Luces

Uno de los desafíos más emocionantes que existe en las viviendas es encontrar una luz que realmente alumbre el libro o el croché que tenemos entre manos.

Y es que resulta admirable el esfuerzo que hacen los fabricantes de lámparas para conseguir unos utensilios que sólo alumbren los más remotos rincones de nuestros domicilios o la superficie del techo o cualquier otro superfluo espacio doméstico. Han puesto en ello un tesón encomiable y los resultados a la vista de quienes hayan logrado conservarla está.

Primero hubo, antes de la electricidad, las lámparas de hierro forjado o repujado, que todavía sostenían aquellos velones gordos que alumbraban lo justo para que, bajo sus inquietantes sombras, se pudieran decidir cruzadas, convocar concilios, elegir papas, cometer crímenes o consumar amores, aquellos amores prohibidos y deleitosos entre confesores y penitentes o entre caballeros y fámulos. ¡Cuántas veces en el pasado la gran decisión histórica, el natural acceso carnal o el refocilo por el zaguero orificio tuvo su escenario a la luz temblorosa de aquellas lámparas que alumbraban el techo dejando todo lo demás en una lograda penumbra de crimen y de excitación! A nadie extrañaba en aquella remota época no ver nada. Los reyes se iban de caza por el día y los validos gobernaban al dictado tenebroso de los frailes por lo que, en tales circunstancias, cuanto menos se viera, mejor.

Pero, al poco, llegó el siglo de las luces abriéndose paso con un farol que traía escondido en  la peluca empolvada y, gracias a ello, se alumbraron ideas que se instalaron, como si fueran antorchas de la gran avenida de la Historia, en los caminos y en las plazas, intentando ahuyentar con sus destellos a los murciélagos chillones y vengativos que anidaban entre los faldones de sotanas y casacas. Ahora bien, en el interior de las casas, cuando llegaba la noche, lo único que podía ser identificado con alguna seguridad eran las sombras humildes y esquivas que proyectaban el candil del aceite o esos cirios de cera blanca que manaban fragancia de altares y cuchicheos de rezos.

Por todo ello, resultó tan celebrado el invento de la electricidad porque se le vio como el triunfo definitivo de la claridad sobre las tinieblas. Pero, ay, con el avance de la ciencia llegaron los fabricantes de lámparas que quisieron seguir rindiendo su particular homenaje a la oscuridad histórica. Y crearon en nuestras casas unas nuevas penumbras.

Nacieron así aquellas aparatosas lámparas de cristal llamadas de araña, ricas en colgajos, lagrimosas, como si proporcionaran luz entre hipidos. Eran solemnes y no había salón con una cierta prestancia que no tuviera su araña colgada en el techo: alta, amenazante, con aquellos juegos de guirnaldas y sus ricos alardes de cristal de roca. A veces albergaban figuras míticas, algún cremoso angelito, acaso un atrevido animal quimérico; nunca, sus bombillas bajaban de la docena. Limpiarlas exigía el esfuerzo sostenido de un ejército de afanosos menestrales. Daban una luz estupenda, clara, como un ascua generosa y desprendida. Lástima que para poder utilizar todo aquel torrente lumínico fuera preciso instalarse en el techo porque era justamente hacia esa protectora superficie adonde se dirigían todos los magníficos destellos de la araña. Para acróbatas y trapecistas el invento resultaba estupendo por lo que tenía de permanente estímulo y de eficacísimo entrenamiento. Hoy es difícil verlas aunque siguen cumpliendo su función de iluminar las pechugas butirosas de las cantantes de ópera.

No por ello quienes fabrican lámparas han abandonado su viejo entusiasmo por seguir iluminando con complaciente delectación el techo o aquellos apartados lugares de la casa adonde nadie en rigor nos llama jamás. El fenómeno puede ser observado en cualquier establecimiento del ramo. Es muy frecuente también la lámpara con una pantalla, fabricada en los más variados materiales e ingeniosamente diseñada para interrumpir la proyección de la luz. Los únicos artilugios útiles para el fin al que teóricamente están llamados son los flexos y aun con estos, en sus modernas variantes, a veces resulta difícil lograr el objetivo de iluminar el ganchillo o el cortauñas. Menos mal que la editorial Espasa-Calpe publica, bajo el nombre de enciclopedia, unos gruesísimos volúmenes que, instalados con habilidad como peanas, logran el milagro de fabricar claridad en la exacta dirección deseada.

En los hoteles, cualquier pretensión de iluminarse adecuadamente resulta inútil empeño. Por ello, quien, en alguno de estos establecimientos, logra leer sin dañarse irreversiblemente la vista, es recompensado por la dirección con una imagen de Tobías que encumbra a su poseedor, como persona extraordinariamente dotada, de manera concluyente.

¡Luz, queremos luz para cegar nuestras soledades!

 

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El formulario

El formulario es el sueño del oficinista, diríamos su orgasmo si nos saliera el componente rijoso de la prosa.

-Ahí tiene usted el formulario. Rellénelo. Es la voz que procede del hondón burocrático y que resuena como un estallido, como el látigo reglamentario que anonada.

En las oficinas ricas en formularios, el funcionario precisa:

-Rellene el formulario A 267JN.

Porque existen esas oficinas que ofrecen ramilletes de formularios como la violetera del cuplé ofrecía ramilletes de violetas. Me imagino que en ellas los formularios trenzan idilios y hasta copulan porque tienen su corazoncito y sus horas de exaltación y de abatimiento.

El formulario, a medida que se asienta y cobra prestigio, gana su mayoría de edad y, como si dijéramos, vida propia y unas maneras sacerdotales. Es entonces cuando el formulario se convierte en sacramento que acapara todo lo que de misterioso y cabalístico tienen la Administración y sus abismos.

