La riqueza de la sociedad se manifiesta en la multiplicación de las nuevas profesiones. De una época en la que había tan solo fontaneros, notarios, otorrinolaringólogos, contables, comandantes de Infantería y canónigos hemos pasado a otra en la que se acogen a beneméritos sujetos que se atreven a inaugurar caminos sin hollar. Son esforzados de la invención, augures de un tiempo audaz que está descorriendo sus cortinas.
En otras ocasiones me he referido a los «influencers» y lo he hecho con la modestia que impone la dolorosa circunstancia de no saber exactamente cuál es la habilidad de estos señores/señoras por más esfuerzos que he empleado. Tales «influencers» van por libre pero me pregunto, por deformación profesional, si los hay en las Administraciones públicas: ¿tiene un Ayuntamiento en su nómina un «influencer» como tiene un interventor? ¿hay en el Estado un cuerpo de «influencers» como lo hay de ingenieros forestales? ¿se convocan pruebas públicas?
Estas son inquietudes que merecen una respuesta por parte de la Oficina de Transparencia, Diafanidad y Lucha contra la Oscuridad con sede en la Moncloa y así se ahuyentarían las sospechas de cambalache que albergamos los «regresistas» (dícese de quienes no nos fiamos un pelo de los «progresistas»).
Porque, además, el enigma se acrecienta si sabemos que una nueva profesión está captando seguidores, celebrados en los salones de prestigio y huéspedes de las noticias. Me refiero a los «creadores de contenidos». ¡Ahí es nada!
¿Qué es un «creador»? Alguien que inventa o funda algo, que posee, como dice el DRAE, una «mente creadora». Es un hacedor, un iniciador, con la llave para abrir un camino y empedrarlo de «contenidos», o sea, de sustancia, de argumentos o ideas brillantes. Alguien robusto en sus entendederas, maduro en sus mensajes, terso y elocuente en sus escritos.
¿Dónde está ese individuo / individua? Porque lo que uno observa, desde su atalaya provinciana, es la rutina de las ideas amortajadas, la repetición de los tópicos insepultos, un enjambre de juncos que se inclinan acomodados siempre a la dirección del viento más propicio y por ahí de corrido … Creadores, lo que se dice creadores, poquitos, los más se conforman con ser, como diría Gracián, «abreviaturas de hombres y cifra de personajillos».
Y ya que hablamos de este sabio jesuita, recordemos que ensalzó mucho una profesión que es la de zahorí. Hoy nadie habla de ellos pero estos bienaventurados podían leer los corazones, ver el alma y las entrañas mismas de las cosas, su autentididad y su alcance.
¿Por qué no oímos hablar de zahoríes? ¿Por qué no les convocamos para que nos indiquen dónde están las personas de envergadura, aquellas «creadoras de contenidos» que nos llenen las alforjas de esperanzas risueñas?
¡Un zahorí, por caridad!
Un zahorí que nos señale al «puto amo». Para poder huir de él. Un zahorí que identifique al gobernante respetuoso, al gobernante que no se atreva a enredar en las instituciones del Estado. Y, sobre todo, que no las mancille entrando en ellas como Pedro por su casa.

¡Ay, ay! Señor Sosa, no pide usted casi nada: un zahorí que pueda encontrar el gobernante respetuoso. ¿Aquí y ahora?, tarea difícil sino imposible. Mucho me temo qué quienes poseen esa virtud desechan toda posibilidad de colaborar con semejante tropa política. Una “ regresista”