Escaleras

Sube por ahí una exposición sobre la escalera y su declive histórico que está dando mucho que escribir porque las gentes estamos ávidas de solazarnos en acontecimientos minúsculos, en historietas que se atrevan a desmontar la Historia y logren empinarse sobre la base de una flor, la flor primorosa de la nadería, hartitos como estamos de tanto acontecimiento único y apabullante. De ahí, el homenaje a la escalera que tiene un algo de romántico ya que cobija en su seno añoranzas rancias, la evocación de un pasado que está muriendo y que ha de ser rescatado de la desmemoria, sepulcro agusanado.

Pero ¿está desapareciendo de verdad la escalera, tal como se propone? Esta creencia no es de ahora porque ya la proclamaron los futuristas de los años del siglo XX que vieron los primeros ascensores, contemplados entonces como un atajo, como una burla a la escalera. Allí donde estaba la escalera esperando impávida a quien había de subirla, en jarras y como diciéndole “aquí te espero”, allí se colocaba un ascensor que tal parecía como si se la tomara a rechifla porque ofrecía lo mismo pero sin esfuerzo. Se sabe, sin embargo, que si algo ignora un futurista es precisamente el futuro porque la escalera y el ascensor, lejos de negarse el uno a la otra, son como un Jano a quien Saturno dio dos caras para ver el pasado y también el porvenir, ambos indispensables porque la escalera quedó de guardia, a la espera del desfallecimiento inevitable del ascensor que también ha de subir jadeante sus escaleras. “No desaproveche ninguna escalera” aconsejaba don Gregorio Marañón, adelántandose a los gimnasios modernos donde se suben escalones en una máquina, práctica que demuestra la lozanía de la escalera pues quien es capaz de tragar escalones y más escalones sin destino alguno, es el verdadero creyente de la escalera, su más firme valedor, porque los demás la usan para llegar al séptimo piso y abrazar allí a la manceba y quedar atrapado en la seda de sus caricias o para ganar la consulta del dentista que ha de liberar del dolor de muelas, pero el del gimnasio es un amante generoso y gratuito del escalón, lo que no deja de producir escalofrío.

¿O es que tiene algún mérito el que sube la escalera de la Ópera de París o la de la película del acorazado Potemkin? Ninguno, según mi criterio, porque el uno lleva en la cabeza los compases de “Las bodas…” y el otro sueña con una revolución y el lío de marineros tirando por la borda a los elegantes oficiales. La pobre escalera es para ambos un medio, cachivache, instrumento y así no se la honra adecuadamente como también es un escarnio la escalera mecánica, sucedáneo lamentable, achicoria aguada de las escaleras dignas.

A la escalera la enaltecen como digo quienes suben peldaños en el gimnasio porque sin verla en cuerpo la llevan metida en sus entretelas y en sus ensoñaciones y, también, Buero Vallejo que se valió de una escalera para trenzar una historia triste, tumba de ilusiones, paridero de las peores angustias, por donde bajaban y subían cansados o presurosos los hijos de la ira, colmena de desesperanzados. A mí me gustan también mucho las escaleras de las películas de Hitchcock porque por ellas circula el misterio licuado que se derrama precisamente por ella como la sangre de las víctimas más vistosas y mejor muertas. Y no me gustan sin embargo las escaleras estrechas y siniestras de El Escorial ni las que bajan, en la cripta de los capuchinos de Viena, al lugar donde yace sepulto el Imperio austro – húngaro porque son escaleras oscuras, con ecos de covachuela, con olor a Habsburgo mal enterrado y la escalera pide imaginación, lujo de caprichos, un Destino, a ser posible, inventado.

Porque ahí está la clave: en la escalera interior, la que utilizan los ascensores de nuestras intimidades, la que nos conduce a los horizontes nevados, a las manos propicias, a las mejillas rubicundas, al mar amante, a los saberes desperdigados… Pues que la vida es poco más que una partida de póquer, quien dispone de todo eso es quien se alza con la escalera de color.

Publicado en: Blog, Soserías

Progresistas

Cada vez es mayor el número de personas que nos tratan de explicar que el “progresismo” es un camelo, un trampantojo, la artimaña a la que se le ven demasiado las intimidades como para caer en su trampa. Es más: quienes así nos previenen suelen añadir, con cierta perfidia, que quien invoca el progresismo para sus fechorías en puridad en lo que está pensando es en su cuenta corriente y en su plan de inversiones.

De ello se seguiría que el número de rufianes en España es abultado porque abultado es el número de quienes airean el tal progresismo como la brújula de sus conductas.

Pienso que esto no puede ser así, me resisto a creer que estamos rodeados de forajidos. Entiendo por el contrario que estas gentes malpensadas no saben interpretar en su real significado ese afortunado sintagma que es el “progresismo”.

El “progresismo” no es una ideología que se estudia en los libros de ensayo, que son muy aburridos y a veces están en varios tomos, ahí está el error, el “progresismo” es una pasión vivida con emoción, con el calor de los buenos sentimientos aunque es verdad que, en quienes lo experimentan de forma apasionada, se trueca en fuego, en una embriaguez que les lleva a la urna el día de las elecciones, capturados por una efervescencia cercana a la fiebre.

Es decir que ignoran que el “progresismo” es una sensación de bienestar, una ilusión – de ahí lo del “proyecto ilusionante”-. También un éxtasis de orgullo por saber el individuo que lo disfruta que se halla en el sitio correcto de la Historia y no en sus múltiples parajes descarriados. 

