Ante todo, prudencia

Un amigo, conocedor de mis perversiones profesionales, me envía una página del Boletín Oficial del Estado que contiene la lista de los órganos (con perdón) de la Presidencia del Gobierno de España. Es ciertamente barroca porque acoge un Gabinete y un Gabinete adjunto, una Secretaría general, departamentos de Coordinación Técnica y Jurídica, Protocolo, Seguridad, Seguridad Nacional, más las Secretarías Generales de Planificación política, de Políticas Públicas, Asuntos europeos y Prospectiva Estratégica, Asuntos exteriores, Comunicación y, como guindas, la Oficina de Asuntos económicos y G-20 más el Comité de dirección.

Para que compruebe el lector / a / e que no es extravagancia de Sosería lo que acabo de transcribir, puede consultar el BOE del día 28 de noviembre, festividades de santa Catalina, san Crescenciano y san Edelboldo, entre otros bienaventurados.

Mi amigo pretende que critique este desparrame porque – asegura- debajo de cada una de esas secretarías, gabinetes, oficinas y coordinaciones anidan decenas y decenas de funcionarios agazapados, seleccionados por el Dedo Mirífico, entregados a ocupaciones sabrosonas y, como diría Quevedo, “traídos con artificio, entretenidos con promesas y sustentados con esperanzas”.

Siento contradecirle … a mi amigo, no a Quevedo.

Y ello porque me parece que agavillar a tanto órgano y tanto cautivo gozoso como hace el presidente del Gobierno no es un signo de derroche de dinero público para complacer su vanidad. Por el contrario, es un signo de su prudencia, justo la virtud que más se puede encomiar en un político.

Porque un presidente que ha plagiado parte relevante de su tesis doctoral y al que le escriben los libros que él se ve obligado a firmar, no puede fiarse de sí mismo ni de sus habilidades y por ello es lógico que no mueva un dedo sin asesorarse a conciencia. Estamos ante un prodigio de mesura, de templanza política que todos debemos agradecer. Pues qué ¿nos gustaría que este hombre redactara las leyes, emborronara los decretos, escribiera sus discursos con la escueta ayuda de sus entendederas?

– Pero es que plagiar no es ético – vuelve a la carga mi amigo.

Al contrario, plagiar es un homenaje al pasado. “Lo que no es tradición es plagio” dejó glosado el mago de las Glosas, don Eugenio d´Ors, y no somos nosotros quienes vamos a enmendarle la plana.

Plagiar es reconocer que en los hondones de la historia de la literatura se hallan piedras preciosas escritas por encantadores del lenguaje, por poetas sublimes, por narradores levantados.

¿Queremos que dormiten el sueño eterno sin reconocimiento alguno, polvorientos sus textos, apagadas las campanillas de sus ocurrencias?

¿No preferimos embelesarnos rescatando tanto prodigio de los crueles rasgones de la desmemoria?

Goethe, y era vate, escribió que “nada se puede pensar que no se haya pensado antes”. ¿Queremos, pobres de nosotros, corregir nada menos que a un alemán desde nuestra poquedad peninsular?

Sépase de una vez que todo eso de la singularidad es una paparrucha. Un descarado plagiario, como es quien preside nuestro gobierno, es alguien que desafía a cara descubierta, como un bandolero orgulloso, los sagrados relicarios de las Academias.

Aún más: quien firma libros que no ha escrito (ni leído) es un exquisito cultivador de las filigranas pues gusta de ejercitar su ingenio a través de la pluma del colega generoso y menesteroso.

Publicado en: Blog, Soserías

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Comentarios recientes
Archivos