¿Desescalada o desescuelada?

Lo de la desescalada no está en el DRAE pero sus doctos redactores la incluirán en breve ya que se oponen a instaurar para los neologismos la práctica, aplicada a los cuerpos de los reyes, del pudridero: unos cuantos años antes de darles la sepultura definitiva. Que, en el caso del neologismo, es su ingreso, después del rodaje entre los riscos y guijarros del habla, en el Diccionario, al fin y al cabo la sepultura más milagrosa que pueden tener las palabras por cuanto les permite resucitar cada vez que son usadas por el poeta. Lo que me indigna es que la voz “reborondo /a”, bien oronda y que circula por los escritos de los vanguardistas y los escritores sicalípticos, no acaba de ser acogida en el cuadro de honor de nuestra lengua, allí donde el verbo se hace litúrgico y sacramental.

Pero a lo que voy en esta hora de tantas tribulaciones es a conseguir adeptos para introducir otra novedad: la “desescuelada”. Podría definirse como “acción y efecto de desescuelar” siendo desescuelar “evitar o suprimir la escuela”.

Creo que es el detalle que le falta a la sociedad sobre todo ahora cuando son palpables los esfuerzos beneméritos que se están haciendo para conseguir que el fútbol vuelva a nuestra cotidianeidad más cotidiana. Ya que este objetivo estamos a unos minutos de alcanzarlo a base de emplear las filigranas de la ciencia solo nos queda un desafío: el de “desescuelar”. Es decir, evitar la escuela a las tiernas criaturas que hasta ahora se han visto obligadas a frecuentarla como consecuencia de unos prejuicios abominables.

Por algún sitio lo dejó consignado Oscar Wilde: “la educación en Inglaterra no sirve para nada y menos mal porque, de lo contrario, sufriríamos desórdenes públicos permanentes en el centro de Londres”.

Ahí quieren llegar nuestros actuales gobernantes. Y les asiste toda la razón. No hay más que seguir las comparecencias de la máxima responsable, una destacada señora ministra conocida por manejar formas embrionarias de la oratoria.

Por ellas, quiero decir, por sus rudimentarias explicaciones, tomamos nota de que hoy procede la clase presencial, mañana no; hoy no habrá exámenes, mañana sí pero poco, exámenes cortitos, con chuletas, que desgasten lo justo; se organizará la selectividad pero que nadie se alborote, será poco selecta … ; el tercer trimestre puntúa, el tercer trimestre no puntúa; el paso de curso será generalizado o a lo mejor particularizado; se podrá elegir colegio o quizás no; suprimiremos la concertada pero solo un rato; daremos religión o preferiremos idólatras … A alguien, a algún espíritu crítico hacia ella, le puede parecer todo esto un tiovivo de incongruencias, a mí me parece la estrategia más adecuada para alcanzar el fin que propongo: la “desescuela”. Por eso la defiendo.

Aprendamos a buscar de una vez la nobleza moral de la ignorancia y la filosófica sobriedad de la incultura. Es obligación nuestra encontrarlas removiendo entre saberes y silencios.

Hablamos mucho – y con solidez en ocasiones- acerca de la contaminación, del cambio climático, esas estrellas del vistoso firmamento de nuestros afanes colectivos, pero nos olvidamos, ay, de la contaminación que produce la enseñanza, criadero donde florece la planta de la pedantería. Y a esta, a la pedantería, a la impertinencia de quien se las da de sabihondo porque ha ido a la escuela, procede aplicarle sin misericordia el hierro candente de nuestro desdén.

“Desescuelar” es restablecer el orden eterno de la Naturaleza, es desterrar la arrogancia de quien frecuenta los libros, es impedir el tránsito por un despeñadero que, en un descuido, nos hunde en el despropósito de pretender votar sin prejuicios sectarios en las elecciones. ¡Y hasta ahí podíamos llegar!

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Un alivio como ministro

De nuevo me veo obligado a salir en defensa de personas bienintencionadas a las que una opinión pública inmisericorde vapulea de palabra porque no puede hacerlo de obra. Es el caso del ministro de Universidades a quien se acusa de cultivar ausencias, de asesinar expectativas, de profesar un silencio misterioso, de practicar en fin un abandono entre bohemio y distante y no sé cuántas otras tropelías. 

Es verdad que, cuando su nombre se hizo público, algunos entusiastas le encumbraron a la vista de su pasado académico y creyeron ver señales venturosas en el firmamento político: un especial titilar de sus estrellas, un fogonazo prometedor en los cielos, guiños cómplices del sol y de la luna … nunca hice caso de tales excesos expresivos. Pero me mantuve alerta a la espera de sus primeros movimientos, confiado, intuyendo que sus maneras permitían albergar las mejores perspectivas.

Ahora bien, nunca presentí que iba a colmar con tanta intensidad mis deseos. Ni en los más venturosos sueños pude imaginar que el ministro demostrara tan pronto y con tanta elocuencia que él se había encaramado en lo alto del escalafón político para no hacer … absolutamente nada.

