La tarjeta dorada de Renfe

Todo está hoy al alcance de nuestro artilugio informático. Este periódico lo puede leer usted en su tableta, en su móvil, en su ordenador y lo mismo el periódico chino de su preferencia o el de Burkina Faso. 

¿Quiere usted una entrada para la ópera en Madrid, en París, en Berlín, en Viena o en Sidney? No tiene más que entrar en la página web de los respectivos teatros, abrir una ventana, teclear su nombre y tendrá a localidad asegurada. Si no se ha olvidado, claro es, de pagarla.

Y lo mismo si desea ver el teatro de Molière en Burdeos, el de Shakespeare en Londres,  o el de Ibsen en Oslo y esto último ya es una hazaña si se tiene en cuenta la rareza con la que los españoles – al menos quienes somos lectores de Miguel Mihura-  observamos a los noruegos. Digo esto porque en sus Memorias don Miguel nos relata el caso de una vecina suya de Madrid que no paraba de tener hijos noruegos y ante la extrañeza del ginecólogo, que era de Talavera de la Reina, la buena madre explicó:

– En algún sitio, doctor, tendrán que nacer los noruegos.

Pero volvamos a la magia electrónica en la que estábamos, fuente de buena parte de las sorpresas de la vida moderna.

– Yo le he comprado a mi nieta por Amazon un pelele cruzado con cremallera que es una monada – dice la abuela satisfecha a su amiga, abuela también. 

– No me digas más: yo a mi nieto, que acaba de entrar de asesor vigésimo noveno en el gabinete de un ministro, le he regalado un extensor de Red Wifi. Aprovechando el Black Friday, no te creas, que una es muy mirada con la pensión.

La organización del viaje más fatigoso que se pueda imaginar, el más enredado en combinaciones ferroviarias, aéreas o por carretera puede hacerse con el futuro viajero sentado en su casa vestido con el pijama de dormir.

Todo pues queda hoy al alcance del clic informático.

¿Todo? No, amigo / a. Hay algo que usted, si es persona mayor de sesenta años, jamás podrá comprar por internet ni por amazon ni por ningún otro circuito mágico. Algo que le obligará a desplazarse a una instalación alejada de su casa, aproximarse a una ventanilla o mostrador, al estilo clásico, y habérselas con el empleado / a correspondiente.  

Me refiero a la tarjeta dorada de Renfe. Más aún: quien quiera pagar con la tarjeta de crédito de su banco, se encontrará con el firme rechazo dispuesto por la entrañable empresa ferroviaria.

– Solo se admite dinero en efectivo – oirá usted al señor / a que le atienda.

Mi amigo Rigoberto que es un tipo desconfiado, que ve conspiraciones por doquier como don Quijote veía castillos y princesas, sospecha que algún enjuague habrá en la extraña regla que rige la compra de esta tarjeta, ábrete Sesamo del ahorro del jubilado.

Tengo un espíritu menos enrevesado y por eso creo que la singularidad descrita se debe al interés de la Renfe de mantener un vínculo afectivo con el pasado. Ha vivido el tránsito de las máquinas que echaban humo a los talgo y después a los Aves modernos, ya no hay revisores con bigotes y los trienios colgados como medallas sino señoritas o señoritos vestidos con creaciones made in Italy.  Eso sí: sostenibles.

De manera que hemos de agradecer a Renfe este detalle tan tierno: conservar un hilo con la tradición que se nos escapa de las manos. A ella nos brinda la posibilidad de aferrarnos como Scherezade lograba asegurar la vida por medio de la narración de un cuento interminable.

Así la Renfe, solo que sin tanta floritura, con la trivial expedición de su tarjeta dorada.

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¿Prohibir la prostitución?

Hablamos y escribimos sobre la prostitución estos días sin dispensar a ese mundo el respeto que merece como fragmento eterno que es de todas las civilizaciones pasadas. Y – sospecho- como ingrediente indestructible de las futuras.

Un escritor alemán, Frank Wedekind, que hoy nadie lee porque tenemos que ver las champions y las contrachampions todos los días de la semana, sentenció con gran claridad en los últimos años del siglo XIX: “antes acabarán las guerras que las putas”. Wedekind, prolífico autor teatral y personaje efusivo, es el padre de “Lulu”, figura bien cincelada de cocotte a quien se recuerda más por la ópera de Alban Berg.

De otro lado, en un momento como el presente en el que se nos anuncia, al mismo tiempo, el apagón y el calentamiento ¿es prudente acabar con los servicios acogedores que se dispensan en las casas de trato o de compromiso? 

