¡A chupar!

Hemos visto fotos en los periódicos en los últimos días que dan mucho que pensar porque parece estar naciendo una nueva forma de comportamiento entre los humanos que sería oportuno subrayar. Ocurre que a los contemporáneos nos suelen pasar desapercibidas las noticias más importantes, aquéllas que están llamadas a desplegar más larga y sostenida influencia. Esto se debe al despiste de muchos pero sobre todo al mare mágnum de información que a diario recibimos: es de tal extensión y profundidad el citado mare mágnum que resulta difícil acertar a distinguir en él el agua propiamente dicha de la espuma. No me gustaría dejarme atrapar por esta confusión y pasar así por desorientado o distraído. Que el futuro, ya se sabe, es una simple letra de cambio que giramos al presente.

Por eso realzo la importancia de determinadas fotos: son dos; en una de ellas, se ve al gerente de una gran empresa comercial chupando una ventana para demostrar que el material con el que la misma está fabricado es de óptima calidad y no daña ni al medio ambiente ni al estómago; en la otra, son tres lindas muchachas, practicantes del apacible deporte del judo, que igualmente y con cara de gran satisfacción, chupan las medallas que han conseguido en un mundial campeonato de fama y prez.

Este es el hecho: a partir de ahora y tal como nos avisan estos heraldos del porvenir, que son el gerente y las yudocas, la forma de contrastar la calidad de los productos, la bondad de las ofertas comerciales o lo ajustado y concertado de los servicios públicos, será chupar y chupar. Chupar, además, en público y si está un fotógrafo cerca, mejor. Si nos capta una cámara de la televisión, miel sobre hojuelas, y si es una plataforma digital, entonces hemos entrado directamente en el paraíso.

Hasta ahora chupar, lo que se dice chupar solo era una acción aplicable, en la tierna infancia, al pezón materno, lugar éste de donde extraíamos el jugo vital y fortalecedor; después, en la madura infancia, chupábamos el Chupa – Chups, que ha sido uno de los grandes inventos que el hispano genio ha proporcionado a la humanidad, junto al botijo y al glorioso programa “un, dos, tres”. También nos hemos chupado los dedos después de acabar con un buen pastel de merengue pero nos hemos guardado muy bien de chuparnos el dedo porque eso, como es bien sabido, es una de las formas de que disponemos de pasar ante nuestro prójimo por lelo o tonto.

Y, si se piensa con atención, poco más se ha chupado, al menos de una manera clara y manifiesta. Porque otras chupadas pertenecen más al terreno de la intimidad y, por ello, siempre han quedado vedadas a la pública curiosidad. Y así, en ese oscuro hipogeo, deben permanecer.

Pero, a partir de ahora, la acción de chupar, como vemos, extiende su radio de acción, se generaliza y se asienta en ámbitos donde hasta ahora no se había practicado. Y, además, gana publicidad, lo cual es una cierta y definitiva novedad.

Las situaciones que uno puede imaginar pueden parecer pintorescas pero dejarán de serlo en cuanto nos acostumbremos a ellas. Así, es verdad, que cuando la ministra de Hacienda presente los Presupuestos del Estado en el Congreso y se haga una foto chupando la partida presupuestaria dedicada a “bienes inmuebles y material inventariable” nos va a sorprender algo pero en cuanto lo haga un par de años nos parecerá la cosa más natural del mundo y, es más, cuando no le veamos chupar el Presupuesto, pensaremos para nuestro coleto, mal va la cosa en el mundo de los dineros cuando la ministra no se atreve a chupar esta o aquélla transferencia presupuestaria. Y sólo ganaremos de nuevo tranquilidad y confianza, cuando la coja y le pegue un par de lametones.

Lo mismo es probable que nos pase cuando los sindicatos lleguen a un acuerdo sindical. Hasta ahora, los dirigentes empeñados en el mismo se limitaban a dar una conferencia de prensa, que es un género aburridísimo de puro sabido. A partir de ahora, llamarán a un fotógrafo y, ante él, chuparán el mentado acuerdo y los trabajadores y los empresarios todos quedarán encantados y se marcharán comentando la confianza y la tranquilidad que otorga un acuerdo sindical bien chupado.

Y así tantos otros ejemplos. Ya no será necesario que las escrituras públicas las firme el notario sino que bastará que la chupen el comprador y el vendedor. Esto será malo para los notarios (que, al contrario de los escritores, logran vivir de la escritura) pero para los ciudadanos normales puede resultar un alivio de elevada cuantía. Y el Gobierno chupará los decretos, la Iglesia chupará los sacramentos, el joven licenciado, su título, y el arquitecto, la casa construida; y así todos, chupando y chupando, descubriremos un nuevo sabor a este mundo, tan gastado.

¡A chupar!

 

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Don Quijote en Cataluña

Al no considerarse españoles, los separatistas catalanes o no han leído el Quijote o, si lo han leído, lo han hecho con desgana o acaso incluso con desprecio al considerarlo un ejemplo literario de la pérdida del sentido común en la España del siglo XVII.

Y, sin embargo, en esa obra residen algunas de las claves idóneas para interpretar la máquina de pendencias, plenas de desvarío grotesco, que protagonizan quienes dirigen esa malhadada aventura.

Personajes estos que ven ladrones en unos españoles que son justamente quienes les ayudan -con ingentes cantidades de dinero- a enfrentar los alegres gastos que ellos emprenden por las tierras de Cataluña y aun fuera de ellas, allá por Europa. En ella, en esas tierras que fueron pesadilla en los tiempos quijotescos, erigen una venta y la toman por castillo. Por el castillo de la independencia y la casa de la República. De una República que es tan imaginaria como la ínsula Barataria que llegó a regir Sancho Panza, convencido de que era realmente un gobernador, cuando tan solo era el monigote de la burla trenzada por unos duques amigos de la chanza y del donaire.

Y lo mismo arremeten contra las leyes de España como don Quijote lo hizo contra los cueros de vino o los molinos de viento creyendo incluso que era capaz de segar la cabeza de gigantones y follones y hacer correr una sangre que solo estaba en su imaginación dada a la desmesura. Al final es él quien padece sus desatinos y le acabaremos viendo encerrado en una jaula tirada por unos bueyes lentos y cansinos, acaso símbolo explícito y elocuente de la justicia española.

