¡Nos quitan el horizonte!

El horizonte ha sido siempre ese espacio infinito vagamente azulado al que miraban los enamorados con las manos entrelazadas, el lugar de donde los poetas tomaban su inspiración como se toma el agua de un pozo generoso y providente, la referencia de los marinos que lo escudriñan para saber cuándo se logra el fin de sus afanes como los antiguos preguntaban a las aves la suerte en la batalla, el horizonte, en fin, es el regazo del que venimos y al que un día, ay, habremos de volver.

El horizonte parece lejano pero es cercano, es el espejo del cuento al que quisiéramos preguntar por nosotros, por ellos, por Dios … Si no estuviera en el mundo, lo habríamos de imaginar porque no se puede vivir sin la esperanza remota del horizonte. El prisionero es prisionero y se siente angustiado precisamente por no tener horizonte porque quitar el horizonte es suprimir la libertad, la libertad de soñar, que es la más consistente de todas las libertades, la que no está en las Constituciones y, sin embargo, la única en verdad auténtica y relevante.

Cuando se dice que en otros planetas no hay vida, lo que se está queriendo decir, en rigor, es que no hay en ellos horizonte porque la vida sin horizonte es precisamente la muerte, la nada. Y es que todo se nos convierte en entelequia, en un vulgar simulacro si suprimimos el horizonte, si nos vemos privado de su acogedora presencia, de sus guiños enigmáticos, de su inteligente ironía, de su sabiduría en suma.

El horizonte nos inspira, nos estimula porque es la gran droga, la verdadera droga, el alucinógeno más potente de cuantos se conocen. Por eso volvemos siempre al campo, al mar, porque allí podemos verle más claro, preguntarle mejor y oír más nítidamente sus respuestas, su aliento, también sus enfados y sus reprimendas. Y es que el horizonte nos amonesta como un abuelo, con experiencia y con cariño, y nos enseña la enseñanza impagable, a saber, que todo en la vida es vano, escurridizo como él, y nos advierte con sus buenos modales que vamos detrás de lo imposible, que corremos una carrera inútil, que cuando creemos haber llegado, en realidad no hemos salido.

El horizonte es la morada de la felicidad como el Olimpo era la morada de los dioses antiguos. Es justamente desde allí desde donde ésta emite sus destellos, allí compone su cautivadora sonrisa, nos abre sus brazos y nos llama, casquivana y provocadora. Allí vive en íntima comunión con el amor, del que la felicidad es hermana, y allí tejen sus juegos, sus travesuras, sus equívocos y sus eternos enredos.

El horizonte suele brillar porque tiene también algo de llama votiva, de homenaje permanente de gratitud. Es un pasatiempo del Cielo y con él juegan a la cuerda las nubes. Además ¿a quien no conmueve la enorme piedad del horizonte que todos los días comulga la sagrada forma del Sol?

Antonio Machado, que tiene, como tantos otros poetas, un bello poema dedicado al horizonte habla de él como “un cristal de llamas”, y dice sentir la espuela sonora de su paso “repercutir lejana en el sangriento ocaso, y más allá, la alegre canción de un alba pura”. Porque el horizonte, en efecto, sugiere la sangre, pero también la alegría de una canción, elementos aparentemente contradictorios pero que no lo son si se admite que el horizonte encierra al mundo todo. Y el mundo, como se sabe, es el tablero donde Dios juega a las contradicciones.

Por eso, alarma tanto que los políticos nos quieran arrebatar el horizonte de siempre y lo quieran sustituir por el horizonte desteñido de sus obsesiones y sus twits.

Debemos estar en guardia porque este es un horizonte de desfase presupuestario, de ajuste, de tipos de interés, de recortes, de déficit, de superávit, de euromoneda, de eurotarjeta y de eurotedio… Allí no suena “la alegre canción de un alba pura” sino el monótono acorde de la tasa de inflación, del crecimiento de la inversión, de la consolidación fiscal, del balance monetario y de la desregulación laboral. Allí no hay colores ni enigmas que nos consuelen, sino subvenciones, cuotas lácteas, bienes de equipo, exportaciones, importaciones, PIB, stocks de existencias y formación bruta del capital.

¡Ah, políticos! Nos mandáis, nos mangoneáis, nos lleváis de acá para allá. Sea, aceptémoslo porque tratar de esquivaros es tarea inútil y acaso signo de soberbia. Pero lo que en modo alguno podemos permitiros es que tratéis de quitarnos el horizonte de siempre, el horizonte antiguo, el horizonte de nuestras miradas perdidas, de nuestras esperanzas azules. Oíd, políticos, y atended, nuestra llamada angustiosa: ¡no nos quitéis nuestros sueños!

 

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Carnés y tarjetas

En el principio fue la cédula. Era ésta un documento ligado al pago de determinados impuestos de suerte que se expedía a quien se ponía a bien con la Hacienda, que ha sido siempre una de las formas de estar a bien con Dios. La cédula ha servido pues, a lo largo del siglo XIX, como prueba de identificación personal y, como no existían las fotos de carné, recogían los rasgos más sobresalientes del sujeto, como su altura, el color de los ojos, la abundancia o escasez de pelo y otras características que servían para hacerse una idea aproximada de su titular y así las fuerzas del orden público se hacían la ilusión de tener más o menos controlado al personal.

