Bendita inutilidad del verano

El verano es propicio para cultivar lo inútil: ¡está tan abandonado el resto del año! Lo útil es objeto de veneración en esta sociedad y por eso ya no se estudia latín, mucho menos griego, y la historia solo si tiene a la momia del dictador como protagonista, lo demuestra el hecho de ver pasar las efemérides sin que les dediquemos la menor atención afanados como andamos con la investigación operativa, el marketing, la cibernética, el wifi y los partidos de fútbol.

Los días pasados han sido de gran inquietud porque ¡se iba a suprimir el fútbol un día de la semana! Han sido momentos de pesadumbre, de lógica consternación, todos nos preguntábamos, a veces simplemente con la mirada entre vecinos, inquiriendo una respuesta tranquilizadora porque, de verdad, alguien se había parado a pensar en frío qué íbamos a hacer ese día sin fútbol. ¿Es que algún prójimo (un concejal o un diputado autonómico) tiene para ofrecer mejor esparcimiento que un televisor retransmitiendo la liga, la contraliga, la champions, la contrachampions, el torneo del rey, el de la reina y el del arzobispo de Zaragoza? Porque, si es así, que no se corte y que lo diga … Me temo que no hay nadie en esas condiciones. El juez (¡menos mal que los jueces se dedican a asuntos importantes!) lo ha resuelto señalando un día en blanco de fútbol pero imagino que vendrá una medida cautelar y otra cautelarísima para llenar ese hueco que puede tener efectos pavorosos en la armonía de esta sociedad futbolísticamente desatendida. 

Tales sobresaltos son los que es preciso evitar en los días veraniegos que por eso debemos dedicar como decía a lo inútil, a aquellas actividades preteridas: por ejemplo recordar cuentos antiguos, los oídos a los abuelos, un empeño fácil, basta con enredar en los pliegues de la memoria y animarla con los colores del pasado, con quimeras llenas de brujas o de titiriteros de ese circo que ya no existe porque el niño juega en su habitación llena de cachivaches tecnológicos con la playstation.

O a ver el vuelo de los pájaros inquietos, de un lado para otro buscando los árboles y los huertos para picotear en ellos y llevarse el alimento a sus nidos en el pico, siempre soñando con el Jardín del Edén que les ha sido arrebatado pero que ellos recrean en cualquier parcela de un adosado. ¡Maravillosos los pájaros! Disfrutando con insolencia de una libertad escrita con mayúsculas, brincando desde la Creación pero sin vivir sus pesadumbres ni ataduras, sin sufrir a los profetas ni a los rabinos, siempre volando burlones, protegidos por su fantasía juguetona y desafiante. El pájaro disfruta de la naturaleza sin necesidad de saber nada de ella ni tener que escribir una tesis doctoral para los burócratas abominables de las anecas. El pájaro construye su armonía a base de una tenacidad jovial y de no leer los periódicos.

El verano es el mar, es decir, ese hallazgo de fuerzas esotéricas, cuyas páginas, que son las olas y las mareas, las mueve la mano de la Providencia con incansable primor, como mueve las nubes, jóvenes eternas que jamás calman sus anhelos errantes.

Recuerdo de la época en que estudiaba o explicaba en la Facultad que las leyes nos enumeraban aquellas actividades inocentes que constituían el uso común de las playas y las costas. Consistían en “pasear, estar, bañarse, navegar, embarcar y desembarcar, varar, pescar, coger plantas y mariscos …” ¿Se puede resumir mejor lo que una persona honrada puede y debe hacer en vacaciones? Antes se añadía la palabra “carenar” que significa arreglar pequeñas embarcaciones, ahora ha desaparecido pero restaurar un velero para que de nuevo pueda abrazar la aventura y a esas gaviotas que la acompañan también está acogido por la benevolencia legal.

El verano tiene el porte elegante de lo inútil. ¡No lo desaproveche!

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Bancos, jueces, democracia…

                                                                    I

Ha sido el pasado 30 de julio cuando el Tribunal Constitucional alemán ha dado a conocer su sentencia sobre la Unión bancaria europea y, para satisfacción de quienes creemos en una Europa eficaz, la ha liberado de vicio alguno de legalidad. Más exactamente ha dicho, al enfrentarse a las correspondientes normas europeas y a la ley aprobatoria alemana, que “de acuerdo con una estricta interpretación, la Unión europea no ha rebasado las competencias que le atribuyen los Tratados mediante el Mecanismo Único de Supervisión y el Fondo único de Resolución” (que administra la Junta única).

Comprendo que esta terminología abstrusa, empleada por los textos y por los jueces, ahuyente a cualquier lector estéticamente sensible que tenga la buena voluntad y la amabilidad de leer este artículo. Yo le pediría que no lo abandonara porque, al dedicar atención a esta sentencia, lo que pretendo es alzar la mirada por encima de las bardas de tecnicismos oscuros  para llegar a una consideración más general al alcance de un ciudadano informado. Y además aportar gramos de esperanza, necesarios en momentos como los presentes en que la Unión Europea se tambalea como un cuerpo hechizado por azares variopintos. 

Entre ellos se halla precisamente la actitud vigilante del Tribunal Constitucional alemán que, activado sin descanso por pleiteantes que se creen guardadores de las esencias, le requieren constantemente para oír su veredicto sobre casi todo lo que emprenden las instituciones europeas. Tratan – aseguran tales centinelas- de evitar la transformación -abierta o disimulada- de la UE en un Estado.

Esta vigilante disposición de ánimo es la que explica que el Tribunal con sede en Karlsruhe se halle desde hace años librando peleas intrincadas en torno a la construcción europea, concretamente desde la sentencia “Maastricht” (1993) y después la “Lisboa” (2009). Detrás está – como si nunca dejara de sonar una alarma inextinguible- la defensa alemana de un orden constitucional propio – el plasmado en su Ley Fundamental-. Así se advierte en litigios como el de las ayudas a Grecia (2011) y en aquel que vivimos con extremada inquietud cuando se aprobaron los Tratados – intergubernamentales- que crearon el Mecanismo europeo de estabilidad y el denominado “de estabilidad, coordinación y gobernanza en la Unión económica y monetaria”. Se pretendió – sin éxito- nada menos que paralizar la sanción del Presidente de la República a una norma que contaba con el respaldo de las dos Cámaras del Parlamento alemán.

