Clásicos de Derecho Público I. Biblioteca básica para estudiosos y curiosos

Como la niebla del tiempo difumina el pasado, se nos ha ocurrido iluminarlo dando a luz esta Colección de clásicos del Derecho público, de momento, con este volumen, dedicado a nuestros parientes remotos que escribieron y pensaron en Francia, en Alemania, en Austria y en Italia, conscientes de que lo hicieron para facilitarnos las cosas a quienes hemos venido detrás. Porque es frecuente encontrar en los libros jurídicos invocaciones a autores antiguos sin que conste de ellos otro dato que su apellido escueto, sin que sepamos ni cuál es su nacionalidad ni en qué momento de ese pasado neblinoso es obligado ubicarlos. La historia se convierte así en un laberinto, una referencia muda, ininteligible por cuanto se nos presenta en confusión y atropello de siglos y circunstancias. Tiene algo de prestidigitación metodológica ese proceder que tenemos los juristas.
Este libro ha sido escrito para, de una manera cómoda, contribuir a disolver nieblas.
Y para advertir cabalmente la forma en que nuestros maestros se enfrentaron a los grandes enigmas que son en buena medida nuestros enigmas y a los pequeños problemas que siguen siendo en la misma medida nuestros problemas.
Quienes quieran emprender la marcha por la selva jurídica sin apoyarse en el bastón que prestan estos guías, caerán en las afirmaciones más banales y corren el riesgo de ser juristas aptos solo para presentar «aplicaciones» en las ANECAs.
Precisamente por ahí le gustaría circular a este pequeño libro nuestro, modesto canon jurídico-público.

Primeras páginas

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Lingua progressionis Hispanae (8)

Todo parecía indicar que desde Barcelona no nos mandaban últimamente más que golpistas contra el orden constitucional a los que había que indultar, amnistiar y llenar de babas complacientes pero no es así. Se ha iniciado hace meses una campaña que está teniendo éxito y que exhorta a las mujeres a exhibir sus tetas para conjurar el yugo machista. Es decir que deambulen en topless, que es como se dice en catalán.

Estamos ante una excepcional noticia para quienes somos “tetalitarios”. Me explico. Así como en política existe el totalitarismo, una ideología que impone controlar “coactivamente las relaciones sociales bajo una sola ideología oficial” (DRAE), otros – en la sociedad civil- defendemos el “tetalitarismo” es decir, la imposición de la exhibición de las tetas de las mujeres como signo de liberación para ellas y de amistad hacia ellos.

Apoyado en una razón elocuente: la gracia de esa parte de la anatomía femenina por cuanto la teta ha de ser contemplada como un caleidoscopio al ser capaz de producir infinitas combinaciones para quienes las observan: las hay asimétricas, incoherentes, como si dijéramos, con lo que revelan un adorable desorden anatómico. Pueden ser también simétricas, cuando se manifiestan en ejemplar concierto, y también merecen una calificación favorable.

En definitiva, la teta alberga muchas geometrías pues que, en puridad, es la encrucijada donde tales geometrías, si no están atentas, pueden llegar a despistarse. Explicación: la teta se apropia de muchas figuras al mismo tiempo para saciar su apetito geométrico, que es inextinguible, según estoy tratando de razonar.

Hay en ellas redondez, esferas y curvas, también arco, incluso arco iris, lo que se advierte cuando, en la playa, vemos una teta desnuda sobre cuya superficie reverberan los reflejos del sol y de las aguas y de tantos ojos sedientos como en ella se posan, ojos que emiten cuchillos como destellos. O destellos como cuchillos, cualquiera sabe.

Hay también la teta plana, calificada por algunos insensibles como descampado, sin percibir que son un arcano donde se posan atrevidas cabriolas que desatan un enjambre de hipótesis, de conjeturas, que pueden ordenarse pero que también es pertinente dejarlas en estado de alboroto creativo.

Establecer reglas fijas es perder el tiempo. Las reglas hay que abandonarlas a merced de los caprichos del busto.

Pero es que la teta puede formar círculos de modo que hoy sabemos que el famoso círculo vicioso es en rigor la teta porque es escenario donde se pueden practicar las más osadas licencias. El círculo no es más que un cerco y desde Sófocles para acá, a la mujer, como a los hombres, se nos conquista encerrándonos en un círculo en medio de una albórbola do juguetean inocentes añagazas.

