Contra el noventayochismo europeo

Desde hace unos pocos años se ha ido instalando entre parte de la ciudadanía la idea de la Unión Europea como una frustración política: en artículos de opinión, en tertulias televisivas, en conversaciones cotidianas se oyen voces que presagian un cataclismo inminente. El asunto no es baladí, pues ha ido creando un estado psicológico de derrotismo moral y claudicación cívica un tanto irresponsable. Salvando las distancias que imponen los tiempos históricos, la situación recuerda a la que vivió España a finales del siglo XIX.

Entonces la pérdida de las últimas colonias sacudió al país en sus entrañas. Parte de las elites intelectuales españolas se aprestaron a buscar las causas de lo que se diagnosticó como un fracaso histórico. En las plumas de la llamada generación del 98 se fue pergeñando un lenguaje, unas metáforas y unas imágenes que describían un país atrasado, históricamente incapaz,  paladinamente perdedor. Una maldición de la que existía pues difícil escapatoria.

Expresando sus ideas en columnas periodísticas redondas, en ensayos de prosa acerada y en expresiones refulgentes, los intelectuales noventayochistas lograron insuflar entre las clases educadas del país un sentimiento de abatimiento, una conciencia de fiasco y una sensación de infortunio del que costaría muchas décadas salir. Sin duda alguna muchos de los problemas diagnosticados eran innegables. Pero también lo eran los logros que la sociedad española del momento estaba experimentando y que pasaban desapercibidos en aquellos desesperanzados análisis sobre el metafísico ‘ser español’. La  industrialización hacía sus pinitos, se producían mejoras sustanciales en las comunicaciones, la economía crecía lentamente .…

Hoy en día los agoreros del proceso europeo carecen, ay, de la pluma de la que hacían gala los escritores hispanos de hace un siglo. Pero, por lo demás, las similitudes son muchas: tanto en el gesto adusto como en la voluntad de no percibir lo positivo. No obstante, tales actitudes no resultan ni convincentes desde el punto de vista análitico, pues hurtan a la consideración sosegada muchos otros elementos menos tenebrosos de la realidad; ni tampoco reconfortantes desde el punto de vista cívico, toda vez que impelen a la población a una indolencia y pasividad política poco acordes con la necesidad de superar los desafíos a los que en verdad nos enfrentamos.

Es hora de preguntarnos: ¿nos hallamos realmente ante una Unión Europea con trazas ya de escombrera política y abatida de malandanzas?

Recordemos en este sentido lo que algunos de esos agoreros nos vaticinaban con mohín jeremíaco hace escasamente unos meses. Se nos advertía de que la extrema derecha austríaca alcanzaría la máxima magistratura del país; que acto seguido los holandeses votarían masivamente por Geert Wilders; que todo ello no sería nada comparado con la victoria de Marine Le Pen en las elecciones francesas. Finalmente, los más lanzados oteaban el horizonte encapotado de las elecciones alemanas de otoño, donde el partido “Alternativa para Alemania” convertiría el país central de la Unión en un polvorín antieuropeísta. El crescendo dramático era ciertamente digno de una buena novela policíaca.

Y sin embargo: los meses, con su habitual parsimonia, van pasando y los vaticinios, con su usual caducidad, se van desvaneciendo. En Austria, Alexander van der Bellen, aguerrido europeísta, alcanzó la presidencia mientras el partido de su contrincante va perdiendo apoyos para las elecciones de otoño. En Holanda, Wilders quedó lejos del primer partido y más aún de formar gobierno. El Elíseo es el nuevo domicilio de Emmanuel Macron, quien logró allegar dos tercios de los votos de los franceses enarbolando a pecho descubierto la bandera de la Europa unida. Y en Alemania el partido antieuropeísta merodea en las encuestas por debajo del diez por ciento e incluso peligra su entrada en el parlamento.

Y no nos olvidemos de la Europa del Este. En buena parte de los países orientales la idea de la Unión Europea está sirviendo de galvanizador en las últimas protestas contra gobiernos ora corruptos, ora con veleidades autoritarias, a veces con las dos características a la vez. En Rumania, en Bulgaria o en Polonia miles de ciudadanos están llenando las calles para manifestar su rechazo a oscuros -¿o demasiado claros?- casos de corrupción, a nefandas componendas nepotistas o a ucases disfrazados de leyes que conculcan principios elementales de la separación de poderes. Pues bien, en esas protestas los ciudadanos rumanos, búlgaros o polacos enarbolan como símbolo de sus esperanzas una bandera ataviada con estrellas doradas sobre un fondo azul.

Pertenece al legado de la historia de la Unión europea el haber salvado muchas de sus crisis -Europa, no lo olvidemos, es una crisis crónica- por su fortaleza frente a los infortunios. Hoy, la salida refrendada por el pueblo de Gran Bretaña de la Unión
Europea es uno de esos infortunios que están sin embargo ayudando a cerrar grietas entre los Estados miembros y a perfilar las posiciones -en los terrenos político y económico- de las instituciones europeas.

Así, por ejemplo, ya los isleños desleales admiten la importancia que para Europa tienen las libertades básicas consignadas en sus Tratados y de las que ellos no podrán hacer mangas y capirotes como también que, en las jornadas venideras, se abordarán primero las condiciones para salir del club, entre las que figura el pequeño detalle de la fijación del finiquito en función de unos componentes y unos compromisos adquiridos estudiados por los expertos y puestos sobre la mesa de la negociación.

Además la salida de Gran Bretaña ha de verse como un logro positivo para avanzar en proyectos relevantes que han sido sistemáticamente entorpercidos por aquél país. Y si de paso corregimos algunos de los regalitos envenenados que nos dejaron en políticas concretas pues miel sobre hojuelas.