Más aún: la prohibición de la prostitución que han anunciado los primates progresistas que nos gobiernan ¿afectará también a la figura de la amante, de la consentida, de la otra, del lío, del apaño, de la hetaira?  Porque, si es así, estamos hablando de palabras mayores toda vez que buena parte de la creación artística ha estado inspirada por estas imprescindibles mujeres. Tener una golfa cerca ha sido mano de santo para que la musa del ingenio se despabilara y se arracimaran las ocurrencias sublimes que hoy celebramos como grandes hallazgos literarios, pictóricos, escultóricos y por ahí seguido.

Famosa fue en el París del siglo XIX madame Savatier, una espléndida mujer que inspiró a Baudelaire versos muy sentidos de sus “Flores del mal”. Fascinados por ella vivieron otros cráneos privilegiados como Teófilo Gautier, el compositor Berlioz o el pintor Courbet.

De manera que no se entienden muchas páginas en prosa o en verso ni otras sublimes composiciones sin esta musa a la que llamaban respetuosamente “la Presidenta”. Una Presidenta, como se ve, de verdad, no un simple doctor en ignorancias como hoy se estila.

Dicho de otra forma: la musa de artista no puede desaparecer sin organizar un desaguisado . En el ministerio de Cultura debería crearse, aprovechando los nuevos Presupuestos, una “Subsecretaría de musas hetairas” y nombrar para el cargo a alguna sabiamente entrenada en el oficio. Todo antes que asfixiar el humus que tan imprescindible es para la actividad creadora.

Porque debemos saber que una mujer de estas características, pongamos una morena fogosa y evocativa, es una especie de misionera que trabaja en los abismos de la sensualidad y de ellos extrae los cristales intactos de la fantasía como quien saca música de un laúd.

Es ella quien estimula al creador para que no se fatigue, para que su obra salga poderosa, pulida, porque, si no es así, no le entregará su carnalidad palpitante que es la flor bien regada de su fructífera depravación. 

Fuera de esta protección femenina el artista es un personaje perdido, extraviado, ojeroso, empeñado en peinar sus desaciertos.

Conclusión: urge la Subsecretaría propuesta para que España, hoy tan lastimada por necios prohibicionistas (de la caza, de los toros, del azúcar, de la carne …), siga disfrutando del eterno aliciente del arte al que coadyuva, con su amalgama de primorosos servicios, la hermosa meretriz.

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La Primera República Española

La obra que acaba de publicar Alejandro Nieto “La Primera República Española. La Asamblea Nacional febrero-mayo 1873” (Ed. Comares, 2021) robustece el conocimiento de ese periodo porque su “historia política ha quedado un poco arrinconada en las bibliotecas y sobre todo en las estanterías de las hemerotecas, en contraste con el enorme atractivo que desde la Transición han despertado la ideología republicana y la federal”.

En 1868 existía en España un movimiento republicano pero no había un partido republicano. Tuvo que llegar Pi y Margall “hombre laborioso, burocrático, meticuloso, escrupuloso, tenaz e inflexible” para que se empezara a crear con la ayuda de otros “primates” cuyos apellidos eran Figueras, Salmerón y Castelar.

Dirigentes que tenían complicado responder a la pregunta venenosa “¿qué es la República Federal que queréis traer …”? lanzada en las Cortes por Echegaray. Nadie parecía estar en condiciones de explicarla porque en el siglo XIX la idea federal era antes una fe que una doctrina. Habría de llegar el libro de “Las nacionalidades” de Pi y Margall para ser expuesta pero esto se produjo en un momento en el que ya la experiencia republicana era historia (1877).

Nieto, empero, desempolva materiales que le permiten acotar el contenido del credo republicano federal: reconocimiento de la nación española, depositaria de la soberanía popular, única e indivisible; esa nación se estructuraría en organizaciones políticas: municipio, estado provincial, estado cantonal, estado federal; todas ellas con una autonomía que no era otorgada por el Estado nacional sino que era este el que existía gracias a un pacto; en fin, cada estado podía formular sus políticas en función de los intereses alojados en su esfera de competencias. 

Tales ideas nunca pudieron formalizarse porque esta experiencia republicana careció de una Constitución. Desde el primer momento se insistió en el compromiso de la República con el mantenimiento del orden público habida cuenta del miedo a un desbordamiento callejero y al fantasma de la Comuna de París que aún arrastraba sus cadenas de pavor entre buena parte de la población española. Elevado a santo y seña el respeto al orden público, cuando lo que los españoles vieron fue el movimiento cantonalista desparramado en tantos lugares de España, la República se desplomó. ¿Qué dejó? Un mito con fuerza porque en eso consisten los mitos que se alimentan, no de la razón, sino de la fe y la ilusión de sus beatíficos seguidores.

