El «cargoherido»

Procedente del catalán contamos en español con la palabra “letraherido” que es el apasionado por la literatura. ¿Abundan entre nosotros? No lo sé, habrá que preguntarlo a los encuestadores quienes sin duda nos darán una respuesta precisa y valiosa.

Sí puede afirmarse que se cuentan por millares los “cargoheridos”: ¿quiénes son?

Pues personas que viven con un acaloramiento extremado su afición al cargo, es decir, a ostentar una prebenda, beneficio, ministerio, subsecretaría u otros frutos que cuelgan de los árboles espesos del Estado.

Tiene el cargo para ellos / ellas un brillo especial, el brillo de esa luna romántica que a tantos poetas ha inspirado, un magnetismo que los desequilibra y aun les turba los sueños convirtiéndolos en dolorosas pesadillas.

Suelen ser avarientos o, dicho de otra forma, mantienen la glándula pecuniaria siempre en condiciones de segregar.

No suelen pensar mucho porque son rudos / as pero, cuando lo hacen, su meditación dijérase que se enajena especulando con ese cargo que acaba de crearse o de quedar vacante. Un instante angustioso en el que todo se vuelve un despliegue de ansias, un perderse en angustias, atrapados por una suerte de hormigueo interno y un nerviosismo desordenado.

Suele entonces dirigirse a quien ostenta la competencia para cubrirlo con modales ardorosos y temblorosos, con un desasosiego que ni los años ni la experiencia logran calmar. 

Porque sepamos que estamos ante seres cautivos de su avidez burocrática y sus rutinas vacuas.

El cargo es para estos desdichados / as la bombilla que alumbra su vida, la fuente Castalia donde calman su inextinguible codicia de papeleo de modo que cuando carecen de cargo se tornan foscos y esquivos.

Por el contrario, cuando este desventurado / a consigue el cargo es ya, por una transmutación casi sacramental, un ser entretenido, si nos pusiéramos líricos diríamos que es un ruiseñor entonando gustosos trinos o alguien que ha vuelto a una juventud pletórica, una juventud con su escudo de armas reluciente.  

El cargo pues como delicia mimosa y sabrosa. Perfumada como una flor del mal baudeleriana.

Gana nuestro personaje en vibraciones, protagoniza algazaras y aun se permite algún gesto jactancioso. Por poco tiempo pues lo suyo es el mutismo conformista, el silencio bovino pues sabe que en ese silencio es donde se maceran las más pingües ofertas de cargos.

En su comportamiento se atiene invariablemente a las palabras de Talleyrand, su modelo, su numen: “apóyese siempre en los principios, acabarán cediendo”, decía aquel mago de los cargos. Y es devoto también de esta otra perla del francés: “la palabra fue dada al hombre por Dios para ocultar su pensamiento”.

En la era tecnológica procede diseñar una aplicación para que el “cargoherido” pueda crear decenas, centenares de cargos. Todos virtuales. Cargos que al fin no serán cargantes. 

Publicado en: Blog, Soserías

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