Hay oficinas que exponen en un panel la lista de formularios para que el ciudadano elija como en esas iglesias en cuya puerta hay un número de teléfono para que, quien de pronto padezca un apretón de sacramentos, pueda elegir entre ellos. La vieja fórmula del marxismo es preciso renovarla y decir “de cada cual según sus capacidades a cada cual según sus formularios”. El formulario como el alfa y el omega de nuestro yo burocrático.

Habría que hacer una historia del formulario -como habría que hacerla de los membretes- y situar el punto exacto de su nacimiento, acaso allá en las covachas austracistas, y su posterior apogeo hasta convertirse en ese signo sensible que es, lo que a la postre significa sacramento.

Porque, como si su historia no fuera ya suficientemente gloriosa, en esta hora, tan llena de esencias nuevas, el formulario está viviendo una transformación al haberse desposado con la modernidad. Hoy los encontramos -y los podemos “bajar”- de las herramientas y los instrumentos virtuales, lo que ya es el colmo del enardecimiento burocrático, el nacimiento de una nueva era geológica, de un flamante capítulo en la historia que propongo del formulario. Vuelvo a la iglesia que, puesta también al día, ofrece los sacramentos por internet, excepto el de la extremaunción que carece de una “app” adecuada porque en el ataúd no hay cobertura.

-Bájate (con el confianzudo y maleducado) el formulario de moodle, oímos al funcionario que ya no es tal sino un contratado laboral discontinuo con másteres de consulting, marketing y management.

En la Universidad, según me cuentan, ahora proliferan los formularios, las aplicaciones y los sistemas de gestión que respaldan la interacción grupal.

Tengo observado que, desde que el mundo es mundo, en las aulas, como en los laboratorios y seminarios, siempre ha habido el profesor creativo e ingenioso y el badulaque escalafonado tullido por sus rutinas. Y no hay Bolonia ni reforma ni campus de excelencia ni otras zarandajas que acaben con esta summa divisio de mis colegas.

Hoy, desgraciadamente, el espacio universitario en el que impera la bobería burocrática está ocupando el templo donde se rinde culto al talento y a la imaginación.

Es la plenitud del formulario.

 

 

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Respetemos al salmón

La ciencia es nuestra única salvación porque es como una especie de ventana que cada día se abriera sobre un paisaje distinto. Siempre ha sido la ciencia creativa al actuar como partera del avance, de la renovación y, al cabo, de la liberación de los hombres. Mientras el teólogo se afanaba en contestar arduas preguntas que nadie en rigor se hacía y el filósofo rumiaba sistemas para explicarse el mundo, el científico lo ha ido creando, entregando de cuando en cuando a la Humanidad el regalo magnífico de sus hallazgos. El avance de la ciencia representa lo imprevisto, lo sorprendente, el salto en la Historia, con sus riesgos, con sus incertidumbres, pero estos son justamente los ingredientes más sabrosos de la vida porque nada sería tan aburrido y tan estéril como un mundo en el que contáramos con un calendario infalible de nuestros destinos. Los grandes descubrimientos científicos son el despertador de la Historia, de una Historia que propende a sestear, víctima de sus muchos años y sus muchas dolencias.

Ahora bien, en ocasiones es preciso pedir una cierta moderación y prudencia a quienes se afanan en los laboratorios pues pueden incurrir en exageraciones indeseables. Bien están los espectaculares descubrimientos por los que tenemos constancia de la existencia de nuevas galaxias que enriquecen el Universo porque nos permiten abrigar la esperanza de poder enviar a ellas a los pelmazos más caracterizados que nos rodean. Hasta ahora habíamos de contentarnos con poder instalarlos en la Vía Láctea, una galaxia cercana, familiar, doméstica, demasiado importunada y, por ello, tan resabiada que empezaba a resultar inservible. Saber que hay otras, más lejanas, menos explotadas y a buen seguro todavía más candorosas, nos alivia. Todo lo que se haga en esta línea debe ser bien recibido.

Pero son más inquietantes las experiencias que se están realizando en los laboratorios con algunas apreciables especies como es el caso de los salmones que están siendo modificados genéticamente al insertarles un gen procedente de otro pez que actúa en ellos como una hormona del crecimiento. Esto a mí me parece una canallada porque el salmón ha logrado mantener su dignidad a lo largo de los siglos prácticamente intacta y eso le ha rodeado de gran prestigio y de respeto. ¡Qué diferencia, señores, entre el salmón y la trucha! Esta pobre perdió su autoridad el día en que aceptó llevar en sus entrañas un trozo de jamón en un maridaje postizo y afectado, que, además, jamás ha sido correspondido porque el jamón, por su parte, nunca se ha rebajado a admitir una trucha en su interior. ¡Menudo es su orgullo, legítimo orgullo, para aprobar tal cohabitación!

Me consuela saber que muchos de los salmones  tratados con el gen maldito se han fugado de sus cautiverios y se han lanzado a los mares y a los ríos a la busca de los salmones salvajes. Deben estos prestarles su ayuda y, juntos, plantar cara a los investigadores y hacerles llegar su firme decisión de no permitir su transformación por ese gen odioso y mixtificador, de permanecer tal cual se les conoce en sociedad con su tamaño tradicional, su carnecita sonrosada y su piel llena de reflejos irisados pintados por la mar y el río con los pinceles de la ternura propia de los padres devotos que siempre han sido y no deben dejar de ser.

Si hoy el salmón se aquieta y le meten el gen ¿qué futuro le espera? ¿cree que van a acabar ahí sus desdichas? Todo lo contrario, la primera manipulación genética no es más que el comienzo, una especie de pérdida irreversible de la virginidad, el rito de iniciación en un tráfico cuyas ulteriores vicisitudes nadie puede seriamente predecir.

