Benemérito y el lobo

Mi amigo Benemérito es un defensor de la Naturaleza bravía y por eso decidió hace tiempo tener su lobo particular.  Se ha liberado de las ideas antiguas de los hermanos Grimm que vieron en el lobo un ser de malas mañas, que engañaba a una pobre niña en el bosque tenebroso y después se acostaba en la cama de la abuelita con el camisón que había comprado la buena mujer por Amazon.

– Los hermanos Grimm, dos crueles reaccionarios – se dijo Benemérito.

No le fue fácil a este buenazo llevarse a casa su lobo. Lo consiguió gracias a un anuncio en el periódico:

– Vendo lobo a buen precio. Asusta lo justo y aúlla acompasado. Solo en las noches de luna llena.

Petrus es su nombre, es un lobo con pedigrí, se había presentado a elecciones en la camada y siempre había ganado aunque por medio de embustes y trapacerías.  

El vendedor le aclaró:

– Este es el lobo que busca. Se alimenta de su oveja diaria que saca del aprisco por las mañanas. Eso sí, tiene que ser sonrosadita y con buenas carnes. Si la ovejita colabora, el lobo se la come sin hacerle daño, despacio y sin saltarse trámites. Pero si la ovejita se empecina en quedarse en el aprisco balando como una tontaina, entonces el lobo se encrespa y se la lleva de malas maneras tragándosela acto seguido a base de unos mordiscos que ponen los pelos de punta.

Benemérito lo compró aunque por nada del mundo le iba a permitir ser fiero ni cometer esas barbaridades.

Venía ahora lo más complicado. Se había aprobado una ley que obligaba a los propietarios de animales a superar un curso de formación. Benemérito acudió con mansedumbre a la oficina ministerial que se llamaba “Registro para la tenencia pacífica de lobos entrañables”. Allí conoció a la ministra quien, entusiasta de los lobos, le tendió cariñosa la mano diciéndole:

– ¡Ay, qué lobo más empático y dulce!

Ante estas zalamerías, Petrus contestó comiéndose la mano derecha de la ministra y pensando – el  muy zorro- que, como ella era de izquierdas, no la echaría en falta.

Ya con el documento de identidad en regla y matriculado Petrus en un máster de lobos inclusivos y transversales, Benemérito le llevaba al parque pero tuvo que volver a casa a toda velocidad cuando se comió el brazo de un jesuita aunque en su descargo hay que decir que por fuera no se notaba que fuera jesuita ni nada. En la conducta del lobo hubo pues ferocidad pero no sacrilegio.

Otro día, Petrus se abalanzó sobre un funcionario ya mayor de Muface tragándose un muslo de aquel hombre que tantos expedientes había resuelto de manera decorosa pues era amigo de las filigranas burocráticas. 

Pero a Petrus lo que le pedía el cuerpo era salir a las montañas altivas y a los bosques umbríos para ver de sembrar el miedo que todo lobo digno debe inspirar y dejarse de chiquilladas blandengues.

Allá le llevó al cabo, contra su voluntad, Benemérito. Y allá se comía Petrus la oveja y al perro que la cuidaba. Además se especializó en despeñar vacas por atroces desfiladeros.

Poco después, gracias a estas hazañas, ganó Petrus la carlanca de oro convocada por el “Ministerio para la transición animal y el ecologismo ardiente”. Benemérito sufre pero Petrus es feliz. Y de eso se trata.    

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La generación del botellón

Como hubo la Edad de piedra, la Edad antigua o la Edad media, nosotros hemos entrado sin casi percibirlo en la Edad del Botellón. O, mejor en la Generación del botellón.

En el pasado que los viejos recordamos existía el botellín. Era época timorata, disciplinada por los curas, tiempo de cobardes, de mojigatos, de ahí la mesura a la hora de acercarnos al mundo de la botella.

– Un botellín de cerveza – pedíamos en el bar como haciéndonos perdonar.

Porque entre los botellines, el que contenía cerveza era el de mayor prestigio.

Es verdad que existía el botellazo pero se refería al arma que utilizaban quienes carecían de armas para perpetrar un atraco.

Botellón, lo que se dice botellón, no era sino el aumentativo de la botella, el equivalente de la damajuana donde se conservaban bebidas y alimentos. En las familias más audaces también podían contener los restos descuartizados de algún pariente cercano pero molesto.

Lo de ahora es distinto. Cuando hablamos de botellón estamos aludiendo a un objeto idealizado, a una efigie que ha adquirido cualidades simbólicas porque ni siquiera hace falta que tenga figura de botella grande.

– Vamos de botellón -dice el joven que ha acabado la ESO o el Bachillerato.

