Poder Judicial «en funciones»

Confieso que me siento identificado con la iniciativa legislativa, procedente de los grupos parlamentarios que forman parte del Gobierno de España, destinada a modificar las funciones del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en el sentido de suprimir sus atribuciones a la hora de efectuar nombramientos discrecionales. Aclaro al lector lego en estos achaques que tales nombramientos discrecionales son, básicamente, los que se refieren a los de magistrados del Tribunal Supremo y Presidentes de sus Salas, a los del Tribunal Constitucional así como a los de Presidentes de Tribunales Superiores de Justicia y Audiencias Provinciales. Estamos hablando de la élite judicial.

La lástima, lo que me aflige, es que la supresión de tal competencia se contraiga a la época en que el CGPJ se halle “en funciones”, es decir tan solo cuando se haya superado el plazo máximo de mandato de sus miembros y no se pueda lograr un acuerdo para su debida renovación.

Se desaprovecha así una ocasión pues estamos en el momento propicio para tomar carrerilla – ya que hemos iniciado el despegue- y suprimir sin más esos nombramientos discrecionales, no para esos períodos transitorios, sino para siempre. Para la eterna eternidad.

Porque, si queremos respetar de verdad la independencia judicial, un valor constitucional, la regla es clara: nunca más el nombramiento de un magistrado del Tribunal Supremo debe ser el fruto de un enredo o intriga entre los vocales del CGPJ, que es – sépase- un enredo o intriga entre algunas asociaciones de jueces deseosas de colocar a sus afiliados o allegados. Una humillación que ningún juez se merece.

Al Tribunal Supremo y al resto de la élite judicial se debe llegar por concurso de méritos: canas, trabajo realizado a lo largo de una vida dedicada a la Judicatura, esfuerzos concurrentes como tesis doctoral o publicaciones, expediente libre de sanciones y poco más. Resuelto el concurso conforme a una puntuación objetiva, quien no esté de acuerdo con su resultado, tiene expedito el camino para acudir a los jueces de lo contencioso-administrativo y discutir ante ellos los criterios aplicados.

Así es cómo se asciende a todos los jueces y magistrados que no pertenecen a la élite judicial y no hay razón para que las reglas objetivas se quiebren cuando de llegar a dicha élite se trata. Es justamente cuando más deberían respetarse.

Como se ve, lo que expongo es un procedimiento muy sencillo que no pretende descubrir el lago del Retiro.

Para completar esta primera floración de la independencia judicial, se impone abolir las “puertas giratorias” entre la magistratura y la política, esos vanos por los que un juez pasa del Tribunal Supremo a una poltrona ministerial y, desde ella, vuelve a vestir toga y puñetas con total impunidad, después de haber protagonizado, sin despeinarse, un salto acrobático. Para poner un ejemplo o verbigracia que todo el mundo entiende: piense el lector que, en el actual Gobierno de España, hay tres ministros que mañana pueden estar dictando sentencias – es decir, decidiendo sobre nuestra libertad o sobre nuestro patrimonio- en los órganos judiciales de los que proceden como si no hubieran perdido la virginidad en el tráfico político.

Con estos dos ingredientes que acabo de citar estaríamos limpiando la imagen de la Justicia de los desconchones que la afean y la desacreditan.

La tristeza para quienes – como es mi caso y el de algunos colegas- clamamos en el desierto intentando enderezar las sendas de la Justicia es grande porque no existe un partido político que esté dispuesto a ir a la raíz del problema defendiendo estas sencillas reformas que acabo de exponer. Y, para completar el panorama, están los medios de comunicación y las tertulias políticas disparando invariablemente con sus comentarios a objetivos equivocados.

¿En qué están esos partidos políticos y en qué están los protagonistas del debate ante la opinión pública?

Pues en la eterna discusión de si a los vocales del CGPJ los deben nombrar los galgos de las asociaciones judiciales o los podencos de los partidos políticos.

Espero que, a estas alturas de mi argumentación, sepamos ya que el nudo de la cuestión no es ese debate artificial sino que los vocales del CGPJ no puedan hacer nombramientos discrecionales. Tan solo nombramientos reglados basados en concursos de méritos y baremos objetivos.

Si esto se consigue, todo el ruido que a diario nos aturde, gracias – insisto- a las formaciones políticas y a la mayoría de los medios de comunicación, se disuelve porque ya carecería de tensión la composición del CGPJ al haber perdido sus vocales unas facultades discrecionales que les permiten apoyar amigos y relegar a quienes no lo son a la hora de los ascensos y las sinecuras en función de sus compromisos o los de las asociaciones judiciales.

II

Dicho esto, no me olvido de insistir en que el CGPJ es una pieza fallida de nuestra Constitución. Concebido con la mejor intención, pronto quedó atrapado por los intereses enmarcados en las siglas de los partidos gobernantes más el auxilio, siempre generoso y altruista, de los nacionalistas catalanes y vascos. Ahora, algunos de los nuevos partidos también reclaman su presencia.

Se preguntará el lector que no tiene la obligación de estar pendiente de estas cuestiones: ¿a qué se debe el actual retraso en la renovación del CGPJ?

Pues al hecho de que quienes han de llegar a un acuerdo son los grupos parlamentarios que se reparten los puestos en función de sus conveniencias partidistas. Cuando hablo de los “grupos” estoy empleando probablemente una figura retórica que creo se llama sinécdoque porque el tal grupo es en puridad un par de personas. Que son quienes deciden qué jueces o juristas van a ocupar asiento en ese CGPJ, jueces o juristas que luego van a disponer de la pócima mágica de los nombramientos “discrecionales”, sin ataduras molestas a las reglas objetivas de promoción y ascenso.

