El paradigma

¿Alguien sabe lo que es el paradigma? Parece que es el ejemplo o lo ejemplar pero también es, según el DRAE, el «esquema formal en el que se organizan las palabras que admiten modificaciones flexivas o derivativas»: ¡ahí queda eso!

Lo cierto es que el paradigma, en cuanto es ejemplo, anda un poco desasosegado porque la pregunta es «¿ejemplo, oiga, de qué? Ahí empiezan las vacilaciones y los sobreentendidos, que llegan a su punto culminante cuando se oye decir, en tertulias de TVE y en bocas de gentes con alto valor añadido: 

– Estamos, que nadie se equivoque, ante un cambio de paradigma.

Entonces es cuando el paradigma, tan modosito y calladito él habitualmente, se estremece y le oímos susurrar con tono lastimero esa frase que nos parte el corazón:

– ¡Y yo con estos pelos!

Y tiene razón porque, si el paradigma es el ejemplo y nadie sabe a qué ejemplo nos estamos refiriendo, lo mejor es dejarle en paz para que viva en su enigmático mundo.

Y sobre todo para que no andemos amenazando al personal con el terrorífico anuncio del «cambio del paradigma».

Vivimos demasiadas convulsiones, demasiados desgarros para que, encima, nos atropellen con temores que no podemos enfrentar con las fuerzas a nuestro alcance, nosotros, efímeros entre los efímeros.

Por si a alguien le puede interesar, le diré que yo, cuando ando alterado o nervioso y me siento poco resiliente y nada sostenible, me agarro al paradigma como a un clavo ardiendo, lo defiendo con cara de cabreo, y por nada del mundo permito que me lo cambien.

Mi bienestar consiste en tener pocas certezas, pero una de ellas es que no me toquen ni el paradigma ni los órganos genitales. La vida, se ha dicho por alguien, y si no lo digo yo ahora, es un ejercicio de soledad. Pero soledad con el paradigma bien sujeto para que no venga un influencer y lo cambie.

El preocupante «cambio de paradigma» es primo hermano de otra expresión que, cada vez que la oigo, me sudan las entretelas y se me encrespan las terminales nerviosas:

– Vivimos, señoras y señores, un momento disruptivo.

¡Atiza! como se decía antiguamente. Porque «disrupción» es «rotura o interrupción brusca»

y esto es lo que nos faltaba.

¿Alguien puede vivir en un mundo donde se pregonan estos cataclismos?

Cambio de paradigma y, además, momento disruptivo. Todo al garete, a la deriva, el acabóse, el apocalipsis cargado con todos sus símbolos inquietantes. «La fin des haricots», según locución de nuestros vecinos franceses.

Mi obligación es advertir que se empieza con estos jueguecitos y se acaba por no rezar las oraciones que nos pone el confesor. O, peor aún, no conociendo el trending topic del día.

Publicado en: Blog, Soserías

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