Más reciente es aún el pleito por las medidas del Banco central europeo relativas a las compras de deuda pública que también han quedado libres de cualquier sospecha jurídica.

En el caso de la Unión bancaria, que es el último al que el Tribunal ha aplicado su mirada buida, se nos aclara que la supervisión bancaria instituida no se atribuye en exclusiva al Banco central europeo ya que la competencia se mantiene, en su esencia, en el ámbito nacional pues las funciones asumidas por el Banco lo son tan solo para asegurar “una política coherente y efectiva” y además concentrada en aquellas entidades conceptuadas como “relevantes” (en puridad aquellas con activos a partir de los treinta mil millones de euros). 

Recordemos resumidamente que tal Unión bancaria tiene como objetivo garantizar que los bancos asuman riesgos calculados y que, cuando yerren, paguen por sus pérdidas los accionistas y, en su caso, los acreedores, minimizando por tanto el coste para el contribuyente y por supuesto afrontando la posibilidad del cierre. Puesta en marcha tal Unión en 2014 sigue un camino poblado de sobresaltos pero ha de saberse que es determinante para hacer frente a posibles crisis financieras y llegar a la creación de un Fondo europeo de garantía de depósitos, un alivio para quienes tenemos algún dinero en un banco.

                                                                     II

Más allá de estas consideraciones, creo que la respuesta del juez alemán ha de satisfacer a quienes pensamos que la Unión Europea es la fantasía (la rêverie) más relevante en términos políticos, sociales y culturales que vivimos los ciudadanos de sus países miembros. Y ello porque, como decía al principio, la andadura de la Unión se halla desde hace tiempo entorpecida por obstáculos del más variado pelaje. Un caminar agobiado este que se hace ahora más fatigoso si se piensa en la llegada al Parlamento europeo de un número crecido de representantes de partidos políticos contrarios a las instituciones europeas, algunos con escasa relevancia pero otros determinantes al ocupar posiciones de influencia en gobiernos nacionales.

En estas circunstancias sería de la mayor gravedad que un Tribunal constitucional como el alemán estuviera poniendo en apuros al legislador europeo pues las palabras de sus magistrados podrían tener un efecto multiplicador en otros tribunales nacionales de parecida naturaleza. Esta influencia no es resultado de papanatismo alguno sino fruto del prestigio que ha acumulado a lo largo de su existencia pues, aunque sus magistrados logran sus togas rojas como consecuencia de componendas partidarias que sería preferible ignorar, se comportan después, desembarazándose de sus padrinazgos,  con la máxima libertad. Como ha escrito Roman Herzog, que fue su presidente, en su libro de memorias (“Jahre der Politik. Die Erinnerungen”, Siedler, 2007) “los jueces llegan al tribunal a una edad muy madura, una edad en la que se empieza a pensar en la ´necrológica´ y saben que lo que quedará de sus carreras es aquello que hayan hecho como magistrados en Karlsruhe. Si es cierto que no gusta ingresar en la historia de la justicia como un juez partidista, cada cual se esfuerza en comportarse de tal modo que nadie pueda formular con fundamento una acusación tan grosera”.

En las sentencias de contenido “europeo”, pese a la presión de pleiteantes infatigables, el Tribunal, manejando los palillos de sutilezas argumentales, es decir, escribiendo el Derecho con la solvencia con la que debe escribirse, no ha dejado desamparado al legislador de Bruselas en cuestiones capitales.

Y ello es de agradecer además cuando en Alemania está muy vivo el debate sobre su propia “identidad constitucional”. No es pues de extrañar que la sentencia motivadora de este artículo mío aclare que las normas europeas analizadas no afectan a tal “identidad constitucional”. Y es que los alemanes se encuentran en un tiempo de meditación sobre un doble aniversario: el de la Constitución de Weimar (1919) y el de la Ley Fundamental de Bonn (1949). Hace unos días, el Profesor Udo di Fabio, ex magistrado del Constitucional, comparecía en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (22 de julio) para reflexionar sobre “la transformación de las democracias occidentales”. Destacaba cómo esa “identidad” alemana se ha expresado en su compromiso con la construcción europea, en el respeto a sus obligaciones internacionales, en la búsqueda de la paz desde su vinculación a Occidente, la obsesión – como se sabe- de Adenauer (“más importante que la unificación de Alemania es su plena incorporación a Occidente” proclamó de forma tenaz el viejo canciller). Pero hoy, razona Di Fabio, estas convicciones se estrellan contra obstáculos nuevos que no tienen su origen en el número y la variedad de los Estados miembros de la UE sino que dependen también de los procesos internos de transformación de las democracias occidentales.

Y es que no perder el hilo de Ariadna en el laberinto europeo, en medio de la tormenta que estos cambios sustanciales implican, es el empeño doloroso que tenemos por delante y que recuerda al grito de Tamino (en el transcurso de su rito iniciático de La flauta mágica) al preguntar “¿cuándo encontrarán mis ojos finalmente la luz?”.

Por eso es tan importante que desde Karlsruhe se desautoricen las obstrucciones pues,  sin necesidad de muchas ayudas, ya son numerosas, desesperantes y aun barrocas.

Estrambote español: la “identidad constitucional” ¿dónde se hallará esa señora entre nosotros? Difícil encontrar su hogar en un paisaje en el que una buena parte de los parlamentarios no creen en el Estado ni en la Constitución y ni siquiera en España. Y el resto tiene paralizado al país por querellas insustanciales y personalismos devastadores. 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 9 de agosto de 2019).

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España ¿país organizado o desorganizado?

En esta hora de tribulaciones la pregunta se impone: ¿es España un país organizado o desorganizado?

Los amantes de las simplificaciones, esos estultos que tienen la fea costumbre de sacarse en público las ideas de la nariz, optarán por una respuesta unívoca. Los más sesudos, los que somos conscientes de tener una misión que incumplir en el mundo, creemos por el contrario que la respuesta ha de ser mixta, machihembrada como si dijéramos. Me parece que fue Pascal quien afirmaba algo así como que no hay nada que albergue más diferencias que el mismo hombre en los diversos tramos de su vida. Pues algo parecido ocurre con los países: son diversos y heterogéneos si los contemplamos en su integridad geográfica.

