Animalistas

¿En quién se puede confiar? No es ya la polémica embrollada sobre la vacuna Lastra-Séneca, de la que no se saca nada en limpio, es que ahora unos científicos, criadores de embriones mono humano, han asegurado que “no hay necesidad alguna de una criatura mitad animal mitad persona”.

Pero señores sabios ¿qué están ustedes diciendo? ¿es que pretenden suprimir del ser humano lo mejor que tiene que es su parte animal? Pues, si así ocurriera, las peores desgracias pueden fácilmente predecirse. 

Se ve que ustedes no han leído a Baltasar Gracián. Y es grave error porque en “El Criticón” de este jesuita provinciano está todo el saber condensado del mundo. Quien no haya leído esta obra, ya puede saber mucho de Patología o de Derecho hipotecario, incluso de “spin-off”, que es la moda última, pero de lo que no sabrá nada es del hombre y de la sociedad en la que vive. La psicología y la sociología se inventaron antes de ayer como aquel que dice en su versión académico – tecnocrática pero las raíces verdaderas de ambos saberes las dejó plantadas aquel clérigo en el siglo XVII prácticamente sin salir de Aragón más que para ir a Valencia a sufrir el encierro que contra él decretaron sus piadosos hermanos en religión. Pero él no se arredró por el entorno opresivo – como hacen todos los cobardes- sino que puso por escrito, para que el personal se enterara, lo que él tenía por verdades inconcusas. Desnudó el alma o la mente o lo que sea de los humanos y dejó asimismo in puribus todo lo que de falso y pintado tiene la sociedad. Como se suele decir: no dejó títere con cabeza.

De ahí su importancia. Y de ahí que quienes hoy planean la educación progresista, inclusiva y transversal, educación sin venganzas ni revanchas, pasen de puntillas sobre las enseñanzas de Gracián. ¡Cómo se reiría el hijo de san Ignacio hoy de los majagranzas de los ministerios!

Por eso se atreven a decir esa idiotez los científicos de los embriones.

Porque Gracián nos enseña que los hombres “tienen una lengua más afilada que las navajas de los leones y con ella desgarran las personas y despedazan las honras; tienen más mala intención que los cuernos de un toro, unos ojos envidiosos y malévolos más que los del basilisco, un aliento venenoso más que el de los dragones … de modo que solo el hombre tiene juntas todas las armas ofensivas que se hallan repartidas entre las fieras y así él ofende más que todas”.

Como se ve, lenguaje clarito, nada de la lengua de madera del político empoderado. 

Y sigue para que no haya dudas: “Créeme que no hay lobo, no hay león, no hay tigre, no hay basilisco que llegue al hombre, a todos excede en fiereza”. Y luego pone una verbigratia suprema a modo de estocada definitiva: un malhechor fue condenado a un tormento terrible, a saber, sepultarle en una hoya llena de sabandijas, dragones, tigres, serpientes etc. Acertó a pasar por allí un extranjero y sintiendo los lamentos del desdichado, llevado por la compasión, movió la losa que cerraba la hoya y, al punto, salió el tigre, lo que asustó mucho al extranjero pero pronto advirtió que el animal le besaba la mano por haberle librado de la tortura del encierro … y lo mismo pasó con la serpiente y los otros animales: todos le dieron las gracias por haberles librado de la mala compañía de un hombre advirtiéndole de que huyera antes de que acertara a salir. Pero no le dio tiempo porque, en efecto, apareció el encerrado y “concibiendo que su bienhechor llevaría algún dinero, arremetió contra él y quitóle la vida para robarle la hacienda”.

Juzga, concluye el sagaz jesuita, “tú ahora cuáles son los crueles, los hombres o las fieras”.

Amén.

A la vista de esta noticia tan alarmante, mi pregunta se dirige ahora a los animalistas: ¿dónde estáis? ¿cómo no reaccionáis ante las declaraciones de esos sabios tan ignorantes?

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Cristóbal Halffter

Fueron Antonio Pereira y Úrsula quienes nos pusieron en contacto amistoso con Cristóbal y Marita. Gracias a ellos hemos pasado muchas jornadas juntos en el castillo de Villafranca, Mercedes y yo y Salvador Gutiérrez y Ana. Los cuatro matrimonios en jornadas de evocaciones a veces ligeras, a veces profundas, siempre ricas y chispeantes.

Buena comida en el Parador de Villafranca y, después, charla y audiciones de piano a cargo de Marita y, a veces, cuando estaba en casa, de Pedro. Habitual era también la presencia de Luis, el amigo de la familia que había regido los destinos municipales de Villafranca. Casi siempre fueron jornadas veraniegas, entre los muros medievales, bajo la sombra de la arboleda y allá en lo alto el cielo berciano con su opulencia en pájaros y cantares.

En alguna ocasión ya el verano se estaba despidiendo y entonces los exquisitos anfitriones nos ofrecían un botillo preparado por Marita acompañado de los quejidos crepitantes de los aromados leños que ardían en la inmensa chimenea.