Se trata de lo más cercano a un cambalache que, según observamos, es además de larga duración. Como está trufado por los intereses políticos, contemplados a corto plazo, no es extraño que avancen o se interrumpan según imponen los acontecimientos: hoy es un debate en el Parlamento, mañana son las elecciones en una Comunidad Autónoma, pasado es un escándalo salpicado por denuestos, insultos o descalificaciones. Los méritos de los candidatos a vocales son expulsados del discurso para alojar en él la proximidad política o la inclinación que muestre el candidato a someterse a las indicaciones del mando.

El resultado es la comedia de enredo que estamos viviendo. Como consecuencia de esta ley que ahora se aprueba se suspenden temporalmente los nombramientos en la élite judicial. Es decir que hasta que el PSOE y el PP – en puridad, repito, dos o tres personas- no se pongan de acuerdo será imposible nombrar a un magistrado para la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo o al presidente de la Audiencia de Segovia. ¿Alguien concibe un despropósito de mayor envergadura?

Claro que todo se puede empeorar. Así ocurriría si se atendiera la propuesta de “Unidas Podemos” consistente en seleccionar a los vocales del CGPJ en elecciones por sufragio universal. Un sistema que recuerda algo al disparatado que rigió la composición del Tribunal de Garantías Constitucionales de la II República. Cuando se celebraron las elecciones de sus vocales regionales, a mediados de 1933, se hizo patente el castigo que sufrían los partidos de la mayoría gubernamental (azañistas más socialistas) y, además, la definitiva división en este bloque gubernamental. La caída de Azaña fue inmediata y después la llegada de los gobiernos conservadores.

¿No estamos ante muestras de la “democracia morbosa” – o sea enferma- que tanto dolía a Ortega?

(Publicado en el periódico El Mundo el día 29 de marzo de 2021).

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Michael Stolleis, gran jurista, gran historiador

Me temía la peor noticia. Y me la temía porque Michael Stolleis no había respondido a mis dos últimos correos, él, que lo hacía a los cinco minutos. Había leído yo la voluminosa biografía de Hans Kelsen que acaba de publicar el profesor vienés Thomas Olechowski (1027 páginas) y, antes de redactar mi comentario a la misma, escribí a Stolleis para expresarle mi opinión sobre esta obra espectacular y preguntarle por la suya. A vuelta de correo me envió la reseña -aún no publicada- que él había escrito de esa biografía. En este rasgo suyo se halla concentrada la magnífica personalidad de quien ha muerto hace unos días en Fránkfurt: un profesor nimbado de merecidos honores académicos que, cerca de los ochenta años, todavía escribe la recensión elogiosa a un libro de un joven colega.

Ese era el generoso profesor Michael Stolleis. Fue el gran especialista de la historia del derecho público alemán, sus cuatro volúmenes de más de cuatrocientas páginas cada uno, avalan esta afirmación. Y todavía tenía fuerza para seguir indagando en la letra pequeña de autores del pasado y de sus libros. No hace un mes tuvo la deferencia de enviarme lo que acababa de escribir sobre un jurista alemán muerto en 1681, unas páginas que enriquecían lo que él ya había publicado en la magna historia de la que es autor y por la que está -él también- en la historia de ese Derecho Público que contribuyó como nadie a ordenar y, en su caso, a resucitar. A ordenar los nombres y las obras de los grandes juristas conocidos poniéndolas en su contexto; a resucitar a aquellos sobre los que había caído el polvo olvidadizo de la historia.

Me puse en contacto epistolar con él hace diez o doce años: sin conocerle, le escribí a la dirección electrónica de la Universidad. Temí que el gran profesor no se ocupara del correo electrónico o que las tribulaciones que yo le transmitía le parecieran nimiedades. Nada de eso ocurrió porque, apenas pasados unos minutos, tenía carta suya dando respuesta sabia y humilde a todas mis preguntas. Y así siguió prestándome ayuda, en los últimos tiempos, cuando yo escribía mi libro sobre el Sacro Imperio Romano Germánico. Hasta que hace un mes aproximadamente me dijo: «Estoy, Francisco, más en el hospital que en casa, tengo cáncer pero los médicos me dan ciertas esperanzas». No se han cumplido.

Sus trabajos más lejanos se refieren a la «razón de Estado», una investigación centrada en el pensamiento del siglo XVIII, y conectado con este asunto, aun dando un salto en el tiempo, están sus publicaciones sobre la manipulación del Derecho en la época nacional-socialista y en la comunista representada por la República Democrática alemana. Su obra El ojo de la ley se puede leer en español (Marcial Pons) gracias a la cuidada traducción de Fernández-Crehuet.

La curiosidad de Stolleis no ha conocido límites. Es autor de un precioso trabajo sobre una pintora alemana llamada Sophie von Scheve que vivió en el Múnich de finales del siglo XIX y principios del XX. Una pintora clásica, alejada de los movimientos de la «secesión», es decir, del modernismo, autora de retratos memorables, entre ellos, el de Ricarda Huch, escritora brillante y comprometida con la defensa de los derechos de la mujer. Stolleis traza una descripción deslumbrante del cuadro que se conserva en el museo de Marbach, la localidad donde nació nada menos que Friedrich Schiller.

