Muñecos

Es probable que el lector ignore qué es un «dummy» pero para eso está mi columna, para explicar las cosas más difíciles y enrevesadas. Un «dummy» es el protagonista de una prueba de choque, un individuo semejante a un humano a quienes sustituyen en los accidentes simulados a bordo de los vehículos que van a sufrir un gran impacto. El «dummy» permite evaluar limpiamente los daños que se sufren en la colisión.

Inicialmente los fabricantes de coches no pensaron en los «dummys» para hacer estos experimentos sino en algún familiar especialmente querido o en algún vecino de propiedad horizontal o vertical. Es más, se llegó a utilizar hace años a un cuñado auténtico en una de estas pruebas pero cuando éste advirtió en qué estado salió de ella (un asquito de heridas como cuevas y de chichones como huevos de pascua) hizo sonar la alarma entre todos los cuñados del mundo y se juramentaron para no permitir jamás que se les utilizaran en tales trances. De ahí viene la famosa proclama revolucionaria «cuñados de todo el mundo, uníos».

Surge entonces el «dummy» como respuesta a la terca obstinación de estos parientes y con él la figura simulada, apócrifa, putativa (con perdón) de los muñecos para coches. Nadie sabe qué pasa si se encariña uno con ellos y al final se tienen los mismos escrúpulos con el «dummy» que con un hijo porque puede ocurrir que, creado el «dummy», se le tome ley y cueste entonces un triunfo meterle en un coche con el exclusivo designio de lanzarlo contra una pared de cemento para que se rompa la crisma y se haga añicos las cervicales. Consta que los artistas falleros valencianos lloran lágrimas de fuego cuando ven arder los «ninots» que sus manos han creado en la noche de la «cremá».

-Oiga usted no compare a un «dummy» con un «ninot» – me dice la conciencia que llevo siempre como una piedra nefrítica y que me corrige.

Es cierto y no puedo sino darle la razón. Porque entre un «dummy» y un «ninot» existe una gran distancia, la misma que media entre un tío cachondo y divertido y un pelmazo de los que empuñan cartera de cuero y móvil. Tienen en común el hecho de que a ambos se les envía al sacrificio, el accidente o la hoguera, pero, así como en el caso del «dummy», su descalabro es tonto y soso como tonto es todo accidente (en casi todos los accidentes de automóvil interviene un imbécil), el «ninot» tiene un final fastuoso, crepitante, entre llamas que le prestan su gran calor de humanidad y de arte. El «ninot» además se puede salvar si es especialmente apuesto y sus decires chistosos, en cierta manera como el toro que vuelve a la dehesa a montar vacas y pasarlo pipa si en el ruedo cumple con excelencia. El «dummy» no, el «dummy» es cordero de matadero, pollo de granja, soldado de una guerra absurda. De ahí que no se conozcan entre sí y es mejor que así sea porque entre ambos surgiría una envidia profunda y muñequicida.

Nadie ha logrado explicar hasta ahora de una forma satisfactoria la causa en virtud de la cual las muñecas eran juego de niñas. Sabemos que si un niño se aventuraba con ellas sentaba plaza inmediata de sodomita siendo esta extraña singularidad educativa la causa de que tantos hombres acudan en su madurez a las muñecas hinchables para desahogarse sentimentalmente. Se trata de la respuesta lógica a una prohibición ayuna de sentido. Ramón Gómez de la Serna, gran escritor y por eso muy infantil, alternaba los brazos de Colombine, su madre, con los de la muñeca, su hija. Ahora, al parecer, las venden con termostato y así se puede regular la temperatura de su cariño y de sus efusiones.

Hay que reivindicar la humanidad de los muñecos y abogar por la muñequidad de los humanos. Todos deberíamos tener un «dummy» que fuera nuestro representante, nuestro doble (los artistas de cine lo tienen y les evitan las mayores molestias) y confiarle las situaciones más enfadosas. Estoy seguro de que si todos dispusiéramos de un «dummy» en estas condiciones que defiendo, a las bodas, por ejemplo, uno de los acontecimientos sociales más tediosos que existen, no irían más que «dummys», todos los invitados serían «dummys» y hasta los novios podrían ser «dummys» de novios. El cura sería otro «dummy» y así el verdadero cura podría estar en casa con la manta eléctrica en los riñones leyendo aventuras marineras que es lo que en rigor nos gusta a todos, curas y seglares.

A la oficina, el «dummy». A las visitas de cumplido, el «dummy». A la mesa petitoria, el «dummy». Y así sucesivamente. De esta suerte nosotros, los verdaderos, quedaríamos para coger conchas en la playa, tomar gambas con cerveza, disfrutar de los atardeceres nimbados y, ya puestos, desparramar la vista sobre tantas cosas bellas como hay en el mundo.

El «dummy»: nuestro redentor.

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Arte limpio

En París, en el museo de Orsay, están cambiando los títulos de las pinturas cuando afectan a esa corrección que todo papanatas honrado debe observar: así, no se puede hablar de “negra” aunque quien sale en el cuadro sea una señora con ese magnífico color de piel en todo su cuerpo glorioso ya que se está reviviendo un pasado, el colonial, que es preciso enterrar, declararlo como no puesto en el lienzo de la Historia.

Ya veremos qué pasa con los moros de Fortuny, los sátiros, las mujeres desnudas o haciendo vainica y no digamos con los toros de Goya, Manet, Picasso, Gutiérrez Solana, Vázquez Díaz, Zuloaga, Darío de Regoyos y tantos otros … Por si se olvida hay toda una tradición en la cerámica, procedente de la Grecia clásica, que incorpora figuras negras a los vasos, ánforas y demás. También estas piezas antiguas están necesitando una limpieza y una acomodación urgente a los dictados de esas gentes cuyos cerebros se hallan en un punto cercano a la textura del fiambre.

Es decir que los puristas perseguidores de todo lo que se mueva en el mundo de la creación y no se ajuste a su entendimiento tienen trabajo por delante.

Pues cuando se acabe con la pintura se debe empezar con la literatura, un espacio donde anidan las peores herejías ya que son legión los seres con la mente corcovada que han empuñado la pluma.

Por de pronto, los pacifistas han de ir borrando las referencias a la guerra desde la de Troya a las Galias, las Cruzadas o Walter Scott … librándose unicamente la obra de Tolstoi porque el viejo astuto, previendo lo que podía pasar, incluyó la palabra “paz” y eso le salva. 

