El escondite de Rembrandt

Se puede ver la historia pasar por delante asomado a la barandilla de los acontecimientos o se la puede contemplar velado tras una cortina o unos visillos, viendo sin ser visto como la monja que se oculta tras la celosía o el torno para disfrutar de la procesión. Los grandes personajes del pasado, como fueron poderosos, no han querido perderse la visión del paso de los tiempos y por ello se hicieron retratar por artistas famosos y están colgados en los más importantes museos y es, desde esta atalaya, desde la que contemplan el espectáculo de los siglos, cómo estos nacen y se desperezan y avanzan luego desgranados en magnos acontecimientos y en minúsculas peleas de vecindad. Ven desde allí cómo caen reyes, cómo se abaten certezas, cómo los grandes fuegos se tornan frías cenizas, cómo las piedras preciosas desvelan su alma de pobres cuerpos opacos. ¿Qué se hizo el rey don Juan, los infantes de Aragón, qué se hicieron? y así por este camino hasta dar con los huesos de nuestra propia calavera, que está siempre en un cuadro de Valdés Leal.

El conde duque de Olivares como fue imperial y mandón, ordenó a Velazquez que le retratara a lomos de un caballo que jamás cabalgó, consumido como estaba por la gota, y es desde su grupa desde la que no solo nos contempla sino que parece estar señalándonos el camino de Portugal para que lo reconquistemos, dando a los lusos la buena tunda de palos que se merecen. En la pintura española del siglo de Oro hay muchos personajes que montan caballos imposibles y sueñan victorias fallidas. Al mismo Carlos V se le ve en los cuadros de Tiziano cómo no pierde ripio de lo que pasa alrededor y, si tiene la mirada triste y como ausente, es porque le reconcome la melancolía por no estar organizando las guerras actuales y porque nos reprocha serenamente pero con energía que convivamos con la herejía protestante.

Es privilegio sin embargo de un genio como Rembrandt haber ideado un truco para observarnos sin ser visto, para crear un escondite perfecto desde el que considerar los ridículos afanes humanos sin que se advierta ni pueda notarse su sonrisa irónica, esa media risa que es privilegio de quien está en el secreto de la nada, agujero de los siglos y de los tiempos. Se ha descubierto un autorretrato de Rembrandt debajo de un retrato de un noble ruso, un cuadro que los expertos creen que era fruto de la generosidad de Rembrandt quien dejaba pintar a sus discípulos encima de sus creaciones, cuando estas no se vendían, para ahorrar lienzo mayormente, como una forma temprana de reciclaje y porque Rembrandt pasó apuros económicos serios, sobre todo cuando se le ocurrió comprar una casa en una época como la suya donde aún no estaba desarrollado convenientemente el negocio hipotecario. Suprema osadía que desconocía además que casas, lo que se dice casas, solo las han podido comprar en todo tiempo y lugar los ricos cuyas cabezas propenden a la grisura y a la terquedad. O sea, que son muy brutos.

Todo esto es cierto. Pero, a mi juicio, hay otra razón que explicaría el ocultamiento de Rembrandt bajo la cara insulsa y abotargada de ese ruso, complaciente en sus crueldades con esclavos y campesinos pobres. Y es la de que Rembrandt, sabedor de que, por su genialidad, iba a estar presente sin desmayo a lo largo de los siglos venideros, quería un lugar recóndito donde desvanecerse porque estar siempre expuesto bajo las luces de la fama es muy fastidioso. Los otros autorretratos, de joven o de mayor, que de él se conservan están pintados también con la esperanza de que un eclesiástico o un acaudalado comerciante se superpusiera sobre ellos para que él pudiera descansar. Pero no tuvo fortuna más que con el del ruso. Allí ha estado acurrucado Rembrandt mirándonos, riéndose de todos nosotros, de las letras de cambio, de las pompas, de las cotizaciones de bolsa, de las sentencias de los jueces, de los diagnósticos de los médicos, pero sobre todo riéndose de sus compañeros los pintores, a quienes habrá endilgado los peores epítetos, sobre todo a los del pasado siglo XX, maestros en el camelo por lo fino y por lo caro. Ahora le hemos desbaratado su estratagema y esto no se hace con el genio que solo aspiraba a un escondrijo digno. Señores restauradores: eviten los experimentos que detrás del Cristo de Velázquez estamos todos, ocultos y sin molestar.

Publicado en: Blog, Soserías

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