Jardines

Los jardineros se han unido al coro de ciudadanos protestones porque algunos Ayuntamientos han anunciado su intención de privatizar los parques. En principio, parece que debería ser igual cuidar un clavel municipal que uno privado porque no creo que las flores perciban con nitidez la situación jurídica en la que se encuentran. Realmente, los claveles, con dar un poco de olor, encontrar la oreja de una castiza donde colocarse y formar un ramo para echárselo a los toreros ya tienen bastante trabajo por lo que el hecho de ser públicos o privados es probable que les traiga al fresco. Los jardineros, sin embargo, sus razones tendrán para preferir el parque público al privado. Un respeto al jardinero que es el joyero de las joyas perecederas.

Ahora bien, contemplado el asunto desde la perspectiva general, que es como debe ser contemplado un jardín, y a la luz languideciente del ocaso en la tarde de lívidas músicas y de suaves transtornos del alma, lo cierto es que privatizar los jardines a estas alturas del siglo es un despropósito de respetable entidad o tamaño. Una vez más, es desconocer la historia que es lo mismo que profanarla y violarla.

Porque los jardines nacieron privados, es decir, vinieron al mundo como la propiedad particular de un conde o de un sultán y así estuvieron durante siglos. Por ellos paseaban las hermosas señoras del harén para que les diera el aire fresco después del mefítico que se habían visto obligadas a soportar procedentes de los aires borrascosos y corrompidos del príncipe. Tal utilidad tuvieron, durante la presencia árabe, los famosos jardines de la Alhambra que tanto juego dieron más tarde a Washington Irving y a Juan Ramón Jiménez que en una ocasión pidió a Lorca que le acompañara a las cinco de la tarde al Generalife «porque es la hora en que empiezan a sufrir los jardines». Pero para que pudieran disfrutar esos jardines unos señores humildes como Irving o los citados poetas, que no eran más que plumíferos sin titular, tuvieron que convertirse en públicos y pasar a ser del disfrute colectivo, es decir, de la cáfila o turba.

Lo mismo con los del conde o del rey que se hacían su jardín cabe el palacio para tener rosas con que poblar sus búcaros, gráciles alamedas por las que perseguir a las sirvientas y lugares sombreados a cuyo cobijo, en amables charlas, organizaban las guerras y otras acciones benéficas. Es fama que la reina Luisa Isabel, esposa del efímero Luis I, practicaba la insólita costumbre de pasearse semidesnuda por los regios jardines y aun trepaba a los árboles en un correteo libidinoso y lesbiano con alguna de sus dueñas. El pueblo no podía advertir estos desvaríos justamente porque los jardines eran privados y sólo hoy conocemos esta ominosa conducta de la real persona gracias a la labor de esos incorregibles cotillas que son los historiadores.

El Buen Retiro, el más famoso de los jardines españoles, se empezó a construir gracias a una generosa donación de dinero ajeno (o sea público) que hizo el conde duque de Olivares a su señor, el cuarto Felipe. Aparte de constatar por este tierno rasgo que Olivares era un lameculos de seria consistencia, sabemos que el jardín nace como una dependencia de las reales posesiones como ocurrió con los jardines de Aranjuez o los de la Granja, cotos de real caza y espacio para la práctica de la dengosa elegancia cortesana.

En el caso del Buen Retiro, no es una casualidad que fuera el rey Carlos III, un monarca ilustrado -o sea, «progre» porque toda la progresía fue parida en las Luces, gran casa de maternidad-, quien por primera vez autorizara al pueblo madrileño a visitar el jardín, como se había hecho por cierto en Londres con el Saint James Park, en París con las Tullerías y en Berlín con el Tiergarten. Y más aún: es el mismo rey quien inaugura el Botánico para que los súbditos pudieran pasear por él y contarse sus cuitas sin oler la pestilencia madrileña de la época, producto de los excrementos que holgaban a su aire por las calles, de los animales muertos abandonados y de los enterramientos de señores gordos en las iglesias.

Después, la jacarandosa reina Isabel II donó el Buen Retiro al pueblo madrileño, siguiendo ya la estela que dejaba la revolución liberal, es decir, un perfume burgués y popular y un sano arrinconamiento de las sagradas y coronadas testas.

O sea, que el progreso ha consistido en pasar del jardín privado al jardín público como la civilización consiste en pasar de darse las noticias por medio del silbido canario a hacerlas llegar por el whataap. Alarma tanto por ello que algunos alcaldes pretendan ahora privatizar los parques porque eso sería como publificar las novias.

Además, ¿no estremece pensar en un guarda que nos cobre la entrada y nos dé un ticket para disfrutar la ilusión de la luz, la festiva cristalería de los colores o el olor morisco del jazmín?

 

 

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Campaña electoral: una brújula

Fue Luis Jiménez de Asúa, catedrático prestigioso y diputado socialista en las Cortes de la II República, quien dejó escrito: “el auténtico político no es el que pone su vela al viento de la opinión pública enconada por las pasiones y corre ante ella recibiendo fáciles aplausos sino el que se para firme, detiene con un gesto al pueblo en extravío y serenamente le encauza después de decirle con voz recia: No tienes razón”.

Parece, en la actual circunstancia, como si nuestros políticos, quienes están al frente de las formaciones más relevantes, hubieran leído estas palabras sabias para hacer justamente lo contrario.  Sería el texto de Asúa una especie de partitura puesta en el atril al revés, es decir, para aprestar los instrumentos y tocar sin seguir ni uno solo de sus signos musicales.

Porque es el caso bien visible que viven literalmente enganchados – como yonquis-  a encuestas manejadas por un arcano de intereses y borrosos designios experimentando ante ellas cada día, a cada hora, sobresaltos de inquietud o entusiasmos líricos de alegría.

