidad y el denominado “de estabilidad, coordinación y gobernanza en la Unión económica y monetaria”. Se pretendió – sin éxito- nada menos que paralizar la sanción del Presidente de la República a una norma que contaba con el respaldo de las dos Cámaras del Parlamento alemán.

Más reciente es aún el pleito por las medidas del Banco central europeo relativas a las compras de deuda pública que también han quedado libres de cualquier sospecha jurídica.

En el caso de la Unión bancaria, que es el último al que el Tribunal ha aplicado su mirada buida, se nos aclara que la supervisión bancaria instituida no se atribuye en exclusiva al Banco central europeo ya que la competencia se mantiene, en su esencia, en el ámbito nacional pues las funciones asumidas por el Banco lo son tan solo para asegurar “una política coherente y efectiva” y además concentrada en aquellas entidades conceptuadas como “relevantes” (en puridad aquellas con activos a partir de los treinta mil millones de euros). 

Recordemos resumidamente que tal Unión bancaria tiene como objetivo garantizar que los bancos asuman riesgos calculados y que, cuando yerren, paguen por sus pérdidas los accionistas y, en su caso, los acreedores, minimizando por tanto el coste para el contribuyente y por supuesto afrontando la posibilidad del cierre. Puesta en marcha tal Unión en 2014 sigue un camino poblado de sobresaltos pero ha de saberse que es determinante para hacer frente a posibles crisis financieras y llegar a la creación de un Fondo europeo de garantía de depósitos, un alivio para quienes tenemos algún dinero en un banco.

                                                                     II

Más allá de estas consideraciones, creo que la respuesta del juez alemán ha de satisfacer a quienes pensamos que la Unión Europea es la fantasía (la rêverie) más relevante en términos políticos, sociales y culturales que vivimos los ciudadanos de sus países miembros. Y ello porque, como decía al principio, la andadura de la Unión se halla desde hace tiempo entorpecida por obstáculos del más variado pelaje. Un caminar agobiado este que se hace ahora más fatigoso si se piensa en la llegada al Parlamento europeo de un número crecido de representantes de partidos políticos contrarios a las instituciones europeas, algunos con escasa relevancia pero otros determinantes al ocupar posiciones de influencia en gobiernos nacionales.

En estas circunstancias sería de la mayor gravedad que un Tribunal constitucional como el alemán estuviera poniendo en apuros al legislador europeo pues las palabras de sus magistrados podrían tener un efecto multiplicador en otros tribunales nacionales de parecida naturaleza. Esta influencia no es resultado de papanatismo alguno sino fruto del prestigio que ha acumulado a lo largo de su existencia pues, aunque sus magistrados logran sus togas rojas como consecuencia de componendas partidarias que sería preferible ignorar, se comportan después, desembarazándose de sus padrinazgos,  con la máxima libertad. Como ha escrito Roman Herzog, que fue su presidente, en su libro de memorias (“Jahre der Politik. Die Erinnerungen”, Siedler, 2007) “los jueces llegan al tribunal a una edad muy madura, una edad en la que se empieza a pensar en la ´necrológica´ y saben que lo que quedará de sus carreras es aquello que hayan hecho como magistrados en Karlsruhe. Si es cierto que no gusta ingresar en la historia de la justicia como un juez partidista, cada cual se esfuerza en comportarse de tal modo que nadie pueda formular con fundamento una acusación tan grosera”.

En las sentencias de contenido “europeo”, pese a la presión de pleiteantes infatigables, el Tribunal, manejando los palillos de sutilezas argumentales, es decir, escribiendo el Derecho con la solvencia con la que debe escribirse, no ha dejado desamparado al legislador de Bruselas en cuestiones capitales.

Y ello es de agradecer además cuando en Alemania está muy vivo el debate sobre su propia “identidad constitucional”. No es pues de extrañar que la sentencia motivadora de este artículo mío aclare que las normas europeas analizadas no afectan a tal “identidad constitucional”. Y es que los alemanes se encuentran en un tiempo de meditación sobre un doble aniversario: el de la Constitución de Weimar (1919) y el de la Ley Fundamental de Bonn (1949). Hace unos días, el Profesor Udo di Fabio, ex magistrado del Constitucional, comparecía en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (22 de julio) para reflexionar sobre “la transformación de las democracias occidentales”. Destacaba cómo esa “identidad” alemana se ha expresado en su compromiso con la construcción europea, en el respeto a sus obligaciones internacionales, en la búsqueda de la paz desde su vinculación a Occidente, la obsesión – como se sabe- de Adenauer (“más importante que la unificación de Alemania es su plena incorporación a Occidente” proclamó de forma tenaz el viejo canciller). Pero hoy, razona Di Fabio, estas convicciones se estrellan contra obstáculos nuevos que no tienen su origen en el número y la variedad de los Estados miembros de la UE sino que dependen también de los procesos internos de transformación de las democracias occidentales.

