Suprimamos la educación

Tan viva es la discusión sobre la educación que nos pasamos la vida proponiendo soluciones para que mejore su calidad, para que llegue a todos, para que sea más barata, más formativa … por no citar sino algunas de las respuestas a esa cuestión “batallona” como se decía en el siglo XIX.

Especialistas de las más variadas disciplinas, entre ellos pedagogos que han invocado el espíritu del  Padre Manjón, escriben libros alicatados de citas a pié de página y abundante bibliografía e incluso decorados con modelos, cuadros y estadísticas de la más subida seriedad.  Algunos hasta obtienen por esta vía el título de doctor y una cátedra universitaria en la Anecaca correspondiente.

Naturalmente todos ellos abominan de aquella afirmación que hizo Oscar Wilde: “la enseñanza en Inglaterra no sirve para nada y menos mal porque, si sirviera, habría constantes alteraciones del orden público en el centro de Londres”. Un asquito sería el tal centro, pontificaba el escritor, lleno de manifestaciones de adolescentes y salidas de tono contra autoridades, curas y notarios.

Mi juicio no puede ser más severo: frívolo este Oscar, amigo de ligerezas y achinerías, porque ¿cómo se puede arremeter de forma tan insustancial contra la sagrada educación? ¿cómo se puede permitir airear tales afirmaciones en un teatro donde hay oídos castos y puede que incluso algún pedagogo en carne mortal al que se trabuca y humilla? Ahora que han prohibido la viñetas en el New York Times, esa biblia de los pedantes, deberían aprovechar las autoridades para limpiar la literatura universal de estas bravuconadas a lo Oscar Wilde que tanto daño hacen a la credibilidad del género humano.

No, la educación claro que sirve. Y nadie de nosotros sería lo que somos si no hubiéramos sido educados en el instituto o por los hermanos de La Salle o los padres premonstratenses. Por tanto, respeto y agradecimiento a un sistema que nos ha hecho más aseados, más mirados con el prójimo,  más quintaesenciados como si dijéramos. 

Ocurre, sin embargo, que es muy cara. Ahí radica su debilidad. Porque hay que pagar a los maestros, construir escuelas, abrir centros de formación profesional, comprar lápices y cuartillas, mapas, globos terráqueos para saber por dónde cae Sierra Leona y así seguido hasta llegar a una porción abultada de gastos y otras excentricidades.

A su vez, para hacer frente a ellos es preciso sacar los cuartos previamente al prójimo a través del  coactivo método de obligarle a pagar impuestos, una falta de educación (ya que hablamos de ella) que lleva a inundar las calles de caras desteñidas y de ademanes lastimosos en los períodos lacerantes de la recaudación. No hay más que ver la cifra de suicidios cuando se acerca la declaración de la renta para advertir la gravedad de lo que estoy afirmando.

Pues bien, todas estas tribulaciones que tanta aflicción originan podrían evitarse sin más que sustituir la educación por la elección.

Mucho más barata, más limpia y sobre todo más democrática.

Pongamos pues un señor elegido o una señora igualmente elegida allí donde ha habido hasta ahora un señor educado en las reglas del álgebra y en las anfractuosidades de la historia de España o de la gramática.

Porque se convendrá conmigo que, en cuanto un vecino es elegido concejal o diputado, está investido de una autoridad que se extiende por todos los rincones del saber. No solo porque en el Ayuntamiento o en el Congreso vota y decide cuestiones arduas que desconoce sino porque desde los mismos medios de comunicación se le requiere para oír sus sabias elucubraciones: ¿qué opina usted de la Renfe? ¿y qué de los aranceles a China? ¿es partidario de las redes 5G? ¿cree necesario rescatar la autopista, construir una desaladora o desecar el embalse? ¿hay que aprobar un presupuesto del euro o una directiva para las aves migratorias? Y así seguido.

El elegido está nimbado, gracias al abracadabra del voto, de deslumbrantes conocimientos porque de otra manera ¿cómo se le podría confiar decidir sobre todo lo divino y lo diabólico? Ese elegido es hoy alcalde, mañana será senador y pasado ministro de Cultura aunque – allá en el fondo de su alma- confunda un orinal de plástico con un vaso etrusco.

Se verá pues cómo podemos liberarnos de la tabarra de la educación, de la FP, de la Universidad y de los sinsabores que causan simplemente eligiendo en vez de educando y formando.

Y así conformaríamos una sociedad de elegidos.

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Teoría de la ocurrencia

Los reinados mueren como mueren los imperios y las modas, todo va y viene, todo aparece y desaparece en el torbellino del tiempo, ese sátrapa fiero e inclemente. No hay castillo que quede en pie ni gran superficie comercial que conserve su esplendor y su glamour, ni siquiera las tiendas de móviles se escaparán a este destino cruel. Hasta los elfos, los duendes o las hadas que creemos tan contentos en su mundo de candor y de misterio viven momentos de mudanza y temen por su supervivencia atrapados por la aparición de otras criaturas que van adquiriendo su corporeidad enigmática, su cualidad de seres iluminados.

Todo se halla aherrojado por la tiranía de la mortalidad.

¿Puede extrañar que en este batiburrillo de cambios, de saltos discursivos, de sombras segadas por las guadañas, las ideas hayan desaparecido y hayan dado paso a las ocurrencias?

¡Ah, las ideas! Aquellas orondas señoras, desafiantes, seguras de sí mismas, que iban por ahí comiéndose el mundo, invocando ser hijas nada menos que del entendimiento humano, de la lectura, de la reflexión, ay, aquellas ideas que, cuando se reunían, formaban una especie de Arcadia exuberante, amante de la metáfora, del brillo imaginativo, son hoy elementos del pasado, verduras de las eras, fragmentos de un pasado roto … Tan altivas fueron las ideas que dieron lugar a palabras como ideólogo, idealista, ideografía y por ahí seguido. Crearon un oficio, el de intelectual, ese ser humano que tiene como misión el juego, la diversión precisamente con las ideas, encadenándolas, poniéndolas en fila india para que cada una adquiera su adecuado realce y lugar en el mundo epistemológico. Hasta, suprema osadía, dieron lugar a una asignatura que se llamaba Filosofía y que se estudiaba en el bachillerato.   

