Su Majestad el bohemio

Estos días anda representándose por Madrid la creación valleinclanesca “Luces de Bohemia”, a mi entender la obra más lograda del teatro anterior a la guerra civil. En ella está todo lo que define el más negro ser de España, su circunstancia aciaga, los vicios groseros de sus habitantes, las cenizas de sus glorias, la pesada digestión de sus bravuconadas, el olvido de sus grandes y el desprecio de sus creadores, la adulación al pedante que pasea su esplendor fugaz por un cargo superfluo … ¡Ah, la escena de la conversación entre Max Estrella, el poeta arrinconado, y el ministro de la Gobernación, ese personaje cuya casaca oficial está bordada con los versos que no llegó a escribir …!  Y lo mismo el final tenebroso en el cementerio con Rubén Darío, revestido de su dignidad de catedral literaria, conquistador de mujeres, pintor de cisnes, amigo de muertos …

Max Estrella es, según se ha contado muchas veces, un trasunto literario de Alejandro Sawa, poeta maldito de carne y hueso (mas huesos que carne por el hambre que pasó) que dejó una obra temblequeante de imágenes atroces, pintor de una España magullada, agujereada, una España de mirada fiera y de puñales de plata falsificada.

De él, de Sawa, encontré hace poco en un tenderete del Fontán de Oviedo una colección de sus artículos periodísticos titulado “crónicas de la bohemia”.

En ellos se relata que alguien le pide su autobiografía y entonces se encuentra con la dificultad de no reconocerse porque no es capaz de trazar unos rasgos generales de su vida y de su carácter. Dándole vueltas a la cabeza se da cuenta de que “yo soy el otro, quiero decir, alguien que no soy yo mismo. ¿Qué esto es un galimatías? Me explicaré. Yo soy por dentro un hombre radicalmente distinto a como quisiera ser, y por fuera, en mi vida de relación, en mis manifestaciones externas, la caricatura, no siempre gallarda, de mí mismo”.

Por eso de él escribió Manuel Machado que “jamás hombre más nacido para el placer, fue al dolor más derecho” y en efecto confiesa Sawa que “soy un hombre enamorado del vivir y que ordinariamente está triste. Suenan campanas en mi interior llamando a la práctica de todos los cultos y me muestro generalmente escéptico”.

En definitiva: “soy el otro”.

Un otro que desconoce el origen de sus ideas, que se hace un lío cuando trata de ordenarlas y sobre todo de identificar su partida de nacimiento, de nombrar a la mente lejana o cercana que las concibió, el momento en que él -Sawa- las adoptó como propias y el momento, ay, en que las repudió como ajenas.

“Quiero al pueblo y odio la democracia. ¿Habrá también galimatías en esto? He querido decir que no concibo en política sistema de gobierno tan absurdo como aquel que reposa sobre la mayoría, hecha bloque, de las ignorancias”.

Y, sin embargo …

¿No tenemos todos mucho de Alejandro Sawa? ¿no padecemos sus mismas tribulaciones? ¿no cabalgamos el rocín de sus mismas contradicciones?

Y es que para quien se busca a si mismo no se ha inventado peor castigo que el de encontrarse.

Y descubrir encima -suprema tortura- la trampa del plagio.

 

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Valls, nacionalismos, Europa…

La aparición en la escena política de un candidato como Manuel Valls, aun sin magnificarla, se asemeja al hecho de abrir una ventana en un espacio de aire inficionado por los efluvios malignos de la pereza mental y la rutina. Un político joven que ha llegado a encabezar el Gobierno de Francia ambiciona dirigir la vida municipal de esa gran urbe mediterránea que es Barcelona para devolverle su condición de “estuche de la cortesía” según la galantería de don Quijote.
La incertudimbre es evidente pero a ella está expuesta quien emprende “grandes fortunas” como nos enseñó Platón.

Europeísta, Valls sabe que su combate ha de dirigirse contra el nacionalismo y para ello viene aprovisionado de las mejores armas, conocedor como es de esa enfermedad tenaz e implacable que está poniendo a prueba el vigor del cuerpo europeo.

