Música de palabras

Estas soserías deben hacer un esfuerzo para modernizar frases hechas aplicándoles el  tratamiento del progreso. Dicho de otra forma: se trata de hacer progresistas a esas locuciones que vienen de la noche de los tiempos y por tanto se hallan un poco apergaminadas.

Así, por ejemplo, diremos en el futuro:

Hoy sancheo más que ayer pero menos que mañana; sanchear y guardar la ropa; ni quito ni pongo rey, pero sancheo;  saber de qué pie sanchea una persona; fíate de sánchez y no corras; salir por los cerros de sánchez; nadie diga de este sánchez no beberé; sarna con sánchez no pica; sanchear y plagiar todo es empezar; donde dije digo, digo sánchez; dar una de cal y otra de sánchez; más pronto se conoce a un sánchez que a un cojo; de todo hay en la viña de sánchez; tomar las de villasánchez; sánchez para hoy, hambre para mañana … y todo en este plan.  

                                                        …………

En esta hora de desgracias también es preciso alumbrar dichos gentiles, donaires, bromas inofensivas que bauticé hace tiempo en un libro mío como “guindas en aguardiente”. Mis guindas llevan el ardor del agua en que se han macerado pero no quieren molestar más que lo indispensable. Son música de palabras. Aquí van unos ejemplos, sacados de la actualidad, que pueden servir para hacer llevadero el amargo presente: 

-No es lo mismo un gobierno en la sombra que un gobierno a la sombra.

-Ese político / a que nos aturde es de una ignorancia intensiva, metódica y sombría.

-Con los años, la salud se hace añicos.

-La estupidez del prójimo / a se mide por el tiempo que pasa al móvil.

-Por los pasillos de aquel Parlamento se arrastraban las leyes derogadas como fantasmas en nómina.

-Aquel político / a llevaba siempre consigo un asesor para recogerle la cara por si alguna vez se le caía de vergüenza.

-Un error que no comete jamás un “voyeur” diplomado ni un “viejo verde” es confundir el culo con las témporas.

-El presidiario que es hijo y nieto de presidiarios lo único que hace es estar a la sombra de su árbol genealógico.

-Por su afición, dijérase que aquel diputado vivía amancebado con su escaño.

-Para una tarjeta de visita: “Tarugo de estricta observancia”.

-Desde que ha muerto el marido, esa pareja ha ganado mucho.

-Era un hombre copiado.

-El esnob moderno pone las faltas de ortografía en inglés.

-El lugar común es la fosa común de las ideas.

-Es terrible pero en el Congreso de los Diputados no brillan más que las calvas.

-El canalla es quien ha hecho acopio de los escrúpulos y de la honradez y los ha enviado al desván para que se desvanezcan.

-Lo malo de hoy es que ya no necesitamos espejos cóncavos para ver el esperpento.

Y por ahí seguido …

Publicado en: Blog, Soserías

Una fullería, un pasteleo, un atropello

La historia del manoseo del Consejo del Poder judicial está embutida de enredos pero lo que se intenta perpetrar ahora entra en el terreno de la fullería. Una proposición de ley que pretende ser aprobada orillando los informes del Consejo del Poder Judicial, del Consejo Fiscal, de la Comisión de Codificación y del Consejo de Estado. El primero con el argumento de que su mandato está caducado y los otros porque se teme que emitan una descalificación contundente. ¿O es que el Consejo de Estado se halla también en funciones?

El argumento es que el Partido Popular, al bloquear la renovación del Poder judicial, altera el funcionamiento de las instituciones. Y esto lo dicen quienes van a reformar una ley orgánica como la del Poder Judicial sin que el ministerio competente tenga la probidad de elaborar un anteproyecto, pasearlo por los ministerios, recibir la observaciones de sus secretarías generales técnicas, ser examinado por la Comisión de Secretarios de Estado … y llegar a la mesa del Consejo de Ministros. ¿Es que tal forma – osada, desembarazada- de actuar no supone una alteración del normal funcionamiento de las instituciones?

Los votos de los proponentes más los de quienes se presten a semejante pasteleo sacarán adelante la proposición si se les retribuye en forma. Culminado el atropello, se habrá facilitado la conquista del Consejo del Poder judicial. En él desembarcarán, sin necesidad de consenso alguno, aquellas personas designadas por el PSOE y Podemos. O por el PP y Vox cuando los dados electorales caigan en otra posición.

Si a ello se añade que a ese Consejo del Poder judicial corresponde nombrar a la élite judicial de forma discrecional, no hace falta ser un arúspice especialmente dotado para imaginar qué jueces van a ocupar los cargos influyentes de la magistratura. En 2018 se modificó el artículo 326 de la Ley Orgánica del Poder judicial (LOPJ) para limitar las facultades discrecionales del Consejo a la hora de nombrar a esa élite judicial y por tanto someterse a reglas de mérito y capacidad. No tendrán dificultad los autores de la actual proposición en derogar ese artículo 326 y volver al sistema de designación sin cortapisa alguna. No quiero dar ideas a esos dos grupos parlamentarios, que las tienen y bien perversas, solo quiero advertir que, cuando cambien las mayorías políticas, no podrán extrañarse de que otros se entreguen con fruición a nombrar a los suyos.

Lo que se avecina es una hecatombe, el sacrificio ritual de la independencia judicial. Un valor que no parece tener importancia para quienes se rasgan las vestiduras porque se bloquean las instituciones.