La teta es pues alarde de geometrías y eslabón de eslabones.

¿Qué ocurre con la teta en el momento de la resurrección de la carne?

Esta pregunta angustiosa me confunde. Pero, si la descarto, mi respeto a la mujer libre me lleva a proclamar mi condición de “tetalitario”.

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Concilios y milagros

Ya tenemos al presidente del gobierno definiendo lo que es y lo que no es terrorismo. Hasta ahora esta tarea había sido confiada a los jueces y fiscales pero debemos aceptar que lo mejor es ahorrarnos trámites y también mucha ponzoña en juzgados y tribunales, centros de depravación y refugios de extremistas de la derecha.

Ahora solo nos falta dar un paso más consistente: otorgarle la potestad de convocar Concilios y de realizar milagros, formas supremas de definir la verdad.

Los Concilios, desde el de Nicea convocado por Constantino (325) donde se definió el Credo todavía vigente, han sido en la historia de España el antecedente de las Cortes, como han demostrado ensayistas bien informados (Otto Hintze, por ejemplo, y entre nosotros, el asturiano Martínez Marina). Eran reuniones de nobles y eclesiásticos con algún despistado menos encopetado, donde se resolvían cuestiones eclesiásticas pero también mundanas de carácter penal, mercantil, civil etc. De uno de ellos, el III de Toledo (589), viene que todos seamos católicos niceanos. Fue el momento en que desterramos el arrianismo y con él la enorme tabarra de estar todo el día discutiendo si el Hijo tiene o no la misma naturaleza del Padre.

¿Alguien se imagina que anduviéramos en estos tiempos embrollados en esta cuestión teológica? Si así fuera, no tendríamos tiempo para conocer los sorteos de las champions y las superchampions y, sobre todo, no podríamos aprendernos la letra de “Zorra”, esa canción delicada de sutil título. 

De ahí la importancia de volver a los orígenes y sustituir las Cortes por Concilios. Nada de afásicos elegidos más o menos chapuceramente ni de encuestas, basta con unos cuantos paniaguados designados por la autoridad. Tenemos un modelo: los congresos de los partidos políticos donde ocupan asiento unos cientos de vertebrados cuyo único signo visible de vigilia es el aplauso.

En el concilio declararíamos la verdad y, al paso, desterraríamos la herejía de una forma más delicada que esta de hablar de la “fachosfera” que suena a lo de la Zorra. Hay que añadir que la herejía nada tiene que ver con la magia ni con las supersticiones, esas que practicaban nuestros antepasados cuando creían de buena fe que comulgar curaba la gota.

Donde se ponga la verdad declarada en un Concilio que se quite una proposición no de ley llena de faltas de ortografía y de anacolutos. 

La segunda innovación es atribuir a la suprema autoridad la facultad de realizar milagros. Porque, milagros, lo que se dice milagros, se necesitan y muchos.

Ya no es tiempo de devolver la vista a un cegato porque hoy los oftalmólogos curan las cataratas con primor. Ni de devolver su movilidad a una rodilla, lo que hacen los fisioterapeutas aplicando sus habilidades manuales.

Hoy lo difícil – y ahí procede centrarse-  es conseguir – por ejemplo- que un tipo de derechas, es decir, que está en el error, se haga de izquierdas y por tanto abrace la verdad revelada. Dicho de otra forma, que un “ser caído” – el de derechas- vuelva al esplendor de la gracia. 

Y luego está el supremo milagro: en este sentido, recomiendo conocer las habilidades de san Martín de Porres. Este bienaventurado hacía comer de un mismo plato, en grata concordia, a un perro, a un gato y a un ratón, pero esto ya no tiene importancia gracias al movimiento animalista que a todos nos hermana y nos hace benéficamente idiotas.

Me consta que, hoy, san Martín sería capaz de convertir a un “fijo discontinuo” en un operario del pasado, de esos que trabajaban de corrido aunque por supuesto santificando las fiestas de guardar. 

Concilios pues en lugar de Cortes y milagros de los antiguos para renovar el albañal político.

