Ante el cuerpo yacente de España: un nuevo Gobierno

Tiempo este de recuperación de la literatura de almanaques y pronósticos (con los que nuestro Torres y Villarroel ganó buenos dineros) pues que somos muchos los que nos dedicamos a formular conjeturas acerca de cómo ha de ser el mundo tras la epidemia que estamos padeciendo. Porque todo parece indicar que se nos han desplomado certezas que teníamos por imbatibles y con ellas esos tópicos con los que nos empeñamos en apuntalar los intereses y las miserias que mantienen erguido nuestro pequeño entorno.

Para descargo de nuestras conciencias podríamos imputar al azar, ese diablillo juguetón, las actuales calamidades si no fuera porque Tocqueville ya nos dejó explicado que “el azar tiene una gran intervención en todo lo que nosotros vemos en el teatro del mundo, pero creo firmemente que el azar no hace nada que no esté preparado de antemano. Los hechos anteriores, la naturaleza de las instituciones, el giro de los espíritus, el estado de las costumbres son los materiales con los que el azar compone esas improvisaciones que nos asombran y nos aterran” (así en sus “Recuerdos de la revolución de 1848”, libro obligado para los políticos cuya lectura debería desplazar a los tuits inanes).

Este azar que nos amarga, si azar es, ha venido escoltado por las advertencias de organizaciones serias como la Mundial de la Salud o las propias Naciones Unidas a las que los gobernantes y los ciudadanos hemos prestado oídos de mercader. Y así nos va ahora en la feria malhadada pues, hasta pocas fechas, antes de que el sudario se convirtiera en la prenda de la temporada, hemos estado escuchando las gansadas de la gripe, la de las víctimas de la carretera o la necedad suprema del machismo.

Ya que las opiniones de los expertos las hemos sustituido en el pasado inmediato por las de improvisadores a la violeta y revolvedores de caldos pestilentes, por lo menos afrontemos el futuro meditando con mesura pero con las luces largas sobre aquello que deberíamos corregir cuando nos libremos de los actuales agobios.

A mi modesto juicio, podríamos aprovechar para ahuyentar de forma definitiva las patrañas de los nacionalismos catalán y vasco haciendo ver lo reaccionario de sus programas, la falacia de sus mensajes y la traición a los intereses comunes que suponen sus postulados. De una vez procede explicar a los españoles que todo ese mundo no es más que el carlismo disfrazado de palabrería en programa de ordenador, hojarasca pisoteada por la historia; que nada tiene que ver con el progreso el partido cuyo lema sigue siendo “Dios y leyes viejas” y que Cataluña jamás ha sido un Estado ni tan siquiera en los momentos en que los sueños de sus próceres pudieron haberse manifestado de forma más audaz y extravagante. Y que España no ha robado a los catalanes sino que unos catalanes poderosos han robado con descaro jupiterino a unos catalanes indefensos.

Creemos que si este mensaje sencillo, explicado en tantas ocasiones por plumas más documentadas que la mía, lo hubieran defendido los políticos en la tribuna desde la hora primera de la transición, con la ayuda de los altavoces de que ellos han disfrutado, hoy no estaríamos haciendo almoneda con España. Dicho con nombres propios: si Felipe González y después José María Aznar, en la época en que tanto prestigio tuvieron, cuando nuestra democracia andaba a gatas e intentaba asentarse, hubieran destapado los embustes y las bellaquerías de la averiada mercancía nacionalista, hoy esos nacionalismos se limitarían a disponer de su clientela en sus respectivos territorios pero no habrían estado marcando el paso de la política española, hasta estos mismos días, cuando ya el descaro es orquestal. Pero los presidentes citados, que alumbraron hallazgos apreciables, en este del tratamiento de la quincalla nacionalista, se equivocaron de prisa y de corrido. Con punible desembarazo además. Por eso sería preferible que no dieran lecciones.

Hoy, la epidemia nos está poniendo de manifiesto que solo luchando codo con codo todas las regiones podremos arrinconarla en una esquina del calendario y por eso todo el personal sanitario, desde los médicos a los camilleros, están entregados a la tarea de salvar la vida de los españoles sin mirar si son de Bilbao o de Cáceres. Y por eso los militares, también desde quienes lucen imponentes estrellas hasta los humildes soldados, están implicados en la misma labor humanitaria, sin importarles si las personas sometidas a tratamiento son de izquierdas o de derechas, federales o centralistas. Y lo mismo los camioneros que nos están alimentando, los funcionarios que se ocupan de nuestra seguridad, los voluntarios …

De otro lado, es hora de que los ciudadanos exijamos, cuando de achaques profesionales se trata, que sea atendida de forma prioritaria la voz de los expertos y no la de pícaros sin otra formación que la suministrada por el cultivo de la chapuza y la farfolla improvisada en reuniones y mítines de unos partidos sin músculo consistente alguno.

Es hora de que callen quienes, aquejados de una mala fe de orondas proporciones, no ven entre sus semejantes más que progresistas o carcas, machistas o feministas, fulanistas o zutanistas.