¿Cómo habíamos estado tanto tiempo con legañas en los ojos o con las pasiones atolondradas para no percibir tanta pestilencia en el mundo de barbarie que se conoce insolentemente como el de la cultura?

Todo lo que hay de violencia en los libros debe ser erradicado para que pueda ondear, al soplo del amor y las flores, la bandera pacífica en el pórtico de la historia de la poesía, de la escultura, de la música …

¡Ah, la música! ¿Cuánto tiempo nos queda para poder seguir viendo el “Cosí fan tutte” mozartiano? Una obra donde a lo largo de casi tres horas no se dicen más que barbaridades sobre los comportamientos femeninos. Pues ¿qué decir del aria que se canta en “Las bodas de Fígaro” del mismo autor vienés en el que se moteja a las mujeres como caprichosas, frívolas, superficiales … ¿Y de la “donna é movile” del “Rigoletto” o el “Elisir …” de Donizetti donde se asegura que la “mujer es un animal verdaderamente extravagante”?

Y así podríamos seguir hasta conocer las mayores destemplanzas. 

Propongo que, junto a las cátedras de historia del arte o de literatura, concebidas al modo tradicional, existan otras donde se proceda a la limpieza de toda sustancia contaminante que pueda afectar a los relatos de los nuevos evangelistas (pacifismo, feminismo, ecologismo etc). Y así, de la misma manera que se enseña la teología católica con otras que predican el credo protestante u otros más peregrinos aun si cabe, deben convivir las enseñanzas impregnadas de belicismo o machismo con aquellas que han abrazado la causa de la limpieza y la decencia, aquellas donde brotan torrentes de dignidad hacia los seres humanos y donde se aspiran hervores compasivos y decorosos. Todo para evitar las prácticas nazis consistentes en dejar extramuros del mundo a todo el arte calificado como “degenerado” y llevar a sus cultivadores a vivir una vida al aire libre de los campos.  

Nos espera al fin un mundo almibarado, aromado con los más logrados inciensos, epicentro de las virtudes, alhajado con esa verdad que, galante y coqueta, merecemos el castigo de encontrar.

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¿Cuatro gilipollas?

Viene – nos cuentan- el no va más de la revolución tecnológica que nos colocará en un paraíso de comunicación y sobre todo de rapidez: el 5G. 

Cuando se acerca ese momento, hacen los expertos resumen de las aportaciones de su padre, el 4G, que pronto será una antigualla abominable. Y por ahí nos enteramos de que, junto a avances provechosos en la ciencia y en la técnica, el 4G ha servido para renovar un hallazgo de la civilización al que acaso no hemos dado el suficiente relieve. En efecto, perdidos en el mar de acontecimientos mundiales hemos dejado en la penumbra lo que quizás sea la gran aportación a la humanidad de los últimos años, a saber, el botellón.

Hubo un tiempo brumoso y menesteroso en que botellón era el aumentativo de botella. ¡Qué triste destino! ¡Un simple aumentativo, un apocado sufijo de entre los que tanto abundan en la gramática! Preciso era rescatar a la palabra de ese mustio sino y por ello se inventó el moderno significado del botellón: reunión ruidosa y nocturna de jóvenes en la que se consumen en abundancia bebidas alcohólicas. Así, más o menos, la sabia descripción de la Academia.

Una fiesta en suma. Una fiesta estupenda, en la que jóvenes – estudiantes de secundaria o universitarios- dan rienda suelta a su vitalidad, a su energía, a su capacidad creadora. Un regocijo, una expansión culminada con un broche estético muy logrado: el de dejar esparcidos por el suelo centenares de botellas, de envases, de restos de bocadillos de sobrasada, de condones, en fin de las cenizas inertes del tumulto jocundo, de las huellas de ese culto nocherniego que se ha rendido a la frescura jovial, al ajetreo de la zambra.

Restos que limpian al día siguiente patrullas de jóvenes, no de los mismos jóvenes, sino de otros venidos de Colombia o de las tierras africanas que necesitan recoger babas ajenas y festines marchitos para poder comer ¡qué vulgaridad! 

Como siempre hay aguafiestas, en los Ayuntamientos se vienen registrando protestas de vecinos que no pueden dormir, de enfermos y ancianos que sufren con el ruido. ¡Paparruchas! Son espectros del pasado, fantasmas petrificados y obstinados en negarse a aceptar el sonido de la pujanza de las generaciones que están abriendo con brío las puertas que dan al futuro.

Así se hallaba el botellón cuando vino el 4G. Ese es el momento en el que se crea otro de renovadas trazas pues que sirve para reunirse a hacer selfies (lo que antes los pobres y los funcionarios de provincias llamábamos fotos), subirlas a Instagram, escuchar reguetón y lucir estilismos. También ha sido revolucionario en actividades como buscar y comprar ropa usada – sudaderas o camisetas- o ver videos. ¿Nos damos cuenta del aburrimiento que se hubiera apoderado de la sociedad sin estas novedades?

Y lo más original: ha nacido el swagger. ¿Quién es este sujeto / a? Pues muy sencillo: el miembro / a de una tribu urbana que vigila las marcas de moda, descendientes de aquellas grandes lumbreras del pasado que fueron los punks o los heavies. A los swaggers se les reconoce porque visten camiseta de anchos vuelos, pantalón de los llamados “pitillo”, gorra y zapatillas de la marca Nike. Llevan gafas de sol siempre que sea de noche. Tienen el poder de destruir o de encumbrar a un fabricante o a un modisto como en un acto de nigromancia de manera que pocas bromas con sus juicios lapidarios. Y es que el destino o lo que sea les ha atribuido este alto cometido que cumplen con un punto de ascética disciplina en sus reuniones a las puertas de las tiendas Apple o en otros lugares escogidos. Es el moderno botellón que renace cuando el tradicional daba muestras de un claro decaimiento.

Estos son los fragmentos del futuro que estoy poniendo ante los ojos de aquellos que aún los ignoran desvelándolos con esta caligrafía,  gastada sí pero siempre alerta, que es propia de mis soserías.

La laboriosidad de estos botelloneros y estos swaggers, el hecho de no tener tiempo más que para las zapatillas, los selfies, las sudaderas y el Instagram es lo que ha podido ¡por fin! arrinconar libros como los escritos por Julio Verne o Mark Twain o Alicia o el Lazarillo o Tom Sawyer. 