Hay el progresista que vive en la linde de la enfermedad y por eso llevo pidiendo desde hace años que los colegios electorales cuenten con un servicio de especialistas – un psiquiatra sería apropiado- para atender los casos más graves de “progresitis” que se presenten entre los ciudadanos en el momento de depositar el voto. Hay que tener en cuenta que para estos sujetos la selección de la papeleta con las siglas progresistas supone ya una excitación muy acusada que se derrama en el momento de introducir la papeleta por la ranura de la urna. Oportunidad de suprema pasión y cercana – cierto que solo en casos extremos- al desvarío y que solo se puede comparar con el arrebato místico o el modernismo más refinado. De ahí que exista mucha poesía que trata – con mejor o peor estro- de cantar al “progre” en esos instantes de delirio. Y así se dice: “Votante, está linda la urna y el viento lleva esencia sutil de progresismo …”. Y por ahí seguido.

Se me dirá que exagero. Reconozco que estos son casos morbosos pues para el mayor número de progresistas, personas más comedidas, su voto representa simplemente la alegría de la entrada en el hogar donde habitan los buenos, es como la comunión que se practicaba antaño en la misa de doce y que te hacía participar del reino de los fortalecidos por la gracia administrada al comulgante. De ahí que, según me consta, los progresistas acuden a votar en ayunas.

Sépase que por todo ello el progresista, cuando es generoso, derrama su compasión sobre el carca.

¡Ah, qué mundo más desesperanzado si no contáramos con el progresista empedernido e implacable!

Publicado en: Blog, Soserías

Victorias electorales adulteradas

Hay tantos elementos pecaminosos en el relato de los hechos que nos ha brindado la sentencia de la Audiencia de Sevilla sobre el caso de los ERE que es difícil aislar los más llamativos. Antes de entrar en alguno de ellos, debemos felicitarnos, en primer lugar, por el hecho de que al final los jueces se hayan pronunciado. Con la parsimonia que en ellos es sólita aunque en este caso fundada en la complejidad del asunto y el abultado número de personas implicadas. Menos aplauso merece el extraño aplazamiento de la decisión final a un momento posterior a las elecciones del pasado 10 de noviembre ya que nos han privado de razones convincentes. Y, en segundo lugar, debemos recordar ahora con agradecimiento el hecho de que algunos medios de comunicación, no todos, acogieran la información sobre unas actuaciones escandalosas que acabarían, precisamente por la publicidad periodística, llegando a las manos de una juez valiente y comprometida con la dignidad de su oficio. En tal sentido el papel de este periódico, inicialmente en Andalucía y después a nivel nacional, ha sido relevante.

En esta hora del análisis no nos dejemos confundir por ciertos mensajes partidistas: los magistrados sevillanos han juzgado y sentenciado un caso desmesurado de corrupción, dilatado en el tiempo y que ha contado con la protección explícita del poder público. Con ello se han violado reglas elementales de la convivencia democrática pues se ha permitido la infraccción descarada de la concurrencia leal y en igualdad de condiciones de los partidos políticos. Es claro que uno de los contendientes ha resultado beneficiado por tales prácticas torticeras.

Que alguien nos cuente ahora el alcance de la adulteración de las elecciones andaluzas y de España pues no olvidemos que de allí vienen muchos diputados al Congreso.

Que alguien explique cómo se puede sanar la groseramente mancillada limpieza de las campañas.

Que alguien restaure ahora el honor perdido de Katharina Blum como en la novela de Heinrich Böll.

En alguna ocasión hemos propuesto que a tales campañas deberían aplicárseles las reglas que rigen las publicitarias de los productos que salen al mercado: en concreto, la prohibición de la publicidad engañosa, desleal, agresiva, denigratoria a veces en forma de falsas aseveraciones hechas a sabiendas contra un rival con el objeto de perjudicarle. Los jueces han evitado en muchas ocasiones que los mensajes publicitarios se conviertan en un “zoco de improperios”. Pues eso son en efecto nuestros periodos electorales y ahora sabemos, mejor dicho, constatamos una vez más, porque la dolencia ha afectado a casi todas las formaciones políticas, que un contendiente contaba en Andalucía con ventajas bien mensurables, como lo hace un jugador que acude al garito con las cartas marcadas o los dados cargados.

Pues no otra cosa que cartas marcadas ha sido el régimen de subvenciones públicas practicado por la Junta de Andalucía ahora condenada en las personas de sus máximos dirigentes. Pensemos en las empresas beneficiarias de tal gigantesco trapicheo que engordaba haciendas con méritos postizos y enredos picarescos, tal como señala la sentencia al aludir al “enriquecimiento de empresas y de terceros, ajeno a cualquier interés social o público”. A ver – de nuevo- cómo se restaura la igualdad entre las empresas y la lógica de la competencia entre ellas cuando unas han disfrutado del dulce pastel de unas subvenciones públicas que fueron adjudicadas aplicando el principio de “otorga bien pero mirando a quién”.

Se ha tejido así una vasta red de clientes paniaguados, encantados por disfrutar del favor del príncipe, felices y medrados, personas, como diría Quevedo, “con las coyunturas azogadas de reverencias y sumisiones”. Son quienes han contribuido a mantener en sus poltronas durante decenios a los mismos políticos. Todo ello alimentando el caudal de un río de dinero procedente de una cuenta corriente nutrida por los contribuyentes.

