El tomate en el cuadro

El grito en el cielo: ese es el aspaviento que hemos contemplado en tantas personas que se han mostrado horrorizadas porque unos jóvenes han tirado salsa mayonesa o de tomate a un cuadro expuesto en un museo.

¿Y qué iban a hacer las criaturas? Si los políticos no atienden a las consecuencias del cambio climático ni a la desaparición de los glaciares ni a la crecida de los ríos y menos al aumento generalizado de las temperaturas pues tendrán los muchachos / as/ es que dar su merecido a tanta pintura superflua como se exhibe por esos mundos. Porque ¿se  puede contemplar una pintura de Van Gogh o de Goya con la conciencia tranquila sabiendo el estropicio que está viviendo el planeta?

Mi opinión es que hace falta mucho cuajo para adoptar esa actitud indiferente y seguir permitiendo que las gentes se paseen por el Prado o el Louvre sin arrastrar la congoja por  la suerte que aflige a montes, valles y mares.

– Es que nada tiene que ver una cosa con la otra – oigo al espabilado de guardia.

– Tiene que ver todo, pedazo de merluzo, porque los girasoles agredidos de Van Gogh ¿no se ve cómo gimen ante tanta pasividad y abulia?

La relación de causalidad está claramente demostrada. Por eso propongo que esos asaltantes de cuadros y esculturas no se conformen con unas salsas que se limpian y el episodio se olvida.

Es preciso ir más allá y, al efecto, ofrezco unas acciones de mucho linaje pues algunas proceden del mundo clásico.

El filósofo Orígenes, por ejemplo, no solo era abstemio riguroso y vegetariano sino que además se castró por una causa elevada: asegurarse el reino de los Cielos y mostrar su devoción a Dios.

-Él lo desmintió – me apunta un pedante que enseña Filosofía.

– Hombre, claro, – le contesto- no iba a ir proclamándolo coram populo para que el público romano se riera de él y le llamara emasculado. Esas cosas se llevan en la intimidad.

El ascetismo es pues salida a la desazón que padece el joven / a. Muy cómoda porque conoce modalidades variadas, todas ellas con garantía de adecuada mortificación: así, la abstinencia sexual, es decir, no refocilarse con hembra o varón ni tampoco abandonarse a prácticas onanistas (vulgo: pajas) o privarse de hablar con los semejantes (voto de silencio).

Y luego está el ejemplo egregio de Simeón el estilita, inventor del cilicio, quien, al considerar que el monasterio de su reclusión estaba realmente habitado por frívolos “vivalavigen”, decidió marcharse al desierto para alimentarse de hierbas secas y dormir en una columna de veinte metros de altura. Su sacrificio, un suicidio inspirado y a cámara lenta, consta que se ha apreciado en las esferas celestiales, allá donde las verdades hacen nido.

En fin, está el ritual que más me convence: la inmolación.  Se puede practicar con un pollo o alguna variedad de ánade pero el concluyente, cuando de causas elevadas hablamos, es la autoinmolación.

Lanzarse a las llamas ardientes y rebozarse en ellas hasta perder el aliento, el humor y hasta el maquillaje es una forma vistosa y rotunda que nadie, cuando se está en el trance de salvar al Cosmos, debe descartar.

Vemos pues cómo se ha iniciado una justa cruzada contra la molicie estética (contemplar las Meninas o la Venus de Milo) pero se está en unos comienzos balbuceantes, limitados a acciones timoratas.

Preciso es dar un salto osado y para ello esta Sosería ofrece opciones tan plausibles como convincentes.  

Publicado en: Blog, Soserías

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