Todo ello era sin embargo muy rudimentario porque quienes estaban obligados a disponer de cédula eran en rigor pocas personas. El sujeto que no era propietario de nada ni tenía pensado en su vida otorgar un documento público ni desempeñar un cargo de enchufado en el Ministerio de Fomento podía vivir tranquilamente sin cédula que era como vivir en libertad. Es decir que, en cierta forma, la cédula distinguía a los individuos libres de los que habían sido esclavizados por el Estado al obligarles a pagar impuestos o a mancharse las manos de tinta en una oficina pública. Como seres beatíficos, es decir, sin cédula vagaban también las mujeres, a menos que cometieran la vulgaridad de casarse; los soldados porque los moros en África no la requerían para arrearles estopa con sus espingardas; las monjas a quienes Dios no iba a pedir la identificación antes de rezar los maitines y también los penados pues ya llevaban una bola atada a un pie y se les distinguía. También los locos andaban por la calle como les petaba y los mendigos siempre que lo fueran, según decía el Reglamento, “por causas ajenas a su voluntad”. Es decir, que el mendigo por vocación, el que pudiendo disponer de coche con tronco de seis caballos, se empeñaba en seguir de mendigo pidiendo limosna, ése tenía que sacar su cédula como sanción a su extraviada conducta.

La realidad era que casi nadie tenía cédula. ¿Alguien se imagina a los bohemios de la pintura o de la literatura (por ejemplo, a Gálvez, ahora que lo ha resucitado Prada en un libro excepcional) presentando su cédula para perpetrar el correspondiente sablazo? La cédula representaba una forma de encadenamiento y por eso era cosa de funcionarios y de suministradores del Ejército. La cédula era la marca de hierro del ganado estabulado, la vieja carimba que se ponía a los esclavos. La gente bien iba sin cédula y con la cabeza alta, aspirando la más gloriosa de las libertades, la libertad de no estar identificado, de no figurar en registro alguno, de no haber sido presentado jamás a esa chismosa señora que es la Administración.

Una libertad ésta que se ha perdido. El carné de identidad con foto, la huella dactilar como seña indeleble, hasta el grupo sanguíneo que ha sido siempre una cosa íntima, como la sífilis, todo ello metido en ordenadores, controlado por personal especializado ha venido a dar al traste con el vagar anónimo e irresponsable del pasado. Hoy no podría volver la vieja bohemia porque al bohemio se le acabaría pidiendo el NIF y eso le aniquilaría y sobre todo le igualaría sin remedio al contable de una entidad de seguros.

Pero no acaban aquí las desdichas del presente porque a este carné básico es preciso agregar los de socio del equipo de balompié, de la sociedad recreativa, de la hermandad de donantes de vísceras, de la tienda que alquila las cintas de video pues hasta estos establecimientos expiden hoy sus carnés con formalidad policial y burocrática. Todos con sus fotos que son como proclamar nuestra identidad a los cuatro vientos, como ir de anuncio o dando cuartos a un batallón de pregoneros.

A ello hay que añadir las tarjetas de crédito que recibimos, las pidamos o no, por docenas de los bancos, extrañamente solícitos hacia nosotros y sorprendentemente preocupados por nuestra comodidad. El último invento es la tarjeta de “fidelización”, en español “fidelidad”, error disculpable este pues ya sabemos que el Diccionario no es el fuerte de las beneméritas clases comerciales. Esta tarjeta sirve para obtener puntos si somos fieles (o nos mantenemos “fidelizados”) a una determinada firma y, si los juntamos con perseverancia, podemos llegar a ser agraciados con regalos y obsequios. Esto mismo ocurría en mi infancia y mi abuela se pasaba las tardes pegando con engrudo sellos en una cartilla (que había sucedido a la de racionamiento) para, al fin, conseguir una palangana de plástico. Como hoy todos, gracias a este ingenioso sistema, ya disponemos de palanganas, lo que se ofrece es un viaje a Roma o a Disneylandia.

Estamos ante el colmo de los colmos: nada menos que la dama esquiva de la fidelidad, programada y metida en una tarjeta. Ya veremos cómo reacciona, ella tan casquivana. Yo, por mi parte, voy a intentar conseguir mi tarjeta de fidelidad para darme el supremo gustazo: el de serle infiel.

 

 

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Cuernos de rinoceronte

Que la policía londinense es la más eficaz del mundo todos lo sabíamos porque así lo hemos aprendido desde pequeñitos en las películas sobre Scotland Yard. Es verdad que Agatha Christie se permitía sacar detectives despistados en sus novelas pero esto lo hacía como simple recurso literario y con la benemérita intención de realzar las habilidades de sus personajes. Ya sabemos que las novelas no son sino una colección de mentiras y quienes las escriben embaucadores que solo perjuicios causan al buen orden social.

Y es que descubrir asesinos en Londres no era tarea fácil si se tiene en cuenta la niebla persistente que envolvía sus calles creando aquella sensación de angustia fluyente, de incógnitas, de gritos de terror y de desesperanza. No es extraño que haya habido allí tantos asesinos porque su actividad profesional se ha podido ejercer siempre de una manera mucho más sencilla al contar con el amparo acogedor que prestaba el sudario de la niebla. ¿Cómo se puede comparar al asesino de Londres con el de Málaga, cuya obra queda expuesta al instante al sol delatador, linterna del Gran Vigía?

Pues bien, experimentada como está la policía inglesa en descubrir delincuentes de consistencia, le ha sido extremadamente fácil dar con una banda que había logrado acaparar un formidable alijo de cuernos de rinoceronte. Lo primero que llama la atención es constatar que hay contrabandistas de cuernos de rinoceronte como antes había contrabandistas de tabaco y máquinas de fotografiar que ya o no existen o simplemente son el hazmerreír de los contrabandistas.

De igual forma, a cualquier persona bien constituida le parecerá sorprendente que exista un comercio de cuernos de rinoceronte porque, en nuestro medio, aparecer en casa de unos amigos que han tenido la amabilidad de invitarnos a cenar con un obsequio de estas características se tomaría como una indirecta hiriente por burlona o, sencillamente, como una ofensa. Y es que el cuerno entre nosotros, fuera de las plazas de toros, tiene un significado bien preciso de pecado, de sábanas y de vicio. El cuerno trae, como la caracola, el rumor preciso de una tempestad de sudores.

