Jueces y pactos

Una y mil veces será necesario insistir: la Justicia española es independiente porque está administrada por jueces que han sido seleccionados por medio de duras y competitivas pruebas públicas, añadidas a la superación de un curso en la Escuela Judicial.

¿Por qué se habla pues de la politización de la Justicia? La razón estriba en el hecho de que la Constitución diseñó un órgano de gobierno de los jueces, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), con la mejor intención por parte de los constituyentes, pero con un resultado que, visto con la distancia del tiempo, es un estropicio cuya dimensión se advierte ahora cuando lleva varios años sin poder renovarse.

Ello se debe a que, desde el primer día, el Consejo ha sido el objeto de deseo de los partidos políticos, primero, y de las asociaciones judiciales, después. Y es que, si miramos sus sucesivas composiciones, veremos reflejado en ellas con nitidez el pacto de hierro que ha dominado nuestra democracia durante años entre el PSOE y el PP, con la ayuda «desinteresada» de los nacionalismos vascos y catalán. Hasta el momento actual, cuando el PSOE lo ha roto para contraer nupcias con los separatismos y con partidos poco entusiastas del orden constitucional vigente.

Como el CGPJ es intocable por estar anclado en los preceptos constitucionales (aunque este órgano no existe en muchos países democráticos), lo que procede es desactivar de forma prudente pero decidida sus atribuciones. Sobre todo las referidas a los nombramientos discrecionales de la élite judicial, compuesta básicamente por los magistrados del Tribunal Supremo y los presidentes de los Tribunales Superiores y las Audiencias. Que los concretos magistrados que ocupan estos cargos son personas de probada solvencia profesional nadie lo duda. Como tampoco nadie puede dudar de que su llegada a tales puestos se ha debido a su cualificación, pero también a complicadas estrategias de poder urdidas por las asociaciones judiciales que controlan el CGPJ.

Solucionar esto resulta relativamente sencillo desde el punto de vista de los instrumentos jurídicos, pues se trataría de que los citados nombramientos discrecionales se sustituyeran por mecanismos más cercanos a reglas objetivas. Fórmulas hay varias y precisamente en estos momentos el presidente interino del CGPJ ha adelantado algunas que merecen ser estudiadas con respeto.

Añado una picardía: el día en que la llegada a la cumbre de la carrera judicial sea fruto de concursos reglados, ese día el interés por figurar como vocal del CGPJ habrá decaído de forma sustancial.

Otra anomalía es perentorio desterrar: la de las «puertas giratorias» entre la Justicia y la política. El espectáculo de jueces, ministros del Gobierno, que pueden volver a administrar justicia sin despeinarse al día siguiente de dejar sus poltronas es deplorable. Ningún ciudadano sensible puede aceptarlo por lo que tiene de erosión de la imagen de independencia de esas personas cuando vuelven a vestir la toga y lucir en ella las puñetas.

Dicho esto, la noticia de las propuestas formuladas ayer por el presidente del Partido Popular al del Gobierno están bien planteadas; entre ellas, la oferta a las autoridades europeas para mediar entre los políticos españoles. Ahora bien, no tocan los asuntos básicos que he tratado de explicar, porque se refieren tan solo a la composición del CGPJ. Sin ánimo de ejercer de aguafiestas, adelantaré que reformas de tal composición hemos vivido en otros tiempos, unas más aviesas, otras más castas, pero ninguna de ellas ha logrado extirpar el mal «político» que ha desprestigiado a la institución.

(Publicado en El Mundo el día 23 de diciembre de 2023).

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El arquitecto de ruinas

Por algún sitio Edmund Burke (1729-1797) utiliza la expresión “arquitecto de ruinas” que hoy nos parece muy apropiada para aplicarla a quien preside el Gobierno de España si se atiende, como vamos a hacer en este artículo, al contenido de los pactos que le han permitido volver a sentarse con plena legitimidad en la cabecera del banco azul en el Congreso de los diputados.

La obra más sólida que está construyendo es un muro, un muro profiláctico que nos dividirá a los españoles señalando un universo geométrico: en un lado, los amaneceres risueños brindados por el progresismo horneado por socialistas, comunistas, filoterroristas y golpistas; en el otro, el ocaso soporífero que brindan la Constitución y sus límites.