Dicho todo esto procede completar: Stolleis se formó en Múnich, allí se doctoró y después, tras el trabajo de habilitación, obtuvo la venia docendi para las especialidades de Derecho Público, historia del Derecho y Derecho eclesiástico. Fue entonces cuando recibió la llamada de la Universidad de Fránkfurt para ocupar una cátedra (en Alemania está prohibido culminar la carrera académica en la Universidad donde se ha formado el estudioso). Y allí ha estado hasta su jubilación en 2006 aunque ha seguido dirigiendo el Instituto Max Planck especializado en historia europea del Derecho.

Ha sido doctor honoris causa en Finlandia, Francia e Italia y su pecho lucía numerosas condecoraciones, premios y medallas. Pero lo que sobre todo lucía su pecho era su gran sabiduría y su delicada caballerosidad. Fue un orfebre del buen hacer.

Profesor Stolleis: ¡la jurispericia de toda Europa llevará largo tiempo cintas negras por usted!

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Paisaje con ninfas (I)

La escena está poblada por sátiros y ninfas y en ella se ve el arroyo estallante de murmullos, el bosque correteado por ciervos y ciervas, los rayos de sol deseosos de penetrar en este santuario pagano, las flores soñadoras, los cantos, la flauta, la cítara … 

El sátiro Aurelio desparrama su mirada entre las ninfas pero tiene a una como preferida, la ninfa Amelia, serena en sus abundancias, compacta. Al sátiro Aurelio le han dicho hace poco los médicos de MUFACE y de Sanitas S.A.:

– Su satiriasis vive un momento encendido, necesita un poco de sosiego.

La ninfa Amelia sabe que es el objeto de los deseos del sátiro Aurelio. Ahora, en estos momentos, hace un aparte en el bosque con su amiga, la ninfa Amalia. Ambas, las ninfas Amelia y Amalia, que están con la regla, conversan junto al olmo viejo herido por el rayo y en su mitad podrido. Dice la ninfa Amelia:

– Un día de estos ejerzo mi derecho a la autodeterminación biológica y se acaban las penalidades de la regla: adiós a las jaquecas y a los granitos en la cara.

La ninfa Amalia no sabe qué también ella es titular del derecho a la autodeterminación biológica pero su compañera mitológica la instruye. Instruida, lanza un suspiro:

– A mí es que además las reglas me dan décimas.

– Lo siento por el sátiro Aurelio que se va a llevar una plancha cuando quiera echarme un tiento. Además no sabe el muy bruto que ya rige el “sí es sí” y por tanto no va a poder desahogarse como lo hacía antes de la llegada del progreso. 

– ¡Qué pena! el sátiro Aurelio es un poco machista pero tiene unos hombros divinos y unos muslazos que enloquecen.

En ese momento llegó, acompañado de caballos y caballetes, Rubens que se llama Pedro Pablo ¡vaya dos nombres, ya es jodía casualidad! y con esa voz autoritaria que trae del siglo XVII ordenó que todos, sátiros y ninfas, se quedaran quietos, que él tiene que pintar su cuadro para unos mecenas que le han pagado una pasta. Los flamencos que le acompañan ponen ya orden y disciplina.

Un susurro de disconformidad se esparció por el bosque mitológico, hartos todos sus habitantes del pelmazo de Rubens, Pedro Pablo. 

El sátiro Aurelio trató de tranquilizar a todos:

– Respetemos al artista que tiene malas pulgas pero se las pinta solo: la recompensa es acabar en el Museo del Prado.

Allí fue la tremolina.

– Yo no quiero salir con la regla – fue la voz quejosa de la ninfa Amelia.

A un grupo de compañeras ninfas se les oyó:

– No nos hemos hecho las mechas ni dado el color.

Pero el argumento más sólido salió de la ninfa Amalia, no en balde iba para representante sindical, de los sindicatos de clase:

– Lo peor es que los japoneses nos harán fotos y nos llevarán a Osaka, desnudas como estamos, y allí se harán los muy rijosos todo tipo de marranadas mirándonos con lujuria.

El sátiro Aurelio, cuya vista codiciosa enfilaba ahora a otra ninfa, propietaria de unas mamas que eran heraldo y clarín a un tiempo, mandó callar poniéndose – como un machista esquirol- del lado de Rubens, Pedro Pablo.

(Continuará)       

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¡Viva Horacio!

De nuevo es preciso salir a defender con la pluma a personas que han recibido el zarpazo de insultos, burlas y otras muecas despectivas. Ahora se trata de un ministro, nada menos que un ministro actual, los de la cogobernanza transversal y resiliente. ¿De qué se acusa a este hombre? Pues de haber dicho “proponido” en lugar de “propuesto”.

¿Y qué? ¿dónde está la infracción? ¿se recoge en algún código? ¿en algún reglamento? ¿en algún texto de las Sagradas Escrituras? No. Simplemente en la gramática española.

¡La gramática española …! Primero empecemos por el adjetivo “española”: ¿qué significa cuando ha sido sustituida por lo plurinacional y lo asimétrico? Y ¿qué es la gramática? Según ha explicado un erudito a la violeta, una porción de reglas para hablar y escribir con corrección. 

¿No se advierte que detrás de esta palabrería lo que hay es simplemente la mofa a un ministro del Gobierno? Un compañero del olimpo ministerial también ha dicho en el ambón del Congreso “obtuvido” por “obtuvo” y se ha puesto el grito en el cielo como si hubiera cometido una falta imperdonable, por ejemplo, hubiera dirigido un piropo a una magistrada de lo contencioso-administrativo.