Es hora de que calle el logrero y suene la melodía de un pensamiento libre del apuntalamiento de los lugares comunes.

Como es hora de que callen o bajen el diapasón quienes olvidan la vieja regla según la cual debemos conservar “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”. Regla que encierra la sabiduría de la sencillez y la exactitud de la profundidad. Y que adquiere toda su grandeza cuando nos encontramos en épocas de crisis como la actual donde advertimos que no sobra nada ni nadie a la hora de hacer frente a las carencias: necesitamos a los poderes públicos como necesitamos a los empresarios privados y a las monjas de clausura, todos trabajando de consuno para lograr fines comunes, en este caso, la derrota del virus asesino.

Mercado, libertad, servicio público, Administraciones fuertes, son componentes imprescindibles de una única organización social que han de convivir en armonía y mutuo aliento. Lo contrario es dogmatismo de converso a una nueva revelación y de los dogmáticos, como de las Academias y de las epidemias, ¡líbranos, Señor!

Si intuimos que de esta pandemia saldremos con el paisaje convertido en un esqueleto yacente, la pregunta es ¿ante el espectáculo del barco varado seguiremos empeñados en mantener el mismo Gobierno en España? ¿volveremos a reunir a la mesa del “conflicto catalán” con el señor Torra en su cabecera, el mismo que ha denigrado a España en los foros internacionales? ¿seguiremos aceptando la interlocución con quienes han querido hacer rancho aparte en el combate sanitario? ¿seguiremos viendo como prioritario entregar competencias delicadas a quienes en el País Vasco proclaman abiertamente su independentismo? ¿seguiremos empeñados en aliviar la prisión a quienes protagonizaron un golpe al Estado que ha desequilibrado sus cuadernas? ¿seguiremos dando prioridad a los debates sobre el heteropatriarcado? ¿seguiremos atados al lenguaje populista y a su defensa del derecho de autodeterminación? O por el contrario ¿haremos una agenda que contenga los graves problemas que ha de enfrentar una sociedad traspasada por sus angustias, sus desesperanzas y sus lutos?

Me atrevo a proponer que, cuando empecemos a ver la luz por la amura, tenga valor el socialismo español, como organización mayoritaria, para alumbrar una fórmula nueva de gobierno que debe pasar por prescindir sin miramiento alguno de los enemigos de España y apoyarse en los partidos que no están por aventuras: ni de desgarro institucional ni territorial.

No defiendo llevar a sus líderes a un nuevo Gobierno. En absoluto: se trata de obtener el respaldo mayoritario en el Congreso a un gobierno, temporalmente limitado, de perfil técnico, lo que excluye obviamente al actual presidente del Gobierno pues, como sabemos desde las Epístolas de Plinio el Joven “como en el cuerpo, así en el gobierno, el mal más grave es el que se difunde desde la cabeza”.

Un gobierno que recoja lo que de aprovechable – en términos profesionales- tiene el actual pero incorpore a personas procedentes de la nueva mayoría que tengan acreditada una formación coherente con las responsabilidades que asuman. Un gobierno austero en las proclamas, contenido en sus promesas, riguroso en sus manifestaciones.

Un gobierno, en fin, que logre secar la actual fuente de la que brotan la temeridad y las simplezas.

(Publicado en El Mundo el día 28 de marzo de 2020).

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Programa para después del virus: el sexo

Olvidaremos el virus como ya no nos acordamos de las diez plagas de Egipto, desinfectaremos el escenario, enterraremos a los muertos y por fin volveremos a lo realmente importante, o sea, el heteropatriarcado, la prohibición de los piropos a las mujeres jarifas, el destierro de los toros y de la caza y la autodeterminación de género.

Así como en otros achaques nuestros gobernantes pueden ofrecer signos de debilidad, confusión, dolencias visuales o impericia, en los citados son maestros con las entendederas bien aparejadas, un alivio para todos los que en ellos confiamos en cuanto depositarios/as de las verdades del progreso.

El asunto que más urgirá retomar será naturalmente el de la identidad de género y si somos binarios o no y ello porque el tiempo apremia y no podemos permitirnos el lujo de que el cambio de saison nos pille sin haber introducido un pronombre neutro o en medio de cualquier otro descuido imperdonable, de esos que causan daños que, una vez enquistados, son muy difíciles de reparar.

Ya tenemos claro que la autodeterminación es un derecho humano equiparable al de la vida o la libertad, pero hasta ahora tal conquista solo la veíamos aplicada a las regiones con mucha historia y retratos de reyes barbados en los anaqueles de siglos pasados y venturosos. Ahora es preciso dar un paso más y aplicar la noción a la identidad sexual y a la expresión de género como ya se empieza a prever incluso en algunos proyectos de ley, de esos que nos van acercando a la luz de la modernidad más moderna y más guay. Esta conquista hará superfluo cualquier requisito para identificarnos por lo que dejaremos de estar sujetos a autoridad alguna, médica o legal, para ser reconocidos.  Bastará con declarar el género “sentido” y santas pascuas. Liberados de estas pejigueras tan reaccionarias contemplaremos lo que se ha venido practicando hasta ahora como obsesiones de burócratas inspirados por curas y frailes.