Visto así, ningún interés económico tendrían los cuernos de rinoceronte pero el asunto se aclara si se explica que los mismos estaban destinados a varios países del Lejano Oriente donde los utilizan como estimulantes del apetito sexual. Claro es que no en su estado natural porque son grandes, alguno pesa hasta ocho kilos, y puntiagudos, sino convenientemente triturados y convertidos en polvo. Así es como adquieren las indicadas propiedades. Es decir, que el polvo de cuerno de rinoceronte desencadena el polvo de la venérea pasión.

La imagen de un asiático inapetente tomando de la estantería su cuerno y enchufando la minipimer de cuernos para triturarlo y obtener el ansiado polvo es verdaderamente extraña para nuestra sensibilidad de occidentales. Porque, a renglón seguido, surge la pregunta: ¿el polvo se aspira como el rapé de nuestros abuelos o se toma mezclado con el cola-cao? ¿o es un tópico que se aplica a la zona afectada por la desgana? ¿a cuál, a la del hombre o a la de la mujer? Son preguntas, como se ve, inquietantes, que convendría aclarar si se quiere introducir entre nosotros al rinoceronte como inspiración placentera.

¡Quién nos los iba a decir! El rinoceronte, un bicho antediluviano, espantoso, que asusta a los niños y a los adultos en el zoo, resulta que pone verriondos a los moradores del Lejano Oriente porque, es claro, que cuando un asiático vea a un rinoceronte, lo primero que se le ocurrirá será hacerse con su cuerno para triturarlo y pasárselo pipa. De modo que todo el embrujo que para nosotros tiene Asia por la leyenda de sus mágicas mujeres, cuyos ojos cautivan por su luz limpia y mate, hembras de velas altas, de suaves susurros, de gemido tímido y quedo, ahora resulta que debe cuestionarse pues a sus compatriotas les dejan indiferentes y que, justamente por estar flácidos y decaídos, precisan de un reconstituyente como nosotros necesitábamos el vino quinado en nuestra niñez. Porque eso parece que es el cuerno de rinoceronte molido: una especie de ponche para combatir el asiático desarme.

Todo esto es en verdad muy complicado. El occidental procede en estas materias de una forma más sencilla porque ora se encuentra excitado de continuo, ora le basta una imagen, una evocación, a veces una música, un simple olor, para responder con seguridad, eficacia y prontitud.

¿Polvo de cuerno de rinoceronte? No, gracias. Por estos pagos se prefiere el de una de esas diosas de ébano que juegan al voley – playa.

 

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Signos ortográficos

Lo peor de todo lo que nos está ocurriendo es la desaparición paulatina de los signos ortográficos y otras extravagancias en la escritura. En los mensajes de móvil se cortan las palabras, se emplean abreviaturas chocantes y se despide nuestro interlocutor con un emoticono de aplauso o de beso. La palabra tersa, limpia, bien acentuada desaparece para dar paso a una ortografía de la prisa y el desaseo. Es la incuria que se apodera de los espacios más sagrados, como esos curas que dicen la misa atropellando la liturgia para no perderse el partido de la Champions.

Como digo, el acento empieza a ser una reliquia venerada por falta de empleo lo que puede hacer un texto incomprensible como cuando se escribe “deposito” sin acento no se sabe si es que “depositó” o constituyó un “depósito”. O si pongo “esta” no sé si me refiero a esta gachí que tengo a mi lado o que “está” muy buena. Tales desatinos son atribuidos por algunos a la ESO, por otros al BUP, en fin, hay quienes los cuelgan a la responsabilidad del PSOE, otros al PP. Yo -la verdad- no me atrevo a mediar en esta polémica de siglas que durará siglos.

Muchos teclados de los chismes que usamos carecen del doble signo de la interjección y de la pregunta, influidos como están por idiomas que se conducen también con atropello gramatical. Los franceses, por ejemplo, no ponen más que un signo al final y menos mal porque pronto lo quitarán también, apresurados como andan siempre para irse a faire l´amour con una señorita de tetas entonadas. En alemán la tortura es terrible porque, además de no tener más que un signo, resulta que la existencia de verbos separables hace que tengamos que esperar al final para saber, por la partícula, si el hablante quiere decir una cosa o justamente la contraria. Por eso hablar y entender el alemán exige una atención descomunal y este truco está pensado para que nos adiestremos y podamos al fin familiarizarnos con Schopenhauer. Ya decía María Lejárraga, la esposa de Martínez Sierra, que no entendía cómo la gente hacía crucigramas pudiendo aprender gramática alemana. Por cierto que doña María era la autora de los escritos de su esposo, es decir era un negro / negra.

Las interjecciones sirven para espolear nuestro texto, sacarlo de su estado de somnolencia y lanzarlo como un proyectil. Sin ellas nuestras invenciones quedan con una irrecuperable minusvalía porque les faltan las muletas con las que se desplaza el lenguaje, su apoyo, el pasamanos como si dijéramos de todo discurso bien trabado. Su arbotante, en suma. Sin ellas todo se desploma por la pérdida del equilibrio, como afectado por una atrofia o por la gota. Convengamos en que un texto sin interjecciones es como esas acelgas hervidas sin sal que han de comer los dispépticos por venganza de un médico. Una catástrofe pues jugar con ellas haciéndolas desaparecer de sus lugares tradicionales.

