Cementerios

Ya existen varios cementerios virtuales que pueden visitarse en la Red («paz eterna», «el árbol de la vida», «in memory of…» cada uno de ellos con sus respectivas direcciones llenas de uves dobles, puntos y rayas) en los que descansan nuestros allegados de forma virtual, es decir, según una conformación tácita o ficticia, de mentirijillas. Si estos cementerios prosperaran, nos ahorraríamos acudir a los cementerios verdaderos que son suburbiales y macilentos, habitados por los «heraldos negros» de César Vallejo, y nos limitaríamos a poner, con ayuda del ordenador, unas flores en una página web, unas flores virtuales, sin olor, sin sabor, sin poesía, sin luz, sin soles, sin lunas, pura degradación, ahora ya irreversible, de las flores de plástico o de papel.

Quizás los cementerios españoles se merezcan este trato aflictivo y destructor porque son espacios sin estética alguna, fríos en su insolencia marmórea, desnudos cual cristos crucificados, pero yo recuerdo los cementerios de algunas viejas ciudades europeas como apacibles jardines de un verdor espeso y húmedo, en los que acogedores árboles montan, en el uniforme de sus negros troncos, la guardia de los muertos, como si fueran amigos solícitos y, en el crepúsculo, mandan a sus melancólicas hojas gotear una lágrima de respeto. En esos lugares hay una inmensa paz solo turbada acaso por el murmullo de unas palabras que se pronuncian en cuchicheo por miedo a que lleguen a los oidos de los difuntos. ¿Llegará también a ellos la moda ficticia de la virtualidad?

Nosotros venimos de una cultura funeraria sólida y maciza, de los cuadros de Valdés Leal y del fusilamiento del contrario, también de lo que aprendimos en la literatura del XIX, en el romanticismo que es una «invitación al viaje» como tantas veces se ha escrito, al viaje hacia la muerte, hacia el suicidio que nos libera de la angostura cotidiana y nos hace entrar en el infinito, otro anhelo del romántico que rompe así los límites en que gustaba encerrarse el mundo clásico, un viaje que tenía como destino el Destino, escrito con mayúscula como si fuera el nombre propio de un pariente cercano, y a través de Él en el sentido último de la Muerte, gran jugarreta.

Lo bien que debió de pasarlo Nicasio Álvarez de Cienfuegos escribiendo aquellas expresiones feroces como «sepulcro voraz», «entrañas cóncavas», «sangrientas lágrimas»… Y no digamos Rico y Amat con lo de «me agrada un cementerio / de muertos bien relleno/ manando sangre y cieno/ que impida el respirar…». A este hombre, un cementerio virtual de los que ahora se proponen le parecería una cursilada insuperable, censurable amaneramiento de cadáveres sin la dignidad exigible a los fiambres.

Nuestra misma gastronomía está hecha de muerte prematura, de infanticidios, así el tierno corderito, el cerdo en pañales. Por algún sitio da cuenta Pío Baroja de una poesía dedicada a uno de los criminales del Huerto del Francés que decía «soy el terrible Muñoz/ el asesino feroz/ que nunca se encuentra inerme/ y soy capaz de comerme/ cadáveres con arroz». A lo que contestó don Pío: «eso no tiene ningún mérito y menos para un valenciano porque cadáveres con arroz es lo que constituye una paella».

O sea que a nosotros nos va la muerte y del humor negro hemos hecho una filigrana y así cuando le dijeron a Valle Inclán que había muerto Blasco Ibañez, contestó don Ramón: «lo hace solo para darse importancia». El sepulturero es además un personaje bien literario «de tétrica mirada/ con mano despiadada» que decía también el citado Rico y Amat y los epitafios son gloria pura y acerca de ellos será necesario escribir algún día despacio.

De manera que preveo un fracaso en España de esta modalidad de adulteración de la muerte no solo porque «al fin y al cabo el hombre se ha hecho labrando su esperanza sorda en urnas y pirámides» como enseñó Dionisio Ridruejo, sino porque la muerte es hermana del Sueño y fue soñando precisamente como Quevedo escribió la obra satírica más despiadada que se conoce en nuestra literatura.

Muerte, sueño, sátira: España.

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El bloqueo

Cada época tiene sus palabras que se salmodian, es decir, se emplean sin mayor gracia ni expresividad perceptibles. Suelen ser tópicos, lugares comunes, que son como los burladeros donde se acude en la vida social para guarecerse y evitar los peligros de la originalidad, la almohada en la que se echan una siestecita los prejuicios.  Allí se atrinchera el memo, una especie que conoce dos modalidades: la del memo audaz, afanoso en su memez, y la del memo inofensivo que simplemente habla de lo que no sabe pero sin mala intención. Ambos son tarugos cabales pero el primero lastima; el segundo se limita a hastiar.

Si se observa la realidad se advertirá además que hay palabras que se unen en matrimonio ante el altar de los tópicos: la cólera implacable, el desdén olímpico, la resignación cristiana, la maldición bíblica …

Hoy el topicazo de moda es el del “bloqueo”. Lo usan los políticos en sus debates y lo corean todos los que han descartado el manejo de razones concertadas en sus discursos, es decir, aquellos que, como diría Cervantes, “tienen el ingenio resfriado”.

Por bloqueo se entiende ahora aquella disposición de ánimo que conduce a impedir que el vecino gobierne. Se asegura que es muy malo pero, mirado con rigor, eso dependerá de si es bueno o malo el gobierno en sí. Y así, si el gobierno va a ser malo, el bloqueo será una bendición; en caso contrario, será una añagaza pérfida.

