Secretos

Qué sea un secreto es justamente un secreto. Difícil de captar, más difícil de explicar, se mueve el secreto en la nebulosa de la incógnita, del misterio, de la máscara porque el secreto es eso: la máscara que se pone la realidad para juguetear con nosotros hurtándonos sus claves y envolviéndonos en sus emboscadas. El secreto puede ser ceñudo, tener malas pulgas, pero también juguetón siendo el secreto sacramental, el del confesor con su penitente, el de mayor enjundia y circunstancia. Y el más cómico, el que suscita menor respeto, el secreto de Polichinela.

Secretos a los que llevamos dando vueltas desde las eternidades del pasado son el de la Vida y la Muerte sin que hayamos conseguido rasgar sus arcanos. Todo el negocio de los médicos y los curas consiste en tratar de convencernos de que ellos guardan las códigos. Difícil creerles.

Por eso nos conformamos con secretos más domesticados como son los militares que se guardan en los cuarteles junto a las bombas, los misiles y los almanaques de mujeronas jarifas. En la OTAN hay una unidad de secretos que es un ir y venir de cuchicheos, de medias palabras, un lugar donde todo se hace a la chita callando. Existe una cadena de mando: desde el general de brigada de los secretos, que guarda el más hermético, el de quien muere despanzurrado, hasta el cabo furriel que se limita a custodiar los resultados del torneo de parchís que juegan los oficiales.

Yo recuerdo que en un Ministerio del que yo fui servidor existía en el despacho del ministro una caja fuerte cuyo contenido nadie conocía porque se había perdido la combinación lo cual no es extraño pues una combinación que se precie solo mantiene su dignidad si permanece en secreto. Pasado el tiempo conseguimos conocerla pero nuestra desilusión fue grande: allí no se guardaba más que un folleto del que existían miles de ejemplares distribuidos por todas partes. Aquella caja fuerte que, procede proclamarlo, es el ataúd de los secretos, nos la jugó y pagó  nuestra curiosidad por conocer su secreto entregándonos lo que era un secreto … a voces. Esto pasa siempre que se tiene la osadía de desvirgar un secreto.

En la vida política hay muchos secretos. Saber cómo burlar a Hacienda sin causarse a sí mismo un estropicio es uno de los más valiosos. Pero hay también políticos que llevan tiempo tratando de desvelar el secreto a la Nación y se preguntan cómo se la identifica y cuántas hay, si dos, tres, cinco, es más hay quienes tienen confiado todo su embrujo como tribuno a este misterio … Menos mal que la Nación no se deja arrebatar su secreto, hasta ahí podíamos llegar, porque precisamente la Nación es la depositaria de todos los secretos de la Historia, la Geografía y la Numismática y a buena hora está dispuesta a dar tres cuartos al pregonero mostrándosenos en sus claridades, en sus impudicias y en sus crímenes.

Ahora, estos días, se está intentando conocer el secreto de la elaboración de unas albóndigas que una gran marca comercial vende por millones. Se ha creado el espía de albóndigas -como hay el de la coca-cola- y ya comparte sindicato con el espía de naves espaciales. Como son diligentes y hábiles han resuelto el secreto pero no quieren decirlo por miedo a quedarse sin empleo y volver a vivir aquella época angustiosa que pasaron tras desenmascarar el secreto de las croquetas de ave y las empanadillas de atún.

Ningún temor señores espías: siempre quedarán las salchichas de Frankfurt envueltas en su secreto silente, litúrgicas bajo el palio de su secreto inmortal.

 

 

 

Publicado en: Blog, Soserías

¿Asesinato del detective?

Llevar una vida plácida es el deseo de muchas personas llenas de buen sentido pero esta sana aspiración se frustra casi todos los días como consecuencia de las noticias alarmantes de los periódicos que logran turbar el ánimo del más vigoroso. Lass que a mí más me afectan son los simples despachos de agencia pero, ay, cuánto mal puede esconderse en sus cuatro breves líneas. Y es que las noticias malas hay que darlas en comunicados o en artículos largos, cuanto más extensos, mejor, para poder digerirlas adecuadamente de la misma forma que los medicamentos más peligrosos los tomamos con abundante comida. La noticia brevemente lanzada al aire de la publicidad es una puñalada con mucho daño porque, además, añade el quebranto que trae todo lo imprevisto.

Así recibimos de forma escueta la información según la cual la titulación de detective sólo se podrá alcanzar realizando los estudios universitarios de criminología que se imparten en las Facultades de Derecho. Ante una noticia de este calibre, ¿es extraño que una persona normalmente formada sea presa del más inquietante desasosiego? A mí me parece que es lo lógico porque son muchas lecturas las que se ponen en cuestión y lo que es peor: ¿no estaremos echando por la borda nada más y nada menos que la historia de la novela policíaca? ¿se puede atentar contra un género literario? ¿qué nombre recibirá quién asesina una forma de la creación narrativa? ¿novelicidio? ¿puede todo esto de verdad quedar impune?

Esta es la cuestión. Grave, como se ve, y que merece una cierta atención. Porque los grandes detectives de la Historia jamás, que sepamos, han pasado por Facultad alguna ni falta que les ha hecho. ¿Es que se puede estudiar en las aulas universitarias la intuición, el olfato, la sagacidad, la penetración psicológica? En ellas a lo más que se llega es a distinguir un contrato de arrendamiento de un testamento o un recurso de casación del usufructo. Pero lo otro, la inteligencia para oler al criminal desalmado, cercarlo, descubrirlo al cabo poniéndole ante las pruebas concluyentes ¿todo esto puede enseñarse desde una tarima? Hace falta ser muy ingenuo para así creerlo. O, simplemente, es necesario no haber leído ninguna novela policíaca. Ahora bien, la ingenuidad y el hecho de no haber leído nunca una de esas novelas son datos que por sí mismos descalifican a un sujeto.

Ya el capitán Nointel, personaje de las viejas novelas policíacas de Boisgovey que tienen como escenario las representaciones de ópera, era un simple aficionado sin formación alguna pero con un certero pálpito para apresar malhechores. Y Baudelaire, el gran poeta, con lo que realmente disfrutaba era con las aventuras de Dupin, un personaje que iba a su aire en los cuentos de Edgar Allan Poe.