Cristóbal nos contaba sus proyectos musicales y lo hacía con la suprema melodía de su buen gusto y de su inteligencia clara. Nos enseñaba las partituras que estaba escribiendo donde, aun en bosquejo, ya se adivinaba el gran chorro de vida que es siempre la fuerza creadora, el murmullo cantarín de la energía artística. Uno le imaginaba con la batuta en la mano sacando de los músicos de la orquesta, como un demiurgo, el vigor oculto y sagrado de la explosión estética.

Le hemos oído contar el estreno de su ópera dedicada a Don Quijote, de su amargura por la destrucción de muchos de los materiales usados para su representación; de su otra ópera, Lázaro, estrenada en Alemania (Kiel). De cómo surgió también su trabajo operístico sobre el ajedrez y la figura de Stefan Zweig, el escritor austríaco tan obsesionado como él mismo por las esperanzas y, ay, también por las desilusiones que el mundo y su agitar atolondrado nos proporcionan. Alma y recuerdo de Europa estaban siempre presentes en el pensamiento íntimo, entre amigos, de Cristóbal. Por eso le interesaba sobremanera mi trabajo en el Parlamento europeo por el que me pedía detalles, lo que aprovechaba para tejer observaciones lúcidas.

Su fascinación por las vidrieras de la catedral de León le llevó a componer una obra fastuosa para el órgano que se la oímos interpretar en ese escenario impar a Samuel Rubio. Y sus intuiciones sobre el paralelismo entre Goya y Beethoven, dos sordos geniales, le hicieron cavilar también sobre una ópera. Buscó a quienes él pensaba que podían ser autores del libreto pero no consiguió que un animoso se prestara a este empeño que, de ultimarse, hubiera causado sensación. Sobre esta obervación suya compuso alguna pieza y dio varias conferencias, una aquí en León, en Sierra Pambley, donde pudo comprobarse cómo el anciano Cristóbal, abatido ya por la desaparición de su mujer, conservaba empero su lucidez. Y el resplandor de una sonrisa benevolente y viva.

Sufría por la forma en que los gobiernos, desde época remota, (des) organizaban la enseñanza musical en España y también por la desatención que padecía la música española, los nombres de Albéniz, Granados, Falla, Rodrigo afluían constantemente en sus labios. Recuerdo que Mercedes, mi mujer, le habló de un disco que acabábamos de comprar de Literes, su zarzuela “Júpiter y Semele”. Celebró mucho que alguien resucitara a este compositor y se explayó en comentar piezas barrocas sepultadas en el olvido.

El mismo sentimiento de pesar le producía el peligro que corría la unidad de España. Como sabía de mis libros sobre el federalismo y, en general, sobre el Estado y su configuración territorial, no se cansaba de preguntarme por los detalles que yo podía ofrecerle. El hecho de que estos estuvieran siempre basados en la experiencia alemana hacía que su interés se acrecentara porque él conocía bien la realidad de aquel país. Me dio pistas formidables para argumentos que he empleado en mis escritos.

La presencia de un filólogo solvente como Salvador la aprovechaba también para informarse de la amplitud del daño que se estaba causando al idioma español en algunas regiones de España, al obstaculizar su enseñanza, y el amparo otorgado por gobernantes frívolos a lenguas sacadas de los hondones de la historia para apuntalar aspiraciones políticas regionalistas.

Villafranca, los Halffter, los Pereira, las tardes de fuertes luces y castas sombras son imposibles de olvidar y hoy las evoco y las convoco en mi memoria con melancolía cuando sobre ellas se ha esparcido la triste osamenta de tantas muertes …

El misterio donde anida la Verdad habrá acogido a Cristóbal a buen seguro con la música de su “Llanto por las víctimas de la violencia”, expresión de los látigos que sufría su corazón ante las iniquidades del mundo.

Descanse en paz.

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La vida es somnolencia

Los humanos pasamos unas pocas horas al día dormidos, otras trabajando, muchas en somnolencia, mecidos por chismes y enredos fútiles. Cuando levantamos el vuelo y nos damos al pensamiento abstracto, entonces nos embarcamos en disputas tajantes y sin vuelta atrás:

– Usted, amigo ¿es de derechas o de izquierdas?

Esta es la más majadera de todas las polémicas pero siempre ha habido una de esta naturaleza:

– ¿Usted es proteccionista o librecambista? se le preguntaba hace años al señor que estaba mojando unos churros en el chocolate. 

Allá en la Francia de principios del siglo XX nadie podía salir a la calle sin haber decidido antes de desayunar si estaba a favor o en contra de Dreyfus porque corria el riesgo de meterse en la manifestación equivocada.

En la historia de la Iglesia no hay que remontarse a la época de los iconoclastas que eso queda muy lejos. En el siglo XIX, los padres de la Iglesia que entraban en el Concilio Vaticano que definió la infalibilidad del Papa se dividieron en dos grupos irreconciliables. Al cardenal que intentaba introducir algún matiz se le miraba con desconfianza y sus compañeros se preguntaban si no sería un loco o, peor, un pedante teológico.

Así ha sido desde el pasado más remoto. Siempre hay dos bloques, dos posturas irreconciables, la del taurinismo también es de las que dan mucho juego y reaparece con constancia: los obispos han visto durante siglos en el manejo del capote frente a un toro un pecado mortal, la más aviesa de las manifestaciones del Maligno. Hoy ya no existen obispos o, si existen, no se les reconoce porque van vestidos con ropa de la Semana de Oro del Corte Inglés. Pero su papel ha sido asumido por los animalistas.   