Quiere decir que va a correrse una juerga porque ha salido del Instituto, gracias a los nuevos métodos del progresismo gobernante, sin haber aprobado más que las asignaturas donde dieron aprobado general, una hazaña de esfuerzo y tenacidad. Por lo que el chico / a merece ese premio de fiesta y regocijo. 

Ahora bien, el botellón no alude solo a una disposición de ánimo, esa que lleva a la algazara. El botellón designa además el lugar de su celebración, en puridad, un tabernáculo, un lugar donde se practica un culto poblado de ceremonias y ritos que incluye dejarlo todo hecho un asquito de condones y vomiteras. Ya vendrá el colombiano detrás a limpiar. 

Destaca también en la liturgia botellonil el manejo de palabras gruesas que son malsonantes en un ambiente cohibido pero que en el botellón adquieren toda su grandeza. Por ejemplo:

–  Hostia, la hostia, puta, la puta …

Dichas en un contexto de personas remilgadas son palabrotas. Dichas en un botellón pueden adquirir, según el tono, mil matices, mil significantes y mil significados. Una riqueza inesperada. Por eso no es verdad que los jóvenes de ahora carezcan de un vocabulario rico. Esta es una afirmación propia de pedantes a la violeta, de viejos. Lo que pasa es que los jóvenes, con un par de palabras – las mencionadas- , entonadas de forma diversa, manejan prácticamente íntegro el diccionario de la Academia o el de Casares (que fue por cierto un sabelotodo estirado).

En el botellón, los jóvenes dan pellizcos a las palabras rutinarias sacándoles su brillo, sus estallidos más rítmicos, más íntimos y más expresivos.

Y además se consigue en él la auténtica inmunidad de rebaño.

¿Alguien se imagina que, en lugar del botellón, los jóvenes hicieran el “librón”, es decir, que se metieran en una biblioteca a leer libros?

Si esto ocurriera, no estaríamos en la Generación del botellón sino en la Generación del 98. Es decir, la de unos pelmazos que escribían y escribían, todos ellos soliviantados por España.

– ¿Cómo dice? ¿España?

– Querrá decir el Estado multinivel, plurinacional, polivalente, asimétrico, plural, laico, feminista y de cogobernanza federal.

– Ah, claro.

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Magritte aclara todo

Ha tenido que organizar la baronesa Thyssen una exposición sobre Magritte en su Museo para que al fin los españoles nos podamos aclarar sobre lo que nos pasa.

Convengamos en que nuestra situación era angustiosa, que se sucedían las noticias cada vez más ininteligibles, tan extrañas que la confusión entre la ciudadanía cobraba dimensiones espectaculares.

Oíamos las tertulias en la radio, leíamos los periódicos, nos documentábamos con las nuevas técnicas, hacíamos esfuerzos y poníamos la mejor voluntad pero todo ha sido en vano, cada día que pasaba el galimatías se acrecentaba.

Adviértase la siguiente cadena de despropósitos: el Gobierno nos decía: “jamás pactaremos con X” y al día siguiente ese mismo Gobierno pactaba en efecto con la tal X. O “jamás daremos un indulto a Y” y, no bien habían pasado unas horas, el ministro del ramo había otorgado ese indulto. También muy celebrada ha sido la proclama: “bajaremos el precio de la luz” para, a renglón seguido, subirlo aparatosamente con grave erosión de la economía de familias y empresas.

Y por ahí seguido.

Magritte, desde la eternidad artística en la que descansa, nos ha venido a aclarar este gigantesco embrollo.

Mis lectores / as / os habrán visto alguna vez su famoso cuadro en el que se ve una pipa. Pues bien, el artista puso debajo: “esto no es una pipa”.

Parecía una broma, a algunos una tomadura de pelo. No y no. Magritte lo explicó de manera convincente: en efecto- razonaba- lo pintado no era un pipa sino la representación de una pipa. La prueba del nueve consistía en preguntar:

– ¿Puede usted echar tabaco, encenderlo y fumar apaciblemente con lo que está viendo?

Y no podía porque lo que el espectador veía no es sino óleo sobre un lienzo compuesto de tal forma que simula un objeto. Es pues una simple simulación. Un engaño, un trampantojo.

Si Magritte hubiera puesto debajo de su creación “esto es una pipa” hubiera mentido porque el espectador hubiera albergado la esperanza de encenderla, arrellanarse en un sillón junto a la chimenea y leerse de un tirón los miles de versos de “Os Lusiadas”.

Pero Magritte fue un señor decente y a nadie quiso embaucar.

Como era surrealista, su pipa no podía fumarse y por ello no era una pipa sino una representación artística que, por serlo, está alejada de la realidad.

Si esto lo hubiéramos sabido antes los españoles, ahora no viviríamos en la confusión. Debajo de la foto del Gobierno en la escalinata de la Moncloa debería haberse escrito:  

– Esto no es un Gobierno.

