Hongos, insectos y pelmazos

Parece que los humanos no tenemos suficiente con las desgracias diarias: tremendas catástrofes internacionales y, en el patio interior, las más grotescas y sonrojantes combinaciones de sucedidos.

Insatisfechos, empero, buscamos nuevas tribulaciones. La de más amargo alcance es la referida al consumo de carne. Ya el pecado de la carne ha estado en el prontuario de las acciones a evitar si queríamos gozar la plenitud de la vida eterna. Pero se refería mayormente al deseo carnal, al ligado con la fornicación, con el goce físico, con la sensualidad desparramada, con la lujuria y otras exaltadas complacencias.

Sin embargo, el consumo de la carne para la humana alimentación, aunque hay textos sagrados que la prohíben, lo cierto es que los sacrificios de inocentes palomas o blancos corderos han sido prácticas habituales. Y no digamos las fiestas populares como la matanza del cerdo, ocasión de regocijos familiares de sólida tradición. De un cerdo salen chorizos orondos y morcillas descaradas que son repartidos con magnanimidad entre parientes y vecinos.

Comer un filete de ternera, un solomillo, unas codornices estofadas o rellenas de foie de ánade ha sido siempre signo de distinción y de tolerancia ilustrada. La perdiz tiene gran prestigio en los fogones y mantiene su honra aunque han llovido sobre ella atroces insultos, el peor de los cuales creo que es el carácter un punto rígido de su carne. El pollo, el palomino, hoy convertidos en bagatelas, conservan más dignidad que muchos purpurados. Cierto es que, quienes sabemos disfrutar de estos alicientes, cosechamos en general, en la vida social, la comprensión de nuestros semejantes y a veces incluso el aplauso desinteresado y convincente.

Todo esto es lo que corre peligro cuando vemos titulares en periódicos como el siguiente: “Más allá de la carne: Insectos y hongos para salvar el planeta”. 

O sea, fementido redactor de titulares, que salvar el planeta no pasa por acabar con los gerifaltes sin sustancia, veletas al son del viento que les resulta más venturoso para mantener su sinecura, tampoco con el vesánico gobernante que invade países extranjeros o con aquellos insolentes que declaran independencias y perpetran golpes de Estado llevando la angustia y la desazón a poblaciones apacibles, respetuosas de las leyes y temerosas de Dios. Estos forajidos al parecer son un modelo de equilibrio natural, de respeto a la biodiversidad y dispensadores de tiernas caricias a los ecosistemas.

Lo grave es comerse una salchicha de pollo o un solomillo. Estas sí que son tropelías que acaban con los más sagrados mandamientos de la ecología, la ecografía, y la economía, a juicio de estos nuevos apóstoles a la violeta.

Por ello se impone sustituir el tournedó por una tortilla de avispas y la ternera con guisantes por un estofado de hongos.

El problema frente a estos embaucadores no es que hoy nos prohíban la carne y nos califiquen a sus complacientes consumidores de salvajes deseosos de aniquilar el planeta. Lo más grave es que, si no les presentamos fiera y descomunal batalla, la emprenderán a no tardar contra el besugo a la espalda, el lenguado menier y el rodaballo al horno. Disfrutarlos será también un atentado merecedor del aislamiento social o del tratamiento psiquiátrico.  

Y, ya puestos ¿quién nos dice que la guerra no continuará contra el tomate, la lechuga, el pepino y la coliflor? ¿Y, tras ellos, contra el albaricoque, la sandía y el melocotón …?

A cambio de exquisiteces, fruto del libre albedrío de los humanos, de su sensibilidad aromática, de su artesanía diletante, nos hincharemos de polillas, de moscas, de cucarachas, piojos y de unos hongos como esos que nos salen en los pies cuando se nos olvida acariciarlos con un jabón propicio. 

¡Que os den por las ladillas, pelmazos!

Publicado en: Blog, Soserías

Europa: ¿nuevos horizontes?

Se han cerrado los debates de la Conferencia sobre el futuro de Europa y se han formalizado unas propuestas importantes que habrán de ser discutidas y que podrían conducir incluso a una Convención encargada de elaborar la reforma de los Tratados. Hoy, 9 de mayo, día de Europa, se darán a conocer formalmente en Bruselas.

Es probable que muchos lectores se pregunten de qué hablo y alguno habrá incluso que me compadezca porque piense que he perdido, con los estragos de la edad, la ordenada expresión del pensamiento. Pues no es así: la Conferencia a la que aludo es la que se puso en marcha por las instituciones europeas en la primavera de 2021 para debatir sobre el futuro de la Unión y sus políticas.

La singularidad de esta iniciativa ha consistido en la convocatoria a los ciudadanos de carne y hueso de los países miembros quienes han podido participar en una plataforma digital multilingüe y en paneles específicos para hacer oír su voz y el catálogo de sus preocupaciones, oportunidad que cientos de miles de personas han aprovechado. Destaco otro ingrediente: uno de los políticos que más han contribuido a dar vida a esta Conferencia ha sido Guy Verhofstadt. Se trata de un diputado liberal que presidió el Gobierno de Bélgica entre 1999 y 2008. Ignoro lo que hizo desde ese sillón, parecido al que pueda ocupar un temerario acróbata, pero sí puedo decir que le he oído un discurso sólidamente europeísta en los plenos del Parlamento europeo y en las sesiones de trabajo del Grupo liberal cuando yo era diputado de Upyd. Un discurso que no era palabrería urdida en un fin de semana lluvioso sino que se asentaba en media docena de libros de los que es autor y que constituyen reflexiones serenas sobre los atolladeros de nuestro continente con audaces recetas para salir de ellos.