Vamos a ser serios: esa gramática que al parecer contiene la forma de conjugar los verbos ¿se ha aprobado en alguna asamblea democrática, tripartita y paritaria? ¿han intervenido los agentes sociales, es decir, los sindicatos de clase? ¿alguien ha contestado a estas preguntas sencillas pero que van al meollo de la cuestión?

Convengamos en lo siguiente: nadie. A lo más se ha balbuceado algo relacionado con una Real Academia y, cuando se ha querido saber qué era la tal Academia, lo descubierto es que se trata de una asamblea de viejos y viejas, calvos los más, gargajeantes los menos, pedantes todos … y, lo que es peor, sin perfil en instagram. ¿Y a estos sujetos, fósiles que están entre el paleozoico y el mezosoico, les hemos de hacer caso? Más aún: ¿les han de hacer caso los ministros que han sido elegidos por el pueblo, practican el diálogo social y tienen cuenta en twitter? ¿a qué clase de despropósito nos conduciría esta burda inversión de los valores democráticos?

O sea que estos hombres y mujeres ministros se han molestado en aprobar leyes que nos permiten por la mañana ejercer el derecho de autodeterminación biológica ¿y no van a poder innovar el pretérito, el infinitivo o ese odioso e inútil subjuntivo?

Insisto ¿a qué viene ese amaneramiento de decir “obtuvo” y “propuso” en lugar de los más castizos y espontáneos “obtuvido” y “proponido”? ¿nadie advierte que no es sino una forma más de reprimir la naturalidad de los jóvenes y las jóvenas para someterles a la cárcel de estilos periclitados?

Me parece que es en el “Arte poética” donde Horacio compara la lengua con un bosque. Pues bien, un bosque es un lugar poblado de forma desordenada e intrincada de árboles, arbustos, plantas y todo tipo de comunidades vegetales que hoy forman parte de la biosfera o de algo parecido.

Adviértase la sutileza de Horacio al hablar de bosque y no de jardín. ¿Por qué? Porque el jardín, ese sí, está sometido a reglas pues en él se cultivan especies, se conforman parterres y senderos, todo de forma ordenada. Y además, en un recodo, se instala un kiosko donde se venden helados y, en otro, un grupo escultórico que representa a un sátiro tras una ninfa a la que – mucho nos tememos- la va a achucar sin obtener el preceptivo “sí es sí”.

Es hora de dar el grito liberador: ¡Abajo la afectación gramatical! ¡Viva Horacio! Un poeta que cuenta con mogollón de followers.

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Aristóbulo o la excepción

Mi amigo Aristóbulo es una persona bajita pero en compensación tiene la tensión alta. Es bien parecido, prácticamente abstemio, lector por ocio más que por negocio de las fluctuaciones de la Bolsa, matrimoniado de hecho, tiene ajustados los niveles de colesterol, de ácido úrico y el PSA no le ha dado más que un pasajero sobresalto. 

Todo lo contrario de un sujeto desaforado. Como es joven, no se vio en la necesidad de estudiar en la Universidad pero lo hizo en la School of engineering and marketing de Los Ángeles, no los de los Estados Unidos, sino los de san Rafael.  Compatibiliza su trabajo en una empresa de Staffing & Recruitment con el hecho de ser “influencer” en varios pueblos de su comarca. 

Vida rítmica y lenta.

Por eso se ha quedado estupefacto al oír a quien puede hablar en nombre del Gobierno de España la siguiente afirmación:

– Todos somos culpables de lo que pasa en Cataluña. Que nadie se engañe: en la “cuestión catalana” nadie estamos libres de pecado – ha insistido el prócer.

Aristóbulo se ha removido en su sillón, Aristóbulo se ha tocado el lóbulo, Aristóbulo se ha mirado en el espejo pero Aristóbulo no ha detectado nada singular. Y se decía para sus adentros: 

– Yo no quiero dar la nota, no quiero que nadie me señale y por la calle tenga que escuchar:

– Ahí va Aristóbulo, dándose importancia porque no tiene ninguna culpa en lo de Cataluña. ¡Será prepotente y engreído …!

– E insolidario – añadía una viandante entrada en mantecas.

A fuerza de cavilar se dio cuenta de que no había estudiado bien la historia con los profesores del engineering, recordaba lo del Compromiso de Caspe, lo de Felipe V, pero todo tan borroso que no sabía si lo del Compromiso era antes que lo de Felipe o al revés.

Es decir, Aristóbulo estaba hecho un lío. Pero tuvo la suficiente claridad de juicio para advertir que a él le gustaba la escalibada, que no hacía ascos a unas alubias con butifarra, que el pan con tomate le parecía una chorrada gastronómica pero que lo tomaba con gusto y que ir a la Costa Brava le pirraba y de hecho había pasado un par de noches en Calella de Palafrugell donde se había achispado con cava de la tierra.

Pero como no quería contradecir a lo afirmado por quien hablaba nada menos que en nombre del Gobierno de España y sobre todo no quería ser el único ajeno a las culpas de “lo de Cataluña”, consultó con un amigo que era concejal, con otro que había sido diputado cuando lo del Prestige y con el suegro de un subsecretario progresista. 

– Tienes que buscar algo que te iguale a todos, ya nos ves, arrastrando nuestra culpa por lo que allí sucede como soportamos lo del virus.  

– ¿Y si pruebo a hacer un gesto de asco a un grupo de jóvenes que bailen la sardana?  

