El buzón de los glúteos

Estamos en permanente alarma porque tal partido o tal político “ha pasado todas las líneas rojas”. Son expresiones que circulan, hacen costra en los periódicos y ya no hay forma de despegarlas del cuerpo de la conversación.

Fijándonos en esas líneas rojas de la política no nos hemos percatado de cómo, en los últimos tiempos, hemos atravesado otra frontera, la de la ostentación de ese buzón que se aloja entre los glúteos y que recibe el nombre de culo. También llamado traspontín o tafanario. O bullarengue que es palabra que sale mucho en las novelas sicalípticas de los años veinte del pasado siglo.

El suceso ha tenido como escenario los pases de moda y las galas de las estrellas que avanzan sonrientes por las alfombras rojas entre fotógrafos y cámaras de televisión. Estábamos habituados a ver sus pechos redondos que imaginábamos, en nuestra depravación, duros, altivos y aromáticos como frutas en sazón.

Pero más raro era verlas con la parte trasera en actitud expedita como anunciando la batalla definitiva de las asentaderas. Y, sin embargo, estas mujeres, mimadas por la fama y estandartes de la carnalidad exuberante, han empezado a nalguear.

Que es como decir que están nublando los sentidos de los parroquianos, haciéndoles perder sus composturas y desencuadernando sus hechuras. La sensatez entonces se desmorona, la apacibilidad se altera y el respeto descarrila originando mudanzas en el carácter que pueden llevar a patologías psiquiátricas.

Y en esas estamos por lo que se aconseja a las personas impresionables y que padezcan arrebatos descartar de sus pasatiempos la presencia en galas porque el culo, ese nuevo espacio entregado a la contemplación lúbrica, enloquece, seduce, engaña e ilusiona.

El culo, contemplado con ardor, desatada la parsimonia y arruinado el sosiego, dispara las esperanzas que, si no se ven cumplidas, conducen a la excentricidad.

Por ejemplo, hay quien se entrega a leer el Boletín Oficial del Estado anotando los concursos de contratos de suministros o lo vemos aprendiendo de memoria los nombres de los directivos de los clubes de fútbol.

Pero hay también quien abraza la poesía y enlaza cuartetos dedicados al vaivén de los glúteos, a sus pormenores, a su plástica y a su música.

Y es que el hombre de espíritu ardiente y, por tanto, “culófilo” es una víctima dócil de la formas más desatadas e indisciplinadas de la poesía y por tanto es fácil que acabe cantando los misterios, las confidencias, las soledades o los desdenes que se experimentan cuando la vida se consagra al trasero.

De ahí el riesgo que corremos, de ahí la necesidad de estar alerta ante las trampas que nos tiende el bamboleo carnoso de las actrices. 

El culo pocas veces frena las metáforas, lo normal es que las acelere.

Publicado en: Blog, Soserías

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