Pues ¿y los signos de interrogación? Estos que acabo de poner justamente. ¿Cómo rellenaremos de misterio, de sensación de enigma a nuestra pluma si no recurrimos a ellos al principio y al final de la frase?  La forma de tener al lector prendido, apresado en nuestras palabras ¿cómo se logra si no es abriendo y cerrando con este signo? Sin ellos ¿cómo generamos emoción, cómo creamos la emboscada del relato, ese pícaro encubrimiento que es la especia de la prosa? Las interrogaciones -sepámoslo- son o bien la máscara con la que hacemos sufrir al lector impaciente o una especie de alcayata donde colgamos un secreto que solo se destapa -si queremos- cuando, puesto el signo al final, continuamos escribiendo.

En fin, con la interjección manifestamos nuestra admiración por algo o alguien. Con la interrogación expresamos nuestro gusto por la duda.

¡Ahí es nada! Admiración y duda: lo que nos distingue de la merluza o de un marsupial.

 

 

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Ante Schleswig-Holstein con horror

¡Vaya con Schleswig-Holstein! Un buen quebradero de cabeza a lo largo del siglo XIX con alarde y estrépito de peleas entre prusianos, daneses, austriacos, y los propios ducados de Schleswig-Holstein en medio de la refriega. Acabarían siendo una provincia prusiana pero para ello tendrían que pasar sucesivas guerras y vivir sobresaltos y zozobras de porte histórico. El escritor alemán Theodor Fontane tiene muchas páginas dedicadas a estos pasajes trepidantes, no olvidemos que fueron una parte sustancial de los que conducirían a la unidad alemana y a la fundación del Reich tras la guerra franco prusiana (1870).

Pues ha sido en ese territorio donde unos jueces han decidido que en España no se ha producido una rebelión en toda la regla frente al Estado constitucional. Con el argumento de que no ha habido “violencia” cuando en Cataluña, si algo ha habido en los últimos tiempos, es justamente violencia: frente a quienes quieren hablar o aprender o rotular su negocio en español; frente a quienes se niegan a tragarse las ruedas de molino de un nacionalismo de boina y tractor y por ello sufren pintadas y escraches; frente a los historiadores que no han aceptado el relato nacionalista en sus textos y estudios; frente a los juristas que han rechazado la milonga de los hechos diferenciales que justifican himnos y procesiones por más que sea a base de tergiversarlo todo empleando una paranoia densa y viscosa.

Ha sido y es una violencia que debe llamarse de tracto continuado. ¿O es que piensan los jueces alemanes que violencia es solo tripular un tanque y arremeter contra el edificio de Correos? ¿o quemar el registro de la propiedad del pueblo? ¿o colgar por los piés a un sacristán? ¿no saben estos magistrados a la violeta que en el siglo XXI las muestras de violencia se extienden también sigilosamente por las redes de comunicación con la finalidad de asediar edificios y hoteles, levantar murallas humanas o cortar carreteras?

Dinamitar el edificio político español aprobando leyes contrarias al orden constitucional en una sesión televisada es, señores jueces, violentar nuestra democracia. Por tanto, ejercer la violencia. De cuello blanco. Pero violencia.

Permítanme darles una pequeña lección de derecho constitucional español, que ustedes desconocen, y después recordarles otra de derecho constitucional alemán que ustedes deberían conocer pero, a lo que se ve, tienen sepultada entre los pliegues de sus polvorientas togas.

Les cuento que en España es posible cambiar en su integridad la Constitución aprobada en 1978. Toda ella, sin excepción alguna. Solo que se exigen determinados trámites. Nosotros distinguimos entre una reforma limitada que tiene un procedimiento regulado en el artículo 167 y otra que se llama “revisión” o reforma “parcial” que afecta al título preliminar y a los derechos fundamentales. En este caso, el procedimiento se complica y a los detalles de su tramitación contenidos en el artículo 168 me remito.

¿Saben ustedes que por esta vía se puede destronar a nuestro prudente monarca don Felipe, mandarle al exilio y proclamar la República?

Naturalmente que ni lo saben ni probablemente lo puedan comprender. Porque, allí, en Alemania, rige el artículo 79. 3 de la GG en el que se recoge algo que a ustedes les sonará de las clases en la Facultad: la “cláusula de eternidad”. En virtud de la misma “una modificación de la Constitución que afecte a la organización en Länder de la Federación, a la participación de los Länder en la legislación de la Federación o a los artículos 1 a 20, es inadmisible”. Y este artículo 20 instaura la República federal y el Estado democrático y social. Si alguien quisiera restaurar la monarquía de los Hohenzollern o cualquiera otra de las casas reinantes antiguas (por ejemplo la de los Wittelsbach bávaros) y decorar de nuevo palacios con entorchados y aparatosos bigotes sería inmediatamente encarcelado por “alta traición”, previo sometimiento probablemente a un tratamiento psiquiátrico puntilloso.

Es más: el párrafo 4 de ese artículo 20 obliga a todos ustedes, jueces, tenderos o cantantes de ópera, a ejercer “el derecho de resistencia contra cualquiera que intente eliminar el orden [constitucional] …”.

En consecuencia, a ver si nos aclaramos. Este señor a quien ustedes han puesto en libertad por considerar que en modo alguno se ha rebelado contra la Constitución española tenía en su mano promover su cambio, de arriba a abajo, sin excepción alguna de sus preceptos siempre que se ajustara a lo previsto en el artículo 168 que antes he citado.

Allí, en Schleswig-Holstein o en Baviera o donde quiera que fuera del territorio de la Repíblica Federal -intangible- de Alemania, esa pretensión es no solo inadmisible sino que obligaría a desempolvar el viejo “derecho de resistencia” que viene desde la Antigüedad clásica, pasando por todos los capítulos en que se divide el grueso libro de la Historia, provocando una polvareda de discusiones.

