Sexismo en la música

Por los lugares de España, donde estos días estivales se celebran fiestas en las que hay bailes y músicas, empieza a difundirse la vigilancia sobre las letras de las canciones con contenido “sexista”, es decir aquellas que degradan a la mujer o dan una imagen que no las “visibiliza” adecuadamente. ¿Quién ejerce esa vigilancia? Personas y personos que ostentan la competencia adecuada por atribuírsela las ordenanzas y leyes y que ellas / ellos hacen muy bien en ejercerla no dejando pasar ni una.

¡Hasta ahí podríamos llegar: que al hilo de un bailongo, alegre y bullidor, una persona / persono estuviera -sin percatarse de ello- rebajando la dignidad del sexo femenino!

A mí me recuerdan a una autoridad de los tiempos del caudillo quien, provisto de un lápiz rojo, tachaba en las letras de las canciones que se oían en su jurisdicción todo aquello que fuera procaz o malsonante, sobre todo si se referían a zonas muy celebradas de la anatomía femenina. Después de tantos años, se rescata a ese funcionario y se le coloca a la luz de la bujía democrática.

Por si las personas y personos que están en esta noble cruzada no se han percatado, me permito recordarles el mucho bien que pueden hacer si consiguen limpiar el menosprecio a la mujer que contienen las óperas más representadas, para vergüenza de todos, en los teatros del mundo entero.

Pueden empezar con Cosí fan tutte escrita por un machista irrecuperable apellidado Mozart que se atreve, en esta odiosa pieza, a divulgar la especie de que “así hacen todas” es decir, que las mujeres son insustanciales y casquivanas y ponen cuernos con despachada frivolidad. Ya poco antes, este mismo Mozart, había puesto, en boca de un cantante en su obra Las bodas de Fígaro, que las mujeres “son rosas espinosas, zorras graciosas, osas benévolas, palomas malignas, maestras de engaños …” y no sé cuántos disparates más. De verdad: ¿qué se espera para actuar contra el tal Mozart y su libretista Da Ponte?

Otro graciosito que se llamaba Verdi crea en Rigoletto un duque de Mantua que viola a una joven, una ópera esta -en rigor, una cochinada- donde se oyen arias como “Questa o quella” y sobre todo “La donna è mobile” en las que se muestra un absoluto desdén hacia las mujeres, poco más que unos seres destinados a satisfacer los deseos sexuales de los hombres, “plumas al viento” sin capacidad alguna de aparejar un discurso razonable. Y no cito La traviata porque quiero acabar este artículo en paz y, si la abordo, temo perderme atrapado en una cólera mayor que la de Aquiles (de la que habla Homero, otro de quien por cierto habremos de ocuparnos algún día).

Y es que los italianos no tuvieron miramientos porque uno, que decía llamarse Rossini y que no debía de haber pasado de dar nombre a unos canelones, se atrevió también a desacreditar a la mujer en obras como El turco en Italia donde hay un diálogo sobre la compraventa de mujeres que es mejor olvidar.

Un compinche suyo, que murió sifilítico y bien empleado lo tuvo, un tal Donizetti, en L´elisir d´amore, llama a la mujer el muy desvergonzado “animal verdaderamente extravagante”. Así como suena. ¿Qué se espera -de verdad- para que caiga sobre esta obra un decreto de prohibición y sobre su autor una condena airada y rotunda? ¡Que se exhume su cadáver y se aviente el polvo de sus huesos!

E cosí via, que es como dicen los italianos etcétera -ya que de infame ópera en italiano hablamos- porque podíamos seguir y seguir …

De manera que pido a las personas y personos que han iniciado tan noble tarea de limpieza de disparates en la música que no desfallezcan porque tienen el apoyo de quienes somos, acaso no más, pero sí mejores.

Y además que sepan que aquella frase, recordada por Sansón Carrasco a don Quijote, traída cualquiera sabe de dónde, según la cual “el número de estultos es infinito” no va con ellos / ellas.

 

 

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Twitter en verano

En esta época veraniega ¿se siguen los chats, los tuits y el alto pensamiento especulativo que circula por las redes sociales como ocurre en los meses menos amables del resto del año?

Sería pavoroso admitir que, con el despliegue de looks propios de la estación, con los caftanes y pareos más los pantalones cortos y las camisetas de camuflaje, se relajara la disciplina. Así como no se debe bajar la guardia ante el consumo desparramado de grasas y azúcares por el simple hecho de estar de vacaciones, lo mismo cabe decir del enganche a esas formas modernas de la comunicación que tanto bien están haciendo al entendimiento entre los humanos. Desatender la rutina de poner en twitter que nos hemos levantado, defecado recio, desayunado un tigretón y cortado las uñas de los piés, entraña peligros que luego es muy difícil sortear. Si se pierde el hábito de dar conocimiento al mundo de las menudencias de nuestra jornada, se pueden contraer costumbres peores y acabar incluso olvidando oír los últimos hits de la playlist.

Además ¿qué es una menudencia? ¿lo es que le he dicho a Paula Bárbara que he visto una película de netflix con Ramón Ignacio? No me lo parece, antes creo que son noticias que no debemos guardárnosla como egoístas sino que es un signo de generosidad compartirla con el resto de la humanidad. ¿Se ignora que de bagatelas e insignificancias está construida la Historia, esa señora con mayúsculas que se estudia en la ESO y que nos acosa con terquedad de inspector de Hacienda? ¿Alguien ha olvidado que Marcel Proust dedicó varias páginas de su inmortal novela a describir las experiencias que vivió mojando una simple magdalena en una taza de té que le había preparado su madre? Y Proust era Proust, un tipo fino y un auténtico filigranas cuando cogía el papel y la pluma.

