Por fin, nuestro prócer máximo ha reconocido, antes sus parciales, que el Parlamento no sirve para nada y que lo expeditivo es gobernar sin las pejiguerías que proceden de las Cámaras legislativas, empeñadas en poner trabas a su acción, siempre inspirada en el deseo de servir a los españoles, instruirlos y bruñirlos.
Es verdad que no se trata de un descubrimiento original porque, antes que él, otros no menos próceres, habían formulado esa misma observación: los generales Primo de Rivera y Francisco Franco, un tal Stalin, un tal Hitler, un tal Mussolini, Pol Pot, Mao …, no son desde luego la mejor compañía que se puede tener en los libros de Historia pero cuando no se puede estar al lado de Churchill, De Gaulle o Adenauer, cualquier hueco vale. El asunto es aparecer como un forjador, aunque sea en faceta de imitador, de un hallazgo de la teoría política.
¿El Parlamento? Convengamos que es un puro embeleco, lleno de paniaguados elegidos en listas bloqueadas, cocinadas por Él, sin otra misión que calentar un asiento, tomar cafelitos en el bar, viajar gratis y tejer intrigas y bellaquerías de vuelo rasante… Los parlamentarios son, mirados desde la altura del lustre presidencial, unos tipos superfluos, empeñados en colocar a destiempo un discursito inane cuando son otras las urgencias del Estado.
Suprimirlos o descartarlos, y en su momento, desterrarlos, es una muestra de serena previsión e inteligente audacia política porque o son baldíos o son avivadores de cizañas y disputas. Y nadie sabrá nunca decir cuál es la peor de estas alternativas.
¿Cómo se puede comparar una sesión parlamentaria, llena de ruidos y broncas, con un mitin, pleno de aplausos? Desde la perspectiva estética ¿qué espectáculo es mejor?
En el mitin el pensamiento propio se despliega fluido, sin más interrupciones que las derivadas de la aquiescencia complaciente de los asistentes. La oratoria en él cobra vigor gracias a las afirmaciones rotundas, a las promesas de bienes y venturas y, sobre todo, a los insultos atizados al adversario que, ausente, no se puede defender.
En el atril del mitin, el mitinero se muestra tan brillante en la inquina como opaco en el ingenio.
¿Alguien en sus cabales puede comparar la exuberancia de la palabra mitinera con las asperezas de los debates parlamentarios?
Porque en estos hay arriscados que se atreven a silbar al orador y a propinarle otras muestras de discrepancia, animadversión o descalificación, expresadas en forma de pateos iracundos y vigorosos.
Vuelvo a la pregunta: ¿se pueden comparar estas actitudes pendencieras con el aplauso que acredita el brillo de una arenga en un pabellón de deportes?
El aplauso es para quien lo practica una rúbrica cortés, la firma que demuestra la firmeza de las convicciones, el sello que asegura y hace visible la adhesión incondicional.
Quien aplaude en un mitin y esparce de esta suerte su conformidad con lo que oye es un entrañable cofrade lleno de devoción, dispuesto a aceptar el sacrificio de una alcaldía, una subsecretaría o un puesto de asesor, cualquier lugar siempre que se halle bien resguardado, al calorcito del presupuesto.
Y quien habla en el mitin, quien encandila en ellos, es lo que en años remotos se llamaba el «despensero», hoy, la persona distribuidora de subvenciones, fondos next generation, contratos amañados, másteres fraudulentos y empleos fantasmales con poca sustancia y buena pitanza.
El despensero es quien tiene a su cargo la marmita donde se cocinan las prebendas y en cuya salsa mojan su pan golfos glotones y pícaros imantados por el estipendio y encorvados ante el emolumento.
¡Loa al despensero, liberado ya del Parlamento, gran sacerdote del templo do se veneran los dioses del Progreso federal y plurinacional!