La alucinación de la luna

Hace años, en los comienzos de la televisión, yo podía palpar en mi familia la incredulidad que producía el hecho de que saliera en la pantalla un señor dando una noticia desde París o desde Oslo. A juicio de mis desconfiados parientes se trataría de un truco de Franco, empecinado en colarnos patrañas porque nadie en sus cabales podía creer que en ese preciso momento había alguien tan lejos, recién levantado de la cama para contarnos algo que había salido ya en todos los periódicos. Ahora resulta que no era tan insensata la sospecha malévola porque la manipulación de las imágenes es sencilla y esta es la razón por la que empieza a ponerse en duda que el hombre haya de verdad alunizado, tal como creímos todos bobamente aquella noche veraniega de 1969. Al parecer, esos seres míticos que eran los astronautas no estaban moviéndose por el espacio fabuloso de la novela de Julio Verne sino por un paisaje desértico y, cuando acabaron su pantomima, se fueron a tomar unas hamburguesas y a dormir a un motel cercano con Norman Bates como en Psicosis.

De siempre se ha querido arrancar su enigma a ese astro noctámbulo que tantísima gloria ha dado a los poetas, presente en todas las galas organizadas por la musa Erato, la simpática hija de Zeus condenada a llevar una lira a cuestas para poder identificarla, y en los juegos florales siempre ganaba el premio quien mejor sabía cantar en octosílabos el resplandor de la Luna, un resplandor audaz y conspirativo porque se ha atrevido a lo largo de los siglos a desafiar a las negritudes de la noche y entonces era cuando el poeta aprovechaba para sacar a pasear impunemente al albayalde y al albero con todas sus consonantes y asonantes en confuso pelotón, como queriendo buscar su sitio o pidiendo la vez en los sones del poema. En la música ha ocurrido algo parecido: hay una ópera de Joseph Haydn, que no suele estar en los repertorios habituales, que se llama precisamente Il mondo della Luna donde la soprano canta un aria que dice: “cuánta gente suspira, por ver qué es la luna, pero no tienen la fortuna de poderla contemplar. Quien no ve, cree en lo falso…”.

Se equivoca el libretista porque nada sería más consolador que saber a ciencia cierta que la luna sigue siendo un territorio virgen, es decir un territorio donde, como decía Gómez de la Serna, la mano del hombre no ha puesto el pie, y que en definitiva todo fue un cuento destinado a hacernos más pasables las veladas.

Alunizaje, que es posarse sobre la superficie de la Luna una nave o sus tripulantes, es palabra bien cercana a alucinación y ello no es una casualidad sino una muestra de que el idioma está construido para proporcionarnos pistas por las que el pensamiento debe discurrir, una realidad que solo los lerdos ignoran. Es decir, que es víctima de un alucinógeno o está suavemente alucinado quien cree en el alunizaje. Se impone pues alumbrar la verdad: y esta no es otra que quien está en la Luna es que se halla desorientado o distraído y que quien pide la Luna es un insensato y quien ladra a la Luna está perdiendo el tiempo de manera lamentable. Y, cuando de alguien se dice que “tiene lunas”, se está aludiendo a que administra manías con terquedad y seguridad, es decir, que tiene vocación de acabar en mochales. Para mí, lo único bueno de toda esta historia es precisamente que la luna lleva siglos despistando a los astrónomos que, para ella, resultan insoportables porque son sus rijosos mirones, sus aborrecibles voyeurs.

La luna es un disco lanzado al espacio por un discóbolo travieso y también onda de ondero, sueño de lunáticos, la blanca polvera de la negra noche… Los dioses la cortejaron pero los dioses murieron y ella sigue allí como una fábula inmortal, como un relato sin fin, como el poema del poeta que canta a las espumas abandonadas en las arenas. Lo que más me divierte es que la luna, que se complace en esconderse tras el biombo de las nubes para retocarse y disimularse las ojeras que le ha hecho la eternidad, nunca ha hecho demasiado caso a los astronautas que si no llegaron hasta ella es porque sabían que volverían despechados, viendo cómo les ponía los cuernos y se echaba a descansar, burlona, en su hamaca de cuarto menguante. Es decir, sabían que los mandaría a la luna de Valencia.

Publicado en: Blog, Soserías

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