“Cualquier material es bueno para el poema con que arda y se queme” nos dijo el poeta. Pues bien cualquier material es bueno para ser acogido por twitter con el alborozo merecido y en él quedará grabado de por vida como esa lápida de mármol que recuerda el lugar donde nació Menéndez Pidal. Por cierto, un historiador que se nutrió precisamente de parvedades y curiosidades filológicas.

Así que bien están los desahogos playeros y los excesos en esas noches de luna opulenta y de niñas con curvas como ánforas pero sin olvidar lo que son las obligaciones sustanciales con nuestros semejantes.

Es como si abandonáramos los lugares comunes que usamos en nuestros razonamientos y los dejáramos tristes y huérfanos simplemente porque estamos en verano. Sería terrible porque esos lugares comunes, que otros llaman tópicos, rigen el mundo, apuntalan el edificio social, son ménsulas que sostienen nuestros decires y quehaceres. El tópico es el bastón con el que nos desempeñamos en la comunicación con los vecinos y sirve además para atizar con él al antagonista por muy sabihondo que sea. Sépase, por si alguien lo ignora, que un buen tópico, hábilmente invocado, honra y da gloria a la charlatanería andante.

El tuit nos hace humanos y el tópico nos fortalece. Ambos nos hacen entrañablemente tontos. O, mejor, neo-tontos.

 

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Memoria

Cuando tenemos noticia de que algún conocido padece amnesia y que, como consecuencia de ello, ha olvidado el nombre de sus amigos, el del pueblo en que nació o el de sus parientes más cercanos, sentimos una enorme pena porque sabemos que ese estado es una modalidad de la inconsciencia muy cercana a la locura y quien la sufre tiene todas las trazas del cuitado que pretendiera bracear en un abismo con el ánimo de torcer el dictado de la ley de la gravedad. Y es que la memoria es el asidero que nos agarra a la vida, la manivela con la que accionamos la máquina de nuestra propia existencia, el cordón umbilical que nos mantiene unidos ¡nada menos que a nosotros mismos! La memoria es cuña y es palanca, reloj y timbre, museo y eco.

Por eso apena tanto constatar en las ciudades la pérdida de su memoria. Porque las ciudades son seres tan vivos como nosotros y, en cualquier caso, más fuertes ya que son capaces de llevar a cuestas el peso de la historia como si de un liviano fardo se tratara. A veces, al visitar ciudades viejas, doloridas y al tiempo risueñas, nos viene a la memoria el recuerdo de esas mujeres gallegas, frágiles, cenceñas, que llevan un enorme peso en sus cabezas, pobladas de vientos y de soles y que, aun así, avanzan erguidas y altivas.

También la ciudad debe avanzar altiva roturando los propios surcos de su futuro. Pero ese avance, precisamente porque a veces será implacable, es necesario que se haga dejando atrás aquellos testigos, aquellos hitos que le sirvan como recordatorios sobrios y eficaces de su rumia de siglos. ¿Y qué mejores señales, qué testigos más elocuentes que los que proporcionan los grandes hombres, los grandes talentos que en la ciudad han nacido o en ella han vivido y creado?

Por eso, una ciudad que no recuerde a sus grandes hombres, es una ciudad sin memoria, amnésica y una ciudad así padece como una suerte de niebla o de gripe de la propia estima, es una ciudad que ha perdido sus sueños y que está a punto de enterrar su gloria en el camposanto de la vulgaridad.

Una de las formas de recordar a esas grandes figuras, a cuyo ingenio, no lo olvidemos, debemos sin más nuestro presente, es justamente la colocación de sus efigies en forma de estatuas en las plazas, en los parques y en los jardines, en las calles y en aquellos edificios, públicos o privados, en los que su presencia tenga un valor simbólico. Las estatuas deben ser así las anclas que la ciudad aferra al fondo de su pasado para quedar sujeta, más segura, menos vulnerable.

Por lo mismo que las ciudades españolas han destruido vestigios importantísimos de su pasado y han creado barrios horribles, signos todos ellos de amnesia y zafiedad, por eso mismo, en España hay pocas estatuas como hay pocas lápidas o detalles conmemorativos que recuerden que aquí nació don fulano o allí estuvo el taller de don mengano. Los mismos rótulos de las calles omiten explicarnos quién fue la persona a quien el propio espacio se dedica, al contrario de lo que ocurre en los países más cultos, donde se expresan las fechas en las que vivió y la ocupación en la que el homenajeado llegó a dejar memoria imperecedera.

Y cuando se erigen estatuas existe una tradición que obliga a colocarlas sobre altos pedestales, sobre peanas de distancia y de pretendida veneración. Esto es absurdo. Para ser respetuoso, sería preciso instalar las estatuas distinguiendo el cometido que en vida hubiera desempeñado el personaje que ha merecido el trabajo del cincel y el buril.

Así, es lógico que al emperador Carlos lo coloquemos sobre un caballo porque a caballo anduvo en vida de un lado para otro enmendado entuertos en un imperio imposible y a su hijo Felipe le cuadra un podio inaccesible porque inaccesible fue como monarca en vida. Lo mismo ocurre con los generales y con los grandes hombres de la guerra que pueden inmortalizarse distantes, a lomos de hermosos corceles, avistando un enemigo terrible y desafiante. Pero ¿a qué viene colocar a los escritores y a los poetas o a los pintores sobre columnas o podios? Nadie está más cerca de los afanes de su pueblo, nadie acierta a interpretar más fidedignamente los sentimientos, las dudas y cavilaciones, las esperanzas y las frustraciones de la época que le ha tocado vivir como el escritor, el poeta, el pintor… ¿Por qué poner entre ellos y el pueblo que les admira distancia, lejanía, separación? ¿A qué viene exponerles como si fueran san Luis Gonzaga o la Virgen del Carmen?