En el seno de las instituciones europeas, en concreto, en el Parlamento, se ha aprobado por los diputados un importante Informe (16 de febrero de 2017) donde se matizan los ajustes que son necesarios introducir en “la configuración institucional de la Unión”: concentración del poder ejecutivo en la Comisión, ministro de Hacienda, Tesoro Europeo, nueva orientación al Mecanismo Europeo de Estabilidad, avance en la unión bancaria y del mercado de capitales, de la energía, reformas en la zona euro, lucha contra el fraude fiscal … Son las páginas de este Informe imprescindible un prontuario exhaustivo de los problemas y además una valiente y precisa descripción de las fórmulas concretas para solucionarlos.

En fin, otro elemento que va a ayudar a la cohesión europea es la práctica de la bravuconada irresponsable por parte del presidente de los Estados Unidos. Por ello, la señora Merkel nos ha advertido que es mejor aprender de una vez por todas que ya no podemos fiarnos de nuestros aliados.

Nadie duda de que los problemas son espesos y enredados, que a veces avanzamos y a veces retrocedemos y siempre nos desesperamos. Pero la paz que se vive entre los pueblos que componen la Unión Europea no debe hacernos olvidar que tenemos una guerra a la que acudir: la que debemos declarar al lloriqueo y a las descalificaciones, a menudo hijas de la ignorancia, y casi siempre de trazo grueso. Al campo de batalla habremos de ir pertrechados con una energía extraída del anhelo y de la insatisfacción.

FRANCISCO SOSA WAGNER e IGOR SOSA MAYOR

Francisco Sosa Wagner es catedrático e Igor Sosa Mayor es doctor por el Instituto Europeo de Florencia y por la Universidad de Erlangen (Alemania), actualmente investigador en la Universidad de Valladolid.

 

Publicado en el periódico El Mundo el día 7 de junio de 2017.

 

 

 

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España: pura zalagarda

De la misma manera que hay libros que resumen el ser de un pueblo o las pasiones humanas, pongamos el Quijote o el teatro de Shakespeare, hay palabras afortunadas que resumen a la perfección un país, un estado de opinión, la circunstancia histórica por la que se atraviesa …

En español esta palabra es zalagarda, que se usa poco pero que es un tesoro a la hora de describir la vida española, la política, la de los negocios, la universitaria etcétera tal como se desarrolla entre nosotros.

Porque zalagarda es “emboscada dispuesta para coger descuidado al enemigo y dar sobre él sin que recele”. ¿Qué es sino zalagarda lo que se practica a diario en una campaña electoral, en el Congreso de los Diputados o en el Consejo de Administración de la gran empresa? ¿Razones, argumentos sólidos sacados de libros estudiados con atención? No, emboscadas: aquí te pillo, aquí te mato. Bellaquerías es también buena palabra y la usaban mucho nuestros clásicos.

Otra acepción de zalagarda es “astucia maliciosa con que alguien procura engañar a otra persona afectando obsequio o cortesía”. ¿Qué es la oferta de un pacto sobre tal ley o acuerdo que un partido hace a otro o el intercambio de trapacerías entre vendedores sino esa artimaña descrita? En el pináculo de las finanzas, allá donde habitan las grandes cifras y tiritan de frío las ideologías, es peor porque en él refulgen las armas aventajadas y malignas.

De forma coloquial se usa también la palabra zalagarda para designar la “pendencia, regularmente fingida, de palos y cuchilladas, en que hay mucha bulla, voces y estruendo”. Tal parece que el redactor del Diccionario estuviera pensando cabalmente en una sesión parlamentaria donde el estrépito es sonoro y la confusión agitada, donde el estruendo destinado a salir un minuto en el telediario diluye las reglas de la compostura y la buena crianza. Porque es lo cierto que, cuando se rasca un poco, se advierte que todo es puro fingimiento, afectación vacua, industria, tienda, poca naturalidad, un carcaj de mentiras, es decir, zalagarda.

También el “alboroto repentino de gente ruin para espantar a quienes están descuidados”, otra acepción de zalagarda, se puede aplicar a quien pretende abusar de la buena fe de las gentes para colocarles su mercancía averiada.

La zalagarda es además escaramuza. Y ¿qué hay sino escaramuzas en buena parte de nuestras relaciones, en los debates televisivos, en las tertulias de opinantes que improvisan opiniones? Pues ¿y en las juntas o consejos de las Universidades con su alharaca de ropones apolillados y rectores tan magníficos como maléficos? La escaramuza no es una batalla dialéctica sino simplemente “riña, disputa o contienda de poca importancia”, de poco fuste, para pasar el rato, para salpicar maldades -como los curas salpicaban en el pasado latines- hasta que se encuentre otro motivo apto para practicar la nueva zalagarda.

Y la zalagarda es, ay, “lazo para que caigan en él los animales”. Como no se precisa, estos pueden ser también los racionales, todos nosotros, por lo que como un guante se puede usar la palabra a tanto embeleco como nos rodea y que creemos con bobalicona ingenuidad pues -no lo olvidemos- de lo que se trata es de convertirnos a todos en manada o rebaño.

En fin, la zalagarda es “alegría bulliciosa”, es decir, alegría un poco carente de fundamento, la alegría superficial y fingida de la feria del pueblo.

España, nos enseñó don Ramón, es puro esperpento. Y zalagarda, añado.

 

 

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El parche

Hasta ahora los únicos parches que conocíamos eran los de sor Virginia, monja animosa que ideó unos que se enfrentaban con fe y mansedumbre al reuma y a los dolores artículares y musculares. También hemos utilizado la palabra parche para designar a algo que se trata de arreglar de forma provisional y presurosa, es decir, a una chapuza, tan frecuente en una sociedad como la española que ha levantado altar al remiendo.

Fue muy conocido en años rebosantes de patriotismo el parche que llevaba en un ojo el general Millán Astray y yo he tenido ocasión de ver en el museo de Ceuta el ojo de cristal con el que en vida miraba este caballero, a quien le dolían las extremidades que le faltaban y que lucía un aspecto físico polícromo: amarillo enfermo por delante; azul heroíco por detrás.

