¿Suprimir la adhesión a la Constitución?

Si observamos lo que ocurre en países cercanos respecto al juramento de los diputados, advertiremos que en el Reino Unido se mantiene un juramento de fidelidad a la Reina que puede ser sustituido por una afirmación solemne de parecido tenor. Se permite además que se haga a la manera escocesa, es decir, con la mano levantada pero sin sostener el texto sagrado (este es escogido libremente por el diputado). El juramento (o afirmación) debe ser tomado primero en inglés pero puede repetirse en galés, gaélico escocés o córnico. Y al final se firma en un libro de pergamino custodiado por el Secretario de la Cámara de los Comunes.

En Francia no hay juramento en el ámbito político a pesar de que subsiste para los abogados, los magistrados, los médicos … una exigencia que se pretende aplicar a los alcaldes y a sus adjuntos porque – se argumenta en una proposición de ley presentada el pasado año- estos son representantes de sus municipios y además agentes del Estado competentes para aplicar las leyes. Es interesante anotar que en la Exposición de motivos se afirma que “no existe moral pública sin deberes reconocidos y aceptados, en primer lugar, el respeto a la Constitución y a los principios en que la misma se basa”.

En Italia no se exige juramento alguno a los diputados, pese a la tradición en contra, porque así lo quiso la Constitución hoy en vigor aunque la instauración de un juramento es asunto que se reproduce como debate con cierta frecuencia. Tampoco en Portugal. Pero en Bélgica sí hay un trámite de juramento el día en que los diputados ocupan por primera vez sus escaños.

En Alemania prestan juramento el presidente de la República, el canciller y los ministros federales. Con una fórmula establecida en el artículo 56 de la Constitución: “juro consagrar mis fuerzas al bien del pueblo alemán, acrecentar su bienestar, evitarle daños, salvaguardar y defender la Ley fundamental y las leyes de la Federación, cumplir mis deberes escrupulosamente y ser justo con todos. Que Dios nos ayude” (la invocación religiosa puede omitirse). Preciso es añadir que el texto citado no puede se alterado, así al menos lo interpretan los autores que se han ocupado de este asunto: “cualquier otra fórmula no es compatible con el texto constitucional” (por todos, Grundgesetz. Kommentar, Maunz- Dürig – Herzog …).

Se puede seguir ofreciendo un acabado repertorio de derecho público comparado. No creo que sea necesario.

Y ello porque cada Estado es fruto de unas determinadas circunstancias históricas que permiten a lo sumo aproximaciones entre ellos pero nunca semejanzas absolutas. En este sentido, España tiene un pasado tejido por enfrentamientos, es un mosaico de desgarros, de lutos obstinados, de ruinas, aunque también nos hemos dado respiros en forma de espléndidas etapas de paz, de aciertos y heroicidades. Una de ellas ha sido precisamente la iniciada con la entrada en vigor de la Constitución de 1978.

Pero la situación ha cambiado para empeorar. Hoy, en medio de una crisis institucional que compite en gravedad con la otras que nos cercan, se suscita el debate acerca del juramento o promesa de la Constitución por los parlamentarios. Pues bien sostengo que, si hay un país donde es inexcusable exigir este acto de adhesión a la Constitución, ese país es España. Y añado: va a ocurrir lo mismo en otros cuando avance en ellos la presencia de partidos contrarios al sistema constitucional. También en el Parlamento de Estrasburgo, donde crecen las delegaciones empeñadas en socavar el proyecto europeo, habrá de buscarse una fórmula para que sus diputados se comprometan con los valores contenidos en los Tratados a menos que se les quiera expulsar a la luctuosa oscuridad de la agonía.

Nosotros, en España, nos hemos convertido en un país lastimado por la desintegración, en un sistema que ha olvidado que sin integración (“constituir un todo”, DRAE) no hay Estado siendo la Constitución el resultado normativo de una comunidad vertebrada. El Estado existe cuando hay un grupo que se siente como tal, una aquiescencia democrática que es el fundamento de ese artilugio que llamamos Estado, su sustancia, el espíritu que determina su existencia y lo justifica. Por su parte, la Constitución no es sino el receptáculo que recoge los latidos de esa comunidad que hace a un pueblo sentirse Estado.

La legitimidad de la Constitución procede en buena medida de la fe social en esos atributos compartidos e intereses comunes que permiten al grupo vivir juntos. En este contexto lo simbólico juega un papel nada despreciable y por ello encontrar la forma de Estado más apropiada no es el producto tan solo de una reflexión jurídica sino también de un sentimiento en parte emotivo.

Esto se ve claro en la configuración de los Estados regionales o federales que han de basarse en un claro reparto de competencias pero que de nada serviría si no existiera una conciencia clara en sus protagonistas de pertenecer todos a una misma familia. Sin esa conciencia, el edificio se viene abajo.

Pues bien, las fracturas que nutren los nacionalismos separatistas en España conforman el ejemplo de manual de una Constitución carente de esos elementos de integración indispensables para hacer posible su vigencia serena y fructífera. Tales nacionalismos / separatismos defienden tesis dirigidas a destruir el patrimonio común que supone la existencia del Estado como indiscutido hogar común.

Carecemos por ello de un “credo” compartido y libremente vivido y asumido, de un prontuario de cuestiones básicas, entre ellas, obviamente, la existencia misma de ese Estado. Sin ese “credo” todo amenaza ruina.