Porque fueron hombres sencillos y corrientes, debemos bajarles del pedestal e instalarles al nivel de cualquier viandante porque viandantes fueron sólo que con el privilegio de llevar en sus pupilas la auténtica mirada del mundo.

 

 

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El quiosco de periódicos

De la ciudad, ay, de cualquier ciudad van desapareciendo sus símbolos tradicionales, esos entorchados que acreditan su condición de espacio pleno de expresividad para quienes la habitan. La ciudad es ser vivo y, como tal, crece, se estira, muestra su energía juvenil en barrios y plazas, le nacen canas en otros, se transforma, muere … Cuando una ciudad ha sufrido una guerra y, a su término, se advierten los signos de la devastación ofrece una imagen bien parecida a la de quien ha pasado por una operación y una larga estancia hospitalaria le ha arrasado las facciones y le ha conferido ese aspecto valetudinario que nos conmueve y apena.

Pero hay otra transformación de las ciudad que -por ser más silenciosa- nos pasa desapercibida hasta que un día caemos en la cuenta y nos preguntamos dónde está aquella pastelería en la que vendían unos canutillos de crema certeros como venablos de un fauno travieso o esa librería cuyos volúmenes parecían querer cogernos de la mano y alzarnos en vuelo para llevarnos allá donde el horizonte se puebla de antojos.

O reparamos en que ya no hay buzones de correos y, los que quedan, son como soldados de un ejército en plena desbandada. O se han despedido las cabinas telefónicas y no está lejos el día en que lloraremos a los semáforos que se habrán sustituido por una aplicación como por cierto ellos sucedieron en su día a aquellos guardias erguidos y vigorosos a quienes en navidades veíamos rodeados de pavos y cajas de mazapanes y turrones.

La más lacerante de estas muertes, la que estoy viviendo con un mayor desasosiego, es la de los quioscos de venta de prensa. Repase mentalmente el lector los que se encontraba hasta hace poco en su trayecto a la oficina o en su paseo por el centro. Quedará, si acaso, alguno evocando nostálgico su pasado ajetreado o rezando las cuentas de su afligida soledad y comprobaremos, si nos fijamos, que nos pide la caridad de nuestra atención fugaz, la piedad de echarle unas monedas. A cambio nos dará el periódico del día, recién imprimido, con las crónicas de lo que va muriendo y de lo que va naciendo, con mareos de titulares terribles pero también con la caricia de otras noticias sencillas o el placer de encontrar nuestras columnas preferidas, esas que han sido escritas por su autor mojando la pluma en la tinta de la prosa galana y de los adjetivos (que son los capiteles de esas columnas).

Recomiendo que hagamos caso a ese quiosco suspiroso porque nos va a regalar un sencillo ademán de gratitud, de tierna dulzura y, si nos quedamos junto a él un rato, nos abrirá sus brazos -esas puertas que se cierran por la noche- y su gesto de confianza y de amistad nos sabrá tan suave y dulce que lo recordaremos como esos minutos destacados de nuestra vida que guardamos en un estuche.

¡Ah, el quiosco de la prensa! ¡Ah, su quiosquero o quiosquera! Eran estos como guardas veteranos de una garita desde la que se vigilaba el trasiego de noticias, de revistas de coloridas portadas, algunas subidas de tono pues que exhibían tetas como racimos en un palco ubérrimo, de deliciosos cuadernillos de crucigramas, de postales con la ciudad nevada en invierno …

El quiosco tenía algo de atalaya de lo cotidiano, de encrucijada donde se encontraban el lector curioso con el mundo envueltos ambos en una especie de cucurucho mágico. El quiosquero era el gobernador de la torre del homenaje, altanero allá en su oficio antiguo, dispuesto a defender a todo trance su fortaleza de papel.

Hoy, cuando esa torre se cuartea a paso veloz, al menos tributémosle el homenaje de esta sosería porque de aquel quiosco del que salían noticias como palomas hoy no queda sino el trazo mustio de un palomar olvidado y arrinconado por las urgencias de móviles y tabletas.

 

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Castidad

La constitución de una asociación para la defensa de la castidad en una ciudad española de árabes castillos y jazminados cármenes ha originado un gran revuelo en la opinión pública y muchas plumas periodísticas han dirigido a tal iniciativa bromas y chanzas, todas ellas descalificadoras y poco respetuosas.

A mí me parece que cada cual debe asociarse con quien le plazca y para lo que le pete siempre que no sea para meter el dedo en el ojo del vecino. Es esta una poderosa conquista constitucional y a su amparo existen en España todo tipo de asociaciones: la de canaricultores, la de jugadores de golf y la de amigos de los jugadores de golf, la de madres solteras, la de cuñados solitarios, la de cazadores con arco, la de exportadores de cefalópodos, la de devotos de la medalla milagrosa, la de impresores de formularios, la de admiradores de Greta Garbo, la de onanistas… Tienen sus domicilios sociales y sus teléfonos al alcance de cualquiera. ¿Y ocurre algo? Nada digno de destacar como no sea lo mucho que se aburrirán los componentes de algunas de ellas pero este hecho, el de si se aburren o se divierten, nada interesa a quienes no sean sus socios.