Con ser esta actitud nefasta, aún es peor la de prestar la misma atención a lo que circula, como boñigas por alcantarilla, a través de las redes sociales donde farfullan gentes tan ligeras de equipaje intelectual y de sindéresis argumental como plenas de odios y ruindades.  Yo diría al político aquejado por esta enfermedad que arruina su buen sentido aquello que dejó escrito el poeta: “Inútilmente interrogas desde tus párpados ciegos ¿qué haces mirando a las nubes, José Hierro?”.

La política es siempre – y más en tiempos convulsos como los que vivimos- pensamiento y acción. Por eso para conducirse con dignidad por sus enrevesados meandros el instrumento a llevar siempre a mano es la brújula. De manera que ahora, cuando se abre la carrera electoral, yo prohibiría a quienes aspiran a determinar nuestras vidas el móvil y les regalaría una brújula para que su aguja imantada les indique siempre ese norte magnético que significa la claridad de las ideas que se defienden y los medios éticos que han de ponerse a su servicio para hacerlas realidad.  La brújula como “desván del entendimiento” que diría Gracián. ¡Ah, don Baltasar, cuánta falta nos hace, salga de su sarcófago!

Digo esto a sabiendas de que quizás hablo a oídos sordos porque todo parece indicar que quienes tienen la responsabilidad pública están creando – con lamentable tesón- un ambiente, de un lado, desapacible por lo elemental y, de otro, mefítico por las emanaciones venenosas que desprende. Inadmisible en definitiva para quienes desean conservar la sensibilidad y el buen criterio, es decir, para quienes quieren – queremos- ser no simplemente seres humanos sino personas, ciudadanos con sus entendederas intactas para asimilar mensajes serios y razonados, no palabras confitadas.

Lamentable es que a estas alturas se estén todavía lanzando como proyectiles arrojadizos los conceptos de “izquierda” y “derecha” no como una evocación a antiguas convicciones ideológicas – respetables aunque hoy periclitadas- sino simplemente como insultos.

Oímos a B decir que no va a pactar con A  y a C que no lo hará con J. Y así un día tras otro, un informativo tras otro, una entrevista tras otra. Pero ¿alguien se pregunta qué hay detrás de esta cháchara? ¿alguien nos explica qué se propone hacer A con la factura de la luz o J con el desbocado incremento de la deuda pública? ¿O todos ellos en el endiablado escenario internacional? Llegaremos a los debates televisivos y lo que retendremos, porque se pondrá en ello énfasis, es el insulto grueso: volarán las palabras “desleal”, “traidor”, “corrupto”, “extrema derecha” … No son voces, son ecos que cansan, ecos toscos, grises, sonsonetes de desabrimiento. Desde luego nada ejemplares.

Padecemos la degradación de la democracia cuando el Gobierno, que ya está en la rampa de salida, se dedica a agasajar los bolsillos de los votantes regalándoles una rebaja de impuestos, una subvención, es decir, prometiéndoles un halago por aquí, un cariñito por allá. La misma ministra del ramo nos ha anunciado con inaudito descaro: “estén los españoles atentos a la información del Consejo de ministros de aquí a las elecciones porque en cada una de sus sesiones van a encontrar una sorpresa agradable”. Y lo dice sin rubor alguno quien encima cree estar representando la “pureza izquierdista”: esa misma persona trata a sus votantes como unos avaros preocupados tan solo por la limosna que les va a proporcionar un Gobierno mendigo de su voto. Como si no supiéramos que la prodigalidad – tan interesada- es partera de la demagogia.

Se dice que los políticos de la Restauración compraban los votos y estudios históricos existen que aportan testimonio de ello pero aquellos señores financiaban la operación con los duros que salían de sus bolsillos. Estos lo hacen con descaro con los fondos públicos puestos al servicio de su perpetuación en el poder de cuyas mieles quieren vivir hasta el hartazgo patológico.

A esta práctica la llaman los politólogos alemanes “Gefälligkeitsdemokratie”, una expresión despectiva que significa democracia de favores, democracia degradada a la búsqueda del fácil aplauso de unos ciudadanos a quienes se considera – como he adelantado- viciosos de sus problemas personales, enquistados en aquello que les beneficie de forma directa y perentoria, ajenos a todo lo que puede significar poner la vista en el horizonte del interés general.

Sépase que esta forma de comportarse conduce a la pérdida de la decencia, a la expulsión del recato de las prácticas sociales y a que la honestidad huya despavorida y como avergonzada.

La brújula para orientar una campaña electoral respetuosa de los ciudadanos mayores de edad, para que no se convierta en un runrún de moscardón y en cátedra del chisme malintencionado es explicar los renglones de la gobernación y así procederá recordar – por si algún político lo ha olvidado-  que disponen de un privilegio del que no disfruta la mayoría de los ciudadanos: el del altavoz. Porque desde la Revolución francesa hasta acá muchos se han preocupado de realzar, explicar, analizar y destripar el derecho a la libertad de expresión. Pocos han reparado lo suficiente en su complemento inexcusable: la libertad de altavoz. Expresar la propia opinión en torno a una paella familiar es meritorio, cuando se hace con galanura e ingenio, el problema es que carece de la difusión adecuada. Nadie se entera.

Pues bien, esta prerrogativa, la de poder decir lo que se piensa y que lo escuchen miles y miles de personas, es algo que goza el político casi en exclusiva. Y ¡con qué generosidad! En los periódicos, en la televisión, en las intervenciones múltiples y en los atriles variados que se ponen a su disposición. ..

Tal privilegio ha de tener, claro es, su peaje: utilizarlo como instrumento de pedagogía. Para enseñar la dificultad de los empeños en que la política consiste; en el inalcanzable objetivo de la felicidad gratuita para todos; que la gobernación de un país complejo, de su economía, de sus servicios públicos, de sus instituciones educativas e investigadoras, no es un escenario de asombros ni un retablo de maravillas. Por el contrario, quien quiere una autopista a lo mejor ha de renunciar a un centro de salud y quien quiere un aumento de sueldo habrá de asumir la subida de la matrícula del chico en la Universidad.