Se declara uno no binario a tiempo y a no perder más ídem.

Con gustarme mucho estos avances el que me entusiasma es el calificado como “pangénero”, defendido por aquellas personas cuya identidad de género está integrada por varias identidades de género, dicho de otra forma, que se identifica con varias a la vez. 

Ahí se ha dado en el corazón del problema. Tan atinado es el planteamiento que yo pretendo que se traslade a la vida política y no nos obliguen a ser de derechas o de izquierdas, en bloque, de una vez y sin descanso, ni siquiera por Pascua florida. Progresismo o conservadurismo, tertium non datur que decíamos en el Lacio, así las veinticuatro horas del día y todos los días del año, sin alivio alguno.

Este encadenamiento de por vida siempre me ha parecido un atropello y he echado en falta, en mis horas de meditación, que nadie, de entre los politólogos más ilustres, se haya ocupado de idear unas reglas que nos liberaran de tan abominable esclavitud, de una condena tan intransigente.

¿Por qué – me he preguntado- no me es permitido ser de derechas cuando veo cómo actúa en la vida real un progresista y ser de izquierdas cuando ocurre lo mismo con un conservador? Esta pregunta, determinante en la existencia de cada cual, ha quedado siempre sin respuesta.

Adviértase que tal monstruosidad – porque hay que llamarla por su nombre- nos obliga a votar el día de las elecciones de una forma que es binaria de manera implacable: ¡cuando estamos tocando con las manos el cielo de lo no binario! Y, sobre todo, cuando tan fácil sería trasladar el “pangénero” a las listas electorales y a la papeleta de voto.

Propongo, desde la seriedad de estas “Soserías”, que, en cuanto podamos volver a hacer manifestaciones, convoquemos una, nosotros los “transidentificados”, con una pancarta gigantesca: “Los pangéneros queremos pasar de esclavos a libertos”.

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De pelos y barbas

Procede hoy analizar un problema del máximo interés y de la mayor relevancia para la sociedad, a saber, el de la presentación de nuestro patrimonio capilar que siempre ha sido signo distintivo de las épocas de la historia. Casi se puede decir que esta, la historia y aun el mismo sucederse pausado y contumaz de los siglos, no es más que una excusa para exhibir todos nosotros la conformación de nuestra cabellera. La Edad Media trajo sus peinados como los trajo el romanticismo o el cubismo. No hay más que ver el aspecto de Bach, el de Mozart o el de Verdi para convenir que, detrás de la disposición de los pelos, hay mucha enjundia y buena parte de los enigmas de la Humanidad. Ya que hablamos de músicos, el único que no pudo hacer florituras en su cabeza fue nuestro Falla al que vemos en el retrato de Zuloaga con una calvicie imperativa, estigmatizadora, el precinto como si dijéramos de su arte magnético y juguetón. Un poco como le pasó a Juan Ramón Jiménez que también fue motilón y yo creo que toda su inquina hacia otros colegas de pluma y de rimas, venía de su envidia hacia sus cabelleras abundantes, sedosas y, en cierto modo, barrocas. ¿Cómo entender, si no es desde estas premisas, sus críticas a Lorca o a Alberti, ambos en disposición de regalar mechones, rizos, guedejas y bucles?

El calvo ha pasado hasta ahora un calvario pero este tormento es cosa del pasado pues los avances genéticos permitirán advertir a cualquier mujer su propensión a parir un calvo de solemnidad, uno de esos calvos de epopeya, con lo cual en su mano queda aventurarse a un embarazo o descartarlo para no ser madre de un glabro que necesariamente habrá de recurrir a ese postizo maldito que siempre se desprende en los momentos más comprometidos y en aquellos que más necesario resulta componer una figura gallarda y plausible.

El siglo XIX fue el siglo de las barbas, fluyentes, copiosas, como un mar que llevara en sus entrañas la sabiduría y el buen criterio. Quien no se dejaba barba allá cuando la revolución liberal corría el riesgo de adquirir una sólida fama de chisgarabís y arruinaba sin más sus posibilidades de hacerse un nombre respetable y fundar sobre esa piedra angular una familia positiva. La cosa capilar se fue complicando con la aparición en escena de personajes como Napoleón III que gastaba bigote y perilla y que, por su elevada posición imperial, influyó mucho en la sociedad europea de su época. La perilla ha estado muy cerca de la mosca, siendo esta acaso más pequeña. Pero la decisión de adoptar mosca o perilla ha sido siempre una de las encrucijadas mayores en el destino del hombre porque había que analizar concienzudamente la disposición de la nariz, la conformación del belfo, la existencia o no de papada o sotabarba, en fin, la misma tendencia a estar flaco o a engrasarse por mor de los capones no resultaba indiferente a la hora de tomar una resolución tan comprometida. Con perilla o barbilla se adornaron personajes inolvidables como el general Prim que la llevaba satánica, conspiradora, propia para instigar enredos, mientras que la de don Antonio Maura era conservadora y esponjada precisamente porque estaba pensada para ejercer la probidad mallorquina y peninsular. Si Maura quiso hacer la revolución desde arriba fue para que nadie osara tocarle su barbilla pues el primero acto revolucionario que hubieran acometido los obreros de la época hubiera sido cortársela y dejarlo lampiño. ¡Maura, lampiño! ¡La Historia de España, al revés!

