La familia

Los teólogos más teológicos, los pensadores más pensativos, los filósofos más rumiativos y pelmazos, todos se han ocupado a lo largo de la Historia de explicarnos la importancia de la familia, pronunciándose a favor de la misma y de los beneficios que el orden familiar ha reportado a la sociedad. La familia ha sido concebida desde hace siglos, pues, como la pared maestra en la que todo se apoya, piedra sobre la que se edifica, argamasa que compacta, aljibe en suma de los dulces sentimientos y las buenas acciones. Y, en torno a ella, se han fabricado bellas imágenes y metáforas. La del nido es la más lograda porque con ella se evoca el blando regazo, la ternura, el arrullo, las madres, los besos y una dulce vibración de cálidos latidos.

El que haya adoptado a lo largo de los siglos formas diversas es lo de menos porque, pese a las apariencias, ninguna de ellas desaparece del todo sino que, como la materia misma, solo se transforma. Así, la vieja familia patriarcal, propia de los antiguos pueblos de pastores, en la que el padre conservaba a su lado a todos los hijos ejerciendo sobre ellos una autoridad de amplias facultades, parecía muerta y sustituida por formas más evolucionadas cuando, hoy mismo, en este final de centuria, la vemos renacer solo que, claro es, remozada y puesta al día. Ya no existe la autoridad paterna, que ha sido prácticamente abolida como antigualla o cachivache, y si algún padre obcecado intenta ejercerla, le sale tímida, modesta, y tan deteriorada que nadie se toma la molestia de discutirla porque sencillamente se la ignora. Es una autoridad bonsai, light, autoridad de bolsillo, una miniatura de la antigua autoridad. Y, sin embargo, esto no impide que la vieja familia patriarcal se reconstruya hoy en lo que tiene de permanencia de los hijos en la casa paterna. Durante muchos años, estos soñaban con el momento de formar su propio nido porque solo así podían dar rienda suelta a sus inclinaciones lascivas al estar mal visto, en el pasado, yacer en la casa familiar. Era preciso recurrir a fórmulas sucedáneas aprovechando la oscuridad de los cines o, más tarde, a peligrosas contorsiones en el interior de un vehículo, de las que tantas y tan graves hernias y dolencias cervicales se han seguido. Se comprende que, en tales condiciones, disponer de una cama, con muelles y colchón, resultara un sueño, el gran desideratum fálico y fornicativo.

Hoy, los hijos se quedan con los padres enredando en la casa familiar durante décadas y nadie se atreve a formular un pronóstico acerca del venturoso momento en que por fin la abandonarán. Tal perverso comportamiento se debe a las facilidades de que disponen para colmar sus necesidades sin salir del domicilio paterno al haber quedado derogados los antiguos miramientos y considerarse cualquier prohibición como un incalificable acto represivo, machista, discriminador, anticuado y, por lo mismo, execrable. “Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos”, reza un refrán moderno que acierta a resumir el pensamiento ordeñador y ganancioso de muchos jóvenes.

De todo ello se sigue que la familia goza de una excelente salud, que sigue siendo baluarte, bastión, fortaleza y llave. La llave de la puerta de la respetabilidad y la seriedad.

-Le aconsejaría que procurase adquirir unos parientes lo antes posible y que hiciera un esfuerzo para presentar a alguno de ellos en sociedad antes de que haya terminado por completo la temporada – aconseja lady Bracknell a un mister Worthing enamorado, que aspira a la mano de su hija, en uno de los inigualables enredos teatrales de Oscar Wilde.

Por todas estas consideraciones, y otras más de las que podría dejar constancia, sorprende que se adopte una actitud crítica ante aquellos prohombres que colocan a sus familiares en puestos relevantes y golosamente remunerados. Que un alcalde instale a un primo en el Ayuntamiento, un ministro a un hermano en la Dirección general del catastro o el presidente de la correspondiente autonomía a su mujer al frente de una tarea cuajadita de recompensas y honores ¿qué demuestra sino la ternura y la admirable sensibilidad de quienes así proceden? ¿a alguien extraña observar a la altiva águila cómo clava su mirada en la Tierra para conseguir el alimento con el que ha de nutrir a su descendencia? Pues si esto es así ¿por qué extraña ver al encumbrado personaje escarbando en el Presupuesto para llevar, colgado en el pico de sus buenos sentimientos, el sustento para sus allegados? ¿Es que somos los humanos menos que las águilas? ¿Es que para un hombre formal y bien constituido hay alguien mejor dotado para recibir prebendas que su propio cuñado? Algún ser con entrañas ¿puede ver a un sobrino inscrito en las infamantes listas del paro?

Un poco pues de seriedad y menos aviesas murmuraciones hacia quienes practican tan elevados comportamientos. Recordemos que familia no viene de famulus, siervo, como a veces se ha defendido, sino de fames, hambre, y de esta sencilla pero implacable referencia etimológica síguese que constituye el primer deber de todo pariente con un mínimo de dignidad aliviar, con los medios a su alcance, el hambre de sus consaguíneos y agnaticios.

