Plagio

Lingua progressionis Hispaniae (14)

Se llama Marja Schreiner y era, hasta hace poco, una autoridad en la ciudad de Berlín. A esta mujer le ha ocurrido que, en su día, escribió una tesis doctoral, le dieron el visto bueno en la Universidad, y a partir de ese momento, andaba tan tiesa por la vida porque la llamaban en la peluquería y en las sesiones parlamentarias “Frau Doktor”.

Pero el diablo no descansa y algún tipo esquinado, que no podía soportarla, se estudió su tesis –que ya son ganas- y descubrió que la mitad estaba plagiada. Resultado: le han anulado su título y ha tenido que abandonar el cargo. Una pena porque lo lucía mucho.

Esto en España no sucede. ¿A qué lo debemos? Nadie lo sabe por más tesis doctorales que se han hecho para contestar a esta pregunta. Lo cierto es que nosotros entendemos el plagio como un homenaje al pasado, lo que no es tradición es plagio, dejó escrito Eugenio D´Ors, y esta afirmación suya la repetimos los plumillas porque no se nos ocurre nada mejor y porque además, dentro de su endiablada formulación, tiene su intríngulis y queda bien.

El plagio tiene algo de piratería. Ser pirata era algo terrible, recordemos a aquellos holandeses, siempre atravesando mares y océanos, desvalijando barcos españoles, e incluso matando a los marineros esforzados y con escorbuto.

El plagio es una bendición porque es una piratería frígida.

Entre nosotros, se ha acusado incluso al presidente del Gobierno de haber plagiado una parte sustancial de su tesis doctoral. ¿Debemos zaherirle por eso? En absoluto, primero porque, para ser presidente del gobierno, maldita la falta que hace ostentar el título de “doctor”, ahí está don Francisco Largo Caballero como ejemplo imperecedero. Además, porque la prudencia aconsejaba a nuestro prócer, para abordar ese momento creativo, plagiar con desenvoltura porque, si hubiera aportado a su trabajo tan solo ingredientes propios, es de temer que le hubiera salido un churro monumental.

Con el plagio le salió algo aseado. Que nadie ha leído por supuesto pero es que no estamos los españoles, con el fango hasta el cuello, para meternos en lecturas abstrusas.

El problema es que el ejemplo, al venir de tan alta autoridad, se generalice entre la juventud.

Y tengamos que ver a las parejas, no en un concierto de rock o en una quedada, sino plagiando juntos.

-Tú plagias a Kierkegaard que, por lo intrincado, no se nota – le dice Hugo Anselmo a Nadia Yolanda.

-Y tú a Pablo Neruda y así te desahogas por lo lírico.

Este es el verdadero peligro. El momento en que los jóvenes entre ellos ya no digan:

-¿Salimos?

Sino

-¿Plagiamos?

Ahí es donde yo veo la necesidad de vigilar la proliferación del plagio.

Porque lo otro, lo de la dimisión del político plagiador, eso queda para países septentrionales, para tierras devastadas por la herejía, para cultivadores de los escrúpulos, gentes que no saben ver el arte en la engañifa ni la suprema magia del facsímil.

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Liberados y regenerados

A Victoria Prego

Se cuenta que, tras la finalización de la guerra civil, a un obispo, animado por sus mejores convicciones humanitarias, se le ocurrió el gesto de girar una visita pastoral a la cárcel sita en su diócesis eclesiástica.

Allí, el prelado fue saludando con amabilidad a los reclusos y, cuando tuvo delante a quienes eran presos políticos, vulgo rojos, al dirigirse a uno de ellos, le preguntó:

– ¿ Cuánto tiempo lleva usted aquí?

A lo que el aludido contestó:

– Desde que nos liberaron, Ilustrísima.

Ahora, nuestros gobernantes han puesto en circulación la idea de la regeneración democrática, como si fuera un invento fecundo salido de su magín creativo cuando de tal regeneración llevamos hablando décadas. En todas aquellas ocasiones en que no se sabe qué decir porque a unos putos amos les han pillado con las manos entre los fondos next generation y los de reptiles, se ha recurrido al embeleco de la regeneración.

De manera que esta se ha convertido en un lenitivo a las malas conciencias y una especie de pértiga para vadear el río de las críticas. Una forma de salvar la cara colorada por haber quedado al descubierto el hecho de que se hacía en la práctica justo lo contrario de lo que se anunciaba en los mítines todos los fines de semana.