Hoy las cosas han cambiado. Hace poco se ha producido un ataque tan informático como selvático a ordenadores, empresas y servicios públicos lo que nos ha alertado acerca de los riesgos que rodean nuestra  existencia, colgada del humor de un pirata corrupto como está colgado el noctámbulo de la noche. En tal acción delictiva se han visto involucrados decenas de países al mismo tiempo, entre ellos ese Reino Unido que avanza victorioso hacia el pasado, y esta circunstancia nos permite dibujar una mueca de indulgente sonrisa hacia quienes hablan de levantar nuevas fronteras y llenarlo todo de competencias blindadas y proclamar repúblicas vacuas,  entre otra porción de majaderías servidas a diario por personas a las que nadie somete a tratamiento psiquiátrico ni siquiera les administra un tranquilizante.

Pues bien, ante esta catástrofe que anuncia otras, nuestra única salvación se ha buscado en recurrir a un parche, un parche ahora informático, que se aplica a un programa con el fin de corregir errores y neutralizar desajustes, un parche que se descarga miles y miles de veces, que penetra por conexiones y puertos, qué sé yo (nada entiendo del asunto ni Dios lo quiera). Hemos así clamado por el parche, hemos invocado el parche como en otras épocas se invocaba a una virgen con buenas influencias. Y el parche nos ha salvado.

Está claro que las futuras guerras ya no tendrán soldados, ni novias de soldados, ni oficiales juerguistas, quedando tan solo como decorado las viudas.

Con todo, yo pienso menos en el parche que en el parchista, en ese superexperto que trata a los virus como el antiguo epidemiólogo: ¿cómo será? ¿será alegre o le gustará saborear ocasos? ¿creerá en Dios o en Mozart? ¿respetará a sus semejantes o les dará conferencias? ¿se hará selfies? ¿estará en Instagram? ¿discurrirá por su cuenta o escribirá tuits? y así seguido …

Tengo gran respeto por el parche salvador pero al parchista, que es quien me interesa porque le imagino con trazas de mixtificador imaginativo y templado, hay que asegurarle una vida lisonjera para que pelee constantemente contra las trampas del Internet y los desalmados que pueblan ese invento y así pueda seguir parcheando.

Porque ya vemos que todo lo que tenemos alrededor, tan sólido y afinado como lo creíamos, depende de un parche. Parchear es resucitar.

 

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¿Muere el bidé?

Se ha publicado hace unos meses un libro que explica, como una realidad ineluctable, la desaparición del bidé de las casas de los países europeos más avanzados. Su autora, al parecer, ha indagado aquí y allá, ha hecho unas cuantas encuestas, ha preguntado a un grupo de constructores de viviendas, se ha informado en las ventanillas de algunos organismos oficiales y, con ese bagaje de datos, se ha lanzado a proclamar el desuso en el que el bidé ha caído entre el fino nalgatorio occidental. Como desde esta deducción a la cruel certificación de su muerte no hay más que un paso, la autora lo ha dado, y ello le ha permitido concluir que el bidé se ha convertido, en este tramo final de siglo, en una pieza histórica, en objeto de museo, en algo parecido a la dama de Elche, a una fíbula o al ungüentario de la esposa del buen rey Sisebuto.

Si el asunto es ya de por sí terrible, el hecho de que la autora lo describa sin la más mínima emoción, con indecorosa frialdad, con la distancia inhumana del historiador, lo convierte, si cabe, en más triste y funesto. ¡Si al menos esa mujer pusiera algún calor, si al menos constatara esa realidad de forma nostálgica, con tristeza, confesando su dolor…! Pero, a juzgar por su prosa cuidada y  aséptica, se percibe que no ha sentido la menor emoción, que ha trabajado con el bidé poniendo en ello la impasibilidad de un funcionario del ramo de la estadística. Esto es lo que añade horror a su trabajo y lo hace sin más espantoso, truculento.

Porque el bidé es preciso considerarlo como uno de los inventos más revolucionarios de la humanidad. Y es que no resulta difícil imaginar el estado en que quedaba el tafanario tras la deposición en los tiempos antiguos, cuando no ya el bidé sino ni siquiera el agua corriente había hecho su gloriosa aparición, cuando el agua sucia se tiraba sin más a las calles y cuando al duque de Sesto, gobernador de Madrid, por el simple hecho de intentar mantener limpias las calles, el pueblo le dirigió una coplilla aviesa que decía: “¡Cinco duros por mear!/ ¡Caramba, qué caro es esto!/ ¿Cuánto querrá por cagar/ el señor duque de Sesto?”. Los baños eran infrecuentes y a los que eran públicos acudían regocijados nuestros visitantes más ilustres como los escritores Teófilo Gautier y Alejandro Dumas.

Uno de los primeros cuartos de baño que hubo en Madrid fue el del marqués de Salamanca y hasta la reina acudía allí para poner en el bidé sus bajos en estado de revista. Poco a poco el invento se va asimilando y entre las más variadas capas de la población se generaliza la costumbre de colocarse a horcajadas para practicar íntimas y satisfactorias abluciones. El resultado es bien patente: la higiene llega a zonas del humano cuerpo entregadas antaño al descuido y al desaseo y el tufo que, las más de las veces, nuestros antepasados desprendían por mor de la mugre que acumulaban a modo de estratos geológicos, desaparece y el olor mefítico es ventajosamente sustituido por un suave perfume o, al menos, por un aroma neutro e indeterminado.

