Teoría y práctica del golfo (o Kolfo)

El golfo es un ser errante especialista en ruindades, es un chulo que vive el deshonor con el honor dudoso del estafador, el golfo en definitiva es el pícaro antiguo al que, ay, le han quitado la literatura.

Y todos sabemos, incluso quienes no somos golfos, que, si nos quitan la literatura, nos quedamos en los puros huesos de la mecanografía.

Porque es la literatura lo que da firmeza a nuestras vidas, lo que las convierte en un viaje efusivo. Adviértase la diferencia que hay entre el viajero que viaja con su hatillo literario a cuestas inundándolo todo de ilusiones y visiones, de desmayos paisajísticos, el viajero que cree en las calles y plazas portátiles, y el viajero sin literatura que es incapaz de hablar de otra cosa que no sea el trasiego de las tarjetas de embarque y el precio del whisky en las tiendas del aeropuerto.

Pero no quiero perderme y volvamos al golfo o, mejor, de momento, al atracador, su modelo porque casi todos los golfos aspiran a atracadores condecorados y con uniforme de gala.

Este atracador se caracteriza por su atuendo de gran impacto visual pues que lleva la cara tapada con una máscara que bien puede ser una braga (con perdón de esas prendas delicadas, evocadoras de mil sueños húmedos) o un verdugo (con perdón de esos antiguos funcionarios sentimentales y macabros) y el pistolón al cinto. O la navaja albaceteña de hoja generosa y afilada.

El golfo al que dedico esta Sosería es personaje taimado, cauteloso, anónimo como lo demuestra el hecho de que actúa parapetado en varias sociedades mercantiles que se llaman precisamente anónimas por lo que tienen de ocultas, de indiferenciadas, de secretas. Si estas sociedades estuvieran limpias de toda sospecha a buen seguro que no se llamarían anónimas, buscarían un adjetivo que inspirara mayor confianza.

El golfo es cultivador de la triquiñuela, de la maña, del ardid y de la treta. También de la teta pues que es amigo de burdeles y casas de citas (que no son las que se ponen a pie de página en los libros) donde la teta abundante abunda.

El golfo antiguo, el propio de épocas más menesterosas, tenía vocación de lumpen y llevaba una vida estrecha y pordiosera. Era un golfo de provincias, a veces con nariz de boxeador sonado.

Hoy es muy distinto. Hoy el golfo anida en el mundo de la política, y si es progresista, trasversal y multinacional, mejor porque encima pasa por cosmopolita.

Es el golfo que ya no lleva máscara – como el atracador citado- sino mascarilla. Una forma sutil de engañarnos porque creemos ingenuamente que la lleva para no coger un resfriado o unas anginas cuando lo cierto es que es su uniforme de trabajo de malhechor.

De la máscara del antiguo atracador a la mascarilla del golfo.

Ahí se resume toda la historia del hampa.

Y lo bueno es que el golfo ha descubierto en la mascarilla el cuerno de la abundancia, la fuente cantarina de la fortuna más risueña y fácil. En el cuento de Aladino se frotaba una lámpara, hoy se frota una mascarilla y salen millones que van directamente a pisos en Benidorm o a cuentas corrientes en países de herejes.

El golfo de nuestros días, también conocido como Kolfo, putero y devoto del percebe y la langosta, ha elevado a categoría estética al canalla del pasado.

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Aceifas

Si, entre los gobernantes españoles, no hubiera una nutrida población de plagiarios y de personas que, en punto a pensamiento, no han superado la edad de la dentición, sabrían que lo ocurrido en Ceuta se llama «aceifa», nombre que se da a la «incursión militar que los sarracenos solían hacer en verano en los territorios cristianos» (DRAE).

Precisamente en el reino asturleonés se implantó una prestación de servicio de armas para hacer frente a las aceifas que se cumplía a rajatabla, tal como nos cuenta Valdeavellano, que es un historiador prestigioso, no un compañero que se presenta a las primarias para concejal, como creen los sujetos a los que me he referido supra.

En las aceifas se destruían las cosechas y las fortalezas, se quemaban los pueblos, se mataba y se intimidaba, un tal Almanzor, personaje apacible y de buenas maneras, fue un virguero de las aceifas, organizó un máster de aceifas y no le dio tiempo a venderlo a la Universidad de Salamanca porque todavía no se había creado. Y bien que lo lamentó, pues consta que se le oía decir entre sollozos (Almanzor era muy de sollozos):

– ¡Ah, si existiera ya en Salamanca la Universidad que tanto prestigio ha de darle, le colocaría el software de mi máster con alumnos cautivos, le cobraría y luego lo pondría a mi nombre y aquí paz y después pasta.

Y Almanzor rezaba cara a la Meca todas las noches para que se creara en Salamanca la Universidad.