Falla, y con estrépito, el gozne del Estado, la «lealtad”, bisagra que facilita el movimiento de sus engranajes. Una lealtad que representa el territorio marcado por las buenas maneras, más allá del cual se abre otro en el que se extiende el despropósito. Un despropósito en el que estamos instalados porque la deslealtad de algunos actores de la escena política – ahora partícipes del Gobierno de España- es la enfermedad de un sistema devenido frágil e ineficaz. Con claras alarmas de extenuación. Una muestra: el Parlamento catalán acaba de tomar el acuerdo ¡de no acatar una sentencia del Tribunal Supremo! ¿Alguien da más?

Y un dato estremecedor: en el Congreso de los Diputados actual un 30% de sus componentes o no creen en el Estado o no creen en la Constitución o no creen en España, o en ninguna de las tres cosas a la vez, un rosario de descreencias que han desestabilizado el sistema convirtiéndolo en un artefacto macilento y desmedrado.

Por eso sostengo que, en tal pavorosa situación, lo único que nos falta es estimular a los desleales sus artificios y trampas suprimiendo su adhesión formal a esa grapa común que es la Constitución. Si este atropello llega a consumarse, se iniciará un tiempo de luto, tempus lugendi, en el que lloraremos el arrinconamiento de la Constitución en el desván de nuestra memoria. Dormirá allí entre cachivaches antiguos, vestidos apolillados, fotos de la transición … mientras sobre sus articulaciones dañadas se bailará la danza macabra de las identidades y los privilegios.

Y una última nota. Sabemos que los magistrados del Tribunal Constitucional están discutiendo la validez de las fórmulas empleadas por algunos diputados en la última sesión de apertura de la legislatura. Se oyó allí que se juraba o prometía: “por la libertad de los presos políticos”, “por el retorno de los exiliados”, “por la República catalana” “por la República vasca” y otra porción de extravagancias.

A la hora de resolver, me permito indicar a tan distinguidos jueces, con humildad del jurista de provincias que soy, que decidan pensando en lo que decidirán cuando les lleguen fórmulas que podrían oírse en una legislatura próxima: juro o prometo “por la restauración de los Principios del Movimiento Nacional”, “por el restablecimiento de la pena de muerte”,“por la abolición de las comunidades autónomas”, “por la supresión de los derechos históricos en el País Vasco” “por la penalización del aborto” y por ahí seguido.

En estos debates necios estamos en un país que se desangra y cuyos dirigentes se empeñan en aturdirnos, camino del precipicio.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 23 de septiembre de 2020).

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Miradas, bromas, insinuaciones

Me abruma pensar el trabajo que se han echado encima los / las responsables del ministerio de la Igualdad al considerar como conductas sancionables las miradas, las bromas y las insinuaciones referidas a las mujeres.

Por de pronto tendrán que depurar buena parte del arte donde abundan ejemplos de estos comportamientos calificados como vitandos por esas señoras encargadas de la ortografía de las nimiedades.

La verdad es que está bien consumir el tiempo en bobadas. Con la edad y las malas artes que trae consigo se aprende – yo al menos he aprendido- que en un ministerio cuantos más asuntos superfluos se aborden, mejor, menos se dedicarán a molestar y eso que sale ganando el vecindario.

Ya hace tiempo que se suprimieron los piropos pero esto lo asumimos con benevolencia porque el piropo fue siempre el telegrama de la galantería. Y muerto el telegrama, muerto el piropo.

Sin embargo, lo de ahora es distinto. Por eso yo me acuso de haber dirigido miradas a mujeres jarifas, de haber sido mirón, espectador afortunado de señoras de formas divinas y de entendederas ingeniosas, también de haberme asomado a las atalayas en las que la recompensa consistía precisamente en disfrutar de estas visiones lujosas y otros presagios favorables. He puesto en esas miradas mías un embeleso tan solitario como anhelante. En muchas ocasiones han acabado, ay, en agonías angustiosas pero en otras se han trocado en delicias bien nutridas y en horas dulces que siempre me parecieron cruelmente breves.

Yo me acuso también de haber hecho bromas sutiles sobre las mujeres, consciente de que el humor es el ungüento mirífico que aplican los hombres y las mujeres inteligentes a los afanes diarios pues – a ver si lo entendemos de una vez- el humor es la musa del desenfado, la bombilla que llena el aire de luces burlescas, que da esperanza al enfermo y libera de sus pesadillas al atribulado. El humor es lo que más odian los censores y los perseguidores de la espontaneidad, los anémicos y escorbúticos de talento, los finchados de normas opacas y de reglamentos. Humor se escribe con “r” de rebelde y quien no practica el humor es un desdichado que arrasta agachada su personalidad. O un alto cargo / a del ministerio de Igualdad.

Y claro es que me acuso de haber hecho insinuaciones picantes porque es la insinuación

el apunte ligero, la mañosa introducción en el ánimo de alguien para ganar “su gracia y afecto” (DRAE), la insinuación es la forma de expresarse las personas sutiles, imaginativas, chispeantes, virtuosamente maliciosas, inocuamente traviesas. También es la insinuación “el deseo de relaciones amorosas” (de nuevo el DRAE). Pues ¿qué? ¿nos vamos a comportar, cuando ardemos en deseos, como una lava hirviente que todo lo atropella? ¿eso es lo que ambicionan las del ministerio? ¿que nos brillen los ojos, que se nos desparramen los gestos lascivos? ¿no es mejor el breve lucero fantaseador de la insinuación?

Lo prudente es pues no hacer caso a las amenazas proferidas por esas señoras tan inquisidoras como insípidas.

Porque lo que desde luego no vamos a hacer es mirar al ministerio de igualdad, bromearle o insinuarnos con él. ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¿Qué se han creído los seres sombríos que lo habitan?