Lo demás, son ruinas. Contará con los cascotes macizos que están cayendo del edificio constitucional a raíz de sus recientes pactos espurios y además con los acumulados en el pasado quinquenio. ¿Hemos de recordar el número de decretos-leyes embarazados de centenares de normas, ayunas de cualquier coherencia? ¿o cómo ha manejado los hilos en el Congreso de los Diputados para la rápida tramitación de proposiciones de leyes que se aprobaban en menos de un mes? ¿cómo ha nombrado fiscales generales o magistrados del Constitucional, cuyas futuras decisiones, como si fueran bocas alquiladas, las podemos predecir ya que es bien probable que sigan los vientos que en cada caso soplen desde el Gobierno? Es buena verdad por ello que España se ha convertido en estos años en una “democracia menguante”, según el título de un libro firmado por varios catedráticos eméritos.

Menos mal que, ante enormes dificultades, algunas instituciones, organizaciones, empresarios y, sobre todo, profesionales y ciudadanos anónimos han trabajado con espíritu solidario para superar sinsabores y enfermedades y desactivar graves problemas de convivencia.

Destaquemos ahora algunos de los acuerdos firmados por el PSOE, ese partido que fue baluarte del sistema constitucional y hoy se halla convertido por el arquitecto de ruinas en tumba donde dormita la imaginación creadora y el arrojo crítico.

Del primero, el rubricado a mediados de octubre con Bildu mediante un apretón de manos, algunas ensangrentadas, no se ha dado noticia. Y lo malo es que debemos agradecerlo para conjurar malas digestiones y disipar cabreos monumentales.

A continuación, se asumieron compromisos con ERC. Envuelto en el papel de estraza de su discurso separatista se hallan la abundante transferencia de dineros públicos y el traspaso de competencias e infraestructuras ferroviarias. Esto supondrá la fragmentación de la red lo que dificultará, y no de manera gratuita, su adecuado gobierno. La red en estos momentos está integrada en un sistema único gestionado por una sola entidad pública, ADIF, al ser competencias del Estado las líneas que se extienden por más de una Comunidad Autónoma (como recordó el Tribunal Constitucional en su sentencia 124/2016, de 23 de junio). Además, justamente en Cataluña, se han precisado tramos de «interés europeo» para facilitar el «corredor del Mediterráneo», que también exigen una responsabilidad única para la gestión de los cuantiosos fondos europeos.

Por su parte, los siete votos de los diputados de Junts han originado que el arquitecto de ruinas defienda ahora -como si se hubiera caído del caballo hacia Damasco- su convicción acerca de las bondades vividas en 2017, de lo benigno de aquellos días dramáticos en que se rompió el orden constitucional con las leyes de desconexión, con las consultas ilegales, con la bochornosa declaración de independencia… De lo que se sigue que quienes defendieron la Constitución, quienes juzgaron con garantías, quienes lucharon contra la corrupción y el ajustado uso de los fondos públicos… cometieron un error lamentable.

El pacto también justifica que los diputados podrán inquerir a los jueces para llevarles al buen camino e impone un ¡mediador! ¡experto en conflictos militares! que supervisará los avances en el desguace. Como guinda, la amnistía triturará los cimientos de la seguridad jurídica: su aprobación, por un lado, deslegitima todas las actuaciones que sirvieron para reconducir la convivencia dentro del orden jurídico y, por otro, facilitará otras aventuras para hacer con la Constitución mangas y capirotes por cualquier totalitarismo que en el futuro nos amargue la existencia.

Pero las mayores y más perversas precisiones de ese proyecto arquitectónico ruinoso se contienen en el pacto que ha firmado el PSOE con el PNV porque, entre otros excesos, se especifican en él aspectos muy concretos de las leyes que hay que modificar ya (Estatuto de los trabajadores, régimen local, régimen de los títulos oficiales…). O de aquellas en las que se ha exigido que el PSOE no impulse ninguna modificación, tal el caso de la ley del régimen electoral, salvo «extraordinaria necesidad» y siempre con acuerdo previo del PNV.