Merecido lo tenían por pelmazos, lo único lamentable es que hayan tardado tanto. Han caído como un tambaleante castillo de naipes al soplo del 4G y del 5G.

Y encima algún pedante se ha permitido hacer la bromita de llamarlos los cuatro o los cinco … gilipollas.

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Ciudadanos en su laberinto

I. La polémica está teniendo hechuras de incendio porque es el caso que en Cs se hallan en plena pugna dos posiciones con alarmas de refriega pues ya se ha empezado a señalar -notable imprudencia- la puerta de salida a los discrepantes. Yo viví en UPyD una situación conflictiva cuando se me ocurrió proponer a la dirección que iniciara conversaciones con Cs para ver de presentar a los españoles una oferta unitaria. Me llovieron cascotes en forma de insultos para llegar a un final que es probablemente conocido por el lector. Agua pasada, nieve de ayer como dicen los alemanes.

Ahora, entre gentes de buena crianza, deben los comportamientos ser distintos por lo que se impone acercar esas posturas. A mi juicio es lógico que Albert Rivera desconfíe de Sánchez porque es el presidente un político hábil en el manejo de fraudes y en el empleo de armas aventajadas y dañosas. Únase a ello su propensión, que comparte con una amplia representación del socialismo español, a la coyunda con los nacionalismos de suerte que puede afirmarse que allí donde Sánchez ve una barretina o una boina se acerca en ademán obsequioso para acabar cayendo rendido ante sus portadores como los actores de alguna obra lacrimógena de teatro o los protagonistas de las novelas sicalípticas de Felipe Trigo. De manera que la cautela debe extremarse en esos tratos y ahí Albert Rivera está asistido por la razón.

Al mismo tiempo, los discrepantes defienden la necesidad de presentar a Sánchez unas condiciones concretas que fueran el germen de un programa de gobierno. Es evidente que este paso debió haberlo dado Sánchez hace tiempo. No lo ha hecho limitándose a pedir la abstención como el menesteroso pide la limosna sin ofrecer a cambio más que la mirada complaciente del Cielo. Pero Sánchez puede ofrecer mucho siempre que lo haga de forma precisa y no amparado en esa palabrería -apta para consumo de beocios- del «progreso» o de la «izquierda». Verbigracia, una actitud clara frente a los golpistas catalanes, la forma de contener la deuda española, la reforma tributaria no confiscatoria, la enseñanza, las pensiones, la defensa de la lengua española… y un largo rosario de cuestiones del más subido interés para todos nosotros. ¿No lo ha hecho porque carece de las convicciones para trabar un discurso que vaya más allá de la farfulla? No lo creo pero verdad es que Cs, invitado a abstenerse, carece de señales con las que orientarse que hayan sido emitidas por quien ostenta autoridad para ello.

Pues bien, ante esta situación ¿qué impide a Albert Rivera ser él quien tome la iniciativa política, por ejemplo, rescatando de la gaveta en que se halle dormido el acuerdo que trabó precisamente con Sánchez y precisamente para formar un Gobierno que Podemos impidió? Yo creo que nada y Rivera abriría así una contienda política de altura, un debate creativo a los que, a buen seguro, prestarían atención muchos españoles.

Si Sánchez rechaza tal oferta, entonces la posición de Rivera, consistente en negarse a cualquier colaboración, estaría ya sólidamente justificada.

Creo por ello que la postura oficial de Cs y la del núcleo de discrepantes -esos a quienes se ha invitado, repito, a marcharse- podrían ensamblarse porque el programa ofrecido por Rivera iría precedido de una pormenorizada exposición de las cautelas que exigen el trato con un gobernante español que acaba de pactar con los amigos de los terroristas de Bildu en Navarra. En este sentido, la desconfianza de Rivera está plenamente justificada.

Por el contrario, lo que en modo alguno estaría justificado sería que al final tuviéramos un Gobierno apoyado por separatistas, nacionalistas y otras ponzoñas de la causa antinacional porque Cs no se hubiera movido en el sentido que se está proponiendo y que yo lo hago con la humildad propia del jubilado de provincias que soy. Pues es bien cierto que el colofón amargo y embarazado de adversos presagios para España que sería otro Gobierno de Sánchez con los peores de la clase no lo olvidarían los votantes de Cs, entre quienes me encuentro.

II. Ya puestos a reflexionar sobre esta grave coyuntura se me ocurre la siguiente ingenuidad: se haga lo que se haga, quienes van a hacerlo son los diputados y diputadas de Cs que se sientan en el hemiciclo. La pregunta es ¿a estos señores y señoras alguien les ha preguntado algo? Puede ser que sí pero de lo único que oímos hablar es de las reuniones de la Ejecutiva en sus versiones ampliada o restringida.

No dudo de que a los miembros de esa Ejecutiva los han votado -en condiciones pulcras- unos cuantos miles de afiliados, pero es que a los 57 diputados los hemos votado cuatro millones largos de personas en un proceso transparente y libre.

¿Y no tienen nada que decir? ¿nada que aportar a la sapiencia de la Ejecutiva?

No está de más recordar que el desparpajo con el que actuaron los diputados franceses en 1789 rompiendo los cahiers que contenían sus mandatos parlamentarios y liberándose así de las órdenes que les habían impartido gremios, estamentos, ciudades, etc., inaugura el mandato no imperativo (hoy en el artículo 67.2 CE). ¿Es la Ejecutiva de Cs -o de cualquier otro partido- el gremio que impide la libertad representativa del diputado actual?

Se trata, lo sé bien, de una cuestión de fondo que afecta a las bases del sistema representativo. El protagonismo de los partidos, también proclamado por la Constitución (artículo 6 CE) ha suscitado el problema de la vigencia de este principio. Lógico si se tiene en cuenta que tales partidos propenden a extender su brazo hacia cualquier espacio en el que algo se mueva de manera que no es extraño que quieran someter a su disciplina a quienes les representan en las instituciones. El argumento se centra en un derecho electoral basado en la existencia de listas bloqueadas, circunstancia que lleva al partido a considerarse propietario del acta. El Tribunal Constitucional español ha desactivado desde hace decenios tal argumentación que, por cierto, no tiene en cuenta que a idéntica disciplina se intenta -y se consigue- someter al senador despreciando el dato de que ha sido elegido en listas abiertas y de forma nominal. Da igual: el partido político es dueño de la voluntad del diputado o del senador.

