Literatura en la República Democrática Alemana

Cuando se está conmemorando el vigésimoquinto aniversario de la caída del Muro y la desaparición de la RDA (DDR, en alemán) es bueno recordar a los esforzados habitantes del espacio literario y la represión que sufrieron en aquél régimen oscuro.

Característica del mundo comunista, y en esto no era una excepción la RDA, fue la atención que la dirección del partido prestaba a la creación artística y por ello las imágenes del obrero lector o de la fábrica que organizaba una visita a un museo o a una exposición resultaban habituales. En el Berlín oriental, y bien lo recuerdo de mis primeras visitas a esa ciudad a finales de los años sesenta, se encontraban en las librerías, junto a los discursos pesadísimos de Walter Ulbricht y la literatura canónica marxista (Marx, Engels, Lenin etc), colecciones muy baratas de los clásicos alemanes. Fue allí donde descubrí por primera vez a Heinrich Heine, el escritor más interesante, fecundo, vivo y divertido del siglo XIX alemán. De igual modo se exhibían en los escaparates las obras de Bertolt Brecht, Alfred Döblin y por supuesto “la séptima cruz” (Das siebte Kreuz) de Anna Seghers que conocía por aquellos años edición tras edición. Pero también se empezaron a publicar obras de Hemingway, Kafka o Marcel Proust, todo ello por la muy subvencionada Aufbau Verlag en un momento de cierta apertura ideológica de las autoridades comunistas. Apertura que acabó muy mal porque uno de los directivos fue al cabo acusado por Ulbricht de “labor fraccional y traición al partido” dando por ello con sus huesos en la cárcel. Un personaje central de aquella editorial fue Klaus Gysi, padre del actual Gregor Gysi, dirigente del partido “la izquierda” (Die Linke).

En el momento en que Ulbricht es defenestrado por la conjura tejida por Brezhnev y Erich Honecker (1971), éste anuncia ante el pleno del Comité central que “cuando se parte de concepciones socialistas firmes no puede haber tabúes ni en la literatura ni en el arte”. Estas palabras que testimoniaban la existencia de tales tabúes aunque también el deseo de arrinconarlos, condujeron a una cierta magnanimidad a la hora de autorizar libros o permitir llevar a escena algunas obras teatrales. Beneficiario fue por ejemplo Stefan Heym quien con anterioridad había sido sancionado con multas, y también se inscribe en este momento liberalizador la nueva etapa de la revista Sinn und Form. Es en su órbita donde se publica la novela de Ulrich Plenzdorfs dedicada, sobre idéntico título de Goethe, a las nuevas desventuras del joven W. donde hay una descripción crítica de las condiciones en que se desenvolvía la vida cotidiana en la RDA. Y lo mismo cabe decir de la Unvollendete Geschichte (Historia inacabada) de Volker Braun, que narra las relaciones amorosas entre la hija de un funcionario del partido y un trabajador de la construcción y donde aparecen las siniestras maniobras de los servicios secretos, la temible Stasi, dirigida a la sazón por el sombrío Erich Mielke, un personaje que bien merecería una biografía novelada.

Pero las garras de la represión se afilaban en el seno del comité central y se manifestaron con ocasión del festival “de canción política”, un encuentro internacional de jóvenes que se empezó a celebrar en 1970. Allí se permitía atizar de lo lindo a la guerra del Vietnam, a Pinochet, a los coroneles de Atenas … no, claro es, a las autoridades del régimen comunista alemán que oían cantar aquello de Theodorakis “nadie impone silencio al pueblo” como si con ellos no fuera el asunto.

Un cantautor, Wolf Biermann, también escritor, despertaba delirios de entusiasmo entre sus oyentes. En 1976 se le ocurre dar un concierto en la República Federal Alemana, concretamente en Colonia, donde concentra a más de siete mil personas. Las televisiones lo convierten en acontecimiento musical y como quiera que todas sus letras estaban llenas de referencias irreverentes hacia los dirigentes comunistas, éstos, reunidos, en solemne sesión del comité central, aprueban la propuesta de Honecker de decretar su expatriación. A partir de ese momento, le quedó prohibida la vuelta a la RDA.