Connan Doyle, que es quien funda la novela policíaca moderna, dotó a su Sherlock Holmes de habilidades muy diversas porque Holmes lo sabía casi todo y era experto en anotar las más nimias impresiones, distinguir perfumes o cenizas de los cigarros, deducir el comportamiento humano de la conformación de las manos, y así mil conocimientos y trucos más. Holmes era químico y también drogadicto, solitario y, sobre todo, un sabio raro. Supuesto todo esto ¿alguien puede concebir la idea de un Holmes examinándose de derecho romano en la Universidad de Oxford? ¿o de criminología ante un tribunal de pazguatos? A la entera historia del crimen habría que darle la vuelta del revés para imaginar tal despropósito. Si Holmes se hubiera visto obligado a entregarse a semejantes empeños, jamás habría llegado al lugar definitivo al que llegó, enredado como hubiera estado por los parciales, la selectividad y una porción de inutilidades de este jaez.

Además, un detective necesita un acompañante que sea como su fiel y casi mudo escudero. Así ocurrió con Dupin y con el doctor Watson, el amigo de Holmes. ¿También este sujeto tiene que pasar en el futuro por la Facultad y por los estudios de criminología? ¿tendrá el detective que darle de alta en la Seguridad social? Y su contrato ¿será de los llamados basura o, por el contrario, de los indefinidos y sólidos?

Estas mismas consideraciones pueden trasladarse a Maigret o a Poirot. O, ya en nuestra literatura, al inolvidable Plinio de las creaciones de Francisco García Pavón, un guardia municipal de Tomelloso dotado de la habilidad detectivesca de forma natural y congénita, sin haber perdido jamás el tiempo en una clase de criminología.

El detective merece un respeto y esto es lo que irremediablemente se pierde si le obligamos a matricularse, pagar una tasa, y examinarse en septiembre de huellas dactilares. Queda pues en el aire la terrible cuestión: ¿somos conscientes de que estamos asesinando al detective?

 

Publicado en: Blog, Soserías

Comida “in itinere”

El gusto por la comida marca la distinción de un pueblo. A los desaliñados se les reconoce pronto por su propensión a comer vulgaridades de la misma manera que se identifica a los selectos por su gusto en figones y mercados.

He llegado a la conclusión, después de mis muchos movimientos viajeros, que el número de personas que van comiendo por las calles de forma distraída una manzana o un trozo de pizza nos permite calibrar el grado de estupidez de esa sociedad. En Nueva York he visto hace pocas semanas tipos que incluso manejaban tenedor y cuchillo cruzando un semáforo. Un prodigio de habilidad y de dislate que configura lo que podemos llamar la comida “in itinere”, la forma más abominable de alimentarse que alguien puede concebir.

Esta degradación social no tiene nada que ver con el hecho de que quienes así se alimentan son pobres currantes imposibilitados de dar al momento de la comida el sosiego y el esplendor que merece. Porque trabajadores que se han visto obligados a comer “in situ” los ha habido, por ejemplo en España, desde la noche de los tiempos. ¿Cómo, si no, se han engendrado esas maravillas que conocemos como gachas, como migas o, supremo hallazgo, el gazpacho manchego? El pastor solía llevar una escopeta y cazaba sobre la marcha un conejo o una perdiz y entonces ya se producía la cumbre del honor gastronómico. Hoy es preciso andarse con cuidado pues con un poco de mala suerte se encuentra uno con un ecologista que le confisca el arma y le hace rezar unas cuantas jaculatorias de su credo insulso.

Pues ¿y qué me dice usted, lector que se está chupando los dedos, del marmitako preparado por unos pescadores vascos o cántabros? Con marmita, un hornillo, unas patatas y el delicioso atún, a veces simplemente las agallas y las colas, se hacían un guiso que se halla entre las invenciones más memorables y más finas de la humanidad, aquellas que encumbran y dan lustre a todo un tramo de la Historia.  ¿Sorprende que haya pasado a integrarse en las ofertas delicadas de los restaurantes adornados de tarjetas VISA, tenedores y elegancias?

En los largos trayectos del tren entre León y Bilbao se gestó, además de mucho cansancio y un hollín que se colaba hasta en los sobacos, nada menos que la olla ferroviaria, un festival que no exigía sino patatas, carne, pimiento, cebollas y un poco de ajo. De ahí, del trasiego del transporte del carbón, pasó a las mesas selectas y a las conversaciones de los gastrónomos aquilatados. Y en ellas ha quedado también como supremo homenaje a la imaginación y al buen gusto.

A ninguno de estos menestrales se les ocurrió nunca echar mano de una pizza porque una cosa es la humildad del oficio que se ejerce y otra la incuria con los alimentos. Es encomiable advertir cómo el trabajador rudo ha estado siempre vigilante ante los atropellos y no ha habido reivindicacion sindical que haya podido con esta disposición de ánimo.

 

 

Pero hay, ay, signos en la actualidad que deben alertarnos sobre el declive que se nos avecina. Visitar un espacio comercial de extraordinarias dimensiones en los alrededores de Madrid me ha producido un desasosiego de tal intensidad que solo a base de bocadillos de sobrasada mallorquina de cerdo negro estoy combatiendo. La afrenta consiste en que toda una planta de incontables metros cuadrados alberga más de una docena de restaurantes sin que pudiera encontrarse entre ellos ninguno español o de comida española. Aquí un Burger, allí un Dunkin o un Sushi, acullá un Take Away y, suprema extravagancia, uno que lleva el nombre de Hollywood donde se sirven delicadas creaciones estadounidenses… ¿Un bar de tapas vascas o una arrocería mediterránea? Quiá … Y las gentes tan felices y tan identificadas con aquel atropello … Definitivamente el daño de la LOGSE ha labrado surcos con lodos inmundos y retorcidos.