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Lingua Progessionis Hispaniae (7)

Una nueva palabra divulgada desde la máxima altura gubernamental ha hecho irrupción para embellecer la “Lingua progressionis Hispaniae”, la “fachosfera”.

Hemos sabido hace poco que muchos vivíamos cercados por un Muro, más allá del cual se hallan los individuos/as /es del Progreso, con sus encantos, su desparramada cultura, también su punto de caradura, para qué engañarnos, pero una caradura alegre, festiva, volcada hacia el reír de la aurora, una caradura llena de presagios satisfactorios.

A nosotros, a los que gemíamos a este lado del Muro, nos quedaba vagar llevando a cuestas nuestra condición de conservadores sin remedio, de residuos de un pasado claudicante y mortecino, con el ardor juvenil perdido, con la sangre entibiada por los humores de la vejez, en definitiva, atrapados en un presente gargajeante y expectorante.

Pero a todo ello hemos debido acomodarnos, por nuestra terquedad, porque no hemos querido pasar al otro lado del Muro donde nos esperaban floridos paseos por las avenidas del Progreso y las playas de lo Transversal y lo Chuli.

Sin embargo, ahora, no contentos con habernos castigado con este abatido caminar por entre los ocasos, se nos recluye en la “fachosfera”, allá donde gastan sus peores maneras los polarizadores, los insultadores y, lo peor de todo, quienes gustan y aun se solazan por generar desconfianza y, por esa vía, tumbar al gobierno.

La pregunta acuciante que debemos formular es la siguiente: ¿formaremos los de la “fachosfera” una sociedad tumefacta, poblada de virus y bacterias? ¿Presentaremos a la vista inflamaciones o hinchazones repugnantes? Y lo que es peor, ¿contagiaremos?

Porque si es así, si contagiamos, entonces estamos perdidos, ya que será preciso aislarnos, reducirnos a la vida en lazaretos, avanzar –cuando nos dejen- con campanas que proclamen y avisen de nuestra condición de individuos enfermos de la “fachosfera”.

Las mascarillas que hemos usado en la pasada pandemia serán un inocente disfraz de carnaval, juguetón e inofensivo, comparadas con las cautelas que se nos impondrán para conducirnos por la vida pública.

¿Remedios? Ninguno a la vista porque la vacunación es difícil que se nos facilite por cuanto si pertenecemos a la “fachosfera” es por propia voluntad ya que simplemente con afiliarnos a un partido político multinacional, multirracial, antitaurino e inclusivo nos salvamos y desinfectamos. Más generosidad es difícil encontrar.

Hay en las ciudades barrios insalubres, donde el tiempo ha hecho añicos un pasado aseado, donde se acumulan roedores y desechos, donde hay un murmullo de odios

Pero si perseveramos en nuestro hosco y tosco comportamiento de polarizadores, entonces, ay, nuestro futuro es poco halagüeño.

El asunto está en cómo seremos recluidos. Ya hemos citado el lazareto, otra fórmula sería el cerco de alambres, a ser posible electrificado para que el temor a la descarga ahuyente cualquier esperanza de huida.

O un cercado con verjas altas aunque la más eficaz es el gueto. Hay en las ciudades barrios insalubres, donde el tiempo ha hecho añicos un pasado aseado, donde se acumulan roedores y desechos, donde hay un murmullo de odios, donde toda esperanza se halla acorralada, donde los corazones no laten sino lloran, justo en uno de ellos seremos tratados los de la “fachosfera” como los enfermos que somos.

Así, aherrojados, no interrumpiremos la marcha alegre de quienes ni insultan ni polarizan sino que se limitan a disfrutar de las mieles del Estado inclusivo y plurinacional.

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Terroristas

De nuevo hemos de asistir a un gran escandalera: ahora se trata de acusar a uno de los primates que nos gobiernan de distinguir con perfidia entre terrorista malo y terrorista bueno. Aclaro que, cuando uso el término “primate”, lo hago en la segunda acepción del DRAE, a saber, “personaje distinguido, prócer” porque la primera se refiere a los mamíferos plantígrados.

A mí, sin embargo, esta distinción me parece oportuna y fundada.