Antiguamente se decía “opilar” que significa obstruir o cerrar el paso. Pero muchos novelistas españoles empleaban en los años veinte y treinta del siglo pasado la palabra “desopilante” como sinónimo de regocijante, festivo o divertido. Hoy se dice “guay del Paraguay”. O se decía, cualquiera sabe …

Solo por el hecho de su circulación diaria y cansina el hombre honrado debe huir de usar la palabreja del bloqueo como debe huir de los testigos de Jehová o de esos pelmazos que quieren colocarte un programa wifi y te llaman para ello a la hora de comer. 

Que en la actualidad no hay personas críticas, o por lo menos personas que gasten maneras de sublevado, lo demuestra el hecho de que todos los opinantes se manifiestan contra el bloqueo cuando muchos deberían pensar que, para dictar decretos estrafalarios o elaborar presupuestos incomprensibles, lo mejor sería asegurar la obstrucción del gobernante, el cierre de filas marcial ante su acoso e impertinencia.

Y ya que han salido los presupuestos conviene añadir que son la manifestación numérica de la fealdad, dicho de otro modo, una antiestética exageración del desaliño expresivo.

El debate sobre el bloqueo es pues de carácter político en su modalidad tediosa. Si al menos hubiera un bloqueo épico con sus héroes, sus rapsodas, sus princesas cloróticas, y los chicos fueran al bloqueo como antes a la guerra cantando canciones bloqueantes y vibrantes, si esto fuera así podríamos aspirar a que al final nos saliera un Camoens inspirado.

Pero como esto es soñar, yo me conformo con un bloqueo que sea barrera contra los que viven de la pirueta y el enredo en cargos superfluos, contra las ponzoñas graduadas con títulos falsificados, contra quienes nombran jueces para protegerse. Este es mi bloqueo preferido pero ¿no será una quimera, una borrosa fosforescencia?

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¿Democracia de luto?

Hace unos días publicaba en este periódico Ignacio Torreblanca, con su pluma tersa y su brillante aptitud para la polémica, un artículo en el que sostenía la resistencia de la democracia española. Y citaba para demostrar su afirmación las graves crisis que hemos atravesado en los últimos decenios, incluidos los golpes de Estado de la extrema derecha y del separatismo catalán más las graves turbulencias desencadenadas por esa señora implacablemente enigmática que es la economía. Concluía el autor que ello se debía a la confianza de los españoles en las bondades del sistema democrático y su prevención hacia los modelos autoritarios.

Ambas afirmaciones son ciertas: hemos descubierto que la invocación al “cirujano de hierro” es hoy vacua, cuando no cómica, nos basta con los cirujanos – muchos y buenos- con que cuentan nuestros hospitales y que las bravatas de un general pronunciándose en un cuartel están bien como decorado para un sainete pero son inservibles para manejar los enrevesados asuntos que habitan en nuestras pesadillas. Hoy los generales son profesionales que se enfrentan, con las armas de una sobresaliente aptitud técnica, a los más intrincados problemas, por ejemplo, el de la ciberseguridad.

También comparto la idea de que nuestra democracia es resistente. Pero, como lo que deseo es polemizar con el polemista Ignacio Torreblanca, afirmo que siendo, en efecto, resistente, es, ay, una democracia a la que es preciso administrar sin perder tiempo fármacos adecuados pues que se halla inficionada por instituciones anémicas. ¿Qué es, si no, un Consejo del Poder judicial ocupado por personas que no pueden ser sustituidas porque no funcionan los mecanismos de renovación? ¿Y qué es un Tribunal Constitucional que padece la misma anomalía paralizante? ¿y qué un parlamento que está siendo elegido anualmente, impedido por ello para desarrollar sus funciones más elementales? ¿y qué un gobierno en funciones, es decir, en la permanente (dis) función de no hacer nada? ¿y qué sensaciones produce una región cuyos dirigentes desafían a España y han de ser enviados a la cárcel? Todo ello sin contar con la monarquía que, representada por un personaje prudente y preparado, sin embargo la pondrían en almoneda algunas de las actuales fuerzas políticas relevantes en cuanto las circunstancias ofrecieran la ocasión propicia.

Añado: España, su dúctil sociedad es fuerte: productiva, imaginativa, creadora, ahí están como testimonio nuestras empresas pujantes, nuestros artistas, nuestros profesionales, de la medicina, de la física, de las humanidades o nuestras ciudades, nuestros paisajes, a veces rudos, a veces luminosos, siempre hechiceros. Incluso en la España que ahora se llama vacía se advierte, entre los renglones de las penalidades, el latido de la laboriosidad.

Hay pues a mi entender un contraste inequívoco entre la equilibrada sociedad española, sostén de la democracia, como bien señala Torreblanca, y las instituciones de esa democracia, nidos de astucias y de politiquería.

Prueba de ello es la incapacidad de alcanzar acuerdos o pactos vivida y padecida durante los últimos meses que ha puesto de manifiesto la inclinación de nuestros políticos a usar el veto al contrario como un arma destructora que, disparada con terquedad, convierte el horizonte político en un desierto estéril. Porque si en algo consiste el oficio del político es en la destreza y talento para alcanzar pactos con quienes son sus oponentes, numerosos e inevitables en toda confrontación democrática. Dicho de otra forma: el “no es no” es lo contrario de la política, exactamente su antónimo. No hay, en el escenario político, concierto más afinado ni mejor aparejado en sonidos armónicos que el producido por sus voces discrepantes en el momento prodigioso de llegar a un acuerdo o pacto para lograr este o aquel objetivo. Porque los pactos son en la vida política lo que los libros en una biblioteca o los árboles y su murmullo en un bosque: su ingrediente inexcusable.