Es más: son capaces de pronunciar el discurso de la Edad de Oro aplicado a un país que conoció la independencia, el ejercicio pretérito de su soberanía intransferible, la riqueza de sus habitantes y su fama de hidalgos templados, valientes y comedidos. Y hacerlo ante unos cabreros atónitos que, o no entendían nada o entendían demasiado bien la sucesión de tópicos bondadosos y virtuosos que se perdieron a manos airadas españolas. O lo que es lo mismo: a manos de desaforados bárbaros fanfarrones y encantadores trapisondas.

Unos dirigentes que disponen del bálsamo de Fierabrás con el que van a curar las heridas causadas por las desdichas pasadas entre castellanos malandrines y entregados a las bellaquerías más ominosas.

Olvidan que, cuando don Quijote se acerca a Cataluña, allí se encuentra los cuerpos de los bandoleros en cuartos colgados de los árboles y que topa con la partida de Roque Guinart, quien pregunta -con eclesiástica finura- a un secuaz que le avisa de la llegada de hombres a caballo: “¿son de los que buscamos o de los que nos buscan?”.

Y es precisamente en Barcelona, en su playa, esa que ahora se trata de inundar de cruces amarillas, donde don Quijote es vencido por el caballero de la Blanca Luna que no era otro que el bachiller Sansón Carrasco (¿o era el juez Llarena?) y que, destruida su fama, ha de volver a su lugar para recobrar en él la razón y advertir, ya olvidado de confundir la realidad con las ensoñaciones y los rebaños con ejércitos, que “en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”.

Y es que estos separatistas catalanes qué poco saben, Sancho, de achaques constitucionales y del vigor del brazo del Estado de Derecho.

 

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De Felipe IV a Pedro Sánchez

La biografía, quiero decir, el arte de cultivar la biografía, es una cortesía que algunos historiadores practican. Si esto es así, Alfredo Alvar Ezquerra ha vuelto a mostrar su refinada educación al ofrecernos recientemente la andadura del rey Felipe IV con solvencia y además con un estilo suelto, muy alejado del envarado y lacerante que es usual (editorial “La esfera de los libros”, 2018).

El reinado estudiado por Alvar resulta del máximo interés en la actualidad por muchas razones. No hay más que leer las páginas dedicadas a los proyectos de reforma integral del Estado que se plasman en Memoriales, Reformaciones, Reputaciones y escritos arbitristas variados para percibir el alcance de la preocupación de una clase política deseosa de corregir las prácticas instauradas por el tercero de los Felipes y por la “cleptocracia” personificada en el duque de Lerma: “ a nadie se le ocultaba que se quería reformar -escribe el autor-. Se sentía la necesidad. Se deseaban las reformas que dieran aire a Castilla y obligaran a los demás. Solo un gobierno valeroso sería capaz de poner manos a la obra”.

En ese marco se inscribe la lucha contra la corrupción, presente en todos los rincones pues hasta el propio Nuncio cobraba por dar audiencias y el duque de Lerma se hizo cardenal para huir de la Justicia real “una suerte de aforamiento, a su manera y en sus tiempos, de entrar en un Senado diferente”. “Como corresponde a todo nuevo Gobierno que se precie -resume Alvar- ha de actuar sumaria y ejemplarmente contra la corrupción”. Al final todo quedó en cuatro retoques superfluos sin que se inmutaran las prácticas de quienes controlaban realmente las palancas burocráticas del Imperio y, sobre todo, a un mezquino ajuste de cuentas entre las dos grandes familias del momento, los Guzmanes y los Sandovales “disfrazado todo -eso sí- de mil y una aseveraciones morales o éticas”.

Si esto nos suena tanto es porque la Historia, no lo olvidemos, tal como resume Cervantes en el Quijote (I, IX), es “émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

Por eso nos sirve para recordar que estamos ante los años que conocen nada menos que la sublevación de Cataluña (1640). Alvar es muy claro al analizarla: “los esfuerzos para contar con Cataluña -mejor dicho, con las oligarquías urbanas, con los hidalgos rurales, con el campesinado- en el entramado del Imperio habían sido baldíos tantas veces cuantas se intentó”. Así en 1626 y 1632 se negaron lisa y llanamente a participar con el rey en los términos que él había pedido y necesitaba. Y añade el autor: “lo del victimismo y la queja no es nuevo; tampoco su alimento por la historiografía nacional o extranjera. Suele argumentarse que los catalanes estaban dolidos entonces porque el rey solo se acordaba de ellos cuando Castilla fallaba. Tal aseveración es simpática: si el rey se acuerda de un territorio para ir a visitarlo, malo porque va allí y estaban más tranquilos sin tanta presencia real; y si el rey pide ayuda a los habitantes de un territorio malo también porque va contra sus fueros involucrarse en guerras por Europa”. El conflicto bélico desatado ofrece elementos para la meditación que no son de este lugar, aunque, como resume con contundencia Alvar- “suele ser frecuente invocar el pasado normativo para ocultar el latrocinio de las oligarquías”. El final, ya se sabe, en 1652 acabó el episodio no sin haber percibido los catalanes lo que les esperaba si hubieran sido acogidos por la benévola monarquía francesa. Quevedo lo señaló: “debiera advertir Cataluña que el mudar señor no es ser libres sino mudables” (“La rebelión de Barcelona. Ni es por el güevo ni es por el fuero”). Felipe IV, que podía haber hecho tabla rasa de los fueros -“laberinto de privilegios”, de nuevo Quevedo dixit- los rebañó solo en lo indispensable para asegurar la prerrogativa real.