Precisamente por ahí se empezó. Vinieron personajes abominables que, encaramados en los puestos directivos del ministerio de Educación, personajes insufribles, necios, henchidos de una soberbia inflada por su incultura, decretaron la desaparición de la Filosofía en los estudios secundarios con la vista puesta en hacer lo mismo en la Universidad al aconsejar astuta pero perversamente a los jóvenes que se dedicaran a estudiar cosas útiles, impulsando lo productivo y mandando a las tinieblas las preocupaciones del espíritu. Que esto fuera el preludio de la barbarie acaso lo sospechaban pero no lo lamentaban. Siguieron adelante en su siniestro designio.

El resultado está a la vista. La idea, las ideas han sido sustituidas por la ocurrencia, por las ocurrencias.

Ocurrencias henchidas de prejuicios, de ofuscación, de rutinas y de perezas mentales. Ocurrencias que son paradigma de la frivolidad, de lo ligero e insignificante. 

Una ocurrencia es a una idea lo que la figura de un cuadro de Velázquez a la lata de sopas de Warhol.

La ocurrencia es escombro, cascotería. La broza y el derribo.

Cuando la idea enferma, palidece, adelgaza, se agarrota y esclerotiza es cuando surge esa ocurrencia acerca de la que estoy escribiendo. Es decir que una idea con dolor de vientre o con una abierta diarrea da lugar a la ocurrencia que todo lo ensucia.

De la misma manera, cuando una idea pierde su coraje, su capacidad para levantar el vuelo, para desgarrar los horizontes y surcar los mundos de agua y aire es cuando surge la ocurrencia.

Así como había concursos de ideas, ahora hay, con ocasión de los grandes debates políticos, concursos de ocurrencias en los que todo es ficción e impostura. Un pasar por encima de los asuntos armado con el diabólico arsenal de los efectos teatrales y de las artimañas bufas.

Allí, en fin, donde la luz pierde su fulgor y su capacidad para liberar los enrevesados problemas del mundo, allí surge la sombra de la ocurrencia con su efecto devastador al ser partera del atolondramiento y la confusión.

La ocurrencia es una idea hecha añicos.

Las ideas fueron la victoria de la ciudadanía. Las ocurrencias son su derrota.

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La familia, gran invento

Es muy frecuente que los periódicos divulguen denuncias de algunos políticos que emplean a sus familiares: el cuñado que accede a una secretaría o el primo a una jefatura de sección. Son protestas airadas de aquellos que se han visto preteridos en la ocupación de tal o cual puesto de trabajo por un pariente del alcalde o del consejero. A veces se abre hasta una investigación o se constituye una comisión para averiguar si los hechos denunciados responden a la verdad.

No lo entiendo. Tal modo de proceder me parece injusto y, sobre todo, poco respetuoso con la Tradición y con la Historia, que son dos señoras que peinan canas. La familia es uno de los pilares de la sociedad, el basamento sobre el que se construye la maravillosa colectividad en la que vivimos y es precisamente el Cristianismo el credo religioso que más ha contribuido a realzar su importancia. El matrimonio no es un contrato como puede serlo el arrendamiento de unos bueyes para arar el campo sino un sacramento que confiere gracia; en él se borra el amor personal entre los cónyuges y el elemento moral prevalece sobre el puro instinto sexual siendo esta transformación tanto más visible cuanto más crece la familia, cuyos nuevos miembros aportan el lazo paternal que, apoyado a su vez en el parentesco de sucesivas ramificaciones y alianzas con otras familias, llegan a constituir la Nación.

¡Ahí es nada de lo que estamos hablando! Familia, Nación … ¿nos damos cuenta del valor de los conceptos que manejamos? La Sagrada Familia es uno de las referencias constantes en nuestra civilización y los artistas la han llevado infinidad de veces a los lienzos y a los grupos escultóricos. El hecho de que en la actualidad se equiparen al hombre y a la mujer, infringiendo por cierto lo que escritó dejó san Pablo («vir caput est mulieris»), no reduce lo más mínimo la importancia de la familia como aglutinante de la sociedad y componente indispensable de ese ser abstracto pero cuajado de resonancias legendarias que es la Nación.

Por estas buenas razones sorprende que alguien pueda censurar a una autoridad pública por el hecho de que, a la hora de atribuir un empleo, se ocupe antes de un pariente que de un vecino cuyos orígenes familiares resultan para él desconocidos o simplemente borrosos. ¿En quien se va a tener más confianza, en el cuñado cuyas costumbres conocemos, cuyos puntos de vista compartimos, cuyos hijos son nuestros mismísimos sobrinos, o en el remoto contribuyente de quien, por no saber, no sabemos ni siquiera a qué equipo de fútbol pertenece? Me parece que la opción no es dudosa y el hecho simple de plantearla demuestra que vivimos en una sociedad que da un poco de miedo ya que está dispuesta a tirar por la borda de manera frívola los más amorosos principios de nuestra convivencia.

Y de nuestro pasado. Porque cuando todo andaba mucho mejor encaminado a nadie sorprendía el celo que por el adecuado alimento y la posición social de los más allegados demostraban quienes estaban en condiciones de procurarles sustento. Y así «familiar» se llamaba precisamente al eclesiástico o paje dependiente y comensal de un obispo o de alguna otra dignidad eclesiástica. Los cardenales de la iglesia y no digamos los papas prodigaban su cariño y repartían sus prebendas entre las filas de los deudos que más cercanos tenían en su paternal corazón. Es fama que cuando un Borja español llegaba al papado, y fueron dos los que tal dignidad ostentaron, Calixto III y Alejandro VI, vaciaban de parientes Gandía y las comarcas limítrofes y se los llevaban a Roma para ocupar canonjías, tocarse con el capelo o allegar caritativamente las limosnas de los fieles.

Y es que ha sido una regla nunca desmentida que a quien accede a un nuevo cargo de cierta importancia le salen multitud de parientes de cuya existencia no había tenido hasta ese momento concreta noticia pero que no por ello eran menos parientes ni habían estado ausentes de sus afectos aunque fueran implícitos y callados.

Romanones decía que sin cuñados y yernos la vida política española hubiera perdido buena parte de su gracia y de su peculiaridad más característica. Obsérvese además lo que de positivo ha tenido siempre el hecho de que el ministro o el alcalde, al ocupar su elevado asiento, haya tenido que dedicar buena parte de sus esfuerzos y de su tiempo a acoplar a sus familiares en lugares donde pudieran cobrar pingües emolumentos y disfrutar de holgada posición. Porque, mientras se hallan entregados a estos afanes, no hacen otra cosa y esto que sale ganando la colectividad. Pues es también regla de oro que el mayor regalo que una autoridad puede hacer a la población que dirige o representa es no hacer justamente nada por ella pues que la inmensa mayoría de sus ocurrencias o dañan o incordian.