 

 

 

 

 

Publicado en: Blog, Soserías

Gobierno entre lianas

Frente a quienes precipitadamente han calificado de ilegítima la llegada de Pedro Sánchez a la presidencia por haberlo hecho sin pasar por las urnas, procede aclarar que la moción de censura es un instrumento previsto en nuestra Constitución y por tanto su uso en esta ocasión, como en otras anteriores, se acomoda a las exigencias legales. Padece en cambio el nuevo presidente de un claro déficit democrático por cuanto se ha negado a fijar, probablemente por presión de algunos de sus socios, una fecha para la celebración de las elecciones generales anticipadas, vía esta con la que adquiriría, caso de ganarlas, la plena legitimidad popular si tenemos en cuenta que las circunstancias del relevo, en medio de una crisis grave de confianza de los ciudadanos en sus instituciones, solo se puede saldar plenamente permitiéndoles acudir a las urnas. Así se ha pedido desde muchas instancias y desde los más relevantes medios de comunicación (este periódico, por ejemplo) con convincentes fundamentos.

La experiencia alemana ofrece un caso hasta cierto punto similar al que hemos vivido. En la historia de la República Federal Alemana únicamente un canciller fue elegido por medio de una moción de censura: en 1982 Helmut Kohl tumbó de este modo el gobierno social-liberal de Helmut Schmidt. Los acontecimientos estuvieron, como es natural, inmersos en densos debates y controversias. El origen de la moción habían sido las crecientes tensiones en el seno del tercer gobierno de Schmidt (1980-2) tanto por la delicada situación económica como por la llamada ’crisis de los misiles’. En un acto de osadía similar al de Sánchez (audaces fortuna iuvat), Kohl aprovechó la situación para forzar una moción de censura con la que llegaría a la cancillería.

Pero el propio Kohl en su discurso había manifestado la voluntad de someterse a las urnas en un plazo máximo de seis meses. Un grave impedimento constitucional se interponía en su camino: el parlamento alemán carece de la facultad de autodisolverse. Por ello, Kohl pergeñó una jugada peculiar que generaría polémica jurídica. Se sometió en diciembre de 1982 –tres meses después de llegar al poder y justo después de aprobar los presupuestos para 1983– a una moción de confianza que, y esto es lo singular, perdió voluntariamente. El procedimiento llevaría a una denuncia ante el Tribunal Constitucional que este rechazó por lo que en marzo de 1983 se pudieron celebrar ya elecciones generales. Kohl, claramente empeñado desde el primer momento en legitimarse por medio del voto popular, iniciaba así su largo gobierno hasta 1998.

Volviendo a nuestro atribulado país, digamos que, solventado el rito inicial vivido estos días, procede añadir que, si algo caracteriza al Gobierno salido de la moción de censura, por los apoyos que ha debido recabar para salir adelante, es su debilidad y, sobre todo, su indefinición ideológica y sus más que previsibles contradicciones internas que ya están aflorando en relación con la tramitación destinada a ultimar la aprobación de los presupuestos. Vemos cómo un partido político que ha tenido un pasado de seriedad y rigor, tal el caso del PSOE, se halla arracimado con personajes perversos, los herederos de los terroristas vascos, más ese modelo de escasa lealtad que es el PNV y, para guinda, con los corruptos independentistas catalanes -condenados por los jueces- que se han visto obligados a tapar sus vergüenzas con el cambio de siglas ¡y que tienen el tupé de permitirse poner su dedo acusador sobre el PP!

De ahí no puede salir sino un batiburrillo ideológico, una emulsión azarosa, heraldo de las mayores preocupaciones para las gentes temerosas de Dios.

Los riesgos son por tanto grandes y no pueden ser minusvalorados. Pero tenemos redes de salvaguarda. La más importante es que, en punto a reformas de calado del Derecho en vigor, y no solo en los ámbitos económico y social, ahí está Europa para protegernos de esos populistas que quieren fundar de nuevo el mundo para engalanarlo con sus ocurrencias. Pronto se enterarán de que tenemos que cumplir, si queremos evitar cuantiosas sanciones pues existen ya precisos requerimientos o denuncias de la propia Comisión ante el Tribunal de Luxemburgo, la normativa de residuos, la de eficiencia energética, la de calidad del agua potable, la de protección de los consumidores, entre otras. Asimismo no está de más evocar que el entramado de directivas, reglamentos, acuerdos, resoluciones y demás que forman el laberíntico panorama europeo tiene la piel del proboscídio, dura y por tanto inmune a quien pretende meterle mano alegremente. Gracias a nuestra presencia en Europa contamos con la mirada del severo comisario europeo, con el presidente de la Comisión, con los parlamentarios … sin olvidar la labor callada pero implacable de los jueces y sus sentencias. Todos ellos velarán por nuestra seguridad y nuestra tranquilidad frente a salidas ingeniosas de los novicios y sus posibles atropellos.

De otro lado, un Gobierno responsable, y europeísta como se ha anunciado, está obligado a analizar la realidad de los ingresos que se perciben bien atendiendo la carga fiscal bien las condiciones para acudir a los mercados otorgando la confianza necesaria a los grandes inversores extranjeros si tenemos en cuenta que los índices de deuda pública y déficit que padecemos son pavorosos, los peores de la eurozona. De ahí que la Comisión europea esté exigiendo adoptar medidas de ajuste que los expertos han contabilizado en una cifra cercana a los 15.000 millones de euros. Ante esta obligación, el Gobierno, con el colorido arco iris ideológico que lo sustenta, tendrá que elegir sus prioridades, un momento en el que pueden chirriar los goznes de sus precipitados compromisos.

Se anuncian también nuevas relaciones con las autoridades catalanas engrasadas por el diálogo y la más solícita disposición de ánimo. Pero, por muchos bálsamos que empleemos, el pleito territorial catalán habrá de seguir siempre siendo abordado en el marco de la Constitución y con los instrumentos jurídicos de ella dimanantes así como también de nuestra pertenencia a Europa y de nuestro compromiso con los Tratados que conforman su vida institucional. La pesadilla nacionalista consistente en crear un Estado independiente, aunque enredada ahora por la obstinación de unos jueces frívolamente empeñados en enmendar la plana a nuestro Tribunal Supremo, contará siempre con la animadversión sin excepción de nuestros socios en el Consejo europeo porque todos ellos tienen territorios envueltos en la bandera de los lloros irredentistas, deseosos de crear, a partir de unas singularidades idiomáticas, geográficas, históricas o simplemente folklóricas, Estados de carne y hueso. Lo tienen ciertamente difícil y así esa República de catalanes libres de máculas e impurezas borbónicas va a tener que esperar algún tiempo para poder desplegar, con toda legitimidad, sus símbolos, cánticos, uniformes y demás vistosa parafernalia.