La asociación para la castidad es, a mi entender, una más y tan respetable como cualquiera otra. Si unas cuantas decenas, centenares o miles de castos y castas se reúnen y se regodean en su castidad, comentan entre ellos el tiempo que llevan sin comerse un rosco y adoptan el acuerdo de persistir en tan morigerada conducta ¿qué les importa esto a quienes retozan con regularidad?

Además, los castos y castas asociados se proclaman estrictos católicos y la Iglesia siempre ha defendido la castidad: desde Taciano el asirio, quien sostenía, separándose de lo que había proclamado su maestro san Justino, que el matrimonio era “simple fornicación” hasta el papa Pío XI, a cuya pluma se debe la encíclica “Casti connubii”, alegato en defensa de la castidad de los esposos. Para san Alberto y para santo Tomás el placer sexual no se da nunca sin pecado, aunque distinguen entre quienes se recrean en la suerte o ponen pasión en el trance, que pecan fuerte, y quienes lo hacen de forma algo displicente o dengosa, que pecan bastante menos. Y todo ello está justificado, además, por razones fisiológicas pues un monje, que poseyó en una noche a una dama repetidas veces, falleció poco después del toque de maitines y en la autopsia se comprobó que su cerebro había quedado reducido al tamaño de una granada y tenía los ojos aniquilados. Esto sin contar con que la calvicie, desde siempre, ha estado ligada al placer venéreo.

Además, tal virtud debe cuidarse como quebradiza flor porque es muy delicada. No en balde nos recuerda Tirso en El Burlador que:

La mujer en opinión
siempre más pierde que gana,
que es como la campana
que se estima por el son.
Y así es cosa averiguada
que opinión viene a perder
cuando cualquier mujer
suena a campana quebrada.

Conclusión: sus razones tienen y, como se advierte, poderosas quienes deciden consagrarse al cultivo de la castidad.

Ahora bien, deben evitar los riesgos que la misma entraña y que algunos médicos han estudiado. En un libro publicado hace algunos años, el doctor Paul Voivenel los agrupó bajo el título “Peligros, trastornos, crímenes y aberraciones de la castidad”.

Su autor demuestra cómo la comisión de muchos delitos está unida a la práctica de la castidad; incluso cómo algunas conductas delictivas son típicas de enfermedades que padecen los castos. La histeria, que en su origen etimológico está ligada al útero, produce contorsiones, suspiros, ojos en blanco y todo ello no es sino una satisfacción imaginativa del acto sexual prohibido. Pero es que a la histeria se deben muchos crímenes y hechos terribles. También los casos de envenenamiento más famosos están emparentados con actitudes de remilgo ante el sexo y la práctica del envío de anónimos narrando falsas violaciones o imaginadas infidelidades que acaban en asesinatos o en injustas condenas tienen su origen en la castidad perversa. ¿Quién no recuerda los crímenes en conventos y las acusaciones demoníacas, como aquella de las ursulinas de Loudun que llevaron a una calentita parrilla al capellán que con ellas fornicaba? ¿Quién no se ha estremecido con la “Teresa Desqueyroux” de Mauriac?

Pero si nuestros castos logran mantener la virtud sin envenenar, asesinar ni enviar anónimos turbadores, con su pan se lo coman. Corresponde a los demás respetar sus sobrias prácticas y, el que pueda, entregarse a la concupiscencia.

 

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Nuevos ritmos

Nos tiene deslumbrados el avance de la informática, de los bits, del software y del hardware, que son  enigmas, acaso seres mágicos llegados a este siglo cabalgando en su escoba de misterio, y no nos damos cuenta de que el verdadero salto adelante se está produciendo en la pista de baile donde empieza a ser difícil encontrar rastros de los viejos ritmos.

 

Es en las discotecas americanas e inglesas donde tiene lugar la revolución, es allí donde se está gestando el nuevo mundo de la comunicación musical y danzarina, donde se toma la Bastilla en que se hallaban aherrojadas las antiguallas de las músicas de los últimos decenios y se libera al cuerpo de rigideces y de ñoñerías.

 

(Ay, con lo que me costó a mí moverme torpemente al ritmo del twist! Hace algún tiempo, cuando intenté informarme acerca de lo que era el tecno-pop y el rap, un joven amigo me dio una tan complicada explicación que no logré entender de su discurso más que las conjunciones. Me pasó como a Lorca cuando oyó aquella salva rubeniana de “que púberes canéforas te ofrenden el acanto” que dijo no haber entendido sino el “que”.

 

Parecida experiencia tuve con el bakalao y la makina que se escriben con k porque la k se ha convertido en letra revolucionaria, de protesta, letra de combate y de guerrilla, de tal suerte que hoy a nadie se le ocurriría echarse al monte sin las suficientes provisiones de kas (la letra, no el consolador refresco) en el macuto. Claro que no es de extrañar porque esta letra nunca ha sido tan modosita como parecía, colocada entre la j y la l, que parecía no haber roto nunca un plato; en rigor, la k ha servido siempre para meter en el idioma palabras que han entrado de contrabando como kermés y kindergarten o abriéndose paso entre golpes como karate. O sea, que de casta le viene al galgo.