Pues ¿y la patilla? Muchos la emplearon y en los grandes retratistas del XIX, Vicente López o los Madrazo, vemos a personajes encopetados con patillas de mucha envergadura, que podían adquirir también mayor frivolidad, pues era posible confeccionar en ellas ciertos rizos que las ahuecaban otorgándoles un carácter artístico más acusado.

No he podido abordar otras formas como la del bigote y la barba – collar que quedan para otro día. Sí quisiera subrayar que en nuestros días existe una gran variedad de caprichos capilares pero todos ellos se manifiestan sin excesos, como si nos hubiéramos hecho más francos y virtuosos. O acaso es que estamos simplemente en una época tibia, de transición.

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El nuevo Código Penal

Es justo el momento de abordar la cuestión. Estamos en pleno debate sobre la reforma del Código Penal para meter entre sus renglones el “sí es sí” o el “no es no”, la verdad es que no me ha quedado muy clara la disyuntiva pero confío en que alguien lo sepa, también para dar un nuevo tratamiento a los golpes de Estado. Respecto de estos, propongo que, cuando alguien perpetre un ataque en toda regla a las instituciones más sagradas de la democracia, se le empapele para averiguar, antes de enfangarse en ulteriores trámites, si se trata de un correligionario progresista o de un enemigo político.

Si se trata de lo primero, el golpe de Estado se rebaja a golpe de pecho con el que el golpista demuestra su contrición de forma piadosa, actitud que le permite ya rezar vagamente el “yo pecador”, como requisito para archivar el sumario, darle un escaño en las Cortes, un aula universitaria y un programa de televisión. Por el contrario, cuando el golpista sea un fementido enemigo del tablero político, se le tratará como lo que es, un forajido que conocerá el rigor de la ergástula durante años y, por supuesto, del oprobio social como anticipo terrenal de la condenación eterna.

El otro delito a incorporar al Código es el del crispador. Este sujeto suele tener aparentes buenas formas porque es conservador y ha sido educado en colegios acreditados pero pronto se advierte su real intención: acabar con logros sociales macerados en el diálogo y otros ritos renovadores. Preciso es andar con cuidado con estos emboscados que tienen vocación de convertirse en cáfila de malhechores, en alijo delictivo.

Y es que recientemente, según informaciones de la policía, se ha descubierto una reunión secreta de crispadores que se hacían pasar por inocentes vendedores de un champú específico para las cabelleras luengas. Despertó sospechas entre los agentes porque se celebraba cerca de la frontera, un lugar que siempre ha sido el punto de encuentro de la herejía con el extravío ideológico. Al intervenirse el material con el que operaban se advirtió rápidamente que de lo que trataban era de desestabilizar al poder constituido con estratagemas variopintas, pero todas siniestras, dedicadas a socavar conquistas aprobadas y en preparación que beneficiaban a las clases más menesterosas, a los parias de la tierra como decíamos en tiempos antañones.

Este delito de crispación conocerá una variante agravada cuando concurra además actitud de bloqueo. Es decir, que habrá el tipo simple, el del crispador de andar por las Cortes, asustando y sembrando el desconcierto, y el tipo complejo o agravado que será cuando ese mismo crispador se convierta como digo en bloqueador. Tal ocurrirá cuando deje de actuar en solitario y pase a hacerlo en grupo, acompañado pues de otros infractores sórdidos de la ley. Desde siempre actuar en cuadrilla ha sido considerado como una circunstancia perjudicial a la hora de su castigo. Cuando se advierta premeditación o ensañamiento y no digamos si además se actúa con menosprecio del lugar (pongamos en las cercanías de los ministerios o de sus agencias independientes más destacadas), entonces palo y tente tieso.

También el catastrofista (o arúspice del Apocalipsis) acabará emparedado entre los renglones de un nuevo artículo del Código porque el apocalíptico es un ser furioso sin tratamiento posible.

Más discusión suscita la calificación como delito o como simple infracción el hecho de “no arrimar el hombro” a la acción del gobierno coaligado. Los especialistas están divididos entre quienes, inspirados en modelos como el ruso o el chino, desean mano dura con estos desalmados y quienes se contentan con un cachete propinado por un guardia municipal instruido al efecto por el alcalde. Quien me lea tendrá conocimiento de cómo acaba el debate.

Solo cuando estas conductas antipatrióticas estén castigadas por los humanos como ya lo están por los dioses, podremos descansar, empoderarnos y autodeterminarnos.

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Novelas

Las novelas son el tic-tac del corazón de un país.