Si así se hubiera procedido, sin hacer trampas, entonces nadie se hubiera llamado a engaño y todo hubiera quedado claro como el agua clara de los manantiales más puros.

Porque, en efecto, eso no es un Gobierno sino una representación fotográfica que nada tiene que ver con la realidad seria y gubernamental.

Es simplemente una escalinata en cuyos peldaños se acomodan unos maniquíes / maniquías y maniquíos vacuos y vacuas que repiten consignas inanes. 

A su vez, esa escalinata tampoco es una escalinata sino …bla, bla, bla …

¡Honor a Magritte!

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Toros y alcaldesa (y II)

Quedó claro en la anterior Sosería que la alcaldesa de Gijón no ha prohibido los toros en su territorio por observancia de la ideología del partido político al que pertenece y ello sencillamente porque las ideas de tal partido se inscriben en el espacio tambaleante de lo esponjoso, lo dúctil, pultáceo o maleable: hoy defiendo aquí lo que mañana combato allí. 

Convengamos por ello en que el apoyo de la fulminante decisión antitaurina se encuentra en el hecho de que la alcaldesa, a la vista de los textos eclesiásticos que cité la semana pasada, está convencida de que los toros son pecado. Como el liberalismo a finales del siglo XIX, según proclamó el Papa Pío IX y explicó con pluma inolvidable el Padre Felix Sardá y Salvany (1884).

La alerta está pues lanzada al espectador gijonés de una corrida de toros. Y así nadie se puede llamar a engaño. Los teólogos nos lo explican bien y a sus doctrinas preciso es acogerse, yo desde luego – como la alcaldesa- así lo hago porque soy discípulo del Padre Jeremías de las Sagradas Espinas y lector apasionado y tenaz de su demoledor estudio “¿Grave inmoralidad del baile agarrado? (Bilbao, 1949). Pues como el baile, los toros.

No se puede sostener que una corrida sea ilícita o lícita según que al espectador le parezca que peca o no y ello porque los toros son “per se” objetivamente pecaminosos. Un pecado además de tracto continuo, moroso, por cuanto el aficionado se demora en el trance: desde la adquisición de las entradas en la taquilla hasta la contemplación del espectáculo en la plaza y no digamos si después comenta con los amigos las incidencias de la lidia. Si es así, ahí entraríamos en algo cercano a la lujuria que, como se sabe, supone la complacencia en el desorden, en la delectación torpe.

Hay personas para quienes el espectáculo taurino es una ocasión de simple regocijo y así dicen:  “yo no tengo conciencia de pecar, voy solo a divertirme”. Se comprenderá que tal forma de razonar, aunque se produzca de forma ingenua, no cuela. Porque honradamente nadie puede excluir que, junto a ese pasatiempo, no se escondan otras intenciones pecaminosas que, para colmo, implican un escándalo público entendido como una perpetración externa menos recta (escándalo activo, diabólico o “simpliciter”) y que es ocasión de ruina espiritual para muchos conciudadanos (escándalo pasivo).

Todo esto se halla muy trabajado para que alguien intente dar gato por liebre. Y quienes han estudiado el pecado en su verdadera dimensión teológica, como es el caso de la señora alcaldesa de Gijón, saben perfectamente que los toros son pecado y ocasión para el desconcierto social.

La pregunta punzante que procede despejar ahora es ¿cuántos pecados se cometen al asistir a una corrida de toros? Pues a los señalados hay que añadir el pecado de cooperación que supone un concurso positivo al acto pecaminoso del agente principal. Aquí entran quienes intervienen como ganaderos, mayorales, veedores, por supuesto, toreros y rejoneadores, banderilleros y picadores. Hasta los caballos y los toros podrían incurrir en graves sanciones canónicas si consideramos lo espabilados que son y que por lo mismo no pueden ser ajenos al tráfico infame en el que participan. 

Los daños morales que el toro causa se expanden en el tiempo pues muchos de los espectadores, a lo largo de la semana o de los meses subsecuentes, evocan con delectación aquella verónica templada con que el torero recibió al primero de la tarde o aquellas chicuelinas ceñidas y no digamos aquella serie con la izquierda de mano baja o aquella trincherilla, ay, de ensueño …

Quién no quiera ver el pecado en todos estos placeres mundanos es que acepta complacido la corrupción de las costumbres.

Y es lo que la muy progresista alcaldesa de Gijón jamás tolerará en el territorio de su mando.

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Toros y alcaldesa (I)

Se cree que nuestros alcaldes y otros gobernantes son personas iletradas que solo le dan al tuit y que leen pocos libros.  

