La gorra de béisbol

El deterioro de la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica se advierte en la forma que tienen de cubrirse la cabeza sus titulares. No hay más que observar la evolución histórica para percibir las trazas de la catástrofe.

Así, los primeros presidentes, si evocamos a John Adams, a Thomas Jefferson o a James Madison, los veremos con sus cabezas cubiertas por pelucas empolvadas. Eran ya los momentos en que el personal andaba despidiéndose de las pelucas que tanta gloria habían dado en el pasado, pensemos en las que lucían los aristócratas franceses e incluso aquellos que no eran tan aristócratas y ocuparon sus esfuerzos en poner el mundo patas arriba con la excusa banal de que estaban haciendo la Revolución francesa.

Hoy, la peluca ha perdido todo el prestigio desde el punto y hora en que se llama «prótesis capilar», una cursilada propia de estos tiempos en los que las suripantas son sobrinas.

Aquellos presidentes estaban rindiendo un tributo póstumo y respetuoso al pasado que se escurría de entre sus manos en pleno parto como estaban de novedades y constituciones. La peluca era así una forma entrañable de oír y retener la voz de los antiguos, como se oye el mar atrapado en la caracola.

Cuando el siglo XIX avanza ya nos topamos con el gran sombrero de copa alta, la llamativa chistera, con que se tocaba Abraham Lincoln.

Formaba parte del atuendo de sus contemporáneos, como los guantes de cabritilla y el bastón, pero aquella chistera era algo más que un adorno de la época: era el lugar donde Lincoln llevaba metidos los ingredientes más urgentes de su oficina itinerante, aunque era consciente de que servía de blanco fácil a un asesino, y así ocurrió. Pero no podía prescindir de ella al ser la forma más segura de retener las ideas y pasarlas por aquella estufa desafiante que era en puridad su chistera.

A los presidentes posteriores les hemos visto luciendo el «flexible» que así se llamaba ya en el siglo XX, al sombrero hecho de fieltro a cuyo poseedor otorgaba gran prestancia, aunque quien lo llevara fuera lo más parecido a un botarate, como fue el caso de Woodrow Wilson quien dio bríos a la idea de la «emancipación de los pueblos» creando con ella las bases para todos los embrollos en que ha estado metida la Humanidad hasta el día de hoy. ¡Y encima le dieron el premio nobel de la Paz!

Franklin D. Roosevelt rescató del desprestigio al «flexible» y le otorgó dignidad porque, bajo su cobertura, se agazapó una sesera bien alimentada de aciertos. Cuando se destocaba, era bien consciente de que desafiaba los horizontes recalentados por el sol, pero lo hacía para seguir otorgando al sombrero su condición de símbolo pues que él andaba limpiando al mundo de sangre y de barro.

¡Qué diferencia de lo que ocurre ahora cuando un presidente se atreve a mancillar, con el suyo propio, el nombre sugestivo e ingenioso del pato Donald!

Porque es el caso, todos lo vemos a diario en los periódicos, que desde la presidencia de los Estados Unidos, su titular se exhibe con una gorra de béisbol.

Dar una rueda de prensa con esa gorra es como ver representado al Papageno de «La Flauta Mágica» vestido de Drácula.

Ha de saberse que la gorra de béisbol, en la cabeza de un Presidente de los Estados Unidos, cuando está anunciando que va a arruinar a millones de seres indefensos con sus exabruptos arancelarios, es una muestra de irresponsabilidad ególatra, caduca, hortera, errante y delirante.

La gorra de béisbol en los pasillos y salones del Poder es una exhibición del petimetre que habla precipitado y caga tartamudo.

A quien gobierna desde el Despacho Oval con la gorra de béisbol solo le falta usar el bate para escribir su ideario político.

Publicado en: Blog, Soserías

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