En efecto, el 11 de febrero de 1873 se proclamó la República, caída como una fruta del árbol de la historia del que colgaban las torpezas de Isabel II, la Revolución de 1868 y la renuncia de don Amadeo.  Su vida se desarrolló en tres etapas: la primera, herencia del amadeísmo ya que las Cortes elegidas en 1872 fueron las que proclamaron la República;  en la segunda sesionaron unas Cortes constituyentes que fueron disueltas por el general Pavía y una tercera etapa en la que la República, ya sin poder legislativo y con un gobierno provisional dirigido por el general Serrano, murió con el golpe de Estado del general Martínez Campos. 

Los políticos republicanos tuvieron el poder en la mano sin saber qué hacer con él por lo que el experimento se frustró. Tuvieron que aguardar sesenta años para que volviera una ocasión propicia similar que “se dilapidó con la misma inconsciencia”. 

Cuando don Amadeo renunció a la Corona, Congreso y Senado se convirtieron en Asamblea Nacional que asumió la soberanía y proclamó la República sin aclarar si sería unitaria o federal, decisión que tomarían las Cortes Constituyentes.

La Constitución de 1869 continuó vigente salvo en lo tocante a la institución monárquica.

Concebida la Asamblea como una Convención, el Poder Ejecutivo era su delegado. El Gobierno lo encabezó Figueras figurando en él como ministros, entre otros: de Estado, Castelar; de Gobernación, Pi y Margall; de Gracia y Justicia, Salmerón; de Hacienda, Echegaray. Tal Asamblea respaldó proyectos de ley rutinarios y, si tenían mayor importancia, reflejaron los intereses de los grupos de presión, a la manera tradicional. Cuando ya se metieron en harina, se advirtió la heterogeneidad del Gobierno y ello condujo a la primera crisis del gabinete acompañada de una conspiración, también del más tradicional estilo. A esas alturas el poder político no estaba solo en la Asamblea sino en la calle, en las logias y en los cuarteles.

Tenemos ya los ingredientes del camino hacia la consolidación de la República: el gobierno de Figueras y la Asamblea (Nacional y de naturaleza Convencional). Esta, en una segunda etapa provisional, se liquidaría para ser sustituida por una Comisión permanente con funciones limitadas a “vigilar” al Poder Ejecutivo pero con un arma suprema, la de convocar la Asamblea, competente para cesar a ese Poder que presidía Figueras. 

En estas condiciones se intentó un golpe de Estado el 23 de abril de 1873 cuando los milicianos republicanos interrumpieron una sesión y expulsaron a los comisionados, igual que nueve meses más tarde haría el general Pavía.

Fracasó esta intentona pero triunfó el “auténtico golpe de Estado”: la disolución de la Comisión permanente de la Asamblea, lo que ya permitía una dictadura gubernamental, es decir, manos libres para decidir la política que esperaban los republicanos. Al no acertar se creó una masa de españoles desencantados.

Las Cortes constituyentes se convocaron por decreto de 3 de abril de 1873. Se aumentó el censo con la rebaja de la edad para votar pero la abstención fue del 60% y las manipulaciones electorales abrumadoras. 

Instaurar “la Federal” era a la sazón un sueño pero, cuando estaban despiertos, a los españoles les preocupaban otros asuntos: la guerra civil carlista; la insurrección cubana y la esclavitud portorriqueña; las quintas y matrículas de mar; la Hacienda; los privilegios de la Iglesia y el Ejército; la cuestión social y el orden público. Nada sustancial se cambió en la Hacienda (fuera de allegar recursos con la venta de las minas de Riotinto) ni tampoco en las relaciones con la Iglesia. Respecto a la Justicia, se abrió la puerta para que llegaran a los estrados muchos “jueces” entusiastas tocados con el gorro frigio.

El mantenimiento del orden público fue una cuestión central y así la primera Asamblea del Partido Republicano Federal (1870) proclamó su condición de “partido de orden”.

Sin embargo, a tal partido de orden se le acumularon precisamente los desórdenes: en Málaga y otros lugares de Andalucía, en Extremadura, en Cataluña por citar ejemplos producidos en una España convulsa, cuya expresiva muestra era la proliferación de las Juntas locales que actuaban en lugar de los Ayuntamientos. La Junta de Barcelona disolvió la Compañía de Jesús y parecidos despropósitos se produjeron en otras provincias. Algún alcalde comunicó a la superioridad haber procedido “con el mayor orden al completo reparto de los bienes de esta jurisdicción entre el vecindario de la misma”. Lo mismo ocurrió con la proclamación de estados o cantones en Cartagena, en Valencia, en Sevilla, en Jaén, en Granada, en Salamanca, en Alcoy, en Galicia “donde hubo veleidades de colocar al estado gallego bajo la protección de Inglaterra”.

Y para hacer frente a ellos el Gobierno disponía de la Guardia civil, los Carabineros del Resguardo de Hacienda, las Milicias municipales y provinciales y, como último pero necesario recurso, un Ejército que se hallaba en pendenciera indisciplina.

