Defecaciones como palabras

A los vejestorios nos cuesta cambiar de costumbres, de amigos, de yogur y de vocabulario. Para mí las rutinas son como las articulaciones, de ahí que les tribute reverencia litúrgica. Creo que “toda novedad es desatino” y a este principio constitucional me atengo para conducirme con prudencia.   

Por eso me sorprenden las personas mayores prontas a adoptar palabras que no han usado en su vida, por parecer jóvenes o por abrazar la causa del papanatismo, líquido amniótico en el que vivimos y nos reproducimos.  Evoquemos como verbigracia, a ese majadero que, de pronto, empieza a “poner en valor” todo lo que se le pone por delante.

O a esos borregos muy aborregados que dicen ahora “hacer el spoiler” en lugar de “anticipar el final”.

Estos rastacueros me producen flatulencia, abstinencia y somnolencia.

Hace poco unos sujetos de palabrería progre e intelecto desgoznado comenzaron a “empoderar” todo aquello que les cabía en su caletre ruinoso. Palabra de prestigio como mal traducida del inglés y ajena a la española “apoderar” que – por ser castiza- procedía expulsarla de la circulación por casposa y centralista. 

Para desgracia de estos apresurados vanílocuos ahora resulta que una organización de las que cuidan el lenguaje correcto, norteamericana por supuesto (Sierra Club), ha decretado que “empoderar” es una palabra insultante. Ese símbolo del progreso ¡convertido en una ofensa! ¿Por qué? Pues, almas de cántaro, porque “conlleva una implicación de condescendencia”. Sí, querido progre / a / o: “empoderar expresa que estamos entregando a la gente sus deseos básicos de igualdad como si fueran un regalo o un gesto magnánimo”. Y eso lo hace denigrante sobre todo “desde el punto de vista racial o de género”. 

¿Nadie se había dado cuenta del veneno que la palabreja llevaba en sus entretelas? ¿Nadie había reparado en el daño que se estaba haciendo a negros, mujeres, niños y militares de modesta graduación? La pregunta es ¿cómo se puede estar tan en la higuera? Y la respuesta es clara: porque el lenguaje correcto de quien practica el vasallaje idiomático se deja camelar pronto y no es capaz de advertir, como ha destacado el poderoso instituto norteamericano, que “empoderar” nos lleva derechos al “capacitismo, a la discriminación de discapacitados e inmigrantes así como al blanqueamiento de la Historia”.

Y tantos compatriotas creyendo – de buena fe progre – que estaban arrinconando a la costra rancia de la sociedad y dándole su merecido.

Ahora han de oír este dicterio:

– ¡Eres capacitista, so pasmado!

O este otro:

– ¡Blanqueador de la Historia, topo de la reacción!

Según el informe de Sierra Club otra palabra para el olvido es “alzarse”. Pero no porque se llamara Alzamiento al golpe de Estado que perpetraron en 1936 unos militarotes de botas altas y bajas molleras sino porque “es ofensiva para personas con discapacidad”.

La palabra es el envoltorio de la idea. Y cuando las ideas se usan para dar el coñazo al personal, se olvida que la palabra debe ser usada para enviar mensajes precisamente incorrectos, demoledores, críticos y rebosantes de la crema disolvente del humor.

Nadie espere estos ingredientes entre las defecaciones de estos tediosos botarates. 

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “Defecaciones como palabras
  1. Jose Pedro Sancho Martínez dice:

    Estoy de acuerdo es tu disertación. No estás harto de oír ahora al sanchezismo ( que no sanchismo) que están consiguiendo una elevada resiliencia en sus políticas. No saben qué significa una palabra adjetiva de los materiales, metálicos o no.
    Sólo decirte que los de mollera enana y criminal fueron los del 34, usaban dinamita y picos y a ellos se añadieron criminales coetáneos como el que da nombre a un estadio moderno del que se autodenomina BARSA. Este tipejo tiene una estatua en medio de la ciudad, quizás, más bonita de España. Dónde fundieron las efigies del de las botas ( y «colindrones»), el único que ganó la guerra al comunismo.

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