España por ejemplo es un país organizado si lo analizamos desde la perspectiva de los cocidos (u ollas podridas) que se comen en sus distintos territorios. Tienen un fondo común pero las diferencias son esenciales. Por ejemplo si adjudicamos prosapia al cocido madrileño no podemos olvidar que en Andalucía parecido plato incorpora el majado que se logra machacando en el almirez ajo, pimiento y azafrán. El que se toma en la Maragatería leonesa ofrece la sopa al final, en el catalán, en lugar de carnes o completándolas, encontramos la butifarra blanca y la negra. En Menorca le echan sobrasada o nabos, en Galicia comparecen la berza como en el caldo además de grelos y patatas, en Santander la olla podrida está pensada para agradar a sultanes y profetas muy estimados y así seguido.

Es decir que la variedad es amena y atrayente, plausible. Pero lo que quiero destacar es la seriedad con la que se respetan los espacios geográficos, las fronteras gastronómicas, más consistentes que las de los tratados y argucias administrativas. A ningún comensal se le sirve en una ciudad gallega un cocido andaluz ni en Lérida un cocido maragato. Esta disposición se lleva con la disciplina que el asunto merece. Y de ahí el prestigio de los cocidos pues en ellos la confusión, esa hidra pavorosa que todo raciocinio desvanece, ha sido erradicada.

Justo lo contrario ocurre en el mundo de los arroces. ¿Quién no ha visto ofrecer paella valenciana en Cádiz o en Zamora? ¿Quién, con espíritu sensible, no ha llorado ante el arroz que se ha colocado ante el comensal ignaro invocándole con desparpajo punible el nombre de Valencia?

Nada hay más atroz que lo que se hace con el arroz.

La inverecundia llega a su máxima expresión cuando en España, es decir, en la cuna de la filigrana que es el arroz seco de nuestro Mediterráneo, se ofrece ese engrudo italiano que se conoce como risotto. ¿Cómo no se han restablecido las fronteras o actualizados los aranceles para impedir la circulación por España de ese atropello?

Otro día estas soserías se ocuparán de las empanadas y las empanadillas, un espacio gastronómico necesitado de una cierta clarificación. Ya adelanto que para mí la empanada nada tiene que ver con la empanadilla aunque en ambas se vea la mano benevolente de la divinidad.

Es decir que España es una sustancia en parte organizada, en parte desorganizada. Solo asumiendo esta constatación podrá empezarse una reforma de los Estatutos de autonomía que habrá de admitir las  singularidades pasadas y presentes más las que se inventan quienes mandan para llevarse las pepitas de oro del río de los presupuestos públicos. Pero que habrá de impedir los desafueros en la mesa.

Se trata de evitar la cólera sombría de las futuras generaciones y asegurar la harmonia mundi.  

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Muñecos

Es probable que el lector ignore qué es un «dummy» pero para eso está mi columna, para explicar las cosas más difíciles y enrevesadas. Un «dummy» es el protagonista de una prueba de choque, un individuo semejante a un humano a quienes sustituyen en los accidentes simulados a bordo de los vehículos que van a sufrir un gran impacto. El «dummy» permite evaluar limpiamente los daños que se sufren en la colisión.

Inicialmente los fabricantes de coches no pensaron en los «dummys» para hacer estos experimentos sino en algún familiar especialmente querido o en algún vecino de propiedad horizontal o vertical. Es más, se llegó a utilizar hace años a un cuñado auténtico en una de estas pruebas pero cuando éste advirtió en qué estado salió de ella (un asquito de heridas como cuevas y de chichones como huevos de pascua) hizo sonar la alarma entre todos los cuñados del mundo y se juramentaron para no permitir jamás que se les utilizaran en tales trances. De ahí viene la famosa proclama revolucionaria «cuñados de todo el mundo, uníos».

Surge entonces el «dummy» como respuesta a la terca obstinación de estos parientes y con él la figura simulada, apócrifa, putativa (con perdón) de los muñecos para coches. Nadie sabe qué pasa si se encariña uno con ellos y al final se tienen los mismos escrúpulos con el «dummy» que con un hijo porque puede ocurrir que, creado el «dummy», se le tome ley y cueste entonces un triunfo meterle en un coche con el exclusivo designio de lanzarlo contra una pared de cemento para que se rompa la crisma y se haga añicos las cervicales. Consta que los artistas falleros valencianos lloran lágrimas de fuego cuando ven arder los «ninots» que sus manos han creado en la noche de la «cremá».

-Oiga usted no compare a un «dummy» con un «ninot» – me dice la conciencia que llevo siempre como una piedra nefrítica y que me corrige.

Es cierto y no puedo sino darle la razón. Porque entre un «dummy» y un «ninot» existe una gran distancia, la misma que media entre un tío cachondo y divertido y un pelmazo de los que empuñan cartera de cuero y móvil. Tienen en común el hecho de que a ambos se les envía al sacrificio, el accidente o la hoguera, pero, así como en el caso del «dummy», su descalabro es tonto y soso como tonto es todo accidente (en casi todos los accidentes de automóvil interviene un imbécil), el «ninot» tiene un final fastuoso, crepitante, entre llamas que le prestan su gran calor de humanidad y de arte. El «ninot» además se puede salvar si es especialmente apuesto y sus decires chistosos, en cierta manera como el toro que vuelve a la dehesa a montar vacas y pasarlo pipa si en el ruedo cumple con excelencia. El «dummy» no, el «dummy» es cordero de matadero, pollo de granja, soldado de una guerra absurda. De ahí que no se conozcan entre sí y es mejor que así sea porque entre ambos surgiría una envidia profunda y muñequicida.

Nadie ha logrado explicar hasta ahora de una forma satisfactoria la causa en virtud de la cual las muñecas eran juego de niñas. Sabemos que si un niño se aventuraba con ellas sentaba plaza inmediata de sodomita siendo esta extraña singularidad educativa la causa de que tantos hombres acudan en su madurez a las muñecas hinchables para desahogarse sentimentalmente. Se trata de la respuesta lógica a una prohibición ayuna de sentido. Ramón Gómez de la Serna, gran escritor y por eso muy infantil, alternaba los brazos de Colombine, su madre, con los de la muñeca, su hija. Ahora, al parecer, las venden con termostato y así se puede regular la temperatura de su cariño y de sus efusiones.