Estamos a mediados del siglo XVII. Pasan los siglos, huyen las nubes, se acumulan los sueños, se diluyen los crepúsculos, se inventan cachivaches y artilugios nuevos … y llegamos al siglo XX cuando en el mismo lugar, España, se proclama una República (la segunda en su historia) y se decide por el flamante poder constituyente restaurar la justicia, atropellada desde tiempo inmemorial, desmontando el centralismo tradicional y el Estado jacobino. Se crea así una nueva arquitectura constitucional que ha de acoger la autonomía de algunos territorios, entre ellos, claro es, Cataluña. Las reticencias frente a la disgregación de España se hacen explícitas entre los próceres pero hay un hombre, de anchos conocimientos y férrea autoridad, que se alza en la tribuna para disiparlas apostando por favorecer las históricas pretensiones catalanas. Se llamaba Manuel Azaña y, a tal efecto, pronuncia una serie de discursos, que han sido hace unos años recordados con oportunidad por García de Enterría, de entre los que entresaco estas palabras, de una expresividad tan bella como contundente: “Lo que importa es navegar … para esta navegación no os basta llevar el timón de la nave sino que es preciso sacar del pecho el aliento que ha de impulsar las velas. Pecho al porvenir y revestíos de arrojo para ensayar, del arrojo grave de los hombres responsables que saben para lo que están en la vida, y estad vigilantes para saludar jubilosos a todos las auroras que quieran despegar los párpados sobre el suelo español”. (Por cierto ¡cómo nos quedaríamos los españoles de hoy si oyéramos esta calidad oratoria en el Congreso de los Diputados!).

Pues bien, cuando pasan pocos años, a ese mismo Azaña – lo deja consigado en el “Cuaderno de la Pobleta” (mayo de 1937)- “le escandalizan las muchas y muy enormes pruebas de insolidaridad y despego, de hostilidad, de chantajismo que la política catalana de estos meses ha dado frente al Gobierno de la República”. Y también: “Republicanos circunspectos, moderados, que en las Cortes se resistían a votar el Estatuto, han dicho ahora en sus discursos o en conversaciones privadas conmigo que España sería una federación de Repúblicas, con lazos muy débiles, entrando y saliendo de la Federación libremente …”. Y exclama quien era el Presidente de la República: “¡Liviandad de las cabezas sin pensamiento propio, a merced del viento que sopla! Lo tengo a gran disparate … Claro está que si al pueblo español se le coloca en el trance de optar entre una federación de repúblicas y un régimen centralista, unitario, la inmensa mayoría optaría por el segundo”.

En el verano de 1937 pasaron por Barcelona representantes destacados del Gobierno vasco tratando de proclamar una especie de “eje Barcelona-Bilbao, caricatura -dice Azaña- que significaba que los nacionalistas vascos y catalanes harían un frente común contra el Gobierno de la República”.

De nuevo huyeron las nubes, se acumularon los sueños, se diluyeron los crepúsculos, en fin, se están inventado ¡y a qué velocidad! cachivaches y artilugios nuevos … Y llegamos al último tercio del siglo XX, y a los comienzos del XXI, y al gobierno Zapatero dispuesto a aceptar sin rechistar lo que los nacionalistas catalanes propusieran desde su Parlamento, y vino un Estatuto nuevo y un referéndum con una bajísima participación y la “operación diálogo” con un político conservador propulsándola y una alta funcionaria del Estado ejecutándola … Desde una “inadmisible deslealtad” (Felipe VI) se proclamó la República catalana y se aprobaron unos engendros llamados leyes para “desconectar” aquel territorio del resto de España, lo que ha obligado a iniciar procesos penales contra quienes se han sublevado contra la Constitución y … ¿para qué seguir?

Menos mal que ahora, hace unos días, don Pedro Sánchez, el mismo que renuncia una semana a enderezar la financiación autonómica y la siguiente la asume como empresa a culminar en esta legislatura, el mismo que acepta continuas bravatas de las autoridades catalanas, ha anunciado desde el ambón del Congreso que nadie se alarme, que todo está encarrilado y encontrará su adecuada solución promulgando ¡un nuevo Estatuto de Autonomía!

Los españoles podemos respirar tranquilos …

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 7 de agosto de 2018).

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¿Habla usted “inclusivo”?

Si no teníamos pocas lenguas en España, florece ahora otra con total pujanza: el “inclusivo”. Pronto veremos academias de inclusivo, cursos de verano para aprender el inclusivo y el Instituto Cervantes y las escuelas Berlitz se verán obligados a ampliar su oferta con clases de “inclusivo”.

En el pasado, en los siglos XVIII y XIX, se hablaba en el mundo fino y cortesano el francés y así los reyes, aunque fueran alemanes, por ejemplo el de Prusia, eran capaces de departir con Voltaire sobre las mejores hierbas para evacuar recio y ordenado haciendo alardes de vocabulario y gramática aprendidos a base de lecturas de Ronsard -aquel en cuyo huerto cortaba Antonio Machado las rosas- y de Montaigne.

Hoy el inglés arrolla y sin clemencia lo tenemos cual sofrito en todas partes de manera que en países como España donde lo “progre” (a no confundir con el progreso) es defender las “identidades” tan diferenciadas y tan ricas de que disfrutamos, advertimos cómo el habla cotidiana, los anuncios y hasta las tapas en los bares están plagados de anglicismos. Raro es el español que no dice “O.K.” para expresar su conformidad con lo que se le propone o que no monta, ahora en vacaciones, una “mountain bike” para perder pliegues sebáceos y ganar tersura.

Así somos de puntillosos los defensores de las singularidades, las autonomías, el derecho a decidir y las deudas históricas.

No se descarta que en breve hablemos en chino y pierda su significado eso de “hablar en chino” para motejar una jerigonza incomprensible. Atención, señores académicos, habrá que acabar con ese atropello a la dignidad de la lengua china y de sus hablantes rectificando el Diccionario.

De momento a lo que estamos los españoles/as es a aprender “inclusivo” que es el idioma que nos acerca a la mariposa de la modernidad y nos aleja del negro buitre de la caverna y la carcundia.

-¿Hablas inclusivo? -preguntará el joven a la jovena antes de empezar el juego de la conquista que, por cierto, dejará de llamarse conquista pues suena a negros, a indios, a colonias y a votación reñida en la ONU. Se deberá llamar engatusamiento aunque esta palabra puede que irrite a los gatos y entonces habrá que sustituirla por señuelo (con la forma femenina señuela) o acaso caricia (y su correspondiente caricio).

-Te voy a hacer caricios y caricias para ver si te persuado/a de que me dispenses tu cariño/a.

Sé bien y lo saben bien quienes están introduciendo el “inclusivo” que al principio costará pero nos acostumbraremos como nos hemos acostumbrado a decir all right, pendrive, cool, advisor, mailing, call-center, cash, catering, performance, manager, parties y ranking cuando estamos con unos amigos del colegio de los jesuitas en un bar de Zaragoza o de Guadalajara.