¿Se puede esperar mayor y mejor educación? ¿hay alguien más respetuoso con los enrevesados negocios de la cosa pública que quien se niega a intervenir en ellos? Claro que podría hacerlo, saberes no le faltan y aptitudes le sobran para dar conferencias de prensa y rellenar el Boletín Oficial con ideas benéficas pero él, a la manera de un monje sencillo, ha preferido administrar el sacramento de la modestia y entregarse a la dura disciplina de la prudencia. Por algún sitio del Leviathan, Hobbes desempolva palabras enterradas en el Antiguo Testamento que vienen aquí al pelo: “tu Ley ha ardido, por tanto nadie sabe de tus obras ni de las obras que has de empezar”.  

Con esta actitud franciscana se ha despojado de un grillete – tan convencional como estúpido- según el cual quien se convierte en ministro, a veces por el simple dedo de un doctor a la violeta, debe entregarse a molestar al vecindario con ocurrencias y novedades.

Tal disposición de ánimo, que las personas mesuradas aplaudimos, no es nueva pues en el pasado se han dado también estos ejemplos. 

Hace años fui testigo de una conversación entre el académico Emilio Alarcos y un prócer, asturiano por más señas, que había ocupado también la cartera de Universidades.

-Fuiste el mejor ministro que han tenido las Universidades españolas – le dijo el inolvidable y caústico Emilio.

Ronroneó el lisonjeado:

-No, no, ha habido otros compañeros también buenos ministros …

-Pero nadie como tú: no hiciste absolutamente nada y eso es lo que más podemos agradecer los universitarios.

Con todo, y pese a su contención, un par de innovaciones se deben a nuestro actual ministro. De un lado, ha decidido que las Universidades pactarán con los estudiantes la forma y el contenido de los exámenes, lo cual es como pactar con las ranas la desecación del charco en el que viven pero nadie negará que estamos ante un alarde democrático de mucha calidad. De otro, ha anunciado que no habrá aprobado general sino “progresión general”, un hallazgo coherente pues a un gobierno de progreso le viene la progresión como anillo al dedo.

Queda desde este momento abierto el plazo para depositar óbolos con el fin de erigir un monumento al señor ministro de Universidades. Un alivio como ministro. Un ministro de alivio.

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El argumentario

Desde hace unos años parece que es práctica de los dirigentes de los partidos el envío a sus afiliados de un “argumentario” con el que estos han de hacer frente a las críticas que, desde la sociedad, se dirijan a las medidas adoptadas por aquellos: a tal procede contestar cual y, a cual, tal.

Descubrimos así que los dirigentes están convencidos de que sus limitaciones intelectuales y de formación, las de ellos, que son visibles pues que las exhiben sin pudor, las comparten con sus seguidores. ¿En qué se basan? ¿Por qué no piensan que son estos más inteligentes, más leídos y preparados que ellos y que solitos se sabrán apañar para defenderles si lo creen oportuno? 

La verdad es que nada puede extrañar a estas alturas pues cualquier observador habrá advertido que, en las campañas electorales, se perciben enfermedades, pústulas, contracturas y aun metástasis del sistema entero de una manera, ay, desnuda y elocuente. Precisamente la de mayor bulto es la de los partidos políticos y su comportamiento vulgar y trapacero. Sus portavoces hablan – o mejor dicho, gritan- pero rara vez razonan.

La democracia española es adúltera porque ha engañado al pueblo, su legítimo cónyuge, y se ha ido de picos pardos con los partidos, que encima la han dejado embarazada de tópicos y consignas. Es decir, de argumentarios.

De modo que la democracia de partidos ha dejado de ser democracia para convertirse en oligarquía de secretarios de organización y demás turbamulta oficinesca, los personajes que con más denuedo -y con mayor eficacia- han corrompido el sistema llenándolo de gusanos como pandemias (es la vermicracia). 

Maestros de la palabrería abominable creen que todos los huecos del mundo han de ser rellenados por lugares comunes. Ha de saberse que cuando una idea apreciable entra en el pudridero sale incorporada al argumentario.

Este, el argumentario, se convierte así en guía para adoquines, en vademécum de simplezas reumáticas. En retórica chapucera, precaria y triste.

El argumentario avasalla la originalidad y ahuyenta lo que de limpio y lúcido puede haber en el humano magín.

El argumentario es la quintaesencia de lo que ya nadie en sus cabales sostiene porque hace tiempo que ha perdido su efervescencia.

El argumentario es una cripta que alberga las momias del pensamiento.

El argumentario es el cementerio donde yacen la vergüenza humana y el decoro creativo.

El argumentario es un gran brasero donde se convierte en ceniza todo aquello que algún tiempo pudo ser linajudo y señorial.

El argumentario guarda las galas del difunto, quiero decir, de la reflexión, convertida en pergamino de oficina, en póster banal y mentiroso.

El argumentario es un armario de fantasmas. Un buzón de cartas olvidadas y mohosas.

El argumentario es la ética en estado cataléptico.

El argumentario es en fin lo que reparte ese político que es un ignorante encuadernado en piel de perfidia.

¿Habrá alguien que lea un argumentario?

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¿Diputado o trampantojo?

Todo no van a ser desgracias con el virus, por eso, aunque con esfuerzo, debemos tratar de encontrar algún aspecto positivo que nos permita sobrellevar este trance con menos abatimiento.

Creo que el más relevante y el que a la larga mejores frutos va a proporcionar se centra en el Congreso de los diputados.

Todos hemos contemplado el hemiciclo casi vacío, con tan solo los portavoces de los grupos interviniendo en los últimos plenos. ¿Ha pasado algo relevante? ¿se ha deteriorado, si es que aún es posible, nuestra maltrecha democracia? ¿alguien llora con desconsuelo el desvanecimiento de centenares de diputados?