Enfatizo una afirmación: los cinco mil jueces españoles actúan con independencia. Solo cuando aspiran a ocupar puestos relevantes han de someterse a embrollos político – asociativos.

Para garantizar la independencia de todos procede respetar algunas reglas:

Primera, los doce vocales deben ser elegidos por los jueces sin que intervengan las Cámaras legislativas.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 14 de octubre de 2020)

Etiquetado con:
Publicado en: Artículos de opinión, Blog

Trabucazo contra la independencia judicial

Precisamente fue la independencia judicial el tema que elegí para ingresar como académico de honor en la Academia asturiana de Jurisprudencia gracias a los buenos oficios de mi buen amigo Leopoldo Tolivar y a la amabilidad de sus miembros.

Sostuve en aquella ocasión que, para contar con una justicia independiente, es necesario que el juez -individualmente considerado- lo sea y para conseguirlo la receta es clara: pruebas públicas de ingreso, especialización como jurista (mercantil, laboral menores, contencioso …), carrera asegurada sin sobresaltos ni trampas, trabajo bien valorado, sueldo digno, jubilación asimismo reglada. Dicho de otra forma: un estatuto jurídico del juez regido en todo por el principio de legalidad, alejado de componendas políticas y asociativas.

Pese a lo que tantas veces se proclama, conviene recordar que en España la inmensa mayoría de los jueces -algo más de cinco mil- actúan con independencia respecto de los otros poderes del Estado y con imparcialidad respecto de las partes y ello porque su vida profesional está organizada según reglas legales, objetivas y previsibles.

¿Por qué se habla entonces de la politización de la justicia? Pues porque la élite judicial escapa a tales reglas al intervenir en el nombramiento de sus componentes instancias que participan de la sustancia política. Integran tal élite los magistrados del Tribunal Supremo, los presidentes de salas de ese mismo Tribunal, los presidentes de la Audiencia nacional y de sus salas, los presidentes de Tribunales superiores de Justicia y asímismo de sus salas, en fin, los presidentes de Audiencias y los magistrados de las salas de lo civil y criminal competentes para las causas que afectan a los aforados.

Estos son los cargos que nombra el Consejo general del Poder judicial de forma discrecional con la intervención activa de dos asociaciones judiciales que se han repartido y se reparten los puestos a cubrir. Por consiguiente, lo que procedería es acabar con tales nombramientos discrecionales y para ello bastaría con modificar algunas pocas normas. Lo que en efecto se ha hecho en 2018 aunque de manera abiertamente insuficiente.

Pues bien, ahora, en lugar de afrontar este problema que es el central, lo que pretende el Gobierno de coalición es modificar la forma de elegir los vocales de ese Consejo desterrando las reglas que exigían consenso entre los partidos mayoritarios. Con la mayoría absoluta se podrán pues nombrar unos vocales que, atención, gozan de un inmenso poder porque, insisto, son quienes tienen en su mano la designación de los jueces más relevantes de España.

Y esta alteración del sistema tradicional la pretende hacer el Gobierno de Sánchez a través de una proposición de ley que presentan los grupos parlamentarios de socialistas y de Podemos. Una estratagema porque lo obligado sería que el ministerio de Justicia elaborara un anteproyecto de ley, lo distribuyera entre los ministerios, recibiera las observaciones de las secretarías generales técnicas, pasara a la Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios y llegara al fin a la mesa del Consejo de ministros, convirtiéndose así en un proyecto de ley, listo para ser enviado a las Cortes. Con un añadido sustancial: este proyecto (que no proposición) necesitaría los informes del Consejo del Poder judicial, del Consejo fiscal, del Consejo de Estado y de un órgano hoy en el olvido, la Comisión general de Codificación (integrada en el propio ministerio de Justicia). Al parecer, el presidente del Gobierno tiene poca confianza en la organización del Estado cuya Constitución ha jurado y por ello utiliza el atajo de la proposición de ley que no necesita tabarras de informes que vaya a usted a saber a qué molestas conclusiones llegan.

Quien me lea no debe olvidar que no estamos hablando de una ley cualquiera sino de la orgánica del Poder judicial, que forma parte del “bloque de la constitucionalidad”. Y que por ello merece un mayor respeto por parte del Gobierno.

El argumento político es que el Partido Popular ha bloqueado la renovación de ese Consejo y con ello está alterando el normal funcionamiento de las instituciones. Como si hacer pasar una ley de la envergadura de la que estamos hablando por la puerta acomodaticia de la proposición de ley no constituyera ya de suyo una alteración – y bien grosera- del normal funcionamiento de las instituciones.

La reforma se aprobará por supuesto porque contará con los votos de los grupos proponentes más los “desinteresados” que provengan de las filas nacionalistas, separatistas y filoetarras.

Culminada así la trapacería será posible el cerco y toma del Consejo del Poder judicial. Entrarán en él, sin la pejiguería del consenso que tanto tiempo hace perder, aquellas personas designadas por el PSOE y Podemos más el pago a separatistas etc.

Esto, hoy. Mañana serán los del PP, cuando las mayorías cambien.

Lo que se avecina es un trabucazo disparado contra la independencia de los jueces, al menos de los que componen esa élite judicial a que me he referido y que es la que preocupa a la clase política porque es la que conoce de los recursos y asuntos más importantes, juzga a los aforados etc. Al Gobierno le interesa tener controlado al Tribunal Supremo, lo que diga o resuelva el juez de Llanes le trae sin cuidado.