El porvenir para los jóvenes filólogos se convierte en risueño y distendido, una lonja opulenta donde se reparte la fantasía. Menuda diferencia con aquella época aflictiva en la que tenían que aprender ¡las declinaciones en latín y el optativo en griego!

Gran negocio a la vista: “High School of inclusive language”.

 

 

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Secretos

Qué sea un secreto es justamente un secreto. Difícil de captar, más difícil de explicar, se mueve el secreto en la nebulosa de la incógnita, del misterio, de la máscara porque el secreto es eso: la máscara que se pone la realidad para juguetear con nosotros hurtándonos sus claves y envolviéndonos en sus emboscadas. El secreto puede ser ceñudo, tener malas pulgas, pero también juguetón siendo el secreto sacramental, el del confesor con su penitente, el de mayor enjundia y circunstancia. Y el más cómico, el que suscita menor respeto, el secreto de Polichinela.

Secretos a los que llevamos dando vueltas desde las eternidades del pasado son el de la Vida y la Muerte sin que hayamos conseguido rasgar sus arcanos. Todo el negocio de los médicos y los curas consiste en tratar de convencernos de que ellos guardan las códigos. Difícil creerles.

Por eso nos conformamos con secretos más domesticados como son los militares que se guardan en los cuarteles junto a las bombas, los misiles y los almanaques de mujeronas jarifas. En la OTAN hay una unidad de secretos que es un ir y venir de cuchicheos, de medias palabras, un lugar donde todo se hace a la chita callando. Existe una cadena de mando: desde el general de brigada de los secretos, que guarda el más hermético, el de quien muere despanzurrado, hasta el cabo furriel que se limita a custodiar los resultados del torneo de parchís que juegan los oficiales.

Yo recuerdo que en un Ministerio del que yo fui servidor existía en el despacho del ministro una caja fuerte cuyo contenido nadie conocía porque se había perdido la combinación lo cual no es extraño pues una combinación que se precie solo mantiene su dignidad si permanece en secreto. Pasado el tiempo conseguimos conocerla pero nuestra desilusión fue grande: allí no se guardaba más que un folleto del que existían miles de ejemplares distribuidos por todas partes. Aquella caja fuerte que, procede proclamarlo, es el ataúd de los secretos, nos la jugó y pagó  nuestra curiosidad por conocer su secreto entregándonos lo que era un secreto … a voces. Esto pasa siempre que se tiene la osadía de desvirgar un secreto.

En la vida política hay muchos secretos. Saber cómo burlar a Hacienda sin causarse a sí mismo un estropicio es uno de los más valiosos. Pero hay también políticos que llevan tiempo tratando de desvelar el secreto a la Nación y se preguntan cómo se la identifica y cuántas hay, si dos, tres, cinco, es más hay quienes tienen confiado todo su embrujo como tribuno a este misterio … Menos mal que la Nación no se deja arrebatar su secreto, hasta ahí podíamos llegar, porque precisamente la Nación es la depositaria de todos los secretos de la Historia, la Geografía y la Numismática y a buena hora está dispuesta a dar tres cuartos al pregonero mostrándosenos en sus claridades, en sus impudicias y en sus crímenes.

Ahora, estos días, se está intentando conocer el secreto de la elaboración de unas albóndigas que una gran marca comercial vende por millones. Se ha creado el espía de albóndigas -como hay el de la coca-cola- y ya comparte sindicato con el espía de naves espaciales. Como son diligentes y hábiles han resuelto el secreto pero no quieren decirlo por miedo a quedarse sin empleo y volver a vivir aquella época angustiosa que pasaron tras desenmascarar el secreto de las croquetas de ave y las empanadillas de atún.

Ningún temor señores espías: siempre quedarán las salchichas de Frankfurt envueltas en su secreto silente, litúrgicas bajo el palio de su secreto inmortal.

 

 

 

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¿Asesinato del detective?

Llevar una vida plácida es el deseo de muchas personas llenas de buen sentido pero esta sana aspiración se frustra casi todos los días como consecuencia de las noticias alarmantes de los periódicos que logran turbar el ánimo del más vigoroso. Lass que a mí más me afectan son los simples despachos de agencia pero, ay, cuánto mal puede esconderse en sus cuatro breves líneas. Y es que las noticias malas hay que darlas en comunicados o en artículos largos, cuanto más extensos, mejor, para poder digerirlas adecuadamente de la misma forma que los medicamentos más peligrosos los tomamos con abundante comida. La noticia brevemente lanzada al aire de la publicidad es una puñalada con mucho daño porque, además, añade el quebranto que trae todo lo imprevisto.

Así recibimos de forma escueta la información según la cual la titulación de detective sólo se podrá alcanzar realizando los estudios universitarios de criminología que se imparten en las Facultades de Derecho. Ante una noticia de este calibre, ¿es extraño que una persona normalmente formada sea presa del más inquietante desasosiego? A mí me parece que es lo lógico porque son muchas lecturas las que se ponen en cuestión y lo que es peor: ¿no estaremos echando por la borda nada más y nada menos que la historia de la novela policíaca? ¿se puede atentar contra un género literario? ¿qué nombre recibirá quién asesina una forma de la creación narrativa? ¿novelicidio? ¿puede todo esto de verdad quedar impune?

Esta es la cuestión. Grave, como se ve, y que merece una cierta atención. Porque los grandes detectives de la Historia jamás, que sepamos, han pasado por Facultad alguna ni falta que les ha hecho. ¿Es que se puede estudiar en las aulas universitarias la intuición, el olfato, la sagacidad, la penetración psicológica? En ellas a lo más que se llega es a distinguir un contrato de arrendamiento de un testamento o un recurso de casación del usufructo. Pero lo otro, la inteligencia para oler al criminal desalmado, cercarlo, descubrirlo al cabo poniéndole ante las pruebas concluyentes ¿todo esto puede enseñarse desde una tarima? Hace falta ser muy ingenuo para así creerlo. O, simplemente, es necesario no haber leído ninguna novela policíaca. Ahora bien, la ingenuidad y el hecho de no haber leído nunca una de esas novelas son datos que por sí mismos descalifican a un sujeto.

Ya el capitán Nointel, personaje de las viejas novelas policíacas de Boisgovey que tienen como escenario las representaciones de ópera, era un simple aficionado sin formación alguna pero con un certero pálpito para apresar malhechores. Y Baudelaire, el gran poeta, con lo que realmente disfrutaba era con las aventuras de Dupin, un personaje que iba a su aire en los cuentos de Edgar Allan Poe.