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Turingia y España

Anda la política alemana patas arriba, zarandeada por la formación de gobierno en Turingia, una pequeña región de la antigua zona comunista. El motivo más inmediato: los resultados emanados de unas eleciones regionales. La razón más profunda: las convulsiones que está viviendo el sistema político al albur del ascenso del partido “Alternativa para Alemania”.

Situemos Turingia en el contexto político alemán. Se trata de uno de los Länder orientales surgidos tras la reunificación. UnLand de dos millones de habitantes y apañado en términos económicos, su paro sería envidia de cualquier comunidad autónoma española (5.3%). Sus ciudades se han revitalizado siendo un ejemplo su capital, Erfurt, de armónicas y restauradas bellezas con una universidad puntera en diversos campos.

La relevancia de Turingia se halla en su peculiar gobierno durante la última legislatura: es el primer Land gobernado por Die Linke – la izquierda- en coalición con los socialdemócratas y los verdes. A pesar de ciertos augurios, el experimento ha salido razonablemente bien, debido a la personalidad poco dogmática de Bodo Ramelow, su presidente. En estos momentos ¿en qué consiste el embrollo generado? En noviembre pasado, los electores configuraron un parlamento de tortuosos guarismos a la hora de buscar coaliciones. Mantuvo con claridad su primera posición Die Linke, encabezado por el citado Ramelow. En segundo lugar, “Alternativa para Alemania”. Tras ellos, el resto de partidos: democristianos, socialdemócratas, verdes y, por los pelos, los liberales. La coalición de Ramelow se encontró ante la amargura de haber perdido por un solo diputado la mayoría en la cámara regional. En puridad, solo tenía que lograr la abstención de los democristianos o los liberales para continuar. Pero, ora por desidia, ora por la oposición tajante de los interpelados, lo cierto es que fue incapaz de ablandar voluntades.

Concurrieron a la votación para la presidencia el propio Ramelow, un candidato de los liberales (que era el partido menos representado) y otro de “Alternativa”. Para sorpresa general, los diputados de “Alternativa” no respaldaron a su propio candidato, sino que dieron su voto al liberal, quien, apoyado también por la democristiana CDU, acabó convertido sin comerlo ni beberlo en presidente. No hay ninguna evidencia de que la triquiñuela estuviera pactada (de hecho, el elegido dimitió al día siguiente). Todo indica que se trató de una artimaña tan burda como eficaz de “Alternativa” con la finalidad de crear confusión. ¡Y lo lograron!

Aunque el asunto había sido rocambolesco, pronto se instaló la opinión de que “Alternativa” cocinaba ya gobiernos regionales, con el apoyo de la CDU. Merkel condenó la jugada y Annegret Kramp-Karrenbauer, presidenta del partido, se vio obligada a dimitir.

¿Qué es “Alternativa? Su nacimiento hay que situarlo en la sacudida del panorama político alemán (y europeo) y su consecuencia: la quiebra de la alianza que las familias de conservadores y democristianos habían trabado tras la guerra. Todos encontraron su lugar en la CDU de Adenauer y Kohl. El proceso de “socialdemocratización” de la CDU durante estos años de Merkel, unido a determinadas evoluciones económicas y geopolíticas (crisis del euro, crisis de los refugiados, etc.), ha hecho saltar por los aires ese consenso. Los que acabaron inspirando “Alternativa” abandonaron el barco, planteando por añadidura demandas que cuestionan acuerdos muy básicos de la sociedad alemana.

Pero lo que nos interesa subrayar ha sido la rápida reacción de las fuerzas políticas, especialmente de la CDU por un lado y de los liberales, autores del desaguisado, por otro. Todos han dejado claro que “Alternativa” no puede poner o quitar gobiernos, que esa llave está custodiada por otros claveros encargados de asegurar las esencias constitucionales.

Desgraciadamente la política española está muy lejos de estos comportamientos. En efecto, en algunas comunidades autónomas tanto el PP como Ciudadanos, aun con remilgos y dengues, han aceptado los votos de Vox para formar gobiernos (Andalucía, Murcia o Madrid). Ahora bien, dejémoslo claro: Vox no es “Alternativa”, un partido que, aunque tiene tendencias internas muy variadas y confusas, propone volver al marco alemán y por tanto rechaza el euro. De acuerdo con investigaciones realizadas por medios solventes, es notorio que en los grupos parlamentarios de “Alternativa” se acoge, dándoles empleo, a jóvenes vinculados con el partido nazi. Incluso con el movimiento extremista y racista Pegida practica Alternativa” un inquietante pero inadmisible tacto de codos en una Alemania que se ve sacudida con dolorosa frecuencia por hechos criminales terribles, tal como ha ocurrido precisamente el miércoles pasado en la ciudad de Hanau, cerca de Frankfurt, donde diez personas han perdido la vida, suceso este racista cuya vinculación al odio al emigrante se ha puesto claramente de manifiesto por las autoridades competentes.