Ahora bien, donde el bidé conoce su esplendor más consistente, allí donde más y de modo más espectacular deja sentir su benéfica influencia es en el ámbito del comercio sexual. Y es que el día en que el primer bidé se instaló en una habitación destinada al tráfico carnal mercenario, en esa fausta fecha, definitiva en la historia reciente, un nutrido, persistente y combativo grupo de animalejos parásitos se batieron en una retirada que, no por tardía, dejaba de ser menos vergonzosa. La higiene había propinado un capital revolcón a su secular antagonista la guarrería. El bidé se elevaba así a la dignidad del estandarte a cuya sola vista huye despavorido el enemigo y cobraba la irradiación que emite el guión victorioso en la batalla. Cuando llega el momento en el que, incluso individuos correosamente reacios, una vez aliviados tras la lujuriosa refriega, se colocan en la pertinente postura y exponen sus partes al benemérito influjo del agua, estamos ante un avance señalado y gigantesco en la mórbida evolución de la humanidad.

El bidé se desposó así con la concupiscencia y ambos han estado unidos en un matrimonio sólido, duradero, entrañable y fiel. Un matrimonio de los antiguos, sencillo, limpio, lleno de naturalidad, franco y llano. Por eso entristece tanto que hoy el bidé sea motejado como una antigualla, que hoy se le quiera enviar al desván, al museo frío y atildado, dejándonos a tantos con el culo literalmente al aire. Yo hago al bidé holocausto de mi lealtad y, si se confirmara que ya el bidé no sirve, que ya no gana batallas ni nadie acude a relajarse en su remunerador chorro (un chorro que a veces partía desde abajo fabricando juguetonas cosquillas), entonces propongo que se le tribute el merecido recuerdo ciudadano construyendo, en lugar señalado, una grandiosa fuente con forma de bidé y, privado ya de su función redentora, nuestra imaginación lo convertirá en una gran copa para soñar y celebrar en ella imposibles libaciones.

 

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Médicos y cirujanos

La medicina no está al socaire de los cambios que el transcurso del tiempo impone como un dictador implacable y precisamente por ello el viejo médico con barba y caspa abundante que salía en las novelas del pasado siglo fue sustituido por otro más fino que tampoco sanaba pero que al menos lo hacía más limpio. Porque, en verdad, que la medicina antigua era una medicina de mucho daño y de mucho aguante, de sangría y torniquetes, de catéter y de perforaciones, también de terribles úlceras que se las conocía como “llagas viejas”.

Los más brutos eran quienes se encargaban de las fracturas y las dislocaciones, llamados algebristas, y después los cirujanos militares que acompañaban a los generales en las campañas y que los animaban a iniciar batallas o proseguirlas solo por el gustazo de tener más heridos y poderlo contar después en las veladas de París o de Viena y ligarse más fácilmente a las damas de la alta nobleza. De entre los que acompañaban a Napoleón hubo uno que inventó una forma bastante civilizada de amputar los brazos y ello le valió gran estima y fama de hombre cortés y de muchos miramientos y otro que descubrió el saca-balas y los soldados y los tenientes estaban todos deseando siempre que les metieran una buena bala en el bazo para que se las sacara el cirujano famoso.

Mermó mucho el prestigio de estos hombres cuando un tal Jackson descubrió la anestesia y por eso, al principio, los individuos más encopetados de la comunidad científica se mofaron de él (de siempre los individuos más encopetados han sido invariablemente también los más idiotas) y lo desprestigiaron porque temían que los pacientes no les pagaran ya que, acostumbrados como estaban a sufrir, si, de pronto, entraban en la sala de operaciones y salían después de haberse echado una siesta, podrían sospechar que habían sido engañados. Nada ocurrió, sin embargo, porque solo sanaban los muy protegidos por algún santo relevante y los más se morían como era la costumbre y su obligación. Al final, por ello, se aceptó la anestesia y, más tarde, hasta la asepsia y ya todo perdió mucho porque empezó a darse el caso de individuos que sanaban y esta novedad provocó la lógica alarma.

Había otra medicina que servía para descubrir asesinos y psicópatas a través de un pelo, del esperma, del meconio, del pus o el unto sebáceo, sustancias todas ellas, como se ve, agradables y muy estimulantes. Quien la practicaba era el médico forense que ha sido y es el médico de los muertos y, por ello, el que más aciertos profesionales logra reunir a lo largo de su vida. El médico forense es como el cura que se tiene que conformar con dar la extremaunción a un muerto que es una extremaunción de dudosa validez pues nadie ha podido asegurar nunca a ciencia cierta su utilidad como pasaporte.

Menos mal que, junto a estas prácticas, existió la medicina más humana, la que hacía en España Federico Rubio y Galí que fue un cirujano con unas grandes barbas blancas como las de Tolstoi, distintivo a la sazón de los apóstoles revolucionarios, lo que fue Rubio y ello le acarreó por cierto la persecución de los curas y otras gentes de buena fe. O la de Felipe Trigo que además escribió las novelas porno de la época. Y, sobre todo, la de don Gregorio Marañón, que era un sabio, autor de infinidad de libros (yo los he leído mucho en mi juventud), galeno de gran ojo clínico y muy amigo de Pérez Galdós quien murió en sus brazos, no por su tratamiento, sino porque, así como los demás nos morimos cuando se nos acaba la vida, don Benito se murió cuando se le acabó la historia. Si hubiera reconstituyentes de historia como existen los jarabes quinados, don Benito a buen seguro que aún viviría entre nosotros.

Este siglo ha sido el de las especialidades y por ello el médico general ha sido sustituido por el especialista en ojos, en piel o en huesos. Todo eso es un disparate porque ignora algo tan elemental como el hecho de que el cuerpo humano no es la yuxtaposición de la boca, el hígado, la mala leche y las extremidades inferiores sino algo distinto que se supone armónico y conjuntado. ¿Qué diríamos si en lugar de un sastre existiera un señor que hiciera un bolsillo de delante, otro que hiciera el de atrás, un tercero que confeccionara el pernil derecho del pantalón y un cuarto el izquierdo?

