Zahoríes en la política

La consigna de la transparencia nos aturde ya un poco aunque es verdad que, gracias a este invento señero de nuestra democracia, podemos saber con exactitud el saldo de la cuenta del concejal de deportes y los metros cuadrados del apartamento de verano del diputado. No es poco en época atravesada por las ignorancias.

Como estas soserías son alimento propicio para el dispéptico y luz para el cegato, me atrevo a completar este hallazgo de nuestro tiempo feliz -transparente como el vidrio- rescatando la figura del zahorí como elemento indispensable para la respiración del sistema político. Sabemos que el zahorí es una persona habilidosa a la hora de descubrir lo que se halla en los hondones de la madre tierra señalando el oro debajo de unas piedras o el diamante velado por el gargajo de un paseante. Pero es además un tipo perspicaz que acierta a desnudar las intenciones del prójimo con la pericia del prestidigitador.

Por eso en Gracián sale un personaje que es el Veedor de todo: “yo veo clarísimamente los corazones de todos, aun los más cerrados, como si fueran de cristal, y lo que por ellos pasa como si los tocase con las manos; que todos para mí llevan el alma en la palma”. Y más adelante: “somos tan tahúres del discurrir que brujuleamos por el semblante lo más delicado del pensar”.

Se percibirá que aquí está la clave de por qué necesitamos al zahorí gracianesco para hacer frente a la turbulenta época electoral que se nos avecina. En ella leeremos las declaraciones de los candidatos, oíremos sus dicursos en los mítines, anotaremos su agudeza (o su tosquedad) en los debates televisivos y luego habremos de rumiar con nuestras entendederas el mensaje que nos han colocado. Al cabo les daremos credibilidad o no manejando unos datos que, vaya usted a saber, podrían estar trufados de falsedades. Es verdad que esta circunstancia, la de recurrir a falsedades y engaños, no es propia de quienes aspiran a representarnos; por ello lo decente es descartarlos. Con todo, a veces, y pues que la vida, ay, no es perfecta, se podría escapar de la boca de algún aspirante una mentirijilla de la que inmediatamente rendirá cuenta en el altar de la penitencia pero que habrá sembrado en todos nosotros una semilla de confusión.

Este es el peligro que se conjura con la figura del zahorí que estoy rescatando de la mejor literatura del siglo de oro. “Yo conozco -dice el Veedor- si hay sustancia en un sujeto, mido el fondo que tiene, descubro lo que tira y donde alcanza, hasta donde se extiende la esfera de su actividad, donde llega su saber y su entender, cuánto ahonda su prudencia …”. Y termina: “en viendo a un sujeto conozco lo que pesa y lo que piensa”.

¿Nos damos cuenta del giro que tomarían las elecciones si contáramos con este sujeto providencial?

Ahora bien ¿de dónde lo sacamos? Un sistema debe descartarse de raíz: el acuerdo entre los partidos, es decir, el usado para nombrar a los magistrados de los altos tribunales. Lo mejor sería un concurso de méritos entre veedores completado con otro de olfateadores, tipos que solo con la pituitaria nos dijeran si el candidato es o no trigo limpio, si usa la palabra derechamente o nos trabuca con la acumulación verbal también llamada flatulencia.

Solo así, por más alusiones oscuras, por más enigmas y por más oratoria cifrada que se aireara y empleara, quedaría la campaña iluminada por la claridad: abatidas las pillerías y las trampas desmoronadas.

 

 

 

 

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Luces

Esas luces que vemos allá a lo lejos

son los acentos del relato que nos cuenta el paisaje.

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Pero ¿existe la Historia de España?

El revuelo organizado con la enseñanza de la historia de España en el Bachillerato parte de una premisa falsa que está viciando la discusión. A denunciarlo y a poner las cosas en su sitio se dirigen las líneas subsecuentes.

La primera pregunta que debemos hacernos es si la historia a secas existe. Y para ayudar a desenredar tal cuestión hay que reconocer primero su complejidad porque la historia es pasado y, por lo mismo, ¿quién está dispuesto a certificar que ese pasado ha existido realmente? El pasado es lo más parecido a un sueño o, si se prefiere, a una pesadilla: en cualquier caso, representación fantasiosa de hechos o de imágenes. La historia no es más que el humo que va dejando la combustión de los años o de los siglos, la ceniza que esparce el tiempo después de destruirlo todo; en definitiva, señales que sirven para intuir pero no para ver. La historia tiene todas las trazas de ser una hoguera apagada, un juego del gran mago que es Dios, un prodigio averiado porque su destino es arder en el pebetero del presente.

