Ante Schleswig-Holstein con horror

¡Vaya con Schleswig-Holstein! Un buen quebradero de cabeza a lo largo del siglo XIX con alarde y estrépito de peleas entre prusianos, daneses, austriacos, y los propios ducados de Schleswig-Holstein en medio de la refriega. Acabarían siendo una provincia prusiana pero para ello tendrían que pasar sucesivas guerras y vivir sobresaltos y zozobras de porte histórico. El escritor alemán Theodor Fontane tiene muchas páginas dedicadas a estos pasajes trepidantes, no olvidemos que fueron una parte sustancial de los que conducirían a la unidad alemana y a la fundación del Reich tras la guerra franco prusiana (1870).

Pues ha sido en ese territorio donde unos jueces han decidido que en España no se ha producido una rebelión en toda la regla frente al Estado constitucional. Con el argumento de que no ha habido “violencia” cuando en Cataluña, si algo ha habido en los últimos tiempos, es justamente violencia: frente a quienes quieren hablar o aprender o rotular su negocio en español; frente a quienes se niegan a tragarse las ruedas de molino de un nacionalismo de boina y tractor y por ello sufren pintadas y escraches; frente a los historiadores que no han aceptado el relato nacionalista en sus textos y estudios; frente a los juristas que han rechazado la milonga de los hechos diferenciales que justifican himnos y procesiones por más que sea a base de tergiversarlo todo empleando una paranoia densa y viscosa.

Ha sido y es una violencia que debe llamarse de tracto continuado. ¿O es que piensan los jueces alemanes que violencia es solo tripular un tanque y arremeter contra el edificio de Correos? ¿o quemar el registro de la propiedad del pueblo? ¿o colgar por los piés a un sacristán? ¿no saben estos magistrados a la violeta que en el siglo XXI las muestras de violencia se extienden también sigilosamente por las redes de comunicación con la finalidad de asediar edificios y hoteles, levantar murallas humanas o cortar carreteras?

Dinamitar el edificio político español aprobando leyes contrarias al orden constitucional en una sesión televisada es, señores jueces, violentar nuestra democracia. Por tanto, ejercer la violencia. De cuello blanco. Pero violencia.

Permítanme darles una pequeña lección de derecho constitucional español, que ustedes desconocen, y después recordarles otra de derecho constitucional alemán que ustedes deberían conocer pero, a lo que se ve, tienen sepultada entre los pliegues de sus polvorientas togas.

Les cuento que en España es posible cambiar en su integridad la Constitución aprobada en 1978. Toda ella, sin excepción alguna. Solo que se exigen determinados trámites. Nosotros distinguimos entre una reforma limitada que tiene un procedimiento regulado en el artículo 167 y otra que se llama “revisión” o reforma “parcial” que afecta al título preliminar y a los derechos fundamentales. En este caso, el procedimiento se complica y a los detalles de su tramitación contenidos en el artículo 168 me remito.

¿Saben ustedes que por esta vía se puede destronar a nuestro prudente monarca don Felipe, mandarle al exilio y proclamar la República?

Naturalmente que ni lo saben ni probablemente lo puedan comprender. Porque, allí, en Alemania, rige el artículo 79. 3 de la GG en el que se recoge algo que a ustedes les sonará de las clases en la Facultad: la “cláusula de eternidad”. En virtud de la misma “una modificación de la Constitución que afecte a la organización en Länder de la Federación, a la participación de los Länder en la legislación de la Federación o a los artículos 1 a 20, es inadmisible”. Y este artículo 20 instaura la República federal y el Estado democrático y social. Si alguien quisiera restaurar la monarquía de los Hohenzollern o cualquiera otra de las casas reinantes antiguas (por ejemplo la de los Wittelsbach bávaros) y decorar de nuevo palacios con entorchados y aparatosos bigotes sería inmediatamente encarcelado por “alta traición”, previo sometimiento probablemente a un tratamiento psiquiátrico puntilloso.

Es más: el párrafo 4 de ese artículo 20 obliga a todos ustedes, jueces, tenderos o cantantes de ópera, a ejercer “el derecho de resistencia contra cualquiera que intente eliminar el orden [constitucional] …”.

En consecuencia, a ver si nos aclaramos. Este señor a quien ustedes han puesto en libertad por considerar que en modo alguno se ha rebelado contra la Constitución española tenía en su mano promover su cambio, de arriba a abajo, sin excepción alguna de sus preceptos siempre que se ajustara a lo previsto en el artículo 168 que antes he citado.

Allí, en Schleswig-Holstein o en Baviera o donde quiera que fuera del territorio de la Repíblica Federal -intangible- de Alemania, esa pretensión es no solo inadmisible sino que obligaría a desempolvar el viejo “derecho de resistencia” que viene desde la Antigüedad clásica, pasando por todos los capítulos en que se divide el grueso libro de la Historia, provocando una polvareda de discusiones.