Póngase el lector (o lectora, que nadie se me alborote) la mano en el corazón y conteste con honradez y valentía a estas preguntas. Se verá que nadie añora los plenos a rebosar de padres de la patria. La razón es muy sencilla: el parlamentario está concebido para producir discursos disertos, hilar razonamientos y sus contrarios, usar en definitiva la sindéresis argumental. Ocurre sin embargo que se limita a aplaudir con disciplina, abuchear con entusiasmo, embriagarse con disimulos, gesticular despectivamente o hacer muecas de pasarlo pipa o contrariado pero … hablar, explicar, colegir, concluir … quiá. Eso queda para el jefe del grupo y algún otro enchufado que ha aceptado clausurar su pensamiento autónomo.

De donde se deduce que la mayoría de los diputados son sencillamente superfluos. Y lo son, no porque individualmente considerados sean personas de escasas luces o con dificultades de locución, no, si se les conoce de cerca son, por el contrario, individuos (o individuas) con ideas, con proyectos, con entusiasmo patriótico … Disponen de memoria, de materia viva, de gravitación, supongo …

Pero todas estas cualidades positivas se oscurecen, desaparecen, en cuanto se sientan en el escaño, convirtiéndose en seres flotantes, en simulacros, en recuerdos, en polvo que deja huellas apenas perceptibles, ahuyentadores como son de toda espontaneidad. Sus habilidades se eclipsan, sus alas se abaten porque la luz del jefe les convierte en cuerpos opacos. A ello coadyuva probablemente el Reglamento de la cámara pero, aunque tal mamotreto no existiera, se achicarían igual porque el que se saben de memoria es el que les han proporcionado en su partido donde no hay más que un artículo: aquel que avisa de que, cuanto menos se les note y con más convicción se plieguen a las ideas o a las ocurrencias del mando, mejor les irá en la feria y mayores serán sus posibilidades de supervivencia fantasmal y sombría.

¿Alguien ha leído alguna vez algún libro, algún artículo en un periódico firmado por un diputado que no coincida con la consigna recibida? Consigna transitoria además pues que cambia como la veleta de los vientos, como la calima lejana del horizonte o las brumas fugitivas. ¿El pueblo? Ah, el pueblo, esa pálida y distante referencia, se trueca en ausencias, en lejanos aspavientos, en un gran cuerpo yacente …

Una vez le preguntó una señora a Paul Valery cómo podía explicarle a su hija la diferencia entre un toro y un buey. El poeta de Sète contestó sin vacilar: un escritor es un toro, un buey es ese mismo escritor ingresado en la Academia.

Dicho lo explicado y, a la vista de las dificultades económicas que se ciernen sobre el pueblo español, lo aconsejable sería dejar reducidos los escaños a los ocupados por los diez o doce dirigentes de los grupos y para quienes, humillados, han aceptado sus funciones de trampantojo, gestionar su ingreso en las filas de los cartujos de San Bruno o los trapenses de san Benito. Que tienen la ventaja añadida de disponer de ramas femeninas.

En los silencios conventuales oirán el estruendo de sus silencios cobardes y cómplices.

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Ante el cuerpo yacente de España: un nuevo Gobierno

Tiempo este de recuperación de la literatura de almanaques y pronósticos (con los que nuestro Torres y Villarroel ganó buenos dineros) pues que somos muchos los que nos dedicamos a formular conjeturas acerca de cómo ha de ser el mundo tras la epidemia que estamos padeciendo. Porque todo parece indicar que se nos han desplomado certezas que teníamos por imbatibles y con ellas esos tópicos con los que nos empeñamos en apuntalar los intereses y las miserias que mantienen erguido nuestro pequeño entorno.

Para descargo de nuestras conciencias podríamos imputar al azar, ese diablillo juguetón, las actuales calamidades si no fuera porque Tocqueville ya nos dejó explicado que “el azar tiene una gran intervención en todo lo que nosotros vemos en el teatro del mundo, pero creo firmemente que el azar no hace nada que no esté preparado de antemano. Los hechos anteriores, la naturaleza de las instituciones, el giro de los espíritus, el estado de las costumbres son los materiales con los que el azar compone esas improvisaciones que nos asombran y nos aterran” (así en sus “Recuerdos de la revolución de 1848”, libro obligado para los políticos cuya lectura debería desplazar a los tuits inanes).

Este azar que nos amarga, si azar es, ha venido escoltado por las advertencias de organizaciones serias como la Mundial de la Salud o las propias Naciones Unidas a las que los gobernantes y los ciudadanos hemos prestado oídos de mercader. Y así nos va ahora en la feria malhadada pues, hasta pocas fechas, antes de que el sudario se convirtiera en la prenda de la temporada, hemos estado escuchando las gansadas de la gripe, la de las víctimas de la carretera o la necedad suprema del machismo.

Ya que las opiniones de los expertos las hemos sustituido en el pasado inmediato por las de improvisadores a la violeta y revolvedores de caldos pestilentes, por lo menos afrontemos el futuro meditando con mesura pero con las luces largas sobre aquello que deberíamos corregir cuando nos libremos de los actuales agobios.