Al día siguiente es el difamador oficial del régimen quien se encarga de ajustarle las cuentas en la prensa. Pero ocurrió lo inesperado: poco después se publica en la Alemania federal una carta de protesta contra la sanción a Biermann firmada por muchos intelectuales y, entre ellos, doce escritores y artistas de la mismísima RDA. El escándalo, al cobrar dimensiones europeas, se convirtió, como señala el minucioso historiador Stefan Wolle, “en un signo de la debilidad y de la desorientación de la dirección del partido”. Intelectuales renombrados se escapan como pueden del paraíso socialista y toman el camino hacia la República Federal o se aíslan paseando su tristeza por Berlín oriental, Leipzig, Dresden …

El régimen, habilidoso en sus muecas represivas, supo dosificar las sanciones, decretar el vacío, destituir de sus cargos a quienes los hubieran ostentado, conceder o denegar visados para salir, siempre según la más absoluta arbitrariedad. Destinado todo ello a que esos rebeldes -ocasionales- en modo alguno llegaran a formar un grupo estable. A finales de los setenta también el Código penal fue endurecido y se persiguió a algunos autores que vendían libros en la Alemania occidental por evasión fiscal. Lógicamente de forma perfectamente discriminada (al citado Stefan Heym le cayó una buena multa).

En los años posteriores unos cien artistas, escritores, músicos salieron para no volver a la RDA. Y lo que se dice de las personas se puede ampliar a determinadas obras pues muchos de los que se quedaron entregaban sin más sus manuscritos a las editoriales occidentales. Ahora bien, quien quiera buscar en las manifestaciones de estas gentes un hilo conductor común de oposición al régimen no lo encontrará. Estamos ante intelectuales y por tanto antes seres individualistas poco propensos a dejarse embarcar en aventuras colectivas con un definido tinte político. Además, las diferencias entre ellos eran grandes como ocurría en buena parte de la población pues, entre quienes criticaban a aquellos ancianos decrépitos presididos por Honecker, los había partidarios de una democracia de corte occidental mientras que otros creían suficiente mejorar la sociedad socialista extirpando de ella los vicios engendrados por la dictadura ya larga y canosa.

Solo cuando se acercan los amenes (estamos ya a finales de los años ochenta) vemos a algunos escritores incorporarse a los movimientos de protesta auspiciados también por las iglesias. Ahí podemos advertir la presencia de Christa Wolf o de Cristoph Hein, para mí el autor más entretenido de novelas de esta época (algunas traducidas al español).

El sistema todo se desmoronó de forma cinematográfica cuando Moscú decidió dejar a su suerte a Honecker. En ese momento se advirtió que aquello que los ojos veían no eran sino instituciones de cartón piedra y lo que los oídos oían no era más que caduca palabrería. Es decir, lo más apropiado para ser barrido por una melodía de alborozo y de ilusiones.

 

 (Publicado en el suplemento cultural del periódico El Mundo el día 10 de diciembre de 2014).

Publicado en: Artículos de opinión, Blog
3 comentarios sobre “Literatura en la República Democrática Alemana
  1. Pedro L. Martinez dice:

    Mas tarde o mas temprano todo llega a su cauce

  2. Antonio Dominguez Gomez dice:

    Estimado «Soso»: No pude ser sargento de complemento, cumpliendo todas las condiciones, por orden del Almirante Carrero. Contravigilancia militar, casi nada. Se puede ser ateo, católico, budista etc., pero el humanismo judeo-cristiano sirve para todos salvo para los de «la dura cervid», sean israelíes o Policias o… . Un saludo

  3. -Sabes una cosa que todo cae por su propio peso y cuando algo no se adapta a la evolución perece.
    -El régimen Comunista no se adaptó o las personas no estaban adaptadas para que superviviera.
    -La libertad lo sobrepasó por todos lados y lo inundó…
    -Parece que sí.
    -Estoy seguro.

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