En España hace unos años se produjo una polémica hilarante: se había hundido un barco cerca de las costas gallegas, el Prestige, ocasión pintiparada también para dividir a los españoles en bloques antagónicos. Quien defendía que el buque tenía que haber quedado en alta mar era irremediablemente de derechas y quien sostenía que era prudente llevarlo a puerto era de izquierdas. O al revés, no recuerdo los términos de aquella necedad. Era de ver a personas perfectamente ignaras pronunciarse con aplomo por una de las soluciones náuticas en función de si era del Gobierno del momento o militaba en la oposición. Esta es una de las controversias más cómicas que he vivido sostenida por gentes de un sectarismo zafio, denso y oscuro.

Hoy nos regocijamos con otras muestras de esta quincallería falsa: quienes se complacen en comer berberechos distraídamente y quienes abominan de estos inofensivos moluscos por considerar su consumo una prueba de desorientación ideológica. Todo esto produce mucha risa.

Pío Baroja, por algún sitio, sostiene que quien se empecina en tener una idea fija acaba siendo algo semejante a un pelmazo y da igual que sea teósofo, espiritista o vegetariano porque su destino es acabar en la exaltación de la extravagancia. Y de la gratuita molestia al prójimo.

He empezado con la “summa divisio”: la de las derechas y las izquierdas. Nadie o pocos reparan en lo siguiente: ser de derechas o de izquierdas las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año es, además de muy cansado y aburrido, una de las formas más convincentes que encuentra el ser humano en expresar su idiotez. 

La somnolencia del intelecto.

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Funcionarios públicos: un respeto

                          I

Ha sido el ministro de Política Territorial y de Función Pública quien ha comunicado a la ciudadanía que se halla entre sus propósitos cambiar el sistema de ingreso en la función pública. En concreto ha explicado que “se trabaja en una estrategia para reformar el modelo de acceso al empleo público en el que se tenga más en cuenta la capacidad y la aptitud y menos la habilidad memorística”.

Y eso ¿cómo se hace, señor ministro? ¿cómo se pueden enfrentar conceptos como capacidad y aptitud y memoria? Convendría que se explicara con precisión. Porque la capacidad de un ingeniero al servicio de la Administración, de un notario, de un inspector de Hacienda o de un profesor de historia de bachillerato se mide por disponer de un título de licenciado o doctor en tales o cuales materias, título que acredita la aptitud para ejercer una determinada profesión. Para obtenerlo, su titular ha demostrado las exigibles capacidades ante los profesores que le han examinado en sus respectivas Escuelas o Facultades, capacidades que tienen ingredientes variados, entre ellos el ejercicio de la memoria. El profesor de Historia, al que me acabo de referir, tendrá que retener en la memoria que Felipe II reinó en unos determinados años del siglo XVI y que Isabel II, por contra, lo hizo en tales años del siglo XIX. ¿Por qué capacidad o aptitud se puede sustituir este esfuerzo de la memoria? De la misma forma, el notario tendrá que conocer con soltura el Código civil a menos que quiera aparecer ante el cliente que demanda sus servicios como un atolondrado que se ve obligado a estar consultando constantemente los artículos de ese Código. Y así sucesivamente …

A partir de ahí, la dificultad para ingresar en un determinado cuerpo de funcionarios dependerá del número de plazas que se oferten y del número de aspirantes que concurran a esas plazas. Si hay diez plazas y aspiran a ellas cien personas será necesario establecer la competencia entre ellos. Y ello por la elemental razón de que es obligado garantizar el principio constitucional de mérito y capacidad al estar tales plazas retribuidas con dinero público. Es justamente para asegurar tal competencia por lo que existen pruebas, exámenes y ejercicios. Pruebas y exámenes que pueden ser enormemente exigentes e incluso diabólicas cuando quienes aspiren a las plazas sean personas muy preparadas que pelean con denuedo por su futuro puesto de trabajo. Por eso se llaman “oposiciones”: porque un aspirante se opone a otro.

Lo hasta aquí explicado es algo que todo el mundo comprende.

¿De qué se habla entonces cuando, como hace el ministro, se mira con tanta desconfianza a la memoria? ¿A qué viene subestimarla? No es privativo del ministro de la Función pública esta prevención contra la memoria pues la comparte con su compañera de Educación, tambien empeñada en arrinconar esta facultad, potencia del alma o lo que sea para sustituirla por las “habilidades” en los planes de estudio.

Mucho me temo que lo que llevan entre manos ambos ministros es rebajar el nivel de exigencia y al cabo de conocimientos y de procurar así las menores molestias a los candidatos pues quien se enfrenta a una “oposición” pierde la color lozana o exhibe antiestéticas ojeras debido a las muchas horas que ha de pasar sobre los libros y otros materiales de trabajo.

El ministro sabe bien que tal “estrategia”, por usar la terminología ministerial, ha de recibir el aplauso de miles de personas, lo que siempre agrada a un político.