Es decir, que todo no se puede hacer al mismo tiempo, que existen prioridades, derivadas de las opciones ideológicas o de lo que sea, que se pueden y se deben exigir sacrificios para que las generaciones futuras no se encuentren un país esquilmado, un desierto donde no crezca sino la mala hierba de las frustraciones.

Basta pues de emplear el altavoz al que aludo para airear embelecos irrealizables. Y desde luego para desacreditar con la pincelada gruesa o el desdén altivo al contrario y dispensar la desvergonzada lisonja a los propios.

Reléanse las palabras del Profesor y parlamentario Jiménez de Asúa con las que abro este artículo. Porque esta pedagogía que predico y me atrevo a encomendar a nuestros políticos, esta pedagogía que expulsaría el guirigay y el desbarajuste, ha de ser un festín para la inteligencia. Una dieta de verdad, de ciencia y de sustancia.

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 4 de marzo de 2019)

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Novela ácida universitaria

La opaca selección del profesorado, la arcana elección del rector, la obsesiva obtención de cargos y prebendas, las consuetudinarias zancadillas de los vicerrectores y de los vices de los vices, el imparable despliegue del personal de administración y servicios, las eternas reuniones de juntas, comités, comisiones y observatorios, la misteriosa concesión de doctorados honoris causa, las peleas tribales por los proyectos de investigación, la peregrina lectura de algunas tesis doctorales, el lucrativo negocio de los másteres, los eternos intereses gremiales de la conferencia de rectores, la tan cacareada autonomía universitaria, el insondable papel de los sindicatos… todo ello rebosa en la ejecutoria de Adalberto, el hombre sin atributos y joven profesor universitario de provincias, que ejerce de protagonista en esta moderna y políticamente incorrecta novela picaresca.

Esta obra, subtitulada Aventuras, donaires y pendencias en los claustros es un retrato ácido de la Universidad española, alejado de la palabrería rectoral, pintado con colores tersos por el pincel irónico e implaca­blemente plástico del profesor Sosa Wagner. El resultado es una hiperrealista naturaleza, aún no muerta, pero sí claramente moribunda.

Esta obra, subtitulada Aventuras, donaires y pendencias en los claustros es un retrato ácido de la Universidad española, alejado de la palabrería rectoral, pintado con colores tersos por el pincel irónico e implaca­blemente plástico del profesor Sosa Wagner. El resultado es una hiperrealista naturaleza, aún no muerta, pero sí claramente moribunda.

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Editorial Funambulista

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«Fondo de reptiles» y democracia

Como sabemos que el dinero es capaz de “convertir cualquier mente en un volcán” según se canta en “El Barbero de Sevilla”, lo mejor es que el Derecho disponga de los más afinados instrumentos para que, cuando ese dinero es público, su uso se halle sometido a reglas estrictas que incluyan un control minucioso de su empleo.

La historia de ese control es la parte más sustanciosa de la “lucha contra las inmunidades del poder”, en la expresión feliz que acuñó hace años García de Enterría. Se trata de que, aceptada la existencia del poder basado en el contrato social, este se manifieste de la forma más ordenada posible, menos aflictiva para la libertad de los ciudadanos y más honesta. La aprobación de los presupuestos por los representantes de los ciudadanos, la presencia de interventores que autorizan gastos y jueces que controlan los canales por los que fluyen los dineros públicos forman parte de esos instrumentos indispensables para que quien paga impuestos pueda dormir con una cierta tranquilidad. Una pelea histórica que en modo alguno está cerrada porque siempre aparecen vanos aprovechados por sujetos poco abonados.

Es el caso de los fondos reservados que existen desde la noche de los tiempos, el “fondo de reptiles” que vemos usar al ministro de la Gobernación de las “Luces de Bohemia” valleinclanescas para aliviar las necesidades de un poeta desdichado. Con fines menos sentimentales han sido empleados en el ministerio del Interior de la España de nuestros días pues parece – a falta de confirmación judicial- que con ellos se han tratado de ocultar las fechorías de financiaciones irregulares y otras tropelías de políticos y de funcionarios retribuyendo a quienes se han prestado a borrar pruebas y limpiar huellas.

¿Qué mecanismos, si alguno, tiene el Derecho español para atajar estas prácticas y qué posibilidades  existen de que esos bergantes acaben pagando sus desmanes?

De entrada, preciso es saber que las cantidades destinadas a estos fondos reservados están previstas en los presupuestos generales del Estado y, por tanto, son públicas aunque, después, la concreta utilización sea calificada legalmente como secreto oficial.

Es una ley, la de 11 de mayo de 1995, la que enmarca el régimen jurídico de su uso y control. Según sus preceptos sabemos que solo pueden ser utilizados para finalidades vinculadas a la defensa y seguridad del Estado. Pero evidentemente no cualesquiera porque las ordinarias, es decir, las llamadas a hacer funcionar la Policía, la Guardia Civil o el Ejército están previstas en las normas  generales: las que regulan la protección civil, la lucha contra la amenaza terrorista, la ciberseguridad, los suministros, la selección del personal etc. De lo que aquí hablamos es de aquellas actuaciones concretas que, por concurrir en ellas circunstancias singulares, deben mantenerse en el estuche del secreto o de la discreción. Al suponer una especialidad del régimen general, la interpretación ha de ser siempre restrictiva (artículo 4.2 del Código civil).

