El sectario en su secta

Las personas cultas sacan mucho a colación las palabras “amigo / enemigo / adversario”, los más leídos citan incluso autoridades germánicas para apoyar sus cogitaciones.

Está bien que se distinga y se recurra al matiz pero en una sociedad donde ha triunfado la secta y su hijo bien amado, a saber, el sectarismo, las locuciones citadas no alcanzan a describir todas las tonalidades. Porque la secta es el símbolo de nuestra convivencia, la alegoría,  la insignia que llevamos bien visible como llevaban la flor en el ojal o el monóculo en un ojo perfectamente sano los dandys del pasado, los que salen en las novelas sicalípticas. Pertenecer a una secta es no equivocarse nunca a la hora de calificar un acontecimiento o una persona, siempre se sabe lo que el sectario va a decir, es inútil conjeturar, apostar o entretenerse en otros juegos: el sectario invariablemente dará en el clavo que todos tememos.  

Se vive en secta como antes se vivía en familia o en un pueblo de la sierra o en un barrio de brokers bien relleno. La pregunta que las mentes más agudas se hacen es la siguiente: el sectario ¿nace o se hace? Es la misma que nos hemos hecho siempre respecto del subsecretario: ¿nace o se hace? La respuesta es clara respecto de este, un sujeto nace subsecretario, tan solo necesita el tiempo para que le amargue el ácido úrico y las neuronas le hagan unas cuantas travesuras. Respecto del sectario es más difícil precisarlo. Después de darle muchas vueltas a esta delicada e interesante cuestión, he llegado a la conclusión de que hay sectarios originarios y sectarios sobrevenidos. Los primeros son aquellos que aseguran ser “socialistas desde el útero materno” o “de derechas de toda la vida”; los segundos son quienes llegan tras una etapa de maceración en cofradías, archicofradías, partidos, hermandades, gremios o esas sociedades secretas que tienen página web.

Pero la condición de sectario se puede afinar más. Esta transformación ocurre cuando el sectarismo y su práctica se convierte en profesión.

-¿Usted es ginecólogo o notario? se pregunta a un recién saludado.

-Yo soy sectario.

Este es el sectario más cabal y sincero: ha nacido sectario pero luego ha estudiado, se ha entrenado en diversos escenarios y ha adquirido una posición sólida de sectario a la que se acumulan trienios y derechos pasivos como ocurre con cualquier empleado o funcionario. Porque al cabo el sectario es un asalariado – aunque sea solo mental- de la secta, de cuyos jugos se nutre como una abeja lo hace con la flor propicia veraniega.

Ha convertido además el sectarismo en una superstición, en un fetichismo, en el amuleto que le permite andar apoyado en certezas por la vida como el ciego lo hace con el bastón.

El sectario es un idólatra que rumia la bazofia pesebrera del ídolo a cuya advocación se ha encomendado.  

Se verá por tanto que esa summa divisio que es la de “amigo / enemigo” es pobre, nos deja con ganas de más precisiones, de mayores florituras.

Porque a enemigo no se llega así como así. Normalmente hay etapas anteriores como son el enfado, la tirantez, el desapego, la rivalidad … solo cuando estas actitudes se desarrollan y se fortalecen es cuando se alcanza la verdadera enemistad, la enemistad hostil, la retorcida, esa que se corona en aborrecimiento y aun en guerra abierta.

Es frecuente entre los humanos de escasa estatura mental y es asimismo la que se practica entre los parlamentarios en nuestras Cortes, personas que viven las más de las veces en estado cataléptico, embutidos en sus argumentarios resecos, sudarios donde se ha dado sepultura al cadáver de la sinceridad, de la espontaneidad, del pensamiento libre y fresco, de la actitud intrépida e inesperada.

Son viejos, no porque se hallen marcados por el tiempo sino porque no han sabido qué hacer con el tiempo. ¡Pobres sectarios!  

Publicado en: Blog, Soserías

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