Todo esto es lo contrario de lo que impone el respeto a ese valor constitucional de primer orden que es la independencia de los jueces: de todos, de los que actúan en estrados imponentes y de aquellos que lo hacen en escenarios menos aparatosos.

Un respeto que incluye cuatro reglas. La primera sería que doce de los vocales del Consejo sean elegidos por los propios jueces sin intervención de las Cortes (los otros ocho de acuerdo con lo que dice la Constitución, artículo 122, 3). La segunda es que los jueces que componen la aristocracia judicial sean designados exclusivamente por razones de mérito y capacidad, no como resultado de pactos embolismáticos trabados entre las asociaciones judiciales. La tercera es que se suprima la facultad de que hoy disponen los parlamentos de las Comunidades autónomas de designar – con mecanismos estrictamente políticos- un magistrado para el Tribunal superior. La cuarta es prohibir las puertas giratorias entre la política y la justicia. Piense el lector que, en el actual Gobierno de España, hay tres ministros que son jueces. Pues bien, en el momento que dejen de serlo se instalarán en sus juzgados o tribunales para administrar justicia, sin despeinarse, como quien no ha roto un plato en la fiesta de la política.

Se empezó enterrando a Montesquieu y ahora ya estamos aprestando el horno crematorio para ir introduciendo en él a trozos el Estado de Derecho.

(Publicado en La Nueva España el día 15 de octubre de 2020).

Etiquetado con:
Publicado en: Artículos de opinión, Blog

Alejandro Nieto: noventa años

En los países más respetuosos con las grandes personalidades se celebran sus setenta, sus ochenta, sus noventa cumpleaños con glosas de sus andanzas y de los trabajos que han ido tejiendo con brío, fuerza y paciencia. En España solo aplaudimos en el arrastre mortuorio como a los toros en el ruedo.

Sería una injusticia que así se procediera con Alejandro Nieto, ya nonagenario, uno de los sabios españoles que sigue cultivando una curiosidad intelectual entre escéptica y melancólica, pero siempre bien fecunda.

Nieto ganó por oposición – es decir, oponiéndose a otros candidatos, una práctica que las modernas leyes han desterrado – una cátedra de Derecho Administrativo enseñando en diversas Universidades españolas en la época en que el catedrático gozaba de movilidad y así de su entusiasmo por la docencia se beneficiaron alumnos de La Laguna, de Barcelona y de Madrid. Como conferenciante, oyentes de toda España.

Como jurista, Nieto nos ha desvelado las claves de los más intrincados rincones del Derecho Administrativo siempre con la mirada buida y la pluma pulida. Pero Nieto ha sido además historiador, ensayista y gestor público, como Presidente que fue del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Ha recibido premios como el Nacional de Ensayo y ocupa hoy un sillón en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Sus obras sobre la ideología revolucionaria de los estudiantes europeos, la tribu universitaria, la organización del desgobierno, la corrupción en la España democrática reflejaron los cambios en Europa y los profundos males que aquejaban a la sociedad española y al decorado de cartón piedra de sus instituciones políticas. Resalto, porque se suele olvidar, su “España en astillas” (1993) con un sustancioso prólogo donde se destaca la persecución que sufrió por haberse creído que en España regía la libertad de expresión. Todo ello fue escrito por Nieto en un momento temprano cuando la mayoría de la población y de los intelectuales vivían acunados disfrutando de una España encantada consigo misma.

A “los primeros pasos del Estado constitucional”, que explica la Regencia de María Cristina de Borbón, hay que unir decenas de estudios históricos relacionados con nuestros siglos XIX y XX. En breve podremos leer la monografía que ha dedicado a la Primera República Española, que sale en un momento bien oportuno, cuando tanto botarate está elevando tal forma de Estado al altar ante el cual va a arder un pebetero con los mejores perfumes españoles.

Alejandro Nieto es además un tipo entrañable, provocador y divertido y, sobre todo, alejado de las convenciones. Es precisamente por esta condición una suerte de sublevado muy original, un sublevado que no combate los molinos de viento sino el viento mismo, el viento que arremolinan las mentiras y las gilipolleces sociales. Gasta boina barojiana con cuya mala leche es obligado emparentar la de Nieto.

Es el jurista que despotrica de los juristas porque cree que cultivan una palabrería de cementerio, de sepulcros blanqueados, de palabras fusiladas por la conveniencia y luego mal enterradas. Pero, al mismo tiempo, él ha da dado a la jurispericia días de gloria y de vida vívida, no acartonada ni untada de afeites.

Ha descorrido en sus obras los cortinones de las instituciones sociales para enseñarnos que son poco más que belén de Navidad. Es también el jurista que ha querido despojar a las mentiras de la falsa seriedad de su traje de etiqueta. Y eso sobrevivirá de su obra, aunque la sociedad le haya retribuido con una desdeñosa indiferencia.

Alejandro Nieto es, en fin, un escultor que usa como material para sus obras sus sueños de sublevado. Y, al cabo, él, que tan duro es con tantos, se enternece con un paisaje del Cerrato y perdona a la humanidad sus despropósitos desde aquellos azules que a la tierra empapan en su eterno juego de luces. Y les da su bendición de monje que ora en las soledades, pues Alejandro tiene también aire frailuno, de fraile severo y sotana castigada por la austeridad y los años fértiles.