Porque debe decirse que mítines hay todos los fines de semana, haya o no elecciones, por la sencilla razón de que, quienes en ellos hablan (es una forma misericordiosa de decir) son incapaces de quedarse en casa guardando convalecencia de las tonterías que a diario proclaman.  

En esa plaza pública, torturada por unos oradores de rebajas, es donde airean trucos de magia que nadie cree, pero que a ellos les vale para pasar la mañana del domingo. De la tarde se ocupa ese partido de fútbol del siglo que se celebra varias veces a la semana. 

Es así cómo la regeneración democrática, pronunciada de manera enfática, se convierte en vocerío, alboroto confundidor y confuso, una especie de aullido retador. 

Se ha comprobado, tras la atenta observación de la realidad, que la golfemia es rauda a la hora de acogerse a la bandera de la regeneración democrática. 

Y lo mismo ocurre con quien vive de la pirueta, esos sujetos a quienes nos gustaría ver entre las fichas de un archivo policíaco.

Estamos invocando al rastacuero, al majagranzas, al vivales, al advenedizo. Al plagiario con alcurnia y desfachatado.

El que repite con Talleyrand aquello de “apóyese siempre en los principios, acabarán cediendo”.

Son tipos guardosos, que practican una adventicia atracción por el poder.

Si todo esto es como describo, la ola de regeneración democrática nos va a traer una imagen cercana a la relatada con protagonista episcopal.

Ante las puertas cerradas de la sede de un periódico, algún ser caritativo, preguntará al periodista que pide limosna en la puerta:

_ ¿Desde cuándo, buen hombre, se encuentra en esta aflictiva situación?

– Desde que nos regeneraron democráticamente, señor.

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Un encantador Estado sin territorio

Lingua progressionis Hispaniae (13) – Las elecciones vascas han confirmado que el Estado en España se empieza a quedar sin territorio, lo cual es una singularidad de la que nuestros vecinos no disfrutan. Todos los Estados, salvo los que están en guerra o se solazan en un ameno caos, cuentan con su territorio donde cobrar impuestos, administrar justicia o simplemente dar la tabarra a sus ciudadanos.

España ha tenido su propio territorio pero a nadie se le puede escapar que, desde el domingo pasado, se vislumbra que uno de ellos, en el que habita el pueblo vasco, empieza a despedirse de quien le ha oprimido a lo largo de los siglos aunque, haciendo un duro sacrificio, no renunciará a seguir obteniendo prebendas del opresor, a ser posible contenidas en suculentos renglones presupuestarios.

Si, en efecto, España, su Estado, en unos años se queda sin territorio, podemos reeditar lo que decía un romance del siglo XIII, acogido por cierto en las páginas del Quijote:

“… Ayer era rey de España

hoy no lo soy de una villa;

ayer, villas y castillos,

hoy, ninguno poseía;

ayer tenía criados

y gente que me servía;

hoy no tengo una almena

que pueda decir que es mía…”

Bien mirado, un Estado con su territorio es una tabarra que además tiene poca alcurnia histórica pues más tiempo duró el sistema feudal caracterizado por el hecho de que el noble o el obispo, en disputa con quien hiciera falta, disfrutaba de privilegios ganados a lomos de un caballo en el campo de batalla.

Volver a la Edad Media tiene su aquel y ahí está la obra de Umberto Eco como testimonio.

El Estado pierde lo que de molesto y adusto tiene, empeñado como suele estar en disponer de funcionarios, guardias, jueces y fiscales y hasta de inspectores de hacienda, una temible avalancha bien importuna por la propensión de tales individuos a meterse en asuntos privados y atreverse a desvelar trapos sucios.

Bienvenidas canongías

Del Estado debe conservarse tan solo lo que tiene de cariñoso por lo que siempre será bien recibido cuando reparta rentas, subvenciones y subsidios, fondos de la Europa poblada de herejes y otras bienvenidas canonjías. 

A este empeño patriótico dedican sus esfuerzos los gerifaltes de hogaño del territorio vasco, nostálgicos de las leyes y los fueros viejos en cuyas entrañas dormitan las inmaculadas esencias. Se trata de reanimarlas para contribuir al Progreso.

El Estado, no lo olvidemos, es el Leviatán, una bestia marina. Por eso, el Estado, desprovisto poco a poco de su territorio, quedará como un inofensivo producto de las supersticiones.

