Aristóbulo o la excepción

Mi amigo Aristóbulo es una persona bajita pero en compensación tiene la tensión alta. Es bien parecido, prácticamente abstemio, lector por ocio más que por negocio de las fluctuaciones de la Bolsa, matrimoniado de hecho, tiene ajustados los niveles de colesterol, de ácido úrico y el PSA no le ha dado más que un pasajero sobresalto. 

Todo lo contrario de un sujeto desaforado. Como es joven, no se vio en la necesidad de estudiar en la Universidad pero lo hizo en la School of engineering and marketing de Los Ángeles, no los de los Estados Unidos, sino los de san Rafael.  Compatibiliza su trabajo en una empresa de Staffing & Recruitment con el hecho de ser “influencer” en varios pueblos de su comarca. 

Vida rítmica y lenta.

Por eso se ha quedado estupefacto al oír a quien puede hablar en nombre del Gobierno de España la siguiente afirmación:

– Todos somos culpables de lo que pasa en Cataluña. Que nadie se engañe: en la “cuestión catalana” nadie estamos libres de pecado – ha insistido el prócer.

Aristóbulo se ha removido en su sillón, Aristóbulo se ha tocado el lóbulo, Aristóbulo se ha mirado en el espejo pero Aristóbulo no ha detectado nada singular. Y se decía para sus adentros: 

– Yo no quiero dar la nota, no quiero que nadie me señale y por la calle tenga que escuchar:

– Ahí va Aristóbulo, dándose importancia porque no tiene ninguna culpa en lo de Cataluña. ¡Será prepotente y engreído …!

– E insolidario – añadía una viandante entrada en mantecas.

A fuerza de cavilar se dio cuenta de que no había estudiado bien la historia con los profesores del engineering, recordaba lo del Compromiso de Caspe, lo de Felipe V, pero todo tan borroso que no sabía si lo del Compromiso era antes que lo de Felipe o al revés.

Es decir, Aristóbulo estaba hecho un lío. Pero tuvo la suficiente claridad de juicio para advertir que a él le gustaba la escalibada, que no hacía ascos a unas alubias con butifarra, que el pan con tomate le parecía una chorrada gastronómica pero que lo tomaba con gusto y que ir a la Costa Brava le pirraba y de hecho había pasado un par de noches en Calella de Palafrugell donde se había achispado con cava de la tierra.

Pero como no quería contradecir a lo afirmado por quien hablaba nada menos que en nombre del Gobierno de España y sobre todo no quería ser el único ajeno a las culpas de “lo de Cataluña”, consultó con un amigo que era concejal, con otro que había sido diputado cuando lo del Prestige y con el suegro de un subsecretario progresista. 

– Tienes que buscar algo que te iguale a todos, ya nos ves, arrastrando nuestra culpa por lo que allí sucede como soportamos lo del virus.  

– ¿Y si pruebo a hacer un gesto de asco a un grupo de jóvenes que bailen la sardana?  

– Por ahí puedes empezar, le dijo el coro de sus amistades, culpables todos ellos de las trifulcas en Barcelona.

Aristóbulo se ha decidido: ha hecho un corte de mangas a una sardana que se bailaba en un reportaje de Youtube y se ha burlado de una torre de hombrones con un niño en la cumbre que sale en Instagram.

Pero ¿será suficiente para dejar de ser una excepción, una rémora para la España unida en la culpabilidad de lo que pasa en Cataluña?

En esa tortura vive Aristóbulo.

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El efecto pacotilla

Es el efecto de la mascarilla y de la pesadilla. De la pastilla y de la jeringuilla.

Es parecido al efecto calderilla. Es dinero, sí, pero dinero devaluado, de escaso interés, una sombra de lo que fue: del billete de banco orondo, redondo, desafiante, se van desgajando monedas, después monedillas, hasta convertirse en calderilla. Es lo que ocurre con la luna en el firmamento que, cuando es plena, suscita a los poetas la máxima admiración “la luna llena es un diamante que lanzó la onda de un gigante …” cantó Tomás Morales, hasta que se va desgajando en los cuartos siendo ya una insignificancia si la comparamos con su pasado señorío. 

Para mí, el efecto pacotilla conduce a la falsilla. Y desde esta, desde la falsilla, llegamos al plagiario porque ya Ramón Gómez de la Serna nos enseñó que el plagiario es quien se ha olvidado de “poner las patillas de lo ajeno que son las comillas”.

De donde el efecto pacotilla es primo hermano del plumilla que plagia. Pues quien va por el mundo luciendo su efecto pacotilla es quien copia de un original ajeno y lo convierte en propio, consumando una chapucilla.

La pacotilla es la papilla de una gran comida, lo que queda para consumo de dispépticos y adictos del Omeprazol.

La pacotilla es la camarilla, una degradación de la cámara.

Como la pelotilla es una humillación de la pelota. Y el pelotilla del pelota.

O la ventanilla, con su funcionario indolente detrás, lo es de la ventana, con sus cortinas y su señora ilustre que sostiene la historia y las historietas del barrio.

La hablilla, por su parte, es un rumor mientras que el habla es una facultad de académicos y otros sabios. O sea, de quien no nos empacha con sus muletillas.

La mentirijilla es un pasatiempo, muy lejos de la mentira que se expresa con gran retórica y aldabonazos de desfachatez.

Si con el zapato caminamos por salones, despachos y los meandros más exigentes de la vida, con la zapatilla no salimos del pasillo de nuestra casa.

Pues ¿y la pescadilla, ese pez, apogeo de la liviandad piscícola, solo apto para períodos aflictivos y postoperatorios?

Lo único que se salvaba era antiguamente la pantorrilla pero eso era en tiempos de privaciones visuales, hoy la pantorrilla no merece el más mínimo respeto por parte de un voyeur, si quiere mantener su prestigio.

