La duda es muy frecuente en los espíritus inquietos. Nos la metió Descartes cuando puso en circulación su «duda metódica» y los teólogos han hecho filigranas con ella, casi puede decirse que han vivido de ella, de estrujar sus vueltas y revueltas.
Nada extraño que, ante el panorama ofrecido por la España del Progreso, la duda se expanda y se infiltre por todos los rincones.
Su formulación podría ser la siguiente: ¿estamos ante un estercolero o una cloaca? ¿Una pocilga o un basurero?
Se me dirá que todo es lo mismo y me veo obligado a admitir el reproche.
Sin embargo, la singularidad de las boñigas que se esparcen a diario y la calidad de las aguas sucias que las alcantarillas recogen, obliga quizás a hacer distinciones, aunque no nos saquen de la duda.
Por ejemplo, la palabra «estercolero» debería evitarse porque a él van a parar cadáveres, despojos de todo tipo de bichos, basuras de diversa textura pero ¡ojo! que pueden aprovecharse como abono.
¡Lo que nos faltaba! Imaginemos que aquello que la España del Progreso vierte a diario en el estercolero ¡encima se recuperara, se reciclara, como ahora se dice! Es decir, que pudiera utilizarse de nuevo. En vez de depurar y erradicar definitivamente una trampa en la adjudicación de un suministro, los servicios mercenarios de una «sobrina» o cualquiera de las trapacerías que perpetra el progresismo agavillado, se les diera un tratamiento de rejuvenecimiento y surgieran de nuevo, lozanos y vigorosos, para volver a atrapar un «reformado» en un contrato o apañar una buena astilla en el tráfico proxenético y venéreo.
La cloaca ofrece algunas mayores garantías pues que acoge las aguas residuales expelidas por los avarientos o galloferos vertiéndolas al cabo al medio natural, que puede ser el río o el mar turbulento, elementos de la Naturaleza a los que obligado sería indemnizar por verse obligados a acoger las excrecencias de semejantes gaznates de rapiña. Excepto que se sometan tales aguas a un proceso de depuración, en cuyo caso el peligro sería extremo pues volveríamos al punto de partida.
Como se ve, no es fácil librarse de estos mohatreros que se tocan con el capuchón del Progreso.
Quizás la pocilga concebida como lugar hediondo y asqueroso, donde instalar a estos estómagos aventureros, como se decía en el Siglo de Oro, sería un lugar adecuado.
Aunque, bien mirado, un establecimiento penitenciario podría bastar. Siempre que reprodujera los usos del pasado y que están clamando por su pronta recuperación: pijama a rayas, gorrito con número, cadena y bola en el pie.
El «vis a vis» solo con un guardia civil, bien luciente el correaje y mostacho enhiesto, símbolo capilar de la mala leche. Si se trata de reclusa hembra, solo con funcionaria del grupo de las matronas con cien kilos, pelambrera en la sotabarba y remisa en el cambio de muda.
Claro que todo este arsenal de medidas que propongo solo vale para los ciudadanos un poco atragantados por los signos que sin descanso emite el Progresismo.
Pues existen también los «domesticados», que aceptan lo que les echen porque son «muy de izquierdas», y saltan como titiriteros al embrujo del líder, conscientes de que todo embuste es donaire y toda traición destreza.