Como consecuencia de la pandemia, los foros ciudadanos tuvieron dificultades para ponerse en marcha pero fueron salvadas por los artilugios técnicos. Después se ha producido la invasión de Ucrania por Rusia, todo lo cual ha oscurecido la Conferencia. Pero lo cierto es que su Comité, compuesto por el citado Verhofstadt, un representante del Gobierno de Francia (que ostenta la presidencia de turno) y una Comisaria europea, ha llegado la pasada semana a unas Conclusiones relevantes en forma de 49 propuestas y 200 medidas concretas. La mayoría pueden ser adoptadas en el marco de los vigentes Tratados pero otras necesitarían su reforma, ante la que muchos Estados se manifiestan escépticos, no así Francia y Alemania, países que mostraron una actitud abierta al comienzo de este proceso. Desde entonces se han producido cambios pero anoto que en el Contrato de Gobierno de la actual coalición de Berlín se defiende el camino hacia una Europa federal con una contundencia desconocida hasta la fecha. Y a la espera estamos de que se pronuncie el recién reelegido presidente Macron.

Conviene fijarse en la letra pequeña de estas Conclusiones. Por lo pronto llama la atención el eclipse que sufre la regla de la unanimidad pues queda reducida a las reformas de las Tratados que afecten al núcleo de sus valores y principios básicos así como a la admisión de nuevos miembros. Y se propone la mayoría en cuestiones tan significativas como, por ejemplo, la política exterior y la tributaria. Al Parlamento europeo se le reconocería la iniciativa legislativa y además reforzaría su posición en la tramitación y aprobación de presupuestos. Consecuencia del virus asesino es que la salud sería competencia compartida con los Estados (¿qué hubiéramos hecho sin Bruselas en los tiempos más duros de sus destrozos?) y también que las inversiones financiadas con deuda europea dejarían de tener carácter excepcional.

La Conclusiones se refieren igualmente al cambio climático, a la economía, a la transformación digital, a la migración, educación etc.

Desde la perspectiva que quiero realzar destaco algunos aspectos institucionales. Es el caso de la reforma electoral que se patrocina con el fin de armonizar las condiciones electorales (edad mínima, fecha, requisitos para las circunscripciones electorales, candidatos, partidos y su financiación) y lograr un sistema nuevo de votación. A este efecto, el Parlamento ha aprobado ya el pasado martes un Informe (llamado “de iniciativa”) que propone otorgar a cada ciudadano europeo dos votos: uno para elegir a los eurodiputados en las circunscripciones nacionales y otro para elegirlos en la circunscripción de la UE, que se dotaría con 28 escaños. Para alcanzar la representación equilibrada en esas listas paneuropeas, los Estados se clasificarían en tres bloques en función de su población. Las listas de candidatos para esa nueva circunscripción de la UE habrían de ser presentadas por entidades electorales europeas que podrían ser coaliciones de partidos políticos nacionales, asociaciones nacionales de votantes o partidos políticos europeos.

Dos elementos añado: el primero, simbólico, la fecha única de estas elecciones sería el 9 de mayo; otro muy de fondo, los electores votarían a quien vaya a presidir la Comisión Europea (que es el Gobierno europeo) en un sistema de Spitzenkandidaten o “candidatos principales” a través de las listas europeas. La consagración de este invento – que ya se practicó cuando elegimos a Jean Claude Juncker en 2014- hace que quien ha de dirigir el Gobierno europeo (la Comisión) sea quien haya encabezado a nivel europeo la lista que haya obtenido el mayor apoyo popular. Importantísimo mecanismo porque desaparecería así el perturbador caciqueo de los jefes de Estado y de Gobierno para imponer un candidato al que limitan en su capacidad de actuación a través de pactos explícitos o solapados (un modelo que fue el practicado en el Sacro Imperio Romano Germánico y que hizo de sus emperadores marionetas en manos de los príncipes territoriales).

Veremos qué pasa con este Informe electoral pues ahora ha de ser respaldado por el Consejo de forma unánime, ha de volver al Parlamento y ha de ser aprobado por los Estados miembros de acuerdo con sus propios mecanismos constitucionales. Complicado camino legislativo en el que será indispensable llegar a compromisos complejos. Pero está en marcha y eso es ya un paso sustancial.

Respecto a las Conclusiones de la Conferencia, significativo es que diputados relevantes de grupos como el popular o el verde, ya han anunciado que nadie debe asustarse a la hora de formular iniciativas por ser muchos los problemas acumulados (seguridad, suministro de alimentos, energía…), hoy agravados por la guerra en Ucrania. Todos ellos exigen coraje y osadía.

Por ello no extraña que, en fechas próximas, algunas fuerzas europeístas del Parlamento europeo, tengan previsto presentar una propuesta de Resolución destinada a lograr la convocatoria de una Convención que aborde directamente la reforma de los Tratados.

Se habla de que el Consejo europeo (Jefes de Estado y de Gobierno) podría incluso a finales del próximo mes de junio dar luz verde a esa convocatoria que, en este caso, no necesitaría la unanimidad de sus miembros. Subrayo: el arrinconamiento de la regla de la unanimidad es capital para consolidar el edificio europeo. En tal sentido, no es superfluo recordar que la Constitución de los Estados Unidos entró en vigor sin ratificación unánime y lo mismo ocurrió con la República Federal alemana. ¿Son malos antecedentes?

Algo, como vemos, se mueve pero todo en Europa camina con paso vacilante por lo que se necesitará disponer de habilidades de timonel, de auriga y de cazador para combatir nuestros andares valetudinarios. La silueta pavorosa de los trajines que nos amenazan debe servir para activar nuestras articulaciones pues, frente al incendio desatado por Rusia y el caldero hirviente a borbotones de obstáculos que nos cerca, la mejor terapia es estimular la voluptuosidad de la valentía imaginativa.