El efecto pacotilla tiene algo – no lo olvidemos- del efecto ladilla, parásito que se agarra y pica con convicción y sin arrepentimiento.

Y tiene mucho de angarilla, camilla pensada para transportar cadáveres.

En fin, el efecto pacotilla es a la política lo que el efecto polilla a la lana: su ingrediente destructor.

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Repaso al federalismo alemán

Para medir la viscosidad de las insensateces y las necias vaguedades que por aquí oímos, creo que el lector sabrá valorar la importancia de la publicación de un análisis exhaustivo del momento por el que atraviesa el federalismo alemán. Hago con ello referencia al contenido del libro “Reformbaustelle Bundesstaat” coordinado por Felix KNÜPLING, Mario KÖLLING, Sabine KROPP y Henrik SCHELLER, fruto de un Congreso celebrado en noviembre de 2019 con ocasión del 70 aniversario de la Ley Fundamental de Bonn organizado por el Forum of Federations y la Freie Universität Berlin. El lugar de celebración fue significativamente el Bundesrat que, como se sabe, encarna la representación de los Länder en la dirección del Estado alemán. Vamos a ver en las líneas subsecuentes bien explicado el contraste entre la let de la Constitución y la realidad.

……..

En principio, sabemos que Alemania es un Estado federal donde los Länder ejercen de forma autónoma sus propias competencias y pueden incluso llevar a sus textos constitucionales normas que la Ley Fundamental no conoce o incluso algunas que no coincidan con las recogidas en ella aunque todas han de respetar los fundamentos del republicanismo social y democrático (es decir en Alemania no cabe la Monarquía).

Expuesta esta evidencia, procede añadir que, desde 1949, se ha venido produciendo una erosión continua de las atribuciones de los Länder siendo este el mensaje central de la ponencia de Peter M. Huber, catedrático y exmagistrado constitucional. Es verdad que los Länder ostentan atribuciones garantizadas pero la Federación (el Estado, diríamos nosotros) puede limitarlas cuando se hallen en peligro “las condiciones de vida equivalentes en el territorio federal o el mantenimiento de la unidad jurídica o económica en interés de la totalidad del Estado”.

Todo profesor repite igualmente en clase que el federalismo alemán es de ejecución, es decir, un sistema de gobierno en el que la ejecución de las leyes a través de las autoridades y de los tribunales es asunto de los Länder, sin embargo, en la práctica el entrelazamiento de las competencias verticales y las intromisiones de la Federación en materias variadas han llevado a diluir el sistema ideado por la Ley Fundamental. Porque esta prohíbe la existencia de “autoridades conjuntas” y sin embargo existen, por ejemplo en la Administración financiera y asimismo en materias como la construcción de Universidades, las mejoras en las estructuras económicas regionales, la agricultura, la protección cultural y, últimamente, en el ámbito de los sistemas técnico-informáticos y la conexión a través de las redes así como en la seguridad básica de quienes buscan empleo.

Un entrelazamiento de competencias que se advierte también en la creación de “comisiones de coordinación” compuestas por los responsables ministeriales de la Federación y de los Länder en casi todas las materias (cultura, justicia, planificación territorial y un largo etcétera) que, aunque carecen de competencias decisorias, en la práctica conforman las que posteriormente van a ser adoptadas por quienes en teoría las ostentan. La situación descrita se agrava si contemplamos la práctica de la “cofinanciación” que está generalizada ya desde los años sesenta y que permite a la Federación crear instituciones que ostenten importancia nacional.

Tras lo explicado y, cuando se cumplen 70 años de la Ley Fundamental, se puede afirmar que la República federal alemana – así el Profesor Huber- ha pasado de ser un “Estado federal unitario” a hallarse cerca de ser un “Estado unitario descentralizado” en el cual la “estatalidad” de los Länder se revela cada vez más precaria.

Se ha producido una ostensible “mutación constitucional” ante la cual el papel del Tribunal de Karlsruhe ha sido ambivalente: por ejemplo, nunca ha aplicado de forma determinante el artículo 31 de la Ley fundamental (“El derecho federal se impone al derecho de los Länder”). Pero, al mismo tiempo, ha contribuido a esa unidad de la República por varias vías y sobre todo a través de la eficacia unificadora de los derechos fundamentales lo que ha condenado a los catálogos de estos derechos contenidos en las Constituciones de los Länder a tener una existencia fantasmal.

Pertenece al “folclore” – es palabra utilizada por Huber- el pretendido “derecho de secesión” de algún Land (Baviera) rechazado con contundencia por Karlsruhe en un auto que lleva la firma precisamente de Huber: “En la República Federal de Alemania, Estado nacional fundamentado en el poder constituyente del pueblo alemán, los Länder no son señores de la Constitución. En la Constitución no existe ningún espacio para las aspiraciones secesionistas de los Länder. Son contrarias al orden constitucional” (2 BvR 349/16).

El milagro es que el federalismo alemán funciona de manera satisfactoria – resume Huber- siendo Alemania uno de los poquísimos países europeos que carece de movimientos separatistas inquietantes.

…….

Una perspectiva que enriquece la anterior es la que ofrece en su ponencia Volker Ratzmann, político verde, ex-miembro del “Bundesrat” (Cámara de representación de los Länder). A la vista de la evolución descrita por Huber, él aboga por algunas reformas que se dirijan a erradicar la erosión de la autonomía de los Länder debida a la existencia de programas federales que implican transferencias de dinero de la Federación a cambio de sustraer competencias, es decir, prohibiendo las “correas de oro” (ayudas económicas) que atan a los Länder. Además, defiende la necesidad de modificar la forma de relacionarse el “Bundestag” (Cámara de representación de los partidos políticos) y el “Bundesrat” asegurando el derecho de iniciativa legislativa del último y permitiendo en el debate de las leyes una más eficaz intervención de los miembros del “Bundesrat”.