 

Makina y bakalao son, al parecer, inventos españoles, las aportaciones más consistentes que nuestro genio ha hecho al mundo de la danza moderna como, en otro orden de cosas, son el botijo, el programa “un, dos, tres” y la encuesta electoral equivocada. De modo que nuestra inventiva no conoce descanso y cuando todo hacía pensar que los programas de investigación y desarrollo del Ministerio de Educación constituían un rotundo fracaso, alumbramos la makina y el bakalao y con ellos reconquistamos el aprecio y la consideración de los otros pueblos europeos. Mis preferencias, no obstante, siguen estando a favor de fórmulas tradicionales, es decir, del bacalao con c, y al pil-pil, pero yo soy un caduco irrecuperable.

 

Pese a mis fracasos en este mundo de los nuevos ritmos, no he abandonado mis ansias de aprender y de estar al día, y así he indagado acerca del “jungle” y del “trip hop”, del “house” y del “eurobeat”. Es quizás algo complicado pero merece la pena saber distinguir. El “trip hop” es una mezcla de “hip hop” y de “dub” con efectos “tecno”, eso sí. Cuando el “hip hop” se hace antiguo, nace el “jungle” que agrega ya lo “rave” y lo “ragga”, lo que le da otro aire, mas futurista y consistente, de vanguardia. Otra cosa bien distinta es el “house”, palabra entrañable y familiar hasta ahora, pero que hoy designa el resultado de la coyunda habida entre lo “tecno” y el “disco soul” y que, a su vez, tiene como hermanos al “handbag”, al “underground garage” y a ese locuelo incontrolable que es el “jazz house”, que tiene la desfachatez de apropiarse del nombre respetable del jazz pero sólo como una muestra de lo desatentado que es su espíritu irreverente e iconoclasta. En fin, en medio de todo ello, el “eurobeat”, que parecía que iba a comerse al mundo, ha quedado como el pariente pobre, un sonido “motown” pero anticuado y rancio que, a poco que se descuide, se acabará oyendo y bailando en las casas regionales.

 

Este es el futuro, es ya el presente de la danza. El esfuerzo que en España se está haciendo para estar al día, es realmente notable. Hay cursillos para disc-jockeys que se imparten por correspondencia, por CD-Rom … y hasta las discotecas de los pueblos más pequeños llegan testimonios de lo último y más moderno. Hay incluso lugares que no disponen de una biblioteca, en los que sus habitantes son capaces de sacrificarse y no leer un libro con tal de poder disponer de las últimas novedades discográficas. Se percibirá así la magnitud de nuestro empeño por estar en la Europa convergente y eurounitaria con un mínimo de sentido de la modernidad.

 

Y todo ello es tanto más admirable cuanto que en la España de las autonomías, de los hechos diferenciales, de las nacionalidades históricas, de las regiones que son nación, de las naciones que fueron región, de las lenguas con gramática inventada y de las gramáticas sin lengua, lo que realmente nos pide el cuerpo es bailar el aurresku, la jota, la sardana, la danza prima o el pericote.  )No es llegado el momento de acomodar a nuestro medio los avances y crear la tecnojota, el electronicpericote y la sardana ambient? La inminente reforma de los Estatutos de Autonomía puede ser la ocasión pintiparada para acometer esta empresa, histórica y diferencial.

 

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Responsabilidad contable en Cataluña

Quienes hemos tenido la suerte de formarnos en las enseñanzas de García de Enterría siempre recordaremos que solía invocar las siguientes palabras de Maurice Hauriou: “hay dos correctivos de la prerrogativa de la Administración que reclama el instinto popular, cuyo sentimiento respecto al poder público puede formularse en estos dos brocardos: que actúe, pero que obedezca a la ley; que actúe, pero que pague el perjuicio”.

Hablamos de la legalidad y la responsabilidad, los dos grandes desafíos ante los que el Estado de Derecho se juega lisa y llanamente su destino. Toca subrayar el segundo, la responsabilidad, que conoce diversas expresiones, la penal, la administrativa, la disciplinaria, la civil … más, la que hoy nos interesa, la contable, de actualidad en esta hora de espectaculares turbulencias en la gestión de los dineros públicos.

El conocimiento de la misma se atribuye al Tribunal de Cuentas según nos indica el artículo 136 de la Constitución y nos recuerda el Tribunal Constitucional al decir que “el enjuiciamiento contable que lleva a cabo el Tribunal de Cuentas constituye el ejercicio de una función jurisdiccional plena y exclusiva en un proceso especial por razón de la materia” (sentencia 215/2000). Se trata en puridad de una variante de la responsabilidad que tiene como característica carecer de sustancia penal ya que su justificación hay que buscarla en la reparación del menoscabo o daño que se haya podido producir a los intereses económicos y por eso el resultado del enjuiciamiento se contrae a indemnizar los quebrantos causados a la Hacienda pública afectada. Que, como se puede intuir, no es grano de anís.

Viene todo este recordatorio elemental a cuento porque Societat civil catalana y la Asociación de abogados catalanes han tenido la valentía de presentar sendas denuncias ante el Tribunal de Cuentas para que sus servicios investigaran los gastos originados con ocasión de la consulta independentista celebrada en Cataluña en el mes de noviembre de 2014. Gastos que superaron los cinco millones de euros y destinados a adquirir ordenadores, a enviar propaganda, a asegurar el apoyo informático a la consulta (página web) y un largo etc. Repetimos: más de cinco millones de euros.

La Fiscalía del Tribunal de Cuentas, iniciado el procedimiento, ha solicitado la apertura de una investigación que tiene como destinatarios -en principio y sin excluir otros posibles responsables- al ex-presidente de la Generalitat y a varios ex-consejeros de su Gobierno. Recordemos que se trata de personas que ya han sido juzgadas y condenadas a penas de inhabilitación por el delito de desobediencia al Tribunal Constitucional que, al admitir la impugnación del Gobierno de España de la convocatoria de la consulta, acordó suspender no solo los actos impugnados sino también “las restantes actuaciones de preparación de dicha consulta o vinculadas a ella” (Providencia de 4 de noviembre de 2014).