El Estado como muñón de un cuerpo que fue. El Estado como tocón del árbol que fue.

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Jardiel, suspendido

Ha saltado a la actualidad el nombre de Enrique Jardiel Poncela con motivo de la suspensión de una comedia representada en Madrid que lleva su apellido en el título. Es lástima que Jardiel sea noticia por eso y no por la obra seria y concienzuda que dejó para burlarse de todo lo que de pintado hay en la sociedad.

“Humor se escribe con r” escribí yo hace tiempo. Con “r” de rebelde porque, si algo es el humor, es rebeldía, iconoclastia, no dejar títere con cabeza, disparar contra todo lo que se mueve, no con una pistola sino con la pluma humeante. La pluma que va describiendo la silueta de tanto mentecato como hay suelto por el mundo, tan fichado como vacuo.

¿Qué diría hoy un personaje como Jardiel de lo que acontece en España? Reescibiría sus  títulos: “Pero ¿hubo alguna vez once mil progresistas?”; “La tournée de un presidente”; “Espérame en el Falcon”; “Los asesores somos gente honrada” “Madre, el esperpento padre”, “Vd tiene ojos de mujer transversal” , “Escríbeme la tesis, vida mía”… y así seguido.

Jardiel tenía unos ojitos pequeñitos porque no quería ver lo que veía pero ¡vaya que si lo veía! Gastaba un bigote de la época y todo él, pese a ser bajito, proyectaba una sombra de gigante, de gigante pedagógico.

Lo cierto es que ahora han suspendido una obra con su apellido. Me explica alguien enterado:

– Es que su autor ha sido denunciado por unas mujeres y el fiscal ha presentado una querella.

A mí me parece muy mal que un señor, por mucho que escriba teatro y que sea pariente de Jardiel, como es el caso, se dedique a interferir en la vida ajena cuando la titular de la vida ajena no lo consiente. Así que adelante con la acción del fiscal y que el juez en un futuro (que será de una lejanía bíblica) acredite la veracidad de las afirmaciones de los implicados, acusadoras y acusado.

Dicho esto, le pregunto a mi enterado informante:

– Pero ¿la obra es buena o no?

– Es que si su autor ha cometido un delito ya no se puede representar.

Le explico que este conflicto lo tiene resuelto la Santa Madre Iglesia desde hace siglos cuando distinguió entre el sacramento y quien lo administra. Esto lo decían en latín pero aquí vale el romance castizo. 

Estamos ante el descubrimiento de la transmisión de la gracia por la Iglesia en cuanto institución.

Con este salto discursivo se concluye que es el teatro, la obra, sus actores y actrices (la Iglesia) quienes imparten la gracia (el disfrute de la obra) sin importar si el autor está o no  en pecado.

Mi informante no parece muy convencido pero, al despedirnos, le digo:

– En las muertas disputas teológicas encontramos pepitas de oro para descifrar la vida y sus enigmas. 

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Confederal y federal

I

Prolifera en estos días de campañas electorales la aparición del debate sobre lo confederal y lo federal. En este periódico son frecuentes las referencias (en artículos de Leyre Iglesias, Joaquín Manso, Rafa Latorre, en la entrevista a Juan Luis Cebrián de Maite Rico, etc). La tesis general es que, a base de coleccionar disparates en las relaciones entre el gobierno de España y las Comunidades Autónomas del País Vasco y Cataluña, todo parece indicar que hoy somos más confederales que ayer pero menos que mañana. Estamos así en vísperas de estrenar una España multinivel en la que seremos más felices, progresistas y transversales.

Es más: tendríamos el privilegio de dar una lección al mundo que ha caminado por derroteros muy distintos, puede decirse que justo los contrarios. Porque los tales elementos confederales son un retroceso en la historia y tendría gracia que los asumiéramos nosotros – con un Estado formado hace siglos- cuando los norteamericanos, en su hora fundacional, a finales del siglo XVIII, los descartaron expresamente. Ahí están como testimonio imperecedero los “papeles federalistas” de Hamilton, Madison y Hay. Como la preocupación máxima de estos próceres era crear, en el marco de una democracia y de un sistema respetuoso de la división de poderes, un gobierno activo y fuerte que no quedara a merced de los intereses “egoístas” de los Estados miembros, razonaron la necesidad de dotar a la república de los mejores y más engrasados mecanismos federales, con predominio inequívoco del todo sobre las partes. ¿Pretendemos dar lecciones jurídico-constitucionales a este país?