Como se advierte, suenan melodías demasiado disonantes que, por lo mismo, exigen la batuta del director de orquesta. Que no puede ser sino el ciudadano ante la urna.

 

FRANCISCO SOSA WAGNER y IGOR SOSA MAYOR

(Publicado en El Mundo el día 2 de junio de 2018)

Publicado en: Artículos de opinión, Blog

La hermana de la luna

Nos enteramos ahora, por una publicación especializada americana, que la luna no está sola porque otro cuerpo celeste sigue a la Tierra en su órbita alrededor del Sol. A mi juicio, es una indignidad que este descubrimiento científico se haya aireado y sea objeto de divulgación.

Porque la luna ha sido siempre, para cualquiera de nosotros, una amiga segura en las soledades, el farol que ha iluminado nuestras confidencias de enamorados y el fanal de nuestras zozobras; la luna es el disco lanzado al espacio por un discóbolo travieso y también onda de ondero, sueño de lunáticos, la blanca polvera de la negra noche…

La luna es una especie de señora bien conservada con la cara maquillada de arroz que es como se han maquillado siempre las grandes artistas porque también la luna es una artista que sale de noche, pinta el firmamento y esculpe los sueños allá abajo, en la lejana Tierra. A veces se esconde tras el biombo de las nubes para retocarse y disimularse las ojeras que le ha hecho la eternidad, y, cuando de nuevo sale, recibe el aplauso de nuestra admiración, el homenaje caluroso por el hechizo que en nosotros derrama, y querríamos enviarle a su camerino un ramo de flores y una tarjeta con nuestro nombre para que nos visitara en la noche colándose en nuestro dormitorio por entre los pliegues de las cortinas con flores. Porque el mayor sueño del hombre es el de amar a la luna precisamente a la luz de la luna pero no es posible porque ella es huidiza, tornadiza e inconstante, no por mala voluntad ni por reprensible ligereza, sino porque se sabe demasiado amada y ha de repartir sus favores sacándolos de un pozo inextinguible que es el pozo mágico de sus tibios afectos.

Los dioses la cortejaron pero los dioses murieron y ella sigue allí como una fábula inmortal, como un relato sin fin, como el poema del poeta que canta a las espumas abandonadas en las arenas.

Siempre nos hemos preguntado cuándo descansaba la luna porque sabíamos que, cuando se nos ocultaba, en rigor se estaba apareciendo a otros afortunados. Era éste un enigma estupendo y ahora el hechizo se rompe porque sabemos que hay una hermana que sale, como su imaginaria que es, cuando la verdadera luna está fatigada. Y que es entonces, cuando la luna descansa y se baña en albayalde y se va de cena a un restaurante que está fuera de su órbita y luego, feliz, se acuesta con su camisón de estrellas. Lo único bueno de toda esta historia es que la luna lleva siglos despistando a los astrónomos que, para ella, resultan insoportables porque son sus rijosos mirones, sus aborrecibles voyeurs.

La luna, claro, es femenina, y así se la nombra en casi todos los idiomas excepto en alemán donde se disfraza de hombre, acaso porque le gusta desorientar a los germanos y, por ello, para estas gentes, una de las sorpresas más grandes de sus vidas, se produce cuando salen al extranjero y se enteran de que la luna no es el macho blanquecino que ellos ven en sus frías tierras y del que siempre pensaron que le haría falta un buen reconstituyente, sino una dama bien oronda y bien solícita con los poetas y los locos y también con todos los melancólicos que buscan consuelo.

En español, cuando decimos que alguien “ha prometido la luna” es porque ha ofrecido algo que no puede cumplir porque la luna no puede ser tomada para uso exclusivo de nadie pues, si así fuera, quedarían desasistidos millones de seres humanos y, entonces, mal podría cumplir la luna su función estelar. Esa es la razón por la que los astronautas han fracasado siempre en su misión de apropiarse la luna, quedándose invariablemente a la luna de Valencia, y por ello todo lo más que les ha permitido es darse un paseo por su superficie, un paseo un poco tonto, vestidos además de una manera extravagante, sin desabrocharse la camisa ni sentarse ni mucho menos bajarse los pantalones, y jamás les ha invitado a quedarse ni les ha hablado ni les ha presentado a su hermana, lo que era su gran secreto. No, la luna nunca ha hecho demasiado caso a los astronautas que siempre se han vuelto despechados y viendo cómo les ponía los cuernos y se echaba a descansar, burlona, en su hamaca de cuarto menguante.

Ahora, los astrónomos, que son unos chismosos incorregibles, han descubierto a la hermana y, en vez de callarlo, lo airean a los cuatro vientos, henchidos de vanidad, en sus revistas y en sus reuniones. Eso es puro cotilleo de holgazanes y, si fueran serios, se deberían avergonzar del daño que han hecho. Yo les pido que dejen de investigar, que a lo peor se descubre también que forma una pareja de hecho con el sol, que tiene primos y, quizás, hasta un cuñado destinado en otra galaxia. Como todo esto mataría nuestras ilusiones de lunáticos, yo quiero continuar viviendo mi luna de miel con mi luna solitaria de siempre.

Publicado en: Blog, Soserías

Suspenso a la Universidad

La polémica en la que hoy está envuelta la Universidad española se pone de manifiesto en episodios tan graves como la reciente desaparación del escenario político de una mujer de amplio currículum e innegables ambiciones así como el minucioso análisis que de su expediente como estudiante se está haciendo respecto de un joven y enérgico político conservador.

En este espacio prefiero, empero, fijar la atención en la fisiología del sistema, no en sus deformidades patológicas como son las aireadas hoy con profusa insistencia. Y las que se airearán.