Publicado en El Mundo el día 9 de mayo de 2022.

Etiquetado con:
Publicado en: Artículos de opinión, Blog

Todo aclarado: zalagarda y zamacuco

Mark Twain se hallaba un día en la iglesia escuchando el sermón del pastor protestante cuando, al acabar, se dirigió a él para decirle:

– Muy bien ha estado pero tengo un libro que contiene todo lo que usted ha dicho desde la primera a la última palabra.

Ante la sorpresa del increpado, fueron a casa del deslenguado increpante. En ella se acercaron a la biblioteca de donde Twain tomó un grueso volumen y se lo entregó al sermoneador. Era un diccionario de la lengua inglesa.

Pues bien, la retribución que he tenido por mi manía de manosear el Diccionario paso a contarla pues, gracias a ella, he logrado desvelar nada menos que las claves de la política española.

Estoy escuchando la voz de cualquier compatriota que se agita desesperado ante el espectáculo desolador que a diario vivimos: 

– Ese galimatías, entreverado de ignorancias, maldades y sectarismos, es imposible aclararlo.

Cierto pero hay una palabra que todo lo ilumina: zalagarda.

Veamos sus acepciones y se comprobará cómo se acomoda a nuestras vivencias como el chorizo a un bollo.

Primera: emboscada para coger descuidado al enemigo.

Segunda: Escaramuza. Que a su vez significa: refriega de poca importancia.

Tercera: Trampa o lazo para que caigan en él los animales.

Cuarta: Astucia maliciosa con que uno procura engañar a otro afectando halago.

Quinta: Alboroto repentino para espantar a los que están descuidados.

Sexta: Contienda regularmente fingida, de palos y cuchilladas, en que hay mucho alboroto.

¿Alguien hay que tenga la suficiente destreza narrativa para describir mejor el corral mefítico en el que llevamos instalados desde hace unos años?

¿No nos circundan las emboscadas, las trampas para que los incautos o las personas de buena voluntad caigan en ellas? Habría que escribir una conferencia completa o un soneto o una composición musical, qué sé yo, una ópera quizás, sobre la trampa. Porque esta, la trampa, se da en el ruedo político con liberalidad, adunadas y encadenadas las unas a las otras, las vemos pasar a toda velocidad ante nuestros ojos, con su copete de mentira y maldad, representando, a la vista de todos, su alma retorcida, su charco de fetidez.

¿No nos marean las astucias maliciosas que todo lo emborronan haciendo desaparecer la claridad de las exposiciones, la limpieza de las intenciones?

¿No nos sobresaltan los alborotos que se montan en una lamentable representación teatral, alborotos que traen gruñidos de puñaladas traperas y esqueletos de ideas que fueron nobles pero han sido asesinadas?

¿No asistimos a contiendas que son como socavones donde se entierra todo lo señorial que un día pudo haber en el debate entre los padres de la Patria?

Pues si el lector/a sigue leyendo el Diccionario encontrará otra palabra que es candil y resumen: zamacuco. Dícese del hombre tonto y abrutado, del hombre solapado que con disimulo y astucia hace su voluntad.

“Troteras y danzaderas” tituló – con fina ironía- una de sus novelas Pérez de Ayala.

“Zalagarda y zamacuco” titulo yo esta Sosería.

Publicado en: Blog, Soserías

Ministros y chanchullos. (Lecciones desde la Historia)

Testimonios de un jurista mayúsculo: Alejandro Nieto - delajusticia.com -  El rincón jurídico de José Ramón Chaves

A un profesor universitario jubilado – como es mi caso- le resulta gozoso advertir cómo un colega, que ve la vida desde el otero de los noventa años, se mantiene en fecunda actividad abordando asuntos que, aunque referidos a una época pretérita, emiten inequívocos, maliciosos y certeros mensajes al observador contemporáneo. Este es el caso de Alejandro Nieto, quien no da puntada sin hilo cuando aborda la Primera República (Comares, 2021) y ahora “La responsabilidad ministerial en la época isabelina” (Iustel, 2022).

Para el constitucionalismo del siglo XIX la responsabilidad personal de los ministros, exigida de acuerdo con un procedimiento transparente, era un principio básico de la luminosidad que debía proyectarse sobre la res publica, en contraste con la oscuridad que había sido habitual en la monarquía absoluta. Por eso ya en 1835 se empezó a discutir un proyecto destinado a regularla, empeño difícil pues nadie tenía una idea clara acerca de la determinación de las irregularidades que podían desencadenar la exigencia de esta singular responsabilidad. Sobre todo si se sabe que contra los ministros existía, por un lado, el voto de censura cuando de un asunto político se trataba y, por otro, el juicio ante los tribunales ordinarios, cuando hubieran incurrido en un ilícito civil o criminal. El espacio propicio para alojar este tipo de responsabilidad se buscó en conceptos vagos como “alta traición”, “graves y notorios perjuicios del Estado” “distracción de caudales públicos” … Pero debemos saber que los esfuerzos destinados a articular un régimen jurídico solvente de esta pieza constitucional fueron baldíos por la disolución precipitada de las Cortes y porque las siguientes, después del motín de la Granja, no se volvieron a ocupar del asunto.

En tal circunstancia, las acusaciones a los ocho ministros que Nieto estudia tuvieron que basarse en las escasas disposiciones constitucionales existentes en cada momento. Conviene aclarar que de estos procesos no conocieron los jueces sino que se desarrollaron en el seno de las Cortes: la acusación correspondía a la Cámara Baja (Estamento de Procuradores, luego Congreso); la instrucción y la sentencia a la Alta (Estamento de ilustres próceres, luego Senado).