 

 

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Fake news

La ventaja de estar rodeado de políglotas -como en estos momentos nos ocurre a los españoles- es la forma rápida con que se enriquece nuestro idioma. Hay sesudos lingüistas y catedráticos empedernidos que se empeñan en censurar a quienes echan mano de vocablos ingleses para designar objetos, sensaciones o ideas que están perfectamente acuñadas en español. Preciso es practicar la misericordia con estos seres porque ¿qué se puede esperar de ellos? viven de eso, de los tiquismiquis lingüísticos, de la caza del gazapo como arte cinegética, y los vemos -y sufrimos- como académicos, como profesores de provincias en los diversos grados de la enseñanza, en definitiva, como personas encadenadas a la rutina con un mundo interior difuso y confuso, propenso a percibir el desamparo en cuanto avizoran, allá entre los pliegues del horizonte, una novedad perturbadora. Al final por mucho que se empeñen en aparentar lo contrario no son sino mustios frutos de la infertilidad imaginativa.

Porque veamos: ¿cómo es posible que hayamos estado siglos llamando bulos a lo que se ve tan claramente que son fake news? ¿cómo ha podido ser tan grande nuestra insensibilidad, nuestra penuria expresiva? Años hemos estado diciendo, como paletos incorregibles, con rural testarudez, corre el bulo de … sin reparar en el vigor de la nueva expresión, directamente llegada de Londres con el sello de un suministrador de la familia real.

Pues ¿qué decir del papanatas que empleaba expresiones como patraña o habladuría o trola? Risa casi producen estos desdichados si no movieran a la pena que, en las personas con buen corazón, nos suscita la ignorancia ajena.

El bulo, convengámoslo, ha sido propio de gentes intonsas, que no veían más allá de sus narices, que se contentaban con rumorear sobre el adulterio de una vecina, farmacéutica ella de cierto prestigio en el ramo por la calidad de sus antiinflamatorios, pero que había sido pillada al descuido entregada al asalto amoroso de otro vecino que encima ni siquiera era farmacéutico. El bulo ha sido cosa del mundo rural, de un mundo de gañanes, de gentes de labranza anteriores a las ayudas de la Unión europea … como mucho de asiduos a los casinos provincianos, casinos desfallecientes en su aburrimiento insalvable, poblados de seres que desparramaban su misantropía por las mesas de juego tradicionales, esos juegos que jamás han tenido las vibraciones novelescas ni las emociones de la ruleta o el bacarrá.

El bulo donde se cultiva con mayor esmero es en los asilos decadentes donde nadie sabe si los residentes matan el tiempo o el tiempo los mata a ellos.

Todo esto ha cambiado: en la sociedad moderna, pletórica de hechizos eróticos, de flechazos financieros, de burbujas inmobiliarias, de políticos huidos y de otros que querríamos ver huídos, de rusos con bitcoins, de chinos que invierten y se divierten en África, de tipos disfrazados a lo Trump, de memes y de memos, de futboleros galácticos, de servicios de Inteligencia que hacen malabares con los fake news, de magos que nos llevan a un paraíso fiscal do moran -renovando el Génesis- todos “los reptiles de la tierra”.

Y frente a este mundo trepidante, ahí queda el pobre hispano, con su boina, su bastón de jubilado, su cupón de los ciegos en el bolsillo, sus pastillas para la tos, su condón caducado y oculto en el tarjetero desde hace varias décadas, hablando de bulos, de patrañas, de infundios y de falacias … Pero ¿dónde vas, alma de cántaro? ¿eres incapaz de captar los fake news? ¿Qué esperas para llevarte esas palabras gastadas como guijarros de río a la tumba con tu ridículo mundo de antiguallas?  

 

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¿Sociedades creativas?

Ha sido el mismo rey quien ha utilizado, en su pasado discurso navideño, la expresión de “sociedad creativa” para aplicarla a Cataluña. Administra así el monarca la lisonja a un territorio donde unos montaraces caudillos tienen por costumbre dar un golpe de Estado con una cierta asiduidad en la historia. De ahí que se adule a ese personal bravío con la esperanza de que acabe comportándose civilizadamente y con respeto al resto de los españoles.

No siendo este lugar para la polémica política, sí quiero decirle a don Felipe que las “sociedades” no son creativas, que los “creativos” son determinados individuos, personas tocadas con la gracia del ingenio, la inteligencia, la capacidad de innovación o la inspiración artística. “Creativo” es el señor que inventa la fregona y libera a millones de mujeres de la humillación y el calvario de limpiar, arrodilladas, el suelo. “Creativo” es el investigador físico, el que logra avances en las ciencias de la salud, de las matemáticas, de la tecnología avanzada … “Creativo” es Salvador Dalí, Pío Baroja o Isaac Albéniz y así seguido. Son pocos y escogidos, el resto de la sociedad está compuesto por personas rutinarias.

Pero, ojo, bendita sea y ensalzada esta condición de rutinario. Porque a este grupo pertenecen la oftalmóloga que, al operarnos de las cataratas, disuelve nuestras nieblas e inseguridades; la fisioterapeuta que nos libra de un dolor en un codo que nos está amargando la vida; el fontanero que nos resuelve el problema de la ducha; el mecánico que garantiza la seguridad de nuestro coche; el juez que logra poner concordia entre varios litigantes; el comerciante que abastece su tienda con los productos que consigue comprar a horas tempranas en los mercados mayores etc.