Conviene en esta hora empero no llorar sobre las fullerías consumadas y mirar si es posible rectificar algunos de los despropósitos cometidos y, en concreto, la recuperación de las millonarias cantidades distraídas, tal como ha solicitado acertadamente algún partido político.

Por un lado, se está aireando la vía de la responsabilidad civil. En este sentido hay que saber que el gobierno andaluz en su momento no exigió al tribunal que impusiera la pertinente fianza a los encausados pero se reservó el derecho de ejercitar “la correspondiente acción civil una vez finalizado el juicio penal si a ello hubiere lugar”. Acuerdo este que ha tenido unas graves consecuencias procesales porque la Fiscalía se vio impedida para solicitar dentro del proceso penal esa responsabilidad civil. Es previsible que los condenados por los jueces sevillanos interpongan recurso de casación ante la Sala segunda del Tribunal Supremo. En tal caso, es evidente que el juicio penal no se ha ultimado pero bien podría aprovecharse el debate ante esa Sala, a nuestro modesto entender, para solicitar por la representación procesal del actual gobierno andaluz la fijación de los términos concretos de esa responsabilidad civil con el consiguiente establecimiento de las fianzas procedentes. El ejercicio de acciones civiles en este momento podría ser prematuro al no ser firme la sentencia.

Está actuando también el Tribunal de Cuentas, órgano en el que se debe tener confianza pues tiene encomendada una función jurisdiccional plena cuyo objeto es reparar el menoscabo o daño que se haya podido causar a la Hacienda pública. Porque “el que por acción u omisión contraria a la ley originare el menoscabo de los caudales o efectos públicos quedará obligado a la indemnización de los daños y perjuicios causados” (artículo 38.1 de la Ley Orgánica del Tribunal de Cuentas). Una advertencia esta que completa la Ley de funcionamiento de ese mismo Tribunal al decir que “la jurisdicción contable conocerá de las pretensiones de responsabilidad que, desprendiéndose de las cuentas que deben rendir todos cuantos tengan a su cargo el manejo de caudales o efectos públicos, se deduzcan contra los mismos cuando, con dolo, culpa o negligencia graves, originaren menoscabo en dichos caudales o efectos a consecuencia de acciones u omisiones contrarias a las leyes reguladoras del régimen presupuestario y de contabilidad …” (artículo 49).

En este momento hay abiertos varios de estos juicios contables relacionados con este escándalo e incluso contamos con sentencias pronunciadas por el Tribunal citado condenando a altos directivos de la Junta de Andalucía al reintegro de cantidades significativas. Asimismo se ha producido también alguna absolución debida a la prescripción originada por actuaciones tardías.

Pasan en fin del centenar las causas abiertas ante la jurisdicción penal de manera que estamos a la espera de las sentencias correspondientes. Todos debemos ser muy respetuosos con los tiempos que los magistrados se toman para dictar sus sentencias y más quienes, como nosotros, somos juristas de oficio. Pero nos permitimos pedir a esos mismos magistrados que no confundan los tiempos que marcan las leyes procesales con los tiempos geológicos.

Más que nada por la curiosidad que tenemos algunos de llegar a conocer en nuestras frágiles vidas el final de esta trapacería descomulgada.

Etiquetado con:
Publicado en: Artículos de opinión, Blog

Cementerios

Ya existen varios cementerios virtuales que pueden visitarse en la Red («paz eterna», «el árbol de la vida», «in memory of…» cada uno de ellos con sus respectivas direcciones llenas de uves dobles, puntos y rayas) en los que descansan nuestros allegados de forma virtual, es decir, según una conformación tácita o ficticia, de mentirijillas. Si estos cementerios prosperaran, nos ahorraríamos acudir a los cementerios verdaderos que son suburbiales y macilentos, habitados por los «heraldos negros» de César Vallejo, y nos limitaríamos a poner, con ayuda del ordenador, unas flores en una página web, unas flores virtuales, sin olor, sin sabor, sin poesía, sin luz, sin soles, sin lunas, pura degradación, ahora ya irreversible, de las flores de plástico o de papel.

Quizás los cementerios españoles se merezcan este trato aflictivo y destructor porque son espacios sin estética alguna, fríos en su insolencia marmórea, desnudos cual cristos crucificados, pero yo recuerdo los cementerios de algunas viejas ciudades europeas como apacibles jardines de un verdor espeso y húmedo, en los que acogedores árboles montan, en el uniforme de sus negros troncos, la guardia de los muertos, como si fueran amigos solícitos y, en el crepúsculo, mandan a sus melancólicas hojas gotear una lágrima de respeto. En esos lugares hay una inmensa paz solo turbada acaso por el murmullo de unas palabras que se pronuncian en cuchicheo por miedo a que lleguen a los oidos de los difuntos. ¿Llegará también a ellos la moda ficticia de la virtualidad?

Nosotros venimos de una cultura funeraria sólida y maciza, de los cuadros de Valdés Leal y del fusilamiento del contrario, también de lo que aprendimos en la literatura del XIX, en el romanticismo que es una «invitación al viaje» como tantas veces se ha escrito, al viaje hacia la muerte, hacia el suicidio que nos libera de la angostura cotidiana y nos hace entrar en el infinito, otro anhelo del romántico que rompe así los límites en que gustaba encerrarse el mundo clásico, un viaje que tenía como destino el Destino, escrito con mayúscula como si fuera el nombre propio de un pariente cercano, y a través de Él en el sentido último de la Muerte, gran jugarreta.