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Gusanos

A buenas horas nos aclara un científico chino (¿por qué los científicos no pueden ser de Pola de Allande o de otro lugar comedido?) que el hombre proviene de un gusano que vivió en la tierra hace más de quinientos años. Porque creo que nadie en sus cabales puede dudar de que este bicho que habita el planeta, y al que por un elegante circunloquio se le conoce como persona humana, descienda de ese invertebrado blando al que la zoología llama gusano. Un bicho que se arrastra contrayendo y estirando el cuerpo, como la lombriz o la tenia, apareciendo en el momento justo y haciéndose humo cuando pintan bastos, alabando babosamente lo que se espera que alabe babosamente y condenando con toda energía lo que se espera que condene con toda energía y, ya para pasar el rato, cultivando las más ominosas contradicciones con la naturalidad de quien cultiva unos tulipanes en esta primavera gusanera. Sujetos todos que asperjamos a nuestro alrededor palabras y silencios de acuerdo a nuestros particulares beneficios aunque sin olvidarnos de mojar el hisopo en el agua bendita de sacrosantos y tiernos principios. Todo antiguo como una enciclopedia de los siglos. Por eso en el discurso de los diablos de don Francisco de Quevedo, cuando se pregunta a los condenados si quieren volver, responde uno “yo no quiero tornar a vivir, solo porque me estoy atormentando aquí con la memoria de los pícaros y mentirosos y enredadores…”. Y en el mundo por de dentro, el mismo Quevedo asegura que la hipocresía es “una calle que empieza con el mundo y se acabará con él y no hay nadie que no tenga sino una casa, un cuarto o un aposento en ella”.

Un asunto pues claro como el agua mineral con burbujas para quienes somos viejos lectores de Quevedo o del peluca Molière y su tartufo o, sin irnos tan lejos en el tiempo, de Silverio Lanza. El primero, Quevedo, sigue siendo muy frecuentado y peor para quien no lo haga. Lo mismo que el segundo. Pero ¿quién lee hoy a Lanza? Nadie y probablemente sea lo mejor. Pero se pierden una novelita que llamó “la vermicracia”, es decir, de forma literal, el “gobierno de los gusanos” aunque luego, quien dirigía la colección (Eduardo Zamacois), le obligara a cambiar el título por el menos retórico de “los gusanos”. Salen personajes zarandeados por una sociedad hipócrita, de gusanos, una denuncia de la doblez humana y de la simulación de nuestros comportamientos. Lanza es hoy un personaje marginal en la historia de la literatura (lo ha estudiado hace pocos años y muy bien Juan Manuel de Prada) pero fue una referencia central de muchos escritores de su época. Ramón Gómez de la Serna le visitaba en su casa de Getafe donde hablaban en monólogos interminables que es como al hombre en rigor le gusta dialogar, se fumaban unos puros y Ramón se despedía para ir a lo suyo que era darle la vuelta a todo lo que se escribía a la sazón, especialmente por Lanza.

Aparece mucho también Silverio Lanza en las memorias de Pío Baroja y se comprende que se comunicaran con facilidad sus almas de anarquistas mesurados y amantes del orden pero Lanza le lanzó al vasco andanadas de las de época siendo él quien puso en circulación con éxito la teoría según la cual la obra de Baroja carecía de mujeres porque el autor desconocía el alma femenina. Como la afirmación caía sobre un Baroja ciertamente reacio al trato con el sexo opuesto, la maldad hizo diana en el blanco y se propaló con eficacia. Así anduvieron ambos a la greña, respetándose e hiriéndose de manera musical y acompasada, y que yo recuerde Lanza es de las pocas personas acerca de las cuales Baroja desliza en ocasiones en sus recuerdos, y siempre al desgaire, un adjetivo no hiriente.

Vemos pues cómo los gusanos se entrelazan con la vida literaria, con probabilidad la única vida inmortal. Y adquieren en ella rango de personajes que salen y entran, que comen y defecan como si fueran personas honorables pues todos ellos ostentan empleos o cargos respetados y aun de renombre en la gusanera social. Pero al final queda claro que, por debajo de sus trajes, de sus sombreros, de sus idas y venidas, de sus saludos farisaicos y de su caspa diseminada, de sus dengues y arreboles, está el gusano, el invertebrado ascendido a vertebrado por imperativo de la evolución biológica que impone su ley acomodaticia, termolábil y retráctil.

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Lenguas

La lengua, el hablar de las personas, conoce diversas modalidades a lo largo de la vida. Así, empezamos con la lengua de trapo, una forma indisciplinada de expresarse, ajena a reglas, que es propia de los niños. 

Cuando se llega a adulto, a la lengua la podemos llamar – si nos peta- idioma y así hablamos español, alemán, griego y por ahí seguido.

Pero los comportamientos humanos se van complicando y enredando y es entonces cuando surgen modalidades de lenguas más definidas. Tal es el caso de la lengua de víbora, instrumento de quien practica la maledicencia, también llamada lengua viperina o de escorpión. Es la lengua del amigo del chisme, de quien se solaza en mentideros y otros templos de ociosos, ese vicio antiguo cuyo remedio es, según sabemos los lectores del Quijote, “la ocupación honesta y continua”.

En los últimos tiempos nuestros gobernantes han suprimido las lenguas muertas que quedaban en los planes de estudio, los más viejos recordarán el latín y el griego, dos antiguallas inservibles. Fue una decisión acertada porque, si está muerta, se dijeron aquellos sabios prohombres, lo que procede es enterrarla entre espesos silencios.