Me temo asimismo que se acabe importando al ámbito de la función pública los métodos – que sospecho proceden del mundo anglosajón- propios de la empresa privada. Se olvida así que en ella se maneja dinero propiedad de un empresario o de unos accionistas que pueden arbitrar el sistema que les pete cuando de reclutar su personal se trata. La Administración pública, por el contrario, ha de ser extremadamente rigurosa y exigente al ser el dinero público el que se halla en juego.

Atisbo en el horizonte el abandono de pruebas tradicionales – rigurosas y meticulosas- para incorporar otras más livianas, como la “entrevista”. Es un invento muy generalizado que tiene la ventaja de su sencillez pero el inconveniente de no revestir la menor garantía para el aspirante. No hay temario o el repertorio de preguntas es vago y además no se conocen los criterios exactos con los que se evalúan las respuestas. Y, si no es así, es decir, si hay un temario, hay unos examinadores competentes para juzgar los conocimientos de los candidatos y también unos criterios precisos para evaluar, entonces estamos descubriendo las pruebas en que suelen consistir las “oposiciones”. Es decir, estamos descubriendo uno de esos océanos que ya surcaron intrépidos viajeros hace varios siglos.

                                                        II

Los espíritus maliciosos nos tememos lo peor. Porque en España es importante que los ministros – muchos sin especiales saberes- se hallen rodeados de funcionarios cualificados y neutrales que han de formar en torno a ellos un cordón de capacitación técnica. Para evitar la generalización de estropicios mayormente.

En nuestra Administración esta cautela exige una observancia especial pues téngase en cuenta que, en el actual Gobierno de coalición, hay decenas de altos cargos que han sido nombrados sin contar con el requisito básico de proceder de la alta función pública. Es más, cuando se leen algunos de los curricula que están en el portal de transparencia del Gobierno (no todos están) se advierte que carecen de cualquier conocimiento sobre el despacho de los asuntos pues la experiencia que alegan deriva de la obtenida en otros cargos a dedo o por su “activismo político”. Una muestra es la del director general de los “derechos de los animales”: su título, otorgado por el sindicato Comisiones Obreras, es el de “formador en posicionamiento y manejo de redes sociales” y, como experiencia, alega haber sido “responsable del mantenimiento de tiendas on line”.

A través de estas designaciones, el poder político va ocupando ámbitos que deberían quedar reservados a profesionales solventes. La contaminación política se desparrama y ello hace que, entre los funcionarios reclutados de forma limpia, se generalice la creencia de que solo podrán prosperar si demuestran sintonía política con el poder. Como este es cambiante, las contorsiones han de ser frecuentes y de ahí los agobios y los arriesgados esfuerzos posturales de este sufrido personal.

Erradicar estas perniciosas prácticas permitiría asegurar a los funcionarios una carrera  apoyada sólo en su trayectoria profesional, sin necesidad de vivir la desazón que produce mostrar falsos entusiasmos o aparentar vaivenes ideológicos. Ya el insuperable Gracián dejó escrito que “no se habría de proveer dignidad ni prebenda sino por oposición, todo por méritos, solo a quien venga con más letras que favores”. 

Otra grave consecuencia de estos modos de organización es el terremoto que se produce con ocasión de cualquier remodelación ministerial. Y lo ya definitivamente perturbador es que estas facultades de designaciones tan alejadas de la templanza que debería adornar a los ministros, se trasladan, como en una cascada cantarina, a sus subordinados, los secretarios de Estado, subsecretarios y directores generales quienes usan su voluntad para designar a los responsables de otras muchas dependencias: subdirectores y funcionarios asimilados que se cuentan ya por centenares. 

Cuidado pues con tocar el sistema tradicional de oposiciones libres con la excusa de combatir la memoria pues facilitaremos el desembarco en las Administraciones de una legión de espabilados que treparán por los organigramas ansiosos de lograr una sinecura por un atajo.

Un ministerio no es un partido político, señor ministro. Cabalmente debería ser justo lo contrario.

(Publicado en el periódico El Mundo el 10 de mayo de 2021).

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Meditación de Juan Sebastián Bach

Hasta ahora he vivido en el cielo de los elogios y de la admiración de todos, he sido el genio de la música, el innovador, el artista que abre una nueva era en este arte que viene de la noche de los tiempos, el excelso maestro de capilla de la gran Iglesia de Santo Tomás en Leipzig … he sido en definitiva un acaparador de alabanzas, incluso desmesuradas para una persona modesta como yo soy.

Mis obras se han oído y se siguen oyendo en todos los grandes escenarios del mundo, algunas incluso como los “Conciertos de Brandenburgo” los tocan músicos callejeros en cualquier esquina de cualquier ciudad y, ante sus acordes, los transeuntes, acariciados por mis melodías tan populares, se inclinan y dejan un óbolo en el platillo de los artistas  que interpretan mis partituras.

¿Se puede pedir mayor reconocimiento? Así, acogido por todos y querido por todos, he pasado siglos. 

Y sin embargo … cuando menos lo esperaba, cuando creía que mis credenciales de genio indiscutido estaban ya más que contrastadas en todos los continentes, de pronto se suscita la cuestión entre gentes modernas del racismo y el colonialismo que esconde mi música.