Hay plumas más sosegadas y, entre ellas, es obligado citar alguna contribución como la de Clara Eugenia Núñez o la de Luis Garicano y Andrés Betancor, ambas publicadas por este periódico.

Y, por supuesto, la voz de los rectores. Su representación oficial vuelve siempre con la misma cantinela: de un lado, la escasa financiación; de otro, una desenvuelta palabrería tomada -creo- de expertos a la violeta sobre la excelencia, la movilidad interna, la visibilidad, la competitividad y otros abominables y hueros hallazgos terminológicos.

A mí me gustaría ver planteados asuntos más de fondo, empezando por el gobierno de las Universidades y precisamente la elección de los rectores, normalmente personas bien intencionadas pero que se mueven en un mundo artificial creado por un sistema a desterrar.

Porque acceden al poder gracias a los pactos que logran cerrar durante su campaña con los grupos de intereses y esta circunstancia genera una hipoteca en el gobierno de una institución docente y científica carcomida por un corporativismo destructor. De otro lado, restringe la autoridad que debe ostentar el rector porque cada “colectivo”, como ahora se dice, aspira a regar con las medidas rectorales su particular huerto alcanzando en él frutos en forma de ascensos, niveles funcionariales, complementos, plazas de profesores, becas, conferencias en los cursos veraniegos y demás prebendas benéficas. Y, en fin, porque las facultades de mantenimiento del orden académico y laboral en manos del rector prácticamente desaparecen al tener que ser ejercidas respecto a personas que contribuyeron a su elección y pueden condicionar su reelección, a la que casi todos los rectores aspiran.

Es decir y, resumiendo, lo que vemos es que cada grupo de presión más los sindicatos -implacables en la defensa de sus intereses más perentorios- aportan sus huestes y luego el rector, resignado, se ve obligado las más de las veces a dejar hacer o a intervenir de manera suave. Una situación esta turbia de la que son beneficiarios normalmente quienes le han votado o quienes se convierten en turiferarios del poder.

Precisamente es esta elección del rector lo que da lugar a otra enfermedad. Para allegar votos se ve obligado el candidato a prometer cargos y más cargos, lo que genera una tropa de personal puesto a dedo por el rector de turno, todos ellos profesores que nada saben de la muy complicada gestión universitaria y que, por ello, si algo les sale bien es por casualidad. ¿No sería más lógico que hubiera un cuerpo de funcionarios técnicos en establecimientos de educación superior y que dejáramos al profesor de latín enseñando latín y al de matemáticas haciendo lo propio?

Reclaman los rectores más autonomía para seleccionar al profesorado ¡cuando la tienen toda! Es verdad que teóricamente porque de nuevo su poder interno es limitado ya que quienes forman parte de los tribunales para cubrir plazas de catedráticos o titulares son puestos allí por los departamentos, en la práctica y a menudo ¡por el propio candidato! De donde se sigue que la supresión de las pruebas públicas -mérito del Gobierno Zapatero- ha contribuido, como era de esperar, a la degeneración y a una Universidad penosamente lugareña. Hoy, se ha conseguido que, en punto a movilidad, el profesor universitario tenga un enorme parecido con el doncel de Sigüenza.

Está luego el canto a la especialización, interpretado con el bajo continuo de la “productividad” o de la “utilidad” de lo que se estudia. Se mata así lo que de atractivo ha tenido, desde sus orígenes, la Universidad que ha de ser una institución no necesariamente rentable y, en todo caso, “sospechosa” para el poderoso si quiere mantener su prestigio y no verse rebajada a escuela de negocios o de prácticas profesionales. Se olvida que la gran investigación, la básica, por ejemplo, la ligada a las matemáticas o a la física, es la que ha permitido avanzar en otras que llevan a los inventos y a los avances técnicos. Galileo o Newton fueron simples curiosos, no personas obsesionadas con obtener un fruto y presentarlo en la ANECA para conseguir un “proyecto de investigación”. Obligado es contar con “la inesperada utilidad de las ciencias inútiles” (N. Ordine). Quiero decir que sin Marconi hoy no podríamos oír la cadena COPE (tampoco la SER o RNE) pero sin las investigaciones básicas sobre las ondas electromagnéticas probablemente no hubiera brillado el genio de Marconi.

Buena parte de la culpa de este desaguisado que padecemos se debe a la idea de la autonomía universitaria. Incorporada con la mejor intención a la Constitución vigente, hoy no existe más que en la forma de un corporativismo que ha generado además una dosis de endogamia que resulta insoportable. Se ha olvidado que lo importante no es la autonomía de una organizacion que vive del dinero público sino preservar el ejercicio, por los individuos concretos, de sus libertades básicas, de investigación, de cátedra, de expresión … Este es el núcleo del asunto, lo que en verdad vale la pena defender y para ello en un Estado de Derecho no es necesario buscar muchas ideas originales. Hoy la Universidad no es autónoma más que falsamente -por su dependencia financiera- y lo que tiene de servicio público exhibe las trazas -infamantes- de un fuerte gremialismo.

Lo malo es que siendo la autonomía universitaria una idea vacua ha hecho daño porque se ha convertido en la maleta de doble fondo que ha permitido meter de matute en la vida universitaria mucha mercancía de contrabando y la mayor parte de ella averiada.

Llegados a este punto se impone preguntar: ¿es obligada la desesperanza? La mía es total si pienso en las reformas que se puedan alentar desde los poderes públicos españoles. Creer que vamos a avanzar algo haciendo una ley en las Cortes “muy consensuada” con alumnos, catedráticos, padres, bedeles, CCAA, sindicatos …, creer -digo- que de ahí puede salir algo valioso es pensar en lo excusado.