El amor a la familia ¿conceptuado como un vicio? ¿Adónde hemos llegado? Si familia viene de «fames», es decir, de hambre, ¿quién soporta a un pariente hambriento? Con lo que muerden…

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La renovada morada de Europa

En las semanas que han precedido a las elecciones celebradas ayer se ha realzado la importancia del Parlamento europeo para la vida de los ciudadanos. Es lástima que este esfuerzo informativo tenga algo de inusual porque, a lo largo de la legislatura, solo muy parcialmente existe en los medios de comunicación un seguimiento cabal de los trabajos parlamentarios desarrollados en el Pleno y menos aun en las Comisiones. 

Pero lo cierto es que al fin, de una manera didáctica, se han aireado las conquistas debidas al esfuerzo de los parlamentarios, unos políticos de quienes habitualmente lo único que se difunde son sus sueldos. Y así hemos sabido que bagatelas como la rebaja en el coste del teléfono, el cable único para los móviles, la defensa frente a las empresas tecnológicas, la vigilancia de las costas, la depuración de aguas, la prohibición de plásticos de un solo uso, las restricciones a las emisiones de los vehículos y un muy dilatado etcétera se debe a que los europarlamentarios han trabajado con la vista puesta en los intereses generales, los de un señor de Lugo o los de una vecina de Tallin (en la lejana Estonia). Todo ello sin contar con que otro importante órgano de la UE, el Tribunal de Justicia, ha limpiado el ordenamiento jurídico de impuestos como el “céntimo sanitario” o de las cláusulas suelo y otras extravagancias abusivas que han contribuido a saquear bolsillos agobiados.

Cierto es que se han vivido también en el hemiciclo europeo fracasos, como es no haber sabido o podido imponerse en el retraso en las inversiones en telecomunicaciones, la descoordinación en el trazado de las líneas ferroviarias, en la falta de armonización fiscal o en la crisis migratoria. Pero en conjunto el palmarés que se puede exhibir es apreciable.

Hoy, cuando ya está todo preparado para que velen las armas quienes han de ocupar sus escaños, lo que procede es otear el horizonte y advertir, de entre sus luces y sus guiños, cuáles son las grandes batallas venideras.

Y para ello nada más expresivo que conocer la fortaleza pero también la debilidad de la UE, es decir la trama mundial en la que esta se encuentra como protagonista de un mundo quebradizo y atrapado en zozobras descomunales.

Es evidente que urge encerrar en su castillo – bien aherrojado- al fantasma del Reino Unido acabando con esa anomalía monstruosa que supone la presencia de sus diputados en Bruselas y buscando el acomodo de esa isla impertinente en el muestrario ya disponible de las relaciones exteriores de la UE.

Aunque este asunto, manejado por políticos británicos que merecerían un castigo truculento extraído del Antiguo Testamento, es endemoniado no debe hacernos olvidar que la UE ha sabido mantenerse unida en los últimos años en travesías tormentosas, por ejemplo en esta del tratamiento de la chapuza británica. En buena medida, lo mismo puede decirse de las tensiones con Rusia, con Estados Unidos y con China a la que – pese a esa Italia incorporada por su cuenta a la Ruta de la Seda- se ha negado la condición de economía de mercado en la OMC al tiempo que se han logrado establecer unas técnicas de supervisión de inversiones en Europa impensables hasta hace bien pocas fechas.

La necesidad de un mayor y más sostenido pulso es evidente. Para lograrlo preciso es recordar sucintamente el contexto en el que se van a desarrollar las relaciones exteriores de la UE. En él obligado es contar con un presidente impredecible como Trump, no olvidando además que, si la desgracia se presentara ante nosotros con su faz menos piadosa, puede ser elegido de nuevo. Por su parte, Rusia no desaprovecha ocasión para debilitar las instituciones europeas y lo hace con el desparpajo propio de su sistema autoritario; Irán, Turquía, Arabia Saudí se hallan enzarzadas entre ellas en un control del espacio regional de tal virulencia que nos puede llevar – a poco que nos descuidemos- a oír el retumbe de los tambores militares; África, el continente “primo” como se le llama en los documentos de la UE, tiene en su seno la fuerza explosiva de una natalidad desbordante y, en sus entrañas, riquezas en forma de materias primas que generan envidias en cadena y, con ellas, desequilibrios políticos que también pueden ir explosionando en cadena. La India, en su nueva singladura política, el continente latinoamericano, el sudeste asiático … emiten otros tantos elocuentes mensajes de sobresaltos.

Como ha escrito el presidente Hollande, habremos de asumir resignadamente que “Occidente ya no dicta su agenda al planeta” (así en su libro Leçons du pouvoir, Stock, 2018).

Pues bien, en él las instituciones europeas deberán hacer encaje de bolillos para que Europa siga ostentando un poder sólido pero también para que ese poder sea visto siempre como un faro de la democracia liberal y del Estado de Derecho.

Para ello es indispensable fijar la atención en algunos quehaceres, consciente como soy de dejar en la penumbra otros de señalada importancia.

Aprobar un presupuesto que modifique sus recursos y aumente la contribución de los Estados para responder a necesidades imprevistas así como para comprometerse en programas ambiciosos referidos a la investigación y a la lucha contra el paro juvenil.

La continuación de los trabajos en el seno de la Organización Mundial del Comercio destinados a una reforma de la misma como medio para tejer una política comercial que destierre el uso de los derechos aduaneros sobre productos industriales como un arma pavorosa por descontrolada.  

El terrorismo, la criminalidad y la garantía de la ciberseguridad ante las llamadas amenazas híbridas deben continuar siendo prioridades del correspondiente programa europeo ya en marcha pero que ha de cobrar renovados bríos.

La política marítima, en el marco del “Crecimiento azul”, donde se incluye la atención al Mediterráneo y la formulación de una estrategia referida a los océanos: pesca, biología marina, acuicultura, residuos, explotación energética y minera.

La inteligencia artificial para ir preparándonos para la llegada de un mundo de máquinas, tal como ha ocurrido en el pasado con ocasión de las grandes revoluciones. Preciso es profundizar en las relaciones entre la innovación social y la tecnológica siendo misión del Parlamento la de cuidar sobre todo los aspectos éticos y jurídicos de ese nuevo mundo que ya nos hace señales inquietantes.

