Liberados y regenerados

A Victoria Prego

Se cuenta que, tras la finalización de la guerra civil, a un obispo, animado por sus mejores convicciones humanitarias, se le ocurrió el gesto de girar una visita pastoral a la cárcel sita en su diócesis eclesiástica.

Allí, el prelado fue saludando con amabilidad a los reclusos y, cuando tuvo delante a quienes eran presos políticos, vulgo rojos, al dirigirse a uno de ellos, le preguntó:

– ¿ Cuánto tiempo lleva usted aquí?

A lo que el aludido contestó:

– Desde que nos liberaron, Ilustrísima.

Ahora, nuestros gobernantes han puesto en circulación la idea de la regeneración democrática, como si fuera un invento fecundo salido de su magín creativo cuando de tal regeneración llevamos hablando décadas. En todas aquellas ocasiones en que no se sabe qué decir porque a unos putos amos les han pillado con las manos entre los fondos next generation y los de reptiles, se ha recurrido al embeleco de la regeneración.

De manera que esta se ha convertido en un lenitivo a las malas conciencias y una especie de pértiga para vadear el río de las críticas. Una forma de salvar la cara colorada por haber quedado al descubierto el hecho de que se hacía en la práctica justo lo contrario de lo que se anunciaba en los mítines todos los fines de semana.

Porque debe decirse que mítines hay todos los fines de semana, haya o no elecciones, por la sencilla razón de que, quienes en ellos hablan (es una forma misericordiosa de decir) son incapaces de quedarse en casa guardando convalecencia de las tonterías que a diario proclaman.  

En esa plaza pública, torturada por unos oradores de rebajas, es donde airean trucos de magia que nadie cree, pero que a ellos les vale para pasar la mañana del domingo. De la tarde se ocupa ese partido de fútbol del siglo que se celebra varias veces a la semana. 

Es así cómo la regeneración democrática, pronunciada de manera enfática, se convierte en vocerío, alboroto confundidor y confuso, una especie de aullido retador. 

Se ha comprobado, tras la atenta observación de la realidad, que la golfemia es rauda a la hora de acogerse a la bandera de la regeneración democrática. 

Y lo mismo ocurre con quien vive de la pirueta, esos sujetos a quienes nos gustaría ver entre las fichas de un archivo policíaco.

Estamos invocando al rastacuero, al majagranzas, al vivales, al advenedizo. Al plagiario con alcurnia y desfachatado.

El que repite con Talleyrand aquello de “apóyese siempre en los principios, acabarán cediendo”.

Son tipos guardosos, que practican una adventicia atracción por el poder.

Si todo esto es como describo, la ola de regeneración democrática nos va a traer una imagen cercana a la relatada con protagonista episcopal.

Ante las puertas cerradas de la sede de un periódico, algún ser caritativo, preguntará al periodista que pide limosna en la puerta:

_ ¿Desde cuándo, buen hombre, se encuentra en esta aflictiva situación?

– Desde que nos regeneraron democráticamente, señor.

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Publicado en: Blog, Soserías

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