Estas investigaciones son pues condenables por lo que tienen de gratuita alteración del buen orden de la Naturaleza. Pero hay luego aquellas que son sin más superfluas porque no resuelven problema alguno. Tal ocurre con el reciente descubrimiento en el cerebro humano de un racimo de neuronas que operan como una especie de “interruptor” del sueño, de suerte que, cuando se acciona, la persona cae vencida por un dulce y aliviador sopor. Sin necesidad de pastillas ni otras sustancias que ensucian el estómago, el hombre podrá dormir a discreción, y hacerlo además cuando quiera. De momento, los experimentos han sido hechos con ratas pero con los humanos están ya próximos. Llamo superfluo a tal descubrimiento porque esto es lo que justamente se consigue con sólo oír un discurso de campaña electoral: la víctima se serena en cuanto comienza y al punto queda irremediablemente adormecida. Y es que ningún “interruptor” puede competir con la palabra vacua y repetitiva del candidato a diputado. Si las experiencias con ratas han sido posibles, se debe a que estos roedores no organizan mítines, pero los hombres que, por nuestra superioridad, sí disponemos de ellos, ¿a qué necesitamos un complejo inductor del sueño si todos los días contamos con declaraciones y entrevistas que son la espesa trivialidad, el estribillo que percute, el sopor mismo?

Señores científicos: trabajen, inventen, pero, primero, por favor, piensen.

 

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Intelectuales de izquierdas

Circula un manifiesto de intelectuales de “izquierdas” en contra de la secesión catalana que quienes ni somos intelectuales ni de izquierdas saludamos con el mayor de los gozos aunque lamentamos lo que han tardado estos sabios / sabias en caerse del guindo. ¿O no recordamos que intercambiar besos y zalemas con los nacionalistas ha sido, durante decenios, “tener cintura”? ¿no era el tacto de codos con ellos vivir bajo el sol del progreso, fuera de la caverna?

Mas demos la bienvenida al lugar en el que tantos duros de mollera y rudos intonsos llevamos ya instalados hace tiempo.

Lo divertido es la seriedad con que estos abajo firmantes se califican “de izquierdas” exhibiendo en el trance la gravedad de quien dirige una ceremonia litúrgica. He oído a algunos de ellos en las radios, personas que merecen -y esto lo digo sin ironía alguna- el mayor respeto intelectual por sus escritos. Y la pregunta es ¿cómo es posible que tales individuos, alicatados de lecturas, sigan poniendo unos mojones tan simplones en el pensamiento político? ¿No son conscientes de que esos marbetes no son más que añagazas usadas por los dirigentes de algunos partidos para retener unas clientelas capturadas por embelecos?

Hubo un tiempo, hace poco, en el que la línea divisoria entre la derecha y la izquierda consistía en defender que el barco “Prestige” tenía que haberse colocado en esta o en aquella posición marina pues de la contestación dependía ser recibido con alborozo entre los progresistas o expulsado a las tinieblas, allá donde anida el atraso. Parecidos dislates han sido, entre otros, los debates en torno a la prolongación de la Castellana en Madrid, la prórroga del contrato del Mobile World Barcelona, el rescate de algunas concesiones, las procesiones de Semana Santa o las corridas de toros. Ocasiones todas ellas para que papanatas diplomados hayan establecido fronteras electrificadas entre esos mundos, para ellos excluyentes e incompatibles, de la derecha y la izquierda.

Puros disparates de simplificación que tienen únicamente de bueno el hecho de devolvernos a la adolescencia, ese tiempo en que nuestra vida la envuelve una nube de credulidad e ilusión.

A Miguel Mihura le dieron mucho la tabarra con este asunto porque se le tenía por un señor de derechas que, sin embargo, había escrito los “tres sombreros de copa”, una obra revolucionaria. Por eso, harto de la majadería de sus entrevistadores, solía contestar que “era de derechas por la tarde, cuando leía el ABC, y de izquierdas por la mañana, cuando acudía a su casa un obrero a arreglar algo”.

¿No se ve que es muy fatigoso ser todo el día, sin descanso, de uno o de otro bando? ¿sería mucho pedir a los intelectuales del manifiesto que nos permitan consoladores respiros para aliviar la rigidez ideológica? ¿Es que no es posible practicar la travesura y cruzar brincando las barreras que nos ponen -envueltas en sus saberes- y que son grilletes en nuestras cabezas? ¿no podemos, como quería el poeta, “bogar en incendios como en mares, segar mares como trigales”?

Estos sabios me recuerdan al vegetariano que hace de su animadversión a un muslo de pollo la prisión de su vida.

Yo me quedo, muy al contrario, con el consejo que me dio don Francisco Grande Covián un día aromado y armonioso de verano en el Palacio de la Magdalena de Santander: “coma usted de todo un poco y su vida será un brindis diario a la sensatez”.

¿No es un buen menú para el intelectual abajo firmante?

 

 

 

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Paisaje alemán

Toda campaña electoral supone un torbellino de mensajes, y a veces incluso de ideas, que tienen como objeto enriquecer la democracia. Ese es el destino de las elecciones: formar mayorías de gobierno y comprobar la salud del sistema. Alemania es un buen ejemplo de cómo, a lo largo de su historia, se han logrado entender formaciones políticas muy alejadas entre sí: cristianodemócratas con liberales, socialistas con liberales y también con cristianodemócratas y con verdes, un panorama que se puede complicar si miramos hacia los gobiernos regionales.

Ahora bien, digamos ya de entrada que esta flexibilidad, propia de un país maduro, tiene un límite, a saber, que a los partidos que constituyen una amenaza para el Estado social y democrático de Derecho se les mantiene al margen de aquellos acuerdos que son sustanciales para el mantenimiento del orden constitucional. Así, por ejemplo, tras la última jornada electoral, al centro-derecha de Angela Merkel no se le pasa por la cabeza intentar un gobierno con la ultraderecha representada por la Alternativa para Alemania pero tampoco al partido socialdemócrata se le ocurrió hace cuatro años intentar un gobierno -que hubiera sido posible- con los comunistas de Die Linke.