En fin, la movilidad eléctrica que nos ha de proporcionar vehículos más limpios que limiten la contaminación.

Inevitablemente Europa habrá de contar con su propio sistema de seguridad y defensa. Y habrá de combatir a aquellas formaciones políticas que impulsan la vuelta a la concha protectora de los viejos Estados como aquellos ciudadanos del siglo XIX, del Biedermaier centroeuropeo, refugiados en la intimidad del hogar para poner sordina a los ruidos perturbadores del exterior.  

De igual forma conviene que la niebla de la economía o de la tecnología no nos haga olvidar la dimensión cultural de Europa pues desde que emerge en la Edad Media como civilización consciente es la cultura precisamente su fundamento básico. Europa debe cultivar esa grandeza, reconociéndose en una historia común y en un territorio compartido hermanando de algún modo su geografía y su historia.  

¿Podrán seguir adelante todos estos proyectos e ideas conocido ya el resultado de las urnas? Cierto es que las peores previsiones no se han visto corroboradas del todo por la realidad pero no es buena noticia el aumento relevante del numero de diputados que van a hacer lo posible para obstaculizar las políticas de la UE, tal es el caso de los seguidores de Marine Le Pen y de Farage. Y la alternativa de Timmermans, candidato socialista a la Presidencia de la Comisión, de formar una alianza desde Macron a Tsipras se revela ya como una quimera. Populares, socialistas y liberales tendrán que seguir ejerciendo de columnas vertebrales de la UE si no queremos que todo se derrumbe y, en este sentido, los diputados españoles del PSOE, del PP y de C,s van a ser referentes en sus grupos. No obstante, la llegada de Junqueras y Puigdemont asegura serios e inmediatos dolores de cabeza.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 27 de mayo de 2019).

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¿Cortes generales o corte de mangas?

Al final, pese a todos los agoreros que nos rodean, los proyectos de I+D han dado sus frutos. Cansados estamos de oír que los españoles no inventamos, que se nos fue la fuerza de la imaginación con el botijo y no sé cuántas otras descalificaciones aflictivas. Nunca he creído a estos aguafiestas, siempre he confiado en el poder de nuestra fantasía, de nuestras mentes que en verdad tienen mucho de sorpresivas y algo de enigmáticas. Y es que nuestra inteligencia es una suerte de meseta a la que llegamos por vericuetos de esfuerzo desde los que somos capaces de darle la vuelta a la vida desenredando sus secretos y aclarando lo que en ella está anudado y embrollado.

¿Cómo, si así no fuera, hubiéramos podido abatir el tiempo y el espacio tal como acabamos de hacer? Imposible, nos hubieran dicho los siete sabios de Grecia, aquellos engolados insufribles que nos miran desde la Antigüedad con ese desdén que solo saben emplear los dioses que han pasado todos los másteres de la pedantería.

Sin embargo, nosotros y nosotras, sin más que agitar en los cajones de nuestros cerebros y escarbar en las madrigueras de nuestra memoria ancestral, hemos conjurado como digo el tiempo y el espacio. Adviértalo el lector y la lectora, el niño y la niña: antes de que se hayan reunido los nuevos diputados y senadores en lugar alguno, antes de que hayan podido acariciar sus escaños como acarició el Creador la luz del sol y admiró atónito la palidez de la luna, antes de haber disfrutado esas pequeñas molicies anejas a su condición de ángeles de la Democracia renacida, ya conocen quién ha de presidirlos.

¿Se puede discutir el hallazgo? No han abierto la boca porque en verdad nadie les ha preguntado nada y porque aún no han tenido ocasión ni de verse, ni de saludarse, ni de desearse parabienes fraternos y ya saben los nombres y apellidos de quienes han de guiarles. Porque Alguien (por favor, con mayúscula siempre) les ha enseñado, desafiando el tiempo y el espacio, el nombre de las cosas, de sus presidentes y de sus vicepresidentes, de sus secretarios y de sus  protosecretarios, de sus ayudas de cámara y de sus palafreneros y, como aun sobraba tiempo, ha dado, como en un relato bíblico, el nombre del Progreso a todo lo que de asombroso hay en las Cortes, palabra que viene de corte, es decir, de corte de mangas.

De manera que así es como nos las gastamos los españoles. Hemos empleado una fortuna en montar unas elecciones llenando de pancartas las ciudades y de tópicos las mentes, nos han dado mítines en todas las plazas señeras y de respeto, nos han asaltado a toda hora sin considerar ni la de la siesta ni la del reposo que merece haber degustado un besugo a la espalda, hemos acudido a votar como corderitos y corderitas de los más logrados poemas bucólicos, hemos agavillado varios centenares de parlamentarios y repartido en dos Cámaras y, cuando todo eso ha ocurrido, a las primeras de cambio, sin preguntarles nada, Alguien les ha dado los nombres que han de conducir sus desvelos y peroratas.

La pregunta es: ¿ese Alguien se ha conducido así por desprecio a todos ellos, por hacer una muestra exultante de su poder omnímodo? En absoluto, nadie puede deslizar tamaña infamia sobre ese Alguien que, si no se ha aparecido de entre la zarza ardiente, ha sido porque le gusta ser original y evita imitar pasajes de un mundo anterior, reseco por su Ausencia. 

Lo ha hecho para demostrar, como he dicho al principio, el vigor de nuestra ciencia, la vitalidad de nuestra investigación y lo sublime de nuestra filosofía, en definitiva, para demostrar que ya el tiempo y el espacio carecen del significado que habían acumulado a lo largo de los siglos y de que ya no hay razón para adorarlos como esos altares deslumbrantes que habían tenido la osadía de intentar vertebrar nuestras vidas.

Ese Alguien es Alfa y Omega, Principio y Fin, debelador, con los rayos del Progreso, del espacio y del tiempo, esos pobres cachivaches, ay, dispuestos al fin para dormir el sueño eterno en el Desván reaccionario de la memoria. 

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El bostezo

Las formas de protesta han sido variadas a lo largo de la historia. La vestimenta siempre será un signo poderoso: los (y las) sansculottes en Francia se pusieron pantalones al calor de la Revolución simbolizando con ello su desafección a la monarquía y su adhesión a la república. Hace años, en mi juventud, alejar al peluquero de nuestros hábitos de higiene se consideró el rien ne va plus del compromiso social con los parias de la tierra. Todo aquel que tenía poco que decir porque padecían de óxido sus entendederas, se dejaba crecer los cabellos y ya se las daba de temible revolucionario. Si encima una barba desaseada con algunos residuos de fideos le velaba el cuello, entonces ya era la imagen de un feroz agitador dispuesto a ponerse el mundo por montera.

