Perros de caza

En muchas zonas del mundo el legado del comunismo de Marx y de Engels es objeto de estudio en seminarios y tesis doctorales pero la práctica política procura alejarse de sus postulados por inoportunos o por poco presentables.

¿Dónde queda la dictadura del proletariado? ¿Alguien en su sano juicio la reivindica? Ni siquiera a los proletarios se les ocurre andar por las calles, sudorosos y vocingleros, con una pancarta proclamando su dictadura como la fórmula salvadora de la patria en peligro. Y, si en tal actitud incurrieran, la carcajada sería épica, lírica, crítica y babilónica.

Lo mismo ocurre con la socialización de los medios de producción, defendida tan solo por sujetos aprovechados – que no aprovechables- cuyo designio es quedarse con los tales medios parra arruinar a todos menos a ellos mismos.

¿Alguien aspira a la sociedad sin clases? ¿Alguien ensalza el centralismo democrático, el leninismo, el maoísmo, las repúblicas populares, la extinción del Estado, el “hombre nuevo”, el partido único o el “gran salto adelante”? Quien lo hiciera, correría el riesgo de ser reducido por unos forzudos sanitarios y acabar sus días en un hospital poblado de napoleones, doncellas de Orleáns y papas de la Iglesia católica.

Todo esto ocurre por esos mundos. España se singulariza porque aún existen sujetos que defienden tales muestras de opulencia conceptual: ¿de boquilla o sinceramente? Yo quiero creer, por respeto hacia ellos, que lo hacen de verdad, con franqueza, como fruto del estudio de una historia que ellos se inventan. 

Lo que pasa es que saben que todo ello no se consigue de una vez ni en un fin de semana. Recuerdo una autoridad del franquismo a la que unos estudiantes revoltosos hicieron llegar su petición de que el Caudillo abandonara el Pardo y se exiliara. La digna autoridad se mostró comprensiva pero les puntualizó:

– De acuerdo, cursaré la demanda pero comprenderán que eso lleva sus trámites.

Pues eso es justamente lo que intuyen los defensores del legado rojo en su más sórdida rojez: que se necesitan trámites y que no va a ser fácil evacuarlos.

Esa es la razón por la que, de momento, se conforman con proteger a los perros de caza. Preciso es constatar la modestia de sus objetivos porque se convendrá conmigo que pasar de la dictadura del proletariado a la defensa de los perros de caza es un salto acrobático que muestra la prudencia en su más depurada manifestación.

Pero en ello estamos. Porque es el caso que han descubierto que el perro de caza es objeto de la más execrable explotación, también el ejemplo más expresivo de la lucha de clases representada por el cazador fiero y despiadado y el humilde perro que ha proclamado, ladrando y a su manera, el principio “de cada cual según sus capacidades a cada cual según sus necesidades”. La codicia del cazador es legendaria, la modestia del can es un ejemplo del asalariado a quien se le sacan las entrañas, un remanente a exterminar de la sociedad burguesa.

De ahí que se haya hecho bandera de su protección: horarios reglados y turnos rigurosos, salario “indexado”, derecho a la huelga, sindicación potente … Y para las hembras, días de parto, lactancia, postparto etc.

Todo esto de momento porque lo mejor vendrá cuando puedan ejercer el derecho de autodeterminación y el cambio de sexo. Veremos al galgo que quiere hacerse labrador o viceversa y al galgo galga y al labrador labradora. Lo mismo que tiene ahora garantizado ya el cazador en esta hora luminosa en la que el Progreso le está leyendo la cartilla a la Biología: ¿cómo se van a justificar los privilegios del cazador que es un vulgar depredador disfrazado de notario? 

El perro de caza como el fin de la historia, como la fase en la que ya no existirá un residuo pequeñoburgués que llevarse a la boca.

Publicado en: Blog, Soserías

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