¿O a Alemania? Para que se perciba su dispersión política sepamos que a la Federación del Rín, a principios del siglo XIX, pertenecían treinta y nueve Estados. Cuando Bismarck, en 1871, consiguió aprobar la Constitución del Imperio, los Estados eran veinticinco más Alsacia-Lorena que se incoporó como “territorio imperial”. En Weimar (1919) los “Estados” desaparecen y aparecen los “Länder” cuyo número se iría reduciendo sobre todo a partir de 1920 cuando se fusionaron siete pequeños Estados para formar el actual Land de Turingia. Siempre avanzando en el sentido de una reducción de los poderes territoriales.

Detrás de estos avatares históricos están los esfuerzos de muchos dirigentes políticos para formar un Estado que lograra abatir el cúmulo de pequeñas cortes, de minúsculos príncipes, de anquilosadas burocracias que no hubieran podido desarrollar la musculatura adecuada que la burguesía exigía para tomar el mando de una sociedad que estallaba por todas partes y que aún habría de estallar más cuando la industrialización administrara, ya con maneras decididas, su sacramento renovador e irresistible.

Hoy, la República Federal de Alemania, nacida en 1949, cuenta con dieciséis Länder para una población superior a los ochenta y tres millones. España dispone de diecisiete Comunidades autónomas más Ceuta y Melilla con una población de cuarenta y ocho millones. En Alemania se ha ajustado varias veces el texto constitucional – dos en este mismo siglo- para lograr que todas las piezas actúen armónicamente bajo la dirección de la Federación (el Bund) y produzcan el milagro – infrecuente en Europa- de un país donde no existen movimientos separatistas preocupantes.

De manera que la marcha triunfal hacia la España confederal es un dislate de apreciable envergadura por lo que produce un cierto desarreglo interior tener que explicar lo archisabido. La causa no hay que buscarla en la existencia de partidos nacionalistas / separatistas que van a lo suyo, para eso están concebidos, sino a la existencia de un PSOE que ha acudido a ellos para ejercer el poder a pesar de haber perdido las elecciones, y cuya dirección está poblada por un crecido número de imprudentes y temerarios, imprudencia y temeridad que además vienen bien batidas con la salsa pegajosa de una ignorancia espesa y desafiante que no soporta las enseñanzas de la historia ni la lectura de libros.

II

Paralelamente a esta alerta del peligro confederal en las plumas periodísticas citadas, se ha producido, también en este periódico, una apreciable propuesta firmada por Manuel Arias Maldonado. Sostiene este autor, si no le he interpretado mal, que la derecha española debe perder el miedo a las palabras y aceptar el modelo federal porque es el que, a la vista de lo desvencijado del patio nacional, mejor podría aliviar nuestras desventuras territoriales.

Comparto esta opinión, entre otras razones, porque vengo explicando el modelo federal alemán desde hace años, en varios libros y decenas de artículos aparecidos precisamente como Tribunas de El Mundo (“Estudio introductorio” a “La trampa del consenso” de Thomas Darnstädt, 2005; “El Estado fragmentado” con Igor Sosa, 2006, etc).

Mi objetivo ha sido siempre conseguir “que alguien picara” y se acabara enterando de las bondades de un sistema que ofrece los ingredientes apropiados para que un artefacto altamente descentralizado funcione expulsando de su seno los desvaríos y acogiendo la reflexión y las prácticas juiciosas. Todo ello admitiendo sus muchos defectos, que son bien visibles y de los que también me he ocupado (así en mi artículo “Repaso al federalismo alemán”, diciembre de 2020).

Ahora bien, para que la derecha pueda aventar lo que de inquietante tenga la palabra “federal”, es indispensable que sepa explicar en qué consistiría ese modelo acomodado a las singularidades españolas y a nuestro modelo constitucional. El trabajo no es difícil porque el Estado de la autonomías ya ha incorporado muchos de sus elementos y además los líderes políticos tienen la ventaja – el privilegio- del altavoz. Como este hallazgo técnico facilita la transmisión del pensamiento, se trataría de utilizarlo, en lugar de para difundir la palabrería, manoseada y gárrula, de los mítines de fin de semana, para explicar a un auditorio de personas adultas nociones elementales que aclaren, por ejemplo, cómo no se va a ninguna parte con el independentismo y el derecho a decidir, con la soberanía fiscal, con el entendimiento bilateral entre el Estado y una Comunidad autónoma privilegiada, con las mesas paralelas al parlamento, con los mediadores internacionales y todas las demás tumefacciones surgidas al calor de los pactos del actual Gobierno.