“La catástrofe final estaba ya anunciada [porque] cuando se estudian las ideas federales y no se tiene en cuenta la realidad de su entorno, lo que se consigue es una historia de una utopía, de una ilusión engañosa”.    

Minuciosa investigación. Quedamos a la espera de que el maestro Nieto, que disfruta de unos fecundos noventa y un años, desmenuce con la misma solvencia el resto de la aflictiva vida de esta Primera República española. 

Publicado en El Mundo el día 30 de octubre de 2021.

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Benemérito y el lobo

Mi amigo Benemérito es un defensor de la Naturaleza bravía y por eso decidió hace tiempo tener su lobo particular.  Se ha liberado de las ideas antiguas de los hermanos Grimm que vieron en el lobo un ser de malas mañas, que engañaba a una pobre niña en el bosque tenebroso y después se acostaba en la cama de la abuelita con el camisón que había comprado la buena mujer por Amazon.

– Los hermanos Grimm, dos crueles reaccionarios – se dijo Benemérito.

No le fue fácil a este buenazo llevarse a casa su lobo. Lo consiguió gracias a un anuncio en el periódico:

– Vendo lobo a buen precio. Asusta lo justo y aúlla acompasado. Solo en las noches de luna llena.

Petrus es su nombre, es un lobo con pedigrí, se había presentado a elecciones en la camada y siempre había ganado aunque por medio de embustes y trapacerías.  

El vendedor le aclaró:

– Este es el lobo que busca. Se alimenta de su oveja diaria que saca del aprisco por las mañanas. Eso sí, tiene que ser sonrosadita y con buenas carnes. Si la ovejita colabora, el lobo se la come sin hacerle daño, despacio y sin saltarse trámites. Pero si la ovejita se empecina en quedarse en el aprisco balando como una tontaina, entonces el lobo se encrespa y se la lleva de malas maneras tragándosela acto seguido a base de unos mordiscos que ponen los pelos de punta.

Benemérito lo compró aunque por nada del mundo le iba a permitir ser fiero ni cometer esas barbaridades.

Venía ahora lo más complicado. Se había aprobado una ley que obligaba a los propietarios de animales a superar un curso de formación. Benemérito acudió con mansedumbre a la oficina ministerial que se llamaba “Registro para la tenencia pacífica de lobos entrañables”. Allí conoció a la ministra quien, entusiasta de los lobos, le tendió cariñosa la mano diciéndole:

– ¡Ay, qué lobo más empático y dulce!

Ante estas zalamerías, Petrus contestó comiéndose la mano derecha de la ministra y pensando – el  muy zorro- que, como ella era de izquierdas, no la echaría en falta.

Ya con el documento de identidad en regla y matriculado Petrus en un máster de lobos inclusivos y transversales, Benemérito le llevaba al parque pero tuvo que volver a casa a toda velocidad cuando se comió el brazo de un jesuita aunque en su descargo hay que decir que por fuera no se notaba que fuera jesuita ni nada. En la conducta del lobo hubo pues ferocidad pero no sacrilegio.

Otro día, Petrus se abalanzó sobre un funcionario ya mayor de Muface tragándose un muslo de aquel hombre que tantos expedientes había resuelto de manera decorosa pues era amigo de las filigranas burocráticas. 

Pero a Petrus lo que le pedía el cuerpo era salir a las montañas altivas y a los bosques umbríos para ver de sembrar el miedo que todo lobo digno debe inspirar y dejarse de chiquilladas blandengues.

Allá le llevó al cabo, contra su voluntad, Benemérito. Y allá se comía Petrus la oveja y al perro que la cuidaba. Además se especializó en despeñar vacas por atroces desfiladeros.

Poco después, gracias a estas hazañas, ganó Petrus la carlanca de oro convocada por el “Ministerio para la transición animal y el ecologismo ardiente”. Benemérito sufre pero Petrus es feliz. Y de eso se trata.    

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La generación del botellón

Como hubo la Edad de piedra, la Edad antigua o la Edad media, nosotros hemos entrado sin casi percibirlo en la Edad del Botellón. O, mejor en la Generación del botellón.

En el pasado que los viejos recordamos existía el botellín. Era época timorata, disciplinada por los curas, tiempo de cobardes, de mojigatos, de ahí la mesura a la hora de acercarnos al mundo de la botella.

– Un botellín de cerveza – pedíamos en el bar como haciéndonos perdonar.

Porque entre los botellines, el que contenía cerveza era el de mayor prestigio.

Es verdad que existía el botellazo pero se refería al arma que utilizaban quienes carecían de armas para perpetrar un atraco.

Botellón, lo que se dice botellón, no era sino el aumentativo de la botella, el equivalente de la damajuana donde se conservaban bebidas y alimentos. En las familias más audaces también podían contener los restos descuartizados de algún pariente cercano pero molesto.

