Escenas históricas VI: relato estremecedor (II)

RELATO ESTREMECEDOR (II)

Doña Brígida y también su marido,  don Francisco, eran muy aficionados a las cosas de la cocina.  Había entonces en nuestra ciudad,  que el duque,  de feliz recordación,  convirtió por pocos pero venturosos años en capital de las Españas,  muchas casas de figones donde se encontraba presto a cualquier hora del dia e incluso de la noche manjares guisados,  tortas,  empanadas o dulces. Pues bien doña Brigida y don Francisco se holgaban de asistir a tales casas y en la suya propia confeccionaban de sus propias manos, sin confiarlo a criadas ni cocineras,  mermeladas, tortas variadas, manjar blanco que es plato que su señoría a buen seguro conoce, hecho de pechuga de gallina, picada y junta con azúcar, harina de arroz y leche. Hacían exquisitos confites con tallos de calabaza, melocotones cubiertos, bizcochos bañados en jalea, en fin y por no alargar la relación ni despertar apetitos a destiempo,  manjares todos de los que crean gran afición. A la señora doña Brígida no se le ocurrió, amostazada como estaba con doña Leonor Pamblanco,  sino dar una buena vaya al bueno de su marido, el doctor don Gaspar de Yelves que consistió en hacer una enorme empanada con forma de castillo (hasta con forma de navíos se hacen como sabe su señoría) toda plateada por fuera. No la rellenó de carne de puerco ni de vaca como es costumbre sino de dos cuernos graciosamente fabricados con madera y primorosamente pulidos. Por una su criada la envió encomendando mucho que fuera el mismo don Gaspar el encargado de partirla en agradecimiento a un negocio llevado con buena fortuna por don Gaspar ante el proveedor general de Flandes.

Don Gaspar recibió el obsequio de manos de un su lacayo y lo guardó para que lo viera su esposa doña Leonor no bien volviera de una tienda de vestidos a la que había acudido para proveerse de unos faldellines y ropones y de todo aquello que le apeteciera pues practicaba, aún sin saber formularlo,  el principio de aquel santo que recomendaba no aparecer desnudo “ante Dominum Deum teum”.

Pero don Gaspar era, a un tiempo,  vanidoso y candongo.  Recordó el enorme elogio que por la mañana le había hecho don Pedro Fernández de Melgarejo, oidor, como bien sabe su señoría,  de la sala de hijosdalgo de la Real Chancillería en la complicada sucesión de una baronía.  Y, sin pensarlo dos veces y sin dar ocasión a que doña Leonor gustara de la artística empanada, la envió tambien por medio de un su lacayo a don Pedro rogándole que aceptara el pequeño obsequio todo en medio de grandes protestas de amistad y admiración.

Habían andado y andaban todavía los tabardillos con muy escasa vergüenza haciendo de las suyas y don Pedro no había sido perdonado a pesar de su alta posición social por lo que había padecido fiebre alta y desolladura en la garganta. Le dieron hasta tres sangrías y más de diez ventosas a buena cuenta amén de una onza de jarope como purga y hasta a punto estuvieron de acercarle a su confesor por si Dios disponía llevárselo a su lado. Fué la pericia y los cuidados de don Francisco de Souza los que le libraron de acceder tan pronto a la gloria celestial de lo que se holgó porque aún siendo cristiano cabal prefería aplazar su encuentro con el Eterno:que es disposición muy humana que se da hasta en eclesiásticos e incluso prelados.

El natural agradecido de don Pedro y el hecho de andar muy desmazalado y melindroso con la comida después de la enfermedad (sólo tomaba bizcochos de huevos y pancacas),  le hizo pensar que nada mejor que enviarla como obsequio a don Francisco y así lo hizo por un su paje que era además alguacil en la Chancillería. Don Francisco recibió la empanada cuando doña Brígida se había desplazado a Medina a conmemorar el cabo de año de un su pariente. Y por miedo a que se echara a perder,  la abrió encontrándose por toda guarnición los cuernos que su misma mujer había dispuesto en su interior.  Supo con toda certeza que no era bufa de don Pedro a quien tenía en la mayor estima sino que alguien se había valido de su buena fé para hacerle llegar semejante obsequio y llevar a su ánimo la certidumbre de que su máxima “la mujer, lo bueno es non apretalla” le había colocado en su cabeza insufrible peso otorgándole la condición de macho cabrío.  Sin papar viento y sin hacer,  como se suele decir,  más cala y cata,  se determinó a desollar viva a su mujer no más volviera de la fúnebre ceremonia. La noche le sirvió,  sin embargo,  para apaciguarse y tramar una venganza no por más serena menos contundente.  Decidió recibir a doña Brígida,  la que con tanta ignominia le había convertido en corniveleto,  con una espléndida comida digna de su arte.  Guisó ternera en su jugo,  una olla con gallinas y otra con media docena de palominos y dispuso una ensalada, alcaparras,  rábanos y espárragos.  Todo ello acompañado de buen vino blanco y,  como postre,  suplicaciones y natillas, tan famosas en esta tierra.  Sólo que en la ternera, plato preferido de su esposa,  introdujo un aderezo especial:tomó unas raices de vedegambre,  las limpió,  las machacó y las puso en una prensa con el fin de obtener toda su sustancia, que coció y coló; púsola luego al fuego donde tomó espesor y un color como de arrope y la vertió sobre el jugo que acompañaba a la ternera.  Estas raices de vedegambre son,  como seguramente su señoría no ignora,  un fortísimo veneno que se usa por los ballesteros para untar las puntas de los pasadores y envenenar las heridas de los animales.

En el entierro de doña Brígida Trigueros,  de acuerdo con nuestra ancestral costumbre,  don Francisco la acompañó hasta la fosa,  afectando contrahecho desconsuelo.  Vistió el paño liso largo tiempo y llevó capuz por más de sesenta días.

No se hizo indagatoria alguna y así el crimen quedó sepultado en la conciencia de su ejecutor de la que salió cuando vino al tribunal de la penitencia,  encargándome empero,  movido por razones que tan sólo Dios conoce,  a ponerlo en conocimiento de la Justicia si yo le sobrevivía y confiándolo al más profundo arcano si no era así.  Como por la infinita misericordia de Dios arrastro todavía mis cadenas de hombre mortal, pongo todo lo antedicho en el elevado conocimiento de su señoría para que, si es el caso,  sobre todo ello provea de la forma que estime ajustada.

Firmo y rubrico esta declaración en la ciudad de Valladolid habiendo corrido cinco días del mes de noviembre del año de Nuestro Señor de mil seiscientos veintisiete.

Publicado en: Blog, Soserías

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