Caca de elefante

¿Se presta o no se presta el arte actual al camelo? Esta es la pregunta que vienen haciéndose las gentes sensibles cuando tienen un rato libre desde hace varios decenios a la vista de las obras que se exhiben en las salas de exposiciones.

En Londres se ha galardonado con un prestigioso premio a un joven pintor que emplea boñigas o mierda de elefante para sus ingeniosas creaciones. Sin duda hay quienes piensan que donde se ponga el óleo o la acuarela que se quite el excremento de un vertebrado por muy elefante que sea. Son personas que se niegan a ver el progreso y que piensan de manera rutinaria que este simpático proboscidio solo sirve para los números de circo y para transportar nababes en la India. Sin embargo, tras el galardón londinense, se ve que se trata ésta de una forma de pensamiento anticuada, poco dúctil y desde luego refractaria a los nuevos signos que emite el arte en este final de centuria.

Que la mierda de elefante es un instrumento para el despliegue de la imaginación creativa es algo evidente y además está sancionado por la crítica. El hecho de que se haya tardado tanto tiempo en descubrirlo nos ilustra acerca de la torpeza y las limitaciones creativas que padecieron Rubens, Velázquez o Goya, obtusas criaturas que no lograron ver más allá de sus pinceles.

Hay, sin embargo, un problema y es que la mierda no se presenta en el estado natural en que sale del ano del voluminoso animal sino que el artista la seca y la barniza como pasos previos a pincharla con alfileres en sus apreciables lienzos. Estoy seguro de que lo hace con la mejor intención y rodeado de los mayores miramientos pero la verdad es que nos asalta la duda de si es lícito manipular el zurullo de un elefante y si no sería más propio, y sobre todo más respetuoso con el animal y sus evacuaciones, poner la deyección en su forma prístina de manifestación, sin alterarla ni «humanizarla» en forma alguna. El debate está servido y sobre él se pronunciarán los más acreditados expertos. Desde la humildad del simple e ignaro espectador, me atrevo a sostener que cualquier operación destinada a alterar la cagada tal como ésta comparece en la Naturaleza es un artificio que debe ser juzgado con la mayor severidad porque ¿qué ocurriría si el artista, además de barnizarla y secarla, la adorna con una banderita o la mezcla con nata batida o con una salsa vinagreta?

Y es que está muy bien el uso de una buena diarrea si se tiene el compromiso inaplazable de una exposición, pero ¿puede el artista, invocando su libertad creativa, alterar un producto hasta desnaturalizarlo? Se trata probablemente de un problema de límites: esto es lícito, aquello ya no. Pero cuanto más estrictos seamos, mejor para el arte. Si hoy aceptamos que se barnice la caca de un elefante ¿no acabaremos admitiendo que se haga una caldereta a base de los tomos de la enciclopedia Espasa?

Mi opinión pues es que está muy bien que el artista londinense haya envíado el óleo y la acuarela al desván de las antiguallas, merecido lo tenían, pero lo que resulta más difícil aceptar es que no respete como se merece el cagajón, que es lo que es, y a mucha honra, por lo que nadie está legitimado para su alteración por muy creativo que sea.

Acaso sea el atrevimiento de este hombre lo que ha llevado a otro artista a llenar cuatro inmensas vitrinas con órganos disecados de ganado vacuno y presentarlos tal cual en una acreditada sala londinense (¡ay, Londres, ¿cuándo cerrarás de una vez la National Gallery?). Obsérvese el desparpajo del creador al «disecar» los órganos de las apacibles vacas. ¿Quién es él para disecar nada? ¿Le gustaría que hicieran con su perineo lo mismo? ¿por qué no se atreve a disecar los peinados de la señora May o los calzoncillos del príncipe heredero? No y no. Los órganos de las vacas, teniendo en cuenta que el más importante de todos ellos es la mama, merecen un respeto por parte de los humanos. ¿Qué es eso de disecar una teta? Si la ubre es la fuente nutricia de donde todos venimos ¿cómo es posible atreverse a someterla a las manipulaciones de la taxidermia? Se comprenderá ahora que toda severidad es poca cuando de artistas envanecidos se trata: si su genio les conduce a llenar un armario de órganos de vacas que éstos sean frescos, rozagantes y sobre todo ¡ojo, mucho ojo, con la teta!

