Sinenergias y otras alergias

Quien se desparrama en el uso de las palabras a la hora de expresarse (es decir, en su “elocución”) es verboso, parlanchín, charlatán o lenguaraz. Es un personaje que chamulla, enhebra o ensarta decires casi siempre vacuos.

Hay una regla muy repetida: quien con más determinación quiere ocultar algo o confundir al interlocutor o al público en general es quien resulta más propenso a rebozarse en el jolgorio de la verborrea, en el bullicio de la esgrima verbal fatua.

Los políticos – se dice- serían maestros en este arte de la magia embaucadora, capaces como son de dar gato por liebre, mortadela por jamón de bellota o salchicha ignota por morcilla aquilatada.

Los que mangonean, cabildean y caciquean en las naciones que componen España, todas ellas plurilingües y laicas habrían llegado a la juerga de la palabrería alcanzando en esta habilidad una dimensión de riqueza demoníaca, filosófica, casi – diría yo- religiosa (aunque es palabra a evitar porque, como acabo de señalar, somos laicos y a mucha honra).

Hay quien se irrita con estos modos y de ahí que leamos críticas constantes a tales beneméritos próceres.

No es mi caso pues veo en todo ello una riqueza a valorar y de la que enorgullecerse. Es probable que los gobernantes estén siempre diciendo lo mismo pero el hecho de vestirlo con ropajes distintos es muestra de fecunda inspiración de la misma forma que honrar siempre al mismo dios o diosa bajo formas distintas en las religiones antiguas era muestra de magníficos resplandores de beatitud.

Hay que felicitarse por ello y no caer en la crítica facilona, amasada con la harina de las rutinas mentales.

¿Quién no valora como un hallazgo la búsqueda de “indicadores estratégicos en la planificación por objetivos”? ¿O la “reprogramación por evaluación y seguimiento”? ¿O la “promoción de la competencia efectiva en los mercados”? ¿se quiere que no haya evaluación o que no haya reprogramación? Porque quien no las quiera debe decirlo a cara descubierta.

Y más: mucha animadversión hay que tener a quien estas palabras emplea para no ver en ellas brillantes muestras de “agilidad y eficiencia en la creación de sinergias”. ¿Es que queremos unas sinergias artríticas? ¡Que se diga!

También solo desde la descalificación de quien se sacrifica ejerciendo el poder se puede uno tomar a broma el “liderazgo de acciones, reformas y equipos” o “el establecimiento de foros técnicos para la generación de soluciones cooperativas y el aprendizaje de los pares”.

¿Hay alguien que quiera a estos “pares” sin aprendizaje, arrinconados en la ignorancia y en la inopia? Hay que ser muy desalmado para ni siquiera pensarlo.

Por último: ¿algún compatriota no desea formar parte del “Comité técnico para implementar el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia”? Si existiera, sería un ser muy retorcido o, peor, un vago que no quiere arrimar el hombro.

Todas estas expresiones, bien hermosas, están directamente recogidas de un Decreto reciente aparecido en el Boletín Oficial del Estado y son testimonio de la vehemente preocupación del gobernante por nuestra felicidad.

Y aún hay tarugos que no ven en ellas lo que son: muestras supremas de creatividad en “la participación, el diálogo y la transparencia”.

Mi amigo Juan me ha puntualizado:

– Sabíamos que al principio fue el Verbo, lo que no sabíamos era que al final sería la Verborrea.

Publicado en: Blog, Soserías

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