Acaso para bruñirlas no estaría de más que conociera el ensayo que acaba de aparecer en las librerías alemanas y que está firmado por Joschka Fischer, ministro de Asuntos exteriores con el canciller Schröder, dedicado a explicar algunas de las claves que conciernen a Europa en el mundo actual (“Der Abstieg des Westens”, Kiepenheuer&Witsch, 2018).

Fischer comienza su análisis subrayando el vuelco que ha significado la crisis económica, el adiós de Gran Bretaña, la extensión de los movimientos migratorios, la elección de Trump y la emergencia como potencia de China. Justamente en este contexto es preciso explicar el fortalecimiento o el nacimiento de inquietantes movimientos nacionalistas en Europa. Un nacionalismo que se presenta con rasgos nuevos: frente al tradicional que tuvo un carácter progresivo, tal el caso de los que construyeron la unidad alemana o italiana en el siglo XIX, o de otros nacionalismos, a veces también expansivos y conquistadores, el actual nacionalismo es defensivo al ser la bandera de quienes “fuera de su tranquilidad, no quieren nada”. Un nacionalismo “del miedo”, de “viejos”, que pretende aislarse del rumbo que toma el planeta.

Pero eso no le hace más débil, al contrario, la fuerza de las identidades que se sienten amenazadas, bien amasadas con otras incertidumbres, entre ellas la económica, forman el humus de estos neonacionalismos que, vinculados como se hallan a tendencias profundas que circulan por los arcanos de las sociedades, permiten augurar su creciente expansión y su turbadora traducción en votos y diputados en los escaños parlamentarios.

De otro lado, el mundo de mañana -razona Fischer- no vendrá determinado por el conflicto entre el Este y el Oeste sino por una pluralidad de ellos a lo largo del eje Norte-Sur que se escaparán al control de los grandes y que determinarán una inestabilidad a un tiempo regional e internacional. Piénsese en la pesadilla que supone el hecho del incremento de grupos terroristas en posesión de armas nucleares, lo que conduce a destruir de raíz la seguridad del mundo tal como hasta ahora se ha concebido y que ha estado vertebrada en torno a los acuerdos sobre la No-Proliferación.

En estas condiciones, las cosas no pintan bien para Europa que tiene problemas demográficos dificiles de afrontar, una revolución digital que, si no la encauza, corre el riesgo de debilitar su fuerza industrial, base ¡ahí es nada! del modelo social europeo y, por ende, de la paz.

Por estos -y otros- vanos se cuela el mensaje nacionalista, tan simple como cautivador para una parte de la población dispuesta a dejarse encandilar por el atractivo de las soluciones al alcance de cualquier bolsillo mental. Recuerda Fischer que el modelo democrático-liberal se asienta sobre principios como la división de poderes, los derechos y las libertades, la decisión en manos de la mayoría, a su vez obligada a respetar a las minorías. Pero cómo, frente a él, se alza el que representan algunos países, entre los que el faro de mayor y más venenosa potencia lumínica es China, país mensajero de una “post-democracia” en la que al tiempo que resplandecen las luces del desarrollo y de la eficacia se apagan las de las libertades.

Es un nuevo escenario el que tenemos delante donde se representan piezas variadas y ante el que se abarrotan públicos muy diversos: en ellas se deslegitima la representatividad, se ensalza al hombre fuerte de un partido fuerte, se contrapone la “gente” o la “casta” a la ciudadanía, se banaliza el Estado de Derecho y, por esos desvaríos, algunos buscan la vuelta a una sociedad culturalmente homogénea, a un Estado libre de ataduras exteriores, que decide su propio destino “nacional” y expulsa a los extranjeros o los degrada a una condición inferior. Se desentierra a Bodino de su descanso para repasar el concepto que de soberanía formuló en el siglo XVI.