– Por ahí puedes empezar, le dijo el coro de sus amistades, culpables todos ellos de las trifulcas en Barcelona.

Aristóbulo se ha decidido: ha hecho un corte de mangas a una sardana que se bailaba en un reportaje de Youtube y se ha burlado de una torre de hombrones con un niño en la cumbre que sale en Instagram.

Pero ¿será suficiente para dejar de ser una excepción, una rémora para la España unida en la culpabilidad de lo que pasa en Cataluña?

En esa tortura vive Aristóbulo.

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El efecto pacotilla

Es el efecto de la mascarilla y de la pesadilla. De la pastilla y de la jeringuilla.

Es parecido al efecto calderilla. Es dinero, sí, pero dinero devaluado, de escaso interés, una sombra de lo que fue: del billete de banco orondo, redondo, desafiante, se van desgajando monedas, después monedillas, hasta convertirse en calderilla. Es lo que ocurre con la luna en el firmamento que, cuando es plena, suscita a los poetas la máxima admiración “la luna llena es un diamante que lanzó la onda de un gigante …” cantó Tomás Morales, hasta que se va desgajando en los cuartos siendo ya una insignificancia si la comparamos con su pasado señorío. 

Para mí, el efecto pacotilla conduce a la falsilla. Y desde esta, desde la falsilla, llegamos al plagiario porque ya Ramón Gómez de la Serna nos enseñó que el plagiario es quien se ha olvidado de “poner las patillas de lo ajeno que son las comillas”.

De donde el efecto pacotilla es primo hermano del plumilla que plagia. Pues quien va por el mundo luciendo su efecto pacotilla es quien copia de un original ajeno y lo convierte en propio, consumando una chapucilla.

La pacotilla es la papilla de una gran comida, lo que queda para consumo de dispépticos y adictos del Omeprazol.

La pacotilla es la camarilla, una degradación de la cámara.

Como la pelotilla es una humillación de la pelota. Y el pelotilla del pelota.

O la ventanilla, con su funcionario indolente detrás, lo es de la ventana, con sus cortinas y su señora ilustre que sostiene la historia y las historietas del barrio.

La hablilla, por su parte, es un rumor mientras que el habla es una facultad de académicos y otros sabios. O sea, de quien no nos empacha con sus muletillas.

La mentirijilla es un pasatiempo, muy lejos de la mentira que se expresa con gran retórica y aldabonazos de desfachatez.

Si con el zapato caminamos por salones, despachos y los meandros más exigentes de la vida, con la zapatilla no salimos del pasillo de nuestra casa.

Pues ¿y la pescadilla, ese pez, apogeo de la liviandad piscícola, solo apto para períodos aflictivos y postoperatorios?

Lo único que se salvaba era antiguamente la pantorrilla pero eso era en tiempos de privaciones visuales, hoy la pantorrilla no merece el más mínimo respeto por parte de un voyeur, si quiere mantener su prestigio.

El efecto pacotilla tiene algo – no lo olvidemos- del efecto ladilla, parásito que se agarra y pica con convicción y sin arrepentimiento.

Y tiene mucho de angarilla, camilla pensada para transportar cadáveres.

En fin, el efecto pacotilla es a la política lo que el efecto polilla a la lana: su ingrediente destructor.

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Repaso al federalismo alemán

Para medir la viscosidad de las insensateces y las necias vaguedades que por aquí oímos, creo que el lector sabrá valorar la importancia de la publicación de un análisis exhaustivo del momento por el que atraviesa el federalismo alemán. Hago con ello referencia al contenido del libro “Reformbaustelle Bundesstaat” coordinado por Felix KNÜPLING, Mario KÖLLING, Sabine KROPP y Henrik SCHELLER, fruto de un Congreso celebrado en noviembre de 2019 con ocasión del 70 aniversario de la Ley Fundamental de Bonn organizado por el Forum of Federations y la Freie Universität Berlin. El lugar de celebración fue significativamente el Bundesrat que, como se sabe, encarna la representación de los Länder en la dirección del Estado alemán. Vamos a ver en las líneas subsecuentes bien explicado el contraste entre la let de la Constitución y la realidad.

……..

En principio, sabemos que Alemania es un Estado federal donde los Länder ejercen de forma autónoma sus propias competencias y pueden incluso llevar a sus textos constitucionales normas que la Ley Fundamental no conoce o incluso algunas que no coincidan con las recogidas en ella aunque todas han de respetar los fundamentos del republicanismo social y democrático (es decir en Alemania no cabe la Monarquía).

Expuesta esta evidencia, procede añadir que, desde 1949, se ha venido produciendo una erosión continua de las atribuciones de los Länder siendo este el mensaje central de la ponencia de Peter M. Huber, catedrático y exmagistrado constitucional. Es verdad que los Länder ostentan atribuciones garantizadas pero la Federación (el Estado, diríamos nosotros) puede limitarlas cuando se hallen en peligro “las condiciones de vida equivalentes en el territorio federal o el mantenimiento de la unidad jurídica o económica en interés de la totalidad del Estado”.

Todo profesor repite igualmente en clase que el federalismo alemán es de ejecución, es decir, un sistema de gobierno en el que la ejecución de las leyes a través de las autoridades y de los tribunales es asunto de los Länder, sin embargo, en la práctica el entrelazamiento de las competencias verticales y las intromisiones de la Federación en materias variadas han llevado a diluir el sistema ideado por la Ley Fundamental. Porque esta prohíbe la existencia de “autoridades conjuntas” y sin embargo existen, por ejemplo en la Administración financiera y asimismo en materias como la construcción de Universidades, las mejoras en las estructuras económicas regionales, la agricultura, la protección cultural y, últimamente, en el ámbito de los sistemas técnico-informáticos y la conexión a través de las redes así como en la seguridad básica de quienes buscan empleo.