Sobre todo porque había que dejar sitio a otra lengua que se llama, en un acertado galicismo, lengua de madera. Hasta el punto de que ya existen, para los jóvenes aspirantes a ministros, diputados o empleados de los partidos políticos, academias que enseñan la lengua de madera como antiguamente las escuelas Berlitz enseñaban alemán. Hay una gramática, una sintaxis, clases de oratoria, de pronunciación, de estilo, de estilística, nada falta para que el aspirante acuda bien pertrechado al ejercicio de su oficio.

La lengua de madera es un hallazgo que debería tener su sitio en la Academia donde a  buen seguro se sentará pronto un especialista en su uso y difusión. Porque, gracias a ella, el político habla envuelto en una niebla admirable y creativa, con una ambigüedad equívoca convirtiéndose en filigrana el arte de espardir el truco y la artimaña. ¿Alguien es capaz de ofrecer un fruto más sazonado en esta sociedad doliente?

Los asuntos gubernamentales nunca han de presentarse ante los ciudadanos – que somos unos indocumentados descarados- de forma desnuda y clara. Por eso necesitan ser sometidos a la exquisitez del maquillaje, es decir, pasar por el afeite de la imprecisión y por el perfume de lo inclusivo, lo disruptivo y lo transversal.

Hoy, el diccionario de la lengua de madera es tan rico como el Casares o el María Moliner y en él se recogen las frases hechas y los tópicos, las construcciones enfáticas, las comparaciones y las metáforas gastadas como guijarro de riachuelo, los eslóganes, los neologismos necios … Es el mundo donde se “desescala”, donde se practica la “gobernanza” y la “cogobernanza”, donde lo distópico, lo proactivo y lo propositivo engalanan el discurso. Es el mundo de la “condicionalidad” y de la “presencialidad”, asimismo de la “performance” y, ahora con la epidemia, el lugar donde los asustados humanos nos “cuarentenamos”.

Es el mundo en definitiva del charlatán. O sea, del imbécil.

Como todo se devalúa, a quien antes se llamaba  “pico de oro” ahora procede llamarle “pico de madera”.

Yo me rebelo, en mi impotencia provinciana, contra la lengua de madera. Lo mío es la lengua a la escarlata.    

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El sectario en su secta

Las personas cultas sacan mucho a colación las palabras “amigo / enemigo / adversario”, los más leídos citan incluso autoridades germánicas para apoyar sus cogitaciones.

Está bien que se distinga y se recurra al matiz pero en una sociedad donde ha triunfado la secta y su hijo bien amado, a saber, el sectarismo, las locuciones citadas no alcanzan a describir todas las tonalidades. Porque la secta es el símbolo de nuestra convivencia, la alegoría,  la insignia que llevamos bien visible como llevaban la flor en el ojal o el monóculo en un ojo perfectamente sano los dandys del pasado, los que salen en las novelas sicalípticas. Pertenecer a una secta es no equivocarse nunca a la hora de calificar un acontecimiento o una persona, siempre se sabe lo que el sectario va a decir, es inútil conjeturar, apostar o entretenerse en otros juegos: el sectario invariablemente dará en el clavo que todos tememos.  

Se vive en secta como antes se vivía en familia o en un pueblo de la sierra o en un barrio de brokers bien relleno. La pregunta que las mentes más agudas se hacen es la siguiente: el sectario ¿nace o se hace? Es la misma que nos hemos hecho siempre respecto del subsecretario: ¿nace o se hace? La respuesta es clara respecto de este, un sujeto nace subsecretario, tan solo necesita el tiempo para que le amargue el ácido úrico y las neuronas le hagan unas cuantas travesuras. Respecto del sectario es más difícil precisarlo. Después de darle muchas vueltas a esta delicada e interesante cuestión, he llegado a la conclusión de que hay sectarios originarios y sectarios sobrevenidos. Los primeros son aquellos que aseguran ser “socialistas desde el útero materno” o “de derechas de toda la vida”; los segundos son quienes llegan tras una etapa de maceración en cofradías, archicofradías, partidos, hermandades, gremios o esas sociedades secretas que tienen página web.

Pero la condición de sectario se puede afinar más. Esta transformación ocurre cuando el sectarismo y su práctica se convierte en profesión.

-¿Usted es ginecólogo o notario? se pregunta a un recién saludado.

-Yo soy sectario.

Este es el sectario más cabal y sincero: ha nacido sectario pero luego ha estudiado, se ha entrenado en diversos escenarios y ha adquirido una posición sólida de sectario a la que se acumulan trienios y derechos pasivos como ocurre con cualquier empleado o funcionario. Porque al cabo el sectario es un asalariado – aunque sea solo mental- de la secta, de cuyos jugos se nutre como una abeja lo hace con la flor propicia veraniega.

Ha convertido además el sectarismo en una superstición, en un fetichismo, en el amuleto que le permite andar apoyado en certezas por la vida como el ciego lo hace con el bastón.

El sectario es un idólatra que rumia la bazofia pesebrera del ídolo a cuya advocación se ha encomendado.  

Se verá por tanto que esa summa divisio que es la de “amigo / enemigo” es pobre, nos deja con ganas de más precisiones, de mayores florituras.

Porque a enemigo no se llega así como así. Normalmente hay etapas anteriores como son el enfado, la tirantez, el desapego, la rivalidad … solo cuando estas actitudes se desarrollan y se fortalecen es cuando se alcanza la verdadera enemistad, la enemistad hostil, la retorcida, esa que se corona en aborrecimiento y aun en guerra abierta.