Pues ustedes, señores de mohosas togas de Schleswig-Holstein, han considerado que un proyecto de secesión como el de Cataluña que implica violar el texto constitucional y además -¡una bagatela!- alterar las fronteras de un país europeo, es asunto menor y que desde luego no es motivo para mantener en prisión a su autor y entregarlo a los jueces y tribunales españoles. Y todo en virtud de una confusa argumentación, propia no de juristas sino de rábulas, sobre la inexistencia de violencia que ustedes por supuesto no aceptarían si de analizar una “alta traición” (Hochverrat) se tratara.

¿O es que no recuerdan ustedes la celeridad con la que el Tribunal Constitucional de Karlsruhe zanjó la pretensión de celebrar un referéndum en Baviera (2 BvR 349/16)? Lo hizo con estas escuetas palabras contra las que no creo que ninguno de ustedes se revolviera: “En la República Federal de Alemania, Estado nacional fundamentado en el poder constituyente del pueblo alemán, los Länder no son señores de la Constitución. En la Constitución no existe ningún espacio para las aspiraciones secesionistas de los Länder. Son contrarias al orden constitucional”.

Tan clarito es lo que he tratado de contar que me inclino a pensar que su disparatada decisión -sea dicho con el máximo de los respetos- es el fruto, por un lado, de su ignorancia de lo que significan España y el orden establecido en los Tratados europeos; por otro, del hecho de que viven ustedes en una burbuja periodística y televisiva en la que prácticamente no han tenido cabida más que las tesis de los secesionistas catalanes. Expuestas además muy combativamente.

Mucho me temo que esta realidad, tan adversa a los intereses de España y de Europa, sea posiblemente fruto de la incuria del Gobierno español.

¿Qué tal si de este desastre respondiera alguien?

 

(Publicado en el periódico El Mundo el día 7 de abril de 2018)

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Emoticonos en el Parlamento

Ya es costumbre, en la actualidad, que los grandes prebostes de la política anuncien sus decisiones, aun las más trascendentales, a través de su “cuenta” en una red social como si fueran muchachos comunicando una nadería a la pandilla del equipo de baloncesto.

En épocas más severas y contenidas, se usaba para estos menesteres el Boletín Oficial del Estado y tiempos hubo en que burócratas acreditados y empedernidos leían a diario esta publicación, un vicio que luego se pudo ampliar a los Boletines de las diecisiete Comunidades Autónomas con menos pretensiones que el viejo del Estado aunque las mismas miasmas.

Como digo, hoy son las redes, lugar al que se vierten los desechos como antiguamente se vertían a las calles las aguas sucias, donde aparecen noticias relevantes y por ello nada menos que el presidente de los Estados Unidos ha podido anunciar al mundo en twitter que inicia la guerra comercial contra tirios y contra troyanos. Con la misma naturalidad de quien comunica las virtudes del último fármaco útil para evacuar. El asunto no es baladí porque esa guerra, sin batallas ni ascensos de coroneles a generales, que es para lo que siempre se han hecho las guerras, acabará haciéndonos pagar más a todos por las zanahorias, la leche o el repuesto de un tornillo para la lavadora.

Tal desenvuelta manera de comunicarse de las grandes autoridades del mundo obliga a que en estas Soserías, siempre atentas a lo más nuevo y mundano, se medite acerca del uso de las nuevas técnicas de la comunicación en el universo de la política y en especial en los debates parlamentarios entre los partidos.

Propongo que, para sustituir los discursos al estilo de Castelar o de Azaña, que  cansaban a los taquígrafos de las Cortes y al resto de personas bien constituidas, se podría generalizar el uso del whatsapp o de los mensajes entre escaños. Hoy ya es costumbre ver a los diputados con el móvil en la mano despachando la correspondencia o anunciando en casa que echen más tarde el arroz porque se retrasan. Pues bien lo procedente ahora es el tuit en pocos caracteres del líder de la oposición al jefe del Ejecutivo o viceversa y las respuestas en forma de emoticonos que incluyen el aplauso, el beso y demás.

Adviértase lo que se ganaría en las comisiones parlamentarias planteando por esta vía las enmiendas a la ley de hipotecas o a la de presupuestos: en lugar del texto hasta ahora usual con sus matices e indescifrables circunloquios, el mensaje escueto o el correo electrónico que es siempre sobrio y conciso.

¿Qué es lo que nos impide reformar la Constitución? Pues lo pesado del empeño, las cabriolas semánticas que estaremos obligados a emplear, los papeles que habremos de redactar, las réplicas, las contrarréplicas, los añadidos y las apostillas, es decir, ese universo bullicioso en lo semántico y desorbitado en lo ideológico. Pues bien, sustitúyase tal infinito enredo por emoticonos, mensajes y wathsappes y comprobaremos cómo lograremos la mayor fluidez y el más fructífero  consenso.

Y así una sesión parlamentaria, desarrollada a base de móviles entre los diputados, contribuiría a hacer del Parlamento el templo, si no de las virtudes, sí de lo virtual. Algo es algo.