Ocurre, sin embargo, que a la escasa afición a los mismos que están demostrando nuestros políticos, hay que añadir su práctica desatinada. Recuérdese la experiencia de los intentados por el Gobierno y Podemos en el verano pasado. Acordados en términos generales por sus respectivos responsables máximos, lo cual es correcto, se pasa a la fase de su concreción entregándose esta a la vicepresidenta del Gobierno y al secretario de organización de Podemos acompañados de unos pocos colaboradores. Casi todos ellos personas que tocan de oídas. Esta metodología es la incorrecta.

Por el contrario, es preciso constituir equipos amplios de profesionales que se encarguen de desmenuzar los problemas, incluso dejando redactados bocetos de proyectos de ley o de reglamentos, para aquilatar al máximo los compromisos que cada uno asume ante los electores. ¿Por qué este método tiene ventajas indudables? Porque los técnicos enfrían los problemas y se entienden entre ellos al hablar un mismo lenguaje, fruto de haber estudiado en los mismos libros, lo que rebaja tanta palabrería con pretensiones ideológicas. Esta dimensión es capital. El resultado de sus trabajos es el que han de bendecir después los políticos poniendo su firma al pie de un documento minucioso que sirva para que el ciudadano pueda valorar el grado de su cumplimiento. Naturalmente cuando hablo de profesionales me refiero a personas solventes, con titulaciones no falsificadas que lo acrediten, descartados por consiguiente los amiguetes de los secretarios de organización.

Enfrentados como estamos a una nuevas elecciones, Albert Rivera ha propuesto trabar una serie de pactos con el PSOE y con el PP en materias sensibles y que por lo mismo exigen amplia concordia. Este es el camino idóneo y acertado y espero que, sin sectarismos, encuentre el apoyo de los jefes de los partidos aludidos. Tan solo objeto que esta idea del líder de Ciudadanos no la pusiera en circulación al día siguiente de las elecciones pasadas cuando disponía de cincuenta y siete diputados que sus votantes habíamos enviado al Congreso. No vale como excusa que tal propuesta se hizo cuando era evidente que no había pacto entre el Gobierno y sus “socios naturales”: primero, porque este concepto es una invención vaporosa de nuevo cuño y, segundo, y esto es lo principal, porque era obligación de quien no creía en la bondad para España de ese pacto que se tramaba el desactivarlo con los medios a su alcance sobre todo si contaba con la fuerza parlamentaria suficiente para ello.

Si, tras las elecciones, quienes han de decidir la orientación política de los futuros pactos son capaces de constituir esos equipos de personas competentes para que escriban su letra pequeña, se habrá dado un paso de gigante en la superación de los vetos que están lastrando y debilitando la democracia.

Porque ha de saberse que esta enfermedad de los vetos no es una originalidad de nuestros políticos sino algo extendido en muchos países incluso en aquellos que cuentan con sólidos usos democráticos. Es bien conocido el libro de George Tsebelis Jugadores con veto: cómo funcionan las instituciones políticas (Fondo de Cultura Económica, 2007) y los análisis que, en el mismo tono, han hecho autores alemanes como Ellen Immergut o André Kaiser cuando analizan los Vetopunkte en la democracia: cuantos más existan, mayores serán las dificultades para que funcione un sistema parlamentario.

Tales Vetopunkte están en manos de los jugadores que pueden ser cargos institucionales o figuras relevantes de los partidos, hábiles para llevar al sistema a un bloqueo que impida los acuerdos políticos, las combinaciones o coaliciones necesarias y, en general, ponga en riesgo la capacidad de reforma o adaptación del sistema.

Estamos en un momento delicado: con una democracia resistente, como defiende Torreblanca, pero al mismo tiempo con una democracia que puede quedar encallada, varada. Una democracia a la que se le puede hurtar el sol y el calor que emiten los cambios y los grandes proyectos. Es decir, una democracia vestida de luto.

(Publicado en El Mundo el día 4 de noviembre de 2019).

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El harapo nos libera

En las pasarelas de la moda en París se viste de harapos, en plan «sin techo», en una reivindicación inesperada del «clochard» y de su forma de vida austera y mínima. Esta es la última contribución de los modistos abandonados por la imaginación y por ello obligados a copiar la miseria que ven bajo esos puentes urbanos de ojos silentes y ateridos, y también en las noches castas y legañosas de las estaciones de metro, noches de cartones plegables, pues el infortunio se ha hecho en estos tiempos enrollable y transportable. La naturaleza imita al arte o el arte imita a la naturaleza que tanto monta para estos espabilados dispuestos a llenarse los bolsillos con lo que más a mano les cuadre.

O sea que el delicado satén, el suave terciopelo, la fina muselina ya poco tienen que hacer en un mundo de ricos/ricas que han de ir ocultando sus riquezas como lo haría un avaro temeroso de ser desplumado. El «glamour», lo «chic» cambia y el siglo XXI será un siglo vagabundo o no será. Quien quiera ponerse a la moda habrá de llevar, en punto a vestimenta, una suerte de existencia errante, callejera, habrá de barzonear con convicción y con modales de bigardo desenvuelto.