Es decir: loa a las rutinas profesionales pues nos permiten vivir de forma cómoda,  segura y confiada. Nada más y nada menos.

Si la creatividad es algo tan cicateramente administrado, no podemos decir, señor monarca, que una “sociedad”, así en su conjunto, es “creativa” porque “creativos” son -tal como estamos viendo- algunos, muy pocos, de sus individuos. Por ello evite su majestad hacerse el simpático afirmando que la sociedad de Tarragona es creativa porque no lo es ni tiene por qué serlo: basta con que sea laboriosa y honrada. Ahora bien, un señor de carne y hueso de Tarragona puede ser “creativo” pero lo mismo que una señora de Córdoba.

Esta sabia forma de entretejer las grandes inteligencias y la labor de centenares de profesiones rutinarias es lo que garantiza que la sociedad camine erguida y sosegada y que no se produzcan disturbios de orden público de molesta consistencia.

Se suele contar la anécdota del joven político que, ganador de unas elecciones en su país, se encuentra ante la tarea de formar gobierno. Prudente, se le ocurre acudir al consejo del viejo compañero que está ya en la rampa de salida. Y de él oye la siguiente advertencia: “busque usted personas inteligentes para dos o tres ministerios; para el resto, cuanto más burros, mejor”.

Tocqueville, en sus “Recuerdos de la revolución de 1948″, se permite una maldad de mucha enjundia referida a otra categoría de sujetos que pueblan villas y ciudades: los mediocres. “No es que los desprecie -decía el pensador francés- pero los frecuento poco; los trato como a los lugares comunes: los respeto porque rigen el mundo pero me aburren profundamente”.

Y así es porque en efecto el mediocre es quien cultiva el topicazo, ese individuo previsible y predecible de quien siempre se sabe de antemano la respuesta o comentario.

Un sujeto que suele tener una gran presencia en los espacios vacíos de la irrelevancia.

 

 

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Privilegios históricos: al desván

Como esto de las Constituciones tiene mucho de fe, cada cual propende a musitar su propia oración. Nosotros repetimos la nuestra: intentar una reforma constitucional teniendo a un 30% de los diputados que no comparten objetivos comunes básicos, a saber la creencia en la Constitución misma (y no en inventos bolivarianos) o que simplemente abominan de la España común, es un esfuerzo valioso pero baldío. De acuerdo con las exigencias de mayorías establecidas en el artículo 167 de la Constitución (210 diputados), por supuesto que podría culminarse una de esas reformas, incluso la agravada del artículo 168. Pero sería -no lo olvidemos- una reforma impuesta, dicho en términos decimonónicos, un trágala para una fracción de la representación parlamentaria, es decir, para una parte significativa de la población española. Y no olvidemos que, con esta metodología de antagonismo, se tejieron prácticamente todas las Constituciones -excepto la del 78- que en España han sido con el lamentable resultado que conocemos. Esto sin contar con el referéndum que tendríamos que padecer/vivir los españoles y donde el batiburrillo sería la ruidosa melodía de una orquesta desafinada. Dicho esto, el empeño que un grupo de destacados colegas nuestros ha culminado para ofrecer unas bases de diálogo debe ser saludado como lo que es: una muestra de valentía.

Aprovechemos su esfuerzo, empero, para ofrecer nuevas apreciaciones. Uno de los asuntos fundamentales inevitablemente presentes en este debate es el de la transformación del actual Senado en una Cámara de representación territorial.

A este respecto la pregunta ingenua que nos asalta es la siguiente: ¿para qué queremos una cámara que represente a los territorios si el Congreso de los diputados está cumpliendo ya esa función? ¿O es que no hemos visto estos días a todo un Gobierno, como el actual de España, mendigando los votos de una minoría regional que representa a una ínfima parte de la población española para intentar sacar adelante los Presupuestos que dan vida a la acción económica y al programa político de ese Gobierno? ¿O el de un diputado aislado de Asturias o de Canarias?

Añadamos: quienes peinamos canas sabemos que en esta dependencia humillante han vivido todos y cada uno de los Gobiernos de España por amplias y abultadas que hayan sido las mayorías parlamentarias que los han sustentado. Para que las nieblas no oculten la memoria, procede recordar que, cuando los separatistas catalanes claman por la “falta de diálogo” con España y con su ominoso Gobierno, olvidan que no solo han estado gobernando en solitario su territorio durante decenios y extrayendo, con armas aventajadas y nocivas, pingües beneficios de comisiones y otras gabelas sino que además han estado invariablemente condicionando la acción de todos los gobiernos de La Moncloa.

Es más: ¿hemos visto alguna vez en el Senado que los votos se agrupen por regiones o nacionalidades y no por la disciplina impuesta de manera inflexible por los partidos políticos? Y eso que los señores senadores son elegidos en listas abiertas y desbloqueadas, cada ciudadano puede hacer la combinación de nombres y partidos que desee. Un sistema éste, por cierto, que algunos ingenuos siguen calificando como admirable al reivindicar una y otra vez el desbloqueo de las listas electorales para el Congreso.