Es claro que los partidos del gobierno saliente han sufrido el domingo un serio varapalo por parte del electorado alemán y se verán obligados a extraer las consecuencias pertinentes.

Con todo, la canciller, que revalidará ahora su cargo, goza de una imagen de política poderosa e influyente ganada con un estilo de gobierno sosegado, austero y honesto. Angela Merkel ha logrado con tesón y sin estridencias llevar a la realidad de la vida alemana reformas que han sido sustanciales: tal, por ejemplo, la del Estado federal que ha resuelto muchos de los problemas del reparto de competencias entre la Federación y los Länder (que podríamos aprender nosotros), el abandono paulatino de la energía nuclear o la creación masiva de puestos de trabajo. Ha sido, sin embargo, víctima de su decisión más atropellada, la referente a la llegada masiva de inmigrantes, bien inspirada desde el punto de vista moral pero mal planteada en términos políticos.

Por su parte, Martin Schulz, un clásico socialdemócrata a la vez que un político flexible, enseñado en las complejas batallas europeas que exigen siempre pactos y acuerdos, se ha enfrentado en la campaña con una contrincante extremadamente escurridiza: comete pocos errores, entra poco al cuerpo a cuerpo y, sobre todo, es increíblemente voluble en sus posiciones. A oídos del lector español esto puede resultar sorprendente, acostumbrado quizás a ver en la canciller alemana el paradigma de la inflexibilidad. Nada más lejos de la realidad. Merkel ha conseguido en las dos últimas coaliciones (con los liberales y ahora los socialdemócratas) privar a sus compañeros de buena parte de sus banderas ideológicas más destacadas. Valga como ejemplo esta última legislatura que ahora fenece: a pesar de haber ella rozado la mayoría absoluta, los socialdemócratas han logrado sacar adelante los puntos centrales de su programa de las últimas elecciones. Prueba sin duda de su habilidad pero también de la capacidad de Merkel para desactivar a sus contrincantes.

Y así el gobierno alemán, a instancias de sus ministros socialdemócratas, han aprobado cuestiones como el salario mínimo interprofesional, el matrimonio homosexual, la paridad en los consejos de administración de las grandes empresas, entre otras iniciativas. Y en la campaña, el SPD, al contrario de lo que ocurre en el socialismo español, embarcado en confusos debates metafísicos sobre plurinacionalidades, no ha tenido dudas acerca de cuál debe ser el núcleo de su propuesta política: la justicia social. Es verdad que Alemania está en un momento económico boyante pero los indicadores de desigualdad han aumentado: ocasión por tanto de situar la justicia social como un gran objetivo que ha de impregnar todo el debate en esta legislatura que ahora se inicia sean quienes sean los llamados a hacerse cargo del Gobierno alemán.

Porque las combinaciones que se presentan resultan complicadas. De un lado está claro que la batuta la conservarán los democristianos (unidos a los socialcristianos de Baviera) pero han de buscar aliados toda vez que no existe experiencia en Alemania de gobiernos en minoría y la canciller, a poco de conocerse los resultados, la ha descartado porque siempre sería un gobierno débil, incapaz de afrontar los graves problemas que se avizoran.

Los socialdemócratas de Schulz ya han anunciado que pasan a la oposición con lo que, de un lado, aceptan con decencia su derrota y, de otro, evitan que el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania se convierta en el portavoz de la oposición federal.

Descartada pues la reedición de una nueva gran coalición, la alternativa única para lograr el respaldo de la mayoría absoluta de los diputados en el Bundestag pasa por una coalición muy difícil de trenzar: estamos hablando de la unión de las huestes de la canciller con liberales y verdes. Las razones de tales dificultades radican en el hecho obvio de que se trata de tres organizaciones políticas de perfiles muy distintos que han de repartirse, con todo tipo de recelos, las carteras. Especial significado tiene la de Asuntos exteriores, un ministerio que ha sido clave en la historia del partido liberal alemán. Porque no se puede concebir la política exterior alemana desde hace varios decenios sin tener en cuenta la aportación liberal (el caso de Hans Dietrich Genscher es bien expresivo). Pero, al mismo tiempo, preciso es añadir que, cuando los verdes han actuado como socios junior (de Gerhard Schröder), también ocuparon brillantemente esa cartera con Joschka Fischer a la cabeza.

Tras lo dicho empiezan los problemas que se agigantan si pensamos que estos partidos comparten una visión que podríamos llamar liberal de la sociedad (en costumbres, modos de vida, etc) pero discrepan seriamente en cuestiones básicas en este momento político. Pensemos por ejemplo en la exigencia del presidente Trump de aumentar los gastos de defensa por parte de los Estados europeos. Angela Merkel ha respaldado esta petición pero es materia difícilmente asumible por los verdes de larga tradición pacifista. Además, los verdes probablemente someterán la decisión sobre una posible entrada en el Gobierno a los militantes, sin que se tenga muy claro cuál puede ser el resultado de esa consulta aunque su actual líder, Katrin Göring-Eckardt, se comprometerá con el voto positivo.

De otro lado, el resultado electoral tiene una lectura europea. Hay ya, por parte del presidente francés y de la canciller alemana, principios de acuerdo sobre el “gobierno” de la UE que podrían acabar incluso en una reforma de los Tratados. El eje franco-alemán está tomando vitaminas y el discurso de Jean Claude Juncker en el Parlamento europeo, al iniciarse el curso político europeo, oponiéndose a algunas ideas manejadas por Merkel y Macron, anuncian una época de debate fecundo, previo a las elecciones europeas de 2019 que han de celebrarse ya sin el Reino Unido. En este apartado también nos encontramos con posiciones muy nítidas de los liberales, contrarias al refuerzo del gobierno económico europeo (creación por ejemplo de un ministro europeo de finanzas) de la misma manera que son contrarios a cualquier intento de mutualización de la deuda.