………

De nuevo un catedrático, Wolfgang Renzsch, es quien analiza las claves de la financiación en el federalismo alemán para decirnos que el mecanismo de las “asignaciones federales” a los Länder y las ayudas para la inversión, incrementadas a partir de 1970 y utilizadas especialmente tras la caída del muro, ha aumentado el control de la Federación sobre los Länder, tendencia que quiso corregirse con las reformas de 2006 y 2009, sin mucho éxito de manera que, afirma Renzsch, “la intromisión de la Federación en la política de los Länder es hoy de mayor amplitud que la existente antes de las reformas de 2006 y 2009”.

Renzsch es el único de los ponentes que incluye un párrafo – al final de su trabajo- referido a los efectos en la estructura federal de la epidemia, desatada con posterioridad a la celebración de este Congreso (septiembre de 2019). Su conclusión es lapidaria: “la Federación lleva la batuta, los Länder se limitan a seguirla complacidamente”.

La epidemia pues no ha cambiado nada en el modelo federal, tan solo ha puesto de manifiesto de forma más cruda la evolución vivida: dirección por la Federación, ejecución por los Länder muy intervenida por la Federación, financiación a cargo fundamentalmente de la Federación.

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La obra contiene también valiosos estudios sobre los desafíos para el federalismo de algunas políticas públicas como la educación, la inmigración o la seguridad pública (ponencias de Rita Nikolai, Henrik Scheller, Mario Kölling y Christian Lauprecht, entre otras).

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Encender los focos del debate sosegado apagando al mismo tiempo los de la pasión y el sectarismo político son justamente los modos apropiados para abordar los problemas que suscita la convivencia en las sociedades civilizadas. Así procedieron quienes tomaron la palabra en el Congreso celebrado en Berlín, tal como se refleja en las ponencias recogidas en este libro.

Para nosotros queda la enseñanza melancólica: ¿algún día seremos capaces de extraer nuestros problemas territoriales de ese caldero donde los disparates se hallan hirviendo a borbotones?

(Publicado en El Mundo, el 2 de febrero de 2021).

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La alucinación de la luna

Hace años, en los comienzos de la televisión, yo podía palpar en mi familia la incredulidad que producía el hecho de que saliera en la pantalla un señor dando una noticia desde París o desde Oslo. A juicio de mis desconfiados parientes se trataría de un truco de Franco, empecinado en colarnos patrañas porque nadie en sus cabales podía creer que en ese preciso momento había alguien tan lejos, recién levantado de la cama para contarnos algo que había salido ya en todos los periódicos. Ahora resulta que no era tan insensata la sospecha malévola porque la manipulación de las imágenes es sencilla y esta es la razón por la que empieza a ponerse en duda que el hombre haya de verdad alunizado, tal como creímos todos bobamente aquella noche veraniega de 1969. Al parecer, esos seres míticos que eran los astronautas no estaban moviéndose por el espacio fabuloso de la novela de Julio Verne sino por un paisaje desértico y, cuando acabaron su pantomima, se fueron a tomar unas hamburguesas y a dormir a un motel cercano con Norman Bates como en Psicosis.

De siempre se ha querido arrancar su enigma a ese astro noctámbulo que tantísima gloria ha dado a los poetas, presente en todas las galas organizadas por la musa Erato, la simpática hija de Zeus condenada a llevar una lira a cuestas para poder identificarla, y en los juegos florales siempre ganaba el premio quien mejor sabía cantar en octosílabos el resplandor de la Luna, un resplandor audaz y conspirativo porque se ha atrevido a lo largo de los siglos a desafiar a las negritudes de la noche y entonces era cuando el poeta aprovechaba para sacar a pasear impunemente al albayalde y al albero con todas sus consonantes y asonantes en confuso pelotón, como queriendo buscar su sitio o pidiendo la vez en los sones del poema. En la música ha ocurrido algo parecido: hay una ópera de Joseph Haydn, que no suele estar en los repertorios habituales, que se llama precisamente Il mondo della Luna donde la soprano canta un aria que dice: “cuánta gente suspira, por ver qué es la luna, pero no tienen la fortuna de poderla contemplar. Quien no ve, cree en lo falso…”.

Se equivoca el libretista porque nada sería más consolador que saber a ciencia cierta que la luna sigue siendo un territorio virgen, es decir un territorio donde, como decía Gómez de la Serna, la mano del hombre no ha puesto el pie, y que en definitiva todo fue un cuento destinado a hacernos más pasables las veladas.

Alunizaje, que es posarse sobre la superficie de la Luna una nave o sus tripulantes, es palabra bien cercana a alucinación y ello no es una casualidad sino una muestra de que el idioma está construido para proporcionarnos pistas por las que el pensamiento debe discurrir, una realidad que solo los lerdos ignoran. Es decir, que es víctima de un alucinógeno o está suavemente alucinado quien cree en el alunizaje. Se impone pues alumbrar la verdad: y esta no es otra que quien está en la Luna es que se halla desorientado o distraído y que quien pide la Luna es un insensato y quien ladra a la Luna está perdiendo el tiempo de manera lamentable. Y, cuando de alguien se dice que “tiene lunas”, se está aludiendo a que administra manías con terquedad y seguridad, es decir, que tiene vocación de acabar en mochales. Para mí, lo único bueno de toda esta historia es precisamente que la luna lleva siglos despistando a los astrónomos que, para ella, resultan insoportables porque son sus rijosos mirones, sus aborrecibles voyeurs.