Tal pacto no solo demolerá elementos sustanciales de la Constitución, sino que será también ruinoso desde un punto de vista económico pues, como los anteriores, se contienen en él compromisos de nuevas transferencias para financiar gastos diversos de servicios públicos, como es el caso de la dependencia.

Adviértase: la opinión a tener en cuenta será la de ese concreto partido político, no, por cierto, la de los sucesivos gobiernos vascos salidos de las elecciones autonómicas. Para no incomodar al PNV, se ha incluido el compromiso bien expresivo de impedir prácticamente la reforma del régimen electoral, semilla de la que procede la desigualdad ciudadana en España.

El colmo del desafuero y de un desvergonzado pitorreo del que es víctima la sobria seriedad jurídica es la inclusión de una «cláusula foral». De acuerdo con ella, en la preparación de los proyectos de ley por el Gobierno ha de negociarse bilateralmente con el PNV, como también en las proposiciones de ley que se tramiten en las Cortes. Es más, incluso los decretos-leyes han de ser convenidos con ese partido político. Recordemos que estas disposiciones gubernamentales suelen carecer de una específica tramitación previa porque deben responder a situaciones de «extraordinaria y urgente necesidad» que requieren una respuesta inmediata. Pues bien, incluso en esos casos, el PNV impone la extravagancia de la cláusula foral.

A la vista de los desconchones que se han hecho en el edificio constitucional, lo único que agradecemos es que los insaciables socios del Gobierno no le hayan pedido la cesión a Putin del puerto de Gijón.

Procede ahora que nos dirijamos al PSOE, a sus dirigentes y militantes: ya han aceptado ustedes todas las ocurrencias de sus socios, las más dañinas para nuestro sistema. La pregunta ahora es la siguiente: ¿cuál es su política, queremos decir, la de los socialistas españoles para enderezar el problema territorial? Sabemos que obran con diligencia al dictado de fuerzas ajenas. Pero ¿hay alguna partitura socialista? Y, si la hay ¿qué dice?

Porque reconocerán que hoy se leen como bromas aquellos papeles de Santillana, de Granada, de Zaragoza donde se plasmaron hace años sus propuestas. Todo quedó devastado por la dirección actual del partido cuyo horizonte es únicamente salir del paso combinando atropello con atolondramiento.

¿Llegará algún día la hora de la reflexión documentada sobre nuestro Estado de las autonomías y de plasmar en un documento solvente lo que se pretende hacer con los destrozos que están ustedes autorizando?

Hemos leído que hay un congreso anunciado. Celébrese en buena hora pero les recomendamos que, para acudir a él, sería conveniente leer, en primer lugar, los libros que al respecto han escrito juristas, economistas e historiadores y, en segundo lugar, descartar sin vacilar las consignas vacuas del burócrata de turno del partido o del arquitecto de ruinas.

Ánimo, afiliados y cuadros del PSOE, activen sus sueños para encauzar el desaguisado porque ¿no son los sueños el ingrediente más apreciable del progresismo?

(Publicado en El Mundo el día 18 de diciembre de 2023.)

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Lingua Progressionis Hispaniae (3)

El Diccionario tiene vida, lo hemos visto hace unos días con el anuncio del director de la RAE sobre la incorporación de vocablos.

Como los especialistas nos enseñan que la lengua es del pueblo porque es el sujeto que la usa y los plumillas somos parte de ese pueblo, ahí van unas cuantas novedades para que, en su momento, sean objeto de sesuda consideración por los señores académicos.

PEDRADA, acción de lanzar una piedra contra la Constitución, las leyes orgánicas, las ordinarias y cualquier otra, siempre que con el acierto de la pedrada se contribuya a afianzar la España progresista y plurinacional. Solo se excluye la ley “del embudo”, que en todo caso debe quedar incólume.

PEDRISCO, granizo grueso que cae sobre las instituciones básicas del Estado y de la sociedad democrática. Puede acontecer en cualquier época del año, aunque su acción es más eficaz con ocasión de solemnidades como sesiones de investidura y mociones de censura que pueden cambiar el curso de los acontecimientos políticos.