Lo bien que debió de pasarlo Nicasio Álvarez de Cienfuegos escribiendo aquellas expresiones feroces como «sepulcro voraz», «entrañas cóncavas», «sangrientas lágrimas»… Y no digamos Rico y Amat con lo de «me agrada un cementerio / de muertos bien relleno/ manando sangre y cieno/ que impida el respirar…». A este hombre, un cementerio virtual de los que ahora se proponen le parecería una cursilada insuperable, censurable amaneramiento de cadáveres sin la dignidad exigible a los fiambres.

Nuestra misma gastronomía está hecha de muerte prematura, de infanticidios, así el tierno corderito, el cerdo en pañales. Por algún sitio da cuenta Pío Baroja de una poesía dedicada a uno de los criminales del Huerto del Francés que decía «soy el terrible Muñoz/ el asesino feroz/ que nunca se encuentra inerme/ y soy capaz de comerme/ cadáveres con arroz». A lo que contestó don Pío: «eso no tiene ningún mérito y menos para un valenciano porque cadáveres con arroz es lo que constituye una paella».

O sea que a nosotros nos va la muerte y del humor negro hemos hecho una filigrana y así cuando le dijeron a Valle Inclán que había muerto Blasco Ibañez, contestó don Ramón: «lo hace solo para darse importancia». El sepulturero es además un personaje bien literario «de tétrica mirada/ con mano despiadada» que decía también el citado Rico y Amat y los epitafios son gloria pura y acerca de ellos será necesario escribir algún día despacio.

De manera que preveo un fracaso en España de esta modalidad de adulteración de la muerte no solo porque «al fin y al cabo el hombre se ha hecho labrando su esperanza sorda en urnas y pirámides» como enseñó Dionisio Ridruejo, sino porque la muerte es hermana del Sueño y fue soñando precisamente como Quevedo escribió la obra satírica más despiadada que se conoce en nuestra literatura.

Muerte, sueño, sátira: España.

Publicado en: Blog, Soserías

El bloqueo

Cada época tiene sus palabras que se salmodian, es decir, se emplean sin mayor gracia ni expresividad perceptibles. Suelen ser tópicos, lugares comunes, que son como los burladeros donde se acude en la vida social para guarecerse y evitar los peligros de la originalidad, la almohada en la que se echan una siestecita los prejuicios.  Allí se atrinchera el memo, una especie que conoce dos modalidades: la del memo audaz, afanoso en su memez, y la del memo inofensivo que simplemente habla de lo que no sabe pero sin mala intención. Ambos son tarugos cabales pero el primero lastima; el segundo se limita a hastiar.

Si se observa la realidad se advertirá además que hay palabras que se unen en matrimonio ante el altar de los tópicos: la cólera implacable, el desdén olímpico, la resignación cristiana, la maldición bíblica …

Hoy el topicazo de moda es el del “bloqueo”. Lo usan los políticos en sus debates y lo corean todos los que han descartado el manejo de razones concertadas en sus discursos, es decir, aquellos que, como diría Cervantes, “tienen el ingenio resfriado”.

Por bloqueo se entiende ahora aquella disposición de ánimo que conduce a impedir que el vecino gobierne. Se asegura que es muy malo pero, mirado con rigor, eso dependerá de si es bueno o malo el gobierno en sí. Y así, si el gobierno va a ser malo, el bloqueo será una bendición; en caso contrario, será una añagaza pérfida.

Antiguamente se decía “opilar” que significa obstruir o cerrar el paso. Pero muchos novelistas españoles empleaban en los años veinte y treinta del siglo pasado la palabra “desopilante” como sinónimo de regocijante, festivo o divertido. Hoy se dice “guay del Paraguay”. O se decía, cualquiera sabe …

Solo por el hecho de su circulación diaria y cansina el hombre honrado debe huir de usar la palabreja del bloqueo como debe huir de los testigos de Jehová o de esos pelmazos que quieren colocarte un programa wifi y te llaman para ello a la hora de comer. 

Que en la actualidad no hay personas críticas, o por lo menos personas que gasten maneras de sublevado, lo demuestra el hecho de que todos los opinantes se manifiestan contra el bloqueo cuando muchos deberían pensar que, para dictar decretos estrafalarios o elaborar presupuestos incomprensibles, lo mejor sería asegurar la obstrucción del gobernante, el cierre de filas marcial ante su acoso e impertinencia.

Y ya que han salido los presupuestos conviene añadir que son la manifestación numérica de la fealdad, dicho de otro modo, una antiestética exageración del desaliño expresivo.

El debate sobre el bloqueo es pues de carácter político en su modalidad tediosa. Si al menos hubiera un bloqueo épico con sus héroes, sus rapsodas, sus princesas cloróticas, y los chicos fueran al bloqueo como antes a la guerra cantando canciones bloqueantes y vibrantes, si esto fuera así podríamos aspirar a que al final nos saliera un Camoens inspirado.

Pero como esto es soñar, yo me conformo con un bloqueo que sea barrera contra los que viven de la pirueta y el enredo en cargos superfluos, contra las ponzoñas graduadas con títulos falsificados, contra quienes nombran jueces para protegerse. Este es mi bloqueo preferido pero ¿no será una quimera, una borrosa fosforescencia?