De Vox, de momento, procede afirmar, a nuestro juicio, que se trata de un partido que pretende romper el consenso constitucional al proponer la supresión de los parlamentos regionales y lógicamente de las Comunidades autónomas alterando de esta suerte uno de los fundamentos de nuestro orden político. Y que en el marco europeo se ha aliado con los países de Visegrado, los menos comprometidos con la integración europea aunque ninguno de ellos ha solicitado la salida de la UE como sí hizo y ha consumado la muy democrática Gran Bretaña. De otro lado, a Vox no se le conocen acciones violentas o conexiones con grupos de jóvenes ataviados con correajes y botas altas amenazantes.

Quienes sí han roto, despedazándolo, el consenso constitucional son los separatistas catalanes en sus diversas “sensibilidades” y lo han hecho de la forma más agreste posible: protagonizando un golpe de Estado contra España y sus instituciones democráticas. Sus dirigentes han sido condenados a penas privativas de libertad pero tienen el tupé de asegurar, como presidiarios con modales de jayán, que “lo volverán a hacer” sin que su lenguaje de germanía sea obstáculo para que estemos contemplando su salida de prisión ante la mirada distraída del Gobierno de España. Son capaces de despreciar al rey y por supuesto se ciscan en la Constitución y en los símbolos nacionales. Quieren formar un Estado independiente sin que de momento nos hayan aclarado – ni nadie lo ha preguntado- cómo se integrarán en la UE, cómo organizarán su defensa, qué moneda piensan manejar, cómo arreglarán el “finiquito” con el viejo Estado opresor y algunas otras bagatelas.

De la misma manera han roto, no ya el consenso constitucional sino las formas más elementales de la convivencia, los herederos de los etarras, con muchos crímenes en las entrañas, que hoy se sientan en el Congreso de los Diputados y que los fines de semana siguen jaleando alegremente a los asesinos cuando estos aparecen por sus pueblos convertidos en héroes populares.

Por último, Podemos ha tenido como lema alancear el régimen del 78, es decir, nuestro orden constitucional para sustituirlo por una república en la que ya aventuramos, sin temor a equivocarnos, que ocupará posición destacada el matrimonio que actualmente dirige sus destinos. Y, junto a Podemos, una pequeña representación de comunistas que aún siguen utilizando esta denominación a pesar de haber sido manchada indeleblemente y vapuleada por la historia.

Pues bien el actual Gobierno de España se ha constituido gracias a los votos de estas (y algunas otras) preocupantes piezas políticas sin que en ningún momento se hayan parado a pensar sus artífices qué destrozos están causando en ese bien tan preciado que es el consenso constitucional. Un consenso, el que viene de la transición, que se puede alterar pero siempre que quien quiera aventurarse por ese paraje nos muestre previamente la partitura que está dispuesto a ejecutar o, dicho de otro modo, las etapas y el final del viaje.

¿O es que el Gobierno piensa que carecerá de consecuencias desestabilizadoras en el resto de España el hecho de sentarse ex aequo a una mesa de diálogo con quienes tienen como designio quebrar nuestro orden constitucional? ¿Qué dirán y qué harán las demás Comunidades autónomas? ¿se acogerán a la regla de San Bruno y practicarán un silencio monástico?

El ejemplo de la canciller alemana, alejándose resueltamente de quienes pretenden acabar con el orden jurídico que ha prometido defender ¿no suscita ninguna meditación en el partido socialista español? Claro que la señora Merkel tiene un defecto: ella no es progresista …

FRANCISCO SOSA WAGNER e IGOR SOSA MAYOR

Publicado en el periódico El Mundo el día 22 de febrero de 2020.

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El enlabiador y otros tunantes

En la Universidad española actual conviven estudiosos graves, que publican trabajos llenos de sabiduría y que practican un reverencioso respeto a los libros, con botarates, majagranzas, mohatreros y feriantes. Estos últimos proliferan, son quienes saltan de feria en feria que antes se llamaban congresos y seminarios y ahora se conocen como talking, briefing, brain storming, expociencia, uniferia, talleres … lugares de exposición y venta de baratijas y quincallas. Se les ve afanados por los aeropuertos viviendo un ciclón de tarjetas de embarque, la ciclogenésis como si dijéramos del aspaviento conferencil.

Recibo un anuncio de un máster (ese invento abominable que ha degradado nuestra enseñanza universitaria a producto mercantil) cuyo título es toda una declaración de principios: “Diseña y crea tu futuro personal y profesional desde tu esencia”. ¡Ahí queda eso! Precio: dos mil euros. Antiguamente existía el sablazo que era una habilidad desplegada por un necesitado – pongamos un poeta sin una flor natural que llevarse a la solapa- para sacar unos cuartos a un conocido que, por no ser poeta, llevaba una vida menos aflictiva, naturalmente sin ánimo de devolver los cuartos allegados, al menos hasta llegar a la antesala del Juicio final. Hoy el moderno sablazo es el universitario y consiste en la oferta y cobro de la matrícula de un máster: se advertirá la ternura que despierta el antiguo y la repugnancia que genera el moderno.

Pero el caso es que en ello estamos. Es el tiempo, y la política es sembrado especialmente fecundo, del impostor capaz de esparcir disparates, del zascandil que lleva como lema de su escudo el “hoy miento más que ayer pero menos que mañana”. Y así seguido … Representa tal primate la quintaesencia de la trápala.