Admitamos, con Santo Tomás, que el arte suple las deficiencias de la naturaleza pero no que las falsee impunemente. Queremos el boñigo de elefante, al natural, con su proverbial encanto intacto. Como dijo el clásico, y si no lo dijo debió decirlo, florezca el arte allá donde crezca el zurullo.

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Lo quirúrgico

Una de las señas que distinguen a nuestro tiempo es la moda del quirófano. Hasta hace poco sólo los enfermos en un grado muy apreciable y distinguido de enfermedad acudían a esas estancias rebosantes de olores narcotizantes y de blancos desinfectados que son las salas de operaciones de los hospitales. También eran buenos clientes las pobres víctimas de la apendicitis que ha sido siempre una dolencia de naturaleza pedagógica pues preparaba al paciente para mayores afanes quirúrgicos en el futuro. La operación de apendicitis era una especie de ingreso en el mundo de la cirugía, el bautismo del bisturí y el cloroformo, y había quien tenía bastante con esta experiencia y quien tan solo le servía de pórtico para más cuajados empeños. Se dice que el apéndice no sirve para nada lo cual no es verdad pues es el medio de que se valió Dios para crear a los cirujanos. Sabiendo como sabemos que una humanidad sin cirujanos hubiera sido una humanidad fallida, se instaló en el hombre el apéndice para justificarlos y así la inflamación de ese adminículo, que de forma ligera se califica de inútil, es la piedra sobre la que se ha edificado todo el edificio sanitario que hoy conocemos.

Lo demás vino después porque estos profesionales, ya puestos, empezaron a inventar, con enorme fruto, otras dolencias que podían ser aliviadas extirpando de aquí y añadiendo de allá. Y así nace la patología quirúrgica que es rama señera de la Medicina. ¿Qué harían los catedráticos de esa asignatura si los humanos no tuviéramos zonas lumbares y una columna vertebral que es como un acordeón averiado? En rigor, morirse de asco y contemplar cómo se marchitan los quirófanos, tristes y extenuados de quietud.

El humano por contra ha visto siempre al quirófano y a su señor natural, el cirujano, como alguien ante quien era aconsejable cruzar los dedos o tocar madera porque los pacientes somos muy nuestros y acabamos tomándole cariño a las diversas partes de nuestro cuerpo por muy defectuosas que sean. De ahí que no nos guste que nos anden hurgando en ellas ni que nadie se complazca en ver nuestras intimidades provisto de un cuchillo que tal parece el anuncio de un festín. A veces leemos que alguien se ha dejado en nuestro interior una gasa o el mismo bisturí y esto provoca un gran revuelo pero a mí esto siempre me ha parecido la cosa más natural del mundo siendo lo verdaderamente censurable que el cirujano se olvide en las inmediaciones de nuestro hígado una ficha de dominó o el salchichón que tenía comprado para el bocadillo. Abandonar un trebejo quirúrgico en nuestro apreciable interior debe ser contemplado como un signo exquisito de hospitalidad (nunca mejor empleada tal expresión) y aceptado como un recuerdo que queda de la operación y, así como nos traemos de un viaje a París una torre Eiffel con un termómetro incorporado o de Sevilla un toro, del hospital nos traemos una sonda metida en nuestras entretelas.

Por estas razones y otras que podría ir desgranando, lo cierto es que a nadie le ha gustado nunca ser anestesiado ni operado. Al quirófano se iba a rastras excepto cuando se trataba de la fimosis porque contemplábamos la liberación del prepucio y la alegre salida del bálano como heraldo de magníficas aventuras. En esta ocasión se ha ofrecido siempre el miembro viril a la rudeza quirúrgica con alegría porque todos los sentidos se hallaban imantados por los más excitantes lances.