Esta situación ha llevado a algunos autores a considerar la prohibición del mandato imperativo como una antigualla. Se impone actuar con más cautela y echar mano de la doctrina que nos ha enseñado el Tribunal Constitucional alemán acerca de la «ponderación de los bienes o intereses» a cuyo tenor un precepto constitucional nunca puede ser interpretado de manera que anule o ahogue a otro del mismo rango, reduciéndolo de tal forma que uno de ellos resulte a la postre irreconocible. Aplicada esta idea al asunto aquí analizado debemos llegar a la conclusión de que ambos principios –prohibición del mandato imperativo y protagonismo de los partidos– han de convivir civilizadamente de manera que uno no se lleve por delante al otro expulsándolo del paraíso constitucional.

A la vista de este razonamiento ¿por qué un asunto de la envergadura que tiene entre manos Cs ha de ser resuelto por un órgano partidario? Y ¿por qué no recurrir a quienes ostentan la representación de aquellos españoles que han votado las candidaturas de Cs?

Son ellos quienes han de deshacer el nudo gordiano aplicando la invocada regla de la «ponderación de los intereses», valorados a la luz del programa por el que esos diputados han sido elegidos y los compromisos a los que se deben en la forma de lo que la doctrina alemana (N. Achterberg) llama «vinculación a unos parámetros esenciales», es decir, a las ideas básicas del partido que -estas sí- han de ser definidas por esos comités internos. Pero sabiendo quién ostenta la última palabra.

III. Cs pues necesitado del hilo de Ariadna que le permita salir de él impidiendo que los nacionalismos, tan regresivos y perjudiciales para España y para Europa, consigan, con las medallas de hojalata del progreso, llevarnos a las ruinas canosas de un país decrépitamente «multinacional». Si la responsabilidad de ese panorama algún día se puede imputar -por acción u omisión- a Cs, sus votantes, enojados, le darán la espalda para arrastrar en solitario un abatimiento inextinguible.

(Publicado el día 1 de julio de 2019 en El Mundo).

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Suprimamos la educación

Tan viva es la discusión sobre la educación que nos pasamos la vida proponiendo soluciones para que mejore su calidad, para que llegue a todos, para que sea más barata, más formativa … por no citar sino algunas de las respuestas a esa cuestión “batallona” como se decía en el siglo XIX.

Especialistas de las más variadas disciplinas, entre ellos pedagogos que han invocado el espíritu del  Padre Manjón, escriben libros alicatados de citas a pié de página y abundante bibliografía e incluso decorados con modelos, cuadros y estadísticas de la más subida seriedad.  Algunos hasta obtienen por esta vía el título de doctor y una cátedra universitaria en la Anecaca correspondiente.

Naturalmente todos ellos abominan de aquella afirmación que hizo Oscar Wilde: “la enseñanza en Inglaterra no sirve para nada y menos mal porque, si sirviera, habría constantes alteraciones del orden público en el centro de Londres”. Un asquito sería el tal centro, pontificaba el escritor, lleno de manifestaciones de adolescentes y salidas de tono contra autoridades, curas y notarios.

Mi juicio no puede ser más severo: frívolo este Oscar, amigo de ligerezas y achinerías, porque ¿cómo se puede arremeter de forma tan insustancial contra la sagrada educación? ¿cómo se puede permitir airear tales afirmaciones en un teatro donde hay oídos castos y puede que incluso algún pedagogo en carne mortal al que se trabuca y humilla? Ahora que han prohibido la viñetas en el New York Times, esa biblia de los pedantes, deberían aprovechar las autoridades para limpiar la literatura universal de estas bravuconadas a lo Oscar Wilde que tanto daño hacen a la credibilidad del género humano.

No, la educación claro que sirve. Y nadie de nosotros sería lo que somos si no hubiéramos sido educados en el instituto o por los hermanos de La Salle o los padres premonstratenses. Por tanto, respeto y agradecimiento a un sistema que nos ha hecho más aseados, más mirados con el prójimo,  más quintaesenciados como si dijéramos. 

Ocurre, sin embargo, que es muy cara. Ahí radica su debilidad. Porque hay que pagar a los maestros, construir escuelas, abrir centros de formación profesional, comprar lápices y cuartillas, mapas, globos terráqueos para saber por dónde cae Sierra Leona y así seguido hasta llegar a una porción abultada de gastos y otras excentricidades.

A su vez, para hacer frente a ellos es preciso sacar los cuartos previamente al prójimo a través del  coactivo método de obligarle a pagar impuestos, una falta de educación (ya que hablamos de ella) que lleva a inundar las calles de caras desteñidas y de ademanes lastimosos en los períodos lacerantes de la recaudación. No hay más que ver la cifra de suicidios cuando se acerca la declaración de la renta para advertir la gravedad de lo que estoy afirmando.

Pues bien, todas estas tribulaciones que tanta aflicción originan podrían evitarse sin más que sustituir la educación por la elección.

Mucho más barata, más limpia y sobre todo más democrática.

Pongamos pues un señor elegido o una señora igualmente elegida allí donde ha habido hasta ahora un señor educado en las reglas del álgebra y en las anfractuosidades de la historia de España o de la gramática.

Porque se convendrá conmigo que, en cuanto un vecino es elegido concejal o diputado, está investido de una autoridad que se extiende por todos los rincones del saber. No solo porque en el Ayuntamiento o en el Congreso vota y decide cuestiones arduas que desconoce sino porque desde los mismos medios de comunicación se le requiere para oír sus sabias elucubraciones: ¿qué opina usted de la Renfe? ¿y qué de los aranceles a China? ¿es partidario de las redes 5G? ¿cree necesario rescatar la autopista, construir una desaladora o desecar el embalse? ¿hay que aprobar un presupuesto del euro o una directiva para las aves migratorias? Y así seguido.

El elegido está nimbado, gracias al abracadabra del voto, de deslumbrantes conocimientos porque de otra manera ¿cómo se le podría confiar decidir sobre todo lo divino y lo diabólico? Ese elegido es hoy alcalde, mañana será senador y pasado ministro de Cultura aunque – allá en el fondo de su alma- confunda un orinal de plástico con un vaso etrusco.