A mi modesto juicio, podríamos aprovechar para ahuyentar de forma definitiva las patrañas de los nacionalismos catalán y vasco haciendo ver lo reaccionario de sus programas, la falacia de sus mensajes y la traición a los intereses comunes que suponen sus postulados. De una vez procede explicar a los españoles que todo ese mundo no es más que el carlismo disfrazado de palabrería en programa de ordenador, hojarasca pisoteada por la historia; que nada tiene que ver con el progreso el partido cuyo lema sigue siendo “Dios y leyes viejas” y que Cataluña jamás ha sido un Estado ni tan siquiera en los momentos en que los sueños de sus próceres pudieron haberse manifestado de forma más audaz y extravagante. Y que España no ha robado a los catalanes sino que unos catalanes poderosos han robado con descaro jupiterino a unos catalanes indefensos.

Creemos que si este mensaje sencillo, explicado en tantas ocasiones por plumas más documentadas que la mía, lo hubieran defendido los políticos en la tribuna desde la hora primera de la transición, con la ayuda de los altavoces de que ellos han disfrutado, hoy no estaríamos haciendo almoneda con España. Dicho con nombres propios: si Felipe González y después José María Aznar, en la época en que tanto prestigio tuvieron, cuando nuestra democracia andaba a gatas e intentaba asentarse, hubieran destapado los embustes y las bellaquerías de la averiada mercancía nacionalista, hoy esos nacionalismos se limitarían a disponer de su clientela en sus respectivos territorios pero no habrían estado marcando el paso de la política española, hasta estos mismos días, cuando ya el descaro es orquestal. Pero los presidentes citados, que alumbraron hallazgos apreciables, en este del tratamiento de la quincalla nacionalista, se equivocaron de prisa y de corrido. Con punible desembarazo además. Por eso sería preferible que no dieran lecciones.

Hoy, la epidemia nos está poniendo de manifiesto que solo luchando codo con codo todas las regiones podremos arrinconarla en una esquina del calendario y por eso todo el personal sanitario, desde los médicos a los camilleros, están entregados a la tarea de salvar la vida de los españoles sin mirar si son de Bilbao o de Cáceres. Y por eso los militares, también desde quienes lucen imponentes estrellas hasta los humildes soldados, están implicados en la misma labor humanitaria, sin importarles si las personas sometidas a tratamiento son de izquierdas o de derechas, federales o centralistas. Y lo mismo los camioneros que nos están alimentando, los funcionarios que se ocupan de nuestra seguridad, los voluntarios …

De otro lado, es hora de que los ciudadanos exijamos, cuando de achaques profesionales se trata, que sea atendida de forma prioritaria la voz de los expertos y no la de pícaros sin otra formación que la suministrada por el cultivo de la chapuza y la farfolla improvisada en reuniones y mítines de unos partidos sin músculo consistente alguno.

Es hora de que callen quienes, aquejados de una mala fe de orondas proporciones, no ven entre sus semejantes más que progresistas o carcas, machistas o feministas, fulanistas o zutanistas.

Es hora de que calle el logrero y suene la melodía de un pensamiento libre del apuntalamiento de los lugares comunes.

Como es hora de que callen o bajen el diapasón quienes olvidan la vieja regla según la cual debemos conservar “tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”. Regla que encierra la sabiduría de la sencillez y la exactitud de la profundidad. Y que adquiere toda su grandeza cuando nos encontramos en épocas de crisis como la actual donde advertimos que no sobra nada ni nadie a la hora de hacer frente a las carencias: necesitamos a los poderes públicos como necesitamos a los empresarios privados y a las monjas de clausura, todos trabajando de consuno para lograr fines comunes, en este caso, la derrota del virus asesino.

Mercado, libertad, servicio público, Administraciones fuertes, son componentes imprescindibles de una única organización social que han de convivir en armonía y mutuo aliento. Lo contrario es dogmatismo de converso a una nueva revelación y de los dogmáticos, como de las Academias y de las epidemias, ¡líbranos, Señor!

Si intuimos que de esta pandemia saldremos con el paisaje convertido en un esqueleto yacente, la pregunta es ¿ante el espectáculo del barco varado seguiremos empeñados en mantener el mismo Gobierno en España? ¿volveremos a reunir a la mesa del “conflicto catalán” con el señor Torra en su cabecera, el mismo que ha denigrado a España en los foros internacionales? ¿seguiremos aceptando la interlocución con quienes han querido hacer rancho aparte en el combate sanitario? ¿seguiremos viendo como prioritario entregar competencias delicadas a quienes en el País Vasco proclaman abiertamente su independentismo? ¿seguiremos empeñados en aliviar la prisión a quienes protagonizaron un golpe al Estado que ha desequilibrado sus cuadernas? ¿seguiremos dando prioridad a los debates sobre el heteropatriarcado? ¿seguiremos atados al lenguaje populista y a su defensa del derecho de autodeterminación? O por el contrario ¿haremos una agenda que contenga los graves problemas que ha de enfrentar una sociedad traspasada por sus angustias, sus desesperanzas y sus lutos?

Me atrevo a proponer que, cuando empecemos a ver la luz por la amura, tenga valor el socialismo español, como organización mayoritaria, para alumbrar una fórmula nueva de gobierno que debe pasar por prescindir sin miramiento alguno de los enemigos de España y apoyarse en los partidos que no están por aventuras: ni de desgarro institucional ni territorial.