La luna es un disco lanzado al espacio por un discóbolo travieso y también onda de ondero, sueño de lunáticos, la blanca polvera de la negra noche… Los dioses la cortejaron pero los dioses murieron y ella sigue allí como una fábula inmortal, como un relato sin fin, como el poema del poeta que canta a las espumas abandonadas en las arenas. Lo que más me divierte es que la luna, que se complace en esconderse tras el biombo de las nubes para retocarse y disimularse las ojeras que le ha hecho la eternidad, nunca ha hecho demasiado caso a los astronautas que si no llegaron hasta ella es porque sabían que volverían despechados, viendo cómo les ponía los cuernos y se echaba a descansar, burlona, en su hamaca de cuarto menguante. Es decir, sabían que los mandaría a la luna de Valencia.

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Caballo y urogallo

Las lenguas y las plumas mal intencionadas que no se cansan de criticar a nuestros gobernantes denuncian una y otra vez los nombramientos de personas no aptas para los cargos que ostentan. Y es así cómo salen a relucir ministros, subsecretarios, directores generales, presidentes de grandes corporaciones y empresas públicas que no conocen el empeño que se les ha confiado, ayunos como están de cualquier conocimiento sólido. Es decir, que no saben de la misa la media, algo así como los viejos clérigos “de misa y olla”, expresión empleada para ofender a unos pobres diablos que decían latines sin poseer mayores letras.

Pues bien, esta acusación nadie podrá honestamente formularla al director general de “derechos de los animales” del ministerio de Derechos sociales y Agenda 2030 pues dispone este alto cargo de un sólido título de “formador en posicionamiento y manejo de redes sociales” y, como experiencia profesional, alega haber sido “responsable del mantenimiento de tiendas on line”. ¿Qué institución educativa e investigadora ha otorgado dicho título? Nada de la Universidad de aquí o de allá, nada de una Universidad extranjera llena de herejes, en todas estas instituciones anidan el camelo y la patraña. El título de este director general ha sido otorgado por el sindicato Comisiones Obreras. ¡Como debe ser en un país rectamente organizado! Ya era hora de que títulos y enseñanzas se confiaran a instituciones responsables y no a aficionados.

Como estas “Soserías” mías propenden a veces a la guasa o a la ironía, alguien puede pensar que lo contado es una invención galana sacada de mi pobre ingenio. Le diré que se equivoca pues los datos que aporto se hallan en el portal de transparencia del Gobierno de España a disposición de cualquier curioso.

– Podrían haber buscado a un biólogo o a un veterinario – me ha dicho un amigo.

¿Hace falta que aclare la tendencia conservadora y antiprogresista de mi amigo? Me parece que no es necesario.

Con todo, con aceptar lo que de mejora y perfección tienen estos nuevos títulos, me parece que aquí alguien se ha quedado corto.

Se recordará que, hace unos meses, di noticia de la destitución de una señora blanca para un cargo relacionado con las minorías. La razón alegada para su fulminante remoción fue la de no estar adecuadamente “racializada”. Y, en consecuencia, se nombró a una señora negra.

Aplicando este precedente ilustre, creo que el director general responsable de los animales debe ser un caballo.

No un caballo cualquiera. Un caballo ibérico de cuello ancho y crines tupidas. 

O un caballo andaluz, elegante, fornido, que luzca melena airosa y cola espesa.

Ejemplares de conducta intachable, empoderados y comprometidos con el programa político transversal e inclusivo.

Es más: echo de menos en el organigrama oficial una dirección general (o particular, lo que sea) dedicada a los derechos de las especies protegidas que no pueden ni deben mezclarse con las que ya viven cómodamente y sin riesgos.

Para este cometido propongo al urogallo. ¿Por qué? Porque es un ave tranquila, con mucha conciencia de clase y sindical, con una familia distinguida de faisanes, perdices y pavos, lo que como curriculum vitae resulta muy lucido. Se codea además con lo mejorcito de las aves terrestres y lo hace con naturalidad y sin presumir.

Solo así, con imaginación y audacia, podremos ir renovando la vetusta y conservadora Administración española.

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Expertos

¿Qué es un experto? Pues un aprendiz que se ha esforzado, un indocumentado que se ha documentado, un iniciado que logra entrar en el espacio mágico del conocimiento, también quien siempre tiene en su agenda una cita con el saber y quien no deja de mecer el incensario de la pericia para absorber los matices de sus olores.

Hasta ahora por lo menos había sido eso – y algunas cosas más- el experto.

Ahora el experto es, aplicando las enseñanzas “queer”, quien “se siente experto” y así, de la misma manera que esa progresista doctrina niega base biológica a los sexos, podemos negar también base intelectual y profesional al conocimiento. Lo importante es “lo que uno cree que es” y, si defendemos la libre determinación de la identidad de género (hoy me siento mujer, mañana obrero de la construcción, etc) ¿por qué no vamos a admitir la libre determinación de la identidad profesional? ¿qué obstáculos hay para ello? 

Si yo me siento odontólogo ¿quién puede impedirlo? ¿vamos a crear una sociedad represiva en la que una autoridad – autonómica, local o, peor, eclesiástica – nos prohíba sentirnos odontólogos? Y lo mismo ocurre si yo me siento guardagujas ferroviario ¿hay alguien que me pueda obligar a sentirme buzo del puerto de Llanes?

Conducirse de esta forma mandona y despótica es no haber entendido nada de la “libre determinación” y andar sin desprendernos de los cuentos que nos contaban los curas y los profesores del Instituto. Pero sépase que, si perseveramos en esta deficiencia, lo único que vamos a conseguir son niños afligidos y niñas a quienes se tuerce su voluntad, obligados – y obligadas- a ir a la escuela de forma rutinaria y en ella aprender una porción de cosas inútiles que limitan su entendimiento, encorsetan su expresividad y difuminan su ego.