Se aprovecharía para explicar que, por más competencias excluyentes que existan, todas han de ser ejercidas en interés de la totalidad del Estado para “la creación de condiciones de vida equivalentes en el territorio federal o el mantenimiento de la unidad jurídica o económica” (expresiones que utiliza el artículo 72 de la Ley Fundamental de Bonn).

Y que, de igual forma, debe existir la adecuada compensación entre los territorios sin que ninguno pueda liberarse de su obligación de contribuir a que el conjunto funcione con mutua solidaridad. Una Comunidad Autónoma tampoco puede entenderse con el Estado como si fueran dos poderes iguales, mucho menos extorsionarle como es el caso a diario entre nosotros por parte de los altivos y deslenguados socios del gobierno. Y ello porque existen foros compartidos donde se abordan los problemas comunes sin que nadie pueda alzar la voz a nadie y mucho menos ausentarse de forma disciplicente y mal educada de las deliberaciones sobre asuntos que a todos conciernen.

Ahora bien, no nos hagamos ilusiones. ¿Es todo esto verosímil? Mucho me temo que, al haberse roto las costuras del sistema entero por los partidos separatistas, a veces con la complicidad del gobierno de España, va a ser muy difícil que el edificio constitucional se vea iluminado por la luz racionalizadora del principio de lealtad que es el llamado a marcar el territorio de las buenas maneras y los confines más allá de los cuales vive el desconcierto y cunde la tropelía.

¿Un futuro institucional sano? “Ibi semper est victoria ubi concordia est”, la victoria está siempre donde está la concordia. Y en la España del “muro” es la discordia la que alza su proclama destructora.

(Publicado en El Mundo el 18 de abril de 2024)

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Del conferenciante al badulaque

LINGUA PROGRESSIONIS HISPANIAE (12) – Los lectores de Ramón Gómez de la Serna sabemos que “la conferencia ha sido siempre el grito de hambre más digno que puede emitir el hombre”. Porque ha sido un género que permitía a quien lo practicaba exhibir un relato, aquilatar conceptos y afinar ideas. Y si encima el anfitrión le alargaba un cheque, miel sobre hojuelas.

Luego vino la “presentación” que pretende ser lo mismo pero con el añadido tergiversador de las diapositivas y el power point, que son como las chuletas que llevaban los malos estudiantes al examen. De ahí hemos pasado al “webseminario” donde ya todo es virtual, no hay toses ni bostezos visibles ni los aplausos, colofón de esa misa laica que era la antigua conferencia.

Hubo un tiempo, cuando ya la degradación se empezaba a hacer visible, en que me preguntaban, al invitarme a acudir a algún foro, si iba a usar transparencias. Debo confesar que me ofendía por entender que tales picardías no encajaban con mi avanzada edad.

De la conferencia nació la charla de la misma forma que de la mantequilla nació la margarina. En España hubo un charlista famoso, Federico García Sanchíz, que era valenciano y fue académico. Tenía un punto de pelmazo pero era inofensivo. Inventó un verbo, hoy vitando, a saber, “españolear” que hoy sería “catalanear” o “vasquear” porque el primero no es progresista ni transversal.

Tiempos pasados porque lo verdaderamente moderno en esta España embarazada de saberes vacuos es el “máster” (no por supuesto la “maestría”). En Couching, en Fundraising, en Ranking, en Marketing … Hay un máster para conseguir el título de “influencer” con lo que ya queda poco por añadir. En vez del “maestro” tenemos al “profesor de máster”.

En estos momentos se puede afirmar que no hay un solo español o española que no imparta clases en un máster. O, lo que es peor, que lo dirija, los más afortunados / as en el envoltorio de una cátedra. El tiempo de las cátedras de derecho civil o de patología quirúrgica se apaga, sustituido por el dedicado al Desarrollo social competitivo, plural y banal, sobre todo banal, cuanto más banal, mejor, pues es el que proporciona afiladas armas con las que explicar la estrategia social proactiva y sobre todo la evolución del impacto real trascendente.