Principio del formulario

Final del formulario

PEDRISQUERO, véase PEDRISCO.

PEDRUSCO, pedazo de piedra sin labrar que se usa para hacer frente a las preguntas de los periodistas no progresistas (o sea, regresistas) dirigidas a las altas autoridades del Poder Ejecutivo en cualquier medio de comunicación.

PEDREGAL, sitio o terreno cubierto de piedras sueltas al que acude el practicante de la pedrada (véase PEDRADA) para abastecerse de material con el que hacer frente a sus diarios compromisos con la destrucción y el menoscabo de la dignidad política.

PEDREGOSO, terreno naturalmente cubierto de piedras y, por tanto, véase PEDREGAL. También: se aplica a quien padece mal de pedro, quiero decir de piedra.

PEDREJÓN, piedra grande suelta usada para desmontar las patrañas de los políticos alejados del progresismo transversal y dar con ella en la cabeza de sus portavoces.

PEDRERO, se usa en el arma de Artillería y es la boca de fuego destinada a disparar pelotas de piedra. Habitualmente se coloca en aquellos medios de comunicación que cuidan por la salud del progreso de España.

PEDRERÍA, conjunto de piedras preciosas que se usan en joyería. No encajan en esta ampliación del Diccionario.

PIEDRA FILOSOFAL, la que encontraban los antiguos alquimistas y hoy es objeto de búsqueda en Ginebra por los negociadores que persiguen nuestra felicidad en la res pública, confederal naturalmente.

PIEDRA DE ESCÁNDALO, la de uso más frecuente, se halla en las noticias de todos los días.

PÉTREA, la cara.

Para añadir al pasaje correspondiente del Evangelio de san Mateo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi muro.

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Atraco revolucionario

Hay alegría entre algunos compatriotas nuestros, por ejemplo, entre aquellos que dedican sus esfuerzos laborales a asaltar bancos y cajas de ahorro. Son personas que han descartado trabajar en una oficina, en un taller, en un laboratorio dental o en un supermercado porque se cobra poco, se trabaja ocho horas y sale uno con dolores lumbares o cervicales o de ojos o de cabeza … un asquito molesto que lleva directo a la farmacopea.

Atemorizados por estos descalabros de la salud, hay quien decide agenciarse el dinero por métodos más expeditivos. Estamos hablando de personas resueltas que no se arredran fácilmente. Son estas las que deciden asaltar la oficina de un banco o la de una caja de ahorros, a veces a cara descubierta, otras sepultada tras una máscara, al modo como negocian los socialistas en Ginebra los asuntos de Estado.

Suelen auxiliarse de un pistolón, no los socialistas, sino los otros, los asaltantes de instituciones financieras. Encañonan a la cajera o al director, les obligan a abrir la caja fuerte y, como van provistos también de una bolsa, introducen atropelladamente la pasta en ella y salen corriendo.

En un momento han ganado más que una oftalmóloga operando una abundante catarata de cataratas. 

– Pero pueden ir a la cárcel – me apunta el ingenuo que siempre me acompaña.

Esta alma cándida no sabe que, gracias a la legislación progresista del gobierno transversal e inclusivo, si uno roba dinero, destroza parques y jardines, paraliza aviones o trenes, hiere a viandantes o los mata si la necesidad obliga a ello, no recibe castigo alguno siempre que lo haga por la libertad y la independencia de Cataluña.

– Se pasa usted, tunante autor de las Soserías, porque esto que escribe ahora nada tiene que ver con los asaltantes de bancos. Ni siquiera con los de cajas de ahorros rurales – es la voz de nuevo del infeliz que no me abandona.

¿Cómo le puedo explicar a este zoquete que naturalmente estos no van a aducir la autodeterminación de Cataluña si son señores delincuentes nacidos en Cáceres y viven en Torrrelavega?

Pero sí pueden invocar limpiamente otras causas tan lícitas y ejemplares como la citada:

– ¡Por la destrucción del capitalismo!

– ¡ Por la liberación del proletariado!

– ¡Revolución o muerte!

– ¡Abajo los imponentes y sus imponentes cuentas corrientes!