No defiendo llevar a sus líderes a un nuevo Gobierno. En absoluto: se trata de obtener el respaldo mayoritario en el Congreso a un gobierno, temporalmente limitado, de perfil técnico, lo que excluye obviamente al actual presidente del Gobierno pues, como sabemos desde las Epístolas de Plinio el Joven “como en el cuerpo, así en el gobierno, el mal más grave es el que se difunde desde la cabeza”.

Un gobierno que recoja lo que de aprovechable – en términos profesionales- tiene el actual pero incorpore a personas procedentes de la nueva mayoría que tengan acreditada una formación coherente con las responsabilidades que asuman. Un gobierno austero en las proclamas, contenido en sus promesas, riguroso en sus manifestaciones.

Un gobierno, en fin, que logre secar la actual fuente de la que brotan la temeridad y las simplezas.

(Publicado en El Mundo el día 28 de marzo de 2020).

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Programa para después del virus: el sexo

Olvidaremos el virus como ya no nos acordamos de las diez plagas de Egipto, desinfectaremos el escenario, enterraremos a los muertos y por fin volveremos a lo realmente importante, o sea, el heteropatriarcado, la prohibición de los piropos a las mujeres jarifas, el destierro de los toros y de la caza y la autodeterminación de género.

Así como en otros achaques nuestros gobernantes pueden ofrecer signos de debilidad, confusión, dolencias visuales o impericia, en los citados son maestros con las entendederas bien aparejadas, un alivio para todos los que en ellos confiamos en cuanto depositarios/as de las verdades del progreso.

El asunto que más urgirá retomar será naturalmente el de la identidad de género y si somos binarios o no y ello porque el tiempo apremia y no podemos permitirnos el lujo de que el cambio de saison nos pille sin haber introducido un pronombre neutro o en medio de cualquier otro descuido imperdonable, de esos que causan daños que, una vez enquistados, son muy difíciles de reparar.

Ya tenemos claro que la autodeterminación es un derecho humano equiparable al de la vida o la libertad, pero hasta ahora tal conquista solo la veíamos aplicada a las regiones con mucha historia y retratos de reyes barbados en los anaqueles de siglos pasados y venturosos. Ahora es preciso dar un paso más y aplicar la noción a la identidad sexual y a la expresión de género como ya se empieza a prever incluso en algunos proyectos de ley, de esos que nos van acercando a la luz de la modernidad más moderna y más guay. Esta conquista hará superfluo cualquier requisito para identificarnos por lo que dejaremos de estar sujetos a autoridad alguna, médica o legal, para ser reconocidos.  Bastará con declarar el género “sentido” y santas pascuas. Liberados de estas pejigueras tan reaccionarias contemplaremos lo que se ha venido practicando hasta ahora como obsesiones de burócratas inspirados por curas y frailes.

Se declara uno no binario a tiempo y a no perder más ídem.

Con gustarme mucho estos avances el que me entusiasma es el calificado como “pangénero”, defendido por aquellas personas cuya identidad de género está integrada por varias identidades de género, dicho de otra forma, que se identifica con varias a la vez. 

Ahí se ha dado en el corazón del problema. Tan atinado es el planteamiento que yo pretendo que se traslade a la vida política y no nos obliguen a ser de derechas o de izquierdas, en bloque, de una vez y sin descanso, ni siquiera por Pascua florida. Progresismo o conservadurismo, tertium non datur que decíamos en el Lacio, así las veinticuatro horas del día y todos los días del año, sin alivio alguno.

Este encadenamiento de por vida siempre me ha parecido un atropello y he echado en falta, en mis horas de meditación, que nadie, de entre los politólogos más ilustres, se haya ocupado de idear unas reglas que nos liberaran de tan abominable esclavitud, de una condena tan intransigente.

¿Por qué – me he preguntado- no me es permitido ser de derechas cuando veo cómo actúa en la vida real un progresista y ser de izquierdas cuando ocurre lo mismo con un conservador? Esta pregunta, determinante en la existencia de cada cual, ha quedado siempre sin respuesta.

Adviértase que tal monstruosidad – porque hay que llamarla por su nombre- nos obliga a votar el día de las elecciones de una forma que es binaria de manera implacable: ¡cuando estamos tocando con las manos el cielo de lo no binario! Y, sobre todo, cuando tan fácil sería trasladar el “pangénero” a las listas electorales y a la papeleta de voto.

Propongo, desde la seriedad de estas “Soserías”, que, en cuanto podamos volver a hacer manifestaciones, convoquemos una, nosotros los “transidentificados”, con una pancarta gigantesca: “Los pangéneros queremos pasar de esclavos a libertos”.

