Teoría y práctica del golfo (o Kolfo)

El golfo es un ser errante especialista en ruindades, es un chulo que vive el deshonor con el honor dudoso del estafador, el golfo en definitiva es el pícaro antiguo al que, ay, le han quitado la literatura.

Y todos sabemos, incluso quienes no somos golfos, que, si nos quitan la literatura, nos quedamos en los puros huesos de la mecanografía.

Porque es la literatura lo que da firmeza a nuestras vidas, lo que las convierte en un viaje efusivo. Adviértase la diferencia que hay entre el viajero que viaja con su hatillo literario a cuestas inundándolo todo de ilusiones y visiones, de desmayos paisajísticos, el viajero que cree en las calles y plazas portátiles, y el viajero sin literatura que es incapaz de hablar de otra cosa que no sea el trasiego de las tarjetas de embarque y el precio del whisky en las tiendas del aeropuerto.

Pero no quiero perderme y volvamos al golfo o, mejor, de momento, al atracador, su modelo porque casi todos los golfos aspiran a atracadores condecorados y con uniforme de gala.

Este atracador se caracteriza por su atuendo de gran impacto visual pues que lleva la cara tapada con una máscara que bien puede ser una braga (con perdón de esas prendas delicadas, evocadoras de mil sueños húmedos) o un verdugo (con perdón de esos antiguos funcionarios sentimentales y macabros) y el pistolón al cinto. O la navaja albaceteña de hoja generosa y afilada.

El golfo al que dedico esta Sosería es personaje taimado, cauteloso, anónimo como lo demuestra el hecho de que actúa parapetado en varias sociedades mercantiles que se llaman precisamente anónimas por lo que tienen de ocultas, de indiferenciadas, de secretas. Si estas sociedades estuvieran limpias de toda sospecha a buen seguro que no se llamarían anónimas, buscarían un adjetivo que inspirara mayor confianza.

El golfo es cultivador de la triquiñuela, de la maña, del ardid y de la treta. También de la teta pues que es amigo de burdeles y casas de citas (que no son las que se ponen a pie de página en los libros) donde la teta abundante abunda.

El golfo antiguo, el propio de épocas más menesterosas, tenía vocación de lumpen y llevaba una vida estrecha y pordiosera. Era un golfo de provincias, a veces con nariz de boxeador sonado.

Hoy es muy distinto. Hoy el golfo anida en el mundo de la política, y si es progresista, trasversal y multinacional, mejor porque encima pasa por cosmopolita.

Es el golfo que ya no lleva máscara – como el atracador citado- sino mascarilla. Una forma sutil de engañarnos porque creemos ingenuamente que la lleva para no coger un resfriado o unas anginas cuando lo cierto es que es su uniforme de trabajo de malhechor.

De la máscara del antiguo atracador a la mascarilla del golfo.

Ahí se resume toda la historia del hampa.

Y lo bueno es que el golfo ha descubierto en la mascarilla el cuerno de la abundancia, la fuente cantarina de la fortuna más risueña y fácil. En el cuento de Aladino se frotaba una lámpara, hoy se frota una mascarilla y salen millones que van directamente a pisos en Benidorm o a cuentas corrientes en países de herejes.

El golfo de nuestros días, también conocido como Kolfo, putero y devoto del percebe y la langosta, ha elevado a categoría estética al canalla del pasado.

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Clásicos de Derecho Público I. Biblioteca básica para estudiosos y curiosos

Como la niebla del tiempo difumina el pasado, se nos ha ocurrido iluminarlo dando a luz esta Colección de clásicos del Derecho público, de momento, con este volumen, dedicado a nuestros parientes remotos que escribieron y pensaron en Francia, en Alemania, en Austria y en Italia, conscientes de que lo hicieron para facilitarnos las cosas a quienes hemos venido detrás. Porque es frecuente encontrar en los libros jurídicos invocaciones a autores antiguos sin que conste de ellos otro dato que su apellido escueto, sin que sepamos ni cuál es su nacionalidad ni en qué momento de ese pasado neblinoso es obligado ubicarlos. La historia se convierte así en un laberinto, una referencia muda, ininteligible por cuanto se nos presenta en confusión y atropello de siglos y circunstancias. Tiene algo de prestidigitación metodológica ese proceder que tenemos los juristas.
Este libro ha sido escrito para, de una manera cómoda, contribuir a disolver nieblas.
Y para advertir cabalmente la forma en que nuestros maestros se enfrentaron a los grandes enigmas que son en buena medida nuestros enigmas y a los pequeños problemas que siguen siendo en la misma medida nuestros problemas.
Quienes quieran emprender la marcha por la selva jurídica sin apoyarse en el bastón que prestan estos guías, caerán en las afirmaciones más banales y corren el riesgo de ser juristas aptos solo para presentar «aplicaciones» en las ANECAs.
Precisamente por ahí le gustaría circular a este pequeño libro nuestro, modesto canon jurídico-público.

Primeras páginas

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Excremento. Lingua progressionis Hispaniae (16)

Se critica a quien ha mandado a la mierda a un oponente político porque se teme que se imponga un clima de cloaca, que se torture el lenguaje y se desgarre el buen gusto sustituyendo la palabra por el excremento.