Retengamos pues que la condena a estos políticos catalanes fue el resultado de la desobediencia a la orden del alto Tribunal sin que la sentencia de ese juicio penal se ocupara del análisis de una posible malversación.

Ahora bien, ello no excluye la posible exigencia a esas autoridades de otras responsabilidades. Cabalmente, la contable de la que estamos hablando. Porque “el que por acción u omisión contraria a la ley originare el menoscabo de los caudales o efectos públicos quedará obligado a la indemnización de los daños y perjuicios causados” (artículo 38.1 de la Ley Orgánica del Tribunal de Cuentas). Una advertencia que completa la ley de Funcionamiento de ese mismo Tribunal al decir que “la jurisdicción contable conocerá de las pretensiones de responsabilidad que, desprendiéndose de las cuentas que deben rendir todos cuantos tengan a su cargo el manejo de caudales o efectos públicos, se deduzcan contra los mismos cuando, con dolo, culpa o negligencia graves, originaren menoscabo en dichos caudales o efectos a consecuencia de acciones u omisiones contrarias a las leyes reguladoras del régimen presupuestario y de contabilidad …” (Artículo 49).

No sería un ejercicio de prestidigitación colegir que en estas previsiones legales encajarían los gastos anudados a la consulta catalana del año 2014 tal como denuncian las dos asociaciones citadas porque el uso de los dineros públicos están siempre, por su naturaleza, asignados a cometidos públicos sin que puedan emplearse para acciones que carezcan de la adecuada cobertura legal y mucho menos que contradigan un mandato expreso, en este caso, procedente nada menos que del Tribunal Constitucional.

Llegados a este punto sería deshonesto ocultar al lector la existencia de una reciente jurisprudencia del Tribunal Supremo relativa a juicios por alcance (parientes próximos del asunto aquí comentado) que ha hecho más complejos los requisitos para que el Tribunal de Cuentas pueda pronunciarse acerca de la responsabilidad contable. Exige ahora el Tribunal Supremo (la Sala Tercera) que las actuaciones de las que conoce el de Cuentas han debido ser, para que pueda haber un pronunciamiento de responsabilidad contable, declaradas ilegales previamente por los tribunales contencioso-administrativos (sentencias de 18 de enero y 28 de noviembre de 2012). Una doctrina jurisprudencial peligrosa sobre la que ha llamado la atención, con convincentes razones, el magistrado José Ramón Chaves (entre otros especialistas) porque podría crear “un agujero negro donde reinaría la impunidad de gestores sin escrúpulos”.

Ahora bien, adviértase que, en el caso del uso de fondos públicos de la consulta popular controvertida, no es precisa ya una sentencia del juez contencioso-administrativo porque la ilegalidad viene constatada por la existencia de varios pronunciamientos del mismísimo Tribunal Constitucional sobre las leyes del Parlamento de Cataluña de consultas populares (sentencias 31/2015 y 51/2017) y sobre todo por la sentencia 32/2015 que declaró inconstitucional el decreto por el que se convocó la citada consulta.

Por tanto, si la actuación era ilegal -Tribunal Constiucional dixit- los gastos anudados a la misma corren la misma suerte (o desgracia, según se vea): en todo caso les falta la imprescindible cobertura legal.

De manera que el Tribunal de Cuentas, a nuestro entender, tiene la vía libre para entrar a examinar la exigencia de resposabilidad contable sustanciando el procedimiento adecuado y respetando las garantías procesales de quienes se vean en él involucrados, tal como es propio de un Estado de Derecho.

Pero, también como es propio de un Estado de Derecho, la ley (artículo 67 de la de funcionamiento del Tribunal de Cuentas) permite asegurar las responsabilidades contables que se puedan determinar mediante el embargo preventivo de los bienes (inmuebles, cuentas corrientes y demás) de quienes en su día fueron condenados por desobedecer al Tribunal Constitucional.

Corolario elemental: el ejercicio de la autoridad pública sin que, al propio tiempo, se fortalezca la responsabilidad de sus titulares es el camino que conduce a las sombras tenebrosas de la arbitrariedad. Y a la conversión en pavesas del Estado de Derecho.

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 21 de junio de 2017).

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Prisitas

Ahora que existen las aplicaciones destinadas a llevarnos de la mano para limpiarnos los dientes, escribir una carta, pasar el semáforo y otras complejas actuaciones de la vida, a nadie se le ha ocurrido diseñar una específica para combatir la prisa, para ir despacio por la vida y su circunstancia. Auguro un gran negocio al creador de tal invento y más si lo promociona en esta época veraniega.

Días estos de vacaciones, días de alejamiento de nuestro entorno cotidiano, días por tanto para ensayar con esa aplicación para luego, ya terminado el ocio, ir  incorporando los nuevos modos a nuestra vida invernal y laboral.

Parece mentira que un español se vea obligado a reivindicar la lucha contra la prisa cuando, como anotara sagazmente Eugenio D´Ors, la característica fundamental de un escritor como Cervantes es justamente esa: la de no tener nunca prisa. Recorre buena parte de España, va y viene de Esquivias, va y viene de Andalucía, de Valladolid y de otros lugares todo ello a lomos de una mula observando el paisaje y libando, como una abeja laboriosa, los decires, las manías, los olores y las trazas del paisanaje. Sin alterarse: con pesquisidora serenidad. Probablemente el aprendizaje le vino de sus aventuras bélicas donde debió de conocer lo que de grotesco tiene ir corriendo hacia la muerte.