Sin embargo, ahora, hay más operaciones a las que se acude de forma voluntaria, con la sonrisa en los labios y la cartera en posición de «prevengan». Hay quien se estira el pezón o la mama completa o quien pide una cuarta más de pene, hay quien diluye ojeras, quien abate papadas o humilla caderas poderosas, quien se cambia de nariz con la naturalidad de quien cambia de acera, y así otras excentricidades. Es la era de la liposucción aunque también de otras chupadas menos científicas. Pero el colmo de la afición quirúrgica lo ha alcanzado una señora holandesa que se ha metido en el quirófano porque padecía orgasmos que la arrebataban en los momentos y lugares menos esperados. En una ocasión, cuando hacía la compra en unos grandes almacenes, justo en el momento en el que tomaba de la estantería su yogur preferido, le vino un vahído y quedóse estremecida ante la mirada envidiosa de los demás compradores de yogur que hubieran dado su tarjeta de crédito por disfrutar de tal experiencia en tan trivial coyuntura. Orgasmos además que le duraban varios minutos sin otro efecto secundario que el rictus de gusto que se le fijaba, húmedo y fruitivo. En vez de disfrutar con liberalidad, no se le ocurrió sino hacerse un encefalograma que arrojó como conclusión una malformación arterial. Se operó la muy estólida y hoy, ya bien formada, padece la vida previsible y anodina de quienes no estamos malformados arterialmente.

Excesos como se observa de la cirugía que conducen a la vulgaridad de correrse tal como está previsto en los reglamentos cuando infringirlos es algo así como eyacular sobre ellos, el orgasmo monumental y concluyente.

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Guía (indispensable) para las elecciones

Tiempo de baratijas, tiempo de baratillo, tiempo de barateros y de baratistas … tiempo de elecciones. Tiempo para debates que no son sino ciclones de ecos.

Tiempo extraño en el que el político se emborracha con jugo de votos. Conocí a un candidato cuyas insignias heráldicas eran votos de oro y palabras de viento en campo de urnas.

Como se sabe que el voto es la caricia que los ciudadanos hacemos a los políticos, hay personas cabreadas que llevan grandes pancartas pidiendo ¡seamos ariscos!

Ignoran que siempre será mejor el olor de los votos que el tufo de las botas.

Tiempo de promesas, de ofrendas al votante, de mítines … El mítin, para el militante fiel, es el sucedáneo de la misa de doce de una época antigua y desgastada y en él comulga con ruedas de molino.

Una vez acompañé a un amigo que aspiraba a ser diputado por Madrid a un mítin en el Retiro y, al final, en su atolondramiento electoral, iba saludando de una en una a las estatuas del parque. Pero era un mago para meter en su vacuo discurso azucarillos de verborrea.

Hoy día – me dice uno que está en el ajo y en la sustancia- se estila entre los políticos poner a la novia escaño como antes se les ponía piso.

Y quien se ha tragado muchos mítines – porque está jubilado- sentencia como un filósofo en su cátedra: los discursos que se oyen son tan antiguos que deberían tocarse con acompañamiento de vihuela. 

Ahora es difícil ver votar a un fraile porque van de paisano pero cuando se les distingue siempre nos preguntamos si el voto que está depositando es el de obediencia, el de pobreza o el de castidad.

Pero decía al principio que es tiempo de baratijas, de cosas menudas y sin valor donde hay puestos regentados por fulleros y logreros. Volatineros de la palabra. 

Tiempo de rebajas. “A lo barato” quiere decir en español “confusamente” o “en desorden”. Es decir, la forma de expeler que gastan a menudo la radio y siempre las redes sociales, esos lechos de suciedad, cloacas de palabras cobardes.

“Cobrar el barato” es “dominar u oprimir a otros por la intimidación”: “que vienen los soles” “que vienen las sombras” “que vienen los ateos” “que vienen los gramáticos” “cuidado con los acróbatas” o “con los tullidos”  … todo es un meter el miedo en nuestras entretelas para que nos redimamos con el cilicio del voto.

Por su parte, “baratear” es dar una cosa por menos de su precio ordinario: la pensión de viudedad, el permiso de paternidad, la paga extra del verano.