El lector español advertirá que el simple hecho de estar barajando una coalición de gobierno entre tres fuerzas parlamentarias tan dispares da una idea de la solidez del sistema alemán y también de que los líderes alemanes saben que conformar una realidad tan compleja es una obra de arte, del arte precisamente de la política. Aprender algo por nuestra parte ¿será un sueño o, como se decía antiguamente, pensar en lo excusado?

IGOR SOSA MAYOR y FRANCISCO SOSA WAGNER

Publicado en el periódico El Mundo el día 26 de septiembre de 2017.

 

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Viejas recetas

A Miguel Cordero del Campillo, que me presentó a Ibn Wafid.

 

Allá en el siglo XI, en Toledo, había un sabio médico que se llamaba Ibn Wafid. Este hombre por todos era reconocido como una eminencia y a su consulta llegaban gentes procedentes de los más alejados lugares del reino, a la sazón extenso y guerrero. Los toledanos sabían de forma precisa donde vivía Ibn Wafid y a su casa se dirigían sin vacilaciones en cuanto eran víctimas de uno de los males acerca de los cuales aquel hombre era especialista. Los de fuera, al llegar, preguntaban con cierta vergüenza dónde atendía el célebre galeno. Para evitar el sonrojo que esto producía, el monarca mandó poner unos discretos cartelitos que indicaban el lugar exacto en que el científico se desempeñaba.

Toledo fue en buena parte de ese siglo centro de una gran vida cultural y especulativa, regazo de sabios, escritores y arquitectos, y es bien sabido que son estas épocas de prosperidad aquellas en las que los humanos más tiempo dedican al cuidado de aquellos asuntos acerca de los que Ibn Wafid era consumado conocedor. Cuando no hay más que hambre, los hombres propenden a no ocuparse sino de la propia pitanza y, a lo más, de la necesaria para los allegados más desvalidos. Pero este no era el caso del Toledo del siglo onceno en el que convivían, junto a los guerreros que atacaban Córdoba, delicados poetas y fecundos artistas.

Allá, a la consulta de Wafid, se llegaba un lánguido que había pasado las últimas semanas buscando el ritmo a sus versos pero que, durante ese tiempo, no se le había puesto derecho el instrumento ni una sola vez pese a que su esposa le había requerido con insistencia para que abandonara la rima y le trabajara la entrepierna. Pero al poeta, el esfuerzo creador le dejaba extenuado y su mujer, harta de ardores y picores, acababa entregándose al primer batihoja que se encontraba en la aljama. Ahí, a evitar el naufragio matrimonial que esta cornamenta representaba, era donde entraba la ciencia de Wafid. Porque, si el poeta pedía hora y era atendido en su consulta, salía de ella con una receta a base de behen blanco, maná de Jurasán, sésamo descortezado, simiente de abrojos y zanahorias que, adecuadamente triturado, tamizado y amasado con alfeñique disuelto en agua hervida producía un jarabe, ensalzado sea Alá, que llevaba directamente a una erección consistente y altiva. Pertrechado el varón de esta suerte, cualquier hembra quedaba satisfecha aunque hubiera conocido previamente verga de hambriento guerrero. )Se comprende ahora el prestigio de Ibn Wafid?

Para casos de especial y persistente abatimiento de la natura, Ibn Wafid usaba satirión triturado en agua dulce, lo filtraba en una tela bien espesa, le agregaba azúcar cande y canela, lo ponía todo al fuego y, una vez ultimado el cocimiento y enfriado, lo aplicaba en la zona postrada, logrando efectos espectaculares. Un historiador, estudioso de la batalla de Guadalete, de quien su esposa ni siquiera recordaba ya la última vez que había logrado aplacarla, se curó con tal remedio y, en agradecimiento, pedía a Alá por el médico en las oraciones de la tarde. Ibn Wafid recomendaba, además, la manteca de cerdo y la de todos los animales salvajes para después del coito por el carácter refrescante del ungüento.

Había muchas más recetas y si hoy podemos beneficiarnos de ellas es porque el minucioso Wafid las recogió en un libro (“El libro de la almohada”) que pasó desapercibido porque en aquella época no había nacido aún el editor Lara, que lo hubiera convertido, con la ayuda de un anuncio de Cela, en un best-seller rotundo y millonario.

En este final de siglo muchos habitantes del planeta viven descuidados de sus necesidades materiales más imprescindibles porque han contratado una póliza de seguro o porque financian un Estado que lo mismo pone una inyección que atiende un parto o extirpa un apéndice. Conclusión: aumento espectacular del tiempo libre lo que lleva derechamente a la preocupación por el lúbrico ejercicio y a edificar sobre él toda suerte de fantasias. De ahí a la disminución de la frecuencia, al encogimiento y aun a la paralización no hay más que un paso. Y es por ello que aparecen las consultas para combatir la frigidez y los quirófanos donde se implantan prótesis, alargan de aquí, recortan de allá… Es decir, que los medios naturales, baratos, indoloros y eficaces, empleados por Ibn Wafid han sido sustituidos en la actualidad por millonarias operaciones y costosísimas piezas sucedáneas.

Urge dar la espalda a tal negocio y volver a la zanahoria descortezada, al aceite de sésamo, al azafrán y a la canela. La única prótesis admisible debe ser la tradicional y entrañable dentadura.

¡Editores, reeditad a Ibn Wafid! Este es hoy el único grito destructor, el resumen de la gran proclama revolucionaria.

 

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La angosta España

En el principio fue el membrete dejó escrito por algún sitio Eugenio d´Ors. Han pasado los años y el vigor de su observación conoce nuevo impulso porque él se refería a ese membrete sencillo que se limitaba a decir: “fulanito de tal, subdirector general de competencias delegadas impropias”. Hoy este membrete sirve a personajillos de las Administraciones a quienes gusta asustar a algún cuitadiño o impresionar a un vecino. Bagatelas.

