El muro

Hubo un tiempo en el que “muro” significaba pared o tapia y evocaba el cerramiento, la alambrada, la valla, la barrera, incluso el espino, ese limitador de esperanzas. “Abre la muralla” se cantaba en el siglo pasado para llamar a las masas a derribar el aislamiento en que nos aherrojaba la dictadura.

El autor de estas Soserías, cuando vivía en Alemania, tuvo la fortuna de visitar Berlín varias veces. Era el Berlín precisamente del muro, construido en agosto de 1961 para evitar que los ciudadanos de la zona soviética abandonaran el paraíso comunista, crisol de virtudes, y entraran en el mundo vicioso y corrupto del capitalismo occidental. Fue una decisión dura de tomar. Todavía hoy se emite con frecuencia por la televisión alemana la escena en la que Walter Ulbricht, jefazo de la República comunista, un ángel bondadoso y alicatado de decencias, dijo aquellas palabras memorables, pocos días antes de ordenar su erección: “Nadie tiene la intención de construir un muro”. A las pocas horas mandaba las brigadas de obreros provistos de los materiales propicios.

Tuvo que contradecirse, “cambió de opinión” como diría un frescales más cercano a nosotros, pero tuvo que hacerlo por proteger la moralidad de la población, por fortificar su integridad, sabedor como era de que en la Alemania occidental se practicaban los peores vicios ligados a la corrupción, al rearme, al capitalismo abominable y a no sé cuántas otras desventuras. Tanto quería a sus súbditos que por nada del mundo los quería ver enfangados en la sociedad occidental inficionada – bien lo sabía Ulbricht- de la gangrena destructora. 

Y así este hombre, desprendido e indulgente, salvó miles y miles de conciencias. Es más: cuando algún desorientado intentaba saltar el muro, atraído fatalmente por la putrefacción occidental, envenenado por la propaganda capitalista, los soldados que custodiaban el muro disparaban y lo mataban. ¿Una desgracia a lamentar? En absoluto, un alma que se iba derechita al cielo comunista, allí donde moran eternamente personajes dulces y solícitos como Stalin, Fidel, Ceausescu …

Es decir, el disparo a quien trataba de burlar el muro parecía – y así lo explicaba la propaganda del mundo occidental- un crimen pero en puridad era una forma de evitar que un ser humano desvalido y desorientado se contaminara en la sociedad capitalista, retorta de suciedades.

Nosotros, los españoles, ahora, en estos días, estamos celebrando el hecho de que se haya ordenado la construcción de un muro salvífico. Así se ha proclamado desde el ambón del Congreso de los diputados, un lugar tan solemne que nadie puede dudar de la veracidad ni de la seriedad del anuncio.

El gobierno progresista y plurinacional está ya manos a la obra apilando materiales para el muro profiláctico,

¿Para dividir a los españoles, encizañar las relaciones personales, destruir amistades añejas, y sembrar la discordia en todos los rincones?

Quiá, para liberarnos, para asegurar nuestra pureza, para izar la bandera de una ética invicta, a prueba de trampas. 

A partir de ahora, ya no tendremos excusas los españoles porque el muro servirá como una señal de tráfico apta para vadear los peligros que acechan a nuestras conciencias frágiles. 

El muro señalará un universo geométrico: en un lado, los amaneceres risueños poblados de socialistas, comunistas, terroristas y golpistas, sonrientes y acogedores; en el otro, los ocasos soporíferos que brindan la Constitución y sus límites.

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Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “El muro
  1. Jose Pedro Sancho Martínez dice:

    Amigo Sosa, buenos días dominicales.
    Es muy bueno que sigas en la línea de la defensa del pensamiento libre, para evitar que en vez de cantar «montañas nevadas», en el patio del colegio de nuestra niñez, aparezcan otros que quieren imponernos, rezar al levantarnos el himno social/comunista, en vez de un «Avemaría».
    También recordarás como, en aquellos tiempos bastantes se sentían obligados a ir a Misa, para no ser «mal vistos». Con el tiempo este hecho llevó a cada cual a su sitio. Pero estos tíos no quieren dejarnos un sitio propio, establecen lo que aquel indecente argentino propaló en nuestra España: las líneas rojas, así llamadas por lo que era él, y ahora hablan del muro, tremenda línea o mejor límite rojo, para defenderse de los que difieren, los que respetamos la libertad, que los social/comunistas no respetan (recordemos las checas y similares), apuntando a eliminar, en algún momento, a los de fuera del reducto.
    Sigue, con tu característico humor valiente, denunciando a estos claros antidemócratas. Estoy contigo, prefiero decir que «de tu lado», propio de los constructores de murallas medievales.

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