El ocaso de las herejías

Estamos acostumbrados a la pervivencia de los ingredientes más lamentables de la realidad, como las guerras, bilis que viene de los romanos y para atrás, un horror que acumula siglos como trienios: agresivos, imperturbables. 

Menos mal que de vez en cuando podemos anotar novedades. La más reciente y jugosa es la protagonizada por las monjas clarisas de Burgos que han proclamado su apartamiento del Vaticano y su acogimiento a la disciplina de un obispo que es una figura de las peores leyendas, un personaje literario de las peores letras y de una osadía aventurada.

Un mitrado alicatado de medallas, un obispo falso, claro es, aunque a lo mejor son estos los únicos verdaderos, sonrosado y tocado con birreta de gallo presbiteral.

A su amparo, han creado las clarisas un cisma al sostener que los papas, lo que se dice los auténticos papas, acabaron con Pío XII porque los sucesores han sido herejes con tiara, charlatanes en silla gestatoria, impostores apostólicos e infaflibles.

En otros tiempos, estas declaraciones hubieran acarreado guerras y lágrimas pues de aquella, en lugar de progres y fachas, había nestorianos y cátaros. No digamos la que organizó Lutero clavando sus tesis en la iglesia de Wittenberg, desvelando los bulos y el fango de las indulgencias. De los nervios se puso León X y, cubierto con la celada, Carlos V se fue, colérico y batallador, a Mühlberg para que lo pintara Tiziano y se colgara luego el cuadro en el Museo del Prado (ese lugar que vamos a limpiar de racismo).

A mí siempre me ha apetecido escribir una novela – pero ya no puedo por las lumbares-  sobre el primer concilio de Nicea cuando el emperador Constantino convocó a los prelados que se dejaron. El protagonista sería un obispo, pongamos el de Córdoba, a caballo, dirigiéndose a Nicea, en Asia, y componiendo en su magín el Credo “niceano” y las palabras gruesas dirigidas a los arrianos para llegar con los deberes hechos y hacer  la pelota a Constantino, que estaba secándose las manos de la sangre de varios de sus parientes, unos seres débiles que, cuando los asesinaban, se morían. Una calamidad de  parientes tuvo que soportar Constantino.

Un pasado de sangre el que se halla ligado a los cismas y herejías.

Un pasado de doctrinas excluyentes, de muros negros y pesados, ecuménicos, teológicos y geológicos.

De soldados cojitrancos, de monjes ulcerosos, de místicos maniáticos, de sabios arrebatados y estériles.

De apóstatas herniados, de excomulgados leprosos, de simoníacos sádicos y así seguido.

¡Qué diferencia con los momentos actuales!

¡Tiempos en los que la herejía y el desplante a los poderes vaticaniles se presentan en el papel que envuelven los dulces de las benditas monjas clarisas!

Estas mujeres no echan fuego como poseídas por Lucifer sino que preparan trufas de variados sabores y se las envían a Su Santidad. Con un corte de mangas, por supuesto, pero ¿qué Santidad no cae rendido ante las trufas? ¿qué vicario de Cristo no se ablanda con unos deliciosos palitos de naranja bañados en chocolate? ¿qué sucesor de Pedro mantiene el gesto severo e inculpatorio ante unos barquillos o unas yemas?

Toda la teología arrumbada y derrumbada entre azúcares, aromas, harinas y huevos.

De donde se sigue que lo único apacible en nuestros días es haber sabido instalar la herejía y el cisma en el escaparate de una confitería. 

Publicado en: Blog, Soserías

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Comentarios recientes
Archivos