Lo de ahora es distinto. Cuando hablamos de botellón estamos aludiendo a un objeto idealizado, a una efigie que ha adquirido cualidades simbólicas porque ni siquiera hace falta que tenga figura de botella grande.

– Vamos de botellón -dice el joven que ha acabado la ESO o el Bachillerato.

Quiere decir que va a correrse una juerga porque ha salido del Instituto, gracias a los nuevos métodos del progresismo gobernante, sin haber aprobado más que las asignaturas donde dieron aprobado general, una hazaña de esfuerzo y tenacidad. Por lo que el chico / a merece ese premio de fiesta y regocijo. 

Ahora bien, el botellón no alude solo a una disposición de ánimo, esa que lleva a la algazara. El botellón designa además el lugar de su celebración, en puridad, un tabernáculo, un lugar donde se practica un culto poblado de ceremonias y ritos que incluye dejarlo todo hecho un asquito de condones y vomiteras. Ya vendrá el colombiano detrás a limpiar. 

Destaca también en la liturgia botellonil el manejo de palabras gruesas que son malsonantes en un ambiente cohibido pero que en el botellón adquieren toda su grandeza. Por ejemplo:

–  Hostia, la hostia, puta, la puta …

Dichas en un contexto de personas remilgadas son palabrotas. Dichas en un botellón pueden adquirir, según el tono, mil matices, mil significantes y mil significados. Una riqueza inesperada. Por eso no es verdad que los jóvenes de ahora carezcan de un vocabulario rico. Esta es una afirmación propia de pedantes a la violeta, de viejos. Lo que pasa es que los jóvenes, con un par de palabras – las mencionadas- , entonadas de forma diversa, manejan prácticamente íntegro el diccionario de la Academia o el de Casares (que fue por cierto un sabelotodo estirado).

En el botellón, los jóvenes dan pellizcos a las palabras rutinarias sacándoles su brillo, sus estallidos más rítmicos, más íntimos y más expresivos.

Y además se consigue en él la auténtica inmunidad de rebaño.

¿Alguien se imagina que, en lugar del botellón, los jóvenes hicieran el “librón”, es decir, que se metieran en una biblioteca a leer libros?

Si esto ocurriera, no estaríamos en la Generación del botellón sino en la Generación del 98. Es decir, la de unos pelmazos que escribían y escribían, todos ellos soliviantados por España.

– ¿Cómo dice? ¿España?

– Querrá decir el Estado multinivel, plurinacional, polivalente, asimétrico, plural, laico, feminista y de cogobernanza federal.

– Ah, claro.

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Magritte aclara todo

Ha tenido que organizar la baronesa Thyssen una exposición sobre Magritte en su Museo para que al fin los españoles nos podamos aclarar sobre lo que nos pasa.

Convengamos en que nuestra situación era angustiosa, que se sucedían las noticias cada vez más ininteligibles, tan extrañas que la confusión entre la ciudadanía cobraba dimensiones espectaculares.

Oíamos las tertulias en la radio, leíamos los periódicos, nos documentábamos con las nuevas técnicas, hacíamos esfuerzos y poníamos la mejor voluntad pero todo ha sido en vano, cada día que pasaba el galimatías se acrecentaba.

Adviértase la siguiente cadena de despropósitos: el Gobierno nos decía: “jamás pactaremos con X” y al día siguiente ese mismo Gobierno pactaba en efecto con la tal X. O “jamás daremos un indulto a Y” y, no bien habían pasado unas horas, el ministro del ramo había otorgado ese indulto. También muy celebrada ha sido la proclama: “bajaremos el precio de la luz” para, a renglón seguido, subirlo aparatosamente con grave erosión de la economía de familias y empresas.

Y por ahí seguido.

Magritte, desde la eternidad artística en la que descansa, nos ha venido a aclarar este gigantesco embrollo.

Mis lectores / as / os habrán visto alguna vez su famoso cuadro en el que se ve una pipa. Pues bien, el artista puso debajo: “esto no es una pipa”.

Parecía una broma, a algunos una tomadura de pelo. No y no. Magritte lo explicó de manera convincente: en efecto- razonaba- lo pintado no era un pipa sino la representación de una pipa. La prueba del nueve consistía en preguntar:

– ¿Puede usted echar tabaco, encenderlo y fumar apaciblemente con lo que está viendo?

Y no podía porque lo que el espectador veía no es sino óleo sobre un lienzo compuesto de tal forma que simula un objeto. Es pues una simple simulación. Un engaño, un trampantojo.

Si Magritte hubiera puesto debajo de su creación “esto es una pipa” hubiera mentido porque el espectador hubiera albergado la esperanza de encenderla, arrellanarse en un sillón junto a la chimenea y leerse de un tirón los miles de versos de “Os Lusiadas”.

Pero Magritte fue un señor decente y a nadie quiso embaucar.