Siempre he defendido lo contrario y una prueba expresiva de ello es lo que ha ocurrido con la alcaldesa de Gijón a la hora de prohibir los toros en su jurisdicción. ¿Es esta señora una iletrada? ¿No conoce la gran admiración que poetas, pintores y otros artistas han sentido por la fiesta de los toros aunque fueran de derechas como Ortega, Pérez de Ayala, Lorca, Picasso o Alberti?

En absoluto, lo que ocurre es que esta ilustre municipal prefiere seguir la tradición eclesiástica al ser ella persona creyente y de honda religiosidad. Por eso sabe que Pío V, en el siglo XVI y en su bula “De salutis gregis dominici”, condenó con la excomunión al laico o eclesiástico que se le ocurriera asistir a un regocijo taurino. Por nada del mundo quiere quien ostenta la vara de mando que un gijonés incurra en una sanción canónica tan aflictiva.

Y no solo fue aquel Pontífice, también santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia en aquel mismo siglo, se dirigió a los fieles: “os denuncio en nombre de Nuestro Señor que todos cuantos obráis y consentís y no prohibís las corridas de toros, no solo pecáis mortalmente sino que sois homicidas y deudores delante de Dios en el día del Juicio de tanta sangre violentamente vertida”.

Estoy seguro de que no hay día en que la autoridad municipal de la hermosa tierra asturiana no visite las páginas de la obra “De spectaculis” del Padre Juan de Mariana donde hay varios capítulos dedicados a fustigar la fiesta de los toros. “¿Quéreis sangre? preguntaba desafiante el jesuita, para contestar “¡Tenéis la de Jesucristo!”. El problema es que Mariana fue contrario también a cualquier tipo de juegos escénicos o teatrales por lo que más les vale espabilar a los empresarios del sector en el territorio donde ejerce su  autoridad la señora alcaldesa de Gijón.

Esta actitud fieramente (ya que hablamos de toros) antitaurina se mantiene en otros clérigos de los siglos posteriores como el Padre jesuita Martín de Lanaja quien se descolgó nada menos que con un “Tractatus contra noxia et feralia spectacula agitationes taurorum” donde no deja títere con cabeza. A él deben añadirse los jesuitas casuistas que distinguieron con sutileza sobre si se incurría en pecado mortal o venial, si se podía dar la comunión a quien hubiera sido visto en un lugar donde se corrieran toros y otras delicadas cuestiones del más elevado interés teológico.

Hasta llegar al Padre Sarmiento quien repara en el aspecto económico de los festejos, dimensión que ha sido tratada también estos días. El citado Padre argumenta que “no hay corrida que no tenga sus vísperas y su tornaboda. Quiero decir que cada una vale por tres días de ociosidad perdida o festiva”. A lo que agrega el erudito fraile la sustancia moral. “añádase el libertinaje e indecencia de asistir a ella hombres y mujeres entreverados y aun unidos”.

Hay quien pensaba que esta era literatura olvidada. Pues no es así porque al menos se mantiene viva en los hábitos culturales de la alcaldesa de Gijón que se fía de Papas y Padres prestigiosos porque sabe que tienen hilo directo con Dios.

Como ella lo tiene además con el Dios del Progresismo Inclusivo y Transversal.

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¿España multinivel?

España ha sido un país ceniciento y montaraz poblado por Reyes católicos, Caudillos y bandoleros y cuando se quiere citar a una personalidad descollante nos acordamos de don Manuel Azaña a quien en su época llamaban “el verrugas”.

Este es nuestro pasado que estamos corrigiendo en estos años venturosos. Hemos tenido a España como Nación de Naciones y ministro hay que se duerme contando las naciones como otros se duermen contando corderitos. Nos han brotado naciones en la Península como brotaban hombres de pelo en pecho en el bancal de la película “Amanece que no es poco”. Se riega un poco con el dinero público y ya tenemos una nación hecha y derecha, con todos los sacramentos y mucho mejor administrados que las vacunas.

Espero que no nos olvidemos de este logro semántico de la Nación de Naciones porque todavía nos ha de prestar mucha apostura en nuestro caminar por la Historia.

Lo digo porque hemos puesto en circulación otro que aspira a suplantarlo. Con la España multinivel, hallazgo tan relevante como la rueda o el tornillo, conseguiremos – nos dicen- un buen nivel en el conjunto de un mundo multinivel. Sobre todo si contamos, como es el caso, con un valioso y experto nivelador que practique la adecuada nivelación.

Lo contrario sería correr el riesgo del desnivel, es decir del desequilibrio, de la pérdida de la firmeza. Un plano inclinado por el que se deshacen las naciones.

Me gusta la expresión por ser imaginativa y sobre todo valiente por cuanto supera el federalismo, una antigualla apta para nostálgicos y eruditos gargajeantes.  