Ocurre además que la usuaria de tan mefítica orden es al mismo tiempo creadora de imágenes bien acertadas como la del “fijo discontinuo” que designa al parado que arrastra su aflictiva condición a lo largo del año con ocasionales interrupciones laborales.

La verdad – dicen quienes todo lo critican- no se esperaba de tan inspirado personaje que acabara practicando un discurso empedrado de asquerosidades.

¿Cómo ha sido posible? Esta es la pregunta que aturde tanto como confunde.

Preciso es poner claridad allí donde puede haber equívocos y ver las cosas de otro modo para no arruinar el prestigio de una gran personalidad política.

Lo que ella ha pretendido es abrir una nueva etapa en la comunicación, como si dijéramos descorrer un cortinón de novedades en la arena parlamentaria. Convengamos en que esta mujer se halla en un momento de gracia pues que está creando el naturalismo literario y excrementicio. A unir a todos los naturalismos que ya están muy desgastados, para qué vamos a engañarnos.

Podría haber utilizado, es verdad, un sinónimo, verbigracia, palomino, zurullo o plasta como medio de enriquecer el lenguaje (ya que ella empobrece todo lo que toca usando el BOE) pero no ha querido porque se ha atrincherado en la expresión castiza, plena de evocaciones populares, de fandango y garbo chulapón.

Que además encaja muy bien en la denuncia del fango que hace el jefe de la cáfila pues nadie negará que mierda y fango son vocablos entrelazados.

Colocando la mierda en el centro de la argumentación se obtiene otro beneficio: se desplaza esta de la biblioteca tapizada de libros tan llenos de polvo como vacíos de vida, al retrete, al excusado, a la letrina cuartelera, trasmutados en laboratorios y centros para la reflexión y la deliberación.

Un lugar donde impera la soledad y, acompañándola, tan solo el papel para verter en él las cogitaciones que el trance vaya generando. Allí no hay wikipedia a la que acudir ni diccionarios, tan solo el magín en plena ebullición de tesis, antítesis y síntesis que se hace tanto más fecundo cuanto que goza del alivio corporal.

La escatología o coprología como asignaturas, pronto como máster financiado por las grandes tecnológicas. ¿No estamos en el buen camino?

En el perfecto me atrevería a decir. Tanto que propongo crear, para el Gotha español, el título de duquesa de la boñiga y un escudo con un excremento en campo de gules.

Solo así habremos recompensado el esfuerzo creativo de una señora que es la madre de todas las descomposiciones.

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Verdades, bulos y culos

Cuando, allá por los años cincuenta del pasado siglo, se estrenó la película “Gilda” en las ciudades góticas de la España eterna, las damas más piadosas se reunían a las puertas del cine para rezar el rosario y espantar al demonio que por allí ensuciaba las almas.

Para asustarle más – al demonio, quiero decir-, los señores obispos organizaban manifestaciones espontáneas a las que acudían espontáneamente los estudiantes del instituto quienes coreaban un espontáneo lema:

– “Gilda, no; Franco, sí”.

Ha pasado mucho tiempo hasta llegar a los días presentes cuando los obispos carecen del sosiego adecuado, dedicados como están a combatir el cisma monjil.

El relevo lo toman las instancias ministeriales determinadas a agitar a las masas para aclamar espontáneamente:

– “Bulos, no; progresismo, sí”.

Piensan que es una buena treta para desclavar de una vez por todas los clavos de la reacción.

El hecho de que bulo rime con culo, con chulo y con mulo no son casualidades sino que es la forma que el diccionario tiene de ayuntar para describir las miasmas derechistas.

Combatir los bulos con manifestaciones templa los espíritus. Pero más eficaz es hacer una buena ley de “garantía de la información veraz y lucha contra la desinformación” cuyo texto ha sido ya presentado en las Cortes por un socio (no sucio) del gobierno de España.

La información, a partir del momento en que este hallazgo aparezca en el BOE, será la verdad y nada más que la verdad y ay de quien intente meternos una trola. La verdad será inyectada como vacuna. Se combatirá la patraña, el rumor malévolo y la falacia.

– ¿Y qué hacemos con el plagio? Me apunta el tiquismiquis que siempre tengo cerca.

– Eso, papahuevos, lo dejamos para la próxima legislatura.

Ahora procede buscar la verdad aunque los sabios nos han alertado del castigo que sufriremos si la encontramos.

Se instaura por fin el reino de lo fetén, de los dias transformados en colores y las noches en horas para comulgar la luna llena del dogma.

Los que somos viejos habíamos oído todo esto en calendarios remotos de dictaduras y cabalgadas de grises. Cuando llorábamos sobre la monotonía de las “notas oficiales” pronunciadas desde la lobreguez de los telediarios.

Ahora se impondrá la voz desfachatada del puto amo.

De donde se sigue que, si un día los españoles inventamos la democracia orgánica, ahora hemos descubierto la democracia montaraz. Prosperamos.

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Leyes (Lingua progressionis Hispaniae, 15)

La democracia española es fecunda en inventos, casi todos diabólicos, pero imaginativos y con vocación de acabar en el repertorio de los clásicos más inmortales.