Pero lo que ya resulta una locura sin paliativos es contemplar una hoja de anuncios de las modernas especialidades médicas donde se ofertan algunas tan peregrinas como las de “estimulación temprana”, “anorgasmia y vaginismo”, “sexología para profesionales” (!), “control del pipí y de las cacas”, “fobias”, “autoconfianza y autoeficacia”, “miedo a los ruidos” …

Tal parece como si el médico, que nació del brujo, estuviera buscando la fórmula de volver a sus orígenes. A la vista de tanto espabilado y osado ¿será preciso escribir de nuevo sátiras como las que contra los médicos escribieron Quevedo, fray Antonio de Guevara, el circunspecto Erasmo de Rotterdam o el circunciso Luis Vives?

 

 

 

 

 

 

 

 

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Alma y nacionalismos

Ha vuelto ahora el debate eterno sobre el alma y pensadores hay que nos proponen despedirnos de ella y considerarla una antigualla como ha ocurrido con el Infierno de nuestra niñez que era el cuarto oscuro donde vivía el coco pero para toda la eternidad y ahora resulta que no existe: “todo ha sido una broma” nos dicen  eclesiásticos de muchas liturgias y latines y se quedan tan tranquilos después de habernos amargado durante siglos.

Creo que hay que andar con mucho cuidado cuando se hacen determinadas afirmaciones. Porque el caso es que el alma ha sido un gran negocio desde tiempos inmemoriales y ahí están las Iglesias como testimonios inapelables. El cuerpo es una cárcel dura pero tenemos la ventaja de que se descompone mientras que el alma es eterna y duradera como el plexiglás y por ello puede vagar por los siglos de los siglos amén. Con apoyo en nuestros primeros padres, Platón y Aristóteles, hasta los sentidos poemas de los místicos y no digamos don Manuel Kant, toda una caravana de lumbreras han enarbolabado el alma como un trofeo victorioso frente a la derrota que siempre supone la muerte. Y sobre ella se han construido iglesias, se han justificado los diezmos y, de paso, las prebendas, las canonjías, las capellanías y los cardenalatos. ¿Podemos jugar de verdad con estas conquistas?

La Historia misma es un cuerpo lleno de las cicatrices de las cifras, que cuentan muertos, vivos, cabezas de ganado …, cicatrices que siguen abiertas por más que, pasado el tiempo, el archivero les aplique la tirita de un número y las clasifique como un documento a disposición de un doctorando. Cuando la historia gana, sin embargo, es cuando se descubre su alma que es la letra de los poemas medievales, de los cantares de gesta, de los grandes amores adulterinos de los reyes y los papas, es decir, cuando la historia se convierte en historieta. Por ello la anécdota es el alma de ese cuerpo pesado y perecedero representado por los muchos volúmenes de que consta la historia de España de don Ramón Menéndez Pidal. Vuelve la misma pregunta: ¿estamos seguros de querer desalojar el alma del pensamiento, histórico, filosófico y teológico?

Pues ¿y qué sería de nuestros nacionalistas, esos compatriotas incansables que siguen vigilantes, con su progresismo intacto, para que no se apague nunca el soplo de la tradición? Para ellos el Estado es el cuerpo que se descompone en gusanos como se ve en esos cadáveres de los cuadros tenebrosos de Valdés Leal, el Estado es “la cárcel y los hierros”, tal como cantó Santa Teresa, donde está “el alma metida”. Y el alma es justamente la Nación. Esta sí que es inmortal, limpia, adornada por seráficos jardines, por ello el nacionalista sueña, como la santa de Ávila, con la “salida [que] me causa un dolor tan fiero”. La salida del Estado, la despedida de la cárcel y los hierros para vivir, ya libres, en el gozo eterno y en la contemplación venturosa de la Nación.

Creo que no se ha dicho nunca pero nuestros nacionalistas son místicos que se han limitado a modernizar y llevar al mundo secular los dolores y las convulsiones de los poetas del siglo XVI.

La felicidad espiritual es ya completa cuando en el interior del alma se encuentran acurrucados los “derechos históricos” que participan del encanto de lo misterioso, de la inasible sustancia de la eternidad al no tener principio ni fin, unos derechos que tienen a las “deudas históricas” como a una de sus hijas bien amadas. Y así Nación, Derecho histórico y Deuda histórica logran componer la Santísima Trinidad del moderno pensamiento en muchos pueblos de España.

Por tanto, un poco de respeto al alma y a su circunstancia imperecedera.

 

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El amor

Si hay algo que no se detiene es la ciencia. Por eso se habla con propiedad de sus avances porque siempre va hacia adelante, adentrándose en nuevos territorios, adueñándose de esquivos horizontes, colocando sus banderitas de conquista en el mapa caprichoso y renovado que es capaz de alumbrar su enorme capacidad de inventiva. La ciencia jamás retrocede y por ello nos sorprende con nuevos hallazgos. El invento de las vacunas, el de la penicilina, el de la electricidad, son, entre tantos otros, los verdaderos artífices del progreso de la Humanidad. Edison es más revolucionario que Marx, y Montesquieu no le llega a Fleming ni a la altura de la pantufla.

Los científicos así como los grandes inventores son los hombres que nos iluminan los pasillos a medio alumbrar por los que la mayoría caminamos. Sin ellos, avanzaríamos a tientas, tropezaríamos y, al cabo, caeríamos en el oscuro agujero que nos tiene preparado la ignorancia. Porque la ignorancia es eso: un pozo, una inmensa oquedad que han cavado y aprestado como trampa los dueños poderosos del destino de los hombres.

Las personas bien constituidas deben saludar por ello con alegría cualquier invención nueva en la seguridad de que con ella algún sufrimiento se van a ahorrar o alguna fatiga mitigar. Pero hay veces que los científicos se pasan de la raya y entonces debemos ser con ellos severos por haber incurrido en descortesía o censurable hipérbole. No me estoy refririendo al asunto de la clonación, que me parece de enorme trascendencia, pero al que empezaré a dar crédito cuando se experimente con algo que no sean las ovejas porque a mí estas criaturas me han parecido siempre exactamente iguales unas a otras y cuando he visto la fotografía de la ovejita clónica fabricada en una granja escocesa me ha recordado muchísimo a una que veía yo hace años tomando el sol cerca de Trubia y a otra que pasta en estos mismos días en las inmediaciones de Astorga. Es como si nos dicen que se va a practicar la clonación con los obispos luteranos, los popes ortodoxos o los abades de los cartujos, clérigos todos ellos destacadísimos pero que llevan siglos siendo exactamente iguales sin que nadie haya sido capaz nunca de diferenciarlos. La clonación nos la empezaremos a tomar en serio cuando comprobemos que dos tortillas de patatas tienen el mismo sabor. Ahí sí que habría sorpresa y admiración. Pero mientras esto no ocurra, toda prudencia es poca.