Por tanto, las mudanzas en el Senado hay que hacerlas solo en el marco de la reforma de la ley electoral. Es decir, cuando consigamos que el voto de los españoles se aproxime más a ese valor constitucional de primer orden que es la igualdad. Para entendernos: en las elecciones de 2015, Izquierda Unida obtuvo más de novecientos mil votos y se le asignaron dos escaños mientras que el PNV con trescientos mil votos obtuvo una cosecha más venturosa: seis escaños. Con la tercera parte de los votos, el triple de asientos parlamentarios. Y así en todas las convocatorias electorales. ¿No es la burla demasiado burda?

De otro lado, sorprende un poco la invocación -aunque se haga de forma medida y salvadas todas las distancias- al Bundesrat alemán, cámara que en efecto representa los intereses de los Länder pero cuyo funcionamiento real sabemos que está trufado, no por los intereses territoriales, sino por los enfrentamientos, acercamientos y distanciamientos de los partidos políticos. Cualquier gobernante alemán podría contar y no acabar con la crujía que, para su acción de gobierno, ha supuesto tener enfrente una mayoría adversa -política, no territorial- en el Bundesrat.

Pero, si del Bundesrat hablamos, no olvidemos cómo se compone esta Cámara tan singular: con los representantes de los Gobiernos de los Länder, no de sus Parlamentos, por lo que quien se sienta en un escaño del Bundesrat es en rigor un alto funcionario del Gobierno, de Baviera, de Sajonia, de Renania-Palatinado, etc. Roman Herzog, que llegó a presidir el Tribunal Constitucional y la República, cuenta bien a las claras en sus Memorias la verdad cruda de este invento del federalismo alemán, porque él estuvo en su seno algunos años.

Sepamos que el número de representantes de los Gobiernos regionales está en función de la población con una horquilla que va de tres (para los Länder más pequeños) a seis (para los de mayor población). Así, por ejemplo, Bremen o el Sarre tienen tres mientras que Baviera o Baden-Württemberg disponen de seis.

Traslademos este esquema -tan citado- a nuestra carpetovetónica realidad: el País Vasco tendría los mismos representantes que Castilla y León y por supuesto menos que Andalucía, Madrid o la Comunidad Valenciana. Al plasmar por escrito estas cifras estamos ya percibiendo el clamor de alegría de los representantes del PNV y el jubiloso aurresku con que saludarían las nuevas conquistas constitucionales.

Por eso, mejor que en el Bundesrat se nos ocurre -como sugerencia a discutir y valorar- el modelo que supone el Consejo de Ministros de la Unión Europea. Un órgano colegislador en el que están representados todos los Estados miembros y que decide, con mayorías que han de formarse en función de las materias, por un porcentaje significativo de población y un número mínimo de Estados miembros.

Esta invocación a un órgano de las instituciones europeas nos permite rectificar algo que también es frecuente oír: la inexistencia de colaboración de las Comunidades Autónomas en la toma de decisiones de estos Consejos de Ministros. Afirmar esto es ignorar que los consejeros de las Comunidades Autónomas españolas apoyan frecuentemente a los ministros en estas reuniones y lo hacen con absoluta naturalidad y fluidez, que los parlamentos autonómicos han de redactar unos informes sobre las iniciativas legislativas de la Comisión Europea al amparo de lo que se conoce como la aplicación del “principio de subsidiariedad” y, por último, que también es muy activa su participación en el procedimiento legislativo a través de los informes que emite el Comité de las Regiones con sede en Bruselas.

Enfatizamos esta apelación al modelo europeo porque todo él es expresión de un valor clave en cualquier construcción que nos hable de Estados, de regiones o de naciones: la solidaridad entre sus miembros. Sin ella adviértase que no existirían los fondos europeos, los de cohesión, los planes de desarrollo rural, los de financiación de la investigación o la política agraria, el programa construir Europa, el fondo de adaptación a la globalización que presta apoyo a los trabajadores en sectores en crisis y que bien conocen muchos trabajadores españoles, etc…

Una reflexión con la que nos permitimos ir concluyendo: antes pues que la reforma de la Constitución, importa la reforma electoral y, como complemento de ella, la de financiación de las Comunidades Autónomas.

Excluyendo ya radicalmente cualesquiera privilegios inventados sobre la base de derechos históricos u otras añagazas leguleyescas. Dicho de otra forma: ya está bien de alimentar la farsa según la cual en España conviven territorios sin historia, flacos, enclenques, territorios que parecen estar en una esquina pidiendo unas guerras y unos siglos por el amor de Dios, y territorios históricos fuertes, lustrosos, con un pasado de tantas heroicidades que bien podrían regalar algunos a los primeros como signo de caridad.

La abolición de la patraña histórica sería el signo de la paz con que podríamos darnos la mano los españoles y comenzar una nueva época de fraternidad constitucional.