Ahora bien, estas Soserías están para abrir caminos inexplorados. Por eso me atrevo a proponer otra que juzgo más vistosa, a saber, la “España multicolor” que refleja mejor nuestra diversidad como han captado nuestros poetas y pintores: la España verde de los prados y las montañas, la España azul de las playas y los mares, la España amarilla de las tierras de pan llevar y por ahí seguido …

Por fin abandonaríamos el pasado gris para abrazar la España de los tonos, de los matices, del juego cambiante de las tintas, en una palabra, la policromía llevada a las entrañas constitucionales. ¿Se puede estar mejor inspirado? Aportar reflejos, irisaciones, esmaltes, realzar lo violáceo, lo índigo, lo pálido, lo desmayado … en toda suerte de combinaciones para conformar el verdadero retablo de la España actual que corregiría la historia lastimosa de toros y moscas.

La España multicolor sería la España multiforme que prevalecería sobre la España que vistió uniforme (en el cuartel, en el colegio de curas etc).

De manera que esa España multicolor por Technicolor que propongo será una España risueña en la que cabremos todos acabando con las banderías desgarradoras. 

Despidamos pues a la España roja y a la España azul e instalémonos en un mundo multicromo, complacido en los matices, mecido por el dulce aura del tornasol.

Con una ventaja: los señores gobernantes nos permitirán hablar de nuevo, sin circunloquios, de España. Aunque solo haya quedado reducida a un ramillete de globos de colores.

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Condenas como ministros

El ministro de Universidades es persona amable y atenta con quienes escribimos en los periódicos. Hay quien propone que se le envíe un video para aprender sindéresis pero esto arruinaría su prestigio y nos privaría a los plumillas de buenas columnas. 

Hace unos días ha dicho que “suspender a un alumno es condenarle”. ¿Cómo no nos habíamos percatado antes? Porque tiene razón sobre todo si se tiene en cuenta que es una condena pronunciada sin las garantías de la ley de Enjuiciamiento. El juez se rodea de trámites, testigos, autos, recursos, vistas y cientos de folios de papel timbrado para pronunciar una sentencia contra un caco mientras que el profesor de la Facultad de Historia lo hace – sin mayores cautelas procedimentales- simplemente porque un chaval ha confundido a Cánovas del Castillo con uno de su cuenta de twitter. Y solo por eso cae sobre él la condena que tan certeramente condena el señor ministro.

De manera que vamos a apresurarnos a suprimir los suspensos en la Universidad porque, si no es así, corremos el riesgo de ver en los campus “cuerdas de condenados” como se veía en el pasado a los desdichados que trasladaban a presidios lóbregos situados en lejanas colonias. 

Para felicidad nuestra no está solo el responsable de las Universidades. Le acompaña en esta campaña contra los castigos infamantes  su colega de Educación secundaria y primaria quien también ha anunciado que se pasará de curso con las ocho asignaturas suspendidas de un curso de seis. ¡Qué cabezas estas de pedagogos! Lo que hemos sufrido en el pasado con la selectividad, el COU, el PREU (que es de mi época casi medieval) y ahora, con un acuerdo entre las fuerzas empoderadas del Congreso de los Diputados, las nuevas generaciones se ven libres de estas violencias que marcaban su personalidad, siempre de forma lacerante.

Aquella terrible escena del pasado en la que los padres se enfrentaban a la directora del Instituto:

– Señores de Ojeda, lo siento pero su hija Adalberta es un zoquete y ha de repetir curso,

Historia pasada, historieta para abuelos pelmazos. Otra antigualla desaparecida gracias a los gobernantes que han encendido entre nosotros la llama votiva del Progreso.

¿Alguien creía que con estas medidas acababa la expulsión de nuestro mundo de todos los prejuicios y aberraciones urdidas por los curas y las derechas montaraces?

Ni hablar. Acabamos de inventar la supresión de las oposiciones para ocupar puestos pagados con dinero público. 

– Pero si son una forma de asegurar la igualdad de oportunidades – se ha oído decir a un malvado que se dedica a crispar.

Este sí que es un paso definitivo: ¡las ojeras que les salían a los opositores! ¡los sobresaltos que padecían! Ahora solo se verán caras risueñas y sin mascarillas.

Mi amigo Absalón, que tiene un oficio tradicional porque es batihoja en la aljama de Hervás, me ha dicho en una carta irreverente:

– A ver si podemos meter a todos estos ministros en un quirófano para ser operados por un cirujano que no haya tenido que pasar la condena de examinarse de Patología quirúrgica.  Será la forma definitiva de librarnos de semejantes majaderos.

Se ve que este hombre, el batihoja, no ve más allá de sus narices ni puede perder el pelo de su odiosa y carca dehesa.  