Esa misma ley nos dice quiénes son los responsables del manejo de esos fondos. Se trata de los ministros de Exteriores, Defensa, Interior y, por debajo, las autoridades que ellos designen entre las cuales el Centro Nacional de Inteligencia ocupa un lugar destacado.  El ministro ha de tener constancia en todo momento de su destino porque es su obligación legal también informar de manera periódica al presidente del Gobierno.

A tal efecto los ministros –  o autoridades facultadas- han de dictar unas normas internas o instrucciones para asegurar el correcto uso de estos dineros así como también se atribuye a la Intervención General del Estado una específica supervisión contable.

Junto a estos controles, que podríamos llamar administrativos, internos al aparato del Gobierno, existen otros externos alojados en los distintos poderes del Estado.

Asi, en el Congreso de los Diputados existe una comisión específica de “control de los créditos destinados a gastos reservados”, competente para recabar la información que considere pertinente y exigir la comparecencia de las personas involucradas en estos manejos. Personas estas que, además, tienen la obligación de registrar una declaración de su patrimonio ante la Presidencia del Congreso.

Siendo adecuada esta previsión echamos de menos la existencia de un análisis posterior de la evolución de ese patrimonio, como existe en la legislación de Altos Cargos (30 de marzo de 2015) que prevé la elaboración de un informe para comprobar su situación patrimonial por si han existido indicios de un enriquecimiento injustificado teniendo en cuenta los ingresos que han percibido. Tales datos pueden ser contrastados con la Agencia Tributaria y generan, en caso de comprobarse un incumplimiento o falsedad, la imposición de sanciones, la obligación de restituir y las demás responsabilidades pertinentes. Se trataría de recuperar en toda su extensión, inyectándole renovado vigor, el viejo “juicio de residencia” o “purga de taula”, propio de la Corona de Aragón, yerto entre las páginas de nuestro derecho histórico a la espera de la mano amiga que le diga, como el arpa del poema, “levántate y anda”. Tal institución histórica obligaba a los regidores de las ciudades, jueces u otros oficiales a someterse a una investigación o juicio sobre su gestión al final de la misma e incluso a reparar los yerros cometidos.

Como controles externos más afinados contamos con el Tribunal de Cuentas y los tribunales ordinarios: jueces penales, jueces militares y jueces de lo contencioso – administrativo.

Y es que ninguna actuación puede quedar fuera de la mirada de Argos del Estado de Derecho ni de los sinsabores que este puede infligir a quienes lo conculcan: a saber, la reintegración de fondos (juicios contables y demás), la inhabilitación, la pérdida de la condición de funcionario o la privación de libertad en los casos de conductas tipificadas en el Código Penal.

De ahí la necesidad de compatibilizar la existencia de secretos y actuaciones reservadas con los principios esenciales del Estado de Derecho haciéndolos convivir de manera pacífica y ordenada. Pensemos en la responsabilidad exigible a todas las autoridades y funcionarios, en el principio de interdicción de la arbitrariedad, así como en la seguridad jurídica, base de la confianza ciudadana en las instituciones políticas.

Si echamos la vista atrás, conviene resaltar el hito que constituye la sentencia del Tribunal Supremo (Sala de lo Penal) de 18 de octubre de 2004, relativa al uso de fondos reservados por autoridades muy significadas del Ministerio del Interior.

En ella quedan perfectamente realzados los principios básicos que han de ser respetados en un Estado de Derecho. A su tenor, aunque el uso de estos fondos reservados sea una materia clasificada, no es posible, emboscados en ella, cometer delitos ni desviarlos a otros fines diferentes de los legalmente asignados. Tampoco aplicarlos “al propio enriquecimiento creando de esa guisa injustificados espacios de impunidad”. Y más adelante: “tolerar el despilfarro egoísta de los fondos públicos … dejaría a personas e instituciones sin la debida tutela judicial efectiva  [porque] el Derecho no puede amparar delitos … pues otra interpretación haría depender de una autorización del Ejecutivo la competencia de los jueces y tribunales para la investigación y persecución de los mismos”.

A lo largo de esta exposición ha salido, como estrella especialmente llamativa, la “seguridad del Estado”. Pues bien, hora es de recordar que esta seguridad no se acaba en sus aspectos más visibles como pueden ser la defensa militar, el trabajo policial, ahora la persecución de los delincuentes informáticos o el terrorismo internacional sino que, y esto es lo determinante, descansa en la confianza de los ciudadanos en la correcta y honesta actuación de las autoridades y servidores públicos. Por eso se impone aplicar el máximo rigor político y jurídico a quienes hayan podido cometer irregularidades en el ministerio del Interior.

Pues esa es la genuina seguridad del Estado que importa preservar porque, sin ella, todo se desploma en un barranco en cuyo fondo están los reptiles del descrédito del poder y del escepticismo ante la democracia.

 

Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes

(Publicado en el periódico El Mundo el día 5 de febrero de 2019).

 

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El grillo-camello

Todos tenemos amigos que son personas ingeniosas, cultas, leales, ocurrentes conversadores, buenos en el buen sentido de la palabra como decía ser Antonio Machado, sujetos pues abonados. Pero también hemos de convenir que una gran parte de quienes nos rodean son todo lo contrario: pelmazos, romos, desleales, cultivadores de tópicos, individuos en suma superfluos y, a menudo, malos. Tipos vitandos.

 

Esa es la razón por la cual tiene tanto crédito el cultivo de la soledad, el retiro, la jardinería, el huerto, trucos que nos permiten apartarnos del contacto humano.

 

Una de las cumbres de esta actitud la expresa Lope de Vega cuando canta: “A mis soledades voy / de mis soledades vengo / porque para andar conmigo / me bastan mis pensamientos”. Y en el “Villano en su rincón”, una comedia con versos bellísimos y hoy olvidada, dice el Rey de Francia hablando de Finardo: “¡que le haya dado la suerte / un rincón tan venturoso / y que esté en él poderoso / desde la vida a la muerte …”.

