Expertos

¿Qué es un experto? Pues un aprendiz que se ha esforzado, un indocumentado que se ha documentado, un iniciado que logra entrar en el espacio mágico del conocimiento, también quien siempre tiene en su agenda una cita con el saber y quien no deja de mecer el incensario de la pericia para absorber los matices de sus olores.

Hasta ahora por lo menos había sido eso – y algunas cosas más- el experto.

Ahora el experto es, aplicando las enseñanzas “queer”, quien “se siente experto” y así, de la misma manera que esa progresista doctrina niega base biológica a los sexos, podemos negar también base intelectual y profesional al conocimiento. Lo importante es “lo que uno cree que es” y, si defendemos la libre determinación de la identidad de género (hoy me siento mujer, mañana obrero de la construcción, etc) ¿por qué no vamos a admitir la libre determinación de la identidad profesional? ¿qué obstáculos hay para ello? 

Si yo me siento odontólogo ¿quién puede impedirlo? ¿vamos a crear una sociedad represiva en la que una autoridad – autonómica, local o, peor, eclesiástica – nos prohíba sentirnos odontólogos? Y lo mismo ocurre si yo me siento guardagujas ferroviario ¿hay alguien que me pueda obligar a sentirme buzo del puerto de Llanes?

Conducirse de esta forma mandona y despótica es no haber entendido nada de la “libre determinación” y andar sin desprendernos de los cuentos que nos contaban los curas y los profesores del Instituto. Pero sépase que, si perseveramos en esta deficiencia, lo único que vamos a conseguir son niños afligidos y niñas a quienes se tuerce su voluntad, obligados – y obligadas- a ir a la escuela de forma rutinaria y en ella aprender una porción de cosas inútiles que limitan su entendimiento, encorsetan su expresividad y difuminan su ego.

¿Nos extrañará que de esos niños salgan adultos que no sean capaces de ver que los diputados son los padres? 

Así es cómo hay que explicar los tipos de expertos que nos presentan el Gobierno y las demás instituciones que velan por nuestro bienestar. Hay un responsable de los animales en el organigrama oficial que es “influencer” y experto en “redes sociales” pero él se siente veterinario o biólogo.

Pues bien, solo en esta época, señalada por el triunfo del “progreso” sobre el “regreso”, ese hombre – o mujer, no sé lo que es pero es igual por lo que vengo explicando- puede sentirse realizado y, desde esa realización cósmica, es capaz de desplegar las alas de su creatividad y arremeter, espada en mano, como un don Quijote, contra los odres donde se guarda el vino deteriorado del conservadurismo, ese vino que hemos mandado al desván de la historia para que ronque en el sueño eterno.

Esta comprensión del experto que se siente como tal tiene otra dimensión beneficiosa. Permite esconder al experto, no presentarlo en sociedad, anunciar su existencia pero al mismo tiempo hurtarlo al conocimiento público.

– Que nos digan quiénes son los expertos – rugen las oposiciones en su papel de chismosas y cotillas sin remedio.

Y el Gobierno, con buen sentido, se opone porque también el experto puede desear, en uso de la libre determinación de su personalidad queer, permanecer velado ante las masas que, si son masas, es porque tampoco ven mucho más allá de sus narices.

Y así surge el experto enmascarado, el experto en la sombra.

Es a este a quien propongo hacer un monumento en las ciudades. Como ya no hay soldados sino drones, convirtamos el monumento al “soldado desconocido” en monumento al “experto desconocido”.

Con la llama votiva siempre encendida como homenaje a su fraudulenta ignorancia.

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Una señora de derechas

Viste, peina y calza con austeridad, no sale en la portada de las revistas de moda con ropa de diseño, se caracteriza por ser vulgar a la hora de seleccionar una chaqueta o un pantalón. Para muchos será una mujer poco agraciada en lo físico pero ella no lo disimula acudiendo a cirujanos reputados, esos que fabrican narices egipcias, agrandan tetas, prestan carnosidad a los labios, convierten en agarenos los ojos o dan al bullarengue el ritmo de una danzarina oriental de los siete velos.

Estudió física sin buscar apoyos a la hora de examinarse. Es más: se doctoró con limpieza. En Alemania se analiza el rigor con que han sido elaboradas las tesis doctorales especialmente cuando se trata de personas de renombre. Yo viví en el Parlamento europeo el episodio de la supresión del título de doctora a una lideresa liberal alemana – guapísima, por cierto- quien tuvo que despojarse de su glamour y de su condición de estrella refulgente en el firmamento político porque se demostró su desparpajo a la hora de presentar como propio lo que era ajeno. Y lo mismo le ocurrió a otro político, acaudalado, propietario de un castillo de hadas, bajado de su podio porque también se descuidó al citar al inspirador de sus páginas doctorales. Ahora mismo hay una ministra socialista puesta en la picota y ya ha anunciado su renuncia a usar el título de doctora.

Es fácil imaginar que la tesis de la señora de la que hablo ha sido analizada con mala leche suprema acompañada de sutil ponzoña y, sin embargo, ninguna acusación de plagio ha podido ser formulada. Por tanto se trata de una académica que no merecerá el premio nobel pero que ha conseguido su título sin plagiar ni hacer trapacería alguna, sin bellaquerías ni burlerías. Sin ese fraude en que incurre quien ha abandonado el decoro en el descampado de la desvergüenza. 

La última vez que ganó las elecciones le faltó un solo voto para la mayoría absoluta, podía haber constituido un Gobierno con sus propios diputados – de derechas- pero prefirió aliarse con el mayor partido de la oposición – de izquierdas- conformando así un Ejecutivo estable que se rige por un acuerdo detallado que cualquier alemán puede consultar para darse una idea de si están o no cumpliendo los pactos los dos socios de gobierno.

Hace unas semanas ha inaugurado un programa televisivo en el que escucha, sin apenas intervenir ella, a ciudadanos seleccionados mediante sorteo por organizaciones sociales y sin que se oigan musiquitas necias ni publicidad.