Publicado en: Blog, Soserías

¿Democracia de luto?

Hace unos días publicaba en este periódico Ignacio Torreblanca, con su pluma tersa y su brillante aptitud para la polémica, un artículo en el que sostenía la resistencia de la democracia española. Y citaba para demostrar su afirmación las graves crisis que hemos atravesado en los últimos decenios, incluidos los golpes de Estado de la extrema derecha y del separatismo catalán más las graves turbulencias desencadenadas por esa señora implacablemente enigmática que es la economía. Concluía el autor que ello se debía a la confianza de los españoles en las bondades del sistema democrático y su prevención hacia los modelos autoritarios.

Ambas afirmaciones son ciertas: hemos descubierto que la invocación al “cirujano de hierro” es hoy vacua, cuando no cómica, nos basta con los cirujanos – muchos y buenos- con que cuentan nuestros hospitales y que las bravatas de un general pronunciándose en un cuartel están bien como decorado para un sainete pero son inservibles para manejar los enrevesados asuntos que habitan en nuestras pesadillas. Hoy los generales son profesionales que se enfrentan, con las armas de una sobresaliente aptitud técnica, a los más intrincados problemas, por ejemplo, el de la ciberseguridad.

También comparto la idea de que nuestra democracia es resistente. Pero, como lo que deseo es polemizar con el polemista Ignacio Torreblanca, afirmo que siendo, en efecto, resistente, es, ay, una democracia a la que es preciso administrar sin perder tiempo fármacos adecuados pues que se halla inficionada por instituciones anémicas. ¿Qué es, si no, un Consejo del Poder judicial ocupado por personas que no pueden ser sustituidas porque no funcionan los mecanismos de renovación? ¿Y qué es un Tribunal Constitucional que padece la misma anomalía paralizante? ¿y qué un parlamento que está siendo elegido anualmente, impedido por ello para desarrollar sus funciones más elementales? ¿y qué un gobierno en funciones, es decir, en la permanente (dis) función de no hacer nada? ¿y qué sensaciones produce una región cuyos dirigentes desafían a España y han de ser enviados a la cárcel? Todo ello sin contar con la monarquía que, representada por un personaje prudente y preparado, sin embargo la pondrían en almoneda algunas de las actuales fuerzas políticas relevantes en cuanto las circunstancias ofrecieran la ocasión propicia.

Añado: España, su dúctil sociedad es fuerte: productiva, imaginativa, creadora, ahí están como testimonio nuestras empresas pujantes, nuestros artistas, nuestros profesionales, de la medicina, de la física, de las humanidades o nuestras ciudades, nuestros paisajes, a veces rudos, a veces luminosos, siempre hechiceros. Incluso en la España que ahora se llama vacía se advierte, entre los renglones de las penalidades, el latido de la laboriosidad.

Hay pues a mi entender un contraste inequívoco entre la equilibrada sociedad española, sostén de la democracia, como bien señala Torreblanca, y las instituciones de esa democracia, nidos de astucias y de politiquería.

Prueba de ello es la incapacidad de alcanzar acuerdos o pactos vivida y padecida durante los últimos meses que ha puesto de manifiesto la inclinación de nuestros políticos a usar el veto al contrario como un arma destructora que, disparada con terquedad, convierte el horizonte político en un desierto estéril. Porque si en algo consiste el oficio del político es en la destreza y talento para alcanzar pactos con quienes son sus oponentes, numerosos e inevitables en toda confrontación democrática. Dicho de otra forma: el “no es no” es lo contrario de la política, exactamente su antónimo. No hay, en el escenario político, concierto más afinado ni mejor aparejado en sonidos armónicos que el producido por sus voces discrepantes en el momento prodigioso de llegar a un acuerdo o pacto para lograr este o aquel objetivo. Porque los pactos son en la vida política lo que los libros en una biblioteca o los árboles y su murmullo en un bosque: su ingrediente inexcusable.

Ocurre, sin embargo, que a la escasa afición a los mismos que están demostrando nuestros políticos, hay que añadir su práctica desatinada. Recuérdese la experiencia de los intentados por el Gobierno y Podemos en el verano pasado. Acordados en términos generales por sus respectivos responsables máximos, lo cual es correcto, se pasa a la fase de su concreción entregándose esta a la vicepresidenta del Gobierno y al secretario de organización de Podemos acompañados de unos pocos colaboradores. Casi todos ellos personas que tocan de oídas. Esta metodología es la incorrecta.

Por el contrario, es preciso constituir equipos amplios de profesionales que se encarguen de desmenuzar los problemas, incluso dejando redactados bocetos de proyectos de ley o de reglamentos, para aquilatar al máximo los compromisos que cada uno asume ante los electores. ¿Por qué este método tiene ventajas indudables? Porque los técnicos enfrían los problemas y se entienden entre ellos al hablar un mismo lenguaje, fruto de haber estudiado en los mismos libros, lo que rebaja tanta palabrería con pretensiones ideológicas. Esta dimensión es capital. El resultado de sus trabajos es el que han de bendecir después los políticos poniendo su firma al pie de un documento minucioso que sirva para que el ciudadano pueda valorar el grado de su cumplimiento. Naturalmente cuando hablo de profesionales me refiero a personas solventes, con titulaciones no falsificadas que lo acrediten, descartados por consiguiente los amiguetes de los secretarios de organización.