Para otra ocasión queda la explicación de otra idea fecunda: la de convencer a los diputados para que no hablen al público sino consigo mismos. Es decir incitarles al cultivo del género monologante tan en decadencia a pesar de la buena propaganda que le hizo Antonio Machado en su autorretrato (“mi soliloquio es plática …” etc) y también de lo aseadamente que con él se gana uno fama de ser un orate adorable e inofensivo.

 

 

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Rigores de prisión

Precisamente ayer el director de este diario citaba, en su artículo dominical, la anécdota del molinero prusiano que invocó la existencia de jueces en Berlín para protegerse del atropello de una expropiación. Ahora podemos decir que, además de jueces, en Alemania hay policías eficaces que ponen a los delincuentes en manos del poder judicial para que este pueda hacer su labor.

Desde que Carles Puigdemont, una vez consumado el golpe de Estado contra el orden constitucional, se fugó a Bélgica para no comparecer ante la Justicia no hemos estado precisamente contentos los europeístas. Ha sido duro advertir el comportamiento lamentable de un Gobierno como el belga que no ha dudado en acoger, a base de trucos de rábula y dengues políticos, a quien ha desafiado el sistema institucional de un Estado miembro y -se supone- amigo. Pensar que el presidente de ese Gobierno se sienta tranquilamente cerca del presidente de nuestro Gobierno en los Consejos europeos produce escalofríos: ¿cuál es el grado de cinismo que es preciso albergar en las entretelas para ser tan desleal?

La irritación sube de tono cuando se ha visto a ese mismo personaje pasearse por Dinamarca o por Suiza o Finlandia con absoluto desenfado y a una colaboradora suya instalarse en Escocia a dar clases en la Universidad, supongo que de Derecho constitucional o de Teoría del Estado.

Quienes quisiéramos ver erguido y airoso el edificio europeo lamentamos que el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia, al que colocó el Tratado de Lisboa incluso por delante de la realización del mercado interior, conozca tantas trabas y lleve una vida lánguida, una vida que se desarrolla entre constantes aplazamientos en la adopción de decisiones y entre inacabables bostezos de los ministros reunidos aquí o acullá. Como igualmente lamentamos que a los Estados miembros asista la posibilidad de desligarse de empeños como el que este Espacio representa simplemente anunciando su no participación. Tal es el caso de Dinamarca -junto a algún otro-, un país visitado por nuestro golpista fugado (en fuga y olvido de la dignidad política).

Pero las instituciones europeas funcionan a pesar de lo que oímos a menudo en labios de botarates titulados. Y por eso en junio de 2002 (con alguna modificación ulterior a la que debe añadirse la ley española 23/2014) se creó, por Decisión Marco del Consejo, la orden de detención europea que ha sido un punto y aparte en la historia del sistema clásico de extradición al haber incorporado reglas desconocidas hasta entonces: limitación de los motivos para denegar la ejecución, competencia de los jueces en lugar de las autoridades políticas, posibilidad de entregar a nacionales del Estado de ejecución, establecimiento de plazos claros para su ejecución …

Es esta orden europea la que ha permitido, activada hace unos días por la autoridad judicial española, detener en Alemania al prófugo golpista Carles Puigdemont y ponerle tras los barrotes de un presidio alemán y, en cuanto se ultime el procedimiento, acogerle en las estancias de un centro penitenciario español. Porque es el caso que el legislador alemán tiene previsto en su Código Penal el delito de rebelión contra el orden constitucional plasmado en la Ley fundamental. Una ley esta, por cierto, que los alemanes se toman muy en serio por lo que a nadie se le ocurre quemar su texto en la plaza pública (como los nazis quemaban los libros que no les gustaban) pues saben que es la garantía de su libertad y del resto de sus derechos fundamentales. Las penas son severas y pueden llegar, en el caso de la alta traición contra la Federación (lo que nosotros llamamos Estado), a la cadena perpetua (que es revisable ¿a alguien le suena esto?).

Y es que los ordenamientos jurídicos, cuando están bien aparejados, tienen previstos estos desmanes, que ponen en riesgo la seguridad de todos, así como su castigo. Hoy, populismos y nacionalismos son peligros ciertos para la estabilidad europea. Por eso es preciso impedir que una cáfila de frívolos sin el sentido de la prudencia que debe administrar quien se sienta en un escaño parlamentario nos ponga en estado de zozobra.

Madame de Staël, que dejó páginas magníficas sobre Alemania y a quien se ha llamado certeramente “madre espiritual” (Roca-Ferrer) de Europa, lo dejó escrito ante un riesgo semejante de su época: “¿qué orden social nos proponen esos partidarios del despotismo y de la intolerancia, esos enemigos de las luces, esos adversarios de la humanidad … adónde habrá que huir cuando ellos manden?”.

Pues así en la España de hoy. En la Europa de hoy.

 

(Publicado en el diario El Mundo el día 26 de marzo de 2018).