Felicidades, maestro.

Publicado en: Blog

Una adivinanza: la cogobernanza

Entre el festival de palabras malsonantes que emplean los primates de la política ocupa un lugar especial la de “gobernanza”, una grosería introducida en España – como buena parte del material de contrabando lingüístico- por los americanos de los EEUU.

Por cierto, antes de seguir adelante, aclararé que acabo de utilizar la palabra “primate” en la segunda acepción del DRAE “personaje distinguido, prócer”, no en la primera que alude a “mamífero de superior organización, plantígrado …” aunque es verdad que algunas veces ambas acepciones coinciden en los dignatarios que nos pastorean.

Ya que estamos con el DRAE diremos que la gobernanza se define en él como “el arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”.

Pero vamos a ver, señores académicos, ¿qué es lo que ha pretendido todo gobierno, de derechas, de izquierdas, republicano, clerical, laico, jesuítico o masónico, desde los tiempos de arriano Liuva I sino el desarrollo económico, social e institucional duradero etc…? Es decir, el esfuerzo que los sabios lingüistas han realizado para describir la gobernanza tiene el aire de ser el parto de los montes.

Por mis malos pasos en la vida me he visto obligado a leer la bibliografía que se ha ocupado de la gobernanza, una tortura que no deseo ni al más depravado, perverso y diabólico de mis oponentes. Gastan sus autores un lenguaje pintoresco y una desembarazada sintaxis, en sus escritos están la “red”, la “interacción”, la “acción multifacética”, la “poliarquía deliberativa”, por supuesto, la “modernización” y el inevitable “progreso”. O estas otras perlas: la “intermediación de intereses”, el “rediseño de los incentivos”, los “procesos argumentativos” y así podemos continuar trastabillados por este camino enfangado de hallazgos a cual más abominable.

Hay un sujeto tozudamente cómico que califica la gobernanza como “una estructura decisional y de implementación en cuya constitución institucional pueden resultar de gran utilidad los principios del republicanismo cívico”.   Y continúa, como un trabucaire del lenguaje, vendiéndonos la gobernanza como el mejor remedio para “implementar técnicas de gestión de nivel micro en un espacio multiorganizacional donde no pueden suponerse ni el consenso en los fines ni la gestión por decisión de autoridad”. Es entonces – concluye el supremo majadero- cuando se impone concebir al Estado como un gestor de interdependencias.

No invento nada, lo tengo inventariado todo en un largo y sesudo artículo mío que anda por ahí publicado.

En estos días, el rizo rizado y risible es la cogobernanza y ya auguro que en breve circularán la metagobernanza y la protogobernanza. Y lo bueno es que, en cuanto las repitan un par de tarugos / as en los medios de comunicación, las repetirán millones de españoles (y españolas).

Como soy más tradicional, me conformo con hablar de gobierno o, si quiero echar mano de una palabra ilustre por sus trienios, de “gobernación”.

Porque lo de gobernanza es una adivinanza, un jeroglífico, un cofre pleno de charadas y de chorradas.

Usar el término “gobernanza” es además de mala crianza, genera desconfianza y hasta ganas de venganza, nada que permita la alabanza ni tenga que ver con la buena pitanza.

Produce, eso sí, buena cobranza a quienes venden humo porque, viviendo en la holganza, les llena la panza colmados de la mejor esperanza.

Conclusión: se nos quiere engañar bailando ante nosotros la danza y la contradanza de la gobernanza. Pero nadie lo dude: solo quien lleva una mala andanza, en vez de gobernar quiere cogobernanza.

Porque cultiva la mescolanza y las más depravadas usanzas.  

Publicado en: Blog, Soserías

¿Suprimir la adhesión a la Constitución?

Si observamos lo que ocurre en países cercanos respecto al juramento de los diputados, advertiremos que en el Reino Unido se mantiene un juramento de fidelidad a la Reina que puede ser sustituido por una afirmación solemne de parecido tenor. Se permite además que se haga a la manera escocesa, es decir, con la mano levantada pero sin sostener el texto sagrado (este es escogido libremente por el diputado). El juramento (o afirmación) debe ser tomado primero en inglés pero puede repetirse en galés, gaélico escocés o córnico. Y al final se firma en un libro de pergamino custodiado por el Secretario de la Cámara de los Comunes.

En Francia no hay juramento en el ámbito político a pesar de que subsiste para los abogados, los magistrados, los médicos … una exigencia que se pretende aplicar a los alcaldes y a sus adjuntos porque – se argumenta en una proposición de ley presentada el pasado año- estos son representantes de sus municipios y además agentes del Estado competentes para aplicar las leyes. Es interesante anotar que en la Exposición de motivos se afirma que “no existe moral pública sin deberes reconocidos y aceptados, en primer lugar, el respeto a la Constitución y a los principios en que la misma se basa”.

En Italia no se exige juramento alguno a los diputados, pese a la tradición en contra, porque así lo quiso la Constitución hoy en vigor aunque la instauración de un juramento es asunto que se reproduce como debate con cierta frecuencia. Tampoco en Portugal. Pero en Bélgica sí hay un trámite de juramento el día en que los diputados ocupan por primera vez sus escaños.

