Vamos de escándalo en escándalo, el último, el que ya ha sobrepasado las medidas imaginables, es el protagonizado por un dignísimo representante de la soberanía, presente como tal – con todas las bendiciones democráticas- en uno de los muchos y fecundos parlamentos con que cuenta España.
¿Qué ha hecho este benémerito servidor de los intereses públicos? ¿por qué se le ha amonestado y amenazado con una sanción? ¿por qué puede perder su crédito ante vecinos y conciudadanos?
Pues porque ha acudido a la cámara parlamentaria durante un cuarto de hora, las malas lenguas dicen que para cobrar su dieta, y acto seguido ha abandonado su escaño y se ha marchado a presenciar un partido de fútbol, de balompié, como decía el llorado alcalde de Madrid don Enrique Tierno, que era un hombre chapado a la antigua.
Y esto nos lleva a la pregunta clave: ¿qué hay de censurable en la conducta de este honorable diputado?
Nada, a mi juicio, si se tiene en cuenta la importancia suma que el fútbol tiene en la vida nacional: ¿va a ser insensible a ella alguien que representa los intereses del pueblo, quien está obligado a escuchar el latido y el quejido de las poblaciones?
Pensemos en nuestro hombre: cuando, por las mañanas, trata de informarse en una emisora de radio de las noticias, preocupado por lo que ha pasado en Oriente Medio, en el Sudeste asiático, en Andalucía o en Valencia, en Israel, en Irak o en Corea, advierte que nada de esto tiene la menor importancia porque el noticiario se abre con un señor (o señora) campechanote y muy enrollado, muy cómplice del oyente, que anuncia el inminente partido que se va a jugar en esa jornada.
Con detalles trascendentales: la alienación decidida por el míster, la desgracia que se ha abatido sobre el delantero centro que sufre la torcedura del tobillo, o la mayor aún del portero que se ha levantado con un uñero en el pie izquierdo.
En el periódico de su preferencia, junto a una columna sobre la hambruna que padecen los habitantes de un desgraciado país remoto, advertirá la existencia de páginas y páginas dedicadas a los encuentros de fútbol, los del siglo que se juegan todas las semanas, y los de equipos que parecen no tener importancia pero ¡vaya que si la tienen! porque estamos pendientes de si este o aquel asciende a segunda regional o queda en los infiernos de la deportividad subalterna.
Páginas que se enriquecen con lujosas y minuciosas entrevistas a los protagonistas del evento, en las que se aclaran sus sueños más inmediatos y sus proyectos de futuro que a toda persona temerosa de dios debe importar y hacer vibrar.
Con honores de portada, como debe ser, se recogen los honorarios de estos diligentes jugadores, cifrados en números abultados de ceros, orondos como cerdos, siempre a la derecha, que retribuyen sus esfuerzos por mantener el decoro futbolero y la dignidad competitiva. Ni la cuenta corriente de un notario, en sus momentos más venturosos, más alicatados de hipotecas y sociedades anónimas, puede albergar los saldos que decoran las de quienes son capaces de acertar en un penalti arrolladoramente glorioso.
Así que, lejos de sancionar al diputado de la noticia, lo que procede es celebrar su sensibilidad y buscarle un lugar privilegiado en el Cosmos.
En el Cosmos de la imbecilidad y el gatuperio, pero Cosmos al fin y al cabo.