Lo cierto es que esta deriva de la moda ya se veía venir desde el vaquero y la arruga que arruinaron toda una tradición de plancha depositada en aquellas abnegadas mujeres que en las casas ricas trabajaban para sacar rayas y almidonar cuellos. La planchadora daba palique a esas señoras solitarias cuyos únicos interlocutores eran un marido y un confesor ausentes en sus desdenes. Por esta razón, las planchadoras, como personas de respeto, salen mucho en Galdós y, en general, en las novelas del XIX, cuando la plancha se convirtió en un artilugio complejo, cumpliendo siempre con acreditada pulcritud su cometido como compañía pues en rigor eran una especie de visita mercenaria, esas visitas que proponía Mihura contratadas por unas pesetas para dar una conversación apacible y sin sobresaltos, una conversación a la carta, a los señores contratantes.
Yo creo que el papel de la planchadora se devaluó y empezó a observarse con recelo cuando alguna de ellas, traicionando sus mansas funciones, mató sin piedad a la dueña de la casa atizándole con la plancha en la base del cráneo, zona bien delicada en algunas personas, con el objeto de llevarse esos duros de plata de don Amadeo de Saboya que siempre albergaban los colchones de las casas con posibles. De estas acciones, aisladas pero de innegable crueldad, procede el temor que estas mujeres empezaron a suscitar entre las damas poco proclives a ser asesinadas y ello explica que una obra de teatro experimental, dedicada precisamente a «las planchadoras» de la que es autor Martínez Mediero, cosechara un barroco y canónico fracaso.

Todo ello está en el origen de la popularización del vaquero y de la llegada de ese eslogan, alumbrado por un arconte de la moda, que proclamaba la belleza de la arruga. El harapo que se avecina no es más que llevar estos precedentes a sus consecuencias más extremas y generales.

Ahora bien, estamos a mi juicio en una dirección positiva y plausible porque una vez que todos vayamos de pobres ya no se podrá distinguir al pobre fidedigno del apócrifo, una situación que aliviará mucho nuestras conciencias como antes se aliviaban con el ejercicio caritativo de la limosna. Esta desaparecerá viéndose obligada la Iglesia a rectificar su doctrina sobre las obras de misericordia pues se pueden cometer imperdonables faltas de compostura si ofrecemos veinte duros a un registrador de la propiedad por el simple hecho de verlo por la calle con el aspecto de un afligido hospiciano.

Al fin todos seremos iguales. Ya solo queda que sentemos al pobre auténtico ante un portal de Internet convirtiéndole en pobre.es, es decir, en una referencia virtual y remota, para que hayamos ultimado esa revolución que llevamos tantos años comentando.

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Las ojeras de Draghi

Se retira ahora de la primera fila Mario Draghi, un personaje que se ha ocupado del dinero de los europeos en los últimos años. Seguramente no conoce a nuestro Quevedo quien oportunamente distinguió entre moneda “que quiere decir munición o fortaleza”, pecunia que es “granjería gananciosa” y dinero “tomando su apellido de número deceno que es el más perfecto”. Pues bien  el italiano, de juventud apagada por cuanto la consume entre gráficos, estadísticas y ratios, luce  la medalla de la aflicción y de la pesadumbre: la ojera.

Pero lo hace con gran desenvoltura porque son sus ojeras como una fosa ancha, despejada, misteriosa … Fosa que tiene vocación de un útero donde se gestaran las más diversas especies de congojas: la amargura propiamente dicha, el ansia melancólica, el quebranto de los malos augurios, la carga que arrastra las precauciones …  y así seguido.

Porque las ojeras de Draghi son sus gafas y por ellas ve con nitidez el descalabro de una bolsa, la cotización del euro, la estabilidad del empleo, la seguridad de los precios y el fluir de las divisas. Unas gafas, mucho menos unas lentillas, no le permitirían apreciar tantos ingredientes de la realidad al mismo tiempo y con tanta agudeza.

Por eso lo que, en un empleado de una oficina, una ama de casa o un jubilado, puede ser un signo vulgar de cansancio, del tedium vitae, o, cuando es más refinado y leído, el asomo desganado del esplín baudeleriano, en Draghi es elemento indispensable, arquitectura de su personalidad, como si dijéramos el remate de su eminencia económica y monetaria, de su envergadura como señor de los números y de la estadística. Es decir que si viéramos a Draghi sin las ojeras sería como si le viéramos in puribus, con las vergüenzas descocadas y en desafío. Un escándalo de dimensión europea. 

Por eso este hombre ha rechazado de forma vehemente todas las ofertas que ha recibido para eliminarlas a pesar de que procedían de las más acreditadas firmas mundiales, esas grandes clínicas especialistas en rebajar mantecas, alzaprimar pechos o disimular cinturas atacadas, de la misma manera que antaño, las celestinas, por unas miserables monedas, recomponían virgos y los dejaban listos para las más exigentes inspecciones.

En definitiva, las ojeras de Draghi, lejos de ser expresión de lo marchito y sin brillo, son fruto sazonado, regalo demoníaco y, al mismo tiempo, y ahí lo admirable de las mismas, representación de la fragilidad humana y de la timidez con que se desempeñan las ilusiones en esta vida.

Porque adviértase que Draghi ha dispuesto de aquella facultad de que disponía el dios Midas quien, según la mitología griega, trocaba en oro lo que tocaba. Draghi es en efecto el único que ha podido  crear moneda en Europa, que ha estado facultado para mandar imprimir billetes de cien euros en función de sus saberes o sus presentimientos. Pero como Draghi conoce el final de Midas, que no fue muy venturoso, es por lo que ha ejercido sus fabulosos poderes con celo y sin caer en alocadas demasías.

Desde el rincón humilde de estas Soserías, propongo que, en esta hora de la despedida, se cree la “Ojera de Draghi” como condecoración de la Unión Europea para distinguir a sus personajes ilustres en sus modalidades de medalla de oro o cruz sencilla. En campo de lágrimas.