Se verá pues cómo podemos liberarnos de la tabarra de la educación, de la FP, de la Universidad y de los sinsabores que causan simplemente eligiendo en vez de educando y formando.

Y así conformaríamos una sociedad de elegidos.

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Teoría de la ocurrencia

Los reinados mueren como mueren los imperios y las modas, todo va y viene, todo aparece y desaparece en el torbellino del tiempo, ese sátrapa fiero e inclemente. No hay castillo que quede en pie ni gran superficie comercial que conserve su esplendor y su glamour, ni siquiera las tiendas de móviles se escaparán a este destino cruel. Hasta los elfos, los duendes o las hadas que creemos tan contentos en su mundo de candor y de misterio viven momentos de mudanza y temen por su supervivencia atrapados por la aparición de otras criaturas que van adquiriendo su corporeidad enigmática, su cualidad de seres iluminados.

Todo se halla aherrojado por la tiranía de la mortalidad.

¿Puede extrañar que en este batiburrillo de cambios, de saltos discursivos, de sombras segadas por las guadañas, las ideas hayan desaparecido y hayan dado paso a las ocurrencias?

¡Ah, las ideas! Aquellas orondas señoras, desafiantes, seguras de sí mismas, que iban por ahí comiéndose el mundo, invocando ser hijas nada menos que del entendimiento humano, de la lectura, de la reflexión, ay, aquellas ideas que, cuando se reunían, formaban una especie de Arcadia exuberante, amante de la metáfora, del brillo imaginativo, son hoy elementos del pasado, verduras de las eras, fragmentos de un pasado roto … Tan altivas fueron las ideas que dieron lugar a palabras como ideólogo, idealista, ideografía y por ahí seguido. Crearon un oficio, el de intelectual, ese ser humano que tiene como misión el juego, la diversión precisamente con las ideas, encadenándolas, poniéndolas en fila india para que cada una adquiera su adecuado realce y lugar en el mundo epistemológico. Hasta, suprema osadía, dieron lugar a una asignatura que se llamaba Filosofía y que se estudiaba en el bachillerato.   

Precisamente por ahí se empezó. Vinieron personajes abominables que, encaramados en los puestos directivos del ministerio de Educación, personajes insufribles, necios, henchidos de una soberbia inflada por su incultura, decretaron la desaparición de la Filosofía en los estudios secundarios con la vista puesta en hacer lo mismo en la Universidad al aconsejar astuta pero perversamente a los jóvenes que se dedicaran a estudiar cosas útiles, impulsando lo productivo y mandando a las tinieblas las preocupaciones del espíritu. Que esto fuera el preludio de la barbarie acaso lo sospechaban pero no lo lamentaban. Siguieron adelante en su siniestro designio.

El resultado está a la vista. La idea, las ideas han sido sustituidas por la ocurrencia, por las ocurrencias.

Ocurrencias henchidas de prejuicios, de ofuscación, de rutinas y de perezas mentales. Ocurrencias que son paradigma de la frivolidad, de lo ligero e insignificante. 

Una ocurrencia es a una idea lo que la figura de un cuadro de Velázquez a la lata de sopas de Warhol.

La ocurrencia es escombro, cascotería. La broza y el derribo.

Cuando la idea enferma, palidece, adelgaza, se agarrota y esclerotiza es cuando surge esa ocurrencia acerca de la que estoy escribiendo. Es decir que una idea con dolor de vientre o con una abierta diarrea da lugar a la ocurrencia que todo lo ensucia.

De la misma manera, cuando una idea pierde su coraje, su capacidad para levantar el vuelo, para desgarrar los horizontes y surcar los mundos de agua y aire es cuando surge la ocurrencia.

Así como había concursos de ideas, ahora hay, con ocasión de los grandes debates políticos, concursos de ocurrencias en los que todo es ficción e impostura. Un pasar por encima de los asuntos armado con el diabólico arsenal de los efectos teatrales y de las artimañas bufas.

Allí, en fin, donde la luz pierde su fulgor y su capacidad para liberar los enrevesados problemas del mundo, allí surge la sombra de la ocurrencia con su efecto devastador al ser partera del atolondramiento y la confusión.

La ocurrencia es una idea hecha añicos.

Las ideas fueron la victoria de la ciudadanía. Las ocurrencias son su derrota.

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La familia, gran invento

Es muy frecuente que los periódicos divulguen denuncias de algunos políticos que emplean a sus familiares: el cuñado que accede a una secretaría o el primo a una jefatura de sección. Son protestas airadas de aquellos que se han visto preteridos en la ocupación de tal o cual puesto de trabajo por un pariente del alcalde o del consejero. A veces se abre hasta una investigación o se constituye una comisión para averiguar si los hechos denunciados responden a la verdad.

No lo entiendo. Tal modo de proceder me parece injusto y, sobre todo, poco respetuoso con la Tradición y con la Historia, que son dos señoras que peinan canas. La familia es uno de los pilares de la sociedad, el basamento sobre el que se construye la maravillosa colectividad en la que vivimos y es precisamente el Cristianismo el credo religioso que más ha contribuido a realzar su importancia. El matrimonio no es un contrato como puede serlo el arrendamiento de unos bueyes para arar el campo sino un sacramento que confiere gracia; en él se borra el amor personal entre los cónyuges y el elemento moral prevalece sobre el puro instinto sexual siendo esta transformación tanto más visible cuanto más crece la familia, cuyos nuevos miembros aportan el lazo paternal que, apoyado a su vez en el parentesco de sucesivas ramificaciones y alianzas con otras familias, llegan a constituir la Nación.

¡Ahí es nada de lo que estamos hablando! Familia, Nación … ¿nos damos cuenta del valor de los conceptos que manejamos? La Sagrada Familia es uno de las referencias constantes en nuestra civilización y los artistas la han llevado infinidad de veces a los lienzos y a los grupos escultóricos. El hecho de que en la actualidad se equiparen al hombre y a la mujer, infringiendo por cierto lo que escritó dejó san Pablo («vir caput est mulieris»), no reduce lo más mínimo la importancia de la familia como aglutinante de la sociedad y componente indispensable de ese ser abstracto pero cuajado de resonancias legendarias que es la Nación.

