Escenas históricas: XXII Trinchar y holgar

1. Al descender por la barbacana, se le rasgó el calzón ajustado, precisamente en la parte más cercana a la funda de cuero destinada a proteger las intimidades y, encima, al avanzar en la oscuridad por aquella condenada galería en rampa que sale al patio tropezó con un hachero de hierro forjado que a poco le descalabra la cabeza. En la letrina, se sobresaltó al oír ladrar a los galgos, preparados para salir de caza bien de mañana pero que a Severo le parecían destinados a despellejarlo. Cuando, al fin, llegó a su aposento, respiró profundamente, se despojó de ropas y calzas y dió las gracias a la santísima Virgen por haberle permitido, una vez más, volver sin otros sobresaltos que los ordinarios. Cuando estaba durmiéndose, se acordó de la oración a san Fiacro que, desde el Cielo, cuidaba de que no se le activaran aquellas hemorroides con las que tantísimo sufría. La rezó y se quedó dormido.

A las cuatro le despertó el primer toque de trompa de la montería y, a partir de ese momento, tuvo que soportar el trajín de monteros, acemileros, sirvientes y perreros y, además, oír sus cochinadas referidas invariablemente a la longitud de las lanzas y los cuchillos.

Cuando se levantó ya de mañana, Severo oyó cómo Galván, barrendero de sala, le decía mirando hacia otro lado, como sin ganas:

-Anoche también te oí.

Severo hizo un esfuerzo por ponerse pálido pero no pudo porque ya el ajetreo en el que vivía le había descolorido hasta alcanzar el mismo aspecto macilento del pobre fray Jerónimo a quien el cilicio (de cerda trenzada de auténtico caballo) le había chupado la sangre. Con gran calma, Galván insistió:

-Si te descubren…

Severo, consciente de la gravedad de su conducta, pidió a Galván que no le delatara, que conseguiría hablar con algún gentilhombre del rey para que le ascendieran a un buen puesto de barrendero de palacio o, incluso, a portero de maza o a mozo del real bacín.

-Me río de los ascensos y las dignidades -contestó Galván. Pierdo siempre a los dados y a la marlota. Necesito dinero.

2

Severo se había mondado las uñas, lavado a fondo el rostro, las manos y los pies, fregado los dientes con una esponja empapada en coral molido, ajebe calcinado, clavos y canela y, recién despiojado como estaba, se había hecho los cabellos y cortado la barba. Era uno de los más escrupulosos trinchantes de la Corte y sabía que su oficio exigía limpieza y pulcritud. Jamás tomaba ajo, cebolla ni puerros porque le producían mal aliento y, cuando lo hacía, se enjuagaba la boca con almástiga, corteza de cidras, hojas de limones y flores de romero que le daban un olor sano.

Había servido en la cena, cuando el rey y sus acompañantes volvieron de la jornada de caza. Estaba como ido manejando cuchillos y brocas y, para colmo, había sufrido un extraordinario picor de nariz al que no pudo poner remedio por no ser de buen gusto en los trinchantes el consolador escarbo. Escapó, como siempre, apenas hubo terminado. Le embromaban los sobrecocineros, los coperos y botilleros y hasta el mayordomo por este su gusto de desaparecer y no quedar jugando hasta bien entrada la noche a dados o a naipes.

Pero Severo al poco rato estaba en los brazos de Aloma, la bella Aloma. Nadie lo podía sospechar porque Severo tenía mucho éxito entre las mujeres del castillo y más de una se le había insinuado para llevárselo a su aposento y, casi con toda seguridad, no para leer el Salterio. Severo, sin embargo, se había enamorado de Aloma y bien sabía lo que se jugaba porque Aloma era una prostituta que vivía en un burdel y, por consiguiente, él, como empleado de la Casa Real y de acuerdo con la Pragmática, no podía visitar prostíbulos ni posadas. Pero Aloma era muy joven y muy hermosa, tenía los ojos verdes y el pelo negro y un contoneo semifelino y todo su cuerpo un suave perfume a menjuí. Severo se había prometido mil veces no volver, había consultado con una echadora de habas y había indagado por aves y estornudos si podría al fin librarse del hechizo de Aloma porque para él de hechizo se trataba. Cuando un día, tras el fornicio, Aloma entró en una especie de estado alucinatorio, él se asustó y se procuró los ojos de un ahorcado para olvidar a aquella mujer diabólica, un remedio este  habitualmente eficaz pero que también fracasó con Severo. En cuanto se encontraba sólo, olía a Aloma y, al punto, notaba cómo se le encalabrinaba el sexo. Así, pues, volvía una y otra vez. Se había convertido en un esclavo de Aloma pero un esclavo contento porque su situación, inquietante, era al propio tiempo deshonesta y, como tal, lisonjera.

Cuando volvió aquella noche, hizo el recorrido habitual: se descolgó por la barbacana, ganó el patio y, al iniciar el recorrido por aquel dédalo hasta llegar a su aposento, apareció, con la cara perfectamente iluminada por la luna, el barrendero Galván:

-Dentro de tres ferias he de pagar una deuda de veinte  monedas de plata.

Y al desaparecer, la luna dejó pintados sobre bóvedas y arcos resplandores de albayalde. Y de albayalde era también la cara exangüe de Severo.

3

Aloma, con su contoneo semifelino y su olor a menjuí, fue prendida pues a ella alcanzaba también la prohibición, según la real pragmática. Aloma fue azotada tal como mandaba la real pragmática. Y, también de acuerdo con ella, expulsada.

Tuvo la enorme fortuna de poder acogerse, por caridad de las madres, al seráfico ambiente de un convento de premonstratenses de la segunda orden (norbertinas) donde ejerció el humilde pero limpio y honesto oficio de lavandera. Lavaba orines de monjas y en esa acción de limpieza había algo de purificación, de ablución de su alma deshonrada.¡Jabón contra su estigma! cantaron en el coro las religiosas.

Hasta que un día la encontraron extasiada debajo del roble centenario (no hay roble por debajo de esa edad y el que no la ha alcanzado, se pone coquetamente años). Se arramacimaron sagrados faldamentos en su entorno y cuando volvió en sí, hizo aquella declaración que tanto infortunio le iba a acarrear:

-Se me ha aparecido Nuestro Señor.

La cara de la madre abadesa se contrajo dibujando una mueca en la que había pasmo pero también virtuosa irritación. Dijo:

-¡A buenas horas se te va a aparecer a ti Nuestro Señor! ¡Se me aparece a mí san Norberto y a ti que eres una simple fregona se te va a aparecer Nuestro Señor!

Fue expulsada y, a partir de entonces, su alma, turbada de místico arrobo, vagó entre apariciones y visiones celestiales mientras su cuerpo, del que se sentía desasida, se entregaba de burdel en burdel.

Severo, cumplida la condena, partió a las Indias con sus hemorroides sosegadas por la bienaventurada asistencia de san Fiacro. Allí, su experiencia como trichante le valió para hacerse un nombre de campanillas como verdugo, llegando en tal cometido a ganar tanta consideración sus modales de virtuoso que fueron muchos los allegados a la justicia que imploraban ser guindados y cuarteados por Severo.

 

 

Publicado en: Blog, Soserías

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