Connan Doyle, que es quien funda la novela policíaca moderna, dotó a su Sherlock Holmes de habilidades muy diversas porque Holmes lo sabía casi todo y era experto en anotar las más nimias impresiones, distinguir perfumes o cenizas de los cigarros, deducir el comportamiento humano de la conformación de las manos, y así mil conocimientos y trucos más. Holmes era químico y también drogadicto, solitario y, sobre todo, un sabio raro. Supuesto todo esto ¿alguien puede concebir la idea de un Holmes examinándose de derecho romano en la Universidad de Oxford? ¿o de criminología ante un tribunal de pazguatos? A la entera historia del crimen habría que darle la vuelta del revés para imaginar tal despropósito. Si Holmes se hubiera visto obligado a entregarse a semejantes empeños, jamás habría llegado al lugar definitivo al que llegó, enredado como hubiera estado por los parciales, la selectividad y una porción de inutilidades de este jaez.

Además, un detective necesita un acompañante que sea como su fiel y casi mudo escudero. Así ocurrió con Dupin y con el doctor Watson, el amigo de Holmes. ¿También este sujeto tiene que pasar en el futuro por la Facultad y por los estudios de criminología? ¿tendrá el detective que darle de alta en la Seguridad social? Y su contrato ¿será de los llamados basura o, por el contrario, de los indefinidos y sólidos?

Estas mismas consideraciones pueden trasladarse a Maigret o a Poirot. O, ya en nuestra literatura, al inolvidable Plinio de las creaciones de Francisco García Pavón, un guardia municipal de Tomelloso dotado de la habilidad detectivesca de forma natural y congénita, sin haber perdido jamás el tiempo en una clase de criminología.

El detective merece un respeto y esto es lo que irremediablemente se pierde si le obligamos a matricularse, pagar una tasa, y examinarse en septiembre de huellas dactilares. Queda pues en el aire la terrible cuestión: ¿somos conscientes de que estamos asesinando al detective?

 

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Comida “in itinere”

El gusto por la comida marca la distinción de un pueblo. A los desaliñados se les reconoce pronto por su propensión a comer vulgaridades de la misma manera que se identifica a los selectos por su gusto en figones y mercados.

He llegado a la conclusión, después de mis muchos movimientos viajeros, que el número de personas que van comiendo por las calles de forma distraída una manzana o un trozo de pizza nos permite calibrar el grado de estupidez de esa sociedad. En Nueva York he visto hace pocas semanas tipos que incluso manejaban tenedor y cuchillo cruzando un semáforo. Un prodigio de habilidad y de dislate que configura lo que podemos llamar la comida “in itinere”, la forma más abominable de alimentarse que alguien puede concebir.

Esta degradación social no tiene nada que ver con el hecho de que quienes así se alimentan son pobres currantes imposibilitados de dar al momento de la comida el sosiego y el esplendor que merece. Porque trabajadores que se han visto obligados a comer “in situ” los ha habido, por ejemplo en España, desde la noche de los tiempos. ¿Cómo, si no, se han engendrado esas maravillas que conocemos como gachas, como migas o, supremo hallazgo, el gazpacho manchego? El pastor solía llevar una escopeta y cazaba sobre la marcha un conejo o una perdiz y entonces ya se producía la cumbre del honor gastronómico. Hoy es preciso andarse con cuidado pues con un poco de mala suerte se encuentra uno con un ecologista que le confisca el arma y le hace rezar unas cuantas jaculatorias de su credo insulso.

Pues ¿y qué me dice usted, lector que se está chupando los dedos, del marmitako preparado por unos pescadores vascos o cántabros? Con marmita, un hornillo, unas patatas y el delicioso atún, a veces simplemente las agallas y las colas, se hacían un guiso que se halla entre las invenciones más memorables y más finas de la humanidad, aquellas que encumbran y dan lustre a todo un tramo de la Historia.  ¿Sorprende que haya pasado a integrarse en las ofertas delicadas de los restaurantes adornados de tarjetas VISA, tenedores y elegancias?

En los largos trayectos del tren entre León y Bilbao se gestó, además de mucho cansancio y un hollín que se colaba hasta en los sobacos, nada menos que la olla ferroviaria, un festival que no exigía sino patatas, carne, pimiento, cebollas y un poco de ajo. De ahí, del trasiego del transporte del carbón, pasó a las mesas selectas y a las conversaciones de los gastrónomos aquilatados. Y en ellas ha quedado también como supremo homenaje a la imaginación y al buen gusto.

A ninguno de estos menestrales se les ocurrió nunca echar mano de una pizza porque una cosa es la humildad del oficio que se ejerce y otra la incuria con los alimentos. Es encomiable advertir cómo el trabajador rudo ha estado siempre vigilante ante los atropellos y no ha habido reivindicacion sindical que haya podido con esta disposición de ánimo.

 

 

Pero hay, ay, signos en la actualidad que deben alertarnos sobre el declive que se nos avecina. Visitar un espacio comercial de extraordinarias dimensiones en los alrededores de Madrid me ha producido un desasosiego de tal intensidad que solo a base de bocadillos de sobrasada mallorquina de cerdo negro estoy combatiendo. La afrenta consiste en que toda una planta de incontables metros cuadrados alberga más de una docena de restaurantes sin que pudiera encontrarse entre ellos ninguno español o de comida española. Aquí un Burger, allí un Dunkin o un Sushi, acullá un Take Away y, suprema extravagancia, uno que lleva el nombre de Hollywood donde se sirven delicadas creaciones estadounidenses… ¿Un bar de tapas vascas o una arrocería mediterránea? Quiá … Y las gentes tan felices y tan identificadas con aquel atropello … Definitivamente el daño de la LOGSE ha labrado surcos con lodos inmundos y retorcidos.