Es frecuente entre los humanos de escasa estatura mental y es asimismo la que se practica entre los parlamentarios en nuestras Cortes, personas que viven las más de las veces en estado cataléptico, embutidos en sus argumentarios resecos, sudarios donde se ha dado sepultura al cadáver de la sinceridad, de la espontaneidad, del pensamiento libre y fresco, de la actitud intrépida e inesperada.

Son viejos, no porque se hallen marcados por el tiempo sino porque no han sabido qué hacer con el tiempo. ¡Pobres sectarios!  

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Ante la reforma universitaria

¿Sabe la sociedad española que son los candidatos a las cátedras quienes seleccionan a quienes han de juzgarles? Así es en la mayoría de los concursos y lo mismo vale para las plazas de profesores titulares.

¿Alguien imagina que quien aspira a ser abogado del Estado o inspector de policía pudiera elegir a los miembros del tribunal que va a comprobar sus conocimientos? Me parece que nadie y, sin embargo, así es cómo funcionan las pruebas que conducen a obtener una cátedra o una titularidad en una Facultad universitaria.

El hecho de que en un abultado porcentaje de casos solo exista un candidato – el propio de la Universidad- compone ya el resto del gigantesco fraude que se vive con frecuencia en las Universidades españolas. Se verá que la idea de la “oposición”, cuyo significado era “oponerse” a otros aspirantes con las mismas pretensiones, se ha desvanecido por cuanto los candidatos no “se oponen” a nadie ya que nadie hay que les dispute “su” plaza. Uso este descarado pronombre posesivo porque es el propio del lenguaje que se maneja en los departamentos. Cada candidato tiene “su” plaza y la espera hasta que el Rectorado la convoca. ¿Acudir a competir por la que se anuncia en otra Universidad? ¿Para qué? Allí también hay un candidato designado al que va a ser casi imposible desplazar.

Hay más: de siempre los tribunales han estado compuestos por especialistas de la misma asignatura (ahora se llama con la cursilería al uso “área de conocimiento”). Hoy, con inusitado atrevimiento, nos encontramos a un especialista en derecho laboral juzgando a quien aspira a ostentar el título de profesor de derecho romano.

Esta cautela que la legislación tradicional imponía no era ningún capricho ni expresaba corporativismo alguno. Era, y debería seguir siendo, la consecuencia del hecho de que en los trabajos académicos se hila fino: cualquiera de ellos aborda detalles que solo pueden ser valorados por quienes dedican su vida a una específica materia. Para saber si es original un libro presentado por un candidato sobre – por ejemplo- la reducción del capital en las sociedades anónimas, preciso es conocer cuál es el estado del tratamiento de la cuestión en la bibliografía existente, los problemas planteados, las soluciones propuestas etc. Es decir, se necesita ser un especialista en derecho mercantil. No lo es cualquier jurista.

¿Cómo se ha llegado a esta situación insólita? Pues por una mal entendida interpretación de la “autonomía universitaria”, una maleta de doble fondo que ha permitido meter de contrabando muchas prácticas aberrantes, la mayor parte de ellas averiadas. Entre ellas, esta que estoy tratando de describir.

En este caso, es muy claro el camino que hemos recorrido. ¿Cómo se va a negar a un departamento universitario su competencia para seleccionar al profesorado que en él ha de enseñar? ¿vamos a apear de su altar así, sin más y atropelladamente, a esa diosa venusta que es la autonomía del departamento, expresión cabal de la autonomía universitaria?

El defensor de las esencias contesta airado que no. Y la consecuencia es que lo que se llama “el departamento”, unidos todos sus miembros por lazos personales y sobre todo por los compromisos derivados del “hoy por tí, mañana por mí”, al final de la película resulta que es el propio candidato quien, con desparpajo, propone al rector los nombres de la comisión que le va a juzgar. Tal es la cruda práctica, más allá de la palabrería vacua que se emplea en tales procedimientos y en los pomposos acuerdos corporativos. A mi juicio se ha adulterado por completo la autonomía universitaria que, me importa precisarlo, únicamente debe servir para preservar el ejercicio, por los individuos concretos, de sus libertades de investigación, de cátedra, de expresión … Este es el núcleo del asunto, lo que en verdad vale la pena defender, y no la pretendida posición institucional autónoma de una organización sostenida básicamente con fondos de los contribuyentes que se ha de limitar a gestionar un servicio público.

Parafraseando el título de una comedia de Lope de Vega, hoy hemos instalado al lugareño en su rincón. Así es: la Universidad española se ha hecho penosamente lugareña porque en ella se propende a confundir la autonomía universitaria con la autonomía corporativa de los propios universitarios.

Se me dirá que olvido el trámite previo que ha de pasar ese candidato protegido por la Universidad al que me estoy refiriendo. En efecto, existe una “acreditación” que pronuncia la ANECA, una fundación estatal cuyo objeto es analizar el curriculum de los aspirantes a profesor y “ponerles un sello” (la citada acreditación) para que puedan concurrir a las plazas convocadas por las Universidades. Desde su nacimiento, a principios de este siglo hasta hoy, ha ido afinando su actuación: desde la opacidad más arrogante hacia una cierta transparencia que, sin embargo, sigue sin garantizar el rigor de la selección pública. Para que el lector se haga una idea de su modo de trabajo diré simplemente que la ANECA no ve físicamente a ningún candidato, se limita a analizar un voluminoso expediente por escrito (ahora en forma virtual) y, además, no todos los que intervienen en ese análisis son especialistas de las respectivas materias con lo que volvemos a la denuncia que ya he formulado unas líneas más atrás.