Pues ustedes, señores de mohosas togas de Schleswig-Holstein, han considerado que un proyecto de secesión como el de Cataluña que implica violar el texto constitucional y además -¡una bagatela!- alterar las fronteras de un país europeo, es asunto menor y que desde luego no es motivo para mantener en prisión a su autor y entregarlo a los jueces y tribunales españoles. Y todo en virtud de una confusa argumentación, propia no de juristas sino de rábulas, sobre la inexistencia de violencia que ustedes por supuesto no aceptarían si de analizar una “alta traición” (Hochverrat) se tratara.

¿O es que no recuerdan ustedes la celeridad con la que el Tribunal Constitucional de Karlsruhe zanjó la pretensión de celebrar un referéndum en Baviera (2 BvR 349/16)? Lo hizo con estas escuetas palabras contra las que no creo que ninguno de ustedes se revolviera: “En la República Federal de Alemania, Estado nacional fundamentado en el poder constituyente del pueblo alemán, los Länder no son señores de la Constitución. En la Constitución no existe ningún espacio para las aspiraciones secesionistas de los Länder. Son contrarias al orden constitucional”.

Tan clarito es lo que he tratado de contar que me inclino a pensar que su disparatada decisión -sea dicho con el máximo de los respetos- es el fruto, por un lado, de su ignorancia de lo que significan España y el orden establecido en los Tratados europeos; por otro, del hecho de que viven ustedes en una burbuja periodística y televisiva en la que prácticamente no han tenido cabida más que las tesis de los secesionistas catalanes. Expuestas además muy combativamente.

Mucho me temo que esta realidad, tan adversa a los intereses de España y de Europa, sea posiblemente fruto de la incuria del Gobierno español.

¿Qué tal si de este desastre respondiera alguien?

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 7 de abril de 2018)

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Emoticonos en el Parlamento

Ya es costumbre, en la actualidad, que los grandes prebostes de la política anuncien sus decisiones, aun las más trascendentales, a través de su “cuenta” en una red social como si fueran muchachos comunicando una nadería a la pandilla del equipo de baloncesto.

En épocas más severas y contenidas, se usaba para estos menesteres el Boletín Oficial del Estado y tiempos hubo en que burócratas acreditados y empedernidos leían a diario esta publicación, un vicio que luego se pudo ampliar a los Boletines de las diecisiete Comunidades Autónomas con menos pretensiones que el viejo del Estado aunque las mismas miasmas.

Como digo, hoy son las redes, lugar al que se vierten los desechos como antiguamente se vertían a las calles las aguas sucias, donde aparecen noticias relevantes y por ello nada menos que el presidente de los Estados Unidos ha podido anunciar al mundo en twitter que inicia la guerra comercial contra tirios y contra troyanos. Con la misma naturalidad de quien comunica las virtudes del último fármaco útil para evacuar. El asunto no es baladí porque esa guerra, sin batallas ni ascensos de coroneles a generales, que es para lo que siempre se han hecho las guerras, acabará haciéndonos pagar más a todos por las zanahorias, la leche o el repuesto de un tornillo para la lavadora.

Tal desenvuelta manera de comunicarse de las grandes autoridades del mundo obliga a que en estas Soserías, siempre atentas a lo más nuevo y mundano, se medite acerca del uso de las nuevas técnicas de la comunicación en el universo de la política y en especial en los debates parlamentarios entre los partidos.

Propongo que, para sustituir los discursos al estilo de Castelar o de Azaña, que  cansaban a los taquígrafos de las Cortes y al resto de personas bien constituidas, se podría generalizar el uso del whatsapp o de los mensajes entre escaños. Hoy ya es costumbre ver a los diputados con el móvil en la mano despachando la correspondencia o anunciando en casa que echen más tarde el arroz porque se retrasan. Pues bien lo procedente ahora es el tuit en pocos caracteres del líder de la oposición al jefe del Ejecutivo o viceversa y las respuestas en forma de emoticonos que incluyen el aplauso, el beso y demás.

Adviértase lo que se ganaría en las comisiones parlamentarias planteando por esta vía las enmiendas a la ley de hipotecas o a la de presupuestos: en lugar del texto hasta ahora usual con sus matices e indescifrables circunloquios, el mensaje escueto o el correo electrónico que es siempre sobrio y conciso.

¿Qué es lo que nos impide reformar la Constitución? Pues lo pesado del empeño, las cabriolas semánticas que estaremos obligados a emplear, los papeles que habremos de redactar, las réplicas, las contrarréplicas, los añadidos y las apostillas, es decir, ese universo bullicioso en lo semántico y desorbitado en lo ideológico. Pues bien, sustitúyase tal infinito enredo por emoticonos, mensajes y wathsappes y comprobaremos cómo lograremos la mayor fluidez y el más fructífero  consenso.

Y así una sesión parlamentaria, desarrollada a base de móviles entre los diputados, contribuiría a hacer del Parlamento el templo, si no de las virtudes, sí de lo virtual. Algo es algo.

Para otra ocasión queda la explicación de otra idea fecunda: la de convencer a los diputados para que no hablen al público sino consigo mismos. Es decir incitarles al cultivo del género monologante tan en decadencia a pesar de la buena propaganda que le hizo Antonio Machado en su autorretrato (“mi soliloquio es plática …” etc) y también de lo aseadamente que con él se gana uno fama de ser un orate adorable e inofensivo.

 

 

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Rigores de prisión

Precisamente ayer el director de este diario citaba, en su artículo dominical, la anécdota del molinero prusiano que invocó la existencia de jueces en Berlín para protegerse del atropello de una expropiación. Ahora podemos decir que, además de jueces, en Alemania hay policías eficaces que ponen a los delincuentes en manos del poder judicial para que este pueda hacer su labor.