Estimo, por el contrario, que, desde fuera, se irán imponiendo los cambios que han de mudar el paño universitario y, en tal sentido, el Espacio europeo de la enseñanza y el de la Investigación -ya a nivel mundial- serán determinantes para concebir nuevos modos, nuevos comportamientos. ¿Cómo no va a cambiar su trabajo el profesor cuando advierta que los alumnos pueden elegir entre acudir a su clase o a la de otro que se encuentra a miles de kilómetros? ¿Cómo no va a cambiar el alumno cuando se percate de la dificultad que entraña conocer un oficio en un mundo sin fronteras? ¿No se darán cuenta de que es mejor apretar los codos en las bibliotecas y laboratorios que entregarse a la rutina, a los aprobados “por compensación” o a la zafiedad de los botellones?

Solo de esta forma paulatina, ese cuerpo hasta hace poco tan nacional expulsado ahora hacia el mundo trepidante de la enseñanza superior y la investigación mundiales, vivirá inevitablemente la transformación del trabajo de los profesores y de los estudiantes, transmutando los materiales caducos y convirtiéndolos en cenizas de un tiempo pasado. Solo así se conseguirá cambiar la organización que los engloba, o sea, la Universidad.

O, al menos, la parte de ella que de veras importa.

 

(Publicado en El Mundo el día 21 de mayo de 2018)

Etiquetado con:
Publicado en: Artículos de opinión, Blog

El panfleto

Es tal la degradación del debate político en España que el libelo se ha convertido en el arma principal de combate. En la antigüedad el libelo a veces venía adornado con un envoltorio literario, hoy sin embargo se descarga en forma de twit o de video, la forma que ha tomado la máxima degradación de la dialéctica. El libelo es zafio, carece de gracia porque al cabo no es sino el viejo argumento ad hominem, es decir, el argumento de quien, al carecer de argumentos, insulta a quien ha aventurado una opinión recordándole a su madre o el olor de sus piés.

Nada que ver con la dignidad del panfleto, género literario que permite tensar el arco de la imaginación y el buen decir. De ahí su respetabilidad. El panfleto es la honda que se dispara para atizar a un objetivo identificado y al que queremos ridiculizar o directamente dejar hecho unos zorros. Viene de la noche de los tiempos, de Grecia, de Roma y sus filigranas clásicas, a mí me gusta recordar panfletos como uno que circulaba a fines del siglo XVII donde se demostraba “la irracionalidad de la doctrina de la Trinidad”. Era la época en la que habíamos salido de las certezas teológicas y nos habían dado un chute de realidad unos tales Copérnico, Galileo, Newton, Descartes y, envolviéndolo todo en la fina prosa del escepticismo, un tal Montaigne. Buenos tipos, demoledores ellos, pero corteses, les queremos mucho quienes somos amantes de andar por el mundo sin legañas y haciendo un corte de mangas a quienes pretenden darnos bronce a precio de oro.

A partir de ahí, todo se tambalea y por eso el panfleto se difunde, se manosea y se lee. Si pensamos que luego vienen Voltaire y el propio Rousseau, que fue un panfletario emboscado, tenemos ya el humus que nos llevó a la Revolución. Todos ellos fueron agitadores políticos aunque algunos no se enteraran. Una casta por cierto de la que surge el soso intelectual moderno.

Por eso no se entiende cómo quienes hoy circulan por el escenario político disfrazados de izquierdosos temibles que pretenden poner patas arriba la historia de España, que no respetan ni a los Reyes Católicos ni siquiera a don Antonio Cánovas, no se comprende, digo, que esos sujetos no tiren de panfleto para airear sus convicciones y esparcir así su producto. Y lo que es peor: han sustituido el panfleto por la pancarta que es el colmo de la simplicidad, la muestra suprema de la rutina mental. El panfleto supone habilidad de solista, la pancarta es propia del coro. El panfleto es música, la pancarta es ruido. El panfleto es el estímulo mental, la pancarta es la docilidad y el gregarismo.

Pero ¿qué se puede esperar de quienes “tienen vacíos los aposentos de la cabeza” como decía un escéptico sagaz, un tal Cervantes?

Por eso, y admitido que el panfleto carece hoy de dueño, se impone su reivindicación por quienes queremos sacar a España de su tribulación con razonamientos que huyan de los embelecos, que estén bien aparejados y, al tiempo, sean regocijantes y disfruten de una constante transfusión de sangre satírica.

 

Publicado en: Blog, Soserías

¡Nos quitan el horizonte!

El horizonte ha sido siempre ese espacio infinito vagamente azulado al que miraban los enamorados con las manos entrelazadas, el lugar de donde los poetas tomaban su inspiración como se toma el agua de un pozo generoso y providente, la referencia de los marinos que lo escudriñan para saber cuándo se logra el fin de sus afanes como los antiguos preguntaban a las aves la suerte en la batalla, el horizonte, en fin, es el regazo del que venimos y al que un día, ay, habremos de volver.

El horizonte parece lejano pero es cercano, es el espejo del cuento al que quisiéramos preguntar por nosotros, por ellos, por Dios … Si no estuviera en el mundo, lo habríamos de imaginar porque no se puede vivir sin la esperanza remota del horizonte. El prisionero es prisionero y se siente angustiado precisamente por no tener horizonte porque quitar el horizonte es suprimir la libertad, la libertad de soñar, que es la más consistente de todas las libertades, la que no está en las Constituciones y, sin embargo, la única en verdad auténtica y relevante.

Cuando se dice que en otros planetas no hay vida, lo que se está queriendo decir, en rigor, es que no hay en ellos horizonte porque la vida sin horizonte es precisamente la muerte, la nada. Y es que todo se nos convierte en entelequia, en un vulgar simulacro si suprimimos el horizonte, si nos vemos privado de su acogedora presencia, de sus guiños enigmáticos, de su inteligente ironía, de su sabiduría en suma.

El horizonte nos inspira, nos estimula porque es la gran droga, la verdadera droga, el alucinógeno más potente de cuantos se conocen. Por eso volvemos siempre al campo, al mar, porque allí podemos verle más claro, preguntarle mejor y oír más nítidamente sus respuestas, su aliento, también sus enfados y sus reprimendas. Y es que el horizonte nos amonesta como un abuelo, con experiencia y con cariño, y nos enseña la enseñanza impagable, a saber, que todo en la vida es vano, escurridizo como él, y nos advierte con sus buenos modales que vamos detrás de lo imposible, que corremos una carrera inútil, que cuando creemos haber llegado, en realidad no hemos salido.