El membrete que hoy se lleva tiene mayor empaque. Es el que se pone un territorio proclamándose “nación” y llevando tan pomposo título a escritos, banderas, carteles y esos actos gloriosos en los que se nos humedecen los ojos y nos tiemblan las carnes. Atrás queda la época valetudinaria en la que no se pasaba de provincia, creada en el remoto siglo XIX, o de Comunidad autónoma que parecía prometedora en el último tercio del XX pero que, al cabo, se ha quedado en nada, en un quiero y no puedo cuando nos encontramos -como es el caso- en la puja por la gran solemnidad política y administrativa. Hoy esas denominaciones, esos membretes -vuelvo a d´Ors- son cabal expresión de la frustración y del desengaño, describen una situación deslucida, la propia de quien se ha quedado -como se suele decir- a la luna de Valencia.

Estamos en plena cabalgada histórica y, cuando se disfruta de esta emoción, no hay límites a la imaginación, lo que hay son corceles que nos llevan a descubrir los tesoros de los recuerdos opulentos, de esos recuerdos que son como cancioneros bien rimados y escritos con la pluma exaltante de la fantasía. ¿Provincia, Comunidad autónoma? Bah, paparruchas: soy nación porque el mundo me hizo así ¿qué le voy a hacer? y ya no admito más trato que el de capítulo propio en los tomos de la historia de don Ramón Menéndez Pidal. Adiós a la condición de nota a pie de página. Pude ser trovador errante, ahora oídme contar y cantar en qué heroicos alcázares se ha bruñido mi pasado. Se acabaron las bromas.

Y así, por esta vía, vamos a ir construyendo el Estado español, que no España, una pesadilla alimentada por fascistas y fascistos, cubriendo el territorio de naciones, formando un tapiz de esplendores, de bravos y de bravas y no habrá nadie en Europa que nos pueda igualar. Porque ¿qué país europeo puede decir que está preñado de naciones como lo está España? ¿Alemania, Francia, Italia, Portugal? Convengamos en que carecen de nuestra fertilidad, son Estados sin alma, apocados, mortecinos, sin un pasado recordable que llevarse a la boca, son mendigos que piden por el amor de Dios una limosna de Historia. No hay comparación posible con nuestra diversidad, con nuestras identidades que, digásmolo sin altanería pero en alto, resultan irrepetibles, tintineantes de cascadas inesperadas, cometas que arrastran con naturalidad una estela de luz siempre renovada.

¿Carecen algunos territorios del Estado español de episodios históricos que les alcen al rango de naciones (pongamos Asturias, León, Castilla, Sevilla …)? Pues que tengan la humildad de pedir prestados a quien sí dispone de ellos y aun les sobran un rey, una batalla memorable, un fusilado, algo con que edificar su futuro de nación. Tiempo habrá para devolver con intereses este préstamo patriótico.

Oímos a burócratas con membrete ministerial discursear sobre asuntos enojosos como la financiación de las Comunidades autónomas o el reparto del agua para regar tomates en Murcia sin darse cuenta de que se trata de patrañas, de restos mortecinos del pasado, de agua que no mueve molino.

Lo que se impone son los trasvases de honores para que cada quien disponga de su nación aunque debamos admitir que ha sido un descuido imperdonable que ciudades como Toledo, Alicante, Cáceres, Córdoba etc no hayan sabido agenciarse unas glorias históricas en su momento.

Pero si algo hay que desterrar en el futuro es el egoísmo entre territorios y territorias que están llamados a formar parte de ese firmamento de naciones que acabará de una vez y por todas con la angosta España.

 

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Gobernantes insustituibles

Por algún sitio de su obra sobre el Príncipe o sobre la primera década de Tito Livio anota Maquiavelo que un pueblo que vive largo tiempo bajo un príncipe se acostumbra a servir, a buscar favores y acaba olvidando cómo se delibera acerca de los asuntos públicos.

Notable observación la del florentino que nos indica en prosa elegante y buida el problema planteado por el gobernante al que podemos llamar, en lenguaje menos sutil, “pelmazo”, es decir, el tipo fastidioso que muestra un empeño macizo de perseverancia y una afición incurable a dar la tabarra sin el menor miramiento hacia el paso del tiempo, esa hucha, ay, que guarda nuestros destrozos y encima los exhibe como trofeos.

A veces no se trata de un sujeto aislado sino que es achaque afectante a una familia que, sin ostentar blasones ni haber ganado batallas a moros ni arrebatado castillos a otros infieles, se convierten en maestros en el arte de pulir y pulir las armas del poder, apropiándose de ellos y aplicándoles las reglas de la usucapión.

Ahí está el caso supremo de la familia Kim en Corea del Norte, entrañables sujetos que, con tal de proporcionar cada día una alegría distinta a sus súbditos, son capaces de sacrificarse por ellos años y años: bien construyendo un costoso misil y enviándolo a un vecino para que se entere de lo que vale un peine; bien fusilando a un íntimo colaborador por haber traicionado alguna máxima política, lo cual es siempre una desagradable circunstancia para cualquier persona de natural tierno (y estas son frecuentes entre los Kim). Al fin y al cabo, si el fusilado estrena una vida nueva, una vida de fantasma perdurable, ajeno ya a las zozobras mundanas pero abierto a cabriolas y sustos ¿de qué se queja?

O los Castro que llevan decenios velando por la felicidad de los cubanos a muchos de los cuales los envían a la sombra y estos, lejos de agradecerlo en una isla en la que el sol y el calor son implacables, se revuelven contra ellos y les acusan de dictadores y no sé de qué otras maldades, todo en medio de exabruptos tan injustos como descomunales. No entienden estas gentes el valor simbólico de las sombras que son, en rigor, caminos por los que se puede pasear en sigilo hacia la conquista de los sueños más virtuosos.