Había nacido el “progre”, una especie de apócope de “progresista” pero que, bien mirado, es su antónimo. Porque el progresista ha sido siempre una persona respetable, de largos saberes, alicatado de lecturas bien rumiadas, un tipo de sólidas convicciones éticas mientras que el “progre” ha sido y es un botarate, un cantamañanas, la cabal representación del eco, no de la voz, dispuesto siempre a sacrificar sus elevados principios por el puesto de jefe de gabinete del primer encumbrado en el tiovivo social que a mano encontrara.

Con anterioridad sabemos que quitarse la peluca y exhibir el pelo natural fue una forma cierta de  abrazar la revolución liberal y de ciscarse en la sociedad estamental que algunos llamaban “excremental”. Pues ¿y quitarse el corsé las señoras? Aquello sí que fue un grito de rebeldía de quienes no estaban dispuestas a bordar o tocar al piano de manera desmañada un vals o una polka.  

¿Y hoy? Ah, lector, hoy existen muchos modos de mostrar la disconformidad con el pensamiento heredado y hacer de guerrillero dispuesto a socavar el orden y sus aledaños. Son – es verdad- guerrilleros incruentos, guerrilleros muy finos como capaces de distinguir un rioja de un ribera de duero y sus añadas con solo aplicar la nariz y la misma habilidad demuestran a la hora de reconocer si la merluza es de pincho o pescada de forma desgarbada. Son guerrilleros inofensivos, nada que ver con los que se adentraban por las boscosas selvas y desde ellas entraban en los pueblos, quemaban el registro de la propiedad y colgaban al cura de un pináculo de la iglesia. Hoy se les distingue porque van sin corbata. El sincorbatismo tiene hoy la misma fuerza que tuvo hace unos decenios el sinsombrerismo, desterrado el sombrero para acercarse al pueblo que se tocaba con gorra como Pablo Iglesias (el auténtico) o boina, caso de los extravagantes que venían de las brumosas provincias vascongadas, como don Pío Baroja.

A mí me parecen estas muestras modernas de rebeldía bastante desaboridas y sobre todo muy repetidas, preciso es pues liberar la imaginación del truquito de las camisas sin corbata y de las barbas hipster. Propongo instaurar el bostezo como marca del sublevado: ante el tedioso discurso, la fastidiosa serie de televisión, la repetición inclemente del tópico en las tertulias o en los periódicos, el oyente emite un bostezo largo, dilatado, con separación descarada de los maxilares, estirando con desafío los músculos faciales, entornando con malicia los ojos, haciendo en fin del bostezo una singular obra de arte, una filigrana.

El bostezo socarrón, inacabado como una biografía que se precie, el bostezo cum laude y audaz. Oscar Wilde dejó escrito que “la sociedad perdona al criminal pero nunca al soñador”. Hoy preciso es decir que quien no va a obtener perdón es el bostezador porque el bostezo ha de ser disparo, honda, flechazo, un cañón contra el cementerio de lugares comunes que tenemos por sociedad y por vida.

El bostezo pues como respuesta a la locuacidad morbosa, al parloteo que nos lleva  a la jaqueca, el método concluyente para ahorcar a la palabra vacua, al ruido que martillea y actúa con el designio de majar el pensamiento libre.

Luchar contra el aburrimiento exige practicar el bostezo: sin afectación pero con grandeza, sabedores de que estamos ejerciendo una virtud, sutil, lozana.

Y suavemente devastadora. Porque el aburrimiento es lo más dañino que se ha inventado. No olvidemos que, según algunos filósofos, Dios creó el mundo por aburrimiento.

Y ya se ve lo que salió.

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Europa o la idea del patriotismo ilustrado

Cavilando sobre el desafío que tenemos ante la elección del Parlamento europeo, me encuentro con un libro, aparecido hace poco en las librerías alemanas, firmado por el Profesor – emérito- de la Universidad de Berlín Hartmut Kaelble titulado “Der verkannte Bürger” (“el ciudadano menospreciado”). Se trata de la visión optimista de un hombre que conoce

Resultado de imagen de Hartmut Kaelble “Der verkannte Bürger”

la historia de Europa y que se atreve a afirmar, frente a la tesis según la cual los europeos carecen de interés ante estas elecciones, que el índice de participación no es un indicador sobre el grado de identificación o rechazo que la ciudadanía siente ante el proyecto europeo de integración. A su juicio, la baja participación tiene más bien que ver con la decepción que el elector padece ante una elección donde no existen programas políticos comunes lo que empaña los perfiles de los partidos y sus ofertas. Tan solo se ha instaurado la novedad de los Spitzenkandidaten (expresión alemana que ha hecho fortuna, cosa rara). Significa que cada familia política (populares, socialistas, liberales …) selecciona al cabeza de lista llamado a ser propuesto al Parlamento Europeo por los jefes de Estado y de Gobierno para presidir la Comisión europea (que es para entendernos el Gobierno de Europa).

Añade Kaelble que los medios de comunicación dedican poca atención al funcionamiento de las instituciones europeas y menos a las sesiones del Parlamento y además informan más sobre los adversarios del proyecto europeo que sobre sus defensores. Como escribo en uno de ellos, y sé bien lo exacto de la apreciación de Kaelble, me permito alertar de lo nocivo de esta práctica y de la relevancia de su misión en estas fechas venideras.

Porque es el caso que buena parte de la ciudadanía, cree, al no explicarse con claridad, por ejemplo, que quien preside la Comisión es un señor seleccionado tras enjuagues practicados en la penumbra de despachos bruselenses donde no entra más luz que la proyectada por la niebla exterior. Pues hay que decir que ese señor es quien ha presidido la candidatura de la familia de partidos políticos ganadora de las elecciones. Juncker, actual titular del cargo, pertenece a los populares europeos que son quienes obtuvieron, con el respaldo de los votantes, 216 escaños en 2014. Lo mismo que va a ocurrir en España donde el señor Sánchez ocupará la presidencia del Gobierno por haber ganado las elecciones del pasado día 28 de abril. Así de fácil.