Como era surrealista, su pipa no podía fumarse y por ello no era una pipa sino una representación artística que, por serlo, está alejada de la realidad.

Si esto lo hubiéramos sabido antes los españoles, ahora no viviríamos en la confusión. Debajo de la foto del Gobierno en la escalinata de la Moncloa debería haberse escrito:  

– Esto no es un Gobierno.

Si así se hubiera procedido, sin hacer trampas, entonces nadie se hubiera llamado a engaño y todo hubiera quedado claro como el agua clara de los manantiales más puros.

Porque, en efecto, eso no es un Gobierno sino una representación fotográfica que nada tiene que ver con la realidad seria y gubernamental.

Es simplemente una escalinata en cuyos peldaños se acomodan unos maniquíes / maniquías y maniquíos vacuos y vacuas que repiten consignas inanes. 

A su vez, esa escalinata tampoco es una escalinata sino …bla, bla, bla …

¡Honor a Magritte!

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Toros y alcaldesa (y II)

Quedó claro en la anterior Sosería que la alcaldesa de Gijón no ha prohibido los toros en su territorio por observancia de la ideología del partido político al que pertenece y ello sencillamente porque las ideas de tal partido se inscriben en el espacio tambaleante de lo esponjoso, lo dúctil, pultáceo o maleable: hoy defiendo aquí lo que mañana combato allí. 

Convengamos por ello en que el apoyo de la fulminante decisión antitaurina se encuentra en el hecho de que la alcaldesa, a la vista de los textos eclesiásticos que cité la semana pasada, está convencida de que los toros son pecado. Como el liberalismo a finales del siglo XIX, según proclamó el Papa Pío IX y explicó con pluma inolvidable el Padre Felix Sardá y Salvany (1884).

La alerta está pues lanzada al espectador gijonés de una corrida de toros. Y así nadie se puede llamar a engaño. Los teólogos nos lo explican bien y a sus doctrinas preciso es acogerse, yo desde luego – como la alcaldesa- así lo hago porque soy discípulo del Padre Jeremías de las Sagradas Espinas y lector apasionado y tenaz de su demoledor estudio “¿Grave inmoralidad del baile agarrado? (Bilbao, 1949). Pues como el baile, los toros.

No se puede sostener que una corrida sea ilícita o lícita según que al espectador le parezca que peca o no y ello porque los toros son “per se” objetivamente pecaminosos. Un pecado además de tracto continuo, moroso, por cuanto el aficionado se demora en el trance: desde la adquisición de las entradas en la taquilla hasta la contemplación del espectáculo en la plaza y no digamos si después comenta con los amigos las incidencias de la lidia. Si es así, ahí entraríamos en algo cercano a la lujuria que, como se sabe, supone la complacencia en el desorden, en la delectación torpe.

Hay personas para quienes el espectáculo taurino es una ocasión de simple regocijo y así dicen:  “yo no tengo conciencia de pecar, voy solo a divertirme”. Se comprenderá que tal forma de razonar, aunque se produzca de forma ingenua, no cuela. Porque honradamente nadie puede excluir que, junto a ese pasatiempo, no se escondan otras intenciones pecaminosas que, para colmo, implican un escándalo público entendido como una perpetración externa menos recta (escándalo activo, diabólico o “simpliciter”) y que es ocasión de ruina espiritual para muchos conciudadanos (escándalo pasivo).

Todo esto se halla muy trabajado para que alguien intente dar gato por liebre. Y quienes han estudiado el pecado en su verdadera dimensión teológica, como es el caso de la señora alcaldesa de Gijón, saben perfectamente que los toros son pecado y ocasión para el desconcierto social.

La pregunta punzante que procede despejar ahora es ¿cuántos pecados se cometen al asistir a una corrida de toros? Pues a los señalados hay que añadir el pecado de cooperación que supone un concurso positivo al acto pecaminoso del agente principal. Aquí entran quienes intervienen como ganaderos, mayorales, veedores, por supuesto, toreros y rejoneadores, banderilleros y picadores. Hasta los caballos y los toros podrían incurrir en graves sanciones canónicas si consideramos lo espabilados que son y que por lo mismo no pueden ser ajenos al tráfico infame en el que participan. 

Los daños morales que el toro causa se expanden en el tiempo pues muchos de los espectadores, a lo largo de la semana o de los meses subsecuentes, evocan con delectación aquella verónica templada con que el torero recibió al primero de la tarde o aquellas chicuelinas ceñidas y no digamos aquella serie con la izquierda de mano baja o aquella trincherilla, ay, de ensueño …

Quién no quiera ver el pecado en todos estos placeres mundanos es que acepta complacido la corrupción de las costumbres.

Y es lo que la muy progresista alcaldesa de Gijón jamás tolerará en el territorio de su mando.

