Concilios y milagros

Ya tenemos al presidente del gobierno definiendo lo que es y lo que no es terrorismo. Hasta ahora esta tarea había sido confiada a los jueces y fiscales pero debemos aceptar que lo mejor es ahorrarnos trámites y también mucha ponzoña en juzgados y tribunales, centros de depravación y refugios de extremistas de la derecha.

Ahora solo nos falta dar un paso más consistente: otorgarle la potestad de convocar Concilios y de realizar milagros, formas supremas de definir la verdad.

Los Concilios, desde el de Nicea convocado por Constantino (325) donde se definió el Credo todavía vigente, han sido en la historia de España el antecedente de las Cortes, como han demostrado ensayistas bien informados (Otto Hintze, por ejemplo, y entre nosotros, el asturiano Martínez Marina). Eran reuniones de nobles y eclesiásticos con algún despistado menos encopetado, donde se resolvían cuestiones eclesiásticas pero también mundanas de carácter penal, mercantil, civil etc. De uno de ellos, el III de Toledo (589), viene que todos seamos católicos niceanos. Fue el momento en que desterramos el arrianismo y con él la enorme tabarra de estar todo el día discutiendo si el Hijo tiene o no la misma naturaleza del Padre.

¿Alguien se imagina que anduviéramos en estos tiempos embrollados en esta cuestión teológica? Si así fuera, no tendríamos tiempo para conocer los sorteos de las champions y las superchampions y, sobre todo, no podríamos aprendernos la letra de “Zorra”, esa canción delicada de sutil título. 

De ahí la importancia de volver a los orígenes y sustituir las Cortes por Concilios. Nada de afásicos elegidos más o menos chapuceramente ni de encuestas, basta con unos cuantos paniaguados designados por la autoridad. Tenemos un modelo: los congresos de los partidos políticos donde ocupan asiento unos cientos de vertebrados cuyo único signo visible de vigilia es el aplauso.

En el concilio declararíamos la verdad y, al paso, desterraríamos la herejía de una forma más delicada que esta de hablar de la “fachosfera” que suena a lo de la Zorra. Hay que añadir que la herejía nada tiene que ver con la magia ni con las supersticiones, esas que practicaban nuestros antepasados cuando creían de buena fe que comulgar curaba la gota.

Donde se ponga la verdad declarada en un Concilio que se quite una proposición no de ley llena de faltas de ortografía y de anacolutos. 

La segunda innovación es atribuir a la suprema autoridad la facultad de realizar milagros. Porque, milagros, lo que se dice milagros, se necesitan y muchos.

Ya no es tiempo de devolver la vista a un cegato porque hoy los oftalmólogos curan las cataratas con primor. Ni de devolver su movilidad a una rodilla, lo que hacen los fisioterapeutas aplicando sus habilidades manuales.

Hoy lo difícil – y ahí procede centrarse-  es conseguir – por ejemplo- que un tipo de derechas, es decir, que está en el error, se haga de izquierdas y por tanto abrace la verdad revelada. Dicho de otra forma, que un “ser caído” – el de derechas- vuelva al esplendor de la gracia. 

Y luego está el supremo milagro: en este sentido, recomiendo conocer las habilidades de san Martín de Porres. Este bienaventurado hacía comer de un mismo plato, en grata concordia, a un perro, a un gato y a un ratón, pero esto ya no tiene importancia gracias al movimiento animalista que a todos nos hermana y nos hace benéficamente idiotas.

Me consta que, hoy, san Martín sería capaz de convertir a un “fijo discontinuo” en un operario del pasado, de esos que trabajaban de corrido aunque por supuesto santificando las fiestas de guardar. 

Concilios pues en lugar de Cortes y milagros de los antiguos para renovar el albañal político.

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Publicado en: Blog, Soserías

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