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Ocio y animación

Impresiona observar cómo crece el número de profesiones y cómo se diversifica su contenido. También en esto es el presente prodigioso porque la historia nos enseña que antes los hombres se dedicaban a la agricultura, al comercio o se hacían médicos o curas y pasaban sus días entregados rutinariamente a estas tareas. La mujer, claro es, estaba excluida de la mayoría de esos afanes porque bastante tenía con ser, como dice el viejo Digesto, “cabeza y fin de su familia”.

La reforma de la educación ha producido en tal sentido efectos devastadores y ha multiplicado por no se sabe qué número las ocupaciones a las que los humanos (ahora ya incluidas las mujeres) pueden dedicar sus años de fertilidad laboral. Todo esto se debe, dicen los científicos, a la complejidad de la vida moderna y a las necesidades que la técnica impone. Cada máquina es un mundo, cada cachivache que usamos en la vida doméstica es el resultado de experimentos complicadísimos y es lógico que, si ello es así, sean también complicados los estudios y las artes que se precisan dominar para desempeñarse adecuadamente en este arsenal milagroso en que han venido a convertirse los artilugios que nos rodean en nuestro domicilio. ¿Alguien en sus cabales puede entender que, sin movernos de nuestro despacho, podamos entrar en la Casa Blanca de la mano de un guía de Internet y ver el lugar preciso donde evacua la señora del presidente del país más poderoso de la tierra? Si todo esto no es misterio, enigma, cábala, ¿qué es?

No es extraño por ello que leer las páginas de ofertas laborales en algunos diarios sea un ejercicio estremecedor porque hay quien solicita u ofrece los servicios como “responsable de soporte de ventas”, “técnico frigorista”, “chief executive officer”, “responsable estratégico de división”, “encargado del merchandising” o, lo que es peor, “responsable del mantenimiento del stock”. Si ya los rótulos aludidos son pavorosos, más sorprendentes todavía son los requisitos que se exigen pues hay que tener “experiencia en negociación con equipos de proveedores”, “capacidad para actuar bajo presión”, “dominio de la diagnosis”, “carácter apasionado”. Naturalmente, todo ello en inglés pues quien no maneje este idioma ni siquiera puede leer los anuncios que, o bien están escritos directamente en la lengua franca del actual imperio, o incorporan tal cantidad de anglicismos que prácticamente se hace imposible llegar a ellos sin unos buenos conocimientos del sublenguaje que está naciendo.

Las personas de natural apocado agradecemos que la edad nos libere de entrar en ese mercado fiero y que ya no necesitemos demostrar “carácter apasionado” ni ninguna de esas otras exigencias que van de lo estrambótico a lo diabólico. ¿Cómo podrá acreditar un aspirante que tiene “capacidad para actuar bajo presión”? Algunos nos maliciamos que todo ello no es sino palabrería para colocar al primo o al cuñado pero estos pensamientos no deben ser tenidos en cuenta porque son sin duda malicias de viejo.

Pero el no va más de la innovación profesional lo aporta la Escuela Superior de Ocio y Animación que es el lugar donde se prepara el muchacho o muchacha que aspira a ser “animador turístico”, “monitor de tiempo libre” o “animador para la tercera edad”. También estas son nuevas profesiones que se pretenden inscribir entre las conquistas del hombre.

Ahora bien, con ellas hemos llegado demasiado lejos y ya muchos no nos dejamos embaucar. Pasen las anteriores porque la mayoría están en inglés y así es muy fácil que nos den gato por liebre. Pero en relación con las que están escritas en lengua más familiar, tenemos la obligación de ser menos pazguatos. Y, si aplicamos a ellas el más elemental sentido común, concluiremos que son rigurosamente absurdas.

Porque puede observarse que todas las actividades de animación están destinadas a las personas que nada tienen que hacer: el turista, el que disfruta su tiempo libre o el pensionista. Y la pregunta demoledora surge de inmediato: ¿para qué demonios necesita un sujeto que está de viaje de placer o de vacaciones o que se ha jubilado a un animador? Lo necesitó cuando estaba con una máscara y un soplete en Altos Hornos de Vizcaya o subido a un andamio en una obra o aguantando a cuarenta niños en una clase de párvulos, pero ¿de vacaciones o disfrutando la jubilación? En estas circunstancias, la animación viene de dentro, de lo más hondo, de saberse alejado del soplete o de los niños. ¿A qué viene un pelmazo intentando animarles?

Señores de la Escuela de Ocio y Animación: si no quieren arruinarse, les recomiendo que preparen animadores para funcionarios, panaderos, vendedores de electrodomésticos y vareadores de aceituna y sobre todo unos muy especializados para quienes estén pagando una hipoteca.

¿Un animador para un turista en París o un jubilado en Benidorm? ¡Quite, allá, buen hombre, no sea usted cargante!

 

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El agujero

Se habla mucho en estos tiempos del “agujero” que los actuales gobernantes se han encontrado al llegar a sus nuevas responsabilidades como un componente más de los ministerios, junto a las cornucopias, los retratos de Cánovas, los relojes de época y el oficial mayor.

-Señor ministro, le presento al agujero.