Un entrelazamiento de competencias que se advierte también en la creación de “comisiones de coordinación” compuestas por los responsables ministeriales de la Federación y de los Länder en casi todas las materias (cultura, justicia, planificación territorial y un largo etcétera) que, aunque carecen de competencias decisorias, en la práctica conforman las que posteriormente van a ser adoptadas por quienes en teoría las ostentan. La situación descrita se agrava si contemplamos la práctica de la “cofinanciación” que está generalizada ya desde los años sesenta y que permite a la Federación crear instituciones que ostenten importancia nacional.

Tras lo explicado y, cuando se cumplen 70 años de la Ley Fundamental, se puede afirmar que la República federal alemana – así el Profesor Huber- ha pasado de ser un “Estado federal unitario” a hallarse cerca de ser un “Estado unitario descentralizado” en el cual la “estatalidad” de los Länder se revela cada vez más precaria.

Se ha producido una ostensible “mutación constitucional” ante la cual el papel del Tribunal de Karlsruhe ha sido ambivalente: por ejemplo, nunca ha aplicado de forma determinante el artículo 31 de la Ley fundamental (“El derecho federal se impone al derecho de los Länder”). Pero, al mismo tiempo, ha contribuido a esa unidad de la República por varias vías y sobre todo a través de la eficacia unificadora de los derechos fundamentales lo que ha condenado a los catálogos de estos derechos contenidos en las Constituciones de los Länder a tener una existencia fantasmal.

Pertenece al “folclore” – es palabra utilizada por Huber- el pretendido “derecho de secesión” de algún Land (Baviera) rechazado con contundencia por Karlsruhe en un auto que lleva la firma precisamente de Huber: “En la República Federal de Alemania, Estado nacional fundamentado en el poder constituyente del pueblo alemán, los Länder no son señores de la Constitución. En la Constitución no existe ningún espacio para las aspiraciones secesionistas de los Länder. Son contrarias al orden constitucional” (2 BvR 349/16).

El milagro es que el federalismo alemán funciona de manera satisfactoria – resume Huber- siendo Alemania uno de los poquísimos países europeos que carece de movimientos separatistas inquietantes.

…….

Una perspectiva que enriquece la anterior es la que ofrece en su ponencia Volker Ratzmann, político verde, ex-miembro del “Bundesrat” (Cámara de representación de los Länder). A la vista de la evolución descrita por Huber, él aboga por algunas reformas que se dirijan a erradicar la erosión de la autonomía de los Länder debida a la existencia de programas federales que implican transferencias de dinero de la Federación a cambio de sustraer competencias, es decir, prohibiendo las “correas de oro” (ayudas económicas) que atan a los Länder. Además, defiende la necesidad de modificar la forma de relacionarse el “Bundestag” (Cámara de representación de los partidos políticos) y el “Bundesrat” asegurando el derecho de iniciativa legislativa del último y permitiendo en el debate de las leyes una más eficaz intervención de los miembros del “Bundesrat”.

………

De nuevo un catedrático, Wolfgang Renzsch, es quien analiza las claves de la financiación en el federalismo alemán para decirnos que el mecanismo de las “asignaciones federales” a los Länder y las ayudas para la inversión, incrementadas a partir de 1970 y utilizadas especialmente tras la caída del muro, ha aumentado el control de la Federación sobre los Länder, tendencia que quiso corregirse con las reformas de 2006 y 2009, sin mucho éxito de manera que, afirma Renzsch, “la intromisión de la Federación en la política de los Länder es hoy de mayor amplitud que la existente antes de las reformas de 2006 y 2009”.

Renzsch es el único de los ponentes que incluye un párrafo – al final de su trabajo- referido a los efectos en la estructura federal de la epidemia, desatada con posterioridad a la celebración de este Congreso (septiembre de 2019). Su conclusión es lapidaria: “la Federación lleva la batuta, los Länder se limitan a seguirla complacidamente”.

La epidemia pues no ha cambiado nada en el modelo federal, tan solo ha puesto de manifiesto de forma más cruda la evolución vivida: dirección por la Federación, ejecución por los Länder muy intervenida por la Federación, financiación a cargo fundamentalmente de la Federación.

………

La obra contiene también valiosos estudios sobre los desafíos para el federalismo de algunas políticas públicas como la educación, la inmigración o la seguridad pública (ponencias de Rita Nikolai, Henrik Scheller, Mario Kölling y Christian Lauprecht, entre otras).

…….

Encender los focos del debate sosegado apagando al mismo tiempo los de la pasión y el sectarismo político son justamente los modos apropiados para abordar los problemas que suscita la convivencia en las sociedades civilizadas. Así procedieron quienes tomaron la palabra en el Congreso celebrado en Berlín, tal como se refleja en las ponencias recogidas en este libro.

Para nosotros queda la enseñanza melancólica: ¿algún día seremos capaces de extraer nuestros problemas territoriales de ese caldero donde los disparates se hallan hirviendo a borbotones?

(Publicado en El Mundo, el 2 de febrero de 2021).