Ello quizás se deba a que nuestra democracia es adúltera porque se ha ido de picos pardos con los partidos políticos y estos, en noches de besos zaínos, la han dejado embarazada de las peores prácticas y de los más insidiosos tópicos.

Y es ahí, en esa coyunda llena de sobresaltos como ocurre en todos los adulterios, donde está abriéndose a nuevas fronteras.

La primera deriva de la debilidad del Gobierno al que se acusa de estar incapacitado para aprobar leyes. ¿Es esta una maldición? ¿Debemos lamentarlo? ¿Nos obliga a pensar en el suicidio? En absoluto, antes parece una bendición el hecho de que las truculentas ocurrencias gubernamentales queden como simple bulo, en el fango de su propia condición tenebrosa, y no lleguen a conocer las páginas del BOE, tan llenas como están ellas de amenazas y sobresaltos.

Nada hay que tranquilice más a la opinión pública que un Poder Ejecutivo que ni es Poder ni ejecuta nada, paralizado en alardes de impotencia, incapaz de producir daños, hablando en voz baja, sin molestar … Nostálgico de tiempos pasados pero yerto como un anhelo muerto, entretenido en triquiñuelas inofensivas.

La segunda se ha producido esta semana y ha consistido en una agudeza adorable: el partido político que forma parte del progresista gobierno de coalición ha votado en contra de un proyecto de ley en las Cortes.

Es decir, que lo que había dado por bueno cuando estaba sentado a la mesa del Consejo de ministros lo cancela – antes de que se desencadenen los estropicios- cuando se halla sentado en los escaños legiferantes (o legiferosos, como se diga).

De nuevo han saltado las críticas y un represado cachondeo, burlón y zaheridor, vejatorio incluso, en algunas voces irrespetuosas.

E injustas porque estamos ante otro favor de la Fortuna. Que por lo insólito merece el aplauso: unos ministros, ministras y ministres que, horrorizados por la espesa prosa a la que han dado su visto bueno, rectifican y se autoenmiendan la plana en la primera ocasión que se les presenta.

Sin pasar por el sacramento de la confesión han hecho un acto de contrición. Se han arrepentido, han sentido un remordimiento sano que es una señal bienaventurada, el pórtico de otras cuajadas acciones virtuosas.

¿Hay pérdida de prestigio, se resquebraja la entereza del programa electoral o de los compromisos gubernamentales? En absoluto, yo diría que es este partido benemérito un crisol de paradojas preñadas de buenos augurios.

La felicidad, pues, nos transfigura y nos llena de paisajes orondos.

¿Qué nos falta? Que el partido mayoritario de la progresista coalición de gobierno haga lo propio y vaya destruyendo con su voto en el Congreso los dislates que a diario teje en las salas doradas por el sol de la Moncloa.

Se habría trastocado toda la acción gubernamental. Es decir, habríamos vivido una revelación y el gozo de un Gobierno nihilista.

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El ocaso de las herejías

Estamos acostumbrados a la pervivencia de los ingredientes más lamentables de la realidad, como las guerras, bilis que viene de los romanos y para atrás, un horror que acumula siglos como trienios: agresivos, imperturbables. 

Menos mal que de vez en cuando podemos anotar novedades. La más reciente y jugosa es la protagonizada por las monjas clarisas de Burgos que han proclamado su apartamiento del Vaticano y su acogimiento a la disciplina de un obispo que es una figura de las peores leyendas, un personaje literario de las peores letras y de una osadía aventurada.

Un mitrado alicatado de medallas, un obispo falso, claro es, aunque a lo mejor son estos los únicos verdaderos, sonrosado y tocado con birreta de gallo presbiteral.

A su amparo, han creado las clarisas un cisma al sostener que los papas, lo que se dice los auténticos papas, acabaron con Pío XII porque los sucesores han sido herejes con tiara, charlatanes en silla gestatoria, impostores apostólicos e infaflibles.

En otros tiempos, estas declaraciones hubieran acarreado guerras y lágrimas pues de aquella, en lugar de progres y fachas, había nestorianos y cátaros. No digamos la que organizó Lutero clavando sus tesis en la iglesia de Wittenberg, desvelando los bulos y el fango de las indulgencias. De los nervios se puso León X y, cubierto con la celada, Carlos V se fue, colérico y batallador, a Mühlberg para que lo pintara Tiziano y se colgara luego el cuadro en el Museo del Prado (ese lugar que vamos a limpiar de racismo).

A mí siempre me ha apetecido escribir una novela – pero ya no puedo por las lumbares-  sobre el primer concilio de Nicea cuando el emperador Constantino convocó a los prelados que se dejaron. El protagonista sería un obispo, pongamos el de Córdoba, a caballo, dirigiéndose a Nicea, en Asia, y componiendo en su magín el Credo “niceano” y las palabras gruesas dirigidas a los arrianos para llegar con los deberes hechos y hacer  la pelota a Constantino, que estaba secándose las manos de la sangre de varios de sus parientes, unos seres débiles que, cuando los asesinaban, se morían. Una calamidad de  parientes tuvo que soportar Constantino.

Un pasado de sangre el que se halla ligado a los cismas y herejías.

Un pasado de doctrinas excluyentes, de muros negros y pesados, ecuménicos, teológicos y geológicos.

