Escenas históricas (IV)

Donde se cuenta cómo Fadrique se hizo escribano y enviudó después con lo demás que verá el curioso lector

Cuando hoy se ve a Fadrique entre escrituras y legajos o consultando el cedulario, embermejados los dedos por el uso continuado del lacre, son muy pocos quienes recuerdan su historia y creen que Fadrique ha estado siempre allí como el san Miguel que hay en la iglesia que nadie sabe cómo puede llevar varios siglos sosteniendo una balanza.

Fadrique vive solo porque hace años el Señor acogió en su seno a Francisca, su mujer. Francisca era muy guapa. Sus ojos, endrinos, tenían una luz de llama, como cristal ardiente y, en la noche, brillaban como armaduras bruñidas por el valor. El corpiño se esforzaba pero no lograba embridar sus senos que se balanceaban con un ritmo medido pero decididamente lascivo.  Cuando se movía,  su gracia núbil sembraba de pecados el camino.

Llevaban más de quince años casados pues habían recibido la bendición nupcial cuando ella tenía dieciocho años y él apenas veinticuatro. Pero Fadrique había entrado en esa edad en que el hombre, de pronto, toma conciencia del paso del tiempo y de que éste es limitado, percepción que no se tiene de joven. Había ejercido de chapinero con gran dignidad y fruto pero se empeñó en abandonar este trabajo y comprar un oficio público, una escribanía. Y como se había hecho bastante rico y, de pequeño, había aprendido las cuatro formas de escritura, redonda, cortesana, de cancillería y tirada e incluso hasta tres operaciones aritméticas, se fue a ver al corregidor que era a la sazón un don Gaspar de Rueda, para ver de conseguir la escribanía. Don Gaspar que era elegante y vestía jubón de seda y ferreruelo, dijo:
-Se puede intentar pero al haber ya un escribano, hay que acrecentar y esto no es fácil.

Estas palabras,  pronunciadas por don Gaspar con la misma voz que usó Dios en el monte Sinaí, fueron para Fadrique el comienzo de un calvario de informes,  papeles,  visitas,  silencios,  esperas,  una crujía,  en suma que don Gaspar tejió con diabólico abuso porque bien sabía que lo que intentaba Fadrique no era difícil ya que el número de habitantes había crecido mucho. Se lo había advertido su antecesor en el cargo:la gente del lugar es fecunda porque cabalga y mucho y no siempre a caballo.

Pero don Gaspar, cuya condición de fornicario había acreditado en mil lances, las más de las veces difíciles y,  en ocasiones,  de comprometido riesgo,  asió la ocasión de disfrutarse a la bella Francisca por el copete y sin muchos miramientos en el lenguaje canjeó el achuchón a ésta por el achuchón al expediente. Entre airadas protestas, salió Fadrique con el ánimo resuelto a poner aquella cochinada en conocimiento del Consejo de Hacienda, del de Castilla o de todos juntos, incluso del mismísimo Rey para que se castigara tan infame propuesta de adulterio.

Pero el tiempo pasó y Fadrique, sin atreverse a denunciar a nadie, siguió cortando cordobán y forrando chapines. Hasta que pensó que,  puesto que llevaba muchos años disfrutando a su mujer, nada de malo había en que otro, ocasionalmente y, por supuesto,  con el adecuado rango,  también la disfrutara. Y,  a tal fin, ¿quién más apropiado que el señor corregidor? Preparó el encuentro entre ambos e imaginó que ella, afectando enojo,  se haría de pencas;pero tuvo la certeza de la consumación del negocio cuando la vió llegar a casa muy alterada, muy colorada y con sus hermosos pelos en nefandario desorden.

Pronto,  el expediente llegó al Consejo de Hacienda. Allí lo manosearon el oidor, el fiscal y el secretario. Pasó de la Contaduría a la Escribanía de la Razón y de esta a la Escribanía Mayor. En esta última quedó encallado como se decía habían quedado encallados tantos barcos de los que su majestad había enviado contra Inglaterra.