Es la ganga, el derroche, el saldo de los grandes almacenes, la venta de ocasión. La prodigalidad administrada desde el Boletín Oficial, antes un periódico, hoy la limosnera, la bolsa donde se lleva el dinero para repartir aquellos socorros que distribuía el monje a la puerta de los conventos o el criado ante las casas blasonadas.

Es el turbio mundo del que juega con ventaja, con los dados cargados, del fullero, del chamarilero, del tahúr.

A la vista de tantas trampas esta sosería recomienda no dejarse confundir y ver claro por el trozo de horizonte que cada uno debe construirse. Para lanzar desde él al fullero – con objeto de neutralizarle- la carcajada burlona. O el corte de mangas.

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Eco

El eco es el cantar peregrino y burlón que se resiste a morir

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Fondos

Hoy, el telón de fondo de nuestras vidas es el fondo. Vamos del fondo de inversiones al fondo de pensiones y añoramos los fondos reservados. Quien puede disponer de estos tres fondos es ya ser un privilegiado, un individuo superior colocado en la cúspide de la jerarquía social, un hombre de mucho fondo.

Antiguamente, a los fondos reservados se les llamaba fondos de reptiles y estaban destinados a hacer pequeños favores o a inclinar la pluma de un periodista de forma benevolente hacia la gestión de un ministro. No todos los ministros disponían de fondos de reptiles siendo esta una distinción capital entre los miembros del Gobierno pues el afortunado que contaba con ellos se podía permitir el lujo de distribuirlos entre sus allegados más necesitados y, sobre todo, podía pagar un buen fondo que era como se llamaba en esa época a los editoriales de los periódicos. De manera que el ministro con fondos de reptiles salía bien en los fondos de los periódicos porque la pluma que los había redactado había sido objeto de previo unte o engrase.

Pocos fondos más había si descontamos el del mar que siempre ha estado ahí con esa obstinación propia de los objetos de la madre naturaleza. Y los bajos fondos que estaban llenos de forajidos, criminales e indiciados. Pertenecer a los bajos fondos siempre ha sido cosa poco fina pues en ellos se asentaban los antiguos barrios chinos antes de ser sustituidos por las casas de masajes, modernas torres de babel donde se practican viejos y apreciables idiomas (el griego, el francés…). En las ciudades portuarias es donde siempre los fondos han sido más bajos pues allí se concentraban torvos marineros venidos de Hamburgo o de Amsterdam que se emborrachaban con ginebra y luego cantaban baladas tristes con los ojos arrasados por nostalgias y naufragios y, al final, atizaban una paliza a otro marinero venido de Finlandia o de alguna otra región hiperbórea ya que entre ellos se entendían a base de canciones muy siniestras y de estacazos muy consistentes. El español de los bajos fondos era, como más castizo, más comedido y se limitaba a escupir (muchas veces, sangre) y a decir palabrotas y blasfemias contra los santos u otros individuos relevantes de la celestial especie.

Todos ellos eran personas que habían tocado fondo.

Ha existido siempre también el femenino de fondo, o sea la fonda, y su propietario, el fondista, así como el fondón que era la persona que se pasaba horas y horas fumando cigarrillos y jugando al dominó en el café y que por ello adquiría un aspecto gordote, poco ágil, de escasa gracia, pultáceo en suma. Ambos se veían en la precisión de hacer a veces provisión de fondos para hacer frente a un pleito o a una deuda contraída en el tapete verde.

Sin desaparecer ni mucho menos todas estas especies de fondos, ahora este mundo se ha visto enriquecido como ya he dicho por los fondos de inversiones y los de pensiones. En el pasado financiero sólo existían los fondos de amortización pero sus titulares eran cuatro acaudalados, siempre los mismos, los cuatro muy pesados, con leontina y con bigotes engominados. Hoy, por el contrario, son muchos los ciudadanos que viven afanados por ir haciendo un montón en uno y en otro y los más viciosos siguen sus evoluciones y fluctuaciones para no perder de vista el fondo de su fondo. A veces se pone en ello más interés incluso que el que se dispensa a la clasificación de los equipos de balompié, lo cual da una idea cabal de la importancia que se presta al asunto.