¿Nos extrañará que de esos niños salgan adultos que no sean capaces de ver que los diputados son los padres? 

Así es cómo hay que explicar los tipos de expertos que nos presentan el Gobierno y las demás instituciones que velan por nuestro bienestar. Hay un responsable de los animales en el organigrama oficial que es “influencer” y experto en “redes sociales” pero él se siente veterinario o biólogo.

Pues bien, solo en esta época, señalada por el triunfo del “progreso” sobre el “regreso”, ese hombre – o mujer, no sé lo que es pero es igual por lo que vengo explicando- puede sentirse realizado y, desde esa realización cósmica, es capaz de desplegar las alas de su creatividad y arremeter, espada en mano, como un don Quijote, contra los odres donde se guarda el vino deteriorado del conservadurismo, ese vino que hemos mandado al desván de la historia para que ronque en el sueño eterno.

Esta comprensión del experto que se siente como tal tiene otra dimensión beneficiosa. Permite esconder al experto, no presentarlo en sociedad, anunciar su existencia pero al mismo tiempo hurtarlo al conocimiento público.

– Que nos digan quiénes son los expertos – rugen las oposiciones en su papel de chismosas y cotillas sin remedio.

Y el Gobierno, con buen sentido, se opone porque también el experto puede desear, en uso de la libre determinación de su personalidad queer, permanecer velado ante las masas que, si son masas, es porque tampoco ven mucho más allá de sus narices.

Y así surge el experto enmascarado, el experto en la sombra.

Es a este a quien propongo hacer un monumento en las ciudades. Como ya no hay soldados sino drones, convirtamos el monumento al “soldado desconocido” en monumento al “experto desconocido”.

Con la llama votiva siempre encendida como homenaje a su fraudulenta ignorancia.

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Una señora de derechas

Viste, peina y calza con austeridad, no sale en la portada de las revistas de moda con ropa de diseño, se caracteriza por ser vulgar a la hora de seleccionar una chaqueta o un pantalón. Para muchos será una mujer poco agraciada en lo físico pero ella no lo disimula acudiendo a cirujanos reputados, esos que fabrican narices egipcias, agrandan tetas, prestan carnosidad a los labios, convierten en agarenos los ojos o dan al bullarengue el ritmo de una danzarina oriental de los siete velos.

Estudió física sin buscar apoyos a la hora de examinarse. Es más: se doctoró con limpieza. En Alemania se analiza el rigor con que han sido elaboradas las tesis doctorales especialmente cuando se trata de personas de renombre. Yo viví en el Parlamento europeo el episodio de la supresión del título de doctora a una lideresa liberal alemana – guapísima, por cierto- quien tuvo que despojarse de su glamour y de su condición de estrella refulgente en el firmamento político porque se demostró su desparpajo a la hora de presentar como propio lo que era ajeno. Y lo mismo le ocurrió a otro político, acaudalado, propietario de un castillo de hadas, bajado de su podio porque también se descuidó al citar al inspirador de sus páginas doctorales. Ahora mismo hay una ministra socialista puesta en la picota y ya ha anunciado su renuncia a usar el título de doctora.

Es fácil imaginar que la tesis de la señora de la que hablo ha sido analizada con mala leche suprema acompañada de sutil ponzoña y, sin embargo, ninguna acusación de plagio ha podido ser formulada. Por tanto se trata de una académica que no merecerá el premio nobel pero que ha conseguido su título sin plagiar ni hacer trapacería alguna, sin bellaquerías ni burlerías. Sin ese fraude en que incurre quien ha abandonado el decoro en el descampado de la desvergüenza. 

La última vez que ganó las elecciones le faltó un solo voto para la mayoría absoluta, podía haber constituido un Gobierno con sus propios diputados – de derechas- pero prefirió aliarse con el mayor partido de la oposición – de izquierdas- conformando así un Ejecutivo estable que se rige por un acuerdo detallado que cualquier alemán puede consultar para darse una idea de si están o no cumpliendo los pactos los dos socios de gobierno.

Hace unas semanas ha inaugurado un programa televisivo en el que escucha, sin apenas intervenir ella, a ciudadanos seleccionados mediante sorteo por organizaciones sociales y sin que se oigan musiquitas necias ni publicidad.

Y en sus Gobiernos jamás se le ha ocurrido a esta señora de derechas darle a su propio marido una cartera ministerial. El tal marido es un profesor universitario que ha obtenido su cátedra por un procedimiento aburrido y ostenta un nombre tradicional, propio de gentes conservadoras, la cátedra es de Química. ¡Qué diferencia con el que gastan entonados e imaginativos compatriotas nuestros (y nuestras), inventores de la “cátedra de cooperación traslaticia corporativa social y empoderada”, pagada por una empresa privada y atribuida sin más a una experta en ripios y humos.

Y el tal marido, cuando va de vacaciones, no comparte con su esposa el avión protegido a ella asignado sino que se paga su vuelo en una compañía comercial.

Esta señora – por cierto, se llama Angela Merkel- participa en la dirección de los destinos de Europa habiendo cometido en tal empeño errores mayúsculos junto a aciertos gigantescos. Ha hecho más por los buenos modales en Europa que muchos bocazas o, como diría Quevedo, que muchos caballeros (o señoras) hebenes, güeras, chanflonas, chirles o traspilladas. 

Se permite ir los sábados al supermercado a comprar el suavizante para la lavadora y los domingos está presente en una sesión de ópera o en un concierto de la Filarmónica de Berlín.

-Pero es de derechas, pertenece a un partido conservador y eso ¿qué quieres que te diga? la descalifica ¡y además no es feminista! – me susurra mi amiga, ministra de un Gobierno progresista.

