Manuel Broseta, en el balcón de la probidad

Vivían sus padres en la avenida de Fernando el Católico y yo, que era vecino, veía llegar a don Manuel con su mujer y una criatura los domingos a aquella casa, sin duda a disfrutar de la paella familiar. Empezaba yo la carrera de Derecho y ya hervía en mí el deseo de ser algún día profesor universitario. De ahí mi admiración por quien lo había logrado a edad bien temprana, de la mano de don Joaquín Garrigues, aunque esto lo supe más tarde.

Luego, en el escaparate de las librerías, veía su libro recién aparecido “Restricciones estatutarias a la libre transmisibilidad de las acciones”, auténtico idioma chino par mí, pero ingrediente nuevo para reforzar mi admiración por el catedrático.

Una de esas mañanas espléndidas que atesora la ciudad de Valencia con su clima tejido por adorables filigranas, conversábamos en una esquina de la calle de la Nave Paco Vicent Chuliá y yo. Él estudiaba un par de cursos por delante de mí y ya era alumno de don Manuel. De pronto, don Manuel se apareció en carne mortal y, como quiera que ya conocía a Paco, sin duda por haber advertido en las clases su incipiente calidad intelectual, nos ofreció llevarnos a la Facultad, ya sita en el llamado entonces Paseo de Valencia al Mar.

Don Manuel se interesó por mí, me preguntó en qué curso estaba, también cuáles eran mis inclinaciones. Le contesté que advertía cierta afición por el derecho público o por la historia. A Paco yo creo que ya lo tenía captado para el mercantil, asignatura de la que, en efecto, es catedrático y consumado maestro.

En clase le recuerdo como un profesor minucioso y también de una ingenuidad admirable. Digo esto porque en varias de ellas, cuando estábamos en cuarto, desmenuzó ante nosotros sus ideas, bien razonadas, acerca del Derecho en la sociedad moderna, sobre los juristas, sobre los prácticos (abogados o jueces), pero también sobre quienes llegaban a tener la pluma del legislador e influían desde los códigos o las leyes en los comportamientos sociales. Era como una confesión que le salía de muy dentro, fruto de sus cogitaciones severas y documentadas, que transmitía a sus alumnos, aunque fuera a costa de apartarse de los renglones tiránicos del programa de la asignatura.

Creo que me dio generosamente buenas notas pero lo que no he olvidado es que, cuando acabé la carrera, obtuve una beca del “Deutscher Akademischer Austausch Dienst” para ir a Tübingen, la pequeña ciudad universitaria, ubicada junto al río Neckar, que ha conformado mi vocación como iuspublicista. Pues bien, esta experiencia, como digo, determinante en mi vida, se la debo a las cartas de recomendación que me firmaron Manuel Broseta, Luis Díez-Picazo y Eduardo García de Enterría.

Pasó el tiempo, y cuando yo era ya catedrático de derecho administrativo, tuve el honor de formar parte de la Comisión de Expertos que diseñó el modelo autonómico y que presidió Enterría. En aquella época, don Manuel, convertido para mí en Manolo, era el Secretario de Estado del Ministerio de Administración territorial. Con este motivo era uno de nuestros enlaces más cualificados con el Gobierno de Calvo Sotelo.

Muchas veces le visité en su despacho y, después, nos íbamos a comer los dos a una cafetería cercana al Ministerio (en el Paseo de la Castellana) donde, poco tiempo después, sería yo Secretario General Técnico, ya con un Gobierno de Felipe González.

De manera que son muchas las vivencias compartidas con Manolo Broseta. Vivencias políticas en un momento de efervescencia e incógnitas, vivencias tambíen culturales pues nos solíamos intercambiar información sobre libros recientemente leídos, las más de las veces, poco o nada conectados con el mundo jurídico.

El fatídico 15 de enero de 1992 me enteré de que había sido asesinado por un pistolero de ETA cuando salía de dar mi clase en la Facultad de Derecho de la Universidad de León.

Sentí un desgarro atroz y un llanto que probablemente no se vertió, un llanto que se tragó la sombra de la rabia y asfixió el silencio y el sórdido rumor de las lejanas paletadas de la tierra que le cubriría.

Hoy, es probable que un pariente de ese criminal figure como socio del Gobierno progresista de España.

Manuel Broseta, uncido al mástil de la Universidad, vivió instalado en el balcón de la probidad. Y ha dejado un fecundo rastro de patriota vigoroso.

(Publicado en Las provincias el 24 de mayo de 2024).

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