Desde que Carles Puigdemont, una vez consumado el golpe de Estado contra el orden constitucional, se fugó a Bélgica para no comparecer ante la Justicia no hemos estado precisamente contentos los europeístas. Ha sido duro advertir el comportamiento lamentable de un Gobierno como el belga que no ha dudado en acoger, a base de trucos de rábula y dengues políticos, a quien ha desafiado el sistema institucional de un Estado miembro y -se supone- amigo. Pensar que el presidente de ese Gobierno se sienta tranquilamente cerca del presidente de nuestro Gobierno en los Consejos europeos produce escalofríos: ¿cuál es el grado de cinismo que es preciso albergar en las entretelas para ser tan desleal?

La irritación sube de tono cuando se ha visto a ese mismo personaje pasearse por Dinamarca o por Suiza o Finlandia con absoluto desenfado y a una colaboradora suya instalarse en Escocia a dar clases en la Universidad, supongo que de Derecho constitucional o de Teoría del Estado.

Quienes quisiéramos ver erguido y airoso el edificio europeo lamentamos que el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia, al que colocó el Tratado de Lisboa incluso por delante de la realización del mercado interior, conozca tantas trabas y lleve una vida lánguida, una vida que se desarrolla entre constantes aplazamientos en la adopción de decisiones y entre inacabables bostezos de los ministros reunidos aquí o acullá. Como igualmente lamentamos que a los Estados miembros asista la posibilidad de desligarse de empeños como el que este Espacio representa simplemente anunciando su no participación. Tal es el caso de Dinamarca -junto a algún otro-, un país visitado por nuestro golpista fugado (en fuga y olvido de la dignidad política).

Pero las instituciones europeas funcionan a pesar de lo que oímos a menudo en labios de botarates titulados. Y por eso en junio de 2002 (con alguna modificación ulterior a la que debe añadirse la ley española 23/2014) se creó, por Decisión Marco del Consejo, la orden de detención europea que ha sido un punto y aparte en la historia del sistema clásico de extradición al haber incorporado reglas desconocidas hasta entonces: limitación de los motivos para denegar la ejecución, competencia de los jueces en lugar de las autoridades políticas, posibilidad de entregar a nacionales del Estado de ejecución, establecimiento de plazos claros para su ejecución …

Es esta orden europea la que ha permitido, activada hace unos días por la autoridad judicial española, detener en Alemania al prófugo golpista Carles Puigdemont y ponerle tras los barrotes de un presidio alemán y, en cuanto se ultime el procedimiento, acogerle en las estancias de un centro penitenciario español. Porque es el caso que el legislador alemán tiene previsto en su Código Penal el delito de rebelión contra el orden constitucional plasmado en la Ley fundamental. Una ley esta, por cierto, que los alemanes se toman muy en serio por lo que a nadie se le ocurre quemar su texto en la plaza pública (como los nazis quemaban los libros que no les gustaban) pues saben que es la garantía de su libertad y del resto de sus derechos fundamentales. Las penas son severas y pueden llegar, en el caso de la alta traición contra la Federación (lo que nosotros llamamos Estado), a la cadena perpetua (que es revisable ¿a alguien le suena esto?).

Y es que los ordenamientos jurídicos, cuando están bien aparejados, tienen previstos estos desmanes, que ponen en riesgo la seguridad de todos, así como su castigo. Hoy, populismos y nacionalismos son peligros ciertos para la estabilidad europea. Por eso es preciso impedir que una cáfila de frívolos sin el sentido de la prudencia que debe administrar quien se sienta en un escaño parlamentario nos ponga en estado de zozobra.

Madame de Staël, que dejó páginas magníficas sobre Alemania y a quien se ha llamado certeramente “madre espiritual” (Roca-Ferrer) de Europa, lo dejó escrito ante un riesgo semejante de su época: “¿qué orden social nos proponen esos partidarios del despotismo y de la intolerancia, esos enemigos de las luces, esos adversarios de la humanidad … adónde habrá que huir cuando ellos manden?”.

Pues así en la España de hoy. En la Europa de hoy.

 

(Publicado en el diario El Mundo el día 26 de marzo de 2018).

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Ocio y animación

Impresiona observar cómo crece el número de profesiones y cómo se diversifica su contenido. También en esto es el presente prodigioso porque la historia nos enseña que antes los hombres se dedicaban a la agricultura, al comercio o se hacían médicos o curas y pasaban sus días entregados rutinariamente a estas tareas. La mujer, claro es, estaba excluida de la mayoría de esos afanes porque bastante tenía con ser, como dice el viejo Digesto, “cabeza y fin de su familia”.

La reforma de la educación ha producido en tal sentido efectos devastadores y ha multiplicado por no se sabe qué número las ocupaciones a las que los humanos (ahora ya incluidas las mujeres) pueden dedicar sus años de fertilidad laboral. Todo esto se debe, dicen los científicos, a la complejidad de la vida moderna y a las necesidades que la técnica impone. Cada máquina es un mundo, cada cachivache que usamos en la vida doméstica es el resultado de experimentos complicadísimos y es lógico que, si ello es así, sean también complicados los estudios y las artes que se precisan dominar para desempeñarse adecuadamente en este arsenal milagroso en que han venido a convertirse los artilugios que nos rodean en nuestro domicilio. ¿Alguien en sus cabales puede entender que, sin movernos de nuestro despacho, podamos entrar en la Casa Blanca de la mano de un guía de Internet y ver el lugar preciso donde evacua la señora del presidente del país más poderoso de la tierra? Si todo esto no es misterio, enigma, cábala, ¿qué es?