-Todo, señora, no puede ser teres atque rotundus, acabado y perfecto. Lo dejó escrito Horacio en sus Sátiras.

Se alejó de mí la ministra preguntándose, en un susurro, en qué primarias habría sido elegido ese Horacio.

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Reino Unido: molestias sin fin

Si con los acuerdos alcanzados en la nochebuena acabáramos con las molestias ocasionadas por la presencia de Gran Bretaña en el seno de las instituciones europeas, sería motivo para brindar pero solo en parte es así porque, como ha reconocido el presidente del Consejo Europeo, “el proceso no ha terminado”.

Recordemos. Los señores británicos pidieron la incorporación a Europa en 1961, conscientes de su importancia política pero acompañaron, ya entonces, su demanda de reticencias nada disimuladas. Hay que tener en cuenta que Gran Bretaña había comprado barato en los países de la Commonwealth por lo que la política agrícola común les parecía un estorbo, razón para pedir una transición larga para su campo y un régimen privilegiado para todo aquello que viniera de las antiguas colonias. Los conservadores en el poder, con Macmillan a la cabeza, nunca lo acabaron de ver claro y los laboristas plantearon sus exigencias sin muchos miramientos: mantenimiento de la planificación económica, política social propia y libertad comercial con los países de la EFTA (Suiza, Noruega, Islandia …).

Estas resistencias son las que cogió al vuelo el general De Gaulle, obstinado en enarbolar la bandera de la defensa autónoma de Europa. Una posición que colisionaba con la política de Macmillan quien mantenía relaciones rendidas con el gobierno de los Estados Unidos al que por aquellos días compró unos cuantos submarinos para dejar clara su preferencia por reforzar los vínculos militares más allá del Atlántico con el presidente Kennedy.

La imagen, extraída de la Antigüedad, estaba servida para el ilustrado De Gaulle: Inglaterra sería en Europa el “caballo de Troya” de los intereses norteamericanos. En su panza se cobijarían tales intereses más lo de los países de la EFTA con lo que se desnaturalizaba el proyecto europeo. La conclusión es conocida: el general vetó la presencia del Reino Unido el 14 de enero de 1963. Y para dejar aclarado que no se rendía ante el coloso americano, estableció relaciones diplomáticas con China, censuró los bombardeos en Vietnam e “hizo manitas” con Kruschov y con Breznev.

Pasó el tiempo. Llegaron al poder británico Edward Heath y después el laborista Harold Wilson. A ambos el deterioro de la situación económica contribuyó a aclararles las ideas: no era descabellado volver a la mesa de negociación con los europeos. Estamos a principios de 1967 y en la primavera Wilson consiguió el respaldo mayoritario del Parlamento aunque tal decisión llevaba un torpedo dentro: el manifiesto de más de setenta diputados laboristas contrarios al proyecto europeo porque impediría “edificar el socialismo” en Gran Bretaña.

El Gobierno, insensible a esta extravagancia, formalizó su petición, avalada por el hecho de que varios países de la EFTA hicieron lo propio (Dinamarca, Irlanda y Noruega). De Gaulle no se dejó impresionar y el 27 de noviembre de 1967 reiteró su veto: la economía británica no estaba preparada, el Reino Unido no quería suscribir la legislación comunitaria y además el atlantismo británico era incompatible con la Europa preconizada por Francia.

Pero el general que preservó a Europa de la impertinencia británica desapareció de la escena política poco después y su sucesor, Pompidou, veía el panorama con otras gafas. Por eso en 1970 se reiniciaron las negociaciones y por eso en 1973 la Europa de los Seis se convirtió en la Europa de los Nueve.

¿Tranquilizado el panorama? En absoluto. Cuando ganaron los laboristas de Wilson las elecciones en 1974, teniendo en cuenta la división existente en el seno del partido, empezaron a hablar de la “renegociación del Tratado de Adhesión”. La sangre no llegó al río porque, en el referéndum convocado por el Gobierno, los ciudadanos respaldaron su pertenencia a Europa (67% de votos favorables). Parecía que las velas de la nave se henchían de viento favorable y así se llega a acuerdos relevantes, entre ellos, el diseño de un Parlamento europeo que sería elegido por sufragio universal (1979). Pero, ay, las alegrías a veces duran poco pues es en ese mismo año cuando la señora Thatcher llega al poder convencida de que el país que los electores habían puesto en sus manos pagaba demasiado a Europa. Surge el “cheque británico”, una compensación para sus compatriotas basada en esta solidaria reflexión: la política agrícola común era un dispendio que beneficiaba a algunos pero a ellos les perjudicaba.

A partir de ahí, se ha ido edificando todo un rosario de exclusiones a las reglas comunes.

De manera que, incluso en los pactos esenciales, el Reino Unido, invariablemente, ha incorporado alguna precisión para orillar su cumplimiento íntegro. Y así, en el vigente Tratado de Lisboa, varios “protocolos” y declaraciones contienen excepciones al régimen general. Por ejemplo, al ser ajenos al euro, se prescinde de las reglas de la política monetaria asumiéndose tan solo un vago compromiso de “tratar de evitar un déficit público excesivo”. El Reino Unido por supuesto no se integró en el “espacio Schengen” ni tampoco abrazó con plenitud el “de libertad, seguridad y justicia” que impulsa un régimen de cooperación en el control de fronteras, de asilo e inmigración, así como unas normas mínimas de cooperación judicial y policial. Es más, con relación a la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión, el Reino Unido se ha agenciado excepciones significativas a su aplicación.