Puede parecer raro pero estas afirmaciones o acusaciones las he visto, primero en los periódicos de mi propia tierra, en Alemania, pero desde allí han viajado hasta otros países, incluso en algunas Universidades prestigiosas se han celebrado debates acerca de esta nueva perspectiva de mi música en la que hasta ahora nadie había reparado. Yo, asombrado, he preguntado en este Olimpo donde vivo a otros grandes compositores, me he informado cerca de Beethoven si él está también siendo objeto de críticas y descalificaciones.

– Así es, querido Juan Sebastián – me ha dicho este hombre que sigue en la eternidad sordo, al igual que estuvo en la Tierra.

– Las sinfonías tan hermosas que escribiste, la Pastoral, que es un canto ecológico ¿tiene detractores?

– Los tiene. Soy un racista y un colonizador blanco que impone criterios estéticos con autoritarismo y usando ventajas inaceptables que me dio la civilización en la que nací y viví. 

– Pues es curioso – respondió Juan Sebastián Bach- esas son las mismas inculpaciones que he leído respecto de mis cantatas, de mis misas, de mis fugas, del “Clave bien temperado” …

– Lo que se afirma – precisó Ludwig- es que nuestros nombres son sinónimos de opresión de las razas que no son blancas y de que en general somos los representantes de una historia de represiones infames.

– Así lo aseguran en efecto sesudos profesores de las Universidades y así lo aplauden muchos jóvenes que se conjuran para denunciar el fraude civilizatorio que hemos perpetrado.

Contritos, Bach y Beethoven, decidieron hablar con Mozart.

– Yo soy aún peor, me acusan de homófobo porque escribí “Cosí fan tutte” donde hago afirmaciones sobre las mujeres que ahora no son correctas. Y también en “Las Bodas de Fígaro” y en muchos de mis conciertos se ve la mano del explotador blanco que he sido.

Los tres han decidido seguir indagando entre los compositores italianos, los franceses y los ingleses para dar vueltas a los pecados que cometieron y ver de enmendar algunos de sus yerros históricos.

De momento, para expiar sus pecados, están escuchando la música de grupos modernos como “Loquillo, el del flequillo”, “El clítoris reventón” y “Los masturbados”.

No entienden nada pero en ello están.

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Abdicación por amor. Una novela real

La pasión de un rey por una hermosa extranjera desencadena una serie de acontecimientos que terminan en su abdicación. El atractivo irresistible de una mujer astuta y seductora llega a hacer tambalearse una monarquía.

La historia de Luis I de Baviera y Lola Montes demuestra una vez más la potencia literaria de la realidad en manos de un escritor brillante. Partiendo de hechos documentados y elaborándolos imaginativamente con una cuidadísima escritura, Sosa Wagner nos ofrece una apasionante novela histórica que es a la vez un jocoso retrato del alma humana.

Vídeo

Reseñas y comentarios:

RAMÓN TAMAMES – «La bailarina que mandó casi más que Luis I de Baviera» (La Razón, 31 de mayo de 2021).

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La memoria al destierro

Es de ver la cantidad de aspavientos que el “homo tertulianus” está haciendo como consecuencia de las declaraciones de la ministra de Educación referidas a la memoria, esa facultad, potencia del alma o lo que sea que tan útil resulta para olvidar.

¿Qué nos ha dicho esta esforzada servidora del bien común? Pues que la memoria debe ser desterrada. ¿Para que los ciudadanos nos olvidemos de su yo ministerial y de su circunstancia, como han sostenido algunos deslenguados y malintencionados?  No, en absoluto, para no perturbar la asimilación de las habilidades que son el meollo del nuevo horizonte educativo. Si – como sostiene la prócer- los conocimientos no sirven para nada, desplazados como han sido ¡por fin! por las habilidades ¿para qué necesitamos la memoria?

Esta antigualla, que solo defienden personas chapadas a la antigua y botarates no inclusivos ni empoderados, servía en la oscura antigüedad para saber que Felipe II fue un rey del siglo XVI o que Ortega y Gasset fue un señor, no dos usuarios de instagram. Pero hoy, cuando lo que debemos hacer es borrar precisamente de la memoria a los reyes porque no fueron votados en elecciones primarias ni han estado afiliados a los sindicatos de clase, todo recuerdo de un personaje como Felipe II, vestido de negro cuervo y beaturrón él, no hace sino ocupar un espacio para albergar en la cabeza lo que de verdad importa. Y lo mismo ocurre con Ortega y Gasset, un ignorante que no tuvo ni idea de lo que es la resiliencia, el feminismo sostenible ni el ecologismo empático. ¡Al desván y sin contemplaciones con estos fantasmas de un pasado reaccionario!

Lo moderno, lo que define el progresismo de netflix y de facebuque, es la habilidad. Para saber qué es o quién es esta señora nada mejor que acudir al Diccionario de la RAE: “gracia y destreza en ejecutar algo que sirve de adorno a la persona como bailar o montar a caballo”. ¡Acabáramos! De lo que se trata es de dedicar a los jóvenes / as a estas vistosas destrezas que mantienen el cuerpo flexible y la cabeza aireada. Fuera la carcoma de la tabla de multiplicar y de las enseñanzas de Platón. Bailar, no con la ministra por supuesto, y montar un caballo de capa alazana.