Hubo «aceifas» desmesuradas y desparramadas, la protoaceifa o aceifa inaugural, tal fue la entrada en territorio cristiano en verano – ¡siempre el verano! – de los bereberes, mediante la traición del conde don Julián, un «progre» de la época que ideó la alianza de las civilizaciones, luego seguida por algún prócer atropellado de joyas.

Una desgracia lo de Guadalete porque nuestros antepasados estaban tan calentitos con el Estado visigodo aunque fuera un guirigay donde los ministros estaban enfrentados los unos contra los otros y se decían lindezas venenosas en los Concilios que eran las redes sociales de la época. Pero habíamos abrazado la religión católica y extirpado la mala hierba arriana, con su cortejo de herejías, y esta circunstancia nos aproximaba al resto de Europa.

– Lo importante es que quien manda no haga «cosa desaguisada» decía y repetía un talabartero de Sigüenza a los clientes que entraban en su taller y le encargaban un tahalí para su espada.

Hasta que don Pelayo no tomó las riendas del «relato» para imponerlo en las tertulias, los sarracenos hicieron lo que les venía en gana, aunque siempre con el permiso de Alá que es grande.

Cuando intentaron «aceifas» más allá de los Pirineos, les salió al paso Carlos Martel, Charlie entre los suyos, y les dio una buena tunda en Poitiers y años más tarde nosotros los españoles les atizamos en Lepanto y el príncipe Eugenio les paró los pies en Viena, aunque tuvo la deferencia de dejarles vender cafe, ocasión que los lugareños aprovecharon para inventar el «Café» de Viena. Ya solo les faltó poner al doctor Freud y a Stefan Zweig para completar la postal de la ciudad y llenarla de turistas.

Quiero decir con esta precisa narración histórica que debemos estar en guardia frente a los sarracenos porque, si bien fueron sabios y nos modernizaron presentándonos a Aristóteles, traen consigo la semilla de unos cambios ante los que debemos huir como de una noche de fiebres y navajas.

Porque ¿alguien imagina una España sin la fabada, sin el jamón de Jabugo o sin el vino de la Ribera del Duero? ¿Sin unas patatas con costillas?

O, peor aún, teniendo que contemplar estas delicias tras una celosía árabe sin poderlas disfrutar, so pena de transgredir los mandatos divinos en el infierno do moran idólatras e incrédulos.

¡Cuidado con las «aceifas» que las carga Shaitán!

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Solidaridad

A finales de agosto encontré a una joven amiga que goza de gran prestigio intelectual porque tiene miles de seguidores en Tik-Tok y millones de likes.

– Y aumentan a diario –  me confió.

– ¿Y eso cómo lo consigues?

– Difundiendo mis recetas de cocina.

Ante mi asombro, le pedí que me explicara alguna:

– Con la que estoy barriendo en redes y dejando atrás a muchos enteradillos es con la sopa de gyozas con shiitake picante y curry rojo.

Quiso detallarme en qué consistía, pero la paralicé al decirle que yo no había pasado de la sopa de ajo, según receta de mi difunta abuela.

Como quiera que estaba muy morena y aguapada, me interesé por sus vacaciones:

– En julio me fui a un crucero solidario.

– ¿Solidario? ¿Crucero?

– Sí, quince días, embarqué en Barcelona y llegué hasta Estambul tocando en varios puertos de África. En ellos acudí a consolar a los pobres y a alimentarlos. La verdad es que están un poco desnutridos.

– ¿Con gyozas?

– No, con patatas hervidas y garbanzos, tambien hervidos, no te creas.

Luego detalló otras obras de caridad administradas a los desheredados de la Tierra en ciudades y puertos que albergan a miles de personas menesterosas. Y lo más importante: me invitó a su casa para que viera la colección de camisetas y de collares que se había comprado, todas hechas a mano por trabajadoras de color, niñas que apenas conocían el rojo cardenal en sus bragas y ya avanzaban encorvadas.

– Viven  en una miseria universal sin mezcla de felicidad alguna, pero mostraron algo parecido a la alegría al saber que existían cruceros solidarios. 

Y añadió como despedida:

– Sígueme en redes porque voy a ser trending topic en X. 

Mi amiga, como se ve, practica una fantasía fronteriza con los delirios. Siente fervores rebeldes y combativos y piensa en serio que en la vida no ha hecho otra cosa más que acertar repartiendo el pan ácimo del bien.

De todo el encuentro me quedé con lo solidario pues se me ocurre que podrían alumbrarse otras modalidades de solidaridad, tales como el contrato amañado solidario, los sobornos solidarios, las enchufadas solidarias con aspecto de primas solidarias, el divorcio solidario, las mentiras solidarias y los asaltos solidarios a las fronteras.

Lo solidario admite pues muchos maridajes, solo el ministro lo rechaza pues un ministro solidario sería un oxímoron, palabra que no sé lo que quiere decir pero que suena recia y denigrante.