Entre los nombres de esas ocho personalidades empapeladas hay algunos que siguen sonando a cualquier español culto. Es el caso de Javier de Burgos, citado por ser el autor de la división provincial que aún hoy subsiste. Este primate de la política y de la literatura (pues fue autor teatral y poeta) se vio envuelto en la tramitación y gestión del llamado “empréstito Guebhard” convenido con este modesto banquero para hacer frente a la bancarrota en que se hallaba España al término del llamado Trienio liberal (otras fuentes de recurso al crédito estaban a la sazón cerradas para nuestro país).

NIETO, Alejandro: Responsabilidad ministerial en la Época Isabelina, Iustel,  399 Páginas

Pues bien, tal operación financiera adquirió notoriedad años después, en las primeras Cortes de la Regencia de doña María Cristina, cuando al gobierno de Martínez de la Rosa se le ocurrió presentar un proyecto de ley que pretendía arreglar la deuda (objetivo melancólico por eterno de aquellos gobernantes y de los actuales). Tal texto reconoció los empréstitos celebrados antes y después de 1823 pero excluyó el de Guebhard. Burgos había actuado como comisionado real en su gestación, circunstancia que le metió de lleno en un avispero político del que trató de escapar utilizando, entre otros medios, su fecunda pluma. La tesis de Nieto es que Burgos nunca fue acusado con imputaciones precisas ni nada reprochable se le probó por lo que solo queda a día de hoy “la sombra de una duda que no llega a tocar ni su culpabilidad ni su inocencia”. Pero que, pasado tanto tiempo, aún mancilla su nombre.

Pocos en España desconocen el barrio madrileño de Salamanca. Si bien algunos pueden identificarlo con la hermosa ciudad castellana, lo cierto es que quien le puso el nombre fue un empresario y banquero del siglo XIX llamado José María de Salamanca y Mayol quien accedió a la nobleza con el nombre de marqués de Salamanca, años después de los sucesos que le llevan a salir en este libro de Nieto (concretamente en 1863 y por largueza de su amiga, la reina doña Isabel II).

Este personaje – ciertamente de novela- obtuvo jugosos rendimientos de sus múltiples negocios, en la construcción, la banca, el ferrocarril, la especulación bursátil … pero, como no es infrecuente, soportó asimismo notorios descalabros, tantos que al decir de uno de sus piadosos contemporáneos “no halló otro medio de salir de un atolladero que el de hacerse ministro de Hacienda”. Y ahí fue su desgracia pues, perteneciente a una facción de los moderados, tuvo enfrente encarnizadamente a la otra facción y por supuesto a los progresistas. De manera que le empezaron a buscar las vueltas porque, como bien dice Nieto, “la sensibilidad política española admite de grado o de fuerza, ya que no existe otro remedio, que la política esté fatalmente influida por los intereses económicos y financieros, pero exigiendo, quizás por razones estéticas, que la presión se ejerza en la sombra. Su hipocresía no le permite tolerar que los que de veras mandan actúen como protagonistas en el escenario político. Salamanca no respetó esa regla y fue sacrificado implacablemente”. Y concluye Nieto, dándose ánimos: “Vistas así las cosas, su acusación no fue totalmente inútil. Dios escribe con renglones torcidos”.

Porque Salamanca fue empapelado en varios expedientes – ferrocarril de Aranjuez, indulto a unos defraudadores de Hacienda, conversión de libranzas a favor de la Casa Real y de un compañero de andanzas- lo que le hizo pasar una crujía porque, aunque pudo comprobar que contaba con amigos, lo cierto es que se oyeron discursos incendiarios contra él en sede parlamentaria y, en la opinión pública, los rumores circularon con las peores intenciones. Ya se sabía que la “calumnia è un venticello …”, al menos desde 1816 cuando se estrenó en Roma “El Barbero de Sevilla” rossiniano.

Lo curioso es que, después de muy aparatosos aspavientos, el asunto Salamanca quedó en nada y ello porque, gracias a una argucia, la comisión parlamentaria que había de formalizar la pieza acusatoria fue dominada por los amigos del banquero/ministro. Se impidió así que llegara al Senado y, con el tiempo, esa eficaz goma de borrar, las acusaciones fueron olvidadas por completo.

El libro de Nieto se lee como una novela (o como un libreto de ópera a la espera de la mágica aparición del compositor), repleta de intrigas, conspiraciones y embrollos. Junto a los personajes citados salen otros, así el conde de Toreno y sus negocios financieros, don Salustiano de Olózaga y la firma de un decreto por la niña-reina Isabel II, don Esteban Collantes y el acopio de cargos de piedra para construir carreteras … Nadie puede aburrirse con sus casi cuatrocientas páginas.

Al final, la responsabilidad ministerial, bandera de una nueva política, quedó en nada al ser utilizada en el enfrentamiento político “de una manera absolutamente desviada y, sobre ello, trivializada, como un instrumento más de la lucha de partidos, acelerándose de esta forma su degradación e inoperancia”. Un fracaso institucional “sin paliativos”.

Queda destacar la actualidad del asunto. En palabras de Nieto “los escándalos de la primera mitad del siglo XIX tienen una singular modernidad o, lo que es lo mismo, los escándalos de hoy tienen unos antecedentes perfectamente identificados. La picaresca política española es un fenómeno histórico constante como repetido es el fracaso de sus intentos de represión, indefectiblemente teñidos de hipocresía … Saltan a la vista las coincidencias de acciones irregulares y de reacciones políticas y sociales. Cambiando nombres y fechas siempre es lo mismo”.

De ahí la lección imperecedera que imparte el Profesor Nieto en este libro.

Publicado en: Blog

Emilio Alarcos cumple cien años

Obra lingüística de Emilio Alarcos | University of Oviedo / Universidad de  Oviedo - Academia.edu

Josefina fue su musa, quien le transmitía la euforia de la vida y la jovialidad como la arquitecta que era de sus proyectos intelectuales más ambiciosos y de sus creaciones estéticas más cuajadas.