De soldados cojitrancos, de monjes ulcerosos, de místicos maniáticos, de sabios arrebatados y estériles.

De apóstatas herniados, de excomulgados leprosos, de simoníacos sádicos y así seguido.

¡Qué diferencia con los momentos actuales!

¡Tiempos en los que la herejía y el desplante a los poderes vaticaniles se presentan en el papel que envuelven los dulces de las benditas monjas clarisas!

Estas mujeres no echan fuego como poseídas por Lucifer sino que preparan trufas de variados sabores y se las envían a Su Santidad. Con un corte de mangas, por supuesto, pero ¿qué Santidad no cae rendido ante las trufas? ¿qué vicario de Cristo no se ablanda con unos deliciosos palitos de naranja bañados en chocolate? ¿qué sucesor de Pedro mantiene el gesto severo e inculpatorio ante unos barquillos o unas yemas?

Toda la teología arrumbada y derrumbada entre azúcares, aromas, harinas y huevos.

De donde se sigue que lo único apacible en nuestros días es haber sabido instalar la herejía y el cisma en el escaparate de una confitería. 

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Manuel Broseta, en el balcón de la probidad

Vivían sus padres en la avenida de Fernando el Católico y yo, que era vecino, veía llegar a don Manuel con su mujer y una criatura los domingos a aquella casa, sin duda a disfrutar de la paella familiar. Empezaba yo la carrera de Derecho y ya hervía en mí el deseo de ser algún día profesor universitario. De ahí mi admiración por quien lo había logrado a edad bien temprana, de la mano de don Joaquín Garrigues, aunque esto lo supe más tarde.

Luego, en el escaparate de las librerías, veía su libro recién aparecido “Restricciones estatutarias a la libre transmisibilidad de las acciones”, auténtico idioma chino par mí, pero ingrediente nuevo para reforzar mi admiración por el catedrático.

Una de esas mañanas espléndidas que atesora la ciudad de Valencia con su clima tejido por adorables filigranas, conversábamos en una esquina de la calle de la Nave Paco Vicent Chuliá y yo. Él estudiaba un par de cursos por delante de mí y ya era alumno de don Manuel. De pronto, don Manuel se apareció en carne mortal y, como quiera que ya conocía a Paco, sin duda por haber advertido en las clases su incipiente calidad intelectual, nos ofreció llevarnos a la Facultad, ya sita en el llamado entonces Paseo de Valencia al Mar.

Don Manuel se interesó por mí, me preguntó en qué curso estaba, también cuáles eran mis inclinaciones. Le contesté que advertía cierta afición por el derecho público o por la historia. A Paco yo creo que ya lo tenía captado para el mercantil, asignatura de la que, en efecto, es catedrático y consumado maestro.

En clase le recuerdo como un profesor minucioso y también de una ingenuidad admirable. Digo esto porque en varias de ellas, cuando estábamos en cuarto, desmenuzó ante nosotros sus ideas, bien razonadas, acerca del Derecho en la sociedad moderna, sobre los juristas, sobre los prácticos (abogados o jueces), pero también sobre quienes llegaban a tener la pluma del legislador e influían desde los códigos o las leyes en los comportamientos sociales. Era como una confesión que le salía de muy dentro, fruto de sus cogitaciones severas y documentadas, que transmitía a sus alumnos, aunque fuera a costa de apartarse de los renglones tiránicos del programa de la asignatura.

Creo que me dio generosamente buenas notas pero lo que no he olvidado es que, cuando acabé la carrera, obtuve una beca del “Deutscher Akademischer Austausch Dienst” para ir a Tübingen, la pequeña ciudad universitaria, ubicada junto al río Neckar, que ha conformado mi vocación como iuspublicista. Pues bien, esta experiencia, como digo, determinante en mi vida, se la debo a las cartas de recomendación que me firmaron Manuel Broseta, Luis Díez-Picazo y Eduardo García de Enterría.

Pasó el tiempo, y cuando yo era ya catedrático de derecho administrativo, tuve el honor de formar parte de la Comisión de Expertos que diseñó el modelo autonómico y que presidió Enterría. En aquella época, don Manuel, convertido para mí en Manolo, era el Secretario de Estado del Ministerio de Administración territorial. Con este motivo era uno de nuestros enlaces más cualificados con el Gobierno de Calvo Sotelo.

Muchas veces le visité en su despacho y, después, nos íbamos a comer los dos a una cafetería cercana al Ministerio (en el Paseo de la Castellana) donde, poco tiempo después, sería yo Secretario General Técnico, ya con un Gobierno de Felipe González.

De manera que son muchas las vivencias compartidas con Manolo Broseta. Vivencias políticas en un momento de efervescencia e incógnitas, vivencias tambíen culturales pues nos solíamos intercambiar información sobre libros recientemente leídos, las más de las veces, poco o nada conectados con el mundo jurídico.

El fatídico 15 de enero de 1992 me enteré de que había sido asesinado por un pistolero de ETA cuando salía de dar mi clase en la Facultad de Derecho de la Universidad de León.

Sentí un desgarro atroz y un llanto que probablemente no se vertió, un llanto que se tragó la sombra de la rabia y asfixió el silencio y el sórdido rumor de las lejanas paletadas de la tierra que le cubriría.