El fondo de pensiones está sustituyendo al horizonte y es en cierta manera el más allá del más acá. Y así como los antiguos practicaban la aruspicina que era el arte de adivinar el futuro por las entrañas de los animales, así ahora se ausculta al fondo para saber de lo presente y de lo porvenir. Un buen fondo de inversiones y un buen fondo de pensiones componen un paisaje risueño bien delimitado por los puntos cardinales de las acciones eléctricas, alimentarias, bancarias y de seguros. Por paradójico que pueda parecer si se tiene mucho fondo se hace pie mejor en la vida, con lo que las posibilidades de morir ahogado disminuyen.

Por todo ello, no es una casualidad que en el idioma español fondo tenga que ver con base, con fundamento, con la raíz de las cosas vivas. Porque eso son justamente los fondos de los que me vengo ocupando: el suelo sobre el que edificamos, el cimiento de nuestra confianza, el asiento de nuestro optimismo, la peana de nuestras mejores emociones, la plataforma desde la que oteamos lo venidero sin deslumbrarnos por la oscuridad. Nadie con un buen fondo se desfonda y por eso flota y flota…

Tienen los fondos una última ventaja y es que para los pobres existen los fondos bibliográficos que son un buen remedio para sobrellevar sus desventuras.

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Caprichos

Todo el esfuerzo que se está haciendo desde hace varios siglos en la ciencia política de las naciones civilizadas se dirige a impedir que el gobernante haga su capricho. Fue allá, en la brumosa Inglaterra, donde, en el siglo XVIII, algunos sujetos con buenas entendederas se dieron a imaginar una monarquía regida por leyes abstractas y generales y no por el capricho de quien encarnara en cada momento la realeza y de allí, de la isla exagerada, pasó al continente, a Francia, que fue el país que dio al interruptor de las luces y, luego, vinimos todos los demás con un juego de bombillas prestadas y, a veces, fundidas.

Viene así la época de las constituciones que significan abolir el capricho a que tan dados son los mandamases de todas las latitudes y cofradías. A nuestra reina Isabel II le molestaba mucho que no la dejaran hacer su real capricho porque ella estaba convencida de tener la fórmula para lograr la felicidad de los españoles que se la confiaban al oído Sor Patrocinio, que tenía llagas profundas y duraderas, y el padre Claret, que veía el Cielo pues Dios le ponía al alba la película.

Se decidió que el capricho propiamente dicho sólo podía admitírsele a Goya pues como estaba sordo no había oído que se habían derogado los caprichos. Y de Goya pasó a los músicos que, al ser también artistas, hacen lo que les viene en gana, y así fue como Rimski Korsakov escribió el Capricho español y Chaikovski el italiano y, antes, Mendelsohn uno muy caprichoso para piano.

Pero pocos más podían frecuentar el capricho. Una aspiración teórica porque aquellos más directamente afectados, a saber, los gobernantes, seguían dejándose llevar por su voluble antojo en cuanto la ocasión se presentaba y el personal se despistaba ligeramente. Un capricho siniestro fue la primera guerra mundial y la segunda y la bomba en Hiroshima y hasta la elección de los papas no deja de ser un capricho que los cardenales se permiten con autorización del Espíritu Santo. Oscar Wilde contribuyó a dar mucha dignidad a los caprichos pues afirmó, con la autoridad que le prestaba andar siempre de farra e impresionando con su labia en los banquetes, que la diferencia entre un capricho y un amor duradero consiste en que aquél dura más.

Así que, por una razón u otra, el caso es que casi todo sigue regido por la arbitrariedad o la extravagancia.