Para los europeos la disyuntiva no ofrece dudas: economía de mercado y consumismo de las masas se puede dar en cualquier modelo; libertades, seguridad jurídica, ejercicio democrático del poder y rendición de cuentas de los gobernantes, no. Por imperfectos que todos estos componentes sean -y lo son y mucho- en nuestras sociedades.

En Europa contamos con un amplio abanico de partidos nacionalistas, en España los llamamos “soberanistas”, fruto de este desvarío lamentable que cultivamos por estos pagos. Citemos al FPÖ en Austria, un adelantado; el de la señora Le Pen en Francia; la “Alternativa para Alemania”; los “verdaderos finlandeses”; los seguidores de Geert Wilders en Holanda; Orban y además Fidesz en Hungría; Kaczynski en Polonia y lo mismo en Grecia o en Italia donde se han unido los nacionalismos confusamente llamados “de derechas e izquierdas”. Etcétera. Junto a ellos, y en tenebrosa compañía, el izquierdista Mélenchon en Francia que está ya defendiendo postulados racistas y el movimiento que en Alemania encabezan Oskar Lafontaine y su mujer Sahra Wagenknecht. Recordemos: Herr Lafontaine, ingrediente tan inevitable como aciago de cualquier “izquierdismo” intrigante y veleidoso que en algo se tenga.

En España son de larga data y oscura memoria. Anidan en el País Vasco, en Cataluña, en Galicia pero sin descuidar otros espacios como el balear, el valenciano, el navarro y ahora hasta el asturiano donde el “soberanismo” se quiere escribir en bable … Parece que a la procesión se une Vox desde una orilla donde han ido a parar desechos ideológicos periclitados y antieuropeos.

Termino. Nos estamos jugando nuestro futuro. Por ello los partidos que han vertebrado Europa están obligados a olvidar sus gafas de miopes y ofrecer programas solventes que puedan ser trasladados a la realidad, incluso asumiendo el riesgo de perder electores. Es decir, tejer un relato construido con materiales relucientes, no reciclados. Materiales del máximo rigor técnico, de la mínima demagogia y de una ejemplar valentía. Quienes lo elaboren han de saber que, y vuelvo a Fischer, “la política democrática no solo debe ofrecer resultados sino también visiones e identificaciones … sin las cuales se pierde su efecto integrador, abriendo la puerta a una guerra cultural librada en el campo de batalla de las identidades … que acaba en los mitos fundacionales de la lengua, el color de la piel, de los ojos … es decir, en una política de etnias”.

Por ello, lo que nos interpela es la renovación de Europa como poder y también como faro de la democracia liberal y del Estado de Derecho. Los nacionalismos están de sobra.

Con certera expresividad política lo ha dicho Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión europea, hace poco: “sí al patriotismo ilustrado, no al veneno pernicioso del nacionalismo”.

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 6 de noviembre de 2018).

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Libertad

El mundo solo será libre

cuando los suizos inventen el reloj sin horas.

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El coñac

Hubo una época en que reinaba el coñac (los castizos decían coñá) como el gran alcohol de las sobremesas y así, en cuanto se terminaba con el postre, las personas decentes y con sólidos principios se servían unas copas y entonces daba comienzo una conversación que podía prolongarse durante horas. En las casas verdaderamente honorables, el coñac se acompañaba de café y puro. Y así esta tríada formaba una de las composiciones más serias y mejor fundamentadas de la vida española, algo así como la Santísima Trinidad del confort y del regalo. Ya se sabe que el número tres es mágico pues tres han sido los mosqueteros y tres los reyes magos. El café, la copa (de coñac) y el puro eran, además, la rúbrica de la comida, el estrambote del poema de la gran pitanza, el finisterre de toda reunión social pues más allá no había sino la soledad y el desconcierto.
El coñac español es, como toda cosa buena, un invento que viene de lejos y fueron los árabes quienes nos iniciaron a todos en los arcanos de los alcoholes, de la alquitara y del alambique. Sólo que ellos, por mandato del Profeta, usaban luego tan sólido descubrimiento para fines en verdad sonrojantes y aun ridículos como eran los cosméticos y medicinales. Ya es triste que, después de dar con algo tan serio, se le acabe empleando para una cataplasma o para quitar un absceso en salva sea la parte. Pero a estas aberraciones llegan quienes se toman los dogmas en serio y por la tremenda. Luego, los cristianos intuyeron el gran filón sensual que el líquido escondía y empezó la gran historia de los vinos que se cierra cuando a ese vino se le guarda, como la joya que es, en una buena barrica de roble y se le da el trato, el mimo y el cariño que merece.