Y así seguido …

De esta forma convierten un atraco, que en los tiempos turbios de la reacción de la derecha y de la extrema derecha estaban en el Código penal, en un acto valeroso y heroico y, como tal, moralizante, edificante y lubrificante.

– ¡La pasta y viva la lucha de clases!

No hay juez ni fiscal que pueda meter mano.

Y así, cambiando usos y costumbres periclitados, con una legislación escrita por sutiles secretarios de pesebres, avanzamos con la cabeza erguida hacia una sociedad roja y amnistiada.

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El muro

Hubo un tiempo en el que “muro” significaba pared o tapia y evocaba el cerramiento, la alambrada, la valla, la barrera, incluso el espino, ese limitador de esperanzas. “Abre la muralla” se cantaba en el siglo pasado para llamar a las masas a derribar el aislamiento en que nos aherrojaba la dictadura.

El autor de estas Soserías, cuando vivía en Alemania, tuvo la fortuna de visitar Berlín varias veces. Era el Berlín precisamente del muro, construido en agosto de 1961 para evitar que los ciudadanos de la zona soviética abandonaran el paraíso comunista, crisol de virtudes, y entraran en el mundo vicioso y corrupto del capitalismo occidental. Fue una decisión dura de tomar. Todavía hoy se emite con frecuencia por la televisión alemana la escena en la que Walter Ulbricht, jefazo de la República comunista, un ángel bondadoso y alicatado de decencias, dijo aquellas palabras memorables, pocos días antes de ordenar su erección: “Nadie tiene la intención de construir un muro”. A las pocas horas mandaba las brigadas de obreros provistos de los materiales propicios.

Tuvo que contradecirse, “cambió de opinión” como diría un frescales más cercano a nosotros, pero tuvo que hacerlo por proteger la moralidad de la población, por fortificar su integridad, sabedor como era de que en la Alemania occidental se practicaban los peores vicios ligados a la corrupción, al rearme, al capitalismo abominable y a no sé cuántas otras desventuras. Tanto quería a sus súbditos que por nada del mundo los quería ver enfangados en la sociedad occidental inficionada – bien lo sabía Ulbricht- de la gangrena destructora. 

Y así este hombre, desprendido e indulgente, salvó miles y miles de conciencias. Es más: cuando algún desorientado intentaba saltar el muro, atraído fatalmente por la putrefacción occidental, envenenado por la propaganda capitalista, los soldados que custodiaban el muro disparaban y lo mataban. ¿Una desgracia a lamentar? En absoluto, un alma que se iba derechita al cielo comunista, allí donde moran eternamente personajes dulces y solícitos como Stalin, Fidel, Ceausescu …

Es decir, el disparo a quien trataba de burlar el muro parecía – y así lo explicaba la propaganda del mundo occidental- un crimen pero en puridad era una forma de evitar que un ser humano desvalido y desorientado se contaminara en la sociedad capitalista, retorta de suciedades.

Nosotros, los españoles, ahora, en estos días, estamos celebrando el hecho de que se haya ordenado la construcción de un muro salvífico. Así se ha proclamado desde el ambón del Congreso de los diputados, un lugar tan solemne que nadie puede dudar de la veracidad ni de la seriedad del anuncio.

El gobierno progresista y plurinacional está ya manos a la obra apilando materiales para el muro profiláctico,

¿Para dividir a los españoles, encizañar las relaciones personales, destruir amistades añejas, y sembrar la discordia en todos los rincones?

Quiá, para liberarnos, para asegurar nuestra pureza, para izar la bandera de una ética invicta, a prueba de trampas. 

A partir de ahora, ya no tendremos excusas los españoles porque el muro servirá como una señal de tráfico apta para vadear los peligros que acechan a nuestras conciencias frágiles. 

El muro señalará un universo geométrico: en un lado, los amaneceres risueños poblados de socialistas, comunistas, terroristas y golpistas, sonrientes y acogedores; en el otro, los ocasos soporíferos que brindan la Constitución y sus límites.