En relación con España se ha dicho muchas veces que en esta periférica península no hay leyes ni reglamentos, hay sólo amigos y enemigos; es decir, capricho. O la ley del embudo que es la única en vigor de cuantas las Cortes han aprobado. También lo vemos con frecuencia: todos los afectados aseguran que «acatan» el veredicto de los jueces o el de los árbitros del Tour, para, acto seguido, hacer lo que les viene en gana. Esta conducta no es nueva y ya en la Edad media, a la que antes me he referido con el respeto que sus años me merece, se decía «se acata pero no se cumple», una buena forma ésta de anunciar, quien así se manifestaba, que estaba preparado para obrar según su antojo. Siglos después el comportamiento sigue siendo el mismo: quien advierte por la televisión con voz de gallina ponedora su voluntad inequívoca de «acatar» una decisión, lo que se dispone en rigor es a concentrar todo su esfuerzo en conseguir burlarla.

De manera que poco hemos avanzado. Por lo menos los caprichos de los músicos suenan admirablemente y los de Goya turban por su rebeldía y por su infinita ternura.

 

 

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Estridencias en tiempo electoral

La cercanía de las elecciones generales no debe hacernos olvidar que en mayo elegimos un nuevo Parlamento europeo en un momento crítico para la estabilidad de las instituciones.

Es una desgracia que en la campaña para las Cortes generales los graves asuntos y las amargas preocupaciones que se ciernen sobre el pueblo español vayan a ser escamoteadas al votante por la mayoría de los candidatos. Porque van a primar, lo estamos viendo ya, las simplificaciones, la huera malsonancia de forma que el ambiente mefítico crecerá y se extenderá como una sombra funesta. 

¿Es esta experiencia ya vivida, repetida y carcomida, inevitable? No. A poco que algunos abanderados de las formaciones políticas se decidieran a enseñar al pueblo las dificultades de la gobernación de un país complejo desentrañándolas de una manera honesta y didáctica. Es decir, haciendo justo lo contrario de lo que es usual en los insípidos mítines en los que se dejan aplaudir por sus parciales. Mítines que, encima, han sido en casos conocidos financiados irregularmente.

Observaciones estas a las que debe añadirse la triste animadversión que causan esos gobernantes cultivadores de una naturaleza dispar, voluble y volátil como esos animales mitológicos que tienen cabeza de tigre y alas de halcón.

Ahora bien, como tratar de cambiar tal estado de cosas es – probablemente- pedir cotufas en el golfo, fijémonos en lo que está ocurriendo en el panorama europeo.

En él resulta que el presidente de la República francesa se ha dirigido a los ciudadanos europeos para explicarles cuáles son a su juicio las prioridades políticas que han de ser abordadas a partir de este verano cuando queden constituidas las instituciones de acuerdo con los resultados electorales. Y así nos enteramos de que este hombre, desde la atalaya privilegiada que ocupa, nos alerta del peligro que acecha a Europa y que para conjurarlo es preciso tomar medidas partiendo de la convicción de que Europa es un éxito histórico porque “¿qué país puede actuar solo frente a las estrategias agresivas de las grandes potencias?”.  Y cita entre esas medidas la revisión del espacio Schengen instaurando en él un control riguroso de fronteras y unas mismas reglas de asilo; la política de defensa para colaborar con la OTAN pero alumbrando nuestras propias decisiones colectivas; la competencia para que sea leal y no nos avasallen, desde los dineros regados sin control alguno, autoridades como las chinas; la política ambiental con observancia de las reglas “cero carbono en 2050” y reducción a la mitad de los pesticidas en 2025; la vigilancia de unos gigantes tecnológicos que propenden a ignorar altivamente las fronteras y a arramblar con nuestros datos personales; las reformas bancarias, económicas y sociales que garanticen salarios y el escudo de la seguridad social, un invento de Europa … etc.

Lo que me importa subrayar de esta salida al debate público de una autorizada voz no es tanto enumerar sus prioridades o sus recetas, que pueden o no ser compartidas – yo disiento de algunas de ellas- sino su deseo de comparecer en ese debate, desde sus postulados ideológicos, con limpieza y con claridad. Con aseo argumental podríamos decir, justo el permanentemente pisoteado por la mayoría de los políticos españoles, amantes tan fieles de las mistificaciones. Porque adviértase que no hay en la exposición del presidente francés un solo insulto ni una sola descalificación.