 

En fin, podrían aportarse centenares de testimonios en idéntico sentido pero un alarde de pedantería no es propio de una “sosería”. Con todo, recordemos que don Quijote se recrea buscando aventuras en sus “soledades y asperezas”. Antonio Machado dedicó todo un poemario a las soledades y, en el mundo germánico, para Rilke, por ejemplo, la soledad es una lluvia que sube del mar … y al final se va con los ríos. La muy juguetona, añado yo.

 

En la Europa central, toda la primera mitad del siglo XIX, desde el Congreso de Viena hasta más o menos la revolución de 1848, el arte, la decoración en las casas, los mismos peinados y vestidos estuvieron dominados por el espíritu del “biedermaier” que remite al retiro de los habitantes de las ciudades a la intimidad de sus hogares y al cultivo de la familia, hartos de la cháchara interminable e infecunda.

 

En la España actual ¿quién duda que el tipo cargante, especie que trepa y trepa sin medida ni descanso (y el verbo trepar nunca mejor empleado) te empuja hacia tu casa, a rumiar cogitaciones equipado con tus cachivaches mentales? ¿qué interés hay en convivir con él?  Hace tiempo que sostengo que en España sobran aeropuertos, universidades, comunidades autónomas y pelmazos.

 

¿Qué es lo pavoroso a añadir a este panorama? Pues lo que se acaba de publicar en muchos periódicos y es que en casa no se está solo porque en puridad en ella estamos invadidos por una microfauna, idea bajo la que se ocultan nombres aterradores como la cucaracha alemana, los grillos camello, el thermus acuaticus, la araña saltarina … y por ahí seguido. La cucaracha alemana, la cabrona, es inmune a los pesticidas y para acabar con ellas hay que enfrentarlas en singular combate con unas avispas enanas que ponen sus huevos justo en los huevos de las cucarachas: ¡hace falta mala leche!

 

¿Alguien imagina la labor que nos echamos encima? Si no tenemos suficiente con tener que recordar las contraseñas para usar el ordenador, encima hemos de buscar huevos de cucaracha y excitar a unos animalitos inmundos a enfrentarse entre ellos.

 

Los grillos camello tienen la espalda arqueada o sea joroba, como yo y como casi todas las personas decentes. Pero fuera de esta distinción corporal, son unos canallas sinuosos. Y sepa usted que en su casa, en los radiadores de la calefacción, anidan los thermus acuaticus que se están bañando allí y pasándolo pipa pero propagando enfermedades e indisposiciones variadas.

 

La araña saltarina es también otro componente de esta adorable biodiversidad que nos cerca.

 

¿Cómo se permite que los periódicos publiquen estas noticias tan alarmantes? ¿no estaría justificada la vuelta a la censura? Creo que sí, que un poco de mesura a la hora de airear inquietudes no vendría mal.

 

Porque si, huyendo del pelmazo que nos acecha en el exterior, nos encontramos con el grillo camello en el pasillo de casa ¿dónde está la salvación? ¿quién nos defiende?

 

 

 

 

 

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La envidia

La envidia es la cornamenta del hombre.

Con ella embiste.

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Medias

Una media de cien euros se gastan las españolas al año en medias. Muchos euros sacan de su bolsillos al año las señoras para decorarse o abrigarse las piernas. La media es una de las prendas más deliciosas que existen y es la que acaso coloca al varón en un mayor estado de excitación y de ensueño. La imagen de las grandes actrices del cine quitándose las medias al borde de la cama con un macho cerca en estado de implacable verriondez es de las que no se borra a ningún espectador bien constituido y en plenitud de facultades. Recuerdo en ese trance a la bellísima Laura Antonelli en la película «Malicia» y aun hoy se me pone la carne de gallina.

Era la época de las medias que llegaban hasta los muslos y de ellos no pasaban como en una suerte de respeto hacia intimidades más consagradas ajustándose en ellos con la liga, otro objeto erótico al que habría que dedicarle un artículo, un soneto o una tesis doctoral. Porque la liga ha sido también fetiche con el que soñar, trofeo con el que presumir y fortaleza de la mujer pues que en ella se ajustaba la navaja para acometer cuando la ocasión lo requería. Y es que la liga ha expresado durante años la resistencia de la mujer y así cuando la liga estaba en su sitio, la mujer se sentía segura y a salvo mientras que cuando la liga se aflojaba y caía y no digamos cuando se perdía, la mujer podía considerarse pieza batida porque al cabo era la liga como el arbotante que le permitía mantenerse erguida y digna. Una mujer tenía que cuidar mucho de su liga que era la representación del virgo, de su condición inmaculada e inaccesible. Caída la liga, caída la honra.

Hoy este signo de la castidad ha pasado a la historia pues junto a la media tradicional han surgido otras modalidades que se llaman pantys, leotardos y minimedias y ninguno de ellos precisa de la liga. Todo el mayor desparpajo alcanzado por la mujer en el terreno sexual en estos últimos decenios del siglo tiene que ver con la desaparición de la liga que ha implicado en cierta manera como arriar la bandera de la continencia.

Las minimedias no sé a ciencia cierta en qué consisten pero el nombre no me inspira la más mínima confianza porque aplicar un diminutivo tan vulgar a una prenda de tan ricos significados como es la media me parece una falta de respeto censurable, además de una descortesía que la media no merece. Acaso se trate de esas medias que llegan hasta poco más abajo de las rodillas y, si es así, esta modalidad hay que erradicarla de nuestros ensueños porque son medias de varicosas, de la mujer que en lugar de andar grácilmente con el concurso poderoso y severo de las caderas parece hacerse pesadamente a la mar. ¡Fuera las minimedias!