Pero el señor ministro le saluda circunspecto y con cara de pocos amigos.

Ha habido algún ministerio donde la situación del agujero ha sido un poco desairada, incluso patética, porque se han olvidado de él. Entonces, éste se ha visto obligado a comparecer por su propio impulso en el imponente despacho ministerial:

-Buenas, señor ministro, soy el agujero. Como nadie nos ha presentado, me he tomado la libertad de importunarle.

Está escrito en la naturaleza de las cosas que a los nuevos políticos, bisoños y con tendencia a la ensoñación, no les guste el agujero. Eso se debe a que aún no han madurado o, lo que es lo mismo, a que no han alcanzado a asimilar la estética del agujero.

-¡Que me tapen el agujero! grita nervioso el ministro al subsecretario.

Por prejuicios que traen de la vida civil, creen que el agujero es pozo negro, oquedad pestilente, madriguera de picardías, la verdadera puerta del infierno. Y como traen mentalidad de albañil, lo que quieren es cegar cuanto antes el agujero.

Pero pocos objetos hay en la Administración más viejos que el agujero. Se lo traspasaron los Reyes católicos a los Austrias, éstos a los Borbones, los Borbones a don Amadeo, don Amadeo a los republicanos, los republicanos a los Borbones, éstos a los republicanos y así sucesivamente en una cadena tan interminable que hasta al mismo general Franco se atrevieron a pasarle el agujero como si ni siquiera hubiera ganado una guerra civil. El agujero es pues el hermano siamés de la Administración.

Por eso, el agujero se ríe con su sonrisa de ratonera, oye el estrépito de declaraciones anunciando su fin y deja hacer, consciente de que el tiempo amainará el temporal y de que, al cabo, saldrá una vez más triunfante.

Y así sucede. Porque, cuando los gobernantes pierden su condición de novatos, descubren que el agujero, que en definitiva no es sino gastar dinero ajeno alegremente, no es tan negro como lo pintan pues, bien manejado, puede ser un valioso instrumento para llevar a la práctica sus fecundas ideas y, entonces, ya no le hacen ascos, antes al contrario, le miran con respeto, primero, y con abierto cariño, después. Han descubierto la estética del agujero, se han dejado seducir por él, les ha vencido su maña de viejo y avisado. Ya son unos políticos de cuerpo entero y ya están en condiciones de derramar sobre la sociedad los bienes de sus desvelos.

Los políticos timoratos se contentan con mantener el agujero heredado alimentándolo prudentemente. Estos hombres dejan una huella tan pobre de su gestión que pronto la borra el tigre hambriento del Tiempo.

Los verdaderamente audaces, por el contrario, actúan con más valentía en cuanto descubren que el auténtico éxito en la gestión pública pasa por ahondar el agujero, por hacerlo más profundo y misterioso. Se convierten estos prohombres en auténticos espeleólogos que bajan, trepan y suben con envidiable habilidad por el agujero de su ministerio, sacándole el jugo, explotando sus vetas, abriendo pozos, explorando socavones, cavando galerías, descubriendo en su interior nuevas riquezas, miríficos tesoros.

Y, cuando ya llevan años en el poder, saben que el agujero es su mejor aliado y que es su deber traspasarlo a quienes les sucedan en el manejo de los negocios públicos de la forma más opaca posible.
Han comprendido, al fin, que el agujero forma con la Administración un todo compacto, inescindible porque la misma Administración es, ante todo, agujero, el agujero negro capaz de absorber cualquier materia o energía situada en su campo gravitatorio.

¡Es tan inútil luchar contra el agujero!

 

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El estrés y las cebras

Raramente un novelista y no digamos un poeta logra forrarse con sus libros. Ambos se consuelan diciendo que es tanta la satisfacción que les produce la obra creadora que cobrar encima por ella les parece un abuso. Este modo de razonar es ingenioso aunque a nadie se le oculta el hecho de que a ambos, al novelista y al poeta, les encantaría que tal abuso se produjera: no hay más que ver como cualquiera de ellos menea el rabo ante los poderosos del dinero.

Los libros verdaderamente rentables son aquellos que se dirigen a aclarar los interrogantes que más preocupan a la sociedad. Así ocurre con títulos como el de “cómo casarse con un millonario”, “cómo hablar bien en las reuniones de empresa” y otros del mismo estilo. Ahora acaba de publicarse uno que es una “guía del estrés” y que lleva el subtítulo de “¿por qué las cebras no tienen úlcera?”.

El estrés es lo que padecen los ejecutivos que se ven obligados a comer muchos langostinos y jamón de Jabugo mientras que el cansancio es lo que siguen padeciendo los jornaleros del campo cuando llevan muchas horas vareando aceituna. Del estrés se repone quien lo padece jugando al squatch enfundado en una sudadera; del cansancio, por el contrario, dándole a las cartas en el bar del pueblo. El estrés es selecto, elegante y uno está orgulloso de su estrés y aun se le exhibe como si fuera un perro de raza o una joya. Porque solo el estrés es lo que otorga al ejecutivo la pátina de su verdadera ejecutividad. El cansancio es grosero, chabacano, un estigma que procede de las penalidades encerradas en el mandato bíblico que nos condenó a ganar el pan con el sudor de nuestra frente. Así como antiguamente la división en clases se expresaba en el sombrero, que llevaban los señores, y en la gorra, que llevaban los menestrales, hoy tal división se expresa en la forma como se designan las inevitables fatigas del trabajo.