Pero él tenía varias amantes encerradas en su cabeza guasona. Eran como tres diosas, no del Olimpo que queda muy lejos, sino del Naranco, más a mano, y se llamaban la Ironía, la Generosidad y la Sabiduría, todas ellas escritas con mayúsculas que, como saben los sabios lingüistas, son los blasones del alfabeto.

Con ellas, con Josefina, de un lado, y con la Ironía, la Generosidad y la Sabiduría, de otro, Emilio presentaba batalla a la revuelta de los tontos y de los envidiosos.

La Ironía, y su compañero de cama, el Humor, eran para él garrafas de las que siempre bebió a morro.

La Sabiduría, signo de la ventura intelectual, le proporcionaba el balcón para asomarse a la vida cuando esta se hacía odiosa por chabacana.

La Generosidad en fin sutilizó la paleta de sus sentimientos de tal manera que se nos fue lamentando que no hubiera máquinas automáticas en las que aprovisionarse de magnanimidad y altruismo.

Un día me lo dijo:

– Todo lo aclara en este mundo, Paco, el hecho de que la Bolsa de Valores nunca haya admitido a cotización ni la amistad ni la grandeza.

La sociedad – lo sabemos- se integra por seres – fotocopia, o fotocopias de seres, todos iguales entre sí, como una organización amorfa de insectos. La mayoría de los humanos son guisos sin especias. Pues bien, Emilio Alarcos fue lo contrario de un hombre copiado. Era original en sus decires, en su mirada pícara, debelador valiente como fue de la vulgaridad.

De la singularidad disfrutaba porque, debía de pensar, al fin y al cabo es el único exceso que nos permiten los médicos.

Dicho esto, procede añadir: Alarcos fue un asesino, un asesino de la sumisión y de las claudicaciones a las que disparó con puntería y sin remordimientos, sabedor de que es malo que la genuflexión sea el arbotante de la sociedad.

Magnífico conversador y bonancible conservador pues, si el Tiempo lo destruye todo, no es necesario ayudarle en esa labor devastadora con ocurrencias revolucionarias ni acrobacias pintureras – e hipocritonas- de salón. Sabía que un conservador es un progresista que no se ha muerto.

Como buen conversador era amigo de restaurantes en los que ponía tesón, vocación y adjetivos alimenticios, consciente de que todo lo que allí se ofrecía debería estar protegido por el derecho canónico. Alegraba a quienes con él compartían mesa sazonando la tertulia con deliciosas anécdotas.

Creía que, junto a la historia formal, existían las historias tejidas sobre historietas, es decir, hilvanadas en el cañamazo de las anécdotas porque, cuando la historia se fabrica con estos materiales ligeros, baja de su pedestal de ciencia y se hace confianzuda. La anécdota es lo que queda cuando la historia ha corrido sus pesados cortinones.

Un día le dije que deberíamos proponer al Rector que creara la cátedra de historia anecdótica y la encomendara a uno de esos prójimos cuyos fulgores al narrar tienen el colorido de la llama que chisporrotea en la chimenea. Porque, si el anecdotismo creara escuela, sería como un torrente que iría a confluir al río de la ironía y del humor y eso que perdería el prontuario de los engolamientos.

Me enorgulleció que compartiera mi tesis.

Yo debo a Emilio y a Josefina mi perseverancia como escritor. Sin su ayuda, hubiera tirado la toalla, como me aconsejó un catedrático de Literatura:

– Es inútil, Paco, me dijo, el Quijote ya está escrito.

Emilio y Josefina borraron las palabras de este majagranzas con la caligrafía de su bondadosa creencia en las posibilidades de mi aventura literaria. Y eso nunca lo olvido porque todos somos lo que debemos a los demás.

Fue un genio y sus compañeros de oficio lo han destacado con una autoridad de la que yo carezco. Pero sí la tengo para sostener que fue un genio a la hora de poner motes. Motes tan acerados como benevolentes. Y todos sabemos que el mote es nieto de la inteligencia burlona e hijo de la observación sagaz. Cualidades que Emilio atesoraba en abundancia. El mote, como el piropo hoy prohibido por los necios empoderados circundantes, es un inocente proyectil relleno del plomo derretido de la chispa.

Fue un sibarita de la vida, un artesano cultivador de los buenos modales y de los buenos momentos, un bebedor en la copa de las confidencias chispeantes y, cuando sus ojos brillaban tras las gafas, nos recordaban los de un canónigo que, con la conciencia tranquila, se hubiera trasegado – con litúrgica morosidad- unas perdices estofadas.

Sabía que la felicidad es una aleación de travesuras. Y supo cosas básicas como que peor que un comerciante de armas es un comerciante de dogmas. Y que lo mejor de las verdades absolutas es que tienen la fragancia de las rosas y, felizmente, su caducidad. También que la vida no es más que un carcaj, siendo lo difícil acertar con la flecha y con el blanco. Y que tratar de convencer de algo a nuestros semejantes es algo parecido a botar un barco en una charca.

Tuvo mucha guasa Emilio en los adentros y mucha risa en las afueras y por eso fue un ser sano, sin rigideces ni hinchazones.

Sabía que las palabras que metía en el Diccionario estaban deseando salir de ese catafalco para vivir, saltar, enamorarse y viajar en las novelas.

Además, el hombre que, como él, decide vivir en provincias es porque quiere arriar velas en el gran fandango social.

Emilio no llegó nunca a viejo porque sencillamente se le olvidó cumplir los años de ese trance agobiante y trivial.

No es que se divirtiera mucho en la vida, es que él divirtió a la Vida.