En el Parlamento Europeo ha sido frecuente que las enmiendas presentadas por los diputados del Reino Unido a los textos, acuerdos y demás estuvieran encaminadas a restar impulso a la integración y armonización de las legislaciones nacionales. Y, cuando tales enmiendas no prosperaban, el Gobierno inglés, solícito, presentaba recurso ante el Tribunal de Justicia con ánimo de obtener en la vía judicial lo perdido en la parlamentaria.

También el ejercicio de visitar los repertorios de jurisprudencia nos recuerda que el Reino Unido discutió la creación de la Agencia europea de seguridad de las redes de telecomunicaciones así como algunas competencias que se atribuyeron a la Autoridad europea de los mercados de valores y lo mismo hizo con la creación de la Agencia europea de cooperación de fronteras. En este ámbito de la seguridad, impugnó la regulación de los pasaportes y visados. Ídem respecto de los derechos de los trabajadores y la coordinación de regímenes de Seguridad social.

En fin, acudió a Luxemburgo para oponerse a los reglamentos de productos alimentarios; al sistema común del impuesto sobre transacciones financieras… e, incluso, algo tan ventajoso como el Mecanismo “conectar Europa” que impulsa las redes de carreteras, ferroviarias y de telecomunicaciones también ha encontrado su acción obstaculizadora etc, etc.

En estas llegó Cameron, es decir, llegó a Downing Street la ligereza enriquecida por el oportunismo. Y convocó el referéndum o el polvo del que han venido los lodos que ahora se trata de limpiar. Perdido para la causa europea por una insignificante mayoría y perdido abiertamente – según todos los estudios- entre los jóvenes. Ganado empero para la causa de una confusión gigantesca alimentada por el hecho de que nadie se ocupó de abrir los ojos a la ciudadanía acerca de las mentiras que propalaban Nigel Farage y compañía.

La experiencia nos permite una reflexión para España porque es una prueba de que el referéndum – salvo en ocasiones excepcionales- es un mecanismo capaz de alimentar, por su insoportable simpleza, las peores tergiversaciones. Es además el instrumento preferido por los dictadores (Franco no convocaba elecciones pero sí referendos). Pues bien, existen partidos políticos entre nosotros, y con vara alta en el Gobierno, que nos amenazan con dos referendos: uno sobre Cataluña; otro sobre la forma de Estado.

Saludemos el esfuerzo negociador de la UE y del Reino Unido, azuzado a última hora por los camioneros desesperados.

Y aprendamos la lección del peligro que encierra poner en manos infantiloides y frívolas el juguete del referéndum.

(Publicado en El Mundo el día 26 de diciembre de 2020).

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Montañas llenas de luna

La vida de los españoles, la de quienes la conserven y no sean arrastrados por el maldito virus, se hace cada vez más alegre y entonadilla, sobre todo porque van desapareciendo los obstáculos antiguos que tanto nos han perturbado.

En estas crónicas mías que llamo “soserías” ya se ha dado cuenta de los avances. Por ejemplo, cómo hemos suprimido los exámenes al descubrir que son un diabólico invento del franquismo destinado a rendir cuentas de lo que sabíamos ante unos catedráticos de instituto que nadie había elegido democráticamente. ¿Qué podían exigirnos unos tipos con estas credenciales tan borrosas?  Después nos han quitado el supremo engorro de saber español, algún día se aclarará el misterio de cómo hemos resistido tanto tiempo llevando una cruz tan pesada como inútil. Habiendo una buena lengua cooficial ¿a cuento de qué viene exigir la oficial que tan gastada está y que viene de épocas imperiales, de matanzas y de los delirios de grandeza de cuatro orates? Ahora ya se anuncia que la semana va a quedar reducida a cuatro días de manera que vamos a tener tres para no perder ni ripio de la Champions, del Rally Cross Country y del Speedway de Australia. 

Es verdad que llegan tiempos también de renuncias dolorosas, por ejemplo, a los escrúpulos morales o ideológicos.

Hoy, la renuncia, un acto de la voluntad que viene de la noche de los tiempos, es obligado  practicarla. Por ejemplo: la renuncia a esos convencionalismos que nos vinculan a la palabra dada o a observar los compromisos. Son renuncias muy duras ¿o alguien cree que es plato de buen gusto para el político gubernamental hacer justamente lo contrario de lo que ha prometido en campaña? En absoluto, es un sacrificio inmenso porque está violentando sus convicciones que están sustentadas en una ideología vigorosa y con unos anclajes más firmes que los del Puente de San Francisco o el de Lisboa sobre el Tajo. Pero, ay, la transversalidad y la geometría variable le empujan a ello y allá tiene el pobre que sufrir con su conciencia sin que nadie se apiade de él ni le preste ayuda.

Mientras tanto a los jóvenes que se están formando, las autoridades deben aconsejarles que renuncien de buen grado a estudiar esas materias tan aburridas del pasado. Y aclararles que, si los mayores son tan serios, tan patosos y tan feos, porque son feos de filigrana, es por las secuelas que dejaron en ellos las matemáticas, la historia, la química y no digamos la geografía, una ciencia que logra suprimir lo que de bucólico tienen las montañas llenas de luna.

– ¿A qué debemos aspirar? se oye desde la inquietud juvenil.

-A ser tendencia, a ser trending topic y a ser influencer – aclara el pedagogo que está saliendo de la guardia del fin de semana en el ministerio. 

 -Invertir en megatendencias es otra forma de asegurar un risueño porvenir.- completa el pedagogo que está entrando en la guardia.

 -¿Qué es la megatendencia?

-Pues, cabeza de chorlito, lo que sirve para transformar los hábitos de consumo de forma global y a largo plazo.

Entonces es cuando se oye la voz del aguafiestas oficial:

– Es decir, lo que asegura que seremos idiotas con garantías sólidas y contrastadas. Y que siempre votaremos a los buenos.