Enfrentados como estamos a una nuevas elecciones, Albert Rivera ha propuesto trabar una serie de pactos con el PSOE y con el PP en materias sensibles y que por lo mismo exigen amplia concordia. Este es el camino idóneo y acertado y espero que, sin sectarismos, encuentre el apoyo de los jefes de los partidos aludidos. Tan solo objeto que esta idea del líder de Ciudadanos no la pusiera en circulación al día siguiente de las elecciones pasadas cuando disponía de cincuenta y siete diputados que sus votantes habíamos enviado al Congreso. No vale como excusa que tal propuesta se hizo cuando era evidente que no había pacto entre el Gobierno y sus “socios naturales”: primero, porque este concepto es una invención vaporosa de nuevo cuño y, segundo, y esto es lo principal, porque era obligación de quien no creía en la bondad para España de ese pacto que se tramaba el desactivarlo con los medios a su alcance sobre todo si contaba con la fuerza parlamentaria suficiente para ello.

Si, tras las elecciones, quienes han de decidir la orientación política de los futuros pactos son capaces de constituir esos equipos de personas competentes para que escriban su letra pequeña, se habrá dado un paso de gigante en la superación de los vetos que están lastrando y debilitando la democracia.

Porque ha de saberse que esta enfermedad de los vetos no es una originalidad de nuestros políticos sino algo extendido en muchos países incluso en aquellos que cuentan con sólidos usos democráticos. Es bien conocido el libro de George Tsebelis Jugadores con veto: cómo funcionan las instituciones políticas (Fondo de Cultura Económica, 2007) y los análisis que, en el mismo tono, han hecho autores alemanes como Ellen Immergut o André Kaiser cuando analizan los Vetopunkte en la democracia: cuantos más existan, mayores serán las dificultades para que funcione un sistema parlamentario.

Tales Vetopunkte están en manos de los jugadores que pueden ser cargos institucionales o figuras relevantes de los partidos, hábiles para llevar al sistema a un bloqueo que impida los acuerdos políticos, las combinaciones o coaliciones necesarias y, en general, ponga en riesgo la capacidad de reforma o adaptación del sistema.

Estamos en un momento delicado: con una democracia resistente, como defiende Torreblanca, pero al mismo tiempo con una democracia que puede quedar encallada, varada. Una democracia a la que se le puede hurtar el sol y el calor que emiten los cambios y los grandes proyectos. Es decir, una democracia vestida de luto.

(Publicado en El Mundo el día 4 de noviembre de 2019).

Etiquetado con: ,
Publicado en: Artículos de opinión, Blog

El harapo nos libera

En las pasarelas de la moda en París se viste de harapos, en plan «sin techo», en una reivindicación inesperada del «clochard» y de su forma de vida austera y mínima. Esta es la última contribución de los modistos abandonados por la imaginación y por ello obligados a copiar la miseria que ven bajo esos puentes urbanos de ojos silentes y ateridos, y también en las noches castas y legañosas de las estaciones de metro, noches de cartones plegables, pues el infortunio se ha hecho en estos tiempos enrollable y transportable. La naturaleza imita al arte o el arte imita a la naturaleza que tanto monta para estos espabilados dispuestos a llenarse los bolsillos con lo que más a mano les cuadre.

O sea que el delicado satén, el suave terciopelo, la fina muselina ya poco tienen que hacer en un mundo de ricos/ricas que han de ir ocultando sus riquezas como lo haría un avaro temeroso de ser desplumado. El «glamour», lo «chic» cambia y el siglo XXI será un siglo vagabundo o no será. Quien quiera ponerse a la moda habrá de llevar, en punto a vestimenta, una suerte de existencia errante, callejera, habrá de barzonear con convicción y con modales de bigardo desenvuelto.

Lo cierto es que esta deriva de la moda ya se veía venir desde el vaquero y la arruga que arruinaron toda una tradición de plancha depositada en aquellas abnegadas mujeres que en las casas ricas trabajaban para sacar rayas y almidonar cuellos. La planchadora daba palique a esas señoras solitarias cuyos únicos interlocutores eran un marido y un confesor ausentes en sus desdenes. Por esta razón, las planchadoras, como personas de respeto, salen mucho en Galdós y, en general, en las novelas del XIX, cuando la plancha se convirtió en un artilugio complejo, cumpliendo siempre con acreditada pulcritud su cometido como compañía pues en rigor eran una especie de visita mercenaria, esas visitas que proponía Mihura contratadas por unas pesetas para dar una conversación apacible y sin sobresaltos, una conversación a la carta, a los señores contratantes.
Yo creo que el papel de la planchadora se devaluó y empezó a observarse con recelo cuando alguna de ellas, traicionando sus mansas funciones, mató sin piedad a la dueña de la casa atizándole con la plancha en la base del cráneo, zona bien delicada en algunas personas, con el objeto de llevarse esos duros de plata de don Amadeo de Saboya que siempre albergaban los colchones de las casas con posibles. De estas acciones, aisladas pero de innegable crueldad, procede el temor que estas mujeres empezaron a suscitar entre las damas poco proclives a ser asesinadas y ello explica que una obra de teatro experimental, dedicada precisamente a «las planchadoras» de la que es autor Martínez Mediero, cosechara un barroco y canónico fracaso.