Hay que reivindicar la humanidad de los muñecos y abogar por la muñequidad de los humanos. Todos deberíamos tener un «dummy» que fuera nuestro representante, nuestro doble (los artistas de cine lo tienen y les evitan las mayores molestias) y confiarle las situaciones más enfadosas. Estoy seguro de que si todos dispusiéramos de un «dummy» en estas condiciones que defiendo, a las bodas, por ejemplo, uno de los acontecimientos sociales más tediosos que existen, no irían más que «dummys», todos los invitados serían «dummys» y hasta los novios podrían ser «dummys» de novios. El cura sería otro «dummy» y así el verdadero cura podría estar en casa con la manta eléctrica en los riñones leyendo aventuras marineras que es lo que en rigor nos gusta a todos, curas y seglares.

A la oficina, el «dummy». A las visitas de cumplido, el «dummy». A la mesa petitoria, el «dummy». Y así sucesivamente. De esta suerte nosotros, los verdaderos, quedaríamos para coger conchas en la playa, tomar gambas con cerveza, disfrutar de los atardeceres nimbados y, ya puestos, desparramar la vista sobre tantas cosas bellas como hay en el mundo.

El «dummy»: nuestro redentor.

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Arte limpio

En París, en el museo de Orsay, están cambiando los títulos de las pinturas cuando afectan a esa corrección que todo papanatas honrado debe observar: así, no se puede hablar de “negra” aunque quien sale en el cuadro sea una señora con ese magnífico color de piel en todo su cuerpo glorioso ya que se está reviviendo un pasado, el colonial, que es preciso enterrar, declararlo como no puesto en el lienzo de la Historia.

Ya veremos qué pasa con los moros de Fortuny, los sátiros, las mujeres desnudas o haciendo vainica y no digamos con los toros de Goya, Manet, Picasso, Gutiérrez Solana, Vázquez Díaz, Zuloaga, Darío de Regoyos y tantos otros … Por si se olvida hay toda una tradición en la cerámica, procedente de la Grecia clásica, que incorpora figuras negras a los vasos, ánforas y demás. También estas piezas antiguas están necesitando una limpieza y una acomodación urgente a los dictados de esas gentes cuyos cerebros se hallan en un punto cercano a la textura del fiambre.

Es decir que los puristas perseguidores de todo lo que se mueva en el mundo de la creación y no se ajuste a su entendimiento tienen trabajo por delante.

Pues cuando se acabe con la pintura se debe empezar con la literatura, un espacio donde anidan las peores herejías ya que son legión los seres con la mente corcovada que han empuñado la pluma.

Por de pronto, los pacifistas han de ir borrando las referencias a la guerra desde la de Troya a las Galias, las Cruzadas o Walter Scott … librándose unicamente la obra de Tolstoi porque el viejo astuto, previendo lo que podía pasar, incluyó la palabra “paz” y eso le salva. 

¿Cómo habíamos estado tanto tiempo con legañas en los ojos o con las pasiones atolondradas para no percibir tanta pestilencia en el mundo de barbarie que se conoce insolentemente como el de la cultura?

Todo lo que hay de violencia en los libros debe ser erradicado para que pueda ondear, al soplo del amor y las flores, la bandera pacífica en el pórtico de la historia de la poesía, de la escultura, de la música …

¡Ah, la música! ¿Cuánto tiempo nos queda para poder seguir viendo el “Cosí fan tutte” mozartiano? Una obra donde a lo largo de casi tres horas no se dicen más que barbaridades sobre los comportamientos femeninos. Pues ¿qué decir del aria que se canta en “Las bodas de Fígaro” del mismo autor vienés en el que se moteja a las mujeres como caprichosas, frívolas, superficiales … ¿Y de la “donna é movile” del “Rigoletto” o el “Elisir …” de Donizetti donde se asegura que la “mujer es un animal verdaderamente extravagante”?

Y así podríamos seguir hasta conocer las mayores destemplanzas. 

Propongo que, junto a las cátedras de historia del arte o de literatura, concebidas al modo tradicional, existan otras donde se proceda a la limpieza de toda sustancia contaminante que pueda afectar a los relatos de los nuevos evangelistas (pacifismo, feminismo, ecologismo etc). Y así, de la misma manera que se enseña la teología católica con otras que predican el credo protestante u otros más peregrinos aun si cabe, deben convivir las enseñanzas impregnadas de belicismo o machismo con aquellas que han abrazado la causa de la limpieza y la decencia, aquellas donde brotan torrentes de dignidad hacia los seres humanos y donde se aspiran hervores compasivos y decorosos. Todo para evitar las prácticas nazis consistentes en dejar extramuros del mundo a todo el arte calificado como “degenerado” y llevar a sus cultivadores a vivir una vida al aire libre de los campos.  

Nos espera al fin un mundo almibarado, aromado con los más logrados inciensos, epicentro de las virtudes, alhajado con esa verdad que, galante y coqueta, merecemos el castigo de encontrar.

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¿Cuatro gilipollas?

Viene – nos cuentan- el no va más de la revolución tecnológica que nos colocará en un paraíso de comunicación y sobre todo de rapidez: el 5G. 

Cuando se acerca ese momento, hacen los expertos resumen de las aportaciones de su padre, el 4G, que pronto será una antigualla abominable. Y por ahí nos enteramos de que, junto a avances provechosos en la ciencia y en la técnica, el 4G ha servido para renovar un hallazgo de la civilización al que acaso no hemos dado el suficiente relieve. En efecto, perdidos en el mar de acontecimientos mundiales hemos dejado en la penumbra lo que quizás sea la gran aportación a la humanidad de los últimos años, a saber, el botellón.

Hubo un tiempo brumoso y menesteroso en que botellón era el aumentativo de botella. ¡Qué triste destino! ¡Un simple aumentativo, un apocado sufijo de entre los que tanto abundan en la gramática! Preciso era rescatar a la palabra de ese mustio sino y por ello se inventó el moderno significado del botellón: reunión ruidosa y nocturna de jóvenes en la que se consumen en abundancia bebidas alcohólicas. Así, más o menos, la sabia descripción de la Academia.