Por estas buenas razones sorprende que alguien pueda censurar a una autoridad pública por el hecho de que, a la hora de atribuir un empleo, se ocupe antes de un pariente que de un vecino cuyos orígenes familiares resultan para él desconocidos o simplemente borrosos. ¿En quien se va a tener más confianza, en el cuñado cuyas costumbres conocemos, cuyos puntos de vista compartimos, cuyos hijos son nuestros mismísimos sobrinos, o en el remoto contribuyente de quien, por no saber, no sabemos ni siquiera a qué equipo de fútbol pertenece? Me parece que la opción no es dudosa y el hecho simple de plantearla demuestra que vivimos en una sociedad que da un poco de miedo ya que está dispuesta a tirar por la borda de manera frívola los más amorosos principios de nuestra convivencia.

Y de nuestro pasado. Porque cuando todo andaba mucho mejor encaminado a nadie sorprendía el celo que por el adecuado alimento y la posición social de los más allegados demostraban quienes estaban en condiciones de procurarles sustento. Y así «familiar» se llamaba precisamente al eclesiástico o paje dependiente y comensal de un obispo o de alguna otra dignidad eclesiástica. Los cardenales de la iglesia y no digamos los papas prodigaban su cariño y repartían sus prebendas entre las filas de los deudos que más cercanos tenían en su paternal corazón. Es fama que cuando un Borja español llegaba al papado, y fueron dos los que tal dignidad ostentaron, Calixto III y Alejandro VI, vaciaban de parientes Gandía y las comarcas limítrofes y se los llevaban a Roma para ocupar canonjías, tocarse con el capelo o allegar caritativamente las limosnas de los fieles.

Y es que ha sido una regla nunca desmentida que a quien accede a un nuevo cargo de cierta importancia le salen multitud de parientes de cuya existencia no había tenido hasta ese momento concreta noticia pero que no por ello eran menos parientes ni habían estado ausentes de sus afectos aunque fueran implícitos y callados.

Romanones decía que sin cuñados y yernos la vida política española hubiera perdido buena parte de su gracia y de su peculiaridad más característica. Obsérvese además lo que de positivo ha tenido siempre el hecho de que el ministro o el alcalde, al ocupar su elevado asiento, haya tenido que dedicar buena parte de sus esfuerzos y de su tiempo a acoplar a sus familiares en lugares donde pudieran cobrar pingües emolumentos y disfrutar de holgada posición. Porque, mientras se hallan entregados a estos afanes, no hacen otra cosa y esto que sale ganando la colectividad. Pues es también regla de oro que el mayor regalo que una autoridad puede hacer a la población que dirige o representa es no hacer justamente nada por ella pues que la inmensa mayoría de sus ocurrencias o dañan o incordian.

El amor a la familia ¿conceptuado como un vicio? ¿Adónde hemos llegado? Si familia viene de «fames», es decir, de hambre, ¿quién soporta a un pariente hambriento? Con lo que muerden…

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La renovada morada de Europa

En las semanas que han precedido a las elecciones celebradas ayer se ha realzado la importancia del Parlamento europeo para la vida de los ciudadanos. Es lástima que este esfuerzo informativo tenga algo de inusual porque, a lo largo de la legislatura, solo muy parcialmente existe en los medios de comunicación un seguimiento cabal de los trabajos parlamentarios desarrollados en el Pleno y menos aun en las Comisiones. 

Pero lo cierto es que al fin, de una manera didáctica, se han aireado las conquistas debidas al esfuerzo de los parlamentarios, unos políticos de quienes habitualmente lo único que se difunde son sus sueldos. Y así hemos sabido que bagatelas como la rebaja en el coste del teléfono, el cable único para los móviles, la defensa frente a las empresas tecnológicas, la vigilancia de las costas, la depuración de aguas, la prohibición de plásticos de un solo uso, las restricciones a las emisiones de los vehículos y un muy dilatado etcétera se debe a que los europarlamentarios han trabajado con la vista puesta en los intereses generales, los de un señor de Lugo o los de una vecina de Tallin (en la lejana Estonia). Todo ello sin contar con que otro importante órgano de la UE, el Tribunal de Justicia, ha limpiado el ordenamiento jurídico de impuestos como el “céntimo sanitario” o de las cláusulas suelo y otras extravagancias abusivas que han contribuido a saquear bolsillos agobiados.

Cierto es que se han vivido también en el hemiciclo europeo fracasos, como es no haber sabido o podido imponerse en el retraso en las inversiones en telecomunicaciones, la descoordinación en el trazado de las líneas ferroviarias, en la falta de armonización fiscal o en la crisis migratoria. Pero en conjunto el palmarés que se puede exhibir es apreciable.

Hoy, cuando ya está todo preparado para que velen las armas quienes han de ocupar sus escaños, lo que procede es otear el horizonte y advertir, de entre sus luces y sus guiños, cuáles son las grandes batallas venideras.

Y para ello nada más expresivo que conocer la fortaleza pero también la debilidad de la UE, es decir la trama mundial en la que esta se encuentra como protagonista de un mundo quebradizo y atrapado en zozobras descomunales.

Es evidente que urge encerrar en su castillo – bien aherrojado- al fantasma del Reino Unido acabando con esa anomalía monstruosa que supone la presencia de sus diputados en Bruselas y buscando el acomodo de esa isla impertinente en el muestrario ya disponible de las relaciones exteriores de la UE.

Aunque este asunto, manejado por políticos británicos que merecerían un castigo truculento extraído del Antiguo Testamento, es endemoniado no debe hacernos olvidar que la UE ha sabido mantenerse unida en los últimos años en travesías tormentosas, por ejemplo en esta del tratamiento de la chapuza británica. En buena medida, lo mismo puede decirse de las tensiones con Rusia, con Estados Unidos y con China a la que – pese a esa Italia incorporada por su cuenta a la Ruta de la Seda- se ha negado la condición de economía de mercado en la OMC al tiempo que se han logrado establecer unas técnicas de supervisión de inversiones en Europa impensables hasta hace bien pocas fechas.