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Vinos y política

En alguna ocasión estas soserías han destacado cómo, frente al idioma español empobrecido y deteriorado, hay un espacio en el que ocurre lo contrario pues en él se cultiva un lenguaje espléndido, imaginativo, pleno de expresividad: es el de los vinos, calificados como “fresco en boca”, “redondo y apto para maridajes variados”, “jugoso” “carnoso” “sabor de cerezas negras” o de “pimentón rojo” y así seguido.

Es un gozo para quien gusta de la lengua y gusta de los vinos. Es decir para las personas apreciables. Botarates, abstenerse.

Pues bien, ahora que estamos metidos en período de desparrame político ¿alguien se imagina que, en lugar de las zafiedades, de los lugares comunes y de los insultos, se acogiera en los mítines y demás saraos esta terminología tersa y brillante que viene de un mundo tan español como es el de los vinos?

Así, por ejemplo, en lugar de aplicar a un proyecto legislativo esos adjetivos estúpidos de progresista, transversal, ecológico, sostenible, intersexual, inclusivo y no sé cuántas pedanterías más, todas insufribles por lo repetidas y cansinas, en lugar – sostengo- de esta algarabía vacua, se afirmara que el proyecto para el próximo período de sesiones tendrá el frescor de las especies dulces o que será sedoso, largo en boca, con recuerdos de braseado con sarmiento.

¿A que sería igual de absurdo pero en punto a estética no tiene comparación?

El pacto al que aspira el candidato con otras fuerzas políticas, en lugar de asegurar un gobierno (“gobernabilidad” según la majadería al uso) tolerante y reformista, lo cual no es decir nada y ya empalaga, diríamos que es un pacto trabajado en barrica de roble que ofrece un toque cítrico. ¿Cómo queda, señor candidato? No me diga que no es más airoso, hermético ciertamente porque nadie sabe a qué se puede referir pero exactamente igual le ocurre a lo de tolerante y reformista.

O, en vez de liberal, decir que “mi política en Europa se desarrollará en términos untuosos, secos y afrutados. Con un coupage internacional que la dotará de aroma intenso, estructura elegante y sabor aceitunado”.   

Sería magnífico que del presupuesto, vehemente catarata de números y gráficos tan prescindibles como abominables, se pudiera decir que emite olores a levadura fresca y tiene el postgusto largo, como para aplicarlo a varias legislaturas, sin necesidad de andar cambiándolo porque, en el fondo, no aportan nada nuevo. Pero el tal retrogusto sería persistente y se marcaría con el tiempo pasado en botella, es decir, en las gavetas del ministerio.

Y así sucesivamente. Soy bien consciente de que sería una revolución pero una revolución suave, de buenas maneras, como de humos añiles, pura caricia de la historia y sus avatares, nada de sangre ni de guillotinas, ni gulags ni campos de concentración. La belleza de la palabra puesta al servicio de la política, desterrando de ella la tropelía, el desmán verbal, el topicazo: los atropellos sustituidos por bellas expresiones. En lugar de eso tan manido de “seré un presidente para todos, las puertas de mi despacho estarán abiertas a poderosos y mendigos, a cabareteras y a notarios”, lo cual se viene repitiendo desde Canalejas para acá se podría decir: “mi gestión será gustosamente frutal y, lo que es más importante, dejará al final recuerdos de cacao”.

Vale la pena intentarlo. Todo sea porque la borrachera que habremos de soportar, en lugar de alimentada por desafueros de la sindéresis, sea una borrachera cabal, fruto de uno de esos caldos nacidos en el interior de un valle soleado, silencioso, acogedor y de un claro origen coluvial. 

Todo por la patria.

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Tiempo de elecciones

Tiempo de elecciones, tiempo para retirarse a leer historietas, a divagar sobre el pasado, a esperar la llegada de las setas, acaso ese copo de nieve ritual en las alturas montañosas … tiempo de dedicarse a diálogos, a monólogos, a las nubes, a la comida, al ayuno, es decir, a cualquier empeño excepto el de seguir la campaña electoral y los aspavientos de nuestros líderes (¡qué denominación tan jocosa!).

Frente a la monotonía estática de los mensajes se impone crear la estética fluyente de la divagación, adornada siempre – y esto es indispensable- con el acento circunflejo de la ironía, tenso el arco que ha de disparar la flecha del humor destructor.

Frente a los latiguillos del mitin el latigazo de la libertad.

Frente al entierro de las ideas, nada de lloros como es usual en los entierros, sino la horadante y divertida mirada del hombre irisada por la displicencia.

Es un período – este de la digestión de insultos amasados en la inanidad y en la injuria- en el que todo se hace imaginario y aun fantasmagórico porque las palabras, los mensajes repetidos en los medios de comunicación, salen en puridad de unas sombras. Quiero creer que cansadas de ser sombras pero incapaces de hacer cosa distinta al esfuerzo de gesticular ficciones y patrañas.

Es la época de los actores de cartón piedra en escenarios de cartón piedra. Época de siluetas, de perfiles inconsistentes, de almas apagadas por la rutina del verbo manoseado y flácido, masturbado sin gracia. Es el reino de la palabra convertida en espectro.

O, si se prefiere, de la flatulencia.

Saben los contempladores agudos de la vida que el tópico es como una medicina caducada, como una pastilla efervescente que ha perdido la efervescencia. O como ese proyectil que fue de un cañón vomitador de fuego pero que ahora no nos sirve más que para sujetar los papeles que tenemos encima de la mesa. 

Por eso, frente al culto al tópico, la liturgia de la indiferencia. El hosanna vibrante y desafiante a la discrepancia. En su compañía se verá cómo acuden en nuestro auxilio la audacia mental, la euforia y la energía creadoras, el apetito erótico y hasta la gracia santificante.