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La E de España

El gobierno quiere impulsar una marca de ropa que guste a los jóvenes combinando moda, redes sociales y otras zarandajas. Y la ha encargado a una señora que tiene por oficio el de influencer.

Esto de las mujeres influencer ignoro por qué no irrita a las feministas pues la historia enseña que no hace mucho las mujeres solo ocupaban puestos modestos. Hoy, sin embargo, en el hospital atiende una oftalmóloga, en el juzgado juzga una juez, en el Instituto enseña matemáticas una licenciada en Exactas y en la Universidad una catedrática desvela los misterios del derecho procesal.

Llegados a este punto de auténtico progreso, no el mendaz y corrupto que se difunde desde los albañales ministeriales, resulta que ahora lo que empieza a llevarse, entre las jóvenes, es ser influencer, el oficio de la banalidad y de la menudencia. Del humo mercenario. Si yo fuera joven y si fuera mujer, lo denunciaría en la ventanilla de los estropicios. 

La campaña de la ropa exhibe un lema: «Cuando te vistes, te posicionas». Tiene de vulgar todo lo que tiene de exacto. Conviene aclararse: quien aparecía en el bar con una camisa azul con el yugo y las flechas, se posicionaba; y quien vestía la camisa parda en el Berlín de los años treinta del pasado siglo o la negra en la Roma de parecida época ¡vaya si se posicionaba! En el paraíso comunista de la Alemania tras el muro, el muchacho  / a, que se hacía pionier, se ponía una camisa blanca y tapaba sus vergüenzas con un pantalón o falda azul, todo coronado por la corbata triangular. Eso era un comunista, no había duda.

Y así sucesivamente: tocarse con un flexible o con una gorra como Pablo Iglesias (el serio) no solo te posicionaba, te instalaba en una clase social o la de enfrente. Llevar una trenka era, en mi juventud, signo de rebeldía, eso sí, medida y sin compromiso.

De manera que el lema no puede ser más estúpido, como salido del magín acartonado de una influencer.

Veremos pronto cuáles son las prendas distintivas para el joven / a empoderado / a: el traje de fontanera puede crear «tendencia».

Lo mejor, empero, es que la marca de esa ropa se llama Dmocracia. Así, sin la e, que se ha caído y ha quedado sepultada, como una burla tardía a Atenas, a Pericles, a nuestros antepasados más celebrados.

¡Acabáramos! Podíamos haber empezado por ahí.

Porque la nuestra es en efecto una dmocracia sin E. Sin E de eficaz, de elevada, de eminente, de ética, de excelsa, de estética  … y, sobre todo, sin  la E de España, a la que se nombra tan solo con ocasión del balompié.

La democracia española es excéntrica por cuanto tiene más de corraliza que de sistema político. Contrae además a diario enfermedades variadas mostrando avaricia de coleccionista.

¡Pobre democracia española, tan cerca de las joyas, tan lejos de las musas!

El poeta lo dijo mejor:

«Con diez ladrones por banda,

viento en popa a Venezuela,

no corta el mar, sino vuela

el zapatero pillín …»

Y, por ahí, seguido.

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La litera del emperador

Fue Forges quien dibujó a sus dos inolvidables personajes:

– ¿Y tú que cambiarías de la Constitución?

– A nosotros.

Pues parece que, años después, en esas estamos. Como no podemos tocar la Constitución y las elecciones dan miedo a quien tiene que convocarlas, lo mejor es cambiar al votante y hacer un trueque con ellos, aunque cuidando de no enfangarlo todo de malsines.

– Hay precedentes ilustres en la historia – me apunta el pedante que siempre me acompaña como un moscardón veraniego.

– No caigo.

– Parece mentira que sea usted un hombre ilustrado: ¡Caracalla! el emperador romano quien, en el siglo III, concedió la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio.

Tengo que aceptar el coscorrón porque el prócer romano está bien traído a la causa.

Puede ser que ampliar el censo a los nietos, agnados, consaguíneos y deudos desparramados por esos mundos sea una medida venturosa para avivar una patria exánime y podrida. Si esto es así, no es suficiente conceder a la parentela el derecho al voto.

Se impone adjudicar a los nuevos españoles otros disfrutes. Porque estos recién estrenados compatriotas deben saber que la vida política española ofrece un joyero de preseas que ha de ponerse a su disposición. 

La primera, que tiene el carácter alegre y evocador de la música, es poder escuchar la «Danza de las Chirimoyas», compuesta por el hermano de nuestro gerifalte de terracota. Tiene la ventaja de estar pensada además para el baile, delicia impagable si pensamos en las cinturas de los cuerpos juveniles y sagrados, arcoiris de esperanzas. 

La segunda es culminar una fascinante excursión en el famoso Peugeot, un símbolo hoy ya convertido en pieza de nuestra historia más gloriosa, la que abrazó a los españoles en la conquista de una causa común de progreso y limpieza. 

