Matrimonio a plazo

Un abogado ha patentado una nueva modalidad de matrimonio que consiste en la celebración de un contrato en virtud del cual dos jóvenes se unen por un período de dos años. Se celebra con todas las garantías porque es el notario el que bendice el compromiso leyéndoles en su despacho las estipulaciones del acuerdo con esa voz de hipoteca que gastan los notarios que es voz que viene del más allá inmobiliario y registral y que, por ello, oprime, acosa y amedrenta. Cuando pasa el tiempo previsto los muchachos vuelven a la notaría y allí renuevan el pacto o lo rompen.

Como suele ocurrir se ha presentado el asunto como un invento moderno cuando lo bien cierto es que ya Cervantes dejó escrito que “en las repúblicas bien ordenadas habría de ser limitado el tiempo de los matrimonios y de tres en tres años se habrían de deshacer o confirmarse“. Es decir que lo que se aporta como novedad no es más que el plazo que baja de tres a dos años pero el modelo en sí lo adelantó hace varios siglos don Miguel como era su obligación de príncipe de los ingenios. Por cierto, Quevedo no debía de andar muy lejos del pensamiento de su compañero de gloria pues aseguraba que “mujer que dura un mes se vuelve plaga“.

Aparentemente, esta fórmula temporal es respetuosa con la libertad pero a mí me inquieta algo por lo que puede traer de alteración de ciertas costumbres de la mayor dignidad y arraigo. Por ejemplo, si algo caracterizaba a los suegros y a los cuñados tradicionales ha sido su carácter perpetuo y fue por eso por lo que la Iglesia hizo el matrimonio indisoluble, justamente para asegurar la continuidad de estos entrañables parientes y así la gente antigua se compraba un gabán para toda la vida y un suegro, siendo ambos los elementos que proporcionaban más abrigo y respetabilidad. Adviértase que con este nuevo sistema se pondría fecha de caducidad a la suegra y la convertiríamos en una bolsa de leche descremada despojándola así de una dignidad que ha sido consustancial a esa vieja condición. Podría objetárseme que, si se renueva el contrato a los dos años, se recobra la validez pero entonces la suegra sería no un producto lácteo sino una pila recargable que tampoco es un estado que pueda exhibirse por ahí porque ni ofrece la adecuada solemnidad ni parece formal.

Es verdad que el pariente, como decía Oscar Wilde, es el ser que menos intuición tiene para saber cuando ha de morirse pero todos, incluso los parientes, deben tener asegurado un tiempo digno de vida. Decir del suegro que tiene una validez de dos años y que, pasado ese plazo, vuelve a su antigua oscura condición, sin atributo específico que le distinga, me parece una falta de consideración con quienes legítimamente se encariñan con su status de suegro o de cuñado. En el momento en que más calentito se encuentra uno como cuñado, llega el  capricho de dos seres volubles y un oscuro notario y, de consuno, le despojan de ese signo distintivo que le hacía ser alguien en el barrio y en la vida.

Pues ¿y los regalos de bodas? ¿se ha pensado cuántas modificaciones habría que hacer en el código civil para acoger esas donaciones que han estado desde siempre sometidas al principio de “santa Rita, Rita, lo que se da no se quita”? Devolver al cabo de los dos años el juego de café, la batidora o la olla exprés introduce una enorme alteración en todo aquello que, por naturaleza, debe ser estable y sosegado. “Te regalo este pasapuré por dos años” le dice la amiga de la oficina a quien se va a casar según esta nueva modalidad. ¿Se puede introducir mayor trastorno en la relaciones humanas? Está luego el problema que plantea la feliz renovación del contrato: ¿obliga a hacer nuevos regalos? ¿es preciso celebrarlo en el parador de turismo con tarta y baile? ¿vale el mismo traje de novia? Son todas cuestiones que, analizadas con rigor, ofrecen dificilísimas soluciones.

No dudo de que el abogado inventor esté animado de la mejor intención. Pero se me antoja que para resolver un problema ha creado miles, lo que cuestiona el prestigio de su descubrimiento. Y es que el matrimonio, cuando es a plazos, se convierte en una lavadora lo cual no es un destino muy glorioso para una institución de la que han hablado Platón, Confucio y san Buenaventura.

Por más vueltas que le demos en la cabeza al casorio de un señor con una señora, en la sociedad moderna no hay unión de más solidez que la que se traba con la firma de los formularios del crédito para comprar el piso. Ese vínculo es más indeleble que todos los inventados hasta la fecha, incluido el canónico que fue, justo es reconocerlo, un inventazo de lo más logrado. Un crédito por treinta años: ahí está el verdadero lazo, la atadura irrompible. De donde se sigue que quien realmente bendice las uniones entre los humanos es hoy el empleado del banco cuando pronuncia las palabras sacramentales: “al 7% TAE, variable según el mibor”.

Todo lo demás son ganas de presumir de curas, de jueces y de notarios.

 

Publicado en: Blog, Soserías
Un comentario sobre “Matrimonio a plazo
  1. Excelente artículo. Todo viene, estimado profesor Sosa Wagner, de haberse postergado en el olvido el matrimonio a la romana, como los calamares, que en todo caso siempre ha parecido cabalmente el auténtico matrimonio, con el sentido común y práctico de todas las regulaciones del derecho romano (el resto si han pervivido). El mutuo consenso y el mutuo disenso como inicio y fin de la relación matrimonial, pudiendo ser la relación vitalicia en su caso -pero no necesariamente-. Esto de pactar dos años solemnemente tampoco aguanta la fórmula romana, -no hay affectio maritalis que cien años dure ni flor que aguante más de una primavera-. El resto, durante siglos, ha sido querer hacer una foto fija, regular el tinglado económico ganancial que surge al vivir dos juntos y mezclados -y además procreando-, y tratar de mantener la sociedad estable demográficamente y hacer que solo se vean las Jacintas (aunque también hubiera Fortunatas) ad maiorem gloria Dei.

    Y, si, desde luego que la unión eterna e indisoluble es el ‘matrimonio hipotecario’, y sin curso prematrimonial ni especial advertencia para más inri. En tiempos de pactos educativos, lo suyo sería pasar de aquello de la ‘educación para la ciudadanía’ a la “educación para el préstamo hipotecario” -y mejor nos iría-

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