 

FRANCISCO SOSA WAGNER y MERCEDES FUERTES

(Publicado en el periódico El Mundo el día 19 de diciembre).

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Contaminación

Allí donde un grupo de hombres decidía instalarse, tomar como propias a unas cuantas prójimas y fabricar vástagos con fogosidad y entrega, nacía lo que se ha dado en llamar la vida en colectividad. A la misma se han ligado desde siempre actividades muy diversas que han ido desde la más humilde, representada por el cuitado que, con la condecoración de sus pústulas, pedía limosna a la puerta del templo, hasta la más sublime, ejercida por quien, en el interior precisamente de ese templo, administraba los dones del Cielo. Entre estos dos extremos, el de los pordioseros y el de los clérigos, unidos por su común vinculación a la limosna (que es la hoja de parra con la que tapa su codicia el poderoso), siempre ha existido una masa de oficios, muchos de dudosa utilidad, que han sabido conformar con astucia la más genuina expresión de todo aquello que la sociedad tiene de sólido, de rutinario, de mercantil y de viscoso.

Y estos humanos, ya reunidos, lo primero que hacían era ensuciar todo aquello que a mano encontraban. Como quiera que nadie ha estado nunca libre de las urgencias evacuatorias y como quiera asimismo que el gran y benéfico señor Roca, eminencia de blancos fulgores, artífice de consoladores asientos, tardó demasiado tiempo en inventar sus oportunos receptáculos, pues las gentes no han tenido más remedio, durante un buen trecho de la Historia, que lanzar a la calle el resultado, tangible, corpóreo y aromoso de sus apretones con grave daño para la limpieza de plazas y calles. Al grito de !agua va! un buen cubo de excrementos se proyectaba al exterior sin que pudiera descartarse que viniera a dar sobre la cabeza y los rizos sedeños de una bella damisela contenidamente epicúrea o la calva de un caballero artrítico.

¡Tiempos sucios! Hoy, la suciedad se ha hecho más educada. Dijérase que se ha avergonzado de sí misma y por eso trata de presentarse con modales menos hirientes. Es como si, a su manera, se hubiera lavado. El resultado es que hoy la vieja suciedad, la suciedad de tantos siglos, adopta el nombre burocrático de contaminación porque ha pasado por el agua jabonosa del nuevo lenguaje que propende a ablandar, a enmascarar. Es decir, que la suciedad que conocieron nuestros abuelos, duchada, es la actual contaminación como las basuras que conocimos en nuestra niñez son los “residuos sólidos” de nuestra madurez.

Y hay la contaminación atmosférica, la contaminación de los mares, de los ríos, y todo ello ha engendrado un sinfín de palabras y, lo que es mejor, copia de congresos, acuerdos y tratados, que es como decir de viajes, de reuniones, de comidas y de jolgorio. ¡Asombra esta habilidad de que dispone el ser humano para convertir en motivo de juerga cualquier preocupación! Obsérvese cómo en nuestras manos de animales superiores el más grave cuidado e incluso la guerra se convierte en el pretexto para que cuatro prebostes compartan una mesa bien surtida. Y es que todo lo que el hombre toca se deshace al cabo en letra de conferencia o en prosa macilenta de tratado.

Vino luego la contaminación por ruidos: esa radio, la televisión del autobús, el taller instalado debajo de nuestro dormitorio, el claxon utilizado para dar salida a un enfado infantil, la obra cercana con sus palas mecánicas, sus hormigoneras… Todo ello es una tortura que las autoridades han prohibido en mil y un reglamentos y en barrocas ordenanzas que duermen su sueño burocrático y legañoso porque hacerlas cumplir ya exige más trabajo y menos aspavientos.

La última contaminación descubierta es la luminosa, que con razón ha disparado las quejas: la iluminación de las ciudades impide la contemplación de las estrellas y el cielo se queda, por su efecto, apagado, como si alguien hubiera echado en él las cortinas y lo velara a la mirada de los hombres. Mientras la luz eléctrica fue de escaso alcance no hubo razón para la alarma pero hoy nos puede dejar oscuramente deslumbrados. Pues, junto a aquellas luces necesarias, que vigilan nuestra seguridad como policías circunspectos, están las luces superfluas del anuncio, del gran anuncio en que el mundo se ha convertido y ahora, por si algo faltaba, la moda de iluminar los viejos edificios que la historia nos ha legado envueltos precisamente en misterio y solemnidad: la catedral, el templo románico, bisabuelo de todos los edificios, merecen un respeto, también en las sombras que proyectan, en la obscuridad en que la noche los envuelve para que descansen y se repongan de la fatiga que les produce la admiración que suscitan… Sus siluetas, en la noche alta, deben por ello rodearse del silencio y de una cortés penumbra como la imagen que son de un esfuerzo creador irrepetible.

Confiemos en que no se hagan leyes ni se firmen tratados sobre este asunto; pidamos simplemente a las autoridades que no desnuden con luces ofensivas a las viejas catedrales, a los añosos palacios ni a los templos mientras duermen sus excesos monumentales; que les dejen en paz, tenuemente alumbrados por la tierna mirada de las estrellas, únicas que saben comprender, en el silencio compartido de la eternidad, lo sobrecogedora que es su difícil soledad.