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De pelos y barbas

Procede hoy analizar un problema del máximo interés y de la mayor relevancia para la sociedad, a saber, el de la presentación de nuestro patrimonio capilar que siempre ha sido signo distintivo de las épocas de la historia. Casi se puede decir que esta, la historia y aun el mismo sucederse pausado y contumaz de los siglos, no es más que una excusa para exhibir todos nosotros la conformación de nuestra cabellera. La Edad Media trajo sus peinados como los trajo el romanticismo o el cubismo. No hay más que ver el aspecto de Bach, el de Mozart o el de Verdi para convenir que, detrás de la disposición de los pelos, hay mucha enjundia y buena parte de los enigmas de la Humanidad. Ya que hablamos de músicos, el único que no pudo hacer florituras en su cabeza fue nuestro Falla al que vemos en el retrato de Zuloaga con una calvicie imperativa, estigmatizadora, el precinto como si dijéramos de su arte magnético y juguetón. Un poco como le pasó a Juan Ramón Jiménez que también fue motilón y yo creo que toda su inquina hacia otros colegas de pluma y de rimas, venía de su envidia hacia sus cabelleras abundantes, sedosas y, en cierto modo, barrocas. ¿Cómo entender, si no es desde estas premisas, sus críticas a Lorca o a Alberti, ambos en disposición de regalar mechones, rizos, guedejas y bucles?

El calvo ha pasado hasta ahora un calvario pero este tormento es cosa del pasado pues los avances genéticos permitirán advertir a cualquier mujer su propensión a parir un calvo de solemnidad, uno de esos calvos de epopeya, con lo cual en su mano queda aventurarse a un embarazo o descartarlo para no ser madre de un glabro que necesariamente habrá de recurrir a ese postizo maldito que siempre se desprende en los momentos más comprometidos y en aquellos que más necesario resulta componer una figura gallarda y plausible.

El siglo XIX fue el siglo de las barbas, fluyentes, copiosas, como un mar que llevara en sus entrañas la sabiduría y el buen criterio. Quien no se dejaba barba allá cuando la revolución liberal corría el riesgo de adquirir una sólida fama de chisgarabís y arruinaba sin más sus posibilidades de hacerse un nombre respetable y fundar sobre esa piedra angular una familia positiva. La cosa capilar se fue complicando con la aparición en escena de personajes como Napoleón III que gastaba bigote y perilla y que, por su elevada posición imperial, influyó mucho en la sociedad europea de su época. La perilla ha estado muy cerca de la mosca, siendo esta acaso más pequeña. Pero la decisión de adoptar mosca o perilla ha sido siempre una de las encrucijadas mayores en el destino del hombre porque había que analizar concienzudamente la disposición de la nariz, la conformación del belfo, la existencia o no de papada o sotabarba, en fin, la misma tendencia a estar flaco o a engrasarse por mor de los capones no resultaba indiferente a la hora de tomar una resolución tan comprometida. Con perilla o barbilla se adornaron personajes inolvidables como el general Prim que la llevaba satánica, conspiradora, propia para instigar enredos, mientras que la de don Antonio Maura era conservadora y esponjada precisamente porque estaba pensada para ejercer la probidad mallorquina y peninsular. Si Maura quiso hacer la revolución desde arriba fue para que nadie osara tocarle su barbilla pues el primero acto revolucionario que hubieran acometido los obreros de la época hubiera sido cortársela y dejarlo lampiño. ¡Maura, lampiño! ¡La Historia de España, al revés!

Pues ¿y la patilla? Muchos la emplearon y en los grandes retratistas del XIX, Vicente López o los Madrazo, vemos a personajes encopetados con patillas de mucha envergadura, que podían adquirir también mayor frivolidad, pues era posible confeccionar en ellas ciertos rizos que las ahuecaban otorgándoles un carácter artístico más acusado.

No he podido abordar otras formas como la del bigote y la barba – collar que quedan para otro día. Sí quisiera subrayar que en nuestros días existe una gran variedad de caprichos capilares pero todos ellos se manifiestan sin excesos, como si nos hubiéramos hecho más francos y virtuosos. O acaso es que estamos simplemente en una época tibia, de transición.

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El nuevo Código Penal

Es justo el momento de abordar la cuestión. Estamos en pleno debate sobre la reforma del Código Penal para meter entre sus renglones el “sí es sí” o el “no es no”, la verdad es que no me ha quedado muy clara la disyuntiva pero confío en que alguien lo sepa, también para dar un nuevo tratamiento a los golpes de Estado. Respecto de estos, propongo que, cuando alguien perpetre un ataque en toda regla a las instituciones más sagradas de la democracia, se le empapele para averiguar, antes de enfangarse en ulteriores trámites, si se trata de un correligionario progresista o de un enemigo político.

Si se trata de lo primero, el golpe de Estado se rebaja a golpe de pecho con el que el golpista demuestra su contrición de forma piadosa, actitud que le permite ya rezar vagamente el “yo pecador”, como requisito para archivar el sumario, darle un escaño en las Cortes, un aula universitaria y un programa de televisión. Por el contrario, cuando el golpista sea un fementido enemigo del tablero político, se le tratará como lo que es, un forajido que conocerá el rigor de la ergástula durante años y, por supuesto, del oprobio social como anticipo terrenal de la condenación eterna.

El otro delito a incorporar al Código es el del crispador. Este sujeto suele tener aparentes buenas formas porque es conservador y ha sido educado en colegios acreditados pero pronto se advierte su real intención: acabar con logros sociales macerados en el diálogo y otros ritos renovadores. Preciso es andar con cuidado con estos emboscados que tienen vocación de convertirse en cáfila de malhechores, en alijo delictivo.

