Inmortales

La ciencia no descansa en su avance arrollador. Sus sacerdotes, los científicos, nos hacen entrega cada día de un nuevo invento, de un descubrimiento capital que nos facilita la vida, que nos abre mundos nuevos llenos de interrogantes y espoleadores de nuestra imaginación. Y es que, así como las noticias políticas contribuyen a abatir nuestro buen ánimo como trufadas que están por las muertes, las matanzas, las guerras, el hambre y un sinfín de disparates parecidos, las noticias que proceden del mundo de la ciencia y de la investigación nos devuelven la esperanza y nos hacen confiar en un futuro más risueño. Acaso la vida de la humanidad toda cambiaría a mejor sin más que colocar un biólogo allí donde hay un diputado y un físico en el lugar que ocupa un ministro.

Nada menos que una española talentosa ha descubierto una función clave de la molécula de la inmortalidad. El asunto es complicado de entender y más aún de explicar pero consiste en un trajín de células, segmentos, cromosomas, enzimas y de algo muy raro que se llama telomerasa, que es la culpable de que nos hagamos viejos, nos salgan manchas en la piel y en la conciencia y se nos apague la mirada como una bombilla usada. De momento han respondido al tratamiento unos ratoncitos muy simpáticos que ya llevan viviendo años y años como si fueran personajes de dibujos animados y que no dan la más mínima señal de querer morirse: juegan y juegan, afanan todos los trozos de queso que a su paso encuentran, hacen diabluras, son perseguidos por los gatos y así, tan contentos, prosiguen su vida inagotable de roedores inmortales y burlones. No se sabe muy bien cuáles son las razones pero el hombre tiene un extraordinario parecido con los ratones y gracias a esta donosa circunstancia se les usa para experimentar en ellos lo que luego se aplicará a todos nosotros, a los funcionarios del catastro, a los vendedores de pescado y a los urólogos de la Seguridad Social. De donde se sigue que entre un ratón y un humano no hay más diferencias que las que proporcionan el tamaño y los bigotes, aunque esta última tampoco es significativa pues muchas suegras y cuñadas los gastan.

La pregunta surge a poco que pensemos: ¿es esto bueno o malo? No me refiero a nuestro parecido con los ratones, que es asunto claro y decidido por las leyes de la naturaleza, sino a si es positivo que se encuentre esa célula de la inmortalidad que nos permita seguir la copa de la UEFA de este decenio y del que viene y así sucesivamente hasta la consumación de los siglos. Porque habría que precisar mucho antes de someterse a uno de esos tratamientos con nuestros hermanos los ratones: ¿cuál sería nuestro aspecto, quedaríamos parados en los veinte, en los treinta, en los cuarenta como si estuviéramos congelados, es decir, con el destino de una merluza de restaurante de tercera? ¿nos seguiría sirviendo el bañador de una temporada a la otra? y el abrigo ¿habría que darle la vuelta? ¿qué sería de la celulitis, qué de los dolores en las articulaciones, qué de la mala leche, se conservaría intacta o se cortaría? Y luego está la pregunta definitiva: ¿seguiríamos generando trienios en la Administración o en la empresa o desaparecerían diluidos en el negro agujero del Tiempo? Esta es la clave porque si nos quitan los trienios ¿qué ilusión queda al trabajador? Los trienios son las angarillas que sostienen nuestro avance en la vida, sin ellos los más quedamos desasistidos y como desgoznados. La verdad es que, como se observa, las preguntas se acumulan y la inquietud que crean es demasiado grande como para contemplar el futuro de forma apacible. Personalmente, la única ventaja que veo a este asunto de la inmortalidad es que sería el único medio para enterarnos de cómo acaba el pleito que tenemos en el Juzgado o en la Audiencia, comprobado el hecho de que la limitada duración actual de la vida no nos lo permite. Pero ¿saber el final de un pleito justifica el aburrimiento de una vida sin fin? Cada uno tendrá su respuesta propia a esta turbadora cuestión.

Me quedo con otro descubrimiento bien reciente proclamado por unos especialistas ingleses de la mejor fama: según estos cachondos, el sexo prolonga la vida. Llevan años dándole vueltas al asunto y utilizando a unos hombres y mujeres de natural exaltado para alcanzar resultados fiables. Colocados los polvos de estas personas bajo la mirada estricta de la ciencia se ha podido concluir que se vive más y, sobre todo, mejor si se copula con gozosa frecuencia. Así que un buen revolcón fortalece los músculos, mejora la circulación, apacigua la ansiedad, devuelve vigor a la vista, al tacto y a la médula espinal, confirmándose así, por métodos experimentales de absoluta solvencia, lo que muchos rijosos habíamos intuido sin más apoyo que la observación y una práctica entonada y próspera. Ya lo sabemos: en lugar de un antibiótico, la pletórica cabalgada, y allí donde estaba el cajón de las medicinas, una edición bien ilustrada del Kamasutra.

Desde el solar hispano me permito someter a la consideración de los sabios ingleses una última y castiza cuestión: supuesto el acierto de sus conclusiones ¿cómo es que tienen tan larga y saludable vida nuestros canónigos?

Publicado en: Blog, Soserías

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