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La alucinación de la luna

Hace años, en los comienzos de la televisión, yo podía palpar en mi familia la incredulidad que producía el hecho de que saliera en la pantalla un señor dando una noticia desde París o desde Oslo. A juicio de mis desconfiados parientes se trataría de un truco de Franco, empecinado en colarnos patrañas porque nadie en sus cabales podía creer que en ese preciso momento había alguien tan lejos, recién levantado de la cama para contarnos algo que había salido ya en todos los periódicos. Ahora resulta que no era tan insensata la sospecha malévola porque la manipulación de las imágenes es sencilla y esta es la razón por la que empieza a ponerse en duda que el hombre haya de verdad alunizado, tal como creímos todos bobamente aquella noche veraniega de 1969. Al parecer, esos seres míticos que eran los astronautas no estaban moviéndose por el espacio fabuloso de la novela de Julio Verne sino por un paisaje desértico y, cuando acabaron su pantomima, se fueron a tomar unas hamburguesas y a dormir a un motel cercano con Norman Bates como en Psicosis.

De siempre se ha querido arrancar su enigma a ese astro noctámbulo que tantísima gloria ha dado a los poetas, presente en todas las galas organizadas por la musa Erato, la simpática hija de Zeus condenada a llevar una lira a cuestas para poder identificarla, y en los juegos florales siempre ganaba el premio quien mejor sabía cantar en octosílabos el resplandor de la Luna, un resplandor audaz y conspirativo porque se ha atrevido a lo largo de los siglos a desafiar a las negritudes de la noche y entonces era cuando el poeta aprovechaba para sacar a pasear impunemente al albayalde y al albero con todas sus consonantes y asonantes en confuso pelotón, como queriendo buscar su sitio o pidiendo la vez en los sones del poema. En la música ha ocurrido algo parecido: hay una ópera de Joseph Haydn, que no suele estar en los repertorios habituales, que se llama precisamente Il mondo della Luna donde la soprano canta un aria que dice: “cuánta gente suspira, por ver qué es la luna, pero no tienen la fortuna de poderla contemplar. Quien no ve, cree en lo falso…”.

Se equivoca el libretista porque nada sería más consolador que saber a ciencia cierta que la luna sigue siendo un territorio virgen, es decir un territorio donde, como decía Gómez de la Serna, la mano del hombre no ha puesto el pie, y que en definitiva todo fue un cuento destinado a hacernos más pasables las veladas.

Alunizaje, que es posarse sobre la superficie de la Luna una nave o sus tripulantes, es palabra bien cercana a alucinación y ello no es una casualidad sino una muestra de que el idioma está construido para proporcionarnos pistas por las que el pensamiento debe discurrir, una realidad que solo los lerdos ignoran. Es decir, que es víctima de un alucinógeno o está suavemente alucinado quien cree en el alunizaje. Se impone pues alumbrar la verdad: y esta no es otra que quien está en la Luna es que se halla desorientado o distraído y que quien pide la Luna es un insensato y quien ladra a la Luna está perdiendo el tiempo de manera lamentable. Y, cuando de alguien se dice que “tiene lunas”, se está aludiendo a que administra manías con terquedad y seguridad, es decir, que tiene vocación de acabar en mochales. Para mí, lo único bueno de toda esta historia es precisamente que la luna lleva siglos despistando a los astrónomos que, para ella, resultan insoportables porque son sus rijosos mirones, sus aborrecibles voyeurs.

La luna es un disco lanzado al espacio por un discóbolo travieso y también onda de ondero, sueño de lunáticos, la blanca polvera de la negra noche… Los dioses la cortejaron pero los dioses murieron y ella sigue allí como una fábula inmortal, como un relato sin fin, como el poema del poeta que canta a las espumas abandonadas en las arenas. Lo que más me divierte es que la luna, que se complace en esconderse tras el biombo de las nubes para retocarse y disimularse las ojeras que le ha hecho la eternidad, nunca ha hecho demasiado caso a los astronautas que si no llegaron hasta ella es porque sabían que volverían despechados, viendo cómo les ponía los cuernos y se echaba a descansar, burlona, en su hamaca de cuarto menguante. Es decir, sabían que los mandaría a la luna de Valencia.

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Caballo y urogallo

Las lenguas y las plumas mal intencionadas que no se cansan de criticar a nuestros gobernantes denuncian una y otra vez los nombramientos de personas no aptas para los cargos que ostentan. Y es así cómo salen a relucir ministros, subsecretarios, directores generales, presidentes de grandes corporaciones y empresas públicas que no conocen el empeño que se les ha confiado, ayunos como están de cualquier conocimiento sólido. Es decir, que no saben de la misa la media, algo así como los viejos clérigos “de misa y olla”, expresión empleada para ofender a unos pobres diablos que decían latines sin poseer mayores letras.

Pues bien, esta acusación nadie podrá honestamente formularla al director general de “derechos de los animales” del ministerio de Derechos sociales y Agenda 2030 pues dispone este alto cargo de un sólido título de “formador en posicionamiento y manejo de redes sociales” y, como experiencia profesional, alega haber sido “responsable del mantenimiento de tiendas on line”. ¿Qué institución educativa e investigadora ha otorgado dicho título? Nada de la Universidad de aquí o de allá, nada de una Universidad extranjera llena de herejes, en todas estas instituciones anidan el camelo y la patraña. El título de este director general ha sido otorgado por el sindicato Comisiones Obreras. ¡Como debe ser en un país rectamente organizado! Ya era hora de que títulos y enseñanzas se confiaran a instituciones responsables y no a aficionados.