De la misma forma, no hay español que no sea alumno de un máster. De manera que la summa divisio que hoy existe entre los españoles es la de ser profesor o alumno de máster. Es cuestión tan solo de edad porque todo alumno de máster será profesor de máster y, si tiene suerte en esa pista de circo descolorido que es la vida, dirigirá o codirigirá un máster. Lo cierto es que hemos avanzado porque esta distinción es menos lacerante que la de rojos y azules.

Si se sigue con disciplina un máster se aprende a saber estar en el cuadro de mandos manejando las métricas y ejercitándose en el emprendimiento o en el “interemprendimiento” que es modalidad más sutil.

Se impone también lo “no greenwashing” como medio para conformar una plataforma público-privada, a su vez indispensable instrumento de la cogobernanza multinivel.

Como se ve, de los viejos conferenciantes con la chaqueta llena de caspa se ha pasado a los / las badulaques con empatía, mechas de colores y zapatos deportivos.

Algunos aguafiestas les llaman feriantes con puestos de buñuelos de viento.

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El buzón de los glúteos

Estamos en permanente alarma porque tal partido o tal político “ha pasado todas las líneas rojas”. Son expresiones que circulan, hacen costra en los periódicos y ya no hay forma de despegarlas del cuerpo de la conversación.

Fijándonos en esas líneas rojas de la política no nos hemos percatado de cómo, en los últimos tiempos, hemos atravesado otra frontera, la de la ostentación de ese buzón que se aloja entre los glúteos y que recibe el nombre de culo. También llamado traspontín o tafanario. O bullarengue que es palabra que sale mucho en las novelas sicalípticas de los años veinte del pasado siglo.

El suceso ha tenido como escenario los pases de moda y las galas de las estrellas que avanzan sonrientes por las alfombras rojas entre fotógrafos y cámaras de televisión. Estábamos habituados a ver sus pechos redondos que imaginábamos, en nuestra depravación, duros, altivos y aromáticos como frutas en sazón.

Pero más raro era verlas con la parte trasera en actitud expedita como anunciando la batalla definitiva de las asentaderas. Y, sin embargo, estas mujeres, mimadas por la fama y estandartes de la carnalidad exuberante, han empezado a nalguear.

Que es como decir que están nublando los sentidos de los parroquianos, haciéndoles perder sus composturas y desencuadernando sus hechuras. La sensatez entonces se desmorona, la apacibilidad se altera y el respeto descarrila originando mudanzas en el carácter que pueden llevar a patologías psiquiátricas.

Y en esas estamos por lo que se aconseja a las personas impresionables y que padezcan arrebatos descartar de sus pasatiempos la presencia en galas porque el culo, ese nuevo espacio entregado a la contemplación lúbrica, enloquece, seduce, engaña e ilusiona.

El culo, contemplado con ardor, desatada la parsimonia y arruinado el sosiego, dispara las esperanzas que, si no se ven cumplidas, conducen a la excentricidad.

Por ejemplo, hay quien se entrega a leer el Boletín Oficial del Estado anotando los concursos de contratos de suministros o lo vemos aprendiendo de memoria los nombres de los directivos de los clubes de fútbol.

Pero hay también quien abraza la poesía y enlaza cuartetos dedicados al vaivén de los glúteos, a sus pormenores, a su plástica y a su música.

Y es que el hombre de espíritu ardiente y, por tanto, “culófilo” es una víctima dócil de la formas más desatadas e indisciplinadas de la poesía y por tanto es fácil que acabe cantando los misterios, las confidencias, las soledades o los desdenes que se experimentan cuando la vida se consagra al trasero.

De ahí el riesgo que corremos, de ahí la necesidad de estar alerta ante las trampas que nos tiende el bamboleo carnoso de las actrices. 

El culo pocas veces frena las metáforas, lo normal es que las acelere.

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Lingua progressionis Hispaniae (11)

El eurocentrismo es palabra que se ha convertido en un improperio. Los españoles tenemos fama de usar insultos gruesos si los comparamos con los usados en otros países. Entre los alemanes, por ejemplo, decir “chúpame el culo” es el colmo de la inverecundia y, entre nosotros, casi parece un arrumaco.

Quizás el hecho de ser conscientes de nuestra desmesura, es lo que nos está llevando a dulcificar el lenguaje y sobre todo a mitigar la malsonancia. Es por eso que hoy, entre quienes componen el público progre, transversal y empoderado se dicen unos a otros:

– ¡Eurocéntrico, que eres un eurocéntrico!