Hay un libro, del que tengo conocimiento por uno de los tomos de las Memorias de Pío Baroja, donde se hace, con maneras de científico fino, una clasificación exhaustiva de estos tunantes que pululan en la vida social. Se les llama biantes, abordones, lagrimantes, acapones, cañabaldos, mendrugueros, palpadores, ensalmadores, amuleteros … y una porción más de denominaciones perdidas y que los diccionarios deberían molestarse en recoger y dotarlas de su prestigio. Habría que añadir las de trufadores, tromperos y mauleros.

Mi idea es que hoy habría que rescatar de su olvido la palabra “enlabiador” que es quien enlabia es decir “quien engatusa con promesas o palabras”. Y proceder a una nueva teoría sobre él para diferenciarle del respetable orador.

Porque, en efecto, existe el orador diserto que encadena los razonamientos con ajustes de oro, como un joyero magnífico, y que de esta forma capta la atención del oyente estimulando sus intimidades de ser racional y llevándole a despertar a veces en él estímulos socráticos. Este orador al que me refiero administra las palabras con ingenio y magia pero, y esto es lo más importante, administra los silencios revistiéndolos de un aura entre misteriosa y socarrona, como un paradójico ilusionista de la comunicación. Siempre he pensado que deberían instituirse cátedras del silencio como hay órdenes dedicadas a cultivar esta forma tan sutil y tan pedagógica de respetar al prójimo. 

El enlabiador es todo lo contrario: este sujeto ventosea apestando a quienes le circundan y por eso debe ser incluido entre esos agentes contaminantes que coadyuvan al calentamiento global y también – según estudios acreditados- a la lluvia ácida. El enlabiador es un trabucaire del verbo con el que atraca y despluma al inocente. Lanza sus embustes a quemarropa siendo lo peor el hecho de que va dejando todo prostituido con las huellas dactilares de su palabrería pesebrera.

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Montón

El montón, cuando es educado, trata de usted a la montaña.

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De las vacas al arroz

Las vacas son nuestra pesadilla, tan apacibles, tan bucólicas ellas, los prados verdes, los pastores, Salicio, Nemoroso, la vaquera de la Finojosa, lo mejor de nuestra tradición poética antigua está ahí hasta llegar a Maragall que escribió el poema “la vaca ciega”, todo lirismo, todo ruralismo… Maragall y Alcover son los dos grandes poetas del modernismo, y es bien seguro que ellos, dos personas instaladas en la sociedad, con títulos de la Deuda y los hijos en el bachillerato (lo contrario pues del poeta “maldito”, sablista y trincón), se comieron buenos filetes en Barcelona y en Palma de Mallorca y jugosos estofados de vaca y esos riñones de ternera que hay que cortar en rebanaditas sutiles y armoniosas para que logren su objetivo de eliminar pesadumbres a su alrededor y dejar en los comensales huellas de misteriosa nostalgia.

Desaparecerán oficios, familias enteras se verán abocadas a la ruina, muchos profesionales se entregarán a la inactividad más lamentable, todo esto debemos resolverlo entre todos, pagando y compensando a estas gentes de la manera más generosa posible el agujero que se ha hecho en sus vidas porque estamos ante una catástrofe sin paliativos que bien merece nuestra solidaridad.

Pero luego está afectada una de las zonas más sensibles de nuestra cultura, la gastronomía, en sus manifestaciones más selectas, el chuletón de Ávila, el osso bucco, las salchichas en sus formas más caprichosas, el glorioso solomillo que en los grandes restaurantes toma el nombre francés, hermoso, evocador, de chateaubriand, el noble autor del “genio del cristianismo” y de las “memorias de ultratumba”, un caballerazo, algo pesado pero muy en su papel de reaccionario antiguo e impasible. ¿Quién recordaría hoy a este ingenio de las letras si no se hubiera ocupado además de inventar el armonioso trozo de carne que lleva su nombre? Hoy, cuando a la literatura la han pasado por encima varios -ismos, todos igualmente revolucionarios y todos al cabo igualmente conservadores, ya nadie lee a Chateaubriand pero quien puede se zampa (se ha zampado hasta la crisis del mal agüero) un chateaubriand acompañado, a ser posible, de un burdeos de gran añada.

Pues ¿y el cordon bleu? Hay quienes se pelean por el lazo de Isabel la Católica, por el cordón de esta o aquella benemérita Orden, yo he batallado siempre por tener bien cerca un cordón “bleu” pues me parece el más fino y apetecible de cuantos cordones existen, excluido naturalmente el de los zapatos y el umbilical, indispensables en toda vida que quiera albergar una cierta consonancia y un razonable equilibrio.

El chuletón de Ávila es (ha sido, ay) poder, verdad, fuego, espacio, movimiento, arte… ¿Que será de nosotros sin él? De aquella tierra nos queda Santa Teresa, no está mal, pero el chuletón era precisamente el contrapunto del misticismo y, por eso, su colaborador más preciado. De un arrebato místico solo se ha salido con seguridad con la ayuda del chuletón porque el chuletón ha sido el mismo misticismo solo que al revés, el anverso y el reverso de una misma y única disciplina.