El horizonte es la morada de la felicidad como el Olimpo era la morada de los dioses antiguos. Es justamente desde allí desde donde ésta emite sus destellos, allí compone su cautivadora sonrisa, nos abre sus brazos y nos llama, casquivana y provocadora. Allí vive en íntima comunión con el amor, del que la felicidad es hermana, y allí tejen sus juegos, sus travesuras, sus equívocos y sus eternos enredos.

El horizonte suele brillar porque tiene también algo de llama votiva, de homenaje permanente de gratitud. Es un pasatiempo del Cielo y con él juegan a la cuerda las nubes. Además ¿a quien no conmueve la enorme piedad del horizonte que todos los días comulga la sagrada forma del Sol?

Antonio Machado, que tiene, como tantos otros poetas, un bello poema dedicado al horizonte habla de él como “un cristal de llamas”, y dice sentir la espuela sonora de su paso “repercutir lejana en el sangriento ocaso, y más allá, la alegre canción de un alba pura”. Porque el horizonte, en efecto, sugiere la sangre, pero también la alegría de una canción, elementos aparentemente contradictorios pero que no lo son si se admite que el horizonte encierra al mundo todo. Y el mundo, como se sabe, es el tablero donde Dios juega a las contradicciones.

Por eso, alarma tanto que los políticos nos quieran arrebatar el horizonte de siempre y lo quieran sustituir por el horizonte desteñido de sus obsesiones y sus twits.

Debemos estar en guardia porque este es un horizonte de desfase presupuestario, de ajuste, de tipos de interés, de recortes, de déficit, de superávit, de euromoneda, de eurotarjeta y de eurotedio… Allí no suena “la alegre canción de un alba pura” sino el monótono acorde de la tasa de inflación, del crecimiento de la inversión, de la consolidación fiscal, del balance monetario y de la desregulación laboral. Allí no hay colores ni enigmas que nos consuelen, sino subvenciones, cuotas lácteas, bienes de equipo, exportaciones, importaciones, PIB, stocks de existencias y formación bruta del capital.

¡Ah, políticos! Nos mandáis, nos mangoneáis, nos lleváis de acá para allá. Sea, aceptémoslo porque tratar de esquivaros es tarea inútil y acaso signo de soberbia. Pero lo que en modo alguno podemos permitiros es que tratéis de quitarnos el horizonte de siempre, el horizonte antiguo, el horizonte de nuestras miradas perdidas, de nuestras esperanzas azules. Oíd, políticos, y atended, nuestra llamada angustiosa: ¡no nos quitéis nuestros sueños!

 

Publicado en: Blog, Soserías

Carnés y tarjetas

En el principio fue la cédula. Era ésta un documento ligado al pago de determinados impuestos de suerte que se expedía a quien se ponía a bien con la Hacienda, que ha sido siempre una de las formas de estar a bien con Dios. La cédula ha servido pues, a lo largo del siglo XIX, como prueba de identificación personal y, como no existían las fotos de carné, recogían los rasgos más sobresalientes del sujeto, como su altura, el color de los ojos, la abundancia o escasez de pelo y otras características que servían para hacerse una idea aproximada de su titular y así las fuerzas del orden público se hacían la ilusión de tener más o menos controlado al personal.

Todo ello era sin embargo muy rudimentario porque quienes estaban obligados a disponer de cédula eran en rigor pocas personas. El sujeto que no era propietario de nada ni tenía pensado en su vida otorgar un documento público ni desempeñar un cargo de enchufado en el Ministerio de Fomento podía vivir tranquilamente sin cédula que era como vivir en libertad. Es decir que, en cierta forma, la cédula distinguía a los individuos libres de los que habían sido esclavizados por el Estado al obligarles a pagar impuestos o a mancharse las manos de tinta en una oficina pública. Como seres beatíficos, es decir, sin cédula vagaban también las mujeres, a menos que cometieran la vulgaridad de casarse; los soldados porque los moros en África no la requerían para arrearles estopa con sus espingardas; las monjas a quienes Dios no iba a pedir la identificación antes de rezar los maitines y también los penados pues ya llevaban una bola atada a un pie y se les distinguía. También los locos andaban por la calle como les petaba y los mendigos siempre que lo fueran, según decía el Reglamento, “por causas ajenas a su voluntad”. Es decir, que el mendigo por vocación, el que pudiendo disponer de coche con tronco de seis caballos, se empeñaba en seguir de mendigo pidiendo limosna, ése tenía que sacar su cédula como sanción a su extraviada conducta.

La realidad era que casi nadie tenía cédula. ¿Alguien se imagina a los bohemios de la pintura o de la literatura (por ejemplo, a Gálvez, ahora que lo ha resucitado Prada en un libro excepcional) presentando su cédula para perpetrar el correspondiente sablazo? La cédula representaba una forma de encadenamiento y por eso era cosa de funcionarios y de suministradores del Ejército. La cédula era la marca de hierro del ganado estabulado, la vieja carimba que se ponía a los esclavos. La gente bien iba sin cédula y con la cabeza alta, aspirando la más gloriosa de las libertades, la libertad de no estar identificado, de no figurar en registro alguno, de no haber sido presentado jamás a esa chismosa señora que es la Administración.

Una libertad ésta que se ha perdido. El carné de identidad con foto, la huella dactilar como seña indeleble, hasta el grupo sanguíneo que ha sido siempre una cosa íntima, como la sífilis, todo ello metido en ordenadores, controlado por personal especializado ha venido a dar al traste con el vagar anónimo e irresponsable del pasado. Hoy no podría volver la vieja bohemia porque al bohemio se le acabaría pidiendo el NIF y eso le aniquilaría y sobre todo le igualaría sin remedio al contable de una entidad de seguros.

Pero no acaban aquí las desdichas del presente porque a este carné básico es preciso agregar los de socio del equipo de balompié, de la sociedad recreativa, de la hermandad de donantes de vísceras, de la tienda que alquila las cintas de video pues hasta estos establecimientos expiden hoy sus carnés con formalidad policial y burocrática. Todos con sus fotos que son como proclamar nuestra identidad a los cuatro vientos, como ir de anuncio o dando cuartos a un batallón de pregoneros.