La necesidad de un mayor y más sostenido pulso es evidente. Para lograrlo preciso es recordar sucintamente el contexto en el que se van a desarrollar las relaciones exteriores de la UE. En él obligado es contar con un presidente impredecible como Trump, no olvidando además que, si la desgracia se presentara ante nosotros con su faz menos piadosa, puede ser elegido de nuevo. Por su parte, Rusia no desaprovecha ocasión para debilitar las instituciones europeas y lo hace con el desparpajo propio de su sistema autoritario; Irán, Turquía, Arabia Saudí se hallan enzarzadas entre ellas en un control del espacio regional de tal virulencia que nos puede llevar – a poco que nos descuidemos- a oír el retumbe de los tambores militares; África, el continente “primo” como se le llama en los documentos de la UE, tiene en su seno la fuerza explosiva de una natalidad desbordante y, en sus entrañas, riquezas en forma de materias primas que generan envidias en cadena y, con ellas, desequilibrios políticos que también pueden ir explosionando en cadena. La India, en su nueva singladura política, el continente latinoamericano, el sudeste asiático … emiten otros tantos elocuentes mensajes de sobresaltos.

Como ha escrito el presidente Hollande, habremos de asumir resignadamente que “Occidente ya no dicta su agenda al planeta” (así en su libro Leçons du pouvoir, Stock, 2018).

Pues bien, en él las instituciones europeas deberán hacer encaje de bolillos para que Europa siga ostentando un poder sólido pero también para que ese poder sea visto siempre como un faro de la democracia liberal y del Estado de Derecho.

Para ello es indispensable fijar la atención en algunos quehaceres, consciente como soy de dejar en la penumbra otros de señalada importancia.

Aprobar un presupuesto que modifique sus recursos y aumente la contribución de los Estados para responder a necesidades imprevistas así como para comprometerse en programas ambiciosos referidos a la investigación y a la lucha contra el paro juvenil.

La continuación de los trabajos en el seno de la Organización Mundial del Comercio destinados a una reforma de la misma como medio para tejer una política comercial que destierre el uso de los derechos aduaneros sobre productos industriales como un arma pavorosa por descontrolada.  

El terrorismo, la criminalidad y la garantía de la ciberseguridad ante las llamadas amenazas híbridas deben continuar siendo prioridades del correspondiente programa europeo ya en marcha pero que ha de cobrar renovados bríos.

La política marítima, en el marco del “Crecimiento azul”, donde se incluye la atención al Mediterráneo y la formulación de una estrategia referida a los océanos: pesca, biología marina, acuicultura, residuos, explotación energética y minera.

La inteligencia artificial para ir preparándonos para la llegada de un mundo de máquinas, tal como ha ocurrido en el pasado con ocasión de las grandes revoluciones. Preciso es profundizar en las relaciones entre la innovación social y la tecnológica siendo misión del Parlamento la de cuidar sobre todo los aspectos éticos y jurídicos de ese nuevo mundo que ya nos hace señales inquietantes.

En fin, la movilidad eléctrica que nos ha de proporcionar vehículos más limpios que limiten la contaminación.

Inevitablemente Europa habrá de contar con su propio sistema de seguridad y defensa. Y habrá de combatir a aquellas formaciones políticas que impulsan la vuelta a la concha protectora de los viejos Estados como aquellos ciudadanos del siglo XIX, del Biedermaier centroeuropeo, refugiados en la intimidad del hogar para poner sordina a los ruidos perturbadores del exterior.  

De igual forma conviene que la niebla de la economía o de la tecnología no nos haga olvidar la dimensión cultural de Europa pues desde que emerge en la Edad Media como civilización consciente es la cultura precisamente su fundamento básico. Europa debe cultivar esa grandeza, reconociéndose en una historia común y en un territorio compartido hermanando de algún modo su geografía y su historia.  

¿Podrán seguir adelante todos estos proyectos e ideas conocido ya el resultado de las urnas? Cierto es que las peores previsiones no se han visto corroboradas del todo por la realidad pero no es buena noticia el aumento relevante del numero de diputados que van a hacer lo posible para obstaculizar las políticas de la UE, tal es el caso de los seguidores de Marine Le Pen y de Farage. Y la alternativa de Timmermans, candidato socialista a la Presidencia de la Comisión, de formar una alianza desde Macron a Tsipras se revela ya como una quimera. Populares, socialistas y liberales tendrán que seguir ejerciendo de columnas vertebrales de la UE si no queremos que todo se derrumbe y, en este sentido, los diputados españoles del PSOE, del PP y de C,s van a ser referentes en sus grupos. No obstante, la llegada de Junqueras y Puigdemont asegura serios e inmediatos dolores de cabeza.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 27 de mayo de 2019).

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¿Cortes generales o corte de mangas?

Al final, pese a todos los agoreros que nos rodean, los proyectos de I+D han dado sus frutos. Cansados estamos de oír que los españoles no inventamos, que se nos fue la fuerza de la imaginación con el botijo y no sé cuántas otras descalificaciones aflictivas. Nunca he creído a estos aguafiestas, siempre he confiado en el poder de nuestra fantasía, de nuestras mentes que en verdad tienen mucho de sorpresivas y algo de enigmáticas. Y es que nuestra inteligencia es una suerte de meseta a la que llegamos por vericuetos de esfuerzo desde los que somos capaces de darle la vuelta a la vida desenredando sus secretos y aclarando lo que en ella está anudado y embrollado.

¿Cómo, si así no fuera, hubiéramos podido abatir el tiempo y el espacio tal como acabamos de hacer? Imposible, nos hubieran dicho los siete sabios de Grecia, aquellos engolados insufribles que nos miran desde la Antigüedad con ese desdén que solo saben emplear los dioses que han pasado todos los másteres de la pedantería.

Sin embargo, nosotros y nosotras, sin más que agitar en los cajones de nuestros cerebros y escarbar en las madrigueras de nuestra memoria ancestral, hemos conjurado como digo el tiempo y el espacio. Adviértalo el lector y la lectora, el niño y la niña: antes de que se hayan reunido los nuevos diputados y senadores en lugar alguno, antes de que hayan podido acariciar sus escaños como acarició el Creador la luz del sol y admiró atónito la palidez de la luna, antes de haber disfrutado esas pequeñas molicies anejas a su condición de ángeles de la Democracia renacida, ya conocen quién ha de presidirlos.

¿Se puede discutir el hallazgo? No han abierto la boca porque en verdad nadie les ha preguntado nada y porque aún no han tenido ocasión ni de verse, ni de saludarse, ni de desearse parabienes fraternos y ya saben los nombres y apellidos de quienes han de guiarles. Porque Alguien (por favor, con mayúscula siempre) les ha enseñado, desafiando el tiempo y el espacio, el nombre de las cosas, de sus presidentes y de sus vicepresidentes, de sus secretarios y de sus  protosecretarios, de sus ayudas de cámara y de sus palafreneros y, como aun sobraba tiempo, ha dado, como en un relato bíblico, el nombre del Progreso a todo lo que de asombroso hay en las Cortes, palabra que viene de corte, es decir, de corte de mangas.

