Sacramentos

Por más que los impíos traten de negarlo, lo cierto es que los sacramentos eclesiásticos tienen tal fuerza que han logrado trascender del espacio que les ha sido propio para instalarse en otros y el ejemplo de la política es bien expresivo. ¿Alguien puede dudar que en ella los sacramentos existen? Me refiero al sacramento como “forma visible de la gracia invisible” según la fórmula que viene nada menos que de Trento, es decir, el sacramento como signo sensible y activo.

Veamos: ¿qué es el ingreso en un partido sino el bautismo? Solo que la inmersión o la ablución quedan sustituidas por la entrega del carné que perdona al titular del pecado original de haber creído con anterioridad en alguna ideología errónea o desvariada proporcionándole además la unión mistica con el secretario general quien deja caer sobre el neófito la gracia y los dones ideológicos purificados.

Por su parte el sacramento del orden sacerdotal está en la iglesia política. Por él se produce la consagración al ministerio (o a la subsecretaría: de Fomento, de Agricultura etc), al Partido y a su jefe máximo. Exige, claro es, dedicación y libre disposición al servicio del Comité ejecutivo. Tiene una función sacrificial aunque varía en función de los diversos grados.

Hay así un diaconado que permite tan solo ejercer tareas de orientación y de predicación: es el militante pelmazo que da la vara a los conocidos para que se acerquen a la fe. A este fin sirve la encuesta pues, gracias a ella, lanzada como polvo sobre los ojos, se consigue –  podríamos decir parafraseando a Hobbes- el artificio “de quienes no buscan la verdad sino su propia ventaja”. El reparto de propaganda en un mítin ¿no tiene algo del reparto de la sagrada comunión?

Está después el presbiterado que autoriza a administrar el culto al Partido y actuar en nombre de sus cabezas visibles. Lo de cabezas lo digo por su aspecto externo, es decir, por llevar pelo o lucir calva fastuosa, por tocarse con sombrero señorial o con gorra suburbial etc, no implica por tanto juicio alguno acerca de su contenido: ni sobre la ignorancia que albergan ni sobre los tópicos con que siestean.

Por último, está el episcopado, que faculta para enseñar y mandar y donde ya figuran los cargos representativos como el de concejal o diputado. Se llega a esta cumbre tras estudios concienzudos que incluyen la teología de la sumisión y la purgación por el mutismo: estamos ante los “vasallos de lana” de que habló Shakespeare en su Coriolano. Muchos se inspiran para lograr la disciplina apropiada en las reglas de la Trapa o de los Cartujos. Es más, a estos frailes se les ha propuesto la organización de seminarios on line para aspirantes a entrar en un Ayuntamiento o en las Cortes.    

Pues ¿y la eucaristía? Comulgar con ruedas de molino ¿no es un auténtico banquete pascual donde se recibe y se goza de la gracia? Hay en ella una liturgia que culmina con una aclamación de alabanza al secretario general y a su jefe de gabinete quienes nos introducen en el misterio de la transversalidad y el empoderamiento. 

En fin, la extremaunción se administra a quien osa apartarse de la gracia derramada por el mando, la mujer o las amantes del mando más sus mansos portavoces. Quien emite una opinión discordante se aparta de la salvación. Tal conducta puede parecer increíble pero se da pues el ser humano a veces desvaría.

Concluyamos: con el sacramento religioso el Padre promete la vida eterna, con el sacramento político el Hijo asegura la vida padre.

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “Sacramentos
  1. Julio Luis Bueno de las Heras dice:

    No sólo hay sacramentos. Hay Dogmas. Y Dioses.
    Los dogmas son las cláusulas innegociables de las religiones, las verdades absolutas inmunes a toda recapitulación, matización o derogación. En la religión en la que, como yo, usted Sr. Sosa Wagner y muchos de sus seguidores -quiéranlo o no- han profesado por nacencia, y/o profesan por pacencia o querencia, hay en torno a la cincuentena de dogmas consolidados.
    Algunos de estos dogmas son accesibles y asequibles a la humana razón, otros invitan al debate científico (pero, con la sola insinuación de la discrepancia, el manual de estilo dice que se activa la puerta de salida del club o el asiento eyectable, que propicia un destino aún más incierto). Pero también hay otros que -como el dogma de la Santísima Trinidad- desbordaban radicalmente la capacidad de nuestro sistema operativo. Y digo “desbordaban” y no “desbordan” porque la neoreligión sociopolítica socialisto-comunista en la que estamos siendo adoctrinados machaconamente desde hace meses -cada vez que sus sumos sacerdotes y sacerdotisas, solos o acompañados de monaguillos, suben sibilantes al atril para catequizar y admonizar nuestra presunta idiocia- da firmes pasos de esclarecedor magisterio en esto de la multipersonalidad potestativa. Es decir, yo y mis otros yos. ¿Acaso no han visto y oído cómo lo dicho por un candidato no tiene por qué ser asumido por el mismo candidato, devenido presidente semanas después, porque son personas distintas en una misma naturaleza, Egabrensis dixit? Y ya en forma sincrónica, que es la buena ¿acaso no han disfrutado o sufrido la aún más reciente dicotomía bilocal de un líder que aplaude e invita al menosprecio orquestado de una Corona a la que simultáneamente, habiendo jurado respeto y lealtad constitucional, aplaude como Vicepresidente del Gobierno de esa misma Monarquía?
    Una vez traspasada la barrera sustancial de las hipóstasis multipersonales –la doble personalidad- el salto de dos a tres sujetos en uno es ya una mera cuestión cuantitativa. En breve, y habiendo cruzado la barrera psicológica del dueto… ¡a por la trinidad, and beyond! Así, más pronto que tarde, nos imbuiremos del sugestivo dogma del conducator-gentío o del líder-multitud, y será todavía más difícil saber a qué atenerse mientras unos y/u otros, jetas, sosias y avatares se ponen de acuerdo sobre la forma de llevarnos al huerto. Lo que sí es casi seguro es que, por cuestiones de aforo (y cuando las alarmas dejen de sonar, si dejan) los Consejos de Ministros pasarán a celebrarse en la plaza de la Hospedería de Cuelgamuros, petada de sillones, previa demolición de la sombra incómoda de otros Dogmas.

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