-Estoy estresado -dice el director de la fábrica.

-¡Qué jodío cansancio! -dice el recogedor de uva tras una jornada a pleno sol. Suele añadir un taco más sonoro pero los tacos, como son los puñetazos al lenguaje, no deben utilizarse más que en caso de pelea.

En el libro del que hablo se pone en relación al estrés con la úlcera. Y es que parece que entre ambos hay una relación de causalidad de suerte que el estrés no es tal si no desemboca en una úlcera de la misma forma que el Ebro no sería un río si no desembocara en el mar Mediterráneo. Un estrés sin úlcera es un cirujano sin mascarilla o un pintor sin pincel. Es un proyecto de estrés que sólo llegará a ser un verdadero estrés si realmente sabe agenciarse una buena úlcera. Hay una novela de Zunzunegui que se llama precisamente “la úlcera” y en ella el protagonista era un indiano que no se consideraba plenamente feliz ni plenamente indiano si no lograba disponer de una úlcera de duodeno. Pues bien, ahora el ejecutivo sin úlcera es un ejecutivo no estresado y un ejecutivo de tal forma amputado puede darse por perdido en el mundo de los negocios donde impera la velocidad y la urgencia.

El lector avisado es muy probable que se pregunte qué tiene que ver todo esto con las cebras. La explicación es muy sencilla: las cebras son esos animalitos que llevan sus trajes de rayas con enorme dignidad desde hace miles de años. Pues bien, como sabe cualquier aficionado a la historia del vestido, los primeros trajes de rayas proceden de ellas, luego vendría el mil rayas y, más adelante, los cuadros y el príncipe de Gales. Las cebras son pues las inventoras del traje de rayas pero nunca han blasonado de ello porque lo inventaron con la mayor naturalidad, sin darle la más mínima importancia, es decir, sin estrés alguno. Y aquí viene la razón de ponerlo todo junto. Es claro que si las cebras, para inventar el traje a rayas, que es lo único relevante que se les ha ocurrido a lo largo de la Historia, no hicieron el más mínimo esfuerzo ¿para qué lo van a hacer después en empresas que ya no pueden revestir la misma trascendencia? De ahí que vivan felices, sin estrés y sin úlcera.

Ahora bien, cualquiera convendrá conmigo que si para vivir sin estrés hay que imitar a las cebras, irse a África y vivir en una manada, prefiero la úlcera. A ser posible, tratada con Ribera del Duero.

 

 

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Tiempo de mudanzas

Se acercan mudanzas en la escena política y, con ellas, la probable sustitución de unas personas por otras. Ya que no podemos practicar grandes cambios, ya que casi todo cuanto nos rodea es intocable por mor de las convenciones, de las leyes eternas de la inercia, o del peso riguroso de los intereses, al menos cambiemos a quienes se ocupan de los asuntos públicos para dar una apariencia de novedad y creer así que somos capaces de influir en algo, de modificar el curso de los acontecimientos, adquiriendo con ello un protagonismo que, en rigor, es pura ilusión, un juego hipnótico con el que gustan distraerse los poderosos y en el que la mayoría actuamos como comparsas. La sociedad es un casino, un templo del azar, bien lo sabemos, pero lo que más molesta es que esté falseado porque los crupieres han sido autorizados para cargar los dados.

Sería, sin embargo, poco higiénico rendirse al abatimiento y como además resultaría insufrible pedantería intentar cambiar el orden social y sus escamas, que son las tradiciones, conviene recrearse en el espectáculo emocionante que nos depara el subir y bajar de los personajes y personajillos, el tobogán por el que se deslizan los encumbrados hasta dar en el suelo y las rampas por las que se ven obligados a trepar quienes se empeñan en asomar sus altivas crestas de gallos. Ambas son superficies de dolor, de sinsabores, están señalizadas con las peores mañas y tienen algo de impúdica vitrina de flaquezas semejando esos modernos ascensores transparentes en los que todo ha quedado al descubierto. Por ellas se asciende o se desciende, según el dictado caprichoso de misteriosas cartas marcadas; en todo caso, se acecha, se urde, se zancandillea y, desde luego, se lastima y se atropella.

Quien llega al pináculo es ya un consagrado, un ungido. Dispone de despacho, de fax, de coche y de ordenanza. Una tarjeta de crédito le permite imputar a contribuyentes lejanos, de borrosos perfiles, sus comidas y, como está en la gloria, se le pone cara de bienaventurado y modales de quien pasea entre nubes y, en las conversaciones, alza el dedo dogmático, privativo de quienes han intimado con la Verdad.