Hoy, es probable que un pariente de ese criminal figure como socio del Gobierno progresista de España.

Manuel Broseta, uncido al mástil de la Universidad, vivió instalado en el balcón de la probidad. Y ha dejado un fecundo rastro de patriota vigoroso.

(Publicado en Las provincias el 24 de mayo de 2024).

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AfD: un peligro para Europa

HACE DÍAS las grandes empresas alemanas revelaron sus temores ante el extremismo de Alternativa para Alemania. ¿Qué tipo de organización es esta? ¿Qué defiende y qué rechaza?

Alternative für Deutschland (AfD) es un partido político con unos –inestables– 40.000 afiliados. En el Bundestag, con 734 diputados, pertenecen a él 78. Y en los parlamentos de los Länder hay 253 de un total de 1.894. Al Parlamento Europeo lograron mandar nueve diputados que están integrados en el grupo Identidad y Democracia, que cuenta con 96 escaños y constituye la extrema derecha de la Cámara de Estrasburgo.

AfD se fundó en 2013 como un partido liberal en lo económico y euroescéptico, conservador en los valores y nacionalista. En su interior se han producido continuas convulsiones que lo han desgarrado y cuyo resultado es la convivencia en su seno de distintas corrientes, de entre las cuales la más activa y corrosiva –aunque formalmente disuelta– es la conocida como Ala (Flügel en alemán), cuyo epicentro se encuentra en el Land de Turingia.

La presidencia del partido la ostentan en estos momentos Tino Chrupalla y Alice Weidel. El primero, nacido en 1975, es un obrero barnizador. La segunda, nacida en 1979, es doctora universitaria, habla chino y está especializada en economía de la empresa.

Para la opinión pública española es interesante saber que en Alemania existen, de un lado, la Oficina para la protección de la Constitución, que opera a nivel federal, con sede en Colonia; y de otro, análogas oficinas competentes en los diversos Länder. Son órganos administrativos, no jurisdiccionales, y tienen como atribución, a los efectos que ahora interesan, el control y la observancia del comportamiento de partidos, asociaciones etc., con el objeto de velar por su respeto al orden constitucional establecido en la Ley Fundamental.

La citada Oficina federal ha calificado a AfD como «sospechosa», lo cual permite vigilar todas sus actividades. Asimismo, se halla bajo la mirada de las respectivas oficinas en 13 de los 16 Länder existentes, lo que ocasiona un trasiego constante de impugnaciones, sentencias y medidas cautelares. La prensa se ocupa mucho de ellas.

Un caso bastante sonado se produjo en 2022 en el Land de Sajonia, donde se jubiló anticipadamente a un juez, ex diputado de Alternativa para Alemania, por haber sido catalogado personalmente por la Oficina como «extremista de derechas». En la revisión jurisdiccional del caso se ratificó el apartamiento del juez, que había calificado como «medio negro» al hijo de un conocido deportista y como «lechuzas» a las mujeres musulmanas. «Con este lenguaje es imposible que se imparta una justicia ponderada», dijo el magistrado que le echó de la carrera.

En el programa para las elecciones europeas, y bajo el título de Pensar Europa de nuevo, se puede leer: «Queremos fortalecer Europa y preservarla en su diversidad. Rechazamos la centralización y, para asegurar la soberanía nacional y la identidad cultural de los Estados miembros, así como para garantizar el libre comercio y desmontar la atosigante burocracia, proponemos la fundación de una nueva Comunidad económica y de intereses. En esta Federación de naciones europeas convivirá tanta independencia nacional como sea posible con tanto trabajo en común como sea necesario».

Lo primero –sigue diciendo el programa– es Alemania: «Por eso limitaremos la inmigración. En especial consideramos al islam como un peligro para Alemania y para Europa». (Las organizaciones judías, por su parte, alertan con frecuencia de la actitud de este partido).

Su política migratoria invoca el modelo japonés, que atrae a trabajadores cualificados. Exigen que la cultura alemana sea aceptada por todos poniendo fin a las políticas de asimilación. «No queremos ser extranjeros en nuestro país»,

dicen, por lo que procede detener las mareas migratorias en sus fronteras. A su juicio, los procedimientos de asilo y las consiguientes expulsiones deben ser eficaces.

El partido afirma que una economía fuerte es el presupuesto para el bienestar personal y para la existencia de un Estado social que proteja a los débiles. Por eso, quiere «liberar las fuerzas del mercado de sus ataduras ideológicas». En consecuencia, las prohibiciones que planea Bruselas en relación con el gas y los motores de combustión no deben aplicarse a Alemania. Igualmente rechazan la limitación de la velocidad en las autopistas.

Además, sobre la premisa de que la integridad personal es intocable, se oponen a la obligación de vacunarse y a los certificados exigidos por Bruselas.

Por otro lado, al constatar el fracaso de la política energética europea, defienden la energía nuclear y condenan la destrucción del paisaje por los ingenios eólicos. Rechazan las políticas «libres de emisiones» y se oponen a los «tejados solares», así como a una generalizada obligación de saneamiento de los edificios.