 

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El viejo poste de la gasolina

No es bueno que el poste esté solo. Tal parece que debió de decir alguien con poderes suficientes para alterar el orden natural de las cosas. Porque yo recuerdo aquellos antiguos postes de gasolina en medio de la meseta castellana o en uno de los innumerables recodos de un puerto sinuoso y montañoso, solitarios como un viudo, desamparados, retraídos, austeramente ataviados con los descoloridos colores de la Campsa, con aquella mueca de tristeza en sus semblantes, mueca de estatua pobre y suspirosa… Por toda extremidad, un único brazo largo, negro, abrumador, que parecía querer tocarse las sienes en un gesto de saludo militar desganado y antiheroico, coronado por una especie de dedo rígido, como ortopédico, herencia tal vez de un padre lisiado y monstruoso.

Y junto al poste, un hombre que más que hombre era un ermitaño, un ermitaño que se mirara en el poste como los ermitaños verdaderos se miraban en la calavera y que, cuando se detenía un coche, cogía aquel brazo negro y morcilloso y aquel dedo agarrotado y aliviaba al poste de la presión de la gasolina como si le hiciera una sangría.

A veces, eran dos los postes y entonces se les veía como pareja, pero como pareja distante, de novios antiguos. Quizás sus pasiones hirvieran en su sangre gasolinosa pero las reprimían porque estaban estrechamente vigilados por la carabina que era el empleado de la Campsa. Y es que la Campsa siempre ha exigido muchísima formalidad a sus aparatos porque era fácil que se incendiaran sus sentimientos.

Pues bien, todo esto es historia. Un buen día, aquellos pobres postes tristes, solitarios o emparejados, tan castos, fueron retirados al desván de la muerte y allí, allí sí, pudieron al fin darse el abrazo esperado pero ya era tarde porque el abrazo les salió frío, inerte, como abrazo que era de amortajados.

Y en el mismo lugar en el que ellos habían penado su soledad, nacieron las estaciones de servicio, más dignas, más elegantes, con pretensiones de señorita de provincias y con letreritos, como si fueran frascos de botica. Tenían vitola de sucursal, de sucursal del gran banco del combustible y, a veces, les nacía un taller de reparaciones como a otros les nace un golondrino y allí se mezclaban, esparcidos como en una taberna promiscua, los tornillos sin vida, las enigmáticas culatas, las herrumbrosas herramientas, las ruedas reumáticas, el gran almanaque con sus tetas inmensas, grandes como pasteles cremosos…y, en medio de aquel trajín, los atareados sacerdotes de aquel esotérico culto, el  aprendiz avispado, el oficial silbador…

En comparación con sus hermanas de otros países europeos, que se mantuvieron siempre limpias, peinadas de peluquería, acicaladas, con el rostro terso y como recién enjabonado, las estaciones de servicio españolas se fueron enroñando, avejentando, les salieron arrugas profundas como surcos del monótono arado del tiempo, y se pusieron enfermas y les salió el color de los enfermos que es color de gabardina sudada, de tedio, de cera manoseada… Como se abandonaron tanto, estaban sucias, cochambrosas, padecían los calambres de los artríticos y escondían la porquería del moribundo.

Cuando ya olían, no hubo más remedio que enterrarlas. Y en su lugar, nacieron, traídas en el pico de la cigüeña de Europa, las modernas estaciones de servicio que son ya finas, elegantes, con aspecto de supermercado, de shop anglosajón y almibarado. Allí se pueden duchar los coches o maquillarse con ruedas nuevas, con pinturas o brillos cautivadores, con espejos coquetos que lanzan guiños que engatusan a los otros coches y les hacen concebir esperanzas, con abalorios y perifollos de miss ruborosa o de niño bitongo y los automovilistas disponen de lugares para aliviarse y, si lo desean, avituallarse de condones, pueden llevarse cintas de música, mitones de señora antigua, gafas de sol, cubitos de hielo para la neverita de embutidos y cocacolas… El viejo poste de gasolina que allí, en ese mismo lugar, estuvo hace años, solitario e incomunicado, mira desde el Cielo, que a pulso ganó, satisfecho como un abuelo que se solazara con la prosperidad de su familia.

Pero además, suprema conquista, están las estaciones de servicio que han dado el salto definitivo en la evolución de la especie. Porque en ellas hay restaurantes, supermercados, tiendas de bisutería, peluquerías de señora y caballero, jardines para niños, hoteles, agencias de viajes, y muy pronto un instituto de bachillerato y un par de facultades universitarias. Y es que, en su crecimiento, la estación de servicio ha cuajado en ciudad. Sólo le falta un ministerio. Pero todo se andará.

Y así como hay ciudades que tuvieron su origen en un rio rumoroso o en una batalla fiera, estas ciudades han nacido de un poste, de un humilde poste de gasolina que bien merecería una reproducción  fidedigna en la gran plaza central y allí ser adorado como el tótem de la nueva tribu urbana. O como el gran falo reproductor.