Otra cosa son los pantys y los leotardos. ¡Ah, lector, hay mucha verdad en ellos! Ambos son medias atrevidas pues que han conseguido con resolución superar la frontera en la que la media se había quedado tradicionalmente para avanzar hasta alcanzar nada menos que aquella zona que los magistrados del Tribunal Supremo (rijosillos ellos) llaman las «cavidades protegidas» de la mujer. Esta valentía, este arrojo, no está ciertamente al alcance de cualquiera y se necesita mucha convicción, mucha seguridad para culminar un recorrido de esta naturaleza. Es decir que el panty y el leotardo son prendas osadas, bravías, de las que no se paran en barras. Han destronado a la liga pero ha sido a base de entrar en territorios prohibidos colocando en ellos la enseña de su coraje. ¡Bien por el panty y por el leotardo!

Además, así como la media tradicional quedaba un poco sosa cuando se la veía fuera de la pierna que estaba llamada a cubrir porque la media era en cierta forma un objeto que había de vivir en simbiosis y por ello en solitario tenía algo de pendón abatido en la batalla, el panty y el leotardo por el contrario ostentan una gran dignidad aisladamente considerados, al margen de la extremidad femenina. Es decir que tienen en cierta manera vida propia pues ambos, simplemente desplegados sobre una silla y no digamos sobre una cama, son símbolos de barroca sexualidad, de la cópula y del fornicio. No es la primera vez que existen en la historia estas formas de cubrición de las piernas pues en sus orígenes la media formaba un todo con el calzón de manera que vemos cómo todo lo que parece novedad no es sino una simple variación de lo que ya vieron los antiguos.

Luego están las medias caladas que ponen encaje en las piernas, las velan y las descubren a un tiempo, siendo éstas las que mayor perturbación pueden llegar a causar a quienes las miran atentamente porque los dibujos, al ser caprichosos, disparan la imaginación y empezamos a ver la pierna en deliciosas figuras geométricas adquiriendo su territorio las tres dimensiones o más si es que hay. Hoy se echa de menos porque se ve poco la media con costura, a lo Rita Hayworth, que era una media con el rumbo marcado, realmente para marear.

Cosa fina la media, señores.

 

 

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Anatomía del tópico

Es Tocqueville quien en su libro más desconocido y más agudo, “Recuerdos de la Revolución de 1848”, escribe con melancolía “no es que desprecie a los mediocres, simplemente los frecuento poco. Los trato como a los lugares comunes: los respeto porque rigen el mundo pero me aburren profundamente”.

El mundo está en efecto apuntalado por los tópicos; si se retiran, se desploma.

¿Hay alguna afirmación más exacta en la hora presente? El tópico es hermano de la superficialidad, ahora se dice de “lo binario”, o con la derecha o con la izquierda o con la monarquía o con la república o con los toros o con los conejitos indefensos o con la mujer o contra ella y así seguido …

A veces pienso que estas procesiones de tópicos, que pasan por nuestros ojos a diario, deberían tener sus tambores, sus disciplinantes y toda la demás fanfarria para que, al menos, no nos pillaran desprevenidos y pudiéramos aprestar nuestros mecanismos de defensa.

Los tópicos son un mar caudaloso, río en ejarbe. Tempestad sin piedad, sustancia que se hincha y se hincha hasta provocar la tumefacción.

Deberían las empresas de seguridad vender alarmas contra los tópicos y así lo he recomendado a personas del ramo pero nadie me ha hecho caso. El resultado es que hace poco un ejército de tópicos invadió la casa de un amigo librepensador que tengo y la arrasó. Fue un descuido, explica, pero un descuido que está pagando caro. Ha pasado la aspiradora, ha desinfectado con los productos más implacables, ha pasado las bayetas más ecológicas, todo está siendo en vano: el tópico inficiona el ambiente, se ha pegado a las paredes, se descuelga insolente de las lámparas, le desafía y le hace burlas. Su desesperación es indescriptible.

¿Hay remedios contra los tópicos? Convoco a quienes los conozcan para que los divulguen y nos libren de su condición pegajosa, empalagosa y viscosa. Cobrando, por supuesto, ningún dinero estará mejor empleado.

Como hay matamoscas debería haber mata tópicos o un aerosol fulminante, de malas pulgas (ya que de insectos hablamos), que los destruya o al menos los deje inactivos.

Se podría crear un pudridero de tópicos. Cada vez que empieza a circular uno, por la radio, por la tele, lo atrapamos, lo desarmamos, le ponemos un sudario y le damos un tratamiento de veinte o treinta años. Solo si resiste se le devolverá a la vida, ya librado de su condición infamante, restablecida su dignidad como idea apreciable. Se les puede visitar de vez en cuando, como a los reyes en El Escorial, para ver cómo van pero sabiéndolos yertos, sin capacidad para degradar la sindéresis.

El tópico es una idea de luto, la cana que nos sale en la imaginación. La arruga del pensamiento.

Un exvoto dedicado a la estupidez. El yeso contrapuesto al mármol, el bronce al oro.

Cuando es benigno es un pólipo. Cuando arrecia firme por tertulias y artículos de ¿opinión? es ya cáncer maligno y devastador.

Es el biombo que trata de ocultar la memez. El escombro, los cascotes que nos caen encima y de los que es preciso huir.

Se comprenderá que sostenga que el escritor de tópicos merece recibir sepultura en un lugar común.

 

 

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¿Es el hacha un arma reprobable?

Realmente, a veces, los periodistas, a los que tanto admiro, están en la higuera o escriben como desde otro mundo, como si no conocieran las verdades esenciales de la sociedad en la que vivimos.