De un lado, saber qué es el terrorista malo es fácil. Se trata de un ser iracundo y poseído por ideas perversas que se hace de un pistolón, de una granada de mano o de una metralleta y los descarga sobre un semejante indefenso. Y si puede ser en plural, miel sobre hojuelas. Cuanta más destrucción cause, mayor satisfacción recibe y con mayor contento se vuelve a su casa a cuidar amorosamente a su gatito. 

Frente a él, y sin que nada tenga que ver, se halla el terrorista bueno. Es una persona apacible a la que tan solo se le puede reprochar su afición a prácticas un poco singulares pero que, miradas con objetividad, a nadie hacen daño.

El terrorista bueno, al menos el que yo conozco, pertenece a un Comando que se llama “El merengue” porque se ha apropiado de ese delicioso dulce para cometer sus fechorías. Nada de un explosivo que tanta desolación causa, este terrorista bueno lanza un merengazo a su víctima y le pone perdido el chándal. Es molesto porque hay que meterlo en la lavadora pero un estropicio serio no se ha causado.

Este comando “El merengue” está compuesto por otros terroristas buenos a quienes se conoce por sus tiernos apodos: “el tiramisú”, “el sobao pasiego” y “el buñuelo” pues van provistos de estas delicadezas para cometer sus infantilonas jugarretas.

Sin duda es a estos a los que se refiere el primate de nuestro gobierno, a ellos quiere aplicar el beneficio merecido de la amnistía porque lanzar un merengue contra un guardia uniformado o contra la sede donde se ubica la comisaría de policía ¿es un delito? Bah, es un simple ejercicio lúdico practicado para estar en forma. Lo mismo ocurre con quemar un contenedor. Quien lo hace se limita a aplicar el fuego purificador a una basuras que, no nos engañemos, como mejor están es reducidas a  cenizas.

La más gorda acusación que se ha oído es la de haber perpetrado un golpe de Estado. Esto sí que es fuerte. Pero una barbaridad tan grande solo la puede cometer un terrorista malo, un sujeto de derechas porque a los de izquierdas, si algo les caracteriza, es su respeto al orden político legal.

Por contra, el terrorista bueno no da golpes de Estado. A lo sumo da golpes de Ayuntamiento.

Además, como detalle de cortesía, suele buscar un Ayuntamiento pequeño que apenas tiene habitantes, y los que tiene, son viejecitos superfluos. Lo demás en el paisaje son seres rumiantes que adoptan la forma externa de vacas.

No derogan la Constitución, como hace el terrorista malo (de derechas), sino simplemente la Ordenanza de recogida de excrementos. Por esta nimiedad ¿se puede molestar a un juez o al ministerio fiscal para que les abra un sumario?

De manera que se observará hasta qué punto se halla fundada la distinción del primate gubernamental. Y hasta qué punto debemos estar tranquilos quienes no somos ni terroristas buenos ni malos.

Quienes simplemente somos víctimas de ese primate gubernamental.

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Lingua progressionis Hispanae (6)

Ahora que se están repartiendo cargos en las covachas que se desparraman por los aledaños del Poder, procede crear una nueva palabra: la de «cargoherido«.

Del catalán recibimos la de «letraherido» que es el apasionado por los frutos de la prosa o de la poesía.

El DRAE ya recoge las de «cargoso» para definir a quien causa disgusto o fatiga, y «cargosear» que es asimismo molestar, importunar, etc. Y ciertamente el que busca cargos o prebendas u otros frutos que cuelgan de la botánica espesa del Estado es tipo que carga.

Pienso que la voz «cargoherido» merece su acogida para designar a aquellos de nuestros semejantes para quienes el cargo emite brillos especiales, un magnetismo que puede llegar a enloquecer. Suelen ser personas avaras, personas que mantienen la glándula monetaria en permanente estado de secreción.

A la vista de un cargo recién creado o que se ha quedado vacante quedan como petrificados en un instante agobiante que les genera un hormigueo que al tiempo les intranquiliza y les desordena el sistema nervioso.

Todo entonces se vuelve un aquelarre de ansias, un laberinto de angustias, un desasosiego que no hay fármaco que logre embridar.

El cargo, pues, como caricia sabrosa y mimosa. Perfumada como una flor del mal baudeleriana

El «cargoherido», por padecer lo que se conoce como avidez burocrática», tiene codicia de papeleo, de rutinas vacuas y, cuando estas no se presentan con presteza, se vuelve fosco y hosco, incluso esquivo y, en ocasiones extremas, cizañero.