También Josep Pla cuenta cómo diseñaba sus viajes buscando los medios de transporte más lentos. En su época el barco era un buen aliado de esa estrategia aunque el tren tampoco le iba a la zaga. De la misma manera que liar un cigarrillo pausadamente le servía para dar con el adjetivo apropiado, viajar de manera sosegada le ayudaba a escribir sus relatos de la forma alada que empleaba, demorándose en los detalles, haciendo -podríamos decir- un permanente homenaje en cada línea a la minucia. Porque Pla sabía que, al final, escribir bien no es sino toquetear, palpar, hacer cosquillas y frotar todo lo que existe de insignificante y menudo.

Por esta razón, a mí me han impresionado siempre mucho los libros de viajes y adoro especialmente los de Heinrich Heine, el del Harz por ejemplo, porque se palpa la lentitud que imprimía a su caminar por las montañas y el tiempo que empleaba para poner la máxima emoción en describir unas florecillas que se abrían para saludar al sol o la forma en que se iba secando una gota de rocío en la hoja de un roble.

¿Y qué decir de Proust que echó el freno al desboque en la literatura?

Creo que una forma segura de combatir la intolerancia, los dogmatismos, las supersticiones, el fanatismo y, la variante más extrema de estos -ismos, a saber, el nacionalismo, es cultivar la lentitud en los desplazamientos y, en general, en la vida. Es un combate difícil, lo sé, porque hoy se gastan millones de euros, que no tenemos y hay que pedir prestados en los odiosos mercados, para acortar en diez minutos un trayecto. ¿Para ir dónde? Las más de las veces a un lugar donde el tedio ha formado república.

Lo que quiero decir es que al abominable Tiempo, que galopa y destroza sin miramientos, no es necesario hacerle la competencia con nuestras prisitas y urgencias ridículas. No vendamos nuestra alma a la prisa ni hagamos de la vida una suma de prisas.

No olvidemos en suma que precipitación viene de precipicio que es un lugar donde le duelen a uno mucho las articulaciones y los huesos rotos.

¿A qué esperan los diseñadores de aplicaciones informáticas?

 

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Posverdad

Parece que la palabra “posverdad” va a ser elevada a los altares del Diccionario de la RAE que es el lugar donde se acogen los vocablos bienaventurados, los que han alcanzado la felicidad y pueden circular libremente en las conversaciones y en las novelas. Porque el diccionario es el puesto fronterizo, allí donde han de detenerse quienes juguetean con el lenguaje para enseñar la mercancía con la que trafican y donde se comprueba si han pagado el tributo pertinente.

Sin embargo, escritores ha habido siempre que han defendido la existencia de un Schengen idiomático, es decir, de un espacio sin controles donde cada uno pueda servirse del vocabulario a discreción, a volonté, como dicen los franceses que fueron los inventores de la Academia, allá en el siglo XVII. Así, bárbaros idiomáticos como Ramón del Valle-Inclán o Ramón Gómez de la Serna (ay, el privilegio de llamarse Ramón) han creado palabras -como el Papa crea cardenales- haciendo un corte de mangas a los aranceles de los académicos. Y no digamos Rubén que dejó escrito el mayor anatema: “de las Academias, de las epidemias, líbranos, Señor”.

A los que somos pobres, el nacimiento constante de nuevas palabras nos alegra porque es lo único que el hablante se puede permitir libremente, lo único que puede fabricar sin pasar por caja ni someterse a reglamento alguno. La palabra viene engendrada con exuberancia por la madre naturaleza, en los encuentros entre amigos, copas y comidas, en los cabreos en la oficina, en la imaginación creativa o en la exaltación amorosa. Es decir, en lo único que somos ricos, por don del Cielo, es en palabras, teniendo como tenemos la cadena de montaje del abecedario a nuestra disposición.

Ahora bien, la palabra posverdad me llena de inquietud. Porque entiendo que a la misma precede la preverdad, que es el tiempo en que la verdad se está construyendo y crece en estado de larva hasta llegar a la condición de “verdad”, oronda en su certeza, normalmente teológica, porque fuera de esta ciencia no hay verdades sino apariencias de verdades, un simple olor o simulacro de verdad. Ya dejó escrito Santiago Rusiñol que “quien busca la verdad merece el castigo de encontrarla”. Solo al final de esta evolución -preverdad, verdad- es cuando aparece la posverdad, un momento en el que se ha descubierto lo que de papel pintado tenía la verdad y un momento en que el personal empieza a tomársela a pitorreo. La verdad, que andaba tan chula, se ha desnudado y se ha visto que todo en ella era artificio, industria, trampantojo. Un buñuelo sin crema ni chocolate, vacío, hueco.

Si esto es así, lo que digo es que para llegar a esta conclusión no es necesario inventar palabra alguna pues podemos recurrir a las que hemos empleado toda la vida, a saber, camelo, trola, bola o filfa, palabra esta antigua y que podríamos lustrarla y ponerla de nuevo en circulación.

Lo de posverdad es, además, una cursilada. Y de lo que debe huir el Diccionario es de la cursilería, la peor enfermedad que puede contraer la gramática, la que más difícil resulta sanar por los lexicógrafos.

Con ser esta observación muy seria, hay otro peligro que no debemos pasar por alto. Y es que si hemos descubierto la posverdad ¿no nos daremos de bruces con la posmentira? ¿y no tendremos que recorrer el mismo camino que lleva de la prementira a la posmentira? ¿No es todo ello un lío evitable?