A ello hay que añadir las tarjetas de crédito que recibimos, las pidamos o no, por docenas de los bancos, extrañamente solícitos hacia nosotros y sorprendentemente preocupados por nuestra comodidad. El último invento es la tarjeta de “fidelización”, en español “fidelidad”, error disculpable este pues ya sabemos que el Diccionario no es el fuerte de las beneméritas clases comerciales. Esta tarjeta sirve para obtener puntos si somos fieles (o nos mantenemos “fidelizados”) a una determinada firma y, si los juntamos con perseverancia, podemos llegar a ser agraciados con regalos y obsequios. Esto mismo ocurría en mi infancia y mi abuela se pasaba las tardes pegando con engrudo sellos en una cartilla (que había sucedido a la de racionamiento) para, al fin, conseguir una palangana de plástico. Como hoy todos, gracias a este ingenioso sistema, ya disponemos de palanganas, lo que se ofrece es un viaje a Roma o a Disneylandia.

Estamos ante el colmo de los colmos: nada menos que la dama esquiva de la fidelidad, programada y metida en una tarjeta. Ya veremos cómo reacciona, ella tan casquivana. Yo, por mi parte, voy a intentar conseguir mi tarjeta de fidelidad para darme el supremo gustazo: el de serle infiel.

 

 

Publicado en: Blog, Soserías

Cuernos de rinoceronte

Que la policía londinense es la más eficaz del mundo todos lo sabíamos porque así lo hemos aprendido desde pequeñitos en las películas sobre Scotland Yard. Es verdad que Agatha Christie se permitía sacar detectives despistados en sus novelas pero esto lo hacía como simple recurso literario y con la benemérita intención de realzar las habilidades de sus personajes. Ya sabemos que las novelas no son sino una colección de mentiras y quienes las escriben embaucadores que solo perjuicios causan al buen orden social.

Y es que descubrir asesinos en Londres no era tarea fácil si se tiene en cuenta la niebla persistente que envolvía sus calles creando aquella sensación de angustia fluyente, de incógnitas, de gritos de terror y de desesperanza. No es extraño que haya habido allí tantos asesinos porque su actividad profesional se ha podido ejercer siempre de una manera mucho más sencilla al contar con el amparo acogedor que prestaba el sudario de la niebla. ¿Cómo se puede comparar al asesino de Londres con el de Málaga, cuya obra queda expuesta al instante al sol delatador, linterna del Gran Vigía?

Pues bien, experimentada como está la policía inglesa en descubrir delincuentes de consistencia, le ha sido extremadamente fácil dar con una banda que había logrado acaparar un formidable alijo de cuernos de rinoceronte. Lo primero que llama la atención es constatar que hay contrabandistas de cuernos de rinoceronte como antes había contrabandistas de tabaco y máquinas de fotografiar que ya o no existen o simplemente son el hazmerreír de los contrabandistas.

De igual forma, a cualquier persona bien constituida le parecerá sorprendente que exista un comercio de cuernos de rinoceronte porque, en nuestro medio, aparecer en casa de unos amigos que han tenido la amabilidad de invitarnos a cenar con un obsequio de estas características se tomaría como una indirecta hiriente por burlona o, sencillamente, como una ofensa. Y es que el cuerno entre nosotros, fuera de las plazas de toros, tiene un significado bien preciso de pecado, de sábanas y de vicio. El cuerno trae, como la caracola, el rumor preciso de una tempestad de sudores.

Visto así, ningún interés económico tendrían los cuernos de rinoceronte pero el asunto se aclara si se explica que los mismos estaban destinados a varios países del Lejano Oriente donde los utilizan como estimulantes del apetito sexual. Claro es que no en su estado natural porque son grandes, alguno pesa hasta ocho kilos, y puntiagudos, sino convenientemente triturados y convertidos en polvo. Así es como adquieren las indicadas propiedades. Es decir, que el polvo de cuerno de rinoceronte desencadena el polvo de la venérea pasión.

La imagen de un asiático inapetente tomando de la estantería su cuerno y enchufando la minipimer de cuernos para triturarlo y obtener el ansiado polvo es verdaderamente extraña para nuestra sensibilidad de occidentales. Porque, a renglón seguido, surge la pregunta: ¿el polvo se aspira como el rapé de nuestros abuelos o se toma mezclado con el cola-cao? ¿o es un tópico que se aplica a la zona afectada por la desgana? ¿a cuál, a la del hombre o a la de la mujer? Son preguntas, como se ve, inquietantes, que convendría aclarar si se quiere introducir entre nosotros al rinoceronte como inspiración placentera.

¡Quién nos los iba a decir! El rinoceronte, un bicho antediluviano, espantoso, que asusta a los niños y a los adultos en el zoo, resulta que pone verriondos a los moradores del Lejano Oriente porque, es claro, que cuando un asiático vea a un rinoceronte, lo primero que se le ocurrirá será hacerse con su cuerno para triturarlo y pasárselo pipa. De modo que todo el embrujo que para nosotros tiene Asia por la leyenda de sus mágicas mujeres, cuyos ojos cautivan por su luz limpia y mate, hembras de velas altas, de suaves susurros, de gemido tímido y quedo, ahora resulta que debe cuestionarse pues a sus compatriotas les dejan indiferentes y que, justamente por estar flácidos y decaídos, precisan de un reconstituyente como nosotros necesitábamos el vino quinado en nuestra niñez. Porque eso parece que es el cuerno de rinoceronte molido: una especie de ponche para combatir el asiático desarme.

Todo esto es en verdad muy complicado. El occidental procede en estas materias de una forma más sencilla porque ora se encuentra excitado de continuo, ora le basta una imagen, una evocación, a veces una música, un simple olor, para responder con seguridad, eficacia y prontitud.

¿Polvo de cuerno de rinoceronte? No, gracias. Por estos pagos se prefiere el de una de esas diosas de ébano que juegan al voley – playa.

 

Publicado en: Blog, Soserías
Comentarios recientes
Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.