Reflexione el lector: produce impresión y un cierto vértigo histórico pensar que ese Peugeot, en su aparente humildad automovilística, es el símbolo actual que emula a Babieca, el caballo del Cid, o el Rocinante que permitió a don Quijote llegar hasta Barcelona y culminar la más acreditada hazaña que vieron los siglos.

¿No tiene algo también el Peugeot de la litera en la que se desplazaba Carlos I de España y V del Sacro Imperio? ¿O de la carroza con las insignias reales usada por Carlos III para entrar en España procedente de Italia? ¿No es un Papamóvil laico y desprovisto de latines y rezos?

La tercera sería servirse de una sauna acreditada para limpiar la piel, ahuyentar sudores y olores y gozar de unas ternuras y unas cosquillas revolconas, oscilantes los cuerpos en su desnudez sobrada de pecaminosos surtidores.

Quiero decir que todas estas fortunas no podemos acapararlas los españoles de siempre con derecho a voto, como si fuéramos garduñas agazapadas en sus madrigueras oscuras y tapizadas de egoísmos.

Componiendo estas líneas, por cierto, me acuerdo de que yo también soy nieto. De alemán. En cuanto acabe de escribir me voy al consulado más cercano para poder votar en Weimar. A Goethe, naturalmente. 

El poeta lo dijo mejor:

«Anoche cuando dormía

soñé, bendita corrupción,

que una fontanera venía

con un puño y la rosa en flor»

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La reforma de las Cortes

Los expertos a quienes leo me han convencido. Claman – y con razón- por la necesidad acuciante que existe de reformar las Cortes generales pues presentan signos de decrepitud e inquietantes avisos de haberse convertido en un espantajo.

Echo de menos, empero, que no se expongan alternativas concretas para renovar el deteriorado artefacto.

Como estas Soserías tienen algo de aquella literatura antigua que se llamaba «Espejos de Príncipes» destinada a lograr que estos gobernaran con buen sentido, sabiduría y justicia, adelanto los materiales que debemos emplear para esta labor de abrillantado.

Ya conocemos la teoría del Muro que ha de dividir a los españoles. Se trata – mil veces se ha  explicado desde el ambón- de un nuevo hallazgo del Progresismo multinacional y empoderado destinado a separar a los buenos de los malos, al trigo de la cizaña, a la hierba fresca y sana de la maleza.

La pregunta es: ¿con solo echar un vistazo al hemiciclo, es posible identificar el vicio y la virtud, el lugar del razonamiento correcto y el de la pestilencia y la maldad? 

Creo que no, a veces se producen confusiones lamentables y estas son las que debemos conjurar.

Mi receta es clara: no basta el Muro, preciso es cavar trincheras con taludes por ambos lados. E instalar en ellas alambradas, nidos de ametralladoras y piezas de artillería pesada. Cuanto más pesada, mejor. En esto no deben escatimarse ni dinero ni esfuerzos.

En tal sentido, aconsejo – tengo la condición de Alférez de la Milicia Universitaria y algo entiendo-  la ametralladora Maxim, último rugido en punto a ametralladoras, la que más se lleva en el «prêt à porter» de las armas prestigiosas, capaz de vomitar 600 proyectiles por minuto. Dígase: ¿hay algún razonamiento parlamentario, algún tecnicismo jurídico que pueda oponerse con eficacia a semejante alarde flamígero?

Oigo al pedante que siempre me acompaña:

– La ametralladora, señor Alférez, ha sido desplazada por el dron FPV.

Y debo aceptar la objeción porque es verdad: el tal dron hace el mismo efecto y solo vale 500 euros, el precio de un traje de caballero.

Propongo entonces: ametralladoras para los Parlamentos autonómicos y drones de última generación para las Cortes de la Carrera de san Jerónimo. Siempre ha habido clases y no hay razón para destruir este legado histórico de orden y jerarquía.

¿Qué falta?

Falta una «zona de aniquilación» que en inglés, idioma en el que se expresan los  enfrentamientos de mayor prestigio, se llama «kill zone». No cuesta mucho y tiene efectos devastadores, sobre todo en el terreno psicológico, y más si se se la habita con gases venenosos de una buena cosecha.

Engalanado así el campo de batalla, debemos afrontar los últimos detalles. El «grupo parlamentario» debe cambiar su denominación por el de «montón», habida cuenta de que responde a la definición que nos ofrece el DRAE «cantidad de personas o cosas» sin individualidad alguna, confundidas en su espesura, tan solo trabadas por el aplauso o por el berrido.

A lo mejor convendría asimismo dividir a tales «montones» en compañías, batallones, escuadrones … no sé, esto ya lo dejo a los expertos en parlamentarismo, no voy a darles todo el trabajo hecho.

El poeta lo dijo mejor:

«¡Bulo, gritó

ante Ferraz

el diputado con ira!

¡Bulo repitió el montón

con indómito graznar,

¡bulo! gritó al votar

el pueblo que al mundo

enseña …».