 

 

 

 

 

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Gobierno entre lianas

Frente a quienes precipitadamente han calificado de ilegítima la llegada de Pedro Sánchez a la presidencia por haberlo hecho sin pasar por las urnas, procede aclarar que la moción de censura es un instrumento previsto en nuestra Constitución y por tanto su uso en esta ocasión, como en otras anteriores, se acomoda a las exigencias legales. Padece en cambio el nuevo presidente de un claro déficit democrático por cuanto se ha negado a fijar, probablemente por presión de algunos de sus socios, una fecha para la celebración de las elecciones generales anticipadas, vía esta con la que adquiriría, caso de ganarlas, la plena legitimidad popular si tenemos en cuenta que las circunstancias del relevo, en medio de una crisis grave de confianza de los ciudadanos en sus instituciones, solo se puede saldar plenamente permitiéndoles acudir a las urnas. Así se ha pedido desde muchas instancias y desde los más relevantes medios de comunicación (este periódico, por ejemplo) con convincentes fundamentos.

La experiencia alemana ofrece un caso hasta cierto punto similar al que hemos vivido. En la historia de la República Federal Alemana únicamente un canciller fue elegido por medio de una moción de censura: en 1982 Helmut Kohl tumbó de este modo el gobierno social-liberal de Helmut Schmidt. Los acontecimientos estuvieron, como es natural, inmersos en densos debates y controversias. El origen de la moción habían sido las crecientes tensiones en el seno del tercer gobierno de Schmidt (1980-2) tanto por la delicada situación económica como por la llamada ’crisis de los misiles’. En un acto de osadía similar al de Sánchez (audaces fortuna iuvat), Kohl aprovechó la situación para forzar una moción de censura con la que llegaría a la cancillería.

Pero el propio Kohl en su discurso había manifestado la voluntad de someterse a las urnas en un plazo máximo de seis meses. Un grave impedimento constitucional se interponía en su camino: el parlamento alemán carece de la facultad de autodisolverse. Por ello, Kohl pergeñó una jugada peculiar que generaría polémica jurídica. Se sometió en diciembre de 1982 –tres meses después de llegar al poder y justo después de aprobar los presupuestos para 1983– a una moción de confianza que, y esto es lo singular, perdió voluntariamente. El procedimiento llevaría a una denuncia ante el Tribunal Constitucional que este rechazó por lo que en marzo de 1983 se pudieron celebrar ya elecciones generales. Kohl, claramente empeñado desde el primer momento en legitimarse por medio del voto popular, iniciaba así su largo gobierno hasta 1998.

Volviendo a nuestro atribulado país, digamos que, solventado el rito inicial vivido estos días, procede añadir que, si algo caracteriza al Gobierno salido de la moción de censura, por los apoyos que ha debido recabar para salir adelante, es su debilidad y, sobre todo, su indefinición ideológica y sus más que previsibles contradicciones internas que ya están aflorando en relación con la tramitación destinada a ultimar la aprobación de los presupuestos. Vemos cómo un partido político que ha tenido un pasado de seriedad y rigor, tal el caso del PSOE, se halla arracimado con personajes perversos, los herederos de los terroristas vascos, más ese modelo de escasa lealtad que es el PNV y, para guinda, con los corruptos independentistas catalanes -condenados por los jueces- que se han visto obligados a tapar sus vergüenzas con el cambio de siglas ¡y que tienen el tupé de permitirse poner su dedo acusador sobre el PP!

De ahí no puede salir sino un batiburrillo ideológico, una emulsión azarosa, heraldo de las mayores preocupaciones para las gentes temerosas de Dios.

Los riesgos son por tanto grandes y no pueden ser minusvalorados. Pero tenemos redes de salvaguarda. La más importante es que, en punto a reformas de calado del Derecho en vigor, y no solo en los ámbitos económico y social, ahí está Europa para protegernos de esos populistas que quieren fundar de nuevo el mundo para engalanarlo con sus ocurrencias. Pronto se enterarán de que tenemos que cumplir, si queremos evitar cuantiosas sanciones pues existen ya precisos requerimientos o denuncias de la propia Comisión ante el Tribunal de Luxemburgo, la normativa de residuos, la de eficiencia energética, la de calidad del agua potable, la de protección de los consumidores, entre otras. Asimismo no está de más evocar que el entramado de directivas, reglamentos, acuerdos, resoluciones y demás que forman el laberíntico panorama europeo tiene la piel del proboscídio, dura y por tanto inmune a quien pretende meterle mano alegremente. Gracias a nuestra presencia en Europa contamos con la mirada del severo comisario europeo, con el presidente de la Comisión, con los parlamentarios … sin olvidar la labor callada pero implacable de los jueces y sus sentencias. Todos ellos velarán por nuestra seguridad y nuestra tranquilidad frente a salidas ingeniosas de los novicios y sus posibles atropellos.

De otro lado, un Gobierno responsable, y europeísta como se ha anunciado, está obligado a analizar la realidad de los ingresos que se perciben bien atendiendo la carga fiscal bien las condiciones para acudir a los mercados otorgando la confianza necesaria a los grandes inversores extranjeros si tenemos en cuenta que los índices de deuda pública y déficit que padecemos son pavorosos, los peores de la eurozona. De ahí que la Comisión europea esté exigiendo adoptar medidas de ajuste que los expertos han contabilizado en una cifra cercana a los 15.000 millones de euros. Ante esta obligación, el Gobierno, con el colorido arco iris ideológico que lo sustenta, tendrá que elegir sus prioridades, un momento en el que pueden chirriar los goznes de sus precipitados compromisos.

Se anuncian también nuevas relaciones con las autoridades catalanas engrasadas por el diálogo y la más solícita disposición de ánimo. Pero, por muchos bálsamos que empleemos, el pleito territorial catalán habrá de seguir siempre siendo abordado en el marco de la Constitución y con los instrumentos jurídicos de ella dimanantes así como también de nuestra pertenencia a Europa y de nuestro compromiso con los Tratados que conforman su vida institucional. La pesadilla nacionalista consistente en crear un Estado independiente, aunque enredada ahora por la obstinación de unos jueces frívolamente empeñados en enmendar la plana a nuestro Tribunal Supremo, contará siempre con la animadversión sin excepción de nuestros socios en el Consejo europeo porque todos ellos tienen territorios envueltos en la bandera de los lloros irredentistas, deseosos de crear, a partir de unas singularidades idiomáticas, geográficas, históricas o simplemente folklóricas, Estados de carne y hueso. Lo tienen ciertamente difícil y así esa República de catalanes libres de máculas e impurezas borbónicas va a tener que esperar algún tiempo para poder desplegar, con toda legitimidad, sus símbolos, cánticos, uniformes y demás vistosa parafernalia.