Y es que recientemente, según informaciones de la policía, se ha descubierto una reunión secreta de crispadores que se hacían pasar por inocentes vendedores de un champú específico para las cabelleras luengas. Despertó sospechas entre los agentes porque se celebraba cerca de la frontera, un lugar que siempre ha sido el punto de encuentro de la herejía con el extravío ideológico. Al intervenirse el material con el que operaban se advirtió rápidamente que de lo que trataban era de desestabilizar al poder constituido con estratagemas variopintas, pero todas siniestras, dedicadas a socavar conquistas aprobadas y en preparación que beneficiaban a las clases más menesterosas, a los parias de la tierra como decíamos en tiempos antañones.

Este delito de crispación conocerá una variante agravada cuando concurra además actitud de bloqueo. Es decir, que habrá el tipo simple, el del crispador de andar por las Cortes, asustando y sembrando el desconcierto, y el tipo complejo o agravado que será cuando ese mismo crispador se convierta como digo en bloqueador. Tal ocurrirá cuando deje de actuar en solitario y pase a hacerlo en grupo, acompañado pues de otros infractores sórdidos de la ley. Desde siempre actuar en cuadrilla ha sido considerado como una circunstancia perjudicial a la hora de su castigo. Cuando se advierta premeditación o ensañamiento y no digamos si además se actúa con menosprecio del lugar (pongamos en las cercanías de los ministerios o de sus agencias independientes más destacadas), entonces palo y tente tieso.

También el catastrofista (o arúspice del Apocalipsis) acabará emparedado entre los renglones de un nuevo artículo del Código porque el apocalíptico es un ser furioso sin tratamiento posible.

Más discusión suscita la calificación como delito o como simple infracción el hecho de “no arrimar el hombro” a la acción del gobierno coaligado. Los especialistas están divididos entre quienes, inspirados en modelos como el ruso o el chino, desean mano dura con estos desalmados y quienes se contentan con un cachete propinado por un guardia municipal instruido al efecto por el alcalde. Quien me lea tendrá conocimiento de cómo acaba el debate.

Solo cuando estas conductas antipatrióticas estén castigadas por los humanos como ya lo están por los dioses, podremos descansar, empoderarnos y autodeterminarnos.

Publicado en: Blog, Soserías

Novelas

Las novelas son el tic-tac del corazón de un país.

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Turingia y España

Anda la política alemana patas arriba, zarandeada por la formación de gobierno en Turingia, una pequeña región de la antigua zona comunista. El motivo más inmediato: los resultados emanados de unas eleciones regionales. La razón más profunda: las convulsiones que está viviendo el sistema político al albur del ascenso del partido “Alternativa para Alemania”.

Situemos Turingia en el contexto político alemán. Se trata de uno de los Länder orientales surgidos tras la reunificación. UnLand de dos millones de habitantes y apañado en términos económicos, su paro sería envidia de cualquier comunidad autónoma española (5.3%). Sus ciudades se han revitalizado siendo un ejemplo su capital, Erfurt, de armónicas y restauradas bellezas con una universidad puntera en diversos campos.

La relevancia de Turingia se halla en su peculiar gobierno durante la última legislatura: es el primer Land gobernado por Die Linke – la izquierda- en coalición con los socialdemócratas y los verdes. A pesar de ciertos augurios, el experimento ha salido razonablemente bien, debido a la personalidad poco dogmática de Bodo Ramelow, su presidente. En estos momentos ¿en qué consiste el embrollo generado? En noviembre pasado, los electores configuraron un parlamento de tortuosos guarismos a la hora de buscar coaliciones. Mantuvo con claridad su primera posición Die Linke, encabezado por el citado Ramelow. En segundo lugar, “Alternativa para Alemania”. Tras ellos, el resto de partidos: democristianos, socialdemócratas, verdes y, por los pelos, los liberales. La coalición de Ramelow se encontró ante la amargura de haber perdido por un solo diputado la mayoría en la cámara regional. En puridad, solo tenía que lograr la abstención de los democristianos o los liberales para continuar. Pero, ora por desidia, ora por la oposición tajante de los interpelados, lo cierto es que fue incapaz de ablandar voluntades.

Concurrieron a la votación para la presidencia el propio Ramelow, un candidato de los liberales (que era el partido menos representado) y otro de “Alternativa”. Para sorpresa general, los diputados de “Alternativa” no respaldaron a su propio candidato, sino que dieron su voto al liberal, quien, apoyado también por la democristiana CDU, acabó convertido sin comerlo ni beberlo en presidente. No hay ninguna evidencia de que la triquiñuela estuviera pactada (de hecho, el elegido dimitió al día siguiente). Todo indica que se trató de una artimaña tan burda como eficaz de “Alternativa” con la finalidad de crear confusión. ¡Y lo lograron!

Aunque el asunto había sido rocambolesco, pronto se instaló la opinión de que “Alternativa” cocinaba ya gobiernos regionales, con el apoyo de la CDU. Merkel condenó la jugada y Annegret Kramp-Karrenbauer, presidenta del partido, se vio obligada a dimitir.

¿Qué es “Alternativa? Su nacimiento hay que situarlo en la sacudida del panorama político alemán (y europeo) y su consecuencia: la quiebra de la alianza que las familias de conservadores y democristianos habían trabado tras la guerra. Todos encontraron su lugar en la CDU de Adenauer y Kohl. El proceso de “socialdemocratización” de la CDU durante estos años de Merkel, unido a determinadas evoluciones económicas y geopolíticas (crisis del euro, crisis de los refugiados, etc.), ha hecho saltar por los aires ese consenso. Los que acabaron inspirando “Alternativa” abandonaron el barco, planteando por añadidura demandas que cuestionan acuerdos muy básicos de la sociedad alemana.