Es también invento, ficción, artificio… No es una casualidad que historia signifique “cuento, chisme o enredo” y “mentira o pretexto”, según nos enseña el Diccionario. Porque no mucho más que eso es probablemente la historia: una mentira piadosa para sostenernos erguidos.

Y es que, en efecto, los hombres tenemos que defender la existencia de la historia porque necesitamos un cordón umbilical para alimentarnos de pasado y llegar un poco nutridos a este mundo y, además, precisamos dejar tras de nosotros alguna estela ya que, de lo contrario, el tiempo se nos presentaría como un precipicio que nos tragaría y nos aniquilaría.

No, la historia no existe y prueba de ello es la cantidad de libros que se venden de historia. Y la enorme cantidad de catedráticos de historia que hay que alimentar. ¿Sería necesario tan amplio despliegue bibliográfico y humano si realmente la historia existiera? Cuando un objeto tiene que hacérsenos visibles en forma de tan abultados volúmenes y de tan elevado número de funcionarios, es obligado pensar que hay gato encerrado. Hay muchas razones para pensar que todos esos libros y todos esos catedráticos solo sirven para presumir, pero no para finalidad de mayor fuste.

La primera parte de la cuestión que se plantea, a saber, si los niños tienen o no que aprender historia de España, queda así contestada.

Vayamos con la segunda: España. Aquí ya sí que no puede existir la más mínima duda: España no ha existido jamás, España no es más que la pesadilla de algunos gobernantes pero felizmente no es una realidad ni corpórea ni tangible.

¡Y menos mal! Porque mire usted que si de verdad hubieran existido los reyes de Castilla y de Aragón, doña Isabel y don Fernando, Felipe II, el conde duque de Olivares, Colón, Pizarro y Nuñez de Balboa, el compromiso de Caspe o Jaime I… ¡Arreglados estábamos…! Es un alivio que nada de esto haya existido, que todo sea un mal sueño.

Como sueño indigesto es pensar que hayan vivido alguna vez Velázquez, Goya, Solana, Picasso o Dalí, por no hablar del infortunio que padeceríamos si de verdad se hubiera llegado a escribir el Quijote y el Buscón o las poesías de Rosalía de Castro o si Rusiñol o Plá o Boscán o Ausias March hubieran dejado alguna página para la posteridad.

La consternación se haría ya irresistible si existiera en Madrid el Museo del Prado, en Bilbao el Guggenheim, en Sevilla la Giralda o en Barcelona La Sagrada Familia…; pues ¿y si Granados hubiera compuesto las Goyescas, a Pau Casals le hubiera dado por tocar alguna vez el violonchelo o a una tal Caballé se le hubiera ocurrido cantar en un teatro un aria de alguna ópera?

Pero bien sabemos que nada de esto ha existido. Tranquilidad, pues, a todos. Porque tampoco existe el Tajo ni el Ebro, ni la sardana, ni la jota, ni el bacalao al pil-pil, ni la paella, ni la guitarra, ni la capa española, ni las Fallas, ni los Sanfermines, ni los curas, ni las tapas, ni el cava del Penedés ni el Rioja.

Y, por último, lo verdaderamente tranquilizador: tampoco existe el idioma español. Así como suena. Hay millones de ilusos que creen hablar en esa lengua y otros muchos que, probablemente con peor intención, dicen que la escriben. No es verdad: están simplemente haciendo una mala digestión (con mucha probabilidad, de una tortilla de patatas) pero, cuando despierten, les aliviará comprobar que todo ha sido una pesadilla.

Porque España, en efecto, no existe. Es simplemente un trozo de geografía que quieren hacer sestear en la bendita paz de la ignorancia.

 

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Revoluciones

Al final caeremos en la cuenta de que la revolución solo convierte la historia en histeria.

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Ética y ortografía

¿Quién iba a decirnos que los signos ortográficos iban a ponerse de moda? Voces sesudas llevan años haciendo sonar señales de alarma por su desaparición y también por la degradación de su uso. A los profesores se les oye clamar por el desaseo de sus alumnos al puntuar, al acentuar, a la hora de respetar la interrogación y la exclamación al principio y al final de las frases como es propio del español al contrario de lo que ocurre en otras lenguas.

