Vinos y política

En alguna ocasión estas soserías han destacado cómo, frente al idioma español empobrecido y deteriorado, hay un espacio en el que ocurre lo contrario pues en él se cultiva un lenguaje espléndido, imaginativo, pleno de expresividad: es el de los vinos, calificados como “fresco en boca”, “redondo y apto para maridajes variados”, “jugoso” “carnoso” “sabor de cerezas negras” o de “pimentón rojo” y así seguido.

Es un gozo para quien gusta de la lengua y gusta de los vinos. Es decir para las personas apreciables. Botarates, abstenerse.

Pues bien, ahora que estamos metidos en período de desparrame político ¿alguien se imagina que, en lugar de las zafiedades, de los lugares comunes y de los insultos, se acogiera en los mítines y demás saraos esta terminología tersa y brillante que viene de un mundo tan español como es el de los vinos?

Así, por ejemplo, en lugar de aplicar a un proyecto legislativo esos adjetivos estúpidos de progresista, transversal, ecológico, sostenible, intersexual, inclusivo y no sé cuántas pedanterías más, todas insufribles por lo repetidas y cansinas, en lugar – sostengo- de esta algarabía vacua, se afirmara que el proyecto para el próximo período de sesiones tendrá el frescor de las especies dulces o que será sedoso, largo en boca, con recuerdos de braseado con sarmiento.

¿A que sería igual de absurdo pero en punto a estética no tiene comparación?

El pacto al que aspira el candidato con otras fuerzas políticas, en lugar de asegurar un gobierno (“gobernabilidad” según la majadería al uso) tolerante y reformista, lo cual no es decir nada y ya empalaga, diríamos que es un pacto trabajado en barrica de roble que ofrece un toque cítrico. ¿Cómo queda, señor candidato? No me diga que no es más airoso, hermético ciertamente porque nadie sabe a qué se puede referir pero exactamente igual le ocurre a lo de tolerante y reformista.

O, en vez de liberal, decir que “mi política en Europa se desarrollará en términos untuosos, secos y afrutados. Con un coupage internacional que la dotará de aroma intenso, estructura elegante y sabor aceitunado”.   

Sería magnífico que del presupuesto, vehemente catarata de números y gráficos tan prescindibles como abominables, se pudiera decir que emite olores a levadura fresca y tiene el postgusto largo, como para aplicarlo a varias legislaturas, sin necesidad de andar cambiándolo porque, en el fondo, no aportan nada nuevo. Pero el tal retrogusto sería persistente y se marcaría con el tiempo pasado en botella, es decir, en las gavetas del ministerio.

Y así sucesivamente. Soy bien consciente de que sería una revolución pero una revolución suave, de buenas maneras, como de humos añiles, pura caricia de la historia y sus avatares, nada de sangre ni de guillotinas, ni gulags ni campos de concentración. La belleza de la palabra puesta al servicio de la política, desterrando de ella la tropelía, el desmán verbal, el topicazo: los atropellos sustituidos por bellas expresiones. En lugar de eso tan manido de “seré un presidente para todos, las puertas de mi despacho estarán abiertas a poderosos y mendigos, a cabareteras y a notarios”, lo cual se viene repitiendo desde Canalejas para acá se podría decir: “mi gestión será gustosamente frutal y, lo que es más importante, dejará al final recuerdos de cacao”.

Vale la pena intentarlo. Todo sea porque la borrachera que habremos de soportar, en lugar de alimentada por desafueros de la sindéresis, sea una borrachera cabal, fruto de uno de esos caldos nacidos en el interior de un valle soleado, silencioso, acogedor y de un claro origen coluvial. 

Todo por la patria.

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Publicado en: Blog, Soserías

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