Dicho de otra forma, se convierte en un hombre finchado, empedernido de chabacanería, en un pelmazo, en un tío ful, como se decía hace años, y por más que se le faciliten tribunas (en la radio, en las televisiones, en los periódicos), todo su discurso será vacuo, repetitivo, liso, yermo, yacente y dormitivo… Una especie de mezcla arbitraria del sermón y la letanía.

A casi nadie interesan. Quienes, sin embargo, sí suscitan simpatía son quienes han dado en el suelo, los que han sido y ya no son, los que estuvieron y ya no están. Son los “ex”, seres entrañables que hacen esfuerzos por recuperar los rasgos de su humanidad perdida y merecen todo nuestro apoyo y las más expresivas muestras de nuestra indulgencia y de nuestra ternura.

Porque son personas que están como recién nacidas: tenemos que enseñarles a caminar, perdido como tienen el sentido de la locomoción propia; también a hablar, sin las muletas, claro es, de los guiones; a escribir, sin el pie forzado que la circunstancia solemne impone; a leer escritos que no sean informes, documentos, papers y expedientes; en fin, a amar, a llorar y a sentir… Tenemos que ayudarles a ir recomponiendo las señas de su propia identidad, de su propia voz, distinta a la del Partido o la del Gobierno, ajena a la línea oficial, libre pues e independiente, espontánea como la de un chiquillo. Esto no se aprende de un día para otro y la cura tiene evidentes dificultades porque, si no se les vigila, propenden a reunirse entre ellos, para recordar, para enfatizar de nuevo, para dejarse arrullar por los ecos de lejanos aplausos, para proclamar ante una muchedumbre imaginaria la pronta recuperación del chófer perdido…

El “ex” es un ser desvalido, echado al mar de la libertad y corre el riesgo de ser atraído por engañosas sirenas que cantan himnos y les organizan mítines nostálgicos. El “ex” tiene algo de manumitido y esta gozosa condición es preciso hacérsela notar, para que se acomode a ella con naturalidad alejándole suavemente del lugar y del ambiente en el que estuvo aherrojado, proporcionándole alimentos con levadura de ideas y proteínas de emancipación.

El “ex” es el hombre que recupera la modestia, el pudor, acaso también, quién sabe, la imaginación, la risa franca, el decir irónico, la distancia… El “ex” es una sombra que poco a poco va cobrando corporeidad.

El “ex” es, en fin, nuestro amigo. ¡Acomodémosle con generosidad en nuestro regazo de hombres libres!

 

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La alcachofa

Aunque he sido moderadamente aficionado a carnes, embutidos y otros productos de la charcutería, bajo la influencia de lecturas vegetarianas, he estado a punto de abandonar el salchichón, la sobrasada y los filetitos de pechuga de pollo si no hubiera sido porque, de pronto, me he preguntado por la alcachofa que, evidentemente, no está incluida entre las prohibiciones y por tanto se puede comer libremente.

Y es aquí donde han saltado las alarmas en mi mundo de convicciones y creencias. Porque, consumidor destacado como soy de alcachofas, lo que más me gusta de ellas es el corazón, que es lo más tierno, delicado, sensible y esponjoso que puede un ser humano llevarse a la boca. Naturalmente no comparto la tesis que sostenía Josep Pla según la cual el consumo de verduras y legumbres es algo asociado a un padecimiento físico o a una desgracia de mayor consistencia. Para mí, el corazón de la alcachofa es el bizcocho del mundo vegetal y su suavidad proyecta en quien lo come armonía y un sentido desarrollado de la justicia.

De la misma forma, la alcachofa a la plancha, que alberga parte del corazón pero también de las hojas, es algo de especial finura y nos lleva a ser amenos y entretenidos en la conversación. Una persona que habitualmente enciende la plancha y tiene la paciencia de poner sobre ella láminas de alcachofa y después, claro es, las come es alguien que tiene ya mucho camino recorrido en el disfrute de una vida que gana así en aliciente y en liberal variedad. Es como quien sabe disfrutar de un aria de ópera: no puede ser mala persona.

Pero volvamos al corazón de la alcachofa a la que, como digo, tan aficionado soy. O “era” debería decir. Porque, de pronto, me he dado cuenta de que ese corazón podía estar enamorado y por tanto qué derecho tenía yo a comérmelo sin complacencias, sin atender a sus hermosos sentimientos. Esta perspectiva es la que me ha hecho reticente a las alcachofas y recuerdo la época en la que, antes de hervirlas, les quitaba las hojas y buscaba con saña, allá en sus lechos, sus corazones, extrayéndolos sin piedad, embadurnándolos ligeramente con limón para que no ennegrecieran y los ponía a cocer en una olla exprés para dar al proceso, encima, mayor rapidez y por tanto mayor crueldad, mayor ¿como diría yo? mayor falta de corazón precisamente.