Aunque son los franceses quienes más fama tienen en esto de elaborar el coñac, a mí me gusta mucho más el producto español que llaman brandy, nombre este que resulta un lío porque era el que daban los ingleses precisamente a los aguardientes de la región francesa de Cognac. Hubo años en la postguerra que se le llamó Jeriñac pero esta denominación no prosperó por su cacofonía pues suena a jeringa, a jeringar y, en definitiva, a jerigonza. El coñac español tiene una tersura infinitamente mejor que su homónimo de allende la pirenaica cordillera, tiene mayor desarrollo en la boca, es más cálido, más noble, más redondo y deja al final en el paladar un toque de serena elegancia. Pero, sobre todo, en el color no se le puede igualar siendo los mejores aquellos que tienen una tonalidad roja oscura, brillante, con intensidad y reflejos de rubí. Y con su gallardía y su guapa apostura.

Todo este pasado esplenderoso de culto al coñac se ha venido en buena medida abajo y ahora se estila tomar, tras las comidas, un “chupito”. Tengo para mí que la decadencia española se puede explicar a partir de este tránsito humillante de la gran copa de coñac al “chupito”, un nombre ya en sí mismo grotesco, que ha de comparecer ante la sociedad en diminutivo porque no tiene entereza ni consistencia alguna y porque si se le llamara “chupo” acabaría pronto enterrado entre los productos de menor seriedad del mercado. No le demos vueltas: el “chupito” es una abreviatura, el santiamén de la bebida, el esbozo pusilánime de algo que nació con pretensiones, que quiso ser… El chupito es de una corporeidad evanescente y ñoña.

Ahora bien, el golpe bajo más dañino que el coñac ha recibido procede del güisqui (o whisky). Una bebida estupenda a la que algunos espabilados han atribuido propiedades curativas de las alteraciones del ritmo cardíaco y eso ha hecho que el consumidor se beba un vaso de güisqui acompañado de unas aceitunas y unas almendras en la creencia de que se está tomando un jarabe reconstituyente u otro medicamento de gran renombre y aprecio social. Estos efectos terapéuticos no están probados pero los han hecho circular los fabricantes y el español de buena fe ha picado creyéndose un riguroso observante de las sanas costumbres cuando se sopla un largo trago de whisky. Ahora bien, una bebida que se toma con hielo o con agua o con soda no es una bebida seria. ¿Alguien imagina echar unos trozos de hielo a un Ribera del Duero? ¿o soda a un vino del Bierzo? ¿O agua a una manzanilla del Puerto? Sería un delito de los que debería darse cuenta ante el juez más cercano. Pues lo mismo ocurre con el whisky que, una de dos, o es bebida lograda o no lo es: si lo es, debe tomarse tal como mana de la barrica, y si no lo es, mejor es que que se comporte con mayor humildad y abandone la pretensión de destronar a las bebidas respetables.

Pero el daño que ha hecho la costumbre del hielito va camino de convertirse en definitivo. Porque ahora se oye en la radio el anuncio de un coñac español al que se recomienda que se le añadan ¡unas piedras de hielo! ¿Alguien ha oído jamás mayor desatino? Me parece que preservar al coñac del denigrante añadido del hielo es una de las batallas de mayor envergadura que puede emprender el español. El coñac … ¡con hielo! Y luego dicen que la calidad de los espermatozoides ha descendido… ¡Peores cosas veremos! Estamos en el inicio de una peligrosa pendiente: ¡evitémosla!