Le hacía mucha gracia que yo me definiera como “asturleonés de Marruecos” pero él se definió mejor: “un español híbrido de las dos Coronas, de las dos Castillas, de las tres creencias, castellano de natura, asturiano de pastura, europeo de ventura”.

Y, cuando dio a la estampa su último libro de versos, escribió: “Viví vivencias vivaces / personales y concretas / solo yo / y de pronto, contumaces / vuestras presencias escuetas / como yo/ Es la vida: esta cadena de tibia espontaneidad / …”.

Termino.

Honor a Emilio, Gran Maestre de la Orden de la Burlonería andante.

Etiquetado con:
Publicado en: Blog

Practicar el «idioting»

Hay entusiastas del windsurfing, del footing y del ranking pero sin embargo no hay quien admita que practica el “idioting”.

Importa reivindicarlo porque tiene infinidad de modalidades. No se necesita un equipo ni gastar dinero en una tienda especializada, basta cualquier indumentaria para salir a la calle y hacer el “idioting”, incluso es posible hacerlo en casa, en pijama y con la cabellera alborotada de la noche.

Desde las instancias oficiales se quiere promocionar mucho este deporte y ahí están las reformas de los estudios de los adolescentes destinadas a fabricar campeones de “idioting”, aptos para competir en los más disputados torneos. Y para que la ciudadanía practique bien el “voting”: siempre a los mismos, que nadie se equivoque.

Preciso es no descuidar a quien logra una marca en esta práctica a lo largo de su carrera en la vida. En este sentido, se está avanzando mucho procurando el destierro del libro y el triunfo de la red social. Cuantos más libros se lean, más nos alejamos del esfuerzo ejemplar que el “idioting” persigue; por el contrario, cuanto más tiempo pasemos en las redes sociales, mejores trofeos se conseguirán en él.

Quien puede por la mañana hacer en la oficina un “briefing” y vive en “cohousing” tiene grandes probabilidades de prosperar también en el “idioting”.

Creerse lo que nos dicen los gobernantes es un entrenamiento óptimo para la olimpiada del “idioting”.

– Pues anda que creerse lo que dice usted en sus “Soserías” … me atiza en el hígado un buen gancho la voz implacable de mi conciencia.

Pues es verdad, nadie debe creerse nada de lo que lee ni oye si no lo ha pasado por el filtro de sus entendederas libres y desprejuiciadas.

Quien no adopte esta sana medida de conducta es que ya le parece poco lo del “idioting” y quiere ejercitarse en el “papanating”, un deporte en el que es muy difícil distinguirse porque la competición es feroz, son legión quienes lo practican y alzarse ahí con un triunfo de calidad es ya muy complicado.

– ¿Y no existe la modalidad del “majadering”?

– Sí, pero ha quedado un poco anticuada y por ello superada.

Se impone, para que no decaigan los espíritus más esforzados, organizar la champion, la contrachampion, los torneos de ida, los torneos de vuelta, los cuartos de torneo y todo así en este plan, como se ve, lujoso pues lo relevante es hacer florecer el “idioting” y que este aparezca nimbado por una fosforescencia social entregada y rendida.

Ahora se habla mucho del metaverso que nos transporta a un mundo virtual pues “por medio de unos dispositivos interactuaremos como avatares a través de un soporte lógico en un ciberespacio, el que actúa como una metáfora del mundo real pero sin sus limitaciones” (¡toma castaña! pero así lo cuenta la wikipedia).

¿Se da cuenta el lector/a? Suprimimos las molestas limitaciones del mundo real y nos vamos a comer gambas a la plancha a Vigo o a un mundo sin los pelmas de derechas e izquierdas o a un Moscú sin el hijo Putin … ¿qué sé yo? Los mayores placeres nos estarán permitidos.

Incluso ahora nos anuncian que se podrá tener acceso carnal con la zarina Catalina II y las mujeres con el general Espartero, lo que se llamará el “folling” que exigirá, no una cama como en las épocas apocadas que hemos vivido, sino tecnología de software y hardware.

Del “idioting” al “folling”. Y hay aguafiestas sermoneando sobre la crisis.

Publicado en: Blog, Soserías

Enseñanza moderna

Nueva polémica acerca de la filosofía, la historia y algunas otras zarandajas en los estudios de los niños españoles.

Se acusa al Gobierno de borrar de un decretazo la voz sabia de Platón y dejar a la Revolución francesa perdida en el limbo de las fechas y los cometas errantes. Los fementidos conservadores, enemigos de la perspectiva de género, sostienen que vamos a la hecatombe si no se enseña a los estoicos; los de enfrente, por el contrario, se defienden:

– Nadie debe preocuparse. Así ha hablado la del ministerio, una señora con mechas, cuya cabeza es noble bodega de conocimientos, rezadora compulsiva de sus jaculatorias postmodernas.

Parece pues, si creemos a esta bitonga, que no peligran esas pepitas de oro de la cultura que el torbellino de los siglos ha ido diseminando por aquí y por acullá.

¿Quién tiene razón? No lo sé, el tumulto y el estrépito de estos enfrentamientos refuerzan mi condición de jubilado caduco y decrépito. Me hallo perdido.

Con todo, en medio de estas turbulencias dialécticas, me pregunto para qué se quiere atiborrar a los pobres escolares con nombres, datos, doctrinas y otras enseñanzas reumáticas si pueden estar discutiendo por guasap la bofetada que un señor le ha dado a otro en un sarao celebrado en los Estados Unidos. 

Un acontecimiento este que es un surtidor de mensajes mientras que ese filósofo del remoto pasado – del que conservamos un busto en piedra- representa un bostezo de tabarra, una evanescencia taciturna. Un mal fario.