Es el rey de la zalema que es la reverencia o cortesía humilde que se desarrolla o ejecuta en demostración de sumisión y vasallaje.

Como se decía en la literatura clásica, suelen «roer los zancajos» que es sinónimo de murmurar o decir maldades del prójimo pues actúan como zancadilla al contrincante, a quien le disputa el cargo.

Para estos desdichados, el cargo, lo estamos viendo, es la fuente Castalia donde abrevan para aplacar su sed inextinguible de gajes y regalías.

De ahí que no se cansen de alimentar pendencias y de instigar porfías.

El cargo, pues, como caricia sabrosa y mimosa. Perfumada como una flor del mal baudeleriana.

Eso sí: cuando consigue el cargo, es ya, por una suerte de transformación sacramental, un ser ameno, que gana en vibraciones positivas y que incluso le vemos dispuesto a protagonizar festejos y algazaras, todo lo contrario a su ser natural que es el cultivo del mutismo bovino, alcancía donde se maceran las ofertas de los cargos más pingües.

En esta era tecnológica ayudaría mucho para el «cargoherido» diseñar una aplicación donde pueda crear decenas, centenares de cargos. Todos virtuales.

Cargos que al fin no serán cargantes.

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Invitado a un «webinar»

Pese a mis tribulaciones por el mangoneo político de unos forajidos, piratas de los barcos de la democracia, bandoleros de trabuco y canana bajo la parka de marca, hoy me siento satisfecho e incluso percibo colmada mi vanidad.

La alegría me la ha proporcionado mi amigo, Bruno Hugo, hombre moderno que presume y con buenas razones de estar al día. A mí me ve como un pobre garrulo y no anda desacertado.

Por eso, porque me quiere y lamenta mi orfandad, me ha propuesto participar, a través del correo electrónico, en un chat de un grupo de antiguos compañeros de los jesuitas para contarnos nuestras ocurrencias que bien podrían, a fuerza de ejercitarlas, tomar los bríos de los pensamientos de Marco Aurelio. Ya le he mandado una de ellas que está siendo muy comentada: la marca de las últimas pastillas de la farmacopea que uso para ir ágil de vientre.

¿Queda ahí la generosidad de Bruno Hugo? En absoluto porque asimismo me ha invitado a un “webinar”, integrado por especialistas, para tratar sobre la caza ecológica de las musarañas.

Me ha abierto la posibilidad de seguir sus “podcast” y, más aún, cuando yo creía que ahí acababan sus desprendidas ofertas, me ha dado las claves para entrar en sus videos de Youtube y de Tik-tok.

¡Grande Bruno Hugo! Un amigo de sus amigos que, no por azar, le adoramos.

Más aún: puedo ver sus fotos en Instagram, sobre todo las que se hace en el campo de fútbol enarbolando la bandera del Varcelona Club, del que es fan, los días que este juega que son todos los de la semana pues el Varcelona Club participa en la Liga, en la Contraliga, en la Champion, en la Superchampion y en la Extrachampion. Está exultante porque el Varcelona Club no falla: gana honradamente todos los encuentros.

Cuando ya creía que no podía esperar más de la amistad de un semejante, Bruno Hugo me autoriza a acceder a su cuenta “X” antes Twitter y, lo que más ilusiòn me ha causado, a visitar sus posesiones en el Metaverso donde se ve a un jefazo progresista trabajando laboriosamente en su tesis doctoral sin plagiar a nadie. 

Como está considerando crear una criptomoneda me ha brindado la posibilidad de invertir parte de mis demasías como jubilado.

Verdaderamente Bruno Hugo se ha hecho un “influencer” en toda la extensión de la palabra. ¡Quién lo iba a decir cuando paseaba por los vacíos urbanos una imagen desgarbada y un aspecto sombrío!

A pesar de su ánimo, de su arrojo a la hora de pasar todas las líneas rojas de la modernidad, resulta que Bruno Hugo tiene miedo a ser un FOBO. Esta confesión me ha desconcertado.

– ¿Qué es eso?

– Un FOBO es alguien que “tiene miedo a quedarse obsoleto”.¿No lo entiendes: Fear of Being Offline?