Aclaro: este mecanismo de la acreditación no es sin más condenable, lo ha sido sin duda en un largo trecho de su andadura, ahora – cuando se han introducido algunas correcciones- debería de nuevo rectificarse haciendo público el examen de los expedientes de los candidatos de manera que se les viera actuar en persona y sobre todo se les permitiera compararse entre ellos porque subsisten aberraciones: conozco resoluciones que niegan a un candidato conocer el expediente de un compañero. Y, en fin, suprema garantía insoslayable que hoy no existe, haciendo público el nombre de cada comisionado de la ANECA y el juicio por él emitido respecto de cada candidato.

El problema viene cuando el acreditado aparece en su Universidad con su título que no le sirve más que para presentarse a una plaza concreta (de catedrático o de profesor titular). Hasta hace poco era el rector quien decidía crear o no una plaza, premiando a quienes le habían votado y castigando a sus adversarios. Hoy esta práctica ha desaparecido pues los rectores adoptan unos criterios objetivos. Pero luego viene el cambalache del departamento que ya he explicado. Forma de solucionarlo: sortear los miembros de las comisiones entre los catedráticos de toda España de la asignatura concreta. Así se hacía cuando yo era aspirante y así se hizo entre los años 2002 y 2007. Se habría acabado la endogamia. El candidato no podría colocar a sus amigos en el tribunal.

La objetividad obliga a consignar que, a pesar de todo, en las Universidades públicas hay grandes docentes y grandes investigadores. Sin duda las mejores cabezas del país, las más independientes y las más solventes pero también un número elevado de medianías lugareñas. Cortarles el paso – cuando tanto se habla de excelencia- por medio de pruebas públicas es tarea prioritaria de ese ministerio de Universidades que nos está amenazando este verano con una ley (como si no tuviéramos ya pocas amenazas).

Y una última consideración dirigida a quienes estén buscando una Universidad para sus hijos. Los males que he denunciado de nuestras Universidades públicas están presentes en las privadas, que cuentan con algunos buenos profesionales pero muchos de aluvión y, en todo caso, actúan con una falta de control alarmante. Ocurre empero que practicar en ellas la crítica, como he hecho yo en este artículo, es probablemente más difícil.

Publicado en el periódico El Mundo el día 21 de agosto de 2020.

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El asesino de papel

Quien desee vivir aventuras puede echar mano, ahora que estamos en plena épica oriental, de Las mil y una noches y retomar de sus páginas a Alí Babá y a los cuarenta ladrones o a Aladino o a Sindbad el marino y recrearse en las calles de Bagdad o de Basora o en las escenas de harén, ese espacio mítico donde se desarrolla la vida de las mujeres, inspiración de tantos artistas como es el caso de Renoir que nos dejó una odalisca vestida, entradita en carnes, que está tumbada otorgando a las piernas ese ángulo preciso que es el apto para despertar las ensoñaciones más inmediatas y urgentes. Y disfrutar con la treta inacabable de Scherezade (o Scharazad), que musicó Rimsky – Korsakov, decidida a escapar de la muerte de la manera más ingeniosa, es decir, contando cuentos al verdugo a quien embelesa y deja en suspenso.

El suspense, que luego se popularizaría con los maestros modernos de la novela policíaca, tiene en estos cuentos orientales nobles precedentes y crea una de las vetas más creativas de la literatura. Simenon, por ejemplo, que es el Nobel sin Nobel, la mejor manera que existe de llevar la carga de ese premio hiperbóreo y frío, ese Simenon que nos dejó pintados aquellos asesinos provincianos, tan metódicos ellos, tan modositos, asesinos que asesinaban como quien no quiere la cosa, por obligación y el simple placer de dar un poco de color a la vida, tan aburrida y repetitiva en aquellos años, llenos de muertos vulgares. Al igual que Maigret, el ejemplo de personaje que devora a su autor con la servilleta anudada al cuello y los cubiertos de su personalidad, quien descubría el crimen perverso entre cerveza y cerveza o tomando el Père Magloire o limpiando la pipa que se le había llenado de las hebras del tabaco porque hay una especie de simetría en las novelas de Simenon entre el asesino y su descubridor, ambos empeñados en que se les note lo menos posible y en hacer poco ruido, uno con su asesinato limpio, el otro con sus pesquisas y al cabo con su descubrimiento.

Así deben discurrir las intrigas policíacas, con la serenidad que es propia del delito bien planeado y ejecutado, sin alharacas ni excesivos dengues, y con el muerto colaborando activamente, quietecito en su armario o debajo de la cama o sobre la alfombra que pide a gritos la tintorería porque se ha puesto perdida de sangre. Un triángulo como se ve perfecto: muerto, asesino y policía, todos buenos burgueses, los tres buenos vecinos, a ser posible con la contribución al día y los deberes hechos para estar presente en la siguiente novela donde han de volver a salir recién lavados, vestidos y peinados. Con los detalles justos y el ritmo adecuado que no puede ser ni el desbocado de algunas novelas de aventuras ni el de Proust con su magdalena y ese té desaborío que se queda helado sino el del avance por los meandros de la acción con el pulso apropiado, con el número de páginas pertinentes, con la lluvia normanda en sazón, sin mojar más que lo justo para lubrificar los acontecimientos y dar a las calles su pátina de humedad melancólica y desganada. O la lluvia de París que también sale mucho en las novelas de Simenon pero siempre como si fuera una provincia tímida porque no vemos de la gran ciudad más que un barrio o una manzana de casas y eso está pensado para que los personajes no se pierdan por el centro que está atascado de historia, de reyes y de revoluciones y tengan siempre la estatura propia de la trama en la que están participando.