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Aniversario: sin motivo para la alegría

El cumpleaños es ocasión para la alegría y el intercambio de parabienes. El de este año de la Constitución de 1978 no es el caso por desgracia. Sería estupendo que, junto al virus que mata y arruina, también estuviera la Constitución infectada por un virus cruel pero a la espera de una vacuna con la que inyectarse y sanar. Me temo que no sea así.

Vengo sosteniendo desde hace tiempo que la comunidad política regida por una Constitución ha de ser una comunidad “integrada”. Sin ella, lo sabemos desde Rudolf Smend, no hay Estado, siendo precisamente la Constitución el resultado de esa comunidad vertebrada. Pues tal Estado existe cuando hay un grupo que se siente como tal, que recrea y actualiza los elementos de que se nutre y que es capaz de participar lealmente en la vida y en las decisiones de la colectividad. La aquiescencia democrática es así el fundamento de ese artilugio que llamamos Estado, la sustancia que lo anima y que determina su existencia.

Por eso se trata de una realidad que fluye y de ahí que la legitimidad de la Constitución sea un problema también de fe social, de fe en esos atributos compartidos e intereses comunes que permiten al grupo vivir juntos y constituirse en Estado. Tal dimensión se ve muy clara en la configuración de los Estados regionales o federales que han de basarse en elementos muy afinados, el primero de los cuales es un reparto de competencias bien aparejado, pero que de nada serviría si no existiera una conciencia clara en sus agentes y protagonistas de pertenecer todos a una misma familia o linaje. Sin esa conciencia, el edificio se viene abajo.

Pues bien, afirmo que las fracturas que alimentan los partidos políticos separatistas que forman parte hoy de la “dirección del Estado” conforman el ejemplo de manual de una Constitución a la que se ha privado ya de de esos elementos de integración indispensables para hacer posible su vigencia ordenada y fructífera. Dicho de otro modo, mientras no exista un “credo” compartido y libremente asumido, un prontuario de cuestiones básicas, entre ellas, obviamente, la existencia misma de ese Estado y la existencia misma de España, pensar en festejar una Constitución puede ser entendido como un acto de caridad, como quien va a visitar a un pariente gravemente enfermo al hospital, para insuflarle ánimos y ofrecerle un rato de alivio en sus pesares, pero abandonada toda pretensión de milagros.

En España lleva fallando mucho tiempo ese gozne fundamental del Estado que es la “lealtad”, conjuro de la desunión y de la fragmentación. Una lealtad que representa el confín más allá del cual se abre otro en el que se extienden la sombra del desconcierto o el germen del despropósito.

Y es en estos elementos del desorden donde estamos cuando advertimos cómo quienes conforman la mayoría parlamentaria que nos gobierna anuncian la celebración de un referéndum de autodeterminación para Cataluña o un futuro republicano confederal para el País Vasco y Navarra o precipitan la aprobación de normas destinadas a liberar a quienes sufren prisión por haber perpetrado un golpe de Estado o se cuestiona la figura del rey. Todo esto es de una gravedad excesiva para poder ser asimilada por un sistema democrático por muy sólido que sea (lo que no es por desgracia nuestro caso).

El ataque al jefe del Estado es quizás el veneno más letal que se está administrando a la democracia española sabedores quienes lo distribuyen de que acabar con la monarquía es acabar con el sistema constitucional de 1978. Produce cierta jovial hilaridad que se descalifique a Felipe VI por no haber sido elegido ¡como si los españoles pudiéramos estar necesariamente orgullosos de las personas a las que elegimos! Olvidan quienes así razonan que en una sociedad política pueden convivir la legitimidad democrática, derivada de los votos, que es la más importante, con otras legitimidades, a saber, la legitimidad técnica o profesional, en la que se basa uno de los poderes del Estado, el judicial, a cuyos miembros no elegimos sino que son seleccionados por sus conocimientos jurídicos. Y, en fin, otra legitimidad cuya razón de ser es preciso buscar entre los renglones de un relato antiguo, cubierto por telarañas, encorvados sus protagonistas a veces bajo el peso de la historia, un paisaje en el que conviven inevitablemente la decencia con la indecencia de tal manera que puede afirmarse que apenas hay una monarquía – ¡pero tampoco una república!- cuyos orígenes y andadura puedan justificarse en conciencia. La historia nunca ha conocido la virginidad.

Todas estas maniobras de los socios del Gobierno destinadas a barrenar el edificio constitucional serían una nota a pie de página si el PSOE, mayoritario y con amplias raíces en la sociedad española, no los hubiera llevado al texto principal. Y ello ha ocurrido porque en el PSOE, a ver si nos aclaramos de una vez, se ha producido una mutación (“mudar: dar otro estado, forma etc”, DRAE). No es la primera: a finales de los setenta del pasado siglo Felipe González y Alfonso Guerra mutaron al PSOE del exilio en un PSOE claramente comprometido con la socialdemocracia europea tradicional. Ahora, Pedro Sánchez ha transformado (mutado) ese PSOE en algo distinto, apoyado, ya sin máscaras ni mascarillas, en los tradicionales enemigos del socialismo democrático. Sin que – salvo excepciones- se aprecie reacción a este perverso y burdo truco de magia.

La tesis que sostengo es que a la mutación del PSOE, clave en la vertebración de España, seguirá la mutación (¡ojo, no la reforma ni la derogación!) de la Constitución de suerte que en poco tiempo no quedará de este texto, cuyo aniversario ahora nos convoca, ninguno de sus elementos apreciables.

Para el éxito de esta operación es preciso contar con la cobardía de muchos. No faltará.

(Publicado en el periódico Expansión el día 5 de diciembre de 2020).

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