En Alemania prestan juramento el presidente de la República, el canciller y los ministros federales. Con una fórmula establecida en el artículo 56 de la Constitución: “juro consagrar mis fuerzas al bien del pueblo alemán, acrecentar su bienestar, evitarle daños, salvaguardar y defender la Ley fundamental y las leyes de la Federación, cumplir mis deberes escrupulosamente y ser justo con todos. Que Dios nos ayude” (la invocación religiosa puede omitirse). Preciso es añadir que el texto citado no puede se alterado, así al menos lo interpretan los autores que se han ocupado de este asunto: “cualquier otra fórmula no es compatible con el texto constitucional” (por todos, Grundgesetz. Kommentar, Maunz- Dürig – Herzog …).

Se puede seguir ofreciendo un acabado repertorio de derecho público comparado. No creo que sea necesario.

Y ello porque cada Estado es fruto de unas determinadas circunstancias históricas que permiten a lo sumo aproximaciones entre ellos pero nunca semejanzas absolutas. En este sentido, España tiene un pasado tejido por enfrentamientos, es un mosaico de desgarros, de lutos obstinados, de ruinas, aunque también nos hemos dado respiros en forma de espléndidas etapas de paz, de aciertos y heroicidades. Una de ellas ha sido precisamente la iniciada con la entrada en vigor de la Constitución de 1978.

Pero la situación ha cambiado para empeorar. Hoy, en medio de una crisis institucional que compite en gravedad con la otras que nos cercan, se suscita el debate acerca del juramento o promesa de la Constitución por los parlamentarios. Pues bien sostengo que, si hay un país donde es inexcusable exigir este acto de adhesión a la Constitución, ese país es España. Y añado: va a ocurrir lo mismo en otros cuando avance en ellos la presencia de partidos contrarios al sistema constitucional. También en el Parlamento de Estrasburgo, donde crecen las delegaciones empeñadas en socavar el proyecto europeo, habrá de buscarse una fórmula para que sus diputados se comprometan con los valores contenidos en los Tratados a menos que se les quiera expulsar a la luctuosa oscuridad de la agonía.

Nosotros, en España, nos hemos convertido en un país lastimado por la desintegración, en un sistema que ha olvidado que sin integración (“constituir un todo”, DRAE) no hay Estado siendo la Constitución el resultado normativo de una comunidad vertebrada. El Estado existe cuando hay un grupo que se siente como tal, una aquiescencia democrática que es el fundamento de ese artilugio que llamamos Estado, su sustancia, el espíritu que determina su existencia y lo justifica. Por su parte, la Constitución no es sino el receptáculo que recoge los latidos de esa comunidad que hace a un pueblo sentirse Estado.

La legitimidad de la Constitución procede en buena medida de la fe social en esos atributos compartidos e intereses comunes que permiten al grupo vivir juntos. En este contexto lo simbólico juega un papel nada despreciable y por ello encontrar la forma de Estado más apropiada no es el producto tan solo de una reflexión jurídica sino también de un sentimiento en parte emotivo.

Esto se ve claro en la configuración de los Estados regionales o federales que han de basarse en un claro reparto de competencias pero que de nada serviría si no existiera una conciencia clara en sus protagonistas de pertenecer todos a una misma familia. Sin esa conciencia, el edificio se viene abajo.

Pues bien, las fracturas que nutren los nacionalismos separatistas en España conforman el ejemplo de manual de una Constitución carente de esos elementos de integración indispensables para hacer posible su vigencia serena y fructífera. Tales nacionalismos / separatismos defienden tesis dirigidas a destruir el patrimonio común que supone la existencia del Estado como indiscutido hogar común.

Carecemos por ello de un “credo” compartido y libremente vivido y asumido, de un prontuario de cuestiones básicas, entre ellas, obviamente, la existencia misma de ese Estado. Sin ese “credo” todo amenaza ruina.

Falla, y con estrépito, el gozne del Estado, la «lealtad”, bisagra que facilita el movimiento de sus engranajes. Una lealtad que representa el territorio marcado por las buenas maneras, más allá del cual se abre otro en el que se extiende el despropósito. Un despropósito en el que estamos instalados porque la deslealtad de algunos actores de la escena política – ahora partícipes del Gobierno de España- es la enfermedad de un sistema devenido frágil e ineficaz. Con claras alarmas de extenuación. Una muestra: el Parlamento catalán acaba de tomar el acuerdo ¡de no acatar una sentencia del Tribunal Supremo! ¿Alguien da más?

Y un dato estremecedor: en el Congreso de los Diputados actual un 30% de sus componentes o no creen en el Estado o no creen en la Constitución o no creen en España, o en ninguna de las tres cosas a la vez, un rosario de descreencias que han desestabilizado el sistema convirtiéndolo en un artefacto macilento y desmedrado.

Por eso sostengo que, en tal pavorosa situación, lo único que nos falta es estimular a los desleales sus artificios y trampas suprimiendo su adhesión formal a esa grapa común que es la Constitución. Si este atropello llega a consumarse, se iniciará un tiempo de luto, tempus lugendi, en el que lloraremos el arrinconamiento de la Constitución en el desván de nuestra memoria. Dormirá allí entre cachivaches antiguos, vestidos apolillados, fotos de la transición … mientras sobre sus articulaciones dañadas se bailará la danza macabra de las identidades y los privilegios.