Como se advierte, suenan melodías demasiado disonantes que, por lo mismo, exigen la batuta del director de orquesta. Que no puede ser sino el ciudadano ante la urna.

 

FRANCISCO SOSA WAGNER y IGOR SOSA MAYOR

(Publicado en El Mundo el día 2 de junio de 2018)

Publicado en: Artículos de opinión, Blog

La hermana de la luna

Nos enteramos ahora, por una publicación especializada americana, que la luna no está sola porque otro cuerpo celeste sigue a la Tierra en su órbita alrededor del Sol. A mi juicio, es una indignidad que este descubrimiento científico se haya aireado y sea objeto de divulgación.

Porque la luna ha sido siempre, para cualquiera de nosotros, una amiga segura en las soledades, el farol que ha iluminado nuestras confidencias de enamorados y el fanal de nuestras zozobras; la luna es el disco lanzado al espacio por un discóbolo travieso y también onda de ondero, sueño de lunáticos, la blanca polvera de la negra noche…

La luna es una especie de señora bien conservada con la cara maquillada de arroz que es como se han maquillado siempre las grandes artistas porque también la luna es una artista que sale de noche, pinta el firmamento y esculpe los sueños allá abajo, en la lejana Tierra. A veces se esconde tras el biombo de las nubes para retocarse y disimularse las ojeras que le ha hecho la eternidad, y, cuando de nuevo sale, recibe el aplauso de nuestra admiración, el homenaje caluroso por el hechizo que en nosotros derrama, y querríamos enviarle a su camerino un ramo de flores y una tarjeta con nuestro nombre para que nos visitara en la noche colándose en nuestro dormitorio por entre los pliegues de las cortinas con flores. Porque el mayor sueño del hombre es el de amar a la luna precisamente a la luz de la luna pero no es posible porque ella es huidiza, tornadiza e inconstante, no por mala voluntad ni por reprensible ligereza, sino porque se sabe demasiado amada y ha de repartir sus favores sacándolos de un pozo inextinguible que es el pozo mágico de sus tibios afectos.

Los dioses la cortejaron pero los dioses murieron y ella sigue allí como una fábula inmortal, como un relato sin fin, como el poema del poeta que canta a las espumas abandonadas en las arenas.

Siempre nos hemos preguntado cuándo descansaba la luna porque sabíamos que, cuando se nos ocultaba, en rigor se estaba apareciendo a otros afortunados. Era éste un enigma estupendo y ahora el hechizo se rompe porque sabemos que hay una hermana que sale, como su imaginaria que es, cuando la verdadera luna está fatigada. Y que es entonces, cuando la luna descansa y se baña en albayalde y se va de cena a un restaurante que está fuera de su órbita y luego, feliz, se acuesta con su camisón de estrellas. Lo único bueno de toda esta historia es que la luna lleva siglos despistando a los astrónomos que, para ella, resultan insoportables porque son sus rijosos mirones, sus aborrecibles voyeurs.

La luna, claro, es femenina, y así se la nombra en casi todos los idiomas excepto en alemán donde se disfraza de hombre, acaso porque le gusta desorientar a los germanos y, por ello, para estas gentes, una de las sorpresas más grandes de sus vidas, se produce cuando salen al extranjero y se enteran de que la luna no es el macho blanquecino que ellos ven en sus frías tierras y del que siempre pensaron que le haría falta un buen reconstituyente, sino una dama bien oronda y bien solícita con los poetas y los locos y también con todos los melancólicos que buscan consuelo.

En español, cuando decimos que alguien “ha prometido la luna” es porque ha ofrecido algo que no puede cumplir porque la luna no puede ser tomada para uso exclusivo de nadie pues, si así fuera, quedarían desasistidos millones de seres humanos y, entonces, mal podría cumplir la luna su función estelar. Esa es la razón por la que los astronautas han fracasado siempre en su misión de apropiarse la luna, quedándose invariablemente a la luna de Valencia, y por ello todo lo más que les ha permitido es darse un paseo por su superficie, un paseo un poco tonto, vestidos además de una manera extravagante, sin desabrocharse la camisa ni sentarse ni mucho menos bajarse los pantalones, y jamás les ha invitado a quedarse ni les ha hablado ni les ha presentado a su hermana, lo que era su gran secreto. No, la luna nunca ha hecho demasiado caso a los astronautas que siempre se han vuelto despechados y viendo cómo les ponía los cuernos y se echaba a descansar, burlona, en su hamaca de cuarto menguante.

Ahora, los astrónomos, que son unos chismosos incorregibles, han descubierto a la hermana y, en vez de callarlo, lo airean a los cuatro vientos, henchidos de vanidad, en sus revistas y en sus reuniones. Eso es puro cotilleo de holgazanes y, si fueran serios, se deberían avergonzar del daño que han hecho. Yo les pido que dejen de investigar, que a lo peor se descubre también que forma una pareja de hecho con el sol, que tiene primos y, quizás, hasta un cuñado destinado en otra galaxia. Como todo esto mataría nuestras ilusiones de lunáticos, yo quiero continuar viviendo mi luna de miel con mi luna solitaria de siempre.

Publicado en: Blog, Soserías

Suspenso a la Universidad

La polémica en la que hoy está envuelta la Universidad española se pone de manifiesto en episodios tan graves como la reciente desaparación del escenario político de una mujer de amplio currículum e innegables ambiciones así como el minucioso análisis que de su expediente como estudiante se está haciendo respecto de un joven y enérgico político conservador.

En este espacio prefiero, empero, fijar la atención en la fisiología del sistema, no en sus deformidades patológicas como son las aireadas hoy con profusa insistencia. Y las que se airearán.

Hay plumas más sosegadas y, entre ellas, es obligado citar alguna contribución como la de Clara Eugenia Núñez o la de Luis Garicano y Andrés Betancor, ambas publicadas por este periódico.

Y, por supuesto, la voz de los rectores. Su representación oficial vuelve siempre con la misma cantinela: de un lado, la escasa financiación; de otro, una desenvuelta palabrería tomada -creo- de expertos a la violeta sobre la excelencia, la movilidad interna, la visibilidad, la competitividad y otros abominables y hueros hallazgos terminológicos.

A mí me gustaría ver planteados asuntos más de fondo, empezando por el gobierno de las Universidades y precisamente la elección de los rectores, normalmente personas bien intencionadas pero que se mueven en un mundo artificial creado por un sistema a desterrar.