Y en sus Gobiernos jamás se le ha ocurrido a esta señora de derechas darle a su propio marido una cartera ministerial. El tal marido es un profesor universitario que ha obtenido su cátedra por un procedimiento aburrido y ostenta un nombre tradicional, propio de gentes conservadoras, la cátedra es de Química. ¡Qué diferencia con el que gastan entonados e imaginativos compatriotas nuestros (y nuestras), inventores de la “cátedra de cooperación traslaticia corporativa social y empoderada”, pagada por una empresa privada y atribuida sin más a una experta en ripios y humos.

Y el tal marido, cuando va de vacaciones, no comparte con su esposa el avión protegido a ella asignado sino que se paga su vuelo en una compañía comercial.

Esta señora – por cierto, se llama Angela Merkel- participa en la dirección de los destinos de Europa habiendo cometido en tal empeño errores mayúsculos junto a aciertos gigantescos. Ha hecho más por los buenos modales en Europa que muchos bocazas o, como diría Quevedo, que muchos caballeros (o señoras) hebenes, güeras, chanflonas, chirles o traspilladas. 

Se permite ir los sábados al supermercado a comprar el suavizante para la lavadora y los domingos está presente en una sesión de ópera o en un concierto de la Filarmónica de Berlín.

-Pero es de derechas, pertenece a un partido conservador y eso ¿qué quieres que te diga? la descalifica ¡y además no es feminista! – me susurra mi amiga, ministra de un Gobierno progresista.

-Todo, señora, no puede ser teres atque rotundus, acabado y perfecto. Lo dejó escrito Horacio en sus Sátiras.

Se alejó de mí la ministra preguntándose, en un susurro, en qué primarias habría sido elegido ese Horacio.

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Reino Unido: molestias sin fin

Si con los acuerdos alcanzados en la nochebuena acabáramos con las molestias ocasionadas por la presencia de Gran Bretaña en el seno de las instituciones europeas, sería motivo para brindar pero solo en parte es así porque, como ha reconocido el presidente del Consejo Europeo, “el proceso no ha terminado”.

Recordemos. Los señores británicos pidieron la incorporación a Europa en 1961, conscientes de su importancia política pero acompañaron, ya entonces, su demanda de reticencias nada disimuladas. Hay que tener en cuenta que Gran Bretaña había comprado barato en los países de la Commonwealth por lo que la política agrícola común les parecía un estorbo, razón para pedir una transición larga para su campo y un régimen privilegiado para todo aquello que viniera de las antiguas colonias. Los conservadores en el poder, con Macmillan a la cabeza, nunca lo acabaron de ver claro y los laboristas plantearon sus exigencias sin muchos miramientos: mantenimiento de la planificación económica, política social propia y libertad comercial con los países de la EFTA (Suiza, Noruega, Islandia …).

Estas resistencias son las que cogió al vuelo el general De Gaulle, obstinado en enarbolar la bandera de la defensa autónoma de Europa. Una posición que colisionaba con la política de Macmillan quien mantenía relaciones rendidas con el gobierno de los Estados Unidos al que por aquellos días compró unos cuantos submarinos para dejar clara su preferencia por reforzar los vínculos militares más allá del Atlántico con el presidente Kennedy.

La imagen, extraída de la Antigüedad, estaba servida para el ilustrado De Gaulle: Inglaterra sería en Europa el “caballo de Troya” de los intereses norteamericanos. En su panza se cobijarían tales intereses más lo de los países de la EFTA con lo que se desnaturalizaba el proyecto europeo. La conclusión es conocida: el general vetó la presencia del Reino Unido el 14 de enero de 1963. Y para dejar aclarado que no se rendía ante el coloso americano, estableció relaciones diplomáticas con China, censuró los bombardeos en Vietnam e “hizo manitas” con Kruschov y con Breznev.

Pasó el tiempo. Llegaron al poder británico Edward Heath y después el laborista Harold Wilson. A ambos el deterioro de la situación económica contribuyó a aclararles las ideas: no era descabellado volver a la mesa de negociación con los europeos. Estamos a principios de 1967 y en la primavera Wilson consiguió el respaldo mayoritario del Parlamento aunque tal decisión llevaba un torpedo dentro: el manifiesto de más de setenta diputados laboristas contrarios al proyecto europeo porque impediría “edificar el socialismo” en Gran Bretaña.

El Gobierno, insensible a esta extravagancia, formalizó su petición, avalada por el hecho de que varios países de la EFTA hicieron lo propio (Dinamarca, Irlanda y Noruega). De Gaulle no se dejó impresionar y el 27 de noviembre de 1967 reiteró su veto: la economía británica no estaba preparada, el Reino Unido no quería suscribir la legislación comunitaria y además el atlantismo británico era incompatible con la Europa preconizada por Francia.

Pero el general que preservó a Europa de la impertinencia británica desapareció de la escena política poco después y su sucesor, Pompidou, veía el panorama con otras gafas. Por eso en 1970 se reiniciaron las negociaciones y por eso en 1973 la Europa de los Seis se convirtió en la Europa de los Nueve.

¿Tranquilizado el panorama? En absoluto. Cuando ganaron los laboristas de Wilson las elecciones en 1974, teniendo en cuenta la división existente en el seno del partido, empezaron a hablar de la “renegociación del Tratado de Adhesión”. La sangre no llegó al río porque, en el referéndum convocado por el Gobierno, los ciudadanos respaldaron su pertenencia a Europa (67% de votos favorables). Parecía que las velas de la nave se henchían de viento favorable y así se llega a acuerdos relevantes, entre ellos, el diseño de un Parlamento europeo que sería elegido por sufragio universal (1979). Pero, ay, las alegrías a veces duran poco pues es en ese mismo año cuando la señora Thatcher llega al poder convencida de que el país que los electores habían puesto en sus manos pagaba demasiado a Europa. Surge el “cheque británico”, una compensación para sus compatriotas basada en esta solidaria reflexión: la política agrícola común era un dispendio que beneficiaba a algunos pero a ellos les perjudicaba.

A partir de ahí, se ha ido edificando todo un rosario de exclusiones a las reglas comunes.