La filosofía es una herencia descolorida, una vivencia desterrada del mundo de lo útil y urgente, de lo productivo y guay:

– Lo que cuenta es lo económico y lo rentable – anuncia el pedagogo al tiempo que descansa en su almohada rellena de navajazos dados a la memoria y al esfuerzo, arcaísmos de los carcas aviesos.

Pues ¿y la historia? ¿Hay algo más vetusto que evocar a Julio César y el rastro de sangre que dejó en las Galias, aquellas tierras pacíficas y empoderadas? ¿O a un rey godo, envenenado por sus teologías arrianas? ¿O a un califa agareno?

Al diablo con Hernán Cortés, con Napoleón, con los Papas y hasta con los novatores, a pesar de que fueron los “progres” del XVIII … lo apremiante es acuchillar el pasado desgreñado, enterrarlo como una alimaña odiosa, muerto por el rejón de un presente que se pasea engreído y altivo en sus ignorancias.

Es probable que tengan razón los pedagogos jóvenes que están diseñando el contenido de los estudios. La Filosofía, como la Historia, quizás no sirvan más que para alimentar un ayer apagado cuya huella es un tiempo sombrío atiborrado de fetiches y reliquias. 

Preciso es expulsar esas antiguallas y cultivar en los “talleres” la “concienciación socio-emocional” y los “bloques temáticos” para acabar dedicados al “marketing” y al “coach”. Por fin, el “blogger” será más importante que el doctor en Filología griega y no digo nada del “influencer” que dispone de un buen posicionamiento en una “start-up”.

Me lo dice mi amigo Heliodoro, más jubilado que yo.

– Tienes que saber, querido autor de estas bagatelas que son tus Soserías, que los imbéciles son muy importantes porque aseguran una vida política sin sobresaltos a los magos descarados de las artimañas que salen por la televisión.

Melancólico, añade:   

– El resto nos debemos conformar con dormir roncando nuestras penas. O vivir como ese náufrago que cuenta incansable las aves.

Publicado en: Blog, Soserías

Trampantojo

De nuevo hemos de agradecer al arte que nos descifre lo que vemos. Resulta tan extraño todo en la realidad, en lo que interpretamos que es la realidad, que pasamos el día formulándonos preguntas sin que jamás acertemos con la respuesta.

Pues bien, para empezar a aclararnos, nada mejor que acudir a la exposición del Museo Thyssen en Madrid donde se exhiben varios siglos de arte dedicado al engaño, al trampantojo, ese delicioso galicismo (no como el abominable “poner en valor” que tienen hoy todos los botarates en la boca). Un centenar de lienzos donde el placer consiste en otorgar dignidad artística a los juegos ópticos, al ilusionismo, al encantamiento de las sensaciones.

Muros fingidos y paredes que no existen, puertas, ventanas, naturalezas muertas, flores, hornacinas, armarios, escenas de caza … todo un festival de realidades que no lo son, de visiones fantasiosas, una especie de pucherazo a gran escala dado con los pinceles al sentido de la vista.  

El trampantojo va mucho más alla de la pintura, el trampantojo seduce, ilusiona, nos encapricha, nos proporciona minutos de felicidad que guardamos en una hucha para sacarlos de la oscuridad cuando hemos de enfrentamos a la áspera existencia. El trampantojo rompe de manera festiva la armonía de las cosas, despierta nuestros sueños adolescentes, desacraliza el cosmos y nos hace olvidar que el mundo es herida. Y que de él podemos huir por una ventana que no existe porque es una ficción.

Es por ello el trampantojo la apoteosis de la ironía y el sarcasmo. Y quien lo pinta es un  malabarista disfrazado que nos escamotea lo que por un momento habíamos creído, como llegamos a creer en el cine que el polvo que echan los actores es real, carnoso y sudoroso. Bien pensado acaso sea este el mayor trampantojo y el que más dura en nuestras imágenes.

Creo, en definitiva, que el trampantojo es el monigote que nos cuelgan en el traje de boda y que, al desvestirnos, descubrimos como un mensaje de los invitados que nos indica que todo lo vivido ha sido eso: trampantojo.

Pues bien, ahora apliquemos esta teoría, apresuradamente descrita, a la realidad y veremos cuán tranquilizadora resulta.

Y así, si creemos que las Cortes Generales son un Parlamento de verdad, donde se discuten proyectos de ley y toman la palabra oradores disertos, entonces nos encabronaremos porque lo que vemos y oímos nos transmite una decepción atosigadora. Pero si lo consideramos un trampantojo, una bombilla roja en la chimenea, entonces quedaremos tranquilos e incluso advertiremos ingeniosidades que, de otra forma, se nos habrían escapado.

Aplíquese lo mismo al presidente del Gobierno o a los ministros y diputados. Si pensamos que son señores / señoras circunspectos, serios, cultos, con un gran caudal de lecturas sesudas, con ideas propias, con proyectos honrados, si creemos todo esto, digo, entonces la desilusión nos aplastará y nos arrasará la libido que es como los ilustrados llaman al estado que vive el cachondo o verriondo.

Pero si, por el contrario, nos percatamos de que todos ellos son trampantojos, figuras de un caballete deformadas por el capricho de la óptica, entonces quedaremos tranquilos y en disposición de abrir una botella de vino y disfrutarla con unas gambas o unas almejas a la marinera.

Y así seguido. Viva pues el trampantojo y hagamos de él la cuenta corriente en la que anotamos lo que de jaranero tiene la vida. Que para lo aflictivo ya están quienes practican la caligrafía de la vulgaridad, la ignorancia y el dolor.

Publicado en: Blog, Soserías

Gobierno de los cómicos

Tantos años pensando en Platón y creyendo que el gobierno había de ser confiado a los filósofos y a los sabios.