Pero lo que nos interesa subrayar ha sido la rápida reacción de las fuerzas políticas, especialmente de la CDU por un lado y de los liberales, autores del desaguisado, por otro. Todos han dejado claro que “Alternativa” no puede poner o quitar gobiernos, que esa llave está custodiada por otros claveros encargados de asegurar las esencias constitucionales.

Desgraciadamente la política española está muy lejos de estos comportamientos. En efecto, en algunas comunidades autónomas tanto el PP como Ciudadanos, aun con remilgos y dengues, han aceptado los votos de Vox para formar gobiernos (Andalucía, Murcia o Madrid). Ahora bien, dejémoslo claro: Vox no es “Alternativa”, un partido que, aunque tiene tendencias internas muy variadas y confusas, propone volver al marco alemán y por tanto rechaza el euro. De acuerdo con investigaciones realizadas por medios solventes, es notorio que en los grupos parlamentarios de “Alternativa” se acoge, dándoles empleo, a jóvenes vinculados con el partido nazi. Incluso con el movimiento extremista y racista Pegida practica Alternativa” un inquietante pero inadmisible tacto de codos en una Alemania que se ve sacudida con dolorosa frecuencia por hechos criminales terribles, tal como ha ocurrido precisamente el miércoles pasado en la ciudad de Hanau, cerca de Frankfurt, donde diez personas han perdido la vida, suceso este racista cuya vinculación al odio al emigrante se ha puesto claramente de manifiesto por las autoridades competentes.

De Vox, de momento, procede afirmar, a nuestro juicio, que se trata de un partido que pretende romper el consenso constitucional al proponer la supresión de los parlamentos regionales y lógicamente de las Comunidades autónomas alterando de esta suerte uno de los fundamentos de nuestro orden político. Y que en el marco europeo se ha aliado con los países de Visegrado, los menos comprometidos con la integración europea aunque ninguno de ellos ha solicitado la salida de la UE como sí hizo y ha consumado la muy democrática Gran Bretaña. De otro lado, a Vox no se le conocen acciones violentas o conexiones con grupos de jóvenes ataviados con correajes y botas altas amenazantes.

Quienes sí han roto, despedazándolo, el consenso constitucional son los separatistas catalanes en sus diversas “sensibilidades” y lo han hecho de la forma más agreste posible: protagonizando un golpe de Estado contra España y sus instituciones democráticas. Sus dirigentes han sido condenados a penas privativas de libertad pero tienen el tupé de asegurar, como presidiarios con modales de jayán, que “lo volverán a hacer” sin que su lenguaje de germanía sea obstáculo para que estemos contemplando su salida de prisión ante la mirada distraída del Gobierno de España. Son capaces de despreciar al rey y por supuesto se ciscan en la Constitución y en los símbolos nacionales. Quieren formar un Estado independiente sin que de momento nos hayan aclarado – ni nadie lo ha preguntado- cómo se integrarán en la UE, cómo organizarán su defensa, qué moneda piensan manejar, cómo arreglarán el “finiquito” con el viejo Estado opresor y algunas otras bagatelas.

De la misma manera han roto, no ya el consenso constitucional sino las formas más elementales de la convivencia, los herederos de los etarras, con muchos crímenes en las entrañas, que hoy se sientan en el Congreso de los Diputados y que los fines de semana siguen jaleando alegremente a los asesinos cuando estos aparecen por sus pueblos convertidos en héroes populares.

Por último, Podemos ha tenido como lema alancear el régimen del 78, es decir, nuestro orden constitucional para sustituirlo por una república en la que ya aventuramos, sin temor a equivocarnos, que ocupará posición destacada el matrimonio que actualmente dirige sus destinos. Y, junto a Podemos, una pequeña representación de comunistas que aún siguen utilizando esta denominación a pesar de haber sido manchada indeleblemente y vapuleada por la historia.

Pues bien el actual Gobierno de España se ha constituido gracias a los votos de estas (y algunas otras) preocupantes piezas políticas sin que en ningún momento se hayan parado a pensar sus artífices qué destrozos están causando en ese bien tan preciado que es el consenso constitucional. Un consenso, el que viene de la transición, que se puede alterar pero siempre que quien quiera aventurarse por ese paraje nos muestre previamente la partitura que está dispuesto a ejecutar o, dicho de otro modo, las etapas y el final del viaje.

¿O es que el Gobierno piensa que carecerá de consecuencias desestabilizadoras en el resto de España el hecho de sentarse ex aequo a una mesa de diálogo con quienes tienen como designio quebrar nuestro orden constitucional? ¿Qué dirán y qué harán las demás Comunidades autónomas? ¿se acogerán a la regla de San Bruno y practicarán un silencio monástico?

El ejemplo de la canciller alemana, alejándose resueltamente de quienes pretenden acabar con el orden jurídico que ha prometido defender ¿no suscita ninguna meditación en el partido socialista español? Claro que la señora Merkel tiene un defecto: ella no es progresista …

FRANCISCO SOSA WAGNER e IGOR SOSA MAYOR

Publicado en el periódico El Mundo el día 22 de febrero de 2020.

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Publicado en: Artículos de opinión, Blog
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