Y, por ahí, seguido …

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Ignorancia inmaculada

La tarea de seleccionar a ministros y demás altos responsables de los asuntos públicos se ha vuelto en los últimos años muy laboriosa y muy exigente. Antes era más fácil, ahora es un calvario porque preciso es asegurarse de que la persona carece de cualquier tipo de conocimientos, de que no sabe nada de nada, que es virgen en punto a instrucción y nunca ha tenido trato alguno con libros ni laboratorios.

– Se le ha visto entrar en una biblioteca  -se cuchichea para arruinar las expectativas de un candidato.. 

– Era para mear – se disculpa el ofendido.

Lo más infamante es haber terminado una carrera sin copiar en los exámenes o haber escrito una tesis doctoral sin plagiarla.

Estas dos manchas son indelebles y suponen una descalificación difícil de soportar. Quien las tiene ya puede despedirse de una carrera política. Si su ilusión había sido llegar a ministro de Transportes o de Educación, ya puede archivarla.

– Tenemos que ser muy rígidos, hay que garantizar el carácter inmaculado de la ignorancia.

Firmes en estos comportamientos hemos hecho grandes progresos, de manera que ya podemos cantar victoria.

Procede pues inaugurar una nueva etapa histórica, siempre alumbrada por la antorcha del avance plurinacional.

Se trataría de llevar directamente a los cargos públicos a brujos, hechiceros, pitonisos y espiritistas. 

– Búscame con los cinco sentidos un jefe de la SEPI, ya sabes que las participaciones industriales hay que cuidarlas.

Y, como ha de respetarse el principio de mérito y actuar con transparencia, se convoca el concurso correspondiente.

Allá va la nómina completa de nigromantes y farsantes dispuestos a exhibir sus habilidades.

Y no se falla, al final se elige a quien puede desplegar poderes taumatúrgicos en las redes sociales, al tiempo que garantiza no saber una palabra ni de particiaciones, y menos de industriales.

– Necesitamos un ministro de Sanidad.

Aquí hay que poner el máximo cuidado porque a su ignorancia debe añadirse su condición de chamán, entrenado en curaciones milagrosas y con una buena comunicación con los espíritus.

– Tengo un curandero que aprobó con buena nota el máster de ritos y ensalmos.

– Hecho, este puede dar un buen juego.

Y así se van rellenando las casillas del organigrama. Con resultados mágicos, justamente los que disfrutamos.

El poeta lo dijo mejor:

Y va el capitán pirata

sentado alegre en la popa

Paiporta a un lado, al otro la tropa 

y, allá a su frente, las joyas en el baúl. 

«Navega, corrupto mío,

navega sin honor

que ni enemigo extravío

ni pariente ni folganza

tu ceja a torcer alcanza

ni a espantar a tu elector».

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Alerta ¿prestidigitación constitucional?

Recorre la prensa el turbador presagio de un proyecto político consistente en convertir a España en una confederación de Estados. A juicio de sus patrocinadores, se lograría así llegar a un territorio alumbrado por las luces del progreso, un lugar donde la España diseñada en la Constitución se convertiría en una vela que, consumida, se arrinconaría en un aposento lóbrego, allí donde los gusanos rumian su rutinaria insignificancia. La conmemoración de su 50º cumpleaños sería la ocasión propicia para asestarle la puñalada y aprestar su mortaja.

Procede estar en guardia y rebelarse contra tal aciaga perspectiva, alimentada, tras las recientes elecciones andaluzas, con el éxito, desde la izquierda, del mensaje identitario.

Desde mi pequeñez provinciana yo lo hago con la autoridad que me proporciona haber escrito en 2006 (junto a Igor Sosa Mayor, hoy profesor de Historia Moderna en la Universidad de Múnich) el libro El Estado fragmentado. Recuerdo que, entonces, pese a ganar el favor de muchos lectores si se atiende a sus sucesivas ediciones, desde la prensa ligada al Gobierno (de José Luis Rodríguez Zapatero) se le hizo el más ominoso de los vacíos. Y, desde el Centro de Estudios Constitucionales, se organizó una sesión entre las 14 y las 16 horas de un día del mes de julio a la que fui invitado para ponerme cual digan dueñas, en lugar de celebrar, desde una institución del Estado, el hecho de que unos especialistas tomaran la pluma para defender precisamente al Estado de la avasalladora voracidad de los nacionalismos desleales.

Porque eso tratábamos los autores: de alertar del peligro de los cambios estatutarios, entonces en curso, y destacar que España, ese «asombro de esperanzas» que cantara Pablo Neruda, no se rompía, pero el Estado se fragmentaba. Y ello porque había sido introducido en un quirófano sin más luz que la de un candil; una experiencia arriesgada de la que no podría salir más que extenuado y, por consiguiente, con poca agilidad para establecer políticas propias y afrontar reformas de largo aliento.