Descartada pues la clonación a la espera de pruebas más fiables, quisiera referirme, como ejemplo de los excesos que deben evitar los científicos, a la inmensa jugarreta que nos acaban de hacer los investigadores de Cambridge al explicarnos con frialdad los mecanismos neuronales y hormonales que explican el amor.

Resulta ahora que nos enamoramos no porque veamos a Purita en el balcón sino como consecuencia de una serie de reacciones en las que intervienen la médula, el tálamo, el hipotálamo, el cerebelo y hasta la amígdala. De esta última nunca lo hubiera esperado pues hasta ahora las personas formales habíamos creído que la amígdala era algo que solo servía para inflamarse con ordenada regularidad y producir fiebres altísimas. Pues no es así y a ello debemos ir acostumbrándonos.

Hay unas sustancias químicas que tienen en todo este asunto un papel decisivo y así la dopamina, la norepinefrina y la feniletalimina, cuando se alteran, producen tal reacción que, aliadas con el cortex cerebral, llevan derechito al enamoramiento más juvenil e irresponsable. El arrebatamiento romántico lo produce la oxitocina y, por el contrario, la estabilidad de la pareja estimula la producción de endorfinas que son analgésicos naturales. O sea que esos bostezos descomunales que vemos pronunciar a la señora cuando circula del brazo del marido no se debe a que aquél le está contando por centésima vez la última bronca en la oficina sino al hecho de que ambos están produciendo endorfinas a granel, sin control.

Saber todo esto es muy duro. El amor de los poetas ha sido siempre mucho mejor. ¿Como se puede comparar esta grosería de la norepinefrina con los versos de Guillén, de Aleixandre y tantos y tantos otros? Ahora resulta que el amor místico de san Juan y de santa Teresa no eran el fruto de un arrobamiento incomparable y único sino vulgares manifestaciones de la esclavitud de ambos a las feromonas y a otras lamentables sustancias químicas. Cuando en el Cantar de los Cantares se dice aquello de “llevóme a la cámara del vino, y su bandera sobre mí fue amor”, lo que se está haciendo en realidad es dar rienda suelta a unas descargas neuronales.

Todo este dislate se arreglaría si esos profesores de Cambridge acicalaran un poco a la dopamina y a las feromonas, las sacaran a pasear, y les presentaran a un par de mozos de mirada soñadora. No lo resistirían y, entonces, también ellas se enterarían al fin de que el amor es, en efecto, la cámara del vino y las cuatro estaciones, y una flecha que nos llaga, y un aroma y un escudo y un trofeo y una fuente y una lluvia y un milagro…

 

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Del café al cibercafé

La historia del modo cómo los humanos se relacionan unos con otros, del intercambio de ideas, del entrelazamiento de las emociones y de la preparación de motines, algaradas y revoluciones se hace muy fácilmente sin más que recrear lo que va del café al cibercafé pasando por la cafetería.

El café antiguo era el sitio al que iban los empleados con tinta en las manos y bolsas en las rodilleras de los pantalones, al que iban todos los aventados que en el mundo han sido a encender el mechero de sus locas ocurrencias y por supuesto los escritores y poetas que llenaban cuartillas oyendo el pálpito de la calle y así les salían los personajes bien lustrosos, las historias con el punto adecuado de picardía sentimental y las rimas con la cadencia y la música exigibles. Había el camarero del café que parecía estar repartiendo las peticiones de los parroquianos pero lo que de verdad hacía era -como un cura- repartir el pan de la comunión en la convivencia cafetera, la más pura y la más exigente de todas las convivencias.

La vida, que normalmente es una sucesión de momentos mal hilvanados, encontraba en el café su engarce y su explicación, su razón de ser consistente. Y los amores entre jóvenes o maduros solitarios quedaban fijados y adquirían esplendor entre el humo de los cigarros que se fumaban en el café y en la gloria efímera de las partidas de dominó. Y, atención, en casi ningún café había teléfono con lo que el aislamiento creador e imaginativo quedaba asegurado.

Todo cambió, para mal, el día en que el café fue sustituido por la cafetería. En ella la más insolente incomodidad, como en la cárcel cervantina, tiene su asiento. El ruido que se hace simplemente para calentar la leche o moler el café es infernal pero a él se une la televisión, a veces varios televisores compitiendo en chabacanería, la máquina expendedora, un aparato para jugar al futbolín … y adviértase que no hay nadie que consiga producir mayor estruendo que el camarero de una cafetería cuando recoge, amontona, limpia y guarda los platos y cubiertos: toda una catarata de ruidos a los que ¡quién sabe! algun músico moderno podría encontrar su gracia melódica y plasmarla en el pentagrama.

Preguntemos con sinceridad: ¿se le hubiera ocurrido a don Manuel Machado aquello de “tengo el alma de nardo del árabe español” en una cafetería moderna? Contéstese con franqueza a esta pregunta y se tendrá la respuesta a toda la creación lírica de los últimos decenios.

Cuando pensamos que ya nada podía empeorarse ha surgido el cibercafé donde es cierto que el ruido ha desaparecido pero el silencio que reina es un silencio de cementerio y es lógico porque cada parroquiano está a lo suyo en el nicho de su ordenador, de su móvil, del envío de esos mensajes por Telegramm que asesinan la ortografía … Ya nadie habla con nadie, la comunicación se ha evaporado, es más se la considera algo extravagante y, si a alguien se le ocurre hablar con un vecino, se le reconviene como a quien interrumpe el levantamiento de la sagrada forma en la misa. No creo que en el cibercafé se consuma café pues que está todo él dedicado a lo “ciber” que es el espacio de la rapidez y la taquicardía.