 

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El mar

El Mar no es que sea mudo.

Es que está estupefacto por lo que pasa en la Tierra.

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Zahoríes en la política

La consigna de la transparencia nos aturde ya un poco aunque es verdad que, gracias a este invento señero de nuestra democracia, podemos saber con exactitud el saldo de la cuenta del concejal de deportes y los metros cuadrados del apartamento de verano del diputado. No es poco en época atravesada por las ignorancias.

Como estas soserías son alimento propicio para el dispéptico y luz para el cegato, me atrevo a completar este hallazgo de nuestro tiempo feliz -transparente como el vidrio- rescatando la figura del zahorí como elemento indispensable para la respiración del sistema político. Sabemos que el zahorí es una persona habilidosa a la hora de descubrir lo que se halla en los hondones de la madre tierra señalando el oro debajo de unas piedras o el diamante velado por el gargajo de un paseante. Pero es además un tipo perspicaz que acierta a desnudar las intenciones del prójimo con la pericia del prestidigitador.

Por eso en Gracián sale un personaje que es el Veedor de todo: “yo veo clarísimamente los corazones de todos, aun los más cerrados, como si fueran de cristal, y lo que por ellos pasa como si los tocase con las manos; que todos para mí llevan el alma en la palma”. Y más adelante: “somos tan tahúres del discurrir que brujuleamos por el semblante lo más delicado del pensar”.

Se percibirá que aquí está la clave de por qué necesitamos al zahorí gracianesco para hacer frente a la turbulenta época electoral que se nos avecina. En ella leeremos las declaraciones de los candidatos, oíremos sus dicursos en los mítines, anotaremos su agudeza (o su tosquedad) en los debates televisivos y luego habremos de rumiar con nuestras entendederas el mensaje que nos han colocado. Al cabo les daremos credibilidad o no manejando unos datos que, vaya usted a saber, podrían estar trufados de falsedades. Es verdad que esta circunstancia, la de recurrir a falsedades y engaños, no es propia de quienes aspiran a representarnos; por ello lo decente es descartarlos. Con todo, a veces, y pues que la vida, ay, no es perfecta, se podría escapar de la boca de algún aspirante una mentirijilla de la que inmediatamente rendirá cuenta en el altar de la penitencia pero que habrá sembrado en todos nosotros una semilla de confusión.

Este es el peligro que se conjura con la figura del zahorí que estoy rescatando de la mejor literatura del siglo de oro. “Yo conozco -dice el Veedor- si hay sustancia en un sujeto, mido el fondo que tiene, descubro lo que tira y donde alcanza, hasta donde se extiende la esfera de su actividad, donde llega su saber y su entender, cuánto ahonda su prudencia …”. Y termina: “en viendo a un sujeto conozco lo que pesa y lo que piensa”.

¿Nos damos cuenta del giro que tomarían las elecciones si contáramos con este sujeto providencial?

Ahora bien ¿de dónde lo sacamos? Un sistema debe descartarse de raíz: el acuerdo entre los partidos, es decir, el usado para nombrar a los magistrados de los altos tribunales. Lo mejor sería un concurso de méritos entre veedores completado con otro de olfateadores, tipos que solo con la pituitaria nos dijeran si el candidato es o no trigo limpio, si usa la palabra derechamente o nos trabuca con la acumulación verbal también llamada flatulencia.

Solo así, por más alusiones oscuras, por más enigmas y por más oratoria cifrada que se aireara y empleara, quedaría la campaña iluminada por la claridad: abatidas las pillerías y las trampas desmoronadas.

 

 

 

 

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Luces

Esas luces que vemos allá a lo lejos

son los acentos del relato que nos cuenta el paisaje.

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Pero ¿existe la Historia de España?

El revuelo organizado con la enseñanza de la historia de España en el Bachillerato parte de una premisa falsa que está viciando la discusión. A denunciarlo y a poner las cosas en su sitio se dirigen las líneas subsecuentes.