Resulta que se difunde como noticia el hecho de que «un matrimonio se disputa el mando a distancia del televisor con un hacha y un cuchillo». Es decir, que a la hora de la selección del programa (la telenovela, el partido de balompié, el concurso…), como quiera que no existiera acuerdo entre los integrantes de aquella bien constituida familia, el marido, que era quien se encontraba en posesión del artilugio, defendió su preeminencia y sus gustos televisivos blandiendo con energía un hacha, que es como desde el neolítico (que por eso precisamente se llama edad de la piedra pulimentada) se han defendido siempre las causas justas y serias, o sea, aquéllas que han tenido mayor consistencia, mayor empaque y una más altiva dignidad. Y es que un hacha bien enarbolada acalla muchos escrúpulos y ablanda muchas aparentes convicciones, además de poner seriedad y contundencia en las negociaciones que se entablan. Es un hecho cierto e históricamente documentado que, con un hacha cerca, se va al grano y no se pierde el tiempo en inútiles digresiones.

Ahora bien, la mujer, para tratar de igualar sus fuerzas, tomó de la cocina un cuchillo con la pretensión de hendirlo entre las costillas que a más a mano se le pusieran de su amado marido y recuperar así el mando a distancia, lo que le permitiría ver el emocionante concurso en lugar del partido de balompié del que sospechaba iba a ser exactamente igual que los muchos que ya había tenido ocasión de ver a lo largo de su vida. Claro es que un cuchillo no tiene la misma fuerza de persuadir que un hacha, aunque hay cuchillos que, por su tamaño, por su conformación especialmente ofensiva o por la habilidad que se pone en su manejo, logran con eficacia aplacar muchos empecinamientos injustificados. Pero no hay comparación posible con el hacha y me imagino, aunque la noticia no lo relata con exactitud, que el triunfador en el gallardo combate sería el marido y al fin se vería, ya en la armonía de la matrimonial placidez, el encuentro deportivo. Eso sí, a lo largo de la emisión, allí seguiría el hacha bien a mano, plácidamente fulgente, como inminente instrumento de disuasión.

A cualquier persona, tal comportamiento en el seno de una honrada (y vulgar) familia española, le parece lo más normal y yo desde luego jamás la hubiera dado como noticia. Por eso, sorprende que un periodista le otorgue tal dignidad y la meta en los circuitos de las agencias de prensa.

Porque el «mando» a distancia no se llama así por casualidad, sino precisamente porque «mando» equivale a autoridad, a poder, a potestad superior. Ahora bien, en la actual sociedad, son muy poquitos los afortunados que disponen de él habiendo quedado el mando, en la inmensa mayoría de los españoles, contraído a ese pequeño artilugio que en la vida doméstica te permite mandar a paseo a Trump o al señor que lee las noticias. O a subirles la voz o a bajársela hasta verles accionar de una manera cómica, sin oírles, lo que nos permite imaginar las más fantásticas afirmaciones o disparates y así, de esta inocente forma, queda consumada la pequeña, la única venganza que nos está permitida contra tanto pelmazo prepotente como nos rodea.

Es bien cierto que al señor del hacha le hubiera gustado mucho más poder disponer del botón que le permitiera fijar el interés de su hipoteca o el precio de los libros de su hijo y no digamos lo que hubiera dado ese hombre por poder atizar con el hacha al constructor de su vivienda de goteras y chapuzas o por entender el recibo de la luz o por saber la razón de la subida de la gasolina o del tabaco… Pero nada de eso es posible en la actual sociedad democrática y, por eso, esa misma sociedad ha ideado el «mando» a distancia: para crear la ilusión del poder, como una limosna del mismo, como una caridad que se hace con el menesteroso. El «mando» a distancia es el óbolo que se entrega para crear la apariencia del poder. Es un juguete con el que el adulto se entretiene y se distrae y así, mientras le da al «mando», se deja mandar con contundencia y sin rechistar.

Incluso la antigua autoridad en el seno de la familia ha quedado pulverizada, abatidas como han sido las relaciones tradicionales entre padres e hijos: hoy en una casa es lo mismo el ascendiente que el descendiente y, si se me apura, el consanguíneo que el agnaticio. En estas condiciones ¿extraña a alguien que el único poder superviviente sea el de seleccionar el programa de televisión? Y, si ese poder se ejerce con el «mando» a distancia, quien lo posee, es bien lógico que lo defienda con el hacha o con el cuchillo de afiladas intenciones. Estaría bonito que si a los gobernantes se les permite proteger sus pertenencias con aviones, bombas y cañones, nos fuéramos a poner melindres con un pobre señor que, para vindicar su único poderío, echa mano del arma categórica, doméstica y tibia del hacha.

 

 

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¿Reforma constitucional?

La presencia en el panorama político español de partidos (en concreto, Podemos y Vox) que incluyen en sus programas algunas propuestas extremas obliga a preguntarnos -sin estridencias,  empleando el tono justo- si las mismas son compatibles con la Constitución de 1978.

 

Suele decirse que la nuestra es una Constitución rígida porque exige requisitos muy complejos para ser modificada pero, obligado es precisar, que las hay más rígidas todavía, la alemana por ejemplo, cuyo texto, declara la “eternidad” (Ewigkeit) de la estructura federal de la República y de los derechos fundamentales (artículo 79.3). Son estas materias inderogables, imperecederas, se hallan cosidas a la imagen del Estado alemán de manera definitiva e inmutable. Parecidos preceptos, que podríamos llamar yertos, hallamos en las Constituciones francesa (artículo 89) o italiana (artículo 139).

 

No es así en el caso de la española pues admite su revisión total o una llamada parcial que afectaría nada menos que al Título preliminar donde se alojan asuntos capitales como la forma política de la Monarquía parlamentaria, la soberanía nacional o el derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones. Solo que se exige para un trastorno tan sustancial que se ponga de acuerdo una mayoría de dos tercios de cada Cámara, la disolución de las Cortes, una nueva aprobación por mayoría de dos tercios de cada Cámara y un referéndum para su ratificación final.