Sobre todo en los modernos medios del guasap, tuits y otras extravagancias los signos ortográficos aparecen, desaparecen, vuelan a lugares inapropiados, se confunden alojados en el desconcierto pues que todo ha desembocado en un espacio de libertinaje, en una gramática libre de agobios, desenvuelta y desembarazada, sin temores ni miedos al cejijunto filólogo.

Y de pronto, ay, lector, de pronto se ha visto que detrás de un simple signo ortográfico hay toda una concepción de la vida y de sus aledaños, del mundo y su circunstancia, nada menos que un programa ético, de valores y principios sólidos, casi diría una mística de las antiguas, de las que ya creíamos que habían  sido arrinconadas por los empujones de la modernidad y selladas con siete llaves en los sepulcros de la santa Teresa y el santo Juan.

Tal ha ocurrido, lo habrá adivinado el lector perspicaz, con las comillas. Las teníamos, quienes somos más atolondrados, por un diminutivo de la coma como la cajetilla de la caja o la alfombrilla de la alfombra hasta que nos hemos dado cuenta de su importancia intrínseca. Porque el uso de la comilla, es decir, la práctica de entrecomillar un texto para indicar que es ajeno, que pertenece a otro escritor de cuyo nombre procede dejar constancia y feliz recuerdo, ha recuperado lo que nunca debió haber perdido: su ser más allá de su condición de signo ortográfico, al tratarse en puridad de una garantía de honradez y de integridad. De forma que, si la flor que llevamos en la solapa designa dandismo, la comilla colocada en su lugar pertinente destaca como emblema de la decencia.

Solo quien es un trapacero, quien se apropia de lo ajeno, quien se viste con plumas que pertenecen a otro pájaro o se engalana con ramas que son de otro árbol es quien se come las comillas.

Es decir que entre la coma y la comilla hay un salto cualitativo, un significante y un significado de envergadura. Es un poco lo que pasa entre la albóndiga y la albondiguilla. La primera es una masa de carne picada que, cuando está bien aderezada, frita con primor en la sartén y acompañada de una salsa delicada, se convierte en un manjar ameno. Mientras que la albondiguilla es la sustancia solidificada de un moco que extraemos de una o de las dos fosas nasales entorpecedora de la cabal respiración. Los más aseados se desprenden de ellas pegándolas en algún mueble familiar y de confianza. Se podría hacer una clasificación de tales albondiguillas con la misma precisión que el conde de la Trompeta empleó para los pedos en un libro memorable publicado en el siglo XIX y que Dalí cita mucho en los suyos siempre -claro es- entre comillas porque Dalí, como trovador de Gala, era un caballero.

Acojamos pues con júbilo a quienes respetan las comillas porque otorgan paternidad cierta a las criaturas ajenas y a quienes no lo hacen los expulsaremos del círculo de los hombres honorables dándoles el trato infamante que merece el trabucaire.

 

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Preposiciones

Importancia de las preposiciones: no es lo mismo un gobierno en la sombra que un gobierno a la sombra.

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De vinos y plagios

En las Cartas Marruecas de ese inspirado militarote gaditano que fue don José Cadalso se cuenta el caso de un joven que presenta, como propio, un soneto compuesto por un acreditado poeta a un crítico quien lo tira al suelo maldiciéndolo y llenándolo de denuestos. Al poco tiempo el mismo joven le presenta un poema suyo pero imputándole su autoría a ese mismo poeta celebrado, El crítico, tras su lectura, se deshace en elogios: “esto es poesía, invención, armonía, lenguaje, dulzura, fluidez, elegancia, elevación …” y por ahí seguido y casi sin respirar.

Viene este recuerdo a cuento del fraude que recientemente se ha descubierto en la venta de algunos vinos. Resulta que unos espabilados han estado vendiendo por cientos, a veces por miles de euros, botellas cuyo valor real no llegaba a los veinte.  Y se estaban haciendo ricos, tan contentos y sobre todo tan divertidos mofándose de expertos y consumidores. Ahora se les ha cortado la risa pues están sometidos a un proceso penal. Les imputa el juez un delito de falsificación, alteración del precio de esto o de lo otro y algunas otras barbaridades alojadas en ese breviario de fechorías que es el Código Penal.