Es tiempo de rubricar las palabras vacuas con estornudos en lugar de aplausos.  Y es tiempo de crear una romería de bufones, bailarines y sátiros para que completen el paisaje que quieren monopolizar las ceremonias electorales.

Es tiempo, en fin, de atronar el espacio con músicas y versos burlones, remolinos de la vida.

Pues se extiende el temor de que, al cabo, en el Congreso de los diputados no brillen más que las calvas.

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Beba vino

Las innovaciones del lenguaje son estupendas porque es lógico que éste viva las mutaciones de cualquier ser vivo. Siempre ha ocurrido así y será buen signo que siga ocurriendo; sin embargo, lo triste de la mayor parte de las novedades que se hacen en el cuerpo y en el alma de la lengua española es que resultan horribles: cacófonas, tautológicas y perisológicas. Los nuevos vocablos que se ponen de moda son como perdigonadas que se dispararan contra la palabra auténtica justo cuando ésta se hallara en pleno vuelo, recorriendo grácil su cielo de símbolos, al encuentro del anchuroso horizonte de sus significados.

Y es que emplear palabras como «fidelizar», «priorizar» o «demonizar» es un atentado ecológico pues que altera el delicado sistema del lenguaje, además de un testimonio de marchitez intelectual, de irreversible deterioro del cerebro, el cerebelo y la médula oblonga del parlante. Los medios de comunicación propagan estas aberraciones con una rapidez desconocida hasta nuestros días y, si a ello se une, que la moneda mala expulsa a la buena, fácil es advertir que acabaremos «priorizando» en el idioma español la basura introducida por los vanilocuentes. La lengua ni puede ni debe ser «especie protegida» por hallarse sometida al caprichoso vendaval de los tiempos, a la germinación y a la declinación propias de lo que es natural, pero, precisamente por eso, debemos evitar que se pueda organizar contra ella una montería sin reglas o la caza artera, con cepos, trampas u otros armadijos.

¿Y qué tiene todo esto que ver con el vino? Mucho, a poco que se medite. Pues es en la crianza de los vinos y en su degustación donde mejor se ha cuidado el lenguaje, enriqueciéndolo y llenándolo de voces pertinentes y evocadoras. Nada tiene de extraño porque ambas actividades -la crianza y la degustación- son bellas artes, formidables destellos del ingenio humano: se paladea un caldo como se paladea un hallazgo lingüístico, con similar disposición de ánimo, y es que el goce de la palabra bien puesta, en su sazón, tiene mucho que ver con la fuerza votiva de un trago de vino. Como hay una etimología de las palabras, hay una etimología de los vinos que se oculta en barricas y añadas.

Hoy, de un vino del Bierzo, se dice que tiene «un aroma fresco, algo frutoso, con predominio de los aromas terciarios de especias y pimienta». O que aporta un «aroma peculiar a uva madura, ligeras notas tostadas y toques florales». O que es «redondo, aterciopelado, graso, muy pulido».

En un rioja hay «recuerdos de hierbas de monte en nariz y un tacto profundo fruto de la maceración del hollejo confirmando después la boca sus cualidades olfativas» o «en su composición las lías y la fermentación en roble afinan los caracteres vegetales y a veces silvestres de la uva».

¿Es fácil encontrar descripciones más vívidas, más largas, sedosas y mágicas? De un ribera del Duero podemos saber que tiene «matices frutales marcados y un buen registro de sabores que luego permanecen en el postgusto». De un cava se dice que goza de «un desprendimiento de burbuja continuo y elegante, siendo en nariz un dechado de frescura y armonía». Y así podríamos seguir escribiendo y, sobre todo, bebiendo pues hemos dado repaso a un amplio registro de valores gustativos muy seductores que invitan a soplar y a soñar.

¿Alguien se imagina que los críticos de arte o de literatura lograran expresiones tan acertadas, tan insinuantes y acordadas? Leer la reseña de un libro o de una película se convertiría en un placer plagado de matices envolventes, en un lujo de sensaciones ensambladas, en un manjar de canónigos, deleite de laicos.

¿No merece la pena intentarlo tomando una copa plena «de magistral sinfonía sensorial»?

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La factura de la luz

¿Podemos prescindir del aguafiestas, de esas personas que “turban cualquier diversión o regocijo”? Sería magnífico pero es difícil porque siempre tendremos cerca a un cenizo cuya actitud es ver agigantadas las congojas. A mi entender, es preciso aislarles y para ello nada mejor que hablarles del humor, de las ventajas que ofrece tomarse el destino y sus avatares con terapéutica distancia y viendo que todo tiene un final excéntrico. Lo he intentado hace poco con uno de esos amigos cetrinos que uno soporta por aumentar el currículum para entrar en el Cielo. Y me ha contestado:

-Claro que el humor es un buen remedio pero ahora, querido, ya no hay humor ni hay humoristas.

Le he tratado de explicar que el humor, como la materia, no se destruye, tan solo se modifica. Porque no es lo mismo el humor en una obra del teatro clásico griego que en una comedia de Oscar Wilde o de Jardiel Poncela. Como no es lo mismo el humor de Quevedo que el de Tip y Coll. Pero es humor todo lo que arda en el pebetero del donaire.

De manera que el humor adquiere caracteres originales, siempre acompasados a la historia, a las obsesiones del momento y a las diabluras en que se manifiestan. 