En América Latina abunda el gobernante pelmazo: ahí estuvieron los Perón y están los Kirchner, ahora Lula que, por más que se acumulen sobre él condenas y más condenas, sigue en la brecha, embriagado por la locura de nuevos desafíos y  renovados martirios, todos en beneficio de sus compatriotas.

Trump va de estreno y allí una sabia disposición le prohíbe trabajar por el bien común más allá de los ocho años pero, si este hombre se halla donde se halla, se debe en buena medida a que una señora, que había sido primera dama y después ministra de Asuntos exteriores, se empeñó en seguir cuidando de sus compatriotas a pesar de que sus mejores amigos le advirtieron de que estaba rodeada de desagradecidos dispuestos a votar a cualquiera con tal de no volver a verla nunca más en el escenario reluciente del mando. Y así fue: el regalo está a la vista.

En Europa ¡ay en Europa! también aquí, en este continente tan viejo como artrítico, tan joven como promisorio, abundan -me ocuparé de ellos- quienes se empecinan, aunque con modales civilizados, en mirar fijamente el fulgor oculto del poder, en alimentar sin descanso la llama votiva de su autoridad, es decir, esos pelmazos que cantan, como remeros infatigables, la canción del predestinado, la balada cansina del insustituible.

 

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La obligación de apagar un incendio constitucional

Un verano, que va a dejar hondas cicatrices en nuestros bosques por causa de los incendios forestales, termina con un incendio constitucional de dilatadas dimensiones cuyo foco principal se sitúa en las instituciones políticas de Cataluña. Pues bien, de análoga forma a cómo, ante esos fuegos inclementes con la naturaleza, se despliegan todos los efectivos y todos aquellos elementos que pueden ser útiles para extinguirlos, de la misma forma es obligado aprestar en estos momentos todos aquellos instrumentos jurídicos que permitan sofocar el levantamiento y reconquistar la mesura obligada por la virtud política. Porque, parece mentira tener que recordarlo, vivimos en un sistema democrático que, como tal, está colmado de procedimientos, de trámites y de otras sutilezas jurídicas que los dirigentes del Gobierno catalán están pisoteando con descaro siendo muestra bien expresiva de su desafuero la sesión del Parlamento catalán celebrada ayer.

Imaginemos lo que estaría ocurriendo si en España hubiera una región gobernada por nostálgicos del franquismo y se les ocurriera plantear, dejándose llevar por su loca fantasía, la “desconexión” del sistema constitucional español.

Y es que, a veces, como dejó anotado Tocqueville, “el demagogo, el loco y el caballero se entremezclan de tal modo que no sabría decirse dónde acaba el uno y dónde empieza el otro”.

El gobierno español, respaldado por el Partido Socialista y Ciudadanos, está ejerciendo de celoso bombero al activar algunos mecanismos del Estado de Derecho. Oportuno es el planteamiento por parte del Presidente del Gobierno de un incidente de ejecución de sentencia ante el Tribunal Constitucional para que no queden burladas sus resoluciones, muy en especial la sentencia 2 de diciembre de 2015 y el auto de 14 de febrero de 2017, entre otras. Este Tribunal dispone ahora de herramientas adecuadas para que el cumplimiento de sus pronunciamientos sea efectivo y así podrá declarar la nulidad de las actuaciones -en verdad muy toscas- de la Mesa; podrá imponer multas coercitivas entre tres mil y treinta mil euros a los infractores identificados; podrá asimismo suspender de funciones a quienes con sus firmas hayan avalado las actuaciones inconstitucionales. Por cierto, buen momento este es para recordar la precipitación con que se juzgó, por parte de algunos partidos políticos y también de algunos especialistas, la reforma que se realizó mediante la ley Orgánica 15/2015 de 16 de octubre, donde se alojan estas facultades.

Pero los bomberos también están responsablemente actuando con sus mangueras desde el Ministerio Fiscal que ya ha anunciado la presentación de querellas por desobediencia y prevaricación contra aquellos miembros de la Mesa del Parlament que hubieren votado la admisión a trámite de una frívola iniciativa parlamentaria que puede acabar lisa y llanamente fracturando el Estado español.

Por su parte el presidente del Tribunal Supremo nos tranquilizó, en la apertura del curso judicial el pasado día cinco, al recordar la obligación de los jueces de hacer cumplir la ley. De manera que, en estos momentos, están de consuno todos los jueces, incluidos los constitucionales, y los fiscales lo que proporciona un cierto sosiego a quienes queremos que los enemigos de la Constitución no puedan culminar sus desmanes.

Muy cerca de las llamas están unos arrojados funcionarios, los letrados del Parlament, que con un lenguaje directo y técnicamente irreprochable, se han atrevido a decir a sus superiores que su comportamiento contraviene las decisiones de los jueces constitucionales.

En el colmo de la desfachatez se ha impedido a los grupos de la oposición -bomberos a quienes se les ha cortado el grifo del agua- que soliciten un dictamen al Consejo de Garantías estatutarias, con lo que la presidenta del Parlament, perdida ya toda dignidad, ha dinamitado el propio Estatuto de Autonomía y el Reglamento de esa cámara que prometió cumplir y hacer cumplir.

A la extinción de los incendios coadyuvan también los ciudadanos generosos y este es el caso de Societat civil catalana y la Asociación de abogados catalanes que han tenido la valentía de presentar sendas denuncias ante el Tribunal de Cuentas para que sus servicios investigaran los gastos originados con ocasión de la consulta independentista celebrada en el mes de noviembre de 2014. Pues bien dicho Tribunal ya ha citado a quienes la alentaron para que hagan efectivo el pago conjunto de una fianza por más de cinco millones de euros. Además, añadimos nosotros, el artículo 67 de la ley de funcionamiento del Tribunal de Cuentas permite asegurar las responsabilidades contables que se puedan determinar mediante el embargo preventivo de los bienes (inmuebles, cuentas corrientes y demás) de quienes en su día fueron condenados por los jueces por desobedecer al Tribunal Constitucional.