Y lo mismo acontece con los comisarios europeos que son los ministros de Europa. Respecto de ellos se oyen las más disparatadas afirmaciones. ¿Cómo y quién los elige? Aquí sí encontramos diferencias con los sistemas de los Estados pero no sale mal parado el europeo. Pues si en aquellos quien preside el Gobierno tiene las manos libres para designar a “sus” ministros, el presidente de la Comisión europea ha de jugar con los nombres asignados desde los Estados teniendo libertad tan solo para atribuirles un cometido concreto. Pero la lista del Gobierno europeo se debe someter al voto de aprobación del Parlamento y cada uno de sus miembros ha de sufrir un “examen” en la Comisión parlamentaria competente. Un examen que quienes, como diputados, hemos sido examinadores sabemos de su seriedad, lo que garantiza que el comisario designado para Agricultura se sabe la materia que ha de gestionar. ¿Alguien ha visto alguna vez en España a un ministro someterse al examen del Parlamento para sentarse en la poltrona de un ministerio? ¿No es una acusación generalizada y lógica la de que se nombran personas que ignoran su inminente cometido y tan solo ostentan la condición de amigos del presidente?

También oímos decir a tanto botarate de casa regional como circula por el ruedo ibérico que el Parlamento europeo “no sirve para nada” cuando lo cierto es que dispone de muy relevantes atribuciones. Así, desde el Tratado de Lisboa, aprueba, con el Consejo de ministros europeos, el Presupuesto y una Comisión específica examina cómo y en qué se han empleado los dineros públicos. Toda esa información está en la red para su consulta.

Es verdad que el Parlamento europeo ejerce una iniciativa legislativa con caracteres singulares aunque sabemos también que las más relevantes decisiones legislativas en los Estados proceden de los Gobiernos siendo limitadas las que tienen un origen parlamentario. Por otro lado, en Europa no puede desconocerse que el Parlamento debate con la Comisión el programa político al inicio de la legislatura y, en cada nuevo semestre, la Presidencia de turno presenta sus iniciativas que se discuten en el hemiciclo.

El resto del funcionamiento del Parlamento europeo se asemeja al de los Estados con  una diferencia: la capacidad para presentar iniciativas del diputado es mayor que la de sus colegas nacionales. El diputado cuenta además con una libertad de voto limitada tan solo por su lealtad al grupo político al que está adscrito. Ello hace que en el Parlamento europeo las votaciones que vemos en España donde, solo por casualidad o por error, un diputado se aparta de la disciplina del grupo, no existen. Los votos emitidos son, de otro lado, en gran parte, votos nominales, es decir, llevan pegados el nombre del diputado que lo emite y son aireados a través de Internet a las dos horas de haberse producido la votación.

En la legislatura próxima se van a debatir asuntos que a todos nos conciernen: el empleo, la inversión, un mercado único digital conectado, la energía, las interconexiones gasísticas y eléctricas de España, el cambio climático, la unión económica, la política comercial, la migración, el espacio común de libertades, las guerras comerciales, la inteligencia artificial, las comunicaciones, los Erasmus, la sanidad …

Por eso es importante que sepamos cuáles son los programas de los partidos políticos. La experiencia dice que en estas campañas, y esta corre un riesgo especial por coincidir con elecciones autonómicas y locales, los temas europeos quedan desdibujados por los internos. Me permito decir algo al oído del elector: desconfíe de los partidos que hurten a los ciudadanos la discusión de los grandes asuntos europeos. Los candidatos han de tener un criterio seguro sobre ellos porque va a ser grande su responsabilidad cuando se sienten en su escaño donde no cabe moverse entre simplezas. Es falsa la idea de que para el Parlamento europeo son elegidos políticos cuya estrella ha periclitado en su país y se acogen a una jubilación honrosa. Existen estos casos pero la experiencia nos dice que el parlamentario europeo tiene conocimientos muy precisos sobre las cuestiones que lleva entre manos porque normalmente es persona que lleva años en esa función y porque los que son novatos, cuando se ven obligados a votar cuestiones concretas en las respectivas Comisiones o en Pleno, han de saber lo que están expresando con su voto porque de todo ello queda constancia pública.

El peligro mayor en esta etapa que se abre ahora es la de los partidos populistas. ¿Cómo reconocerlos? Apelo a mi experiencia. Tuve durante años de vecino de escaño a un diputado joven holandés del “Partido por la libertad”. Como quiera que advertí que el sentido de su voto siempre era contrario a lo que se proponía, le pregunté si es que no estaba de acuerdo con nada. Me dijo que él estaba allí para destruir desde dentro el Parlamento y las instituciones europeas. Ese es el populista peligroso.

En un libro de Timothy David Snyder, titulado “Der Weg in die Unfreiheit” (C.H. Beck, 2018, “El camino hacia la no libertad”) se contiene un alegato en defensa de la democracia liberal y en contra de los populismos y nacionalismos que la ponen en peligro. Un análisis sobre el régimen autoritario que personifica Putin en Rusia y sobre la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca. Hoy sabemos que ambos dedican el dinero de los contribuyentes a socavar los cimientos de la Europa unida tratando de influir en las elecciones y probablemente financiando partidos extremistas.

Con más expresividad política lo ha dicho Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión europea: “sí al patriotismo ilustrado, no al veneno pernicioso del nacionalismo”.

(Publicado en el periódico El Mundo el 9 de mayo de 2019)

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Embaucadores ¡y en la cocina!

El peor momento del trasiego en sociedad es cuando se adivina que donde menos se miente es en la política. Este descubrimiento es un duro golpe para quienes viven en la creencia confiada de que a los aspirantes a concejales o a diputados no se les puede hacer caso porque son los maestros de la patraña.  Antiguamente se decía “sacar mentiroso” a lo que hoy llamamos “dejar por mentiroso” y por eso así se expresaba don Quijote cuando se empeñó en descalificar “al historiador que tanto le vituperaba”, es decir a Avellaneda.

Pues sépase que los políticos son ángeles de la verdad al lado de quienes trafican en el mundo de los alimentos que tomamos a diario. Nos lo ha explicado un tipo honrado que, harto de airear embustes, se ha ocupado de desvelarnos la sustancia verdadera de lo que comemos. ¿Cree usted, señora, que está desayunando una loncha de jamón de York que no tiene grasas y que por ello contribuye a mantener a raya sebos y michelines? Pues sepa que en puridad lo que se está metiendo en el cuerpo es una amalgama de polifosfatos, gelificantes, glutamato, ascorbato de sodio y nitrito. ¡Toma ya! Luego, allá en el fondo, hay, sí, jamón pero en cantidades homeopáticas y sometidas a una sesión extenuante de espiritismo.