Claro que hay otra acepción de “habilidad” en el DRAE: “enredo dispuesto con ingenio, disimulo y maña”. ¿Con cuál nos quedamos? Porque realmente enredos, disimulos y  mañas no nos faltan, la misma ministra no anda lejos de algún maestro en estas habilidades.

¡Todos al baile y a los caballos y, en el recreo, a los enredos!

– ¿Y qué hacemos con la memoria histórica? ha preguntado un aguafiestas.

Me he visto obligado a contestar de forma airada:

– No hay ninguna contradicción, zascandil. La memoria histórica es una forma de bailar, de bailar con la verdad.

Le oí musitar:

– ¿Y no podría ser que se han olvidado la memoria histórica precisamente por haber suprimido la memoria?

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El escondite de Rembrandt

Se puede ver la historia pasar por delante asomado a la barandilla de los acontecimientos o se la puede contemplar velado tras una cortina o unos visillos, viendo sin ser visto como la monja que se oculta tras la celosía o el torno para disfrutar de la procesión. Los grandes personajes del pasado, como fueron poderosos, no han querido perderse la visión del paso de los tiempos y por ello se hicieron retratar por artistas famosos y están colgados en los más importantes museos y es, desde esta atalaya, desde la que contemplan el espectáculo de los siglos, cómo estos nacen y se desperezan y avanzan luego desgranados en magnos acontecimientos y en minúsculas peleas de vecindad. Ven desde allí cómo caen reyes, cómo se abaten certezas, cómo los grandes fuegos se tornan frías cenizas, cómo las piedras preciosas desvelan su alma de pobres cuerpos opacos. ¿Qué se hizo el rey don Juan, los infantes de Aragón, qué se hicieron? y así por este camino hasta dar con los huesos de nuestra propia calavera, que está siempre en un cuadro de Valdés Leal.

El conde duque de Olivares como fue imperial y mandón, ordenó a Velazquez que le retratara a lomos de un caballo que jamás cabalgó, consumido como estaba por la gota, y es desde su grupa desde la que no solo nos contempla sino que parece estar señalándonos el camino de Portugal para que lo reconquistemos, dando a los lusos la buena tunda de palos que se merecen. En la pintura española del siglo de Oro hay muchos personajes que montan caballos imposibles y sueñan victorias fallidas. Al mismo Carlos V se le ve en los cuadros de Tiziano cómo no pierde ripio de lo que pasa alrededor y, si tiene la mirada triste y como ausente, es porque le reconcome la melancolía por no estar organizando las guerras actuales y porque nos reprocha serenamente pero con energía que convivamos con la herejía protestante.

Es privilegio sin embargo de un genio como Rembrandt haber ideado un truco para observarnos sin ser visto, para crear un escondite perfecto desde el que considerar los ridículos afanes humanos sin que se advierta ni pueda notarse su sonrisa irónica, esa media risa que es privilegio de quien está en el secreto de la nada, agujero de los siglos y de los tiempos. Se ha descubierto un autorretrato de Rembrandt debajo de un retrato de un noble ruso, un cuadro que los expertos creen que era fruto de la generosidad de Rembrandt quien dejaba pintar a sus discípulos encima de sus creaciones, cuando estas no se vendían, para ahorrar lienzo mayormente, como una forma temprana de reciclaje y porque Rembrandt pasó apuros económicos serios, sobre todo cuando se le ocurrió comprar una casa en una época como la suya donde aún no estaba desarrollado convenientemente el negocio hipotecario. Suprema osadía que desconocía además que casas, lo que se dice casas, solo las han podido comprar en todo tiempo y lugar los ricos cuyas cabezas propenden a la grisura y a la terquedad. O sea, que son muy brutos.

Todo esto es cierto. Pero, a mi juicio, hay otra razón que explicaría el ocultamiento de Rembrandt bajo la cara insulsa y abotargada de ese ruso, complaciente en sus crueldades con esclavos y campesinos pobres. Y es la de que Rembrandt, sabedor de que, por su genialidad, iba a estar presente sin desmayo a lo largo de los siglos venideros, quería un lugar recóndito donde desvanecerse porque estar siempre expuesto bajo las luces de la fama es muy fastidioso. Los otros autorretratos, de joven o de mayor, que de él se conservan están pintados también con la esperanza de que un eclesiástico o un acaudalado comerciante se superpusiera sobre ellos para que él pudiera descansar. Pero no tuvo fortuna más que con el del ruso. Allí ha estado acurrucado Rembrandt mirándonos, riéndose de todos nosotros, de las letras de cambio, de las pompas, de las cotizaciones de bolsa, de las sentencias de los jueces, de los diagnósticos de los médicos, pero sobre todo riéndose de sus compañeros los pintores, a quienes habrá endilgado los peores epítetos, sobre todo a los del pasado siglo XX, maestros en el camelo por lo fino y por lo caro. Ahora le hemos desbaratado su estratagema y esto no se hace con el genio que solo aspiraba a un escondrijo digno. Señores restauradores: eviten los experimentos que detrás del Cristo de Velázquez estamos todos, ocultos y sin molestar.