Con lo que se le quiere calificar como “colonialista” y “extractivista”, descalificaciones más pensadas para embestir que para comunicarse decentemente.

Por eso, quien no desea ser tildado con estas groserías modernas evita acudir al Museo del Prado porque ha sido elevado a la categoría de “catedral del eurocentrismo” con sus cuadros de Velázquez, de Goya, de Rubens, todos ellos símbolos de la “blanquitud”, otro insulto que nos suelen lanzar los indigenistas y los racializados.

Allá ellos con sus penas que bastante desgracia tuvieron con nacer en Francia ¿hay algún país más colonialista y extirpador de identidades?, y no en las entrañas de las dunas saharianas

¡Pobres de nosotros que ni somos agentes migrantes ni nos embelesamos ante un botijo hecho con un barro único de un zoco de Mauritania!

Grave riesgo corre quien acude a un templo catedralicio, pongamos el de León, porque hay en él ponzoña de la peor especie, ponzoña de la masculinidad clerical y antifeminista, al ser todo él un espacio supremacista y sin identidades no binarias.

Se verá que lo negro se convierte, en este contexto, en lo guay, en el color de la apoteosis de la diversidad cultural, de la audacia creativa, esa que arde y se consume en jugos estéticos.

Todo esto me parece bien, preciso es respetar a los habitantes del planeta y si Manet o Monet fueron hombres y blancos, allá ellos con sus penas que bastante desgracia tuvieron con nacer en Francia ¿hay algún país más colonialista y extirpador de identidades?, y no en las entrañas de las dunas saharianas.

Lo raro, empero, es que conviva esta moda con la otra tan extendida del “blanqueamiento”.

Antes, el blanqueo solo se aplicaba a las paredes y todos quedábamos – y quedamos- maravillados al viajar por Andalucía que es región donde restallan los blancos de sus casas haciéndolas vivas y plenas, con esos patios que son como el pie que el Cielo pone en la Tierra. De estos hábitos del blanqueamiento surgen ciudades lozanas, convincentes y ventiladas.

Por contra, en nuestros días, el blanqueo es del dinero que sirve, como dice la RAE, para “ajustar a legalidad fiscal el dinero negro”.

Es decir, el dinero que proviene del trapicheo de las mascarillas, del trasiego aeroportuario de maletas, de los rescates de empresas …

Esta interminable estafa que, como diría Quevedo, hace que toda España esté “en un tris y a pique de dar un tras”, es la que recibe el púdico nombre de “blanqueo” para no llamarlo trapaza, mohatra o artimaña que son palabras rotundas.

De manera que en la cultura, lo negro; en la pasta, lo blanco. Colores expresivamente matrimoniados.

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Asaltar los cielos

Teníamos derecho a saberlo desde el principio. Me refiero a ese político que hace unos años, saliendo de una jaima instalada en la Puerta del Sol, y desperezándose por mor de la mala noche pasada sobre un jergón, nos anunció que era su intención “asaltar los cielos”.

Confieso que a mí me corrió un frío por el espinazo que aún lo siento como si fuera ayer. Primero, la idea de asaltar que me remitía a la oficina bancaria donde tenía mis ahorros. Después, la referencia a los cielos, un paraje remoto donde se asientan las glorias llamadas celestiales, donde hay coros de arcángeles, potestades, querubines, qué sé yo … en cualquier caso, espíritus puros, pacíficos, dedicados a organizar tertulias aburridas, sí, pero inocentes, dirigidas por un arzobispo o, a falta de esta dignidad, por un obispo in partibus infidelium.

La pregunta se hacía así más y más amenazadora. ¿para qué quería ese sujeto mal afeitado, oliendo a noche, asaltar los cielos? ¿estaría chiflado? ¿sería un orate abarrotado de intrépidos desatinos? 

Porque, en mis ignorancias, hasta ese momento, yo creía que el político era un señor (luego también señora) que pretendía arreglar la carretera de su pueblo, o poner una piscina donde enseñar abundancias en el verano propicio o, si ya aspiraba a empeños más selectos, a inaugurar una Facultad de Veterinaria.

Lo de “asaltar los cielos” solo me calmaba por lo que tenía de conceptual e inconcreto.