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Interinos eternos

En pleno debate sobre los interinos en las Administraciones procede señalar que su proliferación y presencia masiva en las tareas públicas es el fruto del matrimonio contraído entre una señora, la deplorable gestión de la función pública, y un señor, el clientelismo. Un matrimonio de los antiguos, sólido y a prueba de cualquier mudanza.

No extraña por ello que los jueces – europeos, nacionales … – se hayan visto obligados a poner coto a la incuria de los poderes políticos para introducir el ingrediente de la justicia allí donde no hay más que sinrazón. Porque es oportuno ponerse en la posición de un magistrado ante el que se presenta un veterinario, un profesor o un bombero que lleva veinte años prestando servicios a una Comunidad autónoma o a un Ayuntamiento sin que nada ni nadie haya sido capaz de enderezar su situación. Y lo mismo vale decir para el empleado de Hacienda, de Obras Públicas o de Justicia al servicio del Estado. Es lógico que quien conoce de tal atropello trate de arreglarlo como pueda con sus armas en un juzgado.

¿Cómo es posible el embrollo que todos los veranos se organiza con la asignación de puestos en la enseñanza? Y que afecta no solo a los interinos sino a quienes ya han logrado superar una oposición, peregrinos de centro en centro por las provincias durante años. Antiguamente, en épocas de menor exaltación empoderada, a quien aprobaba una oposición a profesor de Instituto se le asignaba una plaza que ocupaba hasta que por concurso se podía trasladar a otra que fuera más de su conveniencia y a la que tuviera derecho. Tal previsibilidad ha desaparecido y los pobres profesores, superadas las pruebas, se ven sometidos durante años a la trashumancia. Pero la trashumancia es propia del ganado y de los sufridos pastores, no de los funcionarios públicos.

Si esto ocurre con quienes han superado unas pruebas, imagine el lector lo que ocurre con quienes ostentan la condición de interinos, piezas movibles de un tablero regido por reglas arcanas y en donde -precisamente por ello- los enigmas sobrepasan con holgura a las certezas.

La desesperación del observador se afianza si contemplamos la carencia de personal en la asistencia sanitaria, especialmente lacerante en las zonas rurales, agravada por las consecuencias del virus. O en los servicios sociales o de empleo que tanto perjuicio causan a personas en situaciones desesperadas. Por no hablar de la Agencia Tributaria que exige un tipo de funcionario muy cualificado para que la seriedad se alíe con la solidaridad en beneficio de todos.

……………….

Al mismo tiempo, es bien cierto que, no todos, pero sí la inmensa mayoría de los interinos han adquirido tal situación gracias a la mediación de un pariente o al favor de un político. Lo lógico es que se les aclare desde el primer momento, sin la menor duda, que su condición es precaria y esconde un privilegio del que no han gozado miles de españoles carentes de ese cuñado bienhechor o de ese concejal, consejero o ministro que extrema su ternura con los allegados políticos. Un detalle que trastorna el orden constitucional entre cuyos valores se encuentra el mérito y la capacidad adecuadamente demostrados, como llaves que abren la puerta de acceso a los empleos que se financian con dinero público. Gracián ya dejó escrito que “no se habría de proveer dignidad ni prebenda sino por oposición, todo por méritos, solo a quien venga con más letras que favores”. Y esto dicho en el siglo XVII, cuando aún no se vivía bajo las actuales finuras constitucionales.

Por tanto, si tal interino estuviera en su puesto de trabajo solo el plazo que se necesita para que sea ocupado por un funcionario de carrera, entonces no se habría creado el atolladero que estamos viviendo conocido como “el “problema de los interinos”.

Pero tal no ocurre, lo que se debe a la deficiente gestión de la función pública ya explicada. De esa coyunda entre el trato de favor (insistimos: no siempre, pero sí con absoluta frecuencia) y la incuria nace el interino. El “interino eterno” lo que es un oxímoron porque el interino, según el DRAE, es quien “ejerce un cargo o empleo por ausencia o falta de otro”. Es como si habláramos de la “embarazada eterna” .

Y al “interino eterno” el juez no tiene más remedio que ayudarle solucionando los casos concretos y escandalosos de los que conoce en el ejercicio de su función.

Otra cosa es que el legislador se empeñe en resolverlo y lo haga además utilizando, en lugar de una pluma sutil, la tosca herramienta de la chapuza.

Porque chapuza, y de las clamorosas, es que a quien lleve diez años de servicio se le exima de cualquier prueba, la mínima que se pueda imaginar: un simple dictado, verbigratia, para comprobar si el candidato maneja de manera ortodoxa consonantes comprometidas como son la “b” y la “v”.

¿Por qué diez años? ¿de dónde sale esa cifra?