Por ejemplo, le expliqué a mi amigo cariacontencido, acabo de recibir una comunicación de mi compañía eléctrica que es una muestra del humor moderno, de ese humor que tiene que ver con los grandes temas del presente, en este caso, el de la energía renovable, condensable y declinable. ¿Hay algo más actual? Pues bien, mi compañía, que es adorable y perdurable, me ha mandado un escrito por el que me entero de que “ha procedido a abonar a la comercializadora la cantidad de -1.99 euros sin impuestos correspondiente al descuento por calidad de suministro del año 2018 del contrato de referencia” que es justamente el mío. Es decir que me he embolsado -1.99 euros, así como suena, y ello gracias a una Orden ECO, y aquí un número larguísimo del que hago gracia al lector porque los números son en la prosa como los huesecillos que se encuentran en la sopa. Para completar la explicación me puntualiza mi afectuosa compañía el “detalle del descuento por incidencias de calidad de suministro” que ocupa una página bien alimentada de datos y porcentajes. Y es probable que de algún algoritmo pero estos no los distingo.

¿Alguien puede poner en duda el sentido del humor de mi compañía eléctrica? Pues sí, sin ir más lejos mi amigo el ceniciento que la ha insultado, llamándola caradura, bellaca, y calificando a sus directivos como unos sujetos que hacen de la indecencia disciplina constante y mantenida. 

Es más: ha trepado por los vericuetos de la historia para explicarme que las facturas de la luz son los actuales arcana imperii, es decir, los secretos que en el pasado se guardaban en las cortes para asegurar el brillo y la pervivencia de la monarquía. Le oí citar, perdiendo incluso los modales de la buena crianza, a Maquiavelo y a otros herejes para acabar asegurando que eran simples tretas para mantener el poder más allá de toda consideración moral.

Véase cómo un escrito festivo, el de los -1.99 euros, un escrito que para mí significaba ¡qué caramba, un ahorro! pero además un compendio de gentil sentido del humor, de lo más epigramático y ático que hoy se puede escribir, para mi amigo, nublada su visión y espeluznada su lengua, era una muestra de los arcana imperii existentes en un siglo remoto, un tiempo perverso que sin duda fue puro zafarrancho de hostilidades.

-No, le dije, habrás de admitir que cada uno cultiva un humor diferenciado. Es más, es que el humor o es diferencia y sutileza o no es más que jerigonza o, peor aún, germanía.  Digerir la vida – continué- exige el protector estomacal del humor y además tener un palco alquilado en el teatro dedicado al humor.

Para terminar de tranquilizarle, porque mi amigo es hipocondríaco, le aclaré que el humorista nada tiene que ver con el bromatólogo.

¿Habré conseguido algo? No lo creo pero yo me lo voy a pasar pipa con el descuento de -1.99 euros de mi factura eléctrica.

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Las rutas de la seda

Comprender las fuerzas que están empujando el cambio en el mundo es el primer paso para afrontar las transformaciones que se avecinan pues es una ilusión creer que puedan detenerse o retrasarse. En este sentido las nuevas rutas de la seda, su instalación y su expansión en el espacio de la geopolítica mundial, van a conformar el futuro para lo bueno que nos pueda pasar y también para lo malo que nos ha de afligir.

Más o menos con estas palabras acaba el libro de Peter Frankopan, profesor inglés, “Las nuevas rutas de la seda” del que existen ya ediciones en varios idiomas, la alemana de la editorial Rowohlt es la que yo he leído. Una exposición documentada que, como suele ocurrir, aclara y también embarulla interrogantes pero sobre todo suscita otros bien jugosos.

Estamos viviendo – nos cuenta el autor- un vuelco parecido al que se produjo con el viaje de Colón o la expedición de Vasco de Gama, hazañas que supusieron para el occidente europeo colocarse, por primera vez en su historia, en el centro de las rutas comerciales del mundo. Ahora pasa algo similar pero de modo distinto porque Asia y las rutas de la seda crecen  pero no de forma aislada respecto de Occidente sino en competencia directa con él ya que el desarrollo asiático está íntimamente ligado a las complejas economías de los Estados Unidos, de Europa y de otras zonas del planeta. De manera que, en principio, el éxito de una parte del mundo no tiene por qué hacerse a costa del otro: “que el sol se alce en Oriente no quiere decir que se ponga en Occidente. Al  menos no de momento”.

Lo que llama la atención ante el nuevo panorama son las distintas reacciones. Mientras para unos este cambio despierta ilusiones y esperanzas, para otros no suscita sino miedo y, además, de tal naturaleza, que los países, en su interior, en sus intimidades seculares, se desgarran y dividen, lo que es muestra de una crisis que se explica por la preocupación que causa el alcance de las novedades o, dicho en otros términos, el desconocimiento del destino del viaje emprendido. Y, en esta dirección, se inscriben las políticas extravagantes de Trump, el crecimiento de los populismos y extremismos en Europa, la tormentosa salida del Reino Unido de la Unión Europea y, añado desde España, el enfermizo nacionalismo / separatismo de Cataluña y el País Vasco. Se genera así, en este mundo frágil en el que vivimos, una habilidad especial para estar pendientes, y aun absorbidos, por problemas menores mientras las grandes decisiones acerca del futuro se ignoran o apenas comparecen en el debate público.

Pero ¿cuáles son esas rutas de la seda? ¿por dónde transitan? ¿cuáles son sus trayectorias? Al igual que ocurrió con las del pasado tampoco ahora existen criterios específicos para fijarlas geográficamente ni precisar qué países concretos se incluyen en ellas. Diríamos que no se dejan atrapar por la tiranía de los mapas. Como aproximación puede decirse que, en proyectos en los que está presente el Banco Chino de Desarrollo, se incluyen ochenta países, entre los que se encuentran las repúblicas centrales de Asia, los países del sur y este de Asia, el cercano y el medio Oriente, pero también Estados de África y de la América hispana. Se calcula que más de cuatro mil millones de ciudadanos viven a lo largo de estas nacientes rutas entre China y la cuenca del mediterráneo, o sea, el 63% de la población mundial con un producto interior bruto colectivo de 21 billones de dólares. He citado África y Latinoamérica pero también en España, en Italia o en Bélgica existen ya terminales de carga en sus puertos más relevantes que forman parte de estas estrategias mundiales. Y sabemos que en 2016 una gran empresa china tomó el control nada menos que del simbólico puerto griego del Pireo.