Y una última nota. Sabemos que los magistrados del Tribunal Constitucional están discutiendo la validez de las fórmulas empleadas por algunos diputados en la última sesión de apertura de la legislatura. Se oyó allí que se juraba o prometía: “por la libertad de los presos políticos”, “por el retorno de los exiliados”, “por la República catalana” “por la República vasca” y otra porción de extravagancias.

A la hora de resolver, me permito indicar a tan distinguidos jueces, con humildad del jurista de provincias que soy, que decidan pensando en lo que decidirán cuando les lleguen fórmulas que podrían oírse en una legislatura próxima: juro o prometo “por la restauración de los Principios del Movimiento Nacional”, “por el restablecimiento de la pena de muerte”,“por la abolición de las comunidades autónomas”, “por la supresión de los derechos históricos en el País Vasco” “por la penalización del aborto” y por ahí seguido.

En estos debates necios estamos en un país que se desangra y cuyos dirigentes se empeñan en aturdirnos, camino del precipicio.

(Publicado en el periódico El Mundo el día 23 de septiembre de 2020).

Etiquetado con: ,
Publicado en: Artículos de opinión, Blog

Miradas, bromas, insinuaciones

Me abruma pensar el trabajo que se han echado encima los / las responsables del ministerio de la Igualdad al considerar como conductas sancionables las miradas, las bromas y las insinuaciones referidas a las mujeres.

Por de pronto tendrán que depurar buena parte del arte donde abundan ejemplos de estos comportamientos calificados como vitandos por esas señoras encargadas de la ortografía de las nimiedades.

La verdad es que está bien consumir el tiempo en bobadas. Con la edad y las malas artes que trae consigo se aprende – yo al menos he aprendido- que en un ministerio cuantos más asuntos superfluos se aborden, mejor, menos se dedicarán a molestar y eso que sale ganando el vecindario.

Ya hace tiempo que se suprimieron los piropos pero esto lo asumimos con benevolencia porque el piropo fue siempre el telegrama de la galantería. Y muerto el telegrama, muerto el piropo.

Sin embargo, lo de ahora es distinto. Por eso yo me acuso de haber dirigido miradas a mujeres jarifas, de haber sido mirón, espectador afortunado de señoras de formas divinas y de entendederas ingeniosas, también de haberme asomado a las atalayas en las que la recompensa consistía precisamente en disfrutar de estas visiones lujosas y otros presagios favorables. He puesto en esas miradas mías un embeleso tan solitario como anhelante. En muchas ocasiones han acabado, ay, en agonías angustiosas pero en otras se han trocado en delicias bien nutridas y en horas dulces que siempre me parecieron cruelmente breves.

Yo me acuso también de haber hecho bromas sutiles sobre las mujeres, consciente de que el humor es el ungüento mirífico que aplican los hombres y las mujeres inteligentes a los afanes diarios pues – a ver si lo entendemos de una vez- el humor es la musa del desenfado, la bombilla que llena el aire de luces burlescas, que da esperanza al enfermo y libera de sus pesadillas al atribulado. El humor es lo que más odian los censores y los perseguidores de la espontaneidad, los anémicos y escorbúticos de talento, los finchados de normas opacas y de reglamentos. Humor se escribe con “r” de rebelde y quien no practica el humor es un desdichado que arrasta agachada su personalidad. O un alto cargo / a del ministerio de Igualdad.

Y claro es que me acuso de haber hecho insinuaciones picantes porque es la insinuación

el apunte ligero, la mañosa introducción en el ánimo de alguien para ganar “su gracia y afecto” (DRAE), la insinuación es la forma de expresarse las personas sutiles, imaginativas, chispeantes, virtuosamente maliciosas, inocuamente traviesas. También es la insinuación “el deseo de relaciones amorosas” (de nuevo el DRAE). Pues ¿qué? ¿nos vamos a comportar, cuando ardemos en deseos, como una lava hirviente que todo lo atropella? ¿eso es lo que ambicionan las del ministerio? ¿que nos brillen los ojos, que se nos desparramen los gestos lascivos? ¿no es mejor el breve lucero fantaseador de la insinuación?

Lo prudente es pues no hacer caso a las amenazas proferidas por esas señoras tan inquisidoras como insípidas.

Porque lo que desde luego no vamos a hacer es mirar al ministerio de igualdad, bromearle o insinuarnos con él. ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¿Qué se han creído los seres sombríos que lo habitan?

Publicado en: Blog, Soserías

Gusanos

A buenas horas nos aclara un científico chino (¿por qué los científicos no pueden ser de Pola de Allande o de otro lugar comedido?) que el hombre proviene de un gusano que vivió en la tierra hace más de quinientos años. Porque creo que nadie en sus cabales puede dudar de que este bicho que habita el planeta, y al que por un elegante circunloquio se le conoce como persona humana, descienda de ese invertebrado blando al que la zoología llama gusano. Un bicho que se arrastra contrayendo y estirando el cuerpo, como la lombriz o la tenia, apareciendo en el momento justo y haciéndose humo cuando pintan bastos, alabando babosamente lo que se espera que alabe babosamente y condenando con toda energía lo que se espera que condene con toda energía y, ya para pasar el rato, cultivando las más ominosas contradicciones con la naturalidad de quien cultiva unos tulipanes en esta primavera gusanera. Sujetos todos que asperjamos a nuestro alrededor palabras y silencios de acuerdo a nuestros particulares beneficios aunque sin olvidarnos de mojar el hisopo en el agua bendita de sacrosantos y tiernos principios. Todo antiguo como una enciclopedia de los siglos. Por eso en el discurso de los diablos de don Francisco de Quevedo, cuando se pregunta a los condenados si quieren volver, responde uno “yo no quiero tornar a vivir, solo porque me estoy atormentando aquí con la memoria de los pícaros y mentirosos y enredadores…”. Y en el mundo por de dentro, el mismo Quevedo asegura que la hipocresía es “una calle que empieza con el mundo y se acabará con él y no hay nadie que no tenga sino una casa, un cuarto o un aposento en ella”.