Se escribe mucho ahora sobre los cambios políticos que se avecinan. Ignoro si se producirán o no pues este es asunto de enjundia que los jubilados no entendemos. Lo que sí puedo asegurar es que no se concebirán en un cibercafé donde el individuo aislado, solo con la calavera de su ordenador, como un Hamlet de la semana de oro del Corte Inglés, está lanzando al ciberespacio decenas de mensajes que no tendrán más que respuestas twitteadas, es decir carentes de color y sin más sonido que el de un violín de cuerdas averiadas.

 

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Acotaciones a Fernando Savater

Leer a Fernando Savater es algo siempre provechoso y además un placer literario. Su artículo “Recapitulación” publicado hace unos días en el diario El País suscita, como todos los suyos, motivo para la meditación y, permítasenos, para la controversia o, si se prefiere, para formularle algunas acotaciones.

La defensa que en él se hace de la democracia como el único sistema apropiado y digno para regir la vida de las colectividades humanas es vibrante y acertada. En un momento como el actual no está de más oír una voz autorizada que nos alerta acerca de las tergiversaciones que de la democracia perpetran regímenes políticos bien cercanos, caso de la Hungría de Orbán o la Turquía de Erdogan, y no digamos más lejanos, como Venezuela. O podrían perpetrar, si alcanzaran el poder, esos partidos populistas que en España y en nuestras inmediaciones repiten, como si fueran invenciones suyas, consignas que vienen de la crítica -muy gastada- al parlamentarismo formulada por pensadores de los años veinte del pasado siglo y que desembocaron en los totalitarismos comunista y fascista.

También acierta Savater cuando subraya el éxito de la socialdemocracia, a cuyas recetas acuden todas las formaciones políticas de cualquier signo siempre que no hayan perdido el sentido de la orientación ni la mesura.

Ahora bien, no podemos desconocer que nuestro sistema democrático está vertebrado en torno a los partidos políticos y que, si hay algo urgente en la renovación de la democracia, es justamente volver a pensarlos con una cabeza de la que hayamos desalojado los tópicos. Podemos seguir repitiendo como cotorras lo que nos dice el artículo 6 de la Constitución pero, si queremos no ejercer de tartufos, sabemos que los partidos expresan deficientemente el pluralismo político y concurren muy mal a la formación y manifestación de la voluntad popular. Algunos no respetan la ley y a duras penas mantienen apariencias democráticas. Es decir, que hay mucha falacia y mientras no se tenga constancia de esta evidencia y se levante acta notarial de ella, seguirán las piezas fundamentales del edificio del Estado construidas con cartón-piedra, con riesgo serio de descrédito irreversible y, al cabo, de desplome.

Por eso es fundamental acotar el espacio en el que los partidos se mueven y los ámbitos a los que los partidos llegan pues recordemos que han instaurado un sistema parecido al del “botín”: la multiplicación de cargos de confianza, de asesores, de contratados a dedo, es ya abrumadora y produce un desaliento definitivo entre todos aquellos que, ayunos de respaldo en el enjuague político, han de fiar sus fuerzas a los principios constitucionalmente proclamados del “mérito y la capacidad”. En Alemania este fenómeno se conoce como “Ämterpatronage” y se halla también muy extendido pero no es ni de lejos la hidra que amenaza con ahogar las estructuras burocráticas españolas.

Por ello discrepamos de Savater cuando escribe, en un cierto tono de descalificación, que “se proponen, medio en serio medio como provocación, alternativas que sustituyen el voto universal por el sorteo entre minorías bien preparadas (?)…”.

Quienes estamos defendiendo en libros y artículos el sorteo para seleccionar a determinados cargos públicos no estamos proponiéndolo como “una alternativa que sustituya el voto universal”. El tal voto universal es un ingrediente indispensable de todo sistema político democrático, como si dijéramos el aceite en la preparación del bacalao al pil pil, cuya confección conoce bien Fernando Savater.

Ninguna duda puede caber al respecto. Pero ese mismo sistema democrático admite en su seno legitimidades diferenciadas y la resultante del sorteo es una de ellas y bien digna por cierto pues con ella se persigue enriquecer la caja de herramientas de la democracia, no empobrecerla ni aherrumbrarla. ¿No es el sorteo el sistema por el que elegimos a unos ciudadanos que han de pronunciar el veredicto de inocencia o culpabilidad de un acusado del delito de asesinato? Fernando Savater recordará cómo quienes aspirábamos a las cátedras universitarias en las postrimerías del franquismo clamábamos por el sorteo de todos los miembros que nos habían de juzgar en los tribunales pues solo así se evitaba el caciqueo de los mandamases del ministerio (hoy, derogadas las habilitaciones que eran por sorteo, todos los miembros de los tribunales los pone el candidato gracias a un sistema progresista ideado en la época de Zapatero).

Importa añadir ahora algo que además Fernando Savater sabe y es que las tres obras que fueron las antorchas con las que se empezó a iluminar un mundo político nuevo, a saber, el Espíritu de las leyes de Montesquieu, el Contrato social de Rousseau y la Enciclopedia de Diderot y de D́Alembert alaban el sorteo y aseguran que su combinación con la elección refuerzan la democracia.

A nuestro juicio, en la España actual, el espacio donde el sorteo puede dar frutos y presentarse como una buena medicina contra el clientelismo partidista es el de las organizaciones especializadas técnicamente muy complejas que existen en el Estado (también en algunas Comunidades autónomas): Banco de España, Comisión Nacional del Mercado de valores,  Comisión de Mercados y Competencia, Junta de Seguridad nuclear … Pero también en órganos de fundamental importancia como son el Tribunal Constitucional, el de Cuentas o la Autoridad de responsabilidad fiscal. Y por supuesto el Consejo general del poder judicial.