Todo ello está en el origen de la popularización del vaquero y de la llegada de ese eslogan, alumbrado por un arconte de la moda, que proclamaba la belleza de la arruga. El harapo que se avecina no es más que llevar estos precedentes a sus consecuencias más extremas y generales.

Ahora bien, estamos a mi juicio en una dirección positiva y plausible porque una vez que todos vayamos de pobres ya no se podrá distinguir al pobre fidedigno del apócrifo, una situación que aliviará mucho nuestras conciencias como antes se aliviaban con el ejercicio caritativo de la limosna. Esta desaparecerá viéndose obligada la Iglesia a rectificar su doctrina sobre las obras de misericordia pues se pueden cometer imperdonables faltas de compostura si ofrecemos veinte duros a un registrador de la propiedad por el simple hecho de verlo por la calle con el aspecto de un afligido hospiciano.

Al fin todos seremos iguales. Ya solo queda que sentemos al pobre auténtico ante un portal de Internet convirtiéndole en pobre.es, es decir, en una referencia virtual y remota, para que hayamos ultimado esa revolución que llevamos tantos años comentando.

Publicado en: Blog, Soserías

Las ojeras de Draghi

Se retira ahora de la primera fila Mario Draghi, un personaje que se ha ocupado del dinero de los europeos en los últimos años. Seguramente no conoce a nuestro Quevedo quien oportunamente distinguió entre moneda “que quiere decir munición o fortaleza”, pecunia que es “granjería gananciosa” y dinero “tomando su apellido de número deceno que es el más perfecto”. Pues bien  el italiano, de juventud apagada por cuanto la consume entre gráficos, estadísticas y ratios, luce  la medalla de la aflicción y de la pesadumbre: la ojera.

Pero lo hace con gran desenvoltura porque son sus ojeras como una fosa ancha, despejada, misteriosa … Fosa que tiene vocación de un útero donde se gestaran las más diversas especies de congojas: la amargura propiamente dicha, el ansia melancólica, el quebranto de los malos augurios, la carga que arrastra las precauciones …  y así seguido.

Porque las ojeras de Draghi son sus gafas y por ellas ve con nitidez el descalabro de una bolsa, la cotización del euro, la estabilidad del empleo, la seguridad de los precios y el fluir de las divisas. Unas gafas, mucho menos unas lentillas, no le permitirían apreciar tantos ingredientes de la realidad al mismo tiempo y con tanta agudeza.

Por eso lo que, en un empleado de una oficina, una ama de casa o un jubilado, puede ser un signo vulgar de cansancio, del tedium vitae, o, cuando es más refinado y leído, el asomo desganado del esplín baudeleriano, en Draghi es elemento indispensable, arquitectura de su personalidad, como si dijéramos el remate de su eminencia económica y monetaria, de su envergadura como señor de los números y de la estadística. Es decir que si viéramos a Draghi sin las ojeras sería como si le viéramos in puribus, con las vergüenzas descocadas y en desafío. Un escándalo de dimensión europea. 

Por eso este hombre ha rechazado de forma vehemente todas las ofertas que ha recibido para eliminarlas a pesar de que procedían de las más acreditadas firmas mundiales, esas grandes clínicas especialistas en rebajar mantecas, alzaprimar pechos o disimular cinturas atacadas, de la misma manera que antaño, las celestinas, por unas miserables monedas, recomponían virgos y los dejaban listos para las más exigentes inspecciones.

En definitiva, las ojeras de Draghi, lejos de ser expresión de lo marchito y sin brillo, son fruto sazonado, regalo demoníaco y, al mismo tiempo, y ahí lo admirable de las mismas, representación de la fragilidad humana y de la timidez con que se desempeñan las ilusiones en esta vida.

Porque adviértase que Draghi ha dispuesto de aquella facultad de que disponía el dios Midas quien, según la mitología griega, trocaba en oro lo que tocaba. Draghi es en efecto el único que ha podido  crear moneda en Europa, que ha estado facultado para mandar imprimir billetes de cien euros en función de sus saberes o sus presentimientos. Pero como Draghi conoce el final de Midas, que no fue muy venturoso, es por lo que ha ejercido sus fabulosos poderes con celo y sin caer en alocadas demasías.

Desde el rincón humilde de estas Soserías, propongo que, en esta hora de la despedida, se cree la “Ojera de Draghi” como condecoración de la Unión Europea para distinguir a sus personajes ilustres en sus modalidades de medalla de oro o cruz sencilla. En campo de lágrimas.

Etiquetado con: ,
Publicado en: Blog, Soserías

Vinos y política

En alguna ocasión estas soserías han destacado cómo, frente al idioma español empobrecido y deteriorado, hay un espacio en el que ocurre lo contrario pues en él se cultiva un lenguaje espléndido, imaginativo, pleno de expresividad: es el de los vinos, calificados como “fresco en boca”, “redondo y apto para maridajes variados”, “jugoso” “carnoso” “sabor de cerezas negras” o de “pimentón rojo” y así seguido.

Es un gozo para quien gusta de la lengua y gusta de los vinos. Es decir para las personas apreciables. Botarates, abstenerse.

Pues bien, ahora que estamos metidos en período de desparrame político ¿alguien se imagina que, en lugar de las zafiedades, de los lugares comunes y de los insultos, se acogiera en los mítines y demás saraos esta terminología tersa y brillante que viene de un mundo tan español como es el de los vinos?

