El argumentario

Desde hace unos años parece que es práctica de los dirigentes de los partidos el envío a sus afiliados de un “argumentario” con el que estos han de hacer frente a las críticas que, desde la sociedad, se dirijan a las medidas adoptadas por aquellos: a tal procede contestar cual y, a cual, tal.

Descubrimos así que los dirigentes están convencidos de que sus limitaciones intelectuales y de formación, las de ellos, que son visibles pues que las exhiben sin pudor, las comparten con sus seguidores. ¿En qué se basan? ¿Por qué no piensan que son estos más inteligentes, más leídos y preparados que ellos y que solitos se sabrán apañar para defenderles si lo creen oportuno? 

La verdad es que nada puede extrañar a estas alturas pues cualquier observador habrá advertido que, en las campañas electorales, se perciben enfermedades, pústulas, contracturas y aun metástasis del sistema entero de una manera, ay, desnuda y elocuente. Precisamente la de mayor bulto es la de los partidos políticos y su comportamiento vulgar y trapacero. Sus portavoces hablan – o mejor dicho, gritan- pero rara vez razonan.

La democracia española es adúltera porque ha engañado al pueblo, su legítimo cónyuge, y se ha ido de picos pardos con los partidos, que encima la han dejado embarazada de tópicos y consignas. Es decir, de argumentarios.

De modo que la democracia de partidos ha dejado de ser democracia para convertirse en oligarquía de secretarios de organización y demás turbamulta oficinesca, los personajes que con más denuedo -y con mayor eficacia- han corrompido el sistema llenándolo de gusanos como pandemias (es la vermicracia). 

Maestros de la palabrería abominable creen que todos los huecos del mundo han de ser rellenados por lugares comunes. Ha de saberse que cuando una idea apreciable entra en el pudridero sale incorporada al argumentario.

Este, el argumentario, se convierte así en guía para adoquines, en vademécum de simplezas reumáticas. En retórica chapucera, precaria y triste.

El argumentario avasalla la originalidad y ahuyenta lo que de limpio y lúcido puede haber en el humano magín.

El argumentario es la quintaesencia de lo que ya nadie en sus cabales sostiene porque hace tiempo que ha perdido su efervescencia.

El argumentario es una cripta que alberga las momias del pensamiento.

El argumentario es el cementerio donde yacen la vergüenza humana y el decoro creativo.

El argumentario es un gran brasero donde se convierte en ceniza todo aquello que algún tiempo pudo ser linajudo y señorial.

El argumentario guarda las galas del difunto, quiero decir, de la reflexión, convertida en pergamino de oficina, en póster banal y mentiroso.

El argumentario es un armario de fantasmas. Un buzón de cartas olvidadas y mohosas.

El argumentario es la ética en estado cataléptico.

El argumentario es en fin lo que reparte ese político que es un ignorante encuadernado en piel de perfidia.

¿Habrá alguien que lea un argumentario?

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Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “El argumentario
  1. Fernando Malo González dice:

    Como en ese brillante rosario de breverías o escolios alude en varios de ellos a la idea de un argumentario de fantasmas, de cripta, de cementerio o de difuntos, se me ha ocurrido añadir uno absolutamente esquelético, formado por una conjunción, un pronombre y un adverbio; o sea, sin sustantivo, sin verbo y sin complementos: un auténtico esqueleto que es el argumentario más oído en la actualidad: Y TÚ MÁS.

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