Porque acceden al poder gracias a los pactos que logran cerrar durante su campaña con los grupos de intereses y esta circunstancia genera una hipoteca en el gobierno de una institución docente y científica carcomida por un corporativismo destructor. De otro lado, restringe la autoridad que debe ostentar el rector porque cada “colectivo”, como ahora se dice, aspira a regar con las medidas rectorales su particular huerto alcanzando en él frutos en forma de ascensos, niveles funcionariales, complementos, plazas de profesores, becas, conferencias en los cursos veraniegos y demás prebendas benéficas. Y, en fin, porque las facultades de mantenimiento del orden académico y laboral en manos del rector prácticamente desaparecen al tener que ser ejercidas respecto a personas que contribuyeron a su elección y pueden condicionar su reelección, a la que casi todos los rectores aspiran.

Es decir y, resumiendo, lo que vemos es que cada grupo de presión más los sindicatos -implacables en la defensa de sus intereses más perentorios- aportan sus huestes y luego el rector, resignado, se ve obligado las más de las veces a dejar hacer o a intervenir de manera suave. Una situación esta turbia de la que son beneficiarios normalmente quienes le han votado o quienes se convierten en turiferarios del poder.

Precisamente es esta elección del rector lo que da lugar a otra enfermedad. Para allegar votos se ve obligado el candidato a prometer cargos y más cargos, lo que genera una tropa de personal puesto a dedo por el rector de turno, todos ellos profesores que nada saben de la muy complicada gestión universitaria y que, por ello, si algo les sale bien es por casualidad. ¿No sería más lógico que hubiera un cuerpo de funcionarios técnicos en establecimientos de educación superior y que dejáramos al profesor de latín enseñando latín y al de matemáticas haciendo lo propio?

Reclaman los rectores más autonomía para seleccionar al profesorado ¡cuando la tienen toda! Es verdad que teóricamente porque de nuevo su poder interno es limitado ya que quienes forman parte de los tribunales para cubrir plazas de catedráticos o titulares son puestos allí por los departamentos, en la práctica y a menudo ¡por el propio candidato! De donde se sigue que la supresión de las pruebas públicas -mérito del Gobierno Zapatero- ha contribuido, como era de esperar, a la degeneración y a una Universidad penosamente lugareña. Hoy, se ha conseguido que, en punto a movilidad, el profesor universitario tenga un enorme parecido con el doncel de Sigüenza.

Está luego el canto a la especialización, interpretado con el bajo continuo de la “productividad” o de la “utilidad” de lo que se estudia. Se mata así lo que de atractivo ha tenido, desde sus orígenes, la Universidad que ha de ser una institución no necesariamente rentable y, en todo caso, “sospechosa” para el poderoso si quiere mantener su prestigio y no verse rebajada a escuela de negocios o de prácticas profesionales. Se olvida que la gran investigación, la básica, por ejemplo, la ligada a las matemáticas o a la física, es la que ha permitido avanzar en otras que llevan a los inventos y a los avances técnicos. Galileo o Newton fueron simples curiosos, no personas obsesionadas con obtener un fruto y presentarlo en la ANECA para conseguir un “proyecto de investigación”. Obligado es contar con “la inesperada utilidad de las ciencias inútiles” (N. Ordine). Quiero decir que sin Marconi hoy no podríamos oír la cadena COPE (tampoco la SER o RNE) pero sin las investigaciones básicas sobre las ondas electromagnéticas probablemente no hubiera brillado el genio de Marconi.

Buena parte de la culpa de este desaguisado que padecemos se debe a la idea de la autonomía universitaria. Incorporada con la mejor intención a la Constitución vigente, hoy no existe más que en la forma de un corporativismo que ha generado además una dosis de endogamia que resulta insoportable. Se ha olvidado que lo importante no es la autonomía de una organizacion que vive del dinero público sino preservar el ejercicio, por los individuos concretos, de sus libertades básicas, de investigación, de cátedra, de expresión … Este es el núcleo del asunto, lo que en verdad vale la pena defender y para ello en un Estado de Derecho no es necesario buscar muchas ideas originales. Hoy la Universidad no es autónoma más que falsamente -por su dependencia financiera- y lo que tiene de servicio público exhibe las trazas -infamantes- de un fuerte gremialismo.

Lo malo es que siendo la autonomía universitaria una idea vacua ha hecho daño porque se ha convertido en la maleta de doble fondo que ha permitido meter de matute en la vida universitaria mucha mercancía de contrabando y la mayor parte de ella averiada.

Llegados a este punto se impone preguntar: ¿es obligada la desesperanza? La mía es total si pienso en las reformas que se puedan alentar desde los poderes públicos españoles. Creer que vamos a avanzar algo haciendo una ley en las Cortes “muy consensuada” con alumnos, catedráticos, padres, bedeles, CCAA, sindicatos …, creer -digo- que de ahí puede salir algo valioso es pensar en lo excusado.

Estimo, por el contrario, que, desde fuera, se irán imponiendo los cambios que han de mudar el paño universitario y, en tal sentido, el Espacio europeo de la enseñanza y el de la Investigación -ya a nivel mundial- serán determinantes para concebir nuevos modos, nuevos comportamientos. ¿Cómo no va a cambiar su trabajo el profesor cuando advierta que los alumnos pueden elegir entre acudir a su clase o a la de otro que se encuentra a miles de kilómetros? ¿Cómo no va a cambiar el alumno cuando se percate de la dificultad que entraña conocer un oficio en un mundo sin fronteras? ¿No se darán cuenta de que es mejor apretar los codos en las bibliotecas y laboratorios que entregarse a la rutina, a los aprobados “por compensación” o a la zafiedad de los botellones?

Solo de esta forma paulatina, ese cuerpo hasta hace poco tan nacional expulsado ahora hacia el mundo trepidante de la enseñanza superior y la investigación mundiales, vivirá inevitablemente la transformación del trabajo de los profesores y de los estudiantes, transmutando los materiales caducos y convirtiéndolos en cenizas de un tiempo pasado. Solo así se conseguirá cambiar la organización que los engloba, o sea, la Universidad.

O, al menos, la parte de ella que de veras importa.

 

(Publicado en El Mundo el día 21 de mayo de 2018)

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