Y es que no perder el hilo de Ariadna en el laberinto europeo, en medio de la tormenta que estos cambios sustanciales implican, es el empeño doloroso que tenemos por delante y que recuerda al grito de Tamino (en el transcurso de su rito iniciático de La flauta mágica) al preguntar “¿cuándo encontrarán mis ojos finalmente la luz?”.

Por eso es tan importante que desde Karlsruhe se desautoricen las obstrucciones pues,  sin necesidad de muchas ayudas, ya son numerosas, desesperantes y aun barrocas.

Estrambote español: la “identidad constitucional” ¿dónde se hallará esa señora entre nosotros? Difícil encontrar su hogar en un paisaje en el que una buena parte de los parlamentarios no creen en el Estado ni en la Constitución y ni siquiera en España. Y el resto tiene paralizado al país por querellas insustanciales y personalismos devastadores. 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 9 de agosto de 2019).

Publicado en: Artículos de opinión, Blog

España ¿país organizado o desorganizado?

En esta hora de tribulaciones la pregunta se impone: ¿es España un país organizado o desorganizado?

Los amantes de las simplificaciones, esos estultos que tienen la fea costumbre de sacarse en público las ideas de la nariz, optarán por una respuesta unívoca. Los más sesudos, los que somos conscientes de tener una misión que incumplir en el mundo, creemos por el contrario que la respuesta ha de ser mixta, machihembrada como si dijéramos. Me parece que fue Pascal quien afirmaba algo así como que no hay nada que albergue más diferencias que el mismo hombre en los diversos tramos de su vida. Pues algo parecido ocurre con los países: son diversos y heterogéneos si los contemplamos en su integridad geográfica.

España por ejemplo es un país organizado si lo analizamos desde la perspectiva de los cocidos (u ollas podridas) que se comen en sus distintos territorios. Tienen un fondo común pero las diferencias son esenciales. Por ejemplo si adjudicamos prosapia al cocido madrileño no podemos olvidar que en Andalucía parecido plato incorpora el majado que se logra machacando en el almirez ajo, pimiento y azafrán. El que se toma en la Maragatería leonesa ofrece la sopa al final, en el catalán, en lugar de carnes o completándolas, encontramos la butifarra blanca y la negra. En Menorca le echan sobrasada o nabos, en Galicia comparecen la berza como en el caldo además de grelos y patatas, en Santander la olla podrida está pensada para agradar a sultanes y profetas muy estimados y así seguido.

Es decir que la variedad es amena y atrayente, plausible. Pero lo que quiero destacar es la seriedad con la que se respetan los espacios geográficos, las fronteras gastronómicas, más consistentes que las de los tratados y argucias administrativas. A ningún comensal se le sirve en una ciudad gallega un cocido andaluz ni en Lérida un cocido maragato. Esta disposición se lleva con la disciplina que el asunto merece. Y de ahí el prestigio de los cocidos pues en ellos la confusión, esa hidra pavorosa que todo raciocinio desvanece, ha sido erradicada.

Justo lo contrario ocurre en el mundo de los arroces. ¿Quién no ha visto ofrecer paella valenciana en Cádiz o en Zamora? ¿Quién, con espíritu sensible, no ha llorado ante el arroz que se ha colocado ante el comensal ignaro invocándole con desparpajo punible el nombre de Valencia?

Nada hay más atroz que lo que se hace con el arroz.

La inverecundia llega a su máxima expresión cuando en España, es decir, en la cuna de la filigrana que es el arroz seco de nuestro Mediterráneo, se ofrece ese engrudo italiano que se conoce como risotto. ¿Cómo no se han restablecido las fronteras o actualizados los aranceles para impedir la circulación por España de ese atropello?

Otro día estas soserías se ocuparán de las empanadas y las empanadillas, un espacio gastronómico necesitado de una cierta clarificación. Ya adelanto que para mí la empanada nada tiene que ver con la empanadilla aunque en ambas se vea la mano benevolente de la divinidad.