Los sectores económicos que no escapan a la mirada de Argos de los estrategas asiáticos son preferentemente las infraestructuras del transporte y las energéticas, las líneas ferroviarias, el fomento del comercio de bienes y servicios, la movilidad de las personas, la renovación de los puestos fronterizos y la agilización de trámites para las mercancías, la alta velocidad, la inteligencia artificial, la nanotecnología, las ciudades inteligentes … Por poner un ejemplo, el corredor económico entre China y Pakistán con inversiones gigantescas, entre ellas, nuevas carreteras, centrales eléctricas y la ampliación de un puerto de aguas profundas en Gwadar (provincia de Baluchistán), espacio geográfico este de singular importancia petrolera. Se trata de un ejemplo entre centenares.

En ellos China juega un papel determinante: “de la misma manera que en el pasado podía decirse que todos los caminos conducían a Roma, hoy ha de decirse que todos los caminos conducen a China. Estamos en el siglo de China” afirma de forma contundente Frankopan. Los esfuerzos de cooperación que China ha tejido con las repúblicas asiáticas y también con Estados africanos o de América, son una muestra de tenacidad diplomática y de sabia paciencia. Los dirigentes chinos enfatizan con frecuencia en sus discursos el hecho de que personas de distintas razas, de culturas y creencias muy diferentes se esfuercen por trabajar en favor del desarrollo y de la paz. La misma Hillary Clinton, en su etapa al frente de las relaciones exteriores de los Estados Unidos, evocó como un ejemplo a seguir en la actualidad un pasado en el que las distintas regiones de Asia estuvieron comunicadas por redes comerciales potentes y activas.

Pero, ay, no es todo oro lo que reluce. Porque existen enfrentamientos sensibles entre los Estados, corrupción en muchos de los gigantescos negocios con el consiguiente enriquecimiento de las élites locales, despilfarro y excentricidades, ausencia de lógica en algunas inversiones, violaciones flagrantes a la disciplina medioambiental, preferencia de las empresas chinas a la hora de ejecutar los grandes proyectos y un reguero de deuda pública en los Estados afectados cuya cancelación es un enigma. En relación con África, por ejemplo, China proyecta grandes sombras y lo que se pide en muchos foros es que China se abra a África como África se abre a China.

Y, sobre todo, es verdad que en Asia se está edificando un nuevo mundo pero este mundo – y ello no es menos verdad- no es libre. Este es un aspecto central de un discurso – político en su esencia- y que Frankopan no subraya adecuadamente sobre todo si se tiene en cuenta que presta atención a las palabras – alarmantes- de uno de los intelectuales chinos más respetados, Jiang Shigong, quien defiende que no se trata de recuperar la historia ni tampoco de construir una nueva economía o una nueva política sino de recrear una formación política que ha de conducir al fortalecimiento de la civilización china, obligada a extenderse y penetrar en muchos rincones del planeta.

A un buen conocedor de la geopolítica, el ex ministro alemán de Asuntos exteriores Sigmar Gabriel, se debe la observación (2018) de que “China aparece ahora como el único país con una verdadera geoestrategia global y está en su derecho, lo malo es que desde Occidente y desde Europa carecemos de planes e ideas globales …”.

Análisis acertado porque mientras China se mueve tratando de enlazar economías y proyectos espectaculares, Europa se encierra en sí misma, reconstruye fronteras, y muchos de sus políticos expresan, como un objetivo meritorio, el de “reconquistar la soberanía sobre sus territorios”. Es el “soberanismo” que nosotros padecemos.  La salida del Reino Unido propiciada por unos fantoches de la política es el ejemplo lamentable por desmedido pero ahí están también los que proporcionan fuerzas políticas de Alemania, de Polonia, de Hungria así como los movimientos secesionistas de Escocia y Cataluña (que Frankopan cita expresamente). 

Todo este despiste histórico es bien aprovechado por China que ha creado foros de discusión entre Pekín y países europeos como los bálticos, Bulgaria, Croacia, Hungría, Polonia más Albania, Bosnia y Herzegovina, Montenegro, Macedonia y Serbia. Hay una común sensación de que el mundo mira a Oriente y hay una común sensación de que Europa tartamudea.

Esta perspectiva es la que nos debe llenar de preocupación porque, si es verdad incontestable que Occidente ya no dicta la agenda del planeta, es urgente que entienda que ya no basta con crear el mercado único y abatir las aduanas. Ha de asegurar sus fronteras, organizar su defensa, edificar una industria europea, desarrollar la ciberseguridad … Pero, además, y esto es lo determinante frente a la gran zalamería china, deberá defender los valores democráticos y emitir una luz potente – no claudicante- desde el faro de la democracia liberal y del Estado de Derecho. Los pertrechos que nos dignifican como seres humanos y que no figuran en la agenda china.

¿Y España? Ah, España, nosotros estamos con la momia de Franco y los títulos nobiliarios otorgados por aquel señor y además llamando gobierno de progreso a los que se tejen con los hilos, a veces sangrientos, de los separatistas.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 9 de septiembre de 2019)

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