De manera que así es como nos las gastamos los españoles. Hemos empleado una fortuna en montar unas elecciones llenando de pancartas las ciudades y de tópicos las mentes, nos han dado mítines en todas las plazas señeras y de respeto, nos han asaltado a toda hora sin considerar ni la de la siesta ni la del reposo que merece haber degustado un besugo a la espalda, hemos acudido a votar como corderitos y corderitas de los más logrados poemas bucólicos, hemos agavillado varios centenares de parlamentarios y repartido en dos Cámaras y, cuando todo eso ha ocurrido, a las primeras de cambio, sin preguntarles nada, Alguien les ha dado los nombres que han de conducir sus desvelos y peroratas.

La pregunta es: ¿ese Alguien se ha conducido así por desprecio a todos ellos, por hacer una muestra exultante de su poder omnímodo? En absoluto, nadie puede deslizar tamaña infamia sobre ese Alguien que, si no se ha aparecido de entre la zarza ardiente, ha sido porque le gusta ser original y evita imitar pasajes de un mundo anterior, reseco por su Ausencia. 

Lo ha hecho para demostrar, como he dicho al principio, el vigor de nuestra ciencia, la vitalidad de nuestra investigación y lo sublime de nuestra filosofía, en definitiva, para demostrar que ya el tiempo y el espacio carecen del significado que habían acumulado a lo largo de los siglos y de que ya no hay razón para adorarlos como esos altares deslumbrantes que habían tenido la osadía de intentar vertebrar nuestras vidas.

Ese Alguien es Alfa y Omega, Principio y Fin, debelador, con los rayos del Progreso, del espacio y del tiempo, esos pobres cachivaches, ay, dispuestos al fin para dormir el sueño eterno en el Desván reaccionario de la memoria. 

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El bostezo

Las formas de protesta han sido variadas a lo largo de la historia. La vestimenta siempre será un signo poderoso: los (y las) sansculottes en Francia se pusieron pantalones al calor de la Revolución simbolizando con ello su desafección a la monarquía y su adhesión a la república. Hace años, en mi juventud, alejar al peluquero de nuestros hábitos de higiene se consideró el rien ne va plus del compromiso social con los parias de la tierra. Todo aquel que tenía poco que decir porque padecían de óxido sus entendederas, se dejaba crecer los cabellos y ya se las daba de temible revolucionario. Si encima una barba desaseada con algunos residuos de fideos le velaba el cuello, entonces ya era la imagen de un feroz agitador dispuesto a ponerse el mundo por montera.

Había nacido el “progre”, una especie de apócope de “progresista” pero que, bien mirado, es su antónimo. Porque el progresista ha sido siempre una persona respetable, de largos saberes, alicatado de lecturas bien rumiadas, un tipo de sólidas convicciones éticas mientras que el “progre” ha sido y es un botarate, un cantamañanas, la cabal representación del eco, no de la voz, dispuesto siempre a sacrificar sus elevados principios por el puesto de jefe de gabinete del primer encumbrado en el tiovivo social que a mano encontrara.

Con anterioridad sabemos que quitarse la peluca y exhibir el pelo natural fue una forma cierta de  abrazar la revolución liberal y de ciscarse en la sociedad estamental que algunos llamaban “excremental”. Pues ¿y quitarse el corsé las señoras? Aquello sí que fue un grito de rebeldía de quienes no estaban dispuestas a bordar o tocar al piano de manera desmañada un vals o una polka.  

¿Y hoy? Ah, lector, hoy existen muchos modos de mostrar la disconformidad con el pensamiento heredado y hacer de guerrillero dispuesto a socavar el orden y sus aledaños. Son – es verdad- guerrilleros incruentos, guerrilleros muy finos como capaces de distinguir un rioja de un ribera de duero y sus añadas con solo aplicar la nariz y la misma habilidad demuestran a la hora de reconocer si la merluza es de pincho o pescada de forma desgarbada. Son guerrilleros inofensivos, nada que ver con los que se adentraban por las boscosas selvas y desde ellas entraban en los pueblos, quemaban el registro de la propiedad y colgaban al cura de un pináculo de la iglesia. Hoy se les distingue porque van sin corbata. El sincorbatismo tiene hoy la misma fuerza que tuvo hace unos decenios el sinsombrerismo, desterrado el sombrero para acercarse al pueblo que se tocaba con gorra como Pablo Iglesias (el auténtico) o boina, caso de los extravagantes que venían de las brumosas provincias vascongadas, como don Pío Baroja.

A mí me parecen estas muestras modernas de rebeldía bastante desaboridas y sobre todo muy repetidas, preciso es pues liberar la imaginación del truquito de las camisas sin corbata y de las barbas hipster. Propongo instaurar el bostezo como marca del sublevado: ante el tedioso discurso, la fastidiosa serie de televisión, la repetición inclemente del tópico en las tertulias o en los periódicos, el oyente emite un bostezo largo, dilatado, con separación descarada de los maxilares, estirando con desafío los músculos faciales, entornando con malicia los ojos, haciendo en fin del bostezo una singular obra de arte, una filigrana.

El bostezo socarrón, inacabado como una biografía que se precie, el bostezo cum laude y audaz. Oscar Wilde dejó escrito que “la sociedad perdona al criminal pero nunca al soñador”. Hoy preciso es decir que quien no va a obtener perdón es el bostezador porque el bostezo ha de ser disparo, honda, flechazo, un cañón contra el cementerio de lugares comunes que tenemos por sociedad y por vida.

El bostezo pues como respuesta a la locuacidad morbosa, al parloteo que nos lleva  a la jaqueca, el método concluyente para ahorcar a la palabra vacua, al ruido que martillea y actúa con el designio de majar el pensamiento libre.

Luchar contra el aburrimiento exige practicar el bostezo: sin afectación pero con grandeza, sabedores de que estamos ejerciendo una virtud, sutil, lozana.

Y suavemente devastadora. Porque el aburrimiento es lo más dañino que se ha inventado. No olvidemos que, según algunos filósofos, Dios creó el mundo por aburrimiento.

Y ya se ve lo que salió.

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