No es extraño por ello que leer las páginas de ofertas laborales en algunos diarios sea un ejercicio estremecedor porque hay quien solicita u ofrece los servicios como “responsable de soporte de ventas”, “técnico frigorista”, “chief executive officer”, “responsable estratégico de división”, “encargado del merchandising” o, lo que es peor, “responsable del mantenimiento del stock”. Si ya los rótulos aludidos son pavorosos, más sorprendentes todavía son los requisitos que se exigen pues hay que tener “experiencia en negociación con equipos de proveedores”, “capacidad para actuar bajo presión”, “dominio de la diagnosis”, “carácter apasionado”. Naturalmente, todo ello en inglés pues quien no maneje este idioma ni siquiera puede leer los anuncios que, o bien están escritos directamente en la lengua franca del actual imperio, o incorporan tal cantidad de anglicismos que prácticamente se hace imposible llegar a ellos sin unos buenos conocimientos del sublenguaje que está naciendo.

Las personas de natural apocado agradecemos que la edad nos libere de entrar en ese mercado fiero y que ya no necesitemos demostrar “carácter apasionado” ni ninguna de esas otras exigencias que van de lo estrambótico a lo diabólico. ¿Cómo podrá acreditar un aspirante que tiene “capacidad para actuar bajo presión”? Algunos nos maliciamos que todo ello no es sino palabrería para colocar al primo o al cuñado pero estos pensamientos no deben ser tenidos en cuenta porque son sin duda malicias de viejo.

Pero el no va más de la innovación profesional lo aporta la Escuela Superior de Ocio y Animación que es el lugar donde se prepara el muchacho o muchacha que aspira a ser “animador turístico”, “monitor de tiempo libre” o “animador para la tercera edad”. También estas son nuevas profesiones que se pretenden inscribir entre las conquistas del hombre.

Ahora bien, con ellas hemos llegado demasiado lejos y ya muchos no nos dejamos embaucar. Pasen las anteriores porque la mayoría están en inglés y así es muy fácil que nos den gato por liebre. Pero en relación con las que están escritas en lengua más familiar, tenemos la obligación de ser menos pazguatos. Y, si aplicamos a ellas el más elemental sentido común, concluiremos que son rigurosamente absurdas.

Porque puede observarse que todas las actividades de animación están destinadas a las personas que nada tienen que hacer: el turista, el que disfruta su tiempo libre o el pensionista. Y la pregunta demoledora surge de inmediato: ¿para qué demonios necesita un sujeto que está de viaje de placer o de vacaciones o que se ha jubilado a un animador? Lo necesitó cuando estaba con una máscara y un soplete en Altos Hornos de Vizcaya o subido a un andamio en una obra o aguantando a cuarenta niños en una clase de párvulos, pero ¿de vacaciones o disfrutando la jubilación? En estas circunstancias, la animación viene de dentro, de lo más hondo, de saberse alejado del soplete o de los niños. ¿A qué viene un pelmazo intentando animarles?

Señores de la Escuela de Ocio y Animación: si no quieren arruinarse, les recomiendo que preparen animadores para funcionarios, panaderos, vendedores de electrodomésticos y vareadores de aceituna y sobre todo unos muy especializados para quienes estén pagando una hipoteca.

¿Un animador para un turista en París o un jubilado en Benidorm? ¡Quite, allá, buen hombre, no sea usted cargante!

 

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El agujero

Se habla mucho en estos tiempos del “agujero” que los actuales gobernantes se han encontrado al llegar a sus nuevas responsabilidades como un componente más de los ministerios, junto a las cornucopias, los retratos de Cánovas, los relojes de época y el oficial mayor.

-Señor ministro, le presento al agujero.

Pero el señor ministro le saluda circunspecto y con cara de pocos amigos.

Ha habido algún ministerio donde la situación del agujero ha sido un poco desairada, incluso patética, porque se han olvidado de él. Entonces, éste se ha visto obligado a comparecer por su propio impulso en el imponente despacho ministerial:

-Buenas, señor ministro, soy el agujero. Como nadie nos ha presentado, me he tomado la libertad de importunarle.

Está escrito en la naturaleza de las cosas que a los nuevos políticos, bisoños y con tendencia a la ensoñación, no les guste el agujero. Eso se debe a que aún no han madurado o, lo que es lo mismo, a que no han alcanzado a asimilar la estética del agujero.

-¡Que me tapen el agujero! grita nervioso el ministro al subsecretario.

Por prejuicios que traen de la vida civil, creen que el agujero es pozo negro, oquedad pestilente, madriguera de picardías, la verdadera puerta del infierno. Y como traen mentalidad de albañil, lo que quieren es cegar cuanto antes el agujero.

Pero pocos objetos hay en la Administración más viejos que el agujero. Se lo traspasaron los Reyes católicos a los Austrias, éstos a los Borbones, los Borbones a don Amadeo, don Amadeo a los republicanos, los republicanos a los Borbones, éstos a los republicanos y así sucesivamente en una cadena tan interminable que hasta al mismo general Franco se atrevieron a pasarle el agujero como si ni siquiera hubiera ganado una guerra civil. El agujero es pues el hermano siamés de la Administración.

Por eso, el agujero se ríe con su sonrisa de ratonera, oye el estrépito de declaraciones anunciando su fin y deja hacer, consciente de que el tiempo amainará el temporal y de que, al cabo, saldrá una vez más triunfante.

Y así sucede. Porque, cuando los gobernantes pierden su condición de novatos, descubren que el agujero, que en definitiva no es sino gastar dinero ajeno alegremente, no es tan negro como lo pintan pues, bien manejado, puede ser un valioso instrumento para llevar a la práctica sus fecundas ideas y, entonces, ya no le hacen ascos, antes al contrario, le miran con respeto, primero, y con abierto cariño, después. Han descubierto la estética del agujero, se han dejado seducir por él, les ha vencido su maña de viejo y avisado. Ya son unos políticos de cuerpo entero y ya están en condiciones de derramar sobre la sociedad los bienes de sus desvelos.