Para recibir con facilidad el gas desde Rusia quieren restaurar los gasoductos y acabar con las sanciones a este país. Al mismo tiempo, expresan su máxima desconfianza respecto de EEUU.

Los valores de la familia y el bienestar de los niños tienen en su ideario un lugar preeminente; por eso consideran deseable una alta tasa de natalidad y rechazan la sexualidad temprana y la obsesión por el «género», que a su juicio llega hasta a desfigurar el idioma.

Quieren una divisa nacional, acabar con el endeudamiento europeo a cargo de las finanzas alemanas y defienden el dinero en metálico como garantía de la libertad individual. Desde 2011, cuando se puso fin al llamamiento obligatorio a filas, abanderan la recuperación del servicio militar.

Curioso es el debate sobre la «democracia directa» de los referendos y otras consultas populares. Su recuperación es central en el ideario de AfD. El programa oficial ha deslegitimado habitualmente a la clase política porque es un

«cártel» que abusa de su poder y, además,distorsiona la información. Les parece preciso devolver la voz al «pueblo», limitando la intervención parlamentaria.

Se sabe que la desconfianza ante las formas de democracia directa fue patente y potente en las discusiones en 1948-1949 a la hora de elaborar la Ley Fundamental (ahora en su 75º aniversario), y por ello su texto las evita. Trataban sus redactores de corregir los excesos perturbadores a los que habían conducido estos instrumentos «democráticos» en la República de Weimar (frecuentes entre 1922 y 1929).

Si comparamos a Alternativa para Alemania con la formación española Vox, dirigida por Santiago Abascal, se advertirá que existen bastantes semejanzas programáticas pero también discrepancias. Lo cierto es que Vox no ha pertenecido, en la legislatura que ahora finaliza en el Parlamento Europeo, al grupo de la derecha más extremista de la Cámara (Identidad y Democracia), sino al de los Conservadores y Reformistas Europeos, algo más «moderado».

ESTA OPCIÓN es de importancia porque al grupo Identidad y Democracia pertenecen Marine Le Pen y la Liga de Matteo Salvini –que han roto con AfD después de que su candidato, Maximilian Krah, blanquease a las SS hitlerianas, por lo que dimitió ayer–, además de extremistas muy antieuropeos holandeses y flamencos. En el que se inscribe Vox están los Hermanos de Italia de Meloni o el partido Ley y Justicia de Polonia.

AfD está defendiendo la desaparición del Parlamento Europeo (en el que aspira a integrarse), así como la vuelta a un nuevo marco alemán. Estas no son reivindicaciones de Vox, que sí comparte con AfD las actitudes contrarias al islam, además del rechazo a las políticas de género y medioambientales, y en general la insistencia en los poderes nacionales fuertes frente a los más débiles europeos. Una diferencia relevante: Alternativa acepta el sistema federal alemán, mientras que Vox defiende la supresión de las comunidades autónomas.

Para terminar, quiero alertar al lector español de una novedad relevante en relación con las inminentes elecciones europeas. A ellas concurrirá Sahra Wagenknecht. Esta mujer, doctorada universitaria, que vivió en la República

Democrática y que llegó a estar afiliada al partido comunista, ha sido dirigente y diputada del partido Die Linke (La Izquierda), en parte heredero del partido único de la otra Alemania. Sin embargo, separada de esta formación, ha fundado, en enero de 2024, la «Alianza Sahra Wagenknecht. Por la razón y la justicia», que concurrirá a los comicios europeos. Defiende una política migratoria restrictiva, en lo que coincide con AfD, y la negociación de la paz con Rusia, y es contraria al suministro de armas a Ucrania. Está casada con el antiguo dirigente socialdemócrata y después asimismo dirigente de Die Linke Oskar Lafontaine, a juicio de muchos uno de los mayores enredantes de la política alemana.

Estas opciones son, como ocurre con la de la extrema izquierda comunista, muy peligrosas para quienes queremos una Europa fuerte en un mundo agresivamente putinesco.

(Artículo publicado en El Mundo el 23 de mayo de 2024)

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Plagio

Lingua progressionis Hispaniae (14)

Se llama Marja Schreiner y era, hasta hace poco, una autoridad en la ciudad de Berlín. A esta mujer le ha ocurrido que, en su día, escribió una tesis doctoral, le dieron el visto bueno en la Universidad, y a partir de ese momento, andaba tan tiesa por la vida porque la llamaban en la peluquería y en las sesiones parlamentarias “Frau Doktor”.

Pero el diablo no descansa y algún tipo esquinado, que no podía soportarla, se estudió su tesis –que ya son ganas- y descubrió que la mitad estaba plagiada. Resultado: le han anulado su título y ha tenido que abandonar el cargo. Una pena porque lo lucía mucho.

Esto en España no sucede. ¿A qué lo debemos? Nadie lo sabe por más tesis doctorales que se han hecho para contestar a esta pregunta. Lo cierto es que nosotros entendemos el plagio como un homenaje al pasado, lo que no es tradición es plagio, dejó escrito Eugenio D´Ors, y esta afirmación suya la repetimos los plumillas porque no se nos ocurre nada mejor y porque además, dentro de su endiablada formulación, tiene su intríngulis y queda bien.