Una fiesta en suma. Una fiesta estupenda, en la que jóvenes – estudiantes de secundaria o universitarios- dan rienda suelta a su vitalidad, a su energía, a su capacidad creadora. Un regocijo, una expansión culminada con un broche estético muy logrado: el de dejar esparcidos por el suelo centenares de botellas, de envases, de restos de bocadillos de sobrasada, de condones, en fin de las cenizas inertes del tumulto jocundo, de las huellas de ese culto nocherniego que se ha rendido a la frescura jovial, al ajetreo de la zambra.

Restos que limpian al día siguiente patrullas de jóvenes, no de los mismos jóvenes, sino de otros venidos de Colombia o de las tierras africanas que necesitan recoger babas ajenas y festines marchitos para poder comer ¡qué vulgaridad! 

Como siempre hay aguafiestas, en los Ayuntamientos se vienen registrando protestas de vecinos que no pueden dormir, de enfermos y ancianos que sufren con el ruido. ¡Paparruchas! Son espectros del pasado, fantasmas petrificados y obstinados en negarse a aceptar el sonido de la pujanza de las generaciones que están abriendo con brío las puertas que dan al futuro.

Así se hallaba el botellón cuando vino el 4G. Ese es el momento en el que se crea otro de renovadas trazas pues que sirve para reunirse a hacer selfies (lo que antes los pobres y los funcionarios de provincias llamábamos fotos), subirlas a Instagram, escuchar reguetón y lucir estilismos. También ha sido revolucionario en actividades como buscar y comprar ropa usada – sudaderas o camisetas- o ver videos. ¿Nos damos cuenta del aburrimiento que se hubiera apoderado de la sociedad sin estas novedades?

Y lo más original: ha nacido el swagger. ¿Quién es este sujeto / a? Pues muy sencillo: el miembro / a de una tribu urbana que vigila las marcas de moda, descendientes de aquellas grandes lumbreras del pasado que fueron los punks o los heavies. A los swaggers se les reconoce porque visten camiseta de anchos vuelos, pantalón de los llamados “pitillo”, gorra y zapatillas de la marca Nike. Llevan gafas de sol siempre que sea de noche. Tienen el poder de destruir o de encumbrar a un fabricante o a un modisto como en un acto de nigromancia de manera que pocas bromas con sus juicios lapidarios. Y es que el destino o lo que sea les ha atribuido este alto cometido que cumplen con un punto de ascética disciplina en sus reuniones a las puertas de las tiendas Apple o en otros lugares escogidos. Es el moderno botellón que renace cuando el tradicional daba muestras de un claro decaimiento.

Estos son los fragmentos del futuro que estoy poniendo ante los ojos de aquellos que aún los ignoran desvelándolos con esta caligrafía,  gastada sí pero siempre alerta, que es propia de mis soserías.

La laboriosidad de estos botelloneros y estos swaggers, el hecho de no tener tiempo más que para las zapatillas, los selfies, las sudaderas y el Instagram es lo que ha podido ¡por fin! arrinconar libros como los escritos por Julio Verne o Mark Twain o Alicia o el Lazarillo o Tom Sawyer. 

Merecido lo tenían por pelmazos, lo único lamentable es que hayan tardado tanto. Han caído como un tambaleante castillo de naipes al soplo del 4G y del 5G.

Y encima algún pedante se ha permitido hacer la bromita de llamarlos los cuatro o los cinco … gilipollas.

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Ciudadanos en su laberinto

I. La polémica está teniendo hechuras de incendio porque es el caso que en Cs se hallan en plena pugna dos posiciones con alarmas de refriega pues ya se ha empezado a señalar -notable imprudencia- la puerta de salida a los discrepantes. Yo viví en UPyD una situación conflictiva cuando se me ocurrió proponer a la dirección que iniciara conversaciones con Cs para ver de presentar a los españoles una oferta unitaria. Me llovieron cascotes en forma de insultos para llegar a un final que es probablemente conocido por el lector. Agua pasada, nieve de ayer como dicen los alemanes.

Ahora, entre gentes de buena crianza, deben los comportamientos ser distintos por lo que se impone acercar esas posturas. A mi juicio es lógico que Albert Rivera desconfíe de Sánchez porque es el presidente un político hábil en el manejo de fraudes y en el empleo de armas aventajadas y dañosas. Únase a ello su propensión, que comparte con una amplia representación del socialismo español, a la coyunda con los nacionalismos de suerte que puede afirmarse que allí donde Sánchez ve una barretina o una boina se acerca en ademán obsequioso para acabar cayendo rendido ante sus portadores como los actores de alguna obra lacrimógena de teatro o los protagonistas de las novelas sicalípticas de Felipe Trigo. De manera que la cautela debe extremarse en esos tratos y ahí Albert Rivera está asistido por la razón.

Al mismo tiempo, los discrepantes defienden la necesidad de presentar a Sánchez unas condiciones concretas que fueran el germen de un programa de gobierno. Es evidente que este paso debió haberlo dado Sánchez hace tiempo. No lo ha hecho limitándose a pedir la abstención como el menesteroso pide la limosna sin ofrecer a cambio más que la mirada complaciente del Cielo. Pero Sánchez puede ofrecer mucho siempre que lo haga de forma precisa y no amparado en esa palabrería -apta para consumo de beocios- del «progreso» o de la «izquierda». Verbigracia, una actitud clara frente a los golpistas catalanes, la forma de contener la deuda española, la reforma tributaria no confiscatoria, la enseñanza, las pensiones, la defensa de la lengua española… y un largo rosario de cuestiones del más subido interés para todos nosotros. ¿No lo ha hecho porque carece de las convicciones para trabar un discurso que vaya más allá de la farfulla? No lo creo pero verdad es que Cs, invitado a abstenerse, carece de señales con las que orientarse que hayan sido emitidas por quien ostenta autoridad para ello.

Pues bien, ante esta situación ¿qué impide a Albert Rivera ser él quien tome la iniciativa política, por ejemplo, rescatando de la gaveta en que se halle dormido el acuerdo que trabó precisamente con Sánchez y precisamente para formar un Gobierno que Podemos impidió? Yo creo que nada y Rivera abriría así una contienda política de altura, un debate creativo a los que, a buen seguro, prestarían atención muchos españoles.