Vivo con un nudo en la garganta cuando pienso en esa alcachofa enamorada de un guisante, que sueña con él, con compartir una vida en común, que hacen sus planes de vegetales entrañables y -sobre todo- decentes, vegetales que a nadie dañan. Entonces aparezco yo, y como vegetarianista o vegetariano que anhelo ser, los extraigo a ambos de la tierra y me dispongo a comérmelos creyendo encima que albergo corteses miramientos porque, de esta forma, estoy respetando a las vacas, a los bueyes y a los cerdos.

¿Qué diferencia hay, me pregunto y pregunto, entre una vaca y el corazón enamorado de una alcachofa?

Por eso propongo que las alcachofas se vendan con un símbolo que indique si su corazón estaba o no enamorado de la misma manera que los demás alimentos llevan advertencias acerca de la cantidad de proteínas, grasas o calorías que albergan.

¡Ah, la alcachofa, lírica y romántica entre los más líricos y los más románticos!

 

 

Publicado en: Blog, Soserías

Quien concilia

Quien concilia bulos

participa en un conciliábulo.

Publicado en: Blog, Guindas en Aguardiente

¿Gobierno urgente para Cataluña?

Difícil es entender las voces contrarias al separatismo que están clamando por el “desbloqueo” catalán y la necesaria constitución de un nuevo Gobierno en Cataluña.

Recordemos cómo, tras las elecciones, vino la ofensiva del Partido Popular dirigida a Inés Arrimadas para que se postulara como presidenta ya que era la persona que había encabezado la lista mayoritaria. Como no es posible que, quienes tal dislate defendían, ignoraran que es el Presidente del Parlamento quien ostenta la competencia para proponer a la Cámara un candidato, solo es posible atribuirlo a la mala fe de un partido que se ha visto seriamente dañado y empequeñecido por el voto adverso de los catalanes.

Esta campaña no ha amainado y todavía cobra de vez en cuando renovados bríos. A ella se han venido a sumar voces del sector constitucionalista más las declaraciones de los empresarios y sus organizaciones que piden “volver a la normalidad” y poder así contar cuanto antes con un Gobierno que realmente gobierne, apruebe leyes, emita decretos, resuelva expedientes y otras gollerías.

¿De verdad quieren las personas que combaten las tesis separatistas y los empresarios disponer de un Gobierno cuanto antes, de un Gobierno que habrá de estar lógicamente constituido por las fuerzas separatistas mayoritarias en el Parlamento? ¿A qué “normalidad” se refieren”? ¿a la del 3%? ¿Añoran unas leyes preparadas y aprobadas por quienes no creen en España ni en el libre juego del mercado, por quienes han querido volar por su cuenta separándose del Estado y desafiando a las mismísimas instituciones europeas? ¿de unos frívolos a quienes no importaba carecer de voz en la ONU, en la Organización Mundial del Comercio, en la OTAN etc, etc? ¿Un Gobierno compuesto por personas que han demostrado preferir la aventura política al respeto y la tolerancia propias de una sociedad abierta y madura?

Para quienes estamos alejados de esos postulados cuesta entender tales demandas que además vienen formuladas con carácter de urgentes.

Más lógico sería que tales sectores, formados por constitucionalistas y empresarios, que han visto la marcha de miles de empresas, pidieran al Gobierno de España que empleara todos los mecanismos de que dispone en virtud de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Pues importa  recordar que los materiales de que está compuesta la intervención autorizada por el Senado son de muy diversa textura y de lo que se trata de extraer de ella los máximos efectos. Dicho de otra forma: que logren desplegar todas las consecuencias que sean conformes con el orden constitucional.

Sería muy bueno, en tal sentido, que los ministros del Gobierno de España fueran realmente conscientes de que son Consejeros de aquella Comunidad autónoma y, en tal calidad, se personaran al menos un día a la semana en Barcelona para despachar con directores y funcionarios los asuntos pendientes de resolución o impulso aprovechando para impartir además las instrucciones generales pertinentes.

Hay en las Consejerías una lógica parálisis pero esa parálisis ha de ser rellenada por el Gobierno de la Nación. Que debe conducirse con toda legitimidad mientras las fuerzas separatistas se pelean por la investidura a distancia, por televisión o por teléfono, o por el voto, discutiendo si es presencial o con el diputado encapuchado y tantas otras lindezas a las que están entregadas sin que se aviste un plazo de finalización de este espectáculo.

¿Qué tal si el Gobierno de España aprovecha para ejecutar las sentencias en materia lingüística? ¿Y si se abren las convocatorias de subvenciones a todos los medios de comunicación? ¿Y si se inician procedimientos de revisión de oficio de expedientes discriminatorios? ¿qué tal si se garantiza la neutralidad en las dependencias públicas, la adecuada objetividad de los funcionarios y el cumplimiento de los códigos de conducta? ¿Debemos recordar que todo servidor público ha de respetar los derechos fundamentales y libertades públicas?

¿No puede ser, en fin, el 155 el número mágico que avente ilegalidades y entierre la arbitrariedad?

Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes

(Publicado en el diario Expansión el día 15 de febrero de 2017)

Publicado en: Artículos de opinión, Blog
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