Suprimamos la educación

Tan viva es la discusión sobre la educación que nos pasamos la vida proponiendo soluciones para que mejore su calidad, para que llegue a todos, para que sea más barata, más formativa … por no citar sino algunas de las respuestas a esa cuestión “batallona” como se decía en el siglo XIX.

Especialistas de las más variadas disciplinas, entre ellos pedagogos que han invocado el espíritu del  Padre Manjón, escriben libros alicatados de citas a pié de página y abundante bibliografía e incluso decorados con modelos, cuadros y estadísticas de la más subida seriedad.  Algunos hasta obtienen por esta vía el título de doctor y una cátedra universitaria en la Anecaca correspondiente.

Naturalmente todos ellos abominan de aquella afirmación que hizo Oscar Wilde: “la enseñanza en Inglaterra no sirve para nada y menos mal porque, si sirviera, habría constantes alteraciones del orden público en el centro de Londres”. Un asquito sería el tal centro, pontificaba el escritor, lleno de manifestaciones de adolescentes y salidas de tono contra autoridades, curas y notarios.

Mi juicio no puede ser más severo: frívolo este Oscar, amigo de ligerezas y achinerías, porque ¿cómo se puede arremeter de forma tan insustancial contra la sagrada educación? ¿cómo se puede permitir airear tales afirmaciones en un teatro donde hay oídos castos y puede que incluso algún pedagogo en carne mortal al que se trabuca y humilla? Ahora que han prohibido la viñetas en el New York Times, esa biblia de los pedantes, deberían aprovechar las autoridades para limpiar la literatura universal de estas bravuconadas a lo Oscar Wilde que tanto daño hacen a la credibilidad del género humano.

No, la educación claro que sirve. Y nadie de nosotros sería lo que somos si no hubiéramos sido educados en el instituto o por los hermanos de La Salle o los padres premonstratenses. Por tanto, respeto y agradecimiento a un sistema que nos ha hecho más aseados, más mirados con el prójimo,  más quintaesenciados como si dijéramos. 

Ocurre, sin embargo, que es muy cara. Ahí radica su debilidad. Porque hay que pagar a los maestros, construir escuelas, abrir centros de formación profesional, comprar lápices y cuartillas, mapas, globos terráqueos para saber por dónde cae Sierra Leona y así seguido hasta llegar a una porción abultada de gastos y otras excentricidades.

A su vez, para hacer frente a ellos es preciso sacar los cuartos previamente al prójimo a través del  coactivo método de obligarle a pagar impuestos, una falta de educación (ya que hablamos de ella) que lleva a inundar las calles de caras desteñidas y de ademanes lastimosos en los períodos lacerantes de la recaudación. No hay más que ver la cifra de suicidios cuando se acerca la declaración de la renta para advertir la gravedad de lo que estoy afirmando.

Pues bien, todas estas tribulaciones que tanta aflicción originan podrían evitarse sin más que sustituir la educación por la elección.

Mucho más barata, más limpia y sobre todo más democrática.

Pongamos pues un señor elegido o una señora igualmente elegida allí donde ha habido hasta ahora un señor educado en las reglas del álgebra y en las anfractuosidades de la historia de España o de la gramática.

Porque se convendrá conmigo que, en cuanto un vecino es elegido concejal o diputado, está investido de una autoridad que se extiende por todos los rincones del saber. No solo porque en el Ayuntamiento o en el Congreso vota y decide cuestiones arduas que desconoce sino porque desde los mismos medios de comunicación se le requiere para oír sus sabias elucubraciones: ¿qué opina usted de la Renfe? ¿y qué de los aranceles a China? ¿es partidario de las redes 5G? ¿cree necesario rescatar la autopista, construir una desaladora o desecar el embalse? ¿hay que aprobar un presupuesto del euro o una directiva para las aves migratorias? Y así seguido.

El elegido está nimbado, gracias al abracadabra del voto, de deslumbrantes conocimientos porque de otra manera ¿cómo se le podría confiar decidir sobre todo lo divino y lo diabólico? Ese elegido es hoy alcalde, mañana será senador y pasado ministro de Cultura aunque – allá en el fondo de su alma- confunda un orinal de plástico con un vaso etrusco.

Se verá pues cómo podemos liberarnos de la tabarra de la educación, de la FP, de la Universidad y de los sinsabores que causan simplemente eligiendo en vez de educando y formando.

Y así conformaríamos una sociedad de elegidos.

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “Suprimamos la educación
  1. Julio L.Bueno de las Heras dice:

    Pero…¿quién es el señor que aparece como Sosa Wagner en la cabecera del artículo?
    Por cierto, el artículo muy coñón, muy sosawagneriano.

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