A menos que demos con la “mentiverdad”, una anfibología que -esta sí- tiene el encanto de la ambigüedad, del calambur, del adorable retruécano … La mentiverdad sería el equivalente del cuento chino que es, como sabemos, el ingrediente esencial en el relato del potaje económico y social que todos los días nos colocan y padecemos.

 

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El imprescindible

Algún día será necesario hacer un inventario de los tipos de personas fastidiosas que nos rodean porque constituyen una gran familia que se deja analizar como si de una especie animal se tratara. Tal estudio tiene la ventaja de que, para acometerlo, no es necesario contar con investigadores ni con laboratorios ni siquiera hace falta disponer de un ordenador y menos aún estar enchufado a Internet que es el nuevo cordón umbilical con el que nos uniremos a la gran placenta de la información y del saber.

Nos bastará con poner una cierta atención y desarrollar unas mínimas dotes de observación, elementos éstos, como se ve, bien baratos y al alcance de cualquier bolsillo, por menesteroso que éste sea. A este fin, además, se puede aprovechar el tiempo en cualquier lugar y situación: en el trabajo, en los lugares de ocio, en el autobús, cualquier sitio es bueno para descubrir al sujeto molesto y hacerle un hueco en nuestra particular clasificación. Todos los días, al volver a casa, caída la tarde, podremos hacer un recuento de los logros alcanzados y redactar con ellos una especie de estadillo donde quede todo ordenado y catalogado.

Yo me permito avanzar algunas de mis conclusiones. A mi juicio, está el chinche y su variante más conocida, a saber, el chinchorrero, que es el tipo menor, de pocas aspiraciones, portátil podríamos decir, que se contenta con interrumpir, en la oficina, la lectura del periódico o la confección del crucigrama. Es el que llama cuando nos limpiamos los dientes o cuando dormimos la siesta. Es un cargante, claro es, pero es un cargante que ofrece una silueta algo diluida, poco compacta, aunque es preciso vigilarlo porque puede ser simplemente un párvulo, es decir, estar en período de aprendizaje y, por tanto, madurando en su mente molestias más consistentes, de mayores ambiciones. Pero si no es así, el chinche no es más que un ser vitando, al que conviene tener a raya pero que no resulta especialmente peligroso.

Está luego la modalidad del pegajoso que es ese tipo que, en el bar, amarga el desayuno porque aparece inopinadamente, se coloca a la vera de la víctima y le cuenta la última nadería que ha vivido, sosa e irrelevante como es él mismo, pero que él enriquece con detalles haciéndola barroca e inaguantable; cuando es experimentado y tiene ya maneras bien adquiridas, suele despedirnos con la amenaza de llamarnos para tomar unas copas o convidarnos a comer en un sitio nuevo que han abierto o en la casa que se ha hecho en el campo. Puede producirnos pavor e incluso llegar a estremecernos pero yo aconsejo que no se le tema, primero porque, aunque su presencia nos parezca una eternidad, en rigor es efímera; segundo, porque no cumple sus amenazas.

El majadero es quien practica sin más la actuación inoportuna pero, cuando su personalidad alcanza más acusados perfiles, se convierte en el impertinente que es ya el que nos trae de forma invariable las malas noticias, el que jamás se entera de los sucesos afortunados y que, por ello, nunca encuentra una ocasión para dar un parabién, y, sin embargo, tiene una peregrina destreza para captar ajenas desventuras o maledicencias. Nunca nos enviará una enhorabuena pero se condolerá con nosotros de cualquier desdicha. De este personaje hay que huir resueltamente porque es de los más temibles ya que el cultivo de la simple impertinencia pronto le resulta desaborido y entonces suele atravesar la frontera de la maldad. Físicamente se le reconoce por el colmillo, que en él se presenta en espiral, como una columna salomónica, y lo blande como arma, siempre dispuesto a hincarlo allá donde pueda hacer sangre o, al menos, proporcionar un malestar.

Luego está el pesado en estado casi puro que es quien se empeña en escribir artículos en los periódicos, como es mi caso, y el de algunos otros. Somos inofensivos pues con no leernos, basta.

Y, por último, llegamos al rey de los pelmazos, al verdadero portaguión de la pelmacería andante: tan adelantado lugar lo ocupa el imprescindible, el sujeto que se cree insustituible e irreemplazable. Existe en casi todas las empresas, en casi todos los ministerios y ayuntamientos, pero, singularmente, está presente en todos los partidos políticos. Considera el imprescindible que sin él todo se marchitaría, los colores perderían su brillo y el mundo en su conjunto se volvería opaco y ceniciento, como envuelto en el sudario de la niebla; sin él, su empresa no tardaría en presentar balances escuálidos, las cifras de ventas se agarrotarían como si estuvieran aquejadas de una intemperante artrosis, los expedientes adquirirían los torpes ademanes del impedido…

Ahora bien, el imprescindible más cargante, el más insufrible, es quien está convencido de ser el entibo de la nación y de que sin él los muros de la patria se agrietarían, el progreso se interrumpiría, la modernidad nos daría la espalda como una damisela enfadada y mohína, el campo se haría agostizo, la industria emitiría hipidos de desolación y hasta el producto interior bruto se sentiría ofendido y nos haría un corte de mangas.

Todo país sano debe contar con un servicio de alarma para anunciar la presencia de estos sujetos porque constituyen un peligro pavoroso al encarnar la más vacía y oscura de las petulancias. Y, claro es, el mayor aburrimiento.

 

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