 

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La burbuja de los rectores

La palabra “burbuja” ha adquirido en los últimos tiempos un prestigio equívoco pues donde antes evocaba a una simple esfera o bola de agua inofensiva o una inocente espuma, hoy remite a terribles infortunios y así nos hablan los agoreros de guardia de que está próxima a estallar la burbuja inmobiliaria, la bancaria, la del mercado del arte, del oro, de las criptomonedas … qué sé yo. Los peores pronósticos aparecen asociados a la antigua pompa de jabón, esa que soplaba un niño en un parque sin atraer mayores males que un suave lloriqueo de breve decepción.

La burbuja está así adquiriendo vida propia que llena de recelos a quien oye hablar de ella de manera que los espíritus sensibles y lastimeros sufren hasta límites increíbles cuando zumba a sus oídos la dichosa palabreja. El pobre jubilado que se ha pasado la vida coleccionando sellos y que cree atesorar un patrimonio de pronto oye a un entendido decir que va a estallar la burbuja de la filatelia y es como si para él estallaran en sus oídos todas las bombas que cayeron en Londres durante los apacibles entrenamientos alemanes.

Es “burbuja” sustantivo además temible pues que las más de las veces no precisa de ir acompañado de adjetivo alguno: él solo se basta y sobra para sembrar la desolación. Andan sin bastón. Cuando lo contrario es lo habitual porque el adjetivo muscula al sustantivo y le dota del vigor necesario para caminar erguido y haciendo de las suyas por el mundo. El sustantivo que se permite ir solo, entre los entresijos del lenguaje, está haciendo una burla a una porción de páginas del diccionario y para eso se necesita mucha entereza y una fe y una frialdad notables.

-Viene la burbuja -oye decir el rentista. Y corre a sacar sus ahorros del banco y meterlos entre las sombras que proyectan sus temores.

La nueva burbuja es la que están aireando los rectores de las Universidades españolas agrupados en torno a una cosa que se llama la CRUE y que la verdad, como temo poco a los rectores, la mayoría de ellos entes con cara de orlas, lo de la CRUE me remite al CRU que es la denominación de las grandes añadas del Burdeos, del Borgoña: cosa fina ciertamente por lo que deberían tener más respeto a la abreviatura.

Pues los tales rectores, que habitan palacios litúrgicos y que se sientan en esos lugares preeminentes donde se guarda como en fundas la artritis oratoria de su predecesor, nos hablan ahora ¡de la burbuja de las carreras y títulos universitarios!

Después de pasar años concediendo a sus allegados y votantes todo tipo de sinecuras para poder contratar profesores, auxiliar menesterosos becarios y dotar deficientes laboratorios, ahora se percatan de que se han pasado de la raya y denuncian que hay 2.425 grados y 2.854 másteres. Todos repetidos, con nombres rimbombantes, los más en inglés (en un inglés fementido), captando alumnos como quien capta mariposas en un camplo florido.

¡Y lo dicen cómo si ellos hubieran sido ajenos a la fabricación de semejante noria de despropósitos donde dan vueltas y más vueltas paniaguados y donde se distribuyen con largueza las prebendas a los allegados!

La pregunta es: ¿estamos ante una burbuja? Pues sí porque la última acepción que conozco de la palabra es la siguiente: “espacio aséptico y aislado del exterior donde permanecen las personas que tienen un sistema inmunológico deficiente”.

Mismamente, la Universidad española: autónoma, democrática, participativa, gremial y sindicalera.

 

 

 

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Es indiferente llamarse Ernesto

En esta novela, que tiene como protagonistas a los miembros de una familia española de mediados del siglo XX, se retratan las ambiciones, las fantasías y las frustraciones, las esperanzas y las desconfianzas, las amistades y sus venenos; en definitiva, los pliegues y repliegues del alma humana. De este libro (merecedor del Premio Miguel Delibes de narrativa en 1992) el académico Emilio Alarcos Llorach comentaba en su prólogo: «Se hace en la obra un análisis despiadado de las actitudes humanas: interesadas, insolidarias, estúpidas o ridículas. Al descarnarlas con fría disección, no se llega sin embargo, al esperpento porque sobre la impávida visión pesimista se cierne un aura liviana de compasión inteligente. La censura acerba se convierte en ironía indulgente; quiere esto decir que la prosa de la novela conserva los rasgos típicos de la tradición del humor español».

Es indiferente llamarse Ernesto es en palabras de su propio autor «una obra hija de la pasión por la escritura y nieta de la observación mordaz y humorada de la vida». En ella se conjugan los episodios en una acción vívida y llena de sorpresas que no dejarán de fascinar al lector.

Es indiferente llamarse Ernesto

 

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Memorias dialogadas

Introducción de José Lázaro

Sosa Wagner es un lector voraz tanto de obras ensayísticas como literarias. Esa pasión por los libros, unida a una gran curiosidad por el ser humano y las sociedades en que habita, le han proporcionado una visión de la realidad amplia y transdisciplinar que da a sus escritos un gran interés más allá del ámbito profesional que le es propio. Su último libro, en 2016, sobre la independencia de los jueces, se subtitula “Un relato escrito para personas curiosas y legas”, pero incluso sus obras más técnicas se pueden leer fácilmente sin más que tener un cierto interés por el mundo en que vivimos y un nivel cultural medio; la razón fundamental es su habilidad para exponer cualquier asunto haciéndolo interesante por su dimensión general y desarrollándolo con un pensamiento tan claro como la prosa que lo transmite.