El Estado, debilitado, fragmentado, quedaría privado cada vez más de la posibilidad de cumplir con su función de crupier en la ruleta de los intereses particulares, incapaz por tanto de gritar el rien ne va plus! a las demandas de las clases políticas que gobiernan las comunidades autónomas más insolidarias.

Las lamentables experiencias de las reuniones de los consejos sectoriales, y no digamos de la Conferencia de Presidentes, cuando han tenido que abordar asuntos no solo importantes, sino de auténtica salvación nacional, avalan desgraciadamente lo que fue nuestro negro análisis. Y ello sin citar los vaivenes grotescos los a que obliga ese abracadabra de la «cogobernanza», que, como adivinanza que es, habilita para adoptar decisiones en un sentido o en el contrario, en función de los intereses encanijados del gobernante.

Aquellos que se autocalifican como progresistas, por cierto, sin más credenciales que las obtenidas en el máster cursado en un mitin o administrando aplausos de entusiasmo en el Congreso que respaldan discursos antitéticos, deberían saber -tales lumbreras- que comprometer el eficaz funcionamiento de un sistema es conducirlo a su bloqueo. Que bloquearlo es impedir su reforma ordenada. Y que impedir reformas es lo que caracteriza al pensamiento reaccionario.

Ya hoy, el Gobierno de coalición, apoyado por las fuerzas que quieren jibarizar España, actúa según el principio hoy soy más confederal que ayer, pero menos que mañana. Ahora bien, preciso es enfatizar lo siguiente: los citados elementos confederales son un retroceso en la historia, como se pone de manifiesto en la evolución de los Estados federales. Alemania, para los europeos, es la referencia, y ya Konrad Hesse tituló el libro que escribió en 1962 para explicar el modelo político de su país El Estado federal unitario. Pues bien, la afirmación no ha hecho sino cobrar, desde entonces, vigor y extensión.

Agitar el señuelo de la confederación es ponerse no en el lado malo de la Historia, sino en su lado extravagante. España no es una «nación de naciones» y, si lo fuera, sería prudente no airearlo, sería mejor disimular, porque tales laberintos políticos han acabado siempre como el rosario de la aurora. Y no han dado precisamente frutos apetecibles, más que para quienes se miran en el espejo del plurinacionalismo boliviano.

Es decir, que al hallarnos ante signos alarmantes de posibles alteraciones constitucionales, trenzadas además -como es usual entre los actuales primates de la mayoría gubernamental– por medio de oblicuas decisiones y tejemanejes sombríos, es obligado defenderse.

Asombra oír que las nuevas generaciones no han aprobado la Constitución vigente porque ni siquiera vivían cuando fue aprobada y promulgada. En Francia o en Alemania, por poner ejemplos cercanos, aun padeciendo como padecen crisis políticas relevantes, a nadie se le ocurre plantear una transformación «radical» del modelo constitucional. Sí aspectos concretos, lo que se hace con naturalidad y con economía de aspavientos.

Procede, pues, argüir con fuerza que nuestra Constitución no es una página en blanco que pueda escribirse sin pauta alguna y mucho menos con la pluma que nos proporcionen ingenieros a la violeta o trucando las previsiones para su reforma.

Sépase que tan solo las organizaciones que descreen de ella, que la intentan minar a diario -de las que hay larga muestra en las Cortes y en el Gobierno o apoyándolo– pueden apuntarse a la tesis del carácter en blanco del texto constitucional, de su condición no militante. Y lo hacen con tanta perfidia como gozo.

Nuestra Constitución milita y, además, lo hace con énfasis cuando proclama que «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político», porque su alteración o degradación destruiría las vigas maestras de nuestra convivencia. Más aún: del modelo civilizatorio al que felizmente pertenecemos.

Y lo mismo ocurre cuando establece unos derechos y deberes fundamentales que se pueden ampliar, pero no restringir, cuando exige respetar la división de poderes o cuando declara la inviolabilidad de diputados y senadores; o proclama la independencia judicial; o la protección de las costas, las playas y los bienes comunales, etc.

Por descontado, también cuando afirma en el artículo 1.2 que «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado» y que «se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». ¿Nos gustaría que una formación política propusiera y lograra volver al Estado centralista, tal como funcionó durante la dictadura franquista? ¿A alguien le complacería que nuestra democracia de libertades, por estar incorporada a una Constitución en blanco, no militante, pudiera trocarse en un régimen comunista o en uno corporativista, copiado de alguno del siglo XX? Por supuesto que no, y esto es así porque nuestra Constitución milita a favor de una democracia abierta que permite acoger proyectos políticos de muy distinto signo.

Es la hora de apiñar argumentos y exponerlos en los diarios, en las redes sociales, en acuerdos de las Academias, de las Universidades, con sosiego pero con codicia y puntería, porque nuestro orden constitucional es frágil, víctima diaria de pedradas que son lanzadas no desde rincones invadidos por malhechores, sino desde el corazón mismo de las instituciones del Estado.