El plagio tiene algo de piratería. Ser pirata era algo terrible, recordemos a aquellos holandeses, siempre atravesando mares y océanos, desvalijando barcos españoles, e incluso matando a los marineros esforzados y con escorbuto.

El plagio es una bendición porque es una piratería frígida.

Entre nosotros, se ha acusado incluso al presidente del Gobierno de haber plagiado una parte sustancial de su tesis doctoral. ¿Debemos zaherirle por eso? En absoluto, primero porque, para ser presidente del gobierno, maldita la falta que hace ostentar el título de “doctor”, ahí está don Francisco Largo Caballero como ejemplo imperecedero. Además, porque la prudencia aconsejaba a nuestro prócer, para abordar ese momento creativo, plagiar con desenvoltura porque, si hubiera aportado a su trabajo tan solo ingredientes propios, es de temer que le hubiera salido un churro monumental.

Con el plagio le salió algo aseado. Que nadie ha leído por supuesto pero es que no estamos los españoles, con el fango hasta el cuello, para meternos en lecturas abstrusas.

El problema es que el ejemplo, al venir de tan alta autoridad, se generalice entre la juventud.

Y tengamos que ver a las parejas, no en un concierto de rock o en una quedada, sino plagiando juntos.

-Tú plagias a Kierkegaard que, por lo intrincado, no se nota – le dice Hugo Anselmo a Nadia Yolanda.

-Y tú a Pablo Neruda y así te desahogas por lo lírico.

Este es el verdadero peligro. El momento en que los jóvenes entre ellos ya no digan:

-¿Salimos?

Sino

-¿Plagiamos?

Ahí es donde yo veo la necesidad de vigilar la proliferación del plagio.

Porque lo otro, lo de la dimisión del político plagiador, eso queda para países septentrionales, para tierras devastadas por la herejía, para cultivadores de los escrúpulos, gentes que no saben ver el arte en la engañifa ni la suprema magia del facsímil.

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Liberados y regenerados

A Victoria Prego

Se cuenta que, tras la finalización de la guerra civil, a un obispo, animado por sus mejores convicciones humanitarias, se le ocurrió el gesto de girar una visita pastoral a la cárcel sita en su diócesis eclesiástica.

Allí, el prelado fue saludando con amabilidad a los reclusos y, cuando tuvo delante a quienes eran presos políticos, vulgo rojos, al dirigirse a uno de ellos, le preguntó:

– ¿ Cuánto tiempo lleva usted aquí?

A lo que el aludido contestó:

– Desde que nos liberaron, Ilustrísima.

Ahora, nuestros gobernantes han puesto en circulación la idea de la regeneración democrática, como si fuera un invento fecundo salido de su magín creativo cuando de tal regeneración llevamos hablando décadas. En todas aquellas ocasiones en que no se sabe qué decir porque a unos putos amos les han pillado con las manos entre los fondos next generation y los de reptiles, se ha recurrido al embeleco de la regeneración.

De manera que esta se ha convertido en un lenitivo a las malas conciencias y una especie de pértiga para vadear el río de las críticas. Una forma de salvar la cara colorada por haber quedado al descubierto el hecho de que se hacía en la práctica justo lo contrario de lo que se anunciaba en los mítines todos los fines de semana.

Porque debe decirse que mítines hay todos los fines de semana, haya o no elecciones, por la sencilla razón de que, quienes en ellos hablan (es una forma misericordiosa de decir) son incapaces de quedarse en casa guardando convalecencia de las tonterías que a diario proclaman.  

En esa plaza pública, torturada por unos oradores de rebajas, es donde airean trucos de magia que nadie cree, pero que a ellos les vale para pasar la mañana del domingo. De la tarde se ocupa ese partido de fútbol del siglo que se celebra varias veces a la semana. 

Es así cómo la regeneración democrática, pronunciada de manera enfática, se convierte en vocerío, alboroto confundidor y confuso, una especie de aullido retador. 

Se ha comprobado, tras la atenta observación de la realidad, que la golfemia es rauda a la hora de acogerse a la bandera de la regeneración democrática. 

Y lo mismo ocurre con quien vive de la pirueta, esos sujetos a quienes nos gustaría ver entre las fichas de un archivo policíaco.

Estamos invocando al rastacuero, al majagranzas, al vivales, al advenedizo. Al plagiario con alcurnia y desfachatado.

El que repite con Talleyrand aquello de “apóyese siempre en los principios, acabarán cediendo”.

Son tipos guardosos, que practican una adventicia atracción por el poder.

Si todo esto es como describo, la ola de regeneración democrática nos va a traer una imagen cercana a la relatada con protagonista episcopal.

Ante las puertas cerradas de la sede de un periódico, algún ser caritativo, preguntará al periodista que pide limosna en la puerta:

_ ¿Desde cuándo, buen hombre, se encuentra en esta aflictiva situación?

– Desde que nos regeneraron democráticamente, señor.

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Un encantador Estado sin territorio

Lingua progressionis Hispaniae (13) – Las elecciones vascas han confirmado que el Estado en España se empieza a quedar sin territorio, lo cual es una singularidad de la que nuestros vecinos no disfrutan. Todos los Estados, salvo los que están en guerra o se solazan en un ameno caos, cuentan con su territorio donde cobrar impuestos, administrar justicia o simplemente dar la tabarra a sus ciudadanos.