De manera que, incluso en los pactos esenciales, el Reino Unido, invariablemente, ha incorporado alguna precisión para orillar su cumplimiento íntegro. Y así, en el vigente Tratado de Lisboa, varios “protocolos” y declaraciones contienen excepciones al régimen general. Por ejemplo, al ser ajenos al euro, se prescinde de las reglas de la política monetaria asumiéndose tan solo un vago compromiso de “tratar de evitar un déficit público excesivo”. El Reino Unido por supuesto no se integró en el “espacio Schengen” ni tampoco abrazó con plenitud el “de libertad, seguridad y justicia” que impulsa un régimen de cooperación en el control de fronteras, de asilo e inmigración, así como unas normas mínimas de cooperación judicial y policial. Es más, con relación a la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión, el Reino Unido se ha agenciado excepciones significativas a su aplicación.

En el Parlamento Europeo ha sido frecuente que las enmiendas presentadas por los diputados del Reino Unido a los textos, acuerdos y demás estuvieran encaminadas a restar impulso a la integración y armonización de las legislaciones nacionales. Y, cuando tales enmiendas no prosperaban, el Gobierno inglés, solícito, presentaba recurso ante el Tribunal de Justicia con ánimo de obtener en la vía judicial lo perdido en la parlamentaria.

También el ejercicio de visitar los repertorios de jurisprudencia nos recuerda que el Reino Unido discutió la creación de la Agencia europea de seguridad de las redes de telecomunicaciones así como algunas competencias que se atribuyeron a la Autoridad europea de los mercados de valores y lo mismo hizo con la creación de la Agencia europea de cooperación de fronteras. En este ámbito de la seguridad, impugnó la regulación de los pasaportes y visados. Ídem respecto de los derechos de los trabajadores y la coordinación de regímenes de Seguridad social.

En fin, acudió a Luxemburgo para oponerse a los reglamentos de productos alimentarios; al sistema común del impuesto sobre transacciones financieras… e, incluso, algo tan ventajoso como el Mecanismo “conectar Europa” que impulsa las redes de carreteras, ferroviarias y de telecomunicaciones también ha encontrado su acción obstaculizadora etc, etc.

En estas llegó Cameron, es decir, llegó a Downing Street la ligereza enriquecida por el oportunismo. Y convocó el referéndum o el polvo del que han venido los lodos que ahora se trata de limpiar. Perdido para la causa europea por una insignificante mayoría y perdido abiertamente – según todos los estudios- entre los jóvenes. Ganado empero para la causa de una confusión gigantesca alimentada por el hecho de que nadie se ocupó de abrir los ojos a la ciudadanía acerca de las mentiras que propalaban Nigel Farage y compañía.

La experiencia nos permite una reflexión para España porque es una prueba de que el referéndum – salvo en ocasiones excepcionales- es un mecanismo capaz de alimentar, por su insoportable simpleza, las peores tergiversaciones. Es además el instrumento preferido por los dictadores (Franco no convocaba elecciones pero sí referendos). Pues bien, existen partidos políticos entre nosotros, y con vara alta en el Gobierno, que nos amenazan con dos referendos: uno sobre Cataluña; otro sobre la forma de Estado.

Saludemos el esfuerzo negociador de la UE y del Reino Unido, azuzado a última hora por los camioneros desesperados.

Y aprendamos la lección del peligro que encierra poner en manos infantiloides y frívolas el juguete del referéndum.

(Publicado en El Mundo el día 26 de diciembre de 2020).

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Montañas llenas de luna

La vida de los españoles, la de quienes la conserven y no sean arrastrados por el maldito virus, se hace cada vez más alegre y entonadilla, sobre todo porque van desapareciendo los obstáculos antiguos que tanto nos han perturbado.

En estas crónicas mías que llamo “soserías” ya se ha dado cuenta de los avances. Por ejemplo, cómo hemos suprimido los exámenes al descubrir que son un diabólico invento del franquismo destinado a rendir cuentas de lo que sabíamos ante unos catedráticos de instituto que nadie había elegido democráticamente. ¿Qué podían exigirnos unos tipos con estas credenciales tan borrosas?  Después nos han quitado el supremo engorro de saber español, algún día se aclarará el misterio de cómo hemos resistido tanto tiempo llevando una cruz tan pesada como inútil. Habiendo una buena lengua cooficial ¿a cuento de qué viene exigir la oficial que tan gastada está y que viene de épocas imperiales, de matanzas y de los delirios de grandeza de cuatro orates? Ahora ya se anuncia que la semana va a quedar reducida a cuatro días de manera que vamos a tener tres para no perder ni ripio de la Champions, del Rally Cross Country y del Speedway de Australia. 

Es verdad que llegan tiempos también de renuncias dolorosas, por ejemplo, a los escrúpulos morales o ideológicos.

Hoy, la renuncia, un acto de la voluntad que viene de la noche de los tiempos, es obligado  practicarla. Por ejemplo: la renuncia a esos convencionalismos que nos vinculan a la palabra dada o a observar los compromisos. Son renuncias muy duras ¿o alguien cree que es plato de buen gusto para el político gubernamental hacer justamente lo contrario de lo que ha prometido en campaña? En absoluto, es un sacrificio inmenso porque está violentando sus convicciones que están sustentadas en una ideología vigorosa y con unos anclajes más firmes que los del Puente de San Francisco o el de Lisboa sobre el Tajo. Pero, ay, la transversalidad y la geometría variable le empujan a ello y allá tiene el pobre que sufrir con su conciencia sin que nadie se apiade de él ni le preste ayuda.

Mientras tanto a los jóvenes que se están formando, las autoridades deben aconsejarles que renuncien de buen grado a estudiar esas materias tan aburridas del pasado. Y aclararles que, si los mayores son tan serios, tan patosos y tan feos, porque son feos de filigrana, es por las secuelas que dejaron en ellos las matemáticas, la historia, la química y no digamos la geografía, una ciencia que logra suprimir lo que de bucólico tienen las montañas llenas de luna.

– ¿A qué debemos aspirar? se oye desde la inquietud juvenil.

-A ser tendencia, a ser trending topic y a ser influencer – aclara el pedagogo que está saliendo de la guardia del fin de semana en el ministerio. 

 -Invertir en megatendencias es otra forma de asegurar un risueño porvenir.- completa el pedagogo que está entrando en la guardia.

 -¿Qué es la megatendencia?

-Pues, cabeza de chorlito, lo que sirve para transformar los hábitos de consumo de forma global y a largo plazo.