Ante una cuestión tan severa, con nuestras plumas, debemos airear y exigir sine ira et studio, ante cualquier cambio, la aplicación rigurosa del título X de la Constitución. Y de nuestras gargantas debe salir un clamor que pregone: «¡No a la prestidigitación!».

(Publicado en el periódico El Mundo el 8 de junio de 2026).

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De la democracia orgánica a la democracia agónica

En España tuvimos en tiempos pasados y oscuros la democracia orgánica que contaba con aquellos pilares tambaleantes que eran la familia, el municipio y el sindicato.

Con el tiempo, la democracia española se ha hecho agónica. Hay quien se duele, pero ofrece ventajas, por ejemplo, saber que en ella el pensamiento político es plano y, por consiguiente, el análisis que de la situación se hace es gris, anodino, vulgar, soñoliento … un fruto atolondrado de la modorra y el letargo. Y esto proporciona una vida sin complicaciones intelectuales.

Hemos cambiado. Porque nos acabamos de enterar de que el análisis en boga es el relevante. «Análisis relevante» es el nombre de una empresa dedicada a expandir sus benéficos frutos entre la peña. Ya es suficiente para el agradecimiento.

Sin embargo, es algo de mayor entidad pues, si nos aficionamos al análisis relevante, inauguraremos una etapa de nuestra historia en la que la frivolidad habrá sido sustituida por el estudio sesudo y la bagatela por el fuste del pensamiento aquilatado.

Donde había desatino y un errático errar habrá ahora, gracias al análisis relevante, una realidad engalanada por el resplandor del examen macizo y un resplandor como de romería.

Paralelamente al «Análisis relevante» ha surgido otra empresa que lleva como nombre comercial «Inteligencia prospectiva». ¡Menudo sustantivo y menudo adjetivo! Porque prospectiva significa – lo he tenido que mirar en el DRAE- «conjunto de estudios realizados con el fin de explorar o de predecir el futuro en una determinada materia».

De manera que ya no tendremos forma humana de equivocarnos si pensamos que, de la relevancia del análisis, pasamos a la contemplación del futuro con la pupila de una inteligencia «premium» y con galas de plata.

En estas venturosas condiciones no es extraño que hayamos acuñado un nuevo concepto capital para los modernos sistemas políticos. Nadie puede arrebatarnos el privilegio de haber dado con la palabra cabalística que todo lo explica.

¿Cuál es? El lector inteligente ya lo habrá adivinado: la trama.

John Locke inventó la división de poderes, Rousseau la voluntad general, Montesquieu los jueces «que pronuncian las palabras de la ley», otros autores ¡cualquiera sabe! …

Nosotros hemos dado a luz en el paritorio de las ideologías ¡a la trama!

En verdad, querido lector, nos han venido a visitar las musas y nos han prestado, sin merecerlo, su ingenioso entendimiento.

Porque tramas hay en abundancia: las mascarillas, los hidrocarburos, las sobrinas, las putas, los hermanos sinfónicos, los zapateros, las comisiones, las venezolanas, las chinas, las obras públicas, las saunas privadas, un variado muestrario. 

En puridad, la trama es la piedra filosofal que va a convertir el plomo de la vulgaridad conservadora en el oro del progresismo confederal.

El poeta lo dijo de otra forma:

Estos, Pedro ¡ay dolor!

que ves ahora

Campos de suciedad,

mustio legado.

fueron un tiempo

España famosa.

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Manta y cloaca

Ahora se habla mucho de la manta en el escenario político nacional, entendida como esa prenda de lana que sirve para abrigarnos en la cama, y se anima al personal patibulario que ha gozado de las mieles del poder a «tirar de la manta» que es «descubrir algo vergonzoso o censurable que se mantiene reservado». Es una buena idea porque, por esta vía, se ventilan los malos olores que se han acumulado a lo largo de la noche como producto de las digestiones pesadas.

Ocurre sin embargo que ya no es suficiente «tirar de la manta» ya que esta ha sido sustituida, en las preferencias de la ciudadanía, por el edredón, razón por la que habría que ampliar y/o renovar la expresión. Y ganaría el viejo dicho popular al estar los edredones rellenos de plumas que pueden ser de aves rapaces y bien se sabe que «rapaz» es adjetivo aplicado a alguien «inclinado o dado al robo, hurto o rapiña», según nos enseñan los sabios de la RAE.

¿Hay algo más actual?

De manera que se impone «tirar de la manta» y también «tirar del edredón» para no dejarnos ningún recoveco sin destapar.

«Manta» además es palabra cercana a «mantel». Y nada más gustoso al personal patibulario aludido que «comer a manteles», lo que es equivalente a «comer o tratarse con regalo». Con lo que llegamos a otra palabra precisa y expresiva porque «regalo» remite a «dádiva», a «obsequio», a «donación».