No acaban aquí las desgracias pues los científicos acaban de descubrir el genoma completo del arroz, más de cuatrocientos millones de pares de bases, una barbaridad cuyas consecuencias son de temer. Si durante tantísimos años de ignorancia hemos sido capaces de confeccionar un delicioso arroz a banda, o un arroz con verduras o al horno, de aparejar los trebejos de fuego y mimo para dar con una señera paella, o de hervir el mismo arroz para hacerlo blanco como si llevara una túnica virginal y estuviera dispuesto a desposarse con unos huevos fritos y un chorizo sangrante ¿a qué viene ahora estar indagando acerca de la intimidad genética de la apacible gramínea? ¿No se cabreará por andar en cochinadas y nos mandará un mensaje que nos suma también en la desesperanza?

Por eso mi propuesta es clara: ayudas abundantes a los ganaderos y lo demás no meneallo. Está en juego la mesa, el único placer plácido que merece el plácet.

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Ministerios de progreso

Se expande la euforia entre los españoles y no es para menos desde que se conoce que ya disponemos de ministerios y direcciones generales que cuidan con solicitud por todo lo que nos afecta en nuestra vida diaria, nimiedades incluidas.

Cuando antañazo, los ministerios eran artefactos muy pesados y por eso llevaban nombres sólidos como Hacienda, Defensa, Asuntos exteriores y por ahí adelante. ¿Qué se derivaba de este organigrama? Pues que los ministros eran hombres (rara vez mujeres) aburridos, pelmazos insufribles, vestidos con traje gris y corbata ajustada, a veces con leontina, siempre con el ácido úrico elevado y las transaminasas por las nubes con la consiguiente alteración hepática que tan mala leche genera. ¿A alguien le puede extrañar que los Gobiernos y la Administración en general tuvieran tan mala prensa entre los ciudadanos reumáticos y sojuzgados?

Hoy, en la época del progreso y de su hijo preferido, el progresismo, nos hemos liberado felizmente de estas trabas onerosas y por eso los ministerios llevan nombres alados como ocurre con el de Igualdad o el de Inclusión. Subsisten aún algunas denominaciones adustas como es el caso de Interior pero pronto se llamará de “Serenidad y buenas maneras en el tráfico” y contará con la Dirección general de señores y señoras delincuentes / as, cuyo titular / a habrá de ser un forajido / a con trienios y experiencia comprobada en la ergástula. De la misma manera que se ha nombrado ya para la “diversidad racial” a una negra perfectamente “racializada”.

O el de Igualdad (le falta Libertad y Fraternidad pero llegarán) que vela porque todos seamos iguales como en la Venganza de don Mendo: “trece, catorce, quince, dieciséis, todos iguales para mí seréis”. Aquí es donde se alojan la Igualdad de trato y diversidad étnico racial y la Diversidad sexual, direcciones de las que todos esperamos los más granados frutos igualitarios sobre todo porque ya contamos con un “Programa mainstreaming de género”, una joya inesperada en el lenguaje burocrático que hasta ahora a nadie se le había ocurrido. Debemos alegrarnos de la llegada del mainstreaming y no debemos hacer caso a los gruñones de siempre que se quejan por meter palabras inglesas entre las designaciones ministeriales porque si somos así de políglotas y de finos lingüistas ¿por qué razón hemos de ocultarlo? Que rabien y aprendan inglés por la televisión esos envidiosos que buena falta les hace.

Hay otro de Memoria democrática, lo que excluye la autoritaria con lo que desaparecerán de los programas de estudio las etapas de dictadura, por ejemplo, la del general Primo de Rivera con la que tan gustosamente colaboró el socialismo español y, por supuesto, la del general Franco.

Todo estos avances están muy bien y solo los jeremías podrán lamentarlos.

Pero yo no me conformo con ellos. Quiero avanzar más siguiendo la flecha de ese progresismo que nunca claudica. ¿Para cuándo un ministerio de las bienaventuranzas? ¿O una secretaría de Estado de los nobles sentimientos? ¿Y la dirección general de los sueños, habremos de seguir esperándola? ¿Y la de la amistad? ¿O el ministerio de la soledad donde el subsecretario deberá saber recitar entero el poema “A mis soledades voy, de mis soledades vengo ….”? ¿Veremos por fin en las calles de Madrid el flamante ministerio de “las puertas giratorias” que han de estar dando vueltas como un tiovivo? El de Universidades ¿incorporará un instituto especializado en plagios de tesis doctorales?

Con ser estas carencias serias, lo que más añoro es que se ofrezca acogida al ministerio de la Concupiscencia para hacer un Programa y un mapa transversal e interactivo del apetito desordenado de los placeres mundanos que andan sueltos por parlamentos, ministerios, parroquias, ayuntamientos, McDonalds y lupanares.

Me pido la Subsecretaría de la Voluptuosidad o su dirección general de Cosquillas y Carantoñas.

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