– Pero tú …

– Sí, alma cándida (así me llama), en cuanto te descuidas, te acusan de FOBO y sacudirte este desprecio te cuesta un mundo.

Y se marcha, a punto de desprendérsele una ojera, temblando al pensar que por Facebook se corra que Bruno Hugo se ha hecho FOBO.

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Lingua progressionis Hispaniae (5)

Se anuncia el congreso de algún partido político por lo que es bueno proporcionar desde la prensa guiones que puedan ser útiles y que enriquezcan el diccionario de la “Lingua progressionis Hispaniae”.

Así, el jefe supremo, flanqueado por su lumbrera mayor que es el secretario de organización, comenzará poniendo el dedo en la llaga:

“Necesitamos usar este Congreso y la paralela Mesa por la Plurinacionalidad Transversal y Ergonómica para analizar, en forma de breafing (nota: meter necias palabras en inglés es capital en estos trances) la reducción de emisiones en el marco del PNIEC y el ANFAC. Con ello aseguraremos la presencia pública de los intereses generales».

Y lo más urgente: “pondremos en valor” (galicismos de estos son también muy bien acogidos) la excepcionalidad ibérica, evitando los enriquecimientos “caídos del cielo”.

Final del formulario

Y continuará el prócer:

– Con la ayuda de nuestros socios progresistas nos meteremos en la economía circular, única que garantiza la solidez del gobierno corporativo, lo que podremos “verbalizar” (un palabro tipo engendro que será aplaudido) exhibiendo los beneficios sociales y el tope (otro dislate terminológico muy celebrado) de los precios y los insumos.

Borraremos la meritocracia que lleva al consumo de ansiolíticos por lo que serán suprimidas las pruebas públicas para ser inspector de Hacienda o ingresar en el Estado Mayor

– Y para pasmo de nuestros adversarios, para que chinchen y vean lo retrógrados que son, nos proponemos reforzar lo “trans” entre los reinos de la naturaleza de manera que quien nazca en Segovia como un vulgar niño de los de toda la vida se podrá convertir en piedra señorial del Acueducto. O esa niña, tan corrientita la pobre, será, en un salto, una roca de los arrecifes más arrecifes que tengamos a mano.

– Sabréis – proseguirá el secretario general que se halla en el (ab) uso de la palabra- que la división de los reinos en animal, vegetal, etc… es una perversión de los padres jesuitas en connivencia con las monjas descalzas. La aboliremos como aboliremos lo del “reino” para hablar sin complejos de “república”.

Y la vaca que quiera ser percebe de las rías gallegas también verá satisfecha su ilusión.

– ¿Os parece todo esto maravillosamente progresista? Pues ahora viene lo más espectacular: borraremos la meritocracia que lleva al consumo de ansiolíticos por lo que serán suprimidas las pruebas públicas para ser inspector de Hacienda o ingresar en el Estado Mayor. Solo se admitirá el ascenso social a quien ostente el honroso título de “amante de”, “amiga de”, “pareja de”. Se han acabado las mixtificaciones y los complejos.

– Por su parte, las tesis doctorales serán sustituidas por un “tuit”.

– Y España, al fin, se convertirá en un ejemplar “reino de taifas” donde se podrá practicar el derecho de autodeterminación y así si Lugo quiere ser Almería pues, aplicando el Protocolo que vamos a aprobar, lo conseguirá.

Estas palabras del primate (ojo: en la segunda acepción del DRAE), trenzadas por la dicción limpia y henchidas de esperanzas, recibirán aplausos sinceros de la grey retribuida: por lo que significan para el diálogo entre Culturas y Repúblicas (antes, Reinos) y por lo que albergan de compromiso para dar cristiana sepultura a la derecha y a la ultraderecha.

Pues sépase que, en nuestras pobres vidas, al final nos quedamos con las palabras, como las aquí reproducidas, porque son como las formas sagradas que se administran para comulgar … en este caso, con ruedas de molino.