Bien está. Ocurre, sin embargo, que la reacción judicial se queda corta. Porque se echa de menos que exista un delito para reducir a las sombras penitenciarias a los pedantes. ¿Quiénes son estos? En primer lugar, los expertos degustadores de esos vinos, esas “narices” tan celebradas, esos sommeliers tan empingorotados, tan herméticos en sus saberes, tan sobrados de adjetivos como el crítico de Cadalso y a quienes oímos cómo califican, los ojos cerrados en un arrebato místico y un no sé qué que quedan bisbisando  … A continuación escriben todo eso de retrogusto a manzanas con fino toque de almendras y cítricos, permanencia gustosa en paladar, envejecido en barrica americana y rejuvenecido en las playas del Caribe, apto para maridar con carnes rojas y quesos rancios, con mariscos que se han peleado con las rocas y con embutidos que han vivido horas de esplendor en los cuerpos de los cerdos más talentosos y de más cimbreantes andares, etc.

En segundo lugar, pedantes son los consumidores que se dejan engañar por el precio y que culminan así un ridículo consistente y desafiante, como para salir en el Gotha de todos los ridículos. Vinos con los que se han lanzado brindis a todo botarate que se ha puesto a tiro y vinos que celebran hasta … la lectura de una tesis doctoral.

Que es donde quería llegar. Con la mejor intención y con el fin de colaborar a algo tan patriótico como es disipar las actuales angustias políticas, propongo un simple procedimiento inspirado en lo que acabo de contar.

Impútese a una lumbrera del pasado una estupidez salida del magín averiado y vacuo de un contemporáneo. Nadie se va a dar cuenta porque en twitter no aparecen las obras de los perfilados cerebros de la antigüedad. O califíquese como añada de 1897 la recién horneada ocurrencia de un pintamonas y, si hay algún  aficionado a los clásicos y osa advertirlo, se le aplica un epíteto de saldo o se le amenaza con una querella y a otra cosa.

Porque conviene asumir que, a la postre, el plagio y la falsificación no son sino pistas que vamos dejando para desorientar y, en los más dandis, las formas acicaladas con las que visten su ignorancia.

 

 

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Cuentas

En el Vaticano deberían saber que, además de llevar las cuentas del rosario, hay que llevar las cuentas de los negocios. Sin cuentos.

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Tópicos

Hay las palabras que se unen en matrimonio ante el altar de los tópicos: la cólera implacable, el desdén olímpico, la resignación ejemplar, la maldición bíblica …

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De doctorados, másteres y Universidades

Al final, las tropelías que, al parecer, han podido protagonizar algunos políticos han incorporado al orden del día el funcionamiento de la Universidad después de años y años en los que se han sucedido las reformas legislativas sin apenas despertar más interés que el mostrado por círculos minoritarios a los que nadie ha hecho el menor caso.

Así, por ejemplo ¿cómo es posible que se desmantelara el sistema de acceso al profesorado universitario mediante pruebas públicas sin que apenas se oyera una voz crítica o de desacuerdo? Porque el lector ha de saber que, en estos momentos, los tribunales que juzgan a quienes van a ser catedráticos o profesores titulares de por vida los están nombrando en la práctica -y a salvo las excepciones, que puede haberlas- ¡el propio candidato! Y digo “el” en singular porque normalmente no hay más que uno. Es verdad, se me dirá, que hay un proceso previo de acreditación pastoreado por una agencia pero no es menos cierto que a ese proceso le sobra de opacidad lo que le falta de rigor y precisión. Me refiero a la inexistencia en él de una presentación pública de méritos y a la discusión de esos méritos por expertos con los candidatos y entre los candidatos. Hubo una época, la de las “habilitaciones”, que propició la competencia y el conocimiento de los programas restableciendo al tiempo el sorteo de los especialistas que habían de juzgar las pruebas. Flor de un día. La conclusión es que hoy se “acreditan” algunos que son magníficos profesionales, precisamente los que no hubieran tenido miedo a enfrentarse a un sistema exigente y público, pero, al mismo tiempo, se cuelan por ese cedazo tan poco sutil personas a quienes les falta el suficiente grado de cocción. Y añado: ha habido reformas universitarias más o menos afortunadas pero es mérito (y lamento decirlo) del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero haber culminado la más desastrosa de todas: de ella se derivan los males más groseros y más infecciosos que aquejan al entero sistema.