Y, en efecto, ese político llegó al poder y vimos que lo de “asaltar los cielos” no debía alterar a nadie porque se trataba de algo inmaterial, un buñuelo relleno de aire. Y nada agradecemos más los ciudadanos que el político no precise y lo deje todo abandonado a las muecas, a signos equívocos y otras distracciones, aventadas en cada estación por otras urgencias. Así, a nadie hacen daño.

Un día nos enteramos de que ese hombre, cuyo punto de mira eran los cielos, abandonaba la política, no sin advertirnos un descubrimiento: “ascender hasta el gobierno no quiere decir disponer del poder”.

Esta frustrante constatación le llevó, derramando alguna lagrimita, a volver a la vida privada para colmar sus aspiraciones. 

Ya instalado en ella, acabamos de conocer cuál era el norte, la guía de su acción liberadora de la humanidad doliente, a la que había dado vueltas en aquella jaima de la Puerta del Sol, sin llegar a delimitarla.

Ya había dado con el busilis, con el meollo, el intríngulis: su sueño era abrir un bar.

¡Acabáramos, luz de las quimeras progresistas! Por un momento nos habías llenado de preocupaciones e incógnitas. Quiá …, lo que tenía en la mente este botarate era abrir un bar para alojar al parroquiano deseoso de rellenar con conocimiento de causa una quiniela, o jugar en la maquinita, o ver los cuartos de final de la contrachampion, o simplemente desaguar recio en el mingitorio …

Total, un fraude, tranquilizador pero fraude: ¡si al menos hubiera querido abrir un café, por ejemplo, el de Pombo para alojar en él a Ramón Gómez de la Serna y a sus suicidas de la noche! 

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Lingua progressionis Hispaniae (10)

Hoy, la palabra de la Lingua progressionis Hispaniae es «abalorio«, objeto de poco valor. Un sinónimo de bisutería, de lentejuelas, de oropel, de perifollos.

Algunas personas vienen al mundo con su personalidad estampada en el nombre familiar. Las tales, al advertir la trampa que les ha tendido el destino, pueden intentar escapar pero, en cuanto advierten que es imposible, que luchar contra él es majar en hierro frío, lo que hacen es desentenderse de tamaña aventura hercúlea y acomodarse al destino de su nombre.

Surge entonces el personaje de quincalla, de chatarra, la bagatela intelectual, el hondón moral. Dispuesto, eso sí, a no pasar desapercibido, empeño que exige emplearse a fondo en la marrullería, la trampa, la treta artificiosa, el ardid malévolo, la picardía envenenada, la martingala tersa y practicada sin abanicarse.

De niño, todo ello se expresa de manera cándida pero, no bien pasan unos pocos años, las trazas de su carácter impregnado de abalorios se hacen más complejas ganando en doblez, en arrugas de truhanería, en fingimiento y en una golfería que se adereza, se estiliza y se alarga con una mirada de pájaro carroñero.

Desde esa maduración de carácter y esa sublimación de la pequeñez envuelta en fanfarronería, es preciso entablar la batalla de su vida que es la batalla contra la sinceridad, contra la franqueza y contra la limpieza.

Ya tenemos a nuestro personaje emperifollado, entrando en combate, dueño del embrujo que más le gusta, en el que mejor se solaza, el del embrollo y la emboscada; desde ahí, desde ese promontorio, el asalto a la cuenta corriente del prójimo tontorrón y aturdido por el brillo de los abalorios es coser y cantar.

Colocado en esa posición de ventaja, disparar fuego graneado contra la decencia es cuestión de ir puliendo, limando, seleccionando bien los objetivos y no perder el tiempo con blandenguerias, directos al fajo de billetes, al dinero negro y a la cuenta en Suiza.

Y, desde estos barrizales, a la marisquería, al centollo bien relleno, a la langosta sufrida en sus articulaciones pero sabrosa, a los percebes, gordos como los dedos de un vigoroso camionero, a la sutil angula …

Y al burdel, con sus putas, que son esas mujeres sentimentales, cotidianas, usadas y mayormente enfermas.

Porque nuestro personaje, envuelto en sus abalorios, ha descubierto que el dinero negro es el más blanco e inmaculado de todos pues que lleva a los parajes de los placeres con mujeres descotadas.

¡Y pensar que, encima, hay quienes llaman a este personaje cínico o corrupto!

Es no entender nada de la vida y quererla convertir en una hermética casa de monjas, en un cenobio puritano, lánguido y monótono.

El golfo, el de los abalorios, es el tensiómetro que nos mide la tensión canalla de un país.

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