Un asunto pues claro como el agua mineral con burbujas para quienes somos viejos lectores de Quevedo o del peluca Molière y su tartufo o, sin irnos tan lejos en el tiempo, de Silverio Lanza. El primero, Quevedo, sigue siendo muy frecuentado y peor para quien no lo haga. Lo mismo que el segundo. Pero ¿quién lee hoy a Lanza? Nadie y probablemente sea lo mejor. Pero se pierden una novelita que llamó “la vermicracia”, es decir, de forma literal, el “gobierno de los gusanos” aunque luego, quien dirigía la colección (Eduardo Zamacois), le obligara a cambiar el título por el menos retórico de “los gusanos”. Salen personajes zarandeados por una sociedad hipócrita, de gusanos, una denuncia de la doblez humana y de la simulación de nuestros comportamientos. Lanza es hoy un personaje marginal en la historia de la literatura (lo ha estudiado hace pocos años y muy bien Juan Manuel de Prada) pero fue una referencia central de muchos escritores de su época. Ramón Gómez de la Serna le visitaba en su casa de Getafe donde hablaban en monólogos interminables que es como al hombre en rigor le gusta dialogar, se fumaban unos puros y Ramón se despedía para ir a lo suyo que era darle la vuelta a todo lo que se escribía a la sazón, especialmente por Lanza.

Aparece mucho también Silverio Lanza en las memorias de Pío Baroja y se comprende que se comunicaran con facilidad sus almas de anarquistas mesurados y amantes del orden pero Lanza le lanzó al vasco andanadas de las de época siendo él quien puso en circulación con éxito la teoría según la cual la obra de Baroja carecía de mujeres porque el autor desconocía el alma femenina. Como la afirmación caía sobre un Baroja ciertamente reacio al trato con el sexo opuesto, la maldad hizo diana en el blanco y se propaló con eficacia. Así anduvieron ambos a la greña, respetándose e hiriéndose de manera musical y acompasada, y que yo recuerde Lanza es de las pocas personas acerca de las cuales Baroja desliza en ocasiones en sus recuerdos, y siempre al desgaire, un adjetivo no hiriente.

Vemos pues cómo los gusanos se entrelazan con la vida literaria, con probabilidad la única vida inmortal. Y adquieren en ella rango de personajes que salen y entran, que comen y defecan como si fueran personas honorables pues todos ellos ostentan empleos o cargos respetados y aun de renombre en la gusanera social. Pero al final queda claro que, por debajo de sus trajes, de sus sombreros, de sus idas y venidas, de sus saludos farisaicos y de su caspa diseminada, de sus dengues y arreboles, está el gusano, el invertebrado ascendido a vertebrado por imperativo de la evolución biológica que impone su ley acomodaticia, termolábil y retráctil.

Publicado en: Blog, Soserías

Lenguas

La lengua, el hablar de las personas, conoce diversas modalidades a lo largo de la vida. Así, empezamos con la lengua de trapo, una forma indisciplinada de expresarse, ajena a reglas, que es propia de los niños. 

Cuando se llega a adulto, a la lengua la podemos llamar – si nos peta- idioma y así hablamos español, alemán, griego y por ahí seguido.

Pero los comportamientos humanos se van complicando y enredando y es entonces cuando surgen modalidades de lenguas más definidas. Tal es el caso de la lengua de víbora, instrumento de quien practica la maledicencia, también llamada lengua viperina o de escorpión. Es la lengua del amigo del chisme, de quien se solaza en mentideros y otros templos de ociosos, ese vicio antiguo cuyo remedio es, según sabemos los lectores del Quijote, “la ocupación honesta y continua”.

En los últimos tiempos nuestros gobernantes han suprimido las lenguas muertas que quedaban en los planes de estudio, los más viejos recordarán el latín y el griego, dos antiguallas inservibles. Fue una decisión acertada porque, si está muerta, se dijeron aquellos sabios prohombres, lo que procede es enterrarla entre espesos silencios.

Sobre todo porque había que dejar sitio a otra lengua que se llama, en un acertado galicismo, lengua de madera. Hasta el punto de que ya existen, para los jóvenes aspirantes a ministros, diputados o empleados de los partidos políticos, academias que enseñan la lengua de madera como antiguamente las escuelas Berlitz enseñaban alemán. Hay una gramática, una sintaxis, clases de oratoria, de pronunciación, de estilo, de estilística, nada falta para que el aspirante acuda bien pertrechado al ejercicio de su oficio.

La lengua de madera es un hallazgo que debería tener su sitio en la Academia donde a  buen seguro se sentará pronto un especialista en su uso y difusión. Porque, gracias a ella, el político habla envuelto en una niebla admirable y creativa, con una ambigüedad equívoca convirtiéndose en filigrana el arte de espardir el truco y la artimaña. ¿Alguien es capaz de ofrecer un fruto más sazonado en esta sociedad doliente?