La primera pregunta que debemos hacernos es si la historia a secas existe. Y para ayudar a desenredar tal cuestión hay que reconocer primero su complejidad porque la historia es pasado y, por lo mismo, ¿quién está dispuesto a certificar que ese pasado ha existido realmente? El pasado es lo más parecido a un sueño o, si se prefiere, a una pesadilla: en cualquier caso, representación fantasiosa de hechos o de imágenes. La historia no es más que el humo que va dejando la combustión de los años o de los siglos, la ceniza que esparce el tiempo después de destruirlo todo; en definitiva, señales que sirven para intuir pero no para ver. La historia tiene todas las trazas de ser una hoguera apagada, un juego del gran mago que es Dios, un prodigio averiado porque su destino es arder en el pebetero del presente.

Es también invento, ficción, artificio… No es una casualidad que historia signifique “cuento, chisme o enredo” y “mentira o pretexto”, según nos enseña el Diccionario. Porque no mucho más que eso es probablemente la historia: una mentira piadosa para sostenernos erguidos.

Y es que, en efecto, los hombres tenemos que defender la existencia de la historia porque necesitamos un cordón umbilical para alimentarnos de pasado y llegar un poco nutridos a este mundo y, además, precisamos dejar tras de nosotros alguna estela ya que, de lo contrario, el tiempo se nos presentaría como un precipicio que nos tragaría y nos aniquilaría.

No, la historia no existe y prueba de ello es la cantidad de libros que se venden de historia. Y la enorme cantidad de catedráticos de historia que hay que alimentar. ¿Sería necesario tan amplio despliegue bibliográfico y humano si realmente la historia existiera? Cuando un objeto tiene que hacérsenos visibles en forma de tan abultados volúmenes y de tan elevado número de funcionarios, es obligado pensar que hay gato encerrado. Hay muchas razones para pensar que todos esos libros y todos esos catedráticos solo sirven para presumir, pero no para finalidad de mayor fuste.

La primera parte de la cuestión que se plantea, a saber, si los niños tienen o no que aprender historia de España, queda así contestada.

Vayamos con la segunda: España. Aquí ya sí que no puede existir la más mínima duda: España no ha existido jamás, España no es más que la pesadilla de algunos gobernantes pero felizmente no es una realidad ni corpórea ni tangible.

¡Y menos mal! Porque mire usted que si de verdad hubieran existido los reyes de Castilla y de Aragón, doña Isabel y don Fernando, Felipe II, el conde duque de Olivares, Colón, Pizarro y Nuñez de Balboa, el compromiso de Caspe o Jaime I… ¡Arreglados estábamos…! Es un alivio que nada de esto haya existido, que todo sea un mal sueño.

Como sueño indigesto es pensar que hayan vivido alguna vez Velázquez, Goya, Solana, Picasso o Dalí, por no hablar del infortunio que padeceríamos si de verdad se hubiera llegado a escribir el Quijote y el Buscón o las poesías de Rosalía de Castro o si Rusiñol o Plá o Boscán o Ausias March hubieran dejado alguna página para la posteridad.

La consternación se haría ya irresistible si existiera en Madrid el Museo del Prado, en Bilbao el Guggenheim, en Sevilla la Giralda o en Barcelona La Sagrada Familia…; pues ¿y si Granados hubiera compuesto las Goyescas, a Pau Casals le hubiera dado por tocar alguna vez el violonchelo o a una tal Caballé se le hubiera ocurrido cantar en un teatro un aria de alguna ópera?

Pero bien sabemos que nada de esto ha existido. Tranquilidad, pues, a todos. Porque tampoco existe el Tajo ni el Ebro, ni la sardana, ni la jota, ni el bacalao al pil-pil, ni la paella, ni la guitarra, ni la capa española, ni las Fallas, ni los Sanfermines, ni los curas, ni las tapas, ni el cava del Penedés ni el Rioja.

