En mi atolondramiento de jubilado no sé exactamente si España dispone de esas «tierras raras» por las que hoy se pelean los Estados pues aportan riqueza sustancial a quienes las poseen. Tampoco me importa mucho vivir en la ignorancia porque lo que sí sé es que, si existieran y se intentaran explotar en cualquier pueblo de nuestra geografía, al punto surgiría una Coordinadora, una Mesa, una Pancarta y decenas de manifestaciones sectarias que lo impedirían.
Sin embargo, se puede afirmar que España es toda ella una «tierra rara». Descubridora de hallazgos que la están colocando en la cúspide de la modernidad.
El último es el puesto de trabajo desconocido. Es decir, el curre que no es curre, sino tan solo apunte contable en una cuenta corriente. La evolución es positiva por cuanto suprime lo que de sórdido tienen el trabajo y sus aledaños.
– Explícate – me dice mi amiga Nora Aurelia, anestesista con un horario agotador.
– Hemos inventado el trabajador despistadillo, que ignora cuál es su cometido y más aún que ignora dónde ha de desempeñarlo.
Esta aclaración descoloca a Nora Aurelia porque ella bien conoce el quirófano de sus fatigas. Y exactamente en qué hospital se encuentra.
Me veo obligado a precisarle la nueva tendencia. El trabajador durante siglos vivió y trabajó en una misma casa, mezclados, aunque no revueltos, los amos y los servidores. Todo esto se desmorona cuando surge el «taller», el «lugar de trabajo» que es una ventana abierta a la libertad y a la independencia pues el obrero ya no vive aherrojado por la inesquivable cercanía del patrón o patrona.
Hace poco, con motivo de la pandemia, surgió el «teletrabajo», época que supuso el triunfo del pijama y del desaseo, se dejaron de vender desodorantes y las quejas de sus fabricantes han conducido a su paulatino abandono.
Desde que el Progreso plurinacional gobierna España ha surgido una nueva comprensión del trabajo.
– El trabajador no sabe qué se espera de él, vive en la inopia, los expedientes, los proyectos, los papeles y demás molestias que siempre estuvieron ligadas al trabajo anterior a la época del Progresismo, le parecen profundamente antiestéticas. Vive ajeno a esta esclavitud.
– A mí me suena a caradura, porque cobrará, me imagino – exclama Nora Aurelia, que pertenece al plan antiguo de enseñanza y no entiende nada del Progreso ni del Progresismo.
– Claro que cobra y ese es justamente su quebradero de cabeza: ha de estar muy atento a las notificaciones del Banco para comprobar que su cuenta corriente está atendida. ¿Te parece poca la ansiedad?
La esforzada anestesista menea la cabeza con gesto de sorna.
– Es más: aunque quisiera ir a trabajar, el moderno trabajador, cuando es progresista o está amparado por el Progresismo, no podría ya que desconoce cuál es el domicilio de su empresa. Consuela su desasosiego acudiendo a un bar a tomarse unas gambas con una cerveza.
Esta nueva realidad va a ser rematada con la sustitución de los monumentos al «soldado desconocido», propio de épocas de centristas insulsos, por la estatua al «trabajador / a / e desconocido».
¿Alguien duda de que España es «tierra rara»? ¡Y a mucha honra!

Cierto profesor, España es muy suigeneris y es que la res publica es “casi res de risa”. Nuestros dirigentes se comportan con los suyos como la mamá orangután: que nada les falte. España es la gran descubridora de la mediocridad más moderna. Que nadie se angustie¿ que no se conoce la ubicación del trabajo?, lo importante es que se sientan útiles- en fin- una cátedra, una dirección, un secretariado, eso lo hace cualquier progresista con buenos contactos sociales o físicos. Además estos suelen ser especialistas en el grito o el aplauso- aunque sea con muñones- y eso no tiene precio hoy en España.