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Aplausos y silencios

En la España de hoy, pura delicia para soñar del gran Quevedo, a quien “azuza pendencias, revuelve caldos, alimenta cizañas y califica porfías” se le aplaude con ofensivo regocijo en el comité, en la comisión, en la elección y en cualquier ocasión y todo por mantener la manutención, la subvención y la corrupción.

Y es que simplemente por recibir la bendición del fullero, del tramposo y pernicioso, hay españoles capaces de practicar el aplauso o el silencio contumaz y no avergonzarse de hacerlo ante un codicioso urdidor de patrañas. 

Sèpase que el aplauso es hijo del embeleso, del arrobamiento y del éxtasis ante quien proporciona el condumio.

El aplauso es la humillación exhibida sin pudor en el mercado donde se despacha el cinismo.

El aplauso es la llave para entrar en la barraca de la hipocresía, allí donde la moneda de curso legal es la canallada.

El aplauso es el ungüento con el que se unta y embadurna el zalamero sumiso.

El aplauso es el gargajo del sectario.

Luego está el obsequioso que, además de aplaudir, se pone en pie. Este acto de exaltación villana es la rúbrica del humillado, como si dijéramos, el refrendo de quien acepta encantado su vileza.

Ponerse en pie es ya pedir cobijo definitivo en una zahúrda.

Por ello a quien, además de aplaudir, se pone en pie con los ojos inyectados en degradación agradecida no le falta más que soltar una flatulencia para no dejar cabo suelto de su humanidad desaseada.

Está luego quien practica el silencio mirando para otro lado ante la concatenación de embustes disfrazados de hallazgos del progreso plurinacional y feminista.

Este es el mago del fingimiento, el brujo de la falsedad. Un alma chorreante de cuajarones de doblez.

Que no orilla artificio como no desprecia disfraz ni oculta bigardia.

Hablamos de quien calla con alevosía, de quien ofrece muestras de despiste ante los diarios homenajes a la infamia, de quien absuelve a quien dice hoy lo contrario de lo que dijo ayer, de quien contempla con el chándal de la indiferencia la expulsión del compañero discrepante enarbolando ¡encima! la bandera de la libertad, en fin, de quien permite que el jefe practique el sexo, en una cama llena de muertos bien asesinados, con lo más depravado de la sociedad política.

Esos áfonos, mudos, astutos practicantes del sigilo, esos que emplean un rimero de silogismos y corolarios para blanquear lo ennegrecido, esos serán acogidos en el consejo de administración de la multinacional de la bellaquería.

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Lingua Progressionis Hispaniae (2)

Hubo hace poco una exposición en el museo Thyssen donde se exhibían varios siglos de arte dedicado al engaño, un buen puñado de cuadros en los que el placer consistía en otorgar dignidad artística a los juegos ópticos, al ilusionismo, al encantamiento de las sensaciones.

Allí pudimos contemplar paredes fantasiosas, muros, ventanas, puertas, naturalezas muertas, hornacinas, armarios, flores … realidades imaginadas porque eran visiones de la fantasía, una suerte de pucherazo dado con los pinceles y el arte al sentido de la vista.

Esto es el trampantojo, un espacio allende la pintura que nos ilusiona, nos seduce y nos encapricha al sacarnos de la zafia existencia. El trampantojo quiebra la armonía, desacraliza el cosmos y nos hace olvidar, por un momento, que el mundo es poco más que una herida del que querríamos huir por una ventana que no existe porque es una ficción.

Con el trampantojo nos topamos con la versión más artística de la ironía y el sarcasmo. Es su apoteosis. Porque el pintor es en puridad un malabarista disfrazado que nos escamotea lo que por un momento habíamos creído, como llegamos a creer en el cine que el polvo que echan los actores es real, carnoso y sudoroso.

Pues bien, ahora apliquemos esta teoría, apresuradamente descrita, a la realidad circundante.

Verbigracia: si creemos que las Cortes son un Parlamento donde se discuten proyectos de ley y discursean oradores disertos, si creemos esta paparrucha, entonces nos encabronaremos porque lo que vemos y oímos nos transmite una decepción aniquiladora. Pero si lo consideramos un trampantojo, una bombilla roja en la chimenea, entonces dormiremos una siesta apacible y hasta nos parecerá divertido.