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Catecismo

En la España de comienzos del siglo XIX se pusieron de modo los “catecismos” importados de los “catéchismes” franceses redactados al amparo de las constituciones revolucionarias. Nosotros tuvimos como acicate la guerra de la Independencia, la invasión napoleónica, los trabajos de Cádiz, el Trienio liberal etc y así surgieron el “Catecismo civil y breve compendio de las obligaciones del español”, el “Catecismo político para la Instrucción del pueblo español” o el “Catecismo histórico-político religioso-constitucional”. Trataban de educar y contenían preguntas y respuestas como estas:

– ¿qué quiere decir español? Hombre de bien.

– ¿quién es el enemigo de nuestra felicidad? El emperador de los franceses.

Y por ahí seguido. Los hubo hasta finales de siglo y no sé si después.

A lo que quiero llegar con esta pedante introducción es que ha sonado la hora del nuevo catecismo a la vista del momento de Progreso inclusivo, transversal, plurinacional, fecundativo y fermentativo del que gozamos.

Doy algunas pistas.

– ¿de dónde procede la derecha?

– De la intriga y de la infamia.

– ¿y de dónde la ultraderecha?

– del amor al dinero, de la maldad y del centralismo .

– ¿qué nos han enseñado ambas allí donde gobiernan?

– la mentira, el populismo y la ocupación de cargos para los que no están preparados.

– ¿qué puede librarnos de semejantes males?

– la amnistía a los patriotas catalanes.

– -¿qué es la polarización?

– no arrimar el hombro ni ayudar al Gobierno progresista.

– ¿es bueno construir un Muro?

– Sí, padre.

– ¿Cuándo es bueno construir un muro?

– cuando sea necesario separar a los españoles buenos de los malos.

– ¿quién es el enemigo de los buenos?

– quien no cree en el derecho a la autodeterminación de los pueblos y de los sexos.

– ¿quieres al rey don Felipe?

– no.

– ¿por qué, nene?

– porque defiende la Constitución, que es de derechas. 

Y así sucesivamente … hasta preguntar y responder por el privilegio fiscal, el mediador en Suiza y el insulto a los jueces.

¡Suerte y salud en 2024!

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Lingua Progressionis Hispaniae (4)

En el diccionario del «Progreso de España» procede hoy esbozar la «teoría de la pendencia» como una de sus columnas.

Recordemos cómo en el pasado guardar los ritos monásticos era preocupación esencial de los reyes y de los nobles y ello hasta tal punto que en Cluny, el más acreditado monasterio de los siglos XI y XII, la liturgia se estiró tanto y se hizo tan pomposa y compleja que ocupaba el tiempo tradicionalmente dedicado al trabajo manual y al estudio de las grandes obras.

Pues bien, algo parecido está ocurriendo en nuestros días, cuando el gobierno de España ha erigido la pendencia en su seña de identidad: la contienda, la gresca, la pelotera, el rifirrafe como arbotantes de la deliberación política, como medio para practicar ese juego en el que se avanza, sin equivocación posible, en la dirección que marca la bronca de mejores perfiles y más compacta.

Siempre cultivada contra los «enemigos» porque con los «amigos» todo se desliza por el camino rendido de las saturaciones dulzonas.

Final del formulario

El tiempo que queda libre de esta liturgia zaragatera, tercamente desempeñada, se ocupa en ejercer la arquitectura de ruinas.

«En el principio fue el membrete», me parece que dejó escrito en alguna de sus glosas Eugenio D´Ors acertando de lleno pues todavía hoy, para los españoles que caracolean en torno a las prebendas ministeriales, que se contorsionan hasta colgarse de cualquier rama del barroco organigrama gubernamental, el membrete es su alimento, aquello que les mantiene en posición apropiada para enseñar las vergüenzas de su adhesión salivosa.

Lo importante es mantener la bronca como una ofrenda, como el exvoto que se cuelga en señal de recuerdo imperecedero de la sinecura recibida

Como regalos de navidades se van a expedir membretes: el de «pugnaz con distintivo rojo izquierdas» está muy solicitado y, más aún, el de «bellaco con gran cruz en campo de gules»…

Recibir con largueza jerarquías y fondos next generation es la retribución al pendenciero, a quien alza en el Congreso la voz más cuartelera, más sórdida, más empapada de zafiedad. Unos energúmenos para quienes la bronca es la sombra turbia de sí mismo, la imagen en la que su yo se alarga, se inspira y se orienta.

