Del café al cibercafé

La historia del modo cómo los humanos se relacionan unos con otros, del intercambio de ideas, del entrelazamiento de las emociones y de la preparación de motines, algaradas y revoluciones se hace muy fácilmente sin más que recrear lo que va del café al cibercafé pasando por la cafetería.

El café antiguo era el sitio al que iban los empleados con tinta en las manos y bolsas en las rodilleras de los pantalones, al que iban todos los aventados que en el mundo han sido a encender el mechero de sus locas ocurrencias y por supuesto los escritores y poetas que llenaban cuartillas oyendo el pálpito de la calle y así les salían los personajes bien lustrosos, las historias con el punto adecuado de picardía sentimental y las rimas con la cadencia y la música exigibles. Había el camarero del café que parecía estar repartiendo las peticiones de los parroquianos pero lo que de verdad hacía era -como un cura- repartir el pan de la comunión en la convivencia cafetera, la más pura y la más exigente de todas las convivencias.

La vida, que normalmente es una sucesión de momentos mal hilvanados, encontraba en el café su engarce y su explicación, su razón de ser consistente. Y los amores entre jóvenes o maduros solitarios quedaban fijados y adquirían esplendor entre el humo de los cigarros que se fumaban en el café y en la gloria efímera de las partidas de dominó. Y, atención, en casi ningún café había teléfono con lo que el aislamiento creador e imaginativo quedaba asegurado.

Todo cambió, para mal, el día en que el café fue sustituido por la cafetería. En ella la más insolente incomodidad, como en la cárcel cervantina, tiene su asiento. El ruido que se hace simplemente para calentar la leche o moler el café es infernal pero a él se une la televisión, a veces varios televisores compitiendo en chabacanería, la máquina expendedora, un aparato para jugar al futbolín … y adviértase que no hay nadie que consiga producir mayor estruendo que el camarero de una cafetería cuando recoge, amontona, limpia y guarda los platos y cubiertos: toda una catarata de ruidos a los que ¡quién sabe! algun músico moderno podría encontrar su gracia melódica y plasmarla en el pentagrama.

Preguntemos con sinceridad: ¿se le hubiera ocurrido a don Manuel Machado aquello de “tengo el alma de nardo del árabe español” en una cafetería moderna? Contéstese con franqueza a esta pregunta y se tendrá la respuesta a toda la creación lírica de los últimos decenios.

Cuando pensamos que ya nada podía empeorarse ha surgido el cibercafé donde es cierto que el ruido ha desaparecido pero el silencio que reina es un silencio de cementerio y es lógico porque cada parroquiano está a lo suyo en el nicho de su ordenador, de su móvil, del envío de esos mensajes por Telegramm que asesinan la ortografía … Ya nadie habla con nadie, la comunicación se ha evaporado, es más se la considera algo extravagante y, si a alguien se le ocurre hablar con un vecino, se le reconviene como a quien interrumpe el levantamiento de la sagrada forma en la misa. No creo que en el cibercafé se consuma café pues que está todo él dedicado a lo “ciber” que es el espacio de la rapidez y la taquicardía.

Se escribe mucho ahora sobre los cambios políticos que se avecinan. Ignoro si se producirán o no pues este es asunto de enjundia que los jubilados no entendemos. Lo que sí puedo asegurar es que no se concebirán en un cibercafé donde el individuo aislado, solo con la calavera de su ordenador, como un Hamlet de la semana de oro del Corte Inglés, está lanzando al ciberespacio decenas de mensajes que no tendrán más que respuestas twitteadas, es decir carentes de color y sin más sonido que el de un violín de cuerdas averiadas.

 

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Publicado en: Blog, Soserías

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