Si Sánchez rechaza tal oferta, entonces la posición de Rivera, consistente en negarse a cualquier colaboración, estaría ya sólidamente justificada.

Creo por ello que la postura oficial de Cs y la del núcleo de discrepantes -esos a quienes se ha invitado, repito, a marcharse- podrían ensamblarse porque el programa ofrecido por Rivera iría precedido de una pormenorizada exposición de las cautelas que exigen el trato con un gobernante español que acaba de pactar con los amigos de los terroristas de Bildu en Navarra. En este sentido, la desconfianza de Rivera está plenamente justificada.

Por el contrario, lo que en modo alguno estaría justificado sería que al final tuviéramos un Gobierno apoyado por separatistas, nacionalistas y otras ponzoñas de la causa antinacional porque Cs no se hubiera movido en el sentido que se está proponiendo y que yo lo hago con la humildad propia del jubilado de provincias que soy. Pues es bien cierto que el colofón amargo y embarazado de adversos presagios para España que sería otro Gobierno de Sánchez con los peores de la clase no lo olvidarían los votantes de Cs, entre quienes me encuentro.

II. Ya puestos a reflexionar sobre esta grave coyuntura se me ocurre la siguiente ingenuidad: se haga lo que se haga, quienes van a hacerlo son los diputados y diputadas de Cs que se sientan en el hemiciclo. La pregunta es ¿a estos señores y señoras alguien les ha preguntado algo? Puede ser que sí pero de lo único que oímos hablar es de las reuniones de la Ejecutiva en sus versiones ampliada o restringida.

No dudo de que a los miembros de esa Ejecutiva los han votado -en condiciones pulcras- unos cuantos miles de afiliados, pero es que a los 57 diputados los hemos votado cuatro millones largos de personas en un proceso transparente y libre.

¿Y no tienen nada que decir? ¿nada que aportar a la sapiencia de la Ejecutiva?

No está de más recordar que el desparpajo con el que actuaron los diputados franceses en 1789 rompiendo los cahiers que contenían sus mandatos parlamentarios y liberándose así de las órdenes que les habían impartido gremios, estamentos, ciudades, etc., inaugura el mandato no imperativo (hoy en el artículo 67.2 CE). ¿Es la Ejecutiva de Cs -o de cualquier otro partido- el gremio que impide la libertad representativa del diputado actual?

Se trata, lo sé bien, de una cuestión de fondo que afecta a las bases del sistema representativo. El protagonismo de los partidos, también proclamado por la Constitución (artículo 6 CE) ha suscitado el problema de la vigencia de este principio. Lógico si se tiene en cuenta que tales partidos propenden a extender su brazo hacia cualquier espacio en el que algo se mueva de manera que no es extraño que quieran someter a su disciplina a quienes les representan en las instituciones. El argumento se centra en un derecho electoral basado en la existencia de listas bloqueadas, circunstancia que lleva al partido a considerarse propietario del acta. El Tribunal Constitucional español ha desactivado desde hace decenios tal argumentación que, por cierto, no tiene en cuenta que a idéntica disciplina se intenta -y se consigue- someter al senador despreciando el dato de que ha sido elegido en listas abiertas y de forma nominal. Da igual: el partido político es dueño de la voluntad del diputado o del senador.

Esta situación ha llevado a algunos autores a considerar la prohibición del mandato imperativo como una antigualla. Se impone actuar con más cautela y echar mano de la doctrina que nos ha enseñado el Tribunal Constitucional alemán acerca de la «ponderación de los bienes o intereses» a cuyo tenor un precepto constitucional nunca puede ser interpretado de manera que anule o ahogue a otro del mismo rango, reduciéndolo de tal forma que uno de ellos resulte a la postre irreconocible. Aplicada esta idea al asunto aquí analizado debemos llegar a la conclusión de que ambos principios –prohibición del mandato imperativo y protagonismo de los partidos– han de convivir civilizadamente de manera que uno no se lleve por delante al otro expulsándolo del paraíso constitucional.

A la vista de este razonamiento ¿por qué un asunto de la envergadura que tiene entre manos Cs ha de ser resuelto por un órgano partidario? Y ¿por qué no recurrir a quienes ostentan la representación de aquellos españoles que han votado las candidaturas de Cs?

Son ellos quienes han de deshacer el nudo gordiano aplicando la invocada regla de la «ponderación de los intereses», valorados a la luz del programa por el que esos diputados han sido elegidos y los compromisos a los que se deben en la forma de lo que la doctrina alemana (N. Achterberg) llama «vinculación a unos parámetros esenciales», es decir, a las ideas básicas del partido que -estas sí- han de ser definidas por esos comités internos. Pero sabiendo quién ostenta la última palabra.

III. Cs pues necesitado del hilo de Ariadna que le permita salir de él impidiendo que los nacionalismos, tan regresivos y perjudiciales para España y para Europa, consigan, con las medallas de hojalata del progreso, llevarnos a las ruinas canosas de un país decrépitamente «multinacional». Si la responsabilidad de ese panorama algún día se puede imputar -por acción u omisión- a Cs, sus votantes, enojados, le darán la espalda para arrastrar en solitario un abatimiento inextinguible.

(Publicado el día 1 de julio de 2019 en El Mundo).

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Suprimamos la educación

Tan viva es la discusión sobre la educación que nos pasamos la vida proponiendo soluciones para que mejore su calidad, para que llegue a todos, para que sea más barata, más formativa … por no citar sino algunas de las respuestas a esa cuestión “batallona” como se decía en el siglo XIX.

Especialistas de las más variadas disciplinas, entre ellos pedagogos que han invocado el espíritu del  Padre Manjón, escriben libros alicatados de citas a pié de página y abundante bibliografía e incluso decorados con modelos, cuadros y estadísticas de la más subida seriedad.  Algunos hasta obtienen por esta vía el título de doctor y una cátedra universitaria en la Anecaca correspondiente.

