Pelos en el sobaco

Ha llegado porque alguien había de poner freno a tanta cursilería como circula por esos mundos arrasando la sencillez y la espontaneidad. Una actriz famosa que anda ahora de estreno de una película de éxito se ha dejado ver en la presentación de la misma con los sobacos llenos de pelos, es decir, tal como los sobacos son desde los tiempos de la madre Eva. El estupor que se produjo entre el público cuando la estrella levantó los brazos de su escueto vestido y dejó ver de forma provocativa su selva capilar fue de los que dejan huella en la Historia y por eso se recoge en esta columna que está dedicada a glosar los grandes acontecimientos.

Y este lo es. ¿Desde cuándo se afeitan las mujeres el sobacal? Bien merecería la pena hacer un estudio retrospectivo aportando testimonios que contribuyeran a formar una opinión cabal sobre este asunto. A falta de él, digamos que esta costumbre se puso de moda hace no más de cincuenta años siendo antes infrecuente que una señora podara su bosque axilar o simplemente entresacara en él, fuera del caso de las mujeres del arte caras porque las que militaban en el montón o jarcia ostentaban sin remilgos abundosa pelambrera. Es difícil imaginar a la señora de Cánovas afeitándose su islilla y menos todavía a Victoria Kent que a buen seguro la llevaba poblada y aun fortificada. Lo dejó escrito don Francisco de Quevedo: «mujer morena, ojinegra y pelinegra vale un escudo, por ser la pimienta del gusto y del vicio…».

Esta cosa rasurante debe de venir de Hollywood y probablemente se pusiera de moda cuando Rita Hayworth enseñaba sus largos brazos y las correspondientes cavidades, al final de ellos, limpias y lampiñas. Las demás actrices harían lo propio y ya es fácil deducir que el personal femenino, deseoso de emular a aquellas bellezas impares, empezara por lo más sencillo: afeitarse el sobaco y dejarlo como una bombilla de sesenta vatios.

Que tal práctica no está respaldada por tradición de relieve lo demuestra concluyentemente el hecho de que el idioma no tiene, en lo que a mí se me alcanza, palabra adecuada para designar el sobaco pulido mientras que sí las hay para las barbas y así se llama barbilampiño a quien no tiene barba o barbiponiente a quien empieza a salirle la barba. Por tanto, esto de llevar sin floresta el sobaco es algo sin apoyo léxico alguno, es decir, precisamente a redopelo o a contrapelo porque va contra el curso o modo natural de las cosas. Además, esa concavidad que forma el arranque del brazo con el cuerpo es una zona erógena bien contrastada a la que otorga prestigio la existencia en ella de glándulas sudoríparas que, convenientemente administradas, son un excitante sexual de gran calibre. Se comprenderá que la pérdida del pelo contribuye a mermar esas cualidades.

El problema ahora es que de la axila se ha pasado al monte venusino al que se somete ya sin miramiento alguno a una deforestación que tiene todas las trazas de convertirse en un atentado ecológico al poner en peligro un ecosistema delicadísimo pues sobre él se asienta la Vida toda.

Y ya no solo a las mujeres, también a muchos hombres los vemos con el pecho o las piernas menos pilosas que un teléfono móvil y quién sabe si el pene lo gastan igualmente lampiño de suerte que esas grandes pelambreras que muchos lucimos con orgullo en los hombros a modo de hombreras de uniforme de bizarro almirante corren el riesgo de convertirse en una antigualla.

Como en el único sitio donde yo no tengo pelos es en la lengua quede advertido el personal de la urgencia de levantar barricadas contra el afeitado. Para no resultar afectado.

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “Pelos en el sobaco
  1. José Manuel Martínez Fernández dice:

    No se si es cuestion de moda o de culturas, pues las esculturas griegasy romanas de Hermes, Venus o Afrodita no se les ve rastos de ese bello y cue tas que en el mu do islamico la mujer siempre se ha depilado… hoy puede ser una decicison personal y una cuestión de gustos… y modas…

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