Estamos ante un acuerdo al que se ha llegado sin consulta previa ni con las Comunidades Autónomas ni con las entidades locales, altamente afectadas. No es mal desaire para un Gobierno de coalición que enarbola el diálogo y la “cogobernanza” como emblemas de su condición progresista, transversal e inclusiva.

Chapuza pues, remiendo impresentable. Que a nadie puede extrañar si, como sabemos por los medios de comunicación, el bodrio ha sido cocinado in extremis por dos o tres diputados. Personas estas a quienes debemos respeto por ser nuestros representantes elegidos en listas electorales bloqueadas y cerradas. Pero ningún respeto más pues se trata de seres que poco o nada saben de los asuntos serios y el de la función pública lo es como soporte del Estado.

A quienes están tan justitos de conocimientos, caso de esos diputados, no se les deben encargar, sin tomar las cautelas adecuadas, asuntos complejos. Muchos españoles nos quedaríamos más tranquilos si supiéramos que en este tema se había contado con la opinión de catedráticos como Alejandro Nieto o Miguel Sánchez Morón.

O con el Informe exhaustivo del Defensor del Pueblo (2003) que criticaba el abuso de la interinidad porque crea “un entramado de intereses contrapuestos”: frustra las expectativas de otros funcionarios al impedirles su promoción y obstaculiza a los opositores que aspiran a presentarse a pruebas públicas, limpias y juzgadas por personal competente (no por aficionados de los sindicatos). El aumento de la interinidad agudiza la desigualdad y extrema el peligro de la arbitrariedad pues es sabido que la contratación de personal temporal no conoce las garantías de la selección de funcionarios de carrera. A ello se añade que los procesos de posterior consolidación – como este que ahora estamos tratando- implican en la práctica incorporar mediante pruebas simples a quienes en su día accedieron sin una demostración exigente de sus méritos.

A la vista de lo expuesto, la complejidad del problema salta a la vista. Nada más frívolo que encargar su tratamiento a quienes carecen de los saberes necesarios y viven las urgencias de alcanzar acuerdos políticos que calmen los aprietos de sus respectivos jefes.

Antes de acabar consignemos con dolor la última botaratada que figura en la ponencia política que va a debatir el PSOE y que consiste en otorgar becas a los opositores a Judicaturas para garantizar el acceso “democrático” a la Carrera Judicial. Hace falta tener cuajo para anunciar este proyecto. Quienes firmamos este artículo llevamos decenios explicando en Facultades de Derecho y podemos asegurar que las plazas de jueces y fiscales se obtienen por jóvenes de orígenes sociales variados, entre ellos son legión los de humilde procedencia.

A ver si de una vez se aclara el mundo progresista: el único ascensor que asegura la justicia social es el de las oposiciones libres.

Publicado en El Mundo el día 29 de julio de 2021.

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Yo soy el otro

En este festival inaugurado hace poco de los géneros y las identidades, las personas de mi entorno están encantadas porque se hallaban un poco forzadas en su condición.

– Yo he lamentado, me decía mi amiga Adrenilda, la angostura de las alternativas, el estrecho catálogo del que he dispuesto siempre en el que escoger. Figúrate el calvario que significa pasar la vida haciendo de mujer, teniendo las reglas, pariendo cinco hijos que son hoy cinco castillos y siempre soñando con algo que  enriqueciera mi vida, empequeñecida por un sexo que en mí nunca ha acabado de despegar. Encima, ejerciendo de oftalmóloga que es profesión que te permite ver que existen nuevos horizontes, lo que es añadir tortura sobre tortura.

– Y ahora …

– Gracias a una ley que ha aprobado el Gobierno de Progreso me he hecho varón cabal, varón con ganas de que se reediten las Cruzadas para irme a servir a Godofredo de Bouillon, sangro vigor guerrero por la piel, soy – ya lo ves- moreno como un marinero de los mares del Sur y además me está brotando una barba fluvial aunque lo más importante es que he abandonado la oftalmología y, ejerciendo mi derecho de autodeterminación, me he convertido en capitán de corbeta. Tengo ya la corbeta en casa y no sabes qué primor es, al carajo he mandado el tratamiento del ojo seco de lo que estaba hasta la córnea. 

El lector / lectora / lectore podrá pensar, en su apocamiento tradicional, que este de mi amiga Adrenilda es un caso aislado.

En absoluto, estoy experimentando la difusión de estos comportamientos. Mi taxista, Prisco, que siempre ha tenido cara de beneficiado catedralicio, ahora está exultante:

– Habrás advertido – siempre nos hemos tuteado- que se ha suprimido el requisito de disponer del “diagnóstico de disforia de género”. Y menos mal porque todo ha ido más transversal e inclusivo. Ahora soy agente creativo, youtuber y estoy a punto de ser además influencer. Te tendrás que buscar otro taxista.