Hay una diferencia muy grande entre este Simenon de cuatro trazos y un final de filigrana y esos pelmazos que nos cuentan historias muy largas donde al cabo no pasa nada que no se hubiera podido decir en menos espacio. Para mí a la sangre fría de Truman Capote le sobran páginas como a las novelas de Agatha Christie le sobran personajes, aunque estos sean entrañables y rurales y se dejen llevar por esa desidia tan elegante de la campiña brumosa o incluso sean eclesiásticos indolentes que practican una fe poco comprometida y burocrática. Porque la muerte es larga, el crimen ha de ser corto y en tal sentido prefiero algunos de los relatos que recopilaron Borges y Bioy Casares, dos exquisitos del género que hubieran dado todo su talento literario por saber cometer un crimen memorable de esos que dejan buen sabor de boca, de pastel bien horneado, de obra de arte, un delito del virtuoso que acierta a marcar los tiempos: andante, allegro etc. … Por estas tierras se conoce menos a un gran autor alemán que se llama Herbert Reinecker que ha dejado relatos y guiones memorables para series de la televisión. ¿Quién es este hombre? No lo cuento ahora porque también este es un artículo de suspense.

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Aplausos y abucheos

Se advierte cierto cachondeo en torno al aplauso que relevantes políticos practican en ocasiones señaladas y en lugares visibles.

La opinión pública, en lugar de recibir con aplauso el aplauso, le dispensa un tono – como digo- de cierta guasita y eso cuando está bienhumorada porque, cuando se da al cabreo, entonces se entrega sin más a la censura y a la descalificación. Que es lo que estamos viendo con disgusto quienes adoramos el aplauso.

Pues se olvida que el aplauso es una muestra de satisfacción, expresa el júbilo, el gesto jocundo del que nadie debe verse privado cuando se trata de exteriorizar su complacencia ante el trabajo brillante del aplaudido.

Obligado es admitir que el aplaudidor/a es alguien que no puede enhebrar odas, sonetos o madrigales porque tales habilidades están reservadas a quienes poseen la filigrana de la palabra, por eso aplaude y a veces golpea el suelo con los pies cuando ya las manos han alcanzado un punto peligroso de ebullición y pueden deshacerse en manojos de lisonjas. Es frecuente que los más enfervorecidos/as acompañen la liturgia con una oración piadosa, una suerte de jaculatoria enriquecida por el recogimiento con que se pronuncia. 

El aplauso es, a ver si nos enteramos de una vez, el “evohé” de las míticas bacantes con el que invocaban a Baco, dios del vino pues hay en todo el rito del aplauso mucho de la euforia que el vino produce.

De un lado, euforia del aplaudidor/a porque, si pone convicción y visibilidad, se está asegurando el sueldo y seguir en el escaño todo el tiempo que la geología lo permita. Y euforia del aplaudido al reconocérsele así – de forma ruidosa- los signos del triunfo que porta en sus manos y las hazañas portentosas de las que ha sido o es protagonista.

Se dice que el palio, tan patriótico en el pasado, va a ser usado de nuevo, previo paso por “Tintorerías el Progreso”.

Es verdad que podrían celebrarse ceremonias más resultonas, por ejemplo, escoltar al ídolo entre músicas galanas, danzas armoniosas sacadas del barroco, o ¿por qué no? un alegre pasodoble (no taurino, por favor). Pero no hay que descartarlo, todo se andará. Pienso que, cuando el aplauso ya aburra, se reclamarán bailarines, guitarras, soleares, castañuelas y panderetas.

Estamos ante un festival que se organizan – aplaudidores y aplaudido- cuando han culminado bien sus deberes y están contentos y contentas por la felicidad que han distribuido entre los votantes a quienes han aportado eres, ertes y muertes y, además, les han empoderado con un despliegue de posverdades resilientes.

Lo contrario del aplauso es el abucheo dirigido a quien se acusa de caminar entre los candiles apagados de la Historia. El abucheo es como una joroba que le sale al abucheado donde oculta los sonidos horrísonos de la burla. Es un desahogo este del abucheo que se permite quien tiene el intelecto reumático y obstruido.

He leído que ambos, aplauso y abucheo, constituyen la apoteosis del totalitarismo.

Esta ocurrencia solo la sostienen los inevitables aguafiestas con quienes por desgracia hemos de convivir. 

Nosotros, en España, perseveraremos en el aplauso y el abucheo, luces y lanzas de nuestros debates y de nuestra convivencia.

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El «cargoherido»

Procedente del catalán contamos en español con la palabra “letraherido” que es el apasionado por la literatura. ¿Abundan entre nosotros? No lo sé, habrá que preguntarlo a los encuestadores quienes sin duda nos darán una respuesta precisa y valiosa.

Sí puede afirmarse que se cuentan por millares los “cargoheridos”: ¿quiénes son?

Pues personas que viven con un acaloramiento extremado su afición al cargo, es decir, a ostentar una prebenda, beneficio, ministerio, subsecretaría u otros frutos que cuelgan de los árboles espesos del Estado.

Tiene el cargo para ellos / ellas un brillo especial, el brillo de esa luna romántica que a tantos poetas ha inspirado, un magnetismo que los desequilibra y aun les turba los sueños convirtiéndolos en dolorosas pesadillas.