Ahora, cuando un cómico de Ucrania se alza vigoroso contra el rufián de las Rusias, advertimos la magnitud de nuestro error. El mando de una nación, sobre todo cuando se encuentra entre estertores agónicos, ha de ser confiado a un humorista que sabe que el humor no es el fuego de artificio de unas payasadas para niños sino una pértiga que nos sirve de impulso para peregrinar entre la necesidad y la adversidad.

El humor “silba en el aire como la correa de un látigo” dejó escrito Wenceslao Fernández Flórez, un autor a quien estos días ¡por fin! se le recuerda con simpatía.

Precisamente porque humor se escribe con la “r” de rebelde es por lo que el humorista sabe que todo tiene un revés, que las cosas pueden ser de otra manera si no se empeñaran los más canallas en prostituirlas. Sabe también que el humor es la musa del desenfado, la bombilla que llena el aire de luces burlescas, que da esperanza al enfermo y libera de sus pesadillas al atribulado. El humor es lo que más odian los censores y los perseguidores de la libertad.

Quien no practica el humor es un desdichado que arrastra agachada su personalidad. O, peor aún, un agente del KGB. 

El humor, como la materia, no se destruye, tan solo se modifica, tantos son los aspectos en que se manifiesta. Hay el humor de Quevedo, que acaso sea malhumor, y hay el humor tierno cervantino, hay el humor sátira del Padre Isla y hay el sainete de Muñoz Seca. Hay en fin el humor de quien disparata sacando chispas al pedernal de las palabras, caso de Oscar Wilde, de Bernard Shaw o de Eça de Queiroz.

Pero es humor todo lo que arde en el pebetero del donaire.

Digerir la vida exige el protector estomacal del humor y además tener un palco alquilado en el teatro donde el actor cómico es el rey.

Actores que no son de cartón piedra en escenarios de cartón piedra sino seres vigorosos que marcan con su clarividencia y generosidad el camino correcto. Nada que ver con los políticos al uso, de perfiles inconsistentes, almas apagadas por la rutina del verbo manoseado y flácido, masturbado sin gracia, del político que reina allí donde la palabra se ha convertido en espectro. O en flatulencia.

Porque esa palabra gastada como guijarro atropellado por el tiempo es como una medicina caducada, como una pastilla efervescente que ha perdido la efervescencia.

Al cómico que ha practicado el humor y que se halla al frente de responsabilidades muy severas le asiste la audacia mental, la euforia y la energía creadoras, hasta la gracia santificante me atrevería a decir.

Por eso es tiempo de crear una romería de bufones, bailarines y sátiros con sus músicas y versos burlones, romeros dispuestos a instalarse en el paisaje que quieren monopolizar los canallas sembradores de odios, los lanzadores de bombas y los fabricantes de patrañas.

Las patrañas siniestras de los nacionalistas, de los forjadores de fronteras, de odios al vecino, los albañiles de esos muros y fosos donde todo el humor se aplasta y ahoga.

Y donde solo queda el luto de un tiempo machacado y marchitado. 

Publicado en: Blog, Soserías

Sectas y mequetrefes

La secta remite a comunidad cerrada, no ventilada más que por ráfagas de pestilencias, también a poder arbitrario de sus dirigentes, a ortodoxia y heterodoxia, a herejía.

La secta es dogma, etiqueta, inquisición, auto de fe, estrella de David más los disparates que la imaginación pueda crear.

Toda organización dirigida por mequetrefes degenera en secta como toda vivienda habitada por guarros deviene albañal. O como todo amor desvariado acaba en crimen.

La secta vive, se recrea y se reproduce en el sectario.

-¿Quién es el sectario? podríamos preguntar al modo del catecismo.

– Quien repite el argumentario.

Aguantar a un sectario produce náuseas y desarreglos intestinales variados.

La secta es azote del libre pensamiento y el sectario, como lisiado que es, su baluarte voluntario y jubiloso.

En la secta se fabrican las jorobas de la reflexión lúcida y luego se distribuyen entre los sectarios que las arrastran por tertulias y otros cenáculos. Puede sostenerse que el sectario es un asesino por cuanto ahoga con sus topicazos la espontaneidad y la independencia de criterio. Por eso siempre he propuesto que se le receten largas penas, no para sufrirlas en la cárcel sino en espacios ventilados por la discusión, libres de la basura del argumentario. 

Una sociedad sana debe prohibir las sectas y de la misma forma que ahora se distribuyen mascarillas contra el virus asesino deberían administrarse lavativas contra el veneno de la secta, líquido amniótico del mequetrefe o zangolotino del intelecto.

Sectario, mequetrefe o zangolotino son parientes cercanos que conviven alimentándose mutuamente. Se transmiten sus miasmas hasta engendrar al buhonero, al quincallero canalla de las ideas.

A la secta no le interesa el ser humano sino el charlatán pesebrero a quien se le proporciona paja para comer y la toma como si fuera manjar marinero sabiamente aderezado. 

Todos estos sujetos lamentables que invoco gustan de amontonar maledicencias, deglutirlas y luego vomitarlas en forma de consignas. Esta, la consigna, es la idea sobada y desnutrida. 

Ingresar en la Orden de la Consigna, con sus distintivos en plata y en oro más sus grandes cruces, es el sueño de los mequetrefes, de los comparsas de desfiles carnavaleros en los que se glorifica la degradación mental.

Mi amigo Heliodoro (que, por cierto, rima con Teodoro) me lo suele explicar: un país está literalmente perdido cuando sus partidos políticos se envilecen y devienen sectas dirigidas por magos del gatuperio.

Y cuando los sectarios, disciplinantes en la procesión de las consignas, ni siquiera lo advierten – añado yo, que también tengo mis ideas.

Etiquetado con:
Publicado en: Blog, Soserías
Comentarios recientes
Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.