Es decir que a mi alrededor no hay más que alegrías. Y alivio, mucho alivio por haber superado cárceles angostas diseñadas por las derechas.

Pero, ay, siempre hay alguien que sufre. Es el caso de mi vecina Crescencia.

Crescencia sufre, Crescencia llora, Crescencia hipa, Crescencia se agita entre sollozos, Crescencia no admite consuelos.

– Soy desgraciada, no sé cuál es mi género, justo cuando es mayor el inventario en el que escoger. He pedido información al Ministerio de Igualdad y me he inscrito en el Registro de Aturdidos. Veremos.

Peor aún es el caso de Guido, un hombre (?) apático, inconexo, interrnitente. Lució en su tiempo barba en forma de escarola pero ahora es lampiño como un angelote de Murillo. Su problema es otro:

– Todo el mundo me apremia pero es que yo no quiero averiguar cuál es mi género, soy abúlico, desganado y por eso me niego, me he negado siempre, incluso en la época oscura en la que no se habían aprobado leyes progresistas, y ahora me cuesta mucho trabajo decidirme.

Si Guido hubiera leído a Robert Musil sabría que es el “hombre sin atributos”.

Como no lo ha leído, se ha contentado con mandar una instancia al Ministerio para que se cree el Registro de apáticos. Y como anda mal del hígado ha pedido que se complete con el de hepáticos.

¿Y qué decir de mí mismo? He sido más resuelto: yo soy el Otro. O la Otra. ¡Cualquiera sabe!

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Rehabilitación del preso

Eran dos señores, el uno espiritado, el otro inflado; el espiritado castigaba al prójimo como poeta; el inflado como tertuliano; ambos han aprobado varios másteres sobre pamplinas en colores. Gustaban de hablar claro y franco, por eso decían lo que sigue:

El espiritado:

– Los especialistas aseguran que la prisión sirve para reeducar al penado y hacer de él un hombre hecho y derecho, o sea, de provecho. Pues yo te aseguro que eso no es así y que lo ocurre en puridad es …

El inflado:

– … que salen más golfos que entraron y por tanto que la cárcel es escuela superior de delincuentes.

Yo llevaba tiempo siguiendo esta conversación y, cuando oí esto último, ya no pude aguantar y salté.

– Perdonen que me meta en donde no me llaman pero …

– Encantados de oírle, dijeron, quitándose la palabra.

– El Gobierno acaba de indultar a unos presos que son partidarios del diálogo y del entendimiento, que los sindicatos les consideran personas honorables, que acatan las leyes y la Constitución, que alivian la tensión social allá donde van como el fisioterapeuta alivia la tensión cervical, que hacen autocrítica, que son personas destacadas y líderes en la vida social …

– Lo hemos oído en la radio.

– Pues fíjense que, si todos estos penados hubieran estado adornados por estas virtudes cívicas, no se entiende por qué coño, coña, coñe, los enviaron a prisión.

Pausa.

– La realidad – seguí explicando- es que, antes de la celda, cuando estaban en libertad, fueron delincuentes, lo que ocurre es que se han regenerado,. De donde se sigue que la cárcel obra milagros y crea entusiastas del orden constitucional.

El espiritado y el inflado torcieron el gesto. Yo continué:

– Han de saber además que esa excelencia ciudadana tan apreciable la han adquirido en tan solo tres años, facilitado el éxito – todo hay que decirlo- por el hecho de que salían y entraban de la cárcel como Pedro por la Moncloa, quiero decir, como Pedro por su casa.

Asintieron el espiritado y el inflado, cierto que con cara de panolis asombrados.

– De donde se sigue – continué yo- que la cárcel reeduca y rehabilita, tonifica, proporciona vitaminas y minerales, alivia irritaciones y refuerza el sistema inmune.  Y lo más importante: hace de un delincuente que se pone la Constitución por montera un ciudadano pacífico, que cada día enciende una vela a esa Constitución como su abuela se la encendía a san Onofre.

El espiritado y el inflado se dieron por derrotados:

– ¿Usted cree …?

– Yo creo que con el tratamiento carcelario han adquirido – lo ha dicho el Gobierno- “utilidad pública” siendo claro que el interés de la Nación les necesita para recuperar el ambiente de concordia.

Cuando ya los creía vencidos, el espiritado y el inflado se irguieron y me soltaron:

– Entonces, si tan valiosos son para el diálogo, el entendimiento, el reencuentro y la concordia ¿por qué los ha inhabilitado el Gobierno para actuar en la vida pública?

– Aguda observación ciertamente, por ello les propongo lanzar entre los tres un manifiesto pidiendo, no solo que les supriman el inicuo castigo de la inhabilitación, sino más aún: que les obliguen a ser diputados y ministros.

Y redactaron el manifiesto que ya puede usted firmar lector / lectora/ lectore.

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