Se trataría, dicho sea en términos muy generales porque cada uno de los organismos citados exigiría precisiones que no son de este lugar, de que el procedimiento de nombramiento de sus órganos directivos se iniciara con una convocatoria pública a la que acudirían, sin las sombras que proyectan partidos u organizaciones sindicales, los profesionales que libremente lo desearan y reunieran los requisitos técnicos pertinentes. A partir de ahí, tras comprobar de forma rigurosa y con transparencia, trayectorias y méritos alegados, se confeccionaría la lista definitiva de los candidatos, que sería la que serviría para realizar el sorteo.

Con carácter previo, y especialmente para los órganos constitucionales, se debería establecer la exigencia de una comparecencia parlamentaria u otra aproximación al candidato de parecida naturaleza.

Estos trámites, los de la convocatoria pública y la comparecencia, ya existen para la designación de muchos responsables de las instituciones europeas y, en tal sentido, no está de más citar los ejemplos de las autoridades europeas de supervisión financiera o de la Oficina de lucha contra el fraude (OLAF).

Porque se convendrá con nosotros que, garantizada la idoneidad de todos los candidatos, es indiferente la persona concreta que sea designada. Y el azar le proporciona la ventaja de poder ejercer su función en perfectas condiciones de  independencia y por tanto de libertad, emancipado de compromiso adquirido -explícito o implícito- con “dedo” alguno. Sustituyendo la elección por el sorteo, hacer la astrología de las decisiones de estos órganos, en función del origen de cada persona que interviene en una votación, se haría muy difícil.

En fin, a quien terminara un mandato determinado por el azar se le deberá obligar a volver con humildad de fraile trapense a su puesto de trabajo, desterradas futuras ambiciones de cabildeo con las fuerzas políticas para seguir disfrutando indefinidamente de otras prebendas.

Es decir, y volvemos al principio, el rico régimen democrático admite en su seno legitimidades variadas y no todas pasan por la elección.

Pues de lo que en definitiva se trata es de que no se nos extravíe el buen gobierno ni la libertad política, tal como las defendemos Fernando Savater y nosotros.

FRANCISCO SOSA WAGNER y MERCEDES FUERTES

Publicado en El Mundo el día 21 de abril de 2015.

 

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Nubes como halagos

En medio de tantas malas noticias y calamitosas convulsiones aparece la apacible  de la clasificación de una docena de nuevos tipos de nubes que van a ser recogidas en el Atlas remozado que ha preparado la Organización meteorológica mundial.

¡Ah, las nubes! ¿Hay algo que proporcione más paz al espíritu que contemplar el ir y venir de las nubes? ¿Hay algo más deleitoso que ver cómo una nube grávida se desembaraza y nos envía, en forma de saludo, una lluvia suave y benéfica? Las nubes tienen algo de pasquines de un Cielo que debería aprovecharlas para escribir en ellas su misterio. Pero no quiere el muy tunante porque arruinaría su reputación y se convertiría en una referencia tan anodina como la que representamos cualquiera de nosotros. Y el Cielo, ojo, es el Cielo. Y pide misterio.

Siempre me ha parecido un disparate decir del que nada sabe que “está en las nubes” cuando ellas encierran todos los secretos desde hace millones de años.

Porque ya en la mitología clásica encontramos nubes que deciden una batalla o  salvan a un héroe. De los centauros se dijo durante mucho tiempo que eran hijos de un dios y una nube siendo esta una leyenda hoy desprestigiada porque, desde que hemos hablado con un centauro mayor y con trienios, sabemos que su origen es más vulgar toda vez que nacen de la unión entre un dios de barbas pluviales, a veces un sátiro incorregible, y una ninfa sutil, de esas que, para copular, abandonan por un momento el trabajo como hilandera en su hogar que es siempre una gruta abierta al mar azuloso, ruboroso y bien humorado.

En la Biblia, Yavé es el señor de las nubes como lo es de todos los fenómenos naturales. Cuando Mateo nos cuenta la transfiguración nos dice que desde una nube se oyó una voz que decía “este es mi Hijo, el amado, escuchadlo”. Y es que las nubes, cuando están de verdad convencidas de su misión, son capaces de albergar voces que nos hablan de la misma forma que son capaces de extraer del  carcaj que siempre llevan consigo un rayo para dispararlo sobre una muchedumbre que se excita y sobrecoge.

Inspector de nubes es oficio que se atribuyó Ramón Gómez de la Serna, en su ancianidad alta, y que hoy se recuerda como ejemplo de actividad estéril o improductiva cuando no es así. ¿Cuánto ganaríamos todos si tanto ceporro como nos rodea se dedicara a contar nubes en lugar de importunarnos con discursos, iniciativas parlamentarias o diplomáticas, análisis de la deuda pública y otras molestias parecidas?

A esta ocupación inventada por Ramón yo añadiría la de medidor de ecos, es decir, un señor o señora que se acomoda en una cordillera trabajada en picachos y con paciencia evalúa el impacto de los ecos, es decir, valora su persistencia acústica lo que permite catalogarlo como un eco de verdad, un eco con su plaza ganada de por vida o, por el contrario, un eco de mentirijillas que ni devuelve la voz ni hace nada apreciable con que labrarse el respeto en el universo de los ecos.

Loor pues a la nube pues que nos inspira cariño, temor y veneración. Pero tanto como amo a la nube odio a la niebla porque es la nube que ha abandonado el santuario del Cielo, allá donde se enriquece la imaginación y se dan cita los caprichos más extremos, y se nos ha venido a vivir entre nosotros, a compartir nuestra vida, plena de grisuras y resignaciones.

La niebla es una nube que ha traicionado a su estirpe y por ello merece que el sol la desnude y nos exhiba sus vergüenzas.

 

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