Aniversario: sin motivo para la alegría

El cumpleaños es ocasión para la alegría y el intercambio de parabienes. El de este año de la Constitución de 1978 no es el caso por desgracia. Sería estupendo que, junto al virus que mata y arruina, también estuviera la Constitución infectada por un virus cruel pero a la espera de una vacuna con la que inyectarse y sanar. Me temo que no sea así.

Vengo sosteniendo desde hace tiempo que la comunidad política regida por una Constitución ha de ser una comunidad “integrada”. Sin ella, lo sabemos desde Rudolf Smend, no hay Estado, siendo precisamente la Constitución el resultado de esa comunidad vertebrada. Pues tal Estado existe cuando hay un grupo que se siente como tal, que recrea y actualiza los elementos de que se nutre y que es capaz de participar lealmente en la vida y en las decisiones de la colectividad. La aquiescencia democrática es así el fundamento de ese artilugio que llamamos Estado, la sustancia que lo anima y que determina su existencia.

Por eso se trata de una realidad que fluye y de ahí que la legitimidad de la Constitución sea un problema también de fe social, de fe en esos atributos compartidos e intereses comunes que permiten al grupo vivir juntos y constituirse en Estado. Tal dimensión se ve muy clara en la configuración de los Estados regionales o federales que han de basarse en elementos muy afinados, el primero de los cuales es un reparto de competencias bien aparejado, pero que de nada serviría si no existiera una conciencia clara en sus agentes y protagonistas de pertenecer todos a una misma familia o linaje. Sin esa conciencia, el edificio se viene abajo.

Pues bien, afirmo que las fracturas que alimentan los partidos políticos separatistas que forman parte hoy de la “dirección del Estado” conforman el ejemplo de manual de una Constitución a la que se ha privado ya de de esos elementos de integración indispensables para hacer posible su vigencia ordenada y fructífera. Dicho de otro modo, mientras no exista un “credo” compartido y libremente asumido, un prontuario de cuestiones básicas, entre ellas, obviamente, la existencia misma de ese Estado y la existencia misma de España, pensar en festejar una Constitución puede ser entendido como un acto de caridad, como quien va a visitar a un pariente gravemente enfermo al hospital, para insuflarle ánimos y ofrecerle un rato de alivio en sus pesares, pero abandonada toda pretensión de milagros.

En España lleva fallando mucho tiempo ese gozne fundamental del Estado que es la “lealtad”, conjuro de la desunión y de la fragmentación. Una lealtad que representa el confín más allá del cual se abre otro en el que se extienden la sombra del desconcierto o el germen del despropósito.

Y es en estos elementos del desorden donde estamos cuando advertimos cómo quienes conforman la mayoría parlamentaria que nos gobierna anuncian la celebración de un referéndum de autodeterminación para Cataluña o un futuro republicano confederal para el País Vasco y Navarra o precipitan la aprobación de normas destinadas a liberar a quienes sufren prisión por haber perpetrado un golpe de Estado o se cuestiona la figura del rey. Todo esto es de una gravedad excesiva para poder ser asimilada por un sistema democrático por muy sólido que sea (lo que no es por desgracia nuestro caso).

El ataque al jefe del Estado es quizás el veneno más letal que se está administrando a la democracia española sabedores quienes lo distribuyen de que acabar con la monarquía es acabar con el sistema constitucional de 1978. Produce cierta jovial hilaridad que se descalifique a Felipe VI por no haber sido elegido ¡como si los españoles pudiéramos estar necesariamente orgullosos de las personas a las que elegimos! Olvidan quienes así razonan que en una sociedad política pueden convivir la legitimidad democrática, derivada de los votos, que es la más importante, con otras legitimidades, a saber, la legitimidad técnica o profesional, en la que se basa uno de los poderes del Estado, el judicial, a cuyos miembros no elegimos sino que son seleccionados por sus conocimientos jurídicos. Y, en fin, otra legitimidad cuya razón de ser es preciso buscar entre los renglones de un relato antiguo, cubierto por telarañas, encorvados sus protagonistas a veces bajo el peso de la historia, un paisaje en el que conviven inevitablemente la decencia con la indecencia de tal manera que puede afirmarse que apenas hay una monarquía – ¡pero tampoco una república!- cuyos orígenes y andadura puedan justificarse en conciencia. La historia nunca ha conocido la virginidad.

Todas estas maniobras de los socios del Gobierno destinadas a barrenar el edificio constitucional serían una nota a pie de página si el PSOE, mayoritario y con amplias raíces en la sociedad española, no los hubiera llevado al texto principal. Y ello ha ocurrido porque en el PSOE, a ver si nos aclaramos de una vez, se ha producido una mutación (“mudar: dar otro estado, forma etc”, DRAE). No es la primera: a finales de los setenta del pasado siglo Felipe González y Alfonso Guerra mutaron al PSOE del exilio en un PSOE claramente comprometido con la socialdemocracia europea tradicional. Ahora, Pedro Sánchez ha transformado (mutado) ese PSOE en algo distinto, apoyado, ya sin máscaras ni mascarillas, en los tradicionales enemigos del socialismo democrático. Sin que – salvo excepciones- se aprecie reacción a este perverso y burdo truco de magia.

La tesis que sostengo es que a la mutación del PSOE, clave en la vertebración de España, seguirá la mutación (¡ojo, no la reforma ni la derogación!) de la Constitución de suerte que en poco tiempo no quedará de este texto, cuyo aniversario ahora nos convoca, ninguno de sus elementos apreciables.

Para el éxito de esta operación es preciso contar con la cobardía de muchos. No faltará.

(Publicado en el periódico Expansión el día 5 de diciembre de 2020).

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Publicado en: Artículos de opinión, Blog
Un comentario sobre “Aniversario: sin motivo para la alegría
  1. Julio Luis Bueno de las Heras dice:

    Francisco Sosa Wagner, tú hablar con mente despierta, corazón robusto y lengua sabia. Yo, piel pálida, decir.
    Es de lo mejor que te he leído, que no es poco. Sin una nanoconcesión a la frivolidad, la trivialización o la chanza. Lleva miedo al alma constatar que gente ducha y bregada en política como tú lo vea tan negro.
    Una ‘colega de trincheras’ tuya trata de «organizar la resistencia al son e «Då Som Nu För Alltid». Por favor, abre otro frente con otra música a tu mejor estilo- no en balde te asemejas al DeGaulle: Inicia un 18 de junio el 6 de diciembre.
    ¡Tú desenterrar hacha!

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