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Toros y alcaldesa (I)

Se cree que nuestros alcaldes y otros gobernantes son personas iletradas que solo le dan al tuit y que leen pocos libros.  

Siempre he defendido lo contrario y una prueba expresiva de ello es lo que ha ocurrido con la alcaldesa de Gijón a la hora de prohibir los toros en su jurisdicción. ¿Es esta señora una iletrada? ¿No conoce la gran admiración que poetas, pintores y otros artistas han sentido por la fiesta de los toros aunque fueran de derechas como Ortega, Pérez de Ayala, Lorca, Picasso o Alberti?

En absoluto, lo que ocurre es que esta ilustre municipal prefiere seguir la tradición eclesiástica al ser ella persona creyente y de honda religiosidad. Por eso sabe que Pío V, en el siglo XVI y en su bula “De salutis gregis dominici”, condenó con la excomunión al laico o eclesiástico que se le ocurriera asistir a un regocijo taurino. Por nada del mundo quiere quien ostenta la vara de mando que un gijonés incurra en una sanción canónica tan aflictiva.

Y no solo fue aquel Pontífice, también santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia en aquel mismo siglo, se dirigió a los fieles: “os denuncio en nombre de Nuestro Señor que todos cuantos obráis y consentís y no prohibís las corridas de toros, no solo pecáis mortalmente sino que sois homicidas y deudores delante de Dios en el día del Juicio de tanta sangre violentamente vertida”.

Estoy seguro de que no hay día en que la autoridad municipal de la hermosa tierra asturiana no visite las páginas de la obra “De spectaculis” del Padre Juan de Mariana donde hay varios capítulos dedicados a fustigar la fiesta de los toros. “¿Quéreis sangre? preguntaba desafiante el jesuita, para contestar “¡Tenéis la de Jesucristo!”. El problema es que Mariana fue contrario también a cualquier tipo de juegos escénicos o teatrales por lo que más les vale espabilar a los empresarios del sector en el territorio donde ejerce su  autoridad la señora alcaldesa de Gijón.

Esta actitud fieramente (ya que hablamos de toros) antitaurina se mantiene en otros clérigos de los siglos posteriores como el Padre jesuita Martín de Lanaja quien se descolgó nada menos que con un “Tractatus contra noxia et feralia spectacula agitationes taurorum” donde no deja títere con cabeza. A él deben añadirse los jesuitas casuistas que distinguieron con sutileza sobre si se incurría en pecado mortal o venial, si se podía dar la comunión a quien hubiera sido visto en un lugar donde se corrieran toros y otras delicadas cuestiones del más elevado interés teológico.

Hasta llegar al Padre Sarmiento quien repara en el aspecto económico de los festejos, dimensión que ha sido tratada también estos días. El citado Padre argumenta que “no hay corrida que no tenga sus vísperas y su tornaboda. Quiero decir que cada una vale por tres días de ociosidad perdida o festiva”. A lo que agrega el erudito fraile la sustancia moral. “añádase el libertinaje e indecencia de asistir a ella hombres y mujeres entreverados y aun unidos”.

Hay quien pensaba que esta era literatura olvidada. Pues no es así porque al menos se mantiene viva en los hábitos culturales de la alcaldesa de Gijón que se fía de Papas y Padres prestigiosos porque sabe que tienen hilo directo con Dios.

Como ella lo tiene además con el Dios del Progresismo Inclusivo y Transversal.

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¿España multinivel?

España ha sido un país ceniciento y montaraz poblado por Reyes católicos, Caudillos y bandoleros y cuando se quiere citar a una personalidad descollante nos acordamos de don Manuel Azaña a quien en su época llamaban “el verrugas”.

Este es nuestro pasado que estamos corrigiendo en estos años venturosos. Hemos tenido a España como Nación de Naciones y ministro hay que se duerme contando las naciones como otros se duermen contando corderitos. Nos han brotado naciones en la Península como brotaban hombres de pelo en pecho en el bancal de la película “Amanece que no es poco”. Se riega un poco con el dinero público y ya tenemos una nación hecha y derecha, con todos los sacramentos y mucho mejor administrados que las vacunas.

Espero que no nos olvidemos de este logro semántico de la Nación de Naciones porque todavía nos ha de prestar mucha apostura en nuestro caminar por la Historia.

Lo digo porque hemos puesto en circulación otro que aspira a suplantarlo. Con la España multinivel, hallazgo tan relevante como la rueda o el tornillo, conseguiremos – nos dicen- un buen nivel en el conjunto de un mundo multinivel. Sobre todo si contamos, como es el caso, con un valioso y experto nivelador que practique la adecuada nivelación.

Lo contrario sería correr el riesgo del desnivel, es decir del desequilibrio, de la pérdida de la firmeza. Un plano inclinado por el que se deshacen las naciones.