 

A la vista de estos datos extraídos del articulo 168 C.E. se puede afirmar que la nuestra es una Constitución que ampara la apertura de un proceso constituyente (la revisión total a que alude el art. 168) del que tan solo quedaría excluida la propuesta de los partidos separatistas catalanes de independizarse de España, creando un Estado nuevo  y ello porque la Constitución se llama “española”, aplicable por consiguiente a esa realidad histórica y política que se identifica como España desde hace varios siglos. Se convendrá conmigo que al legislador constitucional no se le puede suponer la frivolidad de juguetear con implantar el caos ni tampoco podemos pensar de él que sea propenso a divertirse acogiendo el abismo -institucional, económico, etc- que supondría la escisión de una región del territorio español, algo identificable cabalmente como el ocaso del mismo.

 

Por eso en el Preámbulo se promete “proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones”. De manera que ese proyecto, en el que se ha embarcado el separatismo catalán, es el resultado de la insurrección contra un orden constitucional concebido como un todo dotado de una esencial lógica interna (razón por la cual sus dirigentes han de rendir cuentas ante los tribunales ya que el Código penal no puede orillar estas conductas).

 

Cuando, por su parte, Podemos aboga por la naturaleza republicana y plurinacional de España y por los referenda para ejercitar el derecho “a decidir” o cuando Vox propone convertir de nuevo a España en un Estado unitario han de ser conscientes de estar interesando partes muy sensibles del edificio constitucional, zonas a las que está aplicando un bisturí invasivo. Si tales aspiraciones se hicieran realidad, es evidente que todo el sistema sufriría un vuelco de dimensiones espectaculares, el espacio se vería sacudido por un juego de flujos y reflujos que llevaría -durante años- a infinitos desajustes. Que este futuro sea una oferta electoral de un partido conservador no deja de resultar paradójico.

 

No extrañará que una empresa de ese porte, parecida a la de un terremoto en el mundo geológico, un salto que bien puede calificarse de vertiginoso, necesite la máxima prudencia y las más previsoras cautelas. Son justamente las que exige el art. 168 a las que antes me he referido basadas en un iter procedimental entretejido por la multiplicidad de acuerdos entre los actores de la escena política que de forma necesaria se ha de dilatar en el tiempo, salpicándolo de vacilaciones y zozobras.

 

Me parece que, en la situación actual, las fuerzas políticas con las que contamos no deberían meterse en un embrollo tan perturbador. Para poder iniciar un proceso constituyente o de simple reforma es presupuesto inexcusable que la comunidad se halle “integrada”, consciente de ser un grupo que se siente como tal, que comparte unas convicciones comunes que le permiten vivir juntos y constituirse en un Estado regido por la misma norma. En este contexto, lo simbólico -por ejemplo, la bandera- juega un papel nada despreciable y por ello encontrar la forma de Estado más apropiada no es el producto tan solo de una reflexión político-jurídica sino también en parte de una adhesión afectiva, lo que es más imprescindible aún en los Estados descentralizados.

 

Pues bien, afirmo que las fracturas sociales y emotivas que alimentan los nacionalismos separatistas en España conforman el ejemplo de manual de una situación carente de esos elementos de “integración” indispensables para hacer posible la vigencia ordenada y fructífera de una Constitución. Mientras tales nacionalismos, representados por partidos políticos, sigan defendiendo sus tesis dirigidas a destruir el patrimonio común que supone la existencia de un Estado que ha de ser indiscutido hogar común no tiene sentido pensar en la reforma constitucional. Dicho de otro modo: mientras no nos pongamos de acuerdo en un “credo” compartido y libremente asumido, en un prontuario de cuestiones básicas, entre ellas, obviamente, la existencia misma de ese Estado, pensar en dibujos constitucionales es fantasear o, como decían los antiguos, trasoñar.

 

Por eso me permito proponer que nos centremos en objetivos más cercanos a la ciudadanía. Pienso por ejemplo en el destierro de las financiaciones ilegales, en la garantía de servicios públicos prestados en condiciones de igualdad, en la expulsión de la educación del debate sectario, en la reforma de la legislación electoral para dejar de favorecer a quienes votan opciones nacionalistas, en la despolitización de tribunales como el Constitucional o el de Cuentas, donde hoy los partidos nombran a sus magistrados o consejeros sin pudor alguno. Debe decirse que la reciente modificación de la Ley Orgánica del Poder judicial ha recogido en parte lo que algunos llevamos predicando hace tiempo: que la designación de los magistrados integrantes de la “élite judicial” deje de responder a criterios político / asociativos y se rija por un mecanismo menos discrecional, más reglado.  Ahora solo falta la desaparición de los magistrados elegidos por las Asambleas parlamentarias de las Comunidades Autónomas y, sobre todo, la prohibición de las “puertas giratorias” de jueces y fiscales, esas que permiten estar hoy en la Sala con las puñetas, mañana en el escaño o en el Gobierno, pasado de nuevo en el Juzgado. Sin despeinarse.

 

Igualmente se podría evitar el espectáculo del cambio – masivo, obsceno- de los altos cargos del Estado y de sus empresas públicas con motivo de la alternancia política. No sería malo imitar a las instituciones europeas: pienso en la Comisión, en el Parlamento europeo donde se practica, en los tránsitos de unas mayorías a otras, la moderación y una visible continencia en el trasiego del personal de confianza.

 

Con estos ingredientes, que no exigen manosear la Constitución, se daría un salto apreciable en la salud de nuestras instituciones. Serían pasos alejados de acrobacias y quimeras pero zancadas si pensamos en ese bien supremo que consiste en desvelar el misterio y practicar el arte del buen gobierno.

 

 

Publicado en el periódico El Mundo el día 5 de enero de 2019.

 

 

 

 

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