Y, por último, lo verdaderamente tranquilizador: tampoco existe el idioma español. Así como suena. Hay millones de ilusos que creen hablar en esa lengua y otros muchos que, probablemente con peor intención, dicen que la escriben. No es verdad: están simplemente haciendo una mala digestión (con mucha probabilidad, de una tortilla de patatas) pero, cuando despierten, les aliviará comprobar que todo ha sido una pesadilla.

Porque España, en efecto, no existe. Es simplemente un trozo de geografía que quieren hacer sestear en la bendita paz de la ignorancia.

 

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Revoluciones

Al final caeremos en la cuenta de que la revolución solo convierte la historia en histeria.

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Ética y ortografía

¿Quién iba a decirnos que los signos ortográficos iban a ponerse de moda? Voces sesudas llevan años haciendo sonar señales de alarma por su desaparición y también por la degradación de su uso. A los profesores se les oye clamar por el desaseo de sus alumnos al puntuar, al acentuar, a la hora de respetar la interrogación y la exclamación al principio y al final de las frases como es propio del español al contrario de lo que ocurre en otras lenguas.

Sobre todo en los modernos medios del guasap, tuits y otras extravagancias los signos ortográficos aparecen, desaparecen, vuelan a lugares inapropiados, se confunden alojados en el desconcierto pues que todo ha desembocado en un espacio de libertinaje, en una gramática libre de agobios, desenvuelta y desembarazada, sin temores ni miedos al cejijunto filólogo.

Y de pronto, ay, lector, de pronto se ha visto que detrás de un simple signo ortográfico hay toda una concepción de la vida y de sus aledaños, del mundo y su circunstancia, nada menos que un programa ético, de valores y principios sólidos, casi diría una mística de las antiguas, de las que ya creíamos que habían  sido arrinconadas por los empujones de la modernidad y selladas con siete llaves en los sepulcros de la santa Teresa y el santo Juan.

Tal ha ocurrido, lo habrá adivinado el lector perspicaz, con las comillas. Las teníamos, quienes somos más atolondrados, por un diminutivo de la coma como la cajetilla de la caja o la alfombrilla de la alfombra hasta que nos hemos dado cuenta de su importancia intrínseca. Porque el uso de la comilla, es decir, la práctica de entrecomillar un texto para indicar que es ajeno, que pertenece a otro escritor de cuyo nombre procede dejar constancia y feliz recuerdo, ha recuperado lo que nunca debió haber perdido: su ser más allá de su condición de signo ortográfico, al tratarse en puridad de una garantía de honradez y de integridad. De forma que, si la flor que llevamos en la solapa designa dandismo, la comilla colocada en su lugar pertinente destaca como emblema de la decencia.

Solo quien es un trapacero, quien se apropia de lo ajeno, quien se viste con plumas que pertenecen a otro pájaro o se engalana con ramas que son de otro árbol es quien se come las comillas.

Es decir que entre la coma y la comilla hay un salto cualitativo, un significante y un significado de envergadura. Es un poco lo que pasa entre la albóndiga y la albondiguilla. La primera es una masa de carne picada que, cuando está bien aderezada, frita con primor en la sartén y acompañada de una salsa delicada, se convierte en un manjar ameno. Mientras que la albondiguilla es la sustancia solidificada de un moco que extraemos de una o de las dos fosas nasales entorpecedora de la cabal respiración. Los más aseados se desprenden de ellas pegándolas en algún mueble familiar y de confianza. Se podría hacer una clasificación de tales albondiguillas con la misma precisión que el conde de la Trompeta empleó para los pedos en un libro memorable publicado en el siglo XIX y que Dalí cita mucho en los suyos siempre -claro es- entre comillas porque Dalí, como trovador de Gala, era un caballero.

Acojamos pues con júbilo a quienes respetan las comillas porque otorgan paternidad cierta a las criaturas ajenas y a quienes no lo hacen los expulsaremos del círculo de los hombres honorables dándoles el trato infamante que merece el trabucaire.

 

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