Me gusta la expresión por ser imaginativa y sobre todo valiente por cuanto supera el federalismo, una antigualla apta para nostálgicos y eruditos gargajeantes.  

Ahora bien, estas Soserías están para abrir caminos inexplorados. Por eso me atrevo a proponer otra que juzgo más vistosa, a saber, la “España multicolor” que refleja mejor nuestra diversidad como han captado nuestros poetas y pintores: la España verde de los prados y las montañas, la España azul de las playas y los mares, la España amarilla de las tierras de pan llevar y por ahí seguido …

Por fin abandonaríamos el pasado gris para abrazar la España de los tonos, de los matices, del juego cambiante de las tintas, en una palabra, la policromía llevada a las entrañas constitucionales. ¿Se puede estar mejor inspirado? Aportar reflejos, irisaciones, esmaltes, realzar lo violáceo, lo índigo, lo pálido, lo desmayado … en toda suerte de combinaciones para conformar el verdadero retablo de la España actual que corregiría la historia lastimosa de toros y moscas.

La España multicolor sería la España multiforme que prevalecería sobre la España que vistió uniforme (en el cuartel, en el colegio de curas etc).

De manera que esa España multicolor por Technicolor que propongo será una España risueña en la que cabremos todos acabando con las banderías desgarradoras. 

Despidamos pues a la España roja y a la España azul e instalémonos en un mundo multicromo, complacido en los matices, mecido por el dulce aura del tornasol.

Con una ventaja: los señores gobernantes nos permitirán hablar de nuevo, sin circunloquios, de España. Aunque solo haya quedado reducida a un ramillete de globos de colores.

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Condenas como ministros

El ministro de Universidades es persona amable y atenta con quienes escribimos en los periódicos. Hay quien propone que se le envíe un video para aprender sindéresis pero esto arruinaría su prestigio y nos privaría a los plumillas de buenas columnas. 

Hace unos días ha dicho que “suspender a un alumno es condenarle”. ¿Cómo no nos habíamos percatado antes? Porque tiene razón sobre todo si se tiene en cuenta que es una condena pronunciada sin las garantías de la ley de Enjuiciamiento. El juez se rodea de trámites, testigos, autos, recursos, vistas y cientos de folios de papel timbrado para pronunciar una sentencia contra un caco mientras que el profesor de la Facultad de Historia lo hace – sin mayores cautelas procedimentales- simplemente porque un chaval ha confundido a Cánovas del Castillo con uno de su cuenta de twitter. Y solo por eso cae sobre él la condena que tan certeramente condena el señor ministro.

De manera que vamos a apresurarnos a suprimir los suspensos en la Universidad porque, si no es así, corremos el riesgo de ver en los campus “cuerdas de condenados” como se veía en el pasado a los desdichados que trasladaban a presidios lóbregos situados en lejanas colonias. 

Para felicidad nuestra no está solo el responsable de las Universidades. Le acompaña en esta campaña contra los castigos infamantes  su colega de Educación secundaria y primaria quien también ha anunciado que se pasará de curso con las ocho asignaturas suspendidas de un curso de seis. ¡Qué cabezas estas de pedagogos! Lo que hemos sufrido en el pasado con la selectividad, el COU, el PREU (que es de mi época casi medieval) y ahora, con un acuerdo entre las fuerzas empoderadas del Congreso de los Diputados, las nuevas generaciones se ven libres de estas violencias que marcaban su personalidad, siempre de forma lacerante.

Aquella terrible escena del pasado en la que los padres se enfrentaban a la directora del Instituto:

– Señores de Ojeda, lo siento pero su hija Adalberta es un zoquete y ha de repetir curso,

Historia pasada, historieta para abuelos pelmazos. Otra antigualla desaparecida gracias a los gobernantes que han encendido entre nosotros la llama votiva del Progreso.

¿Alguien creía que con estas medidas acababa la expulsión de nuestro mundo de todos los prejuicios y aberraciones urdidas por los curas y las derechas montaraces?

Ni hablar. Acabamos de inventar la supresión de las oposiciones para ocupar puestos pagados con dinero público. 

– Pero si son una forma de asegurar la igualdad de oportunidades – se ha oído decir a un malvado que se dedica a crispar.

Este sí que es un paso definitivo: ¡las ojeras que les salían a los opositores! ¡los sobresaltos que padecían! Ahora solo se verán caras risueñas y sin mascarillas.

Mi amigo Absalón, que tiene un oficio tradicional porque es batihoja en la aljama de Hervás, me ha dicho en una carta irreverente:

– A ver si podemos meter a todos estos ministros en un quirófano para ser operados por un cirujano que no haya tenido que pasar la condena de examinarse de Patología quirúrgica.  Será la forma definitiva de librarnos de semejantes majaderos.

Se ve que este hombre, el batihoja, no ve más allá de sus narices ni puede perder el pelo de su odiosa y carca dehesa.  

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