Pues es el caso que, quien «come a manteles», nunca paga de su bolsillo las exquisiteces que consume – percebes y langostas aromáticas de mar, o chuletones con birrete doctoral- sino que las apunta a un renglón del presupuesto público que, aunque no se aprueba por las Cortes, siempre acoge un lugar hospitalario al servicio de estas ocasiones regalonas.

Como el arqueólogo se topa, con su esfuerzo, con un orinal etrusco, así, quien tira de la manta o del edredón, se topa, con menos esfuerzo, con ese terreno, canal o cañería por do corren aguas sucias o productos excrementicios.

Estamos en la cloaca.

Un lugar marrano, cuyos habitantes llevan pintados en sus facciones los estigmas de esa degradación moral en la que se rebozan rufianes, farsantes, golfos. embaucadores y todo el que vive del embeleco y, sobre todo, de la adulación al poder y del silencio ante sus tropelías.

Con la hipocresía y con la afonía, cómplices siempre gananciosos.

De modo y manera que manta, edredón y cloaca forman una especie de Profana Trinidad. Son tres personas que se hallan asociadas, en una especie de unión hipostática, que les permiten compartir entre ellas la sustancia de la podredumbre y los lodos profundos do el gusano habita.

Como hubiera escrito el excelso san Juan de la Cruz:

Mil mierdas derramando

pasó por ministerios con presura

y, yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de caradura

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Vivienda y flexliving

Los españoles cultos leen mucho a los americanos, siempre que sean del norte y escriban en inglés, la lengua do anida lo que de bueno hay en la épica y en la lírica, en lo dramático y en lo distópico. 

Quien no es capaz de citar un autor en inglés en una cena creativa y sostenible es una piltrafa social, un besugo, un cachivache sin remedio, el mejor ejemplo del hortera empedernido.

Me encuentro bien a gusto entre tales besugos – o merluzos – practicando un tipo de escritura mediocre y presuntuosa, irónica y burlona, la mía es una pluma de transeúnte, que alguna vez desata una sonrisa insegura y azarada. Pero que hace un corte de mangas al lechuguino convencional.

He bebido en el pozo inextinguible de los humoristas españoles del 27, malabaristas de  una comicidad llena de ganchos en los que colgar a los cínicos y a los corruptos.

Unos creadores que, además, ofrecen soluciones a los problemas eternos de la convivencia. Mihura, en «Maribel y la extraña familia», saca a escena a doña Paula y a doña Matilde que están en un salón hablando de sus cosas y, junto a ellas, una pareja que, en un momento determinado, se levanta y se despide, no sin antes recibir de doña Paula un billete de cien pesetas.

– ¿Quiénes son? pregunta doña Matilde a doña Paula.

– No lo sé, yo les pago para que vengan de visita dos veces por semana. Te da mejor resultado que las visitas de verdad, que no hay quien las aguante y que te cuentan que les duele aquí o allá. Estos vienen y durante una hora puedes contarles tus problemas sin que ellos se permitan contarte los suyos, que te importan un pimiento.

¿No es este un remedio ingenioso que pone fin a la pesadez de las visitas que te cuentan las ventajas del «running» y del «croosFit» practicado en ayunas?

Parecido es el ejemplo de la vivienda que pinta José López Rubio en la comedia «Celos del aire», donde unos señores mayores jubilados comparten su salón con unos desconocidos:

– La condición es que nos ignoramos mutuamente, que nos neguemos los unos a los otros, decidimos no vernos ni oírnos. Somos recíprocamente invisibles. Es como si hubiéramos alquilado una casa vacía.

– ¿Y ha funcionado?

– El acuerdo se ha cumplido fielmente por ambas partes.

Estos recuerdos teatrales me vinieron a la cabeza cuando he leído estos pasados días en los periódicos anuncios de viviendas que están en venta «con okupas dentro».

Quien compra una casa que ya tiene un okupa puede organizar la convivencia con él, a lo López Rubio, en mutua y recíproca ignorancia. Conscientes cada uno de sus derechos y obligaciones, tal como están inscritos en el manual de la lucha de clases.

Pero también puede contratar okupas por un rato y pagarles a tanto la hora. Tiene la ventaja de que permite colgar un cartel ahuyentador que proclame «Casa okupada. No molesten».

Hasta aquí, las modalidades más tradicionales en punto a usos del espacio.

Pero es que la modernidad moderna ofrece otras, todas en inglés naturalmente.

Por ejemplo, el «coliving con zonas de coworking». Atrevida alternativa a las maneras antiguas porque está pensada para nómadas digitales que quieren socializar.

O el «flexliving» o el «cohousing», ofertas con modalidad «Premium» para comisionistas en nómina del Ministerio de Accidentes Ferroviarios. 

Todas ellas brindan el atractivo de avivar la convivencia intergeneracional.

Dicho lo cual, y ya que hablamos de teatro y se me ha acabado el discurso, hago mutis por el foro.

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