España ha tenido su propio territorio pero a nadie se le puede escapar que, desde el domingo pasado, se vislumbra que uno de ellos, en el que habita el pueblo vasco, empieza a despedirse de quien le ha oprimido a lo largo de los siglos aunque, haciendo un duro sacrificio, no renunciará a seguir obteniendo prebendas del opresor, a ser posible contenidas en suculentos renglones presupuestarios.

Si, en efecto, España, su Estado, en unos años se queda sin territorio, podemos reeditar lo que decía un romance del siglo XIII, acogido por cierto en las páginas del Quijote:

“… Ayer era rey de España

hoy no lo soy de una villa;

ayer, villas y castillos,

hoy, ninguno poseía;

ayer tenía criados

y gente que me servía;

hoy no tengo una almena

que pueda decir que es mía…”

Bien mirado, un Estado con su territorio es una tabarra que además tiene poca alcurnia histórica pues más tiempo duró el sistema feudal caracterizado por el hecho de que el noble o el obispo, en disputa con quien hiciera falta, disfrutaba de privilegios ganados a lomos de un caballo en el campo de batalla.

Volver a la Edad Media tiene su aquel y ahí está la obra de Umberto Eco como testimonio.

El Estado pierde lo que de molesto y adusto tiene, empeñado como suele estar en disponer de funcionarios, guardias, jueces y fiscales y hasta de inspectores de hacienda, una temible avalancha bien importuna por la propensión de tales individuos a meterse en asuntos privados y atreverse a desvelar trapos sucios.

Bienvenidas canongías

Del Estado debe conservarse tan solo lo que tiene de cariñoso por lo que siempre será bien recibido cuando reparta rentas, subvenciones y subsidios, fondos de la Europa poblada de herejes y otras bienvenidas canonjías. 

A este empeño patriótico dedican sus esfuerzos los gerifaltes de hogaño del territorio vasco, nostálgicos de las leyes y los fueros viejos en cuyas entrañas dormitan las inmaculadas esencias. Se trata de reanimarlas para contribuir al Progreso.

El Estado, no lo olvidemos, es el Leviatán, una bestia marina. Por eso, el Estado, desprovisto poco a poco de su territorio, quedará como un inofensivo producto de las supersticiones.

El Estado como muñón de un cuerpo que fue. El Estado como tocón del árbol que fue.

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Jardiel, suspendido

Ha saltado a la actualidad el nombre de Enrique Jardiel Poncela con motivo de la suspensión de una comedia representada en Madrid que lleva su apellido en el título. Es lástima que Jardiel sea noticia por eso y no por la obra seria y concienzuda que dejó para burlarse de todo lo que de pintado hay en la sociedad.

“Humor se escribe con r” escribí yo hace tiempo. Con “r” de rebelde porque, si algo es el humor, es rebeldía, iconoclastia, no dejar títere con cabeza, disparar contra todo lo que se mueve, no con una pistola sino con la pluma humeante. La pluma que va describiendo la silueta de tanto mentecato como hay suelto por el mundo, tan fichado como vacuo.

¿Qué diría hoy un personaje como Jardiel de lo que acontece en España? Reescibiría sus  títulos: “Pero ¿hubo alguna vez once mil progresistas?”; “La tournée de un presidente”; “Espérame en el Falcon”; “Los asesores somos gente honrada” “Madre, el esperpento padre”, “Vd tiene ojos de mujer transversal” , “Escríbeme la tesis, vida mía”… y así seguido.

Jardiel tenía unos ojitos pequeñitos porque no quería ver lo que veía pero ¡vaya que si lo veía! Gastaba un bigote de la época y todo él, pese a ser bajito, proyectaba una sombra de gigante, de gigante pedagógico.

Lo cierto es que ahora han suspendido una obra con su apellido. Me explica alguien enterado:

– Es que su autor ha sido denunciado por unas mujeres y el fiscal ha presentado una querella.

A mí me parece muy mal que un señor, por mucho que escriba teatro y que sea pariente de Jardiel, como es el caso, se dedique a interferir en la vida ajena cuando la titular de la vida ajena no lo consiente. Así que adelante con la acción del fiscal y que el juez en un futuro (que será de una lejanía bíblica) acredite la veracidad de las afirmaciones de los implicados, acusadoras y acusado.

Dicho esto, le pregunto a mi enterado informante:

– Pero ¿la obra es buena o no?

– Es que si su autor ha cometido un delito ya no se puede representar.

Le explico que este conflicto lo tiene resuelto la Santa Madre Iglesia desde hace siglos cuando distinguió entre el sacramento y quien lo administra. Esto lo decían en latín pero aquí vale el romance castizo. 

Estamos ante el descubrimiento de la transmisión de la gracia por la Iglesia en cuanto institución.

Con este salto discursivo se concluye que es el teatro, la obra, sus actores y actrices (la Iglesia) quienes imparten la gracia (el disfrute de la obra) sin importar si el autor está o no  en pecado.

Mi informante no parece muy convencido pero, al despedirnos, le digo:

– En las muertas disputas teológicas encontramos pepitas de oro para descifrar la vida y sus enigmas. 

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