Es decir que España es una sustancia en parte organizada, en parte desorganizada. Solo asumiendo esta constatación podrá empezarse una reforma de los Estatutos de autonomía que habrá de admitir las  singularidades pasadas y presentes más las que se inventan quienes mandan para llevarse las pepitas de oro del río de los presupuestos públicos. Pero que habrá de impedir los desafueros en la mesa.

Se trata de evitar la cólera sombría de las futuras generaciones y asegurar la harmonia mundi.  

Publicado en: Blog, Soserías

Muñecos

Es probable que el lector ignore qué es un «dummy» pero para eso está mi columna, para explicar las cosas más difíciles y enrevesadas. Un «dummy» es el protagonista de una prueba de choque, un individuo semejante a un humano a quienes sustituyen en los accidentes simulados a bordo de los vehículos que van a sufrir un gran impacto. El «dummy» permite evaluar limpiamente los daños que se sufren en la colisión.

Inicialmente los fabricantes de coches no pensaron en los «dummys» para hacer estos experimentos sino en algún familiar especialmente querido o en algún vecino de propiedad horizontal o vertical. Es más, se llegó a utilizar hace años a un cuñado auténtico en una de estas pruebas pero cuando éste advirtió en qué estado salió de ella (un asquito de heridas como cuevas y de chichones como huevos de pascua) hizo sonar la alarma entre todos los cuñados del mundo y se juramentaron para no permitir jamás que se les utilizaran en tales trances. De ahí viene la famosa proclama revolucionaria «cuñados de todo el mundo, uníos».

Surge entonces el «dummy» como respuesta a la terca obstinación de estos parientes y con él la figura simulada, apócrifa, putativa (con perdón) de los muñecos para coches. Nadie sabe qué pasa si se encariña uno con ellos y al final se tienen los mismos escrúpulos con el «dummy» que con un hijo porque puede ocurrir que, creado el «dummy», se le tome ley y cueste entonces un triunfo meterle en un coche con el exclusivo designio de lanzarlo contra una pared de cemento para que se rompa la crisma y se haga añicos las cervicales. Consta que los artistas falleros valencianos lloran lágrimas de fuego cuando ven arder los «ninots» que sus manos han creado en la noche de la «cremá».

-Oiga usted no compare a un «dummy» con un «ninot» – me dice la conciencia que llevo siempre como una piedra nefrítica y que me corrige.

Es cierto y no puedo sino darle la razón. Porque entre un «dummy» y un «ninot» existe una gran distancia, la misma que media entre un tío cachondo y divertido y un pelmazo de los que empuñan cartera de cuero y móvil. Tienen en común el hecho de que a ambos se les envía al sacrificio, el accidente o la hoguera, pero, así como en el caso del «dummy», su descalabro es tonto y soso como tonto es todo accidente (en casi todos los accidentes de automóvil interviene un imbécil), el «ninot» tiene un final fastuoso, crepitante, entre llamas que le prestan su gran calor de humanidad y de arte. El «ninot» además se puede salvar si es especialmente apuesto y sus decires chistosos, en cierta manera como el toro que vuelve a la dehesa a montar vacas y pasarlo pipa si en el ruedo cumple con excelencia. El «dummy» no, el «dummy» es cordero de matadero, pollo de granja, soldado de una guerra absurda. De ahí que no se conozcan entre sí y es mejor que así sea porque entre ambos surgiría una envidia profunda y muñequicida.

Nadie ha logrado explicar hasta ahora de una forma satisfactoria la causa en virtud de la cual las muñecas eran juego de niñas. Sabemos que si un niño se aventuraba con ellas sentaba plaza inmediata de sodomita siendo esta extraña singularidad educativa la causa de que tantos hombres acudan en su madurez a las muñecas hinchables para desahogarse sentimentalmente. Se trata de la respuesta lógica a una prohibición ayuna de sentido. Ramón Gómez de la Serna, gran escritor y por eso muy infantil, alternaba los brazos de Colombine, su madre, con los de la muñeca, su hija. Ahora, al parecer, las venden con termostato y así se puede regular la temperatura de su cariño y de sus efusiones.

Hay que reivindicar la humanidad de los muñecos y abogar por la muñequidad de los humanos. Todos deberíamos tener un «dummy» que fuera nuestro representante, nuestro doble (los artistas de cine lo tienen y les evitan las mayores molestias) y confiarle las situaciones más enfadosas. Estoy seguro de que si todos dispusiéramos de un «dummy» en estas condiciones que defiendo, a las bodas, por ejemplo, uno de los acontecimientos sociales más tediosos que existen, no irían más que «dummys», todos los invitados serían «dummys» y hasta los novios podrían ser «dummys» de novios. El cura sería otro «dummy» y así el verdadero cura podría estar en casa con la manta eléctrica en los riñones leyendo aventuras marineras que es lo que en rigor nos gusta a todos, curas y seglares.