Entonces es cuando se oye la voz del aguafiestas oficial:

– Es decir, lo que asegura que seremos idiotas con garantías sólidas y contrastadas. Y que siempre votaremos a los buenos.

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Aniversario: sin motivo para la alegría

El cumpleaños es ocasión para la alegría y el intercambio de parabienes. El de este año de la Constitución de 1978 no es el caso por desgracia. Sería estupendo que, junto al virus que mata y arruina, también estuviera la Constitución infectada por un virus cruel pero a la espera de una vacuna con la que inyectarse y sanar. Me temo que no sea así.

Vengo sosteniendo desde hace tiempo que la comunidad política regida por una Constitución ha de ser una comunidad “integrada”. Sin ella, lo sabemos desde Rudolf Smend, no hay Estado, siendo precisamente la Constitución el resultado de esa comunidad vertebrada. Pues tal Estado existe cuando hay un grupo que se siente como tal, que recrea y actualiza los elementos de que se nutre y que es capaz de participar lealmente en la vida y en las decisiones de la colectividad. La aquiescencia democrática es así el fundamento de ese artilugio que llamamos Estado, la sustancia que lo anima y que determina su existencia.

Por eso se trata de una realidad que fluye y de ahí que la legitimidad de la Constitución sea un problema también de fe social, de fe en esos atributos compartidos e intereses comunes que permiten al grupo vivir juntos y constituirse en Estado. Tal dimensión se ve muy clara en la configuración de los Estados regionales o federales que han de basarse en elementos muy afinados, el primero de los cuales es un reparto de competencias bien aparejado, pero que de nada serviría si no existiera una conciencia clara en sus agentes y protagonistas de pertenecer todos a una misma familia o linaje. Sin esa conciencia, el edificio se viene abajo.

Pues bien, afirmo que las fracturas que alimentan los partidos políticos separatistas que forman parte hoy de la “dirección del Estado” conforman el ejemplo de manual de una Constitución a la que se ha privado ya de de esos elementos de integración indispensables para hacer posible su vigencia ordenada y fructífera. Dicho de otro modo, mientras no exista un “credo” compartido y libremente asumido, un prontuario de cuestiones básicas, entre ellas, obviamente, la existencia misma de ese Estado y la existencia misma de España, pensar en festejar una Constitución puede ser entendido como un acto de caridad, como quien va a visitar a un pariente gravemente enfermo al hospital, para insuflarle ánimos y ofrecerle un rato de alivio en sus pesares, pero abandonada toda pretensión de milagros.

En España lleva fallando mucho tiempo ese gozne fundamental del Estado que es la “lealtad”, conjuro de la desunión y de la fragmentación. Una lealtad que representa el confín más allá del cual se abre otro en el que se extienden la sombra del desconcierto o el germen del despropósito.

Y es en estos elementos del desorden donde estamos cuando advertimos cómo quienes conforman la mayoría parlamentaria que nos gobierna anuncian la celebración de un referéndum de autodeterminación para Cataluña o un futuro republicano confederal para el País Vasco y Navarra o precipitan la aprobación de normas destinadas a liberar a quienes sufren prisión por haber perpetrado un golpe de Estado o se cuestiona la figura del rey. Todo esto es de una gravedad excesiva para poder ser asimilada por un sistema democrático por muy sólido que sea (lo que no es por desgracia nuestro caso).

El ataque al jefe del Estado es quizás el veneno más letal que se está administrando a la democracia española sabedores quienes lo distribuyen de que acabar con la monarquía es acabar con el sistema constitucional de 1978. Produce cierta jovial hilaridad que se descalifique a Felipe VI por no haber sido elegido ¡como si los españoles pudiéramos estar necesariamente orgullosos de las personas a las que elegimos! Olvidan quienes así razonan que en una sociedad política pueden convivir la legitimidad democrática, derivada de los votos, que es la más importante, con otras legitimidades, a saber, la legitimidad técnica o profesional, en la que se basa uno de los poderes del Estado, el judicial, a cuyos miembros no elegimos sino que son seleccionados por sus conocimientos jurídicos. Y, en fin, otra legitimidad cuya razón de ser es preciso buscar entre los renglones de un relato antiguo, cubierto por telarañas, encorvados sus protagonistas a veces bajo el peso de la historia, un paisaje en el que conviven inevitablemente la decencia con la indecencia de tal manera que puede afirmarse que apenas hay una monarquía – ¡pero tampoco una república!- cuyos orígenes y andadura puedan justificarse en conciencia. La historia nunca ha conocido la virginidad.

Todas estas maniobras de los socios del Gobierno destinadas a barrenar el edificio constitucional serían una nota a pie de página si el PSOE, mayoritario y con amplias raíces en la sociedad española, no los hubiera llevado al texto principal. Y ello ha ocurrido porque en el PSOE, a ver si nos aclaramos de una vez, se ha producido una mutación (“mudar: dar otro estado, forma etc”, DRAE). No es la primera: a finales de los setenta del pasado siglo Felipe González y Alfonso Guerra mutaron al PSOE del exilio en un PSOE claramente comprometido con la socialdemocracia europea tradicional. Ahora, Pedro Sánchez ha transformado (mutado) ese PSOE en algo distinto, apoyado, ya sin máscaras ni mascarillas, en los tradicionales enemigos del socialismo democrático. Sin que – salvo excepciones- se aprecie reacción a este perverso y burdo truco de magia.

La tesis que sostengo es que a la mutación del PSOE, clave en la vertebración de España, seguirá la mutación (¡ojo, no la reforma ni la derogación!) de la Constitución de suerte que en poco tiempo no quedará de este texto, cuyo aniversario ahora nos convoca, ninguno de sus elementos apreciables.

Para el éxito de esta operación es preciso contar con la cobardía de muchos. No faltará.

(Publicado en el periódico Expansión el día 5 de diciembre de 2020).

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El dedo

Ya hemos logrado suprimir los suspensos, los exámenes y cualquier otra molestia que puedan sufrir los criaturos y las criaturas.

– Todo sea por una formación resiliente y proactiva – ha dicho en las Cortes la ministra del ramo (del ramo de alcornoque).