Peor es el té de Ceilán que, en rigor, viene de un pueblecito encantador de la provincia de Segovia. Y esto no es lo malo porque ¿hay algo mejor que un alimento que venga de Segovia donde enseñó Antonio Machado y compuso versos inmortales? No. Pero es que el té no es té sino un infame aglomerado de tiabendazol, pirimetanil y carbendazima. ¿Alguien puede idear una falsificación más diabólica? ¿Qué es lo que merece el tunante? Por lo menos, leerse Os Lusiadas de corrido y sin aspirinas.

Nunca tuve aprecio a los caracoles de Borgoña porque prefiero los riquísimos de la huerta de Valencia que los venden en el Mercado central, ese museo prodigioso, la catedral más airosa de la alimentación que existe en el mundo. Caracoles que, cuando son de temporada, se pueden tomar en salsa con una pizca de picante o en la paella, su mejor sepultura. Ahora descubro que los de Borgoña no vienen de aquella noble tierra, cruzada por las guerras y ensangrentada por príncipes altivos, sino que se han criado en las inmediaciones de Chernobil donde lo único que crece son las radiaciones más peligrosas inventadas por el ser humano. Allí los tratan con las peores habilidades del embaucador y los envían a Francia donde les meten mantequilla y perejil para darles el toque cosmopolita y poder servirlos a precio de susurro amoroso en un lugar fino y ampuloso.

Y así podríamos seguir: la miel que no es miel, el queso azul que es fosfato trisódico, los raviolis rellenos de metáforas de baratillo …

En esto de la comida nos esperan tiempos turbulentos, jornadas terribles de desconcierto y aflicción. Se anuncian los bares digitales. En ellos ya no se oirá la voz recia del camarero, voz familiar porque resuena como alojada en una bóveda celestial, voz que no está escrita en los libros, en fin, vozarrón inimitable que pide a la cocina “marchando una de calamares y otra de patatas bravas”.

En su lugar habrá una mesa digital donde con un botón se elige y después viene ¡un robot o un holograma! con un … no quiero ni pensar en lo que trae. Lo más seguro el tiabendazol y el ascorbato con forma de hamburguesa. ¡Ah, la hamburguesa, atropellada por infames mercachifles!La ciudad de Hamburgo debería reclamar ante la ONU por la profanación que sufre su alimento estrella.

El colmo al parecer viene de Londres donde, con el ADN, una máquina confecciona al cliente el menú apropiado para que estés sano, el pene se te empine con alarde de triunfo y te brille el cabello. Al mismo tiempo puedes ver en una pantalla lo que pasa en las cocinas y una aplicación te informa de dónde salió el tomate de la ensalada o de qué mar el pez que se halla mansamente servido en el plato.

Solamente saber que todo ello se practica en Londres, el lugar más tenebroso que existe en la tierra en achaque de comidas, ya es suficiente para descartar tales excentricidades.

En estas fechas, cuando la Semana Santa nos ha asomado al acantilado de la piedad, recemos una oración sentida a la cocina estilizada, cuidada, premiosa, ortodoxa … Preservada de la ponzoña.

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Caca de elefante

¿Se presta o no se presta el arte actual al camelo? Esta es la pregunta que vienen haciéndose las gentes sensibles cuando tienen un rato libre desde hace varios decenios a la vista de las obras que se exhiben en las salas de exposiciones.

En Londres se ha galardonado con un prestigioso premio a un joven pintor que emplea boñigas o mierda de elefante para sus ingeniosas creaciones. Sin duda hay quienes piensan que donde se ponga el óleo o la acuarela que se quite el excremento de un vertebrado por muy elefante que sea. Son personas que se niegan a ver el progreso y que piensan de manera rutinaria que este simpático proboscidio solo sirve para los números de circo y para transportar nababes en la India. Sin embargo, tras el galardón londinense, se ve que se trata ésta de una forma de pensamiento anticuada, poco dúctil y desde luego refractaria a los nuevos signos que emite el arte en este final de centuria.

Que la mierda de elefante es un instrumento para el despliegue de la imaginación creativa es algo evidente y además está sancionado por la crítica. El hecho de que se haya tardado tanto tiempo en descubrirlo nos ilustra acerca de la torpeza y las limitaciones creativas que padecieron Rubens, Velázquez o Goya, obtusas criaturas que no lograron ver más allá de sus pinceles.

Hay, sin embargo, un problema y es que la mierda no se presenta en el estado natural en que sale del ano del voluminoso animal sino que el artista la seca y la barniza como pasos previos a pincharla con alfileres en sus apreciables lienzos. Estoy seguro de que lo hace con la mejor intención y rodeado de los mayores miramientos pero la verdad es que nos asalta la duda de si es lícito manipular el zurullo de un elefante y si no sería más propio, y sobre todo más respetuoso con el animal y sus evacuaciones, poner la deyección en su forma prístina de manifestación, sin alterarla ni «humanizarla» en forma alguna. El debate está servido y sobre él se pronunciarán los más acreditados expertos. Desde la humildad del simple e ignaro espectador, me atrevo a sostener que cualquier operación destinada a alterar la cagada tal como ésta comparece en la Naturaleza es un artificio que debe ser juzgado con la mayor severidad porque ¿qué ocurriría si el artista, además de barnizarla y secarla, la adorna con una banderita o la mezcla con nata batida o con una salsa vinagreta?

Y es que está muy bien el uso de una buena diarrea si se tiene el compromiso inaplazable de una exposición, pero ¿puede el artista, invocando su libertad creativa, alterar un producto hasta desnaturalizarlo? Se trata probablemente de un problema de límites: esto es lícito, aquello ya no. Pero cuanto más estrictos seamos, mejor para el arte. Si hoy aceptamos que se barnice la caca de un elefante ¿no acabaremos admitiendo que se haga una caldereta a base de los tomos de la enciclopedia Espasa?

Mi opinión pues es que está muy bien que el artista londinense haya envíado el óleo y la acuarela al desván de las antiguallas, merecido lo tenían, pero lo que resulta más difícil aceptar es que no respete como se merece el cagajón, que es lo que es, y a mucha honra, por lo que nadie está legitimado para su alteración por muy creativo que sea.