Aplíquese la misma plantilla al presidente del Gobierno o a los ministros y diputados. Si pensamos que son señores / señoras / señoros circunspectos, cultos, solventes, con un gran acopio de lecturas, con ideas originales, con proyectos honestos, si creemos todo esto, digo, entonces la desilusión nos arrollará e incluso nos devastará la libido que es como los ilustrados llaman al estado que vive el cachondo o verriondo.

Si, por el contrario, advertimos que son trampantojos, figuras de un caballete deformadas por el capricho de la óptica, entonces quedaremos tranquilos y con la mejor disposición de ánimo para abrir una botella de vino rojo macizo y acompañarla con un queso de oveja de Zamora curado por manos primorosas, de criaturas celestiales.

Viva pues el trampantojo y hagamos de él la cuenta corriente en la que anotamos lo que de festivo tiene la vida. Pues para lo penoso ya están quienes practican la caligrafía de la vulgaridad, la ignorancia y el sectarismo.

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Encaje de Bolaños

Hubo un tiempo en que se hacía el encaje de bolillos, un oficio de artesanos habilidosos que entretejían hilos enrollados en los bolillos. Para sujetar el trabajo culminado se utilizaban unos alfileres clavados en el “mundillo” (en puridad, una almohadilla).

En las tiendas del centro de Bruselas solía yo ver en mis paseos crepusculares, cuando ocupaba escaño en el Parlamento europeo, las tiendas donde se exhibían primores que eran justamente “encaje de bolillos”, piezas que combinaban el lino, la seda y otras finuras rematadas con hilos de oro. Llevaba la cabeza ocupada por debates interminables vividos desde mi escaño y aquellas lindezas, tan delicadas, frutos de la paciencia, del hacer esmerado, operaban en mí como un sedante.

Pensaba en sus artífices, que serían mujeres quienes, al tiempo que tejían con sus espaldas encorvadas, soñaban con un mundo sin bolillos ni mundillos, sino en un joven de ojos glaucos que las transportara a un paisaje dorado por las estrellas y a un abismo sublime de besos, caricias y amoríos. Mujeres – me las imaginaba en mis ensoñaciones- de miradas esperanzadas, hembras atractivas, hermosas, con entendederas atiborradas de pequeños enigmas y secretos, aves luminosas en los sombríos parajes de aquellas tierras.

En España también ha existido la tradición del encaje de bolillos.

Hasta hoy que ha sido derrotado por el encaje de bolaños.

Y es que el encaje ha dejado de ser un primor textil para ser el ábrete sesamo de la cuestión catalana. No sé si mis lectores han oído hablar de ella: se trata de que Cataluña no sea explotada, como hasta ahora ha ocurrido, por Zamora o por Cáceres, provincias aparentemente apacibles pero que carecen de entrañas ya que no se sacian a la hora de colonizar a Barcelona, de aplicarles el látigo del cómitre negrero despiadado.

– Busquemos el encaje de Cataluña – oímos al gobierno trasversal y de progreso.

Ese encaje significa acoplamiento, ensambladura, imbricación, un llevarse la pasta descarado pues se trata de que los catalanes que quieren separarse de España se encuentren a gusto y cómodos en España.

– Procurarles un sillón o un sofá de holgadas hechuras para que reposen en ellos y olviden tanto agravio histórico– dice el ministro.

Se verá que estamos hablando de una acrobacia política propia de prestidigitadores con muchos trienios, de equilibristas en el difícil equilibrio que tiene a las incertidumbres y a la cara dura por escenario.

En resumen: se trata de hacer encaje de bolaños. O sea de engaños.

Un encaje – el de bolaños- que lo practica el sablista cuyo atraco consiste en arramblar con la credulidad de las gentes dignas.

El encaje de bolaños es una mezcla de impurezas, un revoltijo de perversiones. El orgasmo del farsante.

El que ejecuta ese saltimbanquis poseído por una tiránica voluntad de devastar cualquier brote de coherencia y de decencia.