De los bancos de diputados afines saltaron los aplausos como campanadas de júbilo, como palomas blancas del entusiasmo patriótico, como aullidos cantarinos de vasallaje.

A la salida del hemiciclo, los aparatos de los periodistas han recogido las siguientes palabras, dichas con regusto y silabeando, como quien repite el Cantar de los Cantares:

-Estamos en la buena dirección, la del desmantelamiento de los últimos restos de la memoria y de las demás potencias del alma. Y, por cierto, y ya que cito el alma, que no se me desmande porque hacemos una ley para suprimirla. Con nuestro proyecto inclusivo no se juega.

Así están las cosas cuando del seno de las máximas instancias del poder ha saltado la siguiente preocupación en la que nadie había reparado. Ha sido el ministro “de la Agenda del Futuro perfecto, la Deformación profesional y Asuntos digitales” quien ha dicho:

-Nos hemos olvidado de las angustias de las oposiciones y de sus injusticias.

Se refería este ilustre prohombre a quienes se ven obligados a preparar oposiciones porque no tienen secretario general de partido que se ocupe de él y lo lleve a un gabinete de enchufados bien poblado.

-Ah, ya, oposiciones a cartero, a profesor de instituto o a notario – ha musitado el vicepresidente cuarto y ministro de “la movilidad transversal y el reto demagógico”.

Y es que si los adolescentes las pasan canutas con los exámenes, se les queda la cara llena de granos, pierden peso y potencia muscular y su mirada infantil se atosiga al aprenderse el reinado de Felipe II ¿qué no pasarán los pobrecillos que tienen que saberse el reglamento de Correos, la física o la química o el Código civil? Cuando, además, de lo que sepan depende esa ordinariez que es vivir y alimentarse.

Menos mal que se ha hecho sonar la alarma. Porque opositores hay que pasan años sentados a una mesa camilla con un flexo y unos librotes infames por aburridos y que, como consecuencia de este trato, sufren sudoraciones, efusiones nocturnas inesperadas del semen, náuseas ante el BOE, retención de líquidos, especialmente de la mala leche, desarreglos menstruales en las mujeres e incluso unas ganas incontenibles de atizarle al tipo del telediario.

¿Que hacer? tal como se preguntó el compañero Lenin antes de perpetrar algunas de sus fechorías.

La solución parece clara y procede actuar con la misma contundencia mantenida con los exámenes de los jóvenes /as.

-Deben suprimirse las oposiciones por ser origen de enfermedades y porque además instauran el reino de la meritocracia que no sé lo que es pero me malicio que lo peor imaginable: se empieza premiando los méritos y se acaba castigando los plagios -fue la voz bien timbrada presidencial la que zanjó la cuestión.

Tras una aprobación, no por pastueña menos sincera, se discutió quién había de encargarse de la transformación revolucionaria que iba a implicar la supresión de las oposiciones.

-Será el ministro de Asuntos digitales – zanjó de nuevo el presidente.

-Digital viene de dedo, así que mi (in) competencia es clara -explicó el ministro del ramo y del ramillete. 

Y fue así, y no de otra manera, cómo el dedo quedó convertido en palanca, en tuerca, en materia, en espíritu, en falo, en aleph, en tabernáculo, qué sé yo…

Cualquier cosa antes que aprenderse el Código civil.  

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¿Nadie va a parar esto?

La pregunta es pertinente: ¿nadie va a parar esto? Es decir, ¿nadie va a parar la degradación de la dignidad política en España practicada a golpe de ocurrencias de saldo y prontos primarios?

Me dirijo naturalmente al Partido Socialista Obrero Español. Y lo hago porque quienes figuran como sus actuales socios de gobierno, el podemita zarandeado por las urnas (recuérdese: Galicia y País Vasco), el separatista catalán condenado por el Tribunal Supremo y los amigos de los terroristas vascos no serían más que una nota a pié de página en la historia contemporánea de España si el PSOE no los hubiera metido en el texto principal del relato. Y con letras mayúsculas y aun capitulares. El PSOE no solo dispone de un número de diputados abultadamente superior a los de estos grupos sino que además es el partido que goza de las más sólidas raíces en la sociedad española, presente como está – de manera directa o indirecta- en todo tipo de iniciativas sociales y actividades culturales. Goza pues, como se dice ahora, de una envidiable capilaridad, lo que se manifiesta palmariamente en la fortaleza de su respaldo electoral.

De manera que podría decirse que, gobierne o no, el PSOE es clave a la hora de conducir esta nave que es España. Mucho más cuando se encuentra encabezando su Gobierno: de ahí que su responsabilidad sea inmensa. Y de ahí que los españoles avisados y prudentes sigamos sus pasos y sus decisiones con el mayor de los respetos y, cuando procede, con la mayor preocupación.

Que es donde justamente estamos. Porque se convendrá conmigo que ver al PSOE, de historia antigua, controvertida pero siempre vigorosa, gobernar al dictado de un partido cuyos dirigentes están en la cárcel por haber perpetrado un golpe de Estado o de unos sujetos que son descendientes directos de quienes han sembrado el terror en el País Vasco y en el resto de España durante décadas, decidiendo quién debía continuar viviendo en libertad o merecía ser introducido en un zulo o quién debía seguir simplemente viviendo, es algo que debería estremecer a cualquiera que sienta respeto por las siglas socialistas, no digamos a quienes les dispensan su adhesión o incluso su cariño.

Si todo está ocurriendo y negarlo sería tanto como negar la evidencia, la pregunta se impone: ¿dónde están esos compatriotas socialistas? ¿dónde se esconden? ¿dónde guardan sus convicciones y su ideario? ¿los conservan entre bolas de alcanfor o los han disuelto en la indiferencia? ¿les han puesto acaso sordina para que no perturben su bienestar?

