Política, sol y vientos

El sol ha sido muy cantado por los poetas, sale en décimas, redondillas, sonetos, madrigales … pensemos en la cursilada del «astro rey», pero también en hallazgos evocadores como «globo de fuego», «lebrel de oro», «ámbar dorado» y así seguido.

Y es que el sol da para mucho lustre con la pluma, es – digámoslo francamente- un recurso sencillote porque es muy lucido – nunca mejor dicho-, siempre tan arrogante, allá en lo alto, disputando el espacio a los dioses, el sol acompaña nuestros amaneceres y también despide nuestras jornadas, es eterno, es heroico y es cálido, es lanza que agrede, pero también clarín que jalona las jornadas gloriosas, es bestia temible como un garrote en el desierto y al tiempo dulce compañía en climas benignos, amigo de pasatiempos ligeros con las nubes, con ellas hace malabares, tan solo este trajinar entre las nubes que lo tapan, que lo desvelan, con las que al alimón emite guiños adorables, lo convierten en el compañero indispensable y en el artífice de la vida lisonjera.

Las mismas prisas que a veces gasta, sus pausas, son para nosotros distracción y artimaña, para él simples juegos con los que nos advierte de la fugacidad de lo que nos rodea.

El sol es una de las formas que la Historia tiene de enseñarnos sus capítulos interminables y hacerlo de modo amable, sin fatigas ni atracones.

Entona su estrofa de ave inmortal, propietario como es de un surtidor de colores.

¿Y el viento? Otro comensal perenne del gran banquete de la lírica.

Piense el lector que el viento usa las más atrevidas máscaras, como un tunante actor del teatro clásico.

El viento es dulce brisa, es el céfiro de los poetas, pero también es el vendaval, el huracán audaz que extiende sus sombríos malos humores, su lóbrego silbar, el que estrella las olas contra los acantilados rompiéndolas en mil destellos.

Pues ¿y la galerna que rodea a los barcos, rabiosa ella, catapulta de desolación y de odio?

Y, sin embargo, cuando pasa, cuando se recoge en su guarida, allá donde descansan de sus tropelías huracanes y vendavales para preparar futuras acometidas, entonces el viento, apaciguado, interpreta una música bienaventurada, hospitalaria, como criatura que no ha roto nunca un plato.

Tantas caretas ofrece el viento que hasta se usa para designar la «expulsión de gases intestinales» (DRAE), vulgo pedo o cuesco.

La pregunta que se impone ahora es la siguiente: ¿son el viento y el sol progresistas o conservadores de la derecha o de la extrema derecha?

La respuesta ha de conectarse con el «apagón» que hemos sufrido los españoles hace pocas semanas. Se ha debido, según el gobierno de Progreso, a un sabotaje de fuerzas oscuras (no podían ser de otro color), malcriadas, incapaces de administrarse con miramientos para no alterar la digestión de la señora jefa de la red eléctrica.

Si esto es así, preciso será concluir que sol y vientos, en tanto que fuentes de energía indispensables, son de derechas, lindantes con la extrema derecha.

O sea que mucho poblar poemas, mucho alimentar el estro de bardos y coplistas, mucha zarandaja lírica, para acabar siendo un ingrediente más de la conspiración pendenciera y vengativa de los fascistas de siempre.

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Publicado en: Blog, Soserías

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