Así, por ejemplo, en lugar de aplicar a un proyecto legislativo esos adjetivos estúpidos de progresista, transversal, ecológico, sostenible, intersexual, inclusivo y no sé cuántas pedanterías más, todas insufribles por lo repetidas y cansinas, en lugar – sostengo- de esta algarabía vacua, se afirmara que el proyecto para el próximo período de sesiones tendrá el frescor de las especies dulces o que será sedoso, largo en boca, con recuerdos de braseado con sarmiento.

¿A que sería igual de absurdo pero en punto a estética no tiene comparación?

El pacto al que aspira el candidato con otras fuerzas políticas, en lugar de asegurar un gobierno (“gobernabilidad” según la majadería al uso) tolerante y reformista, lo cual no es decir nada y ya empalaga, diríamos que es un pacto trabajado en barrica de roble que ofrece un toque cítrico. ¿Cómo queda, señor candidato? No me diga que no es más airoso, hermético ciertamente porque nadie sabe a qué se puede referir pero exactamente igual le ocurre a lo de tolerante y reformista.

O, en vez de liberal, decir que “mi política en Europa se desarrollará en términos untuosos, secos y afrutados. Con un coupage internacional que la dotará de aroma intenso, estructura elegante y sabor aceitunado”.   

Sería magnífico que del presupuesto, vehemente catarata de números y gráficos tan prescindibles como abominables, se pudiera decir que emite olores a levadura fresca y tiene el postgusto largo, como para aplicarlo a varias legislaturas, sin necesidad de andar cambiándolo porque, en el fondo, no aportan nada nuevo. Pero el tal retrogusto sería persistente y se marcaría con el tiempo pasado en botella, es decir, en las gavetas del ministerio.

Y así sucesivamente. Soy bien consciente de que sería una revolución pero una revolución suave, de buenas maneras, como de humos añiles, pura caricia de la historia y sus avatares, nada de sangre ni de guillotinas, ni gulags ni campos de concentración. La belleza de la palabra puesta al servicio de la política, desterrando de ella la tropelía, el desmán verbal, el topicazo: los atropellos sustituidos por bellas expresiones. En lugar de eso tan manido de “seré un presidente para todos, las puertas de mi despacho estarán abiertas a poderosos y mendigos, a cabareteras y a notarios”, lo cual se viene repitiendo desde Canalejas para acá se podría decir: “mi gestión será gustosamente frutal y, lo que es más importante, dejará al final recuerdos de cacao”.

Vale la pena intentarlo. Todo sea porque la borrachera que habremos de soportar, en lugar de alimentada por desafueros de la sindéresis, sea una borrachera cabal, fruto de uno de esos caldos nacidos en el interior de un valle soleado, silencioso, acogedor y de un claro origen coluvial. 

Todo por la patria.

Etiquetado con:
Publicado en: Blog, Soserías

Tiempo de elecciones

Tiempo de elecciones, tiempo para retirarse a leer historietas, a divagar sobre el pasado, a esperar la llegada de las setas, acaso ese copo de nieve ritual en las alturas montañosas … tiempo de dedicarse a diálogos, a monólogos, a las nubes, a la comida, al ayuno, es decir, a cualquier empeño excepto el de seguir la campaña electoral y los aspavientos de nuestros líderes (¡qué denominación tan jocosa!).

Frente a la monotonía estática de los mensajes se impone crear la estética fluyente de la divagación, adornada siempre – y esto es indispensable- con el acento circunflejo de la ironía, tenso el arco que ha de disparar la flecha del humor destructor.

Frente a los latiguillos del mitin el latigazo de la libertad.

Frente al entierro de las ideas, nada de lloros como es usual en los entierros, sino la horadante y divertida mirada del hombre irisada por la displicencia.

Es un período – este de la digestión de insultos amasados en la inanidad y en la injuria- en el que todo se hace imaginario y aun fantasmagórico porque las palabras, los mensajes repetidos en los medios de comunicación, salen en puridad de unas sombras. Quiero creer que cansadas de ser sombras pero incapaces de hacer cosa distinta al esfuerzo de gesticular ficciones y patrañas.

Es la época de los actores de cartón piedra en escenarios de cartón piedra. Época de siluetas, de perfiles inconsistentes, de almas apagadas por la rutina del verbo manoseado y flácido, masturbado sin gracia. Es el reino de la palabra convertida en espectro.

O, si se prefiere, de la flatulencia.

Saben los contempladores agudos de la vida que el tópico es como una medicina caducada, como una pastilla efervescente que ha perdido la efervescencia. O como ese proyectil que fue de un cañón vomitador de fuego pero que ahora no nos sirve más que para sujetar los papeles que tenemos encima de la mesa. 

Por eso, frente al culto al tópico, la liturgia de la indiferencia. El hosanna vibrante y desafiante a la discrepancia. En su compañía se verá cómo acuden en nuestro auxilio la audacia mental, la euforia y la energía creadoras, el apetito erótico y hasta la gracia santificante.

Es tiempo de rubricar las palabras vacuas con estornudos en lugar de aplausos.  Y es tiempo de crear una romería de bufones, bailarines y sátiros para que completen el paisaje que quieren monopolizar las ceremonias electorales.

Es tiempo, en fin, de atronar el espacio con músicas y versos burlones, remolinos de la vida.

Pues se extiende el temor de que, al cabo, en el Congreso de los diputados no brillen más que las calvas.

Etiquetado con:
Publicado en: Blog, Soserías