¿Dónde están los ciento veinte diputados del Congreso y los ciento trece senadores? Estos señores y señoras, cuando se presentaron ante sus electores en sus respectivas circunscripciones, cuando hablaron en los mítines o escribieron artículos explicando sus proyectos ¿defendieron lo que el Gobierno que ellos ahora sostienen está haciendo? ¿abogaron en público por cambiar el Código penal para sacar a la calle a los golpistas? ¿sostuvieron que iban a dar satisfacción a esos mismos separatistas a la hora de arrinconar el idioma español? ¿se mostraron acalorados defensores de los decretos-leyes en lugar de las leyes para ordenar nuestra convivencia jurídica? El mismo pacto con Podemos ¿fue aireado? ¿Se dio a conocer la campaña contra el hombre prudente que encarna hoy la Jefatura del Estado y que se halla consentida – ¿o alentada?- por el Gobierno?

Más pienso que justamente ocurrió lo contrario en mítines, encuentros y programas electorales. No es preciso recurrir a las palabras de quien fue candidato principal y hoy preside el Gobierno acerca de su insomnio para sostener que los diputados y senadores actuales han roto de una manera clamorosa ese sutil contrato con sus electores que supone el otorgamiento del voto. Y esto es muy grave en un sistema democrático que tiene muchas imperfecciones pero que está o debe estar soldado por unas reglas de lealtad que son su argamasa misma.

Pero más allá de esta grave consideración ¿no están orgullosos esos diputados y senadores de sus siglas, de su ideario? ¿cómo es posible que toda esa riqueza quede disuelta en el seguimiento acrítico de un dirigente que les lleva por caminos que nada tienen que ver con una socialdemocracia que tanta gloria ha dado a los gobiernos de Europa durante más de medio siglo?

No lo entiendo y me devano la cabeza porque yo mismo estuve al servicio de los primeros Gobiernos de Felipe González como modesto secretario general técnico del Ministerio para las Administraciones públicas y estoy muy orgulloso de esta etapa de mi vida y de aquello que pude aportar a una política responsable, adulta, poco superficial en suma. Me marché voluntariamente (“a petición propia” dice el Decreto de mi cese) cuando pensé que mi sitio estaba de nuevo en mi cátedra. Ese pasado me impulsa a escribir hoy este artículo, estupefacto como estoy porque las sombras de aquel período que a muchos nos desmoralizaron y nos alejaron, sin embargo no han sido capaces de borrar la claridad de sus luces, la brillantez de algunos de sus logros.

Y ello obliga a no permitir a nadie que arruine – a base de inyecciones de frívolo oportunismo y de ignorancia- el nervio socialdemócrata sustituyéndolo por aventuras coyunturales, por el trajín miope de pobres ocurrencias que están comprometiendo el ser mismo de la España constitucional, tal como proclaman con altanería los socios del Gobierno. ¿Qué se diría – pregunto- si se viera a un Gobierno del Partido Popular encogerse ante las imposiciones de unos parlamentarios que fueran hijos o seguidores de los golpistas del 23 de febrero o de aquellos pistoleros franquistas que tantas amarguras ocasionaron?

¿Saben los diputados y diputadas que en la Asamblea Nacional francesa o en el Bundestag alemán (por citar tan solo dos países cercanos) los grupos parlamentarios tienen sus tensiones internas y que sus jefes han de entregarse a encarnizados debates con ellos para convencerlos del acierto de esto o aquello y que al final la disciplina puede romperse y no pasa nada grave? ¿Cómo es posible que aquí el toque del silbato sea el que marque el comienzo del aplauso desmedido o el silbido atronador de los escaños sin que haya ni una sola ocasión en que ocurra lo contrario? ¿no se advierte el carácter gregario e inmaduro de este comportamiento? Y lo que puede ser peor para ellos ¿no ven estos parlamentarios que están arruinando su propio oficio pues el día llegará que los votantes nos cansemos de ver en nuestros representantes cadáveres bien conservados y les enviemos a instalaciones más apropiadas a su lúgubre condición exceptuando al del silbato?

Y la misma interpelación que dirijo a los parlamentarios presentes en el Congreso y en el Senado la reitero respecto de quienes les precedieron o están o han estado en el Parlamento europeo, a las autoridades que lo son o lo han sido en las instituciones de Bruselas, los ex-ministros y los centenares de antiguos altos cargos presentes en los gobiernos socialistas, como secretarios de Estado, subsecretarios, directores generales o presidentes y consejeros de las Comunidades autónomas o alcaldes que lograron sus puestos gracias a militar en el socialismo español. Ítem más, incluyo a quienes, precisamente por las siglas a las que han servido, están hoy con magníficos sueldos en los Consejos de Administración de grandes empresas o en sólidos negocios a los que en modo alguno hubieran accedido si no hubieran podido presentar la credencial socialista.

De verdad, estas personalidades ¿dónde están? ¿no se les desgarran a diario sus interiores, no pierde el equilibrio su sensibilidad, no se les remueven las conciencias? ¿no sufre su honestidad? ¿no lamentan el zafio patear de ideales y compromisos? ¿no oyen las voces, las quejas, los gritos angustiados de la vergüenza herida?

¿Por qué callan?

(Publicado en el periódico El Mundo el día 28 de noviembre de 2020).

Publicado en: Artículos de opinión, Blog

La Ley educativa o un desaguisado

Si hay algo que contribuye a devastar la política es la aprobación de leyes básicas para la convivencia por el sistema de la imposición de una parte del hemiciclo sobre la otra. Se trata de un método que supone el uso, como procedimiento parlamentario, de la victoria belicosa, del trofeo que enarbolan y exhiben unos contra otros. Es el “trágala” de tan funestas consecuencias en la historia de España, aplicado de manera implacable a lo largo de nuestros enfrentamientos desde el siglo XIX. El “trágala” es el proyectil de los gobernantes que abusan. 

¿Qué es lo que una autoridad prudente – es decir, la que quiere evitar desaguisados- debe hacer cuando tiene entre sus manos la necesidad de llevar a las Cortes una ley delicada por la singularidad de la materia que aborda, por la sensibilidad que genera entre la población, por los intereses que enfrenta, por las emociones mismas que suscita? En un sistema democrático la contestación parece sencilla: su brújula ha de ser la de extremar los esfuerzos para alumbrar un texto en el que se refleje el máximo acuerdo entre las fuerzas políticas y, si se puede, solo si se puede, la máxima avenencia también con los representantes de los intereses encontrados que anidan en la sociedad. No defiendo por ello el consenso bobalicón, usado como aliviadero de quien no tiene una idea clara en la cabeza. El consenso es un método, no un fin. Sí defiendo, y con vigor, la necesidad de alcanzar la concordia – como se decía en los debates parlamentarios antiguos- más ancha posible entre los actores políticos, aquellos que representan – en nuestros modelos- los valores y los intereses generales.

