La mejor columna

Una de las torturas más sutiles que padece el escritor es encontrar un asunto con el que cubrir ese par de páginas que se resisten sobre todo si está obligado a llenar la olla exprés con el producto de sus ocurrencias. Ramón Gómez de la Serna definía por eso el “artículo de primera necesidad” como aquel que hay que enviar al periódico para cobrar cinco pesetas.

Hay el columnista que trata asuntos políticos, es este la envidia de todos los demás porque se trata de un privilegiado al que le da el trabajo hecho la incontinencia verbal de los señores diputados y ministros, cuya facundia declaratoria parece estar pensada exclusivamente para venir en socorro de quienes tienen un contrato con una cadena informativa. Si no fuera porque esta persona dispone de una pluma diserta y se ocupa de estar bien informado y al día de todo cuanto acontece, podría decirse que estamos ante un parásito pues se alimenta a costa de organismos vivos a modo de comensal o inquilino. Para conjurar este estigma acaso no sería malo que pagaran al político a tanto la declaración, más cara cuanto más desaforada, porque es evidente que un dislate bien administrado da para varias columnas y para decorarlas además con un choteo que aumenta el prestigio y que pone eco al aplauso. Pero no me consta que sea así, antes al contrario, a veces este huésped o ácaro deja de parasitar porque ya le aburre esta actividad vicaria y se entrega directamnte a prácticas más emocionantes, asimismo relacionadas con la alimentación, como la antropofagia o el canibalismo: para ello introduce al pobre ministro o al cuitado consejero o alcalde en la olla de sus escritos, lo revuelve con el bolígrafo, lo especia con un poco de tinta y lo acompaña con unas originalidades ortográficas como guarnición, y ahí queda el padre de la patria listo para ser deglutido en compañía de los amigos más entrañables en medio de risotadas y otras muestras de ingenio. La columna se ha transmutado en picota. Si el columnista dispone además de una cadena de radio o de televisión, puede darse el gustazo añadido de lanzar al aire a su víctima como si fuera una cometa o cachirulo y dejarle mecido al pairo de los vientos.

Ahora está de moda también el columnista que se ocupa de asuntos económicos de una gravedad magnífica porque la economía (como la jurisprudencia o el estudio de las leyes) es una ciencia que exige a sus cultivadores una disposición de ánimo muy enteriza al abordar cuestiones de gran sustancia parecidas a esos objetos que están fabricados con un metal pesado. Son columnas que caen a plomo y en verdad que hay que ser muy aplomado para afrontarlas. Por eso, porque el autor no usa pluma sino plomo, deberían ser llamados estos escritos, mejor que columnas, pedestales pues son soporte, sostén de elucubraciones de gran alcance.

Luego están las que analizan las cuestiones banales que acaecen en la sociedad, son estas columnas de humo, por su trivialidad, por su descarada menudencia, y por ello lo menos parecido a la columna vertebral porque nada vertebran (ni aspiran tampoco a ello). Crean un espacio que quiere alimentarse de la libertad del juego o simplemente de poner alas a las palabras para hacer de ellas pájaros que cruzan el horizonte sin mayor fijación, en anhelo de atrevimientos. El esfuerzo que representan para nada vale porque son capricho, pura diversión, aunque sirvan para percibir la soldada; tienen de bueno que quedan en la conciencia del lector prendidas tan solo con alfileres, listas para ser alejadas y olvidadas al menor contacto que se tenga con la realidad agarbanzada. No son en rigor columnas sino simples postes que marcan una dirección, justo la que no se debe tomar.

De todas las columnas yo me quedo con la que desde siempre ha usado el anacoreta para vivir dedicado a la oración y a hacer frente desde lo alto de la misma a la corrupción de las costumbres. Es decir, la columna de los ermitaños como san Antonio Abad o san Benito, entregados al implacable yermo con la sonrisa en los labios. Hubo un tiempo en que la Iglesia tenía un voto que se llamaba “de estabilidad en la montaña” para garantizar que la afición a la columna no se desvaneciera al primer contratiempo.

Hoy nadie puede combatir el mal desde una columna pero sí podemos subirnos a ella precisamente para no tener que leer ninguna columna. Que es lo que yo aconsejo vivamente, muy especialmente las mías.

Publicado en: Blog, Soserías

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