Si hubiera un Juicio final como Dios manda estos galloferos exhibirían en él sus pendencias más logradas, las que más desolación causaron para recibir en el cielo el premio de honor, que consistirá en poder sentarse a la diestra del secretario de organización.

Lo importante ahora en España no es resolver asuntos tediosos, lo importante es mantener la bronca como una ofrenda, como el exvoto que se cuelga en señal de recuerdo imperecedero de la sinecura recibida.

La fiabilidad de mi «teoría de la pendencia» se constata cuando la vemos convertirse poco a poco en «teología de la pendencia» con sus dogmas belicosos dispuestos a atizar con ellos en la cabeza de cualquier pobrecillo de la derecha o de la ultraderecha incapaz de asimilar las virtudes del Progresismo Transversal y Plurinacional.

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Ante todo, prudencia

Un amigo, conocedor de mis perversiones profesionales, me envía una página del Boletín Oficial del Estado que contiene la lista de los órganos (con perdón) de la Presidencia del Gobierno de España. Es ciertamente barroca porque acoge un Gabinete y un Gabinete adjunto, una Secretaría general, departamentos de Coordinación Técnica y Jurídica, Protocolo, Seguridad, Seguridad Nacional, más las Secretarías Generales de Planificación política, de Políticas Públicas, Asuntos europeos y Prospectiva Estratégica, Asuntos exteriores, Comunicación y, como guindas, la Oficina de Asuntos económicos y G-20 más el Comité de dirección.

Para que compruebe el lector / a / e que no es extravagancia de Sosería lo que acabo de transcribir, puede consultar el BOE del día 28 de noviembre, festividades de santa Catalina, san Crescenciano y san Edelboldo, entre otros bienaventurados.

Mi amigo pretende que critique este desparrame porque – asegura- debajo de cada una de esas secretarías, gabinetes, oficinas y coordinaciones anidan decenas y decenas de funcionarios agazapados, seleccionados por el Dedo Mirífico, entregados a ocupaciones sabrosonas y, como diría Quevedo, “traídos con artificio, entretenidos con promesas y sustentados con esperanzas”.

Siento contradecirle … a mi amigo, no a Quevedo.

Y ello porque me parece que agavillar a tanto órgano y tanto cautivo gozoso como hace el presidente del Gobierno no es un signo de derroche de dinero público para complacer su vanidad. Por el contrario, es un signo de su prudencia, justo la virtud que más se puede encomiar en un político.

Porque un presidente que ha plagiado parte relevante de su tesis doctoral y al que le escriben los libros que él se ve obligado a firmar, no puede fiarse de sí mismo ni de sus habilidades y por ello es lógico que no mueva un dedo sin asesorarse a conciencia. Estamos ante un prodigio de mesura, de templanza política que todos debemos agradecer. Pues qué ¿nos gustaría que este hombre redactara las leyes, emborronara los decretos, escribiera sus discursos con la escueta ayuda de sus entendederas?

– Pero es que plagiar no es ético – vuelve a la carga mi amigo.

Al contrario, plagiar es un homenaje al pasado. “Lo que no es tradición es plagio” dejó glosado el mago de las Glosas, don Eugenio d´Ors, y no somos nosotros quienes vamos a enmendarle la plana.

Plagiar es reconocer que en los hondones de la historia de la literatura se hallan piedras preciosas escritas por encantadores del lenguaje, por poetas sublimes, por narradores levantados.

¿Queremos que dormiten el sueño eterno sin reconocimiento alguno, polvorientos sus textos, apagadas las campanillas de sus ocurrencias?

¿No preferimos embelesarnos rescatando tanto prodigio de los crueles rasgones de la desmemoria?

Goethe, y era vate, escribió que “nada se puede pensar que no se haya pensado antes”. ¿Queremos, pobres de nosotros, corregir nada menos que a un alemán desde nuestra poquedad peninsular?

Sépase de una vez que todo eso de la singularidad es una paparrucha. Un descarado plagiario, como es quien preside nuestro gobierno, es alguien que desafía a cara descubierta, como un bandolero orgulloso, los sagrados relicarios de las Academias.

Aún más: quien firma libros que no ha escrito (ni leído) es un exquisito cultivador de las filigranas pues gusta de ejercitar su ingenio a través de la pluma del colega generoso y menesteroso.

Publicado en: Blog, Soserías
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