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Paisaje con ninfas (y II)

Rubens, Pedro Pablo, quedó satisfecho porque el cuadro del sátiro y las ninfas había salido lucido y la dirección del museo de Prado ya le había asignado una sala con orientales. Las ninfas se pusieron zalameras con Pedro Pablo quien accedió a adornarlas con unos rizos para disimularles las canas. Por lo demás, todas ellas exhibían formas nutridas.

Se dispersaron entonces para volver a sus juegos mitológicos, a la lira y a la cítara.

La ninfa Amelia estaba muy protestona:

– Esto de ir siempre desnuda no me gusta ni una miajita. Se le ve a una la celulitis y sobre todo ¿por qué no podemos las ninfas ponernos un fular estampado de rebajas?

La ninfa Amalia añadió:

– Y encima estar siempre en las copas de los árboles, en los arroyos y en las grutas ¡con lo húmedo que está todo! Quita ya … ¿sabes que te digo? Ejerzo mi derecho a la autodeterminación biológica.

La ninfa Amelia se unió a la idea.

Ambas, empero, cavilaron: ¿se harían sátiros o faunos? 

– Estoy harta del sátiro Aurelio, todo el tiempo sobando y lanzando gemidos porque soy apretada de pechos.

– Y yo, además, compacta de glúteos.

Como los faunos son más mirados o eso creían ellas, decidieron ser faunos.

– Acabaremos con la brecha de género – se conjuraron ante el oficial de la Oficina de Autodeterminaciones.

Y así fue cómo la ninfa Amelia pasó a ser el fauno Arturo y la ninfa Amalia el fauno Avelino. 

Muchas ninfas del bosque mitológico las siguieron y las convirtieron en heroínas:

– ¡Se acabó estar metidas en una gruta y en el manantial de aguas cristalinas!

– Eso, eso: a hacer el bruto y el salido como los varones mitológicos.

Entonces, al sátiro de mayor autoridad, que tenía prestigio porque salía en una nota a pie de página de la geografía de Estrabón, se le ocurrió la profética idea:

– Nos autodeterminamos nosotros también y nos hacemos ninfas, nereidas y náyades.

El coro fue atronador:

– Y a las grutas a depilarnos y a cantar baladas con las flautas.

– Yo quiero ser ninfa fluvial – se oyó a un sátiro que iba de empoderado por la mitología.

El sátiro con mayor categoría anunció:

– Le diré a Homero que nos saque en la Odisea.

Y así fue cómo los sátiros se convirtieron en ninfas y las ninfas en faunos.

Y todos siguieron haciendo lo mismo solo que con los papeles cambiados.

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Poder Judicial «en funciones»

Confieso que me siento identificado con la iniciativa legislativa, procedente de los grupos parlamentarios que forman parte del Gobierno de España, destinada a modificar las funciones del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en el sentido de suprimir sus atribuciones a la hora de efectuar nombramientos discrecionales. Aclaro al lector lego en estos achaques que tales nombramientos discrecionales son, básicamente, los que se refieren a los de magistrados del Tribunal Supremo y Presidentes de sus Salas, a los del Tribunal Constitucional así como a los de Presidentes de Tribunales Superiores de Justicia y Audiencias Provinciales. Estamos hablando de la élite judicial.

La lástima, lo que me aflige, es que la supresión de tal competencia se contraiga a la época en que el CGPJ se halle “en funciones”, es decir tan solo cuando se haya superado el plazo máximo de mandato de sus miembros y no se pueda lograr un acuerdo para su debida renovación.

Se desaprovecha así una ocasión pues estamos en el momento propicio para tomar carrerilla – ya que hemos iniciado el despegue- y suprimir sin más esos nombramientos discrecionales, no para esos períodos transitorios, sino para siempre. Para la eterna eternidad.

Porque, si queremos respetar de verdad la independencia judicial, un valor constitucional, la regla es clara: nunca más el nombramiento de un magistrado del Tribunal Supremo debe ser el fruto de un enredo o intriga entre los vocales del CGPJ, que es – sépase- un enredo o intriga entre algunas asociaciones de jueces deseosas de colocar a sus afiliados o allegados. Una humillación que ningún juez se merece.

Al Tribunal Supremo y al resto de la élite judicial se debe llegar por concurso de méritos: canas, trabajo realizado a lo largo de una vida dedicada a la Judicatura, esfuerzos concurrentes como tesis doctoral o publicaciones, expediente libre de sanciones y poco más. Resuelto el concurso conforme a una puntuación objetiva, quien no esté de acuerdo con su resultado, tiene expedito el camino para acudir a los jueces de lo contencioso-administrativo y discutir ante ellos los criterios aplicados.

Así es cómo se asciende a todos los jueces y magistrados que no pertenecen a la élite judicial y no hay razón para que las reglas objetivas se quiebren cuando de llegar a dicha élite se trata. Es justamente cuando más deberían respetarse.

Como se ve, lo que expongo es un procedimiento muy sencillo que no pretende descubrir el lago del Retiro.

