Se llama cambalache al arte de cambalachear, es decir de apañar, chanchullar o, dicho de manera más fina, al logro de acuerdos de manera poco clara.
Y se llama chapuza al trabajo abordado y culminado con desidia y descuido.
Pues bien, ahora se afirma, en periódicos y tertulias, que el Parlamento español (las Cortes generales) son el epicentro del cambalache y la chapuza.
Y todo porque se atribuye al Gobierno poca precisión en sus ideas y mucho desparpajo a la hora de cambiarlas.
¿Es esto cierto? Y sobre todo ¿es eso malo?
Creo que se impone afinar ya que hay exageración en estas apreciaciones. ¿Es que a alguien le gusta obrar a machamartillo, majando imperturbables en el hierro frío del tópico heredado? Me parece que son actitudes poco compatibles con las enseñanzas de la Historia, ese admirable amasijo de armonías y cacofonías.
Pues en ella, en la Historia, las ideas han ido cambiando, según los tiempos cabalgaban en sus caballos de briosas carreras.
Si se tiene el espíritu despierto y avivado el seso, se convendrá conmigo que lo excitante es embellecer, en cada temblor del calendario, el tronco de los ideales y de los idearios, fecundar en ellos a la Fiera siempre despierta y fecunda del Pensamiento.
No queremos un Pensamiento adormecido en estereotipos, susurrante de melodías pasadas, queremos por el contrario un Pensamiento que sepa rugir y dar un sofocón a las ideas recibidas y a los valores heredados.
Necesitamos un Pensamiento contrario al lánguido engendrado en largas sesiones de mesa camilla y brasero, un Pensamiento palpitante al que preste sabor la guindilla de la quimera.
Huimos, como personas modernas, del falso perfume de las flores secas, así como huimos de los fantasmas que va dejando el pasado en sus castillos deshabitados y polvorientos.
¡Queremos vida, queremos canciones nuevas, queremos sucumbir ante el embrujo y la voluptuosidad de ingeniosas ráfagas de hallazgos rutilantes!
Muchos gesticulan: ¡ha cambiado el Paradigma! Nadie sabe lo que es a ciencia cierta el Paradigma, pero se expresa este grito con preocupación cuando quienes hemos hablado con el Paradigma sabemos que está harto de su condición imperturbable de estatua ecuestre y que no le importa que se le cambie de una vez.
– Quiero ser cogobernanza anticipatoria, heteronormativa, multicultural y solidaria – me ha confiado con los ojos brillantes de esperanzas.
Otro disparate muy difundido:
– ¡Se ha acabado con la separación de poderes!
Pues, claro, almas de cántaro, y ¡menos mal! Los tales poderes llevan años separados y por lo que claman ahora, cuando ya no son jóvenes, es por unirse, estar juntitos, dándose calor y avecinando voluptuosamente sus talles.
¿Hemos de contrariarles por un prurito de pureza, por un mandato engendrado en una rancia y remota teoría política?
Cambiemos pues el paradigma, hagamos uno de los tres poderes, como ocurre en la teología, y sobre todo ¡bailemos todos, alegres y confiados, ante la hoguera progresista de mordidas, comisiones y otras carroñas!

Hacer sonreír ante Semejante panorama es algo que debemos agradecer al autor. Vamos a dar un sofocón a las ideas y a los valores heredados: hacer uno de los tres poderes será por aquello de que la unión hace la fuerza y si queremos progresar olvidemos a Kant. Que piensen y actúen los parlamentarios, los pagamos ad hoc ¡ que se yo!. Lo que tengo claro es que sobran muchos Catilinas y falta un Cicerón.