Los asuntos gubernamentales nunca han de presentarse ante los ciudadanos – que somos unos indocumentados descarados- de forma desnuda y clara. Por eso necesitan ser sometidos a la exquisitez del maquillaje, es decir, pasar por el afeite de la imprecisión y por el perfume de lo inclusivo, lo disruptivo y lo transversal.

Hoy, el diccionario de la lengua de madera es tan rico como el Casares o el María Moliner y en él se recogen las frases hechas y los tópicos, las construcciones enfáticas, las comparaciones y las metáforas gastadas como guijarro de riachuelo, los eslóganes, los neologismos necios … Es el mundo donde se “desescala”, donde se practica la “gobernanza” y la “cogobernanza”, donde lo distópico, lo proactivo y lo propositivo engalanan el discurso. Es el mundo de la “condicionalidad” y de la “presencialidad”, asimismo de la “performance” y, ahora con la epidemia, el lugar donde los asustados humanos nos “cuarentenamos”.

Es el mundo en definitiva del charlatán. O sea, del imbécil.

Como todo se devalúa, a quien antes se llamaba  “pico de oro” ahora procede llamarle “pico de madera”.

Yo me rebelo, en mi impotencia provinciana, contra la lengua de madera. Lo mío es la lengua a la escarlata.    

Publicado en: Blog, Soserías

El sectario en su secta

Las personas cultas sacan mucho a colación las palabras “amigo / enemigo / adversario”, los más leídos citan incluso autoridades germánicas para apoyar sus cogitaciones.

Está bien que se distinga y se recurra al matiz pero en una sociedad donde ha triunfado la secta y su hijo bien amado, a saber, el sectarismo, las locuciones citadas no alcanzan a describir todas las tonalidades. Porque la secta es el símbolo de nuestra convivencia, la alegoría,  la insignia que llevamos bien visible como llevaban la flor en el ojal o el monóculo en un ojo perfectamente sano los dandys del pasado, los que salen en las novelas sicalípticas. Pertenecer a una secta es no equivocarse nunca a la hora de calificar un acontecimiento o una persona, siempre se sabe lo que el sectario va a decir, es inútil conjeturar, apostar o entretenerse en otros juegos: el sectario invariablemente dará en el clavo que todos tememos.  

Se vive en secta como antes se vivía en familia o en un pueblo de la sierra o en un barrio de brokers bien relleno. La pregunta que las mentes más agudas se hacen es la siguiente: el sectario ¿nace o se hace? Es la misma que nos hemos hecho siempre respecto del subsecretario: ¿nace o se hace? La respuesta es clara respecto de este, un sujeto nace subsecretario, tan solo necesita el tiempo para que le amargue el ácido úrico y las neuronas le hagan unas cuantas travesuras. Respecto del sectario es más difícil precisarlo. Después de darle muchas vueltas a esta delicada e interesante cuestión, he llegado a la conclusión de que hay sectarios originarios y sectarios sobrevenidos. Los primeros son aquellos que aseguran ser “socialistas desde el útero materno” o “de derechas de toda la vida”; los segundos son quienes llegan tras una etapa de maceración en cofradías, archicofradías, partidos, hermandades, gremios o esas sociedades secretas que tienen página web.

Pero la condición de sectario se puede afinar más. Esta transformación ocurre cuando el sectarismo y su práctica se convierte en profesión.

-¿Usted es ginecólogo o notario? se pregunta a un recién saludado.

-Yo soy sectario.

Este es el sectario más cabal y sincero: ha nacido sectario pero luego ha estudiado, se ha entrenado en diversos escenarios y ha adquirido una posición sólida de sectario a la que se acumulan trienios y derechos pasivos como ocurre con cualquier empleado o funcionario. Porque al cabo el sectario es un asalariado – aunque sea solo mental- de la secta, de cuyos jugos se nutre como una abeja lo hace con la flor propicia veraniega.

Ha convertido además el sectarismo en una superstición, en un fetichismo, en el amuleto que le permite andar apoyado en certezas por la vida como el ciego lo hace con el bastón.

El sectario es un idólatra que rumia la bazofia pesebrera del ídolo a cuya advocación se ha encomendado.  

Se verá por tanto que esa summa divisio que es la de “amigo / enemigo” es pobre, nos deja con ganas de más precisiones, de mayores florituras.

Porque a enemigo no se llega así como así. Normalmente hay etapas anteriores como son el enfado, la tirantez, el desapego, la rivalidad … solo cuando estas actitudes se desarrollan y se fortalecen es cuando se alcanza la verdadera enemistad, la enemistad hostil, la retorcida, esa que se corona en aborrecimiento y aun en guerra abierta.

Es frecuente entre los humanos de escasa estatura mental y es asimismo la que se practica entre los parlamentarios en nuestras Cortes, personas que viven las más de las veces en estado cataléptico, embutidos en sus argumentarios resecos, sudarios donde se ha dado sepultura al cadáver de la sinceridad, de la espontaneidad, del pensamiento libre y fresco, de la actitud intrépida e inesperada.

Son viejos, no porque se hallen marcados por el tiempo sino porque no han sabido qué hacer con el tiempo. ¡Pobres sectarios!  

Publicado en: Blog, Soserías