Naturalmente todos ellos abominan de aquella afirmación que hizo Oscar Wilde: “la enseñanza en Inglaterra no sirve para nada y menos mal porque, si sirviera, habría constantes alteraciones del orden público en el centro de Londres”. Un asquito sería el tal centro, pontificaba el escritor, lleno de manifestaciones de adolescentes y salidas de tono contra autoridades, curas y notarios.

Mi juicio no puede ser más severo: frívolo este Oscar, amigo de ligerezas y achinerías, porque ¿cómo se puede arremeter de forma tan insustancial contra la sagrada educación? ¿cómo se puede permitir airear tales afirmaciones en un teatro donde hay oídos castos y puede que incluso algún pedagogo en carne mortal al que se trabuca y humilla? Ahora que han prohibido la viñetas en el New York Times, esa biblia de los pedantes, deberían aprovechar las autoridades para limpiar la literatura universal de estas bravuconadas a lo Oscar Wilde que tanto daño hacen a la credibilidad del género humano.

No, la educación claro que sirve. Y nadie de nosotros sería lo que somos si no hubiéramos sido educados en el instituto o por los hermanos de La Salle o los padres premonstratenses. Por tanto, respeto y agradecimiento a un sistema que nos ha hecho más aseados, más mirados con el prójimo,  más quintaesenciados como si dijéramos. 

Ocurre, sin embargo, que es muy cara. Ahí radica su debilidad. Porque hay que pagar a los maestros, construir escuelas, abrir centros de formación profesional, comprar lápices y cuartillas, mapas, globos terráqueos para saber por dónde cae Sierra Leona y así seguido hasta llegar a una porción abultada de gastos y otras excentricidades.

A su vez, para hacer frente a ellos es preciso sacar los cuartos previamente al prójimo a través del  coactivo método de obligarle a pagar impuestos, una falta de educación (ya que hablamos de ella) que lleva a inundar las calles de caras desteñidas y de ademanes lastimosos en los períodos lacerantes de la recaudación. No hay más que ver la cifra de suicidios cuando se acerca la declaración de la renta para advertir la gravedad de lo que estoy afirmando.

Pues bien, todas estas tribulaciones que tanta aflicción originan podrían evitarse sin más que sustituir la educación por la elección.

Mucho más barata, más limpia y sobre todo más democrática.

Pongamos pues un señor elegido o una señora igualmente elegida allí donde ha habido hasta ahora un señor educado en las reglas del álgebra y en las anfractuosidades de la historia de España o de la gramática.

Porque se convendrá conmigo que, en cuanto un vecino es elegido concejal o diputado, está investido de una autoridad que se extiende por todos los rincones del saber. No solo porque en el Ayuntamiento o en el Congreso vota y decide cuestiones arduas que desconoce sino porque desde los mismos medios de comunicación se le requiere para oír sus sabias elucubraciones: ¿qué opina usted de la Renfe? ¿y qué de los aranceles a China? ¿es partidario de las redes 5G? ¿cree necesario rescatar la autopista, construir una desaladora o desecar el embalse? ¿hay que aprobar un presupuesto del euro o una directiva para las aves migratorias? Y así seguido.

El elegido está nimbado, gracias al abracadabra del voto, de deslumbrantes conocimientos porque de otra manera ¿cómo se le podría confiar decidir sobre todo lo divino y lo diabólico? Ese elegido es hoy alcalde, mañana será senador y pasado ministro de Cultura aunque – allá en el fondo de su alma- confunda un orinal de plástico con un vaso etrusco.

Se verá pues cómo podemos liberarnos de la tabarra de la educación, de la FP, de la Universidad y de los sinsabores que causan simplemente eligiendo en vez de educando y formando.

Y así conformaríamos una sociedad de elegidos.

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Teoría de la ocurrencia

Los reinados mueren como mueren los imperios y las modas, todo va y viene, todo aparece y desaparece en el torbellino del tiempo, ese sátrapa fiero e inclemente. No hay castillo que quede en pie ni gran superficie comercial que conserve su esplendor y su glamour, ni siquiera las tiendas de móviles se escaparán a este destino cruel. Hasta los elfos, los duendes o las hadas que creemos tan contentos en su mundo de candor y de misterio viven momentos de mudanza y temen por su supervivencia atrapados por la aparición de otras criaturas que van adquiriendo su corporeidad enigmática, su cualidad de seres iluminados.

Todo se halla aherrojado por la tiranía de la mortalidad.

¿Puede extrañar que en este batiburrillo de cambios, de saltos discursivos, de sombras segadas por las guadañas, las ideas hayan desaparecido y hayan dado paso a las ocurrencias?

¡Ah, las ideas! Aquellas orondas señoras, desafiantes, seguras de sí mismas, que iban por ahí comiéndose el mundo, invocando ser hijas nada menos que del entendimiento humano, de la lectura, de la reflexión, ay, aquellas ideas que, cuando se reunían, formaban una especie de Arcadia exuberante, amante de la metáfora, del brillo imaginativo, son hoy elementos del pasado, verduras de las eras, fragmentos de un pasado roto … Tan altivas fueron las ideas que dieron lugar a palabras como ideólogo, idealista, ideografía y por ahí seguido. Crearon un oficio, el de intelectual, ese ser humano que tiene como misión el juego, la diversión precisamente con las ideas, encadenándolas, poniéndolas en fila india para que cada una adquiera su adecuado realce y lugar en el mundo epistemológico. Hasta, suprema osadía, dieron lugar a una asignatura que se llamaba Filosofía y que se estudiaba en el bachillerato.   

Precisamente por ahí se empezó. Vinieron personajes abominables que, encaramados en los puestos directivos del ministerio de Educación, personajes insufribles, necios, henchidos de una soberbia inflada por su incultura, decretaron la desaparición de la Filosofía en los estudios secundarios con la vista puesta en hacer lo mismo en la Universidad al aconsejar astuta pero perversamente a los jóvenes que se dedicaran a estudiar cosas útiles, impulsando lo productivo y mandando a las tinieblas las preocupaciones del espíritu. Que esto fuera el preludio de la barbarie acaso lo sospechaban pero no lo lamentaban. Siguieron adelante en su siniestro designio.

El resultado está a la vista. La idea, las ideas han sido sustituidas por la ocurrencia, por las ocurrencias.