Pues bien, lo bueno – para lo que trato de explicar en este artículo-  es que ha salido a contradecirle en parte una política alemana que podría ser la próxima canciller de la República Federal. Me refiero a la señora Kramp-Karrenbauer, nueva presidenta de la Democracia cristiana. Está de acuerdo con el presidente francés en “asegurar las fronteras exteriores” y pide que Frontex sea capaz de desplegar efectivos para patrullar. Es consciente de que se imponen “soluciones europeas” para la mayoría de los problemas pero también de que “las instituciones europeas no pueden reclamar superioridad moral alguna sobre los Gobiernos nacionales”. Por donde se cuela el pensamiento del adversario más temible para su formación que es la “Alternativa para Alemania”, abogados de una reducción sustancial de las competencias de Bruselas e incluso de la abolición del euro. No es partidaria tampoco la señora Karrenbauer de determinadas propuestas del presidente francés en orden a la mutualización de la deuda o las referidas a la culminación del espacio bancario europeo.

Estos son los términos – en trazos gruesos- de la controversia. Educadamente planteada, juiciosamente argumentada. Sin estridencias, sin descalificaciones personales, sin la necia invocación de las derechas y las izquierdas (vuelvo a insistir: lo contrario de lo acostumbrado en nuestro medio). 

Así se deambula por el escenario abrupto y ¿por qué no decirlo? misterioso de los pasillos europeos. Pues nunca será el acuerdo en ellos una de esas tareas sencillas que gustan a los ciudadanos “arbitristas” partidarios del atropello que implica el “rompe y rasga” ni Europa será una entidad política fácil, una “nación”, ni falta que hace por cierto, pues para nada se necesita esa pasión colectiva subrayada por los exclusivismos que es propia de los nacionalismos.

De vuelta a la polémica suscitada estos días, recordemos que ha saltado también a la palestra Víctor Orbán defendiendo las posiciones del grupo de Visegrado del que es adalid: el Estado- nación, fuerte e independiente; la vulneración por capricho de las leyes europeas; el desafío a los acuerdos de Bruselas; las reformas constitucionales contrarias a la democracia liberal … En fin, que a nadie se le olvide, el cobro puntual de las ayudas económicas que proceden de la brumosa capital belga y la constante petición del aumento de su cuantía.

Como se ve, visiones antagónicas que han de convivir en el seno de Europa y han de hacerlo usando las armas de la argumentación, es decir, compartiendo la incomodidad de las opiniones contradictorias que se enredan unas con otras componiendo ese paisaje irisado que es la política entendida como pacto constante.

Pactos sin exclusiones ni esos “cordones sanitarios” tan de moda en nuestro medio y que se nutren de dogmas tan infinitos como abominables.

Asimismo desde Alemania un joven político en acusado ascenso electoral, Robert Habeck, copresidente de los Verdes, nos ha alertado – metiéndose en el debate entre Macron y Karrenbauer- de que “la libre circulación del mercado interior solo garantiza una verdadera libertad si se combina con seguridad en lo social”. Y asegura: “Europa solo funcionará si es algo más que una zona de libre comercio. Tanto la CDU como el SPD se esfuerzan por perfilar su ideario y es legítimo pero no debe hacerse a expensas de una mayor profundización de Europa”.

Y atención para la parroquia hispana lo que afirma el señor Habeck cuando se le pregunta si negociará con los conservadores. “Con los conservadores, con los socialistas y con los liberales” es su respuesta. Y añade: “los partidos mayoritarios, de masas, han perdido su capacidad de aglutinar. Ya no tienen la fuerza para dar las respuestas necesarias. Lo que está en juego ahora es la preservación de la diversidad de las personas, el reconocimiento de sus diferencias y la capacidad del trabajo conjunto para lograr objetivos y para ello hay que seguir buscando nuevos aliados”.

¿Qué tal si traernos al señor Habeck a pasar unos días en Madrid para impartir un seminario (o un máster)?  A enseñar la fantasía de que todo es fragmento y de que, a base de fragmentos, a lo mejor se puede construir un todo más apacible. Menos teológico.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 19 de marzo de 2019).

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Estupidez

La estupidez del prójimo se mide

por el tiempo que pasa al móvil.