Suelen ser avarientos o, dicho de otra forma, mantienen la glándula pecuniaria siempre en condiciones de segregar.

No suelen pensar mucho porque son rudos / as pero, cuando lo hacen, su meditación dijérase que se enajena especulando con ese cargo que acaba de crearse o de quedar vacante. Un instante angustioso en el que todo se vuelve un despliegue de ansias, un perderse en angustias, atrapados por una suerte de hormigueo interno y un nerviosismo desordenado.

Suele entonces dirigirse a quien ostenta la competencia para cubrirlo con modales ardorosos y temblorosos, con un desasosiego que ni los años ni la experiencia logran calmar. 

Porque sepamos que estamos ante seres cautivos de su avidez burocrática y sus rutinas vacuas.

El cargo es para estos desdichados / as la bombilla que alumbra su vida, la fuente Castalia donde calman su inextinguible codicia de papeleo de modo que cuando carecen de cargo se tornan foscos y esquivos.

Por el contrario, cuando este desventurado / a consigue el cargo es ya, por una transmutación casi sacramental, un ser entretenido, si nos pusiéramos líricos diríamos que es un ruiseñor entonando gustosos trinos o alguien que ha vuelto a una juventud pletórica, una juventud con su escudo de armas reluciente.  

El cargo pues como delicia mimosa y sabrosa. Perfumada como una flor del mal baudeleriana.

Gana nuestro personaje en vibraciones, protagoniza algazaras y aun se permite algún gesto jactancioso. Por poco tiempo pues lo suyo es el mutismo conformista, el silencio bovino pues sabe que en ese silencio es donde se maceran las más pingües ofertas de cargos.

En su comportamiento se atiene invariablemente a las palabras de Talleyrand, su modelo, su numen: “apóyese siempre en los principios, acabarán cediendo”, decía aquel mago de los cargos. Y es devoto también de esta otra perla del francés: “la palabra fue dada al hombre por Dios para ocultar su pensamiento”.

En la era tecnológica procede diseñar una aplicación para que el “cargoherido” pueda crear decenas, centenares de cargos. Todos virtuales. Cargos que al fin no serán cargantes. 

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Sacramentos

Por más que los impíos traten de negarlo, lo cierto es que los sacramentos eclesiásticos tienen tal fuerza que han logrado trascender del espacio que les ha sido propio para instalarse en otros y el ejemplo de la política es bien expresivo. ¿Alguien puede dudar que en ella los sacramentos existen? Me refiero al sacramento como “forma visible de la gracia invisible” según la fórmula que viene nada menos que de Trento, es decir, el sacramento como signo sensible y activo.

Veamos: ¿qué es el ingreso en un partido sino el bautismo? Solo que la inmersión o la ablución quedan sustituidas por la entrega del carné que perdona al titular del pecado original de haber creído con anterioridad en alguna ideología errónea o desvariada proporcionándole además la unión mistica con el secretario general quien deja caer sobre el neófito la gracia y los dones ideológicos purificados.

Por su parte el sacramento del orden sacerdotal está en la iglesia política. Por él se produce la consagración al ministerio (o a la subsecretaría: de Fomento, de Agricultura etc), al Partido y a su jefe máximo. Exige, claro es, dedicación y libre disposición al servicio del Comité ejecutivo. Tiene una función sacrificial aunque varía en función de los diversos grados.

Hay así un diaconado que permite tan solo ejercer tareas de orientación y de predicación: es el militante pelmazo que da la vara a los conocidos para que se acerquen a la fe. A este fin sirve la encuesta pues, gracias a ella, lanzada como polvo sobre los ojos, se consigue –  podríamos decir parafraseando a Hobbes- el artificio “de quienes no buscan la verdad sino su propia ventaja”. El reparto de propaganda en un mítin ¿no tiene algo del reparto de la sagrada comunión?

Está después el presbiterado que autoriza a administrar el culto al Partido y actuar en nombre de sus cabezas visibles. Lo de cabezas lo digo por su aspecto externo, es decir, por llevar pelo o lucir calva fastuosa, por tocarse con sombrero señorial o con gorra suburbial etc, no implica por tanto juicio alguno acerca de su contenido: ni sobre la ignorancia que albergan ni sobre los tópicos con que siestean.

Por último, está el episcopado, que faculta para enseñar y mandar y donde ya figuran los cargos representativos como el de concejal o diputado. Se llega a esta cumbre tras estudios concienzudos que incluyen la teología de la sumisión y la purgación por el mutismo: estamos ante los “vasallos de lana” de que habló Shakespeare en su Coriolano. Muchos se inspiran para lograr la disciplina apropiada en las reglas de la Trapa o de los Cartujos. Es más, a estos frailes se les ha propuesto la organización de seminarios on line para aspirantes a entrar en un Ayuntamiento o en las Cortes.    

Pues ¿y la eucaristía? Comulgar con ruedas de molino ¿no es un auténtico banquete pascual donde se recibe y se goza de la gracia? Hay en ella una liturgia que culmina con una aclamación de alabanza al secretario general y a su jefe de gabinete quienes nos introducen en el misterio de la transversalidad y el empoderamiento. 

En fin, la extremaunción se administra a quien osa apartarse de la gracia derramada por el mando, la mujer o las amantes del mando más sus mansos portavoces. Quien emite una opinión discordante se aparta de la salvación. Tal conducta puede parecer increíble pero se da pues el ser humano a veces desvaría.

Concluyamos: con el sacramento religioso el Padre promete la vida eterna, con el sacramento político el Hijo asegura la vida padre.

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