Ocurrencias henchidas de prejuicios, de ofuscación, de rutinas y de perezas mentales. Ocurrencias que son paradigma de la frivolidad, de lo ligero e insignificante. 

Una ocurrencia es a una idea lo que la figura de un cuadro de Velázquez a la lata de sopas de Warhol.

La ocurrencia es escombro, cascotería. La broza y el derribo.

Cuando la idea enferma, palidece, adelgaza, se agarrota y esclerotiza es cuando surge esa ocurrencia acerca de la que estoy escribiendo. Es decir que una idea con dolor de vientre o con una abierta diarrea da lugar a la ocurrencia que todo lo ensucia.

De la misma manera, cuando una idea pierde su coraje, su capacidad para levantar el vuelo, para desgarrar los horizontes y surcar los mundos de agua y aire es cuando surge la ocurrencia.

Así como había concursos de ideas, ahora hay, con ocasión de los grandes debates políticos, concursos de ocurrencias en los que todo es ficción e impostura. Un pasar por encima de los asuntos armado con el diabólico arsenal de los efectos teatrales y de las artimañas bufas.

Allí, en fin, donde la luz pierde su fulgor y su capacidad para liberar los enrevesados problemas del mundo, allí surge la sombra de la ocurrencia con su efecto devastador al ser partera del atolondramiento y la confusión.

La ocurrencia es una idea hecha añicos.

Las ideas fueron la victoria de la ciudadanía. Las ocurrencias son su derrota.

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La familia, gran invento

Es muy frecuente que los periódicos divulguen denuncias de algunos políticos que emplean a sus familiares: el cuñado que accede a una secretaría o el primo a una jefatura de sección. Son protestas airadas de aquellos que se han visto preteridos en la ocupación de tal o cual puesto de trabajo por un pariente del alcalde o del consejero. A veces se abre hasta una investigación o se constituye una comisión para averiguar si los hechos denunciados responden a la verdad.

No lo entiendo. Tal modo de proceder me parece injusto y, sobre todo, poco respetuoso con la Tradición y con la Historia, que son dos señoras que peinan canas. La familia es uno de los pilares de la sociedad, el basamento sobre el que se construye la maravillosa colectividad en la que vivimos y es precisamente el Cristianismo el credo religioso que más ha contribuido a realzar su importancia. El matrimonio no es un contrato como puede serlo el arrendamiento de unos bueyes para arar el campo sino un sacramento que confiere gracia; en él se borra el amor personal entre los cónyuges y el elemento moral prevalece sobre el puro instinto sexual siendo esta transformación tanto más visible cuanto más crece la familia, cuyos nuevos miembros aportan el lazo paternal que, apoyado a su vez en el parentesco de sucesivas ramificaciones y alianzas con otras familias, llegan a constituir la Nación.

¡Ahí es nada de lo que estamos hablando! Familia, Nación … ¿nos damos cuenta del valor de los conceptos que manejamos? La Sagrada Familia es uno de las referencias constantes en nuestra civilización y los artistas la han llevado infinidad de veces a los lienzos y a los grupos escultóricos. El hecho de que en la actualidad se equiparen al hombre y a la mujer, infringiendo por cierto lo que escritó dejó san Pablo («vir caput est mulieris»), no reduce lo más mínimo la importancia de la familia como aglutinante de la sociedad y componente indispensable de ese ser abstracto pero cuajado de resonancias legendarias que es la Nación.

Por estas buenas razones sorprende que alguien pueda censurar a una autoridad pública por el hecho de que, a la hora de atribuir un empleo, se ocupe antes de un pariente que de un vecino cuyos orígenes familiares resultan para él desconocidos o simplemente borrosos. ¿En quien se va a tener más confianza, en el cuñado cuyas costumbres conocemos, cuyos puntos de vista compartimos, cuyos hijos son nuestros mismísimos sobrinos, o en el remoto contribuyente de quien, por no saber, no sabemos ni siquiera a qué equipo de fútbol pertenece? Me parece que la opción no es dudosa y el hecho simple de plantearla demuestra que vivimos en una sociedad que da un poco de miedo ya que está dispuesta a tirar por la borda de manera frívola los más amorosos principios de nuestra convivencia.

Y de nuestro pasado. Porque cuando todo andaba mucho mejor encaminado a nadie sorprendía el celo que por el adecuado alimento y la posición social de los más allegados demostraban quienes estaban en condiciones de procurarles sustento. Y así «familiar» se llamaba precisamente al eclesiástico o paje dependiente y comensal de un obispo o de alguna otra dignidad eclesiástica. Los cardenales de la iglesia y no digamos los papas prodigaban su cariño y repartían sus prebendas entre las filas de los deudos que más cercanos tenían en su paternal corazón. Es fama que cuando un Borja español llegaba al papado, y fueron dos los que tal dignidad ostentaron, Calixto III y Alejandro VI, vaciaban de parientes Gandía y las comarcas limítrofes y se los llevaban a Roma para ocupar canonjías, tocarse con el capelo o allegar caritativamente las limosnas de los fieles.

Y es que ha sido una regla nunca desmentida que a quien accede a un nuevo cargo de cierta importancia le salen multitud de parientes de cuya existencia no había tenido hasta ese momento concreta noticia pero que no por ello eran menos parientes ni habían estado ausentes de sus afectos aunque fueran implícitos y callados.

Romanones decía que sin cuñados y yernos la vida política española hubiera perdido buena parte de su gracia y de su peculiaridad más característica. Obsérvese además lo que de positivo ha tenido siempre el hecho de que el ministro o el alcalde, al ocupar su elevado asiento, haya tenido que dedicar buena parte de sus esfuerzos y de su tiempo a acoplar a sus familiares en lugares donde pudieran cobrar pingües emolumentos y disfrutar de holgada posición. Porque, mientras se hallan entregados a estos afanes, no hacen otra cosa y esto que sale ganando la colectividad. Pues es también regla de oro que el mayor regalo que una autoridad puede hacer a la población que dirige o representa es no hacer justamente nada por ella pues que la inmensa mayoría de sus ocurrencias o dañan o incordian.

El amor a la familia ¿conceptuado como un vicio? ¿Adónde hemos llegado? Si familia viene de «fames», es decir, de hambre, ¿quién soporta a un pariente hambriento? Con lo que muerden…

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