Si hemos utilizado el símil del incendio es porque, de no paralizarse tanta actuación groseramente ilegal, en ese territorio quedará arrasada la seguridad jurídica y quedará al desnudo un desierto entre cuyas arenas se abrirá la negra sima de la arbitrariedad. Y porque también, como disponen las leyes de lucha contra incendios, existe una obligación general para que toda persona privada preste su concurso en estas catástrofes, de acuerdo con sus posibilidades.

La campana convocando a esa ciudadanía -cuyo eco han de ser los medios de comunicación- ha sonado vigorosa en la bóveda convulsa de la sociedad catalana. Por ello quienes no compartan los dislates secesionistas de los gobernantes catalanes, han de sentirse interpelados contribuyendo a evitar, cada cual con sus instrumentos, que Cataluña se convierta en un espacio sustraído al derecho público de un país europeo moderno.

 

(Publicado en el periódico Expansión el día 7 de septiembre de 2017).

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Fantasmas

El príncipe de un remoto país en el continente asiático ha sancionado una ley, según cuentan las noticias de prensa, en virtud de la cual se prohibe en el territorio de su jurisdicción la aparición de fantasmas. De forma tajante y sin excepciones.

El portavoz de su Gobierno ha sido, además, bien claro: que nadie comparezca ante ninguna oficina pública denunciando las molestias de un fantasma porque, a partir de la promulgación de la ley, los fantasmas se abstendrán de molestar a los vecinos.

Es posible que a este extremo haya llevado la proliferación de fantasmas en aquel país y que haya resultado, al cabo, necesario adoptar tan drástica medida para poner coto a los posibles excesos en que aquéllos hayan podido incurrir. Porque el hecho de que fuera posible presentar denuncias ante una ventanilla de la Administración para que se iniciaran las investigaciones tendentes a detener a tal o cual fantasma, es una muestra de que las jugarretas fantasmales habían llegado a un punto intolerable, visto el asunto desde la perspectiva de una ordenada convivencia que es la que las autoridades deben garantizar. Los fantasmas y sus apariciones habían pasado a ser allí, sin duda por su frecuencia y probablemente también por el desorden con que se producían, una especie de actividad molesta y es lógico entonces que se reaccione frente a ella y se la discipline desde el poderoso instrumento que es la ley. Porque si el fantasma, además de la turbación que está implícita en sus comparecencias, al arrastrar sus cadenas produce excesivos ruidos, éstos deben ser perseguidos por la Administración como de hecho ocurre desde que un sabio descubrió el decibelio.

Aprovecho para explicar, pues esto lo ignora mucha gente que se tiene por instruida, que el descubrimiento del decibelio, capital para la ciencia moderna, es en parte español, porque si bien el científico que lo alumbró no lo era, sí se produjo en un medio hispano ya que su percepción y su formalización científica se alcanzó en el preciso instante en el que aquél sabio se disponía a tomar café en un bar español donde convivían la radio, la televisión, las voces de los camareros, el estrépito de tazas y platos y las máquinas de calentar la leche y moler el café amén de los gritos que se veían obligados a emitir los parroquianos para poder comunicarse con ciertas garantías de éxito. Sépase que es justo, en ese preciso instante, cuando nace, para la comunidad científica, el decibelio, de análoga forma a cómo la penicilina nació en el momento en el que Fleming detectó los famosos hongos de sus cultivos. (Para que luego se afirme que los españoles no contribuimos al avance de la ciencia!

Pues bien, es lógico que si los fantasmas producen, en su inevitable arrastre de cadenas, más decibelios de los permitidos o sus sustos tienen lugar de una forma anárquica, inesperada, o poco respetuosa para los asustados, entonces la ley debe reaccionar y,  bien moderar esos excesos, reconduciendo la actividad fantasmal a sus límites tradicionales,  bien más sencillamente prohibirlos de manera inapelable.

A la vista de esta experiencia de un país foráneo, la reflexión (como ahora dicen los políticos) se impone: ¿debe trasladarse a nuestra España una legislación tan contundente? ¿deben pues las Cortes aprobar una ley de análogo contenido al indicado y ordenar la persecución impiedosa de aquél que la transgreda?

Mi opinión es, a este respecto, negativa. Los fantasmas han cumplido y cumplen una función en castillos y palacios que debe ser respetada. Porque ¿qué sería de tantos edificios de nuestro glorioso pasado sin su fantasma o su colonia de fantasmas? El fantasma amable, el fantasma que arrastra moderadamente sus cadenas y asusta educadamente (o juguetonamente, como lo hacía el de Canterville) debe ser acogido como un miembro más de las familias de cierto tono. Yo lamento que las viejas buhardillas, que eran los habitáculos tradicionales de los fantasmas, hayan sido convertidas en las casas modernas en elegantes bajocubiertas produciendo con ello el desalojo de los fantasmas que allí tradicionalmente habían vivido. Hoy toda nueva urbanización y, si se me apura, toda comunidad de vecinos debería tener su fantasma contratado como tiene un guarda de seguridad o un jardinero. Respeto, pues, a la figura del fantasma e, incluso, especial protección para los mismos, como la que se dispensa al urogallo o al quebrantahuesos.

Porque esos fantasmas son inofensivos. Sin embargo, los fantasmas que nos torturan de verdad, el fantasma de la hipoteca del piso, el fantasma de la letra que vence un mes tras otro, el fantasma de los libros y de las matrículas de los hijos, el del piso mal acabado, el de la chapuza que todo lo invade y contamina, a estos verdaderos fantasmas sí habría que combatirlos, prohibirlos, exterminarlos, declararlos molestos, insalubres, perturbadores… Pero ¿quién puede expulsarlos si ni siquiera los reconocemos porque no usan la simpática sábana sino que aparecen envueltos en odiosas escrituras notariales, inquietantes pólizas y amenazadores sellos?

 

 

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