Carta abierta a Hans Magnus Enzensberger

Admiradores como somos de su obra y enamorados asimismo de sus poemas, querido amigo, debemos confesarle la perplejidad que nos ha causado la lectura de su último libro El gentil monstruo de Bruselas o Europa bajo tutela. La perplejidad y la decepción.Su obra empieza enumerando las glorias alcanzadas en la Europa comunitaria y, junto a los decenios de paz que disfrutamos, cita las ventajas de la movilidad en el espacio europeo, que ha derogado los infinitos problemas causados tradicionalmente por aduanas y fronteras; la moneda única y la supresión de cuantiosos costes en pagos y transferencias; en fin, también las garantías con las que contamos los consumidores al disponer de una información acerca de los productos que utilizamos desconocida en la historia, etcétera.

Pero, al mismo tiempo, usted se queja de la cantidad de normas que aparecen en el diario oficial e incluso las cuantifica en miles y miles de páginas. Con ello ignora que, para construir esas ventajas y beneficios, es necesario promulgar directivas, reglamentos y todo tipo de instrumentos jurídicos. Si quiere entretenerse en seguir cuantificando, consulte los repertorios legislativos del land de Baviera donde usted vive, o los de la República Federal Alemana, o, si quiere un país de menor envergadura, haga lo mismo con semejantes publicaciones en Letonia o Estonia. Se trata éste, admirado Hans Magnus Enzensberger, de un asunto muy complejo que se inscribe en el ámbito de la cultura jurídica occidental, que probablemente merece muchos reproches, pero que desde luego no es privativo de las instituciones europeas.

Injustas son las críticas que formula al Tribunal de Justicia de Luxemburgo, páginas donde, por cierto, se advierte alguna confusión acerca de sus actuales perfiles institucionales. Pero, pasando por alto este descuido de redacción, sorprende que un europeísta convencido como es usted -tal como nos ha demostrado en muchas otras de sus publicaciones- no repare en que precisamente el Tribunal de Luxemburgo es la organización que con más seriedad y tesón contribuye a dotar de sólidos cimientos a la construcción europea. Ahí están las reglas de la «primacía» y del «efecto directo» del derecho comunitario para corroborarlo. Instrumentos capitales para definir el todo como un orden federal por el que se pueda transitar con una mínima seguridad jurídica.

Europa se olvida de la cultura. Éste es otro de sus alegatos. Señor Enzensberger, ¿qué es entonces la selección anual de «capitales europeas de la cultura»? ¿Es o no una política que permite atraer la atención sobre una ciudad, sobre su patrimonio histórico, sobre sus hijos ilustres o sobre las nuevas manifestaciones artísticas a las que se presta escenario y ayuda para su exhibición? Y, sobre todo, en un ámbito cercano a éste, el de la educación, ¿sabe usted los miles de estudiantes que hoy pueden visitar, gracias a los programas Erasmus, universidades extranjeras, conocer sus métodos de trabajo o entablar relaciones de amistad con profesores o compañeros? En el pasado, ¿cuántos jóvenes españoles o portugueses se podían permitir el lujo de desplazarse a un centro especializado de Alemania, de Inglaterra o de Italia? Convendrá usted con nosotros que sólo hijos de familias muy acomodadas han disfrutado durante siglos de este privilegio que tan incalculable valor tiene para personas en formación.

El déficit democrático es estrofa inevitable en el discurso político europeo. Y usted la incorpora al suyo. Un recurso dialéctico muy sencillote porque es evidente que siempre aspiraremos a más democracia: en eso consisten precisamente -como usted nos ha enseñado en sus libros- los cauces anchos y ventilados que las sociedades democráticas propician. Pero poner como ejemplo de mecanismo democrático el referéndum es olvidar que éste es uno de los juguetes más cariñosamente utilizados por todos los dictadores que en el mundo han sido y usted, que conoce la historia reciente de España, lo sabe bien. Con Franco no teníamos democracia pero tuvimos muchos referendos.

De otro lado, Europa cuenta con un Parlamento elegido por sus ciudadanos. Es verdad que la participación en las elecciones europeas es baja, pero esto se debe a que no existe una educación europea en los colegios, tal como usted acertadamente denuncia; también a la escasa atención que en los procesos electorales se presta a las cuestiones europeas, así como al limitado seguimiento por los medios informativos de las actividades que se desarrollan en Estrasburgo a lo largo de una legislatura. Pero, ¿qué diríamos si no existiera esta magna Asamblea, única en todo el planeta y modelo quimérico en otros continentes?

Denuncia usted el dinero que desembolsa ese Parlamento en mantener un canal de televisión. Pero ignora que, gracias a ese canal, cualquier persona en cualquier parte del mundo puede seguir en tiempo real las intervenciones de los parlamentarios en el Pleno, en las Comisiones y en otros debates que allí se celebran. Ítem más: el voto de cada uno de los diputados se puede conocer por millones de ciudadanos a los pocos minutos de haber sido emitido. ¿No pedimos transparencia en la discusión de los asuntos públicos?

Permítanos una confesión personal. Uno de nosotros es parlamentario europeo, representante de un pequeñísimo partido político español. Pues bien, jamás ha tenido la más mínima dificultad para tomar la palabra en los Plenos y, por supuesto, en las Comisiones. Lo que es bien probable que no hubiera podido hacer en muchos parlamentos nacionales, allí donde -según usted- todavía se cultiva la democracia y la división de poderes.

¿Escenario paradisíaco el que pintamos? En absoluto. Los defectos en la construcción del edificio, las deficiencias en el funcionamiento de sus instituciones, la falta de brújula en la conducción de ciertos asuntos, etcétera, todo ello es denunciado por quienes creemos en Europa una y mil veces, oralmente y por escrito. Nosotros desde luego así lo hemos hecho en libros y acogiéndonos a la amabilidad de este periódico.

Sabemos que la definición de un «interés europeo» es tarea titánica pero no menor que la definición de un «interés nacional» ayer y hoy desfigurado por la presión que ejercen cientos de centros de poder difusos pero siempre activos. En el mundo moderno ya no es «el hombre un lobo para el hombre» sino que el hombre es un lobby para el hombre. Pero esto, convendrá usted con nosotros, vale para la Europa unida como valdría para la Europa desunida. Mire usted, si quiere ratificarlo, hacia su entorno bávaro.

Nos sorprende que, para hacer la crítica de las instituciones europeas, no haya recurrido a la excelente y demoledora prosa que se contiene en el libro de Jochen Bittner So nicht, Europa! (Munich, 2010). Es Bittner un notable conocedor de los pasillos y de los entresijos del poder en Bruselas, siendo sus amplios saberes lo que le permite huir de tópicos y lugares comunes.

Admirado Enzensberger, nos quedamos con los magníficos diálogos entre el joven economista y la soprano jubilada de su inigualable Josefina y yo, o con su insuperable El diablo de los números, y con tantas otras páginas de sus libros que seguiremos siempre regalando a nuestras amistades. Nos alegrará que siga usted con salud.

 

(Artículo publicado en El Mundo en febrero de 2012)

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