Sigo: ¿cómo es posible asimismo que la composición de los tribunales que juzgan las tesis doctorales esté confiada a lo que dispongan las Universidades sin más exigencia que la de ser doctor (no fontanero ni guardia urbano) con experiencia investigadora acreditada, así, sin mayores precisiones? Ahora se está hablando del que juzgó la del actual presidente del Gobierno y muchos nos echamos las manos a la cabeza a la vista de su insuficiente calidad pero eso es así, o puede ser así, en todas las pruebas de doctorado que se realizan en las Universidades españolas. Además desde hace poco se ha reducido a tres el número de juzgadores cuando siempre habían sido cinco. Con la excusa de ahorrar en dietas y demás. ¿Por qué no se ahorra en remunerar a cargos y más cargos que nombran los rectores para ganarse los votos? Porque sépase que la gestión universitaria está en buena medida en manos de un personal puesto a dedo por quien es elegido para ejercer la magnificencia rectoral, la mayoría de ellos profesores que nada saben de la muy complicada gestión universitaria y que, por ello, si algo les sale bien es por casualidad.

Repito: cuando se han aprobado todas estas reformas malhadadas, lamentables y vergonzosas ¿alguien ha dicho algo? ¿fuera de la Universidad o dentro? Muy poquitos.

Tampoco la multiplicación de Facultades y Escuelas, sin ofrecer serias señales de especialización en todos los rincones de España, nunca ha sido puesta en la picota. Al contrario, los medios de comunicación locales han celebrado que los rectores consiguieran que se les reconociera por la autoridad (in) competente los títulos más estrambóticos.

En fin, están los másteres. Lo estamos viendo: cada español quiere adornarse con uno de esos másteres sembrado por los nuevos planes de estudio que, acortados en sus dimensiones tradicionales, han crecido y se han alargado -como planta trepadora y enredadera- por el costado del máster.

El hallazgo tiene mucho de abominable pero es el inventado en esta España preñada de vacuidad, esta España trocada por los encantadores en alijo de papanatas. Ha consistido el negocio -porque negocio es- en acometer contra las licenciaturas dejándolas en los huesos de un puñado de asignaturas: lo que siempre se había estudiado en cinco años pasa a “no estudiarse” en tres o cuatro encomendándose el resto a un máster. ¿En manos de las universidades? Sí pero tambien de una sociedad mercantil, unos grandes almacenes, el despacho de unos abogados, un consorcio de seguros … lo que sea siempre que el anuncio del producto (porque de producto se trata parecido a una aspiradora) esté formulado en inglés.

Y así el colmo de la cursilería es el propio nombre: máster. No maestría: máster … en Marketing digital, máster en Couching y máster en Fundraising y del máster al ranking y del ranking a … al artificio tontuno, al mundo trabucado y de trabucaires, es decir, a la imbecilidad manifiesta. Que es donde estamos.

Con decir que hay un máster para conseguir el título de “influencer” me parece que no queda nada por añadir.

Pero añado: lo repugnante es que este embeleco destinado a acabar con lo más preciado que tiene una sociedad, a saber, la cultura, la formación y la educación, ha sido votado y decidido con entusiasmo, cuando no impulsado, por fuerzas políticas que se envuelven en una bandera, la del progreso, convertida así en siniestro sudario mortuorio. Pedir ahora la publicidad de los trabajos universitarios, lo que han impedido en el Congreso los dos partidos mayoritarios, está bien pero a mí se me antoja que es algo parecido a imponer por ley que el personal se duche.

De resultas de todos estos enredos casi todos los españoles son alumnos y, poco después, profesores de un máster, en realidad, sacerdotes de un culto trivial. No acaba aquí el flagelo: por encima del profesor de máster está el director de máster y, junto a él, el codirector de máster y el coordinador de máster, casi siempre “camaleones del viento” como diría nuestro Baltasar Gracián. Sí, Gracián, aquel jesuita que en el siglo XVII defendía la primacía de la “testa sobre los textos”.
España, lector, ha quedado envuelta en un máster como esos edificios que Christo, artista búlgaro, envuelve en sus paredes de nailon.

Culpable de estas extravagancias que padecemos es la idea de la autonomía universitaria. Admitida con la mejor intención en la Constitución, hoy no existe más que en la forma de un corporativismo generador de una endogamia implacable. Porque, y esta es la clave, se ha olvidado que lo relevante no es la “autonomía” de una organizacion que vive del dinero público sino preservar el ejercicio, por los individuos concretos que en ella desarrollan su trabajo, de sus libertades básicas: de investigación, de cátedra, de expresión … Este es el núcleo del asunto, lo que en verdad vale la pena defender y para ello, en un Estado de Derecho, no es necesario ampararse en una “autonomía” tergiversada que, en puridad, ha envuelto un servicio público como es el universitario en una organización gremial y corporativa.

 

(Publicado en El Mundo el día 15 de septiembre de 2018).

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