Acaso sea el atrevimiento de este hombre lo que ha llevado a otro artista a llenar cuatro inmensas vitrinas con órganos disecados de ganado vacuno y presentarlos tal cual en una acreditada sala londinense (¡ay, Londres, ¿cuándo cerrarás de una vez la National Gallery?). Obsérvese el desparpajo del creador al «disecar» los órganos de las apacibles vacas. ¿Quién es él para disecar nada? ¿Le gustaría que hicieran con su perineo lo mismo? ¿por qué no se atreve a disecar los peinados de la señora May o los calzoncillos del príncipe heredero? No y no. Los órganos de las vacas, teniendo en cuenta que el más importante de todos ellos es la mama, merecen un respeto por parte de los humanos. ¿Qué es eso de disecar una teta? Si la ubre es la fuente nutricia de donde todos venimos ¿cómo es posible atreverse a someterla a las manipulaciones de la taxidermia? Se comprenderá ahora que toda severidad es poca cuando de artistas envanecidos se trata: si su genio les conduce a llenar un armario de órganos de vacas que éstos sean frescos, rozagantes y sobre todo ¡ojo, mucho ojo, con la teta!

Admitamos, con Santo Tomás, que el arte suple las deficiencias de la naturaleza pero no que las falsee impunemente. Queremos el boñigo de elefante, al natural, con su proverbial encanto intacto. Como dijo el clásico, y si no lo dijo debió decirlo, florezca el arte allá donde crezca el zurullo.

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Lo quirúrgico

Una de las señas que distinguen a nuestro tiempo es la moda del quirófano. Hasta hace poco sólo los enfermos en un grado muy apreciable y distinguido de enfermedad acudían a esas estancias rebosantes de olores narcotizantes y de blancos desinfectados que son las salas de operaciones de los hospitales. También eran buenos clientes las pobres víctimas de la apendicitis que ha sido siempre una dolencia de naturaleza pedagógica pues preparaba al paciente para mayores afanes quirúrgicos en el futuro. La operación de apendicitis era una especie de ingreso en el mundo de la cirugía, el bautismo del bisturí y el cloroformo, y había quien tenía bastante con esta experiencia y quien tan solo le servía de pórtico para más cuajados empeños. Se dice que el apéndice no sirve para nada lo cual no es verdad pues es el medio de que se valió Dios para crear a los cirujanos. Sabiendo como sabemos que una humanidad sin cirujanos hubiera sido una humanidad fallida, se instaló en el hombre el apéndice para justificarlos y así la inflamación de ese adminículo, que de forma ligera se califica de inútil, es la piedra sobre la que se ha edificado todo el edificio sanitario que hoy conocemos.

Lo demás vino después porque estos profesionales, ya puestos, empezaron a inventar, con enorme fruto, otras dolencias que podían ser aliviadas extirpando de aquí y añadiendo de allá. Y así nace la patología quirúrgica que es rama señera de la Medicina. ¿Qué harían los catedráticos de esa asignatura si los humanos no tuviéramos zonas lumbares y una columna vertebral que es como un acordeón averiado? En rigor, morirse de asco y contemplar cómo se marchitan los quirófanos, tristes y extenuados de quietud.

El humano por contra ha visto siempre al quirófano y a su señor natural, el cirujano, como alguien ante quien era aconsejable cruzar los dedos o tocar madera porque los pacientes somos muy nuestros y acabamos tomándole cariño a las diversas partes de nuestro cuerpo por muy defectuosas que sean. De ahí que no nos guste que nos anden hurgando en ellas ni que nadie se complazca en ver nuestras intimidades provisto de un cuchillo que tal parece el anuncio de un festín. A veces leemos que alguien se ha dejado en nuestro interior una gasa o el mismo bisturí y esto provoca un gran revuelo pero a mí esto siempre me ha parecido la cosa más natural del mundo siendo lo verdaderamente censurable que el cirujano se olvide en las inmediaciones de nuestro hígado una ficha de dominó o el salchichón que tenía comprado para el bocadillo. Abandonar un trebejo quirúrgico en nuestro apreciable interior debe ser contemplado como un signo exquisito de hospitalidad (nunca mejor empleada tal expresión) y aceptado como un recuerdo que queda de la operación y, así como nos traemos de un viaje a París una torre Eiffel con un termómetro incorporado o de Sevilla un toro, del hospital nos traemos una sonda metida en nuestras entretelas.

Por estas razones y otras que podría ir desgranando, lo cierto es que a nadie le ha gustado nunca ser anestesiado ni operado. Al quirófano se iba a rastras excepto cuando se trataba de la fimosis porque contemplábamos la liberación del prepucio y la alegre salida del bálano como heraldo de magníficas aventuras. En esta ocasión se ha ofrecido siempre el miembro viril a la rudeza quirúrgica con alegría porque todos los sentidos se hallaban imantados por los más excitantes lances.

Sin embargo, ahora, hay más operaciones a las que se acude de forma voluntaria, con la sonrisa en los labios y la cartera en posición de «prevengan». Hay quien se estira el pezón o la mama completa o quien pide una cuarta más de pene, hay quien diluye ojeras, quien abate papadas o humilla caderas poderosas, quien se cambia de nariz con la naturalidad de quien cambia de acera, y así otras excentricidades. Es la era de la liposucción aunque también de otras chupadas menos científicas. Pero el colmo de la afición quirúrgica lo ha alcanzado una señora holandesa que se ha metido en el quirófano porque padecía orgasmos que la arrebataban en los momentos y lugares menos esperados. En una ocasión, cuando hacía la compra en unos grandes almacenes, justo en el momento en el que tomaba de la estantería su yogur preferido, le vino un vahído y quedóse estremecida ante la mirada envidiosa de los demás compradores de yogur que hubieran dado su tarjeta de crédito por disfrutar de tal experiencia en tan trivial coyuntura. Orgasmos además que le duraban varios minutos sin otro efecto secundario que el rictus de gusto que se le fijaba, húmedo y fruitivo. En vez de disfrutar con liberalidad, no se le ocurrió sino hacerse un encefalograma que arrojó como conclusión una malformación arterial. Se operó la muy estólida y hoy, ya bien formada, padece la vida previsible y anodina de quienes no estamos malformados arterialmente.

Excesos como se observa de la cirugía que conducen a la vulgaridad de correrse tal como está previsto en los reglamentos cuando infringirlos es algo así como eyacular sobre ellos, el orgasmo monumental y concluyente.

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