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El “influencer”: una esperanza

Cuando tantas dificultades se acumulan en el mercado laboral tradicional tenemos la suerte de contar con nuevas profesiones que la verdad dan un respiro a tanto agobio como se padece. Me refiero al oficio de “influencer” que hace furor ahora entre la juventud.

-Mi chico estaba preparando notarías pero ha abandonado y ahora quiere ser “influencer” – así me hablaba hace poco una madre aliviada.

Lo bueno de esta ocupación es que no se necesita estudiar gruesos volúmenes de Física ni pasar horas en un laboratorio o sobre los códigos ni sobre manuscritos polvorientos en un archivo. El “influencer” se forma con un master que le diseñan en la universidad boloñesa o en la privada de la esquina. Se lleva mucho el máster transversal de interdisciplinariedad, sostenibilidad y “acountability” que, si tiene éxito, es porque además es respetuoso con el medio ambiente y el género. El no va más, oye.

Es verdad que el tal máster es muy fatigoso porque dura casi tres semanas y tiene asignaturas como la de “destrezas cognitivas” o la de “selfies” que no se las salta un gitano (nadie se alborote, esta expresión está admitida por la RAE) pero compensa porque muy pronto te impones en la cadena de suministro y además generas valor añadido que es un gusto. ¿Puede extrañar que en el mundo de los videojuegos haga furor el “influencer” sobre todo cuando se comporta con cercanía?

Hay el “influencer” digital que al parecer, por lo que me informan los expertos, es un concepto que aún está un poco borroso, buscando su acomodo entre los grandes conceptos que han jalonado la Historia. Digo esto para advertir al lector de la existencia de caraduras que se presentan con una tarjeta de visita proclamando su condición de “influencer” digital de la misma manera que un viejo conocido mío se proclamaba en idéntico documento como “enemigo de Dios”. Ojo con este estafador que no resiste en rigor un “retuit”.

Como existe también, en el colmo de la inverecundia, el falso “influencer” que gana una pasta ofreciendo seguidores en las redes o “me gusta” que luego resultan ser un fraude. Esto irrita porque erosiona la dignidad del “influencer” verdadero, del “influencer” serio y apoyado en plataformas de “marketing”. Hay que estar prevenidos contra ellos porque son ladinos y dañinos.

Ya hay una asociación que combate el intrusismo en el “influencerismo” y me consta que está consiguiendo éxitos notables para que todos nos sintamos más ciberseguros.

Me preguntará el lector, advertidos mis amplios conocimientos sobre la materia, cómo se retribuye al “influencer”, si por arancel como al registrador, por servicio libre o por tarifa. No es fácil la respuesta porque se admiten modalidades variadas aunque la mejor es la del mensaje testimonial y el monto concreto se valora en atención al impacto en la audiencia y en la calidad de los “followers” (se aprecia mucho a los que se han formado en metodologías “e-learning”).

Quiero alertar sobre todo al ejecutivo de perfil alto que no baje la guardia ante quien se presente como “influencer”, no vaya a ser que se trate de un simple bloguero o, lo que ya sería catastrófico, de un revendedor de tecnología. Atención pues y lo mejor es consultar en el Gotha de los “influencers” o, si no se puede, en el Colegio profesional de “influencers” que suele estar cerca del de brujos y videntes.

Ya se ve que el lenguaje no hace sino evolucionar y evolucionar para bien, aireado por las más fecundas invenciones de las unidades lingüísticas, de la semántica, qué sé yo …

Porque alguien me dirá que a quien he descrito antes se le llamaba embaucador, sablista, trapacero o simplemente enredante, amigo de embelecos y mangancias, también de quien  “era a todas guisas ome revolvedor” como decía Gonzalo de Berceo.

Puede ser pero convengamos en que todas a estas palabras han de ir al panteón, al pudridero. Hoy – concluyo- lo que se lleva es el “influencer” con su página web “hosting”.

 

 

 

 

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Palabras

Las palabras están deseando salir

de ese catafalco que es el diccionario

para vivir, saltar, enamorarse y viajar en las novelas.

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