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Bohemios que hablaban alemán

FIN DE SIGLO EN MÚNICH Y VIENA

«Irá conociendo a estos tipos, si se queda tiempo por aquí, y advertirá que saben combinar muy bien la finura intelectual con los disparates y las delicias de la carne…«

A principios del siglo XX, el joven vienés Volker Schulze recibe de forma inesperada una herencia. Doctor en Derecho, pero apasionado por la literatura y el arte, Volker decide usar la pequeña fortuna para irse a vivir a Múnich, al célebre barrio bohemio de Schwabing. En la ciudad bávara entrará en contacto con sus círculos intelectuales. Artistas como Stefan George, la familia de Thomas Mann, el dramaturgo Frank Wedekind, la «condesa bohemia» Franziska zu Reventlow o la singular Kathi Kobus, en cuyo local se reunían los más extravagantes representantes de la «bohemia alemana», se pasean en este fresco de una sociedad que tanto aportó a la cultura europea. Cuando Volker vuelve a Viena y a sus populares cafés, también trabará relación con escritores como Altenberg, Karl Kraus, Schnitzler y los pintores Klimt o Kokoschka.

(Descargar primer capítulo).

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Lingua progressionis Hispaniae

Una víctima de los nazis, el filólogo Victor Klemperer, es autor de una obra titulada Lingua Tertii Imperii en la que recoge las nuevas palabras, expresiones y locuciones que pusieron en circulación Hitler y su horda para erigir con ellas un sistema político poblado por mentiras, patrañas y venenosas fantasías. Klemperer, explorando y coleccionando, dio a luz así a un material riquísimo pues nada escapaba a sus ojos que conocieron el estremecimiento ante la maldad sin límites y la angustia del terror.

Aunque en España no hemos llegado al límite de ese lenguaje brusco y colérico, lo cierto es que, aplicando el arte de la variación musical, podemos constatar el nacimiento de una Lingua progressionis Hispaniae que se enriquece por días.

Entremos en el diccionario y busquemos la palabra “progresismo”.

Muchos se burlan de ella y explican que se trata de un trampantojo, un ardid astuto para ocultar intereses sucios y ambiciones inmoderadas. Si esto fuera así, el número de rufianes en España sería infinito porque infinito es el número de quienes airean el tal progresismo como la brújula de sus conductas.

Como no podemos estar rodeados de forajidos, creo que estas gentes malpensadas son incapaces de comprender qué es el “progresismo”.

Procede pues aclararse. El “progresismo” no es una ideología sobre la que se escriben libros de ensayo, el “progresismo” es una pasión que a veces se convierte en una borrachera de tal envergadura que lleva a la urna con un burbujeo íntimo fronterizo con la fiebre.

El “progresismo” es el bienestar, la ilusión – origen del “proyecto ilusionante”-. También un orgullo fino pues quien lo disfruta sabe que se halla en el sitio correcto de la Historia y no perdido y sin norte en alguno de sus parajes descarriados. 

Es cierto que existen progresistas que viven en las cercanías de la enfermedad y por eso sería una medida de prudencia que los colegios electorales contaran con un servicio de especialistas –un psiquiatra sería apropiado- para atender los casos más graves de “progresitis” que se presenten entre los ciudadanos en el momento de depositar el voto.

Pues hay sujetos para quienes la selección de la papeleta con las siglas progresistas supone una lujuria tan viva que se derrama en el momento de introducirla por la ranura de la urna. Estamos ante la suprema pasión, ante el arrebato lírico, de ahí que se haya compuesto mucha poesía – con mejor o peor estro- que canta al “progre” en esos instantes de delirio. Y así se dice: “Votante, está linda la urna y el viento lleva esencia sutil de progresismo …”. Y siguen y siguen las estrofas.

Debo reconocer que estos son casos patológicos pues para los progresistas más comedidos, su voto representa simplemente la alegría de la entrada en el hogar donde moran los buenos, es algo parecido a la comunión que se practicaba antaño en la misa de doce y por esta razón los progresistas acuden a votar en ayunas.

Cuando el progresista es afectuoso, se enternece y atiende al carca con compasión.

Así que deberemos seguir investigando en el diccionario de la Lingua progressionis Hispaniae.

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