Como estas “Soserías” mías propenden a veces a la guasa o a la ironía, alguien puede pensar que lo contado es una invención galana sacada de mi pobre ingenio. Le diré que se equivoca pues los datos que aporto se hallan en el portal de transparencia del Gobierno de España a disposición de cualquier curioso.

– Podrían haber buscado a un biólogo o a un veterinario – me ha dicho un amigo.

¿Hace falta que aclare la tendencia conservadora y antiprogresista de mi amigo? Me parece que no es necesario.

Con todo, con aceptar lo que de mejora y perfección tienen estos nuevos títulos, me parece que aquí alguien se ha quedado corto.

Se recordará que, hace unos meses, di noticia de la destitución de una señora blanca para un cargo relacionado con las minorías. La razón alegada para su fulminante remoción fue la de no estar adecuadamente “racializada”. Y, en consecuencia, se nombró a una señora negra.

Aplicando este precedente ilustre, creo que el director general responsable de los animales debe ser un caballo.

No un caballo cualquiera. Un caballo ibérico de cuello ancho y crines tupidas. 

O un caballo andaluz, elegante, fornido, que luzca melena airosa y cola espesa.

Ejemplares de conducta intachable, empoderados y comprometidos con el programa político transversal e inclusivo.

Es más: echo de menos en el organigrama oficial una dirección general (o particular, lo que sea) dedicada a los derechos de las especies protegidas que no pueden ni deben mezclarse con las que ya viven cómodamente y sin riesgos.

Para este cometido propongo al urogallo. ¿Por qué? Porque es un ave tranquila, con mucha conciencia de clase y sindical, con una familia distinguida de faisanes, perdices y pavos, lo que como curriculum vitae resulta muy lucido. Se codea además con lo mejorcito de las aves terrestres y lo hace con naturalidad y sin presumir.

Solo así, con imaginación y audacia, podremos ir renovando la vetusta y conservadora Administración española.

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Expertos

¿Qué es un experto? Pues un aprendiz que se ha esforzado, un indocumentado que se ha documentado, un iniciado que logra entrar en el espacio mágico del conocimiento, también quien siempre tiene en su agenda una cita con el saber y quien no deja de mecer el incensario de la pericia para absorber los matices de sus olores.

Hasta ahora por lo menos había sido eso – y algunas cosas más- el experto.

Ahora el experto es, aplicando las enseñanzas “queer”, quien “se siente experto” y así, de la misma manera que esa progresista doctrina niega base biológica a los sexos, podemos negar también base intelectual y profesional al conocimiento. Lo importante es “lo que uno cree que es” y, si defendemos la libre determinación de la identidad de género (hoy me siento mujer, mañana obrero de la construcción, etc) ¿por qué no vamos a admitir la libre determinación de la identidad profesional? ¿qué obstáculos hay para ello? 

Si yo me siento odontólogo ¿quién puede impedirlo? ¿vamos a crear una sociedad represiva en la que una autoridad – autonómica, local o, peor, eclesiástica – nos prohíba sentirnos odontólogos? Y lo mismo ocurre si yo me siento guardagujas ferroviario ¿hay alguien que me pueda obligar a sentirme buzo del puerto de Llanes?

Conducirse de esta forma mandona y despótica es no haber entendido nada de la “libre determinación” y andar sin desprendernos de los cuentos que nos contaban los curas y los profesores del Instituto. Pero sépase que, si perseveramos en esta deficiencia, lo único que vamos a conseguir son niños afligidos y niñas a quienes se tuerce su voluntad, obligados – y obligadas- a ir a la escuela de forma rutinaria y en ella aprender una porción de cosas inútiles que limitan su entendimiento, encorsetan su expresividad y difuminan su ego.

¿Nos extrañará que de esos niños salgan adultos que no sean capaces de ver que los diputados son los padres? 

Así es cómo hay que explicar los tipos de expertos que nos presentan el Gobierno y las demás instituciones que velan por nuestro bienestar. Hay un responsable de los animales en el organigrama oficial que es “influencer” y experto en “redes sociales” pero él se siente veterinario o biólogo.

Pues bien, solo en esta época, señalada por el triunfo del “progreso” sobre el “regreso”, ese hombre – o mujer, no sé lo que es pero es igual por lo que vengo explicando- puede sentirse realizado y, desde esa realización cósmica, es capaz de desplegar las alas de su creatividad y arremeter, espada en mano, como un don Quijote, contra los odres donde se guarda el vino deteriorado del conservadurismo, ese vino que hemos mandado al desván de la historia para que ronque en el sueño eterno.

Esta comprensión del experto que se siente como tal tiene otra dimensión beneficiosa. Permite esconder al experto, no presentarlo en sociedad, anunciar su existencia pero al mismo tiempo hurtarlo al conocimiento público.

– Que nos digan quiénes son los expertos – rugen las oposiciones en su papel de chismosas y cotillas sin remedio.

Y el Gobierno, con buen sentido, se opone porque también el experto puede desear, en uso de la libre determinación de su personalidad queer, permanecer velado ante las masas que, si son masas, es porque tampoco ven mucho más allá de sus narices.

Y así surge el experto enmascarado, el experto en la sombra.

Es a este a quien propongo hacer un monumento en las ciudades. Como ya no hay soldados sino drones, convirtamos el monumento al “soldado desconocido” en monumento al “experto desconocido”.

Con la llama votiva siempre encendida como homenaje a su fraudulenta ignorancia.

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