¿Reformas?

Esto de «reformar la Iglesia» hace mucha gracia porque a mí – y sospecho que a muchos de mi gremio- me recuerda la tabarra de «reformar la Administraciòn». La estoy oyendo desde mi tierna juventud y menos mal que nunca se ha consumado porque los intentos ya fueron suficientemente inquietantes.

Olvidan quienes tales sueños alimentan que la Iglesia, como la Administración, se asemejan, aunque sin sus andares, a un proboscidio, es decir, a un mamífero con una piel densa, dura, acartonada, seca, áspera. Para intentar perforarla hay que ser o un aventurero o un pedante.

Justamente de esa piel impenetrable están revestidas la Santa Iglesia y la Pecadora Administración porque, medítese, si así no fuera ¿hubieran resistido los años que llevan en pie? La primera ofrece la dicha celestial; la otra, la dicha terrenal, anhelos muy populares, pero la verdad ¿no ocultan algo propio del optimista que vende sombras?

Conscientes de ello, Iglesia y Administración, que han pasado y pasan constantemente por sendas tenebrosas y que han visto correr por delante de ellas ríos coléricos de sangre, están obligadas a comportarse de manera muy firme, muy distante, con el carcaj siempre repleto de las flechas de la escéptica indiferencia.

Dicho de otra forma, no dejándose atrapar nunca por las luces equívocas que emiten los espejos burlones que, a la postre, lo que traen es el ratimago de la aniquilación.

Porque, si así no fuera, si se dejaran llevar por blandenguerías y moderneces de tantos iluminados a la violeta como salen de la ESO y del BUP, hace tiempo que ambas estarían descansando el sueño eterno, junto a las momias de Egipto.

En la Iglesia, el último gran reformador fue el Papa Juan XXIII y ¿qué salió de sus afanes? Unas iglesias que se vaciaban, no ya de fieles, sino de curas que pedían masivamente acogerse a los preceptos canónicos que regulan la reducción al estado laical. Y lo que fue peor: los curas que se quedaron compraron una guitarra y empezaron a dar la misa de frente (no ofreciendo el ancestral y litúrgico culo de clérigo) y como cantaores de un tablao. Un desastre que todavía emite angustiosos signos de desesperanza.

En España un gran reformador hace años fue el presidente Adolfo Suárez. ¿Y qué pasó? Pues lo que les ocurre a todos los reformadores con la cabeza a pájaros. El resultado: que se le desbarataron el yugo y las flechas bordadas en rojo ayer y, cuando se fue a dar cuenta, las manos se le llenaron de rosas y puños y hoces y martillos. Se pasó de rosca, se pasó de encargo, se atribuló y acabó saliendo por el escotillón.

Ahora mismo, tenemos a un gobierno que, con el cuento del Progreso, con sus tejemanejes, sus plagios, su indecencia y sus garabatos sectarios, anuncia, en los días briosos, reformas: de la vivienda, de la energía, de los pobres, de los ricos, de los jóvenes, de los vejestorios, de las putas … qué sé yo.

Que nadie se llame a engaño: como les dejemos nos quedamos sin España. Que es como decir sin la paella, las fabadonas y el pescaíto frito. Y, si se les va la mano, sin la virgen de Covadonga.

Las reformas, las innovaciones bien recibidas son las que se les ocurren a los físicos, a los médicos, a los matemáticos, a los biólogos, a los ingenieros y por ahí seguido.

Ante estos otros, la consigna es clara: los pies de plomo. Y las manos a la cartera.

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “¿Reformas?”
  1. Adelaida. Perez Rodriguez dice:

    Ay, Dr Sosa , “ con la iglesia hemos topado”. Tiene usted mucha razón, los intentos de reforma De la Iglesia y la administración solo consiguieron el descrédito de ambas. En cuanto al gobierno su mejor reforma sería pasar pagina y convocar elecciones YA, no mañana sino ayer.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Comentarios recientes
Archivos