Cuando esto es posible en términos razonables, esa autoridad debe poner todo su vigor en llevar a buen puerto el proyecto que tiene entre manos. Si, por el contrario, se atasca porque las posiciones se hallan demasiado enconadas, debe armarse de paciencia para pulir asperezas y, si no lo logra, debe abandonar su propósito aun a costa de tener que aceptar que sus tribulaciones han resultado estériles.

Este comportamiento prudente es el que se ha echado de menos en la responsable de la educación, una ministra que – lo tenemos muy comprobado los ciudadanos- se comunica con sus semejantes practicando formas rudimentarias de la oratoria. Aunque no se puede descartar que esta deficiencia la supere con la práctica ministerial. La falta de acuerdo, básico como estamos viendo para culminar una operación de este porte, se ha demostrado en la votación que se produjo ayer y que se veía venir desde lejos. Ha conseguido esta mujer concertar, para oponerse a su proyecto, a fuerzas políticas que practican habitualmente entre ellas el encono ideológico, la distancia sentimental y la virulencia verbal. Solo ha allegado la aprobación de los partidos de su gobierno y de los separatistas. 

Por no contar ni siquiera se ha molestado en recabar la opinión del Consejo de Estado que es competente cuando se trata de “proyectos de especial trascendencia o repercusión”.

A la vista de este modo de proceder, es lícito hacerse la pregunta de para qué sirve este Alto cuerpo consultivo cuando se le escamotea un asunto como el de la educación. Se afanan en el edificio de la calle Mayor letrados que han superado durísimas pruebas, también competentes juristas con una amplia experiencia en asuntos precisamente de Estado. ¿Para qué? ¿para informar expedientes y ver cómo se le evita en cuestiones significativamente sensibles?

No es una casualidad que todas las demás leyes predecesoras de la actual y que componen – por cierto- esa hilarante lista de acrónimos, fueran informadas por el Consejo de Estado. ¿A qué viene la actual desconfianza? No contento el Gobierno con este desaire a institución tan distinguida, la tramitación se ha hecho en las Cortes por el procedimiento de urgencia de manera que se han votado miles de enmiendas en un alocada carrera cuya razón de ser nadie conoce.

¡Ay de un Gobierno que desconfía de las instituciones antiguas, guardianes de la sabiduría y la prudencia!  

De otro lado, que el texto aprobado ayer haya contado con el respaldo de los separatistas no puede extrañar sencillamente porque se ha dado el golpe de gracia a un instrumento capital de la ordenacíón educativa en España: la Alta Inspección. Cuando se hizo el pacto constituyente, se distribuyó la educación con gran generosidad hacia las Comunidades autónomas. Sabedor el legislador del material explosivo que se ponía a su disposición, sobre todo en el caso de aquellas en las que están presentes potentes partidos nacionalistas cuyo lema es la deslealtad con el Estado, se construyó esa figura de la Alta Inspección: para conjurar excesos y desmanes.

El invento, hay que decirlo y lamentarlo, no funcionó. Y no funcionó desde la presidencia de Adolfo Suárez hasta hoy. ¿Por qué? Sencillamente porque no ha habido voluntad política para que sirviera al fin que tenía atribuido. No hace falta ser un agudo pensador político renacentista para aventurar la causa: la dependencia enfermiza y crónica que los Gobiernos españoles han sufrido respecto de los partidos nacionalistas. Consecuencia, a su vez, del hecho palmario de que los partidos nacionales que han gobernado España se han negado tercamente a modificar un sistema electoral que refleja de manera muy deficiente la voluntad del pueblo español.

El desaguisado aprobado ayer en el Congreso ha supuesto el lugar de arribada de una experiencia fallida por haber sido desnaturalizada consciente y alevosamente por los Gobiernos de España. Dijérase que ahora han caído las máscaras, justo cuando nos vemos obligados a llevar mascarillas.

En definitiva, una ocasión perdida para intentar poner de acuerdo a los españoles. Continuará el mal sueño de nuestras desdichas. Poblado encima por pendencias que muchos se esfuerzan en avivar. 

(Publicado en el periódico Expansión el día 20 de noviembre de 2020).

Publicado en: Artículos de opinión, Blog

Educación: gozoso horizonte

Por fin se ha logrado el gran avance en la enseñanza: el profesor podrá suspender pero, si lo hace, será a sabiendas de que su juicio negativo para nada sirve porque el muchacho/a pasará el curso sin dificultad.

¿Por qué suspendía un profesor? Yo lo he sido y he de reconocerlo: siempre por un complejo de superioridad respecto al pobre alumno y también por cabezonería, por pretender que ese joven indefenso supiera una porción de asuntos superfluos.  

Lo mejor del nuevo hallazgo es que erradica aquella pedantería que propiciaban las  notas diferenciadas, desde el suspenso hasta la matrícula de honor, creadoras de esos aires de suficiencia que gastaban los afortunados frente al pobre que arrastraba su desventura. Un mundo de afectación, de empaque y de pose exterminado de un plumazo por una ministra bien orientada. No es extraño porque ella misma experimenta a diario avances apreciables: si, al principio del ejercicio de su alta encomienda se expresaba con lamentables balbuceos, ahora cultiva formas de la oratoria, rudimentarias ciertamente, pero que tienen el aspecto de acabar convertidas en piezas discursivas florecientes.

Y lo mismo ha ocurrido con la supresión del español en los estudios. De nuevo la arrogancia, de nuevo la altivez presuntuosa: ¿para qué necesita enseñarse una lengua que hablan cientos de millones de ciudadanos? La protección y el mimo son necesarios para aquellas lenguas que no cuentan con ese privilegio, al fin y al cabo fruto de una injusticia histórica. 

Además, que el español está bien protegido lo demuestra la elegancia y el refinamiento con que se cultiva en las publicaciones oficiales.