Una de las ventajas de esta mentalidad opuesta a “la barbarie del especialismo” es que enriquece la deliberación al facilitar la conciencia de que los temas complejos no se pueden reducir a esquemas simples. Cuanto mayor es la amplitud intelectual que nos proporcionan los saberes variados, mayor también la flexibilidad para buscar explicaciones de las cosas más allá de nuestras primeras ocurrencias o de nuestra ideología favorita. Una auténtico análisis deliberativo ha de hacer el esfuerzo de buscar siempre en los problemas planteados aspectos diferentes de los que inicialmente nos parecían suficientes para comprenderlos.

Como en todos los textos de esta serie que lleva como título “Autobiografía dialogada”, se articulan en la conversación que sigue los recuerdos biográficos de la personalidad seleccionada, el resumen autocrítico de su labor profesional y las opiniones personales sobre los grandes problemas eternos y actuales que ocupan su interés.

F. Sosa Wagner: Memorias dialogadas

 

Amable comentario de José Ramón Chaves.

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Melancolía del bufón catalán

Este puede ser un momento estelar para Cataluña, cuando se han desvanecido sus sueños republicanos de grandeza, sus quimeras fundacionales y andan sus moradores recitando sombríos aquellos versos de Pere Gimferrer “lloré, lloré y lloré ¿y cómo pudo ser tan hermoso y tan triste?”.

Hoy, el desvarío de la independencia cuenta con héroes, de los del callejón del Gato valleinclanesco, cierto, héroes chatos, ridículos, héroes de feria, pero ¡qué caramba! héroes al fin y al cabo. Procede aprovechar el tirón y saber que los momentos de melancolía y abatimiento engendran los mejores frutos de la historia. Aunque esos gigantes catalanes, rebajados hoy a enanos bufos, odian a España les vendría bien recordar que a finales del siglo XVI andaban los españoles todos mustios, “afligidos y desconsolados” como se decía en un informe dirigido por el Consejo Real al tercero de los Felipes (al tercero, no al quinto, el franchute que acabó con las libertades, que nadie se alarme).

Se arrastraban por las esquinas aquellos abuelos nuestros auscultando los latidos desfallecientes de la España “enferma”, de la España desengañada. Y, sin embargo, aprovecharon para crear obras inmortales. Yo les recomiendo que se lean los “Sueños” de Quevedo porque permiten cultivar las más frenéticas y desacordadas ideas, porque se ve a los españoles como hombres “encantados”, es decir, sufriendo un embrujo que como todos al cabo se desvanece. Son los “Sueños” un catalejo que nos advierten de la mentira del carnaval del mundo, de la estupidez que nos aqueja y acompaña siempre y todo eso ha de ayudar en Cataluña ahora a tonificar el ánimo y endulzar el duro golpe que supone pasar de las alucinaciones a la sala segunda del Tribunal Supremo y a Alcalá-Meco.

Padecimos una melancolía histórica, la bilis negra como se la llamó, una afección que se puede advertir hoy en tantos ciudadanos catalanes tocados por el virus nacionalista, sujetos con afanes de loca grandeza, con ideas fijas y extravagantes, absorbidos por el deseo de lo absoluto, dados a los fármacos y adoradores de su mismidad y de la de sus vecinos como seres superiores, venidos al mundo para borrar de “su” Tierra toda impureza, evocadores de un pasado glorioso y -claro es- disconformes con un presente empecinado en arrebatarles la gloria o dárselas en cucharaditas infantiles.

Como sostengo es dolencia que estuvo muy arraigada en España pero que dio el Siglo de Oro: a Quevedo, a Cervantes, a Lope, también a Velázquez, a Zurbarán, a Valdés Leal y hasta en la música hicimos nuestros pinitos … de manera que hay que cobrar aliento, sacar punta a los lápices del ingenio, obtener de la locas aspiraciones republicanas, extraer del deseo de vivir aparte, de construirse un universo de miserias y pequeñeces -eso sí, todas ellas independientes- y dar a luz con esos materiales un nuevo siglo de Oro aunque lo que salga luego sean unos cuantos años mustios de oro falso, una aleación de cobre y estaño, como aquellas que debían de hacer los batihojas catalanes de los tiempos pasados. Pero el esfuerzo merece la pena.

Albert Boadella, gran sujeto, escribió sus memorias de un bufón. A mí me gustaron  pero ahora descubro que tuvo muchos seres cercanos en quienes inspirarse, que en este sentido fue un plagiario de parte de la humanidad circundante, fecunda precisamente en bufones.

¿Se dan cuenta? el bufón, el gran personaje de la pintura velazqueña del Siglo de Oro. ¡Ánimo, republicano catalán y melancólico, el arte es tuyo!

 

 

 

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