Al acompasado paso de su mula, Fadrique, alarmado por la tardanza, viajó a Madrid. Allí donde encontró la primera tablilla de mesón, se instaló y,  desde el,  iba y venía al Consejo. Aunque le asaltaban pedigüeños, tambien veía elegantes criados de las grandes casas y gran número de clérigos, seculares y regulares. En una ocasión, vió a un príncipe de la Iglesia, seguido por un esclavo negro.

Pero los ecos del cacareo de don Gaspar habían llegado a las covachuelas cortesanas y ello dió pie para que el oidor fuera el primero en exigir su alícuota en el disfrute de la bella Francisca. Liberado ya del rigor de los escrúpulos, Fadrique hizo venir a Francisca a la que vistió con un abrigo ribeteado de terciopelo,  botines de cuero y, supremo atrevimiento, un verdugado. El oidor abrió el camino al fiscal, éste al secretario y éste, a su vez, al contador;pasó de largo el expediente por la Escribanía de razón sin que el Escribano, con intachable fama de sodomita,  pidiera más contraprestación que una buena bolsa de maravedís. Cuando llegó a la Escribanía mayor, el Escribano, hombre acecinado y de mucha circunstancia y poca sustancia, babeando por lo que había oido,  no se acomodó con el aislado fornicio que habían practicado sus antecesores y solicitó y obtuvo favores algo más estables con lo que su conducta quedó  imprudentemente alejada del viejo mandato de la sabiduría popular que enseña que la casada y la ensalada, dos bocados y dejalla.

Sin embargo, no bien empezó a percibir los estragos del hartazgo, envió el título a la cámara de Castilla donde también el consejero que había de señalarlo, quiso participar en tan jocunda tramitación. Aquí vino lo inesperado porque Francisca, a la vista y, lo que es peor, al olfato del dignatario, se negó. Yo no le he conocido como es natural pero, por testimonios que he oido y que me son absolutamente fiables,  el tal consejero,  un Enríquez de Ribera, era rollizo tirando a cilindro y en su nariz,  alambique que destilaba perpetuo moquillo,  había encontrado acomodo un enorme grano que la hizo corcovada. Todo ello era poco grato pero podía pasarse por alto porque, en contrapartida, el consejero hablaba con donaire e ingenio y se le atribuía aguda inteligencia. El problema, a los efectos de la coyunda, era que olía mal. No parece que por enfermedad alguna, sino por algo más natural:el consejero Enríquez de Ribera no se lavaba o, si lo hacía, dejaba,  por vituperable descuido,  partes sin trabajar suficientemente. Entre ellas se encontraban, todo ello según he oido, las naturales o pudendas. ¿Es necesario explicar el rechazo de Francisca?

-Ni se ha probado que es cristiano viejo ni mucho menos que no haya sido tratante o haya ejercido oficio mecánico -fue su terrible dicterio.

El consejero bien sabía que otros sin haber demostrado tales extremos habían alcanzado el oficio pero,  en este caso, mantuvo obstinado su dictamen, ofendido como estaba. Francisca tuvo que ceder no sin recibir, como regalo de su esposo, unos pendientes montados con piedras preciosas. No se tiene noticia acerca de cómo pasó el amargo trance pero lo cierto es que lo pasó porque un mes después, Fadrique, pagados sus buenos patacones y la media anata, obtenía la cédula con su título de escribano expedido con todos los sellos y la firma de su majestad, que nada sabía del infame mercadeo acuciado como a la sazón estaba por los ingleses y por la gota.

¡Menudas ínfulas se gastaba la Francisca en su condición de escribana! Pero poco tiempo campó con su estrella porque había contraido el chancro, contagiada sin duda por alguno de aquellos cagatintas: ¿el oidor, el contador, el consejero poco aseado, el Escribano que por ser mayor tuvo mayores oportunidades? Nadie lo supo, por más que se hicieran muchas conjeturas.

Así, pues, Fadrique encornudó primero y enviudó después. Pero hoy su fama de escribano supera con mucho a la de cuclillo.

(Este manuscrito, que yo he puesto en español moderno, lo encontré, tras fatigosa búsqueda, en el cajón de mi mesilla de noche. No lleva fecha pero se puede colegir por el texto que la acción se desarrolla entre 1212, año de las Navas de Tolosa y 1901, año en que nació Gary Cooper, más conocido como Frank James).

Publicado en: Blog, Soserías

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