Los políticos timoratos se contentan con mantener el agujero heredado alimentándolo prudentemente. Estos hombres dejan una huella tan pobre de su gestión que pronto la borra el tigre hambriento del Tiempo.

Los verdaderamente audaces, por el contrario, actúan con más valentía en cuanto descubren que el auténtico éxito en la gestión pública pasa por ahondar el agujero, por hacerlo más profundo y misterioso. Se convierten estos prohombres en auténticos espeleólogos que bajan, trepan y suben con envidiable habilidad por el agujero de su ministerio, sacándole el jugo, explotando sus vetas, abriendo pozos, explorando socavones, cavando galerías, descubriendo en su interior nuevas riquezas, miríficos tesoros.

Y, cuando ya llevan años en el poder, saben que el agujero es su mejor aliado y que es su deber traspasarlo a quienes les sucedan en el manejo de los negocios públicos de la forma más opaca posible.
Han comprendido, al fin, que el agujero forma con la Administración un todo compacto, inescindible porque la misma Administración es, ante todo, agujero, el agujero negro capaz de absorber cualquier materia o energía situada en su campo gravitatorio.

¡Es tan inútil luchar contra el agujero!

 

Publicado en: Blog, Soserías

El estrés y las cebras

Raramente un novelista y no digamos un poeta logra forrarse con sus libros. Ambos se consuelan diciendo que es tanta la satisfacción que les produce la obra creadora que cobrar encima por ella les parece un abuso. Este modo de razonar es ingenioso aunque a nadie se le oculta el hecho de que a ambos, al novelista y al poeta, les encantaría que tal abuso se produjera: no hay más que ver como cualquiera de ellos menea el rabo ante los poderosos del dinero.

Los libros verdaderamente rentables son aquellos que se dirigen a aclarar los interrogantes que más preocupan a la sociedad. Así ocurre con títulos como el de “cómo casarse con un millonario”, “cómo hablar bien en las reuniones de empresa” y otros del mismo estilo. Ahora acaba de publicarse uno que es una “guía del estrés” y que lleva el subtítulo de “¿por qué las cebras no tienen úlcera?”.

El estrés es lo que padecen los ejecutivos que se ven obligados a comer muchos langostinos y jamón de Jabugo mientras que el cansancio es lo que siguen padeciendo los jornaleros del campo cuando llevan muchas horas vareando aceituna. Del estrés se repone quien lo padece jugando al squatch enfundado en una sudadera; del cansancio, por el contrario, dándole a las cartas en el bar del pueblo. El estrés es selecto, elegante y uno está orgulloso de su estrés y aun se le exhibe como si fuera un perro de raza o una joya. Porque solo el estrés es lo que otorga al ejecutivo la pátina de su verdadera ejecutividad. El cansancio es grosero, chabacano, un estigma que procede de las penalidades encerradas en el mandato bíblico que nos condenó a ganar el pan con el sudor de nuestra frente. Así como antiguamente la división en clases se expresaba en el sombrero, que llevaban los señores, y en la gorra, que llevaban los menestrales, hoy tal división se expresa en la forma como se designan las inevitables fatigas del trabajo.

-Estoy estresado -dice el director de la fábrica.

-¡Qué jodío cansancio! -dice el recogedor de uva tras una jornada a pleno sol. Suele añadir un taco más sonoro pero los tacos, como son los puñetazos al lenguaje, no deben utilizarse más que en caso de pelea.

En el libro del que hablo se pone en relación al estrés con la úlcera. Y es que parece que entre ambos hay una relación de causalidad de suerte que el estrés no es tal si no desemboca en una úlcera de la misma forma que el Ebro no sería un río si no desembocara en el mar Mediterráneo. Un estrés sin úlcera es un cirujano sin mascarilla o un pintor sin pincel. Es un proyecto de estrés que sólo llegará a ser un verdadero estrés si realmente sabe agenciarse una buena úlcera. Hay una novela de Zunzunegui que se llama precisamente “la úlcera” y en ella el protagonista era un indiano que no se consideraba plenamente feliz ni plenamente indiano si no lograba disponer de una úlcera de duodeno. Pues bien, ahora el ejecutivo sin úlcera es un ejecutivo no estresado y un ejecutivo de tal forma amputado puede darse por perdido en el mundo de los negocios donde impera la velocidad y la urgencia.

El lector avisado es muy probable que se pregunte qué tiene que ver todo esto con las cebras. La explicación es muy sencilla: las cebras son esos animalitos que llevan sus trajes de rayas con enorme dignidad desde hace miles de años. Pues bien, como sabe cualquier aficionado a la historia del vestido, los primeros trajes de rayas proceden de ellas, luego vendría el mil rayas y, más adelante, los cuadros y el príncipe de Gales. Las cebras son pues las inventoras del traje de rayas pero nunca han blasonado de ello porque lo inventaron con la mayor naturalidad, sin darle la más mínima importancia, es decir, sin estrés alguno. Y aquí viene la razón de ponerlo todo junto. Es claro que si las cebras, para inventar el traje a rayas, que es lo único relevante que se les ha ocurrido a lo largo de la Historia, no hicieron el más mínimo esfuerzo ¿para qué lo van a hacer después en empresas que ya no pueden revestir la misma trascendencia? De ahí que vivan felices, sin estrés y sin úlcera.

Ahora bien, cualquiera convendrá conmigo que si para vivir sin estrés hay que imitar a las cebras, irse a África y vivir en una manada, prefiero la úlcera. A ser posible, tratada con Ribera del Duero.

 

 

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