A la oficina, el «dummy». A las visitas de cumplido, el «dummy». A la mesa petitoria, el «dummy». Y así sucesivamente. De esta suerte nosotros, los verdaderos, quedaríamos para coger conchas en la playa, tomar gambas con cerveza, disfrutar de los atardeceres nimbados y, ya puestos, desparramar la vista sobre tantas cosas bellas como hay en el mundo.

El «dummy»: nuestro redentor.

Publicado en: Blog, Soserías

Arte limpio

En París, en el museo de Orsay, están cambiando los títulos de las pinturas cuando afectan a esa corrección que todo papanatas honrado debe observar: así, no se puede hablar de “negra” aunque quien sale en el cuadro sea una señora con ese magnífico color de piel en todo su cuerpo glorioso ya que se está reviviendo un pasado, el colonial, que es preciso enterrar, declararlo como no puesto en el lienzo de la Historia.

Ya veremos qué pasa con los moros de Fortuny, los sátiros, las mujeres desnudas o haciendo vainica y no digamos con los toros de Goya, Manet, Picasso, Gutiérrez Solana, Vázquez Díaz, Zuloaga, Darío de Regoyos y tantos otros … Por si se olvida hay toda una tradición en la cerámica, procedente de la Grecia clásica, que incorpora figuras negras a los vasos, ánforas y demás. También estas piezas antiguas están necesitando una limpieza y una acomodación urgente a los dictados de esas gentes cuyos cerebros se hallan en un punto cercano a la textura del fiambre.

Es decir que los puristas perseguidores de todo lo que se mueva en el mundo de la creación y no se ajuste a su entendimiento tienen trabajo por delante.

Pues cuando se acabe con la pintura se debe empezar con la literatura, un espacio donde anidan las peores herejías ya que son legión los seres con la mente corcovada que han empuñado la pluma.

Por de pronto, los pacifistas han de ir borrando las referencias a la guerra desde la de Troya a las Galias, las Cruzadas o Walter Scott … librándose unicamente la obra de Tolstoi porque el viejo astuto, previendo lo que podía pasar, incluyó la palabra “paz” y eso le salva. 

¿Cómo habíamos estado tanto tiempo con legañas en los ojos o con las pasiones atolondradas para no percibir tanta pestilencia en el mundo de barbarie que se conoce insolentemente como el de la cultura?

Todo lo que hay de violencia en los libros debe ser erradicado para que pueda ondear, al soplo del amor y las flores, la bandera pacífica en el pórtico de la historia de la poesía, de la escultura, de la música …

¡Ah, la música! ¿Cuánto tiempo nos queda para poder seguir viendo el “Cosí fan tutte” mozartiano? Una obra donde a lo largo de casi tres horas no se dicen más que barbaridades sobre los comportamientos femeninos. Pues ¿qué decir del aria que se canta en “Las bodas de Fígaro” del mismo autor vienés en el que se moteja a las mujeres como caprichosas, frívolas, superficiales … ¿Y de la “donna é movile” del “Rigoletto” o el “Elisir …” de Donizetti donde se asegura que la “mujer es un animal verdaderamente extravagante”?

Y así podríamos seguir hasta conocer las mayores destemplanzas. 

Propongo que, junto a las cátedras de historia del arte o de literatura, concebidas al modo tradicional, existan otras donde se proceda a la limpieza de toda sustancia contaminante que pueda afectar a los relatos de los nuevos evangelistas (pacifismo, feminismo, ecologismo etc). Y así, de la misma manera que se enseña la teología católica con otras que predican el credo protestante u otros más peregrinos aun si cabe, deben convivir las enseñanzas impregnadas de belicismo o machismo con aquellas que han abrazado la causa de la limpieza y la decencia, aquellas donde brotan torrentes de dignidad hacia los seres humanos y donde se aspiran hervores compasivos y decorosos. Todo para evitar las prácticas nazis consistentes en dejar extramuros del mundo a todo el arte calificado como “degenerado” y llevar a sus cultivadores a vivir una vida al aire libre de los campos.  

Nos espera al fin un mundo almibarado, aromado con los más logrados inciensos, epicentro de las virtudes, alhajado con esa verdad que, galante y coqueta, merecemos el castigo de encontrar.

Publicado en: Blog, Soserías