Veamos un ejemplo: sabrá el lector/a que el mando supremo ha advertido el peligro que  nos acecha: la “desinformación” causada por la perversa labor llevada a cabo por periódicos, radios y demás. Ya era hora de que alguien se acordara de este desamparo en que vivimos. Pues bien, para conjurarlo se ha aprobado el “procedimiento de actuación contra la desinformación” y es en la Orden ministerial que lo acoge donde podemos leer lo siguiente:

“La Comisión permanente contra la desinformación se establece con objeto asegurar (sic) la coordinación interministerial a nivel operacional en el ámbito de la desinformación. Será coordinada por la Secretaria de Estado de la Comunicación y presidida de forma ordinaria por el Director del Departamento de Seguridad Nacional que a su vez ejercerá las funciones de Secretaría”.

Cuando se logra esta prosa llena de belleza, de sutileza, prosa con destellos de festín aromático, alojada además en un sitio inusual, a saber, la oquedad desabrida de un Boletín oficial ¿para qué se necesita amparar una lengua como el español y enseñarla en las escuelas mareando a unos pobres niños/niñas?  

Parecidas esperanzas suscita la reforma de la educación universitaria. De nuevo se acusa al responsable ministerial tan solo de lucir camisetas estrafalarias y de aventar despropósitos. Olvidan esas gentes aviesas, cuyos derroteros ideológicos nos maliciamos, que por fin se ha creado en Madrid la “cátedra de Transformación Social Competitiva” que “surge como demanda de la sociedad para que la labor de las empresas no sea solo una maximización de las cuentas de resultado sino que busque el incremento del estado de bienestar”. Una cátedra que será vivero para “crear líderes alternativos, resetear el capitalismo, y hacer convivir la multicanalidad con la segmentación”, única forma de “empoderar al cliente”.

La ocupará – según se ha difundido- la esposa del actual presidente del Gobierno de España. Conseguida tras reñidas oposiciones.

Una poltrona académica que expresa el triunfo gozoso de lo “trans”: la transformación de una estupidez en una cátedra.

Publicado en: Blog, Soserías

La mejor columna

Una de las torturas más sutiles que padece el escritor es encontrar un asunto con el que cubrir ese par de páginas que se resisten sobre todo si está obligado a llenar la olla exprés con el producto de sus ocurrencias. Ramón Gómez de la Serna definía por eso el “artículo de primera necesidad” como aquel que hay que enviar al periódico para cobrar cinco pesetas.

Hay el columnista que trata asuntos políticos, es este la envidia de todos los demás porque se trata de un privilegiado al que le da el trabajo hecho la incontinencia verbal de los señores diputados y ministros, cuya facundia declaratoria parece estar pensada exclusivamente para venir en socorro de quienes tienen un contrato con una cadena informativa. Si no fuera porque esta persona dispone de una pluma diserta y se ocupa de estar bien informado y al día de todo cuanto acontece, podría decirse que estamos ante un parásito pues se alimenta a costa de organismos vivos a modo de comensal o inquilino. Para conjurar este estigma acaso no sería malo que pagaran al político a tanto la declaración, más cara cuanto más desaforada, porque es evidente que un dislate bien administrado da para varias columnas y para decorarlas además con un choteo que aumenta el prestigio y que pone eco al aplauso. Pero no me consta que sea así, antes al contrario, a veces este huésped o ácaro deja de parasitar porque ya le aburre esta actividad vicaria y se entrega directamnte a prácticas más emocionantes, asimismo relacionadas con la alimentación, como la antropofagia o el canibalismo: para ello introduce al pobre ministro o al cuitado consejero o alcalde en la olla de sus escritos, lo revuelve con el bolígrafo, lo especia con un poco de tinta y lo acompaña con unas originalidades ortográficas como guarnición, y ahí queda el padre de la patria listo para ser deglutido en compañía de los amigos más entrañables en medio de risotadas y otras muestras de ingenio. La columna se ha transmutado en picota. Si el columnista dispone además de una cadena de radio o de televisión, puede darse el gustazo añadido de lanzar al aire a su víctima como si fuera una cometa o cachirulo y dejarle mecido al pairo de los vientos.

Ahora está de moda también el columnista que se ocupa de asuntos económicos de una gravedad magnífica porque la economía (como la jurisprudencia o el estudio de las leyes) es una ciencia que exige a sus cultivadores una disposición de ánimo muy enteriza al abordar cuestiones de gran sustancia parecidas a esos objetos que están fabricados con un metal pesado. Son columnas que caen a plomo y en verdad que hay que ser muy aplomado para afrontarlas. Por eso, porque el autor no usa pluma sino plomo, deberían ser llamados estos escritos, mejor que columnas, pedestales pues son soporte, sostén de elucubraciones de gran alcance.

Luego están las que analizan las cuestiones banales que acaecen en la sociedad, son estas columnas de humo, por su trivialidad, por su descarada menudencia, y por ello lo menos parecido a la columna vertebral porque nada vertebran (ni aspiran tampoco a ello). Crean un espacio que quiere alimentarse de la libertad del juego o simplemente de poner alas a las palabras para hacer de ellas pájaros que cruzan el horizonte sin mayor fijación, en anhelo de atrevimientos. El esfuerzo que representan para nada vale porque son capricho, pura diversión, aunque sirvan para percibir la soldada; tienen de bueno que quedan en la conciencia del lector prendidas tan solo con alfileres, listas para ser alejadas y olvidadas al menor contacto que se tenga con la realidad agarbanzada. No son en rigor columnas sino simples postes que marcan una dirección, justo la que no se debe tomar.

De todas las columnas yo me quedo con la que desde siempre ha usado el anacoreta para vivir dedicado a la oración y a hacer frente desde lo alto de la misma a la corrupción de las costumbres. Es decir, la columna de los ermitaños como san Antonio Abad o san Benito, entregados al implacable yermo con la sonrisa en los labios. Hubo un tiempo en que la Iglesia tenía un voto que se llamaba “de estabilidad en la montaña” para garantizar que la afición a la columna no se desvaneciera al primer contratiempo.

Hoy nadie puede combatir el mal desde una columna pero sí podemos subirnos a ella precisamente para no tener que leer ninguna columna. Que es lo que yo aconsejo vivamente, muy especialmente las mías.

Publicado en: Blog, Soserías
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