Para completar esta primera floración de la independencia judicial, se impone abolir las “puertas giratorias” entre la magistratura y la política, esos vanos por los que un juez pasa del Tribunal Supremo a una poltrona ministerial y, desde ella, vuelve a vestir toga y puñetas con total impunidad, después de haber protagonizado, sin despeinarse, un salto acrobático. Para poner un ejemplo o verbigracia que todo el mundo entiende: piense el lector que, en el actual Gobierno de España, hay tres ministros que mañana pueden estar dictando sentencias – es decir, decidiendo sobre nuestra libertad o sobre nuestro patrimonio- en los órganos judiciales de los que proceden como si no hubieran perdido la virginidad en el tráfico político.

Con estos dos ingredientes que acabo de citar estaríamos limpiando la imagen de la Justicia de los desconchones que la afean y la desacreditan.

La tristeza para quienes – como es mi caso y el de algunos colegas- clamamos en el desierto intentando enderezar las sendas de la Justicia es grande porque no existe un partido político que esté dispuesto a ir a la raíz del problema defendiendo estas sencillas reformas que acabo de exponer. Y, para completar el panorama, están los medios de comunicación y las tertulias políticas disparando invariablemente con sus comentarios a objetivos equivocados.

¿En qué están esos partidos políticos y en qué están los protagonistas del debate ante la opinión pública?

Pues en la eterna discusión de si a los vocales del CGPJ los deben nombrar los galgos de las asociaciones judiciales o los podencos de los partidos políticos.

Espero que, a estas alturas de mi argumentación, sepamos ya que el nudo de la cuestión no es ese debate artificial sino que los vocales del CGPJ no puedan hacer nombramientos discrecionales. Tan solo nombramientos reglados basados en concursos de méritos y baremos objetivos.

Si esto se consigue, todo el ruido que a diario nos aturde, gracias – insisto- a las formaciones políticas y a la mayoría de los medios de comunicación, se disuelve porque ya carecería de tensión la composición del CGPJ al haber perdido sus vocales unas facultades discrecionales que les permiten apoyar amigos y relegar a quienes no lo son a la hora de los ascensos y las sinecuras en función de sus compromisos o los de las asociaciones judiciales.

II

Dicho esto, no me olvido de insistir en que el CGPJ es una pieza fallida de nuestra Constitución. Concebido con la mejor intención, pronto quedó atrapado por los intereses enmarcados en las siglas de los partidos gobernantes más el auxilio, siempre generoso y altruista, de los nacionalistas catalanes y vascos. Ahora, algunos de los nuevos partidos también reclaman su presencia.

Se preguntará el lector que no tiene la obligación de estar pendiente de estas cuestiones: ¿a qué se debe el actual retraso en la renovación del CGPJ?

Pues al hecho de que quienes han de llegar a un acuerdo son los grupos parlamentarios que se reparten los puestos en función de sus conveniencias partidistas. Cuando hablo de los “grupos” estoy empleando probablemente una figura retórica que creo se llama sinécdoque porque el tal grupo es en puridad un par de personas. Que son quienes deciden qué jueces o juristas van a ocupar asiento en ese CGPJ, jueces o juristas que luego van a disponer de la pócima mágica de los nombramientos “discrecionales”, sin ataduras molestas a las reglas objetivas de promoción y ascenso.

Se trata de lo más cercano a un cambalache que, según observamos, es además de larga duración. Como está trufado por los intereses políticos, contemplados a corto plazo, no es extraño que avancen o se interrumpan según imponen los acontecimientos: hoy es un debate en el Parlamento, mañana son las elecciones en una Comunidad Autónoma, pasado es un escándalo salpicado por denuestos, insultos o descalificaciones. Los méritos de los candidatos a vocales son expulsados del discurso para alojar en él la proximidad política o la inclinación que muestre el candidato a someterse a las indicaciones del mando.

El resultado es la comedia de enredo que estamos viviendo. Como consecuencia de esta ley que ahora se aprueba se suspenden temporalmente los nombramientos en la élite judicial. Es decir que hasta que el PSOE y el PP – en puridad, repito, dos o tres personas- no se pongan de acuerdo será imposible nombrar a un magistrado para la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo o al presidente de la Audiencia de Segovia. ¿Alguien concibe un despropósito de mayor envergadura?

Claro que todo se puede empeorar. Así ocurriría si se atendiera la propuesta de “Unidas Podemos” consistente en seleccionar a los vocales del CGPJ en elecciones por sufragio universal. Un sistema que recuerda algo al disparatado que rigió la composición del Tribunal de Garantías Constitucionales de la II República. Cuando se celebraron las elecciones de sus vocales regionales, a mediados de 1933, se hizo patente el castigo que sufrían los partidos de la mayoría gubernamental (azañistas más socialistas) y, además, la definitiva división en este bloque gubernamental. La caída de Azaña fue inmediata y después la llegada de los gobiernos conservadores.

¿No estamos ante muestras de la “democracia morbosa” – o sea enferma- que tanto dolía a Ortega?

(Publicado en el periódico El Mundo el día 29 de marzo de 2021).

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Publicado en: Artículos de opinión, Blog
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